3. CONCRECIÓN HISTÓRICA
3.2 La oración, camino de infancia espiritual
La ruta que emprende el discípulo de Cristo, tras el anuncio de la buena nueva, alcanza su madurez cuando logra vivir en libertad, pero también cuando asume el camino de la infancia espiritual como signo de conversión y de vivencia evangélica. Esta nueva ruta que se abre en la existencia del hombre de oración, lo lleva a tomar posturas claras, que se manifiestan en el abandono de sí y en la confianza hacia Dios, aún en medio de los más tortuosos sufrimientos. En ese sentido, Santa Teresa de Lisieux, se presenta ante nosotros como una voz autorizada que puede brindar pistas valiosas que permitan atisbar la dinámica que sigue esta vía.
La Priora del Carmelo de Lisieux – Francia, en cierta oportunidad preguntó a la religiosa, “- ¿Qué camino quieres, pues, enseñar a las almas? – Madre, el camino de la confianza y del abandono completo”171. Con estas palabras cortas pero agudas y profundas, Teresa de
Lisieux da testimonio de una radical adhesión y abandono a la persona de Cristo. Ella, alimentada por la Palabra, junto con la gran tradición mística del Carmelo, pudo meditar en el silencio de la oración, logrando intuir y comprender que solo el amor sencillo y confiado en Cristo, la pueden arrancar de las garras de la muerte, para conducir su frágil existencia a la vida en Dios, por eso dice: “la confianza y nada más que la confianza es lo que nos puede conducir al amor”172.
170 Santa Teresa de Jesús,
5 Moradas, 3, Nº 7. 171 De Meester,
Dinámica de la Confianza, 56. 172 Clapier,
Al penetrar en el camino de la infancia espiritual presentada por Teresa de Lisieux, podemos ir descubriendo una clara invitación a entrar en la dinámica del abandono, que consiste en confiar la vida necesariamente a otro distinto, es decir, abrir la existencia al universo que se presenta extraño ante nosotros, poniendo en la sombra la solidez de nuestras seguridades para dejarnos guiar finalmente al misterio de amor173.
Es necesario subrayar que el camino de la confianza sólo la puede recorrer el hombre, cuando es capaz de reconocer su indigencia, porque se descubre necesitado, limitado, finito, débil para conducir su vida con sus propios criterios y con sus propias fuerzas. Por ello, cuando se es consciente de la fragilidad y pequeñez, a través del camino de la oración interior, se puede otorga a Dios el lugar que le corresponde, como soberano y guía de la existencia.
Cuando el creyente otorga a Dios su verdadero lugar, se hace capaz de romper con los falsos ídolos que lo asechan, porque reconoce que todo es mérito de Dios, quien en su infinita sabiduría y amor le ha hecho participe de esas gracias especiales. Por consiguiente, el discípulo desde la infancia espiritual, se abre a una experiencia sapiencial donde, “toma conciencia de hallarse ante la presencia del Dios infinitamente Santo, Creador y Señor del universo con quien el hombre en cuestión se siente relacionado en todo su ser”174.
Desde esa mirada profunda llena de sabiduría, de amor y de confianza, progresivamente el cristiano va purificando su experiencia de fe, puesto que no exige signos espectaculares para confiar en el Creador, sino espera gratuitamente con la serenidad de un niño. De forma sencilla y calmada se fía de la ternura pasional del Padre, porque sabe que el Creador del universo no dejará que su criatura se sumerja en la angustia y en la soledad. El amor profundo que lo consume en la oración y en la vida diaria, lo lleva a confiar y a entregar la existencia para ponerla en los brazos poderosos del Señor.
173 Cfr. Clapier,
Un camino de confianza y de amor, 7. 174 Pongutá,
El abandono en los brazos del Padre se da porque, a través de la oración, el cristiano ha logrado contemplar el verdadero rostro del Amado. Por consiguiente, se va dando una nueva experiencia de fe donde se puede, “destruir aquella imagen muerta y tergiversada de Dios inventada por los opresores”175. Es el amor divino que se capta en el seno de la
comunidad, aquello que permite a la humanidad dejar atrás las imágenes idólatras, para acoger la verdadera imagen del Creador.
La imagen de Dios que se descubre, difiere de cualquier representación idolátrica inerte, sin vida, es una imagen con rostro vivo que se caracteriza por una profunda opción por la humanidad, con un talante compasivo que, “no expresa un mero sentimiento de lástima o de pena ante la desgracia de otra persona. Significa con-padecer, padecer con la otra persona, compartir y hacer suyo el sufrimiento de los otros, sentirse comprometido para transformar la situación que hace sufrirla”176. Por ello, decimos que es una compasión afectiva y
efectiva que se compromete con la causa del reino.
América Latina, en estos últimos años, ha dado pasos importantes en el camino de fe, porque ha sido capaz de descubrir la imagen de un Dios amoroso que llama a sus hijos a la libertad. Es una experiencia que no ha quedado en un rapto extático que saca al hombre de la sociedad. A raíz de las diferentes experiencias comunitarias y personales, el pueblo siente la exigencia y el compromiso con la misión del Hijo, porque, “la experiencia de Dios implica un compromiso con el proyecto divino sobre la historia humana”177.
El camino de fidelidad al Evangelio no sería posible si el hombre no viviese en profundidad la espiritualidad de la infancia, la cual cuenta con diferentes matices, a continuación recogemos el planteamiento de Gustavo Gutiérrez, quien de forma magistral nos recuerda el camino de los predilectos de Dios:
175 Mesters,
La Misión del Pueblo, 58. 176Crespo, “
Espiritualidad y seguimiento de Jesús” http://www.memoriayprofecia.com.pe (consultado 14 de
septiembre de 2009), 3
177 Mifsud ,
La pobreza espiritual es una actitud de abertura a Dios, de infancia espiritual (…). La pobreza espiritual (…) no es directamente y en primer lugar un desprendimiento interior de los bienes de este mundo, actitud espiritual que para ser auténtica debe encarnarse en una pobreza material. La pobreza espiritual es algo más profundo y global, es, ante todo, una total disponibilidad ante el Señor. Su relación con el uso o propiedad, de bienes económicos es ineludible, pero secundaria y parcial. La infancia espiritual, poder de acoger – no recepción pasiva – define la postura de la existencia humana frente a Dios, los hombres, las cosas178 . Aspecto central del Evangelio es la infancia espiritual, en tanto que disponibilidad ante el Señor, condición también de búsqueda del Reino (…). La pobreza espiritual (infancia espiritual) es la condición para oír la revelación sobre el reino179.
Por ello, el cristiano impulsado por la confianza que otorga el amor gratuito del Padre, al asumir la infancia espiritual, se seca las lágrimas que en un momento lo llevaron a la resignación cuando se sintió impotente y débil para hacer frente al pecado. Ahora con una esperanza renovada en la oración, sale a proclamar que el amor sí existe, porque reconoce que el Creador nunca lo deja desolado y olvidado. Por eso, con la confianza que caracteriza a un niño, une su voz al salmista para cantar: “Señor, mi corazón no es engreído, ni mis ojos altaneros; no persigo grandezas ni prodigios que me superan. Calmo y silencio mi anhelo como un niño junto a su madre, como un niño junto al Señor” (Sal 131 (130)). Los versos de este salmo expresan la confianza del discípulo que descubre el amor misericordioso de Dios, amor que lo invade de tal manera que lo levanta de su poquedad finita y le otorga una alegría pascual. Cuando el cristiano entrega su vida a uno que es mayor que él, deja de confiar en sí, para poner toda su existencia en los brazos del ser que da plenitud a su existencia. No se aflige ni entra en zozobra frente a sus limitaciones, la confianza que anida en su corazón, es tal que no pide ni anhela signos extraordinarios,
178 Gutiérrez,
Teología de la liberación, 381 - 382. 179 Gutiérrez,
porque puede reconocer la presencia de Dios incluso en medio de las más tenebrosas oscuridades.
Teresa de Lisieux, de forma gráfica nos da testimonio de esta realidad, cuando va presentando el camino de la infancia espiritual, dice: “y si oscuras nubes llegan a ocultarle el Astro del amor, el pajarillo no se mueve, no cambia de lugar; sabe que más allá de las
nubes su Sol sigue brillando, que su resplandor no podría eclipsarse ni un solo instante”180.
La mirada de fe, le permite observar las realidades que escapan de lo sensorial, para abrirse a la dinámica de la confianza, “la existencia es para ella un desierto y un destierro (…) pero en el fondo del alma ella siente que un día habrá lejanías infinitas, lejanías que harán olvidar para siempre las tristezas del desierto y del destierro”181.
No se puede caer en la tentación de confundir el camino de la infancia espiritual, con una evasión del mundo, ni se le puede ver como un infantilismo alienante. Es una ruta netamente evangélica que se presenta como condición necesaria para heredar el reino de Dios: “les aseguro que si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 18, 3); “Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque el reino de los cielos pertenece a los que son como ellos” (Mt 19, 14).
La invitación que hace Jesús a los discípulos de mirar al niño como modelo del verdadero discípulo, no tiene ninguna connotación romántica, por el contrario, muestra que para ser como un niño es necesario hacer una opción fundamental clara y radical por el Evangelio. Solo desde la vivencia de la oración evangélica, se puede vivir en humildad y en continua conversión, “en oposición a los sabios y los inteligentes, a los poderosos y grandes, los niños no exigen ningún derecho de supremacía, forman parte de la categoría de los pobres a quienes pertenece el reino de los cielos (…) el niño representa a todo aquel discípulo/a que sigue a Jesús como modelo de humildad, de pequeñez”182.
180 Santa Teresa de Lisieux,
Historia de un Alma,Manuscrito B, fol, 5. 181 Clapier,
Un camino de confianza y de amor, 95. 182 Arens, Ascenjo, Díaz,
Por ello, el camino de infancia espiritual, conduce al cristiano a mirar al otro como hermano, porque no construye relaciones verticales, sino horizontales, no se relaciona desde los intereses egoístas sino desde la sencillez y humildad propia de un niño, porque, “la conversión de Dios se traduce en una conversión hacia el otro como imagen y semejanza divina”183. Descubre en el rostro del hermano pobre y humillado, la presencia de
Dios que lo interpela a actuar.
La mirada tierna que dirigen los pequeños es sanadora, pero también comprometida, porque se preocupan por prodigar amor, en ese sentido asumen una opción real con el hermano que sufre. Es necesario subrayar que esta opción no surge como fruto de un profundo análisis sociológico. Al igual que los diferentes dones del Espíritu, esta opción brota del interior del cristiano cuando a través de la oración, es invadido por un amor apasionado, Santa Teresa de Ávila al respecto señala que el camino del espiritual esta movido por un accionar amoroso, por eso, “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar eso haced”184.
El camino evangélico, nutrido por la infancia espiritual, enmarca, “un aspecto contemplativo, de encuentro con Dios en el corazón mismo de la obra del amor. Encuentro que no es „merecido‟ por la obra sino que es don gratuito del Señor”185. Esa es una gran
intuición que alcanza el orante que sigue la vía de la pequeñez, descubre que todo es gracia, la misma vida se concibe como un canto de alabanza al Creador, de ahí que el más insignificante acto, no queda indiferente o en el olvido, se concatena con toda la obra creadora y redentora del Señor, porque se hace signo de un amor desinteresado.
En consecuencia, a medida que el hombre de oración se abandona en los brazos del Padre, gana en fortaleza interior, acto que a su vez se traduce en un fuerte compromiso con la obra del Redentor, que busca sanar los corazones heridos y lastimados, es decir, se abre a la experiencia de la reconciliación y de la fraternidad. Por consiguiente, el hombre que vive en
183 Mifsud,
Una fe comprometida con la vida, 10. 184 Santa Teresa de Jesús,
4 Moradas, 1, 7. 185 Novoa,
la dinámica de la infancia espiritual, posa su mirada especialmente en los pobres, los pequeños y olvidados de la sociedad, se dirige a ellos, porque asume las opciones de Cristo. Manifestando así, una clara oposición con los paradigmas modernos que solo buscan inflar al hombre en el ego del poder.
Es preciso resaltar que la infancia espiritual es considerada como un regalo divino que el hombre recibe gratuitamente, cuando va disponiendo el corazón en un acto de humildad, porque, “la infancia espiritual es una de las nociones más importantes del Evangelio, es la postura de quien acepta el don de la filiación divina y responde a él forjando la fraternidad”186. Por eso, el cristiano, se sitúa ante el Señor con las manos vacías y abiertas,
a la espera del don gratuito de la salvación, pero no en una actitud pasiva, sino en una espera activa. Ante Él reconoce su indigencia y su sed divina, por eso anhela calmarla en la fuente de vida eterna.
Como ya lo mencionamos, el cristiano que vive la infancia espiritual, con una actitud humilde y sencilla, sale al encuentro de sus hermanos, en especial de los más necesitados, busca entrar en su mundo, no por puro asistencialismo, sino porque, contempla a Dios en la humanidad relegada, es decir, “tropieza con Dios en los pobres”187. Sólo cuando el hombre
espiritual logra penetrar en el mundo del pobre, puede comprender las verdaderas necesidades de redención y de salvación que tiene cada uno. Por ello, desde la vivencia profunda con los predilectos de Dios, puede descubrir y atisbar horizontes de liberación. El camino de la infancia espiritual solo se puede recorrer, cuando se va dejando atrás la conciencia aislada y cerrada del egoísmo, es decir cuando se rompe con el pecado que aprisiona y asfixia a la humanidad. Desde esa vivencia libre y sencilla que adquiere el cristiano, se lanza con valentía y confianza (parresía), a la misión de la Iglesia, para que la humanidad pueda vivir la salvación plena, que pregona el Evangelio188. Salvación en toda 186 Gutiérrez, Beber, 169. 187 Casaldáliga y Vigil, Espiritualidad de la Liberación, 273. 188 Cfr. Aparecida, Nº 363.
su integridad, porque todas las dimensiones humanas necesitan ser redimidas, requieren ser renovadas por la Sangre de Cristo.
La infancia espiritual encuentra en María de Nazaret, a la discípula fiel, mujer de oración que encarna la humildad evangélica. Ella cristaliza los anhelos de salvación de los pobres de Yahvé quienes anhelan y esperan el día de la redención. Su vida se levante ante todos como testimonio vivo de la confianza en el Señor, porque es, “mujer, e hija de un pueblo que puso toda su esperanza en Dios”189. Por eso, se abre a la acción misericordiosa del
Creador, aún en medio de las incomprensiones y represiones, “esta Madre del pueblo lleva en sí la confirmación de la preferencia de Dios por los más humildes, los más pequeños, los oprimidos”190.
Por eso, junto a María, madre y mujer que conoce los dramas y dolores de Latinoamericana, se entona el Magníficat como plegaria de salvación, y con ella se redescubre que, “la alegría provocada por la presencia del amor de Dios ensancha el corazón para la acción de gracias y para la acogida a los demás. Por lo tanto, en este cántico se entrelazan la confianza y la entrega a Dios con la voluntad del compromiso y cercanía a sus predilectos: los humildes y hambrientos”191.
Por último, reconocemos en la oración de María una profunda alegría, porque ella en su existencia, “ha experimentado la salvación. Ha experimentado a Yahvé como salvador de su vida y en un instante la ha transformado haciéndola existir en un nuevo modo de ser, de amar, de esperar, de relacionarse con Dios y con los demás”192. Esa es la actitud concreta
del espiritual, quien se reafirma en su pequeñez, para entrar en relación con la grandeza de Dios, la cual esta mediada por la opción histórica y preferencial por los pobres.
189 Gutiérrez,
Textos esenciales, 127. 190 Jonson, Elizabeth,
Verdadera Hermana Nuestra, 181. 191 Gutiérrez,
Beber, 170. 192 Martini,