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Los efectos de la ausencia paterna en el vínculo con la madre y la pareja

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LOS EFECTOS DE LA AUSENCIA PATERNA EN EL VINCULO CON LA MADRE Y LA PAREJA

Trabajo de Grado

Línea de Investigación en Desarrollo Psíquico

Nathalia Carolina Rodríguez Martínez Directora de Trabajo de Grado: Maggui Gutiérrez

Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Psicología Maestría en Psicología Clínica

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Tabla de Contenido

1. Resumen, 3

2. Planteamiento del problema, 4 3. Fundamentación bibliográfica, 23 4. Objetivos, 79

5. Categorías descriptivas, 80 6. Método, 82

7. Resultados, 88 8. Discusión, 156

9. Conclusiones, 190

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1. EFECTOS DE LA AUSENCIA PATERNA EN LA RELACION CON LA MADRE Y LA PAREJA

El presente estudio es de corte descriptivo cualitativo y presenta el estudio de dos casos de sujetos que recibieron psicoterapia con orientación psicoanalítica y un grupo de mujeres cabeza de hogar que trabajaron bajo la mirada conceptual del Grupo de Reflexión. Con base en los protocolos de sesión y las transcripciones de los encuentros grupales se analizó la información a la luz de seis categorías descriptivas: La Experiencia de Ser Hijo, Los Procesos Identificatorios, La Expectativa por la Respuesta del Objeto, Búsqueda por el Objeto Ausente, Pertenencia y Ajenidad. Los resultados permitieron observar, a partir de la teoría psicoanalítica, los diversos estados mentales de las personas que sufrieron la ausencia del padre-pareja, las diferentes fantasías relacionadas con la sexualidad infantil, la relación con la madre ante la ausencia del padre y la manera como en las relaciones actuales se pudo observar la búsqueda constante del padre-pareja idealizado.

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2. Problema

La preocupación de este estudio se refiere a la falta de un padre en algunos hogares y a la atmósfera que en su ausencia se presenta al interior de la familia. Así mismo se relaciona con el interrogante de lo que sucede en el vínculo con la madre, con el desarrollo psíquico del sujeto y con la manera como se conforman nuevas relaciones en la adultez, en estos casos de ausencia del padre.

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frecuentemente expulsados de las instituciones educativas a las cuales pertenecían, a sufrir trastornos de comportamiento y a sostener dificultades en la relación con sus compañeros. En estudios llevados a cabo en Uruguay (Katzman, 1997) se logró ver este tipo de afectación más en un nivel fisiológico. Los hijos extramatrimoniales presentaron una tasa de mortalidad infantil mucho mayor y quienes no vivían con ambos padres mostraban trastornos en el desarrollo psicomotriz. En esta misma publicación (Kliksberg, 2000), se describe otro estudio realizado en Estados Unidos (DafoeWhitehead, 1993) enfocado en la población de centros de detención juvenil, en el que se identificó que con respecto a la situación familiar, un 70% de estos jóvenes provenían de familias cuyo padre fue ausente.

Estas cifras también fueron asociadas a situaciones de orden social que no solo tienen que ver con el individuo, sino con la familia de la que hace parte. De esta manera se investigó la forma como los factores sociales han cambiado la familia en Latinoamérica, y Kliksberg (2000) lo hizo reflexionando a partir de la dificultad de las familias actuales para enfrentar este tipo de crisis. Las “Mujeres solas jefas de hogar”, están a la cabeza de un tipo de familia en la que se puede observar, según este autor, una gran correlación con la pobreza. Basándose en un estudio (BID-CEPAL-PNUD, 1995) se describe que en casi todos los países de América del Sur en más de un 20% de los hogares la mujer es cabeza de familia, lo cual incrementa la aparición del fenómeno de “la feminización de la pobreza” en la sociedad. Otra expresión de las familias se

relaciona con los “efectos de la familia incompleta sobre los hijos” en donde, Kliksberg (2000)

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ya que es a través del padre que los hijos mantienen contacto con las redes masculinas, el mundo del trabajo y la política, y los vínculos potenciales con la familia extensa paterna. En esta parte comienza a vislumbrarse el costo social y personal que la ausencia del padre injiere sobre los hijos, pues ya no solo se indaga acerca de la conformación de las familias contemporáneas sino sobre los efectos sociales de la ausencia de alguno de los padres.

Las consecuencias que describe Kliksberg (2000) con la ausencia del padre en las familias, afectan el rendimiento educacional producido por el pobre clima socioeducativo del hogar, la afectación de la inteligencia emocional, refiriéndose a la escasa capacidad de enfrentar adversidades, la salud en general y las sensaciones de inferioridad, agresividad, aislamiento, resentimiento y lo que él denomina “la orientación en aspectos morales”. En este sentido, no solo

se trata de una problemática social que tenga que ver con los índices de delincuencia juvenil, la “feminización de la pobreza” o los trastornos físicos representados en tasas de morbilidad y

mortalidad, sino que también se relaciona con efectos psicológicos sobre muchos sujetos que se desarrollan al interior de una familia con estas características y que también afectan al individuo en su relación con otros.

En un estudio similar parecido al propuesto en Estado Unidos (DafoeWhitehead, 1993), Katzman (1997) encontró en el Instituto Nacional del Menor en Uruguay, que el 68.3% de los niños internados vivía con su madre, el 30.8% con una madrastra o un padrastro, y el 5.4% no vivía con ninguno de sus padres. Kliksberg (2000) señala una desventaja importante con respecto al capital social, puesto que estos niños al carecer de una familia integrada tienen menor preparación para asumir el mundo laboral moderno con las exigencias que ello implica, más sin el apoyo emocional que se necesita de la familia va a ser más difícil culminar sus estudios.

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pueden incluir conflictos en la relación madre – hijo a partir de la no presencia del progenitor y posteriormente afectar la manera como este individuo va a conformar nuevos vínculos a partir de sus relaciones tempranas.

Dentro de este estudio se tuvieron en cuenta los motivos por los que estas madres solas se quedaron en esta condición de no contar con el apoyo de una pareja estable en el desarrollo del embarazo y en la crianza de sus hijos. La razón más común entre las mujeres de este estudio, por la cual se quedaron solas, se refiere al desentendimiento del padre incluso desde que conoció el embarazo. Otras causas encontradas se relacionan con que el padre ya tiene otra familia, o porque desde antes del embarazo la relación con el padre de su hijo no era buena y en algunos casos había terminado antes de conocer el embarazo. (Jiménez, 2003) Estas motivaciones parten de la indiferencia por parte del progenitor hacia la paternidad y la constitución de una familia, que afectan posiblemente de igual manera la disposición de la madre para asumir en esta nueva situación una familia que necesita el sostén tanto emocional como material, en la crianza y manutención económica.

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cuando se convirtió en madre, pero solo la mitad, el 57.1% encontró trabajo luego de alrededor de 8.5 meses de buscarlo. En cuanto a la situación de residencia casi el 61% de estas madres no habían logrado establecerse en un hogar independiente y sólo en un promedio de 8 años y medio, solo el 8.7% de estas madres habían logrado la estabilidad laboral y los ingresos suficientes para independizarse. Estos datos pueden evidenciar que la supervivencia de las madres como únicos actores que sostienen las familias, deben atravesar múltiples dificultades que demandan un gran porcentaje de su tiempo en buscar del sustento diario, tiempo que no es utilizado en su mayoría para la crianza y sostén emocional de los hijos que deben alimentar.

Posteriormente, Jiménez (2003) encuentra un resultado que para ella es desalentador: el 79.2% de niños y niñas hijos de estas madres solas no tenían ninguna relación con el padre. Según lo encontrado, el hecho de que el padre se haya alejado o desinteresado por completo de sus hijos hacía más difícil que se estableciera y se sostuviera este vínculo con sus hijos. De igual manera, para efectos de la investigación aquí propuesta: “Efectos de la Ausencia Paterna en la

configuración del vínculo con la madre y/o la pareja”, es necesario indagar acerca de las fantasías que surgen en los hijos cuyo padre no está presente y cómo se conforma el vínculo con la madre y con el objeto interno paterno a partir de esta ausencia, lo cual podría afectar la constitución de vínculos posteriores en la adultez.

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académica y menos herramientas para competir en el mundo laboral, y con ello menos posibilidades económicas de sostener a sus familias. Además abre el debate acerca del estímulo que el Estado propicia en los hombres de no ser responsables por sus hijos, al evitar otorgarles licencia de paternidad en iguales condiciones que a las mujeres que recién han dado a luz, pues se trata de un tiempo menor.

Otra investigadora importante en este ámbito dentro de la cultura colombiana es Virginia Gutiérrez de Pineda (2003) quien hizo un recorrido de las transformaciones históricas que ha tenido la familia a lo largo del tiempo en Colombia. El modelo de familia que se consideró en los años setenta a partir de la pareja heterosexual, no corresponde con las tipificaciones actuales: “Se

considera como familia mínima la díada maternal constituida por una gestante madre soltera, mientras otros juzgan que la familia puede ser reducida a una pareja sexo-afectiva heterosexual y se discute si puede ser formada por monosexuales” (p. 293) Lo que indica que con el paso del

tiempo, la familia dejó de cimentarse en la presencia de ambos padres como condición para su conformación y por el contrario para que se pueda hablar de familia como mínimo debe existir la díada madre – hijo, lo cual incluye la ausencia del padre.

Un tipo de familia que describe Gutiérrez (2003) y que en Colombia presenta una “frecuencia máxima” (p. 294), es la de Uniparentalidad. Sus antecedentes se remiten a la

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En este sentido, la situación de las madres solteras también favorece la desigualdad de género en las relaciones. Todavía se perciben estructuras familiares del pasado como los sistemas patriarcales: hombres terratenientes o propietarios de grandes extensiones de tierra, vínculos laborales verticales no solo en las fábricas sino también en las oficinas y los niveles sociales superiores frente a los inferiores. Mujeres que viven otro tipo de condiciones como la prostitución, las relaciones extramatrimoniales e incluso quienes son víctimas de incesto y abuso sexual, también son generadores de madresolterismo. (Gutiérrez, 2003) Por esto, para el propósito de esta investigación – intervención es de gran importancia la afectación de todo este sistema familiar y social en la relación madre e hijo puesto que estas múltiples situaciones pueden contribuir a generar una subjetividad distinta en la mujer que también ejerce su maternidad enfrentando dichas condiciones, además de las diferentes experiencias en su mundo interno relacionadas con su experiencia como hija y las posibles ansiedades que se despiertan por el abandono de la pareja. Esto podría llevar a una relación distinta con el producto de una relación que se rompió y que lleva consigo dificultades que generan dolor psíquico tanto en la madre como en su hijo.

La problemática referida a la ausencia del padre también afronta la transformación de la familia, no solamente en relación con el desempeño de roles y funciones. Cada vez es más usual encontrar familias en las que sus padres han decidido separarse y por ende, la madre es quien se ocupa de la crianza y sostenimiento emocional de sus hijos. También es frecuente la constitución de familias compuestas, en las que un hombre diferente ocupa el lugar del padre quien a su vez puede llegar con sus propios hijos.

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integrantes de la pareja, sin embargo se conforman con el interés por la consolidación del vínculo afectivo. La “familia padrastral” se puede organizar de hecho o a partir del matrimonio. Uno de

los cónyuges ocupa un lugar de sustituto con el fin de reemplazar al que se encuentra ausente, lo cual es posible que no supla las carencias afectivas de los hijos de la pareja inicial pues a pesar de una nueva presencia, sigue existiendo en la mente de la familia aquel que ya no está.

Estos fenómenos descritos que se relacionan con la ausencia del padre y que se han generado a partir de los distintos cambios culturales, sociales y económicos, en los que la madre resulta ocupándose de la familia sin el compañero con quien engendró sus hijos, representan un fenómeno cada vez más frecuente en la sociedad colombiana, que lleva a disciplinas como la Psicología a preguntarse por ello. Específicamente, para la psicología clínica y para el psicoanálisis, como disciplinas que atienden el sufrimiento humano, también se constituye un interrogante acerca de aquello que se genera en la mente del sujeto que ha vivido la ausencia paterna y que ha tenido que sostener con su madre un vínculo frente a la ausencia del compañero de la madre y padre del hijo.

A partir del psicoanálisis también han surgido interrogantes con el cambio en la constitución de la familia y su influencia en el psiquismo del sujeto. En el VII Congreso Latinoamericano de Psicoterapia, llevado a cabo en la Federación Uruguaya de Psicoterapia durante el año 2007, se expuso un estudio acerca de la “Relación Padres Hijos en Familias Ensambladas”, investigación que concluyó que las familias ampliadas pasan por un proceso de

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y es por esto que para los hijos resulta difícil asumir esta nueva situación en la que deben adaptarse a nuevos procesos de convivencia. De esta manera, el proceso de historización y pertenencia se ve afectado por la búsqueda de sostén de los hijos, por esa necesidad de sentirse nuevamente pertenecientes a un grupo familiar, lo cual implica también adaptarse a nuevas figuras en las que se vuelven a organizar los procesos de identificación frente a la presencia de nuevos objetos, lo cual es de todos modos necesario para el adecuado desarrollo afectivo de los hijos. Por tal motivo se dice que las familias ensambladas son situaciones complejas, puesto que en la relación del nuevo integrante y el hijo de su pareja, se plantean situaciones ambiguas en el desempeño del rol de cada uno. (CSIC, 2007) Lo que deja de lado dicha investigación es la manera en la que también la madre ha de adaptarse a esta situación frente a la disposición de su hijo para recibir este nuevo integrante de la familia y lo que también pasa a ser novedoso en la relación con ella. Así mismo también cabría el interrogante acerca de cómo inicia el niño a conformar nuevas relaciones con el mundo social en el que se desarrolla a partir de los vínculos que se constituyeron desde las edades más tempranas.

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parentales son funciones simbólicas que se encuentran inscritas en la cultura y que para ser transmitidas necesitan la presencia de un padre de “carne y hueso” que pueda llevarlas a cabo, de

este modo a través de la transmisión generacional también hay una transmisión de la cultura, que permite al niño introducirse en el campo del lenguaje y la palabra. De este modo Kamers (2006) señala que la transmisión implica una forma de ordenación simbólica que también define los lugares, siendo la categoría de los padres la que define la categoría de los hijos y en ese sentido, en la actualidad esa diferencia que es necesaria para dicho ordenamiento parece desvanecerse. En estas nuevas formas de organización familiar parece necesario que los adultos que se encargan de educar a los niños, así no sean los padres biológicos, tienen la responsabilidad de introducir al niño en el mundo social y de garantizar su continuidad a través de la transmisión de la Ley, necesaria para la convivencia y para el mantenimiento de la cultura y esto implica la aceptación para ocupar ese lugar y esa función de padre. En esa medida, habría que explorar la manera como son asumidas esas funciones al interior de una familia compuesta de manera diferente posteriormente al abandono del padre, sea por quienes intentan ocupar ese nuevo lugar o por la lucha de la madre para asumir esta nueva organización familiar. Frente a esa transmisión es pertinente esclarecer la manera como el sujeto internaliza un modo de relación que le ayuda a vincularse posteriormente con otros y cómo se verían reflejadas en él la consecución de la Ley y la continuidad de los modos de convivencia al interior de la sociedad en edades más avanzadas como la adolescencia y la adultez.

Por su parte, en Colombia se han realizado estudios relacionados con el vínculo madre - bebé en la Pontificia Universidad Javeriana, específicamente acerca de las implicaciones sobre el desarrollo psíquico de madres adolescentes gestantes. En la investigación “La atmósfera psíquica

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hallazgos relacionados con la ausencia de la pareja en el desarrollo psíquico de los hijos y el devenir de las madres ante un embarazo no deseado.

Por otra parte, Torres, Santacoloma, Gutiérrez y Henao (2008) se refieren a “Una aproximación a la caracterización de la atmósfera psíquica en cuanto factor de desarrollo psíquico en adolescentes gestantes”. En esta investigación se pudo observar la manera como en seis

gestantes, participantes del estudio, hubo un detenimiento del desarrollo psíquico en cinco de los casos, y el deterioro del mismo en uno de ellos. Este detenimiento tiene que ver con la dificultad de encontrar una atmósfera de contención, en las que se pueda dotar de sentido a las experiencias, enlazarlas con los acontecimientos y de esta manera tener una relación lineal con el tiempo, en el que exista un lazo entre pasado – presente – futuro, en lugar de la sensación de un tiempo siempre presente que se estanca y no abriga la posibilidad de un sentimiento de esperanza, lo que por supuesto influye en el vínculo madre - bebé.

Estas investigaciones con psicoanálisis se han basado en los fundamentos teóricos de los que se nutrirá este estudio para la descripción del fenómeno de la ausencia del padre y sus efectos en los vínculos con la madre y/o con la pareja. Sabemos que en principio la experiencia temprana con la madre, incluso desde antes del nacimiento, es vital para el desarrollo psíquico. Es ella el primer objeto que se presenta al niño para suplir sus necesidades vitales, para comprender y diferenciar sus demandas y sobre todo para contener las angustias más primarias del niño relacionadas con el temor al aniquilamiento. El padre viene posteriormente. (Meltzer, 1990)

Como lo describe Meltzer (1990) la función del padre tiene un peso secundario con respecto al papel de la madre, pero que desempeña una tarea fundamental. En lo que para este autor se relaciona la “historia prototípica” de la vida intrauterina y del nacimiento, describe a la

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bebé, la madre se encarga de su alimentación, lo que conlleva a múltiples fantasías provenientes del pecho y del interior del cuerpo de la madre. Teniendo en cuenta esta relación madre – bebé que parece inquebrantable, es el padre quien llega a desempeñar la función protectora de este vínculo. Para ello es fundamental la claridad en la mente del padre y de la madre con respecto al desempeño de sus funciones y roles, lo cual se verá reflejado en la mente del niño.

Este autor (1990) se refiere a la figura del padre más en términos de su relación con la madre interna, la imagen que ella tiene de él para el sujeto y juntos como objeto interno. El concepto de padre se hace más claro cuando el self llega a ser adulto a partir de la identificación introyectiva del individuo con sus padres internos como Objeto Combinado. El problema del ejercicio de esta función tiene que ver con que la disposición del padre se produce de manera contingente, contrario al papel de la madre quien permanece desempeñando sus funciones de forma presente en la relación que tiene con el bebé. Partiendo de este punto, la relación con el padre tiende a ser más conflictiva y por ello a generarse mayores perturbaciones en el sujeto. (Meltzer, 1990)

De acuerdo con esto, el padre protege la relación pero también se encarga de la separación y la diferenciación al interior de la díada constituida entre el bebé y la madre. En ese sentido, la pregunta de interés en este estudio se relaciona con estos conflictos que surgen en la relación con un padre ausente, las fantasías que se generan frente a este personaje que no está y cómo se constituye en el marco de esta situación, la relación con la madre, modelo de relación que se establecerá para futuros vínculos y que también pueden llegar a generar perturbaciones.

Para Lebovici y Soulé (1970) el psicoanálisis atribuye de igual manera el papel de la madre y del padre “en la red de interacciones relacionales en que se sitúa al hijo durante todo su

desarrollo” (p. 323), lo que implica que no es posible concebir al uno sin el otro, ya que juntos

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una misma experiencia” (p.323). Es por ello que la carencia paterna continua y prolongada tiene

como efecto retardar de manera progresiva el desarrollo intelectual del sujeto y esto equivale a la ausencia tanto del padre como de la madre, a lo que estos autores (1970) han catalogado como más preciso hablar de la “carencia parental”. En este sentido, al referirse a las secuelas a largo

plazo, las frustraciones precoces pueden desempeñar un papel altamente visible en las estructuras patológicas de carácter, manifiestas en la extrema dependencia ajena en los siempre sedientos de afecto, quienes necesitan constantemente que les den pruebas de amor. (Lebovici y Soulé, 1970) Situaciones afectivas que también serán descritas en la manera como los participantes del estudio han referido sus vínculos con las diferentes parejas, formas de relación que van configurándose de acuerdo con la estructura inconsciente que en cada uno es determinante.

Para comprender la manera como se desarrollan los vínculos con los objetos primarios dentro de la constelación familiar, es necesario recurrir a otras teorías psicoanalíticas para vislumbrar la manera como se constituye el psiquismo del bebé. En principio, para Freud (1910) en el Complejo de Edipo el niño debe desprender sus deseos libidinales hacia su madre para orientarlos sobre un objeto real externo y posteriormente presentarse una reconciliación con su padre. Con respecto a la niña, en un primer momento debió desprenderse de su madre y en un segundo tiempo su tarea irá encaminada a desprenderse de los deseos libidinales dirigidos al padre para luego ir dirigidos a otro objeto. (De Castro, 2006) De este modo, el desarrollo del Complejo de Edipo tendría que ver con la manera como el individuo asumiría estos objetos reales externos, que en la adolescencia y la adultez podrían traducirse en la búsqueda de pareja y la conformación del vínculo con esta.

De Castro (2006) refiere cómo la función del padre no solamente se dirige a la prohibición del incesto, sino que también el padre representa “la referencia fundamental del progreso cultural,

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inscribiendo en el inconsciente del niño el mandato de la prohibición frente al incesto y el goce que esto conlleva. De esta manera, además de incluirse en la relación con el padre la Ley, también es introducida la posibilidad de la Identificación. El niño agrupa tales ideales con respecto al padre en el Ideal del Yo, y la niña por su parte, al encontrarse con su deseo por el falo, se dirige posteriormente hacia la feminidad.

De esta manera surge el interés por investigar acerca de la manera como son desempeñadas las funciones del padre cuando este no está presente o cuando es sustituido por una nueva figura al interior de la familia, la forma como es afectado el desarrollo psíquico del sujeto y con ello el vínculo con la madre y la conformación de vínculos posteriores como la pareja.

Milmaniene (2004) ha focalizado su atención en las familias posmodernas, en los nuevos funcionamientos familiares que han mostrado parejas de un mismo sexo o en donde solo uno de los padres trata de asumir tales funciones generando confusión en los hijos. Para él la estructura familiar debe estar basada en el “interjuego eficaz” de ambas funciones, materna y paterna, las

cuales generan el fundamento para la estructura subjetiva del niño. Estas funciones logran su objetivo cuando el sujeto puede emerger a la elección de objeto exogámica, de tal manera que pueda sentirse libre de ser el instrumento por el cual sus padres han realizado sus fantasías, han librado sus batallas o han saldado sus propias deudas.

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relación tríadica cuya apropiación es realizada por la madre en sus intentos de llevar a cabo estas funciones, que finalmente se ejercen de manera perturbada donde no hay lugar para otro sujeto.

La ausencia del padre deja una importante huella en el psiquismo, por tal motivo esta investigación – intervención se lleva a cabo en el marco de la línea de investigación en Desarrollo Psíquico de la Maestría en Psicología Clínica de la Pontificia Universidad Javeriana. Con relación a esta línea, el estudio busca explorar el funcionamiento psicológico de los individuos, que en este caso se refiere a dos pacientes que recibieron acompañamiento terapéutico a través de la psicoterapia orientada psicoanalíticamente y a un grupo de madres solteras quienes han asumido el hogar sin la presencia del padre de sus hijos. De esta manera el estudio se enfoca en la descripción de las relaciones vinculares tempranas y el impacto que estas han ejercido en el desarrollo del individuo, lo cual se ve reflejado en el tipo de relación que sostiene el sujeto consigo y con las otras personas que lo rodean o con quienes ha forjado vínculos posteriores.

Los casos que hacen parte de este estudio muestran grandes dificultades en la manera como establecen sus vínculos en la actualidad. Aunque se trata de dos sujetos que se encuentran en la adultez, es posible observar el dolor poco elaborado por la ausencia del padre y la presencia de nuevos personajes que intentaron sustituirlo. Así mismo muestran una fuerte actitud de rechazo hacia su madre con quien mantuvieron un vínculo estrecho pero al mismo tiempo violento y a quien han atribuido gran parte de su sufrimiento. Estos casos han planteado un gran interrogante acerca de los efectos de la falta del padre en su desarrollo psíquico y en la constitución de los vínculos posteriores.

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ausencia del objeto paterno y representar la imposibilidad de aclarar las confusiones que se producen como consecuencia de la perturbación en la introyección del objeto padre – madre internos.

Por tal motivo, la ausencia del padre y la dificultad en la relación con la madre pareciera ser un reclamo constante por parte de estos sujetos, siendo así relevante la investigación de esta configuración familiar que afecta profundamente el desarrollo psíquico del individuo generando conflicto en la elección de nuevos objetos y en la elaboración necesaria de las experiencias que procuren el pensamiento y el reconocimiento de las propias emociones en la construcción de los vínculos.

Para Botero (2008), la ausencia del padre puede incidir en la debilidad de la madre, con respecto al ejercicio de sus funciones primordiales, como las de sostén, contención y capacidad de rêverie. Con la presencia del padre, la madre podría tener la disponibilidad de pensamientos y emociones que ayuden en el desarrollo psíquico de sus hijos, cumpliendo con una función que más allá del acompañamiento tiene que ver con la posibilidad de recibir las angustias y ansiedades de la madre. La ausencia del padre también puede plantearse como una forma de violencia que puede explicar de cierta manera la agresividad de la madre. (Botero, H. 2008)

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para la configuración de futuras relaciones, y del sostén que puedan ofrecerse a madres en esta situación conflictiva que es transmitida a sus hijos de manera violenta.

La preocupación principal que ha surgido con la realización de esta investigación se fundamenta en el sufrimiento del sujeto que ha experienciado la falta de un padre a lo largo del desarrollo y que se manifiesta en la relación terapéutica como un reclamo dirigido a la madre ya sea por la no presencia del padre o por su dificultad para elaborar el dolor psíquico y poder brindar la función de contención a sus hijos, situación que se busca esclarecer a lo largo de este estudio.

El objeto ausente pudiera haber instalado en el psiquismo del individuo sufriente la expectativa de lo real a partir de la carencia, es decir que pareciera que lo único verdadero en la vida de estos sujetos es esperar el abandono de los otros y la correspondiente soledad. Esto quiere decir que la desesperanza puede no solo ir encaminada a la falta, sino también a la dificultad de asumir futuras funciones acordes con el crecimiento, como la conformación de una pareja. A lo largo de esta investigación – intervención se busca esclarecer de esta manera cómo es afectada la vivencia respecto a la relación con la madre ante la ausencia del padre y también comprender la manera en la que el sujeto conforma la vivencia respecto a futuros vínculos basados en esta experiencia inicial con los objetos primarios.

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3. Fundamentación Bibliográfica

A continuación se describirán teóricamente distintas posturas y conceptos a partir del psicoanálisis que pueden ayudar a la comprensión del problema que atañe a esta investigación y que hacen parte de diferentes modelos teóricos. En primer lugar se hará un recorrido conceptual acerca del padre; posteriormente se describirán las fundamentaciones sobre el vínculo madre – hijo; y finalmente, algunas referencias acerca de los efectos de estas relaciones primarias en la configuración de nuevos vínculos.

El Padre

El recorrido teórico, partiendo de una base histórica, se realizará a partir de la referencia con respecto a las funciones y al lugar del padre en el desarrollo psicosexual del niño. El análisis se encuentra partiendo de Freud como precursor de la teoría psicoanalítica.

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El tabú se relacionaría entonces con lo sagrado y al mismo tiempo con lo prohibido y peligroso. Los tabúes más antiguos van enlazados a las leyes que fundamentan al totemismo que tienen que ver con el respeto por el tótem y la evitación de las relaciones sexuales con sujetos que perteneciesen al mismo tótem. (Freud, 1912)

En el niño las prohibiciones se presentan en el desarrollo a partir del Complejo de Edipo y el conflicto que por ende surge entre él y su padre. El papel del padre en el Complejo de Edipo y en el Complejo de Castración es el de un adversario de los intereses sexuales del niño, quien se siente amenazado con el castigo de la castración de no cumplir con estas imposiciones. Esta situación produce en el niño sentimientos de ambivalencia, similares a los que muestra el clan con respecto al tótem, figura que prohíbe pero que también presta protección al grupo. Freud (1912) más claramente lo define: “Basándonos en estas observaciones nos creemos autorizados para sustituir en la fórmula del totemismo – por lo que al hombre se refiere – el animal totémico por el padre” (p. 1831)

El complejo de Edipo entonces presenta en esta misma línea, mandamientos que también se manifiestan en el totemismo, como lo es la prohibición del coito con una mujer del mismo tótem y la prohibición de asesinar al tótem. Así Freud (1912) declara al sistema totémico como resultado del Complejo de Edipo y afirma que el animal totémico es una sustitución del padre.

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muerto adquiriera mayor poder que en vida. Ante la ausencia del padre, los hermanos tuvieron que instituir la prohibición del incesto con la finalidad de la supervivencia del grupo y así evitar la discordia entre hermanos.

De esta conciencia de culpabilidad surge la religión totémica, con el fin de calmar los sentimientos y buscar cierta reconciliación con el padre a través de la obediencia. Según Freud (1912) todas las religiones tienen la misma tendencia, la del apaciguamiento de la culpa. Pero no solo a ello se refiere el culto al tótem, sino que también es un recuerdo del triunfo que los hijos consiguieron sobre el padre.

El Dios actual también podría ser consecuencia de este sentimiento. El mismo individuo se concibe a imagen y semejanza de Dios y así mismo el individuo concibe a su Dios de igual manera que concibe cierta actitud hacia su padre carnal, es decir, que la relación con Dios depende de esa relación que haya existido con el padre terrenal, y más aún desde el psicoanálisis no se evidencia sino una sublimación del padre a través de Dios. (Freud, 1912)

La añoranza del padre se refleja en la formación religiosa que en un primer momento se vio representada en el tótem, pero que posteriormente cobró una figura humana en el Dios actual. Lo que en principio fue hostilidad contra el padre, después se transformó en amor y en un ideal de omnipotencia sobre el cual se sometieron los hijos.

En Moisés y la Religión Monoteísta, Freud (1939) habla de esta añoranza al padre como sentimiento propio de toda la humanidad y que es alimentado desde la infancia. Los rasgos con lo que se dota a ese gran hombre son los mismos rasgos paternos: “La decisión de sus ideas, la

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En el desarrollo del carácter estas figuras resultan decisivas para el individuo. En el caso del hombre, Freud (1939) refiere el retorno de lo reprimido en los casos en que el individuo crece al lado de un “padre indigno” (p. 3317) y que en principio generará en él por oposición,

conductas típicas de un hombre honorable, sin embargo, posteriormente su carácter se modificará y resultará mostrándose como el padre que evitó ser inicialmente, pero de quien finalmente sigue el modelo. En otras palabras, en el desarrollo infantil se presenta una precoz identificación, que luego es rechazada pero impuesta al final de la vida.

El retorno de lo reprimido también se ve reflejado en el desarrollo histórico. Se lleva a cabo pausadamente y bajo las condiciones del contexto. Con el sentimiento de culpa, el padre vuelve a ocupar la cabeza de la familia pero esta vez sin la omnipotencia que expresaba en la horda primitiva. Y en el aspecto religioso se va abriendo paso a la adoración de un solo Dios que tiene un único poder, volviéndose a establecer en parte la grandeza del protopadre. (Freud, 1939)

Hasta aquí hemos hecho un recorrido de la psicología individual y su relación con la cultura que el padre del psicoanálisis ha referido en sus múltiples análisis histórico – sociales respecto al padre. A continuación seguiremos el camino teórico con el desarrollo individual y su expresión en el sujeto que estudia el psicoanálisis.

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obstáculo del deseo de quedarse con la madre, se abre paso al Complejo de Edipo. En el caso del complejo positivo, la identificación con el padre se convierte en hostil y nace el deseo de que el padre desaparezca con la finalidad de que sea sustituido por el niño, sin embargo, con el afecto que esto conlleva, la relación permanece en la ambivalencia. Al disolverse el complejo de Edipo, la carga de objeto hacia la madre es abandonada, y en cambio se intensifica la identificación con el padre. Cuando en lugar de ello, se intensifica la identificación con la madre, en el caso del varón, el sujeto adquiere un carácter negativo, este sería el caso del Complejo de Edipo Negativo. (Freud, 1923)

En este proceso interviene la bisexualidad de base en el sujeto. En el caso del niño, no solo se presenta la actitud ambivalente hacia el padre y de elección de objeto materno, sino que al mismo tiempo siente una actitud ambivalente hacia la madre y una actitud más cariñosa frente al padre; no obstante según la investigación psicoanalítica, uno de estos componentes tiende a desaparecer más adelante. El Edipo completo se refiere al intermedio de estas identificaciones en donde aparece la participación de los dos componentes, por un lado de la identificación con la madre, y por el otro, de la identificación con el padre. (Freud, 1923)

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manera severa así mismo se mostrara el Superyó del sujeto expresado en la conciencia moral o en el sentimiento inconsciente de culpa. (Freud, 1923)

El ideal del Yo aparece como heredero del Complejo de Edipo, expresa los impulsos más fuertes que posee el Ello y con ello los destinos de la libido del sujeto. Al ser creado, el ideal del Yo se ha apoderado del Complejo de Edipo y al mismo tiempo se ha sometido al Ello. El Superyó entonces, como abogado del Ello o del mundo interior, se opone al Yo que es la instancia que representa al mundo exterior, siendo así que los conflictos entre el Yo y el Ideal muestran la antítesis de lo real y de lo psíquico, del mundo exterior y del mundo interior. Lo que en la vida psíquica ha pertenecido a lo más bajo, por causa del Ideal es convertido a lo más elevado de acuerdo a la escala de valores del ser humano. En sustitución de la aspiración hacia al padre, contiene el nódulo del que parten todas las religiones, por esto comparar al Yo con su Ideal muestra el origen de la humildad proveniente de la religiosidad de los creyentes. A lo largo del desarrollo, el Ideal es transferido a personas que ejercen sobre el individuo la autoridad como los maestros, de igual forma como el padre lo ha hecho, siendo estos mandatos y prohibiciones los que ejercen influencia sobre el yo ideal y tienen la cualidad de conciencia o censura moral. A pesar de las modificaciones posteriores en el carácter del individuo, a lo largo de toda la vida el superyó ha de conservar la capacidad de oponerse al yo y de ponerlo bajo sus dominios, conserva el carácter que fue imprimido en su génesis bajo el complejo paterno: “Del mismo modo que el niño se hallaba sometido a sus padres y obligado a obedecerlos, se somete el yo al imperativo categórico de su superyó” (Freud, 1923. p. 2721).

En “Dostoyevski y El Parricidio”, Freud (1928) retoma la perspectiva del Superyó como

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por el superyó expresado en el fuerte sentimiento de culpabilidad; finalmente la castración representada por el castigo, termina cumpliéndose en la actitud pasiva frente al padre. Freud (1928) lo expresa así: “También el destino, es tan solo, en último término, una ulterior proyección del padre” (p. 3009). La relación entre el yo y el superyó es la transformación de la

relación entre el sujeto y el padre, como “una reposición de la misma obra en un nuevo

escenario” (p. 3010).

Las dificultades en el desarrollo infantil ante la ausencia del padre también fueron analizadas por Freud (1910) en la vida de Leonardo De Vinci. De niño en sus primeros años no vivió con su padre mas fue criado por una madre abandonada y sola. A pesar de que posteriormente pudo acceder a él, es en los tres o cuatro primeros años de la vida en donde quedan fijadas las formas de relacionarse con el mundo exterior, impresiones que no pueden ser despojadas de su importancia por sucesos ulteriores. Esta situación vivida por el pintor, pudo relacionarse con su intenso deseo por la investigación y los enigmas relacionados con la procedencia de los niños y el papel del padre en el nacimiento. (Freud, 1910)

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Para Freud (1925), partiendo de las distintas vicisitudes por las que ha de pasar el niño en su desarrollo sexual, la niña tiene un mayor desafío en el logro por alcanzar su feminidad. Tanto en el niño como en la niña el objeto original es la madre y en algún momento del desarrollo la niña debe abandonarla para tomar al padre como objeto de sus deseos. Una vez descubre la existencia del pene, toma la decisión de querer tenerlo lo cual es denominado como “complejo de masculinidad”. Al rechazar la carencia del órgano viril resulta comportándose como un hombre

bajo la convicción de que sí lo tiene. En el momento de aceptar que carece de pene se desarrolla enla niña el sentimiento de inferioridad, compartiendo con el hombre el desprecio por el defecto de las mujeres, razón por la cual persiste en su intento por ser igual que el hombre. Los celos y la envidia terminan siendo una constante en el carácter femenino frente al sexo opuesto y en este proceso atribuye a la madre su gran dolor, al haberla concebido como mujer. Estos celos también se expresan en la desventaja sentida con respecto a otro niño, por quien piensa que es más amorosa la madre, desprendiéndose de esta manera de los afectos hacia su madre. Al reconocer esta diferencia anatómica, la niña se aparta de la masculinidad dirigiendo así su energía psíquica al desarrollo de la feminidad. Renuncia a su deseo del pene y en su lugar fomenta el deseo por un niño, un hijo de su padre a quien adopta como objeto amoroso, convirtiendo a su madre en objeto de sus celos.

El Complejo de Edipo femenino resulta siendo una formación secundaria, a diferencia del varón: “Mientras el complejo de Edipo del varón se aniquila en el complejo de castración, el de la niña es posibilitado e iniciado por el complejo de castración” (p. 2901). La castración actúa como

un posibilitador de la feminidad, inhibiendo y restringiendo la masculinidad. (Freud, 1925)

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no es una propiedad exclusiva de él, ambos experimentan la ausencia de satisfacción de tal manera que son apartados de sus inclinaciones iniciales, siendo expresa la imposibilidad de sus deseos, razón por la cual fracasa el Complejo de Edipo. (Freud, 1924)

De esta forma hay una salvación de los genitales al evitar la castración, pero al mismo tiempo estos han sido despojados de su función dando inicio a la interrupción de la evolución sexual, típica de la edad de la latencia. Es en este momento que comienza a forjarse el superyó. De igual manera ocurre en la mujer, donde se desarrolla el Complejo de Edipo, se forma el superyó y se inicia el período de latencia. En este caso la castración es considerada por la mujer como un hecho consumado, a diferencia del niño que teme porque esto llegue a ser realidad. La culminación del Complejo de Edipo en la niña culmina con el deseo de recibir del padre un hijo y ante el incumplimiento de dicho deseo el complejo va siendo abandonado. Ambos deseos, de tener un niño y obtener el pene permanecen en el inconsciente, con la utilidad que esto tiene al preparar a la mujer en su papel sexual. (Freud, 1924)

Luego de este recorrido por las bases freudianas del psicoanálisis que dieron lugar al desarrollo psicosexual de niños y niñas, continuaré con autores posteriores que ampliaron el espectro conceptual con respecto al papel del padre. Uno de ellos es Donald D. Winnicott quien retoma los conceptos de Freud y desarrolla de manera más accesible ciertas pautas de enseñanza a los padres y cuidadores que no tienen un bagaje teórico psicoanalítico.

En su escrito “El Psicoanálisis y El Sentimiento de Culpa” (1958) se refiere a la manera

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mejor con el entorno brindando cierta satisfacción al sujeto. El objeto del Superyó es entonces el de denominar aquellos elementos de los que se vale el Yo para controlar al Ello. El proceso por el cual el infante adquiere el superyó es gradual y paulatino, de esta manera va adquiriendo fuerzas para aumentar la capacidad controladora de sí mismo. Así el niño en un primer momento introyecta la figura paterna a quien al mismo tiempo teme y respeta, y por esto lleva dentro de sí esas fuerzas controladoras basadas en lo que percibe y aprehende del padre. Esta figura paterna que acepta mental y emocionalmente (significado que le atribuye Winnicott (1958) al concepto de introyección) resulta ser “sumamente subjetiva” y matizada por otras figuras paternas con las que también se relaciona el niño y así mismo por las propias pautas culturales de su familia. La existencia del sentimiento de culpabilidad quiere decir que el Yo está logrando un acuerdo con el Superyó y que la angustia ha madurado hasta llegar a convertirse en culpabilidad. Para el autor (1958) la génesis de la culpabilidad reside en la realidad interna, es decir que reside en la intención. No obstante, también afirma que la idea de la introyección del padre puede resultar simplista, pues existe una primera fase del Superyó en la que los objetos introyectados que sirven para controlar los impulsos del Ello son infrahumanos y muy primitivos. El estudio del sentimiento de culpa en la infancia y la niñez, es el sentimiento que ha evolucionado a partir de un temor tosco y poco matizado para devenir en un ser humano con la capacidad de comprender y perdonar. Este sentimiento implica de cierta forma que exista desarrollo emocional, esperanza y salud del yo, ya que permite la tolerancia a la ambivalencia que se presenta con respecto al objeto en el Complejo de Edipo. (Winnicott, 1958)

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propio de moralidad. En términos del Ello, el sentimiento de culpa es una angustia que se produce por el conflicto entre el amor y el odio, razón por la cual tiene que ver con la tolerancia a la ambivalencia. En el Complejo de Edipo un niño mentalmente sano tolera el conflicto en el que por un lado odia al padre y desea dañarlo, y por otra parte lo ama intensamente. (Winnicott, 1958)

Este sentimiento de culpa se relaciona con el código moral, en el sentido en el que el niño trata de diferenciar lo que está bien de lo que está mal. En los diferentes ambientes (escuela, hogar, familia) el niño da cuenta de estas diferencias y trata de encajar sus propias ideas dentro de ese código para someterse o para rebelarse ante algún aspecto. Con el paso del tiempo se ve alterada la posición del niño frente a esto, ya sea porque la situación se ha vuelto tan compleja que pierde el sentido, o porque con la madurez el niño afirma su sentido del self, lo que implica que ha formado sus opiniones personales. Inclusive en la madurez, el niño puede cotejar en algunas ocasiones sus ideas con el código aceptado, con el fin de saber cómo está la relación entre él y la comunidad, rasgo que también permanece durante la adultez. (Winicott, 1966)

Este sentido de lo moral es explicado por Winnicott (1966) y resalta el alto valor que tiene el sentido personal: “Me gusta creer en la existencia de un modo de vida basado en la premisa de que, en última instancia, las normas morales ligadas a la sumisión tienen poco valor; lo que vale es el sentido personal de lo que está bien y de lo que está mal que posee el niño. Abrigamos la esperanza de verlo evolucionar en él, junto con todo lo demás que evoluciona, impelido por los procesos heredados que conducen a todo tipo de crecimiento” (p. 129)

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niño es maduro puede verse inmerso en relaciones triangulares en las que tiene la posibilidad de ver al objeto como un ser humano completo. Este desarrollo es posible también en la medida en la que el niño pueda contar con un ambiente que facilite su progreso. Para el autor (1960a), este ambiente facilitador no solo corresponde a la madre, en sus escritos incluye al padre y da por hecho que su presencia es de vital importancia en la expresión adecuada de las funciones maternas. No solamente se trata de un cuidado materno satisfactorio, sino que en realidad esto quiere decir “cuidado parental” que puede dividirse en tres etapas: en primer lugar el sostén que

se refiere a la provisión ambiental que trasciende al sostén físico; segundo, la madre y el niño viven juntos, allí el infante no conoce las funciones del padre, es decir, la de ocuparse del ambiente dispuesto para la madre; tercero, ya se encuentra la triada padre, madre e infante que además viven juntos. (Winnicott, 1960a)

El término “vivir con” está referido a una “relación tridimensional o espacial, a la que

gradualmente va añadiéndose el tiempo” (p. 56) Este “sostén”, tan importante en el desarrollo

emocional del niño y de la niña, van determinando las relaciones objetales, las que están implicadas en el momento de “vivir con” en donde el infante logra surgir del estado de fusión en

el que se encuentra con la madre y darse cuenta de los objetos que son externos a sí mismo. (Winnicott, 1960)

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Como se puede observar, Winnicott (1960) no hace a un lado al padre, sino que por el contrario lo incluye acompañando las funciones maternas, como ambiente suficiente para el sano desarrollo y crecimiento del pequeño. El hombre y la mujer asumen de manera conjunta la responsabilidad de todos sus hijos y la crianza por parte de la madre, pero apoyada por el padre, se lleva a cabo de acuerdo a la personalidad de cada uno de ellos, de tal manera que el resultado de esta formación afecta a la sociedad desde las unidades más pequeñas, como lo son el hogar y la familia. (Winnicott, 1946)

El niño normal actúa de forma desenfrenada debido a la confianza que les tiene a la madre y al padre. Cuando el hogar es capaz de soportar que sus hijos pongan a prueba el poder que los padres ejercen sobre él puede lograr esta confianza. En principio el niño debería tener la posibilidad de ser un niño irresponsable y esto expresa los niveles de conflicto y desintegración que aparecen en las primeras etapas del desarrollo emocional. Debido a que la personalidad no está del todo integrada, el niño no tiene la capacidad de manejar sus propios instintos, y solo puede llegar a lograr su tolerancia a partir de un espacio que protege el padre estable, generado por la pareja parental. Esta confianza brindada por ese “círculo de amor y fortaleza” ayudan al

infante a que no sienta el temor de sus propios sentimientos y fantasías, logrando de esta manera un éxito en el desarrollo afectivo. (Winnicott, 1946)

La delincuencia es una salida cuando este ambiente afectivo no existe. El infante que no tiene a su disposición un marco de seguridad, intenta buscarlo fuera de su hogar. De esta manera, la transgresión de las normas refleja una búsqueda de control exterior al propio sujeto. (Winnicott, 1946)

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presencia del padre del bebé y del niño en su desarrollo y que según lo anterior, puede explicar las conductas adultas conflictivas, al ser el modelo de la relación parental, el modelo a seguir en las futuras relaciones objetales.

Serge Lebovici (1983) estudia con mayor detenimiento el vínculo padre – lactante. Además de la función paterna de separar a la madre de su hijo, este aporta mucho más a la lactancia y tiene una relevancia psicológica mucho más profunda en el infante. En la relación directa entre el padre y su hijo hay puntos en común con la relación entre la madre y el bebé, puesto que tanto en una como en otra díada hay intercambios de reciprocidad y mutua regulación. Así mismo hay características exclusivas en la interacción padre – lactante: es de un carácter más físico y estimulador, que se refleja en el juego más de tipo táctil y visual, menos mediado por objetos.

Lebovici (1983) citaa Kestenberg y Marcus (1981) quienes afirman que el bebé tiene la capacidad de distinguir cuál de sus progenitores lo sostiene. Al parecer, siente al padre como más activo y agresivo, y más audaz y distante que la madre, razón por la cual logra fomentar en el bebé mayor independencia y agresividad. Posteriormente, el niño logrará percibir al padre como un ser independiente de la madre que puede convertirse en su compañero de juegos. De esta manera, el padre pasa a ocupar un lugar de “mediador de la separación y catalizador de la

sublimación de la agresividad por medio del juego” (p. 200)

Lebovici (1983) destaca dos diferencias que hacen de la presencia del padre, un factor importante en el desarrollo del niño: en primer lugar, el padre puede desempeñar el papel “maternalizante” en la crianza de su hijo de manera muy hábil; y segundo, su conducta es

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tranquilizadora. Según lo describe, pueden llegar a ser más eficaces con los varones que con las mujeres al tener con sus hijos intercambios preverbales más ricos.

El padre aparece mucho antes frente al bebé y no ocupa un lugar de extraño cuando hace presencia para representar en el niño un peligro de la pérdida de su madre y de su amor. El bebé entonces puede preferir refugiarse en los brazos de su padre, como un extraño que recién aparece, pero que puede ayudar a mitigar los grandes temores por lo desconocido. (Lebovici, 1983)

El deseo de ser padre tiene que ver con los efectos de la paternidad sobre su vida psíquica cuando este ocupó el lugar de hijo, así como también la modalidad edípica que sobrellevó en su desarrollo. Dentro de este marco se encuentra también la identificación con el abuelo paterno, por tal motivo en el momento de ejercer la paternidad, se pueden actualizar tempranos conflictos que se vivieron en la propia niñez. (Lebovici, 1983)

Para Herzog y Lebovici (1989) ya no se hablaría más de maternidad o paternidad, sino de funciones parentales indiferenciadas, denominadas bajo el nombre de parentalidad. El padre representa la autoridad y las instancias del mundo interno que prohíben. Este papel fundamentalmente está de acuerdo con las familias patriarcales que se ha ido transformando a lo largo del tiempo y que cuestionan este papel exclusivo del padre en sociedades más desarrolladas e industrializadas. No obstante, el padre muestra la necesidad de ese mismo sostén, así como el niño, para “paternalizarse”. Esto representa el deseo del padre por el embarazo, por su

participación en la preparación para el parto y su presencia en el momento del nacimiento. El paternaje es más que el acceso a las funciones de la paternalidad: “Inscribe también, en el destino

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también de las capacidades del bebé, de sus particularidades históricas y de su propio temperamento.

Según la investigación de este par de autores (1989) al parecer los bebés educados sin su padre no tienen la misma capacidad para modular sus interacciones violentas, por lo cual el papel del padre también iría encaminado a organizar en los niños estos afectos intensos. La presencia del padre ejerciendo estas funciones implica en el niño una adaptación rápida, en la que parecen sentirse más cómodos con el comportamiento del padre, que busca organizar estas conductas y fantasmas agresivos. En las familias en las que el padre no se encuentra parece haber más agresión actuada por parte de los pequeños que en las familias en las que ambos padres están presentes. (Herzog y Lebovici, 1989)

Finalmente concluyen la importancia de la presencia del padre como un tercer personaje que busca hacerse más interactivo frente al infante. Así mismo en el paternaje, tienen que ver la historia infantil del padre, su nivel sociocultural y sus propios rasgos de personalidad. Así como la madre, el padre también necesita apoyo afectivo de la madre para lograr alcanzar el suficiente interés sobre el bebé, ya que es posible que también presenten depresión posterior al parto. El paternaje también es consecuencia de una cadena de hechos históricos, que al mismo tiempo son personales y que también incluyen las múltiples relaciones afectivas que el padre puede haber sostenido en el pasado. (Herzog y Lebovici, 1989)

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La fase primaria del complejo de Edipo femenino se caracteriza por una forma de relación transicional con la madre quien sirve de intermediaria para que la niña logre entrar en el amor objetal edípico. Esta forma de relación con la madre es similar pero distinta a la relación primaria con el objeto transicional descrito por Winnicott (1951). Allí se establece una paradoja ya que la primera relación objetal triádica se produce en la relación de dos personas: “la primera relación heterosexual se desarrolla en una relación entre dos mujeres; el padre como objeto libidinal es descubierto en la madre”. (p. 93). (Ogden, 1992)

Para Ogden (1992) una de las dificultades teóricas freudianas se refiere a la consideración de que la niña traslada su investidura objetal de la madre al padre. Lo encubierto en esta formulación radica en que en este proceso la condición de la madre como “objeto” y la condición de padre como “objeto” no son equivalentes. La transición no es realizada de un objeto a otro,

sino desde la relación con un objeto interno (que no se encuentra completamente separado del sí mismo) a la investidura de un objeto externo (que se encuentra fuera del alcance de la omnipotencia del sí mismo). El objeto externo que se encuentra no es solamente el padre edípico, sino que también se encuentra a la madre edípica con quien el padre edípico sostiene una relación. Este proceso de desilusión sano en la niña, resulta en un movimiento de las relaciones objetales omnipotentes hacia la investidura de los objetos externos que no puede controlar la niña. Se trata de un avance evolutivo hacia un compromiso con los objetos externos que requiere de una sana vivencia de destete, experiencia que tiene que ver con los objetos y fenómenos transicionales.

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genuino. Únicamente un fondo de narcisismo sano, que genere esperanza y apertura de la niña hacia lo desconocido, da lugar para que ella logre correr el riesgo de enamorarse del padre como objeto externo al que no puede dar alcance con su control omnipotente.

La función de la relación transicional con la madre tiene que ver con introducción de la otredad en la que el padre es el principal representante. En el umbral del complejo de Edipo femenino, tanto el padre como la madre son descubiertos como objetos externos. La niña observa una relación íntima entre los dos en la que ella no se encuentra incluida, pero que al mismo tiempo permite que se constituya un triángulo de relaciones de objeto total en la cual el padre es tomado como objeto amoroso, mientras que la madre resulta ser una rival amada de forma ambivalente. Para Ogden (1992) esta reorganización se produce sin traumas ya que en la relación con la madre se materializa la siguiente paradoja: “la niña se enamora de la madre-como-padre y

del padre-como-madre” (p.100). Esto quiere decir que la niña se enamora de la madre que aún no es del todo externa, en el sentido de la identificación inconsciente de la progenitora con su propio padre en su grupo de relaciones objetales edípicas internas. Durante este período no se plantea si el enamoramiento hacia el padre o la madre por parte de la niña se dirige al objeto interno o externo, puesto que ambas cosas son ciertas. La paradoja de este enamoramiento es la esencia de lo que permite que la entrada al Complejo de Edipo sea posible sin una desilusión abrumadora, ya que la niña no tiene que rechazar a la madre en su búsqueda por el padre, ni tiene que renunciar a un objeto interno por un objeto externo. En este sentido, el papel de la madre como objeto transicional propio del complejo edípico es permitir a su hija que la ame como a un hombre (identificación inconsciente con el propio padre). Así la madre, llega a ser un conducto hacia la relación con “el otro” que de manera paradójica es una parte de sí misma en su propia

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general” del drama posterior que aparecerá en el Complejo de Edipo con el padre real (objeto

más externo que la madre-como-padre), una preparación para lo que va a ser sentido por la niña como más real. Este proceso de lleva a cabo en la intimidad de la díada, en la que el padre sin embargo, está más presente a través de la imaginación. (Ogden, 1992).

La labor del padre sería posterior, cuando después de lograr esta transición con el primer objeto madre, la niña puede permitirse el riesgo de enamorarse de su propio padre, quien se encuentra más allá de su omnipotencia, relación que establecería la base para el amor que posteriormente ella se permita sentir hacia otros hombres. Por tal motivo la tarea de la niña resulta tan difícil con la ausencia del padre quien no permitiría la disponibilidad de la madre para permitir esta transición en su hija, y que puede ser en este caso vivida por la niña como una traición a la madre, como un intento de ser lo que no puede y de tener lo que no puede tener. (Ogden, 1992)

En el caso del niño existe un doble problema, puesto que para llegar al enamoramiento del objeto externo madre, tiene que haber pasado antes por la relación con la madre pre edípica. Para entrar en la relación erótica y romántica con la madre edípica debe pasar por un camino difícil, ya que esta última tiene un siniestro parecido con la madre pre edípica omnipotente. La madre edípica (y el padre) se convierten en peligrosamente externos, desconocidos, incontrolables e imprevisibles. Por lo tanto, el niño debe luchar para establecer la distancia entre él y la madre pre edípica mientras se enamora de la madre edípica. La madre pre edípica ha sido conocida por el niño como un objeto primitivo, omnipotente y parcialmente diferenciado de él mismo, de tal manera que el haberse “disuelto” en ella es a la vez una experiencia maravillosa y aterradora. (Ogden, 1992)

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peligro de vivir el romance edípico como algo dominado abrumadoramente por la sombra de la madre preedípica”. (p. 122) El autor (1992) denomina a este paso el viaje entre la “Escila” de la madre como objeto edípico externo y el “Caribdis” de la madre preedípica omnipotente, en el que

la fantasía de la escena primaria tiene el poder de organizar el significado y la identidad sexual además de las relaciones objetales internas y externas que se verán involucradas en el Complejo de Edipo maduro. Esta fantasía se refiere a una constelación de pensamientos y sentimientos que reflejan el estado de evolución y flujo de la forma de relación objetal, el grado de subjetividad, los modos de defensa y la complejidad y la madurez del afecto. Al principio, los objetos que hacen parte de esta fantasía son predominantemente parciales y se encuentran inmersos en una batalla que supone una sexualidad entremezclada con violencia en un modo esencialmente esquizo-paranoide. El sujeto allí es un self-como-objeto que forma parte de la escena sin llegar a sentir que puede ser apartado de ella, no obstante, siempre existe un sentido rudimentario de la terceridad que es inherente a la estructura de la fantasía de la escena primaria. De esta manera es posible que a lo largo del desarrollo se puedan establecer relaciones objetales triangulares que caracterizan las versiones más maduras de esta fantasía y del mismo Complejo de Edipo. (Ogden, 1992)

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transicional edípica se lleva a cabo en la medida en la que la madre trae al padre fálico al niño a través de su propio padre edípico interno con el que ella se identifica. En el caso en el que el padre objetal interno se encuentre ausente al interior de las relaciones objetales edípicas inconscientes de la madre, puede crear un vacío emocional en el niño que dificulta la elaboración psicológica e interpersonal del Complejo de Edipo. De esta manera, el padre real solo llega a ser de forma secundaria el portador del falo con el que el niño puede identificarse en el proceso de producir un significado fálico para él mismo. (Ogden, 1992)

“El complejo de Edipo inconsciente de la madre supone un conjunto de relaciones

objetales reverberantes y mutuamente enriquecedoras en las que la madre es a la vez una niña enamorada de su padre, su padre enamorado de su hija, una madre enamorada de su marido, y una madre y un padre que custodian protectoramente las fronteras generacionales. (Estas relaciones objetales son, por supuesto, sólo un pequeño ejemplo de la multitud de relaciones objetales internas que constituyen el complejo de Edipo inconsciente)”. (Ogden, 1992. p.126). La madre que logra identificarse con cada uno de los objetos internos propios está representada psicológicamente de múltiples formas por su hijo en el proceso de la relación que se va desarrollando, debido a que cada niño representa al inconsciente de su madre de diferente manera. En el umbral del complejo de Edipo, la madre es tanto el padre objetal interno que faculta al niño en el plano sexual, como la madre objetal externa que representa su objeto sexual.(Ogden, 1992)

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madre edípica transicional se transforma en un personaje de la historia en la que el padre y la madre se diferencian más claramente para unirse posteriormente en el acto sexual, lo que para el desarrollo del niño quiere decir que puede reconocer la diferencia sexual por primera vez, para así crearse una nueva unidad relacionada con el conocimiento proveniente del niño del acto sexual en el que participan ambos padres, cada uno diferente del otro y a su vez diferentes del niño. De igual manera, pasa de una fantasía propia del mundo de objetos parciales a sentirse como un sujeto en un mundo de objetos totales que vive la excitación sexual de tener un falo, y que toma a su madre como objeto de amor y deseo sexual, a través de una identificación más madura con el padre. Como ahora es “solo” el observador en esta escena es posible sentirse

apartado del peligro del incesto real, lo cual amenazaría con la pérdida de su identidad. El recordatorio que proviene de esta nueva fantasía de la escena primaria, le indica al niño que es el hijo de su madre y no su marido, que él es realmente emocional y sexualmente inmaduro mientras que su padre y madre no lo son, y que él es hijo de su padre y no su padre mismo. En otros casos puede producirse al interior de relaciones objetales excesivamente erotizadas con la madre, una indistinción entre las fantasías y la realidad: “En estas circunstancias la identificación

psicótica (“yo soy mi padre”) sustituye a la identificación madura (“yo soy como mi padre”)”.

(Ogden, 1992. p. 127)

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que reclama a su esposa como su propio objeto de deseo sexual y ayuda a trazar una frontera generacional. Este acto, que es proporcionado por el padre e inicialmente por el padre-en-madre, es fundamental para que el niño evite el sentimiento catastrófico de ser invitado a una unión sexual real con su madre, razón por la que la ausencia de este tercero puede producir fantasías aterradoras de la escena primaria que llegue a impulsar al niño a defenderse buscando soluciones sexuales perversas. La fantasía de la escena primaria sin la presencia del padre-en-madre, es una fantasía de coito con la madre omnipotente de dualidad sin intervención, que de igual manera refleja el desconocimiento de la sexualidad genital femenina por parte de la madre, convirtiéndose en una terrible caricatura de sexualidad para el niño, puesto que en la fantasía la ausencia del padre se debe a que el padre ha sido destruido por la madre. Por lo tanto, esta sexualidad catastrófica para el niño impide su entrada a la madurez sexual y emocional y el logro de una identidad de género madura. (Ogden, 1992).

Otro autor de gran importancia para el análisis del desarrollo temprano es Donald Meltzer (1990a) quien manifiesta que al interior de la historia del modelo del desarrollo desde la perspectiva psicoanalítica existe la tendencia a ser más cargada la evolución psíquica a partir de la relación madre – hijo, a la que es necesario agregar el rol del padre como “una importante fuerza moduladora, y potencialmente modificadora” (p. 63) Esta relación es la fuente de fallas y

distorsiones que tienen que ver con la construcción del carácter y las formaciones psicopatológicas.

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sonido de la voz de la madre; y el sonido de las otras personas y los hechos externos. De estos tres tipos de objetos, la voz de la madre es la que mayor impacto ejerce sobre el bebé y es a lo que el autor (1990a) ha llamado como el “primer impacto estético”, que es respondido en términos de Bion (según Meltzer, 1990a) como “el sentido de una integración de amor, odio y sed de conocimientos” (p. 64). Con el nacimiento llegan las sensaciones de excitación al igual

que las de terror, que preparan al niño para el impacto sensual y estético producido por el mundo exterior. Estas emociones son recogidas por el gesto de la madre, expresado en el sostén de sus brazos y la sensación del pezón en la boca, lo cual brinda un alivio instantáneo al niño. A través del pecho el niño recibe en su espacio interno un objeto protector omnipotente y omnipresente, pero al mismo tiempo introduce sensaciones incómodas que percibe como objetos malos que luego devuelve a la madre a través del llanto o la defecación. Cuando vuelve a necesitar de la madre se despiertan los perseguidores que amenazan con volver a entrar a él, por los ojos o los oídos, la boca o el ano. Es aquí donde para Meltzer (1990a) la presencia del padre es indispensable.

“Hace falta un protector y se presenta como el padre con su poderoso pero misterioso

pene, para custodiar los orificios de la madre y del bebé, especialmente el ano, que lleva – así lo siente – directamente a su interior, donde han estado alojados sus preciosos objetos. Las malas heces – pene podrían entrar y robar o destruir el pecho de la madre”. (p. 65)

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