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EDICIÓN NOVIEMBRE 2019 | N°245

CUANDO CHINA ERA REACIA AL CAPITALISMO

¿Por qué el capitalismo no comenzó en China?

Por Alain Bihr*

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Juan Soto (www.sotografico.blogspot.com)

Aun cuando ciertas condiciones favorables a la formación y al desarrollo de las relaciones capitalistas de producción empezaron a gestarse en China varios siglos antes de que aparecieran en Europa Occidental, aun cuando “los chinos gozaron, durante la Antigüedad y hasta la Edad Media de una ventaja tecnológica” (1), ¿por qué el Imperio del Medio no le dio inicio al capitalismo?

Quizá haya que observar las relaciones de producción y sus cualidades específicas dentro de la China imperial para descubrir los obstáculos que pudo encontrar allí el (proto)capitalismo. En primer lugar, la propiedad de las tierras. Ya sea bajo los Han (202 a.C.-220 d.C.), los primeros Tang (618-755) o a principios del período Song (960-1270), el monopolio imperial estaba claramente consolidado. A continuación, la apropiación privada de la tierra desde luego se desarrolló bajo la doble forma de la posesión patrimonial “aristocrática” (de la familia imperial y de las familias aliadas, de los eunucos de la Corte imperial, de los altos funcionarios civiles y militares, del patriarcado mercantil) y de la posesión campesina, sin que por ello aparezca una verdadera propiedad privada. Pues, en el primer caso, esta no derogó para nada el monopolio imperial de la tierra. Lograr la posesión de un dominio, de un

conjunto de lotes de tierras o de regalías fiscales por parte de los funcionarios constituía la contrapartida de su servicio al Estado; se trataba por lo tanto de un beneficio (de tierras o fiscal), y no de una apropiación privada propiamente dicha. Las posesiones de tierras de los eunucos o de los altos funcionarios eran gratificaciones imperiales por definición precarias: el emperador que las concedía o su sucesor podía perfectamente anularlas de un día para el otro. Aunque las de los miembros de familias de príncipes eran en principio más estables (teóricamente hereditarias), les debían el privilegio a pesar de todo a su posición o a sus relaciones en la cima del aparato de Estado: una revolución palaciega ya fortiori una ruptura dinástica se las podían hacer perder.

En cuanto a las familias campesinas, no eran tampoco propietarias de su parcela, de la cual tenían el usufructo, garantizado por el Estado imperial que la concedía –un derecho a usarla y hacerla fructificar, que se podía transmitir de generación en generación, que se podía

incluso eventualmente enajenar–. El dominio eminente del suelo seguía estando sin embargo en manos del Estado, que exigía como contrapartida el pago de regalías en trabajo

(servidumbre, servicio militar), en renta (bajo la forma de una parte de las cosechas) o en especies y que podía en principio expropiar a la familia campesina a partir del momento en que ya no cumplía con sus deberes.

Un segundo tipo de obstáculos fueron las restricciones a la acumulación del capital

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bajo la tutela del poder imperial y de su mandarinato: fueron administradas por agentes del poder central, siendo la sede de las autoridades, sin concederles ningún derecho a

inmiscuirse en el gobierno a los gremios de los comerciantes o a las corporaciones de los artesanos que se hubieran podido formar.

Además, contrariamente a lo que sucedería en la Europa de los tiempos modernos, el capital mercantil y la burguesía no contaron con ningún apoyo del poder imperial, todo lo contrario. No solo este limitó su campo de acción mediante sus propios monopolios comerciales e industriales (abocados según la época a la sal, el alcohol, el té, las minas, el comercio exterior) sino también mediante prohibiciones periódicas que se les hacían a los

comerciantes y negociantes para adquirir tierras u ocupar cargos públicos –aun cuando los desvíos y rodeos de estas limitaciones fueron frecuentes–. El poder imperial desconfió constantemente del comercio interior y más aun exterior; vigiló y controló de cerca la actividad de los comerciantes chinos, y más aun extranjeros. Tampoco jamás se vio esbozarse en China el equivalente de políticas mercantilistas destinadas a favorecer la formación y la acumulación de capital mercantil o industrial, como sí ocurrirá en Europa a partir del siglo XVI (2).

Finalmente, la cultura imperial china permaneció resueltamente hostil a la práctica del

comercio (de mercaderías o de dinero), al enriquecimiento por ese medio y, por consiguiente, a la acumulación de capital mercantil. El confucionismo enseña que el comercio es una actividad deshonrosa, incluso aunque puede ser necesaria al reabastecimiento de las

grandes ciudades y de los ejércitos en productos de primera necesidad. En la jerarquía de los órdenes que establece, los comerciantes ocupan la última de las cuatro posiciones, detrás de los letrados, los agricultores y los artesanos. Y, de todos los comercios, el comercio exterior es el más despreciable, porque es lo mismo que reconocer que China no es autosuficiente, lo cual constituye una afrenta para la dignidad imperial.

Obstáculos para el desarrollo del capital

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En el punto más alto de la apertura de China al Asia marítima, bajo los Song del Sur, en el Fujian, una de las regiones más polarizadas por dicha apertura, la industria de la cerámica que producía exclusivamente para la exportación no alimentaba más que al 2% de las familias (3).

Todo esto contrasta evidentemente con el desarrollo precoz, bajo los Tang, de una diáspora mercantil china por todos los mares de China e incluso del Océano Índico, que a partir de los Song (960-1279) ocupará un lugar predominante en el comercio del Asia marítima oriental. Pero es sintomático que sea fuera de la China imperial que los talentos mercantiles y los tropismos capitalistas chinos hayan encontrado la oportunidad y los medios para expresarse de manera plena.

Una tercera serie de obstáculos dificulta más ampliamente el desarrollo del capital. En principio, el monopolio imperial de la propiedad. De la naturaleza que sea (tierras, bienes inmuebles o bienes muebles), incluso si puede ser la posesión hereditaria de un linaje, sigue siendo en última instancia la propiedad eminente solo del emperador, por lo tanto, en

definitiva, del Estado. No es raro ver al poder y a sus agentes proceder a requisas,

justificadas para unos (para satisfacer necesidades de las Fuerzas Armadas, por ejemplo), arbitrarias para muchos otros (con exigencia de sobornos o exacciones ejercidas por

funcionarios); sacar provecho de la condición de propietario de las tierras, de alto funcionario o simplemente de personaje eminente para exigir y obtener participaciones en el capital de empresas comerciales o industriales (4); cargar a las familias consideradas demasiado ricas, y por consiguiente demasiado poderosas (sobre todo las familias mercantiles), con pesadas contribuciones fiscales, obligarlas a préstamos forzados que no van a ser necesariamente reembolsados, incluso expropiarlas de manera pura y simple. Esto explica la presteza del patriciado mercantil en poner una parte de su fortuna a salvo mediante donaciones a monasterios; pero esto acaso también desanimó su pasión por la acumulación de capital. Esta ausencia de verdadera propiedad privada explica que la China imperial no haya conocido un Derecho Civil, aun si se desarrollaron relaciones contractuales entre

“propietarios” (dueños de tierras, capitalistas mercantiles o industriales, etc.). Codificado bajo los Tang (entre 624 y 657), el Derecho se mantuvo únicamente Penal, con la jerarquía de las infracciones definida por la de las penas, proporcionales a la gravedad del acto, pero también a la persona del autor, al revés del principio de igualdad entre el conjunto de los sujetos de Derecho.

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confucionismo, que redobla la red estatal así como también el marco familiar y de linaje al erigir la obediencia de los individuos en una de las mayores virtudes.

El giro de la historia

La formación del capital industrial chocará contra dos obstáculos específicos

suplementarios. El primero concierne al estatuto jurídico-económico de la fuerza de trabajo –que no es sino el equivalente del de la propiedad de los medios de producción–. La mano de obra está en principio a libre disposición de los gobernantes, de sus oficiales y de los titulares de posesiones o de beneficios de tierras (que muy a menudo son los mismos). El segundo tiene que ver con su abundancia, incluso con su sobreabundancia. Por lo que va a emprender toda una serie de trabajos colectivos de una envergadura excepcional: la

construcción y el mantenimiento de una inmensa red de los canales de navegación de las aguas y de navegación interior, fortificaciones (como la Gran Muralla), palacios imperiales, puentes y calzadas, etcétera.

La consecuencia es que nunca se pensó en economizarla. De donde se desprende el hecho de que, hasta bajo los Ming y los Qing, el principal motor al que seguirán recurriendo la agricultura y la industria chinas seguirá siendo el hombre. Es a menudo el hombre (o la mujer) el que arrastra el arado o la carreta en el arrozal, así como también es a menudo el hombre el que transporta la gente (los famosos palanquines chinos que transportan a los mercaderes o a los mandarines entre ciudades que se encuentran a cientos de kilómetros de distancia), el que empuja o tira de los vehículos (a lo largo de los caminos de remolque así como también en las rutas). Aun más sorprendente es la subutilización de los motores mecánicos (molinos de agua, molinos de viento) por parte de una China que, sin embargo, posee a menudo una ventaja considerable sobre Europa en la materia.

Además, la sociedad de los Ming y de los Qing permanecerá desprovista de redes de

sociedades de intelectuales y de correspondencias interpersonales a través de las cuales los intelectuales europeos, del Renacimiento al Iluminismo, compararán sus resultados, sus hipótesis, sus teorías, parte integrante de una discusión pública más amplia. Lo que falta acá es (una vez más) la autonomía de la sociedad civil, ahogada por el conservadurismo y el autoritarismo del mandarinato letrado, que repite incesantemente sus clásicos, hostila priori

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Finalmente, faltaba la capacidad de la ciencia china a abrirse espontáneamente al aporte de la ciencia occidental, incluso si tuvo la oportunidad con la llegada, a partir del final del siglo XVI, de intelectuales occidentales, bajo la forma de misioneros jesuitas. Es probable también que esta poca curiosidad por la ciencia europea se explique en parte por la convicción de la superioridad china, a pesar de las múltiples pruebas en contrario proporcionadas durante el reinado de los grandes emperadores Qing.

Para terminar se puede avanzar la siguiente hipótesis global: al cerrarse al comercio exterior marítimo en la primera mitad del siglo XV, la China imperial dejó pasar su oportunidad histórica de ver cómo se completaban en su territorio las relaciones capitalistas de producción que se habían empezado a formar. Acaso ahí se encuentra el gran giro de su historia, la decisión que llevará a esterilizar una buena cantidad de sus conquistas anteriores y a hacerle perder progresivamente su ventaja histórica. Porque no hay duda de que su expansión comercial y eventualmente colonial alrededor de los dos mares de China (hacia Corea, Japón, Filipinas, Indochina) y hacia el Océano Índico (India y África) –fenómenos todos que empezaron a desarrollarse entre la segunda parte de la época Song y los primeros tiempos de la época Ming (por ejemplo las expediciones de Zheng He (6)), es decir, entre dos y cuatro siglos antes de la extraversión europea– habría tenido virtudes idénticas a las que una expansión semejante va a producir en Europa en el transcurso de los siglos siguientes. γ 1. Robert Temple,Le génie de la Chine. Trois mille ans de découvertes et d’inventions, Éditions Philippe Picquier, Arles, 2000.

2. Véase “Une autre histoire du mercantilisme”,Le Monde diplomatique, París, mayo de 2019. 3. Billy Kee Long So, “Logiques de marché dans la Chine maritime. Espace et institutions dans deux régions préindustrielles”, Annales. Histoire, Sciences Sociales, Nº 6, París, 2006.

4. Teng T’o, “En Chine, du XVIe au XVIIIe siècle: les mines de charbon de Men-t’ou-kou”,

Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, Nº 1, 1967.

5. Geoffrey Lloyd, “Cognition et culture: science grecque et science chinoise”, Annales. Histoire

, Sciences Sociales, Nº 6, 1996.

6. Entre 1405 y 1433, el almirante Zheng He (1371-1433) llevó a cabo una serie de siete grandes expediciones marítimas, abordando diferentes costas del Sudeste Asiático, de Ceylán y de la región Malabar, antes de llegar al Golfo Pérsico, luego al Mar Rojo y a las costas africanas hasta Mozambique.

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Referencias

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