LEER Y DESCARGAR el libro n° 105. MARX LIBERTARIO

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Colección

SOCIALISMO y LIBERTAD

Libro 1 LA REVOLUCIÓN ALEMANA

Víctor Serge - Karl Liebknecht - Rosa Luxemburgo Libro 2 DIALÉCTICA DE LO CONCRETO

Karel Kosik

Libro 3 LAS IZQUIERDAS EN EL PROCESO POLÍTICO ARGENTINO Silvio Frondizi

Libro 4 INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Antonio Gramsci

Libro 5 MAO Tse-tung José Aricó

Libro 6 VENCEREMOS Ernesto Guevara

Libro 7 DE LO ABSTRACTO A LO CONCRETO - DIALÉCTICA DE LO IDEAL Edwald Ilienkov

Libro 8 LA DIALÉCTICA COMO ARMA, MÉTODO, CONCEPCIÓN y ARTE Iñaki Gil de San Vicente

Libro 9 GUEVARISMO: UN MARXISMO BOLIVARIANO Néstor Kohan

Libro 10 AMÉRICA NUESTRA. AMÉRICA MADRE Julio Antonio Mella

Libro 11 FLN. Dos meses con los patriotas de Vietnam del sur Madeleine Riffaud

Libro 12 MARX y ENGELS. Nueve conferencias en la Academia Socialista David Riazánov

Libro 13 ANARQUISMO y COMUNISMO Evgueni Preobrazhenski

Libro 14 REFORMA o REVOLUCIÓN - LA CRISIS DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Rosa Luxemburgo

Libro 15 ÉTICA y REVOLUCIÓN Herbert Marcuse

Libro 16 EDUCACIÓN y LUCHA DE CLASES Aníbal Ponce

Libro 17 LA MONTAÑA ES ALGO MÁS QUE UNA INMENSA ESTEPA VERDE Omar Cabezas

Libro 18 LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA. Breve historia del movimiento obrero en Francia 1789-1848. Selección de textos de Alberto J. Plá

Libro 19 MARX y ENGELS.

Karl Marx y Fiedrich Engels. Selección de textos

Libro 20 CLASES y PUEBLOS. Sobre el sujeto revolucionario Iñaki Gil de San Vicente

(5)

Libro 22 DIALÉCTICA Y CONSCIENCIA DE CLASE György Lukács

Libro 23 EL MATERIALISMO HISTÓRICO ALEMÁN Franz Mehring

Libro 24 DIALÉCTICA PARA LA INDEPENDENCIA Ruy Mauro Marini

Libro 25 MUJERES EN REVOLUCIÓN Clara Zetkin

Libro 26 EL SOCIALISMO COMO EJERCICIO DE LA LIBERTAD Agustín Cueva - Daniel Bensaïd. Selección de textos

Libro 27 LA DIALÉCTICA COMO FORMA DE PENSAMIENTO -DE ÍDOLOS E I-DEALES

Edwald Ilienkov. Selección de textos

Libro 28 FETICHISMO y ALIENACIÓN - ENSAYOS SOBRE LA TEORÍA MARXISTA EL VALOR Isaak Illich Rubin

Libro 29 DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN. El hombre y la Democracia György Lukács

Libro 30 PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO Paulo Freire

Libro 31 HISTORIA, TRADICIÓN Y CONSCIENCIA DE CLASE Edward P. Thompson. Selección de textos

Libro 32 LENIN, LA REVOLUCIÓN Y AMÉRICA LATINA Rodney Arismendi

Libro 33 MEMORIAS DE UN BOLCHEVIQUE Osip Piatninsky

Libro 34 VLADIMIR ILICH Y LA EDUCACIÓN Nadeshda Krupskaya

Libro 35 LA SOLIDARIDAD DE LOS OPRIMIDOS

Julius Fucik - Bertolt Brecht - Walter Benjamin. Selección de textos Libro 36 UN GRANO DE MAÍZ

Tomás Borge y Fidel Castro Libro 37 FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Adolfo Sánchez Vázquez

Libro 38 ECONOMÍA DE LA SOCIEDAD COLONIAL Sergio Bagú

Libro 39 CAPITALISMO Y SUBDESARROLLO EN AMÉRICA LATINA André Gunder Frank

Libro 40 MÉXICO INSURGENTE John Reed

Libro 41 DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON AL MUNDO John Reed

Libro 42 EL MATERIALISMO HISTÓRICO Georgi Plekhanov

Libro 43 MI GUERRA DE ESPAÑA Mika Etchebéherè

(6)

Libro 45 MARX DESCONOCIDO Nicolás Gonzáles Varela - Karl Korsch Libro 46 MARX Y LA MODERNIDAD Enrique Dussel

Libro 47 LÓGICA DIALÉCTICA Edwald Ilienkov

Libro 48 LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACIÓN DE LA CULTURA Antonio Gramsci

Libro 49 KARL MARX. LEÓN TROTSKY, Y EL GUEVARISMO ARGENTINO Trotsky - Mariátegui - Masetti - Santucho y otros. Selección de Textos Libro 50 LA REALIDAD ARGENTINA - El Sistema Capitalista

Silvio Frondizi

Libro 51 LA REALIDAD ARGENTINA - La Revolución Socialista Silvio Frondizi

Libro 52 POPULISMO Y DEPENDENCIA - De Yrigoyen a Perón Milcíades Peña

Libro 53 MARXISMO Y POLÍTICA Carlos Nélson Coutinho

Libro 54 VISIÓN DE LOS VENCIDOS Miguel León-Portilla

Libro 55 LOS ORÍGENES DE LA RELIGIÓN Lucien Henry

Libro 56 MARX Y LA POLÍTICA Jorge Veraza Urtuzuástegui Libro 57 LA UNIÓN OBRERA Flora Tristán

Libro 58 CAPITALISMO, MONOPOLIOS Y DEPENDENCIA Ismael Viñas

Libro 59 LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO Julio Godio

Libro 60 HISTORIA SOCIAL DE NUESTRA AMÉRICA Luis Vitale

Libro 61 LA INTERNACIONAL. Breve Historia de la Organización Obrera en Argentina. Selección de Textos

Libro 62 IMPERIALISMO Y LUCHA ARMADA Marighella, Marulanda y la Escuela de las Américas Libro 63 LA VIDA DE MIGUEL ENRÍQUEZ

Pedro Naranjo Sandoval

Libro 64 CLASISMO Y POPULISMO

Michael Löwy - Agustín Tosco y otros. Selección de textos Libro 65 DIALÉCTICA DE LA LIBERTAD

Herbert Marcuse

Libro 66 EPISTEMOLOGÍA Y CIENCIAS SOCIALES Theodor W. Adorno

Libro 67 EL AÑO 1 DE LA REVOLUCIÓN RUSA Víctor Serge

Libro 68 SOCIALISMO PARA ARMAR

(7)

Libro 69 ¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DE CLASE? Wilhelm Reich

Libro 70 HISTORIA DEL SIGLO XX - Primera Parte Eric Hobsbawm

Libro 71 HISTORIA DEL SIGLO XX - Segunda Parte Eric Hobsbawm

Libro 72 HISTORIA DEL SIGLO XX - Tercera Parte Eric Hobsbawm

Libro 73 SOCIOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA Ágnes Heller

Libro 74 LA SOCIEDAD FEUDAL - Tomo I Marc Bloch

Libro 75 LA SOCIEDAD FEUDAL -Tomo 2 Marc Bloch

Libro 76 KARL MARX. ENSAYO DE BIOGRAFÍA INTELECTUAL Maximilien Rubel

Libro 77 EL DERECHO A LA PEREZA Paul Lafargue

Libro 78 ¿PARA QUÉ SIRVE EL CAPITAL? Iñaki Gil de San Vicente

Libro 79 DIALÉCTICA DE LA RESISTENCIA Pablo González Casanova

Libro 80 HO CHI MINH Selección de textos

Libro 81 RAZÓN Y REVOLUCIÓN Herbert Marcuse

Libro 82 CULTURA Y POLÍTICA - Ensayos para una cultura de la resistencia Santana - Pérez Lara - Acanda - Hard Dávalos - Alvarez Somozay otros Libro 83 LÓGICA Y DIALÉCTICA

Henry Lefebvre

Libro 84 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA Eduardo Galeano

Libro 85 HUGO CHÁVEZ José Vicente Rangél

Libro 86 LAS GUERRAS CIVILES ARGENTINAS Juan Álvarez

Libro 87 PEDAGOGÍA DIALÉCTICA

Betty Ciro - César Julio Hernández - León Vallejo Osorio Libro 88 COLONIALISMO Y LIBERACIÓN

Truong Chinh - Patrice Lumumba

Libro 89 LOS CONDENADOS DE LA TIERRA Frantz Fanon

Libro 90 HOMENAJE A CATALUÑA George Orwell

Libro 91 DISCURSOS Y PROCLAMAS Simón Bolívar

Libro 92 VIOLENCIA Y PODER - Selección de textos

(8)

Libro 93 CRÍTICA DE LA RAZÓN DIALÉCTICA Jean Paul Sartre

Libro 94 LA IDEA ANARQUISTA

Bakunin - Kropotkin - Barret - Malatesta - Fabbri - Gilimón - Goldman Libro 95 VERDAD Y LIBERTAD

Martínez Heredia-Sánchez Vázquez-Luporini-Hobsbawn-Rozitchner-Del Barco

LIBRO 96 INTRODUCCIÓN GENERAL A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA Karl Marx y Friedrich Engels

LIBRO 97 EL AMIGO DEL PUEBLO Los amigos de Durruti

LIBRO 98 MARXISMO Y FILOSOFÍA Karl Korsch

LIBRO 99 LA RELIGIÓN Leszek Kolakowski

LIBRO 100 AUTOGESTIÓN, ESTADO Y REVOLUCIÓN Noir et Rouge

LIBRO 101 COOPERATIVISMO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN Iñaki Gil de San Vicente

LIBRO 102 ROSA LUXEMBURGO Y EL ESPONTANEÍSMO REVOLUCIONARIO Selección de textos

LIBRO 103 LA INSURRECCIÓN ARMADA A. Neuberg

LIBRO 104 ANTES DE MAYO Milcíades Peña

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“...Me das la razón en cuanto a los fundamentos de los principios

sobre el famoso

derecho de propiedad

. Convienes conmigo en la

ilegitimidad de este derecho. Afirmas que es una de las más

deplorables creaciones del error humano. Reconoces, también, que

es de ahí de donde derivan todos nuestros vicios, nuestras

pasiones, nuestros crímenes, nuestros males todos ...

¡Qué confesión! ¿Lo habéis oído, millón de ricos desalmados?

banda de infames expoliadores de los veinticuatro millones de

hombres útiles, cuyos brazos actúan para mantener vuestra

holgazanería y vuestra barbarie? Acudid, pues, aceptad nuestro reto

y entrad en la palestra; ¡destruid con razonamientos aquéllos con

los cuales nosotros pretendemos probar que todo lo que tenéis de

excedente de vuestras necesidades personales, os viene por vías

inicuas; y que todo lo que nos falta se encuentra en cuanto de

superfluo habéis sabido sacar de nuestra justa parte, por las

mismas vías inicuas! Acudid. ¿No decís nada? ¡Cómo! ¡propietarios!

Se os ataca de la forma más seria; los campeones se suceden y se

multiplican, ¿y vosotros no respondéis nada? Adelante, la arena

está ante vosotros. Si nadie de vuestro campo quiere entrar, es

porque se reconoce que vuestra causa es insostenible. (…)

¿Habéis oído igualmente esta preciosa confesión, vosotros, mayoría

imponente de ciudadanos despojados? Es el derecho de propiedad

la causa de todos vuestros sufrimientos, de todas vuestras

desgracias. Este derecho no es natural, no tiene un origen puro,

legítimo: no es más que una deplorable creación de nuestra

fantasía, de nuestros errores; ha nacido de un vicio horrendo, de

avidez, y da nacimiento a todos los otros vicios, a todas las

pasiones, a todos los crímenes, a todas las penas de la vida, a todo

género de males y calamidades. ¡Y luego se os dice que el

derecho

de propiedad

es de lo más respetable! ¡Que sobre todo hay que

respetar las propiedades, cuando los depositarios de este derecho

asesino, os lo ordenan!

Pero, ¿qué más veo? (…), que el

estado de comunidad

es el único

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¿es que antes de que el mal se haga sentir, se piensa en destruirlo?

Pues bien, los hombres siempre imprevisores, cuando dejaron

introducir el derecho de propiedad particular, no presintieron todos

los inconvenientes que de él resultarían. Sus luces de entonces, su

inexperiencia, no les permitía de modo alguno hacer tal cálculo. E

incluso si se les hubiese gritado:

Estáis perdidos si olvidáis que los

frutos son de todos y que la tierra no es de nadie,

dudo que

hubieran querido escuchar, o bien no lo hubieran creído. Por otro

lado, como los resultados funestos tardaron mucho en hacerse

sentir suficientemente, no hubiéramos ganado nada, al cabo de

algunos centenares de años, con venir a proponerles la reforma.

Luego, cuando el mal se hizo sentir, se había deslizado ya

imperceptiblemente, se le juzgaba ya entonces como algo natural;

no se sabía bien de dónde venía; era resultado de todas las

circunstancias que se estaba acostumbrando a ver, que se tomaban

como el orden inmutable y fatal: la ignorancia, la superstición y la

autoridad se habían coaligado para impedir que se desenredara la

verdadera causa, o que se la pudiera atacar con la fuerza.

Pero hoy, cuando la gangrena ha extendido sus estragos hasta tal

punto que ya no le queda nada que devorar; cuando todo el pueblo

ha sido reducido, primero, a dos onzas de pan por día, luego a

pagarlo a 60 francos la libra; cuando la masa, la mayoría, se ha

visto forzada a vender sus últimos harapos para comprarlo, o a

prescindir del pan cuando todo ha sido ya vendido; cuando este

pueblo ha visto claro y es capaz de entender y se halla dispuesto

por su posición a apoderarse con avidez de esta preciosa verdad:

Los frutos son de todos, la tierra de nadie (…)

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grande y viejo pueblo, no es por ello incapaz de adoptar los cambios

más grandes en sus instituciones, de consentir los más grandes

sacrificios para mejorarlas. ¿No ha cambiado todo, desde el año 89,

excepto esta institución de la propiedad? ¿Por qué esta excepción

única, si justamente se reconoce que constituye lo que hay de más

abusivo, la más deplorable creación de nuestra fantasía? ¿La

antigüedad del abuso puede conservar su existencia, cuando la

misma circunstancia no ha servido para conservar todos los otros

abusos que fueron derribados? ¿La gravedad, la importancia de

éste, son motivos para que sea más respetado? (…)

Hay épocas en las que los últimos resultados de las mortíferas

reglas sociales hacen que la universalidad de las riquezas se

encuentre absorbida en manos de unos pocos. La paz, natural

cuando todos son felices, se ve necesariamente perturbada

entonces. La masa no puede ya vivir, todo está fuera de su

posesión, no encuentra más que corazones sin piedad en la casta

que lo ha acaparado todo, y estos efectos determinan la época de

estas grandes revoluciones, fijan estos periodos memorables,

anunciados en los libros de los tiempos, en los que la revuelta de

los pobres contra los ricos es una necesidad que nada puede

vencer.

Si esto es así, si tal conmoción es realmente inevitable, yo no veo

por qué la posibilidad eventual de un retorno al estado de

comunidad, pueda ser sólo un sueño. (…)

Que el gran día del pueblo llegue, que se le haga transigir con los

infames, que pida sólo una media justicia; es casi seguro que el

pueblo no la obtendrá; la casta taimada del millón regateará,

temporizará y tratará, al fin, de no concluir nada. Por el contrario, si

el pueblo exige entera justicia, se, verá obligado a expresar con

majestad su voluntad soberana, a mostrar toda su fuerza; y por el

tono con que se pronuncia, por las formas que emplea, todo cede,

nada resiste, obtiene todo lo que quiere y todo lo que debe tener.

Las leyes populares parciales, los arreglos regeneradores a medias,

estos simples su avizadores a los que parecen limitarse tus deseos,

nunca alcanzan solidez. La ley Licinia en Roma, la del maximum en

Francia, poco duraron y fueron fácilmente eludidas.

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Si no encontraras tú mismo solución al problema: ¿es el momento

de levantar la voz sobre cuestiones de tan alta importancia?; si, he

dicho, no encontraras solución a este gran problema hablando tú

mismo de estos grandes asuntos con tu mucha libertad, fuerza,

elocuencia, persuasión y razonamiento, trataré yo de añadir aquí

algunas otras buenas razones a todas las que creo he dado, para

justificar la afirmación de la proposición. Volveré a hablar del

pretendido secreto de los patriotas, de su política y de la del

gobierno. Haré resaltar otra vez la superioridad de la táctica de este

último. Diré de nuevo que el mejor secreto de los patriotas, es no

tener ninguno, y persuadirse de que no les hace falta, que incluso

todo secreto, toda marcha tortuosa, todo maquiavelismo, no pueden

serles más que perjudicial; que toda disimulación sobre los hombres

y las cosas no pueden más que asesinar a la patria.

Repetiré que la verdadera táctica de los defensores de la libertad,

de la igualdad, de todos los derechos del pueblo, es mirar de

reforzarse, poner a todo el mundo al corriente de lo que pasa y de lo

que se debe hacer, de hablar a todos de los remedios, e interesar a

cada uno en contribuir en la administración de lo dicho. Me

esforzaré en hacer comprender que nada es más detestable, me

atrevo a añadir, más tonta y más visiblemente inepto, que el

aislarse, el reducirse a un puñado de patriotas que actúan, el

separarse del pueblo, abandonar su opinión y su fuerza, pretender

hacer el bien sin él, sin esta opinión y esta fuerza, y con la única

arma de la prudencia, de esta ridícula prudencia sugerida por el

mismo gobierno, predicada por sus emisarios, que componen

todavía la mayor parte del puñado de aparentes patriotas activos,

los que le dan el tono, marcan el ritmo, y se manifiestan como los

que gritan más alto en todas partes.

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infaliblemente, caerá en el abatimiento, en la despreocupación por

la libertad, se resignará a cualquier suerte, descansará de sus

fatigas, despertará con hambre, y no viendo más que el despotismo

que pueda darle pan, para conseguirlo correrá por su propia

iniciativa a arrojarse en sus brazos.

Trataré de convencer, una vez más, de que todo retraso es

insensato o pérfido, cuando el mal, el peligro, son extremos, cuando

sus estragos están en condiciones de devorarlo todo; que también

se es cómplice del incendio, cuando se contemplan sus desastrosos

progresos sin conmoverse, y oponiéndose a que se recurra a la

bomba de incendios para atenuar el torrente de llamas, antes de

que su impetuosidad violenta haya reducido todo a ceniza.

Comenzaré de nuevo a explicar, cómo la verdad es siempre útil y la

mentira dañina al hombre...”

Cayo Graco Babeuf “La Posibilidad del Comunismo” El Tribuno del Pueblo, n°. 37. París, 1796

https://elsudamericano.wordpress.com

HIJOS

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MARX, TEÓRICO DEL ANARQUISMO

Maximilien Rubel

1

*

MARX ANARQUISTA

Maximilien Rubel y Louis Janover

2

* EL ESPÍRITU “REFORMISTA” Y POLÍTICO DE LA A.I.T. - LA CONQUISTA DEL PODER POLÍTICO POR LA CLASE OBRERA.

* MARX, BAKUNIN EN LA A.I.T. PRIMERAS ACUSACIONES RECÍPROCAS. SE EMPIEZA A FRAGUAR LA LEYENDA DEL MARX FUNDADOR DEL COMUNISMO DE ESTADO.

* AGUDIZACIÓN DE LA POLÉMICA MARX-BAKUNIN SOCIALISTAS REVOLUCIONARIOS - COMUNISTAS AUTORITARIOS. OPOSICIÓN SOBRE EL MÉTODO DE LA LUCHA OBRERA.

* LA COMUNA DE PARÍS, 1871. MANIFIESTO ANARQUISTA DE MARX. LA COMUNA COMO FORMA POLÍTICA DE LA EMANCIPACIÓN SOCIAL. EL FIN DE LA POLÍTICA.

* CONFERENCIA DE LONDRES, 1871. LA ACCIÓN POLÍTICA. MARX ACUSADO DE CENTRALISTA Y DE AUTORITARIO POR BAKUNIN.

* MEDIOS Y FINES EN LA LUCHA EMANCIPADORA DEL PROLETARIADO. COMPATIBILIDAD O INCOMPATIBILIDAD DE LA ACCIÓN POLÍTICA CON LA FINALIDAD ANARQUISTA. DE LA CONFERENCIA DE LONDRES (1871) AL CONGRESO DE LA HAYA (1872). FIN DE LA INTERNACIONAL.

* LA CUESTIÓN DE LA AUTORIDAD EN MARX Y ENGELS

* ANOTACIONES DE MARX AL ESCRITO DE BAKUNIN “ESTATISMO Y ANARQUÍA”

* 1875. GLOSAS MARGINALES PARA EL PROGRAMA DEL PARTIDO OBRERO ALEMÁN. MARX, ÚLTIMA PROFESIÓN DE FE COMUNISTA Y ANARQUISTA.

1 Artículo extraído del libro Marx sin mito de Maximilien Rubel. Ediciones OCTAEDRO S. L. 2003.

2 Título original: Anarchisme. (Texto provisional de uno de los artículos previstos para un

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MARX, TEÓRICO DEL ANARQUISMO

Maximilien Rubel3

Perjudicado por discípulos que no consiguieron hacer el balance, ni trazar los límites de su teoría, ni definir las normas y el campo de su aplicación, Marx ha acabado por convertirse en un gigante mitológico, símbolo de la omnisciencia y de la omnipotencia del homo faber, forjador de su destino.

La historia de la Escuela está por hacer, aunque conocemos su génesis: codificación de un pensamiento mal conocido y peor interpretado, el marxismo nació y se desarrolló cuando la obra de Marx no era aún accesible en su totalidad y cuando importantes partes estaban todavía inéditas. Así, el triunfo del marxismo como doctrina de Estado y como ideología de partido, ha precedido varias décadas a la divulgación de los escritos en los que Marx ha expuesto, de la forma más clara y más completa, los fundamentos científicos y las intenciones éticas de su teoría social. Que con la invocación de un pensamiento, cuyos principios esenciales han sido ignorados por los protagonistas del drama histórico, se hayan producido profundas transforma-ciones bastaría para demostrar que el marxismo es el mayor, si no el más trágico, equívoco del siglo. Pero, a su vez, podemos medir el alcance de la tesis sostenida por Marx según la cual no son ni las ideas revolucionarias ni los principios morales los que provocan la mutación de las sociedades y las transformaciones sociales, sino las fuerzas humanas y materiales; ideas e ideologías sólo sirven, casi siempre, para travestir los intereses de la clase en cuyo provecho se han realizado las transformaciones. El marxismo político no puede, al mismo tiempo, reclamar la ciencia de Marx y sustraerse al análisis crítico empleado para desenmascarar las ideologías afines al poder y a la explotación.

Ideología dominante de una nueva clase de amos, el marxismo ha logrado vaciar de su contenido original los conceptos de socialismo y comunismo, tal como Marx y sus precursores los entendían, y substituirlos por la imagen de una realidad que es su más completa negación. Aunque ligado estrechamente a los otros dos, un tercer concepto parece, sin embargo, que ha escapado a este destino: el anarquismo. Pues si es sabido que Marx tuvo pocas simpatías con algunos anarquistas, se ignora generalmente que compartió con ellos el ideal y el objetivo: la desaparición del Estado. Conviene pues recordar que al abrazar la causa de la emancipación obrera, Marx se situaba de golpe en la tradición del anarquismo más que en la del socialismo o del comunismo. Y cuando al fin eligió llamarse comunista, este nombre no designaba, para él, una de las corrientes ya existentes del comunismo, sino un movimiento de pensamiento y un modo de acción a construir juntando todos los elementos revolucionarios herederos de las doctrinas existentes y de las experiencias de lucha del pasado.

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En las siguientes reflexiones intentaremos demostrar que, con el nombre de comunismo, Marx ha desarrollado una teoría de la anarquía; mejor aún, él fue en realidad el primero en poner las bases racionales de la utopía anarquista y el primero en definir el proyecto de su realización. Debido a las dimensiones limitadas del presente ensayo, presentamos estas tesis como temas de discusión. El recurso a la prueba literal por medio de citas se ha reducido al mínimoparadestacarmejorel argumento central: Marx, teórico del anarquismo. Cuando en febrero de 1845, en vísperas de su partida hacia el exilio de Bruselas, Marx firmó en París un contrato con un editor alemán, se comprometía a proporcionarle, en pocos meses, una obra en dos volúmenes (más de mil páginas) con el título “Crítica de la política y de la economía política”. Poco podía pensar que se imponía una tarea que iba a ocupar toda su vida y de la que no podría ejecutar más que un fragmento.

La elección del tema no tenía nada de fortuito. Perdida cualquier esperanza en una carrera universitaria, Marx había transpuesto en el periodismo político los resultados de sus estudios filosóficos. Sus artículos en la Rheinische Zeitung de Colonia combaten por la libertad de prensa en Prusia, en nombre de una libertad que él concibe como la esencia del hombre y como el aderezo de la existencia humana, pero también en nombre de un Estado entendido como realización de la libertad racional, como:

“el gran organismo donde las libertades jurídica, moral y política deben encontrar su realización y donde el ciudadano individual, obedeciendo a las leyes del Estado, no hace más que obedecer las leyes naturales de su propia razón, de la razón humana” (Rheinische Zeitung, 10-7-1842). Pero la censura prusiana poco tardó en reducir al silencio al filósofo-periodista que no tardará en interrogarse, en la soledad de un retiro de estudios, sobre la verdadera naturaleza del Estado y sobre la dimensión racional y ética de la filosofía política de Hegel. Conocemos el fruto de esta meditación enriquecida por el estudio de la historia de las revoluciones burguesas en Francia, en Gran Bretaña y en los Estados Unidos: aparte del trabajo inacabado e inédito, la Crítica de la filosofía hegeliana del Estado (1843), dos ensayos polémicos, Introducción a la crítica de la filosofía hegeliana del derecho y Sobre la cuestión judía (París, 1844). Estos dos escritos constituyen un único manifiesto en el que Marx designa de una vez por todas, y condena sin restricción, las dos instituciones sociales que para él son la causa de los males y de las taras que padece la sociedad moderna y que padecerá hasta que una revolución social no las suprima: el Estado y el Dinero. Simultáneamente, Marx exalta la fuerza que, después de haber sido la principal víctima de estas dos instituciones, pondrá fin a su reinado igual que a cualquier otra forma de dominación de clase, política o económica: el proletariado moderno. La auto-emancipación de este proletariado es la auto-emancipación universal del hombre, es, después de la pérdida total del hombre, la conquista completa de lo humano.

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No es una posteridad cargada de abrumadoras responsabilidades la que ha de juzgar a un desaparecido que no puede defender su propia causa; por el contrario, nos incumbe a nosotros asumir una enseñanza dirigida hacia un futuro que, ciertamente, ha llegado a ser nuestro catastrófico presente, pero que, en su mejor parte, está aún por crear.

II

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Si por sus aspiraciones federalistas Proudhon parece estar más cerca que Marx de una posición anarquista, la cosa cambia cuando se considera su concepción global de las reformas que han de concluir a la abolición del capital y del Estado. El elogio del que Proudhon es objeto en La Sagrada Familia (1845), no debe llevarnos a engaño: en este momento, las divergencias teóricas entre los dos pensadores eran ya profundas, por tanto, este elogio concedido al socialista francés cabrá interpretarlo con una reserva: la crítica proudhoniana de la propiedad es inmanente al sistema económico francés; por válida que sea, no pone fundamentalmente en cuestión las relaciones sociales de producción del sistema criticado. Al contrario, en la doctrina proudhoniana, las categorías económicas, expresiones teóricas de las instituciones del capital, son sistemáticamente conservadas. El mérito de Proudhon es haber desvelado las contradicciones inherentes a la ciencia económica y haber demostrado la inmoralidad de la moral y del derecho burgués; su debilidad, es haber aceptado las categorías y las instituciones de la economía capitalista y haber respetado, en su programa de remedios y de reforma, todos los instrumentos de dominio de la clase burguesa y de su poder político: salario, crédito, banca, intercambio, precio, valor, beneficio, interés, impuesto, competencia, monopolio. Habiendo sabido aplicar la dialéctica de la negación al análisis de la evolución del derecho y de los sistemas jurídicos, se quedó a medio camino al no extender su método crítico de la negación a la economía capitalista. Proudhon ha hecho posible esta crítica, pero es Marx quien intentará hacer de este nuevo método crítico un instrumento de combate en la lucha del trabajo contra el capital y su Estado. Proudhon hizo la crítica de la economía y del derecho burgués en nombre de la moral burguesa; Marx hará la crítica del modo de producción capitalista en nombre de la ética proletaria, cuyos criterios proceden de una visión totalmente distinta de la sociedad humana. Para esto basta con seguir en todo su rigor lógico y hasta sus últimas consecuencias el principio proudhoniano –o mejor, hegeliano– de la negación: la Justicia con la que sueña Proudhon no se realizará más que por la negación de la justicia, de la misma forma que la filosofía sólo podrá ser realizada por la negación de la filosofía, es decir, por una revolución social que permitirá, al fin, a la humanidad devenir social y a la sociedad devenir humana. Será el fin de la prehistoria de la humanidad y el comienzo de la vida individual, la aparición del hombretotalmentedesarrollado,consusfacultadesuniversales, el advenimiento del hombre total o polimorfo (vielseitig).

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Y sin embargo, a despecho de sus puntos de vista divergentes –en particular, como veremos, de una distinta apreciación de los medios políticos–, los dos tipos de anarquismo se orientan hacia una finalidad común, aquella que el Manifiesto Comunista definió en estos términos:

“La vieja sociedad burguesa con sus clases y sus antagonismos de clase deja sitio a una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos.”

III

Marx rehusó inventar recetas para el futuro, pero hizo algo mejor que esto: intentó demostrar que una necesidad histórica, como una ciega fatalidad, arrastraba a la humanidad hacia una situación de crisis en la que sería preciso encarar un dilema decisivo: ser destruida por sus propias invenciones técnicas, o sobrevivir gracias a un súbito despertar de conciencia, que vuelva capaz de romper con todas las formas de alienación y de servidumbre que han marcado las fases de su historia.

Ese dilema es fatal, la actitud a asumir queda en manos de la clase social que tiene todas las razones para rechazar el orden existente, y para realizar un modo de vida profundamente distinto del antiguo. Virtualmente, el proletariado moderno es la fuerza material y ética apta para asumir esta tarea redentora de alcance universal. Sin embargo, esta fuerza virtual sólo llegará a ser real cuando el tiempo de la burguesía haya sido cumplido, pues también ella cumple un papel histórico, si no siempre es consciente de ello, sus ideólogos se encargan de recordarle su carácter civilizador. Creando el mundo a su imagen, la burguesía de los países industrialmente desarrollados aburguesa y proletariza a las sociedades que caen progresivamente bajo su empresa política y económica. Vistos desde el ángulo de los intereses proletarios, sus instrumentos de conquista, el capital y el Estado, son medios de servidumbre y de opresión. Cuando las relaciones de producción capitalistas, y por tanto de los Estado capitalistas, se establezcan a escala mundial, las contradicciones internasdelmercadomundialrevelarán los límites de la acumulación capitalista, y provocarán un estado de crisis permanente que pondrá en peligro los mismos puntos de apoyo de las sociedades esclavizadas, amenazando la directamente la supervivencia de la especie humana. La hora de la revolución proletaria habrá sonado...

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para una tercera vía revolucionaria, la de los países que, privados de la experiencia histórica del capitalismo desarrollado y de la democracia burguesa, mostrarían a los países de extenso pasado capitalista y burgués el camino de la revolución proletaria.

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integrante del comunismo anarquista de este último. Con Marx, el anarquismo utópico se enriquece con una nueva dimensión, la de la comprensión dialéctica del movimiento obrero visto como autoliberación ética que engloba a toda la humanidad. Era inevitable que la tensión intelectual provocada por el elemento dialéctico en una teoría con pretensiones científicas, y naturalistas, estuviera en el origen de una ambigüedad fundamental con la que la enseñanza y la actividad de Marx han estado indeleblemente marcadas. Hombre de partido tanto como hombre de ciencia, Marx ha tratado siempre, en su actividad política, de armonizar los fines y los medios del comunismo libertario. Pero aunque puede haber errado como militante, Marx no dejó de ser el teórico del anarquismo. Tenemos, pues, todo el derecho de aplicar la tesis ética que él formuló a propósito del materialismo de Feuerbach (1845):

“Saber si el pensamiento humano puede pretender llegar a una verdad objetiva no es una cuestión que procede de la teoría sino que es una cuestión práctica. Es en la práctica que el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y la fuerza, el aspecto material de su pensamiento.”

IV

La negación del Estado y del capitalismo por la clase social más numerosa y más pobre aparece en Marx como un imperativo ético antes de ser demostrada dialécticamente como una necesidad histórica. Su primer arranque, a partir de una evaluación crítica de los resultados de la Revolución francesa, equivale a una elección decisiva, la del objetivo que, según él, cualquier hombre debería esforzarse en alcanzar; y este objetivo es precisamente la emancipación humana como culminación de la emancipación política. El Estado político libre –los EE.UU. le servían como ejemplo– hace al hombre esclavo, ya que se interpone como mediador entre el hombre y su libertad, tal como el hombre religioso carga a Cristo con su propia divinidad. Políticamente emancipado, el hombre no deja de participar de una soberanía ficticia; ser soberano disfrutando de los derechos del hombre, conlleva una doble existencia, la de ciudadano, miembro de la comunidad política, y la de particular, miembro de la sociedad civil; la de un ser celeste y la de un ser profano. Como ciudadano, es libre y soberano en los cielos de la política, este reino universal de la igualdad; como individuo, es rebajado y se degrada él mismo en la vida real, la vida burguesa, al rango de instrumento para sus congéneres; entonces deviene en juguete de fuerzas ajenas a su voluntad, materiales y morales, como las instituciones de la propiedad privada, de la cultura, de la religión, etc.

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Ésta es, presentada sumariamente, la tesis inicial de Marx: crítica del Estado y del capital, procedente de un pensamiento anarquista más que de un socialismo o comunismo cualquiera. Aún no tiene nada de rigurosamente científico, pero reclama y se nutre implícitamente de una concepción ética del destino humano al poner la exigencia de una realización en orden al tiempo histórico. Por eso, sin limitarse a la crítica de la emancipación política –que reduce al hombre al estado de mónada egoísta y de ciudadano abstracto–, define el fin que conviene alcanzar y el medio para realizarlo:

“Sólo cuando el hombre individual, ser real, haya recuperado al ciudadano abstracto y se haya convertido como individuo en un ser social en su vida empírica, en su actividad individual, en sus relaciones individuales; sólo cuando el hombre haya reconocido y organizado sus “propias fuerzas” como fuerzas sociales y que, por este hecho, no separará ya más de él mismo el poder social en la forma de poder político, sólo entonces se conseguirá la emancipación humana.” (La Cuestión judía,1844.)

Partiendo del Contrato Social de Rousseau, teórico del ciudadano abstracto y precursor de Hegel, Marx encontró su propio camino. Habiendo rechazado un aspecto de la alienación política preconizada por los dos pensadores, llegó a la visión de una emancipación humana y social que restablecería al individuo en la integridad de sus facultades y en la totalidad de su ser. Rechazo parcial, pues al ser una condición histórica, esta etapa no puede desaparecer o ser abolida mediante un acto de voluntad. La emancipación política es un “gran progreso”, es incluso la última forma de la emancipación humana en el interior del orden establecido, y como tal puede servir de medio para cambiar este orden e inaugurar la etapa de la verdadera emancipación humana.

Dialécticamente antinómicos, los fines y los medios se acuerdan éticamente en la conciencia del proletariado moderno que, de esta forma, se convierte en portador y en sujeto histórico de la revolución. Clase que concentra todas las taras de la sociedad y de la cual encarna el crimen notorio, el proletariado posee un carácter universal como consecuencia de su miseria universal. No puede emanciparse sin emancipar todas las esferas de la sociedad, y es realizando los postulados de esta ética emancipadora como el proletariado rechaza su propio estatuto de proletario. Allí donde Marx invoca la filosofía como “cabeza” y arma intelectual de la emancipación humana, de la que el proletariado sería el “corazón”, nosotros preferimos hablar de ética, significando con esto que no se trata de una especulación metafísica, sino de un problema existencial: importa cambiar el mundo y restituirle su rostro humano original, y no interpretar la caricatura.

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El estudio de la economía política fue para Marx un medio de luchar por la causa a la que consagrará toda su existencia. Lo que hasta entonces sólo había sido una intuición visionaria y una elección ética, se convertirá, a partir de ahora, en teoría del desarrollo económico y en investigación de las determinaciones sociales. Pero será también un modo de participación activa en el movimiento social, llamado a poner en práctica los imperativos y las normas que se desprenden de las condiciones existenciales del proletariado industrial. La teoría de una sociedad sin Estado, sin clases, sin intercambios monetarios, sin terrores religiosos e intelectuales, implica una concepción crítica del mundo de la producción capitalista, de la misma manera que el análisis revelador del proceso evolutivo debe conducir por etapas sucesivas a la sociedad comunista y anarquista. Marx escribirá más tarde:

“Aun cuando una sociedad ha llegado a descubrir la pista de la ley natural que preside su movimiento (...) no puede sobrepasar de un salto ni abolir por decreto las fases de su desarrollo natural; pero puede abreviar el período de gestación y aliviar los dolores del parto.” (El Capital, I, prefacio, 1867).

En suma, Marx se aplicará en demostrar científicamente aquello de lo que estaba ya persuadido intuitivamente y que le parecía éticamente necesario. Ya desde el primer esbozo de un critica de la economía política Marx abordará el análisis del capital desde un punto de vista sociológico, como poder de mando sobre el trabajo y sus productos, teniendo este poder el capitalista, no en virtud de sus cualidades personales o humanas, sino por el hecho de ser propietario del capital. El salariado es una esclavitud, y todo aumento autoritario del salario no será más que “una mejor remuneración de los esclavos”.

“La misma igualdad de salario, tal como Proudhon la reclama, no hace más que generalizar la relación del obrero de hoy con su trabajo, relacionando a todos los hombres con el trabajo. Así la sociedad es concebida como un capitalista abstracto.” (Introducción..., 1844, “Economíe”. II, p. 68.)

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Al comprender perfectamente la naturaleza del Estado moderno y de la sociedad burguesa, Napoleón consideró el Estado como un fin en sí mismo, y la vida burguesa como un instrumento de sus ambiciones políticas. Para satisfacer el egoísmo de la nación francesa, instituyó la guerra permanente en lugar de la revolución permanente. Su derrota consagró la victoria de la burguesía liberal que acabó de realizar en 1830 sus sueños de 1789: hizo del Estado representativo constitucional la expresión oficial de su poder exclusivo y de sus intereses particulares.

El problema del bonapartismo (cesarismo) fue una obsesión permanente de Marx, observador atento de la sociedad francesa en su evolución política y en su desarrollo económico. La Revolución francesa constituía para él, el período clásico del espíritu político, y la tradición bonapartista una constante de la política interior y exterior de Francia. Así, llegó a esbozar una teoría del cesarismo moderno que, si parece contradecir en parte los principios metodológicos de su teoría del Estado, no modifica su inicial visión anarquista. Y fue en el mismo momento en que se preparaba para poner los fundamentos de su interpretación materialista de la historia, que formuló esta concepción del Estado que lo ubica entre los defensores del anarquismo más radical.

“La existencia del Estado y la existencia de la esclavitud son inseparables. (…) Cuanto más poderoso es un Estado, más político es un país, menos dispuesto está en buscar la razón de sus males sociales en el principio del Estado, en la organización social de la sociedad de la que el Estado es, él mismo, la expresión activa, consciente y oficial”. (Vorwärts, 1844.)

El ejemplo de la Revolución francesa le pareció, entonces, lo suficientemente probatorio para poder anunciar una tesis que sólo parcialmente corresponde a la sociología política esbozada en la Ideología alemana y en sus reflexiones sobre el segundo Imperio y sobre la Comuna de 1871:

“Lejos de ver en el principio del Estado la fuente de los males sociales, los héroes de la Revolución francesa percibieron, al contrario, en las taras sociales la fuente de los males políticos. De esta manera Robespierre no ve en la gran pobreza y en la gran riqueza más que un obstáculo a la democracia pura, y desea establecer pues una espartana frugalidad general. El principio de la política es la voluntad. (Ibid.)

Cuando veintisiete años más tarde, Marx vuelve, a propósito de la Comuna de París, sobre los orígenes históricos del absolutismo político representado por el Estado bonapartista, verá en la obra centralizadora de la Revolución francesa la continuación de las tradiciones monárquicas:

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esfera y los atributos, multiplicar los instrumentos, aumentar la independencia y la empresa sobrenatural sobre la sociedad real (...). El más pequeño interés individual procedente de las relaciones entre los grupos sociales fue separado de la misma sociedad; vuelto independiente en forma de intereses de Estado, cuya defensa es confiada a sacerdotes del Estado que cumplen funciones jerárquicas determinadas. (Carta sobre la Comuna,borrador, 1871)

Esta apasionada denuncia del poder del Estado resume, de alguna manera, todo el esfuerzo de estudio y de reflexión crítica realizado por Marx en este campo, a partir del enfrentamiento con la filosofía moral y política de Hegel, pasando por el periodo de elaboración de la teoría materialista de la historia, y los quince años de periodismo libre y profesional, sin olvidar la intensa actividad en el seno de la Internacional Obrera. La Comuna fue para Marx la ocasión de ofrecer su último pensamiento sobre el problema al que había reservado uno de sus seis libros de su “Economía”, y de trazar aunque sólo fueran los contornos de esta libre asociación de hombres libres, cuyo nacimiento había anunciado el Manifiesto Comunista.

“La Comuna no fue una revolución contra una forma cualquiera de poder de Estado, legitimista, constitucional, republicano o imperial. Fue una revolución contra el Estado como tal, contra este monstruoso aborto de la sociedad; fue la resurrección de la auténtica vida social del pueblo, realizada por el pueblo.” (Ibid.)

V

Al comparar el modo de emancipación de los siervos en el feudalismo con el de los trabajadores modernos, Marx notaba que, a diferencia de los proletarios, los siervos debían desarrollar libremente las condiciones de vida ofrecidas, no pudiendo, por eso mismo, más que llegar al “trabajo libre”; por el contrario, los proletarios no pueden afirmarse individualmente sin abolir su propia condición de vida; siendo ésta idéntica la del conjunto de la sociedad, sólo bastaba con suprimir el trabajo asalariado. Y añadía esta frase que le servirá en lo sucesivo de leitmotiv tanto en su actividad literaria como en su acción de militante comunista:

“Los proletarios se encuentran pues en oposición directa a la forma en la que los individuos de la sociedad han podido, hasta ahora, darse una expresión de conjunto, a saber el Estado: deben destruir el Estado para realizar su personalidad.” (Ideología alemana, 1846)

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demostrar la lógica de este desarrollo, Marx intentó establecer una relación de causalidad entre los progresos científicos –sobre todo de las ciencias naturales– y las instituciones políticas y jurídicas, por una parte, y el comportamiento de las clases sociales antagónicas, por otra. A diferencia de Engels, Marx no pensaba que la transformación revolucionaria del futuro se parecería a las revoluciones del pasado, tal como un cataclismo natural que tritura hombres, cosas y conciencias. Con el advenimiento del obrero moderno, la especie humana empezaba el ciclo de su verdadera historia; entraba en la vía de la razón y llegaba a ser capaz de realizar sus sueños, y de darse un destino a la medida de sus facultades creadoras. Las conquistas de la ciencia y de la tecnología harían posible esa salida, pero el proletariado debía intervenir para que la burguesía y su capital no abismaran esta evolución en curso.

“Los triunfos de la ciencia parecen logrados al precio del envilecimiento moral. A medida que la humanidad domina la naturaleza, el hombre parece convertirse en la víctima de su prójimo y de su propia infamia.” (Discurso ante los cartistas, 1856).

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sentido jacobino del término. Ciertamente, al haber descubierto el secreto del desarrollo histórico de los modos de producción y de dominio, Marx no podía imaginar que su enseñanza sería usurpada, en el siglo XX, por ciertos revolucionarios profesionales que entonces se arrogarían el derecho de personificar la dictadura del proletariado. De hecho, Marx sólo contempló esta forma de transición social para aquellos países cuyo proletariado hubíera sabido aprovechar el periodo de democracia burguesa para crear sus propias instituciones, y constituirse así en clase dominante de la sociedad. Comparado con los siglos de violencia y de corrupción que ha necesitado el capitalismo para dominar el mundo, la duración del proceso de transición que ha de llevar a la sociedad anarquista sería otro tanto más corta, y conocería otra tanta menos violencia, dado que la acumulación del capital y la concentración del poderestatalopondríanalasmasasproletarias a una burguesía numéricamente débil.

“Para transformar la propiedad privada y parcelada, objeto de trabajo individual, en propiedad capitalista se habrá necesitado más tiempo, más penas y esfuerzos que el que exigirá la metamorfosis de la propiedad capitalista en propiedad social, ya que aquella ya reposa sobre un modo de producción colectivo. Allí se trataba de la expropiación de la masa por algunos usurpadores; aquí se trata de la expropiación de algunos usurpadores por las masas”. (El Capital,I, “Economie”, I, p. 1240)

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proudhoniano concebía de manera bien distinta. Afiliándose a la Asociación Internacional de Trabajadores, Marx no abandonó su antigua posición de 1847 frente a Proudhon, cuando este trataba de definir un anarquismo antipolítico realizable por un movimiento político:

“¿Quiere decir esto que después de la caída de la vieja sociedad habrá una nueva dominación de clase que se resumirá en un nuevo poder político? ¡No! (…) En el transcurso de su desarrollo, la clase trabajadora substituirá a la antigua sociedad civil por una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y ya no habrá más poder político propiamente dicho, ya que el poder político es precisamente el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil. Mientras, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase a clase, lucha que llevada a su más alta expresión es una revolución total. (…) No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay ningún movimiento político que no sea a la vez social. Solamente en un determinado orden de cosas, donde no habrá más clases y antagonismo de clases, las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas.” (Anti-Proudhon, 1847)

El enunciado de Marx es de un realismo fuera de cualquier interpretación "idealista". Este discurso de futuro debe entenderse como el anuncio de un proyecto normativo comprometiendo a los trabajadores a convertirse en revolucionarios, al mismo tiempo que luchan políticamente. “La clase obrera o es revolucionaria o no es nada” (carta a J.B. Scweitzer, 1865). Es el lenguaje de un pensador cuya rigurosa dialéctica le impide, contrariamente a la de Proudhon o de Stirner, deslumbrarse con el empleo sistemáticamente de la paradoja gratuita y de la violencia verbal. Y si no queda ni puede quedar todo resuelto en esta dialéctica demostrativa de los fines y de los medios, no es menor su mérito de incitar a las víctimas del trabajo alienado a comprenderse y a educarse ellas mismas para, conjuntamente, emprender una enorme obra de creación colectiva. En este sentido, el llamamiento de Marx continúa siendo actual a pesar del marxismo oficial, e incluso a causa de este triunfo.

Vemos pues con este resumen que la teoría social de Marx se presenta expresamente como una tentativa de análisis objetivo de un movimiento histórico, y no como un código moral o político de una praxis revolucionaria que tiende a realizar un ideal de vida social. Como estudio científico de un proceso de desarrollo que engloba hechos e individuos, y no como una colección de normas para el uso de partidos y élites aspirantes al poder. Sin embargo, esto no es más que el aspecto externo y manifiesto de esta teoría que sigue una doble trayectoria conceptual, una que posee una orientación rigurosamente determinista, y la otra que se dirige libremente hacia el objetivo ideal de una sociedad anarquista.

“No es en el pasado sino únicamente en el futuro donde la Revolución social del siglo XIX podrá encontrar la fuente de su poesía.4 No podrá

empezar por ella misma antes de haberse liberado de cualquier creencia supersticiosa en el pasado.” (Dieciocho Brumario, 1852.)

4Poesía” en referencia al término griego “Poiesis”. Véase en esta colección: Adolfo Sánchez

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El pasado es la insoslayable necesidad, y el observador armado con todos los instrumentos de análisis es capaz de explicar el encadenamiento de los fenómenos percibidos. Pero, si es en vano esperar el cumplimiento de todos los sueños que la humanidad, a través de sus profetas y sus visionarios, ha podido alimentar, al menos el futuro podría ofrecer a los hombres el fin de las instituciones que han reducido su vida a un permanente estado de servidumbre en todos los campos sociales. Tal es, expuesta rápidamente, la relación entre la teoría y la utopía en la enseñanza de Marx, que se proclamaba formalmente “anarquista” cuando escribía:

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MARX ANARQUISTA

Maximilien Rubel y Louis Janover5

MARX, TEÓRICO DEL ANARQUISMO. PRIMERA PROFESIÓN DE FE ANARQUISTA. CRÍTICA DE LA ALIENACIÓN POLÍTICA. ABOLICIÓN DEL PODER POLÍTICO - CONQUISTA DEL PODER POLÍTICO.

La concepción hegeliana del Estado rebaja la sociedad civil, sus leyes y sus intereses a una realidad subordinada, al mismo tiempo que erige al Estado en fin inmanente de dicha sociedad. Fue esa insoluble antinomia, que alimentaba manifiestamente las instituciones políticas y jurídicas de la monarquía prusiana, la que Marx escogió como blanco de su primer trabajo crítico importante,tras haber tenido que renunciar, primero, a una carrera universitaria y, luego, a la de publicista en su patria. La transición entre la sociedad civil y el Estado se lleva a cabo en Hegel según el modelo de la Lógica, donde el paso de la esfera de la esencia a la del concepto se lleva a cabo sin trabas. Evitando considerar a los sujetos reales como fundamentos del Estado, Hegel erige al Estado en sujeto, en sustancia mística, en soberanía viviente, siendo presentado el monarca como encarnación de la Idea. Ante la alternativa: soberanía del monarca o soberanía del pueblo, Marx se pronuncia por la democracia como “verdad de todas las formas de Estado”, postulado cuyas implicaciones teóricas y políticas conducirían pronto a un replanteamiento radical del “Estado político” y a la teoría de una praxis revolucionaria que planteara la “abolición”, la Aufhebung, del “Estado como tal” como último objetivo a alcanzar, sino de inmediato, seguramente en un previsible futuro, en tanto que determinado por la voluntad emancipadora de los esclavos modernos, del proletariado industrial ya empeñado en el combate decisivo. La exigencia de un Estado conforme a la razón, obra consciente y realidad social de individuos empíricos, de una democracia que absorbería al Estado político, de una comunidad liberada de cualquier burocracia jerárquica y autoritaria, de todos los órdenes mediadores entre gobierno y pueblo, en suma, de una sociedad que excluyera los privilegios de clase, de nacimiento y de fortuna y que permitiría a todos los ciudadanos la participación en los asuntos generales del Estado –unida dicha exigencia a la de una reforma electoral que restablecería la auténtica relación entre la sociedad civil y sus elementos representativos– fue el primer paso dado por Marx en la línea de una teoría social donde socialismo, comunismo y anarquismo iban a fundirse en un todo cuya base conceptual estaba por determinar:

“La reforma electoral es pues, en el interior del Estado político abstracto, la reivindicación de su disolución, conjuntamente con la disolución de la sociedad civil” (Anti-Hegel, 1843, MEW, I, p.327).

5 Título original: Anarchisme. (Texto provisional de uno de los artículos previstos para un

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En el momento de escribir estas líneas (verano de 1843), probablemente Marx ya se había familiarizado con la literatura socialista alemana y francesa, entonces en boga en los ambientes radicales, democráticos y liberales. Sin duda sabía que los primeros socialistas y comunistas ignoraban tales apelaciones, que nacieron y se propagaron entre 1830 y 1840, y que Babeuf y los “amigos de la igualdad” eran llamados “anarquistas” por los “aristócratas que la Convención incluía en su seno”, como podía leerse en el relato de Buonarotti, Conspiración para la igualdad humana de Babeuf (1828). Al tomar la resolución de elegir como objeto de la crítica el Estado político y el sistema representativo, era perfectamente consciente de que iba a afrontar el problema de la mediación política entre el hombre y la libertad del hombre, en otras palabras, el problema de la diferencia entre la emancipación política y la emancipación humana. Y es de lógica que la primera declaración pública en la que definía el campo de lucha que en lo sucesivo iba a ser el suyo fuera una profesión de fe anarquista:

“Sólo cuando el hombre real, individual reabsorba en sí mismo al abstracto ciudadano y, como hombre individual, exista a nivel de especie en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones individuales; sólo cuando, habiendo reconocido y organizando sus “propias fuerzas” como fuerzas sociales, ya no separe de sí la fuerza social en forma de fuerza política; sólo entonces, se habrá cumplido la emancipación humana.” (La Cuestión judía. 1844, MEW, I, p.370).

Esa crítica de la alienación política, expresamente formulada contra Rousseau, enuncia el postulado fundamental de la ética anarquista a la que Marx se suscribiera al hacerse comunista. La única modificación que luego aportará a esta posición inicial de su teoría será el abandono del concepto feuerbachiano de “ser genérico” que sustituirá por el concepto de “ser social”. Quedará sin embargo una grave ambigüedad originaria: la condena del poder político y del Estado –definido como “existencia de la esclavitud”–, y la elección de la acción política como medio de conquista de un poder de clase considerado indispensable pero provisional, poder necesariamente dictatorial debido precisamente a la oposición militante de la clase minoritaria preocupada por conservar sus privilegios materiales y morales. El carácter ambiguo de la posición política de Marx procede de la naturaleza de los medios prácticos previstos para el período de lucha y de transición que el proletariado tendrá que atravesar antes de haber alcanzado esa madurez intelectual que confirmará su aptitud para gobernar. Pero la ambigüedad de la praxis política no empaña en absoluto la transparencia de la finalidad de las acciones a llevar a cabo: puesto que Estado y esclavitud son sinónimos, el gesto político de la abolición queda en cierto modo santificado por el objetivo a alcanzar.

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“verdadero modo de asociación humanitaria" era tan sólo la “síntesis” resultante de la “corrección de la tesis mediante la antítesis”, o sea de la “comunidad” mediante la “propiedad” (obra citada, p.217).

Sin llegar a imitar a Engels, quien escribía que la obra de Proudhon era, desde el enfoque de los comunistas, “la obra más filosófica en lengua francesa”, Marx no dejaba de suscribir las observaciones de Engels, el joven comunista de quien no tardaría en hacerse amigo:

“...tras haber demostrado que todas las formas de gobierno son igualmente discutibles, trátese de la democracia, de la aristocracia o de la monarquía, que todas gobiernan mediante la fuerza, y que incluso en el mejor de los casos posibles la fuerza de la mayoría oprime la debilidad de la minoría, (Proudhon) llega definitivamente al resultado: 'Nous voulons l'anarchie' (Queremos la anarquía). Lo que precisamos es la anarquía, el reino de la persona, la responsabilidad de todo individuo ante nadie más que él mismo” (Engels, Progreso... 4.11.1843).

Desde sus primeros contactos directos, Marx y Engels coincidirían con la ética anarquista de William Godwin, el cual defendía el;

“sistema republicano de la política (...) y atacaba la naturaleza misma del Estado, al afirmar que el Estado es un mal” (Engels, “La situación en Inglaterra...”, 11-9-1844).

“Si la esencia del Estado, con la de la religión, es el miedo que la humanidad tiene de sí misma, este miedo llega a su paroxismo en la monarquía constitucional...” (Engels, ibid., 18.9.1844).

Cuando Engels escribía esas líneas, el acuerdo entre Marx y él era perfecto, pudiendo incluso afirmarse que Marx retuvo la lección de Engels que, hablando de la “experiencia de tres milenios”, afirmaba que no había vuelto más inteligentes a los hombres y que el resultado de la locura de los hombres era el estado político de la Europa de aquel tiempo. La “inhumanidad de todas las formas de Estado” tenía que llevar, según Engels, a la conclusión de que el Estado era en sí mismo la causa de todas las taras sociales y que toda democracia que no fuera social, es decir socialista, sólo podía perpetuar la dominación de los ricos sobre los pobres. Hacia la misma época, Marx reemprendía su polémica contra Bruno Bauer con motivo de La Cuestión judía y de la emancipación humana, y recapitulaba sus tesis sobre el Estado y la religión, los derechos del hombre y el egoísmo del “individuo burgués”, la sujeción del trabajo asalariado en el Estado y en la sociedad moderna, etc. El espíritu fundamentalmente anarquista de la crítica que Marx desarrolla en La Sagrada Familia (1845) lo manifiesta en la denuncia de la esclavitud de la sociedad burguesa bajo el disfraz del máximo de libertad. Marx caracteriza esa libertad como “anarquía” (en el sentido tradicionalmente peyorativo de ese término), siendo el estado anárquico la ley de la sociedad burguesa emancipada de los privilegios corporativos.

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burguesa: los límites de Proudhon se explican por su mala suerte al “haber nacido francés y no alemán” (MEW, II p. 35): Al hacer de la auto-emancipación del proletariado el principio mismo de la negación de las instituciones económicas y políticas de la sociedad burguesa, Marx superó con mucho la crítica proudhoniana de la propiedad privada y del Estado, crítica que, en los escritos posteriores a ¿Qué es la propiedad? (1840), fue sustituida por las ambigüedades de una teoría que en última instancia desemboca en la apología de la propiedad y del Estado. El credo anarquista de Marx es, comparado con el de Proudhon, de un radicalismo mucho más riguroso:

“En el mundo moderno, cada uno es al mismo tiempo miembro de la esclavitud y de la comunidad. Precisamente es la esclavitud de la sociedad burguesa lo que da apariencia de mayor libertad por la autonomía del individuo: éste confunde el movimiento desenfrenado (... ) de sus elementos vitales alienados, como la propiedad, la industria, la religión, etc. con su propia libertad, cuando en verdad es su servidumbre y su inhumanidad realizada” (La Sagrada familia,1845, MEW, II, p.123). Marx opone a la anarquía del comercio y de la industria “libres” que caracteriza al Estado moderno plenamente desarrollado, marco social de la guerra de todos contra todos, del conflicto permanente de los egoísmos, anarquía que enmascara un estado de falsa libertad, de “servidumbre emancipada”, el sueño “materialista” de un socialismo-comunismo en el que cualquier hombre “experimente en el mundo empírico la verdadera humanidad”, en el que el hombre realice plenamente su naturaleza social: he aquí, en pocos rasgos, la visión de una sociedad tal como se presentaría en los escritos de quienes eligieron llamarse “anarquistas”, apelación que Marx vacilará en adoptar para sí mismo, ya que aun suscribiendo la causa emancipadora de un Godwin, de un Proudhon o de un Owen, rechazará, sin embargo, la identificación con el individualismo nihilista de un Max Stirner.

A primera vista, la violencia del enfrentamiento Marx-Stirner podría sorprender. El autor de El único y su propiedad (1845) ¿no superó en el combate contra la especulación hegeliana a los Straus, Feuerbach, Bauer, etc? ¿No hizo tabla rasa de esas entidades hipostasiadas –Dios, Humanidad, Espíritu, Idea–, espectros y fantasmas que obsesionan la conciencia del individuo moderno? ¿No se reveló, como nadie antes que él, enemigo de la espiritualización del universo, rompiendo radicalmente con el gran taumaturgo de la Idea, el sacerdote del Concepto, el filósofo de Estado: Hegel? ¿No había captado mejor que nadie el secreto del liberalismo político al demostrar que disimulaba la sujeción del individuo al poder, el secreto de la libre competencia que disimula el reino del dinero, del capital y del Estado, el cual a su vez disimula la explotación de los trabajadores, erigiéndose en garantía del interés general de lanación?Este “san Max” ¿no llevó precisamente su nominalismo intransigente hasta tratar de fantasmas a la nación, al pueblo y al Estado?

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Según Hess, Stirner ignoraba la antinomia entre socialismo y Estado:

“Su oposición al Estado es la oposición completamente ordinaria de los burguesesilustradosque,también ellos, consideran al Estado responsable de que el pueblo sea pobre y pase hambre.” (Los últimos filósofos, 1845, p. 391).

Como Proudhon glorifica la “anarquía”, pero, en su rechazo de toda autoridad exterior, llega hasta condenar el reino de la razón. La “unión de los egoístas” reclamada por Stirner sólo es la forma más brutal del egoísmo, el retorno al estado salvaje. “No cesa de proclamar la destrucción del “Estado”, pero permanece de hecho sobre el terreno del Estado” (ibid., p.392).

Marx y Engels dedicaron a ese pseudo-anarquismo de Stirner una parte importante de su panfleto dirigido contra los principales representantes de la Ideología alemana, trabajo para el que no pudieron encontrar editor. De punta a punta de ese voluminoso escrito, su crítica de la política y del Estado toma una coloración netamente anarquista: aunque evitaron el uso de ese término, su “comunismo” no dejaba de conducir al imperativo de “Derribar el Estado”, condición del completo desarrollo de la personalidad (MEW, III, p. 7). Sin embargo, los autores de La Ideología alemana (1845-1846), al rechazar en bloque la crítica radical que Stirner emprendiera contra el apriorismo de la filosofía hegeliana en nombre del genio individual y de la subjetividad concreta y contingente, voluntaria y sensible que no era ni la del Yo universal de Kant ni la del Yo absoluto de Fichte, no supieron tomar en cuenta la reivindicación de una existencia individual completamente desarrollada que se desprende del nihilismo egocéntrico del autor de El Único y su propiedad. Aparecida unos meses antes de la publicación de La Sagrada Familia, esa obra anticipaba en ciertos aspectos los ataques devastadores contra el “misticismo ideológico de la filosofía hegeliana y de toda filosofía especulativa” (Marx a N. F. Danielson, 7.10.1868). Aunque sólo fuera por haber obligado a Marx a definir y a desarrollar sus propias concepciones de nuevo adquiridas, la obra de Stirner merecería ya un sitio de honor entre las fuentes literarias que dieron a luz la teoría materialista de la historia. Marx y Engels creían haberlo dicho todo del nihilismo estéril de Stirner burlándose de la inanidad de la ‘revuelta’ del “Único”: no bastaba con glorificar la insatisfacción moral del individuo maltratado por las circunstancias exteriores para elevarse por encima del orden establecido, para salirse de él y sacudir con ello los fundamentos de las instituciones.

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filósofos frente al mundo. Sus charlatanerías ideológicas son desmentidas día a día por la práctica. (La Ideología alemana, 1845-1846, MEW, III, p.363). Ni Marx ni Engels estaban aparentemente dispuestos a prestar, aunque sólo fuera un poco de atención, a la tesis –expuesta sin duda con demasiado énfasis– según la cual, al ser la conciencia responsable de todo, únicamente el “rebelde” podría oponerse eficazmente al orden establecido, mientras la chusma que consiente sigue siendo para siempre “pecadora”. Y, sin embargo, ¿no hicieron en su obra un puesto muy particular para la “conciencia comunista” que, según ellos, “tenía que emanar” de la clase que constituyera la mayoría de los miembros de la sociedad? (ibid., p.69).

Las críticas dirigidas contra Proudhon están marcadas por la misma ambigüedad. Tras haber tomado la defensa del Proudhon socialista contra la “crítica crítica” (1845), Marx se erige en crítico del Proudhon economista en Miseria de la filosofía, (1847) reconociéndose discípulo de Francis Bray, cuyo maestro fue Robert Owen, pionero del movimiento cooperativo. Había sin embargo en el sistema de las contradicciones económicas de Proudhon (1846), pese a una pretenciosa prolijidad, elementos de un anarquismo al que Marx no podía negarse a suscribir, como, por ejemplo, esto:

“El Estado, adopte la forma que sea, aristocrático o teocrático, monárquico o republicano, mientras no se convierta en el órgano obediente y sumiso de una sociedad de iguales será un verdadero infierno para el pueblo, casi diría una legítima condena” (Proudhon, obra citada, ed. 1923, t. II, p. 344).

Por otra parte, Marx concluía su Anti-Proudhon escribiendo:

“La clase trabajadora sustituirá en el curso de su desarrollo la antigua sociedad civil por una asociación que excluya las clases y su antagonismo, y no habrá ya poder político propiamente dicho, dado que el poder político es precisamente el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil. (Miseria..., 1847, Economie, I, p. 136).

Puede captarse en esa frase, más propia de la proclama premonitoria que de la observación empírica, el lugar que en ella ocupa la idea de “desarrollo”: el autor se reserva la elección de perspectivas según el objetivo mismo que parece fijar a las luchas obreras, sin otra justificación aparente que la espera subjetiva y la voluntad activa del militante revolucionario.

Antes de la abolición del poder político, se encuentra la etapa de la conquista de ese mismo poder, y ese primer paso revolucionario está marcado por:

“la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia” (Manifiesto, MEW, IV, 1848. p.481).

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