La gran divergencia. La no-‐
Europa antes de 1800.
EL ISLAM Y LA INDIA
Rafael Barquín Gil
Departamento de Economía Aplicada e Historia Económica Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)
Contenido
INTRODUCCIÓN ... 2
3.1 EL ISLAM CLÁSICO ... 5
3.2 EL ISLAM IMPERIAL ... 12
3.3 POBLACIÓN Y RECURSOS ... 22
3.4 CIUDADES EN EUROPA Y ASIA. ... 30
3.5 FACTORES RELIGIOSOS ... 56
3.6 LA AUTOCRACIA ... 84
CONCLUSIONES ... 103
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ... 105
INTRODUCCIÓN
Para los europeos, el Islam1 no es, ni mucho menos, un desconocido.
Pero desafortunadamente muchas personas tienen una imagen distorsionada tanto del Islam como civilización como del islam como religión. Existen muchas ideas preconcebidas; y lo peor es que parcialmente se basan en realidades que no se pueden esconder. En el Islam la influencia de la religión sobre la vida cotidiana es abrumadora, al menos desde la perspectiva de un europeo o un norteamericano. Tampoco puede esconderse el hecho de que, en general, los países islámicos son pobres (hay grados), y que muchos de los que no lo son basan su riqueza en la explotación del petróleo; es decir, en una riqueza mineral venida, digamos, por casualidad. Pero quizás lo peor es la idea del conflicto. Muy pocos de esos países son democráticos (aunque también hay grados en la dictadura), y muchos sufren tensiones internas que, en algunos casos, han derivado en guerras civiles. En fin, el terrorismo islámico, que ha causado más del 90% de sus víctimas entre los propios musulmanes, genera en toda las personas decentes una sensación de horror y fatalidad.
Por supuesto, la realidad es mucho más compleja. Y también lo son las imágenes que se han ido conformando en nuestro consciente colectivo.
Junto a las anteriores ideas convive la de un Islam mucho más positivo. Una civilización que fue brillante, y de la que nos han quedado algunos bellos palacios y mezquitas. Los árabes hicieron valiosas aportaciones al progreso humano, desde la brújula y la numeración común hasta la horticultura.
Combinando unas ideas con otras surge la imagen de una civilización venida a menos.
En efecto, el hecho es que la gran divergencia comienza en el Islam.
Para algunos autores la apertura de un gap entre los niveles de vida de Occidente y el Islam tuvo lugar alrededor del año 1000, con el fin de la amenaza sarracena y el despegue comercial de las ciudades italianas (por eso se habla de la “larga” divergencia). Otros sitúan esa ruptura con las grandes invasiones de pueblos nómadas del siglo XIII. Otros en el descubrimiento de América y la aparición de los portugueses en el océano Índico. En el mejor de los casos hay quien llega al siglo XVII, con el fin del
1 En lo que sigue emplearé la palabra “islam” de dos formas. Cuando se hace referencia a la civilización la escribiré con mayúscula, del mismo modo que es usual escribir “Cristiandad” u
“Occidente”. La religión, el islam, lleva minúscula, como también la lleva “cristianismo”.
reinado de Solimán el magnífico y de la expansión territorial del Imperio otomano. Como fuere, hay un consenso casi completo sobre el relativo atraso del Islam en épocas anteriores, incluso muy anteriores, a la Revolución industrial.
Con la India la situación es distinta. Parte de la polémica sobre el puzzle de la gran divergencia en la India ha tomado dos direcciones complementarias que abogan por un gap tardío. Existe un debate dentro de la historiografía india sobre los verdaderos niveles de bienestar de la población india y el grado de desarrollo de su economía urbana. De modo paralelo, existe otro debate sobre su desindustrialización; no tanto sobre el hecho en sí, como sobre las fechas en las que situarlo, a finales del siglo XVIII o a partir de 1830 (son pocas décadas de diferencia, pero son cruciales). Si suponemos que la India no era tan pobre como se desprende de ciertos testimonios, e igualmente suponemos que las causas de la desindustrialización fueron más políticas que económicas (lo que es decir más tempranas) cabría situar a la India como parte del problema de la gran divergencia que es China. No obstante, si suponemos lo contrario, es decir, que la India era pobre desde mucho antes del siglo XVIII, y que la desindustrialización fue un problema de naturaleza económica cuyo origen habría que situar en el siglo XIX más que en el XVIII, el modelo de debate no es China, sino el Islam de la larga divergencia.
Sobre todo esto pende un problema, la debilidad de las fuentes documentales indias, sobre todo las de carácter cuantitativo. Esta situación llega al extremo de que sus propios historiadores cuentan la historia remota de su país desde la perspectiva de quienes lo visitaron, como Marco Polo o Ibn Battuta, y no de quienes vivieron allí. Un ejemplo aún más notable: en siglo III aC. un monarca budista llamado Asoka unificó casi todo el territorio del Indostán. Sin embargo, sabemos muy pocas cosas de él. De hecho, hasta hace un par de siglos se pensaba que sólo era un personaje mítico. Lo que permitió reconocerle como emperador y fundador de una dinastía fue el hallazgo de varias inscripciones en piedra con referencias a su nombre y sus edictos. Mutatis mutandis, es como si todo lo que supiésemos del Imperio romano derivase del hallazgo de algunas estelas funerarias, algunos pedazos de la Columna Trajana, y algún relato popular sobre Rómulo y Remo. La pobreza de la información histórica podría atribuirse a la misma pobreza. Se podría pensar que un imperio como el de Asoka del que no se sabe mucho seguramente no pudo ser un gran imperio. Sin embargo, hay otra posibilidad no incompatible con la
anterior. Simplemente, la India politeísta de las mil caras y los ciclos millonarios nunca desarrollo un especial interés por la crónica histórica, de modo que esa ausencia de noticias puede obedecer, simplemente, a razones culturales. Una espléndida película que describe esta actitud es La vida de Pi, del director chino Ang Lee; una pequeña joya.
Sin duda, la llegada del Islam a la India mejoró el conocimiento que sus habitantes tenían de su propia historia. Sobre todo, la instauración del Imperio mogol, sobre el que enseguida volveremos, supuso de algún modo la entrada de la India en la Historia; es decir, en la Historia conocida. Como otros grandes imperios islámicos, los mogoles pronto mostraron mucho interés por ciertas cuestiones estadísticas, como las fiscales. Pero no tanto sobre otro tipo de información, como la estrictamente demográfica. Como resultado de ello, se sabe mucho de algunos aspectos de aquel imperio, poco de otros, y aún menos de lo que pasaba en los estados del sur de la India, donde la presencia mogola fue mínima. De ahí que las informaciones proporcionadas por los europeos desde sus bases, aún siendo parciales (en el doble sentido de subjetivas e incompletas) son muy útiles.
Con la colonización la información se hizo mucho más completa. Por ejemplo, lo que se sabe de las hambrunas de la India en el siglo XIX es incomparablemente más preciso de lo que se sabe de ellas para cualquier período anterior; lo que puede estar dando una imagen distorsionada de la realidad. Como la colonización fue mucho más tardía, o inexistente, en los países islámicos, la calidad de la información estadística en el Islam también es peor. No obstante, como se partía de una situación mucho más satisfactoria, incluso desde tiempos lejanos, los problemas son, en general, menores. Además, los estados islámicos, aún sin ser colonizados, se ocuparon de recoger más y mejor información. En resumen, no hay demasiadas dificultades en conocer las magnitudes demográficas esenciales de los grandes países islámicos y la India desde 1800 e incluso antes; al menos, con un margen de error “tolerable”. Otra cosa son las variables económicas, como el PIB, la producción industrial, etc. Aunque, por ejemplo, sí que hay buena información sobre comercio o precios.
En fin, la impresión de conjunto que se obtiene sobre los niveles de vida de estos países antes de la Revolución industrial no parece muy favorable en el Islam, e incierta en la India. Como vimos, el puzzle de la gran divergencia no tiene su origen aquí, sino en China. Precisamente esto hace más interesante el estudio de los procesos de modernización.
3.1 EL ISLAM CLÁSICO
De forma genérica, las similitudes entre la Cristiandad y el Islam son mucho mayores que las que cada una de esas civilizaciones puede encontrar con cualquier otra del orbe. Las dos compartieron un mismo espacio geográfico, el Mediterráneo, aunque se extendieron mucho más lejos. Las dos heredaron las tradiciones culturales existentes en ese ámbito, la grecorromana y la judaica. Las dos se construyeron alrededor de una religión monoteísta y exclusivista. En la formación de las dos fue decisiva la aportación de pueblos bárbaros venidos de más allá de la frontera. En fin, las dos se odiaron con igual saña e inutilidad.
Por supuesto, las diferencias también son considerables. Pero de todas ellas quizás la más decisiva sea el tiempo Si hay algo que explica más que nada la incomprensión mutua es la existencia de un desfase en los respectivos niveles de desarrollo. La civilización cristiana precedió a la islámica en unos 300 o 400 años, pero esa ventaja inicial no reportó mayores beneficios2. Los primeros siglos de la Cristiandad fueron muy duros como consecuencia de las sucesivas oleadas de pueblos bárbaros llegados desde el norte y oeste de Europa. No obstante, es probable que en comparación a otras invasiones de pueblos nómadas las de los “bárbaros”
sobre el Imperio romano fueron relativamente benignas. Las grandes matanzas que se recuerdan en Oriente Medio o China no sucedieron en Europa; o no fueron tan graves. Seguramente lo peor no fueron las destrucciones de vidas y obras, sino el que la inestabilidad política se mantuviera durante mucho tiempo. Hasta el año 1000 no se puede hablar del fin de este ciclo, que habría comenzado, como mínimo, en 375. Y que sólo habría tenido un breve paréntesis alrededor del reinado del emperador Carlomagno (768-‐814).
2 El calendario musulmán comienza en el año 622, el de la Hégira o huida de Mahoma desde La Meca a Medina. Es razonable situar entonces el comienzo de la civilización islámica, pues al cabo de unos pocos años Mahoma ya había conquistado la mayor parte de la Península Arábiga; y un siglo más tarde sus sucesores habían levantado uno de los mayores imperios del mundo. Con el cristianismo hay más problemas. Aunque la tradición lo establezca así, no está claro que Jesús naciera el año 0 (y mucho menos un 25 de diciembre). En todo caso, la difusión del nuevo credo fue mucho más lento. Se suele establecer en el Edicto de Milán de 313 el comienzo del cristianismo oficial, año que podemos considerar como el de inicio de la Cristiandad.
Los primeros años del Islam fueron muy distintos. La nueva religión llegó de la mano de uno de esos pueblos nómadas, los árabes, que construyeron un enorme imperio con capital en Damasco y, posteriormente, Bagdad. El hecho fundamental es que aquella invasión fue única. Durante los siguientes tres siglos no llegaron más nómadas o fueron fácilmente vencidos. Esto permitió a los conquistadores árabes construir un gran estado cuya base política y jurídica era la religión enseñada por Mahoma. Imperio y religión que, por supuesto, aprovecharon los materiales dejados por los anteriores imperios y religiones.
Desde una perspectiva eurocéntrica podría decirse que hacia el año 900 o 1000 el Islam había alcanzado lo que podría considerarse como la cima de su desarrollo. Ese momento coincide con lo que desde criterios igualmente eurocéntricos sería el punto más bajo de la civilización occidental: la desmembración del Imperio carolingio y las invasiones vikingas y magiares. Esta coincidencia explica porque en ocasiones al Islam se le denomina “civilización intermedia”, pues su mejor momento se sitúa entre la Edad Clásica y el Renacimiento. Claro que, como veremos en el próximo tema, ese período también se corresponde con las dinastías Tang y Song que en muchos aspectos también marcan una cima del desarrollo de la civilización en China. En todo caso, lo importante es que durante una gran parte de su historia comparada, los primeros siglos, el Islam representaba la civilización y la Cristiandad algo no demasiado alejado de la barbarie.
Existe bastante consenso en que ese período brillante de la civilización islámica concluyó hacia mediados del siglo XIII. El punto de inflexión podría situarse en la conquista de Bagdad por los mongoles en 1258, un trágico acontecimiento que también supuso el fin del califato abasí. Es cierto que en los siguientes siglos el mundo islámico continuó expandiéndose por la incorporación de los turcos y otros pueblos de las estepas, que llevaron las fronteras del islam hasta Hungría y el Decán. Pero los propios musulmanes reconocen que el Islam Clásico, el que conformó la cultura y la religión musulmana, y lo situó entre las grandes civilizaciones, murió en el saqueo de Bagdad. Y que lo que vino después fue, de un modo u otro, la decadencia. Claro que desde otras perspectivas más pesimistas y religiosas se asume que desde Mahoma y los califas electivos todo habría sido un largo declive hasta la actual supeditación a la cultura occidental.
Lo cierto es que hay muchos motivos para considerar al califato abasí como el momento culminante de la civilización islámica. Desde una
perspectiva política fue una estructura en continua desintegración. De hecho, su misma formación ya implicó una pequeña pérdida territorial, la del extremo occidental en España, que tomó un rumbo distinto bajo el mando de Abderramán I, el último heredero y superviviente de la antigua familia gobernante de los Omeya. Pero esto sólo sería el comienzo. Desde el mismo siglo VIII varias provincias del califato se fueron separando de Bagdad. A comienzos del siglo IX gran parte de Irán era prácticamente independiente, y otras rebeliones estaban desgajando porciones de territorio cada vez mayores en el norte de África. En 909 uno de esos poderes semiautónomos, el conformado alrededor de la familia de los fatimíes en Túnez, proclamó un califato independiente al de Bagdad, y construyó un fuerte Estado en Egipto y el norte de África (pero sin incluir Marruecos donde se había establecido otro emirato, el de los idrisíes). En 929 el emir de Córdoba, Abderramán III, siguió el ejemplo y también se proclamó califa. Incluso en Bagdad el poder efectivo de los califas abasíes se fue reduciendo, primero al ser detentado por varios visires (¿se acuerda del malvado Iznogud, que quería “ser califa en lugar del califa”?), y luego con la llegada de una dinastía foránea, los buyíes, que redujeron su papel a la mera condición de autoridad espiritual.
Pero lo realmente notable del califato abasí y sus herederos fue que conforme avanzaba la desintegración política se afirmaba la integración cultural y comercial. Las dinastías asentadas a uno y otro lado del imperio no pusieron obstáculos al tráfico mercantil. A diferencia del cristianismo, en el islam no existía ni el más mínimo reparo ético al comercio (no así al préstamo con interés). De hecho, la proliferación de poderes autónomos propició la formación de nuevas capitales y, por esta vía, el desarrollo del comercio. El Islam de los siglos VIII a XIII fue una de las sociedades más urbanizadas de la época (bien entendido que, en realidad, ninguna lo era).
Algunas ciudades, como Bagdad, El Cairo, Cairuán o Córdoba alcanzaron un tamaño considerable; a menudo, sorprendente para la riqueza agrícola de las comarcas circundantes. En parte, el Islam heredó la cultura urbana de los imperios romano y sasánida. Pero también creó su propio espacio urbano; en ocasiones destruyendo el precedente. Durante algunos de estos siglos, los primeros, el territorio nuclear del califato abasí, Irak, bien pudo haber sido la región del planeta en la que se ubicaba la mayor concentración de ciudades de tamaño grande o mediano (Bagdad, Basora, Kufa, Damasco, Alepo, Mosul… ). Y por eso mismo, la región de origen o destino de un comercio a muy larga distancia.
Pero la existencia de grandes ciudades no es la única razón que explica la actividad mercantil en el Islam. Al fin y al cabo, éstas pueden ser contempladas como la “causa” igual que la “consecuencia” de ese comercio.
Hubo otras razones más directas. En primer lugar, obviamente, la propia conquista. Es decir, la formación de un espacio político inicialmente unificado –Imperio omeya y primeros dos siglos del Imperio abasí– y luego no del todo fragmentado –dinastías locales idrisí, fatimí, omeya, almorávide, almohade, ayyubí, buyí, selyúcida, etc. –, que se extendía desde la India3 y el desierto del Gobi hasta Somalia y España. En parte de este enorme espacio se fue imponiendo una nueva koiné, el árabe, en sustitución del griego y el latín, lo que se vio facilitado por el papel desempeñado por la palabra escrita en el islam. El árabe era la lengua en la que Alá habló a Mahoma; y también el idioma de las leyes y el comercio. Por otro lado, contaba con una ventaja sobre los otros idiomas: su expansión como lengua escrita coincidió con la de un soporte barato, el papel. Como consecuencia de la batalla de Talas (751), el único enfrentamiento militar relevante entre el califato abasí y la China de los Tang, se hicieron algunos prisioneros que fueron conducidos a Irak, donde enseñaron a sus captores el proceso de fabricación del papel. Al parecer, antes de que acabara el siglo VIII ya existía una fábrica en Bagdad.
Pero seguramente el factor más decisivo en la expansión comercial del Islam fue la propia religión. En comparación a casi todas las grandes confesiones actuales o del pasado, el islam sobresale por su riguroso carácter normativo. Lo que, en pocas palabras, se le exige al creyente es una fe simple y una observancia rigurosa de un amplio conjunto de normas.
Esa simplicidad del corpus doctrinal explica la ausencia de disensiones estrictamente teológicas –no de otro tipo– como las que asolaron al Imperio bizantino. Siendo tan sencilla la doctrina, tampoco sorprende que lo sean los rituales. Por ejemplo, la oración del viernes en la mezquita, el acto social más importante de la semana, puede ser dirigida por cualquier creyente, incluso un esclavo. Y es que tampoco existe un clero islámico (salvo en el chiismo). Como en todas las religiones, siempre ha habido personas que interpretan la religión y que de un modo u otro viven de ella.
3 En lo que sigue, la palabra “India” no hace referencia al país, sino a la región. Incluiría las actuales naciones de la Península del Indostán, Pakistán, Bangladesh, Nepal, Bután y la propia India, así como a Ceilán. La palabra “indio” no tiene connotación religiosa, de modo que hay indios musulmanes e indios hindúes o, simplemente, hindúes.
También en el islam, sólo que en este caso lo hacen por su calidad de funcionarios del Estado o como empleados en distintos oficios civiles;
nunca por su pertenencia a un cuerpo religioso que, en rigor, no existía. Esta gran sencillez contrasta con el detalle, a veces asfixiante, con el que se trata de regular la cotidianidad. Esencialmente, para el islam el hombre se define por sus actos, no por lo que piense. Por eso hay una actitud muy tolerante hacia la disidencia intelectual, pero mucha menos hacia la moralidad, especialmente externa. Y es que el gran debate religioso es ético y formal: qué comportamiento es grato a los ojos de Dios, qué conductas están permitidas y cuáles no.
De ahí la importancia del Derecho. Desde el principio en el Islam hubo una amplia preocupación por normalizar las relaciones sociales de acuerdo a ciertas normas religiosas que, a menudo, no eran demasiado precisas.
Salvo en el Derecho de Familia, el Corán apenas tiene contenido normativo, por lo que era necesario acudir a otras fuentes de Derecho. En este sentido resultaron muy útiles los hadices o relatos sobre la vida y las enseñanzas de Mahoma. Pero como su número es enorme (se habla de varias decenas de miles), y la fiabilidad de cada uno de ellos variable y discutible, fue necesario acudir a otras fuentes ético-‐jurídicas, como el consenso de la comunidad, la analogía y la opinión de los expertos. No obstante, estas fuentes tenían una aceptación inferior a la del Corán o los hadices. En definitiva, fue necesario realizar una labor de sistematización de las fuentes de Derecho que pusiera orden entre las fuentes más incuestionables pero vagas (las primeras), y las más dudosas pero útiles (las últimas). Para sacar adelante este trabajo se formaron varias escuelas coránicas (o jurídicas) que elaboraron un corpus de normas que, de modo genérico, se conoce como sharía. Esta labor fue una de las bases del desarrollo de la actividad mercantil en el Islam. El comercio precisa códigos y tribunales independientes que sean capaces de resolver cuestiones que pueden ser muy intrincadas. El islam contribuyó a su creación desde las escuelas coránicas al formalizar las normas de conducta de toda la sociedad. El doble refrendo civil y religioso, que era una característica de toda la estructura de poder, garantizaba el cumplimiento de las leyes.
Por otro lado, en los primeros tiempos el Estado favoreció, o al menos no perjudicó, la actividad comercial o industrial. Y esto es mucho más que lo que puede decirse de los últimos tiempos de los imperios romano y sasánida, estados embarcados en guerras externas o disputas internas.
Hubo varias razones para ello, pero las dos más importantes fueron la
actitud favorable de los nuevos gobernantes hacia el comercio y, en general, hacia el mundo urbano, y la inexistencia de problemas hacendísticos.
Esto último era una consecuencia del botín de la propia conquista, y de la diferenciación entre creyentes y protegidos (dhimmin). La presión fiscal recaía sobre los segundos, cristianos, zoroastrianos, etc., “hombres de libro”
que constituían la mayor parte de la población.
En fin, en esos primeros tiempos el islam pudo desarrollar todo su potencial como religión protectora del comercio. Proporcionaba un marco jurídico estable garantizado por unas instituciones que no eran hostiles a los negocios. Lo demás vino casi de inmediato. Por ejemplo, pronto aparecieron nuevas formas contractuales, la mudaraba y la musharaka, equivalentes (de hecho, probablemente fueran sus precursoras) a las que se crearon en Europa a medida que su economía se fue estabilizando: la commenda y la societas maris. Igualmente se creó un sólido sistema monetario que durante mucho tiempo no tuvo equivalente en Europa.
Asimismo, el islam era una vía de penetración comercial en tierras extrañas. Tal y como había sucedido en el Imperio romano con los comerciantes sirios, o sucedía en aquellos mismos tiempos en la Europa Medieval con los judíos, los musulmanes (o, más bien, los árabes) se sirvieron de la solidaridad de grupo para extender redes comerciales en países no-‐ islámicos. Cada nuevo visitante en tierras extrañas era una cabeza de puente para los negocios de sus sucesores; no necesariamente para nuevas conversiones. Los árabes exploraron nuevas rutas, como las que por medio de caravanas atravesaban el desierto del Sahara desde las ciudades costeras del Mediterráneo hasta las minas de oro de Sudán y Senegal. Otras ya existentes adquirieron un nuevo vigor, como las que enlazaban Basora, en Irak, con Tanzania, la India y hasta la lejana China. De hecho, en el siglo VIII en Cantón existía una enorme comunidad árabe.
Claro que a China también se accedía por la vía terrestre de la Ruta de la Seda, que enlazaba Siria con el norte del país a través de las grandes capitales de las estepas de Asia Central, como Samarcanda o Bujara.
Por supuesto, al calor del crecimiento urbano y de la expansión comercial se alcanzaron notables logros en otros campos de la vida material, como la arquitectura, la agricultura de regadío, etc. Pero seguramente lo más sorprendente fue el avance científico. Entre los años 800 y 1200 un numeroso grupo de pensadores desarrolló investigaciones valiosas y originales en diversas ramas del saber. De al menos una de ellas,
el álgebra (una palabra de origen árabe), se puede decir que nació en estos años y en esta región del mundo. Así pues, el pensamiento árabe habría sido cofundador de las matemáticas modernas, surgidas de la fusión de la geometría griega con esta álgebra. La lista de eruditos y sabios árabes es muy larga; y no es fácil de ordenar pues a menudo cada uno de ellos tocaba diferentes disciplinas. Aunque sea al precio de incurrir en muchas injusticias, se pueden recordar al astrónomo y geógrafo Al-‐Juarismi (780-‐
850), al filósofo y astrónomo (y muchas más cosas) Al-‐Kindi (801-‐873), al médico Al-‐Razi (865-‐925), al médico y filósofo Ibn Sina (conocido en Occidente como Avicena, 980-‐1037), al físico Ibn al-‐Haytham (conocido como Alhacén, 965-‐c.1039), al astrónomo y matemático Al-‐Biruni (973-‐
1048), y al filósofo, médico y astrónomo Ibn Rushd (conocido como Averroes, 1126-‐1198). El epígono de estos genios, quizás sobrevalorado, fue el filósofo y “padre” de la sociología Ibn Jaldun (1332-‐1406). Por supuesto, es imposible encontrar características comunes a todos estos pensadores, pero sí que existen algunos rasgos que se repiten. Muchos vivieron, parcial o totalmente, en esa área nuclear del Islam, más o menos coincidente con Mesopotamia. Casi todos conocían el pensamiento filosófico y científico grecorromano del que partieron en muchas de sus investigaciones. En general, solían ser más o menos cercanos a la escuela mutazalí, una corriente de pensamiento filosófico islámico que podríamos definir como
“racionalizante”. Salvando las distancias, sería equivalente al aristotelismo en la Cristiandad. Muchos de ellos contaron con el beneplácito de los gobernantes; o sufrieron su persecución; o las dos cosas sucesivamente. En cualquier caso, lo que todos tenían en común fue que el Poder no les era indiferente.
3.2 EL ISLAM IMPERIAL
Un comienzo tan prometedor auguraba un espléndido desarrollo. Pero incluso si admitimos que al cabo de los siglos lo previsible no necesariamente es lo que sucede, es llamativo lo que realmente sucedió. En pocas palabras, el “pequeño” Islam del califato abasí fue mucho más brillante que el “gran” Islam de los imperios de la Edad Moderna.
Desde el siglo X varios pueblos turcos fueron asentándose en las zonas fronterizas entre el califato abasí y el Imperio Bizantino. Pronto constituyeron un gran Estado, el Imperio selyúcida, que se extendía desde la actual Turquía hasta Irán. Éste imperio se derrumbó enseguida, pero los selyucidas del Rum (es decir, de la Romania o tierra de los romi, romanos, es decir, cristianos) siguieron avanzando en Anatolia. Uno de esos principados selyúcidas, el construido alrededor de las ciudades de Nicea y Bursa, dio origen a un nuevo imperio, el otomano (1281-‐1918). A mediados del siglo XIV estos turcos otomanos desembarcaron en Europa y en 1389 lograron una gran victoria sobre el Principado de Serbia en los Campos de los Mirlos, Kosovo, lo que les permitió hacerse con una gran parte de los Balcanes. Sólo Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, pudo mantenerse gracias a sus legendarias murallas y, sobre todo, a que los otomanos sufrieron una imprevista y terrible derrota en Oriente, a manos del caudillo Timur (o Timur Lenk, es decir, Timur el cojo; en español fue conocido como Tamerlán), sobre el que luego volveremos. De todos modos, en 1453 acabaron conquistando esa capital. En 1526 derrotaron al Ejército húngaro en Mohacs, haciéndose con un nuevo pedazo de Europa. Y cuatro años después pusieron sitio a Viena, aunque sin éxito. Aquel ímpetu guerrero no sólo se proyectó hacia Europa. En 1517 los otomanos conquistaron Siria, Egipto y Arabia, y en 1536 Bagdad. Además, todos los estados del Magreb salvo Marruecos se declararon vasallos de la llamada
“Sublime Puerta”. En resumen, hacia 1540 todos los países que anteriormente habían formado parte del Islam clásico salvo Persia, Marruecos y Al-‐Ándalus, ahora estaban integrados en el nuevo Imperio otomano, que también se extendía por Asia Menor y Europa Oriental. Este proceso de construcción política debe mucho a algunos sultanes de los siglos XV y XVI como Murad II (1421-‐1451), Mehmed II (o Mohamed, 1444-‐1481), Beyazid II (o Bayaceto, 1481-‐1512), Selim I (1512-‐1520) y, quizás más que ningún otro, Solimán I el Magnífico (1520-‐66).
El mismo año en el que el ejército turco vencía en Mohacs, 1526, un caudillo de origen afgano, Baber (o Babur), derrotaba al último sultán de Delhi y conquistaba su capital. Este sultanato había sido el último y más duradero de los Estados musulmanes que desde el siglo XI se venían levantando en la región noroccidental de la India. Lo cierto es que ninguno había logrado mantenerse mucho tiempo en el complejo sistema político indio, aunque sí habían logrado extender la religión islámica. Pero el Imperio mogol de la India (1526-‐1803) sería algo diferente a sus predecesores. Esto de “mogol” es un nombre equívoco. Babur parece haber sido descendiente de Timur, que a su vez afirmaba ser descendiente de Gengis Kan. En consecuencia, y desde su más que improbable punto de vista, Babur era heredero de los dos mayores caudillos de la Historia de Oriente Medio desde los tiempos de Alejandro. Y siendo descendiente de mongoles su imperio también debía ser mongol4. Luego, “mogol” (o
“moghul”) llegó por deformación del original. Ni qué decir tiene que probablemente lo que hay de cierto en esta historia es muy poco. Pero es interesante notar que en este caso, como en otros –la Chía, la monarquía alauí de Marruecos, etc.– la legitimidad de las armas se reforzaba con la de la sangre, aunque la vinculación con el fundador, Mahoma, Alí, Timur o Gengis, fuera más que dudosa.
Lo cierto es que este Babur de incierta ascendencia ni siquiera fue el verdadero fundador de ese gran imperio, sino su nieto, Akbar, uno de los gobernantes más interesantes de todos los tiempos. Akbar fue el restaurador y organizador de aquel Estado, y el que le dotó de sus rasgos característicos hasta la desafortunada llegada de Aurangzeb. Los dos problemas principales del Imperio mogol eran la seguridad y la gobernabilidad. En la India la población musulmana era muy minoritaria (más de lo que lo es ahora). En el Sur pervivían varios Estados hindúes (pero también algunos gobernados por reyes musulmanes) hostiles a los mogoles. La frontera noroeste era permeable e insegura por la presencia de tribus nómadas. Incluso la frontera nororiental con Birmania era insegura.
Así pues, construir un Estado fuerte sobre los valles del Indo y el Ganges exigía un sistema recaudatorio eficaz pero no extenuante que mantuviera
4 También por esta ascendencia es frecuente que el Imperio mogol sea denominado “Imperio timúrida”, de Timur, lo que en cierto modo es más correcto, pues sí que es cierto que Babur era descendiente de Timur. Pero también resulta confuso, porque el Imperio propiamente timúrida surgió 150 años antes en otra parte del planeta. Por este motivo en lo que sigue se emplea la palabra mogol en lugar de timúrida.
un ejército poderoso capaz de hacer frente tanto a las amenazas externas como a las internas. Éste debía servir para sostener los argumentos de una diplomacia lo bastante activa como para no perderse en el laberíntico entramado político de la península del Decán, y desanimar la sublevación de las tribus nómadas del norte y de la retahíla de grupos hindúes del Indostán. Ése fue el gran mérito de Akbar y sus inmediatos sucesores. El Imperio mogol fue capaz de mantener ese delicado equilibrio. Y lo hizo con sorprendente éxito. Hasta mediados del siglo XVII las fronteras del Imperio mogol fueron ampliándose de forma lenta pero constante. Un imperialismo que, consciente de su debilidad, se movía con prudencia.
Entre el Imperio mogol y el Imperio otomano se extendió el tercer gran Estado musulmán de la Edad moderna, el Imperio safaví (1501-‐1722).
Como en los casos anteriores fue levantado por nómadas turcos. Como los imperios otomano y mogol contó con un ejército poderoso y un eficiente sistema tributario. Como ellos, inicialmente se benefició de la perspicacia de algunos grandes gobernantes. Sobre todo, Ismail I (1502-‐1524) y Abbas I el grande (1588-‐1629). Como los otros imperios, los primeros decenios fueron prósperos, a pesar de la guerra. Su principal peculiaridad fue religiosa. En el siglo XVI la inmensa mayor parte de los iraníes, como del resto de los musulmanes, eran suníes. En cambio, los safavíes eran chiíes, pero lograron imponer su versión del Islam a sus súbditos a pesar de la oposición de sus vecinos otomanos. Este exitoso proselitismo se explica por la relativa poca distancia del “salto” religioso; y también por el estado de miseria en el que se encontraba el país tras las feroces campañas de los mongoles y Timur.
En más de un sentido, Irán era una tabla rasa sobre la que era posible hacerlo todo de nuevo. A pesar de ello, el proceso de “chiización” no culminaría hasta los últimos tiempos de la dinastía safaví o, incluso, más tarde, con los Zand (1750-‐1794).
En definitiva, desde comienzos del siglo XVI y hasta el siglo XVIII, la inmensa mayor parte de los musulmanes vivieron dentro de uno de esos tres grandes imperios. Entre los creyentes actuales sobre ellos existe una imagen más bien peyorativa. Se reconocen sus logros políticos y militares;
con matices, pues acabaron sucumbiendo. Igualmente se alaba que extendieran la religión islámica. Pero en términos generales se les considera herederos bastardos de los primeros imperios árabes. Entre otros motivos, esta opinión se justifica en la pobreza de sus realizaciones culturales y científicas. Así como durante el califato abasida se produjeron notables avances en varios campos destacados de lo que venimos a
considerar “civilización”, los ocurridos en el Islam imperial fueron, comparativamente, minúsculos: algunas construcciones notables (el Taj Majal en Agra, Topkapi en Estambul y otros palacios y templos, casi siempre en las capitales imperiales), algunas brillantes realizaciones literarias, la reconstrucción de algunos canales subterráneos en Irán, y poco más. Los logros de los imperios se focalizaron en las grandes capitales de Estambul, Isfahán, Delhi y Agra, que crecieron de forma notabilísima5. Pero la vida urbana fuera de ellas era mucho menos brillante;
incluso languideciente. No se ampliaron las rutas comerciales; de hecho, algunas entraron en decadencia, tal y como veremos. Pero lo más llamativo fue la severa detención del programa de investigación científica de todo orden que había desarrollado el Islam Clásico entre los siglos VIII y XIII.
Las aportaciones posteriores a esa época son irrelevantes, por no decir inexistentes.
Desde una perspectiva política los imperios fueron organizaciones muy sólidas que arrostraron con éxito las amenazas externas. De hecho, su expansión territorial no se detuvo hasta finales del siglo XVII. En 1683 los otomanos intentaron tomar Viena por segunda vez. Fueron derrotados, y como consecuencia de ello, y de las posteriores campañas austriacas, tuvieron que retirarse hasta la orilla meridional del Danubio. La mayor extensión territorial del Imperio mogol se alcanzó a comienzos del siglo XVIII, durante el reinado de Aurangzeb (1658-‐1707). En su apogeo, los mogoles controlaban toda la península del Indostán (India, Pakistán y Bangladesh) a excepción del extremo sur, así como una gran parte de Afganistán. Encerrado entre los dos anteriores, el Imperio safaví no tenía posibilidades reales de expansión; pero el hecho de que pudiera mantener
5 Determinar la capital del Imperio mogol es más complicado de lo que parece. En rigor, ésta se situaba allí donde residía el emperador y su campamento. Si los testimonios son ciertos, ese campamento podría reunir entre 300.000 y 400.000 personas. Normalmente esa gran corte estaba asentada en una de las tres capitales de Lahore, Delhi o Agra. Pero Akbar y, sobre todo, Aurangzeb, pasaron largas temporadas de campaña viviendo, con su ejercito, en el Decán y otras regiones. Poco antes, el emperador Sah Jahan había decidido construir una capital fija aledaña a Delhi, a la que llamó Sahjahanabad; pero no parece que cumpliera plenamente la función para la que se diseñó hasta la muerte de Aurangzeb, cuando el imperio empezó a desintegrarse. Por eso, incluso la afirmación de que durante el reinado del emperador “Tal” la capital fue “Cual” no deja de ser una verdad a medias. Como idea general puede decirse que Agra fue la residencia preferida de los emperadores mogoles hasta la llegada al trono de Aurangzeb. Desde entonces, lo sería Delhi.
Por lo demás, tampoco éste es un caso único: ¿cuál era la capital de España con los Reyes Católicos o Carlos V?
sus fronteras hasta muy poco antes de su desaparición es un claro indicio de su fortaleza. Nada de esto es baladí. El mero mantenimiento de la paz constituye una condición para el progreso. Y en algunos casos, como Irán, fue una agradable novedad después de varios siglos de devastación. La buena memoria que dejó la monarquía safaví en Persia debe mucho a su programa religioso, pero también a que logró una relativa paz.
De todos modos, tampoco debe exagerarse este logro. Las capitales y lo que podríamos considerar como el “centro” de los imperios permanecieron alejados de la guerra. Pero ésta existía. Entre 1514 y 1638 el imperio safaví mantuvo un intermitente conflicto militar con el imperio otomano, cuya razón última era religiosa más que territorial (los otomanos eran musulmanes suníes; los safavíes chiíes). Fue un conflicto con muchas intensidades, en el que se alternaban períodos de “guerra fría” con otros de enorme destrucción. Bagdad y Basora, que no eran el “centro” de ninguno de los dos imperios, cambiaron de manos en varias ocasiones. De hecho, la frontera entre los dos imperios no empezó a fijarse hasta mediados del siglo XVII. Más al oeste, el sultán de Estambul no dejó de batallar contra varias potencias europeas, especialmente Venecia y los Habsburgo españoles y austriacos, por el control de varias plazas del Mediterráneo; así como contra los austriacos y polacos en los Balcanes y los rusos en las estepas de Ucrania. Mucho más al Este los safavíes disputaron a los mogoles y a varios reinos uzbekos el control de Afganistán;
como en el Oeste, ciudades importantes, como Kandahar y Herat, cambiaron de manos varias veces. Pero todos estos conflictos fronterizos fueron pequeños en comparación a los de la India, donde las campañas militares de los emperadores mogoles fueron continuas. Sobre todo con los dos últimos, Sha Jahan y, más que nadie, Aurangzeb; enseguida volveremos sobre ello.
Si los grandes imperios islámicos no lograron una seguridad completa o permanente con el exterior, aun menos éxito tuvieron dentro de sus propias fronteras. Desde esta perspectiva, el Imperio otomano constituye el ejemplo más acabado de incapacidad política. Desde finales del siglo XVI hasta su desaparición a comienzos del siglo XX, vivió en un estado casi permanente de conflicto interno. Las causas eran diversas. En unos casos el poco dinamismo económico, las imposiciones fiscales y la arbitrariedad de los gobernantes regionales –que no eran más que un reflejo de las del propio califa-‐sultán de Estambul– provocaron recurrentes explosiones de violencia. Las más graves fueron las revueltas jelali de los siglos XVI y XVII,
ocurridas en la península de Anatolia. Fueron levantamientos de campesinos pobres, motines de hambre o, más bien, motines contra los impuestos y la arbitrariedad; no pocas veces alentados por intereses particulares de sipahís empobrecidos, un asunto sobre el que volveremos más adelante. No tuvieron consecuencia alguna en la formación de nuevas estructuras políticas, y tampoco provocaron un cambio en la forma de entender las relaciones entre gobernantes y los gobernados. En definitiva, fueron absolutamente inútiles, pero mantuvieron varias provincias del imperio en un permanente estado de inseguridad. Igualmente, hubo conflictos con grupos religiosos disidentes, como los alevís de Turquía (una confesión menor del islam, distinta del sunismo, del chiismo duodecimano o iraní, y del alauísmo de Siria). Y también, aunque en diversos momentos, contra distintas comunidades cristianas de Europa, como los albaneses, los rumanos o los griegos. De hecho, la última “hazaña” de aquel imperio antes de desaparecer fue el genocidio perpetrado contra los armenios y otras comunidades cristianas, ya en los albores del siglo XX.
En otros casos, los problemas no tenían una base popular, sino que procedían de las ambiciones de los gobernadores regionales o, en un sentido más genérico, de poderes autónomos supuestamente integrados en el sistema, como los mamelucos en Egipto, o los cuerpos jenízaros y las fuerzas locales de Argel y Túnez, que reivindicaban un mayor protagonismo. En distintas fechas entre los siglos XVII y XIX, esas fuerzas acabaron separando el norte de África del Imperio otomano, si no de iure, sí de facto. Y lo mismo sucedió, por ejemplo, en Basora. La desintegración del Imperio mogol en el siglo XVIII fue igualmente una consecuencia de la emergencia de estos poderes regionales en el contexto de una sucesión discutida.
Una tercera fuente de disensión interna fueron esos conflictos sucesorios. Los principios por los que se regía la sucesión del monarca eran, básicamente, los mismos que los que regían la herencia de cualquier propiedad. La única peculiaridad era que, por razones políticas bastante obvias, era imposible fragmentar el imperio (a veces se intentó, sin éxito).
De ahí que todos los hermanos varones, incluidos los nacidos de esclavas, tenían iguales derechos de acceso al trono. De hecho, en el Imperio otomano en determinados períodos parece que los hijos de las esclavas tenían una cierta preferencia sobre los de las esposas. En todo caso, no existía un mecanismo ordenado para designar al heredero, de modo que, a menudo, las disputas se resolvían con la eliminación física de los pretendientes