Las sombras misteriosas de la isla Martín García
Las islas son lugares mágicos, sumamente especiales. Son libros abiertos en los que van quedando escritos miles de acontecimientos históricos importantes y, muchas veces, protagonizan mitos y leyendas sobre tesoros escondidos, naufragios o civilizaciones desconocidas. Tal es el caso de la isla Martín García, en la que se reúnen la historia, la magia y el misterio. Muchos cuentan que en esta isla argentina ocurren algunos fenómenos sobrenaturales muy extraños. Se habla, por ejemplo, de sombras misteriosas que deambulan por el lugar, perturbando tanto a los isleños como a los visitantes.
La isla Martín García está ubicada sobre el Río de la Plata, al sur de la desembocadura del Río Uruguay. 46 kilómetros la separan de la ciudad de Buenos Aires y 4 kilómetros de la costa uruguaya. Si bien esta isla del Río de la Plata se encuentra en tierras uruguayas, está bajo soberanía de la República Argentina y forma parte del partido de La Plata en la provincia de Buenos Aires. Fue descubierta por Juan Díaz de Solís en el año 1516 y lleva el nombre de uno de los tripulantes de su embarcación, el despensero, muerto y enterrado ese mismo año en la isla.
A pesar de estar conformada por un territorio bastante pequeño, la isla tuvo, a lo largo de su historia, cuatro cementerios. Tres de ellos ya no funcionan. Desde 1859 a 1899 el avance de las aguas obligó a abandonarlos y allí quedaron olvidados. Esto alimenta las historias y leyendas que se cuentan sobre fantasmas y eventos sobrenaturales ocurridos en el lugar.
Está documentado que entre 1870 y 1920 la isla funcionó como lazareto, es decir, un lugar donde los inmigrantes cumplían con una estricta cuarentena antes de ingresar en el país para evitar la propagación de las epidemias. También está registrado que en 1884 se inauguró en ella un faro para la navegación de los ríos Uruguay y Paraná, y que durante los años 1755 y 1964 funcionó como prisión. Como se puede apreciar, la historia de esta isla es sumamente rica, así como algunas de las leyendas que viven en ella, más allá de los acontecimientos históricos.
Una de las leyendas más conocidas ocurrió en el año 1860. Cuentan que, en aquel entonces, un isleño tenía una yegua y un potrillo. Bastaba llevar al potrillo de una costa a otra para que la yegua, a las pocas horas, notara su ausencia y atravesara nadando el canal ubicado entre Martín García y Martín Chico en el Uruguay, para reencontrarse con su potrillo. La habilidad de la yegua fue aprovechada por cuatro presos políticos que cumplían condena en la cárcel de Martín García. Los presos se organizaron, con la ayuda de un externo, para llevar al potrillo al otro lado de la isla. Luego, cuando la yegua se metió al agua para buscarlo, se agarraron de su cola y así lograron escapar de la prisión y de la isla. Lamentablemente, y por más insólito que parezca, al descubrirse el hecho, la yegua fue llevada a juicio y sentenciada a muerte.
La isla también es protagonista de otros relatos inquietantes. Uno de ellos tiene que ver con el viejo cementerio y un fenómeno muy extraño: el de las cruces inclinadas.
Algo que llama poderosamente la atención de los visitantes son las cruces inclinadas de muchas de las tumbas. Increíblemente, están torcidas hacia la izquierda o la derecha, como si estuvieran cayendo lentamente y, con el correr de los años, su inclinación se va acrecentando. En algunos casos llegan a tocar su propia lápida.
Sobre el tema se tejen las más variadas conjeturas, algunas rayanas con lo esotérico y lo sobrenatural, como las que aseguran que en la isla habitaba una secta satánica, demoníaca o, incluso, masónica. Lo cierto es que muchos afirman que al ser
puestas en sus sepulturas las cruces estaban rectas como cualquier cruz de cualquier cementerio. Y este es tan solo uno de los tantos misterios que habitan en la isla.
También cuentan que en el viejo cementerio y sus alrededores siguen sucediendo cosas muy extrañas. Aún hoy se escuchan gritos desgarradores provenientes del crematorio del lazareto, cuando todos saben que en ese lugar no hay nadie. Muchos aseguran que las almas en pena de las personas fallecidas en la isla recorren sus 168 hectáreas y que, en algunos casos, son vistas. Aquellos que las presenciaron las describen como siluetas oscuras, sombras, que se mueven sigilosamente, usando a la oscuridad como aliada. Por eso, muchas veces es difícil verlas, pero aseguran que ahí están como un misterio más de la isla.
Se conocen varios casos de personas que interactuaron con estas presencias sobrenaturales. Uno de los más impactantes ocurrió algunos años atrás y tiene como protagonista a un hombre uruguayo llamado Marcelo de los Santos.
Marcelo vive en la ciudad de Carmelo, en el departamento de Colonia, y jura que el suceso aterrador del que formó parte en la isla Martín García es un hecho real que lo marcó para siempre.
Todo ocurrió en el año 1995, cuando Marcelo tenía 22 años y era funcionario de la Prefectura Nacional Naval. Un día, le comunicaron que sería parte de un equipo que iría al canal Martín García para hacer sondeos de profundidad para el dragado del río.
Esta no era una tarea sencilla, así que Prefectura Argentina realizó las gestiones pertinentes para que el grupo de oficiales se quedara a dormir en la isla durante el tiempo en el que se realizaran las labores y, por esa razón, Marcelo y el resto del equipo fueron alojados en una hostería de la isla.
Todos los que viajaron junto a Marcelo conocían bastante el lugar y sus historias, tanto las de la prisión y las del lazareto como las de fantasmas y apariciones. Sabían sobre algunos sucesos que habían tenido lugar en la isla protagonizados por personas que trabajaban allí, muchas de ellas oriundas de la ciudad de Carmelo. Estaban al tanto, también, de que la isla no era un lugar común y corriente y, a pesar de eso, deberían pasar unos cuantos días en ella mientras realizaban el trabajo encomendado. Así fue como un día se embarcaron en la lancha de prefectura PNN 701 y salieron bien temprano rumbo al canal Martín García. De esa manera, Marcelo y sus compañeros se iniciaron en un viaje que cambiaría sus vidas, especialmente, la de Marcelo.
El trabajo no era nada sencillo y pasaban largas horas haciendo los sondeos correspondientes en el río cuando estaba sereno y no había viento. Luego de cumplir algunas horas con sus quehaceres, regresaban sobre el mediodía a la isla y, dependiendo del estado del tiempo, volvían a salir en las embarcaciones durante la tarde. Finalmente, al caer la noche, el grupo de oficiales pernoctaba en una pequeña hostería del lugar a cargo de Atilio Rodríguez, hombre sumamente amable y hospitalario.
Una de las primeras noches que pasaron en la isla, Marcelo y sus compañeros cenaron con el personal de prefectura del destacamento argentino, y allí se dio una charla en la que se pusieron muchos temas sobre la mesa. Compartieron todo tipo de anécdotas y, como suele pasar en este tipo de reuniones en las que la gente comparte vivencias, en determinado momento de la noche aparecieron las historias de fantasmas.
Atilio comenzó a contarles historias inquietantes vividas dentro de la hostería con algunos fantasmas que, al parecer, la habitan. Marcelo no solo no creyó ni una palabra de lo que el hombre les contó, sino que hasta se rio de sus historias. Atilio, al percatarse de la incredulidad de Marcelo, le dijo en tono desafiante:
—¿Así que te estás riendo? Ahora vas a ver que algo va a pasar. Uno de «ellos»
está por acá y quiere que sepan que está con nosotros.
Al escucharlo Marcelo se rio nuevamente, pensando que el hombre estaba bromeando y que, de esa forma, buscaba asustarlos. Pero la sonrisa de Marcelo desapareció de su rostro, ya que en ese preciso instante comenzó a escuchar unos ruidos muy extraños que provenían del exterior de la hostería. Al relacionar lo que estaba ocurriendo con la revelación que Atilio había hecho unos segundos antes, todos quedaron atónitos. Salieron de inmediato a ver qué había producido aquellos ruidos y fue entonces cuando quedaron helados: descubrieron que algunos postigos de madera de las ventanas estaban tirados en el piso. Los postigos de la hostería era grandes y pesados, y lo extraño del caso es que ni siquiera corría una suave brisa en aquel lugar.
Ninguno pudo justificar o explicar lo sucedido, así que, bastante impactados, los hombres volvieron a entrar en la hostería y se quedaron pensando un largo rato en lo que había ocurrido, ya sin las sonrisas en sus rostros.
Sin embargo, lo peor llegó cuando tuvieron que acostarse en sus respectivas habitaciones. Para empeorar el panorama, Atilio les dio las buenas noches y les deseó suerte, comentándoles que él y las otras personas que trabajaban en la hostería hacía tiempo que se iban a dormir a otro lado. Además, les advirtió que no salieran si escuchaban ruidos en los pasillos.
A eso de las 12 de la noche Marcelo estaba escuchando música en su pieza, cuando vio, por la hendija que quedaba entre la puerta y el piso, una sombra que pasaba.
Bajó el volumen de la radio y sintió ruidos de pasos que atravesaban el pasillo. Se acordó de la advertencia del encargado de la hostería, pero la curiosidad fue tan grande que tomó coraje y abrió la puerta para ver quién andaba caminado a esas horas por los pasillos. No vio nada, el lugar estaba completamente vacío. Trató de restarle importancia al asunto, pensando que era una broma de alguno de sus compañeros o del mismo Atilio, y volvió a su cuarto.
Al día siguiente, Marcelo le comentó lo sucedido al encargado y le preguntó si él tenía algo que ver con lo que había pasado. El hombre, luego de escucharlo atentamente, le dijo que era algo normal que se escucharan pasos que iban y venían, o que se vieran sombras deambulando por los pasillos. Le dijo, incluso, que pasaban cosas peores, y que era por eso que tanto él como sus compañeros, por las noches duermen en otro lugar.
Aquel dato alarmó a Marcelo. Ni siquiera el personal de la hostería pernoctaba allí para evitar esas presencias sobrenaturales. Ahora todo sería mucho más difícil para él.
Las noches en la isla comenzarían a ser más escalofriantes de lo que jamás imaginó.
Tenía que pasar una semana entera en ese sitio y eso lo preocupaba bastante. Y, a pesar de que durante unos días todo estuvo relativamente tranquilo, nada pudo evitar que una de las últimas noches le ocurriera algo espeluznante.
Aquella madrugada, Marcelo se encontraba con su compañero de habitación y no podía dormir, así que leyó un rato y luego decidió escuchar música. Su compañero, en cambio, estaba plácidamente dormido. En determinado momento Marcelo ve pasar una sombra por el rayo de luz que se colaba por debajo de la puerta y, acto seguido, siente claramente el ruido de unos pasos. Hasta ese momento todo era igual a la noche en la que había sentido la otra presencia. Pero al rato la sombra volvió a pasar y, esta vez, se paró frente a la puerta y se quedó estática. Marcelo no podía creer lo que estaba sucediendo. Comenzó a sentir que lo que estaba del otro lado de la puerta lo estaba
asustando de verdad. Y, sin embargo, eso era tan solo el principio de una de las peores noches de su vida.
Con los ojos clavados en la puerta, Marcelo pudo ver cómo el pestillo comenzó a girar lentamente, emitiendo un sonido chillante y perturbador. Segundos después, la puerta comenzó a abrirse muy lentamente. Con el corazón en la boca rezaba para que la puerta no se abriera porque estaba seguro de que del otro lado había algo que no era de este mundo… Pero la puerta se abrió, y la vio.
Era una sombra oscura, más oscura que la noche misma. Una silueta que se recortaba en las penumbras gracias al débil resplandor de las luces del pasillo. Marcelo no quería ni respirar, y así se quedó, duro, observando a esa figura imposible parada sobre el umbral de la puerta de su habitación. El extraño no se movía, permanecía en su lugar mirando hacia el interior del dormitorio. Marcelo giró sus ojos, sin mover la cabeza, tratando de no llamar la atención, para comprobar si su amigo estaba viendo lo mismo que él, pero su compañero estaba profundamente dormido. En eso, la sombra ingresó a la habitación.
Marcelo contemplaba la escena terrorífica en primera fila, sudando y temblando de miedo, mientras que, en las penumbras, la sombra se aproximaba. Quiso gritar, pero no pudo. La situación para él era terrible, sentía que no tenía dominio sobre su cuerpo ni su mente y, a la vez, a cada paso que la sombra daba, aproximándose, sabía que estaba expuesto al terror más puro. Entonces, la silueta pareció tomar otra dirección y se dirigió hasta el borde de la cama de su compañero. Y allí se quedó parada, contemplando muy de cerca al hombre que dormía. Marcelo seguía inmóvil, observando cómo esa silueta oscura observaba a su amigo. Sentía que aquello no iba a terminar nada bien.
Justo en ese instante, el ser sobrenatural comenzó a desplazarse nuevamente, pero ahora en dirección a él. Desesperado y sintiendo que la situación lo había superado por completo, Marcelo atinó a cerrar los ojos y fingir que estaba dormido. No quería que aquello lo viera porque las consecuencias de ver cara a cara a ese misterioso ser podían ser terribles. Así que mantuvo los ojos cerrados, esperando que al abrirlos la sombra ya no estuviera más en la habitación. Sin embargo, los ojos cerrados no impedían que Marcelo sintiera claramente que aquella presencia estaba parada a su lado, contemplándolo.
El terror se había instalado en la habitación y, en el momento en que Marcelo sintió que su suerte estaba echada y que todo podía terminar muy mal, escuchó unos pasos que se alejaban de su lado y, posteriormente, un portazo. Estaba tan asustado que no se animó a abrir los ojos en ese instante sino que esperó un poco más y, recién cuando pudo dominar sus sentidos, los abrió y largó un grito tremendo que hizo saltar a su compañero de la cama. Este le preguntó qué había pasado y, luego de recobrar el aliento, Marcelo le contó todo lo ocurrido. El hombre le dijo que no había sentido nada, pero se preocupó al ver la desesperación en el rostro de su amigo, así que ambos conversaron un largo rato sobre el tema y, recién después de unas horas, pudieron volver a dormirse.
La siguiente era la última noche de Marcelo en la isla, pero estaba tan asustado que no quiso pasarla en la hostería y, por esa razón, durmió en la lancha de prefectura que estaba fondeada en el muelle. Al día siguiente, llegó su relevo y retornó a la ciudad de Carmelo, abandonando el lugar y los seres sobrenaturales que tanto lo perturbaron.
Cuenta Marcelo que ese hecho marcó un antes y un después en su vida, y que jamás podrá olvidar la terrorífica experiencia vivida en la isla Martín García, porque él sabe que allí, en ese pequeño pedazo de tierra del Río de la Plata, habitan fantasmas, sombras que buscan salir de la oscuridad para dejarse ver ante las Voces Anónimas.