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El Cristo de la fe frente al Mesías de la Ley: el secreto mesiánico

V. El Jesús histórico y el Cristo de la fe: del judaísmo al cristianismo

6. El Cristo de la fe frente al Mesías de la Ley: el secreto mesiánico

No se sabe con seguridad si Jesús se vio a sí mismo como el Mesías, el título que utiliza en los evangelios es el del «Hijo del hombre». Es probable que se presentase como el Mesías pero no desde el principio de su ministerio, sino tras una larga reflexión sobre su persona y su misión. Es posible también que lo hiciese con relativa prudencia ante los hostis del pueblo de Yahvé, pues si hubiese proclamado a los cuatro vientos que él era el Mesías, esto es, el Rey de los judíos, entonces no hubiese durado ni dos días y hubiese sido eliminado antes de que cantase un gallo. De todas formas, Jesús nunca profetizó su crucifixión y el significado de ésta como sacrifico expiatorio y vicario. ¡Y en esto está

precisamente la escisión entre judaísmo y cristianismo! Cuando en Marcos y Mateo Jesús comunica a sus discípulos en las aldeas de Cesarea de Filipo que en Jerusalén va a ser crucificado pero que al tercer día resucitará, Pedro, indignado, le dice que eso a él, esto es, al Mesías de Israel, no le podía pasar. Pero Jesús, reprochándole, le dijo: «¡Vete de mí, Satanás, eres un escándalo para mí, porque no consideras las cosas de Dios sino las de los hombres!» (Mt 16.23). Efectivamente, Pedro consideraba las cosas de los hombres, esto es, los fantásticos planes y programasescatológicos de los judíos de su tiempo, que soñaban con la restauración de un Reino que les concedería bienestar espiritual y material en un sábado eterno de banquete mesiánico. Jesús les dice a sus discípulos que no le dijesen a nadie que él era el Mesías (v. 20). Esto es lo que los estudiosos denominan «secreto mesiánico», secreto que señalaba a Jesús como Mesías una vez muerto y resucitado. Aun así, el secreto mesiánico del Jesús sinóptico se refería al secreto del Mesías cristiano (no judío), el cual moriría en la cruz pero que resucitará, cosa que como es obvio sus discípulos no podían entender porque eran fervorosos judíos que creían a fe ciega en la victoria del Mesías, como así lo creían los caminantes de Emaús, los cuales ignoraban completamente dicho secreto: «nosotros esperábamos que él era el que iba a rescatar Israel» (Lc 24.21). El secreto mesiánico es un artificio literario de los evangelistas para resolver problemas teológicos en relación a la resurrección de Jesús. Aunque bien es cierto que la Urgemeinde, la iglesia-madre de Jerusalén, elaboró un judaísmo, muy estricto con la Ley, en el que Jesús era el Mesías y que volvería al fin de los tiempos, que para ellos estaba a la vuelta de la esquina, para juzgar a los gentiles y sus aliados judíos e implantar el inquebrantable Reino de Israel.

Desde una óptica prorromana (o al menos no antirromana), es decir, paulina aunque en muchos versículos antipaulina (judeocristiana), como es el evangelio deMateo, es necesario que Jesús reprochase a Pedro cuando éste se indignó cuando el Nazareno dijo que el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes que lo humillarán y lo crucificarán, y al tercer día resucitará (v. 21). Pedro dijo que eso, al Mesías de Israel, no le podía pasar, pues su labor era la de triunfador. El Nazareno, sub specie divinitatis, reprende a Pedro sus intenciones políticas de instaurar el Reino de David, porque para este Jesús, y en especial el deJuan, su reino «no es de este mundo», «Pues no envió Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo [como Mesías de Israel], sino para que el mundo fuera salvado por él [es decir, por el Cristo de la fe]» (Jn 3.17). El Reino del Cristo de la fe es un Reino espiritual; dicho de otro modo: las almas se glorificarán en bienaventuranza sempiterna en una dimensión transcendente al mundo empírico con forma de ángeles, como se lee en Mt 22.30 en la polémica de la resurrección pensandocontra los saduceos: «en la resurrección [las esposas] ni desposan ni son desposadas, sino que son como ángeles en los cielos». El pasaporte para la salvación se consigue de manera gratuita –al contrario que las costosas religiones mistéricas– en la Iglesia, y simplemente teniendo fe en Cristo. Antes de reprender al indignado Pedro, el Nazareno le da las llaves del Cielo, es decir, la Iglesia, para que de este modo el rebaño no se extravíe, y puedan purificarse para su salvación, si no… «será el llorar y el crujir de dientes». Es curioso que el Nazareno

le dé las llaves del cielo a Pedro y después le diga «¡Vete de mí, Satanás!». ¿Acaso le dio las llaves del cielo a Satanás?

Según los evangelios Jesús se presentó como el «Mesías davídico», es decir, como un guerrero dispuesto a lapidar cabezas e implantar la teocracia judía y la Ley mosaica, con la ayuda de Yahvé y sus doce legiones de ángeles. Jesús fue un judío piadoso y misericordioso con la comunidad mesiánica y despiadado e inmisericorde con aquellos que se oponían a la restauración del Reino, los hostes del pueblo de Yahvé: «Quien no está conmigo está contra mí, y quien no recoge conmigo, dispersa» (Mt 12.30). Jesús hubiese considerado a una institución como la Iglesia como sacrílega e incomprensible, sus intenciones eran muy distintas, pues su misión consistía en restaurar el Reino que se oponía al Imperio, no en edificar una Iglesia relacionada con el mismo: se esperaba el Reino pero vino la Iglesia, que triunfó ecuménicamente poco más de tres cientos años después. El Mesías era la figura apocalíptica clave del judaísmo, era el Ungido de Yahvé, «un caudillo que apacentará mi pueblo de Israel» (Mt 2.6, 2 Sam 5.2 y 1 Cr 11.2); luego es claro y evidente que el mesianismo judío era un fenómeno nacionalista, un fenómenoideológico que conspiró contra Roma y los enemigos del Pueblo de Yahvé. El Mesías debía de ser triunfador, es decir, el liberador de la opresión extranjera, jamás debería de ser martirizado, pues dicha función es solo de los profetas. Pero Jesús se presentó como Mesías y fue martirizado, luego, como bien dice Puente Ojea, «un Mesías humillado y escarnecido no era el Mesías sino un pretendiente incualificado» (Puente Ojea, 2001b: 30). Sus esperanzas radicaban en restaurar la Casa de David, personaje que, mutatis mutandis, significó para Jesús lo que Aquiles para Alejandro Magno. Pero Alejandro, aun muriendo joven, triunfó y Jesús fracasó en su intento patético de restaurar el Reino de David, el Reino de Yahvé como soberano de Israel.

El mesianismo judío consistía en la redención nacionalista; su utopía no pretendía, ni por asomo, redimir al mundo o fundar una iglesia ecuménica. Si Israel redimiese al mundo sería así pero a costa de la condenación de los gentiles y de los no conversos al judaísmo (que hubiese sido la inmensa mayoría del mundo conocido), transformándose Israel en el Imperio hegemónico, y sería algo así como un imperio depredador pues no elevaría a sus súbditos a la condiciones paradisíacas de la disfrutarían los fieles y celosos de la Ley (a no ser que se convirtiesen al judaísmo, con todo lo que eso implicaría). Por tanto, Israel, al ver como los paganos imperaban en el mundo, mantuvo sus esperanzas, frustradas, en colocarse como soberano de la Tierra, para que así las naciones se sometiesen a la Ley de Dios en el caso de los pocos gentiles convertidos (pues la mayoría sufriría en la Gehenna). Éste sería el aspecto más utópico del Reino de Yahvé. Pero no se cumplieron las promesas, ni pudieron cumplirse. La teología de la Restauración de Israel fue desmentida por los hechos si bien ya a priori era una ocurrencia delirante, unalocura objetiva.