• No se han encontrado resultados

El Jesús histórico y el Cristo de la fe (Daniel M. López R.)

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2018

Share "El Jesús histórico y el Cristo de la fe (Daniel M. López R.)"

Copied!
107
0
0

Texto completo

(1)

Jesús el Nazoreo y la tragedia del Gólgota Daniel Miguel López Rodríguez El Jesús histórico y el Cristo de la fe:

del judaísmo al cristianismo pasando por el paganismo

I. ¿Por qué no soy cristiano?

II. El cristianismo después de veinte siglos sigue estando vigente. España sigue siendo católica

III. La verdad del Cristianismo

IV. Las influencias paganas del cristianismo y crítica a la idea de revelación divina

1. Influencias egipcias 2. Influencias zoroástricas 3. Influencias helenísticas

4. Si el cristianismo no salió de la nada por emergencia divina entonces no es una revelación sobrenatural y sí una reconstrucción mitológica

V. El Jesús histórico y el Cristo de la fe: del judaísmo al cristianismo

1. Analogías entre la escatología judía y el idealismo alemán 2. El Reino celestial frente al Reino terrenal

3. La ética acósmica y apocalíptica de Jesús 4. Inimicus y hostes

5. Los dos mandamientos principales de la Ley para Jesús

6. El Cristo de la fe frente al Mesías de la Ley: el secreto mesiánico 7. El paso del judaísmo al cristianismo

(2)

.

E l

j u d a í s m o

d e

l a

é p o c a

d e

J e s ú s 1. Saduceos

2. Fariseos 3. Esenios 4. Zelotas

5. Los nazarenos, la secta de Jesús, frente a estos partidos o sectas

V I I .

(3)

f i g u r a

h i s t ó r i c a

d e

J e s ú s 1. Jesús el Nazoreo

2. Jesús el profeta apocalíptico y carismático

V I I I .

E l

(4)

d e

J e s ú s 1. Jesús y Juan el Bautista

2. Jesús frente Poncio Pilato: la utopía del Reino de Yahvé, o Sacro Imperio Judaico, frente a la Realpolitik del Imperio Romano.

3. La tragedia del Gólgota y el mito de la resurrección

I X .

L a

U r g e m e i n d e ,

i g l e s i a -m a d r e

(5)

J e r u s a l é n X .

Y

t r a s

e l

f r a c a s o

d e

J e s ú s

v i n o

(6)

c l a m o r o s o

é x i t o

d e

P a b l o

d e

T a r s o 1. ¿Era Pablo ciudadano romano?

2. La muerte vicaria de Jesús

3. Pablo como teólogo de la restauración de Israel 4. La revelación paulina

5. La parousía o segunda venida de Cristo 6. La cuestión del fundador del cristianismo 7. La justificación por la fe en Cristo

8. Escándalo y necedad

(7)

o g r a f í a

«Puesto que muchos emprendieron la tarea de poner en orden un relato sobre los hechos que se han cumplido entre nosotros, tal como nos transmitieron los testigos oculares desde comienzo y quienes han acabado convertidos en servidores de la palabra, también me pareció oportuno a mí, que he ido siguiendo todo con atención desde el principio, escribírtelo con exactitud por orden, noble Teófilo, para que conozcas la certidumbre de las palabras sobre las que has sido catequizado» (Lc 1.1-4). «Pero hay muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si fueran escritas una por una, ni el mismo mundo albergaría los libros escritos» (Jn 21.25)

I. ¿Por qué no soy cristiano?

Yo no soy cristiano porque un cristiano, si es cristiano (otra cosa es que no seaverdaderamente cristiano), tiene que creer en la pericóresis trinitaria, la cualconsustancialmente envuelve la realidad, es decir: Padre, Hijo y Espíritu Santo envuelven la realidad, y así llevan a cabo el drama de la historia universal, siendo el eje de la misma la Encarnación de Dios en un hombre: Jesús de Nazaret de Galilea. Entonces, como se afirma dogmáticamente que el Verbo se hace carne, hablamos de un espiritualismo asertivo descendente y ascendente, esto es, hablamos del despliegue de un dios personal y trascendente que en una primera epifanía (allá por los años 30 del siglo I) se Encarna en un hombre para que sirva de chivo expiatorio o sacrificio vicario que salva a la humanidad del Pecado Original y después, tras la resurrección, asciende al cielo: «Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre» (Jn 16.28). Pero no queda la cosa ahí, porque el cristiano piadoso deja sus esperanzas puestas en una segunda epifanía que supondría el retorno de dios (logos) hecho carne, resultando esta vez victorioso de cara al Juicio Final o parousía, cumpliéndose así las promesas de salvación (aunque nadie sabe el día ni la hora); siendo así la pericóresis del Dios trinitario una idea aureolar y una esperanza puesta en un futuro apoteósico y paradisíaco para los hombres elegidos y justificados por la fe, pero terrible y deslucido para los impíos y malvados que no han creído en la resurrección de Cristo Jesús: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que no obedece al Hijo no verá la vida; sino que la ira de Dios permanece con él» (Jn 3.36).

(8)

dominaciones, esto es: en los siete coros de ángeles o «formas separadas» (como decían los escolásticos). Tiene que creer de algún modo que el mundo lo creó Dios de la nada en seis días, descansando el séptimo (los ángeles fueron creados el primer día de la creación y el hombre, Adán, lo fue el sexto día). También tiene que creer que la mujer se formó a raíz de la costilla de Adán, el primer hombre.

Un verdadero cristiano (que no un cristiano verdadero) tiene que creer en el ministerio y la predicación de un hombre, que se llamaba Jesús, que su padre era Dios, que su madre era virgen, que le regalaron incienso, oro y mirra los Reyes Magos de Oriente en un mísero pesebre de Belén de Judá, que andaba sobre las aguas, que convertía el agua en vino, que multiplicaba los panes y los peces, que resucitó a la hija de un tal Jairo y también a un tal Lázaro, que limpiaba a los leprosos, que es traicionado por un tal Judas y es crucificado y resucitando al tercer día, y al final de los tiempos volverá a juzgar a los vivos y los muertos.

Tiene que creer en el misterio de la Eucaristía, es decir, que en la hostia consagrada ahí está la sangre y el cuerpo de Cristo (al menos en el catolicismo). Tiene que creer en la virginidad perpetua de María (también en el catolicismo), la cual fue sin pecado concebida o concebida por el Arcángel San Gabriel o Espíritu Santo en forma de paloma (dogma, por cierto, que no procede de los evangelios canónicos, sino del apócrifo Protoevangelio de Santiago). También tiene que creer en la resurrección de la carne en el día del Juicio Final, cuestión diferente a la de la inmortalidad del alma, sin perjuicio de que en el cristianismo también hay inmortalidad del alma en el momento de la muerte individual, a la espera del día del Juicio que dará lugar a la resurrección de la carne. Aunque el dogma de la resurrección de la carne, para algunos cristianos actuales, ha quedado como mera cláusula doctrinal o es interpretado simbólicamente, pues se tiende a creer más bien en la beatitud eterna (o condenación eterna) del individuo en el momento de la muerte, siendo más bien un juicio individual en el que se postula la inmortalidad del alma: ya en el cielo ya en el infierno. No así para la Iglesia Católica, que sostiene en su Catecismo que el dogma de la resurrección de la carne «significa que el estado definitivo del hombre no será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida… Con la muerte, que es separación del alma y del cuerpo, éste cae en la corrupción, mientras el alma, que es inmortal, va al encuentro del juicio de Dios y espera volverse a unir al cuerpo, cuando éste resurja transformado en la segunda venida del Señor… La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final» (2005: 203-205-207).

(9)

deidades. Y creer en la Biblia significa creer en la revelación de unos textos incoherentes, desconcertantes e increíbles a más no poder, cuando esos textos deben de ser examinados con el resero crítico con que se mide cualquier texto, pues ningún texto es revelado por Dios o el Espíritu Santo en un estado de intuicionismo praeterracional por parte de su autor. Por tanto, niego rotundamente la afirmación que hace Jesús en el versículo Jn 10.35 que reza: «la Escritura no puede ser quebrantada», porque la Escritura sí puede ser quebrantada; ya que desde sus comienzos en la antigua Grecia la filosofía – como saber de segundo grado que «reflexiona» objetivamente sobre y contra otras formas culturales que toma como materiales– se encara críticamente a los teólogos, a los poetas y a los políticos de modo apagógico, por reducción al absurdo, es decir, por vía de trituración dialéctica(sin perjuicio de que se asimilen ciertas cuestiones que salgan de ese humus que la filosofía crítica trata de «quebrantar» con mirada de basilisco). De este modo estaría en total desacuerdo con lo que se prescribió entre 1545 y 1563 en el Concilio de Trento: «Si alguno no recibiere como sagrados y canónicos estos mismos Libros enteros con todas sus partes, como se han acostumbrado a leer en la Iglesia Católica, y se contienen en la edición Vulgata latina antigua, sea anatema». Así sea, soy anatema. Como anatema declaraba Pío IX en 1864, en el Syllabus Errorum, a quien estimase que «las profecías y milagros expuestos y narrados en las Sagradas Letras son ficciones de poetas; los misterios de la fe cristiana, un conjunto de investigaciones filosóficas; y que en los libros de uno u otro Testamento se contienen invenciones míticas» (citado por Puente Ojea, 2001b: 81). ElCatecismo de la Iglesia Católica de nuestro tiempo también lo deja claro: «Decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad porque Dios mismo es su autor: por eso afirmamos que está inspirada y enseña sin error las verdades necesarias para nuestra salvación. El Espíritu Santo ha inspirado, en efecto, a los autores humanos de la Sagrada Escritura, los cuales han escrito lo que el Espíritu ha querido enseñarnos. La fe cristiana, sin embargo, no es una "religión del libro", sino de la Palabra de Dios, que no es "una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo" (San Bernardo de Claraval)» (2005: 18).

(10)

Koerbagh, un amigo del gran filósofo Baruch de Espinosa, la Biblia debe de ser estudiada con criterios lingüísticos e históricos, como se hace con cualquier otra obra.

También, quien sea cristiano, tiene que creer en una vida póstuma en el cielo, donde vivirá una vida eterna en la que gozará de la infinita sabiduría de Dios, donde los misterios del Altísimo le serán revelados a los elegidos (que serán pocos, aunque muchos los llamados). El cielo, pese a su trascendencia respecto al mundo, vendría a ser un supramundo pero homonímico con el mundo; por tanto, pese al llamado «cristianismo de trascendencia», el cristianismo vendría a ser un mundanismo (si bien es cierto que el Dios-Creador terciario está situado en un contexto ontológico-general –es decir, ya no se trata de un dios óntico como Zeus, Odín u Osiris, sino de un Dios ontológico, infinito–, siendo el Reino de los Cielos homonímico al mundo empírico, aunque situado «más allá del horizonte de las focas»). Aparte del cielo, el piadoso y crédulo cristiano tiene que creer incluso en el infierno y, por si fuera poco, en el demonio y su corte infernal de diablos y espíritus impuros (ángeles caídos) que aparte del infierno también viven entre los hombres tentándolos e incluso encarnándose en ellos (a imitación de Cristo): luego un cristiano (insisto: si es verdaderamente cristiano) tiene que creer en un premio o en un castigo eterno para siempre jamás. Pero –digo yo– por muy mal que haga el hombre jamás merecerá un castigo eterno, y tampoco un premio eterno por mucho bien que haga y por muy cristiano piadoso que sea. El dolor eterno y la felicidad eterna son dos paraideas o «ideas-límite» absolutamente descabelladas, monstruosas y abismales.

Y lo más importante de todo para el cristiano: tiene que creer en Dios Padre «que hizo el mundo y todo cuanto hay en él» (Hch 17.24) –Ego trascendental personal (E) creador del mundo de las formas (Mi), Cosmocrátor omniabarcante– y

amarlo con todo su corazón, toda su alma y todas sus fuerzas, pues «por su mediación vivimos, nos movemos y somos» (Hch 17.28); y además de amar a Dios también ha de amar a su vecino como a sí mismo. Creyendo todo esto lo demás se le dará por añadidura.

Como se puede comprobar para ser cristiano hay que creer en una retahíla de fantasías que se salen de la historia y de la ontología (al menos de la ontología materialista desde la que me sitúo). Es una retahíla de delirios secundarios, aunque el cristianismo es una religión terciaria y en su teología dogmática existe un racionalismo explícito que tritura el delirio secundario del politeísmo clásico. Labor ésta que no sólo está en la teología de los evangelistas, sino de un modo más pulido en las manos de los Padres de la Iglesia que, por la gracia de la alianza de la Iglesia con del Imperio Romano constantiniano, pudo propagar su fe –frente a paganos, judíos y otras sectas cristianas– a sangre y fuego. La dialéctica y el diálogo a la contra en las letras tuvo su resolución con las armas y el poder de Roma.

(11)

Ciudad de Dios XXII, 5). Quizá por esto es habitual que muchos cristianos sufran «crisis de fe», las cuales son perfectamente superables; eso sí, hasta la próxima crisis de fe. Al contrario de lo que decía Tertuliano desde las coordenadas doctrinales del cerrojo teológico, yo no creo en los dogmas del cristianismo porque son absurdos. Y eso sabiendo que hombres de gran talento y gran influencia – como por ejemplo San Agustín, Santo Tomás, Duns Escoto, Francisco Suarez, Copérnico, Descartes, Leibniz o Newton– fueron verdaderos creyentes y profundos cristianos, aunque nocristianos verdaderos, porque a mi juicio un cristiano no puede ser verdadero, en tanto dogmático cristiano, por eso no soy cristiano, porque el cristianismo me aparta de la verdad. «¿Y qué es la verdad?». He ahí la pregunta del prefecto de Judea, Poncio Pilato, sin respuesta del Nazareno o, mejor dicho, del Cuarto Evangelista, sobreentendiéndose que sobran las palabras porque Cristo es la verdad. Pues bien, Cristo no es la verdad. O eso al menos es lo que trato de demostrar en el presente ensayo sin la ayuda de Dios.

Pasen y vean cómo demuestro que Cristo, la Encarnación, la salvación universal y la dogmática cristiana en general es una reconstrucción secular de mitos y teologías que distan mucho de la verdad. Por tanto, no podemos servir a dos señores: o se sirve a Cristo o se sirve a la verdad. Aunque con esto no quiero dar a entender que el que no sirve a Cristo está ya en la verdad, pues no servir a Cristo y no ser cristiano por sí sólo no ayuda a presenciar el espectáculo de la susodicha (admitiendo, eso sí, que frente al delirio secundario, la religión terciaria cristiana guarda un componente de verdad, pues si no sería imposible explicar su clamoroso éxito).

Y si no soy cristiano tampoco soy pagano, ni judío y ni mucho menos musulmán, porque soy ateo esencial total, aunque oficialmente soy católico, bautizado por la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana. Bautizado, eso sí, a los 10 años; por tanto, podría decir que soy un católico converso, es decir, me convertí al catolicismo bautizándome y haciendo la comunión, aunque no hice la «confirmación», y pasando los años me convertí al materialismo y al ateísmo y ahí sigo. Por eso ya no soy cristiano, aunque podría afirmar que soy católico ateo esencial total.

II. El cristianismo después de veinte siglos sigue estando vigente. España sigue siendo católica

(12)

pues, que el cristianismo no es un asunto «arqueológico» como el anarquismo, el comunismo, el nacionalsocialismo o el fascismo.

¿Y por qué? Porque el cristianismo no ha caído. España, en nuestro caso,sigue siendo cristiana, o mejor dicho, católica, o al menos sociológicamente católica. Todos los años se celebra fervorosamente la navidad y la Semana Santa; todos los años se celebran ardientemente las fiestas de vírgenes y santos en todos los pueblos de España, fiestas que son como la infiltración o reminiscencia de las fiestas primaverales paganas de los delirios secundarios politeísta en el escenariopolíticamente implantado de la religión terciaria monoteísta; fiestas que, al fin y al cabo, mutatis mutandis, son como una herencia folclórica del paganismo clásico grecorromano y sus ritos de nacimiento y de consagración de la primavera. Junto a la navidad y la Semana Santa estas fiestas organizan el calendario, que es muy parecido al de los romanos (ya se vio durante la Revolución francesa lo caótico que resultó cambiarlo). También casi todo el mundo se casa por la Iglesia; casi todos los niños se bautizan y hacen la comunión, aunque los padres no sean creyentes. Luego es absurdo afirmar que España es un país laico y que la religión es un asunto «privado» y de «conciencia subjetiva». Nada más que hace falta darse un paseo por las calles de Sevilla en plena Semana Santa y desde allí, si Cristo levantase la cabeza, podría asegurar que «ni en Israel he encontrado fe semejante» (Lc 7.9). Y si esta numerosa masa va detrás de los pasos no ya imbuida por el mito de Cristo, entonces es posible vaya detrás de los mismos imbuida por el mito de la cultura (el cual no sé yo si es peor, más oscurantista y confusionario, que el primero). Así pues, sea por fe o por «cultura», el catolicismo se demuestra andando tras los pasos de la Semana Santa y otros rituales (como el citado cónclave).

El cristianismo no es sólo un problema para la filosofía de la religión, sino también lo es para la filosofía de la historia. El Imperio Romano no estaba calculado para caer, y cayó. El Imperio Español tampoco estaba calculado para caer, y también cayó. Lo mismo pasó con el Imperio Soviético. La caída de estos Imperios generadores supone un grave problema filosófico, como señala Gustavo Bueno enEspaña frente a Europa (no se plantean estos problemas históricos-filosóficos con la caída de los imperios depredadores como el británico o el holandés). El cristianismo, en cambio, no ha caído, pero también supone un problema de envergadura filosófica. ¿Por qué después de cerca de dos mil años de historia el cristianismo, en sus diferentes modulaciones, persevera en el ser? ¿Cómo se ha desencadenado la dialéctica de clases –sinectivamente conectada y subordinada a la dialéctica de Estados en la lucha mundial por la hegemonía entre los imperios– para que en dos mil años de historia el cristianismo siga existiendo, y no precisamente de modo testimonial? ¿Por qué ha tenido tanta fuerza y, de algún modo, a día de hoy la sigue teniendo, aunque bien es verdad que con menos poder de influencia desde hace un par de siglos?

(13)

sacerdotes, y por otro, la estupidez infantil de los creyentes (aunque evidentemente haya sacerdotes queparticipen ideológicamente de la estupidez infantil del creyente: si es así es peor para ellos que si supiesen que las mitologías que defienden son falsas). Es decir, "echar la culpa" sólo a los sacerdotes, en la línea de la tradición inaugurada por Critias, y seguida por la tradición ilustrada, es, en realidad, una forma de "exculpar" a los creyentes, como si éstos no tuviesen su "parte de responsabilidad" en su estado de falsa conciencia y dogmatismo mitológico en una sociedad donde, pese a todo, tiene actualmente los medios científicos y filosóficos suficientes y adecuados para denunciar no ya la función manipuladora y tergiversadora de las ideologías espiritualistas propias de las religiones del presente, sino, y ante todo, su constitutiva falsedad, por la imposibilidad de las premisas espiritualistas y gnósticas en que se sustentan (falsedad que no debe ocultarnos el hecho de que unas religiones tienen más grado de racionalidad que otras)» (Pérez, 2008).

Uno de los problemas del cristianismo es que cristianismos hay muchísimos (me sería imposible hacer aquí un árbol genealógico, una taxonomía con todas las especies que han ido sucediéndose durante la historia y las que simultáneamente existen en la actualidad). El cristianismo es, pues, un género con muchas especies enfrentadas entre sí, aunque con alianzas coyunturales muy puntuales contra terceros (judíos y/o musulmanes) o cuartos (paganos en general). Pero es absurdo afirmar que el catolicismo es una especie más, una especie que tiene la misma importancia y está al mismo nivel que cualquier otra. De hecho, el catolicismo es elgénero generador de muchas especies de cristianismos, aunque a decir verdad no es el primer analogado o el núcleo del cristianismo, pues entiendo que el cristianismo construye su cuerpo católico cuando sale de la clandestinidad y se hace religión civil y oficial del Imperio Romano, aunque sí es cierto que ya en el siglo I existía algo así como una especie de «protocatolicismo» o catolicismo en embrión (embrión que no abortó sino que se desarrolló dando a luz por la gracia del Estado de Roma y su inmenso Imperio, por el cual la Iglesia pudo llevar a cabo su polémicocurso). Pero hablar de «protocatolicismo» es hacerlo desde la plataforma del catolicismo, en retrospectiva.

(14)

después (a nivel global efectivo) del Imperio Español pudo hacer algo más que simplemente perseverar en el ser, una vez superada la fase de «transición» de los reinos sucesores en la disputa por la hegemonía de esa biocenosis que vino a ser Europa a partir del Imperio Carolingio. «La amenaza común de los musulmanes, a la par que la originaria voluntad de no quedar absorbidos por el Imperio bizantino, es la situación que explica la configuración, en términos de agencia única totalizadora de la Iglesia romana» (Bueno, 1989: 335). Roma y España fueron algo así como la columna vertebral de la Iglesia, lo demás es creer en la inexistente Gracia del Espíritu Santo, que ni existió, ni existe ni puede llegar a existir. Por eso, y no por la inexistente providencia de Dios a través del imposible Espíritu Santo, sino por la gracia de las sucesivas capas corticales en la disputa y lucha a muerte por las riquezas de las distintas capas basales mediante las complejas relaciones de las diferentes capas conjuntivas, España y gran parte del mundo sigue siendo, en su diferentes modulaciones, cristiana. La Iglesia fue y es una institución única e irrepetible (ideográfica) y fue posible sin la ayuda de Dios, pero imposible sin la ayuda de los Estados y, sobre todo, de los Imperios Universales, fundamentalmente no ya sólo el Imperio Romano sino el Imperio Español que hizo posible el cristianismo «globalizado» llevándolo al Nuevo Mundo no ya bajo la autoridadespiritual de Mt 28.19: «id y enseñad a todas las naciones, bautizadlos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo», sino bajo la autoridad material de Sus Majestades los Reyes Católicos.

Pero el cristiano es un lobo para el cristiano o los cristianismos son lobos feroces para los cristianos (no digamos para los judíos y los musulmanes, y ni que decir tiene para los paganos, los satánicos y los ateos esenciales o existenciales). La historia del cristianismo es como una biocenosis, pues la existencia de sus distintas especies suponen la lucha continua, cíclica y sistematizada de unas sectas o iglesias contra otras a lo largo de los siglos desde el principio mismo de su existencia, en la lucha por la hegemonía y la supervivencia (por la cual no sólo bastaba y basta con rezar, y tampoco con «dialogar»). Ha sido, básicamente, la lucha de la Iglesia Católica (que se supone que es la línea oficial y a nuestro juicio, al fin y al cabo, la tendencia más racional) contra las distintas herejías (muchas de ellas simples delirios supersticiosos y peligrosos, colindante con las religiones secundarias) la que ha hecho que el cristianismo sea un fenómeno histórico universal (sobre todo por mediación del Imperio Español, un Imperio católico). Quizá con la fuerza suficiente como para que a partir de su aparición en el escenario político-religioso (clandestinamente desde el siglo I, oficialmente desde el siglo IV) se dividiese el cómputo del tiempo histórico en dos mitades: «antes de Cristo» (es decir, antes del cristianismo, con mayor fuerza desde la victoria del cristianismo católico oficial constantiniano y consustancialista frente a multitud de sectas cristianas y judías y el paganismo en general) y «después de Cristo» (era cristiana en la que todavía estamos, aún no hay llegado la era, digamos, postcristiana; sobre el final de la era cristiana nadie sabe el día ni la hora, ni siquiera Dios Padre).

(15)

indudablemente verdad que a día de hoy el cristianismo es un asunto relevante y de plena actualidad, es un asunto presente, realmente existente en nuestro presente político, social, artístico, económico y filosófico en marcha. No podemos decir junto a Don Manuel Azaña, a la sazón presidente del gobierno y presidente de la muy anticlerical II República, aquello de «España ha dejado de ser católica». No, España no ha dejado de serlo, ni la hispanidad tampoco, y –como decimos– ni Dios Padre sabe cuándo España dejará de ser católica. (Por supuesto con esto no quiero dar a entender que la totalidad de la sociedad española e hispánica en general sea católica, pues el catolicismo compite contra otras confesiones e instituciones no confesionales enconadamente).

Ni el cristianismo ni el catolicismo deben de ser tratados como simples temas, son más bien complejos problemas, tanto para la filosofía de la historia como para la filosofía de la religión (y la filosofía en general). En consecuencia, el cristianismo por nuestra parte e interés filosófico –que se sitúa desde las coordenadas de un ateísmo esencial total y un materialismo pluralista– no debe de ser despreciado y a priorininguneado. Al César lo que es del César. Por tanto, ni despreciamos ni creemos ni justificamos ni condenamos, simplemente entendemos y al ser posible, a través de la vía de trituración dialéctica, criticamos (porque tampoco cabe permanecer en una inexistente neutralidad, pues hay que tomar partido). Naturalmente con todos nuestros respetos a los «sentimientos» de los creyentes, siempre y cuando éstos también respeten nuestros «sentimientos» ateos y materialistas.

III. La verdad del Cristianismo

Como he dicho, al dar mis razones de por qué no soy cristiano, en este artículo trato de demostrar por qué el cristianismo no es la verdad, es decir, trato de demostrar que la verdad del cristianismo es que el cristianismo no es la verdad ni puede serlo. No tengo la osadía de demostrar qué es la verdad, sino de demostrar lo qué no es la verdad. Tarea la mía que quizá suponga un conocimiento negativo pero que no implica la ignorancia supina o la negación de todo conocimiento. Aunque, dicho sea de paso, la verdad no es «la» verdad (en singular), porque hay muchas verdades que coexisten pero que también se oponen entre sí (no existe ni puede existir la verdad única y absoluta igual que no existe ni puede existir un Dios uno, único y absoluto).

(16)

las calzadas por la que los apóstoles pudieron propagar la buena nueva. Y esto no lo digo yo, ésta es la tesis de Eusebio de Cesarea en su obra la Preparatio evangélica. Dicho de otro modo: fueron las calzadas, esto es, una entidad material realmente existente –y no el Espíritu Santo (metafísico o mitológico, esto es, realmente inexistente)–, las que hicieron posible la ecumenización de los evangelios (es decir, como arriba hemos insistido: sin Roma y las instituciones del Imperio –y después a nivel global a través del Imperio Español– la predicación del evangelio se nos presenta prácticamente imposible, inviable literalmente). Como dice Edward Gibbon en su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (2005: 230-231): «Las conquistas de Roma prepararon y facilitaron las del cristianismo […] Las vías públicas que se habían construido para el uso de las legiones se abrieron a los misioneros cristianos desde Damasco a Corinto y desde Italia a los confines de Hispania y Britania; estos conquistadores espirituales tampoco encontraron ninguno de los obstáculos que, por lo general, retrasaban o impedían la introducción de la religión extranjera en un país lejano».

La carrera de la Iglesia Católica como institución hegemónica empezó con la condena a los Arrianos en el concilio de Nicea. Aquí canonizaron a Jesús como «Hijo único de Dios», siendo el credo de Arrio tildado de herejía. El dogma llamadoCredo reza así: «Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos» (citado por Fábrega, 1960: 45-46). Se da paso así, frente a otras tendencias, al impresionante tinglado institucional del cristianismo constantiniano y consustancialista (cristianismo católico). Es curioso, pero así como Jesús fue crucificado por decreto imperial, también por decreto imperial, tres siglos más tarde, fue canonizado como Hijo de Dios (digamos comologos preexistente, descendente y ascendente y, en todo caso, soteriológico: al mismo tiempo Dios, Hombre y Espíritu Santo). Todas las demás dogmáticas, como la de los arrianos, fueron censuradas y consideradas como heréticas. Aunque el arrianismo resistió por diferentes lugares del Imperio y después por los reinos sucesores, hasta que en el año 586 Recaredo, rey visigodo en Hispania, se convirtió al catolicismo, viniendo a ser así el Constantino hispano-godo; aunque bien es cierto que al final de su vida el emperador Constantino fue bautizado por un arriano; más bien habría que decir sobre Recaredo que fue el Teodosio hispano-godo, por hacer del catolicismo la religión oficial del reino, con todas las consecuencias que esto tuvo conocidas por todos.

(17)

forman el "Cristo total"» (Catecismo, 2005: 157). La Iglesia Católica ha sido la institución que más tiempo ha durado en toda la historia y ella –una vez que se impuso al judeocristianismo, el gnosticismo y más tarde al arrianismo y otras sectas que pululaban por diferentes rincones del Imperio y de los reinos sucesores, como por ejemplo en el noroeste de la Península Ibérica el priscilianismo– surgió del cristianismo paulino, esto es, el cristianismo romano que terminaría siendo católico. «Encontramos, con esto, a una Iglesia implantada en la más perfecta inmanencia histórica. El Imperio romano, sucesor de otros imperios (de los que había hablado Daniel), es el que prepara la Iglesia y mantiene su unidad ecuménica. Cualquiera que sea la importancia que se dé al imperio, desde un punto de vista emic, parece que puede afirmarse que, a partir del siglo IV, los cristianos tienden progresivamente, al menos en su mayoría, a ver el imperio como la base en la que se sustentan» (Bueno, 1989: 294). Andando los siglos llegarían las herejías luteranas, calvinistas, anabaptistas, etc., etc.; pensadas contra el catolicismo romano (y ante todo, en aquel momento, hispano) pero siempre desde la predicación paulina, esto es, procedentes del mismo tronco paulino, como géneros plotinianos; aunque con más rigor habría que decir que las sectas protestantes parten todas del mismo tronco común: la Iglesia católica, pese a querer distanciarse de ella, porque sin el imponente tinglado oficial e institucional de la Iglesia estas sectas no hubiesen sido absolutamente nada: el protestantismo en general es la negación del catolicismo (y por supuesto del Imperio Español); por tanto, aunque sea como negación, sólo puede surgir como escisión de la Iglesia, como separación del poder del pontificado de Roma y del imponente poderío español. Por otra parte, el cristianismo no paulino sigue existiendo hoy en día pero en cantidades despreciables.

(18)

caer era consciente de que no le daba tiempo a convertir a todos los gentiles; cosa que no encajaría con el imperativo proselitista de ir a predicar a «toda la creación» de Mc 16.15 y a «todas las naciones» de Mt 28.19; imperativo que también contradice las palabras de Jesús en Mt 10.5-6: «No recorráis el camino de las naciones ni entréis a ninguna ciudad de samaritanos; id mejor a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Y precisamente no encaja porque la fiebre escatológica –una vez que pasaba el tiempo y Cristo como juez de vivos y muertos no llegaba– se enfrió cuando la Iglesia empezó a funcionar como institución con miras a perseverar lo que hiciese falta en este mundo, hasta la segunda venida de Cristo que empezó a verse ya muy lejana, posponiéndose a un fin de los tiempos indeterminado. Como dijo Jesús o, mejor dicho, le hacen decir los evangelistas: «de ese día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, salvo el Padre» (Mt 24.36). Un poco antes Mateo pospone la parousía hasta que la buena noticia sea anunciada «en todo el mundo como testimonio para todas las naciones, y entonces llegará el final» (v. 14). Aunque años antes con el giro paulino se postuló una escatología cumplida, pues con el sacrificio de Jesús en la cruz la muerte fue vencida y el Pecado Original quedó perdonado, y entonces habrá Gloria eterna para los que crean en él y habrá tormento eterno para los que no, transformándose así la salvación en un suceso del pasado de un momento determinado de la historia (aunque siempre mirando de refilón a un futuro escatológico indeterminado, pero ya totalmente desjudaizado de su verdadero origen político-religioso, por mucho que se hubiese canonizado el incendiario Apocalipsis del profeta judeocristiano Juan).

Pero en el contexto que le toco vivir a Pablo la situación parecía ser de emergencia, pues el apocalipsis parecía que iba a llegar en diez minutos, por decirlo de una manera tremenda. Pablo (y posiblemente también Jesús) era un teólogo de la restauración, y para que Dios llegase con poder y gloria escatológica era necesario convertir a algunos gentiles (no a todos), para que así los gentiles se unan al «verdadero Israel» y puedan disfrutar también del banquete mesiánico pero no ya en un reino terrenal judío donde un Israelita ungido por Yahvé reine sobre las naciones postrándose éstas «a los pies» del elegido y su pueblo, sino en un reinocelestial en el que los resucitados vivirán como ángeles y con un «cuerpo glorioso» ante la presencia infinita de la Gloria de Dios (los incrédulos y malvados irán al infierno para siempre y serán doblemente miserables en el arrepentimiento, sufriendo quemaduras espantosas y dolores intensos y apabullantes durante toda la eternidad).

(19)

simplemente un teólogo de la restauración de Israel. Pero sobre todo esto profundizaremos posteriormente con más detalles. Ahora examinemos la relación del cristianismo con otras religiones.

IV. Las influencias paganas del cristianismo y crítica a la idea de revelación divina

1. Influencias egipcias

Cuando nos referimos a las «influencias paganas» –en este caso de la religión egipcia– en el cristianismo, siempre hemos de tener presente la idea de que tales influencias no tienen por qué ser directas; pues la religión egipcia, como es natural, influenció primero al judaísmo y por supuesto a las religiones mistéricas helenísticas. De este modo, naturalmente por orden cronológico, estas influencias pasarían a la cristiandad (pese a su camuflaje y sus innegables diferencias). La cuestión está, pues, en cómo esos contenidos de la religiosidad secundaria se transformaron por anamórfosis en contenidos de la religión terciaria cristiana (paulina) en su lucha contra el paganismo, el gnosticismo y el judaísmo. Estaanamórfosis sería precisamente el principio que niega toda revelaciónpraeterracional, de acuerdo con los principios materialistas que sostienen que «de la nada, nada sale» y que «no todo está conectado con todo» (principios que niegan tanto la Creación y la Omnisciencia divina por la que soplaría tal revelación). Pero sobre esto profundizaremos al final del presente capítulo.

En la religión egipcia religión y política eran fenómenos inseparables, como pasa con la religión judía y con la musulmana, y, a su modo, también con la religión cristiana. El faraón es el dios encarnado que funda un nuevo mundo (podríamos decir un «nuevo orden mundial», restringido a la tierra de Egipto); orden que en realidad vendría a derribar el «orden» establecido por las aldeas neolíticas. El faraón establecía así el orden cósmico, esto es, la eutaxia, la estabilidad político-religiosa que los egipcios llamaban Ma'at –que vendría a ser la verdad y la justicia–, evitando así el caos subversivo (la distaxia), herético y hetorodoxo, que no es otra cosa sino la mentira y la injusticia. La Ma'at se correspondería con la Ley en el judaísmo, y en general significaba para los egipcios la verdad, el balance, el orden, la moralidad y la justicia (también, visto así, podría corresponderse con el logos de Heráclito que se transformó en el logos –en el Verbo– cristiano que se encarna y redime y trae la verdad y la justicia a los hombres).

(20)

tamaño y distancia (respecto de sus súbditos) que en Mesopotamia; y no necesita proclamarse Dios, porque lo es ya. ¿Y por qué lo es? Nuestra respuesta será la siguiente: porque aparece embutido en un marco zoomórfico, que le confiere justamente su aura numinosa (mientras que, en Mesopotamia, los reyes alcanzan su apoteosis por el contagio de otro dios previamente dado)» (Bueno, 1996a: 267). Siendo considerado como un dios, el faraón era por tanto inmortal y era el único individuo momificado, función que se desarrollaba en un período de setenta días. Al morir se trasladaba al cielo, hacia las estrellas, pero el dios volvía a encarnarse en el nuevo faraón para que perseverase la susodicha Ma'at. Pero esta eutaxia divina (secundaria), en la que todo funcionaba divinamente, tuvo, digamos, su caída (distaxia), estos es, el fin de la Edad de Oro (que vendría después a ser el modelo a imitar), correspondiente mutatis mutandis con el bíblico Pecado Original y la griega Caja de Pandora. El desorden era producto de fuerzas demoníacas a las que había que exterminar para que se restaurase la perfección inicial –así como el Jesús histórico y muchos judíos de su tiempo (como los que escribieron el Apocalipsis siríaco de Baruc) creían en que la restauración del Reino traería la perfección de los principios edénicos una vez eliminadas las fuerzas impías que vendrían a ser en el fondo espíritus impuros o demoníacos (también para Pablo lo eran, aunque su teología y su demonología, como veremos, era bien diferente a la del Nazareno). «Puesto que el orden social representa un aspecto del orden cósmico, se supone que la realeza existe desde el comienzo del mundo. El creador fue también el primer rey, que luego transmitió esta función a su hijo y sucesor, el primer faraón. Esta delegación consagró la realeza como institución divina. En efecto, los gestos del faraón se describen con los mismos términos que se emplean para describir los gestos del dios Ra o de sus epifanías solares. Por no citar más que dos ejemplos, la creación llevada a cabo por Ra se resume a menudo en una fórmula precisa: "Él puso orden (ma'at) en lugar del caos". En los mismos términos se habla de Tutankhamón cuando restauró el orden después de la "herejía" de Akhenatón o de Pepi II: "Puso la ma'at en lugar de la mentira (del desorden)"» (Eliade, 2004: 130-131).

(21)

las uniones, de todas las síntesis, de todos los ensamblajes que sustentan y otorgan estabilidad y buen fundamento. No olvidemos que su nombre significa sede, sitial o trono» (García Font, 1987: 43). De estas partes formales una parte se perdió porque fue tragada por un pez, el oxirrinco. Dicha parte fue precisamente el falo; pero hete aquí que Isis lo sustituyó por un falo de oro, y así pudo ser fecundada por el dios. Fruto de semejante acto necrofílico fue Horus, el niño divino, el Verbo que todo lo ilumina, el cual tuvo que huir de la ira de Seth – ¿quién no ve aquí la analogía que hay entre Isis y Horus huyendo de Seth con la huida de María y Jesús (con la compañía de su «padre putativo»: José) del rey Herodes, precisamente hacia Egipto, como se puede leersólo en el evangelio de Mateo entre los canónicos?

Al final de la disputa por el trono, Horus sale vencedor y Vengador de su padre. Durante la lucha Horus quedó tuerto, pero al finalizar la misma recupera su ojo y se lo ofrece a Osiris, el cual por esta ofrenda resucita y pone su alma en movimiento: «¡Osiris, mira! ¡Osiris, escucha! ¡Levántate, resucita! ¡Osiris!… Tú partiste, pero has retornado; te dormiste, pero has sido despertado; moriste, pero vives de nuevo» (citado por Eliade, 2004: 138-139). Por su parte, Seth –como se lee en el Libro de los muertos– perdió en la batalla los genitales, y de este modo «presenta un significativo paralelismo con el Osiris recompuesto por Isis al que también faltará el órgano de la generación. Para decirlo de algún modo, se trata de un ojo por ojo, o si se quiere de un pene por pene» (García Font, 1987: 74). Al final, Seth es condenado por los dioses a transportar a su víctima por el Nilo, pero gracias a Isis, Gran Madre que todo lo abraza, no es del todo destruido y es recompuesto, pues su poder es irreductible y su existencia necesaria para que exista un equilibrio dicotómico entre la fertilidad y la esterilidad (que correspondería a la dialéctica entre Osiris y Seth), y entre el orden y el caos cósmico-político (correspondiente a la dialéctica entre Horus y Seth), porque sin un Seth asesino sería imposible un Osiris salvador –del mismo modo que sin la traición de Judas no hubiese sido posible la crucifixión y por consiguiente la salvación, aunque Judas sí es condenado: «¡ay del hombre aquel por el cual el Hijo del hombre es entregado!; ¡mejor hubiera sido para él si no hubiese nacido el hombre ese! (Mt 26.24).

Así, Osiris es entronizado como dios de los muertos y Horus como dios de los vivos, como faraón cuyo deber es perseverar la Ma'at frente al caos sedicioso ydistáxico –como pasaba en las épocas revolucionarias en las que se dividía el país entre el reino del norte y el reino del sur. «Referirá Plutarco que cuando Osiris regresó de los infiernos, es decir, cuando el Salvador resucitó, impartió las oportunas enseñanzas para adiestrar y aguerrir a Horus… también los gnósticos se referían a las enseñanzas secretas que había aportado Jesús el Salvador después de su descenso a los infiernos y gloriosa resurrección. Se aseguraba que solamente puede aleccionar acerca del modo de vencer a las tinieblas quien se ha fundido en ellas… porque sólo vencerá las oscuridades de la muerte quien se haya envuelto en ellas como un sudario» (García Font, 1987: 72).

(22)

como juez de los muertos. Este culto se impuso porque «la filiación Osiris-Horus garantizaba la continuidad de la dinastía, al mismo tiempo que aseguraba la prosperidad del país. Como fuente de la fecundidad universal, Osiris hacía que el reinado de su hijo y sucesor gozara de prosperidad» (Eliade, 2004: 139-140). Es probable que la lucha mitológica entre Horus y Seth refleje «los conflictos de los reyes Horus predinásticos antes de que la nación fuera unificada bajo el mando de un solo gobernante con prerrogativas divinas. Así, Osiris pudo ser un jefe o caudillo local predinástico que introdujo la agricultura entre los pueblos indígenas del Delta oriental, y que llegó a un enfrentamiento con su rey, Set, cuando los intrusos penetraron Nilo arriba hasta Abydos. Si Osiris fue asesinado, es posible que su hijo Horus rectificase la situación, y andando el tiempo el episodio habría quedado inmortalizado en la tradición en términos de un mito y un ritual de muerte y resurrección en el que el héroe cultural, en este caso Osiris, desempeñase el papel principal» (James, 2009: 48).

Al principio sólo el faraón tenía derecho a ser momificado y era el único en ser considerado como inmortal o destinado a vivir en el más allá, pero hacia 1580 a.C. (bajo la XVIII dinastía) vendría algo así como una «democratización de Osiris», pues la inmortalidad ya era para todos, tanto para el faraón como para el campesino; podríamos decir que se implantó el sufragio universal de la inmortalidad. Soberano y súbditos a raíz del culto y del misterio de Osiris se hacían igualmente inmortales. Osiris pasa a ser de esta forma el paradigma de aquellos que retan a la muerte y esperan la inmortalidad en el más allá en una ceremoniosa imitatio dei.

(23)

los hombres. No he maltratado a los animales. No he faltado contra Ma'at. No he intentado averiguar el porvenir. No he tolerado el mal en mi presencia. No he empobrecido al pobre. No he transgredido las prohibiciones divinas». Y por último: «Soy puro. Soy puro. Soy puro. Mi pureza es la del gran Fénix de Heracleópolis, pues soy la nariz del Señor del aliento que otorga vida a los egipcios. He sido iniciado en Heliópolis… No ha de alcanzarme mal alguno en esta región ni en la sala de Ma'at, porque conozco el nombre de los dioses que se hallan junto a ti». Y si el difunto quedaba justificado Thot decía: «Que el difunto salga victorioso para encaminarse a los lugares que le plazcan junto a los espíritus o bien junto a los dioses» (citado por García Font, 1987: 155-157-158).

Cuando el faraón muere –aunque siempre vivió con su ka– éste se torna Osiris; aunque –como decimos– todos se tornarán Osiris con la susodicha «democratización» o sufragio universal de la seguridad social en el más allá. Allí el faraón también juzgará a sus súbditos y reinará sobre ellos del mismo modo que Horus –encarnado en el faraón– juzga y reina sobre los vivos: la renovación de Horus dependía de la resurrección de Osiris. Por tanto, Osiris y Horus juzgan y reinan así en el cielo como en la tierra, como rezan los jeroglíficos grabados en las pirámides de las dinastía V y VI.

Al principio hemos afirmado que la religión del antiguo Egipto estaba muy ligada a la política, que prácticamente no se distinguían. Pues bien, cuando el último faraón autóctono cayó en manos de Alejandro Magno y a la muerte de éste por los Ptolomeos (que serían faraones extranjeros), el culto egipcio perdió su sentido (y más aún con el dominio de Roma, cuyos emperadores ni siquiera vivían en el país de las pirámides). Pero este vacío pudo llenarse cuando los egipcios dieron con el Cristo pantocrátor, pues Cristo era descendiente dinástico del Rey David y también Hijo de Dios; por tanto se convirtió así en el nuevo faraón que venía a traer el orden cósmico: la Ma'at. Un Jesús divinizado y también solarizado vendría a suplir el puesto del otrora todopoderoso faraón, y también de Osiris y de Horus –y su madre, la madre de Dios o virgen María, ocuparía el puesto de Isis, la Virgen Madre en cuya iconografía se podía ver cómo le daba el pecho al dios hijo mucho antes de la llegada del cristianismo y del culto a la virgen, porque «esa fructificación de Jesús en el seno de María se compara a la germinación del grano en el seno de Isis-Madre-Tierra» (García Font, 1987: 47-48).

2. Influencias zoroástricas

(24)

No hay consenso en torno a la fecha de la aparición del mazdeísmo ni en torno a las fechas del nacimiento y la muerte de su supuesto fundador: Zaratustra (o Zoroastro, que es como lo llamaban los griegos). Hay una tradición mazdeísta que habla de «258 años antes de Alejandro», posiblemente refiriéndose a la conquista de Persépolis (330 a.C.), conquista que supuso el fin del Imperio Persa de los Aqueménidas arrastrando consigo al mazdeísmo hacia el sincretismo propio de la época helenística. Otras fuentes datan la vida del profeta y gran reformador religioso entre el 650 y el 600 a.C. Hay otros estudiosos que sitúan el nacimiento de Zoroastro mucho antes, en torno al año 1000 a.C. Luego las fechas son muy dispares.

Del mismo modo que Moisés a través de Yahvé, Zoroastro recibe la revelación de la religión mazdeísta directamente de Ahura Mazda, creyéndose así –como Moisés– enviado del Señor Sabio (semejante al dios indio Varuna: «El Que Todo lo Sabe», o como mismamente el «Omnisciente» Yahvé), Rey del Bien y dios soberano entre ahuras y daevas. Pero el mazdeísmo tampoco fue una creación ex nihilo, sino más bien una reforma de la antigua religión indoirania, es decir, fue una construcción mitológica pensada contra algo y contra alguien, esto es, prolepsisbasadas en anamnesis. Ahura Mazda creó el mundo con el pensamiento –¿no recuerda esto a la creación del mundo por Yahvé a través de la palabra: «Dijo, pues, Dios» (Gn 1.3)? Zoroastro reconoce a Ahura Mazda mediante el pensamiento «como el primero y el último» (Yasna 31.8) –¿no recuerda esto al apocalíptico «yo soy el alfa y el omega»? Así como el Dios judío y el Dios cristiano (y por añadidura el mahometano), Ahura Mazda tiene su corte celestial, con la diferencia de que también son seres divinos aunque muy similares a los ángeles por no decir idénticos: «Asha (Justicia), Vohu Manah (Buen Pensamiento), Armaiti (Devoción), Xshathra (Reino, potencia), Haurvatat y Ameretat (Integridad [salud] e Inmortalidad)» (Eliade, 2004: 398).

(25)

mazdeísmo –como el judaísmo, el cristianismo y, de modo mucho más violento y constante, el islamismo– supone una amenaza para la «humanidad», la amenaza del día del Juicio; que, aparte de particular, se vislumbra como universal, es decir, llegará un día –nadie sabe cuándo– en que todos seremos juzgados ante la absoluta presencia de la divinidad, y es de suponer que lo haremos con temor y temblor.

Al parecer, la religión de Zoroastro no era dualista, pues Ahura Mazda era el dios supremo y no se le oponía otra divinidad, la oposición no es por tanto a nivel teológico sino a nivel cosmológico (o ético o religioso) entre los dos Espíritus (por tanto, estaríamos ante el amanecer de la religiosidad terciaria). Dicho con la terminología del materialismo filosófico: no existiría una oposición a nivel ontológico-general sino a nivel ontológico-especial, cósmica. Tanto Spenta Mainyu como Angra Mianyu proceden de Ahura Mazda, por consiguiente este último es el creador tanto del bien como del mal, aunque Angra Mianyu no fue creado como sustancia maligna por Ahura Mazda sino que –como hemos dicho– su maldad reside en su propia elección; por tanto Ahura Mazda no se responsabiliza de la acción de Angra Mainyu (aunque estuviese al tanto antes de la creación de estos Espíritus de los pensamientos, dichos y obras de todo lo que el mundo tendría que ocurrir). Si Ahura Mazda era omnisciente y sabía lo que pasaría, ¿por qué entonces el mazdeísmo no admitía el determinismo? Al parecer, la existencia del mal es una condición necesaria para la libertad humana, una libertad para elegir entre el bien y el mal. Pero esta separación entre el bien y el mal es también una elección del propio Ahura Mazda, lo cual hace más difícil la defensa del indeterminismo en el mazdeísmo. ¿No está más bien dicha confrontación entre el bien y el mal, con la ulterior y final victoria del bien sobre el mal, pensada desde una especie de optimismo metafísico, en la que tanto el bien como el mal y todo cuanto hay está predeterminado por Ahura Mazda?

(26)

La vía hacia las dos Casas pasa por el Puente Chinvat («el separador»), donde las almas son conducidas por el mismo Zoroastro: «Junto con todos ellos, yo atravesaré el Puente del Discriminador» (Yasna 46.10). Puente que se ensanchaba bajo los pies de los fieles mazdeístas pero que se estrechaba hasta quedar de ancho como el filo de una navaja para los impíos que no creyeron en los pensamientos, las palabras y las obras de Zoroastro y que tampoco actuaron con buenos pensamientos, buenas palabras y buenas obras; del mismo modo que en el cristianismo «toda palabra estéril que pronuncian los hombres sobre ella rendirán cuentas en el día del juicio; pues por tus palabras serás juzgado, y por tus palabras serás condenado» (Mt 12.36-37), «Pues el Hijo del hombre va a venir mediante la gloria de su Padre y entonces retribuirá a cada uno según sus acciones» (Mt 16.27).

Al final de los tiempos, los daevas (que representan los dioses de la religión tradicional indoirania pre-mazdeísta que eligieron la Mentira, es decir, eligieron a Angra Mainyu) serán derrotados y trasladados tras caer por «el separador» Puente Chinvat al infierno, a la «Casa del Mal» (aunque en realidad serán derrotados cuando el culto a los mismos sea prohibido por el rey persa Jerjes, el hijo de Darío). Como buen reformador, Zoroastro le da la vuelta del revés a la antigua religión indoirania postulando a los daevas (que en la India representaban a deidades bienechoras) como espíritus malignos; mientras que a los asuras (ahuras, en el idioma del profeta) los postulaba como espíritus benignos, en lugar de demonios, que es como lo designaban los indios: ya se sabe que en la historia de las religiones a dios muerto, demonio puesto. La gran Renovación cósmica supondría la purificación dedaevas (de demonios, en definitiva) en la que el devoto de la «Buena Religión» «colabora en la obra de saneamiento universal emprendida por Ahura Mazda y sus arcángeles» (Eliade, 2004: 420). Zoroastro se pregunta por el día y la hora de estos fantásticos acontecimientos, por el día de la llegada de la renovación del mundo, la resurrección general de la palingenesia, en la cual también creía more judío Jesús de Nazaret: «Enséñame eso que tú sabes, Señor: antes incluso de que lleguen los castigos que tú tienes pensados, oh Sabio, ¿vencerá el justo al malvado? Pues en esto consistía, como es sabido, la reforma de la existencia» (Yasna 48.2). Pero es muy posible que el propio Zoroastro creyese que la susodicha reforma fuese inminente y, al igual que Jesús y que Pablo, la esperase estando él mismo vivo: «¡Pudiéramos ser nosotros los que han de renovar esta existencia!». Y también: «Que nos sea dado contarnos entre los que renovarán esta existencia» (Yasna30.9). Y es posible que Zoroastro se viese a sí mismo como el salvador, es decir, como el Saoshyant (que vendría a ser el Mesías mazdeísta); aunque también existe otra tradición, si bien más tardía, que habla del Saoshyant como descendiente de Zoroastro, cuya semilla se conservó milagrosamente en el lago Kasaoya y que será bebida por una virgen (del mismo modo que Jesús –según las diferentes entre sí genealogías de Mateo y Lucas– era descendiente del antiguo y legendario Rey de los judíos, David, y engendrado por una virgen o una «doncella», María).

(27)

elésjaton era inminente, cuyos resultados serían la transfiguración de la tierra, la resurrección general de los muertos y la retribución de los pensamientos, palabras y actos con el premio para los justos de la «Buena Religión» (aquellos que han tenidobuenos pensamientos, buenas palabras y han realizado buenas obras porque practican el mazdeísmo) y el castigo para los malvados infieles al mazdeísmo o herejes del mismo (aquellos que han tenido malos pensamientos, malas palabras y han realizado malas obras). Pero no sólo había un juicio al final de los tiempos sino que también había un juicio particular en el momento de la muerte del individuo; y para aquellos individuos cuyos pensamientos, palabras y acciones no habían sido del todo buenas ni del todo malas Ahura Madza les había preparado una especie de limbo o estado intermedio (hainestakans) que se situaba entre la tierra y las estrellas, lugar en el que dichos individuos ambiguos permanecían hasta la «Gran Consumación» del Final de los Tiempos (aunque se trata de una concepción algo tardía). Quien no vea las analogías con el judaísmo del Segundo Templo y el cristianismo es porque no quiere verlas. ¡Que venga Ahura Mazda y las vea!

Como dice Peter Watson (2009: 257) y otros intérpretes han señalado, «la apremiante situación en que vivían los judíos, rodeados de vecinos poderosos, era un terreno fértil para la idea zoroástrica de una gran conflagración en la que las potencias del mal serían destruidas y los buenos y justos resucitarían. Fue también en este escenario donde surgió la noción de un Mesías que conduciría a los justo a la victoria, si bien ésta es algo posterior». Muy bien lo dice Paula Fredericksen citada por Watson: «la gente feliz no escribe apocalipsis».

3. Influencias helenísticas

La Idea de Dios cristiana está, de un modo más desarrollado dentro de los evangelios, en el evangelio de Juan, escrito aproximadamente entre los años 90 y 100, 57 ó 67 años después de la crucifixión de Jesús. En dicho libro, el evangelista hipostasia a la figura de Jesús de Nazaret como el Logos encarnado, siendo éste eldios terciario hecho carne y portavoz de la salvación para los hombres (o de condenación en el caso de los incrédulos).

(28)

sus dimensiones, con su propia teología, literatura, administración, ministerio apostólico y culto» (James, 2009: 204).

Fueron los estoicos los principales eslabones entre el Logos de Heráclito y elLogos cristiano, aunque también habría que situar como intermediario al Logos de Filón de Alejandría. El estoicismo era una doctrina de salvación inspirada en la ética socrática y la cosmología heraclítea; no olvidemos que por aquellos entonces el estoicismo era la principal escuela filosófica más difundida del Imperio, siendo una referencia para todas las demás doctrinas: ya filosóficas ya religiosas.

El cristianismo es una religión de salvación pero monoteísta (terciaria), y sus preceptos guardan alguna relación con el estoicismo (filosofía de inspiración monista, panteísta). Este tipo de doctrinas de salvación era un fenómeno muy extendido en la época; las cuales, al ver la injusticia de la polis, tuvo que apartar sus proyectos hacia el alma, hacia el individuo, dando por imposible la salvación de la ciudad. El movimiento estoico influyó mucho en el cristianismo paulino (como ya venía influyendo en el judaísmo). Dicha influencia fue sustituida siglos después por la metafísica platónica, la cual era la filosofía más próxima al cristianismo, pues Platón era un filósofo místico y espiritual, dadas sus influencias órficas. Así lo dice San Agustín: «Que Tales se vaya con su agua, Anaxímenes con su aire, Epicuro con sus átomos y los estoicos con su fuego. Platón era mejor, pues todos decían que Dios era cuerpo, Platón decía que era espíritu, Idea» (La ciudad de Dios VIII 5). Los cristianos llegaron a identificar a la Idea del Bien (hipostasiada en una dimensión supraceleste, más allá de la esencia) con el Dios que se revela (que habla por los codos) en la Biblia; si bien es verdad que ya lo hizo antes, a su manera, el judío Filón de Alejandría. Más tarde, andando los siglos, hicieron lo mismo con el Acto Puro y Primer Motor Inmóvil aristotélico, subvirtiendo así el ordo cognoscendi de la teología dogmática; porque con la filosofía, sin la ayuda de la revelación, se puede conocer a Dios desde las criaturas. Por eso San Pedro Damián dijo que la filosofía estaba inspirada por el diablo; aunque al pasar los siglos, en el Concilio Vaticano I, se declaró «anatema» a todo aquél que negase que se podía demostrar la existencia Dios mediante la razón natural, igual que a día de hoy la Iglesia afirma «que a partir de la Creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre, con la sola razón, puede con certeza conocer a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita» (Catecismo, 2005: 3), aunque admita que no es condición suficiente dadas las dificultades que ello acarrearía, y por eso Dios le dio al hombre la Revelación a través de las Escrituras.

(29)

la religión terciaria (al cristianismo o al islamismo). Por ello, las relaciones de la teología escolástica con la filosofía moderna son totalmente distintas a las relaciones que puedan establecerse entre las teogonías o teologías griegas y la filosofía antigua» (Bueno, 1996a: 279, los corchetes son de Bueno).

(30)

Las religiones mistéricas ofertaban un trato íntimo con la divinidad y la inmortalidad del alma, pensando de este modo contra la religión olímpica homérica, en la que los muertos existían ciertamente en el Hades pero eran meras sombras inanes, fantasmas que vociferaban débiles gritos, circunstancia que significaba una mísera existencia para la robusta y belicosa mentalidad aquea. En los misterios órficos –atribuidos al músico y poeta Orfeo, «el de famoso nombre»–, se suponía que el hombre, una vez iniciado en los susodichos y llevando a cabo el estricto modo de vida órfico, al morir se separaba del cuerpo transformándose en pura esencia que viaja por laberintos espirituales, para que así despierte de su sueño biológico y orgánico (titánico) y entre en el ámbito de lo esencial y espiritual (en lo dionisíaco); esto es, vida sin cuerpo orgánico, porque el cuerpo (soma) era interpretado como una tumba (sema). Como dice Doods (2003: 153): «El mito de los Titanes explica claramente al puritano griego por qué él se sentía a la vez dios y un criminal». De modo que los órficos eran separatistas, es decir, quería separar su alma de su cuerpo (cosa impensable para un judío como Jesús que creían firmemente en la resurrección del cuerpo). Hallar el estado dionisíaco o liberar al alma de las «impurezas» de la carne fue un fenómeno conocido como kátharsis, como la denominó Empédocles (que por cierto no denominó al alma o yo indestructible como psykhé sino como dáimon). La catarsis, la purificación, transforma al hombre en un espíritu puro (sin mezcla) y desencarnado; esto es, separado de su parte titánica, parte impura –impureza que no debe confundirse con el Pecado Original del cristianismo, pues dicho pecado fue por elección del hombre dando un mal uso de su libre arbitrio (libertad para comer del árbol prohibido y saber lo mismo que Dios); pero la impureza del soma era debida a la herencia titánica de la naturaleza humana, es decir, era una impureza de por sí de la que debía de desprenderse para liberar su herencia dionisíaca, no ya con una conducta moral sino con una conducta ritual propia del estricto ascetismo del modo de vida órfico (después esto se modificó considerándose los ritos como algo mecánico, dándose así más importancia a la conducta moral). De este modo el alma es libre en un mundo invisible para los ojos carnales. El hombre al salir del cuerpo en el momento de la muerte entra en lo espiritual, en los Campos Elíseos, y si ya no vuelve a reencarnarse y sale del círculo de las múltiples encarnaciones entonces vivirá eternamente allende los Elíseos sin volver nunca a ser un sujeto de carne y hueso sino que sería espíritu puro por toda la eternidad. Así, se le daba la vuelta del revésa la concepción homérica de la muerte, en una especie, podríamos decir, de «inversión psicológica».

(31)

Orfeo, no por eso negamos la mezcla de elementos tracios en las creencias órficas». Según Doods, la religión dionisiaca, repleta de ceremonias extrañas y alucinógenas, tomó este estilo de vida de las prácticas de los hiperbóreos, es decir, de los chamanes de Siberia. Los órficos son reformadores de la religión dionisiaca, pues para éstos la experiencia espiritual era posible sin vino ni enteógenos ni omofagia, pues los órficos eran ascetas y adoraban a Apolo, dios de la moderación y del buen raciocinio: «Orfeo era un héroe tracio estrechamente asociado con el culto de Apolo y, por lo tanto, en sus días tempranos estuvo en conflicto con el preminente culto tracio de Dioniso, tipo de religión esencialmente diverso. Se lo concebía como una figura de paz y calma, como autor de una música con cualidades mágicamente apaciguadoras. Como cantor era también un theológos, es decir, su canto versa sobre las cosas divinas: los dioses y el universo. Fue adoptado como fundador y maestro por sectas místicas, probablemente hacia comienzos del siglo VI» (Guthrie, 2003: 101-102).

Si el orfismo fue al principio una religión minoritaria se debía a que era demasiado complicada para la mentalidad mitológica de la masa y demasiado mitológica para la mentalidad de la incipiente filosofía (la metafísica presocrática). Hubo, pues, que esperar a la era helenística para su difusión, avanzando mediante el sincretismo y por la senda del monoteísmo: Fanes, Dioniso y Hades eran interpretados como el mismo dios con múltiples funciones. En los primeros siglos de la era cristiana el orfismo fue una gran competidor del cristianismo.

Los pitagóricos fueron seguidores, en parte, de la religión órfica, así como a su vez Platón es el reformador y divulgador (sus diálogos, afortunadamente, han sobrevivido a lo largo de los siglos, cosa que no se puede decir de la literatura órfica que es más bien escasa) de todo este entramado espiritualista, el cual postula, como máximo exponente, la transmigración de las almas: nacer, vivir, morir, volver a nacer y tornar a morir (metempsicosis o metensomatosis). Platón supo sintetizar todo esto, brillantemente, en el Fedón y en el Mito de la Caverna, el cual simboliza «el viaje del alma por el ámbito de lo inteligible» (sin perjuicio de que sea posible una interpretación materialista de este mito fundador de la filosofía, mito esclarecedor y no oscurantista ni confusionario). Como afirma Cornford, el orfismo «hizo posible la alianza del platonismo con la religión de Cristo y San Pablo» (citado por Guthrie, 2003: 254).

Referencias

Documento similar

Where possible, the EU IG and more specifically the data fields and associated business rules present in Chapter 2 –Data elements for the electronic submission of information

The 'On-boarding of users to Substance, Product, Organisation and Referentials (SPOR) data services' document must be considered the reference guidance, as this document includes the

In medicinal products containing more than one manufactured item (e.g., contraceptive having different strengths and fixed dose combination as part of the same medicinal

Products Management Services (PMS) - Implementation of International Organization for Standardization (ISO) standards for the identification of medicinal products (IDMP) in

Products Management Services (PMS) - Implementation of International Organization for Standardization (ISO) standards for the identification of medicinal products (IDMP) in

This section provides guidance with examples on encoding medicinal product packaging information, together with the relationship between Pack Size, Package Item (container)

Package Item (Container) Type : Vial (100000073563) Quantity Operator: equal to (100000000049) Package Item (Container) Quantity : 1 Material : Glass type I (200000003204)

b) El Tribunal Constitucional se encuadra dentro de una organiza- ción jurídico constitucional que asume la supremacía de los dere- chos fundamentales y que reconoce la separación