Mi primer acercamiento fallido al sexo ocurrió en Gu a-dalajara en los tiempos en que estudiaba el segundo y último año de bachillerato en el Instituto de Ciencias. Habituado a que me expulsaran de algunas escuelas en las que estudié, cuando los jesuitas me pusieron de pati-tas en la calle estuve de acuerdo con ellos: tenían podero-s a podero-s razonepodero-s para actuar de epodero-sa manera. Mi buena podero-suerte no tuvo límites: me concedieron, además de unas largas vacaciones, derecho de examen. Mamá para que me re p u-siera de semejante golpe me envió con una amiga suya que administraba en Santiago, Colima, el Hotel Anita. Allí conocí y traté superficialmente a una pareja de recién casados: Edmundo O’Gorman y la Chacha Ro-dríguez Prampolini. Creí ver en ellos la manera de ser y vivir (desenfadada, libérrima) de los intelectuales de la Ciudad de México. No estaba del todo equivo c a d o. Ad e-más, pese a las apariencias, la Chacha no fue el pro t o t i p o de las mujeres que pronto empezaría a cortejar.
Semanas después me instalé en la hacienda de unos cercanos parientes míos, San Isidro Mazatepec, donde comencé a leer y escribir con cierto orden y a lo largo de varias horas todos los días.
En un ropero semiabandonado descubrí el segundo tomo de las memorias de Vasconcelos, La tormenta. Aún hoy, a muchos años de distancia, re c u e rdo que gocé y sufrí las alegrías y los dolores de este hombre que se
e n t regó completamente a una mujer sin pensar en el día de mañana ni tampoco en el día de ayer. Canceló su pasado amoroso y como los lotófagos de la Odiseano quiso saber qué le pasaría al día siguiente. En 1958, un año antes de su muerte, traté con cierta intimidad a Vasconcelos: en sus mejores momentos, y acuciado por mí, el de carne y hueso se parecía al de papel y tinta.
Mis borradores de esos meses fueron abundantes en cuanto a número de cuartillas y sumamente reducidos en lo que toca a la calidad de los escritos: un re s u m e n campanudo de mis ridículas vivencias y experiencias y versos, muchos versos que copiaban servilmente al López Velarde menos valioso.
Los fines de semana, de viernes a domingo, un sacer-dote cumplía con la comunidad de la hacienda las tare a s de su ministerio: enseñar el catecismo, confesar, dar la comunión y oficiar la misa. El padre Víctor, como yo, se hospedaba en el casco de la hacienda. En una de las s o b remesas rudamente me preguntó: “¿Te has acostado ya con una mujer?”. Como respondí en forma negativa, me propuso: “Vamos a hacer un trato. La próxima vez que viajes a Guadalajara me avisas por teléfono y te voy a dar clases de cuerpo presente. Vamos a ir a un hotel de paso para que veas cómo lo hago yo y después lo harás tú”. Y llegó el día. La amante del sacerdote, chaparrita, tími-da, obediente, tenía cuerpo de almohada. Ya en el cuart o
Memorias
sentimentales
Emmanuel Carballo
MEMORIAS SENTIMENTA L E S
Víctor le indicó que se desvistiera para hacer el amor. Cuando terminaron, el padre me dijo: “Ya viste cómo se hace, ahora hazlo tú”. Me desvestí, por más esfuerzos que hice no tuve erección. Tras el fracaso abandoné ca-bizbajo el hotel.
Nunca me he acostado con prostitutas, casi siempre con mujeres amadas y deseadas. Para mí el sexo no ha sido sólo una necesidad carnal sino una urgencia del espíritu. Pasaron algunos meses a partir de esa frustración para que practicara el amor tal como lo define Jorge Gu i l l é n : “Cuerpo es espíritu y todo es boda”.
Mi vida sentimental ha sido un tanto heterodoxa: comencé por el matrimonio y posteriormente practiqué el noviazgo. Me remonto a los años de mi adolescencia. A partir de entonces y durante varias décadas soporté un atolondrado complejo de Edipo. La dedicatoria que le puse a El cuento mexicano del siglo XXes elocuente: “A
doña Tula que me enseñó entre otras cosas a equivocar-me solo”.
Acodado en el ventanal del segundo piso de la Es-cuela de Derecho de la Universidad de Guadalajara vi p a s a r, por la avenida Ju á rez, a la mujer más demoledo-ramente atractiva que conocí en mis primeros dieciocho años, Catalina Santana. Como pavo r real desfilaba todas las tardes frente a la Escuela de Leyes con un solo pro-pósito: retar con su belleza a los alumnos y deleitarse en su fuero interno con los piropos y majaderías que le lanzábamos excitados e incontrolables.
Catalina era una mujer extraña, de asombrosos ojos verdes y cuerpo perfecto que entallaba en vestidos ajus-tados y llamativos. En la facultad los estudiantes de los primeros grados tratamos de aproximarnos a ella, inac-cesible y déspota. Me gustó desde la primera vez que contemplé su belleza altanera y en el fondo despro t e g i d a . Me acerqué a ella y le dije lo que un muchacho ávido p u e-de e-decir a una mujer, pocos años mayo r, por la que siente un deseo creciente y una curiosidad impostergable.
Pronto nos hicimos amigos. Dejé de asistir a las cla-ses ve s p e rtinas para acompañarla en largos paseos sin rumbo fijo. A su lado recorrí zonas enteras de la ciu-dad, desde el Pa rque de la Re volución hasta los confines de las Colonias, el sector residencial ubicado al ponien-te de la ciudad.
Catalina era una mujer misteriosa que no permitía a sus admiradores penetrar en su yo profundo. Se en-volvía en sus complicaciones (unas ve rdaderas, otras ficticias) y, como una nueva Emma Bovary, nos daba como joyas sus humildes cuentas de vidrio.
No puedo decir que descubrí sus enigmas, sí que me percaté de algunas de sus complejidades: Catalina tra-taba, sin conseguirlo, de sobreponer a su ve rdadera per-sonalidad (lujuriosa dentro de la más estricta castidad) una imagen devaluada de sí misma. Pese a sus aspavien-tos de mujer corrida era una virgen profesional. De s e
a-b a que la viéramos no como era sino como ella se miraa-ba a sí misma: una mujer hollada por los hombres (no en el cuerpo sino en el alma), hacia los cuales sentía un re n c o r bien educado e inextinguible.
Al oscurecer la acompañaba a su casa a bordo de un humilde camión de la ruta Oblatos-Colonias. Catalina habitaba en el oriente de la ciudad, en una zona pobre; ella que se sentía dueña de todo lo que abarcaban sus escandalosos ojos verdes.
Mi primer amor real, de carne y hueso, fue Laura Vi l l a s e ñ o r, once años mayor que yo. Era una mujer bella e inteligente. Un defecto físico congénito, el de tener una pierna más corta que la otra, la hizo retraída y rece-losa. Encerrada en sí misma, desconfió del pequeño mundo elegante que la rodeaba. Creía que al verla la gente se burlaba de ella, sobre todo los hombres. Por esta razón dedicó su vida al estudio: cursó una carrera un i versitaria y día tras día fue una formidable lectora de literatura y ciencias políticas. Enemiga de su clase, se a c e r-có a las reuniones inacabables de la gente de izquierda.
Como tantos jóvenes tapatíos de la segunda mitad de los años treinta y principios de los cuarenta se entusiasmó con los discursos, entre didácticos y artísticos, de Vi c e n t e Lombardo Toledano.
Cuando la conocí durante una fiesta informal en el consultorio de su hermano Carlos, sentí una intensa des-carga eléctrica. Supe en ese momento que nuestras vidas no podían seguir, de allí en adelante, caminos diferen-tes. Se lo dije, y ella estuvo de acuerd o. Nu e s t ro nov i a z g o formal fue breve e intenso.
Laura fue para mí, además de una re velación amo-rosa, una maestra de tiempo completo: a su lado fui el alumno más atento en materias como literatura, historia del arte y nociones de política.
El deseo de estar juntos las ve i n t i c u a t ro horas del día nos llevó p ronto a un doble matrimonio, civil y re l i g i o s o ; este último celebrado en una cripta-panteón a la hora en que los p a r r a n d e ros apenas se dirigen a sus casas. La elec-ción de esa hora, las ocho de la mañana, era una mofa de la sociedad en que vivíamos y de nuestras pre j u i c i o s a s familias necias.
La hermosa vida que vivimos en Guadalajara, que duró escasos dos años, de pronto se vio interrumpida por
una posibilidad más o menos al alcance de la mano: obtener una beca del Centro Mexicano de Escritores, auspiciado entonces por la Fundación Rockefeller. Me c o n c e d i e ron la beca y nos mudamos a la Ciudad de México el 15 de septiembre de 1953. Esta ciudad fue la tumba de mis convicciones de joven provinciano y el trampolín que me impulsó a ser el que ahora soy.
Con Laura fui el típico marido mexicano que llegó a tener casa grande y efímeras casas chicas. Soy y fui producto de mi tiempo y de mis circunstancias. Eso de “casa chica” me quedaba un poco grande: siempre bus-qué que las mujeres con quienes salía tuvieran techo y coche para evitar así los moteles. Me gustaban las mu-jeres mayores que yo, y creo que ellas mismas fueron a la larga las que curaron mi ya manoseado complejo.
Desde muy joven he buscado, a tientas, a la mujer a p ropiada para cada momento. En el Instituto Me x i c a-no del Libro, del cual era secretaria ejecutiva, coa-nocí a Lucha Zapata Vela: el “ángel del libro” como llegó a bau-tizarla una joven re p o rtera, ahora novelista, rubia y dueña de una sintaxis abrumadoramente pobre.
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In s t i t u t o. El dire c t o r, Fernando Ro d r í g u ez, delegaba en Lucha los más espinosos asuntos de nuestra incipiente industria librera. Allí, y así, la conocí.
Después de asistir a unas cuantas sesiones la invité a una cantina, donde podían entrar las mujeres, que se encontraba en el Hotel del Prado, el Nicte Ha. Lucha aceptó y a partir de ese momento comenzamos a con-versar de todo, y por supuesto de nosotros. Era divor-ciada y tenía una hija adolescente, Marta. Veracruzana, había nacido en Córdoba y desde la juventud vivía en la Ciudad de México. Lucha provenía de una familia de claras ideas marxistas. En ese momento su hermano Joaquín, culto y honrado, era el Procurador Ge n e r a l Militar de la República.
De reunirnos de vez en cuando pasamos a vernos todos los días, por la tarde y parte de la noche en nuestro bar, que casi llegó a ser mi oficina. El Nicte Ha llevaba el nombre en honor de una falsa princesa maya. En sus paredes, forradas de piel, de arriba abajo, un hábil tala-bartero había grabado escenas eróticas que a nosotros nos parecían sugerentes.
Sólo he sostenido un amor que no concluyera en el registro civil o en una prolongada convivencia pacífica al margen de las leyes: Lucha. La quise mucho y creo que ella también me quiso. Era algunos años mayor que yo. Pese a nuestra larga relación nunca despertamos juntos por las mañanas: ciertos pendientes tempraneros soli-citaban su presencia en la casa familiar.
En esos años me entró la tontería de sentirme atrac-t i vo, guapo: era como un ocioso miliatrac-tar joven en busca de m u j e res-medalla. En mi pechera colgaban unos cuan-t o s recuan-tracuan-tos femeninos: el de Lucha no ha desaparecido. Mis amigos más cercanos la conocieron y numero-sas veces convivieron con nosotros. Uno de ellos, Car-los Fuentes, alarmado por el rumbo que tomaba nues-tro cariño, me dijo: “Emmanuel, cómo puedes andar con Lucha si es comunista”.
Bastantes años después (en este 2009), y al leer su novela más reciente, La voluntad y la forma, descubrí que entre los personajes femeninos principales figura Lucha Zapata. Aquí es una mujer que cayó del cielo un día en que Dios estaba borracho. Convive en condicio-nes físicas y mentales deplorables con uno de los dos héroes de la novela, el menos arquetípico.
Cualquier escritor, y sobre todo el novelista, tiene el derecho de crear la realidad, de servirse de ella y de aprovechar personas con nombre propio. En este caso no lo culpo por lo que hizo, simplemente me pare c e p o b re, pobrísimo, que caricaturice a una mujer que me-rece por muchos motivos comprobables ser un perso-naje de tres dimensiones. No es éste el momento, ni el lugar para exponer mis puntos de vista acerca de la novela. Carlos, que me conoce muy bien, debe intuir cuáles son.
En pleno romance con Lucha conocí, y con su táci-to consentimientáci-to, a Marta Sáenz, discípula de Cosío Villegas y amiga entrañable de Emma, la hija de don Daniel. Era una linda muchacha. Como pareja algo nos fallaba. Ella era alegre, extrove rtida, partidaria de no pen-sar sino de actuar. Yo, por el contrario, era y soy recon-centrado y un tanto triste, aunque no parezca. Hablo más de lo necesario y en el fondo de mí me gustaría no abrir la boca. Marta era leal, dulce, imaginativa, parecía mi hada madrina; odiaba a la gente con quien me disgus-taba y sentía cariño por las escasas personas con quienes me llevaba bien. Marta y yo tampoco vivimos juntos, aunque me quedaba a dormir en su casa de Coyoacán una o dos veces por semana.
Cuando el terremoto de 1957 derrumbó el Ángel de la Independencia residía en la calle de Amsterdam, en la colonia Condesa, y estuve a punto de morir. Vivía con Lucha, ya separado de Laura. Esa madrugada, des-pués de haber escrito unas cuantas horas, ya en la cama sentí que la lámpara del techo se movía, los muebles bailaban, los libreros del estudio cayeron al suelo. Me coloqué aterrado en el marco de la puerta de mi recá-mara, como entonces se recomendaba en estos casos.
A la media hora de concluido el terremoto llegó Ma rta y poco después Lucha. La escena fue ruda y bre ve . Cuando las cosas se calmaron salí del depart a m e n t o acompañado por Ma rta. Lucha, ya sola, en un arranque de justa mujer ofendida destrozó algunos de mis tesoro s , los ciento cincuenta primeros números de “México en la Cu l t u r a”, de Nove d a d e s, donde yo escribía y que eran para mí casi una reliquia. Se llevó consigo algunas pequeñas cosas íntimas y varios papeles con demasiado significado vital para nosotros dos. Me dejó este escueto recado: “s o n ustedes tan hermosos que vale la pena que Ma rta intente tu ‘re g e n e r a c i ó n’, sin ninguna sombra, re c u e rd o. Me llevo todo lo que pudiera hacerte pensar que una vez existí. Dejo aquí lo tuyo que guardaba en el museo de las perre-rías. Soy sólo la suma de ‘todos mis recónditos furores’. Quedo reducida a la verdad, sin fraude ni impostura. Perdón… También dejo las llaves de Carmela”.
La mecánica posterior de mi relación con Marta fue menos ardiente, más rutinaria. Cuando intentaba termi-nar con ella se le cubría la cara de ronchas. Me advertía: “Ya aparecieron de nuevo los granitos”. Entonces rea-nudaba las visitas. Esta frase, que a mí me parecía muy graciosa, permitió que nuestra relación durara va r i o s meses más. Re c o n o zco que hubo más amor de part e suya que de parte mía.
Espresate, la gerente de esa casa editora. Más que hablar de La Gaceta conversábamos de la Crisis de Octubre. Se unía a nosotros en la charla su hermano Jordi, por el cual sentí desde el principio un gran afec-to que, creo, fue recíproco.
Nuestras charlas pronto fueron más amplias y más íntimas. De la imprenta pasamos, para seguir juntos, a sitios poco concurridos. Con frecuencia nos ve í a m o s en el Instituto Mexicano Cubano de Relaciones Cultu-rales, del cual era yo el presidente. En los años sesenta el Instituto fue el centro de reunión más vivo y vibran-te de los más valiosos invibran-telectuales jóvenes de la Ciu-dad de México.
Cuando comenzamos a sentir que nos habíamos ena-morado recordamos que tanto ella como yo no éramos l i b res. Ella estaba casada y yo no me había divo rciado de mi primera mujer. Neus le comunicó a su marido, con el cual convivía normalmente, sus nuevos sentimientos amorosos y yo le pedí a Laura formalmente el divorcio. Neus obtuvo con previsibles dificultades la separación y yo tuve que conseguirla de forma fraudulenta en Ciu-dad Ju á rez, donde se cocinaban al vapor los divo rc i o s difíciles (allí se divo rció, en el mismo bufete, entre otras personas famosas, Ingrid Bergman). Nos divorciamos, pero no hablamos de matrimonio. Ya no era necesario. Em p rendimos este trámite simplemente para proteger de la maledicencia a sus tres hijas, pequeñas y llenas de vida. Con Neus el joven inquieto, inestable, dejó atrás la j u ventud y comenzó a ser un adulto perplejo por el gran salto que había dado. Amaba, sí, pero más prof u n-da y responsablemente. Neus, a lo largo de diez años, fue la suma de todas mis aspiraciones. La quise con un amor que antes nunca había sentido.
Una vez instalados en las inmediaciones de Ciudad Un i versitaria cambié radicalmente mi vida. Ya no busca-b a mi casa en la calle, ni tampoco dilapidabusca-ba mi tiempo en alegres comadreos con personas incoloras que me ro-baban el tiempo libre.
En los años que vivimos juntos apareció mi prime-ra y más laboriosa antología, El cuento mexicano del siglo XX, que hoy, agotada de tiempo atrás, muchos
uti-lizan sin dar el crédito correspondiente. También llegó a librerías mi libro más conocido, Protagonistas de la literatura mexicana. Semana a semana en el periódico
Exc é l s i o r, de 1966 a 1968, tracé el primer bosquejo de mi
Diario Público, el que después de un trabajo que me llevó décadas apareció en los primeros años del nuevo siglo. Neus era trabajadora, inteligente, intuitiva, pero era mujer y eso representaba entonces una desventaja; sin embargo se impuso, primero en la Imprenta Madero, c u yo dueño era su padre, y en Ediciones E R A(sigla que no
indica época determinada sino la primera letra de tres
de México.
En t re ella y yo a lo largo de nuestra vida en común h u b o una coincidencia significativa de ideas e incluso de puntos de vista. Recojo aquí un texto que muestra cómo pasábamos, cuando era necesario, de lo abstracto a lo concreto, de la lectura de los clásicos en todos sentidos a la participación física en la lucha contra la injusticia de los mexicanos insumisos. El texto se refiere a la tarde y el principio de la noche del 2 de octubre de 1968:
Después de la comida, Neus y yo nos dirigimos a la Plaza de Tlatelolco, a bordo de nuestro Volkswagen ro j o , para asistir al mitin de los estudiantes. Concurríamos a ese acto del mismo modo como fuimos a casi todas las jornadas del movimiento estudiantil: marchas tímidas como la que hicimos, en compañía del Rector, de CUa
la avenida Félix Cuevas y de regreso al campus univer-sitario, asambleas en el auditorio Justo Sierra, concen-traciones en espacios abiertos, desfiles más audaces que nos llevaron varias veces hasta el Zócalo. Por nuestra edad y profesiones no éramos actores sino simpatizan-tes. Llegamos tiempo antes de que comenzara el mitin y estacionamos el coche en la calle de Manuel Gonzá-lez, a la altura del cine.
Ya en la plaza encontramos a pocos amigos y co-nocidos. De tanto mirarnos en estos actos de pro t e s t a saludamos a muchas caras que ya eran familiares. Nos sentamos, en la parte delantera de la plancha de concre-t o , e n f renconcre-te del edificio Chihuahua. En unos cuanconcre-tos minutos la plaza se llenó de gente.
Los muchachos, y todos éramos muchachos en ese momento, coreábamos consignas contra el gobierno y a favor de los puntos que exigía el Consejo de Hu e l g a en su pliego petitorio. El entusiasmo incontrolable que cohesiona a la gente en los actos políticos se adueñó de n o s o t ros. Ya no éramos una pareja madura y re f l e x i va sino un par de personas dispuestas a convivir con los estudiantes y sus dirigentes.
El mitin alcanzó un elevado nivel emocional, tanto en las alturas (los oradores se habían colocado en uno de los primeros pisos del edificio Chihuahua) como en la plataforma donde todos estábamos sentados. Comen-z a ron los discursos, más próximos a los sentimientos que a las ideas: ésa era su función.
De pronto apareció arriba de la plaza un helicóptero. Dio varias vueltas en re d o n d o. Se preparaba el cre p ú s c u-lo y por ese motivo las luces de bengala que arrojó nos parecieron hermosas.
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No sabíamos qué hacer. Instintivamente comenzamos a gatear en busca de refugio. Los pocos que se pusieron de pie fueron derribados de inmediato. Fue ésa la pri-mera vez que vi caer muerta cerca de mí a una persona. Cuando el miedo se apodera de nosotros se atrofia el sentido de la distancia. En ese instante creí que la plaza no tenía fin. A un lado y a otro miraba caer gente. Las balas en el atardecer tienen un color sedante. Recuerdo a una señora que me dijo: “Pe rdí un zapato”. Dudaba si regresar por él o seguir adelante.
Nosotros, entretanto, no gateábamos, nos adhería-mos al suelo en nuestra caminata que parecía no tener fin. Llegamos a la orilla de la plataforma. Debíamos salt a r. Cuando me di cuenta del tamaño del brinco me dio susto. Una vez abajo comprobé que el salto no fue cosa del otro mundo. Ya a nivel de la plaza el problema consistía en alcanzar los pasillos. Escondiéndonos detrás de los árbo-les recién plantados, corriendo lo más encorvados que podíamos, llegamos a los corredores.
Ya situados en uno de los pasillos un soldado nos de-t u vo apunde-tándonos con su mede-trallede-ta. El milide-tar nos miró y dio una orden, que siguiéramos de frente. Supusimos que nos encaminaba hacia el lugar donde, creíamos, con-centraban a los detenidos. “Escapamos de las balas —pen-samos— pero no del campo militar”. Por ese corredor llegamos, con gran sorpresa, a la calle de Manuel Gon-zález. Enfrente de nosotros vimos a algunos
compa-ñeros que golpeaban con sus zapatos a los tanques y ve-hículos de guerra que rodeaban la plaza. “Tengan sus Olimpiadas, tengan sus Olimpiadas”, gritaban.
Ya libres, caminamos sin rumbo cerca de una hora. Recuperamos la razón frente al Monumento a la Raza. Allí subimos a un taxi y nos dirigimos a la casa de los p a d res de Neus. Un larguísimo trago de ron y varias horas en que nos comportamos como sonámbulos permitie-ron recuperar hábitos y cordura.
El desgaste propio del paso de los años no re s p e t ó nuestra vida blindada y productiva. Cada quien por su lado se dio cuenta de que nuestra convivencia amorosa p e rfecta era más producto de lo que creían nuestro s amigos y no de lo que sentíamos nosotros. Neus ya no me quería como en los primeros años y yo, dentro de mí, la amaba de la misma manera como se estima a un pariente cercano y repleto de virtudes.
Con Neus concluyó una etapa valiosa de mi vida. Hasta ese momento fue la mujer más completa entre las que traté a lo largo de esos años. Practicamos juntos el amor, la fiesta, la locura de intentar sin conserguirlo un mundo mejor y el trabajo alegre y riguroso.
Después viví una corta aventura con Graciela Itur-bide. Un dato curioso digno de anotar es éste: Laura, mi primera esposa, era descendiente de Miguel Hidal-go, padre de la patria, y Graciela, de Agustín, del mismo apellido, consumador de la Independencia.
Juntos realizamos al alimón un novedoso libro, más fotográfico que literario, sobre el festival de ro c kde Av á n-daro. Ella era discípula aventajada de Álvarez Bravo y en esos días se le consideraba la más talentosa fotógra-fa joven del país.
Invitados por una universidad de provincia, la Ve r a-c ruzana, viajamos por Sudaméria-ca durante un mes. El l a tomaba fotos y yo ofrecía conferencias y actividades adyacentes un día sí y otro también. En Venezuela, in-vitados por Juan Go n z á l ez, primo hermano mío, conoc i-mos y gozai-mos una bella isla, pequeña y salvaje, pro-piedad de la esposa de Juan. Nuestra indumentaria era de riguroso invierno, llegábamos de Buenos Aires, y tanta ropa era un pleonasmo en el trópico venezolano. Nues-tro equipaje no llegó con nosoNues-tros: siguió el viaje hasta Miami. De regreso a México nos aburrimos juntos a lo largo de unas cuantas semanas.
El paso de Graciela por mi vida no fue afortunado. Sucumbí a sus encantos y Neus y yo rompimos nuestra relación.
Esta ruptura fue aprovechada por muchas personas próximas a ella y a mí. Neus fue declarada la víctima y yo el victimario. Ella era poderosa y su editorial cada día más renombrada; yo sólo poseía una pequeña casa editora subve r s i va y numerosas ideas innovadoras. Nu e s-tros amigos comunes, casi todos, se fueron a la cargada y algo más, me cerraron las puertas de la difusión de la
cultura, de los mejores periódicos y las casas editoras de m a yor estatura. Al hablar de mí ya no se referían a lo que era en ese momento sino a lo que había sido tiem-po atrás. En t re mis enterradores figuraban muchachos que yo había lanzado a las letras y algunos a los que había cimentado su prestigio. Dos personas me salva-ron de la catástrofe: Rafael Gi m é n ez Siles y Ma rt í n Luis Guzmán: me abrieron las puertas de Em p re s a s Editoriales.
C o h e rente con mis ideas políticas acepté la pro p u e s-t a del recs-tor de la Universidad Aus-tónoma de Puebla, la dirección de Difusión Cultural. De una manera u otra desde joven siempre he estado próximo a la cultura y a su inmediata propagación.
Un i versidad de izquierda, la de Puebla, me permitía poner en práctica mis ideas: abandonar la cultura supe-rior e intentar arrimarnos a las masas, asunto sumamen-te espinoso y casi imposible de re s o l ver a corto plazo.
Reuní a mis colaboradores y formulamos un plan sencillo: visitar con reiterada frecuencia a nuestros pos i-bles clientes y después ofrecerles, como un todo armó-nico, un esbozo de la cultura popular: algo de teatro, cine, danza, música, canto y literatura, esbozo en el que ellos eran al mismo tiempo actores y espectadores.
o-nes. Nuestras ofertas fueron bien acogidas. Por supuesto que no abandonamos las tareas propias de la alta cultu-ra dirigida a los estudiantes y a las personas instruidas de la ciudad.
Parte de la semana, del lunes al mediodía al viernes, trabajaba en Puebla y ese día, al caer el sol, re g re s a b a a México. El viernes por la tarde pasaba a recogerme Beatriz Espejo, quien en ese momento era mi novia. Novia en el sentido más casto de la palabra.
Para conquistarla tuve que emplear los recursos que ponen en práctica los muchachos para agradar a las muchachas. Por primera vez en mi vida recorrí los pasos sucesivos indispensables para obtener los favores de la joven de quien estás enamorado. Para halagar a Beatriz organicé con la colaboración del jefe de la sección corre s-pondiente un concierto de música y canto en el hermo-s o Salón Barroco. Lohermo-s ahermo-sihermo-stentehermo-s hermo-solamente fuimohermo-s dohermo-s: ella y yo. Los músicos, la orquesta de cámara y el coro de niños y adolescentes eran alumnos de la Un i ve r s i d a d. Al concluir el acto Beatriz y yo estábamos pro f u n d a m e n-te conmovidos.
Otro agasajo fue el que le ofrecí en la Casa del Lago. Para leer sus cuentos invité a dos actores amigos que además decían limpiamente los textos literarios: Gu i l l e r-m o Murray y Ricardo Blur-me. Para abrir boca Chabuca Granda cantó (o mejor dijo) algunas de sus canciones. Estos hechos que pronosticaban nuestro posible enla-c e t u v i e ron, dos déenla-cadas atrás, un anteenla-cedente: la enla- contem-plación de Beatriz, jovencita y excitante, en la explanada de la Ciudad Universitaria.
En los años cincuenta le eché los perros y no me hizo c a s o. Le repugnaba, me dijo, salir con hombres casados. Cuando la contemplaba en el área cultural de C Usu sola
p resencia me conturbaba. Beatriz era para mí un hechi-zo permanente.
Varios años después una amiga común, En r i q u e t a Ochoa, le transmitió la noticia dada por un periódico alarmista sobre mi estado de salud: “Emmanuel se está muriendo, deberías ir a visitarlo”.
Beatriz, que concluía los trámites de su divo rc i o , fue a verme y me encontró barbón, descuidado, enfer-mo en la casa que compartía con mi Editorial Dióge-nes. De nuevo volvimos a frecuentarnos. (Antes, recién llegado de Guadalajara, y por las tardes, la invitaba a escuchar j a z zcon el conjunto de Tino Contreras y beber p a rcamente hasta las ocho de la noche: si llegaba más tarde la regañaban sus padres. Beatriz era hija de fami-lia y yo vivía solo). Este nuevo encuentro ocurrió en 1972. La Beatriz de ese día era tan hermosa como la que miré veinte años atrás en las aulas y salones de con-ferencias de Filosofía y Letras. Al año siguiente nos ca-samos por lo civil.
Hoy, a veces, me burlo de ella y le digo que vive aman-cebada conmigo. “Yo puedo casarme contigo por la Ig l
e-s i a (Laura había muerto) y tú debee-s pedir al Papa la anulación de tu boda eclesiástica”.
Entre las muchachas de su generación, tanto las es-critoras como las académicas, Beatriz ha sido una de las más celebradas. Por ello ha concitado en su contra el odio de las menos guapas y la amistad de las mejor pertre-chadas intelectualmente.
Cuando nos casamos vivimos en Copilco, en una casa contigua a la que compartí con Neus, lo que resul-taba incómodo para los tres. Al leer en el periódico de l a vida nacional sobre la venta de una casa diseñada por el arquitecto Artigas fuimos a verla. Nos gustó, pese a la fealdad con que estaba amueblada, y la compramos. El dueño era un diputado. La casa está situada en el pue-blo de El Contadero, delegación de Cuajimalpa.
La casa tiene dos entradas, la que da a la calle de Ar-teaga y Salazar y la que sale a la Avenida Veracruz. Por una entraban las amigas del diputado y por otra salían. Como era tan chaparrito, y la casa estaba pensada y cons-truida para personas de su tamaño, en un principio me golpeaba en la regadera del baño y en todas las puertas. Con Beatriz arribaron de nuevo a mi vida la calma, el orden y el rigor. Abandoné mis camisas de manta tipo Mao, mis guaraches y mi barba silvestre para convertir-me en lo que soy ahora: un burgués por fuera, pero cre o que no por dentro. Beatriz también cambió, dejó atrás la visión inmovilista que le inculcaron las monjitas y poco a poco ha ido comprendiendo el mundo democrático y libérrimo que yo amo. Juntos hemos encontrado la felicidad hasta donde ello es posible. Tenemos un hijo, Francisco, a quien inculcamos desde niño nuestros pro-pios puntos de vista: que se desprendiera de las ideas prefabricadas y viviese como le diera la gana. Nos reí-mos con él cuando recordareí-mos la manoseada frase de Oscar Wilde: “Los hijos primero aman a sus padre s , después los juzgan y por último rara vez los perdonan”. El difícil problema que se les presenta a las parejas que ejercen la misma profesión a nosotros casi no nos ha afectado. Beatriz es cuentista, una cuentista innova-dora, y yo un crítico aborrecido por mucha gente y a quien le han respetado la vida algunas personas de bien, como diría Julio Torri.
Este 2009 a ambos nos asusta. Somos viejos, yo por supuesto más que ella, vivimos en un mundo que ya no entendemos del todo y que no comparte algunos de n u e s t ros puntos de vista fundamentales. A nuestro alre-dedor se ha instalado, parece que por mucho tiempo, la mentira, el importamadrismo, el lucro y el desinterés por el futuro, desinterés que puede acabar material-mente con el mundo en que vivimos.
Me gustaría ser joven y luchar tercamente hasta con-seguir que la gente recobre la razón y practique todos los días y a todas horas el único remedio que nos queda a los ciudadanos de a pie, el amor.