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Academic year: 2017

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LA ORACIÓN ES UNA EXPERIENCIA DE LIBERACIÓN

JESÚS ENRIQUE TUPAC TERBULLINO

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA FACULTAD DE TEOLOGÍA

CARRERA DE TEOLOGÍA BOGOTÁ

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LA ORACIÓN ES UNA EXPERIENCIA DE LIBERACIÓN

Trabajo de grado presentado como: Requisito para optar por el

Título de Teólogo

Asesor: P. Carlos Novoa s.j.

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA FACULTAD DE TEOLOGÍA

CARRERA DE TEOLOGÍA BOGOTÁ

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DEDICATORIA

Dedico el presente trabajo a los Hermanos Descalzos de la Orden de la B. V. María del Monte Carmelo, a mis superiores, formadores, hermanos, que acompañaron mi proceso a lo largo de estos años.

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AGRADECIMIENTOS

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CONTENIDO

Introducción ……….7

1. EL HOMBRE LUGAR DE ENCUENTRO………15

1.1Encuentro dentro de la historia personal……….16

1.2Del encuentro al discipulado………...22

1.3El pueblo latinoamericano, abierto a la revelación……….26

1.4Comunidad de encuentro……….29

1.5Conclusión………...34

2. LA ORACIÓN, CAMINO DE ENCUENTRO Y COMPROMISO CON EL REINO………..36

2.1Una plegaria cristocéntrica………..37

2.2La oración desde la perspectiva latinoamericana………40

2.3La oración, un canto de alabanza, súplica y de acción de gracias………...47

2.4La oración, un canto de fe, esperanza y caridad, venga a nosotros tu reino……49

2.5La profecía al calor de la oración………57

2.6Conclusión ………..63

3. CONCRECIÓN HISTÓRICA DESDE LA EXPERIENCIA DE ORACIÓN……….66

3.1Libres para amar………..68

3.2La oración, camino de infancia espiritual………75

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3.4Conclusión ………..92

Conclusión General………....96

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INTRODUCCIÓN

A lo largo de la historia, la teología se va presentando como la expresión de la vivencia real de la fe, donde el discípulo, junto con la comunidad, profundizan y reflexionan sobre el misterio de salvación que acaece en sus existencias. Sería un error afirmar que dicha tarea ha quedado conclusa y definida en un determinado tiempo y espacio, o considerar que no hay más qué decir al respecto. Es un error asumir tal postura, porque el quehacer teológico se encuentra atravesado por el momento histórico que enfrenta, el cual funge como germen de nuevos horizontes de comprensión.

Por ello, el hombre de fe, fiel a la voluntad del Padre comunicada en la encarnación, vislumbra, descubre, aterriza, actualiza y hace vida el mensaje de salvación, dentro su contexto. Los problemas y preguntas reclaman respuestas a la luz del Evangelio. Es así como, la nueva meditación que brota en un determinado momento, se alimenta con el legado de las generaciones pasadas, dado que, existe una realidad esencial que se mantiene la cual, impulsa e ilumina los nuevos caminos teológicos. Por consiguiente, afirmamos que es en ese diálogo continuo que se da entre lo nuevo y lo antiguo, al calor de la oración, como se va actualizando el mensaje evangélico, para un determinado contexto.

Es preciso advertir que el proceso de reflexión teológica, debe estar exento de todo tipo de arbitrariedad, y subjetivismo. Por consiguiente, se acoge lo heredado con una mirada crítica y mediante una hermenéutica seria y responsable, a la luz de la oración, se van atisbando nuevas comprensiones, válidas para las situaciones concretas, es decir, se deja que la palabra hable e irradie claridad frente a las realidades que golpean al hombre moderno.

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revelada fue acogida en el seno de una comunidad, la cual iluminada por la fe, reflexionó y comunicó la experiencia de nueva vida que suscitó el Hijo de Dios entre ellos.

En consecuencia, los Textos Sagrados no pueden ser vistos como una realidad histórica caduca sujeta a un solo tiempo. Sino, se presenta como un amplio campo hermenéutico, que brinda claridad y esperanza frente a los tortuosos contextos que va enfrentando el pueblo de Dios. Por ello, con mucha humildad se reconoce la necesidad de mirar los dramas que aquejan al hombre, para que desde ahí se puedan vislumbrar los nuevos horizontes de salvación.

Latinoamérica, fiel al seguimiento de Cristo y a su misión dentro de la Iglesia, comenzó a mirar y reflexionar sobre su camino de fe, considerando la necesidad de dejar de importar modelos teológicos ajenos a sus problemas. Por consiguiente, se puso a la tarea de aprehender el misterio divino desde su propio contexto. Porque, existen realidades que acucian al pueblo y necesitan respuestas, desde el Evangelio.

Frente a las situaciones de pobreza y muerte injusta que asolan el continente, la teología de la liberación, llama al discípulo a descubrir su verdadera misión. En primer lugar, se hace un llamado a vivir como fiel testigo del amor evangélico, desde ahí, se busca revitalizar el compromiso cristiano. Por otra parte, se le invita a develar las causas profundas que generan muerte, para luchar por erradicarlas con las armas que proporciona el amor cristiano. En esa medida, se le pide, vivir atento a la voluntad divina, la cual se asume gracias a los momentos de oración y de compromiso, espacio donde se revitaliza el ser cristiano.

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comunidad; como acto segundo, se le piensa en categorías nuestras. E insiste aún en el planteamiento cuando afirma que dejar la contemplación y la práctica en el quehacer teológico, es encontrarse fuera de las exigencias del Dios de la Biblia.

Solo cuando estas realidades han permeado la vida de la comunidad, puede surgir un hablar pertinente de Dios, de lo contrario será una simple especulación o un frío razonamiento que no tiene nada que ver con la vivencia del Pueblo. Pueblo que anhela alcanzar la liberación de las distintas esclavitudes que lo acechan. Por consiguiente, la teología Latinoamérica habla de un Dios Trino y Padre, porque así lo descubre en la oración y en su diario caminar.

Por lo tanto, la teología de la liberación nos pone ante una realidad vital, porque, saca a la luz e insiste en la necesidad de cultivar y profundizar el camino espiritual, como expresión fiel del seguimiento de Jesucristo. Tal ruta se presenta en la existencia, como la columna vertebral que sostiene el ser y el quehacer del cristiano. Sin esa realidad íntima y amorosa a través de la oración, sería imposible vivir de forma auténtica la voluntad del Padre.

Existen diferentes categorías que conforman la vida espiritual del cristiano, dentro de ellas sobresale un aspecto que dinamiza el camino, nos referimos a la oración. Vía que se presenta como canal que conduce al hombre a profundizar en los misterios insondables del amor, pero también, conduce al cristiano a radicalizar sus opciones, porque, como persona de Dios, descubre al Creador en todas partes, no se angustia ni se acongoja en la oscuridad, espera en el Señor, porque confía en la fidelidad divina. Tal como lo resaltan los distintos teólogos latinoamericanos, la oración se encuentra inserta dentro de la vida según el Espíritu, y juega un papel importante dentro del proceso de liberación.

Por lo tanto, el presente trabajo, busca situar su mirada en esta categoría importante dentro del seguimiento de Cristo: “la oración”. Por ello, para guiar nuestra reflexión creemos

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tres sub preguntas que se irán dilucidando en el camino: ¿De qué libera la oración? ¿Cómo libera? y ¿Para qué libera?

Llegamos a éste cuestionamiento, después de entrar en contacto con distintos textos de la teología latinoamericana que abordan el tema de la Vida en el Espíritu. En estos textos, se puede constatar que los teólogos latinoamericanos a lo largo de su reflexión presentan los diferentes aspectos que conforman la vida espiritual. En ese sentido, ellos van dando pasos significativos en la sistematización, y articulación de las diferentes categorías. Consideramos que aún queda trabajo pendiente porque, es necesario desarrollar, ampliar y detallar cada una de estas categorías.

Por ello, vemos pertinente presentar el siguiente título para el trabajo: “La oración es una experiencia de liberación”, titulo que responde al objetivo general que orienta la investigación. Objetivo que se planteó de la siguiente manera: “Presentar los rasgos característicos de la oración cristiana en el proceso de liberación Latinoamericana, para evidenciar cómo la vida de oración, articula la ortopraxis cristiana”. Junto a este objetivo general, presentamos tres objetivos específicos:

- Reconocer el acontecimiento que funda la oración, para señalar de qué está liberando.

- Profundizar en la experiencia de oración cristiana, para descubrir cómo ella abre caminos que transforman la realidad, mientras se va dando la liberación.

- Plantear la concreción histórica del amor desde la experiencia de oración, es decir reconocer el para qué de la liberación.

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especial, busca que asumamos nuestra identidad de discípulos y misioneros. El Papa Benedicto XVI en su saludo inaugural subrayó que por el bautismo, estamos llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Lo cual tiene diversas implicaciones como seguirlo, vivir en intimidad con Él, y dar testimonio, porque ser discípulos y misioneros de Jesucristo supone estar profundamente enraizados en Él.

Éste magno encuentro, enfatiza y recuerda al pueblo de Dios, que el verdadero discípulo es el hombre que vive en íntima relación con Jesucristo. En Él descubre que a través del diálogo íntimo (oración), puede alcanzar a contemplar el rostro del Padre y también, puede ir configurando su voluntad con la voluntad divina. Por lo tanto, Aparecida, invita al cristiano a seguir profundizando en los fundamentos de su vida cristiana, es decir hay una clara llamada a potenciar la vida espiritual.

Acogiendo la invitación que hace la V conferencia latinoamericana, creemos pertinente y necesario, volver la mirada a la reflexión de los teólogos de la liberación, porque las raíces de su reflexión teológica, encierra una profunda vivencia mística y contemplativa, la cual va de la mano con una praxis concreta de compromiso con los más necesitados, con los excluidos y con la historia. Buscando así, liberar al hombre de aquellas estructuras que lo enajenan y no le permiten ser verdaderamente humano.

Por lo tanto, inferimos que el tema de la espiritualidad, junto con las diferentes categorías que lo componen, se presenta como un camino viable, propicio para desarrollar una investigación, porque remiten a las raíces del seguimiento, es decir, incide en la identidad del cristiano. Sólo a través del dialogo íntimo y profundo con el Señor, el corazón del hombre se va alimentando y llenando de esperanza, la palabra irradia mayor claridad y la opción fundamental por el Evangelio se hace cada vez más firme.

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reflexión se encuentra nutrida por los escritos de algunos doctores de la Iglesia, junto con los artículos y textos de diferentes teólogos contemporáneos, que profundizan en el tema.

Por otra parte, el método que atraviesa y proporciona la reflexión, es el método hermenéutico interpretativo, a través del círculo: textos, contextos y pretextos. Método que permitió articular la herencia teológica recibida y plasmada en los textos. Después de un proceso de interpretación y oración, los textos permitieron ir atisbando luces de comprensión, en el proceso de liberación.

Por ello, nos acercaremos a los diferentes escritos de la teología de la liberación, referentes al tema de la espiritualidad y del seguimiento de Cristo, dejando que ellos hablen porque el texto tiene vida, no es una realidad muerta, anquilosada en un tiempo. Con profundo respeto se escucha a los(as) teólogos(as), dejando que presenten las reflexiones suscitadas, las posturas frente a las diversas situaciones de muerte que enfrenta el continente. Se trata de rastrear e identificar el actuar de Dios, el desvelamiento Divino en el camino de la comunidad que gestó dichas reflexiones. Como diría Gustavo Gutiérrez, antes de poner por escrito y reflexionar el misterio en categorías que nos son conocidas, primero se vive a Dios, luego esa vivencia anima el razonamiento y la escritura.

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Luego de divisar las perspectivas de los textos y el contexto, de los datos y juicios que va formulando el autor, buscamos interrogar el propósito de la revelación, es decir, preguntamos cómo la Palabra Revelada, va redimiendo y sosteniendo la fe de una comunidad, la cual no se resigna a ser presa pasiva del pecado. En consecuencia, ratificamos que la experiencia de liberación que se da en el seno de la comunidad, sostenida y animada por la Palabra, es el pretexto para seguir anunciando a Dios amante de la justicia y el derecho. Padre, que nunca deja de salir al encuentro de sus hijos en especial de los más desposeídos. Todo este camino se realiza al calor de la oración, como ese acto primero, donde se agradece a Dios, por la vida y madurez de un pueblo que anhela vivir en la libertad de los hijos de Dios.

De esa manera, guiados y orientados por el método hermenéutico interpretativo, buscamos acercarnos con humildad a la producción teológica de América Latina,. Nosotros, somos conscientes de hallarnos ante una reflexión sobre la experiencia de fe de un pueblo que vive el misterio de salvación. Desde esa realidad se rastreó la participación y el papel desempeñado por la oración, dentro del ámbito espiritual. Para llevar adelante la investigación, el trabajo se ha estructurado y articulado en tres capítulos. A continuación, presentamos un extracto de los temas.

El primer capítulo se titula: “El hombre lugar de Encuentro”. En él buscamos dar razón de la revelación que acaece en Latinoamérica, porque, ella se encuentra mediada por unas coordenadas históricas específicas, cada situación y contexto vital, permiten atisbar la presencia divina de una manera siempre nueva. Por ello, en cuatro apartados, describimos el camino de asentimiento de la fe, tanto a nivel comunitario como a nivel personal, presentando a la vez, las respuestas y las opciones que hacen los cristianos en el proceso del seguimiento de Cristo. Por otra parte, este capítulo nos presenta la capacidad que tiene el hombre para responder con libertad ante el don gratuito de la revelación.

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amor, la cual está animada por la adoración. Por consiguiente, la plegaria es respuesta del hombre, al don gratuito de la revelación.

El segundo capítulo lleva por título: “La oración, camino de encuentro y compromiso con el Reino”. En cinco apartados, presentamos la senda de oración que viene recorriendo el continente latinoamericano. Es preciso advertir que no es una descripción fenomenológica, sino, que se presentan las características de la oración vivida en el día a día. A raíz de esta experiencia, la opción fundamental por el Evangelio se va radicalizando, emergiendo a la vez una praxis concreta que lleva al cristiano a anhelar la implantación del reino, pero no como una realidad hierática, en espera pasiva, porque, el cristiano consciente de su misión se compromete con el momento histórico que vive y desde ahí, va dando respuestas claras, llenas de esperanza, todo desde la vivencia del Evangelio.

El título del tercer capítulo es: “La concreción histórica desde la experiencia de oración”. Este capítulo contiene tres apartados, y presenta la cristalización histórica y real de la oración, porque el verdadero orante no permanece inactivo, sino en continuo movimiento, porque sale de sí, para estrechar la mano del hermano caído. De esa manera se va viviendo en América Latina la unidad en el camino de fe, porque ella no riñe con el actuar concreto; ambas realidades se corresponden y se complementan. Es así como se va dando la liberación en Latinoamérica, no es una liberación ideológica, sino se habla de una liberación interior a la luz del Evangelio.

De esta manera se va perfilando el camino de oración, comprendida como una realidad sin escisiones. Al igual que la más antigua tradición cristiana, se busca vivir la unidad del “ora

et labora”, para alcanzar la plena libertad de los hijos de Dios. Por consiguiente, el

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1. EL HOMBRE LUGAR DE ENCUENTRO

Toda relación que se teje, tiene como punto de partida un encuentro. Dicha realidad se da entre dos o más personas. A partir de ese momento, al cruzar las miradas se comienzan a crear lazos, los cuales según el grado de intensidad y constancia se van fortaleciendo, de tal manera que ganan en profundidad, en sinceridad y en apertura. Es así, como el encuentro se constituye en el camino para entrar en interacción con los demás; por lo tanto, es una realidad propia del ser humano, el cual no puede entrar en relación con los otros si primero no se da un reconocimiento mutuo.

Al hablar de la relación que se teje entre el hombre y el Creador, hacemos referencia a esta misma realidad, hablamos de un primer momento, de un encuentro, el cual se convierte en un instante especial, donde nace una amistad. Para ampliar nuestro marco de comprensión, creemos necesario lanzar el siguiente interrogante: ¿Dónde se da el encuentro? Respondiendo a este cuestionamiento diríamos que, dicha interacción no se da fuera de la historia porque, Dios se revela al modo humano y lo hace en categorías humanas dentro una temporalidad histórica.

Es en el devenir histórico donde Dios se comunica y se encarna, “en Jesús se ha revelado Dios y se ha revelado al ser humano”1. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre

nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Cabe subrayar que Dios se revela en los acontecimientos históricos; es ahí donde el hombre descubre esa presencia amorosa y reveladora; lo hace desde dos perspectivas: a nivel personal y a nivel comunitario. En el pueblo latinoamericano, esta percepción y encuentro entre el hombre y el Padre, adquiere matices propios, los cuales están marcados por el momento histórico que atraviesa.

1 Sobrino,

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1.1 Encuentro dentro de la historia personal

El encuentro con Dios no se da de manera aislada al margen de la historia, se da dentro de un espacio y un tiempo concreto, esa es una certeza que nos comunica la Sagrada Escritura y la sagrada tradición. El pueblo de Israel es testigo del acontecer divino, ellos experimentaron la gratuidad del Señor en su caminar histórico, son distintas las referencias bíblicas que dan testimonio de este acontecer.

Dios en su infinito amor sale al encuentro de la humanidad, llama a hombres y mujeres insertos en una determinada historia, con una cultura, con problemas y dificultades, ese es el caso de, Abrahán (Gen 12, 1ss.), Moisés (Ex 3, 4ss.), Samuel (1 Sam 3, 1 ss.), David (1 Sam 16, 1 ss.), María, Débora, Judith y de los distintos profetas que colaboraron en el plan de salvación, “decimos, entonces que, Dios, en su voluntad de auto - comunicación, se revela concretamente en la historia”2.

Cabe afirmar que es un encuentro inserto en un marco temporal, donde Yahvé irrumpe en sus vidas de una manera peculiar, los confronta, los anima y les otorga una misión específica. Los reviste con su espíritu por eso son hombres que “están llenos del Espíritu de Cristo y lo están de una manera viva y constatable, puesto que la fuerza y vida de ese Espíritu invade toda su persona y toda su acción”3.

Nosotros los cristianos experimentamos esa misma irrupción histórica. Dios no se manifiesta de manera ostentosa con grandes signos y prodigios, ni en zarzas ardientes, sino se manifiesta de modo sencillo en lo cotidiano, en el día a día. Lo hace desde las situaciones de dolor, en los rostros desesperanzados de tantos y en el sufrimiento de los desplazados por la violencia. Desde el sinsentido de la cruz Él se sigue revelando, es ahí donde se descubre su presencia, porque “la realidad es también Evangelio y buena noticia”4.

2 Boff,

Vivir en el Espíritu, 155. 3 Sobrino,

Espiritualidad, 452. 4 Sobrino,

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Pero, cabe preguntar ¿cómo descubrimos que Dios se revela al modo humano, en categorías humanas? Para responder a este interrogante es preciso dar una mirada a la Palabra revelada, es en ella donde Dios comunica su plan salvífico, no a unos pocos, sino a toda la humanidad: “Dios invisible (Cfr. Col 1, 15; Tim 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos”5. Además porque los Textos Sagrados nos muestran, “el referente

del acto revelatorio y locutivo de Dios en el que, por medio de la historicidad fenomenológica del acontecer histórico, el mismo Dios desvela aquello que Él quiere ser y significar para el proceso humano”6.

El Creador habla en los acontecimientos de la historia, ahí, realiza proezas en favor del hombre, este es el testimonio de fe del pueblo de Israel. La luz que irradia la fe los capacita para que puedan agudizar su mirada y descubrir en sus vidas la presencia de Dios animando y conduciendo su caminar, “de día como columna de nube, de noche como columna de fuego, de modo que pudiesen marchar de día y de noche” (Ex 13, 21).

Tenemos así un proceso paulatino de revelación, el cual llega a su plenitud en Cristo, cuando Dios se Encarna y se hace Hombre. Se anonadó de tal manera que siendo de condición divina, se despojó de si mismo tomó condición de siervo haciéndose semejante a los hombres (Cfr. Filp. 2, 6 – 7). Con la Encarnación queda sellado y ratificado que el lugar de encuentro entre Dios y el hombre se da al modo humano, dentro de un escenario histórico porque, “la auto revelación de Dios tiene lugar en la historia siempre penúltima y siempre variable, no puede existir una auto revelación que no sea mediada por las coordenadas históricas”7 .

Para acoger la revelación es necesario la fe, porque “cuando Dios se revela hay que prestarle „la obediencia de la fe‟, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios”8.

5 Concilio Vaticano II,

Constitución Dei Verbum, Nº 2. 6 Parra,

Texto, Contextos y Pretextos, 10. 7 Andrade,

Encuentro con Dios, 13. 8 Andrade,

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La fe va iluminado el camino para ir descubriendo en cada paso la presencia gratuita y amistosa de un Dios hermano, amigo, Padre. El cual no deja al hombre en el abandono, sino, lo levanta del polvo y lo invita a descubrir su verdadero sentido, para que tome conciencia de su dignidad de hijo de Dios. Cristo con su resurrección abre al hombre las puertas de una nueva vida, y desde él se adquiere tal capacidad para vivir incluso el sinsentido de la cruz, dado que, “nada podemos hacer sin El”9.

Desde el desarrollo de las ciencias sociales, se descubre que el objetivo de los libros Sagrados no fue elaborar una crónica detallada de los acontecimientos vividos por Israel, sino son producto de una reflexión posterior, donde el pueblo analiza de manera crítica su historia y descubre en ella el paso liberador de Dios, porque “la comunicación de Dios con el hombre no es directa e inmediata sino que se realiza a través de los acontecimientos de la historia”10.

En consecuencia, Israel descubre que su historia tiene una gran significación. Reconoce que su caminar no es un simple andar profano, porque, ésta se concibe como una historia de salvación, en la cual Dios va llamando al hombre y al pueblo a vivir según su voluntad, según su Espíritu. “No es, por lo tanto, el mundo abstracto de las ideas, sino la realidad concreta de la historia del cristiano donde se desarrolla la vida espiritual del cristiano”11.

De esa manera nosotros, hombres y mujeres contemporáneos tomamos conciencia de la presencia de Dios, al leer nuestra historia, en clave de salvación, porque descubrimos en ella el paso liberador del Señor. Para alcanzar esta percepción, es necesario, “tener ojos limpios para ver la realidad, el corazón limpio que hace ver a Dios, como dice en las bienaventuranzas”12. No es un recorrido que se hace en soledad, se emprende el camino con

una actitud de fe y de la mano de Jesús. A la luz de esta mirada amorosa, la historia adquiere mayor claridad, porque, se puede contemplar cómo Dios busca y seduce a su

9 Cabarrús,

La Pedagogía, 38. 10 Bravo;

Reflexión sobre algunos puntos, 298. 11 Vidal,

Moral y Espiritualidad, 33. 12 Sobrino,

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criatura, “con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11, 4).

El texto del profeta Oseas, nos permite captar el respeto de Dios frente a su creación, porque no se impone, ni mucho menos violenta la voluntad, sino, de forma pedagógica se acerca a la humanidad. Santa Teresa de Jesús, es testigo del amor fiel del Padre, hecho que la lleva a la conversión, porque se siente abrumada ante la bondad de Dios frente a sus infidelidades y dice: “¡Oh Señor de mi alma! ¡Cómo podré encarecer las mercedes que en estos años me hicisteis! (...) con grandes regalos castigabais mis delitos”13.

El Creador, con ternura y amor, como parte de su pedagogía, va llevando al hombre a la realización de su verdadera vocación, la de acoger la voluntad del Padre donde “la opción fundamental que se impone es la de dejarse llevar por donde la fuerza de Dios ya impulsa”14. Cabe preguntar ¿a dónde impulsa la fuerza de Dios? El Padre lleva a su criatura

por caminos de santidad, tal como lo afirma el Concilio Vaticano II, “todos en la Iglesia, pertenezcan a la jerarquía o sean regidos por ella, están llamados a la santidad”15. Esta

santidad no es otra cosa que, “la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor”16.

Por eso, es necesario que el cristiano aprenda a mirar la historia personal en clave de salvación, desde esa lectura es posible que descubra en su vida, el acontecimiento fundante, el cual hace de su existencia algo distinto. Dicho acontecimiento, el más importante y vital de todo cristiano, es el encuentro con Dios, mediado por la persona de Cristo. No es un encuentro donde nosotros podamos decir que somos los principales protagonistas, es el Padre quien toma la iniciativa, “la iniciativa del encuentro pertenece al Señor. Si le abrimos la puerta de nuestra existencia tiene lugar el compartir la vida, la cena”17.

13 Santa Teresa de Jesús,

Libro de Vida, Nº 19. 14 Cabarrús,

La Pedagogía, 17. 15 Concilio Vaticano II,

Lumen Gentium, Nº 39. 16 Concilio Vaticano II,

Lumen Gentium, Nº 40. 17 Gutiérrez Gustavo,

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A partir este acontecimiento se puede afirmar que el hombre se hace verdaderamente cristiano, porque “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, con ello, una orientación decisiva”18. Es la adhesión a Cristo, que nace en el

encuentro, lo que constituye el punto de partida de todo el proceso de seguimiento, porque sin encuentro no hay llamada y sin llamada no hay seguimiento. A ello se suma la respuesta libre, personal y existencial que da el hombre, el cual seducido por el amor divino solo anhela, “vivir en Cristo y, consiguientemente, como Cristo”19.

Por lo tanto, es Jesucristo quien da sentido pleno a la existencia. A partir del acontecimiento fundante, la vida adquiere otra dirección, ya no se camina en la orfandad, se existe en la alegría gozosa donde el Padre bondadoso va dirigiendo la historia. Es así como, se abre un panorama de salvación, donde el amor dinamiza el día a día, el cual se va haciendo concreto en las relaciones humanas. Por eso, afirmamos que el Hijo del Hombre capacita al hombre para mirar el pasado, el presente y el futuro desde un horizonte de amor y esperanza.

El escenario por excelencia del encuentro entre Dios y el hombre, es la persona, en el interior, en la profundidad del ser, ahí, el Creador sigue hablando e iluminado la existencia; también “revela su intimidad, es decir, su voluntad”20. La doctora mística santa Teresa de

Jesús expresa de forma gráfica y magistral la riqueza que encierra el hombre dentro de sí, dice: “Considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites”.21

18 Benedicto XVI,

Carta encíclica Deus Caritas Est, Nº 1. 19 Vidal,

Moral y Espiritualidad, 15. 20 Baena y Arango,

Introducción al Antiguo Testamento, 13. 21 Santa Teresa de Jesús,

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Llegar a tener la certeza de saberse habitado por el Señor, requiere muchas horas de profundo silencio, adoración y oración porque tal conciencia no se adquiere por un impulso racional, o por las largas horas de lectura en la biblioteca, sino por el encuentro con Jesucristo en el propio caminar histórico, “descubriendo la acción del Espíritu que nos impulsa”22. A partir de esta experiencia se puede “confirmar, revitalizar la novedad del

Evangelio arraigado en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros”23.

Cabe resaltar que, el encuentro no es la meta en la vida del cristiano, es un escalón en la larga travesía del discipulado. Dios no es un objeto o una cosa que se pueda atrapar, personalizar o manejar, porque el Creador va caminando, nunca esta estático, dado que, sigue creando e infundiendo el ser a la creación entera. Por consiguiente, el cristiano debe tener la osadía “de adentrarse en el misterio de la voluntad de Dios”24.

Se adentra en la voluntad divina para, iniciar el proceso de seguimiento, de tal manera que adquiere la capacidad de sobreponerse a las dificultades que presenta el mal espíritu como: “toda clase de tristeza, inquietud, sentimientos de indiferencia, ansiedad, pereza, descontento; separación, experiencia de muerte y sequedad hasta el hastío”25. Superados

estos embates y fortalecido por la luz del resucitado se puede cantar en medio de la oscuridad:

¿Adonde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.26

22 Cabarrús,

La Pedagogía, 12. 23 Aparecida, Nº 11.

24 Cabarrús,

La Pedagogía, 8. 25 Cabarrús,

La Pedagogía, 24. 26 San Juan de la Cruz,

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Concluimos subrayando que el hombre a la luz de la revelación y de la fe, descubre que él encierra una capacidad que lo trasciende, al mismo tiempo experimenta cómo esa realidad trascendental lo desborda; “se cuestiona sobre sí mismo, pero este cuestionamiento no lo entendemos como pregunta moral, sino existencial-ontológica”27. De esa manera, logra

atisbar algunas respuestas, pero no queda satisfecho, por eso, sigue ahondando en su búsqueda, pero, no escruta en cualquier lugar, lo hace en su interioridad, porque, reconoce al huésped que aloja. “Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca (…) y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás”28 .

1.2. Del encuentro al discipulado

En el apartado anterior, se subrayó en la necesidad de un encuentro personal que de inicio al proceso de seguimiento, porque, “el discipulado se arraiga en la experiencia de un encuentro con Jesucristo. Encuentro de amistad („ya nos les digo siervos (…) los llamo amigos‟: Jn 15, 15)”29. Solo cuando se da la revelación el hombre se hace verdaderamente

discípulo. Ante esta experiencia vital, la vida del cristiano no queda paralizada en un estado de éxtasis, producto del cruce de miradas, sino, se gesta una nueva espiritualidad, “por espiritualidad entendemos aquí la forma concreta, el estilo o talante que tienen los creyentes cristianos de vivir el Evangelio, siempre movidos por el Espíritu” 30.

Antes de profundizar en el tema a desarrollar, es pertinente preguntar ¿quién es un discípulo? De tal manera que al responder este cuestionamiento, se tenga claro de quien se esta hablando. Un discípulo es aquel que inicia un proceso de formación, bajo la dirección de un maestro, el cual se encarga de guiar y orientar al aprendiz, el objetivo, es que éste llegue a ser un nuevo maestro. En el judaísmo antiguo los discípulos eran quienes escogían al maestro.

27 Rahner,

Curso fundamental sobre la fe, .42. 28 San Juan de la Cruz,

Cántico Espiritual B, Canción 1, Nº 8. 29 Gutiérrez,

Beber, 49. 30 Vidal,

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Por otra parte, el discipulado iniciado por Jesús tiene sus propias connotaciones, las cuales se distancian del discipulado presentado por el judaísmo. No son los discípulos quienes escogen al maestro, es el maestro quien llama a los discípulos: “no me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15, 16). La elección es por iniciativa de Jesús, “lo que cuenta para venir a ser un discípulo no son las aptitudes intelectuales y ni siquiera morales; es un llamamiento, cuya iniciativa corresponde a Jesús”31.

Se puede afirmar que Dios llama a través de Jesucristo, lo hace de forma gratuita y misericordiosa, no escoge ni a sabios, ni a poderoso, sino “ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (1 Cor 1, 27); y “llamó a los que quiso” (Mc 3, 13). La respuesta al llamado es libre, en ningún momento Jesús obliga a nadie, se puede acoger la invitación, así lo testimonian los diferentes textos evangélicos: Mt 4, 18 – 22; Mc 3, 13 – 14; pero también se puede rechazar la invitación: Mc 10, 17 – 22.

Jesús llama en primer lugar para que el discípulo esté con Él, pero también para que compartan su vida y misión. La vida de Jesús cobra verdadero sentido porque, vive acorde a la voluntad del Padre, por ello, invita a los discípulos a vivir de acuerdo a ese mismo llamado, “y esa voluntad es la de asumir la vida salvadora de su Hijo según el Espíritu, por amor y de manera histórica y transformadora”32. Solo desde ese compromiso real y ético

con la historia, se puede vivir en fidelidad la intimidad y la voluntad del Padre. Por lo tanto, el seguimiento marca “una forma de vivir coherente con el Evangelio en toda su radicalidad”33.

Frente a la misión y al compromiso histórico el discípulo no esta solo, el Espíritu de Dios viene en su auxilio para fortalecer la misión: “yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). “La vida espiritual cristiana no se

31 León,

Vocabulario de Teología Bíblica, 250. 32 Novoa,

Una perspectiva, 30 - 31. 33 Vidal,

(24)

entiende sin la fuerza vivificante del Espíritu Santo”34. Por consiguiente, es la fuerza que

infunde el Espíritu Santo, la que capacita al cristiano para llevar adelante la misión que Jesús le ha encomendado: “Hemos recibido dones inapreciables, que nos ayudan a mirar la realidad como discípulos misioneros de Cristo”35.

Desde el contexto latinoamericano, es necesario afirmar que el discípulado se enfrenta a grandes retos, porque nos encontramos de cara a situaciones marcadas por la muerte y la destrucción. En consecuencia, la mirada de fe en el Dios de la vida lleva al cristiano a comprometerse con esas realidades, donde “la Iglesia hace propios esos sufrimientos y anhelos solidarizándose con ellos, encontrando en la persona de Jesucristo la liberación de todos estos padecimientos y la verdadera realización del hombre latinoamericano”36.

Por eso, hablamos de un discipulado marcado por el profetismo y el martirio, “son numerosos los que han dado su vida, hasta la muerte, por testimoniar la presencia de los pobres en el mundo latinoamericano y la predilección de Dios por ellos. Y la sangría no ha terminado todavía”37. Se habla de martirio porque, el anuncio del Dios de la vida resulta

incomodo y peligroso, sobre todo, para aquellos que viven encerrados en sus egoísmos, desinteresados de la realidad que los circunda, preocupados por rendir culto al poder.

Es en medio del contexto latinoamericano, marcado por la muerte donde el discípulo de Cristo eleva su voz profética, porque, “los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras”38. Por eso, el discípulo busca llevar a sus

hermanos al encuentro con el Señor, aún en medio de la aparente muerte que va ejerciendo toda su violencia.

34 Vidal,

Moral y Espiritualidad, 16. 35 Cfr. Aparecida, Nº 23

36 Novoa,

Una perspectiva, 31. 37 Gutiérrez,

(25)

En ese sentido, el discípulo se compromete con el anuncio del reino, no solo de palabra sino con una praxis evangélica caracterizada por el amor, dicho amor tiene un matiz especial que une, sana, libera, conforta, porque, bebe de la fuente viva. Por consiguiente, se puede afirmar que es un “amor que abraza a todos los hombres. Amor que privilegia a los pequeños, los débiles, los pobres”39. Por eso, la vida del discípulo esta enraizada en el amor

que lo nutre, lo desborda y lo lleva a límites inquebrantables e inimaginables, ya no vive para sí, sino, para Dios y para el prójimo.

Santa Teresa de Ávila reconoce en su vida lo que significa ser discípula de Cristo y caminar con Él. Inspirada en ese amor profundo, anhela vivir unida al Maestro, dice: “Juntos andemos, Señor por donde fuereis, tengo de ir. Por donde pasareis, tengo de pasar”40. Es así

como, la apertura al amor marca la vida del discípulo y lo lleva a, “vivir con gozo, con capacidad de agradecer y de celebrar, de ser para otros y estar con otros”41.

Existe una nota característica en la vida del discípulo, “es propio del discípulo de Cristo gastar su vida como sal de la tierra y luz del mundo”42. Por lo tanto, el que sigue a Jesús

vive en un continuo darse y donarse gratuitamente. Es una existencia que no se encierra en un micro mundo egoísta y subjetivista; solo en la donación gratuita el que sigue a Cristo, alcanza su verdadera identidad de discípulo, porque “está disponible para la causa del reino de Dios”43.

De tal manera se identifica el discípulo con la voluntad divina que se gesta una sola voluntad; “„fiat voluntas tua‟: cúmplase, Señor, en mí vuestra voluntad de todos los modos y maneras que vos, Señor mío quisiereis. Si queréis con trabajos, dadme esfuerzos y que vengan; si con enfermedades y deshonras y necesidades, aquí estoy, no volveré el rostro, Padre mío, ni es razón vuelva las espaldas”44.

39 Novoa,

Una perspectiva, p. 33 40 Santa Teresa de Jesús,

Camino de Perfección, 26, Nº 6. 41 Sobrino,

Espiritualidad, p. 471. 42 Aparecida, Nº 110.

43 Vidal,

Moral y Espiritualidad, p. 33. 44 Santa Teresa de Jesús,

(26)

1.3. El pueblo latinoamericano, abierto a la revelación

En América Latina la pregunta existencial sobre el sentido y la orientación de la historia tiene un sello característico, el cual está atravesado por la situación de dolor y desesperanza que vive el continente, por eso, surgen diversos cuestionamientos: “¿Cómo agradecer a Dios el don de la vida desde una realidad de muerte temprana e injusta? ¿Cómo expresar la alegría de saberse amado por el Padre desde el sufrimiento de los hermanos y hermanas?”45. Los interrogantes no se agotan ahí, sino se vuelven cada vez más agudos y

reclaman respuestas reales: “¿De qué manera hablar de un Dios que se revela como amor en una realidad marcada por la pobreza y la opresión? ¿Cómo anunciar al Dios de la vida a personas que sufren una muerte prematura e injusta?”46.

Estas son preguntas lacerantes que no se pueden responder a la ligera, a la vez dibujan el contexto de marginación, desolación, angustia y desesperanza que golpea al pueblo latinoamericano. Hablar de muerte y destrucción en un continente donde el 66% de la población se considera creyente47, resulta algo absurdo, e incluso ilógico, porque lo lógico es que la experiencia de Dios, lleve al creyente a un compromiso con los más necesitados.

Pero, la realidad nos muestra que la sociedad camina con una ley distinta a la ley del amor, por eso, se contemplan situaciones donde el tenor dominante es la violencia y la muerte. Se observan así, muchos países Latinoamericanos y Centroamericanos con una democracia endeble. Naciones con una alta tasa de desempleo, sumidas en una profunda crisis económica, social, con falta de horizontes reales que les ayuden a superar las crisis internas. Pueblos con un alto índice de emigrantes, los cuales abandonan sus familias, su tierra y su cultura con la esperanza de encontrar mejores oportunidades.

Naciones donde las políticas de estado favorecen a unas minorías. De manera escandalosa los pobres se hacen cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Todas estas

45 Gutiérrez,

Beber, 15. 46 Gutiérrez,

Hablar de Dios, 19. 47Cfr.

Porcentaje de Católicos, http://www.redescristianas.net/2006/05/07/ (Consultado el 5 de mayo de

(27)

situaciones se presentan como caldo de cultivo para el nacimiento de grupos violentos, los cuales utópicamente quieren reivindicar a los pobres mediante las fuerzas de las armas. Por otra parte, ante el estallido de los grupos subversivos, el gobierno responde con represión, generando así más odios y divisiones entre los miembros de un mismo pueblo.

Frente a las situaciones descritas anteriormente, el hombre puede tomar diferentes actitudes, como sumirse en la desesperanza melancólica considerando que no hay nada que hacer, ó, puede dar un paso más en su camino de fe y abrirse a una nueva experiencia de esperanza. Se ha de tener en claro que la esperanza que se vive en el pueblo latinoamericano, no es fruto del optimismo, sino es una esperanza que nace del encuentro con el Dios de la vida. El año 1985 el papá Juan Pablo II en su visita a la comunidad de Villa el Salvador en el Perú; en el discurso de bienvenida, dos catequistas le dirigieron las siguientes palabras:

Santo Padre, tenemos hambre (…) sufrimos miseria, nos falta trabajo, estamos enfermos. Con el corazón roto por el dolor, vemos que nuestras esposas gestan en la tuberculosis, nuestros niños mueren, nuestros hijos crecen débiles y sin futuro (…) pero a pesar de todo esto, creemos en el Dios de la vida (...) luchamos por esta vida contra la muerte (…) la necesidad nos hizo salir de nuestros pueblos lejanos trayendo una fe profunda en Dios movidos por el anhelo de una vida más humana48.

Son dos realidades que se plantean en el discurso:

a. Se describe de forma objetiva y clara las situaciones de dolor y hambre que experimenta la población, no temen presentarlas, su fe les hace ver que la muerte y desolación están presentes en sus comunidades. Por otra parte, también son capaces de reconocer que la situación que los golpea no forma parte de la voluntad divina, sino, es producto del pecado social que impera en las comunidades. Solo a la luz de la gracia el hombre puede

48 Gutiérrez,

(28)

contemplar su miseria, porque, “el enmascaramiento pertenece a la entraña del pecado”49.

Por eso, al tomar conciencia de esa realidad imperante, de muerte y destrucción, el hombre puede emprender caminos de vuelta a la casa del Padre, comprometiendo su vida en la luchan por la justicia y la igualdad.

b. Por otra parte, la comunidad es capaz de manifestar su confianza y esperanza en el Dios de la vida. Tal afirmación no es producto de un profundo análisis teológico, sino, nace de la experiencia en el Dios único y verdadero, desde la fe desnuda que camina sin certezas, se puede afirmar el grito por la vida, aunque el dolor y la muerte sigan golpeando y lacerando el corazón del pueblo, ellos cantan junto al salmista: “espera en Dios que volverás a alabarlo” (Sal 42).

Es así, como el pueblo latinoamericano cimenta y afianza su fe desde la sinrazón de la cruz: “el pueblo pobre de América Latina (y de otros lugares del mundo) es un pueblo crucificado”50. La cruz se levanta como voz profética que denuncia todos los contextos de

muerte e injusticia que azotan a las comunidades. A la vez se descubre el triunfo de la vida sobre la muerte, donde la resurrección de Cristo se hace signo visible de cómo la muerte ha perdido su poder porque, la luz vence a las tinieblas, por eso proclama el apóstol Pablo: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15, 55).

Nace así una esperanza que hunde sus raíces en el triunfo pascual, llevando al hombre y a la comunidad entera a descubrir que son portadores de la gracia. No se concibe la gracia como una realidad estática, es una realidad dinámica, como todo lo que viene de Dios, porque, mueve al hombre a buscar caminos para comunicar esa realidad de gratuidad que habita en él y en toda la humanidad. De esa manera el pueblo acoge el contexto y la historia como don, “por eso, ante todo, damos gracias a Dios y lo alabamos por todo lo que nos ha sido regalado. Acogemos la realidad entera del continente como don”51, pero también la mira

49 Gonzáles,

Proyecto de Hermano, 389. 50 Gutiérrez,

(29)

como gracia: “la realidad está transida de gracia, que la misma realidad nos ofrece una dirección y una fuerza para recorrer y hacer historia en esa dirección”52.

Llegar a tener una mirada crítica y objetiva de la realidad ya es un don, porque no solo se vislumbra la oscuridad sino, en medio de la espesa noche surge una luz de esperanza, un nuevo amanecer. A ello, se suma la respuesta radical y comprometida del cristiano, porque, “el tiempo que se vive en América Latina, rico en cuestionamientos y en perspectivas, cargado de impases y de nuevas pistas, lleno de sufrimientos y de esperanzas, se va constituyendo tal vez en el crisol de una forma distinta de seguir a Jesús. Distinta quiere decir propia, alimentada por las realidades que se viven en estas tierras”53.

Por tanto, la mirada de esperanza permite abrir nuevos horizontes, desde los cuales se pueden dar respuestas reales y concretas para hacer frente a la muerte y destrucción. Se vive una ruta de fe, la cual se alimenta en la promesa hecha por el Padre a Jesucristo: “Quien resucitó a Jesús de entre los muertos fue Yahvé, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de la promesa”54. Es una fe que sin mayores certezas espera y vive el día a día, en

actitud de amor, caracterizado por la libertad. En síntesis es una fe cristológica que lleva al hombre a vivir la alegría pascual, pero sin dejar de reconocer que el pueblo adolece de dos hambres: hambre de Dios y hambre de pan; “estas dos necesidades marcan la vida del pueblo cristiano y al mismo tiempo pobre y oprimido”55

1.4. Comunidad de encuentro

Cuando hablamos del hombre en su singularidad, lo hacemos para resaltar la capacidad de trascendencia que tiene, junto a la particularidad que lo lleva a tomar sus propias decisiones, asumiendo sus opciones personales. Es necesario, no perder de vista que el

52 Sobrino,

Espiritualidad, 456. 53 Gutiérrez,

Textos esenciales, 375. 54 Moltnann,

Teología de la Esperanza, 184. 55 Gutiérrez,

(30)

hombre, no vive solo, se encuentra inmerso en un grupo humano, en el cual comparte y vive su experiencia de fe.

Por ello, decimos que es en medio de la comunidad donde la experiencia de Dios se va cimentando, a la vez va adquiriendo dinamismo. Desde la tradición bíblica podemos palpar esa realidad, se habla del pueblo de Dios, de la comunidad que camina y vive su fe. En el Antiguo Testamento, la comunidad entera sale a peregrinar por el desierto, esa es la petición que hace Moisés al faraón: “Así dice Yahvé, el Dios de Israel: Deja salir a mi pueblo para que me celebre una fiesta en el desierto” (Ex 5, 1).

En el Nuevo Testamento Jesús resucitado se hace presente e irrumpe en medio de la comunidad, tal como lo presentan los evangelistas: “Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: „La paz con ustedes‟ ” (Lc. 24, 36). “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: „La paz con ustedes‟ ” (Jn. 20, 19). Jesús resucitado se hace presente y habla en medio de la comunidad, ese es el espacio donde comunica y confirma la misión.

A través del Espíritu Santo, Dios trasmite su voluntad, y va dando luces para que la comunidad discierna los nuevos caminos en el proceso de evangelización; “mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado” (Hch. 13, 2). Tal obra consiste en el anuncio del reino de Dios, por lo tanto, discernir los nuevos caminos del Señor, “es ser dócil a la moción del Espíritu que nos impulsa a los pobres y a su lucha”56.

Por ello, decimos que la comunidad no solo es un grupo de personas reunidas en torno a un proyecto común, la comunidad es un don que suscita el Espíritu Santo. Es una fraternidad convocada por el Maestro, para compartir la vida, para escucharlo, y para que juntos puedan celebrar su fe, “al igual que las primeras comunidades de cristianos, hoy nos

56 Cabarrús,

(31)

reunimos asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y participar en la fracción del pan y en las oraciones (Cfr. Hch 2, 42)”57. Es una comunidad que celebra,

pero también que discierne y toma opciones, y va recordando al pueblo que el seguimiento lleva a caminar, “para ponernos con el hijo en cruz, es decir, para que tenga vigencia en nuestras vidas la carne histórica de Jesús”58.

En el caso de América Latina Dios irrumpe de una manera especial. Nosotros sabemos que su pedagogía es amplia, la cual siempre cuenta con la originalidad que caracteriza al Evangelio, “„porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme‟ (Mt. 25, 35 – 36). En ese sentido debemos descubrir que los pobres son la irrupción que Dios hace en nuestras vidas”59.

Por lo tanto, afirmamos que los pobres son el lugar de encuentro entre Dios y la comunidad latinoamericana. Para reconocerlo en medio de ellos, es preciso abrir el corazón y la mente, dando una mirada de fe, asumiendo que el hermano, especialmente el necesitado, el pobre, es morada de Dios. Los pobres por consiguiente, se presentan como la epifanía de Dios, “son, pues, lugar de experiencia espiritual, de encuentro con Dios. Son exigencia ética”60.

No es pesimismo decir que América Latina enfrenta situaciones de pobreza, injusticia y desigualdad, como se ha descrito anteriormente. Pero, es en medio de estas realidades concretas donde Dios se comunica y recuerda que el pobre es lugar de encuentro. “Cristo se hace presente en los pobres y así nos interpela”61. Desde este contexto desolador, Jesucristo

nos impulsa a comprometer la vida de manera efectiva y afectiva, con la causa del reino, misión que “comienza con el horizonte del reino de Dios como aquello que Dios quiere para el mundo, para la historia, y dentro de ella para cada uno de los seres humanos”62.

57 Aparecida, Nº 158.

58 Cabarrús,

La Pedagogía, 44. 59 Gutiérrez,

Beber, 42. 60 Sobrino,

Espiritualidad, 462. 61 Novoa,

Una perspectiva, 96. 62 Sobrino,

(32)

Constatamos con tristeza que en la sociedad latinoamericana, cada vez va perdiendo mayor vigencia la palabra solidaridad y fraternidad, van quedando relegadas, y en desuso. Estas son sustituidas por la eficacia, la calidad total y la competitividad, donde solo hay lugar para hombres y mujeres de éxito, siendo el valor absoluto las riquezas y el poder. En esta sociedad resulta ajeno hablar de entrega y oblación, pero, aún en medio de las contrariedades, no se debe dejar de predicar y anunciar la novedad del Evangelio.

La crudeza de nuestro contexto político, económico y social, nos ha de llevar a reflexionar y a reconocer que el pueblo de Dios se mueve en un escenario tenso. Por una parte se asume que la comunidad es un espacio vital propicio para ir madurando la experiencia de fe, donde las comunidades vivencian y trasmiten sus valores, tradiciones, sueños, esperanzas. Por otra parte, también debemos reconocer que es un espacio en el cual se comunican odios, frustraciones desesperanzas, porque, la muerte va rondando y acechando como fiera hambrienta, dispuesta a desgarrar y destruir todo lo que encuentre en el camino. Ello producto de la fragilidad humana y del pecado que anida en el corazón del hombre.

Pese a esas realidades, la comunidad se presenta también como lugar de encuentro, donde se va escribiendo la historia de salvación. Dejar de lado el plano comunitario y social, es dejar de lado el escenario de la revelación, sería perder de vista el lugar de la encarnación, pasando así, a una espiritualidad egoísta, alienante y desencarnado, sin ningún tipo de compromiso; “sin un hacer amoroso sin la disponibilidad al menos a poner signos y propiciar praxis, cualquier espiritualidad es sospechosa”63.

Hablar de una espiritualidad intimista es hablar de una fe muerta, sin ningún horizonte ético, porque la fe sin obras desfallece: “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: tengo fe, si no tiene obras?” (St 2, 14). Por ello, es necesario el compromiso con el otro sufriente para dar razón de la fe. Por consiguiente, decimos que la fe se nutre y se hace real en el encuentro con el hermano, porque lleva a la persona a dejar de lado los proyectos personales, para, dar un paso mayor que consiste en salir de sí, para donarse al bien común.

63 Sobrino

(33)

En ese sentido, “Santa Teresa dice lapidariamente: „la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo‟”64.

Desde el contexto de dolor, muerte, gozos y esperanzas, Dios habla al hombre. Es necesario estar atentos a esa voz, la cual está mediada por la realidad, no se da de forma directa. Para escuchar e interpretar la voz de Dios, es preciso renunciar al pecado que encadena al hombre, porque lo lleva a vivir cerrando la mirada y el oído, ante el dolor de la humanidad. Al cerrar los sentidos, el hombre queda reducido a un micro mundo, donde solo cuenta él: “En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a nadie, si no es a sí mismos”65. No hay más prioridades, no existe nada ni nadie más que los propios intereses.

Desde la óptica cristiana nosotros asumimos que el reino, no se ha instaurado del todo en nuestro suelo, porque, el pecado viene azotando a nuestros pueblos, es el aguijón que incomoda y nos lleva a estar atentos, despiertos y en vela, orando sin cesar, pero a la vez actuando y orientando la vida al Evangelio. Es por eso que, no se puede permanecer indiferente viendo como la injusticia gana terreno, tampoco se puede pensar de forma ilusa que los problemas sociales no atañen al cristiano, porque “el hambre, la justicia, no son sólo cuestiones económicas y sociales, son más globalmente cuestiones humanas y desafían en la raíz nuestra manera de vivir la fe cristiana”66.

Por consiguiente, la comunidad que se abre a la revelación, se abre al compromiso solidario por el reino, no se contenta con repartir mendrugos de pan, pensando que así se esta respondiendo al llamado. Tampoco se puede vivir centrado en el aspecto cultual, dejando de lado los dolores y dramas de quienes nos rodean. La comunidad se hace comunidad de salvación cuando a la luz del Evangelio lanza una mirada objetiva y logra identificar la raíz misma del problema, pero no para quedarse de forma pasiva, sino, para luchar y desvelar aquello que está provocando esas situaciones de muerte. Surge así una voz profética, aún en

64 Vidal,

Moral Espiritualidad, 38. 65 Benedicto XVI,

Caritas in Veritate, Nº 43. 66 Gutiérrez,

Textos esenciales, 106.

(34)

medio del desierto, la cual sin temores serviles, ni falsos triunfalismos, se abre a la esperanza porque se camina de la mano de Jesucristo.

1. 5 Conclusión

Iniciamos el capítulo subrayando el lugar que ocupa el encuentro entre Dios, el hombre y la comunidad. Solo a través de ese primer encuentro, el hombre emprende la aventura del seguimiento, porque, en el cruce de miradas, capta, experimenta el amor fiel y certero del Padre eterno. Acto segundo se da la oración y la praxis cristiana, como respuesta al don gratuito. No se puede construir un camino de oración, ni cultivar la vida espiritual si no se da el encuentro.

Por eso, el choque existencial se da cuando el hombre capta la presencia de Dios en su vida, descubriendo como lo mora, lo habita y lo trasciende, no es una certeza romántica, sino viene a ser la experiencia fundante de la historia de salvación; sin revelación, sería imposible hablar de un camino de salvación, porque, si el Señor no se comunica ¿cómo podemos pretender vivir acorde a su voluntad? Por ello, Dios sale al encuentro de la humanidad, como lo ha venido haciendo desde antes: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos” (Hb 1, 1 – 2).

Del plano personal pasamos al plano comunitario, porque es en el seno de la comunidad donde se va afinando la experiencia de Dios, éste es el espacio insustituible de la experiencia cristiana. El Creador en su intimidad es comunidad de personas. Por consiguiente, solo en medio de la comunidad se puede vivir a plenitud el llamado cristiano, sin la fraternidad, la vida languidece y camina al ensimismamiento y a la egolatría.

(35)

descubrirlo. Desde nuestra poquedad, Él va abriendo caminos de santidad. Por tanto, el clamor de los pobres es el clamor del Padre, son los crucificados víctimas inocentes de un mundo que se cierra, pero también es el clamor de un mundo que se abre a la esperanza confiando en Yahvé.

La vida del cristiano según lo expuesto, no camina en un intimismo alienante, sino se abre a una vida de fe comprometida con la historia. Por eso, se hace necesario un diálogo continuo con el Señor, para ir afinando el oído y así dejar que Él viva en el hombre, de tal manera que sean sus manos las que estrechen las manos de los sufrientes, que sean sus ojos los que miren a través de nosotros, en síntesis, dejar que Dios sea todo en todos, amando y acogiendo.

(36)

2. LA ORACIÓN, CAMINO DE ENCUENTRO Y COMPROMISO CON EL REINO

La irrupción de Dios en la vida del hombre, a través del Verbo Encarnado, se constituye en el momento que funda y da continuidad al proceso de salvación. Al acoger con fe el don revelado, el cristiano profundiza en su caminar, no queda estático inmerso en un éxtasis, sino inicia un proceso de seguimiento, hecho que se erige como la razón de ser de su existencia, porque adquiere identidad. Por lo tanto, como resultado de este encuentro se va gestando una espiritualidad, con una forma peculiar y original de entrar en comunicación con el Creador.

La larga tradición eclesial coincide en subrayar que el seguimiento de Jesucristo, es el núcleo central de la espiritualidad cristiana, el cual cuenta con una orientación clara, porque lleva a la humanidad a, “estar disponible para la causa del Reino de Dios”67. Por

consiguiente, la espiritualidad conduce al hombre a vivir de acuerdo a las exigencias propias del reino, a tal punto llega la identidad con la causa de Jesucristo, que actúa movido por el mismo Espíritu de Jesús, donde, “la fuerza y vida de ese Espíritu invade toda su persona y toda su acción”68.

Por ello, la existencia del cristiano se concibe como una vida según el Espíritu, porque es Él quien marca el actuar y da luz interna para optar siempre de acuerdo a la voluntad del Padre. Dentro del camino espiritual, existen diversas categorías que llevan al hombre a entrar en una profunda intimidad con el Creador. A la vez, el Paráclito va capacitando a la persona espiritual para que opte siempre con libertad, amor y entrega, es decir para que viva en un discernimiento continuo respecto a la ortopraxis. De esa manera, la existencia adquiere tal osadía, porque el cristiano se deja conducir por el Espíritu. Se habla de “osadía porque se confía ciega y descansadamente en la fuerza del Señor que no nos falla”69.

67 Vidal,

Moral y Espiritualidad, 33. 68 Sobrino, E

spiritualidad, 452. 69 Cabarrús,

(37)

Existen diferentes categorías que articulan y dan dinamismo a la vida espiritual, dentro de ese vasto conjunto de elementos, se encuentra la oración. En este capítulo nosotros centraremos nuestra mirada en la plegaria cristiana desde la óptica latinoamericana, presentando los matices que la caracterizan y cómo, a partir de esa experiencia orante, el continente adquiere mayor identidad y compromiso, con la causa de Jesucristo.

La producción teológica realizada en América Latina sobre la oración, se encuentra inserta en la reflexión que aborda la vida espiritual. Dicha reflexión cuenta con una gran riqueza, porque presenta la experiencia de oración como puente que permite al hombre vivir en la libertad de los hijos de Dios, porque la plegaria, “afecta al hombre en su interioridad más profunda”70. Por ello, en este capítulo pretendemos avizorar algunas características que

presenta la oración cristiana vivida desde el contexto latinoamericano, identificando la raíz y fuente que nutre toda esta experiencia.

2.1 Una plegaria cristocéntrica

La oración del cristiano tiene en Jesucristo el referente y modelo de hombre de oración. A través de su vida, va mostrando al creyente el modo correcto de dirigirse al Padre. La plegaria presentada por Jesús se encuentra arraigada en la rica tradición de su pueblo, pero también marca nuevas pautas que permiten que la oración del nuevo pueblo de Dios adquiera originalidad. Dentro de la singularidad de la plegaria presentada por Jesús, se resalta la invitación que hace al hombre, para que se dirija al Padre con un corazón sencillo, humilde y confiado, sin muchos protocolos, (Lc 18, 9 – 14)71.

Toda la vida del Nazareno se mueve dentro de esta dinámica, “Él nunca está ausente de la oración y ora al Padre constantemente”72. Lo hace cuando experimenta gozo y alegría ante

la generosidad del Creador (Mt 11,25-26); cuando realiza curaciones (Jn 11,41-42); cuando se despide de sus discípulos (Jn 17); en medio del dolor y de la tortura (Mc 14,32-36); ora

70 Vidal,

Moral y Espiritualidad, 54. 71 Cfr. Maccise,

Oración y Liberación, 4. 72 Orígenes

(38)

en la cruz, cuando pone su vida en manos del Padre (Mc 15,34; Lc 23,46). Por ello, se puede afirmar que “orar para Jesús, es expresarse en totalidad”73, ningún aspecto de su

existencia se encuentra exento de la oración.

Jesús como Hijo predilecto y amado del Creador, vive en estrecha intimidad con Él, por eso, se abre confiadamente a la acción misericordiosa de Dios, abandona su existencia y la pone en los brazos del Padre. La relación que teje Jesús con el Creador, no se queda en un intimismo estrecho y cerrado; Jesús extiende esta invitación a sus seguidores y les muestra la manera cómo han de clamar al Padre: “Abba”, expresión que encierra una profunda

conciencia filial.

La forma como Jesús oraba, inspiró la vida de sus discípulos, ellos movidos por el ejemplo del Maestro, sienten la necesidad de dirigirse al Padre, por eso le piden les muestre la manera correcta para entrar en diálogo con el Señor (Lc 11, 1). Dentro de las notas características manifestadas en la oración de Jesús, descubrimos que su vida se mueve gracias al coloquio íntimo que se da entre Él y Yahvé. Su camino de oración va en estrecha relación con su vida práctica. Por consiguiente, del diálogo espiritual emerge de forma natural una praxis liberadora, “que no es el de la autoafirmación arrogante de la sabiduría o el poder del hombre, ni el del odio o la violencia, sino el de la donación desinteresada y sacrificada del amor. Amor que abraza a todos los hombres”74.

Los evangelios, ponen a nuestro alcance el contenido de algunas oraciones de Jesús, las cuales no se pueden entender de manera textual, biográfica o literal. Los textos inspirados, permiten que nosotros podamos atisbar como por una ventana, la espiritualidad de Jesús, su mundo interno, sus opciones, la cual se caracteriza por, “la centralidad del hombre, sobre todo de los desvalidos, no de los poderosos (como se suele escribir la historia, sino desde su

73 Sobrino,

La Oración de Jesús, 33. 74 Novoa,

(39)

„reverso‟), destacando que lo que lo hace grande es la primacía del amor, en lo que se resume la voluntad de Dios (Mc 7,15)”75.

“En la oración de Jesús, la causa de Dios no es ajena a la causa del hombre, y la causa del hombre no es extraña a la causa de Dios”76, existe una mutua correspondencia, entre vida

de oración y compromiso con el reino. La plegaria que dirige Jesús al Padre, lo lleva a entrar en sintonía con la humanidad, con sus dramas y pobrezas. Deja de lado así, todo tipo de dicotomías y escisiones. Por eso, es necesario “considerar también la desmitificación que Jesús hace de la oración concreta y de los peligros, inherentes históricamente a la oración que observa y denuncia”77.

Por otra parte, reconocemos que el modo de orar de Jesús, no ha quedado anclado en el pasado, sino se presenta como un camino viable, que permite a los cristianos de hoy la vivencia comunitaria. En consecuencia, el pueblo latinoamericano tiene, como fuente que inspira su plegaria, a Jesús de Nazaret. El contacto con la palabra revelada, va comunicando la forma como ha de entrar en intimidad con el Padre, suscitando así un doble movimiento, porque el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, por ello, la palabra hecha carne, lleva a la comunidad a, “concretar históricamente y geográficamente la moral cristiana en determinadas situaciones”78.

Por lo expuesto anteriormente, podemos afirmar que la oración de América Latina, es una plegaria netamente cristocéntrica, porque tiene como germen de inspiración a Jesucristo, vivo y resucitado. Es así como, el hombre en el continente latinoamericano, une su voz a la de Cristo, dejando que su espíritu inunde su ser, desde esa unión se hace realidad, “la vocación más profunda del cristiano que es dejarse habitar por Cristo”79.

75

Arens, “Jesús, fundamento de la espiritualidad Cristiana”, http://www.memoriayprofecia.com.pe,

(consultado 25 de septiembre de 2009), 8.

76 Boff,

El Padre Nuestro, 13. 77 Sobrino,

La oración de Jesús,19. 78 Sobrino,

Cristología desde América Latina, 109. 79 Mifsud,

Referencias

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