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OBSTÁCULOS PARA EL PROGRESO DE LA RAZÓ SOCIOLÓGICA E MÉXICO

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OBSTÁCULOS PARA EL PROGRESO DE LA RAZÓ SOCIOLÓGICA E MÉXICO

Gilberto Giménez

Instituto de Investigaciones Sociales. UAM

1 ¿Crisis de la sociología?

En nuestros días se ha vuelto casi un lugar común hablar de la "crisis" de la sociología hasta en los ámbitos periodísticos. Lo más grave del caso es que los propios sociólogos han terminado por aceptar este lugar común sin someterlo a un examen crítico y sin sospechar siquiera su eventual carga ideológica. El resultado ha sido, como era de esperarse, la pérdida de autoestima profesional y la desmoralización académica de muchos cultores de esta disciplina.

Son los "administradores" de la sociología —como los directores de facultades y de centros de investigación— los más convencidos de la realidad y profundidad de esta crisis.1 Cuando se les pregunta si es verdad que la sociología se halla en crisis, suelen responder de inmediato más o menos en los siguientes términos: “Por supuesto que sí, y nosotros lo estamos palpando; muchas facultades se han cerrado, la matrícula ha descendido, nuestros egresados no encuentran empleo, no hay demanda, no hay mercado, no hay financiamiento para nuestros proyectos y nuestras monografías no encuentran editores ni lectores”. — Algunos de ellos se atreven incluso a identificar la causa principal del presunto ocaso de nuestra disciplina: —“Es que por mucho tiempo la sociología se ha identificado con el marxismo, sobre todo en México y en América Latina. Por eso, el desmoronamiento del muro de Berlín arrastró consigo no sólo al marxismo, sino también a la sociología”—.

Llegado a este punto, el sociólogo deseoso de someter a examen crítico su propia situación de crisis podría contra-argumentar, a su vez, más o menos en estos términos: “—Pero entonces no se trata de una crisis de la sociología misma en cuanto disciplina científica, sino de una crisis de la demanda o recepción de la disciplina por parte de sus poderosos clientes tradicionales, como han sido desde siempre las instituciones ligadas al poder político y económico.2 Ahora bien, nunca se ha escuchado decir que la demanda de una disciplina desde una instancia exterior a la disciplina misma sea el criterio epistemológico supremo de su validez científica. Sabemos desde hace tiempo que el poder puede minar o

1 Un colega sociólogo decía que lo que está propiamente en crisis no es la sociología, sino son los

administradores de la sociología.

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debilitar las condiciones institucionales que permiten a una disciplina científica existir y funcionar eficazmente. Pero eso no significa que la disciplina en cuestión, considerada en sí misma —esto es, en su dimensión epistemológica— haya entrado realmente en crisis. Por el contrario, podríamos decir, parafraseando a J.C. Alexander, que una teoría puede ser válida aunque no sea popular ni goce de apoyo político; y viceversa, una teoría puede ser científicamente dudosa aunque sea muy popular y cuente con el favor político”—.3

En este preciso momento suelen intervenir los científicos del área de las “ciencias duras”, con la intención de profundizar el debate en términos más epistemológicos: “—No. No se trata sólo de una crisis política o de mercado, sino de una crisis mucho más profunda que pone en cuestión los fundamentos epistemológicos de la disciplina. Ocurre que la sociología como proyecto científico se ha agotado porque los sociólogos no han podido ponerse de acuerdo hasta ahora sobre un cuerpo teórico mínimo, axiomáticamente formulado, que tenga capacidad predictiva y permita formalizar o matematizar sus resultados”—. En pocas palabras, lo que aquí se nos echa en cara es la famosa pluralidad o pluriformidad de paradigmas que sería indicio seguro de debilidad epistemológica y pondría en serios aprietos la pretensión de validez científica de la sociología.

Frente a este diagnóstico procedente no ya de una instancia exterior a la ciencia, sino del interior de la misma, el sociólogo crítico podrá seguir contra-argumentando en términos de una epistemología y de una sociología de la ciencia. Planteará, por ejemplo, que toda la argumentación precedente supone una concepción positivista de la ciencia —considerada como la única válida— lo que conduce inexorablemente a un monismo metodológico sumamente perjudicial no sólo para la sociología, sino para el conjunto de las ciencias sociales. Alegará que la propia sociología puede demostrar el carácter histórico, analógico y culturalmente condicionado del concepto mismo de ciencia. Recordará a su interlocutor que algunos de los clásicos, como Max Weber, han argumentado con sólidas razones la especificidad de las “ciencias de la cultura” y su irreductibilidad a las “ciencias de la naturaleza”.4 Y añadirá que no faltan filósofos de la ciencia, como Fereyabend y Popper, por ejemplo, que consideren la pluralidad de paradigmas en competencia no como una calamidad, sino como una bendición para el progreso científico;5 y T.S. Kuhn que las grandes revoluciones científicas tienen poco que ver con el consenso racional en torno a un único paradigma básico (“ciencia normal”) gradualmente formalizado y enriquecido por la acumulación progresiva de conocimientos.6

En todo caso, la pluralidad de paradigmas ha acompañado siempre a la sociología desde su fundación, y no constituye un fenómeno nuevo. La sociología ya nace teóricamente plural y

3 "Una teoría puede ser impopular aunque sea empíricamente verdadera y viceversa, una teoría puede

alcanzar una gran popularidad aunque sea científicamente dudosa". J.C. Alexander, 1989, Las teorías sociológicas desde la Segunda Guerra Mundial, Barcelona: Gedisa, p. 99.

4 "Si se quiere conferir el nombre de aquellas disciplinas que estudian los procesos de la vida humana desde

la perspectiva de su importancia cultural, tal como la entendemos nosotros, pertenece a esta categoría". Max Weber 1976, Sobre la teoría de las ciencias sociales, Buenos Aires: Editorial Futura, p. 29.

5

Cf. Paul Feyerabend, 1993, Tratado contra el método, México: REI, p. 18; y Alain Boyer, 1978, K.R.Popper: una épistemologie laïque?, París: Presses de l'Ecole Normale Supérieure, p. 65.

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polarizada, como se ha demostrado en repetidas ocasiones.7 Más aún, Max Weber sostenía que dadas la complejidad, la diversidad infinita y la especificidad de su objeto, las “ciencias de la cultura” sólo pueden ofrecer una multiplicidad de puntos de vista parciales, necesariamente inacabados, incesantemente reformulados y nunca totalmente sistematizables sobre el mismo.8 Recientemente Jean-Claude Passeron ha reformulado esta misma argumentación afirmando, en una obra fundamental todavía poco conocida entre nosotros, que “la lengua de descripción del mundo histórico, común a la historia y a la sociología, implica la imposibilidad semántica de un estable”.9 Por consiguiente, cierto relativismo teórico sería hasta cierto punto connatural a las ciencias de la cultura (o, según Passeron, a las ciencias que tienen por objeto el mundo histórico) y, por ende, a la sociología.

Por lo que toca al momento actual de nuestra disciplina, Pierre Bourdieu afirmaba recientemente que en sociología es siempre preferible una situación de conflicto abierto (entre teorías) a una situación de falso consenso (working consensus, como diría Goffman) para el progreso de la razón científica.10

2. Los obstáculos de la razón sociológica

Por estas y otras razones prefiero eludir el fácil recurso a una supuesta “crisis”11 para abordar los problemas que agobian actualmente a nuestra disciplina. Me parece más productivo reformular la cuestión en términos epistemológicos: ¿cuáles son los obstáculos que bloquean o entorpecen actualmente el desarrollo de la sociología como proyecto científico, esto es, el progreso de la razón científica en sociología y, por extensión, en todo el campo de las ciencias sociales?

Antes de ensayar una respuesta a esta cuestión, conviene adelantar dos observaciones preliminares.

1) La sociología pretende ser ciencia, y no una mera colección de ensayos más o menos imaginativos sobre la sociedad. Y para que haya ciencia, se requiere producir sistemas explicativos coherentes o proposiciones organizadas en forma de modelos o hipótesis capaces de dar cuenta de un vasto número de hechos empíricamente observables, y a la vez susceptibles de ser refutados (en sentido no popperiano) por modelos más poderosos que obedezcan a las mismas condiciones de coherencia, de sistematicidad y de refutabilidad empírica.12

7

Cf. entre otros, Salvador Giner, 1974, El progreso de la conciencia sociológica, Barcelona: Ediciones Península, pp. 15-54; y Raymond Boudon, 1971, La crisis de la sociología, Barcelona: edit. Laia, p. 199 y ss.

8Cf. Max Weber, 1976, op.cit.: p. 35 y ss. 9

Jean-Claude Passeron, 1991, Le raisonnement sociologique, París: Nathan, p. 59.

10

P. Bourdieu, 1992, Réponses, París: Seuil, p. 162.

11

La "crisis" se presenta siempre —aquí y en muchos otros ámbitos— como algo que todo el mundo cree ver, palpar y sentir, pero nadie puede precisar o definir.

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2) Hay que rechazar la afirmación de que la sociología no ha progresado como ciencia ni ha producido nada nuevo y significativo en los últimos años. Semejante afirmación sólo revela una profunda ignorancia de la literatura sociológica más reciente y del estado actual de la cuestión en nuestra disciplina a nivel internacional.

“La sociología es una ciencia mucho más avanzada de lo que quieren reconocer sus críticos, incluidos los sociólogos” —ha dicho recientemente Bourdieu—.13 Baste con recordar aquí todo lo que se ha avanzado a raíz de lo que se ha dado en llamar “revolución microsociológica”, en la reformulación sistémica de la teoría social14 <$F > en sociología de la cultura, en los nuevos enfoques históricos de la macrosociología y, en fin, en sociología económica y organizacional.

Uno de los problemas que se plantean hoy al sociólogo es precisamente el de la imposibilidad práctica de abarcar la enorme bibliografía que registra los avances de la disciplina. Valga esta referencia para devolver un poco de autoestima a tantos colegas que están comenzando a sentir una especie de “complejo de parásito” en el campo de las ciencias sociales.

2.1. La "sociología de Estado"

El primer obstáculo que se yergue en el camino de la razón sociológica es lo que podríamos llamar “sociología de Estado” (por homología a lo que antes se llamaba “filosofía o teología de Estado”). Se entiende por tal el tipo de sociología que pretende imponernos las “demandas burocráticas” del Estado. Hace ya algunos años Lourau y Lapassade señalaban la situación singular de los sociólogos en cuanto que, por una parte son analistas de las instituciones sociales (entre las cuales descuellan, por supuesto, las instituciones del Estado), pero, por otra parte, tienen a estas mismas instituciones como sus principales clientes. Así se explicaría la vulnerabilidad de los sociólogos a los intereses y exigencias de tan poderosos clientes, que no siempre coinciden con los intereses y exigencias de la ciencia.15

En efecto, al Estado no le interesa la sociología como ciencia, sino una especie de sociología instrumental compatible con la “razón de Estado” o con las políticas del Estado. Lo que busca son informaciones, indicadores sociales, diagnósticos y “escenarios a futuro” para orientar sus políticas y prevenir conflictos. “La teoría de los indicadores sociales es un buen ejemplo de la tendencia del Estado moderno a convertirse en su propio sociólogo. Esta teoría nace en los EE.UU. en 1965, bajo el impulso del equipo Kennedy. Se basa en el proyecto de una contabilidad social, es decir, de una contabilidad en términos estadísticos no sólo de los datos económicos (contabilidad nacional), sino de problemas sociales tales como la salud, la educación, la delincuencia, la marginalidad social, etcétera”.16

13

Ibid., p. 151 y 194.

14

Cf. Niklas Luhman, 1991, Sistemas Sociales, México: Alianza Editorial.

15

Cf. G.Lapassade y R.Lourau, 1974, Clefs pour la sociologie, París: Seghers, p. 19.

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Esta sociología sometida, no a la razón científica, sino a la razón práctica de Estado, tiene evidentes implicaciones ideológicas: no le permite al sociólogo construir su objeto, selecciona y jerarquiza en función de criterios no científicos los tópicos considerados pertinentes (las famosas “prioridades”), establece y define a priori los problemas sociológicos “legítimos” que merecen ser estudiados, y recorta arbitrariamente la realidad social según criterios de sentido común y de empirismo chato, sin preocuparse por explicitar los principios que lo guían en esa operación. En pocas palabras: la República no tiene necesidad de sociólogos, sino de “ingenieros sociales”. Y últimamente, ni siquiera de éstos, ya que los puede suplir a menor costo por técnicos en encuestas de opinión.

Ahora se puede explicar la crisis política y de mercado a la que nos referimos al comienzo. Ocurre que la sociología de Estado tiene alergia a todo lo que implique crítica, y resulta que toda sociología científica es siempre crítica por definición, por el solo hecho de ser científica. El resultado de esta terrible presión de la sociología de Estado sobre los sociólogos ha sido, en muchos casos, la transformación de éstos en “intelectuales orgánicos” en el sentido gramsciano, es decir, en intelectuales que funcionan exactamente como los “científicos” de la época del Porfiriato.

Lo dicho sobre las instituciones del Estado vale también, mutatis mutandis, de las instituciones económicas y hasta de las religiosas.

Están equivocados los que piensan que las grandes corporaciones transnacionales no sienten el menor interés por la sociología. Por el contrario: en esta época de “globalización” de los negocios se muestran cada vez más interesados, por ejemplo, por la sociología de la cultura. Pero nuevamente se trata siempre no de la sociología científica, sino de una sociología instrumental y aplicada, orientada a reforzar la solidaridad de empleados y trabajadores con la empresa (“Corporate Culture”, “Apple's Diverse Values”, etc.) y a facilitar las transacciones comerciales en el mercado mundial.17

Por lo que toca a las instituciones religiosas, los que alguna vez practicamos la sociología de la religión sabemos muy bien que, frente a la sociología religiosa científica y, por lo tanto, laica y no confesional, llegó a erigirse en un pasado todavía no muy lejano una “sociología religiosa” ad usum pastorum, es decir, al servicio de los pastores, que se dedicaba a construir tipologías, índices y mapas de la práctica religiosa con el objeto de orientar la política pastoral de la Iglesia.18

2.2. La sociología espontánea del sentido común

Otro gran obstáculo que dificulta la práctica científica de la sociología es la competencia de la sociología espontánea del sentido común, como suelen ser, por ejemplo, la sociología de los periodistas, de los comunicadores, de los ensayistas y de los literatos. Los recientes acontecimientos de Chiapas han provocado en nuestro país una proliferación inaudita de este tipo de sociología (o de antropología, que es lo mismo).

17

Cf. entre otros: Deal/Kennedy, 1985, Culturas corporativas, México: Sitesa; Farid Elashmawi y Philip R. Harris, 1993, Multicultural Management, Houston: Gulf Publishing Company.

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Hemos visto desfilar por las páginas de los periódicos, por las pantallas de la televisión, en los programas radiofónicos, en los discursos políticos y hasta en las alocuciones de los obispos los más pintorescos y estrambóticos “modelos” de interpretación y de explicación de tales acontecimientos, desde la explicación por la “conspiración externa interesada en desestabilizar a México”, hasta la explicación por el “adoctrinamiento” o manipulación por parte de jesuítas y seguidores de la teología de la liberación, pasando por la famosa explicación de “el rezago histórico”, actuante mítico y anónimo que permite eludir las responsabilidades históricas remitiendo la explicación de la extrema pobreza indígena a las brumas de un pasado indefinido e indefinible. Hasta encontramos modelos psicologizantes de explicación por la “mentalidad del mexicano” y por el potencial de contagio que tendría dicha mentalidad. Porque según una famosa tesis introducida en el imaginario nacional por el historiador norteamericano Paul. J. Vanderwood, el mexicano ama secretamente la violencia y es este amor un tanto necrofílico lo que explicaría las grandes encrucijadas de nuestra historia.19

De aquí infieren algunos de nuestros literatos-sociólogos la existencia de una relación de contagio (a lo Grabriel Tarde) entre la violencia chiapaneca y el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Normalmente, esta especie de “sociología” del sentido común no tendría por qué inquietarnos. Después de todo nos enseñaron siempre que la primera regla del método científico es romper con las prenociones del sentido común para construir racionalmente nuestro objeto de estudio, el cual poco tiene que ver con las apariencias empíricas. Pero frecuentemente esta “sociología” extra-académica nos acosa y presiona por todos los costados, amenazando con arrastrarnos dentro de su propia vorágine. Así, por ejemplo, la opinión pública cree tener el derecho de interrogarnos acerca de todo, desde los posibles efectos del Tratado de Libre Comercio hasta el significado de la minifalda. Y los periodistas nos interrogan, por supuesto, sobre “problemas de actualidad”.

En estos casos, la tentación del sociólogo es responder a estas “demandas de actualidad” para obtener beneficios inmediatos al menor costo, sin hacer el esfuerzo de transformar los “problemas sociales” que preocupan al gran público en problemas sociológicos susceptibles de recibir una solución científica. Con otras palabras: el sociólogo puede caer en la tentación del ensayismo descriptivo y superficial que se limita a transcribir en léxico sociológico el discurso del sentido común.20 Quizás convenga recordar aquí que la problemática científica que se ha ido configurando desde los clásicos de la sociología trasciende de lejos la actualidad periodística, sin excluirla, por supuesto. Se trata de una problemática inscrita en otra temporalidad.

19

Paul J. Vanderwood, "Building Blocks but jet no building: Regional History and the Mexican Revolution",

Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 3 (2) Summer 1987, Regents of the University of California, pp. 421-432.

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2.3.- La dogmatización del pensamiento sociológico

Supuestamente la institución universitaria —nuestras facultades y nuestros centros de investigación— tendrían que ser el refugio y el escudo protector de la sociología científica frente a los embates de la “sociología de Estado” y de la “sociología del sentido común”. Por fortuna así ocurre y ha ocurrido la mayor parte de las veces. Pero dentro de este ámbito pueden surgir también nuevos obstáculos para el progreso de la razón científica.

Por ejemplo, el poder administrativo universitario, que controla los programas de formación y las condiciones de la docencia, puede imponer una ortodoxia y establecer en consecuencia una situación de monopolio generalmente detentado por uno o más caciques intelectuales. Nada más alejado de la dinámica propiamente científica que tales situaciones. Un campo científico es un universo autónomo donde deben competir libremente los científicos y los investigadores de todas las tendencias, desechando todas las armas no científicas y, ante todo, las de la autoridad universitaria. "La historia intelectual demuestra —dice Bourdieu— que una ciencia controvertible, es decir, sujeta a discusiones y envuelta en conflictos auténticamente científicos, es más avanzada que una ciencia en torno a la cual reina un consenso fundado en acuerdos elásticos, programas vagos y libros colectivos de autores varios”.21

Nos hemos referido antes al diagnóstico de algunos administradores que imputaban la crisis de la sociología al marxismo. Y en parte tienen razón, no porque el marxismo en cuanto teoría —es decir, en cuanto conjunto de hipótesis sobre la sociedad— haya sido realmente la causa, sino en razón de la posición hegemónica que detentaba en muchas de nuestras facultades y centros de investigación como la única teoría ortodoxa, al margen de toda confrontación con las teorías rivales y frecuentemente en franca función instrumental desde el punto de vista político. Creo que el marxismo sigue siendo una de las grandes opciones teóricas que se han ganado el derecho de estar presente en el debate de las ciencias sociales. Pero nunca como ortodoxia cerrada, sino como opción dialogante y abierta, y como un interlocutor más en el debate científico que por definición tiene que ser polifónico y plural.

2.4. La fragmentación disciplinaria de las ciencias sociales

Dentro de la propia institución universitaria cabe señalar todavía otro formidable obstáculo para el desarrollo científico de nuestra disciplina: la fragmentación institucional de las ciencias sociales en una serie de disciplinas que se consideran como absolutamente autónomas e independientes entre sí, y dentro de las cuales la sociología aparece como una simple disciplina más.

Por ejemplo: la sociología se ha divorciado desde hace mucho, en términos institucionales, de la antropología, de la historia y, por supuesto, de la economía. Y en nuestra propia Facultad “de Ciencias Políticas y Sociales” podemos observar una recia estructura de compartimentos estancos constituidos por disciplinas o pseudo-disciplinas tales como: Ciencia política, Ciencias de la comunicación, Administración pública, Estudios latinoamericanos y, por último, Sociología.

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El problema no sería grave si estas disciplinas así autonomizadas funcionaran no como compartimentos estancos, sino como vasos comunicantes que procesan un contenido que, a pesar de su variedad y multidimensionalidad, sigue perteneciendo a la misma especie teórica. O dicho de otro modo: todo estaría en orden si estas disciplinas se consideraran como resultado de una división del trabajo científico históricamente constituido que remitan, un poco arbitrariamente, a diferentes aspectos o niveles de un mismo objeto: el “hecho social”, como diría Durkheim, o “el mundo de la historia”, como diría Jean-Claude Passeron. En este caso cada una de las disciplinas mencionadas tendrían que considerarse como especializaciones dentro de una sola disciplina madre, que no podría ser más que la sociología en su nivel macro. En efecto, la sociología es el lugar natural de recomposición interdisciplinaria de todas las ciencias de la sociedad, o dicho de otro modo, es la “disciplina de contexto” obligada para las ciencias sociales especializadas que, en cuanto tales, sólo pueden ofrecer inteligibilidades parciales de la realidad social.

En los hechos las cosas están lejos de ocurrir de este modo. Cada una de las disciplinas especializadas reivindican su absoluta autonomía y no permiten que ninguna otra disciplina, y mucho menos la sociología, llegue a inmiscuirse en lo que considera sus asuntos propios. Un politólogo, por ejemplo, rechazará indignado la intervención de cualquier sociólogo en su disciplina, alegando que sólo los politólogos tienen el derecho de opinar con autoridad en su materia, dado que ésta tiene su objeto propio y una metodología específica consolidada. Y si el sociólogo le pregunta si está vedado a la sociología el estudio de las formas de organización y ejercicio del poder, el politólogo responderá probablemente que sí, que puede abordarlo, por supuesto, pero con sus métodos propios que son diferentes de los de la ciencia política. Y si el tozudo sociólogo sigue preguntando cuál es esa metodología específica de la ciencia política y en qué se diferencia, epistemológicamente hablando, de la de la sociología, es probable que el diálogo se interrumpa en términos poco amigables... De hecho, cuando el sociólogo se asoma a la copiosa literatura de los politólogos se encontrará, por ejemplo, con un debate típicamente sociológico entre teorías neo-utilitaristas derivadas del mercado (rational choise), y teorías simbólico-culturales que proponen paradigmas culturales bajo el supuesto de que las opciones políticas se hallan influenciadas también por sentimientos de solidaridad y lealtad que remiten a una determinada “cultura de identidad”.22

Tales pretensiones de absoluta autonomía comportan consecuencias nocivas para el desarrollo científico tanto de la sociología como de las demás disciplinas sociales. Provocan, entre otras cosas, una especie de chauvinismo disciplinario que dificulta el debate interdisciplinario y, por lo mismo, la constitución de una verdadera comunidad científica en el campo de las ciencias sociales. Además, inhiben la capacidad de innovación científica, si es verdad la tesis de M. Dogan y R. Pahre, según la cual la fecundidad y la innovación en las ciencias sociales ya no están ligadas a la investigación monodisciplinaria,

22 Sobre este debate consúltese, entre otros, Pierre Birnbaum y Jean Leca (coord.), 1991, Sur

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sino a la que sabe ubicarse en los márgenes, es decir, en los intersticios de dos o más disciplinas.23

Si nos fijamos bien, las compartimentaciones disciplinarias eran impensables para los clásicos de la sociología. No caben, por ejemplo, en un paradigma como el de Marx, en el que las diferentes instancias se sobredeterminan unas a otras. No caben en la obra de Max Weber, quien no disociaba la sociología de la historia ni de la economía. Y no caben en una tradición como la de la escuela francesa de sociología (Durkheim, Halbwachs...) que define siempre los “hechos sociales” en términos holísticos, es decir, como “fenómeno social total” (Mauss).

Tampoco encontraremos compartimentaciones disciplinarias en la obra de los grandes sociólogos contemporáneos. Una obra como la de Bourdieu, por ejemplo, se caracteriza por una absoluta falta de respeto por las fronteras disciplinarias en la medida en que se desplaza libremente entre la antropología, la sociología de la educación, la historia, la lingüística, la ciencia política, la filosofía, la estética y los estudios literarios.

3. Conclusiones

Podemos concluir diciendo que el gran obstáculo para el progreso científico de la sociología radica en su extrema vulnerabilidad con respecto a las fuerzas sociales que la circundan. Su campo de análisis se halla tan cerca del ámbito público del conocimiento común, que difícilmente escapa a las controversias político-ideológicas y a las modas intelectuales.

De aquí la necesidad de reforzar al máximo, dentro de la institución universitaria, la autonomía y la reflexividad del campo científico. Lo que implica, entre otras cosas, crear y mantener estructuras de diálogo y de comunicación no violenta, esto es, un espacio crítico de discusión regulada entre investigadores, maestros y estudiantes, al margen de toda presión extra-académica, de modo que la única fuerza que se imponga sea siempre la del mejor argumento (Habermas).

En mi opinión, este espacio destinado a albergar a esta especie de Realpolitik de la Razón sociológica debería reunir las siguientes características:

1) El retorno a los clásicos, pero no bajo la forma de una devoción acrítica o de un culto escolar, sino quizás bajo la forma de una historia crítica de las teorías fundacionales de la sociología.

2) Una cultura epistemológica mínima y suficientemente compartida, alimentada por algunos textos fundadores como Las reglas del método sociológico de Durkheim, El oficio del sociólogo, de Bourdieu, y quizás algunos capítulos de La imaginación sociológica, de C. Wright Mills. A ello añadiría la muy reciente y admirable contribución de Jean-Claude

23

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Passeron, El razonamiento sociológico,24 cuyo subtítulo habla por sí mismo: El espacio no popperiano del razonamiento natural.

3) Elevación del standard de exigencias de las reglas de entrada en el campo de la disciplina, mediante medidas académicas y administrativas destinadas a mejorar sustancialmente el nivel de formación y a asegurar el mínimo de competencia científica requerida para asumir con responsabilidad el “oficio de sociólogo”.

4) Una política adecuada de gestión de las relaciones con nuestros clientes obligados, que permita someter la lógica del poder económico/político a la lógica de la razón científica, y no al revés. La sociología cuesta caro y no puede vivir sin fuentes de financiamiento. Pero debe de tener la posibilidad de transformar las “demandas burocráticas” de sus clientes en problemas sociológicos susceptibles de tratamiento científico. Nuestros clientes tienen que convencerse de que la eficacia política y social de la sociología dependen de su calidad científica, y no de su sometimiento a la “razón de Estado”. “La paradoja de las ciencias sociales —dice Bourdieu— radica en que el progreso hacia una mayor autonomía no implica un progreso en el sentido de la neutralidad política. Por el contrario, cuanto más científica es la sociología, tanto más pertinente y eficaz se torna políticamente hablando (...) por lo menos a título de instrumento de crítica o de sistema de defensa contra las formas de dominación simbólica que nos impiden convertirnos en verdaderos agentes políticos”.25

24

Jean-Claude Passeron, 1991. op.cit.

25

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