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Medios de comunicación y crisis de la representatividad . ¿Hacia una democracia deliberativa?

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Academic year: 2017

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a crisis dela política y dela representatividad de la dirigencia política es una constante de las últimas dos décadas y, en nuestro caso, aflora de manera permanente, al menos desdela debacle del alfonsinismo y su apuesta a un modeloinstitucional, allá por 1987.

En el último tiempo,la crisis fue ejemplificada por los casos de corrupción en el Senado y, más rec iente-mente, porla discusión sobre el denominado "costo de la política". Propuestas como la muy difundida del grupo "Sobran políticos", que consiste bás ica-mente enla reducción al 50% delos cargos electivos en todo el país, han concitado gran adhesión en la población, eincluso son esgrimidas por algunos dir i-gentes partidarios, en unintento de diferenciarse de la "vieja política".

Esta sensación de malestar que atraviesa ala so-ciedad no es nueva, y encuentra formas diversas de expresarse. Los medios de comunicación son relac io-nados conla problemática, ya sea de manera posit i-va (permitiendo la visualización de los actos de co-rrupción y controlando al poder político), ya sea ne-gativa (desideologizando las propuestas políticas y centrandola mirada en aspectos anecdóticos y enla imagen delos candidatos).

Intentaremos aclararla discusión sobrela prob le-mática aludida, analizar sus causas, los intentos de solución esgrimidos, sus limitaciones, y el rol de los

medios(incluidoslos de factura no tradicional, como Internet y otras redes cibernéticas) en esta situación.

Versionandola crisis

Bajo el rótulo de crisis dela representación o dela representatividad (que aunque relacionados aluden a situaciones diferentes) y otros rótulos similares se agrupan en realidad una variedad de situaciones que tienen en comúnla ruptura o debilitación del vínculo tradicional que unía a representantes y representa-dos enla forma dela democracialiberal de masas.

De hecho, el vínculo de representación siempre supuso una distancia o hiato entre representante y representado y una cierta autonomía del primero en la toma de decisiones, como forma de dirimirla dif i-cultad de la participación plena de cada integrante enla misma.

No otra cosa subyace en el mandato constituc io-nal clásico, según el cual "el pueblo no delibera ni gobierna si no es a través de sus representantes". Así, el diputado no representa a un elector determ i-nado sino al conjunto dela Nación y, por ello mismo, no está vinculado por un mandato imperativo. Se-gún este criterio, el representante no se halla sujeto por órdenes oinstrucciones delos electores, pud ien-do decidir, en los asuntos inherentes a su función, con suficiente amplitud. En este sentido, el

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tante se diferencia del mandatario legal pues éste sólo puede hacer aquello para lo que se le confirió autorización(Loñ, 61).

Es decir que cierto grado de autonomía enla ac-ción del representante no sólo es esperable sino que es constitutiva de la relación de representación. Si bien en un nivel más bien trivial se afirma quela ta-rea del representante es trasmitir de forma perfecta la voluntad de sus representados, a poco de profun-dizar el análisis resulta claro que debe tomar decis io-nes a partir de negociaciones conlos representantes de otros sectores. En consecuencia, la decisión to-mada nunca surgirá dela agregación delas vo lunta-des de su base, es decir quela representación nunca será plenamente transparente.

Enlos términos de Ernesto Laclau, si el represen-tante necesita ser representado es porque "su iden-tidad esincompleta yla relación de representación, lejos de ser una identidad cabal, es un suplemento necesario parala constitución delaidentidad"(Laclau, 1994). Pero este análisis de la teoría política actual tiene antecedentes de larga data. J.S. Mill ya había advertido alos electores de Westminster que su tra-bajo consistía en tomar mejores decisiones que las que pudieran tomar por ellos mismos, conlo cual se evidencia quela cuestión dela transparencia u opa-cidad dela representación siempre estuvo enla agen-da de las democracias occidentales. La crisis de la representación, por lo tanto, no puede devenir de este hiato, sino de otros factores quelo hayan pro-fundizado o modificado significativamente.

Por otra parte, clásicamente se ha estimado como el rol delos partidos políticosla agregación de inte-reses, de forma tal de constituir macroidentidades que -ellas sí- podrían estar representadas en forma más directa enlos órganos de conducción del Esta-do. Los partidos se han arrogado esta representatividad, en muchos casos explícitamente, como es el caso delos partidos comunistas en re la-ción alos obreros ylos partidos socialistas enlo que hace alos trabajadores en general. También han ex

is-tido partidos campesinos y pequeñoburgueses, e in-cluso manifestaciones políticas claramente asociadas alosintereses burgueses o de sectores del capital.

Esta relación tan directa entre macroidentidad (es-pecialmente clase social) y expresión política ha sido, con todo, una experiencia más habitual enla política europea, y no tanto enlalatinoamericana. En el caso argentino, especialmente,los grandes partidos pol í-ticos (el radicalismo y el justicialismo) han surgido desde matrices movimientistas, es decir que aludían ala representación delosintereses dela Nación, y no de una clase social.

En este sentido, se les puede aplicar más a justa-damente el concepto deidentificación política, una categoría elaborada porla teoría política norteame-ricana dela década del’50, para explicarla perma-nencia de las preferencias electorales, de tipo d ife-rente alas europeas(cruzadas, decíamos, en forma preferente porla clase o el grupo). Laidentificación alude a un proceso psicológico,influenciado mayor -mente por contextos sociales y familiares. Así, ya Lazarsfeld en susinvestigaciones clásicas sobre el pro-ceso de formación de voto había demostrado el peso de las variables de contexto como el lugar de res i-dencia ola creencia religiosa,lo queindica un v íncu-lo no directo, sino mediado porla conformación de grupos y relacionesinterpersonales.

Ahora bien,laidentificación política entra en cr i-sis a partir de los ’70, y disminuye sensiblemente, como ha analizado Lundolfo Paramio. Esta crisis que-da enmarcaque-da en la crisis más general de la representatividad, parala cual se han dado, bás ica-mente, razones de tres tipos:

a) crisis económica

b) massmediatización dela política c) fragmentación social

Crisis económica

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puntos deinflexión enlo que hace ala credibilidad del sistema político enlas democracias occidentales, especialmente en Estados Unidos. Así, para Paramio, el modelo políticoliberal careció de respuestas ade-cuadas a esta crisis y al abandono de la economía keynesiana y el Estado de Bienestar. Esta frustración alejó a muchas personas del compromiso conla pol í-tica("una desconfianza que combinala resignación (dalo mismo quien gobierne) conla agresividad ha-cialos políticos(sólo se ocupan de sus propios inte-reses"), pero en otros caso transformóla modalidad del compromiso. Los nuevos movimientos sociales, o las formas no tradicionales de participación mant ie-nen la convicción en su capacidad de incidir en la toma de decisiones políticas, sólo quelo hacen des-de estructuras no vinculadas alas delos partidos tra-dicionales. Estas nuevas estructuras están asociadas a lo que Paramio denomina life-style politics, que retomaremos más adelante.

Pero esto mismo ha sucedido enlas democracias latinoamericanas reconstituidas enlos’80.

Dahrendorf ha explicado cómo la legitimidad de los gobiernos de la transición, en un principio superavitaria gracias al bajo nivel de demandas eco-nómicas y de seguridad, rápidamente deja de serlo cuando ellas comienzan a aumentar,impulsadas por las crecientes dificultades yla desorganización dela sociedad. Cuando la legitimidad pasa a ser un bien escaso, surgenlos problemas de representación, y si los gobiernos no reaccionan, como sucede en la mayor parte de los países latinoamericanos (Torre, 1991), el descrédito pronto acaba con ellos. La expl i-cación cabe perfectamente para el caso argentino, dondelasinstituciones democráticas debieron enfren -tar la crisis económica y social más profunda de las últimas décadas cuando aún no se habían consol ida-do(Novaro).

Así,laincapacidad de responder alas demandas económico-sociales en un contexto de escasez y de derrumbe delas políticas del Estado de Bienestar(que habían actuado como contención delas mismas)

re-duciría oincluso eliminaríalalegitimidad del sistema político.

Massmediatización dela política

Elimpacto delos medios de comunicación(y muy especialmentela televisión) ha sido esgrimido en re i-teradas ocasiones como el principal fundamento de la crisis dela representación, dándole ala acción de los medios ciertos ribetes apocalípticos.

En concreto, se postula quelos medios, al const i-tuirse como ellugar social en el que se realizala po-lítica y sustituyendolas viejas redes delas estructuras partidarias, de tipo comiteril, vacían a la política de espacios parala construcción de propuestas progra-máticas y terminan centrandola actividad política en los aspectos más vinculados al espectáculo.

Paramio constata este clima de opinión general i-zado:

existe un amplio número de personas,incluyendo a muy reputados intelectuales, convencidas de los efectos decisivamente perniciosos delos medios para la vida democrática y parala existencia de una c iuda-danía y una sociedad civil activas y comprometidas enla defensa delos valores colectivos:la televisión, en particular, suele ser el chivo expiatorio delos ma-les de nuestro tiempo.

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i-cho, delaimportancia que hanido desarrollando en nuestra vida cotidiana, como formas de utilización de nuestro tiempolibre y como fuentes de informa-ción y de formación de nuestras preferencias.

Es cierto quelos medios no son nunca meramen-te medios, no selimitan a serinstrumentos transpa-rentes. Una virtud fundamental de las investigac io-nes realizadas sobrelas rutinas de producción delos medios esjustamente dejar al descubiertola util iza-ción(necesaria,lógica,inerradicable) de criterios de noticiabilidad que nada tienen que ver conlaimpor -tanciainmanente(si es que existe alguna) dela not i-cia. En el caso dela televisión, por ejemplo,los cr ite-rios materiales pasan -¿cómo podría ser de otra ma-nera?- porla posesión deimágenes significativas. En buen romance: una noticia televisiva es una noticia que tiene buenas imágenes. Caso contrario, no es noticia televisiva. Hay hechos televisivos y hechos que nolo son, según que sean capaces de proveer mate-rial visual atractivo o no. Pero nada indica que los hechos trascendentes políticamente conjuguen en forma feliz con atractivo televisivo. En consecuencia, es fácilmente demostrable que la hegemonía de la televisión apuntala basarla política sobre cuestiones intrascendentes, sobre las imágenes personales de los candidatos, sobre deslices emotivos y aspectos anecdóticos.

Regis Debray (Debray, 1995) hizo notar que los legislativos son muy poco televisivos. Esos amplios recintos llenos de butacas ocupadas por los legis la-dores, tanimpersonales, tan contrarias ala posibil i-dad de exhibición en un primer plano, en el plano en que la televisión exhibe la realidad1. Qué decir

en-tonces dela Justicia, de esas pilas de expedientes, de oficiosinnumerables, de escritorios grises. Se ent ien-de que estos seanlos días en quelos Ejecutivos ocu-pan todo lo ancho del espacio político, ahora mediatizado.

Al respecto reflexiona Giovanni Sartori:

Lo peor de todo es que el principio establecido de que la televisión siempre tiene que "mostrar"

con-vierte en un imperativo el hecho de tener siempre imágenes de todolo que se habla,lo cual se traduce en una inflación de imágenes vulgares, es decir, de acontecimientos tan insignificantes como ridícu la-mente exagerados(Sartori, 1998: pp. 82).

No pareciera que la discusión política tenga (al menos por ahora) un marco propicio enla televisión. Ni siquiera enlos programas de debate, en dondela constricción del tiempo y la necesaria espectacu-larización dela discusión,la subvierten de hecho. Con todo, cargarlas tintas -enlo que hace al proceso de crisis de la representatividad- meramente sobre los medios de comunicación(como hace Sartori) resulta trivial, ya que deja sin analizar las transformaciones estructurales en curso.

Fragmentación social

Más allá delo mencionado enlos párrafos ante-riores, resulta más trascendente detener la mirada enlas transformaciones que atraviesan todo el tejido social, y que pueden analizarse desde perspectivas disímiles.

Másimportante quizá es el cambio en el entorno extrafamiliar. Enla escuela, el trabajo, el barrio olos ambientes de ocio se ha producido una cierta diver -sificación social (no son ambientes socialmente tan homogéneos como en el período de entreguerras, sobre todo en las sociedades desarrolladas) y sobre todo una diversificación cultural, provocada en parte porla diversificación social pero especialmente por el impacto delos medios de comunicación. Hoy un jo-ven puede tener varios grupos de pares según el ámbito en que se mueve en cada momento(escuela o trabajo y ocio, por ejemplo), aunque estos grupos no sean disjuntos, y dentro de ellos se puede dar una mayor diferenciación social y cultural. El hijo de obre-roslaboristas no pasa hoy todo su tiempo entre hijos de obreros ni entre hijos delaboristas(Paramio, 1998). La modernidad tardía nos enfrenta porlo tanto a un proceso de creciente complejización delo social y

No

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1Más al delos méritos propios

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lo político, dondelas estructuras políticas tradic iona-les pierden su capacidad de articulación de las de-mandas y expectativas delos distintos actores dela sociedad.

Estas nuevasidentidades, más parciales yfragmen -tarias, más autoconcientes respecto a sus límites y menos pretenciosas de totalizaciones, denominadas a veces "nuevos movimientos sociales" ponen en crisis ala política tradicional. Al decir de Alicia Entel: El campo de acción delos nuevos movimientos es un espacio de política noinstitucional, cuya ex isten-cia no está prevista enla doctrina ni enla práctica de la democracialiberal y del estado de bienestar(Entel, 1996: pp. 47).

Entrelos contenidos reivindicativos de estos nue-vos movimientos destacan elinterés por el territorio, la vecindad, el cuerpo y las identidades de género, lasidentidades culturales, étnicas ylingüísticas.

En similar registro, Anthony Giddens consigna la aparición de lo que denomina "política de la vida", definiéndola expresamente enrelación alos procesos de globalización propios dela modernidadtardía:

La política dela vida se refiere a cuestiones polít i-cas que derivan de procesos de realización del yo en circunstancias postradicionales, dondelasinfluencias universalizadoras se introducen profundamente en el proyecto reflejo del yo y, a su vez, estos procesos de realización del yoinfluyen en estrategias globales (Giddens, 1995: pp. 271).

Las cuestionesrelacionadas con el cuerpo,lasiden -tidades de género, la sexualidad y la reproducción, los estilos de vida, así comolas cuestiones ecológicas y la mundialización, son algunas de las áreas tematizadas porla política dela vida.

Si un sistema que se basa enla representatividad suponela preexistencia de demandas sociales respec-to ala acción política,: en el origen estánlasident i-dades sociales constituidas, que tienenintereses pro-pios y demandas particulares y que se expresan por medio de algunos de sus miembros;luego aparece el Estado como forma establecida de confrontación

entre estas identidades y de solución de conflictos. Es sobre estas premisas como se construyeron las democracias modernas: un Parlamento representat i-vo es aquél en donde los diputados obreros repre-sentan al sector obrero,los miembros dela burgue-sía a su clase,las mujeres alas mujeres, etc.

Pues bien, asistimos en estos tiempos a un proce-so de creciente crisis de la representatividad de los dirigentes políticos, crisis que sería oportuno desligar desde el comienzo de problemáticas conlas que se la suele asociar, comola cuestión dela corrupción o la falta de honestidad, cuestiones que -más allá de su gravedadinstitucional- no resultan centrales para nuestra argumentación. De hecho, podríamos supe-rarlos problemas de corrupción y no por eso a lcan-zar una mayorrepresentatividad política, ya que, sien -do deseable y conseguible un sistema político ho-nesto y transparente(o al menos carente deimpun i-dad), sin embargo es prácticamente imposible que volvamos a tener un sistema político representativo. El abandono de los locales partidarios operado después del regreso dela democracia muestra alas claraslaincapacidad delos partidos para vehiculizar demandas cada vez más diversificadas. La sociedad es cada vez más heterogénea, conintereses más par -ticularizados. En términos de Lawrence Boudon:

Como producto del proceso de modernización, las sociedades son cada vez más complejas, y han aparecido nuevas fuerzas sociales que reclaman su derecho a participar en el sistema político. Y estas fuerzas sociales a veces no encuentran entrelos par -tidos existentes un canal adecuado para representar -los. Además, las sociedades son cada vez más atomizadas, en el sentido de que sus intereses son locales, más no nacionales, creandolo que Rialllama "analfabetismo político"(Boudon, 1998: pp. 10).

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una creciente "feudalización" en la ejecución de la política. No estamos frente a Estados fuertes, espe-cialmente enlos países en desarrollo. Tampoco fren-te a sociedades estructuradas en corporaciones po-derosas, como los sindicatos o los grupos interme-dios. Pueden quedarlas corporaciones, pero carecen dela capacidad de articulación de antaño, alo sumo la conservan puntualmente, cuando se trata de un caso específico que permite despertar elinterés co-mún. Es el tiempo delos grupos deinterés diversos, integrados muchas veces en organizaciones no gu-bernamentales competitivas, que a veces sustituyen al propio Estado".(Rial, 1998: pp. 34).

En este contexto, la representatividad se vuelve unimposible. Los políticos se convierten en un estra-tointermedio profesionalizado. Su rol ya no es el de representante de un sector, sino el de mediador en-tre la multiplicidad de intereses en conflicto. Y un mediador no puede tomar partido de antemano. La desideologización del rol político es una consecuen-cia obvia de este proceso. Los candidatos ya no pue-den competir desde representatividades diferenc ia-das y lo hacen entonces desde estrategias de ima-gen. El recurso alo personal resultaineludible. Para autores como Alain Touraine,la comunicación polít i-ca es consecuencia del vacío dela política.

Los políticos se preocupan cada vez más por su imagen y porla comunicación de sus mensajes, enla medida misma en que ya no se definen como los representantes del pueblo, o de una parte de éste, o de un conjunto de categorías sociales(Touraine, 1992: pp. 47).

En este nuevo orden, el político adquiere el rol de mediador, se profesionaliza. Ya no es representante de uninterés particular, sino que aparece desligado de cualquier interés y se dedica a la labor de intermediación entrelosintereses contrapuestos de los grupos, poniéndolos en consonancia conlas ex i-gencias del Estado. Ante el rol de gestionador de conflictos,los mensajes políticos necesariamente se debilitan. En contrapartida,los movimientos sociales

que expresanintereses particulares, aún en su frag-mentación (o precisamente por ella), son cada vez másindependientes del sistema político, hasta conf i-gurar la denominada pospolítica. La relación entre estos movimientos sociales ylos partidos políticos es sin duda conflictiva, y constituye un desafío, espe-cialmente para aquellas fuerzas que buscan conver -tirse en representativas delosintereses delos secto-res no hegemónicos.

Buscando recrear el vínculo

I. La representación especular

Como hemos enumerado muy sucintamente,las razones que se esgrimen para aludir ala crisis dela representación son de diversaíndole, pero su misma existencia no se pone en duda. En consecuencia, son variaslas vías postuladas parala superación de este hiato problemático.

Para empezar,la fragmentación aludida más arr i-ba hace que surjan demandas nuevas de representa-ción, que ya no pueden ser contenidas por las macroidentidades, que han perdido su capacidad de articulación. Los órganos de gobierno son cuest iona-dos por su falta de representatividad demográfica(la introducción en nuestro país del cupo femenino para los cargoslegislativos forma parte de estalógica),lo que supone que una persona sólo puede ser ef icaz-mente representada por alguien que comparta su mismaidentidad de grupo.

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democrática liberal, que supone que la representa-ción se da cuando se asegurala participación del gru-po enla elección del representante, más allá de que responda o no alas características del grupo.

Las características personales se defienden por dos tipos derazones: a)la experiencia comorequisito para asumir las necesidades e intereses de otro, es decir que un varón blanco, al carecer dela experiencia de ser mujer o negro, se verá imposibilitado de com-prender sus necesidades o intereses, y por lo tanto de representarlos; b) aunque puedan comprenderse losintereses del otro, existiría un conflicto de intere-ses, por el cualla representación seríaimposible, o al menosimprobable.

Kymlicka rechazalaidea dela representación es-pecular, entre otras cosas porquellevada a su conse-cuencialógica,la mejor representación estaría dada porla ausencia de sistemas electivos. La determ ina-ción de una muestra aleatoria representativa daría como resultado una asamblea legislativa mejor que la elección de los representantes, y de hecho hay quienes han postulado que los legislativos se se lec-cionen por sorteo. Pero además, argumenta Kymlicka, silos varones no pueden comprender(y porlo tanto representar) alas mujeres,lainversa también es vál i-da;lo que noslleva a que alguien sólo puede repre-sentar alosintegrantes de su propio grupo. Esto es falaz, porquela definición delaidentidad nunca es fija: todo grupo se divide a su vez en subgrupos, y estas divisiones no son de tipo arbóreo, sino posic io-nes de sujeto entremezcladas. Así, una mujer blanca de clase media y heterosexual no podría representar alas mujeres de otros grupos étnicos, clases sociales u opciones sexuales.

Llevado a estos extremos el principio dela repre-sentación especular parece acabar conla posibilidad misma de la representación. Si ningún tipo de re-flexión o de comprensión, por más profunda y s ince-ra que sea, puede saltarlas barreras dela exper ien-cia, entonces, ¿cómo podría alguien representar a otras personas?

Estas dificultades sugieren que se debería presc in-dir de la idea de la representación especular como teoría general dela representación.Indudablemente haylímites enla medida en quelas personas son ca-paces de -y están dispuestas a- saltarlas barreras de la experiencia". Perola solución no estriba en acep-tar estaslimitaciones, sino en combatirlas para crear una cultura política enla quelas personas puedan y estén dispuestas a ponerse en ellugar delos demás, así como a comprender realmente(y, por consigu ien-te, a representar) sus necesidades e intereses. Esto no es fácil: puede exigir cambios en nuestro sistema educativo, en la descripción que los medios de co-municación hacen delos diversos grupos, y el proce-so político, para acercarlo a un sistema de "demo-cracia deliberativa"(195)

Las propuestas basadas en formas de representa-ción especular ya evidencian de por síla ruptura de las macroidentidades articulatorias, matriz sobre la que se basabanlos partidos políticos tradicionales. El hiato resultante ha sido tratado de salvar también por formas de democracia semidirecta o plebiscitaria, y hoy prácticamente todas las constituciones occ i-dentalesincluyen mecanismos comolos plebiscitos, consultas y revocatoria de mandatos por iniciativa popular.

Pero mucho másinteresante para nuestro objetivo derastrearla manera en quelos medios de comunica -ción se vinculan a esta problemática, sonlasiniciativas derevitalización dela democracia directa por vía dela utilización de moderna tecnología de comunicación, es decir,lasformas de democracia electrónica.

La democracia electrónica

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editorializaba que en el futurola democracia directa seincrementaría en detrimento dela democracia re-presentativa, y los temas clave (y se mencionaban temas como el aborto, el uso dela ciencia médica y el equilibrio ecológico) serían resueltos conla partic i-pación directa delos ciudadanos. De hecho,los de-fensores dela democracia electrónica asumen quela forma de democracia deseable esla directa y quela democracia representativa sólo constituye una so lu-ción de conveniencia cuando ella no es posible. John Naisbitt hacía explícito este sustrato en 1982: "El hecho es que hemos sobrevivido ala utilidad histór i-ca dela democracia representativa y que todos sent i-mos intuitivamente que está anticuada", decía (cit. por Gil Galindo, 1998). Vale decir quela democracia representativa se situaría históricamente desde la aparición delas democracias de masas hasta quela tecnología permite dejarla delado y retomar el que se supone verdadero espíritu de la democracia. Por eso se asume como modelo el ágora ateniense, im-posible de reproducir por la ampliación del tamaño de la base de decisión, dificultad que ahora puede salvarse conlos recursos tecnológicos

Básicamente, luego del ágora ateniense la demo -cracia directa habría sidoimposible hasta el momento (exceptuando casos aislados como los ayuntamientos de NuevaInglaterra ola Comuna de París), porrazones de cuatrotipo: eltiempo, eltamaño, el conocimiento y el acceso. Pero ahorala democracia electrónica parece ofrecer una solución atodos estos problemas, abriendo la posibilidad de una participación total. Un mundo interconectadoresolveríalas dificultades detiempo por -quela comunicación yla participación seríaninstantá -neas:los ciudadanos podrían participar con solo pulsar un botón. Del mismo modo,los problemas detamaño seresolverían porque el espaciofísico esirrelevante: ya no es necesario reunir a la gente en un mismo sitio. Pasalo mismo conlos problemas sobrela distribución del conocimiento, que esfácilmente accesible através delasredes,lo cual elimina el cuarto problema, el del acceso(Gil Galindo, 1998).

Laidea no es nueva. En su best-seller futurista de 1980, Alvin Toffler(Toffler, 1980), al dar cuenta dela fragmentación social característica delas sociedades tardomodernas (lo que él llama la sociedad configurativa, formada por miles de minorías,la so-ciedad dela tercera ola) advierte sobrelas dificu lta-des para formar mayorías estables. Por lo tanto, al mismo tiempo que brega por el aliento alas expre-siones minoritarias, proponela realización deimpor -tantes modificacionesinstitucionales,llegandoinc lu-so a que las decisiones sean tomadas por cuerpos mixtos, en donde el 50% delos votos sean aporta-dos por representantes "ala vieja usanza", mientras que el 50% restante sería depositado por una mues-tra de ciudadanos elegida al azar que, desde sus ho-gares en cualquier punto del país, depositarían electrónicamente su voto.

Pero donde Toffler se entusiasma más esjustamen -te con la posibilidad de recuperar mecanismos de democracia directa (combinados, es cierto, con la representación tradicional). Para hacer posible este proyecto sonimprescindibleslas nuevas tecnologías. Pueslas antiguaslimitaciones en el campo delas comunicaciones no seinterponen ya en el camino de una ampliada democracia directa. Espectaculares avances realizados enla tecnología delas comun ica-ciones abren, por primera vez, un extraordinario des-pliegue de posibilidades parala participación c iuda-dana en la toma de decisiones políticas. [La partic i-pación y el voto a través de foros electrónicos] es sólola primera y más primitivaindicación del poten-cial del mañana parala democracia directa. Util izan-do computadores avanzados, satélites, teléfonos, te-levisión por cable y otros medios, una ciudadanía ins-truida puede, por primera vez enla Historia, empe-zar a tomar muchas de sus propias decisiones polít i-cas(Toffler, 1980: pp. 413).

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La sociedad tecnotrónica o era espacial, en cuyo portal nos encontramosinstalados, al estimularla di -versidad y poner a disposición de la humanidad una compleja y variada gama derecursostécnicos, acen -tuarála práctica delaintervención directa y activa del ciudadano. La consulta másfrecuente ala ciudadanía acerca de diversostemas es posible ya ylo será más en el porvenir, por el despliegue de medios electrónicos. Computadoras y pantallas detelevisión permitirán que el ciudadano participe, sin alejarse de su hogar, en una asamblea, emita su opinión y su voto. Celeridad y sin -ceridad delos pronunciamientos harán que en elfu -turolas decisionesreflejen conla mayorfidelidadlos deseos del pueblo, cuyosrepresentantes verán asífa -cilitada su labor. Estos no resolverán exclusivamente en base a sus creencias y convicciones, sinoteniendo en cuentalos auténticos anhelos y opiniones dela ciu -dadanía(Loñ, 1998: pp. 72).

Sin embargo,los trabajos más recientes, escritos a posteriori de la acelerada expansión de Internet, resultan más mesurados en sus evaluaciones. Para empezar, nunca debe dejarse delado que cada nue-va tecnología es susceptible de generar el efecto de knowledge-gap, es decir, el distanciamiento entre quienes la usan profusamente y quienes no tienen acceso o nola usan, distanciamiento que en general refuerza las diferencias preexistentes, en lugar de suturarlas.

Más allá de que estos proyectos presuponen(si es que no quieren caer en el elitismo más burdo)la ex-tensión delas posibilidades de acceso dela tecno lo-gía, tanto en términos de hardware como en cuanto a conocimientos y familiaridad, ala totalidad delos sectores sociales, aún así el uso dela misma distará de ser uniforme.

Pero además -y posiblemente másimportante-los procesos republicanos de decisión no resultan mera-mente funcionales, sino que encierran representac io-nes imaginarias imprescindibles para la pervivencia institucional. Así, el acto de concurrir a las urnas a votar no puede explicarse desde unalógica de

costo-beneficioindividual, ya quela utilidad del acto es cer -cana a cero, si consideramos el efecto de un voto en el total. Y sin embargo,los electores -en proporc io-nes altas- concurren a las urnas a emitir sus sufra-gios. El beneficio obtenido, por tanto, debe buscarse enlas gratificaciones obtenidas en el mismo acto de votar, una satisfacción expresiva al reafirmar(casi r i-tualmente)la adhesión alos principios democráticos y alas opciones políticas de preferencia.

El pragmatismo simplista de los partidarios de la democracia electrónica directa deja de lado (peligrosamente) aspectos centrales dela vida social en una comunidad democrática. Para quelasinst itu-ciones democráticas sean operativas es preciso que se mantenga exitosamente la identificación con el sistema (Paramio, 1998), pero también sucede que las experiencias desarrolladasindican que,luego de un momentoinicial de gran participación, ésta que-da reducida a una minoría. En consecuencia,la base delegitimización se reduce drásticamente.

Más que entenderlas posibilidades delas nuevas tecnologías como un punto cero deinstituciones to-talmente nuevas, es preferible pensarlas en su interacción conlas modalidades existentes. Esa esla conclusión de Michael Mertes, para quien

Lo que debemos comprender es quelas crec ien-tes posibilidades interactivas de comunicación e lec-trónica no representan un sustituto, sino un comp le-mento paralos procesos democráticos de decisión y paralos mecanismos formadores de opinión y vo lun-tad(Mertes, 1999: pp. 343).

El otro camino: esfera pública, medios y democra-cia deliberativa

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aque-llas problemáticas que interesan al conjunto de la comunidad. Es el ágora ateniense, en donde política y esfera pública coinciden totalmente. Las temáticas de discusión pública, debe notarse, noincluyen ala economía, que es remitida al ámbito privado o do-méstico, como un aspecto de la administración de bienes y recursos que es competencia del jefe del hogar.

Conla decadencia dela democracia ateniense yla posterior subyugación, primero por Alejandro,luego por elImperio Romano, esta experiencia pierde conti -nuidad. La Edad Media se caracteriza porla ausencia de un espacio paralo público, es más, porlainexisten -cia delo público como concepto. La política ylos asun -tos del conjunto de la comunidad se definen como extensiones dela vida privada dereyes y nobles.

Recién con el desarrollo del capitalismo mercantil en el siglo XVI, y conla consolidación dela burguesía como clase social, es que surge nuevamente un ám-bito de discusión que pueda denominarse una esfera o espacio público:

Entre el dominio dela autoridad pública o el Esta-do, de unlado, y el dominio privado dela sociedad civil y dela familia, del otro, surgió una nueva esfera de "lo público": una esfera pública burguesa inte-grada por individuos privados que se reunían para debatir entre sí sobrela regulación dela admin istra-ción civil yla administración del Estado(Thompson, 1996: pp. 84).

La esfera pública burguesa se asienta en una red de cafés y salones en dondela clase social emergen-te se reunía a discutir, tanto acerca de política y eco-nomía, como ciencia y filosofía. Y es que en este es-pacio público burgués la discusión racional de los asuntos públicos será la marca distintiva, discusión apuntalada y alimentada porlos periódicosideológ i-cos queincluían comentarios políticos y sátiras. Para Habermas,la forma en que se fue dandola discusión en esta esfera fue condicionando paulatinamentela misma constitución delos Estados burgueses, que se consolidarían a partir dela Revolución Francesa.

Sin embargo, esta esfera pública -en sus caracte-rísticas específicas- no perduró más allá del siglo XVIII. La crecienteintervención del Estado -que buscarál le-gar con su poder a cada átomo del tejido social, al mismo tiempo que regular la vida social en su con-junto - yla mercantilización delos periódicos -que ya no buscarán serinstrumentos para el debate deideas, sino que se convertirán en empresas y, en consecuen-cia, tratarán de ampliar su mercado de consum ido-res desideologizando su contenido- se combinarán para dar por concluida la experiencia del espacio público burgués.

Sólo quedará, en la concepción de Habermas, la publicidad como principio crítico, comolugar en el que las opiniones personales deindividuos privados puede desarrollarse en un espacio público "a través de un proceso de debate racional-crítico abierto a todos y libre de dominación"(Thompson, 1996: pp. 86).

Algunos autores han sugerido, a diferencia de Habermas,la existencia de un espacio público de otro tipo que no puede subsumirse en una esfera bur -guesa vaciada de contenido, sino que posee unaiden -tidad propia, característica de la segunda mitad del siglo XX. Para Jean-Marc Ferry, por ejemplo,

El "espacio público", que con mucho desborda el campo deinteracción definido porla comunicación política, es -en sentido lato- el marco "mediático" gracias al cual el dispositivoinstitucional y tecnológ i-co propio delas sociedades postindustriales es capaz de presentar a un "público" los múltiples aspectos dela vida social(Ferry, 1992: pp. 19).

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me-nos para definirla constitución delos espacios públ i-cos. Sin embargo, en forma simétrica a lo anterior, no todala comunicación política pasa a formar parte del espacio público, ya que una parteimportante de la misma no trasciende ni es mediatizada. Existiría, a juicio de Ferry, una comunicación política "de ma-sas" y una "de minorías".

Es evidente quela concepción de espacio público habermasiana, centrada en el diálogo racional delos actores, enigualdad de condiciones de reciprocidad, no se ajusta a este nuevo espacio público mediático. Como afirma Thompson:

Con el desarrollo delos medios de comunicación, el fenómeno dela publicidad se ha desvinculado del hecho de la participación en un espacio común. Se ha des-espacializado y ha devenido no-dialógica, ala vez que se ha vinculado crecientemente a la clase específica de visibilidad producida porlos medios de comunicación(especialmentela televisión) y factible a través de ellos(Thompson, 1996: 95).

Laimposibilidad de reedición dela experiencia de esfera pública tan cara a Habermas en los tiempos que corren no debería -de por sí- arroparse de con-notaciones nostálgicas y pesimistas. Un camino a l-ternativo posible es el que postulala construcción de sistemas de democracia deliberativa, en donde lo central es el flujo deinformación y de puntos de v is-ta, ylainstitucionalización de mecanismos que per -mitanlaincorporación de estos flujos en el proceso colectivo de toma de decisiones.

Una democracia deliberativa no suponela exc lu-sividad de bases dialógicas, aunque claro está que no las descarta. No requiere la co-presencia de los participantes para la formación del juicio, aunque exige imaginación para la creación de mecanismos eficientes de recopilación delas distintas posiciones. Los medios de comunicación de masas tienen un rol fundamental en este tipo de sistema, ya que son de hecho ellugar en donde se hacen públicoslos dist in-tos puntos de vista y confrontan, además de serlos reservorios delas opiniones.

Enlas actuales condiciones delas sociedades mo-dernas, una democracia deliberativa sería, por tanto, en una medida significativa, una democracia mediática, en el sentido de quelos procesos de del i-beración dependerían de instituciones mediáticas tanto como medio de información como de expre-sión(Thompson, 1998: pp. 330).

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