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8.7 La regimentación lógica del lenguaje y el criterio de compromiso óntico

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rechaza la tesis de que el lenguaje da expreSlOn material a proposlClOn~s o significados que existen previa e independientemente, tesis que ha en~ contrado gran apoyo en algunas de las afirmaciones de Chomsky, y que puede verse formulada en

el

siguiente párrafo de Katz: «Más o menos, la comunicación lingüística consiste en la producción de un fenómeno acús~ tico externo, públicamente observable, cuya estructura fonética y sintác~ tica codifica los pensamientos o ideas interiores y privados de un hablante, y en la descodificación de la estructura fonética y sintáctica, presente en ese fenómeno físico, que realizan otros hablantes en la forma de una expe-riencia interior y privada de los mismos pensamientos e ideas» (Filosofía del lenguaje, cap. 4, principio). Estos pensamientos o ideas, que según Katz pued~n repetirse en las mentes de hablantes diversos, serán los que den a las expresiones su significado. Y contra esta teoría del significado aspira Quine a ponernos en guardia.

8.7 La regimentación lógica del lenguaje y el criterio de compromiso óntico

Como vimos en

el

capítulo 6, la moderna teoría del significado nació, con Frege, bajo el signo de la queja contra el lenguaje ordinario: quejas fundamentalmente acerca de la ambigüedad y de la vaguedad de muchas de sus palabras y expresiones, y precisamente de aquellas que poseen im-portancia lógica mayor; y quejas también sobre la falta de referencia y sobre la indeterminación del sentido de muchos nombres y predicados «~Sobre sentido' y referencia», p. 70). Para paliar esta deficiencia lógica del lenguaje natural, Frege concibió un lenguaje lógico al que llamó «con~ ceptografía» (Begriflsschrifl, titulo de la propia obra donde lo expone). Este intento lograría una primera madurez en el sistema lógico de Whi-tehead y Russell, Principia Mathematica, en el que Russell veía, como ya sabernos; la estructura de un lenguaje lógicamente perfecto con el que comparar, para su descrédito filosófico, el lenguaje natural. El Tractatus de V7ittgenstein contiene, a estos efectos, un cambio de posición sutil, pero significativo: a pesar de la ambigüedad que en tan gran medida afecta al lenguaje común, éste se halla lógicamente bien estructurado y la forma lógica hay que buscarla directamente en

él.

si bien una notación si mbó-lica, a la manera de Frege y Russell, es útil precisamente para evitar aque-lla ambigüedad (Traclalus, 3.325 y 5.5563). En su segunda etapa filo só-fica, Wittgenstein, según hemos visto, se apartó notablemente de estos caminos para investigar más bien las peculiaridades del lenguaje natural al margen de cualquier exigencia lógica. Algunos de sus herederos y con~ tinuadores destacarán la riqueza de funciones lingüísticas y de relaciones semánticas que la lógica no puede recoger. Ahora más bien es la lógica la que aparece como deficiente. Esto se aprecia con nitidez en pensadores como Strawson y Austin. Carnap, por su parte, había continuado en este tema la línea de Russell, cuya influencia se advierte tanto en su primera

(2)

8. Desde un punto de vista lógico 417

época, la de la sintaxis lógica, como en su época semántica, aquí enri que-cida con la extemtión de los procedimientos formales a los conceptos se-mánticos que había iniciado Tarski, según estudiamos anteriormente, Aun asumiendo y defendiendo la posibilidad de aplicar sus categorías al len-guaje ordinario, Carnap solamente inves~igó determinados lenguajes arti-ficiales o sistemas semánticos, de 3:lcance reducido y construidos a propó-sito para ejemplificar su teorIa,

Quine se distingue de Carnap por volver la atención al lenguaje ordi-nario, Su reelaboración de conceptos semánticos como los de significado y sinonimia en términos de respuestas a estimulaciones está pensada para

el

lenguaje natural en su uso común, y también sobre él versa el principio de indeterminación de la traducción radical. Pero a diferencia de lo que es propio del segundo Wittgenstein y de su escuela, y prosiguiendo en esto la línea de Frege, Russell y Camap, Quine va a defender la posibilidad y la conveniencia de recurrir a la lógica a fín de introducir en el lenguaje natural orden y concierto, o, como dice él, .de «regimentarlO) (cap. 5 de Palabra y ob;eto; la versión castellana traduce como «regulaci6n»

el

ex pre-sivo término original regimentation). ¿Cuál es

el

propósito de esta re-gimentación? Uno que afecta a la relación entre el lenguaje y la realidad y, por consiguiente, a nuestro conocimiento: clarificar nuestro esquema coq-ceptual, entender cómo cumple

el

lenguaje su función referencial y, sobre todo, simplificar nuestra teoría del lenguaje hasta los mayores extremos, suministrando un conjunto de «formas canónicas» a las que traducir (es -peramos que justificadamente) las variadas expresiones del lenguaje natural (op. cit., secc, 3). Quine ha subrayado aquí algo digno de meIl;ción: puesto que la notaci6n lógica se explica por medio del lenguaje y tiene en él traducci6n regular, si no totalmente exacta, parafrasear una expresión ordinaria en términos de la lógica es virtualmente lo mismo que dar su paráfrasis en otros términos del propio lenguaje natural. Tal paráfrasis no pretende, por supuesto, encontrar expresiones sin6nimas; de las con-sideraciones de Quioe sobre la sinonimia, que ya conocernos, se desprende con facilidad que este concepto es ajeno a su programa de regimentación lógica del lenguaje, Para 10 que pretende conseguir, el programa no re-quiere el descubrimiento o la justificación de sinonimias, Y lo que pre-tende conseguir es la reducción de la gran variedad de expresiones lingüís· ticas a unas pocas formas básicas, lo que equivale a buscar las categorías básicas del pensamiento o los rasgos más generales de la realidad (secc. 33, fin). Por su aspiraci6n, Quine entronca directamente con Russell y

el

primer Wittgenstein.

El resultadO' de esta regimentación, sin embargo, no es nada llamativo. Ni siquiera encontraremos las pequeñas sorpresas metafísicas que nos de-paraba el análisis de Russell o el del Tractatus, lo que sin duda casa con la tesis de Quine de que no hay una filosofía primera previa a la ciencia (<<Reply to Chomsky», en Words and Ob¡eclions, p. 303). 10 único que resulta es que un lenguaje natural como

el

inglés puede reducirse en su totalidad a los elementos sustanciales de la porci6n más básica de la 16gica,

(3)

la lógica de predicados de primer orden. ¿De qué manera? Veámoslo muy en esbozo, prescindiendo de multitud de detalles, dificultades y des-arrollos técnicos que Quine trata en su momento. Asumiremos, natural -mente, que el castellano es traducible al inglés, y en consecuencia aplica

-remos al primero las conclusiones de Quine sobre el último.

En primer lugar, los términos singulares indefinidos: expresiones comu «alguno», «cada uno», «ninguno), «cualquiera», etc. No hay que decir que todos ellos pueden sustituirse por expresiones que comiencen con «todm> O «algúm>, según los casos, en concurso además con la negación cuando proceda. Las expresiones que obtengamos pueden ser, desde luego, menos idiomáticas, menos elegantes o más largas que las originales, pero la regimentación lógica del lenguaje no pretende ciertamente servir a la estética ni al estilo !iterario ni a la retórica. Sirva esta aclaración para lo sucesivo. Tenemos así, las expresiones «todo» y «algúm), que son las que traducen los operadores lógicos llamados «cuantificadores~), base de

la lógica de predicados. Todavía puede conseguirse una simplificación ul -terior, pues, como es sabido, cualquiera de los cuantificadores puede defi-nirse en términos del otro más la negación (el lector inexperto en lógica puede consultar sobre este punto en cualquier ffianual). A esos términos sólo hay que añadir una expresión como «tal que», ya que las oraciones que obtengamos serán del tipo de «Todo objeto es tal que ... », y de «Algún objeto es tal que ... » (secc . .34).

Consideremos, en segundo lugar, los términos singulares definidos, como las descripciones definidas, que ya estudiamos en Frege y Russell, y los demostraüvos singulares. El atomismo lógico de Russell aceptaba como términos singulares de un lenguaje lógicamente perfecto, o nombres l ógi-camente propios, expresiones como los pronombres demostrativos del

lenguaje natural, palabras del tipo de «estm), «eso», «aquello». Y una de las críticas que se le hicieron, como se recordará, fue que un demostrativo puede siempre sustituirse por una descripción como «el objeto al que estoy apuntando». Pues bien, tal es la posición de Quine; los demostrativos sin-gulares quedan reducidos a descripciones acompañadas con gestos de os~

tensión: «Esta mesa» será parafraseada como «La mesa aquí delante» (apuntando hacia ella), etc. En cuanto a las descripciones definidas, su forma canónica será: «El objeto tal que ... »; por ejemplo, para la expre-sión s<EI satélite natural de la Tierra», su forma canónica será «El objeto tal que es satélite natural de la Tierra». Tenemos además términos

singu-lares de clase, términos como «la humanidad», que designa la clase de los seres humanos. Su forma canónica será «La clase de los objetos tales que son seres humanos»; que a su vez puede reducirse a una descripción defi -nida de la manera siguiente: «El objeto tal que todo opjeto es miembro de él si y sólo si es un ser humano~) (secc . .34). La oscuridad idiomática que pueda aquejar a estas formulaciones en

el

lenguaje cotidiano desaparece, por supuesto, en el simbolismo lógico, pues aquí contamos con variables diversas para evitar la ambigüedad; así, la expresión que se acaba de men~ cionar, utilizando variables diría: «El x tal que, para todo y, y es miembro

(4)

8. Desde un punto de vista lógico 419

de x si y sólo si y es un ser humano» (prescindiendo de la traducción ló· gica de las demás palabras).

Otra clase de términos singulares son los nombres propios. Ya a pr o-pósito de Russell tuvimos ocasión de considerar los peculiares problemas que plantean, en especial cuando se trata de nombres sin referencia y a

pa-recen en ciertos contextos lingüísticos. Así, la proposición «Pegaso existe» es falsa, mientras que su negación «Pegaso no existe» es verdadera. Pero, asumiendo que nos referimos al caballo alado del que habla la mitología,

hay que reconocer que el término «Pegaso» carece de referencia en la r

ea-lidad, y si por consiguiente no estamos hablando de ningún objeto o en·

tidad existente, ¿cómo es que podemos hacer afirmaciones verdaderas o

falsas sobre él? La propuesta de Quine es considerar los nombres propios, en estos casos, como términos g<merales con función predicativa dentro de una oración cuamificada particularmente (secc. 37). Lo que esto quiere decir es simplemente que la oración:

(1) Pegaso existe

tiene como forma can6nica:

(2) Algún objeto es Pegaso

o lo que es lo mismo:

(3) Para algún x, x es 'Pegaso

tornando el «es» como «es idéntico a». Traduciendo a símbolos todo ello,

excepto el término «Pegaso», tendremos:

(4) Vx x

=

Pegaso

Como se recordará, para Russellla eliminaci6n de los nombres propios ordinarios tenía como primer paso su sustitución por descripciones de fini-das, que ulteriormente desaparecían en el contexto de oraciones cuantifi

ca-das (secc. 6.6). Ello requiere que podamos hacer del supuesto objeto o

entidad de.l que hablamos una descripción que sustituya al nombre. El

método de ".¿uine evita este requisito, que en algunas ocasiones puede ser

dificultoso de cumplir, y abrevia

el

proceso reduciendo los nombres

pro-píos direct3!11ente a predicados de identidad. La idea es que las oraciones a las que llegamos en este análisis son de la forma:

(5) Vx Fx

donde·el predicado «F» es de la forma «= a»; así, en (4), el predicado es «::::;:::: PegasQ), y (4) es falsa justamente porque no .hay ninguna entidad

que satisfaga el predicado «= Pegaso», o dicho en términos de Quine, porque el término general en que hemos convertido

el

nombre «Pegaso»

(5)

_

no es verdadero de ninguna entidad. Cuando una oración de este tipo es verdadera, es porque el término general correspondiente es verdadero de un objeto, pero como ese término procede de un nombre propio, ocurrirá que es verdadero exclusivamente de un sólo objeto. Es lo que acontece en c:I caso de la oración:

(6) Vx x = Borges

Nótese que aquí, como en el análisis de Russell, y de acuerdo con la tesis kantiana, «existe» desaparece como predicado. El inconveniente prin-cipal es que se recurre a un oper'ldor tan oscuro como el de identidad; ya en el Tracta/us) Wittgenstein escribió: «La iJenLidad del objeto la expreso por la identidad del signo, y no por medio de un signo de identi-dad, y la diversidad de objetos por la diversidad de signos» (5.53). Pues ¿qué quiere decir que algo es idéntico a Borges o que nada es idéntico a Pegaso? Simplemente que el término singular «Borges» posee referencia en el mundo real, y que «PegasO» carece de ella. Por tanto, se trataría, en última instancia, de afirmaciones metalingüísticas, disfrazadas como pseudoproposiciones de objeto. Tal vez esto rompa la armonia de la regi-mentación al modo de Quine, pero resulta más daro.

La propuesta de Quine es de aplicación aún más artificiosa en el caso de los términos singulares que aparecen en posiciones no referenciales, esto es, en· posiciones que no presuponen que ellos posean referencia. Por ejemplo, la oración:

(7) Picasso está dibujando a Pegaso

se convertiría, según Quíne, en:

(8) Picasso está haciendo un dibujo del que Imagma que se parece a Pegaso

que parcialmente traducida a símbolos, tendría esta forma:

(9) Vy (Piq¡.sso está haciendo y /\ Picasso imagma x [x se parece a Pegaso 1 de y)

ta cuestión es que, si el nombre «Pegaso» carece de referencia, entonces no sabemos en qué consiste que alguien se imagine de un dibujo que se parece a Pegaso; del retrato de Dalí hecho por Picasso podemos imaginar que se parezca a Dalí, en el sentido de que podemos imaginar que haya cierta correspondencia entre

el

retrato y el personaje real, lo que, mientras Dalí no muera, siempre podremos comprobar. ¿Pero cómo podemos

ima-ginar una correspondencia entre un dibujo de Pegaso y Pegaso, si éste no existe ni ha existido realmente? La paráfrasis que Quine recomienda nos obliga a atribuir a los pintores de temas mitológicos imaginaciones un tanto extrañas. Su propuesta tiene, no obstante, sus ventajas: por una

(6)

8. Desde un punto de vista lógico 421

.-

----

---_

•..

_---parte, elimina la ambigüedad del término «es» entre tomarlo como cópula y tomarlo expresando identidad, pues en la notación canónica será siempre cópula entre sujeto y predicado, ya que no habrá diferencia lógica entre

decir «Ese es un pintor» y «Ese es Picasso». De otra parte, elimina los

vacíos de valor veritativo cuando se trata de nombres sin rderencia; así,

la afirmación «Pegaso vuela», a la que, en principio, podríamos negar un

valor de verdad, queda regimentada corno «Algún objeto es Pegaso y ese objeto vuela», que es patentemente falsa en virtud de la falsedad de su

primera parte. (Esta eliminación de vacíos vcritativos es lo que pretendía

la teoría de las descripciones de Russell, una vez dado el paso previo de transformar los nombres propios en descripciones; por

10

que respecta a la propuesta de Quine que acabamos de discutir, además de las seccs. 37

y 38 de Palabra y ob¡eto, puede verse su Lógica matemática, secc. 27, Y su

Filosofía de la lógica, cap. 2).

Los nombres propios, pues, quedan analizados como términos generales

en posición predicativa. Restan, por último, "las descripciones definidas.

Aquí la posición de Quine es virtualmente idéntica a la de Russell: las

descripciones definidas o singulares desaparecen sustituidas por predicados y cuantificadores según proceda en cada caso. ASÍ, «El caballo ajado robado

por Belerofonte vuela» será analizada como «Algún objeto es tal que sol

a-mente él es un caballo alado robado (XIr Belerofonte, y ese objeto vuela».

Puesto que, según vimos antes, los demostrativos y los nombres abstractos

de clase se traducen a descripciones para su regimentación lógica, también

ellos quedarán finalmente disueltos en predicados y cuantificadores de la manera que se acaba de indicar. Lo propio se aplica a los nombres de

propiedades y relaciones (<<la blancura», «la paternidad», ete.), que pueden igualmente transformarse en descripciones de la forma «el objeto tal que ... ».

Al final, los únicos términos singulares conservados en la notación

canó-nica son las variables, oscuramente representadas en nuestros anteriores ejemplos por las palabras «objeto», «entidad», «éh>, «ése)), ete., lo que, según Quine, podría considerarse que da testimonio de «la primacía del

pronombre) (secc. 38, fin). Además de las variables, tenemos términos generales en posición predicativa, que junto con aquéllas componen LIs

oraciones atómicas, así: Fx, Fxy, Fxyz, etc. Las demás oraciones se

construi-rán a p:-lrtir de éstas por medio de funciones veritativas y cuantificadores,

añadiendo acaso algún otro recurso artificial que pueda hacernos falta

para fines específicos (como los operadores introducidos por Quine al

final de la sección 38, y eliminados luego en la 44, que no tiene interés

reproducir aquí).

Nuestro lenguaje canónico nos permite, por cierto, definir un concepto

que parece sustituir con ventaja a conceptos rechazados antes por Ql1ine

como

el

concepto vago de sinonimia o el concepto carnapiano de isomorfía

intensional. El nuevo concepto que así se insinúa es el de sinonimia es

-tructural, como lo llama Ql1ine (secc. 42), y se define así: las oraciones

(7)

de ellas puede transformarse en otra por medio de transformaciones per· tenecientes a la lógica de predicados y de las funciones veritativas, junto con la sustitución recíproca de términos generales que sean estimulativa -mente sinónimos. Esto significa que una oración de la forma de A x (Fx --') Gx) será estructuralmente sinónimo de otra de la forma -, V x (Hx A l Ix en el caso de que sean estimulativamente sinónimos los predicados «(F» y «H ») y de que lo sean asimismo los predicados «G» e «1». Esto nos permitiría tomar como sinónimas aquellas oraciones eternas de nuestra notación canónica que cumplieran con esos requisitos) y podríamos afirmar entonces) con justificación, que tales oraciones eternas expresan la misma proposición. Llama Quine «oración eterna» a toda oración permanente cuyo valor de verdad permanece fijo a

10

largo del tiempo y para sucesivos hablantes (secc. 40). Suelen ser de' esta clase las proposiciones teóricas en las ci.encias, así como ciertas oraciones informativas cuando los datos de persona, tiempo y lugar involucrados en ellas están inequívocamente

de-terminados y no varían según el contexto en

el

que la oración se usa. Pues bien) ni siquiera la sinonimia estructural, así definida para o ra-ciones eternas regimentadas, puede aceptarse como criterio que nos per-mita decir que dos oraciones expresan la misma proposición. Aparte de otras objeciones menores que

el

propio Quine examina, está la siguiente: nuestro concepto tan sólo es aplicable al lenguaje canónico que hemos adop-tado, pero no a las oraciones eternas de lenguajes ajenos. En particular, depende de la sinonimia estimulativa de los términos generales, y ya vimos en su momento que la sinonimia estimulativa de términos (a diferencia de la de oraci.ones) es totalmente imerna a una lengua y escapa a toda posibilidad de traducción radical .Esto significa que la sinonimia estructu -ral que hemos definido no nos permite salir de nuestro lenguaje (ya regi-mentado), que no nos permite justificar la traducción de oraciones eternas, y por consiguiente, que no suministra tampoco justificación adecuada para admitir proposiciones como lo significado por oraciones (secc. 42). Pues, en definitiva,

el

concepto de proposición pretende expresar aquello que es común a una oración y a todas sus posibles traducciones a otros len· guajes. y el caso es que nuestro concepto de sinonimia estructural no nos suministra criterio alguno que nos permita establecer tal sinonimia entre oraciones eternas de lenguajes diversos recurriendo a las disposiciones de los hablantes para

el

comportamiemo verbal. La traducción de oraciones eternas está irremisiblemente afectada por el principio de indeterminación, y en consecuencia, el concepto de proposición condenado a desaparecer (secc. 43).

Con él, desaparecen también otros conceptos intensionales (del término «intensión», en

el

sentido que le da Camap, y que ya conocernos) como los de propiedad y relación, corno lo prueba

el

estrecho paralelismo que puede trazarse entre éstos y las proposiciones. Pues así como las proposi-ciones pueden considerarse como los significados de oraciones eternas cerradas (esto es, con rodas sus variables ligadas por algún cuantificador), las propiedades y relaciones pueden tomarse como los significados de

(8)

ora-8. Desde un punto de vista lógico 423

ciones eternas abiertas, esto es) oraciones eternas con variables libres. Y las mismas dificultades tendremos -según Quine- para decidir cuándo estamos ante la misma propiedad o la misma re.lación, que tenemos para resolver cuándo nos encontramos ante la misma proposición (secc. 43). La propuesta de Quine es aquí sustituir las propiedades por clases, ya que estas últimas sí poseen criterios controlables de identidad; en efecto, dos clases son idénticas cuando tienen los mismos miembros. Si la propiedad «rojo» es o no idéntica a la propiedad «encarnado» tiene, pues, una formu -lación alternativa preferible que es ésta: la de si a la clase de los objetos rojos pertenecen o no las mismas entidades que a la clase de los objetos encarnados. Y de modo parecido se argumentará respecto a las relaciones; sólo que éstas se sustituirán por clases de pares ordenados. Y en )ugar de argüir sobre si la relación «tío carnal de» es o no idéntica a la· relación «hermano del padre o de la madre de» (suponiendo que alguien quisiera argüir sobre ello), nos preguntaremos más bien si los mismos pares orde-nados de personas están incluidos bajo una y otra relación, o sea, si cada par de personas tal que la primera es tío de la segunda es también tal que la primera es un hermano del padre o de la madre de la segunda. Como se ve, el carácter general de la propuesta de Quine es sustituir los concep-tos intensionales por concepconcep-tos extensionales.

Tenemos) por consiguiente, que, desde el punto de vista lógico, el len -guaje puede reducirse a las siguientes construcciones básicas: la predicación, la cuantificación y las funciones veritativas. Queda por determinar, de un lado) una cuestión de vocabulario: cuál sea

el

léxico de términos generales que van a oficiar de predicados. Aquí entrarán) no sólo adjetivos y nom-bres comunes, sino también verbos, adverbios e incluso, como ya sabemos, nombres propios. De otra parte, resta la cuestión de conectar el lenguaje con la realidad, esto es, de determinar de qué objetos va a hablar nuestro lenguaje, o dicho de otro modo, de cuáles serán los valores que adquieran las variables de las que predicamos términos generales y que sometemos a cuantificación. Esto es propiamente una cuestión ontológica, y el modo de plantearla que es característico de Quine aparece ya tempranamente en una f6rmula que se ha citado con frecuencia: ser es ser el valor de una variable (<<Sobre lo que hay», 1948). Como todas las fórmulas simples y sentenciosas, es fácil de malentender y se presta al abuso.

Por 10 pronto, la fórmula no pretende expresar, pese a su apariencia, un criterio para determinar lo que hay, 10 que existe, sino más bien lo que en un lenguaje determinado se dice que hay, o tanto da, lo que una teoría afirma que existe. Esto es, nos ofrece un criterio para determinar los com-promisos ónticas de una teoría (op. cit., pp. 15 y 19). La idea es que, para delucidar qué tipos de entidades acepta como existentes una teoría, el criterio más seguro es traducirla a nuestra notación canónica, pues ésta nos· mostrará, a través de la cuantificación) cuanto deseamos saber al respecto (Palabra y obielo, secc. 49). Los objetos o entidades aceptados por una teoría o lenguaje serán precisamente aquellos que compongan

el

universo de valores que constituyan el dominio de las variables sometidas a cuan

(9)

ti-ficación en la teoría o lenguaje en cuestión {la indiferencia entre hablar de «lenguaje» o de «teoría» obedece a la imposibilidad, que hemos visto de-fendida por Quine, de distinguir radicalmente entre las cuestiones de sig-nificado y cuestiones de hecho). Dicho de otra forma: los objetos reconoci-dos por una teoría serán aquellos de los que ésta haga afirmaciones del tipo de «Todo objeto es tal que ... » o «Algún objeto es tal que ... ». En esta medida, la notación canónica suministra un medio en el que discutir con más claridad las cuestiones ontológicas, pues es un medio, en definitiva, objetivo y :neutralj pero, naturalmente, un medio tan sólo accesible a quien esté dispuesto a aceptar la traducción de sus afirmaciones a la lógica de predicados de primer orden.

Con lo anterior solamente hemos tocado la cuestión de lo que una teoría dice que hay. Queda otra cuestión: ¿ qué es lo que debemos reconocer como existente? El criterio referido no responde a esta pregunta, pues responderla equivale a fijar el universo de valores de nuestras variables; o lo que es lo mismo: equivale a elegir una determinada ontología. ¿Cuál elige Quine? Al final de «Sobre lo que hay» había dejado esta cuestión abierta, aconsejando «tolerancia y espíritu experimental» a la hora de com-parar el fenomenalismo con el fisicalismo o la ciencia natural con la mate-mática platonizante. Si hemos de juzgar por sus alusiones en Palabra y

objeto (secc. 48, por ejemplo), y por declaraciones posteriores (Aspectos

de la filosofía de W. V. Quine) p. 153), su posición es fisicalista, pues

defiende una ontología básicamente integrada por objetos físicos, a los que se reducen, por ejemplo, todas las entidades mentales (Palabra y objeto)

secc. 54; Las raíces de la referencia) secc. 9). Pero esta calificación hay que matizarla, pues no significa que Qui"ne excluya absolutamente cualquier otro tipo de objetos, como los objetos abstractos. Es cierto que ~e éstos rechaza las proposiciones, los significados, las propiedades y las relaciones; pero no rechaza, en cambio, las clases (Palabra y objeto) seccs. 48 y 55) ni los números (op. cit.) secc. 50), y por esta razón ha protestado enérgica-mente contra las frecuentes acusaciones que se le hacen de nominalismo (secc. 49, nota 5), subrayando las dificultades que se interponen en el camino de todo programa radicalmente nominalista (secc. 55). Esta ontolo-gía es coherente con la reducción que efectúa Quine de las disposiciones a mecanismos físicos (Las raíces de la referencia) seccs. ,3 y 4), con la conver-sión de la epistemología en una parte de la psicología empírica (<<La episte-mología naturalizada») y, en suma, con su negativa a admitir la filosofía como algo previo a la ciencia o más firme que ésta.

Lo importante aquí es insistir en la relatividad de toda ontología. La ontología es relativa a un marco conceptual de referencia tal y como éste 'viene dado por el lenguaje que le sirve de trasfondo y desde el cual formu-lamos nuestras preguntas ontológicas (<<La relatividad ontológica»), del mismo modo que sólo tiene sentido preguntarse por la posición y la velo-cidad de un móvil con relación a un sistema de coordenadas. Por supuesto que las cuestiones de referencia acerca del lenguaje de trasfondo requerirán un lenguaje ulterior que suministre el marco de referencia, y así

(10)

sucesiva-8. Desde un punto de vista lógico 425

-mente. ¿No hay límite a este progreso? Teóricamente, no, pero en la

práctica -según Quine- sí lo hay: ponemos término a ese regreso de

una teoría a otra, de un lenguaje a otro, cuando llegamos al lenguaje

natural, a nuestra lengua nativa. Ahí detenemos nuestro peregrinaje,

pues éste es

el

marco en el que, en definitiva, todos coincidimos; se en·

tiende: todos los que hablamos la misma lengua (loe. cit., p. 49 del ori-ginal) .

Hablar de ontología es hablar de la referencia de las palabras, y por

consiguiente exige tratar tanto de la realidad como del lenguaje. En esta

vinculación entre la ontología y la semántica, de la que ya hemos encon·

trado ejemplos en las páginas anteriores, resuena claramente

el

eco de

earnap. Al acabar Palabra y ob;elo (secc. 56), Quine se ocupará de seña·

lar con

él

ciertas coincidencias y divergencias que son muy significativas.

Carnap había mantenido, según vimos, que toda cuestión filosófica genuina

es una ,-:uestión lingüística; Quine responderá: ¿y por qué no decir lo

propio de toda cuestión teórica? En última instancia toda cuestión teórica

versa también sobre

el

lenguaje, pues en el curso del desarrollo de las

teorías se va produciendo lo que llama Quine «ascenso semántico», un

proceso que, por cierto, y como él mismo reconoce, es como el paso del

modo material al modo formal, en la expresión de Carnap. Consiste en

pasar de hablar de objetos a hacer afirmaciones sobre las palabras por

medio de las cuales nos referimos a ellos. Pero mientras que Carnap veía

aquí 10 característico de la filosofía genuina, Quine percibe este proceso

en todo ámbito teórico. Corno ya indicamos en su momento (secc. 8.2), lo

cierto es que toda proposición de objeto puede ponerse en el modo formal.

¿Cuáles son las ventajas de hacerlo? Según Quine, situar la discusión en

un campo en el que sea más fácil alcanzar un acuerdo. El ascenso semán

-tico traslada nuestras divergencias desde los objetos a las palabras, y cuan· do se trata de objetos abstractos y de carácter teórico, el cambio puede

con-tribuir de modo decisivo al acuerdo. De aquí que resulte especialmente

recomendable en filosofía, aunque también es usual recurrir a él en las

ciencias, como lo recuerdan los casos aducidos por Quine (loe. cil.). La

formulación metalingiiística de los problemas no es ya, al contrario de lo

que ocurría en Carnap, la característica metodológica de la filosofía' frente

a la ciencia. Y no puede serlo, puesto que la distinción entre verdades

fácticas y verdades analíticas ha quedado disuelta en. un continuo en

el

que

tan sólo es posible hacer diferencias de grado. Lo que caracteriza al filósofo

no es un punto de vista propio sino sim)lemente la amplitud de sus

ca-tegorías, que le conducen a tratar de los compromisos ónticos de todas

las teorías.

8.8 Crítica a Quine y delensa de la analiticidad

Igualmente que nos ocurrió con otros autores estudiados anteriormente,

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