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La Resistencia LAURA GALLEGO GARCÍA

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Academic year: 2018

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báratro

PARA MI AMOR DAFNE =)

TE AMO!!!

MEMORIAS DE IDHÚN

La Resistencia

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báratro

No importa lo que haga, cada persona En la tierra está siempre representando el Papel principal de la Historia del mundo.

Y normalmente no lo sabe. PAULO COELHO, El Alquimista

JACK

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.Se llamaba Jack. Hacía ya un par de años que vivía con sus padres en aquella granja a las afueras de Silkeborg, una pequeña ciudad danesa, y todas las tardes, al salir de clase, si el tiempo lo permitía, efectuaba aquel trayecto en bicicleta. Le gustaba hacer ejercicio y, además, el recorrido junio al bosque lo relajaba y apartaba de su mente todas las preocupaciones.

Pero, por alguna razón, aquella vez era diferente.

Llevaba todo el día teniendo una extraña intuición con respecto a su casa y sus padres. No habría sabido decir de qué se trataba, pero tampoco había podido evitar llamar a su madre a mediodía, para asegurarse de que los dos estaban bien, y lo había encontrado todo en orden. Sin embargo, apenas un rato antes, al salir del colegio, había sentido que aquel molesto presentimiento que lo había acosado durante todo el día regresaba con más fuerza- Sin ningún motivo aparente, intuía que su familia estaba en peligro. Y sabía que era absurdo, sabía que no tenía una explicación racional para aquella sensación, pero no podía evitarlo. Tenía que llegar a casa cuanto antes y comprobar que todo marchaba bien.

Cuando llegó a la granja por fin, el corazón estaba a punto de estallarle del esfuerzo. Dejó la bicicleta tirada junto al cobertizo, sin preocuparse por guardarla, y corrió hacia la entrada.

Se detuvo de pronto, con el corazón latiéndole con fuerza.

Joker, su perro, no había acudido a recibirle, como todos los días. Tampoco se oían sus ladridos desde la parte posterior de la granja. «Habrá ido al bosque», se dijo Jack, intentando calmarse.

No pudo evitarlo, sin embargo. Echó a correr de nuevo hacia la puerta de la casa. La halló entreabierta y entró.

Algo le detuvo.

En apariencia, todo parecía normal. La luz del salón estaba encendida, se oía el murmullo apagado del televisor.

Pero se respiraba un ambiente extraño.

Temblando, entró en el salón. Su padre estaba sentado en el sofá, frente al televisor, de espaldas a él. Podía ver su cabeza descansando sobre el respaldo.

—Papá...

No hubo respuesta. En la televisión ponían un estúpido programa de imitadores de cantantes famosos, y Jack se aferró desesperadamente a la idea de que era lógico que su padre se hubiese quedado dormido.

Rodeó el sofá y, tras un breve instante de vacilación, miró a su padre a la cara.

Estaba inmóvil, pálido, con los ojos abiertos de par en par, desenfocados, mirando a ninguna parte. No había ninguna señal de sangre o violencia en su cuerpo.

Pero Jack supo que estaba muerto.

Algo golpeó su conciencia con la fuerza de una pesada maza. Por un momento el tiempo pareció detenerse, y su corazón, con él; pero de inmediato el mundo a su alrededor se tambaleó y empezó a girar a una velocidad abrumadora. Se abalanzó hacia su padre y lo sacudió varias veces, tratando de hacerlo reaccionar. En el fondo sabía que era inútil, pero, simplemente, no quería creerlo.

—¡Papá! Papá, por favor, papá, despierta...

Su voz se quebró con un sollozo aterrorizado. De pronto pensó que tal vez no era demasiado tarde, que tenía que llamar a una ambulancia, y quizá... corrió hacia el teléfono y descolgó el auricular.

Pero no había línea, Jack colgó el teléfono con violencia, rabia y desesperación; se secó las lágrimas con la manga del jersey, dio media vuelta y se precipitó escaleras arriba.

—¡Mamá! -gritó-. ¡Mamá, baja corriendo, trae el móvil!

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—¡¡Mamá...!!

Enmudeció de pronto, porque había alguien al fondo del corredor. Alguien que no era su madre. Frenó en seco, desconcertado. Los dos se miraron un momento.

Se trataba de un hombre de ojos de color avellana y rasgos delicados, pero expresión dura y ligeramente burlona. Vestía algo parecido a una túnica que le llegaba por los pies, y tenía el cabello oscuro y encrespado.

—-¿Quién... quién es usted? -murmuró Jack, confuso y todavía con los ojos llenos de lágrimas.

Algo atrajo su atención, sin embargo. Sobre el parquet, a los pies del individuo de la túnica, había un bulto inerte. Jack lo reconoció, y sintió que las piernas le temblaban; tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

Era su madre, que yacía en el suelo, pálida, con la cabeza vuelta hacia él y los ojos abiertos.

Jack sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Aquello no podía estar sucediendo...

Pero no había duda. La mirada de su madre era vacía, inexpresiva. Sus ojos estaban muertos.

—¡¡¡Mamáááá! -gritó el chico, fuera de sí.

Echó a correr hacia ella, sin importarle para nada la presencia del hombre de pelo negro...

Todo sucedió muy deprisa. El desconocido gritó unas palabras en un idioma que Jack no conocía (pero que, de pronto, le sonó extrañamente familiar) y algo golpeó al chico en el pecho, dejándolo sin aliento, y lo lanzó hacia atrás.

Jack chocó contra la pared y sacudió la cabeza, aturdido y respirando con dificultad. No tenía ni idea de qué era lo que lo había empujado con tanta violencia; el individuo de la túnica estaba aún lejos de su alcance cuando aquel lo-que-fuera lo había lanzado contra la pared.

Pero no se detuvo a pensar en ello. El golpe lo devolvió a la realidad.

Se dio cuenta de que, muy probablemente, aquel estrafalario individuo era el responsable de la muerte de sus padres; y una parte de sí mismo, que estaba oculta y dormida y solo despertaba en ocasiones puntuales, y que, sin embargo, Jack conocía muy bien, aullaba de dolor, ira y sed de venganza.

Por otro lado, sabía que lo más prudente era dar media vuelta y echar a correr, escapar, avisar a la policía...

Por suerte para él, logró dominar su ira y dejar paso a la sensatez. Se puso en pie de un salto, reaccionando más deprisa de lo que su oponente había previsto. Echó a correr en dirección a las escaleras y lo oyó gritar a su espalda, pero no se detuvo. Bajó a todo correr; en su precipitación, tropezó de nuevo y cayó rodando hasta el salón.

Pero, cuando estaba a punto de levantarse, sintió una presencia gélida tras él, y se estremeció, sin poderlo evitar. Se volvió lentamente...

Ante él se hallaba un chico algo mayor que él, vestido de negro. Era delgado y fibroso, de facciones suaves y cabello castaño claro, muy fino y liso, que le caía a ambos lados del rostro. Sus ojos azules se clavaron en él, inquisitivos.

Era la primera vez que se encontraban, de eso Jack estaba seguro, pero, por alguna razón, no pudo evitar sentir una súbita repulsa hacia él, como si el mero hecho de estar cerca de aquel desconocido le produjese escalofríos.

Reprimió un estremecimiento y lo miró a los ojos.

Y de pronto sintió algo extraño, una sacudida, como si algo se hubiese introducido en su interior y estuviese explorando sus más secretos pensamientos y sus más íntimos sentimientos.

Y otra cosa. Frío.

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Y, en aquel mismo instante, Jack supo, de alguna manera, que iba a morir, como lo sabe la mosca que queda atrapada en la telaraña, como lo sabe un ratón que se topa con la mirada de una serpiente.

Pero entonces algo tiró de él y lo arrojó a un lado con violencia, apartándolo del muchacho de negro. Jack cayó al suelo, sobre la alfombra, sacudió la cabeza y se giró para ver qué estaba pasando y quién lo había alejado de la mirada de la muerte.

Su salvador era un joven de unos veinte años, alto y musculoso, de cabello castaño corto y expresión grave y severa, que había aparecido de la nada, interponiéndose entre Jack y el otro muchacho. Había algo en él que imponía respeto, a pesar de las extrañas ropas que vestía. El chico de negro lo miró impasible, pero adoptó una postura de serena cautela. Y entonces, ante la atónita mirada de Jack, el recién llegado sacó una espada del cinto Y le plantó cara a su oponente. El de negro pareció aceptar el desafío, porque extrajo su propia espada de una vaina que llevaba sujeta a la espalda y paró el golpe de su contrincante con una rapidez y una agilidad casi sobrehumanas. Jack, paralizado de terror, se quedó mirando cómo aquellos dos desconocidos iniciaban un duelo de espadas en el salón de su propia casa. Volcaron la mesa del comedor, desgarraron las cortinas, destrozaron el televisor con una estocada que no dio en el blanco. Jack asistía impotente a aquel estropicio, pero no se atrevía a moverse. El joven recién llegado se movía con seguridad y serenidad, y los golpes que descargaba eran más fuertes; pero el muchacho de negro era mucho más rápido, ágil, silencioso y letal. Jack se dio cuenta de que, cada vez que las dos espadas se encontraban, una especie de destello sobrenatural brotaba de sus filos.

Aquello no era real, era una pesadilla, no podía estar pasando. Quiso gritar, pero entonces alguien tiró de él y le tapó la boca.

Jack sintió que se mareaba. Su primer impulso fue tratar de deshacerse del abrazo, pero no lo logró. Se volvió y vio que su captor era un chico delgado de unos dieciocho o diecinueve años, de cabello negro, grandes ojos oscuros, facciones agradables y gesto serio. Jack quiso librarse de él, pero el joven era más fuerte. Lo miró a la cara y le dijo que no con la cabeza, y Jack entendió que era un amigo y estaba allí para ayudarlo. Lo agarró por los brazos con desesperación.

—Por favor -sollozó-, por favor, ayudadme... mis padres...

Pero el joven sacudió la cabeza, y le dijo algo en otro idioma, y Jack comprendió que hablaban lenguas distintas. Se volvió para señalar el sofá donde yacía el cuerpo de su padre, pero al final giró la cabeza con brusquedad porque no se atrevía a mirar.

Mientras tanto, los otros dos seguían con su particular duelo de esgrima, y el individuo de la túnica, el asesino de los padres de Jack, se había asomado a lo alto de la escalera. El muchacho que sujetaba a Jack se dio cuenta de ello. Gritó algo y su compañero asintió y retrocedió hasta él. El chico de negro corrió tras él y descargó la espada sobre ellos, justo cuando su oponente agarraba del brazo a su amigo.

Jack sintió unos dedos clavándose dolorosamente en su antebrazo y lo último que vio antes de que todo empezase a dar vueltas fueron unos gélidos ojos azules...

Jack lanzó un grito y abrió los ojos, sobresaltado. Se incorporó sobre la cama, respirando entrecortadamente y sintiendo en el pecho los alocados latidos de su corazón.

«Solo ha sido un maldito sueño», pensó irritado.

Pero todavía temblaba. Detestaba las serpientes, y había soñado con una de ellas, enorme, terrorífica, que se alzaba bajo un extraño cielo del color de la sangre. Un cielo con seis astros que emitían un brillo cegador.

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pesadilla», se dijo. Pero no era la primera vez que soñaba con aquella escena, y se preguntó, una vez más, si la habría visto en alguna película de ciencia-ficción. Si era así, no lo recordaba.

Por otro lado, antes de soñar con la serpiente gigante había tenido un sueño mucho más aterrador; se acordaba solo vagamente, pero sabía que tenía que ver con sus padres, y que no era algo que quisiera recordar.

Se pasó una mano por su pelo rubio, revolviéndolo, y echó un vistazo a su derecha, buscando con la mirada los números fosforescentes de su despertador digital. Se quedó helado.

No estaba en su habitación. Se hallaba en una cama extraña, en un cuarto extraño, en un lugar extraño. La forma de la habitación tampoco era corriente: no había esquinas en las paredes, curiosamente redondeadas. Era como si estuviese en el interior de un iglú gigante. Una ventana, también redonda, se abría a un lado del cuarto. Más allá se veía una clara noche estrellada y las oscuras copas de los árboles. Pero no era el paisaje que él conocía.

Jack parpadeó, confuso. ¿Dónde diablos se encontraba? ¿Qué estaba pasando?

Se levantó de un salto, apartando unas sábanas extraordinariamente suaves. Buscó el interruptor de la luz y no lo encontró. Esperó a que sus ojos se habituasen a la oscuridad para mirar a su alrededor.

No había muchos muebles en aquel cuarto. Una silla y una mesa de extraño diseño, un armario del mismo estilo y algo que parecía una mezcla entre una estantería y una cómoda. Y dos puertas.

Una estaba entreabierta, y parecía un ropero. Jack abrió la otra, tirando de una manilla hecha de un curioso metal verdeazulado, y se deslizó hasta el exterior.

Se encontró en un pasillo de techo abovedado, como un túnel, que torcía hacia la derecha con suavidad, sin esquinas. Estaba iluminado por medio de apliques eléctricos, con bombillas, perfectamente normales. Jack respiró hondo, mareado. Aquello era una locura.

Avanzó con precaución, procurando no hacer ningún ruido... y entonces topó con alguien. Jack dio un respingo. Se trataba de un joven moreno, delgado y nervioso. Jack lo había visto antes...

...En el salón de su casa, sujetándolo, mientras otros dos mantenían un duelo de espadas.

De golpe lo recordó todo. La carrera hasta la granja, el hombre de la túnica, la lucha entre su perseguidor y su salvador, aquellos inhumanos ojos azules, sus padres muertos...

Sus padres, muertos.

No había sido un sueño. Todo aquello había sucedido de verdad.

Jack ahogó un grito de rabia y desesperación y, casi sin saber lo que estaba haciendo, se abalanzó contra aquel joven, furioso, tratando de golpearlo. Lo cogió por sorpresa y ambos cayeron al suelo. El muchacho exclamó algo en aquella extraña lengua, pero Jack no atendía a razones. Golpeó con los puños intentando darle a algo, pero de pronto unas manos de hierro lo agarraron dolorosamente por las muñecas y una voz serena, tranquila y autoritaria dijo algo que, para variar, él no entendió. Intentó desasirse, pero no lo logró. Sintió que tiraban de él hacia atrás para separarlo de su oponente. Se resistió; estaba ciego de rabia. Se volvió para ver quién lo tenía atrapado y vio tras él al joven que había peleado contra el muchacho de los ojos azules en su propia casa. Sin duda era muy fuerte y tenía brazos de acero; Jack se dio cuenta de que no le estaba costando ningún trabajo mantenerlo quieto, a pesar de que él se estaba resistiendo con todas sus fuerzas.

Finalmente Jack, agotado, se rindió. Estaba atrapado. Se dejó caer, temblando y sollozando sin poder contenerse.

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las lágrimas, que él lo miraba fijamente, serio y preocupado. El joven dijo algo más, y esta vez Jack alzó la cabeza. Sonaba a francés. Pero él no sabía francés. El otro frunció el ceño, pensativo, y entonces probó otra vez.

En esta ocasión, Jack lo comprendió.

—Eh... sí... hablo inglés -musitó, en la misma lengua; Í>US propias palabras le sonaban extrañas. Tragó saliva para aclararse un poco la garganta. Volvió la cabeza para frotarse la cara contra el brazo y así secarse las lágrimas, porque todavía lo tenían sujeto por las muñecas y no podía usar las manos.

El otro chico lo miró, pensativo.

—Bien. En realidad, a mí no se me da muy bien el inglés, he tenido poco tiempo para aprender -explicó en un inglés vacilante, con un extraño acento-. Pero creo que nos entenderemos.

Jack asintió, mohíno. El hablaba inglés casi tan bien como su lengua materna. No en vano su padre era británico... Pensar en su padre le hizo recordarlo, sentado en el sofá, muerto, y cerró los ojos para evitar que volvieran a llenársele de lágrimas. Todo aquello no era más que una pesadilla...

—No es un buen momento para hablar, lo sé -prosiguió el joven-. Solo quiero que sepas que, pase lo que pase, aquí estarás a salvo.

—¡A salvo! -repitió Jack con amargura-. ¡Después de lo que les habéis hecho a mis padres...!

—Te hemos salvado la vida -corrigió el otro-. Si hubiésemos llegado a tiempo, tal vez también habríamos podido salvar a tus padres. Pero ellos se nos adelantaron otra vez.

Había tal gesto de rabia y frustración en su rostro que Jack no pudo menos que creerle.

—Mis padres... -repitió, sin poderse quitar aquella idea de la cabeza.

Trató de recomponer aquel rompecabezas en su mente. Lo que había contemplado en su casa era la lucha entre dos grupos distintos. Dos personas, el hombre de la túnica y el muchacho vestido de negro, habían matado a sus padres. Y probablemente lo habrían matado a él también, de no ser por la intervención de aquellos dos jóvenes con los que estaba hablando, que, de alguna manera, lo habían sacado de allí. ¿Por qué había pasado todo eso? ¿Quiénes eran ellos? ¿Y qué tenían que ver sus padres con todo aquello?

—¿Por qué? -susurró, desolado-. ¿Por qué a ellos?

Esta vez no pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla y volvió la cabeza bruscamente, para que no lo vieran llorar.

El joven lo miró con pena.

---Lo siento, de verdad. Lo único que puedo decirte es que te protegeremos y que seguiremos luchando por que no haya más muertes.

—¿Más... muertes? -repitió Jack, desorientado. El otro suspiró.

—Es mejor que no te mezcles en esto. Cuanto menos sepas, más seguro estarás.

Algo se rebeló en el interior de Jack.

—¡No! -gritó-. ¡No, ni hablar, necesito saber qué demonios ha pasado! ¿Me oyes? ¡Y quiero volver a casa! ¿Quiénes sois vosotros? ¿Adonde me habéis traído?

—A un lugar seguro -insistió el otro-. En cuanto a quiénes somos, solo puedo decirte nuestros nombres: yo soy Shail, y mi amigo es Alsan. No habla inglés -añadió con un suspiro resignado-, ni francés, ni nada que se le parezca.

Jack se volvió hacia Alsan, que permanecía impasible, junto a él. Shail se encogió de hombros y le dijo algo en su propio idioma. Alsan soltó a Jack, que se frotó las muñecas doloridas, sin entender todavía lo que estaba sucediendo.

—Yo me llamo Jack -murmuró.

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de miedo, de dolor, de angustia, de rabia, de impotencia eran tantos los sentimientos que se contundían en su alma que por un momento creyó hallarse en el corazón de un huracán.

Shail se puso en pie y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Jack alzó la cabeza y lo miró, todavía muy desorientado. Parpadeó para contener las lágrimas.

—Queremos ayudarte -dijo el muchacho, muy serio.

Jack titubeó, pero finalmente le dio la mano, y se incorporó. Se volvió hacia Alsan, desconfiado. El rostro del joven seguía pareciendo de piedra, pero en su mirada había simpatía y conmiseración, Jack vaciló.

—No estás solo -dijo Shail con suavidad.

Jack sintió que todo le daba vueltas. Las piernas le fallaron como si fueran de gelatina. Apenas notó los brazos de Alsan sujetándolo para que no cayese al suelo.

Fue vagamente consciente de que lo llevaban hasta una habitación más amplia y lo hacían sentarse en un sillón. Cuando todo dejó de dar vueltas y pudo mirar a su alrededor, se encontró en un salón amueblado al mismo estilo que el cuarto en el que había despertado, y aderezado con una serie de elementos que no parecían encajar allí: lámparas, un equipo de música, un ordenador...

—Bienvenido a nuestro centro de operaciones -dijo la voz de Shail junto a él. Jack dio un respingo y se volvió. Vio al joven apoyado en ei quicio de la puerta. Sonreía amistosamente. Se dio cuenta de que llevaba una camisa blanca por fuera de los vaqueros, parecía un muchacho normal. Y sin embargo seguía habiendo en él algo que lo hacía diferente. Jack buscó a Alsan con la mirada, pero descubrió que se había marchado.

—Te has mareado -continuó Shail-. Estás muy débil, necesitas comer algo. ¿No tienes hambre?

Jack negó con la cabeza. —Tengo el estómago revuelto.

—No me extraña -asintió Shail, muy serio—. Has pasado por una experiencia muy dura.

Jack reprimió un gesto de dolor. Miró a Shail con dureza. —Necesito saber -exigió.

El joven le dirigió una mirada pensativa.

—Bueno -dijo finalmente-. Intentaré explicarte algunas cosas -se sentó junto a él-. Supongo que querrás saber quiénes entraron la otra noche en tu casa, y por qué.

Jack asintió.

—En fin, es largo de explicar. Digamos que esos tipos van buscando... a gente muy especial. Gente que se les ha escapado de un... lugar. Del lugar de donde ellos vienen.

Miraba a Jack con fijeza, esperando una reacción en él, pero esta no se produjo.

—No... no lo entiendo -musitó el chico, confuso. Shail frunció el ceño.

—¿De verdad... no sabes nada? ¿No tienes idea de dónde venían tus padres?

—Mi padre era inglés, y mi madre danesa. ¿Te refieres a eso? Shail se acarició la barbilla, pensativo.

—Qué raro... -murmuró-. No hablas el idhunaico ni sospechas por qué os han atacado. No puede ser que tus padres no te contasen nada. Y, sin embargo... Por otro lado, ellos... No, no es posible, ellos no cometen errores...

Jack perdió la paciencia.

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—Está bien, está bien. ¿Recuerdas a ese chico de negro?

Jack se estremeció involuntariamente. «Te estaba buscando», susurró de nuevo aquella voz en un rincón de su memoria.

—Veo que sí -comentó Shail-. Bien, pues él... se llama Kirtash, y es un asesino. Un asesino muy especial, es frío, despiadado y muy... poderoso.

—¿Poderoso en qué sentido? -preguntó Jack, sintiendo un nuevo escalofrío. -—No te ío puedo explicar, pero estoy seguro de que tu ya lo notaste. El otro, el mag... quiero decir, el de la túnica -rectificó-, se llama Elrion y hace poco que va con él- De todas formas es raro, porque Kirtash siempre actúa solo. Aunque creo que fue Elrion quien...

Calló un momento.

—¿...quien atacó a mis padres? -completó Jack en voz baja; sintió un nudo en la garganta y tragó saliva, tratando de evitar que las lágrimas aflorasen de nuevo a sus ojos.

Shail asintió, pesaroso.

-—¿Pero quién querría...? -a Jack se le quebró la voz; hizo lo posible por acabar la pregunta y no lo logró; solo consiguió articular-: ¿Y por qué?

Shail suspiró.

—El lugar de donde venimos, Jack, está gobernado por unos... llamémoslos... individuos... a quienes no les gusta que se rebelen contra ellos. Por eso han enviado a Kirtash. Se dedica a ir por el mundo buscando gente... como nosotros. Gente... exiliada. Gente que ha escapado hasta aquí. Los busca, los encuentra... y los mata.

Jack respiró hondo. Se imaginó al punto un país ahogado por unos dictadores que gobernaban con mano de hierro.

—Pero mis padres... no pertenecían a ese lugar -objetó-. Me lo habrían dicho.

—Puede que sí, o puede que no, Jack. Tal vez tengas razón y Kirtash y los suyos se hayan equivocado con vosotros. Pero me parecería muy extraño, porque ellos nunca cometen errores de ese tipo.

Jack no dijo nada. Le costaba asimilar tanta información.

—Nosotros somos... rebeldes -prosiguió Shail-. O renegados, como nos llaman ellos. Alsan y yo vinimos aquí para cumplir una misión, y nos tropezamos con Kirtash. Hemos intentado impedir que siga asesinando a nuestra gente, pero siempre se nos adelanta y... -ahora fue Shail quien se estremeció- no podemos luchar contra él. No tenemos los medios suficientes.

—¿Qué...? No lo entiendo. Solo es un chico, y no será mucho mayor que yo. Bueno, tal vez uno o dos años mayor que yo, pero... sigue siendo un chico, y si está solo...

Shail le dirigió una mirada inescrutable.

—Kirtash no es lo que parece. Por lo que sabemos, tiene solo quince años, pero ha asesinado a incontables personas desde que está aquí.

—Pero eso... no puede ser, es... absurdo.

—Será o no absurdo, pero es la verdad. Créeme si te digo que nadie que se haya enfrentado a él ha salido con vida. Nadie.

A Jack le pareció que Shail temblaba, y no lo consideró una buena señal. Recordó de pronto una cosa.

—Pero nosotros escapamos. Kirtash tenía esa espada, iba a... -frunció el ceño-. Y yo me desvanecí, y de pronto estaba aquí...

Shail parecía incómodo.

—Escapamos -dijo ambiguamente-, sin enfrentarnos a él, Alsan no habría podido aguantar mucho tiempo, así que... tuvimos que huir.

—¿Cómo?

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Es rápido, venenoso y mortal como un escorpión. Y muy discreto. Nunca deja huellas ni rastros de su paso. Es como la sombra de la muerte. Como el ángel exterminador de la Biblia.

Jack respiró hondo. La cabeza le daba vueltas otra vez. —Debo volver a casa -pudo decir.

—No, no debes. Si vuelves, Kirtash te encontrará y te matará. No le gusta dejar las cosas a medias. Aquí estarás seguro.

Jack levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.

—¿Seguro? -repitió-. Pero si ni siquiera sé dónde estoy. Este es un sitio muy extraño...

Shail esbozó una media sonrisa.

—Este lugar es Limbhad. Fue construido por nuestros antepasados, hace mucho, mucho tiempo. Kirtash y los suyos no lo conocen. Es un refugio secreto.

—¿Y cómo sabes que no os encontrarán? Shail se levantó con gesto serio.

—Tenemos nuestros medios. No estamos tan indefensos como parece. Es solo que... -dudó antes de decir, en voz baja-: Es solo que Kirtash nos supera a todos. Me gustaría saber quién es él realmente -añadió como para sí mismo.

Jack se recostó contra el respaldo de su asiento, un cómodo sillón, y cerró los ojos.

—Estás muy pálido -dijo Shail-. Debes tratar de recuperar fuerzas... Pero Jack negó con la cabeza.

—Se supone que mis padres habían huido de un lugar -dijo con lentitud-. ¿Qué lugar es ese?

Shail no respondió. Se quedó mirándolo, dudoso. —¿Qué lugar es ese? -insistió Jack.

—Se llama Idhún -dijo Shail por fin, en voz baja. Jack parpadeó, perplejo.

—Nunca lo he oído nombrar.

Shail no dijo nada. Se levantó y salió de la habitación en silencio. Jack quiso detenerle, pero reaccionó tarde, y cuando intentó incorporarse, las piernas le fallaron. Tambaleándose, logró asomarse al pasillo otra vez. Pero Shail ya se había ido.

Jack se quedó allí parado, un momento. Entonces, lentamente, se dejó resbalar hasta el suelo y se quedó sentado allí, con la espalda apoyada en la pared. Rodeó las rodillas con los brazos, hundió la cabeza en ellos, encogiéndose sobre sí mismo, y se puso a llorar de nuevo, en silencio.

Estaba cansado, muy cansado. El miedo y la tensión parecían haberse esfumado, dejando paso a la tristeza y e! abatimiento. No sabía si Shail había dicho la verdad ni si realmente estaba a salvo en aquel lugar, pero sí era cierto que resultaba difícil no calmarse con aquella apacible noche silenciosa y estrellada que se veía desde la ventana. Un remanso de paz y tranquilidad. Jack cerró los ojos, deseando descansar, pero su corazón seguía sangrando. En apenas unas horas todo su mundo se había vuelto del revés. Sus padres habían muerto y él no sabía por qué. Estaba atrapado en un lugar desconocido y tampoco sabía por qué. Y había algo muy extraño en todas aquellas personas: los dos individuos que habían irrumpido en su casa... los mismos Alsan y Shail...

Evocó sin quererlo el momento en que su vida se había hecho añicos. El hombre de la túnica, ese tal Elrion, había matado a sus padres, o tal vez lo había hecho el otro, a quien Shail había llamado Kirtash, el muchacho de... los ojos azules.

Jack se estremeció involuntariamente... Frío.

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Costaba mucho asimilarlo.

Por un momento creyó que no lo conseguiría, deseó dejarse llevar por la pena, cerrar los ojos y dormir, y dormir para siempre, y no despertar nunca más, para no tener que enfrentarse al miedo y al dolor. Se dejó arrastrar por la marea de sus sentimientos, y estos estuvieron a punto de ahogarlo. Pero poco a poco, lentamente, fue saliendo a flote.

No habría sabido decir cuánto tiempo había permanecido allí, acurrucado junto a la pared, pero en un momento dado alzó la cabeza y se dio cuenta de que seguía en aquel extraño lugar que Shail había llamado «Limbhad», solo, en aquella habitación. Respiró hondo e intentó pensar con un poco más de claridad. Decidió entonces levantarse y salir de aquella casa, a pesar de lo que le había dicho Shail. Buscaría un teléfono y llamaría a la policía, y entonces trataría de localizar a sus tíos, que vivían en Silkeborg. Seguramente estarían preocupados por él.

Se levantó, tambaleándose, y avanzó por el corredor en busca de la salida. Un poco más allá encontró una puerta entreabierta, de la cual salía un alegre resplandor. Jack se asomó con precaución.

Había llegado a la cocina, una cocina tan extraña y original como todo lo que había en Limbhad. Al fondo de la sala ardía un fuego cálido y acogedor, y los cacha-rros, de formas diversas, estaban colocados en una serie de alacenas de cantos redondeados. Pero a la derecha había un frigorífico, un horno eléctrico y una placa de vitrocerámica. Jack no terminaba de habituarse a aquella mezcla de cosas exóticas y electrodomésticos tan absolutamente corrientes. Era un contraste que chirriaba un poco.

Estaba a punto de marcharse cuando tropezó con algo y oyó un maullido indignado. Una gata de color canela se apartó de su camino y lo miró con altanería antes de subirse a una silla con un elegante salto y acomodarse allí, desde donde le disparó una última mirada ofendida.

—Lo siento -murmuró Jack.

Oyó un ruido y se volvió, y vio entonces que, sobre un banco adosado a la pared, había una chica sentada con las piernas cruzadas y un tazón de leche entre las manos. Jack no había reparado antes en ella; tendría unos doce años, el cabello castaño largo y unos ojos oscuros que parecían demasiado grandes para su cara menuda, morena y de nariz pequeña y respingona. Pero aquellos ojos estaban fijos en él, y Jack respiró hondo. Adiós a su intento de pasar inadvertido. Bueno, de todas formas, aquella chica no parecía peligrosa.

Ella lo miraba con cautela, y Jack levantó las manos como disculpándose. —Hola -dijo.

La chica no lo entendió. Jack probó a saludar en inglés, y en el rostro de ella se dibujó una sonrisa.

—Hola -respondió. —-Me llamo Jack -dijo él. —Yo me llamo Victoria.

El inglés de ella no era malo, pero no resultaba tan fluido como el de Jack. Él se percató enseguida de que no lograría sacarle mucha información.

—¿Eres amiga de Alsan y Shail? -Ella asintió-. ¿Vienes de Idhún, entonces? Victoria se lo pensó un poco antes de contestar. La gata saltó sobre la mesa, sobresaltando a Jack, y lo miró con cara de pocos amigos. Él alargó la mano y acarició su sedoso pelaje. La gata agachó las orejas y, momentos después, ya ronroneaba panza arriba. El muchacho sonrió.

—No lo sé -dijo finalmente la chica, con precaución.

Jack estaba empezando a sentirse frustrado. Shail sabía más cosas, pero no se las quería contar. Alsan probablemente también, pero solo hablaba su extraño idioma (¿idhunaico, había dicho Shail?); y Victoria parecía algo más comunicativa, pero no dominaba el inglés tantocomo para expresarse con total claridad.

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Victoria le miró y abrió la boca para decir algo, pero calló. Parecía que no encontraba las palabras. Jack se sentó en un taburete, mohíno, y enterró la cara entre las manos.

Dio un respingo cuando sintió a Victoria junto a él. Ellase había levantado y estaba de pie, a su lado, sosteniendo algo. Jack lo miró. Se trataba de una cadena de la que colgaba un amuleto de plata que tenía forma de hexágono, con un extraño símbolo grabado en su interior.

La chica le hacía gestos indicándole que se pusiera la cadena en torno al cuello, y Jack obedeció. Sintió de pronto una especie de sacudida, como un cosquilleo que lo recorría por dentro.

-—¿Y ahora? -dijo ella de repente, para sorpresa del muchacho-. ¿Me entiendes ahora?

Jack parpadeó, perplejo, convencido de que no había oído bien. Victoria no le había hablado en inglés, ni tampoco en danés, pero él la había comprendido a la perfección. Si no hubiese sido porque parecía imposible, Jack habría jurado que le estaba hablando en el extraño idioma de Alsan y Shail.

—Pe... pero no comprendo... -tartamudeó Jack; no pudo decir nada más; también él acababa de hablar en una lengua que no era la suya.

Victoria sonrió.

—Es un amuleto de comunicación -explicó-. Si lo llevas puesto, puedes hablar y entender nuestra lengua. No te preocupes, puedes quedarte con él. Creo que yo ya controlo bastante bien el idhunaico, y si no, seguro que Shail me preparará otro.

Perplejo, Jack cogió el colgante que Victoria le acababa de entregar. Hubo un chispazo de luz y el chico lo soltó con una exclamación.

—¡Ay! ¡Me ha dado un calambre!

De pronto, Victoria lo miraba de nuevo con aquella expresión cautelosa. —Ha reaccionado contra ti -dijo a media voz-. ¿Es que no crees en la magia?

—¿La qué?

—¡Victoria!

Los dos se volvieron hacia la puerta. Allí estaba Shail, mirándolos con aire alarmado.

—¿Qué le has contado?

—¿Qué no le has contado tú, Shail? ¿No dijiste que ibas a hablar con él? Shail puso cara de circunstancias.

—Es que... verás, él no es exactamente como nosotros. Victoria miró a Jack, sorprendida.

—¿Entonces, por qué lo habéis traído? —Porque Kirtash lo atacó. —Pero si Kirtash lo atacó, es que es uno de nosotros.

Jack abrió la boca para intervenir, pero una voz autoritaria irrumpió en la conversación:

—¿Qué pasa? ¿Por qué gritáis?

En la puerta estaba Alsan; parecía que había estado haciendo ejercicio, porque estaba desnudo de cintura para arriba, cubierto de sudor y con una toalla colgándole del hombro. Se había cruzado de brazos y los miraba, ceñudo.

—¿Pero qué...? -soltó Jack, perplejo, mirando al recién llegado-. ¡Shail me ha dicho que no sabías hablar mi idioma!

—Jack, él no está hablando tu idioma -trató de explicarle Shail, pacientemente-. Tú estás hablando el nuestro.

Victoria suspiró, exasperada. Alsan se volvió hacia Shail y lo miró, exigiéndole una explicación. Shail se encogió de hombros.

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-Le he explicado algunas cosas -se defendió Shail-, pero compréndeme, él jamás había oído hablar de Idhún... me habría tomado por loco.

—¿Pero es idhunita, o no? -preguntó Alsan, frunciendo aún más el entrecejo. —¡No lo sé! Es demasiado mayor para ser hijo de idhunitas exiliados. Pero dice que ha nacido en la Tierra. Y no me cabe en la cabeza que Kirtash se haya equivocado con él. Todo esto me desconcierta...

—¡¡Bueno, basta ya!! -estalló Jack, cortando la discusión que se había iniciado entre los dos-, ¡Estáis todos chiflados! Me vuelvo a casa ahora mismo.

Se separó bruscamente de Victoria y se dirigió a la | puerta de la cocina, pero Alsan no se apartó. Tenía los brazos cruzados, y sus músculos resaltaban bajo el brillo del sudor.

—Déjame pasar -dijo Jack, temblando de rabia. Alsan no se inmutó. Se limitó a mirarle, pensativo. —Déjame pasar -insistió Jack-. Quiero irme de aquí.

Pareció que Alsan cambiaba de idea, porque se apartó para dejarle paso. Jack se alejó pasillo abajo, pero aún escuchó el reproche de Victoria:

—Tendréis que explicárselo, ¿no? No podéis seguir ocultándoselo siempre.

II

LlMBHAD

LA casa estaba silenciosa y oscura. Jack se sentía débil, pero quería escapar de allí, costara lo que costase. Se aferró a aquel pensamiento: escapar de allí. Si estaba ocupado haciendo algo, se distraería y no pensaría en...

Se le revolvió el estómago de nuevo, recordando la pesadilla que había vivido aquella noche. Parpadeó para contener las lágrimas. No iba a volver a llorar, ahora no. Necesitaba tener la mente clara.

Descubrió que el edificio tenía una arquitectura extraña: estaba conformado por un gran cuerpo central con forma redondeada, cubierto por una cúpula. A su alrededor se abrían pequeñas habitaciones que reproducían la misma forma de iglú, como medias burbujas rodeando a una media burbuja mayor. Encontró por fin la puerta principal, en forma de óvalo, que conducía a un pequeño y silencioso jardín. Pero estaba cerrada.

Jack sacudió la aldaba, furioso y desesperado, y terminó pegándole una patada a la puerta. Se hizo daño, pero se sintió mucho mejor. Siguió explorando la casa, en busca de una manera de salir de allí.

Logró curiosear en varias habitaciones, pero otras se las encontró cerradas con llave. Pronto descubrió que las ventanas estaban cerradas con algo parecido al cristal, pero mucho más flexible, que se abombaba si lo empujaba con el dedo. Sin embargo, no encontró la manera de abrirlas, y tampoco logró romperlas. Aquella sustancia parecía de goma, pero era tan ligera y transparente como el más fino cristal.

Se topó con una amplia escalera de caracol que conducía al piso de arriba, y decidió subir. La escalera desembocaba ante una enorme puerta cubierta de extraños símbolos, que estaba también cerrada. A la izquierda se abría una puerta más pequeña que daba a una amplísima terraza, con forma de concha, que cubría todo un lado del edificio.

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formas suaves y ondulantes. Debajo había un jardín y, más allá, otro edificio más pequeño que reproducía la misma arquitectura de la casa principal. Estaba, sin embargo, coronado por una alta aguja que se alzaba en su centro.

Jack parpadeó, sorprendido. Algunas de las estructuras que había visto desafiaban la lógica de la arquitectura convencional, parecían contradecir a la misma ley de la gravedad. Y, sin embargo, allí estaban, elevándose sobre el suelo, orgullosas, firmes y seguras.

Miró hacia el horizonte. Vio un pequeño bosque, pero también distinguió los picos de una sierra detrás de los árboles. Se volvió en todas direcciones, esperando vislumbrar la claridad que denotaba la proximidad del amanecer, para orientarse de alguna manera.

No la encontró.

—Quéraro -murmuró para sí mismo-. ¿Por qué no se hace de día? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

Buscó la luna en el cielo, pero tampoco la vio. Volvió a asomarse a la balaustrada, preguntándose si podría saltar desde allí; pero finalmente cambió de idea: estaba demasiado alto, y lo único que conseguiría sería hacerse daño. Quizá lo mejor sería volver al piso inferior e intentar escapar de otra manera. Se apresuró, por tanto, a entrar de nuevo en el edificio.

Pero, cuando volvió a pasar por delante de aquella enorme y elegante puerta, esta se abrió con un chirrido.

Fueron apenas unos centímetros, pero Jack se sobresaltó. No había nadie cerca. Se encogió de hombros, pensando que habría sido una ráfaga de aire, y no lo dudó más: entró.

Se halló en una enorme sala circular de altas paredes cubiertas por estanterías llenas de libros antiquísimos. En el centro de la habitación había una gran mesa redonda de madera vieja, rodeada de seis sillones bellamente tallados. Jack se acercó a examinar la mesa. Su superficie es taba grabada con los mismos símbolos extraños, que se entrelazaban con raros dibujos de animales mitológicos y criaturas que no había visto nunca. En el centro de la mesa había una hendidura circular ligeramente iluminada. Jack alzó la mirada y vio que justo encima, en el techo de la estancia, se abría un tragaluz redondo, por el que se filtraba la suave luz de las estrellas. En él había una vidriera en la que se distinguían las figuras de tres soles y tres lunas.

Jack retrocedió instintivamente, aterrado sin saber por qué. Se detuvo y obligó a su corazón a calmarse. ¿Qué era lo que lo había alterado de aquella manera?

Avanzó de nuevo y volvió a mirar hacia arriba. La vidriera no tenía nada de especial. Tres soles dispuestos en forma de triángulo. Tres lunas colocadas de manera que hacían la figura de un triángulo invertido. Ambos triángulos estaban entrelazados, y las líneas de cristal que unían los astros entre ellos formaban... la figura de un hexágono.

Jack dio un respingo y volvió a coger el colgante de victoria, que todavía llevaba al cuello, para observarlo con atención, pero la oscuridad le impidió verlo con claridad.

—Ojalá hubiese algo de luz -murmuró para sí mismo, frustrado.

Y de pronto hubo un susurro y un chasquido, y una luz cálida y cambiante inundó la estancia. Jack saltó como si lo hubiesen pinchado y miró a su alrededor. Había seis antorchas encendidas colocadas a lo largo de la pared circular.

—¿Quién anda ahí? preguntó, tratando de controlar los alocados latidos de su corazón-. ¿Eres tú, Shail?

No hubo respuesta. Nada se movió. Solo la luz fantasmal de las antorchas temblaba y se agitaba, produciendo sombras inquietantes en la habitación.

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Volvió a mirar el tragaluz. Los seis astros relucían enigmáticamente, provocando en su interior una extraña inquietud. Tenía la sensación de que aquello lo había visto antes...

... En un cielo extraño y terrorífico envuelto en una luz del color de la sangre. Jack se sobresaltó. ¡Ahora lo recordaba! Aquel sueño en el que salía la serpiente gigante... recortada contra un ominoso cielo rojizo. ¿Pero qué significaba todo aquello? ¿Qué tenía que ver aquel signo con él, con sus sueños, con la muerte de sus padres?

Se inclinó hacia delante para mirar mejor las figuras de cristal del tragaluz y sin darse cuenta apoyó las manos sobre la mesa.

Y súbitamente un intenso haz de luz surgió de la hendidura del centro de la mesa, un haz de luz multicolor que se elevaba como una columna brillante hacia la claraboya de los seis astros. Jack, sobresaltado, dio unos pasos atrás, trastabilló y cayó al suelo. Quedó sentado sobre las baldosas, con la boca abierta, mientras ante él se desarrollaba una escena asombrosa.

Las luces que salían de la mesa habían comenzado a girar como en un torbellino, mezclándose y entrecruzándose, generando colores extraños y sorprendentes. Giraron y giraron hasta formar una brillante esfera de color verdeazulado.

Jack tardó unos segundos en comprender que estaba viendo un planeta. Pensó al principio que era la Tierra, pero entonces las luces se definieron y ei holograma se hizo más perfecto, y Jack vio que aquella geografía le resultaba completamente desconocida. Descubrió otras tres pequeñas esferas girando en torno a la mayor, y otras tres más grandes que quedaban quietas un poco más allá.

«Los soles y las lunas», pensó Jack, tragando saliva.

Las esferas giraron de pronto más deprisa, y Jack tuvo la sensación de que el planeta se hacía cada vez más grande, hasta cubrirlo todo. Era como si se estuviese acercando allí a toda velocidad. Cerró los ojos, mareado, pero los abrió casi enseguida.

Y se vio, de alguna manera, allí.

No estaba sobre su superficie, pero era como si la sobrevolase. Era una sensación maravillosa, y se sintió exultante de felicidad. Desde niño había estado obsesionado con volar, y una de las experiencias vitales que recordaba con más cariño era el vuelo en avioneta con que le había obsequiado un amigo de su padre, que era piloto, cuando vivían en Inglaterra.

Pero allí no había ninguna avioneta. Estaba solo él, flotando en el cielo, surcando el firmamento. Decidió disfrutar del vuelo y no estropearlo planteándose qué estaba sucediendo exactamente.

Vio verdes prados y suaves colinas, vio frías estepas altísimas cordilleras, vio un desierto un poco más allá (se estremeció sin saber por qué), vio un mar infinito, vio ciudades de arquitecturas extrañas y fantásticas ( y algunas le recordaron la casa de Limbhad), vio impetuosos torrentes y hermosos y tranquilos lagos... pero, sobre todo, vio los bosques, interminables extensiones de enormes árboles que parecían rozar las nubes.

Y vio las criaturas.

Había animales corrientes, como ovejas y caballos, pastando por las praderas, pero también seres que él no había visto nunca. Extraños pájaros de coloridos plumajes le salían al encuentro y bestias que él había jurado que no existían alzaban la cabeza para mirarle desde las llanuras y los claros de los bosques.

Jack estaba cada vez más confuso. Estaba preguntándose cómo podría despertar de aquel sorprendente sueño cuando los vio.

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Tras él aparecieron tres más. Parecía que bajaban desde detrás de las nubes, por eso no los había visto hasta entonces. Sus escamas relucían al sol como piedras preciosas bruñidas y destellantes, Sus poderosas alas batían el aire provocando remolinos a su alrededor. De entre sus fauces se escapaba, ocasionalmente, alguna voluta de humo.

Dragones.

Enormes, magníficos, aterradores y hermosos. Bestias míticas que solo existían en las leyendas y en la imaginación de la gente.

Jack se sintió inmediatamente fascinado por ellos. Quiso seguirlos, pero ya estaban muy lejos. Se quedó quieto, mirando cómo se alejaban hacia la luz de la mañana.

De pronto le pareció oír un rugido y entendió, de alguna manera, que se trataba de una advertencia. Vio que los dragones se habían detenido un poco más allá. Intuyó que algo no estaba saliendo bien.

Las cuatro extraordinarias criaturas, suspendidas en el aire, contemplaban un espectáculo terrorífico: las tres lunas habían emergido por el horizonte y se movían con una rapidez anormal, alzándose hacia lo alto del firmamento, al encuentro de los tres soles. Jack contempló, fascinado y aterrorizado a la vez, cómo los seis astros se entrelazaban en una conjunción asombrosa que, intuyó el muchacho, no se daba muy a menudo. Aguardó, conteniendo el aliento, a que formasen la figura que sabía que iban a dibujar en el cielo: un hexágono perfecto. Y, de pronto, algo terrible sucedió. La primera señal fue una especie de sonido atronador que sacudió cielo, tierra y mar. La segunda señal fue el tono rojo sangre que comenzó a adquirir el firmamento. La tercera señal fue el terror de los dragones. Jack los vio dar media vuelta en el aire y huir, desesperados; huir, no importaba dónde, a cualquier parte, a cualquier parte... El primer dragón cayó a tierra como un proyectil, envuelto súbitamente en llamas. El segundo y el tercero no tardaron en correr la suerte de su compañero. El cuarto dragón se volvió para ver lo que había sucedido y lanzó un grito de dolor, impotencia y muerte.

Batió las alas, tratando de escapar...

...a un lugar, comprendió Jack, un lugar donde el poder destructor de los seis astros no lograse alcanzarlo.

No [o consiguió. También estalló en llamas, igual que los demás.

Jack ahogó un grito y bajó tras él, para socorrerlo... Tuvo que frenar su descenso bruscamente para no ser engullido por el fuego del cuerpo de la criatura. Un viento huracanado lo llevó lejos, lejos, dando vueltas sobre sí mismo... Cuando quiso darse cuenta, caía en picado sobre el bosque. Le bastó desear detenerse para lograrlo.

Entonces algo rápido y silbante pasó como una flecha junto a él, y Jack se estremeció sin poder evitarlo. Entrego un cuerpo escamoso entre las nubes y pensó que se trataba de otro dragón; pero cuando la criatura se alzó frente a él se dio cuenta de lo equivocado que estaba.

Era una gigantesca serpiente. Su larguísimo cuerpo ondulante daba la impresión de estar rodeándolo por todas partes; se sostenía en el aire mediante dos enormes alas membranosas, como de murciélago, que parecían cubrir el firmamento. Unos ojos irisados lo miraban desde una cabeza triangular en la que, sin embargo, lo que más destacaba eran unos colmillos letales y una lengua bífida que producía un horrible siseo...

La misma serpiente de sus sueños. Jack retrocedió con un grito e intentó mirar hacia cualquier otra parte. Fue entonces cuando descubrió que todo el cielo estaba cubierto por las figuras de miles de serpientes aladas, todo un ejército, que se abatían sobre aquel hermoso mundo, ahora envuelto en una luz rojiza que no presagiaba nada bueno.

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—i Jack!

Jack abrió los ojos y se incorporó de un salto, muy confuso. Ante él estaban los ojos de la serpiente... no, los ojos de Victoria, que lo miraba preocupada.

—¿Qué... qué ha pasado? -murmuró, aturdido, en cuanto se dio cuenta de que seguía en la sala de las antorchas.

Victoria retrocedió un poco y Jack miró a su alrededor. Sobre la mesa todavía se alzaba aquella extraña esfera de luz, y en ella relucían aún los ojos de la serpiente... Temblando, Jack vio cómo aquella mirada se desvanecía lentamente entre las luces cambiantes.

—Las odio -murmuró, estremeciéndose-. Odio las serpientes. —Lo has visto -susurró Victoria-. Has visto lo que pasó en Idhún. Jack se volvió hacia ella.

—¿Quieres decir que eso que he visto era Idhún?

La chica asintió. Se agachó para coger en brazos a la gata, que se ocultaba tras ella, intranquila.

—Tampoco yo lo creía al principio. Me pasó como a ti, que no recordaba nada. Pero después de haber visto lo que tú, tuve una sensación de... familiaridad...

—No pretenderás decirme -interrumpió Jack- que ese lugar, Idhún, es otro... otro mundo. Con dragones, y todo eso.

—Eso es exactamente lo que intento decirte -susurró Victoria-. El Alma te acaba de mostrar algo que sucedió hace tres años: cómo ellos utilizaron la magia de la conjunción de los tres soles y las tres lunas para sus propios fines y lograron que muriesen los dragones y los unicornios, para así poder regresar a Idhún y hacerse con el poder...

—¿Ellos?

—Las serpientes aladas. Los sheks, como se llaman a sí mismos -susurró Victoria, atemorizada-. Ahora nuestro mundo está bajo su tiranía. Las has visto, ¿verdad?

Jack temblaba con violencia.

—No puede ser -susurró-. No puede ser. Había visto antes esas serpientes, las he visto en mis sueños... en mis pesadillas. Pero, ¿cómo es posible?

Victoria desvió la mirada antes de decir, a media voz:

—-Algunos hechiceros idhunitas lograron escapar hacia la Tierra justo después de la invasión. Pero las serpientes, por medio de Kirtash, los están asesinando a todos.

Jack se dio cuenta entonces de que estaba escuchándola con atención, turbado, y sacudió la cabeza.

—Espera... ¿has dicho... hechiceros? ¿Quieres decir... magos? Pero... —Shail es un mago -cortó ella-. Tú lo has visto aparecer y desaparecer en el aire, como si nada. ¿Cómo crees que te salvó de Kirtash?. Se teletransportó contigo en sus mismas narices. Llegó con Alsan de Idhún hace tres años, pero está tan fascinado con la tecnología de la Tierra que ha tratado de aprender todo lo que ha podido. ¿Cómo piensas tú que funcionan aquí el ordenador, la luz, los electrodomésticos, si no hay instalación eléctrica?

Jack abrió la boca para replicar, pero se detuvo, perplejo, recordando cómo había buscado interruptores por toda la casa y no los había encontrado.

-—Shail trajo todos esos trastos, aunque a Alsan no le hacía gracia. Los hace funcionar mediante la magia. Tenía la teoría de que toda magia es energía canalizada, y la demostró con creces, ya ves.

—Energía canalizada -repitió Jack, estupefacto. Victoria asintió.

—Los seres humanos de la Tierra han dejado morir la magia, pero en Idhún corre por las venas de muchas criaturas. Y aquí, en Limbhad, tenemos lo mejor de ambos mundos.

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—Que no te encuentras en tu mundo ahora mismo. Limbhad, en idhunaico antiguo, significa «la Casa en la Frontera». Se halla en una especie de pliegue espacio-temporal entre Idhún y la Tierra. Es pequeño; es un micro-mundo que se acaba donde terminan esas montañas que puedes ver desde la ventana. Aquí el tiempo está detenido; siempre es de noche. Solo algunos magos idhunitas sabían cómo llegar hasta aquí, por eso es completamente seguro.

Jack se irguió, todavía temblando.

—Esto no puede estar pasando. Seguro que todo es una pesadilla, una alucinación... no es real. Tengo... tengo que volver a casa.

Y, antes de que ella pudiese detenerle, Jack salió de nuevo al balcón, corrió hasta la balaustrada y se subió a ella con decisión.

—¡Espera, no lo hagas, te harás daño! -lo llamó Victoria. Pero él no hizo caso. Saltó, sin dudarlo, hasta el jardín.

Fue una dura caída. Sintió que se torcía el tobillo y luego rodó por el suelo, hiriéndose dolorosamente en el codo. Se levantó a duras penas y miró hacia arriba. Vio a Victoria asomada a la balaustrada, mirándolo preocupada. Le hizo una señal de despedida, con gesto torvo.

Era libre.

Hundió la cabeza entre las manos, desolado. No podía ser cierto, no podía serlo. Aquello no era más que una pesadilla, pensó por enésima vez.

Había tardado un buen rato en atravesar el pequeño bosque y llegar a uno de los picos rocosos, que tampoco eran muy altos. Se había alzado sobre la cima, agotado y herido, pero triunfante, y había mirado más allá, esperando ver las luces de alguna población, o la forma serpenteante de alguna carretera.

V se había topado con algo aterrador. Nada.

Absolutamente nada.

No era una nada hecha de negrura, ni de sombras, ni de niebla penetrante. Tampoco era un desierto infinito, ni una estepa interminable, ni un océano sin fin.

Era, simplemente, nada.

Como una especie de barrera invisible que no le permitía seguir más allá. Y si miraba un poco más lejos, veía...

No habría sabido explicarlo. Era como un torbellino que giraba lenta y silenciosamente. Limbhad estaba en su centro, inmóvil, un pequeño mundo de apenas unos ki-iómetros cuadrados de extensión, en los que solo cabía un bosque, un arroyo, una cadena de pequeños picos montañosos, una explanada, un pedazo de cielo estrellado.

Justocomo había dicho Victoria.

—Lo siento -dijo una voz junto a él, con suavidad-. Comprendo que no te sea fácil aceptarlo, al menos al principio.

Jack se volvió y vio a la propia Victoria. El chico la miró como si fuese un fantasma.

—¿Me has seguido?

Ella asintió. Jack dejó caer la barbilla entre las manos, abatido. —Estás herido -dijo entonces Victoria en voz baja.

Jack se encogió de hombros. Todo le daba igual. Por eso permitió que ella le cogiese la mano para examinarle los arañazos que se había hecho al caer desde la terraza.

Pero, pese a todo, no estaba preparado para lo que sucedió a continuación. De pronto hubo un suave resplandor y notó un cosquilleo en la mano, un cosquilleo que le subió por el brazo hasta el codo herido.

—¡Eh! -exclamó Jack, separándose bruscamente del contacto de su compañera.

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Jack lo hizo, y descubrió, atónito, que no tenía un solo rasguño. —¿Cómo...? -La miró con incredulidad-. ¿Lo has hecho tú?

Victoria no contestó, pero volvió a sonreír. Tomó con suavidad el rostro de Jack entre sus manos y lo miró a los ojos. El muchacho empezaba a estar francamente fascinado. Las miradas de los dos ye encontraron un momento, los ojos verdes de Jack, los ojos oscuros de Victoria, y ambos sintieron algo extraño, una rara intimidad, como si se conociesen desde siempre. Victoria apartó la mirada y rompió el contacto visual, pero no retiró la mano. Rozó con la punta de los dedos un arañazo que Jack tenía en la mejilla y que se había hecho con una rama mientras atravesaba el bosque. De sus dedos brotó algo cálido y Jack volvió a sentir ese cosquilleo agradable. Cuando los dedos de ella se retiraron, Jack se palpó la herida y descubrió que ya no la tenía. Maravillado, volvió a prestar atención a Victoria, que ahora examinaba su tobillo. Sin necesidad de quitarle la zapatilla repitió el proceso, y el dolor remitió.

Jack se la quedó mirando.

—¿Cómo sabías que me dolía el tobillo? Ella rió, con picardía.

—He visto que cojeabas del pie derecho cuando te has marchado hacia el bosque. Eso sí que no tiene ningún misterio.

Jack sonrió.

—¿Qué más cosas puedes hacer? -preguntó, interesado. Pero Victoria se miró las manos, desconsolada.

—Lo cierto es que no mucho -confesó-. Mis poderes curativos solo alcanzan heridas superficiales la mayoría de las veces. No puedo hacer grandes milagros. Pero estoy intentando aprender. Shail me está enseñando.

—Dijiste que Shail y Alsan habían venido desde Idhún -recordó Jack-. ¿Y tú? Victoria tardó un poco en responder.

—Yo no conocí a mis padres -dijo finalmente-. Me crié en la Tierra, en un orfanato. Ahora vivo con mi abuela, es decir, la mujer que me adoptó. No sé si mis padres fuerono no idhunitas -le miró-. Por eso mi caso es especial. No hay magos en la Tierra, ¿sabes? Los pocos que había procedían de Idhún, y Kirtash los está aniquilando, uno a uno.

Jack sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

—¿Por eso atacó Kirtash a mis padres? -preguntó en voz baja-. ¿Porque pensaba que eran... magos... fugados de Idhún?

Victoria lo miró en silencio. Jack tenía la cabeza gacha, el cabello revuelto, la mirada perdida en algún punió del suelo y un aspecto desconsolado que ia conmovió profundamente.

—Shail me lo ha contado -susurró-. Lo siento muchísimo.

Jack volvió la cabeza para no mirarla. Victoria vio que sus hombros se convulsionaban ligeramente, y se acercó a él, indecisa. Se atrevió a tocarle el brazo. —Jack, yo... -empezó, pero no pudo continuar. El chico se había echado a llorar y, aunque parecía evidente que le daba vergüenza que una desconocida lo viera en aquella situación, también estaba claro que necesitaba desahogarse con alguien. Victoria intentó abrazarlo, con torpeza, sin saber muy bien qué hacer, Jack apoyó la cabeza en su hombro, agradecido, y siguió llorando allí un buen rato. La chica intentó susurrarle palabras de consuelo; pero cualquier cosa que pudiera decir le parecía hueca y sin sentido, de modo que se limitó a estrecharlo entre sus brazos, preguntándose si le molestaría que ye tomara tantas confianzas. Pero a Jack no pareció importarle. Siguió dando rienda suelta a su dolor hasta que se fue calmando, poco a poco, tal vez porque ya se había desahogado, tal vez porque ya no le quedaban lágrimas.

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Jack alzó la cabeza y la miró. Ya había dejado de llorar, pero tenía los ojos rojos.

—Lo siento mucho -dijo, avergonzado, separándose de ella-. Siento toda esta escena.

—No lo sientas, es natural -respondió ella, incómoda-. Lo has pasado muy mal.

Jack sonrió. Victoria le devolvió la sonrisa. Hubo un breve silencio, no de esos incómodos y vacíos, sino la clase de silencio que se llena con una mirada repleta de significado.

—Lo peor -dijo Jack entonces- es que yo tuve la culpa de lo que les pasó a mis padres.

—No digas eso -protestó Victoria-. No es verdad.

—Sí lo es. Mis padres eran gente normal, ¿comprendes? MÍ padre era programador informático; mi madre, veterinaria. Hemos viajado mucho y hemos vivido en muchos sitios, pero al final nos instalamos en Dinamarca, en Silkeborg, cerca de donde vive la familia de mi madre. Ellos nunca han hecho nada raro, ni han mencionado Idhún, ni nada que se le parezca. En cambio, yo...

Se estremeció, preguntándose si debía contarlo. Por fin se decidió a continuar:

—A veces me pasan cosas. Cosas que tienen que ver con el fuego. —¿Qué clase de... cosas?

—Provoco incendios a mi alrededor. No muy a menudo, solo me ha pasado un par de veces en toda mi vida, o tres, creo, porque ya ocurrió cuando yo era pe-queño, aunque no me acuerdo: me lo contó mi madre. Pasa cuando me asusto o me enfado... pero la otra noche sucedió cuando estaba durmiendo. Tuve un sueño muy raro... un sueño que se repite, por cierto, y que se parece mucho a lo que he visto hace un rato en esa biblioteca vuestra. Esta vez vi a una de esas serpientes gigantes... muy cerca, y con mucha claridad. Confieso que siempre he tenido fobia a las serpientes, así que para mí fue una pesadilla muy desagradable. Recuerdo haber gritado en sueños...

«Cuando me desperté, mi habitación estaba en llamas. No me pasó nada, porque pudimos apagar el fuego a tiempo, pero mis padres se asustaron mucho. Y lo peor es que, aunque no sabíamos qué había provocado el incendio... para mí estaba muy claro. Las llamas habían formado un anillo a mi alrededor, yo era el centro, ¿entiendes? Yo era el causante.

Victoria inspiró profundamente. Parecía que iba a decir algo, pero cambió de idea y permaneció en silencio.

—Se llama piroquinesis, creo -prosiguió Jack-. Provocar fuego con tu mente. He investigado un poco.

—O tal vez sea magia -dijo Victoria a media voz-. Deberías hablar con Shail. Es el mago del grupo. Entiende , de estas cosas, y tal vez te lo pueda explicar.

—Después del incendio -siguió recordando Jack- fui al colegio, como todos los días, pero tuve la sensación deque algo marchaba mal en casa. Y cuando volví por la tarde... bueno, mis padres... estaban... -No fue capaz de pronunciar la palabra; carraspeó para deshacer aquel incómodo nudo de su garganta, y prosiguió- No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Un día, dos, tal vez tres. ¿Cómo saberlo en este lugar donde nunca sale el sol? Y, sin embargo... parece que ha sido una eternidad.

—Lo siento mucho -repitió Victoria en voz baja; Jack alzó la cabeza para mirarla.

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perdonármelo.

Hundió el rostro entre las manos, desolado. Victoria le oprimió el brazo suavemente, tratando de consolarlo. Jack alzó la cabeza de nuevo y la miró.

—¿Crees de verdad que yo procedo de Idhún? Ella titubeó.

—No estoy segura; tu historia es un poco extraña. Verás, solo hace tres años que los sheks se hicieron con el poder en Idhún y comenzó el exilio hacia la Tierra. Si hubieses venido de allí, te acordarías, ¿no?

—Claro que sí. Yo nací en la Tierra, tengo pruebas; fotos, mi partida de nacimiento... mucha gente podrá decirte que existo en mi propio planeta desde hace trece años. Además -añadió, en voz baja-, todos dicen que tengo los ojos de mi padre. No puedo ser...

—...¿adoptado? -sugirió Victoria en voz baja, adivinando lo que pensaba; Jack asintió-. ¿Qué te hace pensar eso, Jack?

—Pues... -el chico titubeó-, está el hecho de que yo no soy como mis padres. Hago cosas raras, ¿entiendes? Y ya son demasiadas coincidencias. Los incendios, los sueños, la visión de la biblioteca... nadie podía saberlo, nunca he contado a nadie esas pesadillas. Y ahora parece que esas cosas raras están relacionadas... con Idhún, con vosotros. Pero mis padres eran gente normal. ¿De dónde he salido yo, entonces? ¿Quién soy? ¿Por qué soy así?

—Jack -susurró Victoria-. Si tus padres no fuesen idhunitas, Kirtash no los habría atacado. Nunca... nunca hace daño a nadie que no sea uno de sus objetivos.

«Te estaba buscando», recordó Jack.

— No -dijo Jack-. El objetivo era yo, no ellos, estoy convencido. Por muy extraño que me parezca, está claro que tengo algo que ver con Idhún, aunque nunca antes haya oído hablar de ese lugar. Pero, ¿qué?

—Te pasa como a mí -dijo Victoria a media voz-. Tengo doce años y siempre he vivido en la Tierra. Sin embargo, también he tenido esos sueños, y Shail dice que tengo aptitudes para la magia. Además, también a mí intentó matarme Kirtash -inspiró profundamente antes de añadir-: Shail me rescató. Justo a tiempo. Ni siquiera llegué a mirar a Kirtash a la cara, si lo hubiera hecho...

No terminó la frase.

—Lo siento mucho -murmuró Jack-. Pero, ¿cómo nos encontró Kirtash? ¿Es que tiene un radar para descubrir a... gente como nosotros?

—-Algo parecido. Detecta la magia. Eso es difícil en un mundo como Idbún, que rebosa magia por los cuatro costados; pero en la Tierra, donde es tan escasa, cualquier alteración en el tejido de la realidad producida por la magia se nota muchísimo más. Kirtash puede percibir eso. No sabemos cómo lo hace, pero es capaz de llegar al lugar donde se ha producido el fenómeno en pocas horas. Y nosotros... bueno, nosotros simplemente detectamos a Kirtash. Siempre que se mueve intentamos alcanzarlo para evitar que mate a nadie más, pero vamos por detrás, ¿entiendes? No siempre llegamos a tiempo.

—Entonces yo tenía razón -dijo Jack en voz baja-. Yo tuve la culpa. El incendio del otro día... Kirtash debió de detectar eso.

-—No, Jack. No ha sido culpa tuya. No lo hiciste a propósito, y quién sabe... tal vez Kirtash ya estaba tras vuestra pista.

—No, no, no, ha sido culpa mía -cerró los ojos, destrozado-. Maldita sea... toda mi vida se ha vuelto del revés por culpa de algo que no entiendo y no puedo controlar. Si pudiera volver atrás... si pudiera cambiar algo...

—Pero no puedes, Jack. No te tortures de esa forma. Eres como eres, y ya está, ¿de acuerdo? Si es verdad que posees poderes mágicos, no lo veas como una maldición, sino como un don con el que podrás hacer grandes cosas..., cosas buenas.

(22)

báratro

—-Pero, si es verdad que Kirtash detecta la magia... y tú acabas de usarla... para curarme... ¿no nos pone eso en peligro?

—Estamos en Limbhad -le recordó Victoria, sonriendo-. Aquí no hay peligro de utilizar la magia; Kirtash no puede detectarla porque ni siquiera sabe cómo llegar has-la aquí.

-—Pero... ¿cómo se llega a este tugar? ¿Mediante la magia? —Sí y no. ¿Te he hablado del Alma?

-—¿Te refieres a esa cosa que, según tú, me ha mostrado lo que pasó en Idhún?

Victoria sonrió.

—El Alma es el espíritu de Limbhad, su corazón y su mente. Es la conciencia de este... micromundo, así que los magos que crearon la Casa en la Frontera se aseguraron de establecer un canal de comunicación con ella. Al hallarse en un mundo que se encontraba en el límite entre otros dos mundos, el Alma bebe de la energía de Idhún y de la energía de la Tierra. Por eso puede mostrarnos muchas cosas desde aquí, aunque no todo lo que desearíamos.

—¿Y puede llevaros de un lugar a otro? Victoria asintió.

—Bueno, en realidad se necesita poseer algo de magia para contactar con el Alma de esa manera. Quiero decir, que cualquiera podría comunicarse con ella, pero para que te transporte es necesario combinar tu propio poder mágico con el suyo. Aunque casi todo el trabajo lo hace el Alma, y su poder no es exactamente como el nuestro, lo cual hace mucho más difícil que Kirtash lo detecte.

Solo Shail y yo podemos hacerlo. Somos nosotros quienes nos ocupamos

de los viajes de Limbhad a la Tierra y de la Tierra a Limbhad. En realidad es fácil. —Entonces, cualquiera con poder mágico podría llegar hasta aquí, ¿no? —No. El Alma es un ser inteligente y actúa de guardiana. Conoce a los habitantes de Limbhad, y solo a nosotros nos permite el paso.

—¿Y cómo lo haces? ¿Recitas algunas palabras mágicas o algo así?

—No, basta con concentrarse para contactar con el Alma. La llamo mentalmente y ella acude, me recoge y me trae hasta aquí. Yo vengo siempre que puedo, todas las noches y también alguna tarde, para aprender a utilizar mi magia, con Shail.

—Pero ¿por qué quieres desarrollar tu magia? Por lo que me has contado, si la utilizas fuera de Limbhad, Kirtash te encontrará...

Victoria se estremeció otra vez.

—Lo sé, pero si realmente mi origen está en Idhún, Kirtash no tardará en encontrarme de todas formas. Y si lo hace, me gustaría tener alguna oportunidad de defenderme -respiró hondo-. Shail dice que solo podremos derrotarlo mediante la magia.

Jack calió un momento, pensando.

—¿Y crees que yo podría aprender magia? -preguntó por fin.

—Depende de si posees el don o no. Primero, Shail tendrá que comprobar si tu poder sobre el fuego tiene que ver con la magia... o tiene un origen diferente.

—Pues ojalá lo averigüéis pronto -dijo Jack, con calor-, porque, de verdad,

necesito saberlo. Necesito saber si lo que les ha pasado a mis padres ha sido culpa mía o...

—De modo que estáis aquí -dijo una voz a sus espaldas.

Los dos chicos se volvieron. Tras ellos estaba Alsan, serio, sereno y majestuoso, como una estatua griega. Miró a Jack, y después a Victoria. La muchacha lo entendió a la primera.

Os dejo solos -murmuró-. Tenéis mucho de qué hablar.

Alsan no dijo nada, y Jacktampoco. El joven esperó a que Victoria se alejara para sentarse ¡unto a él.

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