Doxa y Heterodoxias en la novela de la regeneración en Colombia (1880-1898)
Catalina Castro Gaitán
Trabajo de grado presentado como requisito para optar por el título de Profesional en Estudios Literarios
Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Literatura Carrera de Estudios Literarios
Doxa y Heterodoxias en la novela de la regeneración en Colombia (1880-1898)
Trabajo de grado presentado como requisito para optar por el título de Profesional en Estudios Literarios
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Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Literatura Carrera de Estudios Literarios
Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Ciencias Sociales
Rector de la Universidad
Joaquín Sánchez García S. J.
Decano Académico
Luis Alfonso Castellanos Ramírez S. J.
Director del Departamento de Literatura
Cristo Rafael Figueroa Sánchez
Director de la Carrera de Literatura
Liliana Ramírez Gómez
Directora del Trabajo de Grado
Artículo 23 de la Resolución No. 23 de Julio de 1946
―La Universidad no se hace responsable por los conceptos emitidos por sus alumnos en sus
Índice
Agradecimientos 1
Introducción 2
Capítulo I – La Regeneración: Estructuras fundacionales del campo 7
1.1. Génesis del campo 7
1.2. Tradicionalismo e ilustración española: principios estructurales de la
regeneración 10
1.3. La lengua: habitus e ilussio del discurso literario de la Regeneración 13
Capítulo II – El debate en torno a la novela: terreno de discusión ideológico 23
2.1. Función didáctica y moralizante de la literatura 27
2.2. Caro y la novela 30
2.3. Discurso anti hegemónico 32
Capítulo III – Dos novelas de la regeneración: dinámicas del campo y otros
agentes partícipes 40
3.1. El debate en torno a la novela y la recepción en las historias literarias 41
3.2. Entre enseñanza y denuncia 43
3.3. El paradigma del buen hablar y buen pensar 49
3.4. El espacio social: paisaje e identidad narrativa 51
3.5. Ortodoxia: Defensa del proyecto regenerador en la prensa 54
Conclusiones 60
Bibliografía 63
1 Agradecimientos
A Diana, por brindarme su tiempo, su asesoría y confianza. Sin ella este trabajo no habría sido posible. Gracias por aceptar ser mi Directora de tesis, darme la oportunidad de aprender y trabajar con una persona tan especial. Siempre estaré agradecida.
A mi madre, por su apoyo constante.
A mis abuelas por su interés y confianza infinita.
A mis amigas, Laura y Alexa, por escucharme.
A Carolina por su constante presencia, por prestarme su ayuda en todos los aspectos.
2 Introducción
Repensar una nación a partir de principios conservadores, para un país que se encontraba envuelto en una serie de guerras civiles que muchos atribuyeron al sistema federalista consagrado por la Constitución Política de Rionegro de 1863, se convirtió en un reto para los letrados pertenecientes al partido conservador. El esfuerzo devino en el llamado proyecto regenerador que, en términos políticos, propendió a la unificación del país mediante el fortalecimiento del Estado con base en la centralización del poder, el proteccionismo y la unificación ideológica a través de la religión. Pero este período histórico fue más allá; su característica principal, determinante de su desenvolvimiento en la historia, consistió en el interés de sus fundadores por la filología, las competencias gramaticales y la literatura, inclinación que no se limitó a un simple pasatiempo, convirtiéndose en una de las armas principales dentro de las estrategias de los regeneradores.1
Fue así que la literatura funcionó como corpus, capital simbólico e ideológico, de este proyecto de nación conservadora. A través de la atribución de una función didáctica para la escritura, los letrados partícipes de la Regeneración promovieron el lema fundacional del plan
regenerador: ―Una nación, una raza, un Dios‖. La premisa que partía del ideal de homogenizar al pueblo colombiano a fin de disipar las ―fragmentaciones‖ resultantes de los planteamientos
liberales, se fundamentó en el fortalecimiento de la lengua española como legado de una tradición heredada de nuestra madre patria, España, junto con la imposición de la religión católica dentro de la formación de buenos ciudadanos.
Dentro de este ambiente, surgió un debate en torno a la novela como género literario, dado que para algunos letrados de este período histórico, la novela carecía de los elementos esenciales para poder instruir a la sociedad, especialmente en aspectos morales. La discusión fue enmarcada en teorías que habían adquirido los hombres de letras de nuestro país por medio de la lectura de autores ilustrados; por ejemplo, del español Gaspar Melchor de Jovellanos. Algunos letrados, como Miguel Antonio Caro y Rufino Cuervo, veían en la novela un género menor que
3 no cumplía la función de la literatura. Otros, como José María Samper y Salvador Camacho Roldán, defendían este género promulgando sus virtudes, augurando su prosperidad. El objetivo de este trabajo es ofrecer un acercamiento a este debate entre los regeneradores y sus opositores.
Para establecer la génesis del debate en torno a la novela y sus estructuras fundacionales, partimos del estudio de la conformación de lo que el sociólogo Pierre Bourdieu ha denominado
―campo‖, regido por una normatividad (doxa) que determina las dinámicas entre sus agentes partícipes, estableciendo su posición y apuestas por las propuestas dominantes. Frente a la doxa siempre surge simultáneamente la heterodoxia, encargada de cuestionar las imposiciones de la doxa vigente. 2
Para evidenciar dichas dinámicas, escogimos dos novelas escritas durante la Regeneración: Amores y Leyes, de José Manuel Marroquín y Tierra Virgen, de Eduardo Zuleta. Teniendo en cuenta nuestro interés por demostrar cómo se reflejan las relaciones integrantes del campo, el acercamiento que hicimos a las obras partió de un enfoque sociocrítico, con el cual buscamos determinar la presencia del medio social sin limitarnos a un análisis hermenéutico exclusivo. Así mismo, en este estudio tomamos elementos propios de la forma composicional de las obras; en este caso, el cronotopo (tiempo y espacio), propuesto por Mijail Bajtín, para demostrar el influjo de las dinámicas del campo en los textos escogidos, es decir, la presencia del mundo de los hombres en los escritos. Por esta razón, a lo largo del texto se hará una comparación del contenido de las obras, la posición de los autores expresada a través de ellas, lo que sucede en el contexto, y finalmente la recepción de las obras; cuatro dimensiones que describen las dinámicas del campo.
El primer capítulo, tiene como finalidad determinar las estructuras fundacionales del campo literario que se produjo durante la época de la Regeneración. Partiremos de la recopilación de las teorías filosóficas que sirvieron de fundamento en la construcción del pensamiento regenerador. Para ello, como base teórica recurrimos a los conceptos expuestos por el sociólogo, Pierre Bourdieu, con la introducción de términos como el habitus, la ilusio y el
4 poder simbólico, la doxa y la heterodoxia. En este sentido se describirán las influencias que conformaron el campo estético, político y hegemónico durante la Regeneración, el mismo que se reflejó directamente en la concepción de la escritura literaria. Por último, estudiaremos cómo estos influjos determinaron las dinámicas sociales constitutivas de un campo literario en Colombia durante la Regeneración.
En el segundo capítulo, se aplicarán las categorías filosóficas planteadas en el primero para enmarcar el debate que se suscitó alrededor de la novela como género literario. Aquí se analizarán las posiciones que tomaron los regeneradores, en cabeza de Miguel Antonio Caro, para promover el cultivo de la poesía y atacar el género más desautorizado durante esta época. En contraposición, se analizará el discurso contestatario a las propuestas estéticas planteadas por el proyecto regenerador.
Finalmente, en el tercer capítulo vamos a examinar la influencia de los discursos literarios de los regeneradores y sus opositores dentro de tres espacios: el primero, el académico, representado por las historias literarias, en donde se estudiará la evolución de las dinámicas del campo y su influencia en el canon literario. El segundo, la producción creativa de la época, en donde se compararán dos novelas que ejemplifican la doxa y la heterodoxia: Amores y Leyes, de José Manuel Marroquín y Tierra Virgen, de Eduardo Zuleta. Como ya lo mencionamos antes, las obras escogidas serán analizadas a partir de dos conceptos teóricos: el campo, de Pierre Bouerdieu y el cronotopo, de Mijaíl Bajtín. El tercero, está dedicado a la exposición de la ortodoxia en la prensa del siglo XIX y mediados del siglo XX.
5 Igualmente, se hizo un reconocimiento del debate dentro de la prensa y revistas literarias del siglo XIX y mediados del XX. El surgimiento de diarios o revistas de corte netamente literario obedeció a la necesidad de romper la dependencia entre el arte y la política, el deseo dar voz a aquellos que no estaban de acuerdo con las propuestas artísticas de los regeneradores. Las
referencias como ―algunos opinan‖, ―otros escriben‖ se generalizaron en las reseñas literarias
que se transmitían en las revistas nacionales. Otras pugnas eran más directas y señalaban con nombres propios las posiciones que consideraban equivocadas sobre el asunto poético, estas posiciones trascendieron al punto de generar repudio social o la excomunión de los escritores
considerados ―herejes‖.
Dentro de este corpus, la selección de las novelas obedeció a la importancia de sus autores dentro del mundo político y literario. José Manuel Marroquín fue uno de los participantes de la Regeneración reconocido por su amor ferviente hacia la filología y la aplicación de los principios morales a la vida diaria. Este hombre pasó a ser recordado en la historia por la pérdida del canal Panamá durante su Presidencia (1900-1904); aunque resultó un hecho bastante
―deshonroso‖ para los hombres letrados de la época, lo cierto es que Marroquín es uno de los
regeneradores más importantes, representantes de las propuestas estéticas de este proyecto conservador.
Por su parte, Eduardo Zuleta, médico de profesión y escritor de espíritu, fue rector de la Universidad de Antioquia y de la Escuela de Minas de Medellín. Hizo carrera diplomática, ejerciendo cargos como diputado de la Asamblea de Antioquia y fue representante a la Cámara. También fue miembro de las academias de Historia y de la Lengua. Su vida literaria fue bastante activa, escribió en varias revistas literarias, entre ellas El montañés y la Miscelánea de Medellín. Sus escritos están llenos de críticas sociales contra la situación política, económica y literaria del
país. Se ha especulado también sobre el posible seudónimo ―Julio Torres‖ que utilizaría Zuleta para atacar a los literatos de la época.
7 CAPITULO I
La Regeneración: Estructuras fundacionales del campo
La dinámica del capital ideológico y simbólico que se produjo durante la Regeneración (1880-1898), período histórico de Colombia, se constituyó por una élite de letrados, amantes de la filología, discípulos del pensamiento ilustrado y el Tradicionalismo Francés, principalmente. Es por ello que este primer capítulo tiene la intención, siguiendo la propuesta del sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002), de analizar las relaciones sociales que permitieron la emergencia del campo literario que surgió en Colombia entre 1880-1898.
Esta exposición está dividida en tres partes; en la primera describiremos la concepción del campo a partir de las teorías de Pierre Bourdieu, e introduciremos conceptos como el habitus, la ilusio y el poder simbólico. En la segunda, haremos referencia a las dinámicas de la conformación del campo literario que se produjo en Colombia entre 1880 y 1898, para ello describiremos las influencias que conformaron ese campo estético, político y hegemónico, el mismo que se reflejó directamente en la concepción de la escritura literaria. Finalmente, en el tercer apartado, estudiaremos cómo estos influjos determinaron las dinámicas sociales constitutivas de un campo literario en Colombia durante la Regeneración.
1. 1. Génesis del campo
8 El capital simbólico se enmarca dentro de lo que Bourdieu bautizó como campo, éste puede definirse como un espacio invisible compuesto por reglas que guían las relaciones de sus participantes.
(…) es una red de relaciones objetivas entre posiciones objetivamente definidas –en su existencia y en las determinaciones que ellas imponen a sus ocupantes– por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de las distribuciones de las especies de capital (o de poder) cuya posición impone la obtención de beneficios específicos puestos en juego en el campo y, a la vez, por su relación objetiva con las otras posiciones. (Bourdieu, 1995, p. 350)
Dentro de este espacio imaginario, se traba un juego entre sus partícipes, en donde la meta será la adquisición de una posición de poder que permita la sumisión de los demás contendores. Para ello, los jugadores tienen a su disposición una serie de recursos, como lo son, por ejemplo, los bienes simbólicos. La obra de arte como capital simbólico se erige en una herramienta de dominación en la medida en que cumpla con los lineamientos que ha establecido el campo, la producción literaria que se oponga a esos preceptos será excluida. Esta dinámica o juego que se traba entre los agentes dominantes y dominados, permite a los primeros controlar la entrada y la salida del campo a través de reglas específicas, mientras que sus opositores tan solo permanecen al margen.
El bien simbólico, a diferencia del capital económico, ejerce una fuerza intangible dentro del campo, que a pesar de no poder ser percibida físicamente por los partícipes del juego, es determinante al momento de establecer sus reglas:
El capital simbólico es una propiedad cualquiera, fuerza física, valor guerrero, que, percibida por unos agentes sociales dotados de las categorías de percepción y de valoración que permiten percibirla, conocerla y reconocerla, se vuelve simbólicamente eficiente, como una verdadera fuerza mágica: una propiedad que, porque responde a unas ―expectativas colectivas‖, socialmente constituidas, a unas creencias, ejerce una especie de acción a distancia, sin contacto físico (Bourdieu, 1995, p. 171-172)
En este status quo, tanto dominantes como dominados asumen actitudes diferentes en relación con las dinámicas que se desarrollan en el campo, un modo de ser que los identifica y los ubica dentro de este espacio, y que Bourdieu llama habitus:
9 que estructura la percepción de este mundo y también la acción en este mundo (Bourdieu,
1995, p. 350)
Ahora bien, para procurar su permanencia en el tiempo, el campo depende de una ilusión o illusio, consistente en una creencia o espejismo de estar en el juego, muchas veces, sin estarlo, y jugarlo conforme a sus reglas. Los jugadores hacen apuestas en ese juego, es decir, invierten en él para lograr una posición de dominio dentro del campo. La illusio influye sobre las perspectivas y las acciones de los agentes:
Cada campo produce su forma específica de illusio, en el sentido de inversión en el juego que saca los agentes de su indiferencia y los inclina y los dispone a efectuar las distinciones pertinentes desde el punto de vista de la lógica del campo, a distinguir lo que es importante (lo que me importa, interesa, por oposición a lo que me da igual, in-dife-rente) (Bourdieu, 1995, p. 400)
Como todo juego, existen ganadores y perdedores, el triunfo lo obtendrán aquellos que tengan las ―habilidades‖ para competir en la contienda, ciertas características que les permiten
ser vencedores, lo cual será fundamental al momento de dictar un canon literario, es por ello que esta génesis de la que habla Bourdieu, es importante dentro del presente estudio.
En nuestro caso, el campo en cuestión es el que se produjo en Colombia durante el período conocido como La Regeneración (1880-1898). En este campo se posicionaron como agentes dominantes los letrados conservadores, hombres que pertenecieron a una élite caracterizada por su formación filológica e interés por el estudio de las letras. Esto resultó en una estrecha relación entre el proyecto fundacional de nación conservadora y la proposición de un
canon literario en función de la construcción de esa nación conservadora bajo el lema: ―Una nación, una raza, un Dios‖3 que funciona como illusio, y a la vez, como doxa.
El habitus fue conformado a partir de la situación política, social, económica y cultural en la que se encontraba Colombia. Los regeneradores afirmaban que la situación de decadencia que vivía el país radicaba en la adopción de constituciones de corte federal que estructuraban al Estado a partir de instituciones protestantes, ajenas a un pueblo mayoritariamente católico. Estas
10 constituciones, en especial la de Rionegro (1863), promovían –según los regeneradores– una violencia a la historia propia y un atentado contra la identidad nacional.4 Por esta razón, y como lo habíamos enunciado anteriormente, describiremos a continuación las influencias que conformaron la génesis del campo y sustentaron el habitus para determinar las dinámicas de la literatura durante la Regeneración.
1.2. Tradicionalismo e ilustración española: principios estructurales de la regeneración
Junto a Rafael Núñez Moledo (1825-1894), entre los hombres letrados más destacados dentro del movimiento de la Regeneración estaban Miguel Antonio Caro (1843-1909), José María Samper Agudelo (1828-1888) y Carlos Holguín Mallarino (1832-1894), entre otros.5 Todos ellos compartieron una formación de corte religioso en el Seminario Mayor de San Bartolomé, donde conocieron los nombres de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744 - 1811)6, Jaime Balmes (1810 - 1848)7 y Benito Jerónimo Feijoo (1676 - 1764)8, tres pensadores de la Ilustración Española cuyas ideas fueron uno de los influjos principales en la construcción del proyecto de la Regeneración. Desde el siglo XVII, ya era Jovellanos un autor común en las bibliotecas de los ilustrados, y sus planteamientos sobre la educación fueron los que mayor eco tuvieron en la construcción del pensamiento conservador de la época, y por ende en los cimientos del proyecto regenerador.
4 La constitución de Rionegro permitió la existencia de Estados independientes, autónomamente administrativos, consagró todas las libertades en absoluto, como la libertad de locomoción de palabra y prensa, de cultos, entre otras. Caro escribirá sobre esta constitución: ―Acaso no ha habido una nación más sistemáticamente anarquizada que Colombia bajo el régimen de la Constitución de Rionegro. Aquel código impío y absurdo, después de negar la suprema autoridad divina, pulverizó la soberanía nacional, creando tres soberanos absolutos, la nación, la provincia, el individuo. De aquí nacieron las disensiones civiles, y aquel estado social, más deplorable que la tiranía y la revolución material, en que los signos de la legitimidad se borran, y se pierde el respeto a la autoridad por los mismos que en principio la proclaman y en hecho no aciertan a descubrirla.‖ (Caro, Miguel Antonio. ―Los fundamentos constitucionales y jurídicos del Estado‖. En: Antología del pensamiento político colombiano. Bogotá: Banco de la República, 1970. pp. 155-156.)
5 Entre otros nombres que figuran dentro del proyecto de
La Regeneración se encuentran: José María Campo
Serrano (1832-1915), Eliseo Payán (1886-1887), Carlos Holguín (1888-92) y Manuel Antonio Sanclemente (1898-1900).
6 Gaspar Melchor de Jovellanos perteneció al movimiento de la Ilustración española, participó en política y llegó a ejercer varios cargos públicos, fue reconocido por su interés en temas pedagógicos.
7 Jaime Balmes perteneció al movimiento de la Ilustración española, teólogo, discípulo de la ideas de Santo Tomás de Aquino, defendió los principios católicos.
11 Jovellanos veía en la educación el recurso principal de la prosperidad de toda sociedad, que no se limitaba al progreso material sino a la evolución espiritual, a un perfeccionamiento moral:
Para Jovellanos, la virtud y el valor deben contarse entre los elementos más destacados de la prosperidad social. El medio privilegiado para alcanzarlos será también aquí la instrucción, pues la ignorancia es el origen de todos los males que corrompen la sociedad. La ignorancia moral, sin embargo, es pésima, porque no expresa un defecto del entendimiento, sino del corazón. (Carrillo, 1999, p.5)
Para alcanzar este estado, la herramienta más adecuada era la instrucción, que «es no solo la primera, sino también la más general fuente de la prosperidad de los pueblos» (Jovellanos, 1847, p. 222). La idea de progresión distinta a la ética, sería fuertemente atacada por letrados como Caro, para quienes la búsqueda de lo nuevo, las ideas extrañas y ajenas a la tradición, como el utilitarismo, no constituían un avance sino un retraso de la sociedad. Según los conservadores, la adopción de los planteamientos utilitaristas dentro de las políticas educativas lesionaba moral y materialmente al país, haciendo necesario, como medida de combate que la educación fuera controlada por el Estado a través de la Iglesia. Así, una de las políticas principales de la Regeneración consistió en propender por el fortalecimiento del papel de la religión como cimiento de la sociedad. Esta visión católica fue rescatada por los regeneradores del Tradicionalismo que «fue un movimiento filosófico propugnado por católicos, ejemplares algunos, que más que nadie estaban obligados a respetar lo que de más oficialmente aceptado tiene la especulación católica» (Valderrama, 1961, p. 47)
12 (Caro, 1962, p. 41).9 Era claro, entonces, que para los letrados conservadores, Colombia se encontraba en una situación decadente como consecuencia de los conceptos de Bentham, situación que inclusive algunos historiadores relatan así:
La miseria material y moral de la clase obrera, la disolución de los lazos familiares, la delincuencia, la prostitución, la impiedad, el suicidio, el socialismo (…)‖ daban pie al cuestionamiento del modelo educativo laico, y a nuevas propuestas para políticas educativas, donde la iglesia sería la principal rectora de la instrucción. (Martínez, 2001, p. 453)
Para conjurar esta crisis, sería necesario, acudir a los planteamientos de Jovellanos sobre una educación de carácter eminentemente religioso y moral. Es por ello que, teniendo en cuenta el contexto católico de Jovellanos, los letrados conservadores adoptaron sus teorías como herramienta principal para reconstruir el modelo educativo que tanto ―laceraba‖ a la nación
colombiana. Regeneradores como Caro, acogieron de manera íntegra la propuesta pedagógica de Jovellanos. Para este autor, el hombre es educable porque es un ser racional por excelencia: ―Es
cierto, así lo reconoce el mismo Jovellanos, que existe una relación íntima entre educación y razón, de tal modo que puede afirmarse que el hombre es el único ser educable por el hecho mismo de ser el único dotado de razón y que por la tanto, educar al hombre no es otra cosa que ilustrar su razón‖ (Flechas, 1990, p. 106) Con esta premisa, Jovellanos abandona el imaginario de la razón divina planteado por los escolásticos, para afirmar que el hombre que es educado en la facultad de razonar, es un hombre capaz de conocer a Dios y cumplir con su voluntad.
Caro, al igual que Jovellanos, ve en el hombre un ser racional por antonomasia. Este letrado parte de la teoría de las ideas innatas, propuesta por el Tradicionalismo, que expone que Dios ha dotado al hombre de ideas preexistentes; la razón es el instrumento para su
conocimiento: ―Y la razón ilustrada sobrenaturalmente confirma estas enseñanzas cuando nos
manda a buscar la justicia antes que los bienes temporales y obedecer a Dios antes que a los
hombres‖ (Caro, 1962, p. 55) Existen, entonces, dos tipos de ideas, las innatas y las resultantes de la experiencia, las primeras son las más importantes porque han sido otorgadas al hombre por Dios:
13 Ahora bien: como todos los fenómenos intelectuales son conocidos bajo el nombre genérico de
ideas, y como estas predisposiciones nuestras intelectuales, que no representaciones, supuesto
que nada individual, nada adventicio, nada percibido reproducen, son naturales en el
entendimiento, no es de extrañar que se las reconozca bajo el nombre de ideas innatas. (Caro, 1962, p. 38)
Caro explicará que la razón se divide en dos estamentos, la razón sobrenatural y la natural, ambas facultades asignadas exclusivamente al hombre: « (…) hay que reconocer que hay
un doble orden racional, superior el uno, inferior el otro, con criterios y métodos de percepción y demostración peculiares» (Caro, 1962, p 45) El estamento racional superior presupone la idea innata de Dios, y es por ello que a través de este tipo de razonamiento se conoce al Creador. En este punto, es importante tener en cuenta que el conocimiento de la verdad y lo divino solo es posible por intermedio de la fe y el lenguaje, pues tal como lo expone el Tradicionalismo, «las fuentes primeras y únicas del conocimiento son la revelación, la tradición y el lenguaje». (Valderrama, 1961; p. 330). En este aspecto, Caro sigue los planteamientos de Jovellanos mencionados con anterioridad:
La moral tiene sin duda su fuente en la razón. Ella contiene, por decirlo así, los acuerdos de la razón universal de todos los pueblos cultos. Los ignorantes y los sabios, los filósofos y los políticos, los han reconocido igualmente, y este común acuerdo prueba el origen de la moral: está en aquella razón divina con que el Criador alumbró la razón humana. (Jovellanos, 1847, p.369)
En su artículo titulado ―Estudio sobre el utilitarismo‖ (1869), Caro complementará su teoría afirmando que la razón humana debe llegar a la razón divina y cooperar con ella: «Prescíndase de la razón humana como cooperadora de la razón divina, y en vano se buscará quién establezca el orden en las sociedades humanas. No acierta a establecerlo el despotismo, ni la libertad, ni el acaso. Es necesario apelar a la razón humana intérprete de la divina, es decir, a la religión». (Caro, 1962, p. 47). Así pues, la razón por sí misma no se opone a la revelación divina, que es la dadora de la verdad, con mediación de la fe. Para Caro, por ejemplo, como lo expone Carlos Valderrama (1961): «la fe natural es la base de la verdad de la gran mayoría. El género humano en su más amplia proporción se encuentra ante síntesis logradas ya por la ciencia. No tiene más que acatar con su fe natural estas verdades transmitidas por la enseñanza y la tradición» (p. 340)
14 única; sin ella el hombre es incapaz de desarrollarse como sujeto social. Por lo tanto, el papel del educador debe consistir en fortalecer el razonamiento de sus estudiantes para evitar que ―sus delirios o extravíos‖ los lleven a ―desconocer las verdades reveladas y aún ciertas verdades naturales‖. Dentro de esta normativa de carácter divino, se encuentran las reglas morales cuyo
cultivo, por supuesto, constituye la columna vertebral para el funcionamiento de una sociedad próspera:
Se deben pues enseñar a los jóvenes los principios de la metafísica, esto es, de la naturaleza de los entes; y como el primero de todos, y el que los abraza y contiene en sí, es el supremo Autor de cuanto existe, es visto que en esta enseñanza de la metafísica debe entrar la teología natural, esto es, la enseñanza y demostración de la existencia de Dios con aquellos grandes atributos que inseparables de ella; esto es, su omnipotencia, su sabiduría y su bondad. (Jovellanos, 1858, p. 101)
Es indiscutible que para los letrados conservadores, los principios morales eran los dictados por la religión católica, la cual se restableció como religión oficial del país en la Constitución Política de 1886: «La religión católica, apostólica, romana, es la de la nación: los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del orden social». Las reglas de conducta de otras creencias, junto con la ―falacia‖ utilitarista de ―el placer es un bien; el dolor, un mal‖ producían un estado de barbarie. Para Caro, por ejemplo, la
civilización se produce cuando se aplica el cristianismo, solo existe un pueblo civilizado en la medida que sea moralmente noble:
(…) la religión de Colombia, no sólo porque los colombianos la profesan, sino por ser una religión benemérita de la Patria y elemento histórico de la nacionalidad, y también porque no puede ser sustituida por otra. La Religión católica fue la que trajo la civilización a nuestro suelo, educó la raza criolla, y acompañó a nuestro pueblo como maestra y amiga en todos los tiempos, en próspera y adversa fortuna. Por otra parte, la Religión católica es hoy la única que tiene fuerza expansiva en el mundo, signo visible de la verdad que encierra, demostrado por la experiencia y principalmente por la estadística religiosa de los Estados Unidos. Si Colombia dejase de ser católica, no sería para adoptar otra Religión, sino para caer en la incredulidad, para volver a la vida salvaje. La Religión católica fue la religión de nuestros padres, es la nuestra, y será la única posible religión de nuestros hijos (Caro, 1986, p. 433-434)
15 1.3. La lengua: habitus e ilussio del discurso literario de la Regeneración
Tras la independencia de España, América había quedado culturalmente huérfana, sin un vínculo que unificara a sus habitantes, no obstante algunos americanos veían cualquier acercamiento a la península como un atentado contra la emancipación política que tanta sangre les había costado, por ello trataron de romper toda conexión con la nación opresora, inclusive en el tema cultural. Para Caro, esta percepción de España era totalmente errada: «Una de las causas, tal vez la más influente, del mal que señalo, es nuestro odio insensato hacia la madre España, prolongado ya indefinidamente» (Caro, 1955, p. 4) por lo cual se dedicó a enaltecer la labor de la conquista española en términos de alfabetización y evangelización. Para Caro, la existencia de múltiples razas, dialectos y creencias amparados por las nuevas constituciones de corte federal que consignaban libertades absolutas en igualdad de condiciones, alejaban al pueblo de la tradición.
Unificar al país para evitar su desmembramiento, entonces, constituyó una de las principales políticas del movimiento regenerador. La fórmula de letrados, como Caro, para cultivar en el ciudadano colombiano un sentimiento de patriotismo que consolidara al pueblo, consistió en retomar el valor de la tradición española que nos había heredado la lengua y la religión:
Religión, lengua, costumbres y tradiciones: nada de esto lo hemos creado; todo esto lo hemos recibido habiéndonos venido de generación en generación, y de mano en mano, por decirlo así, desde la época de la Conquista y del propio modo pasará a nuestros hijos y nietos como precioso depósito y rico patrimonio de razas civilizadas. (Caro, 1955, p. 102)
―¡La lengua es patria!‖, dice Caro en su artículo El uso del lenguaje y sus relaciones (1932), y explica que la lengua tiene una relevancia especial a la hora de analizar el legado de una civilización, puesto que «es indubitable que la lengua es a lo menos una segunda patria, una madre que nunca nos abandona, que nos acompaña en la desgracia y en el destierro, alimentándonos siempre con sagrados recuerdos, y halagando nuestros oídos con acentos de inefable dulzura» (Caro, 1955, p. 80) En concordancia con este sentimiento, Cuervo (1939) dirá que el lenguaje es símbolo de toda patria: «Nada, en nuestro sentir, simboliza tan cumplidamente
16 como lo anota Malcom Deas (1993), residía en «que la lengua permitía la conexión con el pasado español, lo que definía la clase de república que estos humanistas querían» (p. 47)
La lengua española como la religión católica, para Caro, son elementos de autorreconocimiento que permiten la identificación del otro, la comunicación de sus ideas y la fundación de proyectos comunes que beneficien a la colectividad. En palabras de Caro, «a un tiempo de la unidad religiosa y de la unidad lingüística vive y se alimenta el sentimiento de fraternidad de los pueblos hispanoamericanos, que si la religión se dividiese en sectas y la lengua en dialectos, no nos conoceríamos unos a otros» (Caro, 1952, p. 98)
Todas estas características que Caro le atribuyó a lengua, permitieron que ésta, además, adquiriera una doble función: por un lado, se convirtió en una herramienta para acceder al poder político, y por otro, sirvió a los agentes dominantes como herramienta de exclusión. En efecto, el uso correcto de la lengua o el buen hablar y buen pensar expuesto por Jovellanos pasó a ser, en Colombia, la característica principal de las gentes cultas merecedoras del poder y protectoras del legado español, signo de la pureza racial. Al respecto, Rufino Cuervo escribe:
Es el bien hablar una de las más claras señales de la gente culta y bien nacida y condición indispensable de cuantos aspiren á utilizaren pro de sus semejantes, ora sea hablando, ora escribiendo, los talentos con que la naturaleza los ha favorecido: de ahí el empeño con que se recomienda el estudio de la gramática (Cuervo, 1955, p.5)
17 de José Manuel Marroquín; Apuntaciones Críticas sobre el Lenguaje Bogotano (1867), y Diccionario de Galicismos, (1895) de Rufino José Cuervo. Estos textos legitimaron las voces de los letrados dentro de la sociedad, dándoles reconocimiento como autoridades en el tema, así como la creación del imaginario sobre la necesidad de poseer competencias filológicas para gobernar una nación de manera correcta:
La importancia de las competencias gramaticales llegaba al punto que los presidentes civiles de finales del siglo XIX, como Miguel Antonio Caro y José Manuel Marroquín, significativamente fundadores de la Academia de la Lengua, comenzaron su trayectoria pública en las letras: descollando Caro como traductor de Virgilio, y Marroquín como redactor de un popular manual de ortografía del español. (Gordillo, 2003, p.2)
Es así como, por ejemplo, Caro recordará las lecciones que le impartió el Quijote a Sancho cuando este iba a asumir el cargo de Gobernante de la isla en Barataria:
Quién de vosotros no recuerda la severidad y dureza con el que el héroe manchego corregía el hablar revesado de Sancho, motejándole de ―prevaricador de lenguaje (…) Con saludables consejos previno el mismísimo don Quijote a Sancho, para el buen desempeño de la gobernación de la ínsula, y fue uno de ellos que hable con decoro, por lo cual le amonesta que en vez de cierto vocablos soeces se valga de oros no comunes, de institución latina‖ (Caro, 1955, p. 45)
La disciplina y precisión que debía implantarse en los modelos educativos, había sido heredada de Jovellanos, quien, por ejemplo, diseñó un plan de estudios para la formación de ciudadanos modelos, que se basaba en el desarrollo de las facultades físicas y literarias. Su Tratado teórico práctico de la enseñanza (1847), por ejemplo, tiene como finalidad primordial
brindar a los estudiantes un manual que suponga ―una perfecta inteligencia del arte de leer y
escribir, esto es, de las primeras letras.‖ (Jovellanos, 1847, p. 270) Dentro de sus estudios, el joven recibiría clases de retórica para el desarrollo de su elocuencia; poética para el ejercicio de la composición; lenguas para el acceso a diferentes doctrinas en las ramas del conocimiento; lógica para el fomento de la capacidad de interrelacionar ideas correctamente; ética para el cultivo del espíritu, y finalmente lecciones de gramática, una de las materias más trascendentales a la cual Jovellanos dedicó gran parte de sus escritos.10 Para este autor, el conocimiento de la
10Algunas de las obras de Jovellanos dedicadas al estudio de la enseñanza del lenguaje y que influyeron en el campo colombiano: Curso de Humanidades Castellanas, Discurso sobre la necesidad del estudio de la lengua para
comprender el espíritu de la legislación, Tratado del análisis del discurso, Curso de humanidades castellanas,
18 sintaxis es fundamental para la construcción de un ciudadano que sea capaz de articular de manera ordenada sus ideas y discursos:
A esto se dirige el estudio de la gramática, y esto es lo que más se recomienda; hablar con facilidad una lengua es lo que todos aprenden por uso e imitación; hablarla con pureza y propiedad, expresar con claridad y exactitud sus ideas, solo es dado a aquellas que por medio de la observación y el análisis han penetrado su índole y artificio. Si pues, este talento no solo es necesario para comunicar sus pensamientos, sino también formarlos y ordenarlos rectamente, ¡cómo se podrá decir bien educado el que no lo alcanzaré?(Jovellanos, 1847, p. 90)
Ya Balmes había destacado con anterioridad la importancia de incluir la gramática dentro de cualquier plan de estudios al escribir que:
La utilidad de la gramática general es mayor de lo que comúnmente se cree, á juzgar por el breve espacio que se le asigna en la enseñanza. Estudiar el lenguaje es estudiar el pensamiento; el adelanto en un ramo es un adelanto en el otro: así lo trae consigo la íntima relación de la idea con la palabra (Balmes, 1926, p. 242)
Caro, al igual que Jovellanos, dedicará gran parte de su vida al estudio lingüístico, que comenzó, como lo anota Diana Guzmán (2008), con su libro Un rebusco gramatical (1860). Así, detrás de esta obra vendrían Plural de los apellidos (s.f); Tratado del participio; Fundación de la Real Academia (1874); Americanismo en el Lenguaje (1864); Del uso en sus relaciones con el lenguaje (1881); la edición anotada de la Ortología y métrica, de Andrés Bello (1962); Los Provincialismos, de García Icazbalceta; Voces nuevas de la lengua castellana, de Baldomero Rivodó (1889). Dichos escritos, como lo explica esta autora, «están dedicados a la normativa del castellano como instrumento civilizador e identitario y a los estudios latinistas», (Guzmán, 2008, p.12) pero no cabe duda de que la preocupación de Caro se centrara en el establecimiento de reglas que permitieran la edificación del arte del buen hablar. En sus estudios sobre gramática, por ejemplo, afirma que la existencia del lenguaje está sometida a la proposición.
19 palabras, como vocablos separados, pueden ser asimiladas inclusive por los animales, que por naturaleza carecen de razón. Así, cuando se le dice al animal ―Ven‖ y éste obedece, no significa que comprenda el habla o la composición de las palabras en la frase:
…para fijar claramente las notas suprasensibles de la palabra, podemos partir de este hecho: por más que el animal estime las voces, y de aquí equivocadamente pueda presumirse que entiende las palabras, lo que no deja duda es que él no entiende la combinación de las palabras: el animal no
comprende la proposición. La sintaxis es lo que caracteriza el lenguaje, y el estudio de la sintaxis
se resume en el estudio de la proposición. (Caro, 1962, p 589)
El animal y el hombre pueden captar los sonidos, pero el animal, en palabras de Caro, estima el sonido en su sentido material, mientras que el hombre lo estima material y espiritualmente. El ser humano siente y expresa lo que siente (sentido material), pero además lleva a cabo un proceso mental adicional que es el de interpretar el mundo que lo rodea (sentido espiritual). La proposición es un acto del entendimiento, como lo es la capacidad de interpretación, ambos han sido dados por Dios:
Toda interpretación supone leyes de interpretación, juez que interpreta, y materia que ha de interpretarse. La materia son los datos de la sensibilidad; juez, el entendimiento. Estas leyes, estos principios son los mismos que unos llaman formas de la razón y otros ideas trascendentales. Son la luz que tiene todo hombre que viene a este mundo: luz sobrenatural, participación de la divina luz. (Caro, 1962, p 592)
El estudio de la proposición, su estructura y las reglas que rigen su funcionamiento son los elementos primordiales dentro del estudio de cualquier gramática. Para Caro, el estudiante deberá dedicarse juiciosamente a entender y aprender las normas que rigen el uso correcto del habla. En este sentido, este letrado se preocupó por crear una institución que dictara la normatividad lingüística, y en 1872 participó como uno de los principales precursores en la creación de la Academia de la Lengua Española, cuyo papel en este contexto será:
20 Las academias jugaron una función muy importante en la preservación de la pureza de la lengua y la conservación del legado español. Una institución oficial con una doble función: por un lado, estaría encargada de dictar los cánones lingüísticos que debían seguirse para el uso correcto del idioma, y por otro, debía evitar la vulgarización del habla. La decadencia del idioma era atribuida por los letrados conservadores a la presencia extranjera que introducía modificaciones que violentaban la pureza de la lengua.
En el origen de la lengua está en Dios. La tarea de hacer etimologías y definiciones es "de moral interés, de mérito científico y de literaria erudición y tino." Y son de moral interés "porque las lenguas son cuerpos vivientes que respiran las ideas con que se connaturalizan. De aquí lo sagrada que es el habla humana. (Caro, 1952, p.60)
Es importante tener en cuenta que, para Caro, guardasalvar la lengua es casi una tarea celestial dado el carácter divino de la palabra. Caro, en sus escritos, distingue entre la palabra divina y la palabra como don divino. La primera contiene la tradición inmutable, universal y eterna, mientras que la segunda permite la evolución intelectual y moral del hombre, esto es el leguaje articulado:
Además de textos que enseñaran a los estudiantes el uso de las reglas gramaticales, muchos letrados, afirmaban que para la adquisición del arte del buen hablar, era también necesario el estudio del idioma en los clásicos españoles. José Manuel Marroquín Ricaurte (1827-1908) escribirá: «Los que no han de dedicarse a tales estudios y aspiren a hablar y escribir correctamente, mejor que en estudiar el análisis filosófico del lenguaje, emplearán su tiempo en leer y releer los autores españoles que pueden servir de tradición en materia de lenguaje.» (Marroquín, 1929; Pg 95) Caro también promoverá la lectura de los clásicos: «Con ella (España) hemos cortado toda clase de relaciones, no leemos sus escritores clásicos, no respetamos la
autoridad de su Academia, ni aún su ortografía seguimos…¿ qué digo seguimos? No la conocemos» (Caro, 1955, p. 4)
21 Colombia, en donde letrados como Caro, recurrían a latín en sus discursos de defensa de proyectos de leyes. Sin duda, estas competencias permitían a los agentes dominantes determinar quién estaba dentro de juego, lo cual era bastante fácil ya que el dominio de la palabra y de los idiomas no lo tenían todos:
El hecho de que solo unos pocos tengan acceso a las disquisiciones gramaticales opera eficazmente como instrumento de exclusión. La erudición que despliega en todo momento, y que suele distraer del curso de las argumentaciones, confunde y a la vez avala. Difícil enfrentarse a tanto conocimiento de los clásicos latinos, de los gramáticos contemporáneos, a tanta regla y norma, a tanta explicación y disquisición. (Uribe, 1997, s.p)
En efecto, fue el dominio filológico el que permitió la permanencia de la hegemonía conservadora, la continuación del campo: «La gramática, el dominio de las leyes y los misterios de la lengua, eran componentes muy importantes de la hegemonía conservadora que duró de 1885 hasta 1930 y cuyos efectos persistieron hasta tiempos muy recientes» (Deas, 1993, p. 28) Ese mismo campo que en su conformación fue exclusivo como lo expone Erna von der Walde Uribe (1997):
El grupo de los gramáticos es pequeño y cerrado. Apenas supera el número de los académicos de la lengua. Es propio de la cultura bogotana, aunque no todos sean en sentido estricto de Bogotá, (Deas 34) y tiene muy poco o nada que ver con las demás culturas de Colombia. La república humanista que querían era ante todo un proyecto en el orden de las ideas. (Uribe, 1997, s.p)
Como lo anota María Cristina Rojas, en su artículo La economía política de la civilización, en este proceso de exclusión los principales cargos públicos durante el período de la Regeneración fueron ocupados por hombres de letras, gramáticos y filólogos, como por ejemplo, Jorge Isaacs, autor de María, quien fue diputado y presidente de las provincias del Cauca y Antioquia.
Una de las herramientas de exclusión utilizadas por los letrados conservadores, consistió en controlar la producción de obras literarias seleccionándolas a partir del estudio de su redacción e inquisición de sus significados. Así, se comenzaron a dictar normas que ―protegían‖ a la sociedad de ―publicaciones subversivas‖, Rafael Núñez, a través del Decreto No. 151 de
22 los Caballos", que autorizaba al Presidente para reprimir delitos y culpas contra el Estado a través de documentos escritos. Esta ley mereció varios artículos de opinión en los periódicos de oposición, Fidel Cano en El Espectadorhabla de la Ley de los Caballos así:
―Es el caso que el Señor Juan de Dios Ulloa, Gobernador del Cauca, avisó al Señor Ministro de Gobierno, por medio de un telegrama fechado el 7 de mayo de 1888, que en Palmira y Pradera estaban apareciendo hacia días caballerías mayores degolladas. El Señor Ministro Olguín puso el caso en conocimiento del Consejo Nacional Legislativo. Este designó a los honorables delegatorios Roldán y Roa para que estudiasen el punto. La respetable Comisión opinó que el hecho era gravísimo y trascendental, que indudablemente tenía por causa el odio de los liberales a la Constitución y que necesitaba como remedio o correctivo nada menos que un acto de carácter legislativo. Los Honorable delegatarios presentaron el correspondiente proyecto de la ley sobre autorizaciones del Presidente de la República y el Consejo lo adoptó con sustanciales enmiendas‖ (s.d.; 1888)
23 CAPITULO II
El debate en torno a la novela: terreno de discusión ideológico
A partir de las teorías del Ilustrado español Gaspar Melchor de Jovellanos, durante la Regeneración, la literatura como capital simbólico adquirió una función didáctica y moralizante que buscaba formar ciudadanos ideales. Esta concepción de la escritura promovió un debate en torno a la novela como género literario, dado que para algunos letrados de este período histórico, la novela carecía de los elementos esenciales para poder instruir a la sociedad. De hecho, como lo anota Raymond Leslie Williams, hasta la aparición de Gabriel García Márquez la novela en Colombia fue considerada como un género menor:
En Colombia la novela siempre ha sido considerada un género menor. La élite dominante de hombres letrados ha cultivado históricamente la poesía y el ensayo como géneros ideales. Hasta la década de 1960 no había, virtualmente, ninguna industria para la producción, mercadeo y venta de novelas, como sí ha existido en el Occidente industrializado desde el siglo XIX. (Williams, 1991; p. 41)
El presente capítulo está dedicado al estudio de los discursos pronunciados en torno a ese debate por la élite de letrados perteneciente a la Regeneración. En este sentido, hemos decidido dividir esta exposición en cuatro partes; en la primera, describiremos cómo la génesis del campo construyó un habitus que determinó la finalidad pedagógica de la literatura para el establecimiento de un canon literario, cuyo fin último debía ser moralizar al pueblo colombiano; en la segunda, estudiaremos la construcción de la retórica de los regeneradores, en cabeza de Miguel Antonio Caro, quienes defendieron la poesía como género fundacional de una nación conservadora, y atacaron la novela por considerar que no cumplía con la función de la literatura; en la tercera parte, analizaremos la dialéctica argumentativa de la oposición, encabezada por hombres liberales, principalmente, que disentían en cuanto al papel de la novela dentro de la edificación de un proyecto nacional. Entre estos hombres, se encuentran por ejemplo, José María Samper Agudelo (1828-1888) y Salvador Camacho Roldán (1827-1900), quienes patrocinaron el cultivo de la narrativa porque veían en ese género una fuente de prosperidad cultural.11 En este último apartado, haremos una breve referencia a Tomás Carrasquilla (1853-1940), quien a pesar
24 de no ser miembro activo de la Regeneración, fue uno de los principales detractores de la concepción literaria que introdujeron los regeneradores. Finalmente, haremos una breve alusión a los enfrentamientos entre los letrados, publicados en periódicos y revistas, producto de la polémica sobre la narrativa.
Hasta 1880, hubo una gran proliferación de novelas en Colombia, y a pesar de su numerosidad, su popularidad fue poca12. De hecho, en la primera Historia de la literatura en la Nueva Granada (1867), de José María Vergara Vergara (1831-1872), no se reseña ninguna novela; sin embargo, hay que tener en cuenta que esta historia literaria comprende un periplo temporal que va desde 1538 hasta 1810, su autor prometerá una segunda parte en donde se hable del género de la novela porque considera que es «en la novela donde al fin se alcanza a vislumbrar una expresión propia, una escuela nacional». (Vergara, 1905; p. 219) En efecto, José María Vergara Vergara proclamará a la Manuela de Eugenio Díaz como la nueva ―novela
nacional‖, que «De una reunión de hechos históricos pero aislados i (sic) magistralmente unidos para ponerlos al servicio de una idea, ha hecho la novela» (Vergara, 1858; p. 34). Gustavo Otero Muñoz, en su Historia de la literatura colombiana (1867), afirmó que María Dolores o la Historia de mi casamiento (1836), de José Joaquín Ortiz, era la primera novela en Colombia; en la Evolución de la novela en Colombia (1957), Antonio Curcio Altamar (1920-1953), rebatirá la posición de Otero al decir que: «María Dolores, más que novela, es el cuento lírico de unos amores domésticos» (Curcio, 1975; p. 15), y señalará como primer novelista al Señor Juan José Nieto, mientras que Roberto Cortázar (1884-1969), escribirá: «Con el Doctor Temis se inicia, en cierto sentido la era de la novela colombiana, y aun cuando no podamos dar a su autor el título de novelista en el sentido estricto del vocablo, merece especial mención como iniciador de las novelas de costumbres» (Cortázar, 2003; p 51).
El origen de la novela en Colombia, entonces, no fue pacífico; recientemente, se ha llegado a un consenso al señalar a El Desierto Prodigioso o prodigio del desierto (1650), de Pedro de Solís y Valenzuela, como la primera novela escrita en el país, aunque es un debate sin resolver. Lo cierto es que después de María Dolores o la Historia de mi casamiento y del Doctor
25 Temis (1851), aparecen: María (1867), de Jorge Isaacs, Ingermina (1844), de Juan José Nieto, y
Manuela (1858), de Eugenio Díaz, entres otras. Algunos autores, como Raymond Williams, afirman que las novelas publicadas entre 1844 y 1858 son estéticamente menores en relación con las novelas extranjeras, un punto sin embargo bastante discutible:
En resumen, las novelas publicadas entre los años de Ingermina y Manuela figuran entre las
obras menores del siglo diecinueve colombiano. Suelen revelar un vago concepto del género de novela por parte de sus respectivos autores aunque éstos sí muestran un conocimiento de la romántica y costumbrista (Williams, 1989, p 593.)
El panorama durante la Regeneración en relación con la novela no fue muy diferente al de años precedentes; durante este período la élite de letrados conservadores hizo una apología a la poesía como género ideal, condenando la producción de novelas en Colombia:
…la verdadera poesía no es obra de la nación, que supo poner en ella la estampa de su propia índole; eco de sentimientos que tal vez se desvanecen con el desenvolvimiento de la civilización: rumor vago y melancólico que participa de la religión de lo pasado… (Caro, 1951, p. 373)
Esto se dio gracias al habitus que se venía formando en relación con la función literaria y las formas literarias que debían cultivarse para llevar a cabo el lema de la Regeneración, ―Una nación, una raza, un Dios‖. El habitus, estructura social generada a partir de la percepción del mundo, determinante de las acciones de los agentes dentro del campo, establecería la doxa de las novelas: narrativas que tuvieran propósitos educativos en el campo moral, promotoras del patriotismo, purificadoras de la lengua y vinculantes con el pasado español; todo lo demás sería excluido del canon literario.13
El habitus en Colombia durante 1880 y 1900 se produjo a partir de la ideología de Jovellanos, que enseñó a los regeneradores el camino para conseguir su proyecto de nación. Como vimos en el primer capítulo, la prosperidad para este autor consistía en el desarrollo moral del ciudadano a través de la educación. La idea de progreso material que había traído consigo la Ilustración, había sido adoptada por algunos hombres de letras en Colombia a partir de una visión ecléctica que pretendía vincular la utilidad económica con la social. La edificación moral de la sociedad es producto de su instrucción, la función didáctica debía implementarse en las
26 políticas educativas, pero también debía introducirse en la literatura nacional de los pueblos, contenedora de su idiosincrasia: «Es por lo mismo necesario sustituir a estos dramas otros capaces de deleitar e instruir, presentando ejemplos y documentos que perfeccionen el espíritu y el corazón de aquella clase de personas que más frecuentará el teatro.» (Jovellanos, 1935; p. 24) De este modo, era claro que la literatura tenía la capacidad de modificar la conducta de los ciudadanos, como lo anota Renán Silva (2005) en La ilustración en el virreinato de la Nueva Granada, Estudios de la historia social:
Estas modificaciones en las prácticas de la lectura (que entrañarán casi al mismo tiempo entre los hombres de letras un cambio en las prácticas de la escritura: el inicio moderado de la descomposición del barroco en el orden de lo escrito y la introducción de los ideales de simpleza y claridad) resultan acordes con el ideal de la extensión del saber que desearon los miembros de la nueva elite cultural. (p. 41)
El proyecto regenerador fue más ambicioso aún, y no se limitó a reproducir a la sociedad colombiana tal como era, sino que se esmeró por construir una literatura purista del hombre en relación con sus costumbres y su lengua, convirtiendo finalmente sus obras en una normativa sobre el arte del buen hablar, pensar y actuar. Claro está, las letras concebidas de esta manera no podían ser escritas por cualquier persona, como tampoco podían ser arbitrarias en cuanto a los temas y sus formas. En efecto, como Caro lo planteaba, la lengua es la receptora del orden divino al que debe aspirar el hombre, expresada a través de obras que sean capaces de contener ese ordenamiento, y a su vez, que sean aptas para la instrucción de los principios de la fe cristiana. En este sentido, los regeneradores estaban de acuerdo con el contenido moral y religioso que debía tener la literatura para educar al pueblo, no obstante disentían en cuanto a los géneros literarios que debían desarrollarse para llevar a cabo esta tarea. Para letrados como Caro, la escritura nacional tenía que consistir, principalmente, en poemas exaltantes del espíritu patriótico de los ciudadanos, mientras que para otros como Samper y Camacho Roldán, la novela era la forma literaria que mayor futuro tenía en Colombia por su capacidad de reflejar la realidad cultural: «(…) en este país, decimos, la novela está llamada por los hechos a hacer más
27 2.1. Función didáctica y moralizante de la literatura
La literatura educa al ciudadano virtuoso, mientras que las ciencias lo forman como hombre sabio, esta es la premisa principal del pensamiento regenerador en torno a la escritura. En una sociedad en formación como lo era la colombiana en la época de la Regeneración, con la entrada de la Ilustración, las ciencias habían adoptado un papel importante para el desarrollo económico; no obstante, para los hombres letrados aferrados a las enseñanzas católicas, la invasión de un pragmatismo podía afectar el crecimiento moral del pueblo. Por ello muchos de los letrados acogieron las teorías de Jovellanos para equilibrar la ecuación entre conocimiento y virtud:
Porque ¿qué son las ciencias sin su auxilio? Si las ciencias esclarecen el espíritu, la literatura le adorna; si aquellas le enriquecen, ésta pule y avalora sus tesoros; las ciencias rectifican el juicio y le dan exactitud y firmeza; la literatura le da discernimiento y gusto, y le hermosea y perfecciona" (Jovellanos, 1945, p. 110)
En efecto, «la literatura es el vehículo directo entre la tradición, la moral y la religión, la lengua es una suerte de conexión racional con la divinidad y el orden inherente de cualquier actividad humana» (Guzmán, 2009 p. 123). Las ciencias no cultivan en el hombre los principios morales de la fe cristiana, necesarios para la formación de una sociedad noble, están exentas de consideraciones sobre la belleza, y de la capacidad de enaltecer el espíritu humano, mientras que la literatura se presenta como: «(…) el mas (sic) alto oficio de la literatura, á quien fue dado el arte poderoso de atraer y mover los corazones, de encenderlos, de encantarlos y sujetarlos á (sic) su imperio» (Jovellanos, 1933; p. 394). Si bien es cierto que el pilar de toda sociedad es la sabiduría de sus ciudadanos, esta no es suficiente para crear una estructura social bondadosa, debido a lo cual dentro del sistema social deben existir modelos de conducta; para los letrados conservadores la literatura era per sé un ejemplo de vida para sus lectores, por lo tanto cada personaje de las obras debía comportarse conforme a un código moral que pudiera servir de guía para sus receptores:
28 Además de atribuirle a la escritura el carácter de código de conducta, los regeneradores identificaban la literatura con la triada de belleza-verdad-bondad, la cual podía ser conocida gracias a la razón humana, como lo expone Guzmán, « los principios fundamentales enunciados por el pensador español (Jovellanos): verdad-bondad y belleza como evidencia de la presencia divina en una razón perfectible, camino seguro a la virtud cristiana.» (Guzmán, 2009, p.123) Esta correspondencia entre lo bueno, lo bello y lo verdadero está inmersa dentro de la lengua, pero no dentro del lenguaje vulgar e imperfecto que utilizan las gentes comunes sino en aquel que ha sido concebido dentro de las normas gramaticales. Por lo tanto, la obra que posea el arte del buen hablar, necesariamente va ser merecedora de estas tres características. La literatura busca la expresión de lo bello, con lo cual «se ama el bien y la verdad, halagando la sensibilidad» (Marroquín, 1933, p.18). José Manuel Marroquín, en sus Escritos varios, prosa literaria, explica:
Lo limitado del entendimiento humano no nos hace contemplar la perfección, que es aquello a que siempre y en todo aspira nuestra naturaleza, por tres aspectos o formas diferentes. De ahí viene que se nos presenten como separadas las nociones de lo verdadero, lo bueno y lo bello; pero éstas, que parecen tres cosas, son una sola y una misma cosa (Marroquín; 1933 p. 18)
Ahora bien, para los regeneradores, la belleza puede ser aprehensible por el hombre, y cuando éste es capaz de reconocer lo bello es cuando conoce también lo verdadero. Este concepto estético se diferencia de la concepción escolástica, que percibe lo hermoso dentro de un halo místico que solo puede alcanzarse por gracia divina. Los regeneradores, siguiendo las teorías de Jovellanos, creían que del mismo modo en que era posible llegar al conocimiento de Dios a través de la razón, también era viable llegar a conocer lo bello: «Lo bello empezaba a verse como algo susceptible de ser racionalizado y develado por medio del análisis» (Gordillo, 2000, p. 24).
29 saber componer, de acuerdo a (sic) la regla y proporción que demandaba la belleza, un orden placentero.» (Gordillo, 2000, p. 25)
Para Jovellanos en particular, la belleza del arte radicaba en su orden racional, los aspectos morales e instructivos hacían parte de la unidad de la obra; sin embargo, el elemento estético no podía faltar, dado que aquella composición que carece de belleza será simplemente una trama bien ejecutada: «Pero el principal objeto de la poesía es agradar y conmover, aunque secundaria ó indirectamente puede y debe tener la mira de instruir y de corregir» (Jovellanos, 1858, p. 137) En este sentido, la poesía debía evitar la exageración o la fantasía desbordada; así, para Jovellanos las obras literarias deben obedecer a la sencillez, utilizando el arte del buen hablar
Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron. Los Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que habían seguido sus mayores. La novedad, y más que todo, la reputación de estos corrompedores del buen gusto, arrastró tras de sí á los demás poetas de aquel tiempo, y poco á poco se fue subrogando, en lugar de la grave, sencilla y majestuosa poesía, una poesía hinchada y escabrosa llena de artificio y extravagancias (Jovellanos, 1970, p. 65)
La imaginación también fue fuertemente censurada por los regeneradores, causante, según éstos, de la pérdida de los hombres en el buen camino, por su falta a la verdad era una característica propia del género novelesco. Paradójicamente, es un autor de novelas el primero en reconocer la capacidad de engaño de este tipo de obras. Marco Antonio Jaramillo, autor de Mercedes (1900), dedicada a sus hijas, en el prólogo de su obra hace la siguiente advertencia sobre este género:
Cuando os he negado el permiso de leer alguna novela, a pesar de que ilustradas personas mayores os autorizaban para ello, era porque pensaba, como pienso ahora, que esos libros por inocentes que parecen, engañan a las jóvenes pintándoles una vida que no es la vida real; una existencia sin tropiezos, o cuando más, con algunos obstáculos que se apartan fácilmente y que sólo sirven para hacer contraste con la suprema dicha que retratan. Era porque creía, como ahora creo, que las jóvenes, al estudiar los héroes de las novelas se ven arrastradas a creer que como ellos son los hombres, y ese suele ser un fatal engaño (Jaramillo, 1954 p. 8)
30 2.2. Caro y la novela
En Colombia, desde el siglo XIX, se levantaron varias voces en contra de la novela, sus principales detractores fueron José Eusebio Caro y, luego, Miguel Antonio Caro. Tachaban a este género de ser contrario a la verdad y a la belleza, asociándolo con el romanticismo, para finalmente declarar que este tipo de obras podía llegar a ser la fuente principal de decadencia de cualquier sociedad. La peligrosidad de esta forma literaria radicaba, principalmente, en la ficción y la imaginación que envolvían las historias contadas. A estos letrados les parecía que «bajo la influencia nociva de los románticos europeos, la ficción se estaba apoderando de la literatura y sustituyendo la verdad por la imaginación, disolviendo de esta manera los lazos –para ellos naturales– que existían entre verdad y belleza» (Jiménez, 2002; p.72). Camacho Roldán, aunque fue de los letrados que defendió la novela, también consideraba que las obras literarias de este género, provenientes de Europa, eran una mala influencia para el pueblo colombiano:
No siguió estos ejemplos la novela europea, consagrada hasta hace comparativamente pocos años, a la narración de las historias ficticias, fantásticas casi siempre, absurdas a veces y obscenas en no pocas; de suerte que su lectura no era de desear, sino que era peligrosa para la moral pública, en gran número de ocasiones. Su objeto era puramente el de divertir, distraer el pensamiento de la vida real, como de un tema enojoso, más bien que ejercitarlo en ideas, sentimientos y costumbres de existencia común (Camacho, s.f.,p. 71)
José Eusebio Caro repudiada el género narrativo de la novela al punto de afirmar que: «La literatura de pura ficción tengo para mí que es en su esencia mala (…) Tengo la convicción
profunda de que si se desterrase del mundo toda la novela (…) el género humano haría una ganancia incalculable» (Caro, 1951, p.461). Para este Caro, como lo será para su hijo, la poesía era la forma que debía promoverse, contenedora por antonomasia de la verdad, omite cualquier invento y permite al poeta cantar lo que siente, mientras que el novelista es un simple ―fabricador de cuentos‖
31 Otros autores también expresaron su descontento en relación con esta forma literaria, algunos consideraban que afectaba especialmente la formación de las mujeres, quienes eran el principal público de este tipo de obras, «si exceptúan las Viacrucis, Ordinario de la misa i (sic) demás libros de devoción, las novelas son la lectura favorita de las mujeres granadinas; las afamadas por sus lances demasiados libres o por sus autores llamados impíos, herejes, son las únicas que, a no ser a hurtadillas, dejan de ser leídas» (Jaramillo, 1849, p. 6). El efecto nocivo
que podía llegar a tener este género literario en las ―personas muy impresionables‖, como lo eran
las mujeres para los hombres de la época, es relatado por Jaramillo:
¿ Conviene leer novelas?...No hay duda de que las novelas distraen y pulen el gusto y las costumbres; pero siempre diremos nosotros que en general disipa el ánimo, estraga la sensibilidad, excita las pasiones, y ejerce malas influencias sobre las personas muy impresionables, en especial sobre las mujeres (Jaramillo, 1849, p.8)
Para los Caro, la poesía era el género literario que debía cultivarse, la lírica contiene fines más elevados que cualquier otra forma literaria. Para Miguel Antonio Caro, la mayor expresión del arte era la poética enaltecedora del espíritu de los hombres. David Jiménez, en su artículo
―Miguel Antonio Caro: Bellas letras y literatura moderna‖, expone cómo para este regenerador la
poesía contiene la verdad, y por ende la poética es bella per se. El elemento esencial del arte es, para Caro, la verdad ideal, que implica lo bello y lo razonable: «La poesía siempre había sido lo contrario: lejos de inventar, cantaba y celebraba la verdad. Esta contraposición va a ser una de las claves para la crítica de la modernidad en la literatura colombiana» (Jiménez, 1994, p.10)
Ahora bien, en este punto es importante aclarar que el concepto de verdad no es equivalente a lo real. La verdad para Caro está inmersa dentro de la idea innata de este concepto, que es dada a su vez por Dios. En este sentido, el arte propone siempre una realidad superior a la de la experiencia, vivencia que está directa o indirectamente relacionada con lo religioso. Es por ello que el cultivo de la poesía como manifestación de experiencias religiosas y de la verdad, se expresa mediante el lenguaje metafórico pues su función no es representar la realidad de los hombres, sino simbolizar el orden divino a través de las revelaciones de la fe: