REVISTA
DE
ARTES
Y
LETRAS
TOMO
IX
=s5§r~5'í:
Al'Ti.:,
BE CHILE
SANTIAGO DE CHILE
OFICINA: CALLE DE
HUÉRFANOS,
NÚM.
64-Affiwwfiiffwfrffifffffffffiwffwfffifw
>ELO?
DEL
VfiWO*
( Contitiuación)
XIII
Cuando el
curasupo queManuel
sehabía ido de
"Re-naicon,
dio
gracias
á Dios yfué
á ver áMenita.
La
encontró
enel cuartito que le habían destinado.
Estaba
cosiendo,
ycuando entró el
cura,levantó hacia
¿1
los
ojos preñados
de
lágrimas.
Se las
enjugó
conpresteza
ydisimulo,
y seadelantó
árecibir al
cura. —Buenos
días,
hijita
—dijo
éste
conla suavidad
quepudo.
—¿Se
te hapasado algo
la
pena?
—Se
me pasa á ratos, pero
vuelve,
señor cura—dijo
Menita sollozando.
—
Confía
en
Dios,
hija,
ypronto
novolverá.
Menita continuaba
sollozando,
yel
cura, que comenzaba
ásentir
que sele removían las entrañas, temió
quele faltase ánimo para decirle que Manuel había
partido,
—
Ahora, Menita,
nodebes pensar
más que enpurifi
carte. DonManuel
se fuéhoy,
yseguramente
novendrá
á poner áprueba
tuarrepentimiento.
Menita se
lo
quedó
mirando.
—¿Es
cierto?¿Hoy
se haido?
O melo
dicepor
encañarme...
—Por
engañarte,
esclaro.
Como
soyhombre
tanembustero...
—
Xo se
ofenda,
señor:lo
dije
sinninguna
mala
intención
—interrumpió
Menita con voztrémula.
—Con que¿hoy
se ha ido?—
Hoy,
esta mañana. —Entonces
¿para
qué
me tienenaquí?
¿Por
qué
no mellevan
á mi casa?—Te
llevarán.
Xotengas
cuidado por eso. —Hágase
lavoluntad
de Dios—dijo
Menita conresignación
yprofundo
abatimiento.Después
agregó
deimproviso:
—¿Tal
vez sería poralgún negocio?
—Déjate
de esperanzas, Menita—dijo
el
cura con ciertaseveridad.
—Envez de
alimentarlas,
procura aca bar conellas,
yvuélvete
áXuestro
Señor áquien
tanto lias ofendido. Te lo diré confranqueza:
yomismo
fui :.yer á hablar con donManuel: le
puse demanifiesto
elpeligro
que corría lasalvación
de su alma yla tuya
conseguir
en unos amores que nopodían
acabarbien,
y leaconsejé
ysupliqué
querenunciara
á verte, que se mar chase de nRenaicon poralgún tiempo,
y teolvidara.
Amargo
es,Menita,
lo
que teestoy diciendo.
Quizá
mecobres
malavoluntad;
pero eraobligación
mía.
—
Lo
DE ARTESYLETRAS 1
No
puedo dejar
de sentir
lo
queusted ha hecho
y,sin
embargo,
selo
agradezco—dijo
Menita
con unasereni
dad
queel
cura noesperaba.
—
Más
vale
así.Ahora
reconozcomás que
nunca que eres muyacreedora al cariño
yestimación
quesiempre
he tenido
porti.
—
Mil
gracias
—dijo
Menita
concierta
sequedad
que
noescapó
al
cura.—
Querría
—dijo
éste
—ayudarte
desde
luego
enla
obra dearrepentimiento
que, nolo
dudo,
has
de comen zardesde
ahora;
pero veoque te hallasconmovida,
aun queprocuras ocultarlo. Iré
pronto
á tu casa y espero que te encontraré mástranquila.
■ —
¡Ojalá!
—exclamó Menita dando
un
suspiro.
—Adiós,
hijita
—dijo
el
curalevantándose.
—Piensa,
reflexiona
y encomiéndate ála
SantísimaVirgen,
que aúnpodría
ser quesacarasprovecho
de la
desgracia
queahora
teaflige.
—
Adiós,
señor cura, y no seolvide
dehacerme
sacar de esta casucha en que meahogo.
—
Voy
á mandarrecado
áFacundo
—dijo
el
cura saliendo.
No
fué
menester mandarel
recado,
porqueel
curaencontró
enla puerta de
su casa áFacundo
en persona.Después
de darse
mutuamentelos buenos
días,
dijo
Facundo:
—
Acabo de saber
que
don
Manuel
tomóel
trendel
norte.Como
ya nohay
cuidado
porMenita,
vengo állevarla.
—
¡Hombre!
¡Qué prisa
tecorre!
—exclamó
el
cura.—En
la
—
Está
bien;
llévatela.
—Pero
siusted desea
que
Menita
sequede
algunos
días
paraaconsejarla,
notiene más
quedecirlo.
—
Has
apuntado
bien
—dijo
el
curasonriéndose.—
Me
parece muyacertado
dejar
áMenita
algunos
días paraprepararla
á unabuena confesión.
—
Entonces,
señor cura¿piensa dejar
áMenita?
—Porcierto.
—
Pero ya está
aquí
la
carreta parallevar
los
trastos.Además,
la
Josefa
notiene
quién
la
acompañe.
Menita
mehace muchísima falta
para
escribir
mis cartas... —Llévatela, hombre,
llévatela.
Como
meviste
sinintenciones
dedejar aquí
áMenita,
pensaste
quedar,
á poca costa, como persona muycomedida
yrespetuosa...
Llévatela,
hombre. Adiós
—dijo
el
cura.Y se entró
puertas
adentro,
ydecía
parasí,
meneando
la cabeza:
—"¡Qué
hombre,
señor,
qué
hombrea
Facundo
sellevó
áMenita
ácaballo,
sindirigirle
la menorpalabra,
como cuando lavino
ádejar.
En cuanto
llegaron
ála
casa y se apearon,Menita
corrió á supieza,
rebuscó
enlos rincones
y por todaspartes el
paquetito
con eldinero
quele
había
enviadoManuel,
y como nolo
hallase,
se sentó állorar amarga
mente.—
¡Mi padre
lo ha tomado!
¡Mi padre
lo ha tomado!
—pensaba
lapobre
Menita.
—Y¿qué
habrá creído?
¿Qué
puede
creer sinoque?...
Y¿cómo
sacarlo de
ese error? Esimposible. Jamás
me atreveré átocarle
estepunto.
Ni
éldaría
crédito á lo que yodijese
para
justificarme.
Esta
espina
nopunzaba
menos áMenita
quela
parti
dade Manuel.
DEARTESY LETRAS 9
dejaba
su amor,había
pensado
muchas
vecesque el
amorde Manuel
noduraríamucho
yquela abandonaría
tarde
ótemprano. Sin
embargo,
eran tantaslas
protes
tas que su amantele
hacía,
quellegaba
ádudar de
que serealizaran
sus temores, y seimaginaba
comopredes
tinada
á unadicha sin
igual.
Ahora
palpaba
la
realidad
y
veía que
su suerte erala
común yordinaria de las
muchachas
del
campo.Esto,
empero,
no era bastante parainfundirle
resignación.
Ya seabatía,
ya seinflamaba
endeseos de venganza.
Fraguaba imaginariamente
ex trañosproyectos
queacababan
porhorrorizarla.
Unas
veces seescapaba
secretamente,tomaba el
tren y seiba
á
Santiago.
No faltaría allá
quién
le señalase la
casa deManuel,
yentraría,
yle echaría
en cara suspromesas
yjuramentos
conpalabras
capacesde ablandar las
piedras,
sin
contar con queel
espectáculo
de
una niñabella
ydesolada
interesaría
á cuantoslo
presenciaran.
Quizá
Manuel estaría
por casarse, y Menitaresolvía
presentar
se ála novia
ydescubrirle todo.
La novia lamiraría
conenvidia,
porque nopodría
ser sinoinferior
áMenita
enhermosura,
yle
creería cuanto ledijese,
yrompería
conManuel.
Otras
veces,cuando
seenardecía mucho
lafantasía
deMenita,
nole
acobardaba el
entregarse
á cualquier
hombre,
contal de
quela vengara de
suseductor;
pero de
una maneraterrible
ysangrienta.
Y nobien
imaginaba
Menita
áManuel
padeciendo,
sele
apretaba
el
corazón,
sele
llenabanlos
ojos
delágrimas
y se sentía
con ánimos paraafrontar los
mayoressacrificios,
ádis-culpaba,
le hallaba
razón entodo.
Ella
era unapobre
muchacha
que nopodría
hacerlo feliz:
no erarica,
no eraeducada,
no eradigna
de seramada
por tanher
moso y tannoble
joven.
Mastodo
erarepresentarse
áManuel
en brazos de otramujer,
yal
punto
se encen día de nuevo, seenfurecía
y volvía conrabia
á la venganza.
Tales alternativas
ocupaban
el ánimo deMenita.
Cuando no había temor de quelo
notaran, ibaal
huerto,
se sentababajo
los castaños, yahí,
contemplando
esesitio,
testigo
de tantas horas deplacer,
seextremaba
en el dolor quele
ocasionaba lafelicidad
perdida.
En los
primeros
días,
Facundo yJosefa
nohablaban
á Menita y, cuando habíanecesidad
dehacerlo,
la trata-lian con modo tan rudo y grosero como siella
iuese al guna sirvientetorpe
áquien
no fueseposible
despedir.
Menita todo lo sufría con
paciencia
y,lejos
de manifes tar altanería ó malhumor,
ponía
especial
empeño
en servir con esmero ásu madre y áFacundo.
Estos,
alfin,
seablandaron,
depusieron
el
enojo
y, casi sin
advertirlo,
dejaron
que Menitafuese
paraellos lo
que antes era.Hasta Antonio volvió á sus
platónicos
amores y segozaba
de nuevo en que Menita lohiciese
objeto
de sus: romas.
Los
pobladores
deMellico
fueron más duros en olvidar:
pero tambiénolvidaron.
Cuando
se supo de cierto queMenita
era laquerida
deManuel,
las
malas
lenguas,
esdecir,
casi todas laslenguas
deMellico,
se cebaron en lapobre
niña.
Los
viejos culpaban
áFacundo.
—¿Xo
le parece,compadre,
que todo ha sidodiablura
de donFacundo?
—DE ARTES Y LETRAS 1 I
el
maestroherrero,
hombre
yade
edad,
borracho inco
rregible
y,sin
embargo,
muyhábil
en suoficio.
Platicaban
en laherrería.
Llilario estaba
componiendo
unaespuela
de
Bartolo,
yéste
esperaba
laconclusión
del
trabajo,
sentado
en lacaja
de herramientas
y fumando
uncigarrillo.
—
Así debe de
ser—
contestó
Bartolo
—porque don
Facundo,
cuando ve laplata
cerca, nola
deja
irse.—Ha
negociado
con lachiquilla
—dijo
Hilario.
—Si no¿cómo
se atrevería á vaciar elcanal
de "Renaicon pararegar la loma
del
Manzano ytodo
lo que sele
ocurre?
Y no le dicen unapalabra.
—Y no es nada
eso,
compadre. ¿Xo
ha
oídousted
aquello
de los dosmil
y tantospesos?
—No.
—
Se
lo contaré. DonFacundo,
según
me liandicho,
pidió
prestados
dos mil y tantospesos á donManuel. El
caballero ios
franqueó
a!momento y,cuando
se habló defirmar
papel, dijo
donManuel:
—"Llévatelos,
Facundo,
y seamos buenosamigos,
m No séqué
otras cosashabla
rían,
peroello
es que donManuel
y Menita se veían enel huerto
conmucho
sosiego.
Don Facundo inventódes
pués
un nuevo apuro, ypidió
mil
pesos más á clon Manuel;
pero elcaballero,
como ya teníaasegurada
ála
muchacha,
se echó atrás y noaflojó
un centavo. DonFacundo,
de puroenojado,
se hizo el queacababa
dedescubrir
los
amoresde
Menita,
habló
conel
cura, la¡levó
donde MateoMoya,
y latrajo
cuando
supo que donManuel
se había ido áSantiago.
Pero á don Manuel
no sele
dará unpito
de todo esto,porque,
como es tangeneroso,
consigue
lo
quequiere.
—
¡Vaya
si esgeneroso!
—exclamó Hilario.
Meni-ta
debe de haberla
tapado
de
plata. Juan
de
Dios,
el
peón
que tiene don Facundo
enel
huerto,
andaba
contando hace pocos días que Menita le había dado
diezpesos por
quele llevase
unpapelito
á don Manuel.
¡Diez
pesos!
...—
También
supe eso—
dijo
Bartolo.
—No sé si será
cierto lo que le he
contado,
compadre;
pero
estas son cosas muyfactibles
parael
que conoce á donFacundo.
—
De
eso y
de
mucho más
es capaz donFacundo
—dijo
el
maestroherrero,
dando
enla
bigornia repetidos
martillazos
ála
espuela
que acababa
de sacarde
la
fragua.
—
No
mela
vaya á
echar á
perder, compadre
—dijo
Bartolo
siguiendo
conojos
temerososel
trabajo
del he
rrero.—
El
maestro
sabe lo
quehace,
y no se meta enlo
que no sabe—replicó
Hilario
cogiendo
laespuela
conlas
tenazas yponiéndola
de
nuevo en lafragua.
—
¡Dos
mil
pesos!
—exclamó
Hilario,
bajando
conla
una manola
palanca
quemovía el
fuelle,
mientras conla
otra,provista
de
unhierro encorvado
en un extremo,juntaba
sobre la
espuela
y enla boca
del fuelle los
carbones
dispersos
enel
fogón.
—Plata
es—dijo
Bartolo
—pero no
hallo bueno
queunpadre
haga
tal
negocio.
Cierto
es que Menita no eshija
de don
Facundo;
pero eshija
de
sumujer,
yél
siempre
laha
cuidado
comopadre.
Si las
chiquillas
tienen sudescuido,
quelo tengan
por suscabales;
peroel
padre
nodebe
meterse en esosnegocios,
porque no esde
razón hacerlo.
Y esto mismole
oí en vezpasada
al curita.
—
¡Dos
mil
pesos!
—DE ARTES Y LETRAS 'o
junta. ¡Mal haya
la
suertede don Facundo! Pero así
esla
ley:
enlos
ricos llueve la
riqueza
y en
los
pobres
la
pobreza,
cuando había de
seral
revés
para que todos
quedasen
contentos.¿No
le
parece,compadre
Bartolo?
—
Por cierto. Y dése
prisa
conla
espuela:
mire
queel
sol
está muyalto
ytengo
que ir ábuscar
unosbueyes
que se me
fueron al
monte.Por tal estilo
eran lasconversaciones
quelos
viejos
de Mellico
teníansobre la
desgracia
de
Menita.
Excu
sado
esadvertir
quelas muchachas
culpaban
únicamente
áella
con tantomás enconocuantomayor
erala envidia.
Los mozos,singularmente aquellos
á
quienes
Menita
había dadocalabazas,
nosólo la
vilipendiaban
de
milmodos,
auninventando
yechando á
correrespecies
in
fames,
sino
que se propasaron áfaltarle al
respeto.
Cuando la
encontraban,
la miraban
condesvergüenza
y
le
dirigían
chuladas groseras.
En
cierta
ocasión,
hubo
por este motivo unapenden
cia de
marca mayor.Era día
domingo,
yel
despacho
de Facundo estaba
lleno
debebedores.
El corredor de la
casa teníavista al
despacho.
Menita
por
algún
motivo salió al corredor.
No bien la
vierondesde
eldespacho,
seadelantó
unode los
queallí
había,
mozode
loscalabaceados,
ygritó
áMenita:
—
¡Mira,
Menita!
Menita miró. Entonces Luis
Guajardo,
queasí
sella
maba el
mozo,levantándose
la
mantadescubrió el cha
leco,
ydio
conlos dedos
golpéenos
al
bolsillo,
haciendo
sonar el
dinero
quedentro
llevaba.
—Menita
¿quieres?
—le
dijo
consemblante
descarado.
—Está bien lleno
Menita
seentró al punto,
avergonzada
ylacrimosa;
peroAntonio,
que sehallaba
por
ahí
casualmente,
sefué sobre Luis
ylo derribó de
unpuñetazo
sindecirle
allá
va.A la
bolina,
acudieron
cuantosenel
despacho
estaban,
y
sin
más ni más tomaronpartido
unos porAntonio
y otros porLuis.
Algunas mujeres
procuraronimpedir
la
pelea
poniéndose
de
pormedio
ysuplicando
á sus espo sos,hijos
ó
compadres
que seretiraran;
pero estas nue vas
Sabinas
nodebían
de ser tansufridas
comolas
otras, porquelos codazos
yempujones
queles daban
paraapartarlas
las irritaron
detal
modo que,dando al
traste conel
recato yla
decencia,
arremetieron
álos
que
tenían
al
frente,
prorrumpiendo
enpalabrotas
de
espantable
grosería.
Las
vociferaciones
ylos
trompis
sehallaban
en supunto,
cuandollegó
ácaballo Benito
Labra,
el
inspector
del
distrito,
seguido
de dos celadores. Habían corrido
államarlo
algunas
personastímidas,
en cuantovieron
elprincipio
del alboroto.
El
inspector,
cuandorecibió el
aviso,
seencontraba
bebiendo
en una venta cercana.Venía,
pues,achispado
y muybrioso,
ymetiendo el caballo
enlo
más crudode
la
refriega gritaba:
—
¡Aquí
estála autoridad!
¡Aquí
estála
autoridad
¡Dense
presos,ladrones,
badulaques,
bribones!...
A
estas voces,los combatientes
sesepararon y comen zaron á
retirarse
disimuladamente,
menosAntonio
y Luis que
seguían ciegos
enla
pelea,
como torosirritados.
Apenas
el
representantede
¡aautoridad
vio áLuis,
lo
tiróal suelo de
uncaballazo
ygritó
álos
celadores:
• —
DE ARTES Y LETRAS '5
De
tiempo
atrás tenía
ojeriza
áLuis por cierta
jugada
que éste
le había
hecho,
y nodescuidaba las ocasiones
de vengarse, máxime cuando
podía
hacerlo
ámansalva,
como
ahora.
—¡Bonito!
—exclamó
Luis.—Y¿porqué
nolleva
también
preso áAntonio? El comenzó la
pelea.
—
¿Cómo
eseso?
—dijo
el
inspector
alzando el
ramal.
—
¿Vienes
conpreguntas
ála
autoridad,
atrevido?
Ten drás un día másde
cepo.Luis se
calló la boca.
Benito
miró en torno y, entrelos
que seretiraban,
alcanzó
ádivisar
á trespeones
áquienes
una vez avió dinero á cuenta desiega
detrigo,
yellos
nuncasalieron
ásegarlo
nidevolvieron lo aviado.
Los llamó
yles
dijo:
—
Ustedes también
vanpresos.
—Pero
si
yo no me
he
metido
ennada.
Estaba
mirando
—dijo
uno delos peones
que, enefecto,
había sido
simple espectador.
—
¿Mirando,
boquiabierto?
Enel
cepotendrás
tiempo
para mirar—replicó
el
inspector.
Y arreó
con todosellos
y lospuso
enel
cepodos
días,
v tres áLuis.
Las
mujeres
de
los
presos,ó
alguno
de la
familia,
fueron
al
díasiguiente
áquejarse
al
juez
de
subdelegación.
Juntamente
acudieronallá
endemanda
dejusticia
todos
los que habíansalido
conla
manta óla camisa
desgarra
da,
con la cabezapartida
ólastimados de
otra suerte.últi-mo
objeto,
los
quetenían los vestidos
desgarrados,
aumentaban también el daño.
El
juez
de
subdelegación
vivía á
alguna
distancia
de
Mellico.
Cuando vio el grupo de
gente
les
preguntó:
—¿A
demandas vienen?
Una
mujer
seadelantó
conmucha
desenvoltura,
yanudando
ydesanudando
un vistosopañuelo
de
narices,
dijo:
—
Sí,
señor.—
Pues
han
perdido
el
viaje.
—¿Por qué?
—Porque
hacecinco días terminó
el
período
de mi
nombramiento,
de
lo cual
mealegro
mucho.
La
mujer
se desconcertó. Losdemás
murmuraron. —Y
¿quién
está ahorade
juez?
—preguntó
la
mujer.
—A
nadie hannombrado
todavía,
ylo
peor es que en estosnombramientos
suelen
demorarsepor
acá meses enteros.Estoy
dandogracias
áDios de
no ser yajuez:
el cargo
esharto incómodo
yle
pagan á unotreintadías
al
mes.Con
estesueldo
podían
tener unjuez
paracada
diezhabitantes,
y asísería
másllevadero el
empleo.
—Y
¿qué podemos
hacer?
—Si les
parece,
pueden
ir dondeel
juez
de
lasubde
legación
anterior,
don
Baltasar
Leiva,
que vive á tresleguas
deaquí.
No sé silo
encontrarán,
porquehará
veinte días
queanda
enSantiago.
—
¡Buena
cosa!
—exclamaron los demandantes.
—Ó
de no—
continuó
el
ex-juez
—sies
demanda
criminal la
queaquí
los
trae, como parece ser, ocurranal
juzgado
del crimen.
—
No
dejaremos
de
irallá
—DE ARTES Y LETRAS W
de rabia.
—El
juez
del
crimen noestá
másque á seis
leguas
de
aquí,
allá
en laciudad,
y enviajes,
escritos,
citaciones
ytestigos
gastaremos
los
centavos quehemos
ganado,
y cuando nosvengan
ánotificar
lasentencia,
sabe Dios
si estaremos muertos yenterrados.
—
En tal
caso,
hagan
ustedes lo que les
parezca—dijo
el
ex-juez
y seentró
á su casa.Los demandantes
sepusieron
á deliberar.
—
¿Qué
haremos?
¿Qué
haremos?
—sepreguntaban
uno á otros.
■ —
¡Qué
demontres!
Yo me voy átrabajar
—dijo
unode ellos
que venía áquerellarse
por unchichón
que yacasi no se
le
veía.—Yo también
me voy—
dijo
otro,doliéndose para
síde
haber
aumentadomaliciosamente
la roturade
sumanta.
• —
Y yo
también
me voy—añadió
un tercero,
bastante
mal
herido;
perohombre
trabajador
y pocoamigo
de
perder
tiempo.
Las
mujeres
eranlas
másporfiadas
en noresignarse;
pero
hubieron
deceder.
Retiráronse
todos,
y unosfueron
á lavar yvendar
susheridas,
y otros á zurcir susvestidos.
Tres días
después,
nadiehablaba
de éstapendencia;
pero
á Menitale
dejó impresión
másduradera. El noble
ímpetu
deAntonio la conmovió hondamente
y la llenóde
gratitud
quemanifestaba
con ciertatimidez.
Por esomismo esta
gratitud agradaba
más áAntonio.
El
cura hablóvarias
veces ásolas
conMenita
y tuvoel consuelo
de verque susexhortaciones
no caían entie
rra
estéril.
Menita seresignaba
yprocuraba
sincera
no
lo
conseguía
del
todo,
seacostumbró á mirar
esosrecuerdos
comoinstigaciones
del
demonio.
XIV
—
Manuel
¿sabes
unacosa?
—dijo
doña Luisa
á suhijo
después
de
unlargo
ratode silencio.
Estaban solos
tomando el
fresco,
al
oscurecer, enel
jardín
de la
casa. —-¿Qué
cosa,mamá?
—
Que
has
llegado
muy rarode "Renaicon.
Hace ya
una semana que estásaquí
y ni unsolo día
tehe
visto
alegre,
comosolías
llegar
las
primeras
veces.¿Te
está
aburriendo el
campo?
—
No,
mamá.
—Entonces
¿qué
tienes?
—Estoy
aburrido;
pero nodel
campo.Usted sabe
queá
veces mecoge el
esplín...
—
Pero
no tantos
días,
comoahora. Hace
una semanaque has
llegado
y, entodo
esetiempo,
no tehe visto
unrato
alegre,
comodigo.
—Quién
sabe
qué
será—dijo
Manuel
encogiéndose
de
hombros
conindiferencia.
—
Debe
deser
la falta
desociedad.
No
meconformo
con que estés tan solo en"Renaicon,
puesnada
agria
másel
ánimo quela soledad.
Por lo que tehe
oídode
cir,
allá
notienes
amigos
nihay
familias
quevisitar.
—Amigos
notengo
allá;
perohay
familias
que megustaría
conocer. Losgrandes
hacendados vecinos
songente
respetable:
lo malo
es queviven
tanlejos
que cadavisita
sevuelve
unviaje.
—Al
principio,
Manuel
—dijo
doña Luisa
—DE ARTESY LETRAS 19
que
temostrabas;
pero ahora
veo que no tepodrás
acomodar
en"Renaicoii.
Aquello
fué,
álo
queparece,
unentusiasmo ocasionado
porel
nuevogénero
de vida.
¿Por
qué
no tevienes
acá,
hijo?
Vende á "Renaicou.
—
¡Oh
no,mamá! Por nada lo
vendería.
—
Y ¿por
qué? Ayer
no másoía
hablar á
uncaballero
sobre
lovalioso de
esefundo.
Decía que
túhabías he
cho
una compraexcelente
y quecuando
quisieras,
ahora
mismo
quefuese,
podrías
venderlo
conmucha
ganancia.
—
No
lovendo,
mamá,
nolo
vendo
—dijo
Manuel
apresuradamente.
—
Pues arriéndalo.
—Eso menos.
Realmente
megusta
el
trabajo
del
campo; pero, como
usted
dice,
lasoledad
me ponede
malhumor. Sin
embargo, luego
meacostumbraré
áella.
—Y
¿por
qué, hijo,
nopiensas
encasarte?
—dijo
doñaLuisa
confrialdad
ylentitud.
—Me
cuesta tocar este
punto;
pero á tuedad...
ya esconveniente...
—
¡Casarme!...
—exclamó Manuel
con un
gesto
de
indiferencia.
Después
agregó
concierta resolución:
—Le
confesaré,
mamá,
quedesde hace
díasestoy
pensando
encasarme.
—
Aunque
nopuedo
menosde
sentirlo,
Manuel,
mealegro
—dijo
doña Luisa
conmodo triste.
—Es
necesa
rio;
eslo
quedebes
hacer. Busca unaniña
buena,
virtuosa,
modesta,
activa...
—continuó doña
Luisapausada
mente,
recalcando las
palabras,
como sihablara
cosasnuevas y en extremo
persuasivas.
Doña
Luisa
era señora muyapreciable,
de entendi
miento
mediocre,
ycreía
cumplir grandes
deberes
maternales
conrepetir,
entonoapropiado,
los más
vulgares
—
¡Oh,
mamá!
—interrumpió
Manuel.
—Eso
esclaro...
unaque sea
la
Perfecta
Casada... Pero
esel
casoque el
enamorado
siempre
seimagina
que la ha
encontrado,
yel
que noestá
enamorado
puede
estarla mirando
y noconocerla.
Usted
olvida, mamá,
que, por lo
menos ámi
edad,
unoha
de ser amanteprimero
que
sermarido,
yel
amante noentiende
razones.—Pero
un amante
juicioso...
—
¡Amante
juicioso!
—exclamó Manuel
con untonito
sarcástico
y pocorespetuoso,
peronatural é inofensivo
en un
hijo
mimado.
—¡Amante
juicioso!...
¿Dónde
losha
visto?
¿Cómo puede
haberlos? Sólo del buen marido
puede decirse
que es amantejuicioso.
—Así será...—
dijo
doña
Luisa,
áquien
como átoda
persona
de
pocosalcances,
fácilmente confundía
una réplica
viva.—Pero
considera,
hijo. ¿De qué
sirvenlas
prendas
corporales? ¿Qué
duran?
¿De qué
sirvela cara?
¿De
qué
unbonito
cuerpo?
Son
cosas...—
Cosas
que pasan, mamá...
bien
lo
sé... pero que mientras estánpasando
nosllevan
tras sílos
ojos
yel
corazón.
Mire,
mamá: en estepunto
puede
decirse queno caben
consejos
depalabra,
sinoconsejos... ¿cómo
diré?...El
mejor consejo,
el
máspersuasivo,
sería mostrarme una niña que
tenga todas
esascualidades
queusted
dice y que, al mismotiempo, pueda
agradarme...
repárelo
bien... quepueda
agradarme.
—Pues
te voy á
nombrar
una—dijo
doña
Luisa
vi vamente.—
¡Vaya,
mamá!
Si hubiese comenzado
porahí...
Y¿quién
esella?
—
Laura Franco.
—
DE ARTES Y LETRAS 21
mucho
tiempo
que nola
veo,desde que la
pusieron
á
educarse
enlas
monjas.
Cuando he ido
ávisitar á don
Antonio
nunca meha
tocado encontrarla.
Conque
¿ya
está casadera? Si
meparece que
ayer
nomás... Y
en toncestenía
muybuena
cara...Era muy seriecita... Re
cuerdo
quellamaba la atención
sumodo de andar: sin
tener
nada de
afectado,
parecía
el de
unagrave
señorita.
—
Ahora
es una
grave señorita de dieciocho
años.En
diciembre la
sacarondel
colegio
de
las
monjas.
Bien
queá
primera
vista
unola
encuentrafriona
y pocoamable,
en
el
tratoíntimo
descubre mucha
sensibilidad,
y unafirmeza
ybuen
juicio
quesorprenden.
Así
mepasó
conella,
y meagrada
tanto que,desde el
principio, pensé
enti.
Toca
el
piano
admirablemente:
el
profesor
queahora
tiene
no se cansade
alabarla.
Es
muyprolija.
Ella
corre conla
casa.En
cuanto á su cara ypresencia,
Laura
no esde las
vivas ysimpáticas,
sino
quetiene
una
hermosura...
así...agradable... Agradable
no esla
palabra.
Es unahermosura
sólida, duradera,
como esosbrocados
antiguos
de
dibujo
serio
ymonótono,
que
nunca seacaban,
y son más eternos queel
cuero.Esas
caritasque
se venpor ahí
tancelebradas
porlos
jóvenes,
por
lo
graciosas
yvivarachas,
se mefiguran
comolos
géne
rosquellaman "de novedadn:
muypintorescos
yelegan
tes;
pero que
noduran
más que unaestación,
y eso si se usan concuidado,
ydespués
quedan
inservibles. Así
son estasniñas que
digo.
Se
venbonitas
mientrasestán
enla fuerza de la
juventud,
unos cuatroó
cinco años,
yeso con
tal
que anden muysobre sí
enel
arreglo
dela
persona
y seoculten
encada
enfermedad,
por poca
cosacasan,
el
primer
añodel matrimonio
espara ellas el úl
timo de
subelleza.
—
Así
es,
mamá,
así es—dijo
Manuel sonriéndose.
—
Por
otra
parte,
Laura
nada
tiene
qué
envidiarte,
enpunto á fortuna
yposición
social,
como nolo
igno
ras.
¿Por qué,
Manuel,
no vas áhacer
unavisita á don
Antonio?... A
La-ura,
porcierto,
nole
faltan adorado
res; pero,
hasta
ahora,
ninguno puede jactarse...
—¿Visita?... dijo
Manuel
conmodo
perezoso.
—Me
aburren soberanamente las visitas.
—
Querrás
quelas
niñasvengan
ávisitarte ¿no
eseso?
—
-No,
mamá.—
¡Vaya
queestás
insoportable!
—exclamó la
señoraalgo
incomodada.
—Es la
puraverdad,
mamá.
Estoy insoportable.
Ni
yomismo
meaguanto.
Pero yaque usted
desea que
trate
á
esaniña,
iré ávisitar
ádon
Antonio,
é
iré
estanoche
misma.Manuel miró el
reloj.
Eranlas ocho
ymedia,
y selevantó
parair á
componerse.—
¿Ya
tevas?
dijo
doña Luisa.
—Sí,
mamá.
—Te
repito,
Manuel,
que no repares enlas exteriori
dades,
porque esas son cosasde
quitar
y poner.—Lo
tendré presente,
mamá.Un poco más tarde
sepresentaba
Manuel
en casade
donAntonio Franco.
DE ARTES Y LETRAS 23
La
señorarecibió
áManuel
conmucho
agasajo,
comolo
recibían todas las señoras,
yle
presentó
á
suhija.
Manuel saludó á Laura
condespejada
cortesía;
pero
como
ella devolvió el saludo
con reserva, no seatrevió
Manuel á
recordarle que la había conocido cuando ella
estaba
en suinfancia,
y entabló conversación
con doñaJuana.
Mientras hablaba
conla señora, Manuel observaba
con
disimulo
ála
niña.Laura
eraverdaderamente her
mosa.Las
líneas de
sufisonomía
erannobles,
correctas,clásicas;
manifestaban el
reposo yla firmeza
que sead
vierte
enlas
estatuasde los
antiguos.
Si bien
sele
notaba
enel
cuerpocierta
tiesura,
yla
ondulación
de
los
contornos
carecía
de
gracia,
en suporte,
en susmodales
había
unnosequé
digno
yestable que infundía
respeto
yatraía
confuerza.
Como lo
dijo
doña
Luisa,
Lauraparecía
friona,
y no senotaban
enella deseos de
agradar.
A
laspreguntas
quele
dirigía
Manuel,
contestaba
conindiferencia.
DoñaJuana
la miraba de
cuando encuando
conojos
muydecidores;
peroella
no seinmutaba.
Al natural
desagrado
queprimeramente
causó
enMa
nuel la
sequedad
deLaura,
sucedió
unaviva
curiosidad
de
conocer más áfondo
ese carácterfrío
ydesdeñoso.
Algunos
visitantes
quellegaron después,
lo
dejaron
enlibertad para
acercarse áLaura.
—
¡Primoroso
bordado!
—exclamó
Manuel,
examinando
concienzudamente la carpeta que Laura había
dejado
al
lado
en unamesita.
—
Bonito
es—
dijo
Laura
—y
lo
alabo
porqueni el
dibujo,
nila elección del matiz
son cosa mía.—Yo
admiro sobre todo la
dijo
Manuel
algo
turbado
por esafranqueza
tanpoco
común.
—
Ni
aún en estotengo
mucha
parte
—replicó
Laura.
—La
monja
que, enel
colegio,
nosenseñaba á
bordar,
principió
el
trabajo.
—
Sin
embargo,
nodistingo
la
manode la
monja
de
la suya
en estacarpeta...
Pasando á
otra cosa,supongo
que
tendría usted muchos deseos de
dejar
el
colegio.
—Al contrario: mi
mamáquería
sacarmeel
año pasado
y yole
supliqué
que medejara
mástiempo. ¡Es
tantranquila
ysosegada
la
vidadel
colegio!
—Pero
monótona;
usted
no melo
negará.
Esa
tranquilidad
y esesosiego
mal
seavienen
conlos
corazonesjóvenes
que
principian
ádespertar
ála vida.
—
Seré
rara; pero me avenía
mucho.
—¿Piensa,
acaso, metersemonja?
—Eso
es
mucho
preguntar
—replicó
Laura sonriendo
conbenevolencia.
—
Si la
pregunta
esindiscreta,
la
retiro;
pero noha
bría extrañado
unarespuesta
afirmativa.
—
¿Me
encuentra carade
monja?
—preguntó
Laura
concoquetería
apenasperceptible,
pero que no
escapó
áManuel.
—No
me atrevo á
contestarle.
■ —-Y¿por
qué?
—Porque
temo queusted
se ríade
mi pocaperspi
cacia.
—
Más claro:
porque usted temeengañarse...
—Esa
es la
verdad
—dijo
Manuel
algo
confuso.
En
esto, unode los
visitantes,
elDE ARTES Y LETRAS 25
—
Laura ¿no
noshará
el favor de
tocarnosalguna
cosa?
—
Si usted
lo desea...-
—contestó Laura sencillamente
y se
levantó.
Arturo
la
precedió,
y conmucha
oficiosidad y modo
de
quien
lo
entiende,
dispuso
convenientemente
el ban
quillo,
abrió
el
piano
y seofreció
para buscarla
pieza;
pero
Laura
noadmitió la
oferta. Sabía
queArturo la
haría
tocartodas las
piezas
queél conocía de las
que sehallaban
enel
estante, tretainocente de
queechaba
ma noel mancebo
paralucirse.
Mientras
Laura
registraba
los
cuadernos de
música,
Arturo tomó
unasilla,
la colocó
junto
al
piano
y se sentó en
la postura de
unhombre
que va áentregarse
áprofundas
meditaciones.
—
Arturo ¿por
qué
se poneusted
ahí
enberlina?—
dijo
donRoberto,
caballero
insensible
ála
música comoel
que más.—
Voy
ágozar.
¡Déjeme
usted
gozar!
—exclamó Artu
ro,extendiendo los brazos
conel
entusiasta
ademán que usanlos
tenores al comenzaralgún alegro
quediga
O
gioia!
ódelizia!
—
¡Pues,
hombre!
Megusta!
—dijo
don
Roberto
maravillado.
—Y¿no
puede
usted
conversaraquí
ygozar
al mismo
tiempo
de la música?
—
Usted lo
puede;
yo no—replicó
Arturo
congrave
dad,
yvolvió
á suprimera
posición.
ya
que
noamaba ni
eracapaz de
amar;ya que había
entregado
á
alguno
sucorazón...
Laura comenzó á
tocarla Fantasía
eSonata de
Mo-zart.
Arturo
arrugó
el
entrecejo. Aquella
obra
nose encontraba
en surepertorio.
Eraversadísimo
enpotpoums
de
óperas
italianas;
pero,fuera de
ahí,
erade
lo más
lego
enmúsica.
Para él
Mozart,
Beethoven,
Haydn,
sonatas,rondóes,
todo lo
clásico,
en suma, no eramás
que un
hacinamiento confuso
dearmonías graves, de
melodías
nodesarrolladas,
de ideas musicales
científicas,
de disonancias
atrevidas,
de acordes
tan extrañosque
obligaban
aloyente
ápreguntarse:
¿por
qué
esto no mechoca?
Sin
embargo,
Arturo
noolvidó
supapel
de
aficionado.
Bien
que notenía
niidea de lo
queLaura
estaba tocando,
desarrugó
el
entrecejo
muyluego,
éhizo
unmovi
miento con
la
cabeza,
comodiciendo:
—"Ya
estoy.
nDio
al semblante
unaexpresión
de hondo
meditar,
yllevaba
el
compás
con suafilado
pie.
Esto
pudo
hacerlo
sinin
conveniente,
porque Laura noobedecía
ásemejante
batuta.
Manuel,
que no eraaficionado
vulgar,
conoció desde
el
primer
compás
la Fantasía
y nopudo reprimir
unasonrisa.
¿Cómo
Laura
seatrevía?.. Pero bien pronto la
sonrisa se
borró de
suslabios. Laura
tocaba conseguri
dad,
limpieza
yexpresión
admirables.
Manuel
cerrólos
ojos
condisimulo:
noquería
verartista
niinstrumento;
noquería
queobjeto alguno
material lo
distrajera
de la
contemplación
de
la belleza
sencilla,
severa,religiosa,
castamente
apasionada
queresplandece
enlas obras del
So-DE ARTESY LETRAS 27
nata,
comosi estuviese
inspirada.
Fe,
amor,recogimien
to,
ilusiones
perdidas,
esperanzasrisueñas,
imágenes
vaporosas, mil afectos
delicados,
diversos
yque
searmoni
zaban,
sin
embargo,
comoprovenientes
de
una causaúnica,
esosentía
Manuel.
Miró
á
Laura
yla vio
quetocaba
impasible
conla cabeza
unpoco inclinada hacia
el teclado.
Cuando terminó el
adagio,
Laura,
sin
seguir
adelante,
se
levantó del
piano.
—
¿Por qué
nocontinúa?
—le
preguntó
Arturo,
asom.brado de
nohaber oído
unfinal
bullicioso.
—
Es
larga
la
pieza...
—
¡Estaba
usted
tocando
tanbien!
—exclamó Arturo.
—Me
hacía usted
soñar.—
¿Soñar despierto,
supongo?
—dijo
Laurasonriéndose.
—Nunca me
quedo
dormido cuando estoy
oyendo
música
—replicó
Arturo
conseriedad.
—Muy
bien,
señorita. Bonitala
pieza...
Toca usted
admirablemente
—dijo
don Roberto
interrumpiendo
unaconversación sobre cierta venta de
guano fiscal.
DonRoberto
aprovechó
también
lainterrupción
para encender
uncigarro,
hecho lo
cual
siguió
conversando.
—
¿Ha
visto usted
—dijo
Manuel
en vozbajaá
Laura—nada más
imbécil
que esasexclamacioncitas:
—"¡Bonito!
¡muy bienln,
después
deoír
un trozode Mozart?..
Si
usted
hubiese
tocado unascuadrillas,
don
Roberto ha
bría
exclamado:—
"¡Sublime! ¡Divino! ¡Esto
esmúsicaln
Y
Manuel,
congesto
despreciativo,
añadió:
—
¡Qué
hombres!
En
seguida
trabó conversación
conLaura sobre
música,
pintura,
poesía.
Manuel
seexpresaba
conentusias
cuando,
emitía
opiniones
de
ungusto
verdaderamente
artística,
bien
quetímido
enmanifestarse.
Ello
esque cuando
Manuel
seretiró,
llevaba
muyalta idea de los conocimientos y del buen
gusto
de Lau
ra; pero no
sabía
áqué
atenerserespecto
al carácter de
ella.
Este misterio mismo
enque
sele
aparecía
envuel
to,
comenzaba
áfascinarlo.
Esa frialdad lo enardecía.
—
¿Qué
gozo
—pensaba
Manuel
—hay
comparable
al
deencender
la llama del
amor en esecorazón de hielo?
¿Qué placer
más vivo
ydeslumbrante
queel de hacer
temblar
esecuerpo demármol
con unbeso
apasionado?.
..Y
¿por
qué
digo
hielo
ymármol? Ella
esartista,
no pue dedejar
de
serlo,
yel
artista,
por fuerza
hade
amar,ha
de
amar... á unideal,
porlo
menos.¿Habrá
encontrado
Laurala realización de
suideal?
¿La
andará bus
cando?...
Mientras
máspensaba
Manuel
enLaura,
másse transfiguraba
ella
á susojos.
Como
erahombre
muysensible
y
vehemente,
congran facilidad
suimaginación
emprendía raudo vuelo
y en pos iban losdeseos.
Quería
volver
inmediatamente,
no ásondear
áLaura,
sino
ámirarla
yoírla.
Le asaltaban
ímpetus
de
seresclavo de
aquella
mujer,
de
adorarla,
de obedecerla
con sumisiónabsoluta.
Recordó los
consejos
del
curaRomero
acercade la elec
ción de
esposa, yle
pareció
que eranlo mismo
quede
cirle:
—"Cásese
con
Laura.
Laura esla esposa que
leconvienen En
efecto,
con una esposacomoLaura,
Ma
nuel
seencontraba
capazde
arrostrar ámil Menitas y
álas hermosuras más
provocativas
del mundo. En
prueba
de
ello,
recordó
sinla
menoremoción
aquellos
momen tos en quela
gentil
campesina
lo
volvía loco
conla
DE ARTES Y LETRAS 29
Doña Luisa
aún no sehabía
recogido
cuando
llegó
Manuel.
—
¿Cómo
tefué,
hijo?
—preguntó
la
señora. —Bien,
mamá.
He
pasado
un ratomuy
agradable.
Doña
Juana
muy atenta...había
algunas
personas...—dijo
conindiferencia
Manuel,
sacándose los guantes.
—
Y de Laura
¿qué
mecuentas?
—
Que
es comousted decía:
algo
friona;
pero muy
inteligente,
y tocael
piano
como nohabrá dos
quela
igualen.
—
¿Piensas
volver?
■ —