LA CALLE LLEVA POLVO

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Texto completo

(1)

CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, SEGÚN ACUERDO

No. 20130401 DE FECHA 9 DE JULIO DE 2013

LA CALLE LLEVA POLVO

P R E S E N T A

QUE PARA OBTENER EL GRADO DE

MAESTRO EN LITERATURA Y CREACIÓN LITERARIA

OMERO ESCOBAR CHÁVEZ

MÉXICO, D.F. 2015

DIRECTORA: DRA. CHRISTEL ROSEMARIE GUCZKA PACHECO

T E S I S

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La calle lleva polvo

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Contenido

Agradecimientos iv

Introducción. v

La ruteros 1

Corre 7

El sueño fronterizo 14

La herencia 19

Polvo de ángel 26

Ramona 30

Gritar 36

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Agradecimientos

A Casa Lamm, por darme la oportunidad de recibir las enseñanzas de su

experimentado plantel de colaboradores.

A mis compañeros de generación, por las pacientes aportaciones a mi inexperiencia,

las críticas y el apoyo durante los dos años de aprendizaje..

A todos mis maestros que con su gran vocación y excelencia contribuyeron a mi

incursión en el arte literario. Gracias, Yamilet, por ser parte motivante de estas historias.

Con gran respeto y admiración a Christel, por subirse al lento barco de mis

creaciones y corregir con paciencia mis desvaríos. Asimismo, a mis sinodales, por pulir

estos textos.

A mi constante crítico, por impulsarme a dar lo mejor, además de ser el detonante

para emprender y permanecer en este trabajo.

Por supuesto, a todos los lectores que se toman un momento para ser partícipes de

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Introducción

Desde que descubrí el placer que me causa la lectura me pregunté cuál es el

elemento capaz de detonar una sensación tan agradable y a la vez inquietante, que

posteriormente me impulsaba al aprendizaje. Bastó un momento de revisión para dar con la

responsable: la realidad.

Hoy en día, siempre que leo ficción espero encontrar algún toque de realidad, lo

cual no significa que la lectura relate necesariamente una historia basada en situaciones

verdaderas, sino que los hechos narrados sean verosímiles, es decir, que puedan ocurrir en

la vida de cualquier ser humano Con base a ello prefiero leer textos que posean dicha

característica y, por lo tanto, también resulta necesario crear historias que se desarrollen

bajo esas condiciones.

Así pues, en esta antología el lector encontrará textos que, aunque ficticios, nacieron

de recuerdos de tantas historias leídas en los periódicos de Ciudad Juárez o de algún relato

que, en un momento dado, alguien me contó sobre etapas muy puntuales de su vida.

El motivo para escribir los ocho cuentos aquí presentados no sólo está en la

necesidad de referenciar fragmentos desfavorables de la vida, sino también, y con mayor

ahínco, en el propósito de llamar la atención sobre los tipos de interacciones humanas que

ocurren en diferentes grupos de la sociedad actual.

Entre estos cuentos, Ramona y La calle lleva polvo son relatos que, además de nacer

de hechos reales, poseen una línea narrativa basada en la letra de canciones interpretadas

por Lila Downs. En el caso de Ramona, se trata de la canción Dios nunca muere de la

autoría de Julián Maqueo que, a su vez, está basada en la fabulosa pieza, del mismo

nombre, de Macedonio Alcalá. Por su parte, La calle lleva polvo es una canción compuesta

por Lila Downs y Paul Cohen, titulada La reina del inframundo.

Estos relatos hablan básicamente de situaciones complicadas en las vidas de ocho

individuos inmersos en entornos desfavorables que, desafortunadamente, no contaron con

elementos suficientes para superarlos y cayeron en circunstancias de gran vulnerabilidad

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estos cuentos como un trozo de la vida de alguna persona con diferentes oportunidades

socioeconómicas.

No es mi intención que disfruten las historias aquí narradas, sino que se den la

oportunidad de advertirlas como una muestra de las fallas en la convivencia humana y, de

esta manera, se permitan un acercamiento distinto a los ocho casos aquí contados. Es decir,

que la aproximación del lector a estos mundos ficticios vaya más allá del rechazo al crimen

para atender también las condiciones del criminal.

Tal vez sea ambicioso pretender que el lector no sólo vea el polvo que lleva la calle,

sino que también note el que se acumula dentro de casa; sin embargo, es la forma que

encuentro para promover un cambio de conciencia con respecto a los actos criminales y,

(7)

Los Ruteros

–¡Chingada madre! ¡Que yo no fui! ¡Tú sabes bien que yo no fui, Sicas!

–¡Yo no dije nada, carnal!

–¿Entonces por qué los trajiste?

–¡Me obligaron, Momo!

–¡Para eso me gustabas, culero!

Ya lo tenían esposado arriba de la cámper. Dirigidos por el Sicas, lo estaban

buscando desde el mediodía. Lo encontraron en la tiendita del mismo barrio donde los polis

solían pasar por su cuota todas las tardes; ya estaban ahí, así que aprovecharon para cobrar

lo suyo antes de dirigirse a los separos.

El Momo nunca pensó que, precisamente el Sicas, después de varios meses,

terminaría acusándolo. Los altos mandos ya se habían arreglado con él: “Una de dos, nos lo

entregas y sigues consiguiéndonos carne, o caes con él.”

Hasta ese momento, aquel asunto era ya cosa enterrada para el Momo y el Sicas, dos

choferes de ruta que solían trabajar horarios nocturnos para divertirse con las muchachas al

cierre de los antros. El Sicas había sido el más involucrado, sin embargo, fue el Momo

quien estuvo a punto de ser inculpado, por eso lo recordaba con facilidad.

Habían estado jugueteando un buen rato desde que la Picos se subió a la ruta. La

Picos, una trabajadora de maquila que solía divertirse con ambos ruteros, siempre coincidía

en la madrugada con cualquiera de ellos; después del cierre de los últimos tugurios de la

Juárez y la Mariscal esperaba el fin de su turno para seguir la parranda hasta el amanecer.

Aquella madrugada se había sentado donde siempre, al lado del puesto del chofer,

aunque se sentía indispuesta, quería desaparecer la gran borrachera que cargaba. El Momo

empezó a meter mano en el muslo desnudo hasta la entrepierna, ella, sin mostrar

desagrado, sonreía y le acariciaba el cabello. El Momo ya estaba excitado, la Picos lo

dejaba continuar. Ese jugueteo los entretuvo durante el último viaje; después de

completarlo, fueron a encontrarse con el Sicas.

En un extenso terreno fuera de la ciudad, como a diez kilómetros del límite urbano

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poco de color al seco paisaje escasamente matizado con mezquites; ahí entre gobernadoras,

trompillo y toritos era el punto idóneo para seguir la fiesta sin ser molestados.

Al abrir la puerta, encontraron al Sicas sentado en un raído sillón con una cerveza

en la mano, escuchando música oldie.

–¿Qué pedo, wey? –dijo el Momo.

–Pensé que ya no venían, cabrón.

–Tuve que hacer otra vuelta, el Chome me pidió paro y se la debía. Ya hasta “La

Picos” se andaba rajando.

–¿Por qué, mamacita? A poco no la pasa chida con nosotros.

–Simón, pero ando bien madreada, creo que tanta pisteada ya no me cae.

–¡Ah!, pero orita nos ponemos a tono, mi Picos.

–¡Nel!

–¿Qué? ¿A poco se me va a rajar? Si a eso venimos.

–Nel, hoy no quiero loquearla.

–¡Uy! y ahora, ¿por qué tan apretada?

–Así estuvo todo el camino –dijo el Momo fastidiado.

–¿Qué pedo, mamacita? Siempre la pasamos chida.

–¡No quiero, cabrones! ¡lléguenle!

–¡Como quieras, pinche morra! –expresó molesto el Momo, al acercarse a una mesa

plástica, de esas que patrocinan las compañías cerveceras para las cantinas; las dosis ya

estaban en línea sobre un pedazo de espejo–. Lléguele, mi Sicas.

La dosis que “La Picos” no quiso la consumió el Sicas. Continuaron bebiendo y

tratando de animar a la Picos, ella sólo les seguía el juego. Tres cuartos de hora después los

ruteros consumieron la segunda dosis; el deseo sexual empezó a apremiar, habituados a

saciarlo con la Picos, se lanzaron a toquetear su cuerpo. Ella no estaba de humor, desde el

inicio los rechazó. Ellos tomaron ese rechazo como parte del juego que a veces le gustaba

para dar más ambiente a los momentos que pasaban juntos, pero al notar la actitud molesta

de la Picos, la insultaron y comenzaron a arrancarle la escasa vestimenta que aún la cubría.

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Para infortunio de la Picos, era la época del año en que el aire soplaba con gran

fuerza y arrastraba a su paso cuanto objeto liviano encontraba. Era común ver chilampas

rodar apresuradas hasta encontrar su primer obstáculo; esa madrugada la Picos ya había

encontrado su obstáculo.

En las ventanas de los cuartos el aire estremecía los cristales y difundía sonidos, al

doblar en las esquinas o colarse entre los huecos, creaba un ambiente de misterio que

fácilmente espantaría a cualquier desprevenido. La polvareda siempre dificultaba la

visibilidad y azotaba la piel con minúsculos granos de arena, provocando la sensación de

pequeños golpecitos en el rostro.

La Picos estaba habituada a tales condiciones del ambiente, pero esa madrugada no

tenía ganas de escapar para buscar refugio en el desierto. Que abusaran de ella no era nada

grave, ya lo habían hecho antes. Dejó que la manosearan y le humedecieran el cuerpo con

desesperados besos que terminaron en mordidas. Cuando empezó a sentir dolor por la

profundidad con que clavaban los dientes en sus pechos, cuello y nalgas quiso escapar, pero

la fuerza de los ruteros se lo impidió, sólo consiguió ser lanzada sobre un viejo catre que

golpeó la pared al recibir su cuerpo desnudo.

–¡No mamen, cabrones! ¿Qué les pasa? –gritó la Picos enojada.

–¿Qué te pasa a ti, pinche Picos? –refunfuñó el Sicas impaciente.

–¿Por qué tan apretadita ahora? Bien que te gusta meterte con los dos –dijo el

Momo en tono burlón.

–¡No chinguen, cabrones!, se están pasando, ¡ahora no tengo ganas!

–Pero nosotros sí, y por algo estás aquí, ¿o no?

–A poco creías que sólo íbamos a platicar, no mames, pinche morra –dijo el Momo,

fastidiado.

–Así que ahora cumples, puta –gritó el Sicas.

–Si tantas ganas tienen, cojánse entre ustedes, putos –vociferó la Picos.

–¡Estás pendeja o qué, pinche Picos! –gritó iracundo el Sicas.

Molestos ante la resistencia de la Picos, se lanzaron sobre ella, el Sicas le dio un

golpe tan fuerte en la cara que la dejó inconsciente.

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–No seas culo, Momo, sólo está dormida.

–¡Nel, wey! Así no le entro –dijo temeroso el Momo

–¡Ah! pinche vato culo, para eso me gustabas.

–¡Nel wey! Déjala así y vámonos.

–¡Estás pendejo! Se despierta y luego nos delata y del botellón no nos

salvamos, cabrón. Mejor vamos a disfrutarla y luego la desaparecemos –dijo el

Sicas con una breve mueca perversa.

–¡Estás jodido, cabrón! Todos en la terminal saben que se fue con nosotros.

En cuanto investiguen seremos los primeros sospechosos. Yo no quiero pedos.

–¡Ni madre! La enterramos bien y bastará con negarlo, con el chingo de

casos que hay, uno más no les hará ruido.

–¡Estás loco, pinche Sicas!

–Bueno qué, ¿le entras o no?

–Nel, ahí te quedas tú con ese pedo.

–¡Cómo quieras, cabrón! –expresó enojado el Sicas.

El viento remató el azote de la puerta que el Momo dio al salir. Afuera batallaba por

encender un cigarrillo mientras, en el interior, el Sicas se saciaba con el cuerpo de la Picos;

como cachorro hambriento succionaba con gran fuerza sus pechos que empezaron a

sangrar, pero no se detuvo, continúo mordisqueando por todo el cuerpo hasta llegar a los

genitales lamiéndolos con desesperación, jadeando y resollando; no esperó más, acomodó

el cuerpo de la Picos en la orilla del catre para facilitar la penetración, inició restregándole

el miembro entre las piernas hasta que estuvo listo; la penetró de golpe.

La Picos comenzó a reaccionar ante la brutal embestida. El Sicas la aseguró

subiéndose sobre ella, al tiempo que continuaba saciándose. La música había terminado, los

ahogados gritos de la Picos, y el continuo golpe de su cadera contra la pelvis del Sicas, eran

acompañados por la silbante melodía que producía el viento al colarse por las rendijas de

las puertas y ventanas. Afuera, el Momo esperaba dentro de la ruta para no escuchar.

Cansado del rítmico copular, el Sicas enredó su camisa alrededor del cuello de la

Picos, apretó con fuerza mientras seguía moviendo lentamente el pene dentro de la vagina.

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experimentaba al asfixiar a la pareja. Se quedó un momento sobre ella disfrutando su

remisión.

Al no oír más ruido en el interior de los cuartos, el Momo entró y encontró el

sudoroso cuerpo desnudo del Sicas sobre el cadáver lánguido de la Picos.

–¿Qué hiciste, wey? ¡No mames!, ¡la mataste, cabrón! –gritó el Momo, asustado.

–¡Qué pues, mi Momo! ¿me ayudará a enterrarla o no? –expresó el Sicas

tranquilamente, todavía enervado.

–¡Tas pendejo! –exclamó el Momo, irritado.

–¡Órale!, nomás acuérdate que los dos estamos en esto, puto.

–¡Ni madres, cabrón! ¡Yo no hice nada!

–Como si lo hubieras hecho, cabrón, recuerda que quien trajo aquí a la Picos fuiste

tú, puto –espetó con rabia el Sicas.

–¡Pero yo no armé todo este pedo! –el Momo contestó en tono angustiado.

–Serás el principal sospechoso, así que más vale que me ayudes a desaparecerla.

–Pero, ¿qué vamos a hacer?

– Enterrarla, ¡ya te dije, wey! –gritó impaciente el Sicas.

Comenzaron a cavar en un rincón del terreno, faltaba poco para amanecer, debían

apresurarse, sólo así la oscuridad podría ocultarlos. Poco antes de que asomara el alba

habían escarbado una profundidad suficiente para ocultar el cuerpo; colocaron la ropa en el

fondo del hoyo y encima el cadáver.

Una semana después, las pesquisas sobre la desaparición de la Picos iniciaron señalando

como primer sospechoso al Momo, quien confesó haber estado con ella el último día que la

vieron con vida. Sin embargo, la conveniente declaración del Sicas y la falta de pruebas

favorecieron su absolución.

Por esos días comenzaron las exigentes manifestaciones por justicia en los crímenes

contra mujeres. Beatriz, alias la Picos, era de las desaparecidas más recientes; sus familiares

y amigos participaron activamente en una marcha de protesta con pancartas en las que se

leía todo tipo de demandas: “Ya basta de impunidad, queremos justicia”, “Ni una más”, “A

Baeza no le interesa, lo toma con ligereza. Exigimos acciones”, “Beatriz grita para ser

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El asfalto caliente de la avenida y los rayos solares no cedían, sofocaban el

ambiente, aun así no se apagaban los gritos de protesta contra la impunidad y la inseguridad

de la ciudad fronteriza. Los manifestantes llegaron hasta las oficinas de gobierno donde

empezaron a gritar sus demandas. Los miembros más participativos, quienes más

sobresalían en la marcha, eran los deudos de Beatriz; principalmente su madre y el Sicas, su

nuevo concubino, quien persistentemente se había acercado a ella para ayudarla con la

denuncia de la desaparición de su hija.

Un año después de la muerte de la Picos, las frecuentes manifestaciones ciudadanas

y las exigencias federales reclamaban al gobierno estatal soluciones que no tenían, por lo

que necesitaban chivos expiatorios que dieran el pantallazo de justicia; cualquier incauto

era bueno.

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Corre

Llegó, mi Lic., como todo. Aunque ya sabe de dónde vengo y a dónde voy, le

relataré cómo surgió mi condena, no ésta que hoy queda saldada, sino la que siempre fue la

razón de mi abatimiento. Tal vez le sorprenda mi forma de contárselo, pero es por respeto a

usted y a su trabajo que lo haré de la mejor manera posible. He aprendido cosas en estos

años, ¿sabe?. Aunque Camilo y yo equivocamos el camino; la salida de casa no era en ese

sentido, pero se escuchaban tantas historias de gente que la había armado bien que, juntos,

creímos poder lograrlo.

Ese día corrí sin importarme su suerte, tal vez por eso la mía llegó abrupta, violenta, sin

opción y me golpeó, me arrojó al piso de donde me levanté consciente pero con una

alteración que sólo cedió en este lugar y, aunque fue poco tiempo; descansé y encontré lo

que buscaba. Sé que ya no tiene caso pues, después de la libertad, pronto llegará mi turno.

Vagábamos en el centro cuando los migras nos miraron y comenzaron a

perseguirnos. Corrimos hacia la selva, ahí era fácil ocultarse, pero al llegar a las vías, el tren

ya venía muy cerca. Camilo resbaló y gritó; entre el estridente sonido de la maquinaria, lo

único que alcancé a escuchar fue: “¡Corre! ¡corre!” Después de esas palabras de inmediato

vino el golpe.

Perdí la conciencia por un momento. Al recobrar el sentido, alcancé a divisar a lo

lejos el cabús del tren que se alejaba, lo seguí con la vista hasta perderlo mientras me

pasaba el aturdimiento. Apenas volví a la realidad, miré en todas direcciones observando

detenidamente el paisaje, Camilo no aparecía, sólo veía los destellos del ardiente sol

proyectados por las vías.

Los migras ya no se divisaban por ningún lado. Me alarmé, corrí hacia las vías, me

aterró ver un zapato y la gorra de Camilo sobre el balasto, a escasos pasos de sangre fresca

que escurría de una traviesa. Fueron pocos metros los que debí haber caminado para

encontrar la primera parte. Al ver a Camilo despedazado, me rompí por dentro; lloré como

un niño hasta sentir una inmensa opresión en el pecho, no sabía qué hacer con mis propios

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Ese viaje era una de las tantas aventuras que habíamos tenido que emprender. En la

situación en que nos encontrábamos siempre debíamos arriesgarlo todo. Las opciones eran

pocas: o nos metíamos al matadero para sobrevivir o nos dejábamos morir de hambre.

Camilo tenía un gran motivo para cruzar. El mayor impulso era parte de si mismo,

era su responsabilidad, como él siempre decía. Una responsabilidad que se extinguía con

sólo seis años de existencia, la cuarta parte de su edad. Necesitaba asegurar un tratamiento

que prolongara un poco la vida de su hija. Yo, con la reciente orfandad, deseaba salir a

comerme la vida, estaba harto de que ella me devorara poco a poco como estaba haciendo

con Camilo. Quería salir de la, casi, mendicidad en la que había nacido.

Nunca entendí del todo la lucha paternal de Camilo. Afortunadamente nunca conocí

esa faceta del ser humano; siempre me he preguntado si la vida vale la pena sólo viéndola

pasar, con la naturaleza coartada, esperando el efecto de un tratamiento capaz de extender

la agonía. Pero era nuestra escuela. Finalmente lo que Camilo y yo habíamos hecho desde

que teníamos uso de razón era eso, prolongar una existencia llena de…, más bien, vacía,

carente de cualquier comodidad que nos permitiera preocuparnos por otra cosa diferente a

mantenernos. Éramos como animales salvajes deambulando de aquí para allá.

Cuando se carece de todo, la mente no da para más y sólo piensas en satisfacer lo

que te mantiene con vida; las ideas no son conscientes, son automáticas, gobernadas por el

instinto de supervivencia, que no dura mucho, tarde o temprano sirves de carroña para

nutrir a los que vuelan por lo alto. Ser débil te condena al abuso, a la discriminación, a

permanecer preso de un sinfín de atropellos.

Ese día, ahí, con Camilo convertido en un montón de carne sangrante, había tocado

piso. Era como si durante dieciocho años sólo hubiese vivido suspendido en una atmósfera

de miserias, sin gravedad; la única gravedad que existía era insuficiente para tocar piso,

menos para advertir la realidad; me envolvía en un melodrama que me mantenía a la deriva,

como un abstinente buscando la forma más rápida de conseguir su nueva dosis.

A plena luz del sol, se me helaron los huesos de tanto dolor. Las extremidades me

temblaban. Como pude, recolecté los trozos; cada pedazo me sofocaba, me restregaba la

soledad, quería salir corriendo hasta morir de cansancio, pero no podía dejar a mi hermano

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Cada montón de tierra que le echaba encima a Camilo me perturbaba

profundamente, me vaciaba las emociones y la mente empezaba a confrontarme con

pensamientos extraños, con cuestionamientos que nunca habían surgido en mi vida como

algo importante. Tal vez fue lo que hasta hoy me mantuvo a salvo.

Trastornado, no sé cuanto tiempo, vagué por la selva caminando sin atender el

rumbo. Como nunca, pensaba en la vida que había llevado, no acertaba a encontrar una

razón que me motivara a continuar, sólo existía el instinto y su necedad; cuando él nos

convierte en su presa es difícil independizarnos, más aún cuando nos sorprende vulnerables

o apáticos.

La noche me sorprendió débil, cansado, embotado por el pensamiento que no cesaba

su actividad, aun así, no podía dormir, me devastaba el triste paso de Camilo por la vida,

me sentía tan hueco como un globo a punto de explotar. Ya no sólo vivía la miseria de la

pobreza, ahora también tenía una gran amargura y una desesperanza que me ahogaban.

No supe cuántas horas estuve así, ni en qué momento me venció el sueño. Unas

voces me despertaron, abrí los ojos y alcancé a divisar un grupo de hombres con ropas

holgadas que se alejaban. Permanecí quieto, sabía quiénes eran y no tenía fuerzas para

enfrentarlos; de reojo, los miré hasta que se perdieron, traté de pararme pero las piernas se

resistían. No me sentía capaz de llegar a ningún sitio, ni siquiera sabía si quería avanzar o

quedarme ahí a esperar lo que pasara. Como pude me incorporé y empecé a caminar a

tumbos.

Caminé casi una hora hasta llegar al río donde podría refrescarme. Mientras me

bañaba, observé cómo un durazno era llevado por la corriente, la imagen me abrió el

pensamiento de un chispazo; descubrí que mi vida siempre había sido así, arrastrada por la

corriente de un entorno miserable, no en un flujo continuo. Era como si estuviera

recibiendo una señal o el impulso para encontrar un rumbo diferente al que siempre había

llevado. Entonces prometí cambiar mi destino, buscar la razón de ser de mi existencia, vivir

en honor a Camilo.

De tan abstraído que estaba, buscando soluciones a mi soledad, no advertí la llegada

de los hombres que me habían despertado. Quise huir, pero un par de ellos ya estaban

entrando al agua para detenerme. No me resistí a los abusos, en una vida sin sentido qué se

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terminaron de surtirme hasta que perdí la conciencia. Me levantaron y me cargaron hasta a

un lugar cerca o lejos, ya ni supe; cuando desperté estaba en la parte trasera de una ranfla,

bien apretado entre otros dos batos, sólo recuerdo el destello blanco de los rayos del sol

encandilándome. Perdido, no podía ver más que escasas sombras reflejadas en el cristal, no

sabía hacia dónde íbamos, no me importaba, estaba seguro de que el oponerme empeoraría

mi situación; dejé de resistirme.

Había escuchado sobre la sangre que teñía el ingreso a esos grupos. La sangre

siempre ha tenido un significado real y simbólico muy fuerte; un lazo difícil de romper; sin

embargo, por necesidad o por inconsciencia, mancharse con ella sucede en un instante, tan

fácil como dar un nuevo respiro.

Con dieciocho años, asustado y sin mayores opciones, el primer refugio que

encuentras es buena alternativa, más aún cuando vuelves a sentirte acompañado, cuando

encuentras quien se aventure contigo. Ya no sólo buscas sobrevivir; ahora perteneces y

luchas por ello, o te obligan a hacerlo, pero te dan protección, respetan tu posición dentro

del grupo y aprecian lo que haces por la familia.

En aquel entonces estaba confundido, como anestesiado con soledad; sabía que el

dolor físico pasaría en unos días, pero el dolor del alma, el moral no acertaba en cómo

aliviarlo, con qué desinflamarlo para que dejara de asfixiarme.

Ellos me curaron el cuerpo, pero dejaron el sofoco emocional, aún así, mi vida fue

más respirable. Les temía por el bautizo en el río, en el que habían hecho de mí un miembro

más, mejor oportunidad no podía encontrar. Creí que ese era el sentido que debía seguir en

la vida.

Mientras me llevaban, recordaba a Camilo, pensaba en su buena suerte por haber

muerto en las vías, evitándose todo este calvario; y disfrutaba el ajetreo de cada paso; me

regocijaba en el hecho de mi nueva vida con esa familia, ello me hacía sentir más vivo,

menos desolado.

Más tarde, el resplandor del sol, se había convertido en la luz débil de un foco. Ya

no estaba en medio de la selva; me encontraba enredado en unas mantas sobre un colchón

que hacía de cama, arrinconado en el piso de una habitación con apariencia de no haber

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Cuatro personas me acompañaban, las mismas que me habían cargado hasta aquel

sitio para convertirme en un hermano más. El mayor de ellos significó para mí algo

especial; desde que desperté, me protegió, me enseñó cómo hacer para evitar los abusos de

los demás y también a ponerme buzo para ganar más fácilmente los jales que nos

encomendaban. Era como si Camilo hubiese vuelto a través de él. Me sentía tranquilo otra

vez, ya no llevaba una vida miserable y tenía varios compañeros de aventura.

Fortalecer a la Familia era una “misión” permanente. Sujetos como yo

significábamos un gran negocio y tenían que asegurar nuestra afiliación; había que cortar

de inmediato cualquier brote que pudiera debilitar la capacidad agresiva y/o la actitud

violenta en nosotros. Siempre que alguien llega a la Familia arrastra miserias, emociones

alteradas, ellas son el principal alimento, el medio ideal para crecer fuerte dentro de ella.

Una vez que me recuperé, recibí mi primer encomienda. Había escuchado sobre la

consagración para ser reconocido como uno de ellos, pero la golpiza ya me la habían dado,

el siguiente paso era inevitable. Ahora le tocaba a mi nuevo hermano, tenía que morir, no

por omisión, como tal vez sucedió con Camilo, sino por ejecución de mi propia mano. Era

su vida o la mía. Él había sido condenado por una equivocación en la ejecución de una

mula que andaba recio allá en el norte, jugando con los dos bandos, se quiso pasar de viva y

tuvieron que silenciarla a través de nuestros servicios; mi hermano fue el elegido pero,

como siempre, tuvo debilidad por las morritas oaxaqueñas, dejó pasar tiempo antes de

cumplir con el encargo, además de haber simulado otro tipo de ejecución.

Así que ahí estaba yo, listo para consagrarme con mi carnal. Después de ese jale,

nada más volvió a importarme, fue mi pase directo a las grandes ligas. Empecé a rayarme y

a drogarme. Cumplía las misiones mecánicamente, enajenado por un dolor interno,

violento. Quería desquitarme, deshacerme de la ira que me pulverizaba por dentro. Las

súplicas sólo me alteraban más y exacerbaban la brutalidad de mis actos conscientes.

Algunas veces las misiones eran en grupo, aunque sólo fuésemos en contra de una

sola persona, dependía del daño que hubiese causado a la Familia o al líder. Recuerdo

vívidamente a una mujer: “¡ya no más!”, imploraba con llanto ahogado. Mis cuatro

compañeros ya habían hecho de todo con ella, ni por un instante sentí compasión, debía

demostrar que era uno de ellos y desquitarme de dieciocho años de padecimientos; quería

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resentimiento. Aquél día me habían informado de la muerte de mi sobrinita, por la que

Camilo se lanzó a la aventura en que murió; se me enfriaron los sentimientos. La recorrí

rápidamente, su rostro estaba inflamado por los golpes; un ojo completamente cerrado,

ambas comisuras de los labios rajadas, las nalgas y la vulva casi al rojo vivo y su cuerpo

entero, teñido de manchas amoratadas. Eso no me importó, me enardeció ver por un

instante correr unos hilillos de sangre de sus pezones mordisqueados. Me apresuré a

vaciarme en ella pero, apenas la penetré, desfalleció, sólo pude hacerlo una vez. Además

tuvimos que huir, la policía se acercaba, movilizada por un político muy influyente que se

había pasado de lanza con el barrio, y que iba a rescatar a la mujer, quien resultó ser la una

espía.

Sabíamos que irían con todo por nosotros, pero no en ese momento, no les convenía,

había un operativo importante en el cual nos iban a necesitar, además los arreglos ya

estaban pactados; la llevarían de perder. Con el barrio no se juega, los negocios se respetan.

Por aquellos días, la llegada de los militares a Ciudad Juárez había disparado las

extorsiones y nosotros éramos la parte ejecutora, de hecho, algunos carnales ya operaban

telefónicamente desde la sombra. Pero necesitaban a alguien que coordinara las cuotas. Ahí

estaba yo, que rápido había ganado fama como uno de los más efectivos. Al día siguiente

de la tumultuosa violación, ya estaba viajando a la ciudad fronteriza para encargarme del

jale.

Los militares andaban bien recio, como pulgas se le cargaban a los perros más

flacos, allanaban cuanta casa de la periferia se les antojara y las dejaban limpias. Estaban

devastando la ciudad, ya no se conformaban con el narcotráfico que siempre habían

controlado en contubernio con la judicial. Con la mano en la cintura, aprovechaban nuestras

colaboraciones con el cartel para involucrarnos y seguir mamando, por eso se desató la ola

de ejecuciones, era una lucha a muerte.

Terminé el dos mil siete y en junio de dos mil ocho vino mi turno. Sabía que los

más recios teníamos caducidad y ésta se cumpliría tarde o temprano, dependía de cómo me

vieran los de arriba. A ellos no les gustaba del todo mi forma de trabajar; apreciaban mi

efectividad, pero les disgustaba que no me sometiera e hiciera ver sus errores a cuanto

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Ahora que le digo todo esto, me calan cabrón las últimas palabras de mi hermano Camilo,

son como impulsos ahogados por el acecho de la parca. La salida fue fácil, mi historia

termina aquí con esta confesión. Sé que pude haber encontrado otro camino o recorrerlo en

diferente sentido, y de alguna manera lo hice; no dejé de prepararme, a pesar de las burlas

de la Familia, siempre leía, era algo que me amortiguaba el saberme criminal. Y lo que

hice, no fue en contra de personas inocentes, siempre me aseguré de ello. Hoy, a punto de

pagar el alto precio, le reafirmo que vale la pena. Se quitan padecimientos de encima, el

desprecio continúa, pero ya no es por asco o soberbia, sino por miedo, dejan de meterse con

uno; algo importante para quien, antes de involucrarse en todo el desmadre, nunca había

podido probar un poco de libertad.

Cinco años fueron los que realmente viví. Hubiesen sido completos con mi carnal,

pero se fue rápido, tratando de encontrar un sueño, ignorando que su hija se había ido antes

que él. Así es la vida para nosotros. Ustedes, los que tienen una bonita familia y dicen que

luchan por el bien, saben que a nosotros nos tienen jodidos, somos sólo comodines para

ganar el juego. De cualquier manera es agradable el servicio que nos brindan; para algunos

como yo, es un aliciente, no nos aleja de la realidad, ni nos hace olvidar o ver las cosas de

diferente manera, pero nos ayuda a dar valor a nuestra deteriorada humanidad.

A punto de salir y entregar las cuentas, descubro la verdadera realidad. Dejé de

correr cuando caí, eso era lo que Camilo quería evitar; por lo menos tuve algún mérito. Tal

vez usted pensará que los jales de la Familia no son meritorios, pero dentro hay algo

importante para los miembros y eso es mejor que estar vacío.

Es extraño cómo se recorren caminos para encontrar un sentido a la existencia,

(20)

El sueño fronterizo

“Eso seré de grande”, imagina ingenuamente Raúl mientras limpia un parabrisas; se

entretiene mirando las armas y las joyas de los ocupantes de la Hummer amarilla detenida a

un costado. Admira el brillo de las esclavas y cadenas que siempre llevan puestas. Se

apresura a terminar de limpiar y baja del cofre, ve a su hermanito que le devuelve la mirada

con una sonrisa de inigualable entusiasmo infantil.

Jonás sabe que ellos siempre son generosos y también apresura su tarea, piensa en el

gran chuchúluco que podrán comprarse si alcanzan a limpiar la camioneta. Raúl ha visto el

poder que brinda ese estilo de vida, varios de sus vecinos se han metido en esas actividades,

aunque muchos de ellos han desaparecido o muerto. Es su sueño para cuando sea grande;

cree que sólo basta con cuidarse para que no le pase nada, además la virgencita lo

protegerá, como siempre dice su madre. Ya quiere tener dieciséis y pasarla “de lujo”

paseando en esos camionetones –como él les llama–, sin tener que comer sólo frijoles o

papas, y poder comprar muchas cosas a su jefa.

Jonás es diferente, se entusiasma fantaseando con ser un licenciado, quiere volver a

la escuela y trabajar en una de las grandes empresas maquiladoras como su tío Fernando,

quien de vez en cuando los visita, los pasea en su carro y les compra cosas.

–¡Te pasas, Jonás, no limpiaste rápido y perdimos a los de la jámer! –reclama Raúl a

Jonás.

–¡Ah!, ¡pos el semáforo cambió bien rápido, y al cabo siempre pasan un resto por

aquí! –responde fastidiado.

–¡Pero esos eran los buenos, menso!. Son los que más feria dan, ¡so-re-que!.

Poco después de medio día, Raúl y Jonás sólo han ganado unas cuantas monedas. El

sol quema; a esa hora es como estar rodeado de llamaradas que, aunque no abrasan, hacen

que la piel arda como si se achicharrara. Tienen que soportar las inclemencias del clima

para ganar unas monedas y poder ajustar el gasto de casa. En la escuela ni pensar, por eso la

abandonaron para ayudar a su mamá que, por más que lava, plancha y vende cachivaches,

(21)

–Ahora sí ha estado jodido el día, Jonás –dice Raúl, enjugándose el sudor de la

frente con la mano.

–Tovía falta para que nos vayamos, igual nos va bien, Raúl –comenta Jonás

animoso.

–Si no, nos quedamos hasta la noche ¡eh! –sentencia Raúl.

–¡Na! Y si nos quedamos sin ruta, como la otra vez, y nos tenemos que ir a pata –

protesta Jonás.

–No, ahora nos vamos más tempra para que no nos deje.

–Ya tengo hambre, Raúl –dice Jonás un tanto aletargado.

–Al rato nos compramos un Gansito y una Maruchan.

–¡Ah! ¡Siempre quieres que comamos eso, Raúl!.

–Ya no reniegues y vamos de una vez a comer, al fin que orita casi ni pasan carros.

–¡Esa voz me agrada! –exclama gustoso Jonás.

Corren hacia una de esas tiendas de conveniencia que nunca faltan en los cruceros

importantes; cada quien coge su Gansito y su Maruchan, Raúl toma una Coca para los dos.

Casi quemándose, devoran ansiosos la sopa, el panecillo lo dejan para el final. La poca

gente que llega al establecimiento procura no acercarse demasiado a ellos, sus ropas

despiden una esencia mezcla de humedad, sudor y el olor característico que dejan las

prolongadas exposiciones al sol. Rápido terminan y salen con mayor energía a prepararse

para reiniciar su travesía de limpieza.

–¡Chales! Ahora hay menos carros que cuando nos fuimos, ahora sí es seguro que

nos regresamos hasta la noche –protesta, decepcionado, Raúl.

–¡Aaah!, no quiero toparnos a los batos del otro día, Raúl, si no fuera porque llegó

el otro compa por ellos, nos bajan la feria.

–¡No seas chillón! De todas formas nos quedamos, ¡ya ni modo!. Tenemos que

juntar aunque sea doscientos pesos, y apenas llevamos como cincuenta.

–Mañana es viernes, seguro juntamos más, Raúl. Vámonos y…

–¡¿Y qué?! –pregunta impaciente Raúl ante el silencio de Jonás que mira hacia la

avenida.

–¡Ira, ahí vienen unos de una Lobo!, estos seguro nos dan una buena propina.

(22)

–Ira, Raúl, ¡esa troca está bien chida!.

–Cuando sea grande andaremos en una mejor que esa, Jonás.

–¿Y cómo harás?

–¡Pues como hacen ellos! –se burla Raúl.

–¡No seas menso! Ya te ha dicho mi mamá que no andes pensando burradas y mejor

te pongas a estudiar lo poco que ella y el tío nos enseñan. Ni siquiera has aprendido a leer

bien –espeta Jonás.

–¡Ya!, ¡ya!, ¡ya!, menos platica y más acción, vamos a caerles.

La camioneta se acerca al cruce, la luz del semáforo cambia a rojo, se detiene. Los

rayos del sol se reflejan en el cofre de una Durango blanca que hace alto al lado derecho de

la Lobo, encandilan al refractarse en el esmalte que cubre ambas carrocerías. Sobre el

asfalto agrietado rebotan los pasos acelerados de Raúl y Jonás, que corren al encuentro de

la camioneta para hacer su gran chamba del día.

Es uno de los cruceros con mayor afluencia, pero esta tarde sólo cinco automóviles

esperan la luz verde. Jonás llega por el lado derecho de la Lobo, la estatura de sus siete años

le dificulta subir con rapidez al cofre, Raúl se acerca por el otro lado trepando sin mayor

problema.

–¡Órale, cabrones!, ya ni avisan –grita el chofer de la Lobo–, más vale que quede

bien, si no, no les doy ni madres.

–¡Va quedar chida, jefe! –dice Raúl, apurado.

Raúl rocía rápidamente el parabrisas y mirándolo firmemente advierte a Jonás sobre

su desempeño.

–Limpia bien Jonás, jala con fuerza el agua para que se limpie todo el vidrio, no

vayas a echar a perder esta chamba.

–¡Cómo crees, carnal!.

Al ritmo de la música de banda que suena en el interior de la camioneta, Raúl limpia

entusiasmado el parabrisas, la canción hace volar su imaginación.

Brindo por el señor de las canas que siempre estará conmigo, aquí y en cualquier

(23)

“Yo me cuidaré, no caeré en el bote, tendré un chorro de cosas y escucharé esa

música perrona mientras me pasee por todos lados”, piensa Raúl. Sonriendo distribuye la

solución jabonosa en su mitad del cristal. El agua, apenas toca el parabrisas, comienza a

evaporarse como si le urgiera desaparecer en aquella tarde caliente. Raúl y Jonás se

esfuerzan por limpiar completamente con la goma, evita dejar empañaduras o manchas que

echen a perder la gran propina de la tarde. Una vez que se aseguran, bajan antes del cambio

de luz del semáforo.

–Ahí está jefe, ¡ire como quedó! –dice Raúl al chofer de la Lobo.

–Ahí les va pues.

El chofer de la Lobo le extiende dos billetes de cincuenta pesos. Raúl los toma con

una gran sonrisa, mirando anonadado la pinta ostentosa del hombre que le ofrece la propina

del día. “Llegaremos temprano a casa”, piensa.

–Le das la mitad al otro compita, ¡eh! –indica el chofer.

–¡Claro, jefe!, gracias, Dios lo ayude.

–Sale, mijo.

Jonás se dirige al encuentro de Raúl, quien lo espera al frente de la camioneta; el

semáforo cambia. Antes de que puedan correr hacia la banqueta, inicia la ráfaga, ellos

quedan en medio. Los estruendos cesan en menos de un minuto. La Durango arranca

quemando caucho, deja una estela de humo que, como telón de teatro, rápidamente se

dispersa para mostrar la despedida del elenco improvisado de esa tarde.

Por ambos costados de la Lobo la sangre penetra en las grietas del pavimento,

emanando vapores transparentes que parecen querer esconderse del soleado cielo azul.

La mayoría de los vehículos huyen, abandonan el escenario, temen ser protagonistas

de esa historia breve y funesta. Cual lienzo de Pollock, el parabrisas de la Lobo recibe

cientos de puntos, pero no de tinta roja. En el interior se retuercen los últimos restos de vida

que ejecutan su obra con sangre propia.

Dos billetes son arrastrados por el viento hasta el bote de basura de la esquina

contigua, refugio de un saltimbanqui, quien, rápido, los toma.

Sólo se escuchan las últimas notas del corrido que suena en el interior de la Lobo.

(24)

Aunque ahorita se encuentra encerrado, todo sigue controlado en Durango y

(25)

La herencia

Desperté en este pestilente agujero. No sé cuántos días han pasado. Me pesa el cuerpo

como un lastre, aún duelen las magulladuras. El sofoco de la humedad cada vez me oprime

con mayor fuerza, aunque ya no importa.

A veces sólo hace falta dar un pequeño salto para rebasar lo humanamente

aceptable. Cuando satisfaces el instinto prohibido por la congregación de la cruz, te ubican

en lo perverso.

– Buenos días, Abel. Vengo a realizarle algunas evaluaciones.

– Buenos días, doc.

Incluso este especialista suele juzgar desde la moral, aun así, él será el último

testigo de la pasión que me trajo aquí, la ausencia de compañeros sólo me deja esa opción.

– ¿Usted quiere una versión más detallada, supongo?

– ¡Sólo vengo a tratar de ayudarlo, Abel!

– ¿En verdad cree que necesito ayuda? ¡Tal vez sí! Dígame, ¿qué es lo que más le

interesa?

– Sólo quiero conocerlo, saber cómo se siente, sus motivaciones.

– ¡Ah, ya veo! ¿Sabe?, la naturaleza humana es en verdad misteriosa. El instinto,

con frecuencia, indica al hombre protegerse y en vez de hacerlo, en aras de representar una

imagen agradable para sus semejantes, lo ignora y se lanza al precipicio como chiquillo al

agua donde sabe que su padre lo aguarda. Yo me lancé; pero nadie me esperaba. Quise

experimentar las sensaciones sin afectos, mi único deseo era sentir. Ahora estoy a punto de

perder el aliento.

Nunca busqué. Todas ellas surgieron de manera espontánea. Mi atractivo físico

conspiraba con el encanto de la sobriedad que empleaba para atraerlas. Era cuestión de

cruzar miradas misteriosas, como luego las calificaban, para ser correspondido. Después,

abordar a cualquier tipo de persona, resultaba un trabajo muy fácil, ya fuese en bares, cafés

o el mismo supermercado. Evitaba aventurarme con la primera que me regocijara el ojo, la

inteligencia sugería una selección, siempre me repugnó la vacuidad de la gente. De tajo

cortaba con esos seres que van por el mundo llenos de ansiedad sexual o que pretenden

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Cuando se aprende a observar, es raro perder el tiempo; porque se va directamente

a la indicada, así, sin estudiarla demasiado. Al segundo encuentro, antes de intimar, me

podía dar cuenta de si deseaba estar en mi cama, permitiéndome actuar sin mayores

obstáculos.

– Supongo que lo entusiasmaba saberse tan exitoso en la atracción de las…

personas que conquistaba.

– Me entusiasmaba más verlas en el punto más alto de placer, ignorantes de su fin.

¿Puedo continuar?

– Adelante.

– La última vez, cumplía un mes en el negocio heredado de mis padres, cuando

Irán, una vecina que recién se había mudado, voluptuosa, tanto en atributos como en

procederes, se presentó a altas horas de la noche con insistentes llamados que empezaron a

perturbarme. No tuve más remedio que abrir.

Cuando me asomé, encontré una mujer cercana a los treinta años. Ostentaba una

actitud extraña; pretendía demostrar un estado de alteración mayor al que denotaba. Apenas

abrí la puerta, vomitó una serie de nimiedades inconexas, matizadas con lágrimas vacías

que esperaba me conmovieran; al percatarse de mi parca actitud, se lanzó a mis brazos e

intentó llorar con mayor pesar, pero lo único que logró fue exagerar sus gestos cual

melodramático histrión. Insistía en restregarse contra mí y, era evidente que no buscaba

soporte emocional, sino algo más carnal. Me excitó semejante contacto, así que, con gran

esfuerzo y bruscamente, la aparté y alegué que no podía hacer nada por ella. Entré de

inmediato. Sin embargo, ya en el interior de la casa; advertí el regreso de una necesidad que

había estado relegando.

Al siguiente día, mientras limpiaba el local para la próxima reapertura, Irán se

presentó nuevamente en mi puerta solicitando refugio hasta la llegada de su esposo, pues la

puerta se le había atrancado.

Mi intención no era relacionarme con los vecinos, suelen ser chismosos y

conflictivos. La razón me indicaba que no permitiera su estancia, pero mi voluntad estaba

ya sometida por el efecto de la droga instintiva que me invadía por dentro desde la noche

(27)

– ¿Se había propuesto dejar de satisfacer sus necesidades? –interrumpió el

médico.

– Lo había intentado varias veces, pero siempre se aparecían personas insinuantes

que insistían en ser parte de mí.

– ¿Cómo fue que teniendo todos los recursos para mantenerse oculto, perdió el

control en el caso de Irán?

– Así sucedió: omití todo vislumbro de conciencia por satisfacer una necesidad

primaria que corroía por dentro mis capacidades. Ya no pude parar, dejé que se quedara.

Mientras luchaba por remover manchas de todos lados, Irán se sentó en una banca

contigua a la entrada, frente al área donde estaba trabajando; aunque no permaneció mucho

tiempo en ese lugar. Empezó a moverse por todo el cuarto con intención de distraerme.

Echó una mirada escudriñadora al hermetismo de la casa y expresó que le parecía

tenebrosa, pero le emocionaba. No hice caso. Sus expresiones me resultaban tan pueriles

que evocaron mi época escolar.

Cuando era adolescente solía burlarme de mis pares por ser débiles y dejarse llevar

por las pasiones, ignorando la razón. Competían por cosas tan banales que lo único que

conseguían era aumentar sus complejos. Por fortuna, mi vida solitaria me daba la

oportunidad de explorar pensamientos diferentes a los comunes. “No sé porque chingados

no te quedaste con tu papá, eres igual de raro que él”, “vete de mi vista”, gritaba mi madre

levantando el cuchillo cada vez que su esposo me llamaba la atención.

Sumirme en los rincones de la mente fue mi mejor compañía. Descubrí múltiples

matices en la naturaleza humana, la maldad entre ellos. Nadie reconoce la maldad más allá

de los actos que les afectan, la parcialidad de tal entendimiento suele ser más dañina, y el

común de los intelectos se reduce a ella.

Curioso. Hoy atribuyen maldad a mis actos, me acusan de ser un criminal pervertido

y degenerado. La perversión verdadera nunca inicia cuando se manifiesta en hechos

desagradables, no, lo que después llaman agresión y hasta violencia se genera

paulatinamente y siempre emite señales de su incubación.

Irán fue la cuerda que lanzó la flecha de mi contención. Aquella tarde no paró de

moverse por todo el local. Aún no había terminado de limpiar cuando se acercó por detrás,

(28)

con la otra me apretó el sexo. Sentí el roce de la prominencia de sus senos en la espalda.

Casi en forma de susurro, me dijo que la noche anterior había disfrutado la dureza de mi

cuerpo excitado. La humedad de su vaho y la calidez de su piel me invadió como agua a la

esponja. Inundado por el hirviente torrente que el celo femenino derramaba sobre mi piel,

cerré ambas puertas de la carnicería. Carente de cualquier tacto, apresé fuerte a Irán entre la

dureza de la pared y la mía, comencé a poseerla. Los besos eran demasiado intensos, al

grado de robar aire a la respiración. Mis manos imprimían tal fuerza en sus nalgas que,

entre la agitación, dejaba escapar gritos de dolor y trazaba arañazos por toda la espalda

exacerbando así mi excitación. La tomé por el talle, la arrojé sobre la banca, el resto de la

ropa cayó en ese instante. Me abalancé sobre ella. Su extremidades se enredaron de un lado

a otro de mi cuerpo facilitando la embestida. La penetración fue total. Pronto, los gemidos

se tornaron en gritos demandantes de mayor ímpetu.

Entre la puerta y el quicio, el ocaso esparcía haces de luz que daban vida a las

manchas de sangre que aún quedaban en el piso y a las gotas de sudor. El reflejo teñía de

rojo toda esa humedad. De inmediato cumplí la impetuosa demanda, la vellosidad de mi

cuerpo quedó empapada. Eyaculé, ¡oh!, ¡cómo eyaculé!. Ella se estremecía en la banca. Me

dejé caer sobre las manchas embriagado de placer, las sentía impregnarse en mi piel; como

el más exquisito ungüento sedante.

Desde ese día, Irán regresaba todas las tardes. Tras cada encuentro, las intensas

prácticas del tálamo, desataban paulatinamente la avidez por saciarme de su cardinal fluido.

El quinto día por la mañana, sucedió algo que detonó el gran deseo de beberla.

Encontré un corazón de res entre las vísceras recién llegadas a la carnicería, al tomarlo, la

sangre formó arroyos entre mis dedos que escurrieron por los brazos hasta gotear. La

desesperación empezó a carcomerme por dentro; tenía que ser esa noche. Era una buena

ocasión para continuar el desacato iniciado por los creadores de los mandamientos. Al final,

al igual que ellos, no recibiría castigo. El cuarto frío ya era mi aliado directo; además,

obtendría mayores ganancias. La ausencia de ventanas en la habitación se confabulaba

conmigo para oscurecer el sitio. El ruido no significaba problema, por ser la última

recámara, ningún sonido escapaba al exterior. Irán se excitaba con ese entorno, solía

(29)

Eran ya las once, mi excitación había llegado al tope. Irán apareció cuando estaba a

punto de salir a buscar el blanco de mi dardo incandescente; sin darle tiempo a decir gran

cosa, la jalé hacia el interior. Durante el trayecto a la habitación desgarré su ropa, ella

intentó lo mismo conmigo. Al entrar en la alcoba, terminé de desnudarme, la arrojé sobre la

cama. Mi palpitante virilidad se introdujo con fuerza. Soltó un grito. La penetré

profundamente una y otra vez. Ella jalaba las sábanas y me abofeteaba cada vez que

alcanzaba el rostro. Se excitaba al verme enardecido. Recorrimos cada rincón de la cama

sin dejar ninguna parte de nuestros cuerpos por poseer. Previo al éxtasis, mi dientes

empezaron a buscar la emanación del vital fluido. Ella trataba de alejarse, pero la tenía

completamente presa bajo mi cuerpo. Mi exigencia instintiva iniciaba; la primera gota

apareció.

Postergué el final. La estimulé por todos lados. Se retorcía indecisa entre seguir y

parar. Entre jadeos, lanzaba fuertes gritos entrecortados, trataba de zafarse, pero era

demasiado su placer y terminaba cediendo, se entregaba sin más. Ante la inminente

eyaculación, mordí con mayor fuerza; sus pezones fueron generosos, los gemidos se

convirtieron en gritos desgarradores. Cuando sentí que estaba a punto de estallar, la rodeé

por el cuello, apreté con fuerza y, en segundos, la estrechez vaginal me indicó el fin. Corté

la garganta; la fuente brotó exacerbando mi placer, pero la emisión no llegó. Había

reprimido demasiado mi deseo, Irán no fue suficiente. Encargué a mi congelado amigo el

inerte cuerpo. Busqué el antiguo revólver de mis padres y salí.

La calle estaba desierta, caminé en dirección a la avenida, donde era más probable

encontrar alguien para saciarme. Pasó una hora, nadie aparecía, no podía esperar más.

Cuando el instinto llama es necesario atenderlo, si no se corre el riesgo de enloquecer.

De pronto, a cien metros de mí, un hombre abandonó un taxi frente a una oscura

privada hacia donde se encaminó. Corrí sigilosamente para no perderlo, lo encontré

tratando de entrar en la última casa. Con cautela, me acerqué, lo abracé por detrás, no opuso

resistencia al sentir el cañón de la pistola en la espalda. Sujeté sus brazos a la cintura para

inmovilizarlo. Lo arranqué de la reja y a empellones lo conduje hasta mi casa.

Durante el trayecto, después de varios fallidos intentos de escapar, logré someterlo

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temblaba y trataba de confundirme con ofrecimientos materiales; apelaba por su vida,

suplicaba piedad.

Lo obligué a desnudarse, lo amordacé y lo até a la mesa donde se destazaban las

reses. La sexualidad estaba satisfecha, no así, el instinto hematófago, aun así, quería verlo

gozar antes de abrir su fuente. Lo obligué a masturbarse. Su incontrolable nerviosismo

demoró el final. La expresión de su aterrada mirada y los escasos movimientos que emitía

reafirmaron mi poder. Apenas arrojó el seminal fluido, corté su cuello. De súbito, el rojo

esparcimiento revivió las palabras de mi madre: “debes acostumbrarte a ver sangre, gracias

a ella saciamos nuestro apetito”, así, mi eyaculación sobrevino.

Tuve un gran banquete esa noche, combiné dos sabores. El rubro de la herencia me

permitía procurarme esos placeres y conservar la inmunidad. Después de disfrutarlas

sexualmente, me alimentaba; el resto salía en empaques. La gente, sin imaginar cuál era la

diferencia, prefería esos cortes especiales.

Dos días después comenzaron las averiguaciones sobre la desaparición de Irán. Mi

respetuosa actitud no despertaba grandes sospechas, cualquier reserva, fácilmente la

hubiese borrado mediante la seguridad de mi preocupación, pero la coincidencia entre los

testimonios de los vecinos respecto a las visitas nocturnas de Irán a mi casa profundizaron

la investigación.

Mi gélido cómplice no calló, había guardado algunos cabellos. Aun cuando los

cuerpos habían sido racionados, los forenses pudieron identificarlos.Y ahora, me tiene aquí.

Por cumplir los deseos de todas a quienes hice sentir el placer más extremo.

–Y, ¿cuáles eran sus deseos?

–Sentir hasta el final. ¡Claro!, lo pedían gritando. “¡Hasta el final!, ¡hasta el final!”,

siempre decían en lo más intenso de la penetración.

–¿Y el final era la muerte?

–La muerte era sólo una circunstancia, querían que las poseyera y así lo hice. Todos

mis sentidos se saciaron de ellas. Aunque de las otras no tienen pruebas, hoy la

incomprensión de la sociedad me condena como salvaje.

–¿Cómo debe juzgársele entonces?

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doctor?. En la justicia de las opiniones, de la cual usted forma parte, existen casos también.

(32)

Polvo de Ángel

Esa tarde sepultamos más muertos que las horas del día.

El Cachas, Justino y yo habíamos iniciado desde temprano la jornada. El sol apenas

cobraba su máxima altura cuando llegó el primer difunto; lo acompañaban pocos deudos, se

alcanzaban a contar con los dedos de las manos. Según se murmuraba, había muerto

baleado por los sicarios.

Nunca he entendido cómo esos batos tienen la sangre fría para matar a tanto

cristiano, yo no sería capaz de cargarme a nadie así nomás porque sí está bien que, de vez

en cuando, me pongo mis aturradas pero, acá en mi rollo, tranquilo, con mis compas. Solos

disfrutamos nuestros viajes, sin molestar a nadie.

El Cachas, Justino y yo, habíamos agarrado ese jale porque los batos que la

talacheaban antes se fueron al otro lado, uno de ellos era vecino del Justino y fue quien le

dio el pitazo. Regularmente ocupaban dos sepultureros, pero ese día había muchos sepelios,

y finalmente yo también me quedé.

El Cachas y Justino eran casados y tenían un chavillo cada uno, la neta, les caía

chido el varo que les pagarían; yo no tenía que mantener a nadie, hacía dos años que mi

jefita se me había ido, más bien, les iba a hacer un paro y, pues, una feria tampoco me caía

mal.

Habíamos echado ya las últimas paladas cuando el sol brillaba como carbón al rojo

vivo entre las montañas. Una vez terminando el asunto, celebraríamos con algo especial.

Apenas se ocultó el sol, ya íbamos rumbo a la tiendita de la vulcanizadora, cerca del

panteón. Ahí siempre nos tiraban paro y nos daban buenos dulces.

El cuarto de entrada tenía una dimensión rectangular de unos veinte metros

cuadrados, aproximadamente. En las paredes al lado del acceso, se encontraban dispuestos

dos abollados estantes metálicos, sobre ellos había, de manera desorganizada, diversas

objetos: estopa, papel periódico y cualquier cantidad de cosas que servían para ocultar la

droga; los compartimentos inferiores y superiores estaban ocupados por neumáticos de

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las fugas de las llantas; en el izquierdo, había un sillón donde el cochambre tenía tiempo de

cobrar su efecto dando al tapiz, que alguna vez pudo haber sido beige, una apariencia

gruesa y negra. Ahí estaba sentado el dealer quien, al vernos llegar, de inmediato supo a lo

que íbamos y se apresuró a sacar algo de entre las cosas del estante más desorganizado.

Entre serio y emocionado dijo que se trataba de un pasaje recién llegado, de muy buena

calidad, con un efecto chingón. Dijo tratarse de un polvo celestial, que tenía la magia de

hacerte acompañar por los mismos ángeles.

De tanto que lo faramalló, nos entonó un resto, además nunca lo habíamos probado.

Algo así nos merecíamos aquel día, después de tanto jale. No lo dudamos ni un instante, lo

apañamos, y rápido nos despedimos para ir a loquearla chidota. No hicimos caso de las

advertencias del dealer de meternos sólo la cantidad que nos dijo; andábamos bien

emocionados.

Salimos corriendo al camposanto. Por el lado del callejón, la barda tenía unos

bloques rotos; por ahí siempre nos colábamos para loquearla tranquilos, sin visitas

desagradables. Caminando entre las tumbas, nos apresuramos hasta el fondo. Íbamos

jariosos por probar la nueva aventura, así que no prestamos atención a nada de lo que

pudiera aparecerse en el panteón. A lo lejos, sólo se oían los ladridos de los perros. Hacía

un ligero viento que movía los listones de las coronas; si uno se descuidaba, alguno de

ellos, en algún movimiento inesperado, te espantaba cabrón.

En el camino, Justino y El Cachas comentaban entre ellos que desde hacía rato

querían agarrar un buen viajesote y, si lo lograban con esa chiva, procurarían fuera el

último porque sus chavitos la estaban pasando mal, además de que sus morras ya se las

tenían sentenciada.

Llegamos hasta la última tumba que habíamos cubierto, donde estaban las

herramientas. Ahí era un lugar seguro; las lápidas y cruces por ese lado eran grandes y nos

ocultaban de cualquier curioso que quisiera perderse por el rumbo.

Mientras El Cachas preparaba las dosis, el Justino ponía la música oldie; era la que

nos gustaba escuchar cuando nos subíamos al avión. Yo despejaba el lugar para estar a

gusto. Empezaron a sonar las rolas. El cielo estaba limpiecito, se miraban un chingo de

estrellas. El cachas inhaló su dosis, luego yo y, al final, el Justino.

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– ¡¿Qué pedo con esta madre?! –dije entusiasmado.

El Justino sólo se limitó a gritar y juntos empezamos a cantar la rola que sonaba.

Estábamos disfrutando chido el momento cuando, a lo lejos, empecé a ver el brillo de

varios ojos, pensé que eran los perros callejeros, por esos rumbos no faltan sus rondines,

dicen que hasta han desenterrado muertos para alimentarse. No hice caso, el avión ya había

despegado y no me lo perdería por esos animales. Seguimos cantando.

La neta, en contadas ocasiones había probado drogas sintéticas o mezclas

elaboradas, por lo regular, mi mayor relajante era la mota, con ella me sentía ligerito y

todas las sensaciones eran más disfrutables. Pero esa madre era diferente. No tardó mucho

en avanzar el avión, llegamos bien arriba. Todo parecía tan nítido allá. Sentí que la

felicidad me invadía, aligerándome, levantándome con un delicioso estupor nunca antes

vivido. Los colores eran intensos y las figuras caprichosas, iban y venían hacia mí,

jugueteando, parecía como si los brazos y las piernas se desprendieran para formar esas

figuras. A mis compas, los veía como en partes, empalmadas las de uno sobre las del otro,

era un panorama bien de aquellas. Los ojos de los perros se veían por todos lados, se

mezclaban con mis compas que seguían cantando a coro conmigo. Entre estrofa y estrofa,

me di cuenta que los ojos de los perros se habían dispersado; nos habían rodeado, y cada

vez se acercaban más a nosotros. Cuando me puse más buzo, vi que no eran los ojos de los

perros los que empezaban a rondarnos. Mis compas, al parecer, no se daban cuenta porque

no dejaban de cantar. Yo, entre más volteaba para todos lados, más cerca los veía.

–¡Son unas bestias! –les grité enardecido de terror.

Mis compas reían como locos y no se daban cuenta, pero yo sí noté cómo se

acercaban. Miré sus ojos encendidos, brillaban como fantasmas en medio de la oscuridad

del murmurante cementerio. Presentí el ataque. Cogiendo el talacho entre mis manos,

aseguré mi defensa. Justino y El Cachas seguían en el party del viajesote que nos

cargábamos. Yo sólo pensaba en las bestias merodeando alrededor nuestro.

Repentinamente, como abrazadas, dos de ellas se acercaron a mí amenazadoramente. No

esperé la embestida, arremetí a matar con el talacho. Trataron de defenderse, pero fui más

fuerte. Escuché a mis compas soltar grandes alaridos. Supuse que las bestias los atacaban

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Mi ropa se había teñido de rojo por completo. Los gritos de mis compas se habían

sofocado. Tenía que ayudarlos. Corrí por los alrededores, pero no había rastros de Justino,

ni del El Cachas; sólo las bestias, que parecían un montón de carne ensangrentada; ya

estaban muertas. Me alegró que mis compas pudieran escapar de ellas. Cansado, me dejé

caer de espaldas sobre una tumba; de inmediato, observé la danza de muchas luces en el

cielo. Por eso le llaman Polvo Cósmico, pensé. El viaje me llevó al bailar con las estrellas.

Neta que fue el viaje más chingón.

(36)

Ramona

La muerte de su hija mayor había convertido a Ramona en un ente melancólico,

afanado en sus quehaceres religiosos más que en cualquier otro asunto; su casa se había

convertido en un chiquero y ya empezaba a causar estragos a su familia.

Sus pequeñas hijas, arrastradas a esa vida de privaciones en el nombre del Señor,

sufrían la dedicación religiosa de la madre. Fue tanto el descuido de Ramona hacia su hogar

que, fue sólo hasta la tarde en que su segunda hija cayó desmayada a la salida de la escuela,

que advirtió el deterioro ocasionado por la enfermedad desarrollada en ella.

Cuando Ramona estuvo segura del contagio, juró no pasar el calvario de nuevo.

Dejó de asistir a las actividades de la congregación y se apresuró a conseguir más ropa para

lavar, necesitaba alimentar bien a su hija. El poco dinero que ganaba era para los paliativos

de la enferma y la mayoría de los bocados eran reservados para ella, incluso la más

pequeña, sana todavía, era restringida en sus porciones.

En la madre, la carne ya empezaba a ausentarse, dejando entrever el filo de los

huesos; siempre había sido delgada, pero tanto desvelo y falta de alimento habían

convertido su figura en un ser cadavérico que sólo acertaba a implorar y rezar por su hija.

Ramona no entendía por qué su obediencia no era suficiente ante el Señor. Cuando

el marido la abandonó, al nacer su tercera hija, sólo vivió para ellas. Se organizaba con las

misiones del templo para no descuidar a sus niñas y cumplir con Él; no entendía por qué

ahora condenaba a una más de sus pequeñas.

Fueron días enteros de peticiones por su segunda hija. Al principio la congregación

la acompañó, pero cuando percibieron el inminente deceso, dejaron de asistir a pedir por la

chiquilla que, en pocos días, acabo consumida al ritmo de los rezos de Ramona, que al

darse cuenta de la perdida de aliento de su hija, suplicó con gran desesperación. Todavía le

quedaba un poco de fe en el milagro que la salvaría; así, clamó por su pequeña: “Sólo en ti

tengo esperanza, ¡respóndeme!, ¡ayuda a mi niña!, ¡ayúdala!, ¡sólo eso te pido, Padre mío!,

¡por favor, bien de mi vida!”

Los últimos días estuvo tentada a llevarla al médico, pero las visitas del sacerdote,

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