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Alina

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Academic year: 2020

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(1)

Arntida

de la.Vara

1,

-Allá va Alina. Va a Estambul. Allá va, rompiendo la barrera del sonido hasta Bombay. ¿Lo ve, doña Anita, lo ve? Es grande, enorm~ como pescado en su elemento, un pájaro estruendoso que abre el cielo. En él va Alina a Estambul. Se ha puesto su traje nuevo color verde, y lleva una petaca de piel, pequeña, que acomoda debajo del asiento. Adiós, Atina, diviértete, mira bien todo, todo, para que después le cuentes a doña Anita lo que viste ... Adiós... adiós. . . ,

Alina se mueve por el patio en un último paso de baile y qúeda así, como estatua, con el brazo extendido, suelta la mano, despidiéndose. Había empezado el calor y sin embargo ella vestía traje grueso color verde, para viaje, y llevaba una maletita de piel. -Mi pobre hija... siquiera no sufre. Aunque no sé si alguna vez haya probado lo que es el sufrimiento. cuando casi a fuerzas salió de su mundo ilusorio a encararse con la realidad, ese monstruo.

-Usted no sabe, doña Anita, nada del placer de viajar; me da una pena verla siempre encerrada arreglando cosas: ropa, comidas, plantas; sacando brillo a las cucharas, a las cacerolas, a t0do, a todo, y eso es realmente insoportable. Es como una insolencia, ¿sabe usted? Para los pobres es una insolencia una cuchara brillante, para los pobres sobre todo.

y dale con los pobres. Siempre remataba con los pobres, y luego se quedaba así, en esa actitud sumisa, reflexionando. Si no la hub.iera dejado leer tanto, si me hubiera puesto fuerte con lo de las novelas, si... Ahora me reprocho cosas que me hacen sentir culpable, cosas que en cierta manera conformaron una situación que ha venido a desembocar en esto. Tenía que sucederle a Alina, la más linda, la más amada de mis hijas, a esta Atina que llegó con un signo de excentricidad, de algo remoto y extraño que nunca pude trascender. Ya se le pasará, pensaba cuando la dejé permane-cer enpermane-cerrada en su cuarto, leyendo día y noche. Empezó por comprar uña revista, y por su intermedio, a encargar libros que _dejaba primero encima del buró, después dentro de los cajones de la ropa; luego se compró un librero que pronto no pudo soportar un libro más, y el cuarto permanecía iluminado hasta bien entrada la madrugada, hasta que.. Belén iba a tocar a mi puerta y a decirme: m~má, Alina no se duerme todavía. Y entonces me levantaba a rogarle que tratara de dormir, y le apagaba la luz. Otro día, cuando Dionisia entraba a hacer el aseo, Alina apenas acababa de quedarse hundida en un sueño tan pesado, que Dioni podía quitarle el libro de la mano, sacudir un poco las palomillas de noche muertas que quedaban entre las páginas del libro y en el suelo, debajo del buró y la cama, dentro de las pantuflas y del vaso con agua donde nadaba alguna, indefectiblemente, entre una nu15e de polvillo color de plomo, como si las alas del insecto se fueran deshaciendo. Pero Alina sólo dormía un rato, el justo para coger fuerza y retomar el hilo de la novela inconclusa. Sin acordarse del desayuno, del baño, del tráfago de la casa que

empezaba a coger su ritmo, su acompasada respiración, Alina leía, leía incansable.

-Con seguridad, doña Anita, usted no sabe nada de la vida,de

la vida real, porque pa vivido aprisionada en su casa limpiando cosas. No sabe que hay, por ejemplo, mares azules con islas juntas hacinadas como en racimo, islas con arenas anaranjadas, con acantilados enormes coronados de castillos centenarios; usted no sabe que hay selvas intrincadas, que hay espacios de yerba dorada para el ganado, ni sabe que existen los gauchos, ni el árbol del ombú, porque ha vivido sacándole brillo a todo, a todo, doña Anita, yeso es verdaderamente insoportable, insoportable.

-y Alina se iba enfurruñada al jardín a pellizcar los brotes nuevos del plúmbago, a descortezar, con una uña implacable, el tronco fmo de las acacias. Empezaba como jugando, como alguien que no tiene diversiones a mano, por no dejar, pero iba enconán-dose en ella una rabia imperceptible que la hacía ir contra los botones y las ramas tiernas, hasta crecer y crecer tanto que amenazaba acabar con los árboles más grandes del jardín, tiraba macetas contra las paredes hasta que con un jadeo quedaba rendida, sollozante y anulada como una criatura. Entonces había' que ir por ella, y casi cargándola, llevarla hasta su recámara, acariciarla y decirle palabras de cariño que la apaciguaran. Y después de cada crisis volvía a sus libros, día y noche.

Se había dejado crecer la uña del pulgar derecho y la utilizaba para abrir las hojas de los libros, para, mientras leía, pasársela como un sable sobre las cejas, y para abatir, durante susarrebat~ los botones de las plantas y descortezar los arbustos.

E'

punto temido de su aspecto era aquella uña larga, crecida saludablemen1e y sin tropiezos. Nadie podía saber a cuántos usos podía ser destinada aquella uña. Cierto que esos arrebatos no eranfre~ tes, que habían aparecido últimamente, después de su regresode El Pedregal, hacía año y medio.

***

Belén cruzó el corredor con un pequeño bote de hojalata entre1aI manos, empeñada en ponérle la tapa; el cabello rojizo le caía soble un ojo y ella trataba de apartarlo con un movimiento bruscodela cabeza. Uevaba manguillas hasta el codo, como las oficinistas,J medias claras que le hacían ver las piernas más gruesas aún. Pasó ensimismada en su tarea, hasta que ya en la puerta de su cuarto logró taparlo, y lo acomodó en un estante de madera donde había varios recipientes de diversos tamaños y formas.

- Belén, le reprochó doña Aníta, tú siempre serás así, egoístaJ tonta. Qué más te da serlo en menor escala, hija mía ...

Se notaba que era el reproche obligado, pero sin efecto. Bel~ le contestó, sin ganas de discutir, que la habían dejado creceraSI, .

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-Pero si no haces un esfuerzo todo irá empeorando, te lo digo por tu bien.

-Pero mamá, qué tiene de malo que yo guarde lo que voy a necesitar durante mi semana de cocina. Es una manera de ser ordenada. Ya usted vio lo que sucedía antes de estó; yo tostaba café, lo molía, y Teresa lo usaba en su semana, y cuando de nueve me tocaba la cocina, tenía que volver a tostar café, y molerlo. Así, en cambio, cada quien utiliza las cosas que ha preparado y Teresa aprende a hacer las suyas. Eso por lo que nos toca a Teresa, a Emilia y a mi, porque lo que es a Alina jamás se le exigió semana, ni planchado, ni arreglo de plantas ni nada. Alina ha sido la sabihonda de la casa, y ya ve.

-Deja de hablar así, por favor. Alina nunca ha estado bien, tú lo sabes.

-Ahora no está bien, pero si se le hubiera exigido como a nosotras, no habría llegado a donde llegó. Pero no se ponga triste, • mamá, que nosotras hacemos todo con gusto, cada quiene tiene sus defectillos, sus manías, ¿por qué no me deja usted las mías? Al fin de cuentas no son tan grandes como para llegar a separamos.

- Tú sí, Belén, pero Emilia ¿cuánto tiempo hace que no' sabe de Alina, que no la ve, que no se acerca a ella? Y doña Anita saca su pañuelo y empieza a enrollárselo en un dedo. Ahora le ha dado por no planchar su ropa cuando le toca a ella la plancha, por no hacerle su dieta cuando está en la cocina con el pretexto de que no sabe hacer comidas especiales y que Alina tiene que comer lo que todos. Emilia siempre ha pensado' que es fea cuando en realidad no lo es, y que a Alina todo se le ha consentido por ser la bonita, la brillante. En fin, nc niego que ha habido defectos en la organización de las tareas, pero cuánto me gustaría verlas hermana· bIes.

Sin embargo, doña Anita sabía que no era completamente verdad· todo aquello. En el caso de Guy, por ejemplo, sus intervenciones no eran ni muy frecuentes ni muy firmes. Emilia lo había recibido cuando por primera vez llegó a la casa buscando a don Ricardo. Había venido para entrar en tratos con él por lo de San. Carlos y El Pedregal. Primeramente había incursionado por los ranchos en busca de vanadio. Según parecía, había encontrado algo en El Pedregal, aun cuando a nadie había dicho media palabra. Emilia, trepada en una escalera, sacudía las enredaderas del saguán, cuando sintió que alguien le miraba las piernas; volvió la cara sorprendida y se encontró con la mirada admirativa de Guy Turquoise. Estaba parado en la puerta, enfundado en un traje de mezclilla bastante usado. Traía botas mineras y el pelo y la barba rubios, crecidos exageradamente para el uso de la región. Emilia enrojeció al toparse con los ojos azules de Guy y en su turbación no sabía dónde poner las tijeras y el trapo húmedo. Más enrojeció cuando el extranjero traspuso el umbral y le dio la mano para

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ayudarla a bajar. Lo hizo pasar a la sala mientras llamaba a su padre, y al despedirse él le oprimió los dedos en tal forma que ella se sintió capaz de ir hasta elfm del mundo con él, si se lo pidiera. -Dimanch prosimó, don Richard, oyó que Turquoise le decía a su -padre mientras la miraba riente, confiado, tan cercano ya a. su ámbito emocional, que no se movió un centímetro, segura de que así-había de- prolongar su acento ondulando alrededor de su cuerpo, como cuando se metía a la tina para tomar un baño tibio. Emilia nada comentó de ese encuentro con sus hermanas, y cuandQ le preguntaron quién había estado de visita, solo dijo:

-Un extranjero. Creo que venía por·10 del Pedregal. Pero en secreto comenzó a seleccionar vestidos, desesperándose de no . tenerlos - bastantes, ni bonitos ni nuevos. Escogió uno, medio anticuado pero de buena gasa color verdeazul, y se aplicó, a puertas cerradas en su cuarto, a modificarlo. Lo lavó entre sonrisas misteriosas y .arrobami.entos secretos; lo mismo -lo planchó,· y cuando el domingo llamaron a la puerta, sólo un lucero era comparable a la luz de sus ojos. El venía con el pelo igualmente largo, pero no llevaba ropa de trabajo. Era la tarde sombreda, y al darle ella la mano, él bruscamente pasó su brazo por los hombros de Emilia y la besó en la boca, apretando sus labios en los de ella como si todo en el mundo, la tarde, la plaza cercana, los ruidos en sordina de la casa, los gritos de los niños que jugaban en la calle .sólo fueran eslabone's de una cadena que terminaba allí, en aquel abra,zo, en el acercamiento de los labios que se buscaban. No duró todo ello ni un minuto, pero Emilia era otra, era otra más plena, completa y feliz. No podía ser de otra manera, pues era el primer beso de hombre que recibía en su vida, y en vez de crearle preocupación, de sentir que aquello trastornaría su vida pOi' completo, se encontró con una Emilia desligada de prejuicios, libre y hermosa como debió ser la primera mujer que se sintió - amad.a.

Cuando· don Ricardo llegó, Guy estaba sentándose en una silla de mimbre a instancias de Emilia. Esta salió discretamente cuando su padre con la mirada le indicó que los dejara solos.

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frente a una desconocida. Al menos los ojos que la veían no eran los suyos. Encontró que aquél era un cuerpo extraño que jamás había consultado para nada, un cuerpo que tenía voz, y preguntas y respuestas. Un cuerpo que sabía su respuesta y la decía con claridad. Oyó la voz de su padre llamándola y tuvo que hacer esfuerzos por no correr. Había don Ricardo invitado a Turquoise a cenar la semana próxima y deseaba que Emilia lo ayudara a aceptar. Querían hablar un poco más acerca de la venta de El Pedregal. Ese día no llegaron a ningún arreglo formal.

***

-¿Cómo ha podido vivir así, doña Anita? ¿Cuántos años tiene, sesenta; cincuenta? ¡Medio siglo de encarcelamiento dedicada a cosas manuales, quitando polvos y mugres, restregando cazuelas y pisos, cuando hay un mundo ancho que recorrer! Pero para usted, pobre doña Anita, todo se ha reducido a sacarle brillo a las cosas, un oficio excecrable bajo todos puntos de vista, verdaderamente insoportable, sobre todo para los pobres. Desde que había regresa-do de El Pedregal, hacía año y medio, le llamaba regresa-doña Anita y había empezado a mencionar a los pobres.

A Teresa la tocaba cocinar esa semana, pero Emilia se empeñó en ayudar a disponer la mesa. Sacó de un arcón el mantel español, amarillento y oliendo a encierro de años. Buen trabajo le costó blanquearlo y plancharlo hasta quedar como nuevo. Desempaquetó los cubiertos envueltos en tela de nipis fIlipino; la vajilla de porcelana que tenía tonalidades de ópalo cuando la luz la atrave-saba; los vasos gruesos de cristal, que no se usaban ya no se acordaba desde cuándo. A las hermanas les sorprendió aquel súbito entusiasmo de Emilia, sólo Alina, después de un día de ininterrum-pidi lectura, nada preguntó. Dionisia la había ayudado a vestirse, ya entrada la tarde, y a cepillar su largo cabello color caoba. Parecía más alta y pálida que de costumbre, pero más bella con su traje, casi monacal de color blanco. Sólo una cinta con dibujos dorados- y rojos acentuaba la línea suave de la cintura. Entró al comedor y se entusiasmó con el arreglo de la mesa, y cuando supo que un extranjero era el invitado, se empeñó en sentarse cerca de él para practicar el francés que estaba ya olvidando. Para esto Ernilia empezaba a sentir un vacío en el estómago, una repentina incomodidad que la mortificaba hasta la náusea. Sin embargo la cena transcurrió sin contratiempos; la risa de don Ricardo llenaba el comedor cuando Alina intercambiaba algún comentario con Guy, quien elogiaba su acento francés y aseguraba que el curso intenSivo que había llevado Alina había sido bien aprovechado. Teresa, con la mirada d~ba órdenes a Dionisia para que retirara los platos; era tan raro tener invitados en aquella casa que la pobre Dioni se trastornaba sin hallar qué hacer. Belén, a un lado de su madre, sonreía contenta.

Fue entonces cuando empezaron a gestarse cosas imprevisibles; cuando doña Anita no quiso' ver claro aunque las cartas estaban allí, sobre la mesa. Bastaba' manipularlas bien, pero ella no se atrevió a intervenir. Vio el sufrimiento de Emilia, bien disimulado con cortesías; la turbación de Guy entre las dos hermanas, y a Alina interesada sólo en pronunciar bien el' francés, preguntando a Turquoise de su país que conocía como si hubiera vivido allá mucho tien:po, maravillándolo cuando hablaba de las calles de. París, cuando le daba nombres y direccion¡ls precisas.

Cuando la cena hubo terminado doña Anita sabía que aquel hombre revolucionaría la precaria estabilidad de su casa.

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Turquoise se dio al trabajo como enajenado; contrató trabajado-res del pueblo que en brigadas iban abriendo el camino, levantando los muros de una casa-taller, instalando maquinaria, bombas para el agua, pequefios acueductos. El Pedregal, decía, tendrá que cambiar de nombre. Iba poco al pueblo, y cuando lo hacía llevaba listas enormes de cosas que comprar, pero siempre se daba tiempo para pasar a saludar a la familia Moreno. Uegaba cubierto de cal, más quemada la cara por el sol implacable, más azules los ojos. Ese verano había sido excepcionalmente caliente, por eso encontraba siempre a don Ricardo en el saguán, leyendo su periódico. Saludaba, y casi titubeante preguntaba cómo se encontraba Atina. En su cuarto, leyendo como siempre, le respondía don Ricardo.

- ¿y sus demás hijas, don Richard?

Las demás hijas eran otra cosa para Turquoise. Quizá le perturbaba la frescura de Emilia, lozana y sencilla, ingenua y fogosa, sobre todo cuando lo miraba con los ojos llenos de estrellas; Emilia, aquella niña que no sabía besar y que sin embargo lo hacía tan bien. Todas, Emilia, Teresa, Belén, eran las

demás hijas de don Ricardo Moreno. Ya casi al despedirse Cuy Turquoise se atrevía a decir cuánto le gustaría saludar a Alina. Entonces ella venía como enmedio de un sueño, ausente y casi sin arreglar, y a la mirada tierna de Turquoise que ella no llegaba a captar, correspondía con un gran esfuerzo por encontrar las fórmulas del saludo en francés, que se le escapaban cuando era así arrancada de su lectura. En ocasiones él le dejaba algún libro que acababa de rétirar de la oficina de correos, alguna litografía de la campifia francesa. Una vez le regaló un cenzontle que había atrapado en El Pedregal, pero como Alina no sabía cómo cuidarlo, se lo regaló a Emilia. Yo lo haré crecer, dijo esta con voz temblona, y mientras tomaba al pajarito en sus manos ahuecadas, en la comisura de sus labios bailoteaba un incontenible tic nervioso que la hizo casi correr hasta su cuarto donde estuvo encerrada toda la tarde. Esa noche se acostó sin probar bocado.

***

-Mire las banda~s, doña Anita. ¿Sabe que los patos emigran en busca del buen clima? Cruzan el mar, cruzan países, montañas. Se van. Ni un día posponen su vuelo. Hasta los patos, seres irraciona-les, viajan, vuelan. Tienen el buen sentido de saber cuándo deben irse. Eso está en su naturaleza. ¿Y usted nunca ha sentido, doña Anita, deseos de viajar? Seve que no, porque está en su elemento cuando anda para acá y para allá lustrando cosas. Cuánto le gusta a usted ese abominable oficio. ¿Y para qué? Sólo para ofender a los pobres; nunca sabá lo que es para un pobre ver una cuchara brillante, nunca entenderá lo insoportable que es eso. Y mirándose la uña se iba al jardín casi como despreocupada, hasta que empezaba a tronchar los brotes de los plúmbagos. Pobre hija,

pensaba doña Anita, seguramente Cuy no supo cómo tratarla, pues desde que vino de El Pedregal, hace año y medio, está así.

En verdad era extraña aquella casa con sus piezas altas y enormes que daban todas al corredor ensombrecido de enredade· ras. A pesar del calor reseco de afuera, dentro de la casa prevalecía un hálito de humedad; quizá los macetones regados rutinariamente por las tardes refrescaban la siesta caliginosa, densa. Lasombrade

Belén acomodando sus botes en la alacena, la de Teresa poniendo . flores a la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro salpicada de letreros en latín y en ruso, y la fugaz de Emilia, cada díamás huraña y huidiza poniendo trampas a su antigua espontaneidad, eran las que se barajaban silenciosas en el perímetro sombreado del corredor. Don Ricardo y doña Anita formaran un mundo casi aparte, velando sus prenlOniciones con el embeleso de su mutua contemplación, a pesar de la edad.

-Qué hermosas hijas tenemos, se repetían incansablemente, todo para no pensar en el hijo, el único que se les había criado, perdido ahora en el vicio y en el mal vivir. En la casa jamássele mencionaba, apenas alguna vez, entre silencio y silencio, doña Anita soltaba unos suspirotes escalonados; en eso se conocía quese estaba acordando de Pablo. Nació primero Belén, después Teresa, luego un niño que no sobrevivió ("el Pablito que se nosmurió"~ Emilia, el Pablo que ahora ignoraban, y Alina.

Pablo tan decente, quién habría de decir que haría Jo que hizo. Aunque no tuvo él toda la culpa. Hay mujeres que se van metiendo como la humedad y cuando menos se piensa no hay poder humano -capaz de arrancarlas. Tenía que ser una forastera, una advenediza. Cuando llegó aquí con su marido y su hija de once años, una especie de advertencia se alzó como un rumor: era guapa, con un cutis de flor y grandes ojos negros. Su \marioo gordo, entrecano, de modales raros. La niña no era nada todavía; sólo una criatura. Alquilaron la casa de junto. Don Marcelino puso un tallercito de joyería y ahí se llevaba detrás de su vitrina haciendo que hacía, esperando clientes. La niña jugaba a la pelota en el patio; doña Julia iba y venía de la puerta de la casa al patio de atrás. Se la notaba inquieta, como que no hallaba su lugar, como que algo le faltaba. Un día la pelota de la niña fue a dar

ahí

al jardín, junto a los prados florecidos. Pablo la recogió, subió ala

escalera recargada en la barda, y ... no había ninguna niña juganoo al otro lado, sólo doña Julia con una blusa escotada, escotada hasta la exageración, esperaba abajo la pelota. Ni una palabra. Pablo quedó con el brazo en alto, en el acto de arrojar la bola,ella

con los brazos extendidos, esperándola.

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recogida por una tía que dirigía en la capital un asilo de ancianos, para que la ayudara.

-Mire esa nube, parece un barco de vela. El viento lo va empujando, empujando, y él camina con las velas restiradas. Ahí va Alina ¿la ve? ¿La diStingue bien? Va a la isla de Kérkira, la de las playas doradas. Un hombre está en un cobertizo. Kirie, le dice Alina. Entonces ¿lo ve,d~ña Anita? , el hombre entra al cobertizo y sale luego con un trozo de queso de cabra. Se lo ofrece a- Alina: Tiri, le dice el hombre, queso, tirio Alina lo toma, lo muerde con placer entre sonrisas de agradecimiento. Ah, Alina, eres preferida de los dioses, predestinada desde la cuna a compartir y derramar tu alegría por el mundo entero ... y queda como estatua, en un

-paso de baile, saludándose.

-Me quejo ante tí, Señor, porque nunca he sabido qué hay adentro de esa niña que sueña con alas, con Kérkiras remotas. Me

quejo de no habérsela negado a Turquoise cuando vino aquella vez -a h-abl-ar con Ric-ardo y estuvieron tod-a l-a t-arde encerr-ados en l-a sala. Por la noche Ricardo va saliendo con la novedad de que Guy había pedido la mano de Alina. ¿Y ella qué? A ella le hará bien el matriÍnonio, ya verás; necesita salir de su cuarto, quemar todos esos libros y hacer una vida normal con un hombre que la quiera, y Turquoise está loco por ella. Y accedí a prevenir a Alina. Selo dije lo mejor que pude, y ella entrecerrando los párpados se dejó caer en la almohada. Así practicaré mi francés, dijo, y creo que luego se quedó dormida. Para esto ya Pablo se había ido a la frontera donde comenzó una vida de escándalo entre viciosos y prostitutas.

Dioni le ayudó a vestirse, a peinarse, a ponerse el velo. Dioni daba vueltas a su alrededor prendiendo aquí, deshaciendo una arruga más allá. Es un sueño, dijo cuando la contempló con la cabeza inclinada hacia un lado, cuatro pasos atrás. Es un sueño,-dijo Turquoise al aparecer ella ausente, silenciosa, enajenada. Todo fue muy íntimo; en la sala se improvisó un altar. Sobraba espacio para la familia incompleta: no estaba Pablo y Emilia tenía jaqueca. Cuando regresaron de un breve viaje a la playa más cercana, Guy le confesó a Ricardo que el matrimonio aún no se había consumado. No era que ella se negara, no; sino que cuando él se le acercaba Alina caía en un sopor extraño y quedaba inconsciente. El no deseaba tomarla en ese estado, eso sería inmoral, un abuso, un estupro. Entonces Ricardo le aconsejó que la llevara con él al Pedregal, que tuviera paciencia con ella, que las cosas tenían que normalizarse.

Justo al mes Alina regresó con Dioni. Venía trastornada, verdaderamente enferma.

-Guy me hizo sacarle brillo a las cucharas, y delante de los peones, explicó antes de entrar a su cuarto, pero Dioni a señas nos indicó que eso no era verdad. Esa tarde, lo recuerdo bien, Dioni se la pasó' en el lavadero, restregando sábanas.

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