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15 Pobreza y Cuidado Tiempos para Pensar tomo 2

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la corresponsabilidad imprescindible

Alba Carosio*

El capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que la aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados

de ama de casa y madre.

Alexandra Kollontai (1921).

las realidadesdel trabajofemeninoenelsigloxxi Durante el siglo xx fue aumentando en todo el mundo la participación de las mujeres en la población activa, es decir, la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, ya sea por empleo o por cuenta propia. El empleo femenino ha crecido en forma más acelerada que el masculino, respondiendo a necesidades económicas, sociales y subjetivas. Ha sido una necesidad del desarrollo del capitalismo incorporar mujeres a la pro-ducción, y aprovechar la discriminación sexual para segregar los empleos femeninos y remunerarlos menos. El capitalismo sacó ventaja del trabajo femenino en dos sentidos: a) considerando el trabajo femenino como ocasional e irrelevante, puesto que su mandato genérico las ubica en el trabajo doméstico y por lo tanto, se puede pagar menos a la mano de obra femenina; y b) utilizarla como ejército de reserva, para manipular

el mercado de trabajo flexibilizando sus condiciones. Se suele acusar

a las mujeres de ser más costosas para sus empleadores, de ser más indisciplinadas y emocionales en sus relaciones de trabajo y de estar inadecuadamente socializadas como trabajadoras y ciudadanas.

Desde principios del siglo xx, las luchas feministas por derechos laborales en igualdad de condiciones buscaron igual salario por igual trabajo, protección a la maternidad, jornada laboral de 8 horas, trabajo con seguridad social y eliminación del trabajo infantil. Sin embargo, la discriminación continúa, ahora no declarada, disimulada bajo motivos de

eficiencia y productividad, que valoran a la mano de obra femenina como

menos productiva. En todo el mundo persiste la desigualdad salarial entre mujeres y hombres, que es mucho más grande en las ocupaciones con

menor calificación y es especialmente inequitativa para las mujeres que

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son madres de niños menores. El castigo económico a la maternidad está ampliamente difundido en la sociedad (las madres con hijos pequeños tienen muchísimas menos oportunidades laborales y económicas en general), y constituye una limitación importante para las posibilidades de desarrollo de las mujeres en las sociedades del capitalismo patriarcal.

Ocurre que la organización social del trabajo y su segregación genérica deriva de la división sexual del trabajo, que desde hace miles de años ha asignado el trabajo del hogar y el cuidado de la prole exclusivamente a las mujeres. A las mujeres se ha asignado culturalmente el trabajo de reproducción, que es concebido como “natural” para su sexo, como inherente a la femineidad. Por eso, el tipo de empleo femenino es ha-bitualmente una extensión del trabajo reproductivo y el camino hacia el trabajo remunerado a menudo lleva a desempeñar más trabajo do-méstico. El trabajo remunerado en empleos domésticos y de cuidado es la nueva servidumbre femenina, es el sector que absorbe principalmente la emigración femenina de la ciudad al campo y la emigración globalizada desde las periferias hacia el primer mundo.

El servicio doméstico ocupa a más de la mitad de las mujeres pobres. Las ventajas relativas de esta ocupación son bien conocidas: facilidad

de acceso, remuneración diaria, flexibilidad de horarios y, en muchos

casos, transferencias no monetarias en forma de comidas en el lugar de trabajo y bienes reciclables. Esta inserción laboral implica sin embargo una alta desprotección: la mitad de las trabajadoras pobres no cuentan en

su empleo con ningún beneficio social, en tanto dos terceras partes de las no pobres cuentan con todos los beneficios (Asha D’Souza, 2010).

Es claro que las mujeres se topan con serias dificultades para lograr

independencia económica en estas condiciones socio-culturales de

acumulación, que además significa que la incorporación al trabajo re -munerado implica asumir dos cargas laborales, la familiar y la pública. Y en sociedades movilizadas donde la participación es parte del mejo-ramiento de las condiciones de vida en el campo o en la ciudad, a esto se agrega una tercera jornada de trabajo voluntario comunitario. En todas partes del mundo son las mujeres quienes hacen la mayor parte del trabajo comunitario, como una extensión de sus responsabilidades de cuidado de otros y otras.

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y comunitaria. Estudios empíricos (encuestas de uso del tiempo, acti-vidades domésticas y otras) han demostrado claramente que:

• La carga global de trabajo femenina es mayor a la masculina, sumando

actividades domésticas y extra domésticas.

• Los hombres tienen menor participación e invierten menos tiempo

en las actividades domésticas y de cuidado.

• Las mujeres destinan en promedio más del doble de tiempo semanal

que los varones al cuidado de niños, niñas y otros miembros del hogar.

• Las actividades domésticas y familiares sin apoyo son limitantes para

el desarrollo laboral y personal de las mujeres y se relaciona con la pobreza.

• Han ido en aumento –especialmente en América Latina– los hogares

monomarentales que no reciben apoyo económico de los padres no presentes.

• Cuando llegan los hijos las madres disminuyen su participación en el

trabajo remunerado.

• Las mujeres están más frecuentemente en ocupaciones informales y a

tiempo parcial que son más inseguras y peor remuneradas porque les permiten compaginar mejor tiempo de trabajo remunerado y tiempo de cuidado familiar.

• La provisión de servicios de cuidado infantil y otros vulnerables no ha llegado a configurarse como un derecho social.

• Hay una profunda desarticulación entre la vida laboral y familiar.

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cuidados ypobreza

Cercadas por la carga de cuidados familiares, por la discriminación laboral consecuente, por las condiciones precarias en las que se realizan las tareas de cuidado, y determinadas por imperativos culturales que las hacen res-ponsables del bienestar de su grupo, las mujeres se han convertido en sinónimo de pobreza. La feminización de la pobreza es un problema

social que expresa el conflicto de lógicas económicas (la subordinación

de la lógica del cuidado de la vida a la de acumulación) que conlleva a la producción de la riqueza/pobreza (el enriquecimiento/empobre-cimiento). Mujeres y hombres viven la pobreza de diferente manera.

La economía dominante fomenta el individualismo, y el mito

pa-triarcal de independencia y la autosuficiencia, como si no se necesitara

cuidado y no hubiera vulnerabilidad. Insiste en una dicotomía entre ser independiente (normal) y ser dependiente (anormal), en donde las personas en la primera categoría no necesitan de nadie para sobrevivir y las de la segunda son incapaces de existir sin ayuda (Progressio El Salvador, 2007). Al negar el hecho de que la condición humana es de interdependencia, la economía dominante promueve la ilusión de que el individuo “normal” sale adelante solo en un ámbito económico com-petitivo, sin apoyos. Esta lógica oprime a todas las personas, y discrimina especialmente a las mujeres.

Hay un círculo vicioso del cuidado en la pobreza de las mujeres. En un hogar pobre el cuidado tiene que ser provisto por las mismas mujeres del hogar, y como una buena parte del tiempo es usado para el cuidado, no es fácil disponer de tiempo para la generación de ingresos, lo que conlleva mayor pobreza. Los hogares más pobres, con mayor número

de niños, mayores demandas de cuidado, cobertura pública insuficiente

y escaso acceso a la cobertura privada, limitan seriamente la posibilidad de las mujeres de insertarse en el mercado laboral. La manera en que las sociedades abordan y organizan la provisión de cuidados impacta en la inserción laboral y afecta en forma desventajosa a las familias de menores recursos. Es patente la desigualdad de cuidado: las y los pobres reciben menos y dan más, éste es uno de los factores más determinantes de la pobreza. Pobreza y descuido son las dos caras de la injusticia social.

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proba-ingresos. En este contexto surge la interrogante de si la demanda, cuidados

y conflicto entre los trabajos de mercado y no mercado es simplemente

transferida de las mujeres no pobres a las pobres o de menores ingresos, siendo éstas las que tienden a concentrarse en trabajos de provisión de cuidado, los cuales a su vez tienden a ser mal remunerados, poco pro-tegidos y poco valorados socialmente.

La carga de cuidados no remunerados cambia según el nivel socioe-conómico, el grupo étnico, la región de la residencia de la familia y las condiciones de los dependientes. Las menores posibilidades de obtener trabajos de buen nivel de ingresos hacen que con facilidad las mujeres pobres se desincorporen del trabajo remunerado para dedicarse al cuidado de familiares, y así se reproduce el círculo de la pobreza.

La opción por un trabajo remunerado está determinada por el equilibrio que mujeres y hombres puedan establecer entre el trabajo re-munerado y el no rere-munerado del cuidado en el hogar, lo que demuestra la importancia de los apoyos de servicios para la integración de hombres y mujeres, pero de mujeres en especial, a la vida social.

Tanto la baja capacidad de generación de ingresos de la madre como la falta de aporte económico del padre aluden a una característica que marca la diferencia básica y fundamental entre los hogares pobres enca-bezados por mujeres y los hogares pobres encaenca-bezados por hombres. Se trata de la frecuente presencia de un único perceptor de ingresos real y potencial entre los primeros, lo que torna clave el problema del nivel de ingresos personales de la jefa, quien se constituye así en el determinante principal o único del nivel de ingresos totales del hogar y en uno, fun-damental, de los ingresos per cápita. Los hogares con jefe varón cuentan, en su enorme mayoría, con al menos un perceptor adicional: la cónyuge. Si ésta no desempeña un trabajo para el mercado, la familia puede optimizar sus posibilidades de división del trabajo dentro del hogar y así el jefe trabajador puede, en caso de encontrar oportunidades, maximizar

su dedicación al desempeño remunerado con la finalidad de acrecentar los ingresos familiares. Estas posibilidades le están, por definición, negadas a

la gran mayoría de los hogares con jefa mujer.

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América Latina, por el aumento de las separaciones y reconstituciones familiares; en Venezuela, según el último Censo 2010, tenemos un 40 %

de hogares monomarentales. En Argentina –según el Observatorio de la Maternidad– los hogares monomarentales son el 20 %, de los cuales, la mitad de jefas tienen un trabajo no calificado y más de un tercio no son alcanzadas por los beneficios de un empleo registrado (Boletín de la

Maternidad, 2012).

Las mujeres pobres comparten con sus pares masculinos las difi

-cultades para conseguir empleo capaces de generar recursos suficientes

que aseguren niveles adecuados de calidad de vida, pero además su

di-ficultad se ve agravada por las cargas que supone el cuidado de hijos

y otros dependientes. La vida familiar impone cargas y restricciones al trabajo de las mujeres, limita su movilidad y uso del tiempo.

Magros ingresos de la madre no sólo comprometen la calidad de vida actual de todos los miembros del grupo familiar, tienen también efectos de mediano y largo plazo, como la escasa capacidad de generar ahorros que permitan acceder a viviendas dignas, y la reproducción de las condiciones de pobreza estructural, a través de la transmisión intergene-racional de la pobreza a los hijos. La frecuente ausencia de otro adulto en el hogar empobrece aún más la calidad de vida de la familia “femenina”, pues disminuye las horas de atención brindada a los niños por un adulto custodial y representa una sobrecarga física y psicológica para la madre, quien debe asumir sola las responsabilidades y trabajos domésticos y ex-tradomésticos, y muchas veces un entorno más inseguro.

La ausencia física del padre no conviviente se acompaña por lo general del abandono de las obligaciones económicas y afectivas para con los hijos y entraña para las jefas problemas no sólo económicos y psicológicos sino también de orden legal. Las carencias de todo tipo que enfrentan las familias de las jefas pobres determinan una baja calidad de vida actual y comprometen las oportunidades que sus hijos, como adultos, tendrán en el futuro. La mayoría de las carencias y problemas descriptos en estas páginas son comunes a todas las familias pobres con una mujer a cargo. Todas ellas necesitan del auxilio de políticas sociales destinadas a: mejorar su capacidad de generar ingresos, acompañarlas en

su deber de proveer a sus hijos del nivel de educación suficiente para salir

del círculo vicioso de pobreza.

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social que expresa el conflicto de lógicas económicas (la subordinación de

la lógica del cuidado de la vida a la de acumulación) que conlleva a la pro-ducción de la riqueza/pobreza (el enriquecimiento/empobrecimiento).

La tensión entre las responsabilidades familiares y el trabajo fuera del hogar impacta a las mujeres en forma perversa, produciendo limitaciones que las empujan a la pobreza y constituye una vulneración de derechos (Irma Arraigada, 2010) El derecho al cuidado es universal y requiere medidas sólidas para lograr su efectiva materialización y la correspon-sabilidad por parte de toda la sociedad, el Estado y el sector privado. El trabajo doméstico no remunerado constituye una carga despropor-cionada para las mujeres y en la práctica es un subsidio invisible al sistema económico, que perpetúa su subordinación y explotación. Es imposible romper el círculo de la pobreza femenina mientras no se promueva res-ponsabilidad social por los cuidados.

sobrecorresponsabilidad

Todo esto impone la necesidad de avanzar hacia esquemas de correspon-sabilidad social en materia de cuidado. Es necesario que tanto el cuidado, en sus múltiples aristas, como de modo crucial y prioritario, el cuidado infantil, alcancen mayor importancia para la agenda pública.

Significa construir una responsabilidad colectiva en torno a los cuidados,

transitar de su consideración exclusivamente privada a considerarlo un tema de responsabilidad colectiva y, por tanto, lograr el acceso universal a cuidados dignos. Universalidad, igualdad, solidaridad y corresponsabilidad son principios rectores para el diseño de las políticas en este campo.

Se trata de hacer conciencia de que la reproducción y cuidado de la vida, lejos de ser una actividad más o menos residual efectuada por mujeres, debe ser una tarea política y social fundamental, que la reconozca como una dimensión principal del buen vivir. La centralidad del cuidado será así puerta a otro sistema social, a otro modo de civilización.

La corresponsabilidad mujeres-hombres-sociedad no solamente es una cuestión de equidad y justicia hacia el género femenino sino también una necesidad de organización social centrada en la vida y en su cuidado, un sistema en el que las sociedades sean más humanas y protectoras. Mediante la corresponsabilidad es posible poner en práctica el derecho humano al cuidado que es universal.

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sus oportunidades de ejercicio de los Derechos Humanos. El cuidado debería estar en el centro de los Derechos Humanos porque los viabiliza.

En América Latina se ha avanzado en el reconocimiento del trabajo doméstico como actividad que produce valor agregado social, todavía falta una mayor elaboración sobre los trabajos de cuidado en toda su integralidad, y aún más sobre la relación con la protección social y el buen vivir. Hasta el momento, ese reconocimiento ha producido las po-líticas de transferencias monetarias que han sido parte del combate de la pobreza, procurando romper con su transmisión intergeneracional; en este sentido estas políticas han sido un apoyo muy importante y concreto para las mujeres latinoamericanas en situación de pobreza, y esto ha in-dudablemente tributado al mejoramiento general de la vida social.

referencias bibliográficas

Arraigada, Irma (2010). La organización social de los cuidados y vulneración de derechos en Chile. Santo Domingo: ONU Mujeres.

D’Souza, Asha (2010). Camino del trabajo decente para el personal del servicio doméstico: panorama de la labor de la OIT. Ginebra: Organización Internacional del Trabajo.

Kollontai, Alejandra (1921/2002). «El comunismo y la familia». Archivo

Kollontai [documento en línea]. Recuperado el 26 de abril del 2015

de https://www.marxists.org/espanol/kollontai/comfam.htm Observatorio de la Maternidad (2012). Boletín de la Maternidad N° 14.

Buenos Aires: Observatorio de la Maternidad.

Referencias

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