Introducción
1En propósito de este trabajo es comparar dos casos de desarrollo económico: el de Suecia y el de Chile durante las décadas que precedieron a la Primera Guerra Mun-dial. Hacerlo tiene una motivación que va más allá del mero interés académico por entender la evolución de estos dos países. El Chile de hoy tiene una oportunidad realista de convertirse en el primer país desarrollado y sin pobreza de América Latina. Ello, sin embargo, no ocurrirá automáticamente. Nuestro país está lastrado por grandes desigualdades ancestrales, que de hecho limitan la participación plena de muchos chilenos en su desarrollo. Se trata de una forma de exclusión altamente perjudicial no solo para los individuos directamente afectados sino para el país en su conjunto. Esto es lo que se hace patente al estudiar el desarrollo de Chile durante la época salitrera contrastándolo con el de Suecia.
Las naciones que más éxito han tenido en emprender la senda del desarrollo sostenible a largo plazo son aquellas que han sabido incorporar a la gran mayoría de su población al proceso de crecimiento, brindándole oportunidades de realizar su potencial productivo y, por ello, maximizar su aporte al desarrollo nacional. Este fue el caso de Estados Unidos, en especial con posterioridad a la Guerra de Secesión y la apertura de la frontera agrícola para los inmigrantes-colonos, lo que le permitió a ese país dar un portentoso salto a la hegemonía económica mundial. Lo mismo ocurrió, para dar otro ejemplo, con Suecia, que durante las décadas fina-les del siglo XIX se transformó de una periferia pobre y exportadora de materias primas en una pequeña gran potencia industrial. En contraposición, Argentina y Chile, que gozaron de una gran bonanza económica durante esas décadas, terminaron en la senda del “desarrollo frustrado”, como diría Aníbal Pinto (1973).
La diferencia entre éxito y fracaso relativo no tuvo que ver –como postulaban Raúl Prebisch y la Cepal o los marxistas de la Escuela de la Dependencia– con la exis-tencia de un orden capitalista internacional que beneficiase a algunas naciones en detrimento de otras. En este caso se trata de países soberanos que se incorporaron dinámicamente a la economía mundial y dispusieron de amplios recursos econó-micos que eran, sin lugar a dudas, más que suficientes para lanzarse en el camino del desarrollo. El que algunos países lo hiciesen y otros no dependió, básicamente,
1 Una versión más reducida de este trabajo pero que incluye una serie de otros casos de desarrollo
de sus estructuras sociales e institucionales. Es decir, de la existencia de lo que Daron Acemoglu y James Robinson (2012) han llamado instituciones inclusivas e instituciones excluyentes. Las primeras son aquellas que permiten la incorporación de la mayoría al proceso de desarrollo, mientras que las segundas lo impiden.
Para ser más exhaustivos2 se debe precisar que el éxito de una economía de
mercado dependerá tanto de la amplitud de la participación social en la misma como de su integración en la economía global. Ambos elementos pueden en cierta medida sustituirse, pero el grado de participación social tiene, casi sin excepción, un papel fundamental para que la integración a la economía internacional tenga un impacto dinámico que se haga sostenible en el largo plazo.
A su vez, la participación social depende de dos aspectos, uno formal y otro que podríamos llamar material. El aspecto formal está dado por los grados de libertad de que gozan los individuos así como por la igualdad ante la ley y la ausencia de discriminaciones. El segundo aspecto, está determinado por el acceso a recursos y
capacidades –entitlements and capabilities, usando el lenguaje de Amartya Sen–
necesarios para esa participación. Estos dos aspectos son los que nos dan el
contenido del concepto clave de igualdad de oportunidades.
A partir de estos razonamientos se puede definir brevemente la tesis fundamental del enfoque institucionalista aquí aplicado de la siguiente manera: A mayor igual-dad de oportuniigual-dades, es decir, libertades, recursos y capaciigual-dades, más amplia será la participación social en la economía de mercado y, en consecuencia, su extensión y dinamismo, lo qué, en igualdad de condiciones, determina la inten-sidad del progreso económico.
Ahora bien, en sociedades preindustriales de corte agrario –como eran Suecia y Chile a mediados del siglo XIX– el éxito del proceso de desarrollo dependerá, en gran medida, de la estructura del sector agrario. Será este sector el que determi-nará las oportunidades de la gran mayoría de la población, estableciendo así la amplitud de la participación social tanto en el desarrollo económico como, no menos, en la distribución de sus frutos. En otras palabras, de ello dependerá el carácter más o menos inclusivo del proceso de desarrollo.
2 Me baso en el enfoque elaborado en conjunto con el profesor Christer Gunnarsson en los años 90
Chile y Suecia en la segunda mitad del siglo
XIX
A primera vista puede parecer descabellado comparar Chile con Suecia. Esto se debe, en gran medida, a que miramos a ambos países a partir de lo que han llegado a ser y no de lo que fueron. Así, Suecia se nos presenta con sinónimo de altísimos niveles de desarrollo y riqueza, muy lejos de lo alcanzado por Chile. Sin embargo, hacia mediados del siglo XIX las diferencias no eran tan evidentes.
Se trataba de dos países periféricos, relativamente poco poblados y muy poco urba-nizados. En ambos casos, la tierra arable era limitada pero fuera de ello disponían de abundantes recursos naturales y se vinculaban con el mercado mundial median-te exportaciones de productos primarios poco elaborados. Ambos países, además, se integraron dinámicamente a la expansión de la economía mundial de la época, viendo crecer sus exportaciones de manera muy significativa. Pero no solo eso, co-mo se observa en el siguiente diagrama, basado en las series estadísticas de Angus Maddison (2010), ambos tenían por entonces un PIB per cápita relativamente
comparable3 y Chile llegaría incluso a superar a Suecia a partir de la conquista de
las provincias salitreras del norte. Ello quiere decir que la tasa chilena de crecimiento, en términos de su PIB per cápita, fue mayor durante ese período que
la de Suecia.4
3 En 1850 la diferencia a favor de Suecia era, según Maddison, de un 9,3%. Según los datos
Braun-Llona et al. (1998) esa diferencia, sin embargo, habría sido de un 41,9%, pero iría descendiendo con posteriormente. Así, en 1907 era solo de un 16%.
4 Según Maddison (2010) el crecimiento del PIB per cápita chileno fue de 221% entre 1850 y 1913,
Diagrama 1
PIB per cápita 1850-1910, en dólares de 1990 de igual poder adquisitivo
Fuente: Maddison (2010)
La diferencia a favor de Chile es aún mayor si solo miramos en volumen absoluto del PIB. Entre 1850 y 1910 el PIB chileno se multiplicó 7,6 veces, mientras que el de Suecia lo hizo 4,3 veces. Esto nos da una idea del extraordinario aumento de su riqueza que Chile experimentó durante estas décadas.
Estos datos pueden resultar sorprendentes ya que se trata del período en que Suecia dio un salto espectacular en su desarrollo que la transformó en uno de los países más avanzados del planeta. Ello le permitió redefinir sus relaciones econó-micas con el mundo, pasando de la exportación de productos poco elaborados a su creciente transformación industrial antes de ser exportados y también a la pro-ducción y exportación de bienes de capital de alta sofisticación. Se pasó así, por ejemplo, de la exportación de madera en bruto a la trabajada, así como a la celulo-sa y el papel; del mineral de hierro a los aceros especiales y a una gran variedad de productos de la industria metalmecánica, incluyendo un fuerte componente de maquinaria y otros bienes de capital; de la avena, vía la importación de granos y el desarrollo de la actividad pecuaria, a la mantequilla y la industria láctea, transfor-mándose además en pionera en la producción de maquinaria para la misma.
800 1 300 1 800 2 300 2 800
1850 1854 1858 1862 1866 1870 1874 1878 1882 1886 1890 1894 1898 1902 1906 1910
En Chile, por su parte, no ocurrió nada parecido. No es que no se hayan producido transformaciones que tienen cierto parecido con las de Suecia, como la urbaniza-ción o incluso el surgimiento, desde la Guerra del Pacífico (Kirsch 1977; Palma 1978 y 1984) o tal vez antes (Ortega 1979 y 1981), de un sector manufacturero que se amplía constantemente hasta llegar a ser predominante ya hacia fines de la década de 1910, cuando su peso económico supera al de la agricultura y de la minería (medido en pesos de 1986; Haindl 2007). Pero estas transformaciones no redundaron en la creación de un aparato productivo capaz de profundizar su desarrollo hacia productos de alto valor agregado y capacidad competitiva interna-cional. La industria chilena, tal como la argentina en ese entonces (Rojas 2012), se volcó, al amparo de los altos costos de transporte, hacia el mercado interno y pronto se hizo totalmente dependiente tanto del proteccionismo y las prebendas
estatales5 como de las divisas generadas por las exportaciones primarias.
En suma, se puede decir que Chile creció vigorosamente pero no se desarrolló de una manera que evitase su posterior retraso económico comparativo, lo que nos deja una importante lección que no deberíamos olvidar en el momento actual.
Las consecuencias de este “crecimiento sin desarrollo” se harían plenamente patentes a partir de la Primera Guerra Mundial, generando un notable diferencial de crecimiento entre Chile y Suecia. Entre 1910 y 1970 el PIB per cápita de Suecia se multiplicó 4,7 veces mientras que el de Chile apenas lo hacía 1,7 veces. El diagrama que se exhibe a continuación muestra el extraordinario contraste que existe entre los 60 años de alto crecimiento que van de 1850 a 1910 y los siguientes 60 años de estagnación comparativa.
5 Se acostumbra a describir la época pre 1930 como una de plena apertura y liberalismo económico,
Diagrama 2
Aumento porcentual del PIB per cápita, 1910-1970
Fuente: Maddison (2010)
Es importante hacer notar que, como se ha visto, las causas estructurales de esta notable divergencia se crean ya antes del estallido de la Primera Guerra Mundial y no pueden por ello buscarse en el desempeño posterior, caracterizado, en el caso de Chile, por el colapso de la economía salitrera chilena y la orientación cada vez más intervencionista y proteccionista que el Estado. Estos factores jugaron un papel claramente perjudicial y diferencian a ambos países ya que en Suecia el impacto adverso de las coyunturas internacionales fue mucho menor, su industria no se protegió detrás de barreras proteccionistas y su Estado creció respetando la libertad económica y sin asumir, como en el caso de Chile, un rol empresarial. Sin embargo, una explicación centrada en el período post 1913 pecaría de un serio defecto: pondría como causa de la vulnerabilidad chilena aquello que en realidad es un efecto de la misma. Los shocks externos tienen un impacto tan severo y la economía chilena tiende a cerrarse frente al exterior como consecuencia de su incapacidad de profundizar su desarrollo durante la fase de crecimiento acelerado que precede y prepara el terreno para nuestro largo período de frustración
222
74 172
369
0 50 100 150 200 250 300 350 400
1850-‐1910 1910-‐1970
económica relativa y creciente conmoción social. En suma, lo que hay que explicar
no son tanto los fracasos posteriores a 1913 sino los anteriores a esa fecha.6
Explicando el desarrollo divergente: Suecia
Ahora bien, ¿podría un enfoque institucional centrado en la igualdad de oportuni-dades darnos algunas luces sobre el éxito sueco y fracaso chileno? A mi juicio, ese es el caso. Trataré, aunque sea someramente, de mostrarlo comenzando con el desarrollo sueco para luego discutir el caso chileno.
La irrupción industrial de Suecia ha sido un tema clásico de la historiografía económica de ese país. Tradicionalmente (Montgomery 1939; Jörberg 1973) se describió la industrialización sueca como un proceso inducido por la demanda exterior (británica) de materias primas y alimentos y, además, bastante acotado en el tiempo: iniciado hacia mediados del siglo XIX pero cuyo periodo crucial iba, a lo más, desde 1870 hasta 1914. Esta visión fue cuestionada en la década de 1980 a partir de las investigaciones pioneras de Lennart Schön (1982 y 2007), quien se ha planteado explícitamente la pregunta de por qué Suecia no se había convertido en un país subdesarrollado como lo hicieron tantas otras naciones periféricas de la época que también eran exportadoras de productos primarios (Schön 2006). Su
respuesta, que hoy forma el mainstream de la historiografía sueca, puede ser
resumida como sigue.
La revolución industrial sueca de fines del siglo XIX fue precedida por una larga evolución que partió, de manera clásica, con las transformaciones de su economía agraria, iniciadas ya durante el siglo XVIII y profundizadas en la primera mitad del siglo XIX. Este proceso tuvo su eje en la comercialización creciente de la produc-ción rural, lo que creó incentivos para su expansión y, no menos, para una profunda modernización de las formas de propiedad y el uso de la tierra. Paulati-namente, se fueron eliminando las formas colectivas de usufructo, consolidando la tenencia y el uso individual de la tierra en base a derechos de propiedad
clara-mente definidos. En este sentido, el proceso sueco recuerda a las célebres
6 Se puede pensar que la ubicación geográfica –cercanía o lejanía de los centros industriales del
sures inglesas, pero con una diferencia capital: en el caso de Suecia tuvieron un efecto sobre la distribución de la tierra que fue el inverso del británico. En Suecia, fueron los campesinos y no los terratenientes los que aumentaron radicalmente su propiedad de la tierra, pasando de disponer de un tercio de la tierra cultivable en
1700 a dos tercios en 1870.7
Este proceso de modernización igualitaria de la estructura agraria tuvo
importan-tes efectos sobre la distribución del ingreso, creando un mercado interno relativa-mente dinámico y una significativa capacidad de inversión –incluyendo aquellas en educación– de parte de los campesinos, que por entonces formaban el segmento mayoritario de la población del país. Esta “revolución agraria” creó el escenario sobre el cual repercutirá el impacto de la demanda inglesa que se hace sentir a partir de la década de 1850, condicionando de manera decisiva sus efectos y la trayectoria futura del desarrollo sueco.
La evolución hacia un mayor empoderamiento del estamento campesino no sólo
generó una importante capacidad de inversión y consumo.8 Uno de sus efectos más
notables fue el limitar fuertemente las posibilidades de la elite tradicional sueca de vivir de la renta de la tierra y afincarse en una cultura rentista-aristocrática. Esto permite entender su orientación hacia nuevos campos de actividad en la adminis-tración pública, el ejército, la academia y las profesiones libres. De allí surgieron muchos de los geniales ingenieros, inventores, innovadores y emprendedores que serían una pieza clave del avance industrial de Suecia hacia finales del siglo XIX. La confluencia de esta elite industriosa con los hijos cada vez más educados de los campesinos propietarios creó un círculo virtuoso de desarrollo industrial basado en un capital humano que, para su época, era comparativamente de primer nivel.
Por su parte, el Estado cumplió un papel central en el proceso de modernización y empoderamiento campesino. Creó el marco institucional y prestó apoyo técnico al
7 Los campesinos suecos fueron siempre los organizadores de la producción y la vida rural del país,
trabajando con ayuda de sus familias y allegados las tierras de la Corona, la nobleza o las suyas propias. Además, nunca fueron reducidos a la servidumbre y tenían, como cuarto estamento, representación en el parlamento tradicional.
8 Una versión más completa del desarrollo sueco debería incluir la expansión demográfica y el
proceso de transformación agrícola o skiftesrörelse, como se llama en sueco,9 que se desarrolló a través de tres grandes reformas iniciadas en 1749 y concluidas en 1827. También alienó gran parte de sus tierras, vendiéndoselas a los campesinos que las cultivaban y, simultáneamente, alivió la carga tributaria de los mismos, permitiendo que éstos retuviesen una parte creciente de sus excedentes de produc-ción. Además, el Estado realizó importantes inversiones en infraestructura (cana-les, caminos y luego ferrocarriles) e implantó, en 1842, la escuela básica obligatoria
de cuatro años para hombres y mujeres,10 lo que vino a reforzar decisivamente el
modelo de desarrollo inclusivo que Suecia estaba siguiendo.
Estas intervenciones del Estado sueco, en particular aquellas que fortalecían la propiedad del estamento campesino, pueden resultar sorprendentes por tratarse de un Estado dinástico. Cabe, sin embargo, destacar que el Estado sueco tuvo desde muy temprano una relación directa y protectora con el campesinado, que fue
la base de la notable autonomía de la Corona respecto de la nobleza del país.11
El Estado dinástico tenía por ello un claro interés en fortalecer a los campesinos, desligándolos, en la medida de lo posible, de su dependencia de la nobleza. Esto queda de manifiesto en las grandes reformas agrarias suecas de los siglos XVI y
XVII, las así llamadas reduktioner (“reducciones”), mediante las cuales el Estado
recuperaba importantes extensiones de tierra cedidas a o apropiadas por la noble-za (de allí el concepto de reducción, en el sentido de reducir la propiedad nobilia-ria), beneficiándose con ello a sí mismo y a los campesinos. Así, por ejemplo, las reducciones emprendidas durante la segunda mitad del siglo XVII por Carlos X y su hijo Carlos XI redujeron la tierra en poder de la nobleza del 72% de la superficie útil del país en 1650 al 33% en 1700 (Scott 1988). En suma, el Estado luchaba por evitar la feudalización del país fortaleciendo un estamento campesino que o viviese en las tierras de la Corona o fuese libre y pagase impuestos, fuera de servir como
9 Literalmente, “movimiento de cambio”, lo que alude al cambio de tierras entre los campesinos a
fin de consolidar su propiedad en un solo predio. El proceso incluyó la disolución de las antiguas aldeas rurales (ya que los campesinos se mudaron a sus predios) así como la privatización de los recursos de uso común.
10 Una ley similar fue dictada en Chile en 1920, es decir, casi 80 años más tarde.
11 La particularidad del desarrollo del Estado sueco en la época de los Estados absolutistas ha sido
base de reclutamiento de los ejércitos de un reino que durante el siglo XVII se
transformó, para gran sorpresa de su entorno, en una potencia báltica.12
Explicando el desarrollo divergente: Chile
Creo que esta corta síntesis de los factores que ayudan a explicar el éxito sueco habrá puesto de manifiesto los factores que, por contraste, pueden darnos luces sobre el fracaso comparativo chileno: la desigual distribución de la tierra y la
presencia determinante del latifundio;13 la situación económica y socialmente
desfavorecida del campesinado; un gran crecimiento demográfico –la población chilena se triplicó entre 1835 y 1907– que propició el surgimiento de una amplia clase itinerante de pobres (“peones”, “gañanes”, “jornaleros”, “vagabundos” o, sim-plemente, “rotos”) que no tenían cabida en el sector agrícola de la zona central y terminarían por “arrancharse” en los centros urbanos o emigrar hacia el norte
minero;14 salarios reales casi estancados debido a la abundante oferta de mano de
obra; un mercado interno muy limitado; un capital humano poco competitivo en
perspectiva internacional;15 y una elite terrateniente, con vocación
predominan-temente rentista y un sesgo cultural aristocratizante, que dominó sin contrapeso el Estado chileno hasta 1920.
Descripciones de la situación de los “pobres del campo” (en la década de 1840)
como las que se pueden leer en el boletín El Agricultor publicado por la Sociedad
Chilena de Agricultura, son difícilmente imaginables en Suecia:
“Los pobres de los campos chilenos sufren una vida más penosa que aquella de los siervos medievales. Viven en la más absoluta miseria y se
12 El tema del Estado premoderno sueco y su relación con el campesinado ha sido ampliamente
tratada en Rojas (1999).
13 No sin razón habló Gabriela Mistral del “horrible y deshonesto latifundio”, que a su juicio estaba
“devorándonos y hambreándonos”. El Mercurio, 14 de mayo de 1933. Citado en Bengoa (1990:12).
14 Gabriel Salazar (2000) cifra el “peonaje” en más de 530 mil personas para 1907, lo que
representa en torno a la mitad de los trabajadores de la época y supera el número total de labradores y agricultores de ese entonces. Ver también Robles (2003).
15 Se daba, hacia finales del siglo XIX, una paradojal falta de mano de obra cualificada y la
ven obligados, ante la perspectiva de ganarse su precaria subsistencia en una hacienda, a aceptar todas las condiciones que quiera imponer el propietario (…) El labrador en Chile es un ser vagabundo y miserable, hecho a sufrir por necesidad las grandes miserias, privaciones e injusti-cias, sin propiedad ni residencia fija…”16
Cabe destacar que el Estado chileno –que por entonces disponía de ingentes
recur-sos proveniente de la tributación salitrera17– llevó a cabo una serie de importantes
inversiones en infraestructura y educación.18 Sin embargo, todo indica que ello
mejoró sólo marginalmente la situación y las oportunidades de los sectores más desfavorecidos, especialmente entre la población rural y, no menos, la creciente masa afincada en suburbios urbanos que fueron descritos (por Vicuña Mackenna en 1872) como “una inmensa cloaca de infección y vicio, de crimen y de peste, un
verdadero potrero de la muerte” (Salazar 2000: 236).19 De hecho, aún en 1907 dos
terceras partes de los niños en edad escolar ni siquiera asistían a la escuela
primaria y la mayoría de la población adulta era analfabeta.20
En síntesis, a la inversa del caso de Suecia, el desarrollo chileno se caracterizó por rasgos fuertemente excluyentes. Las instituciones excluyentes predominaron clara-mente sobre las inclusivas. El desarrollo de Chile estuvo, por ello, muy lejos de brindarle una igualdad básica de oportunidades a la mayoría de su pueblo y no pudo sino pagar con creces las consecuencias de ello.
Daré solamente algunos ejemplos estadísticos acerca del notable contraste entre el desarrollo inclusivo de Suecia y el excluyente de Chile. Entre los años 1850-54 y 1900-04 el salario real chileno creció un 34%, lo que está muy por debajo del aumento del PIB per cápita del país que en el mismo período alcanzó un 138%
16 La primera parte de la cita proviene de El Agricultor, número 17, 1841, y la segunda del número
21 de 1842. Citado en Bengoa (1988:237-38).
17 Según Cariola y Sunkel (1982:89), “el Estado chileno logró apropiarse de aproximadamente la
mitad del excedente generado en la actividad salitrera lo que constituye seguramente un fenómeno sin precedentes en su época”.
18 Así por ejemplo, según las estadísticas de Wagner, Jofré y Lüders (2000) en la década de 1890-99
el gasto en infraestructura representaba el 25,1% del gasto público y el gasto en educación el 6,1%.
19 Como nos recuerda Gonzalo Vial en Chile – Cinco siglos de historia a comienzos de siglo la
mortalidad en Santiago era casi un 50% superior a la tasa promedio del país. Según el mismo autor, el Anuario Estadístico de 1902 constata que la mortalidad era superior en Concepción, Santiago, Talca y Chillán que en Madrás, y en Valparaíso, Talcahuano y La Serena superaba la de Calcuta (Vial 2009:1.036).
20 Esto a pesar de una gran expansión educacional que logró multiplicar por diez la cantidad de
(Braun-Llona et al. 1998). En Suecia, por el contrario, el aumento del salario real en este período supera levemente el del PIB per cápita: 130% y 128% respectiva-mente (Sveriges Riksbank 2010 y Maddison 2010). Esto indica que en el caso de Chile los frutos del progreso fueron, en gran medida, acaparados por las clases más acomodadas de nuestra sociedad, mientras que en el de Suecia se distribuyeron parejamente o, incluso, de una manera que favoreció a las clases trabajadoras y
fortaleció el igualitarismo ya tradicional en el país.21
Por ello mismo, no es de extrañar que a comienzos del siglo XX la tasa chilena de analfabetismo se ubicase en torno al 60% mientras que en Suecia ya prácticamente toda la población adulta sabía leer y escribir. Tampoco es de extrañar que por entonces la tasa de mortalidad infantil fuese 3,5 veces más alta en Chile que en Suecia. La expectativa media de vida de un chileno al nacer era en 1907 de 30 años, mientras que en Suecia llegaba a 56 años. Y no hay que olvidar estas diferencias abismales se dan entre dos países que, como ya se vio, tenían un ingreso real per cápita similar, lo que no hace sino poner de relieve los dramáticos efectos compa-rativos de los altos niveles de desigualdad de oportunidades e ingresos imperantes en el Chile de entonces.
Palabras finales
Esto es lo que nos pasó hace ya más de un siglo y puede volver a pasarnos. Por cierto que el Chile de hoy está lejos del de entonces y las condiciones generales de vida han mejorado notablemente. Pero siendo eso importante no es lo decisivo desde el punto de vista de alcanzar un desarrollo sustentable a largo plazo. Para ello se requiere estar a la altura de los desafíos del tiempo presente. Nuestra naturaleza nos sigue brindando oportunidades extraordinarias, especialmente en el contexto de una economía mundial que, tal como ocurrió hacia finales del siglo XIX, demanda ávidamente nuestros productos. Ello nos enriquece, pero riqueza y desarrollo son cosas muy diferentes, como lo dejó en evidencia el Chile de entonces.
21 A esta conclusión se llega usando los datos de O’Rourke y Williamson (1999) según los cuales el
Nuestra gran deficiencia entonces fue una distribución de los recursos y las posibi-lidades que no permitió potenciar masivamente nuestro capital humano. Por ello, no solo nos quedamos rezagados en términos de capacidad productiva. Los conflictos sociales se hicieron endémicos y terminaron llevando el país a una polarización fratricida.
Para que esto no se repita es importante aprender de nuestra historia ya que, como alguna vez dijese George Santayana:
“Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.
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