VIII. El ministerio de Jesús 1 Jesús y Juan el Bautista
3. La tragedia del Gólgota y el mito de la resurrección
La crucifixión era el castigo ejemplar que Roma daba a los sediciosos, la condena más vergonzosa y humillante. Pero la misma no fue un invento romano: tuvo su origen con Dario el Grande, y fue adoptada por los griegos; «Alejandro Magno crucificó a los tirios; Antíoco Epífanes y el rey judío, Alejandro Janeo, crucificaron a los jerosolimitanos rebeldes; los cartagineses crucificaron a los generales insubordinados; y en el año 71 a. C., Craso celebró su victoria sobre Espartaco crucificando a seis mil esclavos rebeldes a lo largo de la Vía Apia» (Montefiore, 2012: 153).
Roma no crucificaba a un sujeto por las buenas, gratuita y arbitrariamente. Si Jesús fue crucificado es porque había un buen motivo. Y en realidad el único motivo que había para crucificar a un sujeto era el de ser condenado por sedición. Luego Jesús fue un sedicioso, y eso lo sabemos con seguridad, pues precisamente el dato más seguro que conocemos sobre Jesús es que fue crucificado. Ahora bien, la crucifixión es un procedimiento demasiado cruel. Quizá con decapitarlo como a su maestro Juan el Bautista hubiese sido suficiente; aunque no niego que, para la perseverancia de la eutaxia de esta conflictiva provincia del Imperio, un buen escarmiento a aquellos que se rebelasen contra Roma pudiese servir de ejemplo para atemorizar a los fanáticos (quizá así el temor a Roma fuese más potente que el temor a Yahvé). Si alguien osaba sublevarse contra Roma lo iba a pagar con la muerte tras el más horroroso de los suplicios, tal y como se hizo con los citados seis mil esclavos rebeldes encabezados por Espartaco. Sujetos de sedición como Jesús el Nazareno de Galilea eran aparentemente poca cosa para ese gran Imperio generador que no cazaba moscas, pero potencialmente eran un peligro; 30 años después ese peligro se actualizó y terminó con todo el pueblo; justo lo que lo queJuan le hace decir al sumo sacerdote Caifás como justificación para la detención y entrega de Jesús a manos de las autoridades imperiales: que «un hombre muera a favor del pueblo y no perezca toda la nación» (11.50). Era necesario crucificar a Jesús; y aunque a nosotros el hecho de crucificar a alguien pueda resultarnos excesivamente cruel, que sin duda lo es, para la pax romana supuso un sacrificio prudente.
Aun así, los evangelios tratan de inculpar a Roma, como si la crucifixión del Nazareno no hubiese sido una cuestión de eutaxia estatal sino un ajuste de cuentas intrajudío por un asunto de blasfemia (aunque, como hemos dicho, la blasfemia también tenía repercusiones políticas). El Nazareno –pese a Lc 23.2– no es retratado como sedicioso sino como blasfemo, cosa impensable si se trata de un judío tan piadoso tal y como hemos visto; y si hubiese sido blasfemo entonces no se le hubiese condenado a cargar con su cruz, sino que hubiese sufrido la lapidación, como fue el caso de Esteban (Hch 6.8-7.60).
Los reos de crucifixión no eran bajados de inmediato tras su muerte, sino que seguían colgados en el madero hasta podrirse y ser pasto de los buitres.
Hay que tener en cuenta, y esto está en Marcos –y también en Mateo–, que el primero en corroborar la filiación divina de Jesús fue un centurión romano, cuando dijo, una vez muerto: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» (15.39). Pero, a decir verdad, como bien se constata en el versículo 34, el Nazareno estaba sufriendo no sólo físicamente sino también moral y psicológicamente. Y si no, cómo se explica aquello de: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?», versículo que es una cita del Salmo 22, salmo escatológico en que se proclama la restauración del Reino de Israel sobre sus enemigos: «Se acordarán, y se volverán a Yahvé todos los confines de la tierra, y todas las familias de la naciones adorarán delante de ti [eso significaría el final de la idolatría y del paganismo y sus reinos]. Porque de Yahvé es el reino [el Sacro Imperio Judaico], y él regirá las naciones». Y esos eran los planes y programas del Nazareno que terminaron clavados en el Gólgota. Como dice el salmista: «He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte» (vv. 14-15). De este modo, Jesús sufrió en su calvario el azote inmisericorde del paganismo, y en con semejante fracaso entregó su alma a Dios. (Quiero decir que se murió).
Jesús contaba con el Reino, la crucifixión no entraba en sus cálculos, jamás contó con su calvario, y su crucifixión jamás tuvo un sentido soteriológico para la humanidad, cosa de la que el primero en extrañarse sería el Nazareno mismo. Lo último que podría hacer colgado en la cruz es salvar a la humanidad de sus pecados. Jesús esperaba el Reino y se encontró con Roma y la crucifixión; después, en su nombre, se esperaría la parousía y vino la Iglesia, una institución postapostólica instalada en el seculum y hecha para durar en la tierra; una Iglesia mundana y desescatologizada que otorgaba los sacramentos para la salvación siendo así una maquinara burocrática-sacramental cuyo pecador sería todo aquel que no obedeciese al poder imperial, justo lo contrario de lo que pensaba el Nazareno, para el cual el pecador era el que se sometiese al poder romano. De modo que los finis operantis de Jesús, lo que el Nazareno se proponía, sus intenciones subjetivas (aunque moldeadas desde la plataforma ideológica de lalocura objetiva del mesianismo judaico que se venía cociendo en Israel desde hacía cuatro siglos y que funcionaba a toda máquina in medias res en el siglo I),
es decir, los planes y programas del visionario de Nazaret basados en las anamnesis del judaísmo apocalíptico, se opusieron a los finis operis. Dicho de otro modo: los fines objetivos de su acción por la aldeas de Galilea y por Jerusalén se encarnaron de manera inesperada en la tragedia del Gólgota, tragedia que transformó la obra de Jesús en el mito oscurantista y confusionario de un sacrificio vicario por toda la humanidad que liberaría a ésta del Pecado Original de Adán y Eva en el Paraíso; algo que estaba a años luz de las prolepsis del Nazareno, que no consistían en morir en la cruz para un sacrificio vicario, «porque es maldito de Dios el que está colgado del madero» (Dt 21.23), sino en triunfar con el auxilio divino contra las tropas romanas e inaugurar el Reino; pero aunque Jesús no hubiese sido sacrificado «¿no habría que concluir que su vida sólo fue un pseudo sentido, o un contrasentido?» (Bueno, 1996b: 415).
He aquí un ejemplo claro de que los finis operantis y los finis operis nunca coinciden completamente, porque la historia no es un proceso autodirigido por el hombre, el cual no puede tomar las riendas del destino, por así decir, y conquistar las claves de su autodirección, dada la biocenosis realmente existente que entreteje la dialéctica de clases y la dialéctica de Estados en la que no cabe la armonía ni el consenso universal. Como dice Puente Ojea (2007: 177): «El Mesías esperado y aclamado acaba su vida en la Cruz como reo de sedición. Un Mesías humillado, fracasado en cuanto al cumplimiento de su oráculo mesiánico, no era un Mesías. Mesianidad y triunfo eran notas indisolubles de un mismo concepto, de una misma fe. Sólo una hermenéutica audaz, e inverosímil en el seno del judaísmo, podía funcionar como respuesta, pero esta respuesta transmutaba radicalmente la fe del propio Nazareno mientras vivió y de los que le seguían». Pablo, desde su teología de la cruz, soluciona la maldición del que cuelgan en el madero de Dt 21.23 afirmando que Jesús, como Hijo de Dios, en su sacrificio en la cruz asume la maldición de la Ley, porque dicho sacrificio significaba precisamente la liberación de la maldición de la Ley, porque ésta esclaviza a los hombres. Pablo cita Dt 21.23 en Gál 3.13 afirmando que Cristo, al redimir a los hombres de la «maldición de la Ley» se hizo «por nosotros objeto de maldición». «San Pablo, cuando persigue a Cristo en la Iglesia, comprende que la cruz no es "una maldición de Dios" (Dt 21, 23), sino sacrificio para nuestra redención» (Ratzinger, 2008).
Los cuatro evangelios afirman que Jesús fue sepultado por José de Arimatea, supuesto miembro del sanedrín y supuesto rico. En Marcos José es retratado, efectivamente, como un miembro del sanedrín, y a su vez se le insinúa como partidario del grupo de Jesús, pues «estaba a la espera del reino de Dios» (15.43). En Mateo se dice ya explícitamente que José era «discípulo de Jesús» (27.57), pero no se menciona su pertenencia al sanedrín. Lucas sí menciona la pertenencia de José al sanedrín, aunque discrepó de la «decisión y hechos» (23.50) del consejo para apresar al Maestro. Y, por último, Juan hace de José, junto a Nicodemo, un discípulo oculto «por miedo a los judíos» (19.38), sin mencionar si pertenecía o no al sanedrín. Por tanto, según los evangelios, Jesús fue sepultado por este José de Arimatea, del cual no sabemos con certeza si era o no miembro del consejo del sanedrín que planeó la detención de Jesús. Sólo en Mt 27.57 se dice de José que era «un hombre rico».
El profesor Gabriel Andrade, en las páginas de El Catoblepas, da, a mi juicio, buenos argumentos para al menos dudar de la existencia de este José de Arimatea: «El historiador J. D. Crossan ha documentado que la usanza romana era no enterrar a los criminales ejecutados en la crucifixión. Los cadáveres eran bajados de la cruz y abandonados como comida para perros y aves. Crossan admite que pudo haber alguna excepción a esta regla, pero Jesús no habría sido un buen candidato para esta excepción, pues no contaba con el respaldo de alguna figura influyente que apelara a las autoridades romanas para conseguir que permitieran la sepultura. Por razones que veremos más adelante, es plausible que José de Arimatea sea un personaje ficticio, de manera tal que el cuerpo de Jesús, en ausencia de amigos influyentes, habría sido abandonado y devorado por animales». Y continúa: «Si Jesús no fue enterrado, o fue enterrado en una fosa común, ¿cómo podríamos explicar los relatos sobre José de Arimatea? Quizás sean ficticios, un añadido posterior; e incluso, quizás José de Arimatea no sea un personaje real; habría sido inventado para paliar la humillación de un entierro en una fosa común, o el haber sido devorado por los perros. Nuestra fuente más temprana, Pablo, da testimonio de que el cuerpo de Jesús fue enterrado, pero no menciona nada respecto a José de Arimatea y su tumba. Esto podría ser un indicio de que la historia sobre José de Arimatea habría sido un añadido posterior, pues aparece por primera vez en el evangelio de Marcos, escrito unos veinte años después de las epístolas de Pablo, y unos cuarenta años después de la crucifixión» (Andrade, 2010: 102).
Efectivamente, el primero que escribe sobre el entierro de Jesús es Pablo en I Cor 15.4. Aquí dice el tarsiota que Jesús «fue sepultado», pero no especifica si fue en una tumba particular o en una fosa común (tampoco menciona a José de Arimatea). A continuación, de los versículos 5 al 8, dice que tras resucitar «se apareció a Cefás [es decir, a Pedro], y después a los once Apóstoles. Posteriormente se dejó ver en una sola vez por más de quinientos hermanos juntos, de los cuales, aunque han muerto algunos, la mayor parte viven todavía. Se apareció también a Santiago, y después [otra vez] a los Apóstoles todos. Y a mí, como a abortivo, se me apareció después que a todos». Vemos cómo Pablo no menciona a ninguna mujer en las primeras apariciones (sin querer negar con esto que entre esos «quinientos hermanos» podría haber también algunas «hermanas»), pero según Pablo los primeros en verlo fueron Pedro y los demás apóstoles.
Sin embargo, en Marcos un joven «vestido con traje blanco» (16.5) anuncia a María de Magadala, María la de Jacobo y a Salomé que Jesús ha resucitado. Pero en el añadido del abrupto final del primer evangelio que va del versículo 9 al 20, que «son una copia de pasajes de Mateo y Lucas con teología muy cercana a Juan» (Piñero, 2009: 44), se afirma que Jesús «se apareció primero a María Magdalena» (v. 9), la cual al comunicarle la noticia a los apóstoles no fue creída. Dice el Catecismo que «Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les parecía imposible» (2005: 127).
En Mateo es María Magdalena y «otra María» (28.1) las que ven a «un ángel del Señor que bajó del cielo» (v. 2) anunciándoles la resurrección, pero Jesús apareció no sólo ante la Magdalena sino también ante la otra María diciéndoles: «¡Salud!» (v. 9). Después, en un monte de Galilea, se les apareció a los once discípulos, «pero algunos dudaron» (v. 17).
En Lucas «las mujeres que lo habían seguido, las que habían venido de Galilea con él» (23.55), que eran «María Magdalena, Juana y María la de Jacobo y las restantes con ellas» (24.10), fueron anunciadas de la resurrección del Maestro por dos hombres «con ropa blanca brillante» (v. 4), no siendo creídas por los apóstoles, los cuales consideraron el anuncio como «una tontería» (v. 11), quizá porque en una sociedad tan patriarcal como la judía el testimonio de las mujeres valía muy poco o más bien nada, pues ni siquiera valían como testigos en un proceso judicial, aunque sí en el caso de que no hubiese ni un solo hombre como testigo. Pedro, entonces, corrió hacia el sepulcro, y al ver sólo las vendas sin el cuerpo se asombró. Más adelante, los dos caminantes hacia Emaús comentan que los demás apóstoles vieron lo mismo, pero a Jesús «no lo vieron» (v. 24). Al principio los caminantes no reconocieron a Jesús con sus ojos (v. 16), pero en el versículo 31 sus ojos se abrieron y le reconocieron. Cuando llegaron a Jerusalén vieron a los apóstoles predicando la resurrección de Jesús, pues éste se le había aparecido «en una visión a Simón [es de suponer que este Simón es Pedro, lo cual coincidiría con el testimonio de Pablo]» (v. 34). Y después se situó Jesús entre ellos y les dijo: «Paz a vosotros» (v. 36), y se les aparece tal y como era en vida y no con forma de espíritu, y pensando el evangelista contra los docetistas gnósticos le hace decir ad hoc al Jesús redivivo: «Mirad mis manos y mis pies, porque soy el mismo; tocadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que tengo yo» (v. 39), y después se puso a comer un pescado asado.
En Juan María Magdalena va sola al sepulcro y lo encuentra vacío, comunicándoselo inmediatamente a Pedro y al enigmático discípulo amado: «Se llevaron a Jesús del sepulcro y no sabemos dónde lo pusieron» (20.2). Pedro y dicho discípulo vieron el panorama y volvieron a casa, pero María se quedó sola llorando fuera del sepulcro y cuando se asomó al mismo vio «a dos ángeles vestidos de blanco, uno junto a la cabecera y otro junto a los pies, donde estuvo el cadáver de Jesús» (v. 12). María se da la vuelta y sin reconocer a Jesús, pensando que era el guardia del huerto, éste le pregunta por qué llora. Jesús la llama por su nombre y ella enseguida lo reconoce y le dice en hebreo: «Rabbuní» (v. 16). Y Jesús le dice: «Deja de tocarme, pues todavía no he subido hacia mi Padre» (v. 17). A la tarde se le apareció a los discípulos, menos a Tomás, el llamado Gemelo, que no se encontraba allí en ese momento, y no creyó en la resurrección del Maestro porque no lo había visto: «Si no veo en sus manos la herida de los clavos y meto mi dedo en la herida de los clavos y meto mi mano en su costado, no lo creeré de ninguna manera» (v. 25). Ocho días después volvió Jesús y esta vez sí que estaba allí Tomás, y Jesús al verlo le dice que meta su dedo en la herida de los clavos y su mano en su costado para que no sea incrédulo sino creyente. Vemos, pues, cómoJuan habla, al igual que Lucas, de una grosera resurrección carnal (sólida) y no simplemente espiritual (vaporosa o invisible), pensando también contra el docetismo gnóstico herético. «Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su pasión»
(Catecismo, 2005: 129). Después se le apareció en el mar de Tiberíades a Simón Pedro, a Tomás, a Natanael el de Caná de Galilea, a los hijos de Zebedeo, al discípulo amado y otros dos de sus discípulos (21.2). Y aquella vez fue la tercera «que se apareció Jesús a los discípulos una vez resucitado de los muertos» (v. 14). Según Marcos (aunque en el añadido) y Juan, la primera persona que vio a Jesús resucitado fue María Magdalena. Para una Iglesia tan puritana y antifeminista debía de ser molesto, por no decir insoportable, que todo el maravilloso edificio teológico del dogma de la resurrección dependiera, en última instancia, del testimonio de una prostituta.
«Según los apologistas, el hecho de que los primeros cristianos no veneraron la tumba de Jesús es señal de que estaba vacía. Este alegato tiene plausibilidad, pero resulta más plausible aún pensar que, si los primeros cristianos no veneraron la tumba de Jesús, entonces hubo de ser porque no hubo una temprana tradición respecto al sepulcro vacío. Pues, si la historia del sepulcro vacío es real, los cristianos hubieran venerado ese lugar desde un principio, no propiamente como el lugar donde yace el cuerpo de Jesús, pero sí como el lugar donde ocurrió el milagro de la resurrección. Es más probable que se venere el lugar donde ocurrió un milagro, que el lugar donde yacen los restos de un maestro recordado… Los apologistas sostienen que el sepulcro estaba vacío, pues cuando los primeros cristianos empezaron a proclamar que Jesús había resucitado, las autoridades judías que los enfrentaban sólo necesitaban señalar dónde estaba el cuerpo, suficiente para su refutación. Pero, quizás las autoridades judías sencillamente habían olvidado dónde estaba enterrado Jesús, especialmente si asumimos que fue enterrado en una fosa común… Jesús habría sido crucificado en Jerusalén, probablemente junto a otros criminales presumidos de ser agitadores políticos, y en ese sentido, su ejecución no habría sido un hecho singular para las autoridades romanas. Por ello, seguramente fue sepultado, junto a los otros reos, en una fosa común. En el momento de su arresto, sus discípulos lo habían abandonado, y probablemente regresaron a Galilea… Hoy, por supuesto, se venera el Santo Sepulcro en Jerusalén, pero es bastante seguro que la veneración de este lugar apenas empezó con la visita de la madre del emperador Constantino a Jerusalén, en el siglo IV» (Andrade, 2010: 102).
Aparte de la propia resurrección de Jesús, la cual –como dice el Catecismo– supone «la culminación de la Encarnación» (2005: 131), los evangelios narran la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5.21-23), del hijo de la viuda de Naín (Lc 7.11- 17), y la de Lázaro (Jn 11.1-44). Resurrecciones tan mitológicas como la de Jesús. IX. La Urgemeinde, iglesia-madre de Jerusalén
Tras la crucifixión, el movimiento de Jesús, en Jerusalén, fue dirigido primero por Pedro y después por su hermano Jacobo, que los católicos llaman Santiago (también llamado «el justo», esto es, «fortaleza del pueblo y de la justicia»). La Iglesia-madre de Jerusalén era lo que hoy se denomina como judeocristianismo, lo