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La ciudad

antifrágil

. Espacio público

entrópico

The Antifragile City. Entropic Public

Space

Borja Lomas Rodríguez: [email protected]

Universidad:

Universidad Politécnica de Madrid. Escuela Técnica Superior de Arquitectura

Breve biografía

Borja Lomas Rodríguez es arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid con la especialidad en Urbanismo (2002). En 2006 cofundó el estudio de arquitectura y urbanismo Voluar Arquitectura. Es Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados por la ETSAM (2015), donde actualmente es doctorando en el Departamento de Proyectos Arquitectónicos. Ha colaborado impartiendo clases de proyectos y talleres durante los años 2013-2016. En 2016 expuso sus investigaciones en el Congreso Internacional de Arquitectura y Crítica (Critic|all).

Resumen

Richard Sennett (2019) disgrega el concepto de ciudad en dos componentes básicos, la ville y la cité, el soporte construido y la propia vida urbana. Ambos elementos poseen una relación de interdependencia que está lejos de acoplarse de una forma coincidente. La conexión entre lo ideado y lo vivido está llena de fisuras y discrepancias. Por otra parte, la antifragilidad es un término acuñado por Nicholas Taleb (2012) para describir aquellas

cosas que se benefician del azar, la incertidumbre y los cambios, en otras palabras, mejoran con el desorden, evolucionan con la entropía. Frente a un mundo cada vez más digital que permite una mayor reclusión en el espacio privado; este artículo explora las capacidades de cómo el espacio público, puede verse mejorado mediante la introducción de elementos de desorden: des-ordenar funciones, des-planificar espacios, des-regular códigos y re-naturalizar la ciudad.

Palabras clave

Ciudad, antifrágil, entropía, espacio público.

Abstract

Richard Sennett (2019) segregates the city concept into two basic components: the ville and the cité, the built support and the urban life itself. Both elements are interdependent and mating in a discordant way. The connection between the planned and the lived is full of fissures and discrepancies. On the other hand, antifragility is a term coined by Nicholas Taleb (2012) to describe anything that benefits from chance, uncertainty and change, in other words, improve with disorder, evolve with entropy. Facing an increasingly digital world that allows greater seclusion in the private space; this article explores the capabilities that promote the improvement of the public space, by introducing elements of disorder: dis-ordering functions, un-planning spaces, des-regulating codes and re-naturalizing the city.

Keywords

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Img. 1 Maider López “Football Field” Sharja 2007. Un campo de fútbol se superpone a una plaza de la ciudad. En un desordenamiento mutuo, juego y plaza reestructuran un nuevo espacio público. Por una parte, los elementos del mobiliario urbano y las personas interfieren en el juego, lo que genera otra clase de juego o de deporte. Al mismo tiempo, el ordenamiento de la plaza se ve socavado por esta nueva yuxtaposición, ofreciendo un nuevo uso a la plaza, una nueva manera de vivir el espacio colectivo de la ciudad.

Introducción

Planificar la ciudad es sinónimo de establecer un determinado orden sobre el territorio. La imposición de unos límites exactos entre el espacio privado y el público; el espacio destinado a la esfera de lo doméstico y el habitar, la interioridad, frente al espacio compartido y colectivo, la exterioridad.

Esta dicotomía corre en paralelo con la propia historia de la ciudad, mediante el urbanismo se concretan conceptos abstractos, sociales, económicos y políticos que se imponen sobre la realidad de un lugar específico. Pero la ciudad como sistema complejo, contiene más de lo que puede describirse. El salto entre idea y realidad irremediablemente arroja situaciones contradictorias, estados paradójicos donde lo ideado no consigue agotar y controlar todas las facetas de una realidad inconmensurable. Desde nuestra contemporaneidad y bajo una visión crítica parece evidenciarse que, “la ciudad es una buena idea, cuyo defecto es haberse convertido en realidad”. (Agulles 2017,13)

Richard Sennett disgrega el concepto de ciudad en sus dos componentes básicos, la ville y la cité (Sennett 2019,10); el soporte construido y lo que sería la propia vida urbana. Ambos elementos poseen una relación de interdependencia que está lejos de acoplarse de una forma coincidente. La conexión entre lo ideado y lo vivido está llena de fisuras y discrepancias. El urbanismo de la ciudad contemporánea en lugar de fraguar la unión entre ville y cité, ha priorizado el establecimiento de un orden estricto que permita una fácil administración y gestión. Guiado por la hybris de la modernidad, basada en el análisis racional de las condiciones de vida y en el presupuesto que cada función específica debe quedar ordenada en un espacio físico determinado; la cité ha resultado podada”.

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modo de “lecho de Procusto”1, donde la vida urbana queda limitada

y restringida bajo un sistema de orden férreo e inflexible. Un urbanismo hermenéutico que parece seguir la idea de: “Si la realidad se empeña en demostrar la incompatibilidad de los diseños con la vida, tanto peor para la vida”2.

Img. 2 “Ordenación de sistemas de apoyo para minimizar el desorden” por Robin Evans en Hacia una anarquitectura (1970). Imposición de elementos físicos anti entrópicos, que establecen un mayor control restringiendo la libertad de movimientos. Metáfora propuesta por Evans de la arquitectura frente a una

anarquitetura que facilita la acción.

1El famoso posadero de la mitología griega, quien poseía una cama de hierro donde era atado el desafortunado viajero. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, procedía a serrar las partes del cuerpo que sobresalían. Si, por el contrario, era demasiado bajo, su cuerpo era descoyuntado y estirado hasta la medida exacta de la cama.

Siguiendo una mirada demiúrgica sobre la planificación de la ciudad, se establece la creencia que una ciudad ordenada crearía una sociedad disciplinada, confiando en que el orden espacial fuese suficiente para transformar a la sociedad. Mediante un racionalismo ciego que establece que, cada circunstancia y aspecto de lo real, encaje de una forma exacta en el esquema de lo ideado y no al revés. Ingenuamente se cree, que cuanto más orden y mayores restricciones, se evitaran completamente cualquier contingencia o imprevisto. Cuando la incertidumbre y el cambio es inherente a todo sistema complejo y a la vida; solo lo yermo y lo muerto permanece inamovible.

Aldo Rossi (1982,114) ya advertía que la ciudad, por su naturaleza, no puede ser reducida a una sola idea base. Dada su diversidad y diferentes características, tanto formales como sociológicas, no puede quedar restringida en un único principio o en una única ley formal. Rossi no establecía un rechazo a la necesidad de funcionalidad de los espacios urbanos, sino que creía insuficiente una idea de ciudad donde las funciones asumen la forma y constituyen unívocamente el hecho urbano y la arquitectura (Rossi 1982,81). Las características del lugar, el locus; la memoria colectiva entretejida con la historia de la ciudad y su relación con las formas tipológicas y los monumentos; son todo ello, elementos a sumar a una idea de ciudad como campo de fuerzas diversas.

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La sobreespecificación entre forma y función, no solamente simplifica la riqueza de la vida urbana, también facilita la rápida degradación de los ambientes urbanos, debido a su incapacidad de adaptarse a nuevas necesidades, a las fluctuaciones de la sociedad líquida contemporánea. Cuando un entorno urbano es incapaz de responder ante la aparición de nuevos usos, necesidades y dinámicas sociales, Sennett (2019) lo define como una “Ciudad Frágil”.

Antifragilidad. Evoluciones entrópicas

“El viento apaga una vela y aviva el fuego” (Taleb 2012,25)

La Antifragilidad es un término acuñado por Nicholas Taleb (2012) para definir aquellas cosas que, a diferencia de lo frágil que se quiebra fácilmente, salen beneficiadas de la crisis y prosperan al verse expuestas ante el desorden y la incertidumbre. La resiliencia se define como aquello que es capaz de volver a su estado inicial cuando ha cesado la situación adversa, se mantiene igual ante la perturbación. Sin embargo, lo antifrágil, no solamente se adapta a los cambios, sino que ante unos estresores mejora, produciéndose una evolución de sus cualidades.

El concepto de antifragilidad no es algo nuevo y nos ha acompañado a lo largo de la historia. En realidad, todo sistema vivo es antifrágil, los sistemas de reproducción en base a combinaciones genéticas azarosas es una muestra de que el desorden es una herramienta para la diversificación de las especies, ofreciendo de esta manera posibilidades para la evolución de los organismos naturales. En este

sentido, todo sistema natural busca la antifragilidad, mejorar en un delicado juego entre el orden de la estructura orgánica que lo define y la entropía o incertidumbre del medio.

Como hemos visto, la antifragilidad define aquellas cosas que se benefician con cierto grado de desorden. Mejoran con la entropía frente al determinismo de los estados estáticos con alto grado de certidumbre. Pero ¿a qué visión del concepto de entropía nos referimos para establecer nuestra mirada sobre el espacio colectivo de la ciudad?

La formulación científica del concepto de entropía parte de la Segunda ley de la Termodinámica realizada por el físico Rudolf Clausius (1822-1888) que desarrolló los estudios iniciados por Sadi Carnot (1796-1832) sobre la transferencia de calor.

La noción de entropía puede abordarse desde diferentes campos, aunque todos ellos interrelacionados. Comúnmente, asociamos la entropía a esa tendencia natural a la degradación de la materia, su erosión y envejecimiento. Esto se produce de forma irreversible, es decir, siguiendo un único sentido en el aumento de entropía. La famosa “flecha del tiempo” como la denominó el físico británico Arthur Eddington (Ben Naim 2007, 197) marcando inexorablemente el paso del tiempo y la imposibilidad de volver al pasado.

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sistema aislado la entropía siempre va en aumento, produciéndose una degradación en la disponibilidad de energía (Borja, 2016,28).

En este sentido, la ciudad, al igual que los organismos vivos, para conservarse y mantenerse en un estado ordenado, debe importar grandes cantidades de energía desde el exterior; en otras palabras, exportar continuamente entropía al medio. Es lo que comúnmente denominamos como “huella energética”. Bajo este prisma de flujo energético, la entropía adquiere claramente un carácter negativo, cuanta mayor es esta, más recursos demanda y mayor el impacto sobre el medio ambiente.3

Pero la visión de la entropía que se quiere utilizar en este texto es la de la entropía estadística propuesta por el físico austriaco Ludwig Boltzmann (1844-1906). Esta se fundamentaba en los estudios sobre la cinética de los gases de Maxwell y la distribución de sus partículas en el tiempo.

Boltzmann entendió que las configuraciones de partículas desordenadas estadísticamente son más numerosas que la de los estados ordenados, de ahí la evolución natural de las cosas hacia los estados más probables, hacia el desorden. Toda transformación fluye entonces desde el orden hacia una distribución de máximo desorden. Bajo esta concepción, la entropía queda definida como la suma de todos los estados accesibles posibles de un sistema dado. 4

Cuanta más entropía presente un sistema, mayor será el número de

3Este aspecto de la entropía como degradación de la energía sobre un mundo de recursos limitados ha sido ampliamente desarrollado por el economista y sociólogo Jeremy Rifkin, autor del libro Entropía. Hacia el mundo invernadero (1980).

posibilidades de cambio, presentado mayor diversidad y heterogeneidad.

Rudolf Arnheim (1904-2007) en su ensayo Arte y Entropía (1966), si bien, desde una visión sobre el arte y la estética; defiende que el concepto de entropía no debe asociarse únicamente a un carácter destructor, catabólico en relación con la degradación de la energía y la decadencia por el paso del tiempo. La entropía también posee un carácter constructivo, anabólico, generador de posibilidades imprevistas que rompan con el aburrimiento de lo homogéneo. Una evolución entrópica que fructifique en orden más complejo que refleje una visión genuina, verdadera y profunda de la vida (Arnheim 1966,374).

Y si trasladamos este razonamiento, el cariz constructivo de la entropía como generador de diversidad, a la configuración de la ciudad, ¿Puede darse un espacio colectivo cuyas características mejoren ante los cambios, la entropía? Frente a la concepción de un ambiente urbano hiperplanificado y burocrático, un espacio común adaptable al flujo de la vida. Y, a pesar de la aceptación de la imposibilidad de crear definiciones completas sobre la ciudad, y la asunción del fracaso de los metarrelatos utópicos del urbanismo, ¿pueden por lo menos existir fragmentos para una ciudad antifrágil donde ville y cité queden cosidas y no cosificadas?

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Img. 3 Dibujo de trama urbana de baja entropía: repetición infinita de un sistema de manzana- calle y sin consideraciones sobre su contexto.

Un urbanismo rígido, de mínima entropía e impuesto a modo “Deus ex machina”. Inevitablemente simplifica la realidad y la falsea para adecuarla a sus parámetros y normas. Se produce entonces un menoscabo de la condición humana de la ciudad, ya que, como advierte el escritor Alastair Bonnet (2017, 10): “Cuando el mundo ya ha sido completamente codificado y ordenando, cuando ya se ha limpiado todas las ambivalencias y las ambigüedades, y sabemos con precisión y objetividad dónde está todo y cómo se llama, nace una sensación de pérdida”.

Meta-Interioridad. El espacio hiper-ordenado de la sociedad digital

“El entorno es una de las partes esenciales de un ser vivo” (Wagensberg 2002)

5En relación inversa a ¿Cómo hacerse un cuerpo sin órganos? De Gilles Deleuze y Félix Guattari (1947)

La explosión de las redes sociales y formas de comunicación a distancia, han restado significancia al espacio público como lugar prioritario de encuentro y socialización. En realidad, todavía se ignoran cuáles serán los efectos de vivir una vida donde prima el espacio digital frente al espacio físico, ni que conllevará que la socialización sea online en lugar de presencial. De hecho, ya es difícil acceder a un estado offline si no es por accidente. Un estado de desconexión pasa a ser vivido bajo el terror de la nomofobia. Los ciudadanos, transmutados en perfiles sociales digitales encuentran la exterioridad en su propia interioridad. Ahora, gracias a internet, podemos configurarnos como “órganos sin cuerpo”5, olvidarnos de

nuestra dimensión física.

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Img. 4 Hikikomori: aislado en su propia habitación. | Fuente: Documental:

Hikikomori: Japan's Vanishing People | Fotografía de Tony Taniuch

Esta situación no solamente repercute negativamente de una manera clínica sobre el cuerpo y los efectos físicos atrofiantes provocados por el enclaustramiento. El plano psicológico quedará afectado por esa ausencia de alteridad real. La superación de situaciones negativas nos ayuda a madurar. La fácil evasión de elementos de conflicto, así como la falta de encuentro con personas diferentes, conllevará a la creación de un narcisismo desmedido. Hoy en día, “uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto. Los medios sociales representan un grado nulo de lo social. (…) La interconexión digital

6Según el The Wall Street Journal (2012), más del 80% de los profesionales jóvenes que viven en Nueva York, trabajan habitualmente desde la cama. (ver

https://elpais.com/elpais/2014/06/02/eps/1401709455_404216.html )

total nos enreda en un inacabable bucle del yo y, en último término, nos lleva a una autopropaganda que nos adoctrina con nuestras propias acciones”. (Han 2016).

Este fenómeno no presenta un aislamiento de aspiraciones ascéticas en busca de la construcción de un “yo” interior. O una interiorización para enfocarse en el recuerdo, como hizo el escritor Marcel Proust, recubriendo su habitación con planchas de corcho y densas cortinas, para crear un hermetismo profundo. Evitando cualquier interferencia en su personal búsqueda de los recuerdos. En un mundo hipercomunicado, la interioridad es una soledad voyerista, es un “ver el mundo” sin participar realmente en él.

La conectividad facilita la continuidad entre trabajo y vida personal, difuminándose los límites entre ambas esferas. El mundo laboral, antes restringido al ámbito público, hoy invade cada rincón y cada minuto de la vida privada. Un espacio tan íntimo como la cama, se convierte en un espacio de oficina6, como destaca Beatriz Colomina

(2014), nos hemos convertido en “prisioneros voluntarios de la cama”. Producimos y consumimos sin descanso y sin la necesidad de salir de casa. Los servicios de mensajería y comida a domicilio sirven como la prolongación de nuestros perfiles digitales en el medio material.

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transformados en productores y consumidores de contenidos, prosumidores, cada vez requieren de una mayor y más significativa cantidad de tiempo para producir lo que se consume (Zafra 2019,42). La atención que demandan las redes sociales genera la inmersión adictiva del usuario, consagrándolo a un intercambio incesante de información por el espacio ilimitado de la Red.

Ahora que podemos interconectarnos superando los límites físicos del espacio-tiempo, se hace más urgente repensar los espacios no digitales para el encuentro. Salir de una vida de terrario. Paradójicamente, es en la ciudad digital donde más podemos experimentar la soledad colectiva, el aislamiento en la aldea global. Es entonces cuando más se debe fomentar un reequilibrio urbano más humano, una exterioridad antifrágil que potencie un espacio social no excluyente y diverso. Lugares colectivos de dispersión y encuentro ciudadano; compatible y en conexión con todas las ventajas que nos brinda la tecnología y el mundo digital.

La ciudad diversa. Des-ordenar las funciones

Ya en los años sesenta Jane Jacobs, en su famoso libro Muerte y vida de las grandes ciudades (1961) defendía el desorden de la vida urbana, la densidad y la diversidad frente a esa homogeneidad y uniformidad que todavía presentan los nuevos barrios y ensanches de la ciudad contemporánea.

Este tipo de urbanismo contemporáneo, heredero de las visiones funcionalistas de orden claro y estricto sobre la ciudad, presenta un diseño cerrado y finalista que ofrece un espacio público de baja

entropía (Fariña 2002). Se sigue estableciendo rígidamente las zonas de trabajo (polígonos de oficinas e industria), zonas residenciales (grandes manzanas cerradas) y espacios de consumo (centros comerciales).

Para Jan Gehl (2006,19) hay, a grandes rasgos, tres tipos de actividades exteriores: las necesarias (motivadas por la necesidad obligada de desplazamiento por la ciudad), las opcionales (actividades no obligatorias de disfrute del espacio público) y, por último, las actividades sociales (el contacto intencionado o casual entre las personas). Todas estas actividades exteriores están íntimamente relaciones con la calidad del entorno físico, en especial las actividades opcionales y sociales. Cuanto más agradable es el espacio público más tiempo pasan los ciudadanos en el exterior de sus viviendas privadas, y, por tanto, mayores oportunidades de encuentro e interacciones entre las personas.

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El espacio exterior se ve afectado por los límites que conforman la calle. El empleo de grandes manzanas cerradas hace que el ámbito del espacio social quede recluido en el patio de manzana, volcándose hacia la interioridad controlada de los espacios de convivencia privados y de uso exclusivo. Los edificios ofrecen largas y monótonas fachadas a la calle, que más que elementos de relación con el espacio público, se convierten en cerramientos de protección frente a la amenaza de lo exterior. Esta actitud de edificio fortificado junto con la ausencia de espacios y usos intermedios, zonas de transición que dialoguen entre lo privado y lo público, provocan que el espacio común ofrezca pocos acontecimientos. De esta manera, la calle queda mermada a una mera red de circulación y aparcamiento de vehículos.

El uso unívoco y la dispersión de actividades por el territorio, deriva en una infrautilización de los espacios comunes de los ciudadanos. Los espacios de relación de los nuevos barrios, incapaces de congregar a las personas, ceden a la dimensión digital de las redes sociales como lugar de encuentro característico, en lugar de servir como espacio físico enriquecedor, complementario y yuxtapuesto a nuestro mundo “online”.

La homogeneidad y falta de actividad genera un proceso negativo sobre el espacio público, las personas no acuden a los lugares sin acontecimientos, como lo describe Jan Gehl (2006, 85): “No pasa nada porque no pasa nada”. Esa vida entre los edificios se reduce drásticamente porque las personas van donde ocurren cosas, donde hay actividad humana. Es un proceso que se refuerza a sí mismo, se retroalimenta. En este sentido, la calle es antifrágil, mejora con el

desorden y la diversidad de acontecimientos y se vacía con la homogeneidad de sucesos, muere cuando todo acaba siendo igual y sin posibilidad de encuentro con lo distinto.

Un espacio público lleno de vida, entendido como un mayor campo de posibilidades de acción del ciudadano, fomenta su uso y el estar, frente a la mera circulación. Se hace posible una ciudad, no solamente más segura y rica en experiencias, sino más productiva. La fertilidad de la ciudad se incrementa gracias a nuevas ideas emergentes. Oportunidades que aparecen al potenciar el contacto social, y que para Jacobs era la mayor ventaja de la vida en la ciudad. Un efecto secundario de la vida en común.

Des-Planificar. La introducción de espacios entrópicos

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Bajo la popular consigna de la modernidad (postulación y revisión postmoderna incluida) que reza: “la mejor forma de predecir el futuro es construirlo”, las ciudades se han ido constituyendo de tal manera, que no quede ningún espacio ni aspecto fuera del orden establecido por el planeamiento. Todo debe quedar regulado e informado en un marco legislativo y administrativo, gestionado bajo un organigrama de responsabilidades, enemigo de cualquier posible elemento inesperado que pueda convertirse en un problema.

La única forma de eliminar la entropía y el fluir azaroso del mundo es imponer un orden estricto, eliminar toda posibilidad de transformación, evitando así cualquier negatividad; pero cercenando también cualquier oportunidad de mejora. Todo futuro queda entonces construido, pero inevitablemente conforma una simplificación de los futuros posibles, desplegamos una respuesta exacta a una pregunta todavía no formulada. ¿Cómo encajar la descripción de un mundo en evolución en la atemporalidad de la planificación urbana?

La sobredeterminación del espacio común de la ciudad, la priorización de la rentabilidad económica como directriz única de diseño y la esclerosis que produce su burocratización, fragilizan la ciudad. Todo espacio público es especialmente susceptible al deterioro ante la demanda de necesidades ciudadanas no contempladas en origen, ya pueda ser por un mal diseño de partida

7El concepto de alegalidad, muy diferente a ilegalidad, es un elemento clave en las propuestas de Cirugeda, él mismo lo define en “saber encontrar creativamente las

o por la propia imprevisibilidad de la vida, inherente a todo lo humano.

Las propuestas de Santiago Cirugeda o las de Oliver Bishop, ponen en evidencia la incapacidad de la ciudad para aceptar nuevas demandas, cuando el espacio público ha sido conformado como un sistema cerrado. Mediante contenedores de escombros convertidos en balancín, half pipe, piscina, etc. Y el juego de la alegalidad7,

consistente en socavar al sistema burocrático con sus mismos códigos. Se utilizan fisuras y vacíos legales para obtener una licencia que permite la ocupación temporal de la vía pública. De esta manera, los contenedores-espacio público brindan nuevas oportunidades para la incorporación de usos indeterminados en la ciudad consolidada.

Estas ingeniosas propuestas son más un alegato que ayudan a visibilizar una carencia del espacio común que una solución. Evidentemente no conforma un método exportable a la configuración urbana, pero lleva anidado el germen de lo que se defiende en este punto, la necesidad de establecer espacios en la ciudad que permitan la implantación de programas indeterminados.

Los escasos vacíos que presenta la ciudad, solares por construir o pequeños espacios urbanos degradados, han sido entendidos como restos de un planeamiento fracasado, zonas olvidadas. Lugares fuera de la lógica bipolar de lo público y lo privado.

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Img. 6, 7 y 8_ Izq: Santiago Cirugeda “Kubas s.c.: Recuperar la calle” (Sevilla). Fotografías de Recetas Urbanas. Derecha: Oliver Bishop “Skip Conversions” (Londres 2008). Fotografías de De Creative Urban Art

Actualmente, muchos de estos espacios han sido revindicados y activados con propuestas realizadas por colectivos (de arquitectos y no arquitectos), asociaciones de vecinos, grupos de estudiantes, etc. Frecuentemente autogestionados por los propios ciudadanos donde la falta de medios materiales y subvenciones se ha suplido con

8 Es interesante observar cómo el espacio público se ha ido vaciando gradualmente de mobiliario urbano, los bancos se han reducido ridículamente para que no quepa una persona tumbada o simplemente se han eliminado. Tampoco quedan mesas en las zonas estanciales y nunca se apostó verdaderamente por sillas que se pudiesen desplazar según convéniese, es decir un mobiliario móvil. Cualquier elemento susceptible de ser objeto de

ingenio y trabajo colaborativo, para poner de manifiesto usos del espacio público carentes o insuficientes.

Una descripción pormenorizada de las acciones de los colectivos superaría ampliamente el ámbito de este artículo; pero generalmente las actividades implantadas de forma mayoritaria han sido: el desarrollo de huertos urbanos, espacios deportivos, zonas de ocio (cine, teatro, actuaciones musicales) y especialmente lugares estanciales donde estar, sentarse8 y relacionarse con los vecinos.

Esto pone en evidencia la necesidad de espacios de ocio, lugares gratuitos de encuentro y socialización no ligados necesariamente al consumo. Hoy en día, casi todos los espacios urbanos de relación y ocio en la ciudad han quedado vinculados a los sistemas de consumo (bares, terrazas, restaurantes y comercios son los espacios estanciales de la ciudad contemporánea). El urbanismo debe potenciar el “derecho a la ciudad” (Lefebvre 1968) de sus habitantes y no la mera mercantilización de todos los aspectos de la vida urbana.

Asimismo, y de más difícil encaje, la ciudad se enriquecería si se incluyesen espacios no-programados en las tramas urbanas en espera, lugares de máxima entropía por su infinita opcionalidad. Frente a la uniformidad de la ciudad genérica, configurada mediante respuestas sistemáticas y normalizadas ¿Podría

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desarrollarse un planeamiento con zonas no planeadas? Ofrecer a la ciudad espacios vacíos pero llenos de posibilidades, de alta entropía. Lugares para lo inesperado, donde la ciudad pueda autoorganizarse temporalmente, hasta establecer los recursos necesarios que requieran realmente, de una mayor estabilidad en el tiempo.

Una inclusión de áreas des-planificadas debe superar el impulso racional de programarlas de forma fija; esa obsesiva tendencia de solucionar todo aspecto específico de la ciudad. Y así, permitir que se desarrollen posibilidades indeterminadas, admitiendo un cierto margen al azar, una pérdida de control de los parámetros urbanísticos para dejar aflorar las sinergias de la vida urbana.

Esta concepción ofrece una continuidad con lo que Rem Koolhaas en 1994 (2014, 17) postulaba para el futuro de la ciudad: “Si ha de haber un nuevo urbanismo, no estará basado en las fantasías gemelas de orden y la omnipotencia, sino que será la puesta en escena de la incertidumbre; y no se ocupará de la disposición de objetos más o menos permanentes, sino de la irrigación de territorios con posibilidades; ya no pretenderá lograr configuraciones estables, sino crear campos habilitantes que alberguen procesos que se resistan a cristalizar en una forma definitiva…”

Gracias a la utilización de un modelo donde ciertas áreas puedan seguir una lenta elaboración del espacio social, la ciudad podrá adaptarse a nuevas necesidades y no quedar únicamente configurada por la inmediatez del rendimiento del capital inmobiliario. No se trata de un simple cuestionamiento del valor del

diseño urbano per se, sino la necesidad de introducir el tiempo y el cambio (entropía) en la propia planificación urbana. Como afirmaba Jane Jacobs, “las formas urbanas surgen lentamente y por acumulación, como consecuencia de las lecciones de uso y de la experiencia”. (Sennett 2019, 27)

Des-regular. Des-ordenar los códigos de la ciudad

Para Marc Augé (2000), la época contemporánea, es la gran productora de no lugares, espacios de tránsito y circulación, lugares de uso temporal, provisional y efímero. Si los ejemplos más paradigmáticos de los no lugares son las autopistas y los aeropuertos, también podemos ver un desplazamiento de los espacios de la ciudad hacia su disolución, la negación del lugar como un espacio vivido.

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Poco a poco las ciudades se han ido llenando de un sistema de códigos, normas y regulaciones con el afán de eliminar cualquier situación imprevista que pueda devenir en conflicto. Todo debe quedar recogido, controlado y ordenado en la superestructura de la ville. Esto conlleva a una automatización de la vida urbana, más fácil de gestionar desde el punto de vista municipal, pero que hace que los ciudadanos sean cada vez más pasivos.

Es lo que el psicólogo Daniel Kahneman (2014) denomina “pensar rápido”, esa tendencia natural de nuestra mente a situarse en un estado de mínimo esfuerzo posible. Nuestra mente opera bajo decisiones autoprogramadas, simplificando su atención si no hay ninguna información destacable, o algo que nos llame la atención.

Esto es lo que suele suceder en los desplazamientos en coche a puntos frecuentes de la ciudad, como el lugar de trabajo o el propio domicilio. Llegamos, y en realidad no hemos sido conscientes de las decisiones que ha requerido el viaje, ocupados por nuestros propios pensamientos. En general, se actúa de forma automática, incluso a veces, llegamos a la oficina o a casa, cuando en realidad nos dirigíamos a otro lugar.

Hans Monderman fue un ingeniero de tráfico holandés, en los años ochenta y noventa realizó una serie de reformas urbanas en ciudades con problemas de atropellos y accidentes de tráfico. En lugar de emplear los sistemas tradicionales de regulación como son las señales, los semáforos, badenes, marcas viales, bordillos de las aceras, etc. Monderman, paradójicamente, eliminó todo tipo señales y medidas de regulación del tráfico. Estableció cruces y calles

adoquinadas, donde calzada y acera se encuentran en un mismo nivel, un espacio común compartido, tanto como por peatones, ciclistas y vehículos.

El concepto naked streets (calles desnudas) se basa en crear un espacio ambiguo, sin diferenciación entre el tráfico rodado y el espacio de acera, estableciendo así un espacio de negociación entre los diferentes usuarios. Sin señales de prioridad, los usuarios negocian para pasar. Frente a una calle diferenciada y estandarizada, esta situación confusa hace que los conductores reduzcan la velocidad y presenten más atención, obligando a romper con una conducta automatizada. Esto genera que se circule con mayor prudencia al enfrentarnos a una situación sin un orden sobreimpuesto. Tomar decisiones más complejas que obedecer a un semáforo y su orden dual de avanza o para, requiere atención.

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Gracias a que el camino parece más peligroso, lo hace más seguro. Cuando los conductores dejan de prestar atención a los carteles, se centran en los ciclistas y peatones, pendientes de cualquier complicación que aparezca de imprevisto. Es entonces cuando empieza la negociación y circular por la calle se vuelve más seguro, como se ha demostrado con la disminución de accidentes (Haford 2016). También la congestión de vehículos se minimiza debido que, a pesar de la reducción de velocidad, se incrementa la fluidez al no tener una regulación de semáforos que operan sin tener en cuenta los cambios de demanda según las diferentes circunstancias de tráfico y peatones.9

Mediante estas situaciones de espacios compartidos desregulados10,

donde existe una autoorganización entre los distintos actores de la ciudad, la seguridad se incrementa y se genera un mayor equilibrio entre coches y viandantes. También se crea un espacio urbano más atractivo y humano; donde los desplazamientos son más libres y agradables que los que ofrece la calle convencional; restringida a la calzada asfaltada para vehículos y aceras estrechas de recorridos paralelos y coincidentes con los edificios.

Re-naturalizar la ciudad. La introducción de nuevos órdenes autoorganizados.

9 Ver “Shared space intersections mean less delay” por Robert Steuteville en https://www.cnu.org/publicsquare/shared-space-intersections-mean-less-delay (consultado 27 de julio de 2019).

10 Ver artículo de Tom Vanderlit “Why Street Signs Make Traffic More Dangerous” en https://jalopnik.com/why-street-signs-make-traffic-more-dangerous-5533260

Quizás deberíamos utilizar simplemente el término de naturalizar, a la introducción en la ciudad de sistemas naturales, y no vincularlo a una regresión imposible a un estado anterior a cualquier proceso antrópico. El regreso a un estado natural, que no deja de ser un constructo mental; un ideal nacido en el Renacimiento y sublimado por el Romanticismo, en referencia al regreso de una supuesta naturaleza original, una arcadia conformada en mito, pero que en realidad nunca existió.

Hay que advertir también, de un naturalismo contemporáneo ecohipster (Castillo 2019,29). Esta tendencia actual funde sus raíces en el “Buen salvaje” de Rousseau, ambientado en el Walden de Thoreau y es heredero directo de la mística del New Age. Esta eco-sensibildad postmoderna, convierte la naturaleza en un fetiche, la idolatrada como “Madre Naturaleza”. Y de esta manera, la naturaleza devine en un decorado sobre el que proyectar los deseos y también las frustraciones. La naturaleza, de esta manera, queda reducida a un objeto de consumo más, el negocio de lo verde, lo eco y lo sostenible. Donde no todo el mundo puede permitirse el lujo de ser ecológico, o escapar de una ciudad que ha pasado de ser un lugar de salvación a convertirse en una prisión.

Y a pesar de este escepticismo inicial, no se debe olvidar que en la ciudad genérica heredada (Koolhaas 2014), la implantación de sistemas naturales de plantas y animales ha quedado

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tradicionalmente recluida a una forma marginal. El planeamiento los ha relegado a esos espacios donde la cuadrícula choca con elementos que imposibilitan su continuidad homogénea, en el irresoluto encuentro entre dos órdenes diferentes. O simplemente han quedado restringidos a ciertos puntos de la ciudad, bajo el exacto cumplimiento normativo de ratios de metros cuadrados, porcentajes expresados como zonas verdes. En definitiva, espacios entendidos como no construidos en lugar de conformar lugares elaborados.

Con frecuencia el orden se asocia a la limpieza. Una noción subjetiva carente de sentido biológico (Clément 2017). Pero que nos ha llevado a homogenizar todo sistema natural, simplificando y eliminando diversidad, y así, poder establecer un control más sencillo y eficaz11.

Esta reducción del desorden natural ha derivado en una fragilización de los ecosistemas, afectando negativamente sobre los seres humanos y al medio ambiente12.

Contrariamente a esta concepción simplificada que correlaciona uniformidad con limpieza, la ciudad francesa de Nantes lleva años dejando que las plantas silvestres crezcan libremente en la ciudad. En lugar de considerarlas malas hierbas13, plantas indeseables a

eliminar, recordatorios incómodos de la fragilidad del orden

11En una mirada en paralelo hacia la agricultura, las especies cultivadas son elegidas genéticamente más que por su sabor o cualidades nutricionales, sino por su fácil recolección (crecimiento sincrónico), fácil manipulación (tamaño homogéneo), y buena comercialización (alta cantidad, imagen estereotipada y larga conservación). Esto deriva en una disminución de la pluralidad del patrimonio genético.

La uniformidad genética hace que la especie quede más expuesta a los posibles efectos de patógenos y a competidores, aumento entonces la necesidad del uso de pesticidas, la dependencia al petróleo y a la industria química. Ver Benyus (2012) en “Biomímesis”

humano, y que se asocian comúnmente al descuido y a la falta de mantenimiento. Bajo un cambio de planteamiento, estas “plantas indocumentadas” (Beruete 2018) son entendidas como lo que son, especies vegetales que contribuyen a una mayor biodiversidad. Gracias a esta nueva concepción dentro los postulados del Urban Wilderness, además de los aspectos estéticos o paisajísticos, se contribuye a la eliminación del consumo de pesticidas, reducir la polución del aire, conservar la humedad del aire, así como evitar la erosión del suelo.

La diversidad de especies vegetales, establecen un orden complejo que, gracias al ensamblaje comunitario, crean un ecosistema autoorganizado en base a ciclos biológicos. La competencia de las diferentes plantas contribuye a la eclosión de unas y al decaimiento de otras, en combinación con los ciclos estacionales.

Se establece así una autogestión natural donde las adaptaciones organizan sus propios crecimientos. Estos son administrados mediante dinámicas autorreguladas entre las distintas plantas. A diferencia de esto, el jardín diseñado y construido, con su orden impuesto, irremediablemente debe permanecer en lucha titánica contra esa entropía general que rige el universo.

12Para una información más amplia, ver informe Planeta Vivo 2018 https://www.wwf.es/nuestro_trabajo_/informe_planeta_vivo/

13 Ver artículo Las “malas buenas” hierbas de Nantes, por Galo Martín Aparicio en El País. 29 de Junio de 2016

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Img. 10_ Río Manzanares a su paso por Madrid (fotografía de Kike Para)

El plan de renaturalización de río Manzanares de Madrid es un ejemplo de la introducción de sistemas naturales en la ciudad, produciéndose un desplazamiento del protagonismo único del ser humano para permitir la aparición de nuevos actores, compartiendo el espacio de la ciudad.

El cauce del río estaba construido por muros de hormigón y su caudal controlado mediante una serie de esclusas. Un sistema

14En referencia al comentario que hace el protagonista, originario de una aldea junto al río Níger, cuando ve el río Sena de Paris. En la película “Petit á Petit” dirigida por Jean Rouch (1971)

simplificado donde el río quedaba reducido a un canal o desagüe de un elemento de interferencia que atravesaba la ciudad, un “río prisionero”14 por la infraestructura de la ville. El proyecto de

modificación de río se ha basado en la apertura de las presas permitiendo la dinámica natural del río, la modificación de sus márgenes y plantación de especies vegetales, mejora del cauce mediante la introducción de elementos naturales como escolleras, gaviones y vegetación de ribera.

Gracias a la inserción de estos nuevos órdenes naturales, se ha mejorado la calidad del agua, eliminando su mal olor, se ha aumentado la biodiversidad de animales, emergencias de redes tróficas que evitan la aparición de plagas de insectos. También aparece un nuevo ocio de observación de aves y vivencia de un espacio urbano más completo, donde la ciudad, no es que se haya diluido con la naturaleza, sino que conforma una nueva entidad híbrida.

Se apuesta por un nuevo desorden entrópico sobre la trama de la ciudad. Un nuevo sistema con sus propias reglas y dinámicas. En una actitud en consonancia con lo que decía Francis Bacon sobre la naturaleza: “La única manera de dominarla es obedecerla” (Beruete 2018, pos1508)

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apremiante necesidad de configurar espacios evolutivos donde queden integrados diferentes sistemas de vida, en una yuxtaposición de lo natural y lo artificial. En la era del Antropoceno, “los equilibrios naturales incumbirán cada vez más a las intervenciones humanas” (Guattari, 1996), ya no se trata de una recuperación imposible del espacio natural, sino de su nueva construcción, donde el desarrollo humano y económico no implique necesariamente la degradación del medio ambiente. Al fin y al cabo, ya no tenemos otro lugar donde ir.

Breves conclusiones en aforismos

El desorden no es ausencia de orden, sino más bien, es un estado complejo cuya regularidad no logramos discernir.

La falacia de la planificación es creer que un espacio muy ordenado puede predecir el futuro.

La vida urbana no puede definirse con una única idea ni quedar contenida bajo un sistema simple.

En urbanismo, “vida ordenada” debería entenderse como un oxímoron.

Un espacio entrópico es aquel que ofrece múltiples probabilidades de uso sin caer en lo arbitrario.

La complejidad de una ciudad se mide por el número de oportunidades que ofrece.

Naturaleza y ciudad deben dejar de ser antónimos para poder configurar una nueva entidad.

No es necesario reinventar la ciudad, solo hay que desordenar inteligentemente la que ya tenemos.

La elaboración de un verdadero espacio social requiere de espacio, pero sobre todo de tiempo.

Una ciudad antifrágil es aquella que se adapta y enriquece con la complejidad de la vida.

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PLAN DE RENATURALIZACIÓN DEL RÍO MANZANARES A SU PASO POR LA CIUDAD DE MADRID

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