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C nflicto y P c nflict en la hist ia de Col m ia y el mundo

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C�nflicto y

P��c�nflict�� en la

hist��ia de Col�m�ia

y el mundo

Mesa 10

Coordinadores Oscar Calvo Isaza Universidad Nacional de Colombia

Sede Medellín, Colombia Carlos Miguel Ortiz Sarmiento Universidad Nacional de Colombia Sede Bogotá, Colombia Javier Guerrero Barón Universidad Pedagógica y Tecnológica

de Colombia, Colombia

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C�ntenido

Juan Carlos Villamizar

Argenis Rodríguez González

16 / Elementos para periodizar la violencia en Colombia: dimensiones causales e interpretaciones historiográficas 3 / Narraciones del conflicto armado

colombiano en la ficción televisiva

39 / De la uribe a la habana: participación política (1984-2017)

Franz Flórez

Katherine Rendón Fernández

Daniela López Gómez

68 / Prácticas de judicialización de sectores populares por delitos políticos, 1885

53 / Lecciones y retos del movimiento estudiantil: del conflicto al posconflicto en Colombia

84 / Violencia sexual contra hombre en el conflicto armado colombiano

Álvaro Acevedo Tarazona Andrés David Correa Lugos Yuly Andrea Mejía Jerez

Jhon Jaime Correa Ramírez Natalia Agudelo Castañeda

106 / ¿Hacia dónde va el movimiento estudiantil colombiano en un escenario de pos-conflicto?

Javier Guerrero Barón Bárbara García Sánchez Adriana Valderrama Melina Ocampo Fernando Hoyos Mariluz González David Rincón Edison Vargas

134 / La Violencia, Discurso intransigente, régimen de cristiandad en tiempos de La restauración

conservadora en el Comienzo de la Guerra Fría

120 / El alto y medio San Jorge de la esperanza al miedo 1960-2017

153 / Geografías de la verdad, memorias del proceso

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Profesor asociado Departamento de Humanidades

Facultad de Ciencias Sociales Universidad Jorge Tadeo Lozano

Franz Flórez

Narraciones del

conflicto armado

colombiano en la

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Narraciones del conflicto

armado colombiano en

la ficción televisiva

Franz Flórez

Profesor asociado Departamento de Humanidades

Facultad de Ciencias Sociales Universidad Jorge Tadeo Lozano

Bogotá Junio 1 de 2017

Resumen

Se propone que abordar representaciones audiovisuales del pasado (específicamente el conflicto armado colombiano, para el caso del narcotraficante Pablo Escobar y el paramilitarismo encarna-do en los hermanos Castaño Gil) supone el revisar los conceptos modernos básicos sobre los que se sustentó la disciplina histórica hasta mediados del siglo XX. La alternativa no es oponer ficción (seriados de televisión o películas) y realidad (documentales o textos de historia), sino revisar el contexto en el cual se produce una narrativa de tipo histórico. El formato de biografía de las repre-sentaciones audiovisuales tiende a enfocarse en la moraleja o lo no ejemplarizante de los perso-najes, dejando de lado el contexto social en el que la ilegalidad ha jugado un papel importante en la construcción de la nación. El problema no es el formato en sí, sino que está en función de una moralidad poco compleja, en relación con lo que ha sido la formación de la nación colombiana.

Palabras clave: Narración massmediática, Narcotráfico, Paramilitarismo, Colombia, Mijail Bajtín “Lo que no ha ocurrido jamás, no envejece nunca” dijo alguna vez el poeta Eduardo Torres.

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Frase alusiva a la literatura que, por el hecho mismo de haber sido dicha por alguien que ja-más existió, permanece tan joven como el día en que fue inventada por Augusto Monterroso. Se trató de un juego metaliterario que dio a luz no sólo a un escritor e intelectual imaginario como Torres, sino también a San Blas, el pueblo en el que tantos éxitos cosechó y en el que dejó buenos recuerdos entre sus habitantes.

Al maestro Monterroso le llamó siempre la atención esa condición humana del escritor que, presa de sus inseguridades, no escribe. O, lo que es peor, que escribe, publica y logra el éxito en el mercado de los libros a costa de ser incomprendido por su público, ávido de entre-tenimiento más que de literatura. En virtud de ese éxito, el escritor puede convertirse en un referente intelectual por un público poco dado a pensar por sí mismo, por lo que el escritor es tomado en serio sólo porque su obra no es tomada en serio, y viceversa. Como le ocurría al escritor Eduardo Torres entre sus paisanos de San Blas.

En el caso de los textos de historia que trascienden el mercado puramente académico (algo bien raro en el contexto colombiano), se podría decir exactamente lo contrario. Están destinados a envejecer o perder su vigencia como referentes académicos, precisamente porque pretenden ajustar su narración a una realidad pasada, de acuerdo con los criterios de sus pares que viven en el presente. El objetivo de un texto de historia no es presentarse como literatura, aunque lo sea sólo de manera indirecta (historiadores que logran además entretener con su prosa), como un daño colateral, digamos. La versión radical de esa tesis sería el aserto nietzscheano de que “lo que tiene historia, no puede tener definición”. Con lo cual, el conflicto armado colombiano, por ejemplo, sería posible definirlo en virtud no de su mera existencia, sino que habría tantas definiciones en tanto en cuanto intereses haya de por medio, para que se prolongue el conflicto o se resuelva (haya vencedores y vencidos) en uno u otro sentido.

En el caso de lo que en durante las dos primeras décadas del siglo XXI se dio en llamar en Colombia “narcoseries” o “narconovelas”, que supuestamente estaban “basadas en hechos reales” porque recreaban el mundo del narcotráfico de las últimas dos décadas del siglo XX; la pregunta parecería ser el cómo problematizar ese acceso indirecto al pasado por medio de su dramatización. Ya sea que se trate de un texto de historia, o de una novela o telenovela histórica, o de un documental, o cualquier otro tipo de representación, el problema sería de corte epistemológico: cómo acceder al pasado.

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ontológica sobre el pasado, es decir, cómo existió. E indirectamente implica un cuestionamiento de tipo ético, en su sentido liberal clásico, con respecto al tipo de valores que promueven las series o telenovelas entre su público, independientemente de su verosimilitud histórica.

En cuando al acceso al pasado por medio de la escritura, hay que decir que a comienzos de la década de 1970, tanto la Metahistoria de Hayden White (1973) como la lección inaugural en College de France de Michel Foucault, conocida como El orden del discurso (1970), plantearon, tanto para seguidores como para detractores, serios interrogantes. Entre otras cosas, se puede decir que plantearon no sólo que la recreación escrita de la historia condicionaba su conoci-miento y la existencia del mismo (no habría diferencia entre literatura e historia, según la ver-sión más radical), sino que además la noción misma de conocimiento objetivo del pasado con-dicionaba el tipo de sujeto y subjetividad de quien producía y consumía esas representaciones de la realidad. Una versión más bien paranoica del viejo lugar común de que “saber es poder”.

En buena medida, a esos enfoques siguió un pantano de polémicas en las tres décadas siguientes, en los que hubo posiciones de todo tipo en torno a una supuesta crisis de la “his-toria moderna” merced a los cuestionamientos cobijados bajo el rótulo de “posmoderno”, que en parte tuvieron como referente el fin del “socialismo realmente existente” a finales de la década de 1980. No se puede retroceder ante ese pantano de susceptibilidades académi-cas, siguiendo el ejemplo de la Armada Española.

Es decir, podemos dar media vuelta y avanzar hacia una filosofía y sociología del lenguaje y la literatura propuesta en la Rusia de las décadas de 1920 y 1930. Su prolongación en la obra de Mijail Bajtín hasta la década de 1970, así como la manera como ha sido tergiversada o poco conocida en la academia occidental, ameritan una sucinta reseña de la propuesta teórica y sus implicaciones en la manera de comprender las polémicas en torno a lo histórico o no que ha habido en las llamadas narcoseries, en particular, en la conocida como Pablo Escobar. El patrón

del mal de Caracol Televisión (2012), inspirada en la vida del capo Pablo Emilio Escobar Gaviria

(1949-1993); y el seriado Tres Caínes de RCN Televisión (2013), basado en la vida de los her-manos Fidel (1951-1994), Carlos (1965-2004) y Vicente Castaño Gil (1957-¿2007?).

La propuesta esbozada principalmente por Mijail Bajtín, Valentín Voloshinov y Pavel Medvé-dev, puso en cuestión varios de los supuestos que también entraron a revisar las obras de White y Foucault. Pero los rusos propusieron no sólo revisar la dicotomía tradicional de la epistemo-logía occidental entre sujeto/objeto, sino de manera paralela a la fenomenoepistemo-logía desarrollada

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por Husserl, plantearon el problema de cómo se conforma tanto el sujeto que estudia al objeto, como el objeto de estudio. Por ejemplo, el hecho de que usar “conflicto armado” en lugar de “narcoterrorismo”, supone una manera de ver y ordenar el mundo, como alguna vez lo propuso Gonzalo Sánchez (2003), para el caso del uso de ciertos términos o la omisión de otros, en el contexto de las guerras civiles de Colombia en el siglo XIX, y lo que en el siglo XX se llamó alter-nativamente Violencia (con mayúscula), guerra irregular, terrorismo o conflicto armado.

Desde la “tranlingüística” o “metalingüística” de Bajtín, Voloshinov y Medvédev, el proble-ma pasa de ser el dar cuenta de una realidad objetiva, externa al observador, a probleproble-matizar cómo la valoración del mundo por parte de una “conciencia” (sujeto que asume alguno de los valores de su tiempo y cultura local o “glocal”), puede asumirse como una creencia exclu-yente de otras (y por tanto monológica), o bien como una creencia que responde a otras y es susceptible de que sea cuestionada (lo que se entendería como dialogismo o confrontación entre formas de valorar o propender por un tipo de orden social).

Desde la translingüística, la distinción VERDAD/FICCIÓN no es realmente el problema de fondo. La narración histórica (verbal, textual o audiovisual), funciona no solamente en función de fuentes o testimonios (más o menos “cercanos” a la “realidad histórica” o “los hechos”), sino también en función de una posición con respecto a cómo valorar lo que se recuerda, incluir o excluir detalles, según se consideren o no relevantes para la manera como cada conciencia o sujeto histórico, se asume ante su comunidad (loca, global o académica). La preocupación por el relativismo postmo-derno en el que la discusión está en términos de postverdad, y se abandona el rigor metodológico del historiador para centrarse en el uso retórico del lenguaje, presupone la concepción positivista de “historia científica” formada en el siglo XIX, según la cual el pasado es un fenómeno compara-ble a la de los objetos físicos que existen independientemente del observador. En tal sentido, no hay una realidad o una verdad histórica por descubrir. El pasado no se encuentra, indirectamente por medio de las fuentes, como un fenómeno ya organizado o coherente.

Intentar contar o narrar la historia del conflicto armado colombiano desde la biografía de Pablo Escobar o los hermanos Castaño Gil, sea que se trate de los documentales “Los tiem-pos de Pablo Escobar: lecciones de una época’ (Angulo 2012) o Paramilitares en Colombia:

la historia de los hermanos Castaño (Escallón 2010), o las series de ficción ya reseñadas;

su-pone una elección de género discursivo, en la que se busca “dialogar” con la audiencia desde algo más que una simple convención dramática. Es una forma de concebir la realidad, una

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manera de ver el mundo, que a su vez sirve de molde a la comunicación. Una comunicación monológica, sea que se trate de una ficción “basada en hechos reales”, o una narración que supone no una selección de hechos en función de su dramatización (siguiendo convenciones románticas, de aventura, épicas, etc.), sino su “simple” concatenación.

Es en la narración del documental o la serie de ficción donde aparece la coherencia, no en el simple inventario de acontecimientos y su concatenación temporal. Desde que se inventó el pensamiento de tipo histórico, lo tradicional fue que ese tiempo lineal del relato histórico “realista” fuera el de la constitución de los Estados, por lo cual las guerras y batallas cobra-ban importancia de cara al resultado de las mismas, unos vencedores que se encargacobra-ban de mantener o inventarse un orden social (Bermejo & Piedras 1999).

En el caso de las narraciones audiovisuales sobre Pablo Escobar y el narcotráfico, o de los hermanos Castaño Gil y el paramilitarismo [en una inversión de la historia total que buscó Braudel con su El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1949)], no se aventuran en pensar la realidad social de cierta época desde la interacción entre los sujetos y las estructuras (políticas, económicas, culturales), como lo intentó la microhistoria y la nueva historia cultural con su énfasis en biografías o la vida cotidiana.

En las biografías de los “malos” desde la que se atisbaría el conflicto armado colombiano, se destaca una perspectiva sumamente conservadora del orden social en el que surgieron esos personajes. Ya sea que se trate del capo del narcotráfico o los jefes paramilitares, las biografías presuponen un idilio familiar (a nivel del sujeto en cuestión, o la comunidad local o nacional de su época), que es roto o perturbado por hechos violentos y ajenos a ese orden social (secuestro, asesinato, venganza, contrabando, narcotráfico). Luego se viene el ascenso en riqueza, poder y ambición del personaje malo, que deja a sus paso víctimas, generalmente indefensas, o bien que no pueden ser defendidas por la fuerza pública y legítima del Estado; y finalmente la narración culmina con la muerte, desaparición o cárcel para el “malo”, con lo cual se reestablece el orden o mundo idílico previo a su existencia.

Los testimonios con los que comienza el documental sobre “los tiempos de” Pablo Escobar, son una muestra patente de cómo la élite habla de sí misma, como referente de la memoria colectiva

[Colombia antes de la época de Pablo Escobar, que comienza a mediados de la década de 1970] “era un país pastoril, casi bucólico. Un país de casitas de pal-ma en todas partes. Un país donde la gente se conforpal-maba con poco”.

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Esta retrospectiva del periodista Juan Gossaín, esa visión idílica de su tiempo, es complemen-tada por el escritor Héctor Abad Faciolince

“En los años 60 [del siglo XX], y no solamente porque yo era un niño, sino porque lo he comprobado con personas más adultas… Medellín era una ciudad peque-ña de provincia muy tranquila, donde jugábamos en la calle sin ningún proble-ma. Donde… sí mataban gente, pero en realidad mataban poca gente […] todo cambió […] con el final de los 70 y el principio de los 80s. Empezaron a apare-cer unos personajes muy raros, que en principio parecían unos contrabandistas más, pero muchísimo más ricos”

Ese país bucólico de Gossaín, en el que el niño Abad jugaba en la calle, es diagnosticado de una manera algo más compleja y contradictoria, por el político Humberto de la Calle

“Era un país muy anacrónico… me parece que ya mostraba cierta ebullición, y señalaba cómo… unas estructuras de poder muy basadas en la élite, en la exclu-sión… no existía el mestizo, no existían los indígenas, no había homosexuales, todo el mundo era católico, había que estar en un partido o en otro…”.

Ese país pastoril, de casitas de palma (prácticamente un Macondo nacional), en el que no había todavía personajes “raros” y muy ricos, también es visto de una manera más compleja por el político César Gaviria

“Yo me dejé meter en la burbuja, o vivía en la burbuja del Frente Nacional… y en la creencia de que vivíamos en un país que era próspero, y que estaba avanzan-do, y que era rico y que era culto, y que era no se qué… y eso nunca fue verdad. Colombia vivió en una burbuja, y ha dado trabajo despertar”.

Esa burbuja a la que se refiere el político Gaviria tenía como referente algo más que las ca-sitas de paja y los niños jugando que recuerdan el periodista Gossaín y el escritor Abad. El referente era precisamente ese mundo estático y señorial que giraba en torno a los valores coloniales, premodernos y precapitalistas que “estaba en ebullición” y daba paso a “nuevos ricos”. En ese mundo premoderno “no había homosexuales, indígenas o mestizos”, de hecho sólo había católicos liberales o católicos conservadores.

Este cruce de testimonios que presenta el documental al comienzo, muestra que cuando la comprensión (no el conocimiento, no un pensar en algo externo al sujeto, algo objetivo) de mí mismo pasa por la comprensión de los otros (la “memoria colectiva”), la identidad del “yo” está teñida por el tiempo, por lo cual no hay un yo idéntico a sí mismo no sólo a lo largo del

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tiempo, sino en su propio tiempo, porque el yo se da en sus relaciones con los otros.

En la perspectiva de Husserl, la historia se da en la historicidad de las relaciones intersub-jetivas, fundamento del llamado mundo-de-la-vida (Cristin 2000: 69). La perspectiva husser-liana sobre la historia es comparable con la crítica de Bajtin a la forma monológica de enten-der la conciencia, la verdad y, por ende, la manera de entenenten-der personajes (reales o ficticios) que reflexionan sobre sí mismos o sobre su rol dentro de una narración.

El historiador narra presuponiendo la constante revisión del mundo que crea en su relato; en tanto que el conocimiento artístico (literario, audiovisual) no pretende representar la ver-dad histórica independiente del observador o relator, sino tomar conciencia de los sistemas de valores que dan estructura a lo que consideramos valores indiscutibles constituidos inter-subjetivamente (Bajtin, 2012: 483-484).

La visión positivista o que no problematiza las categorías modernas de “sujeto” y “objeto”, supone que los hechos determinan la forma de presentarlos. Es decir, la biografía de los “ma-los” es una representación de unas acciones y hechos de un personaje que existió y actuó, in-dependientemente de su reconstrucción biográfica por la vía del relato escrito o audiovisual.

Al plantear como objeto de estudio la “realidad histórica” o su “reconstrucción narrativa”, se pierde de vista la fuente de la constitución de la realidad social, que vendría a ser esa relación intersubjetiva entre maneras de concebir el orden social. Esa “burbuja” de la que hablaba de manera informal y coloquial el político Gaviria, y de la que “tanto trabajo costaba despertar”.

Desde el análisis de la lógica paraconsistente de los mitos (una introducción a ese enfoque desarrollado por el antropólogo Guillermo Páramo Rocha, se encuentra en Flórez 2012), ese despertar a una realidad libre de todo juicio de valor, ese vivir fuera de la burbuja, resulta im-posible. Porque eso supondría que habitamos en un mundo puramente sensorial y no en uno que se ha constituido desde la intersubjetividad de las conciencias. Es decir, no un mundo antropológico en el que interactúan individuos, sino un mundo en el que siempre están en juego mundos posibles que se tratan de imponer a los otros.

Cuando se comenzó a presentar la serie de televisión Tres caínes, en el programa de tele-visión Semana en vivo se citó a debate al libretista Gustavo Bolívar, dado que en apenas una semana se había levantado una polémica en la que, en general, se planteaba que la serie le hacía apología a los victimarios en desmedro de las víctimas. Bolívar planteaba un escenario de preproducción de la serie en la que eso se había tomando como un supuesto para su creación.

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“cuando se decide hacer ese programa nosotros hacemos un debate y decimos bueno estamos inmersos en un proceso de paz ¿cuál es su objetivo señor Bolívar para hacer eso? Yo le digo: “mire yo quisiera que el país comprendiera las causas del paramilitarismo y las causas de la guerrilla” ¿cuáles son? Le digo: “bueno cuando nacen las guerrillas en los años 60 hay un país totalmente mal distribuido en la tierra, hay unas desigualdades sociales impresionantes, hay una corrupción impresionante que aún persiste y había un comunismo que estaba apoderado de medio mundo y digamos que había apoyo y digamos que ahí hay una causa para que salgan, hay un Frente Nacional que restringe la democracia, entonces eso qué hace y eso es lo que vamos a mostrar, que cuando se dé…”

¿Ese es “el mismo mundo” en el que vivían el periodista Gossaín y el escritor Abad?

La pregunta nuevamente presupone que “el mundo social” existe de igual manera que el mundo que se puede percibir con los sentidos. La propuesta de los estudiosos rusos del len-guaje y su existencia social, era algo más que el constructivismo o relativismo rotulado sim-plemente como “postmoderno” en los debates de las décadas de 1970, 1980 y 1990. No se trataba de que independientemente de los valores premodernos y señoriales que encarnan las intervenciones de Gossaín y Abad, lo que era realidad es el mundo que presenta el li-bretista Bolívar, y que coincidiría parcialmente con el descrito por el político Humberto de la Calle. Se trata de que ambos mundos eran posibles para quienes los defendían, y que tanto el idílico como el conflictivo se pensaban y trataban de constituir a costa del otro.

De esa manera, en la burbuja idílica no había lugar para indígenas, mestizos, homosexua-les o, hay que decirlo, comunistas. De hecho, tampoco había espacio para las mujeres. El hecho mismo de que el documental sobre Escobar recoja el testimonio de dos políticos, un escritor y un periodista que hizo su carrera en los grandes medios, y que no incluya indígenas, mestizos, comunistas o mujeres, es un ejemplo patente de cómo fue se construyó esa reali-dad idílica, esa burbuja del Frente Nacional que fue la matriz para que prosperaran nuevos ricos no sólo narcotraficantes, sino nuevos ricos paramilitares y nuevos ricos guerrilleros. Porque la movilidad del capitalismo no fue simple y llanamente para los narcotraficantes, sino para todos aquellos que, por tradición, nunca habían hecho parte de ese “país anacrónico”, con “estructuras de poder basadas en la exclusión”.

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Observaciones finales

He tratado de presentar algunas ideas generales acerca de la sin salida a que puede llevar plantear el problema de la realidad/ficción de documentales y series de televisión en función de la perspectiva epistemológica que caracterizó a la historia que pretendió ser científica por casi dos siglos.

Las ideas vitalistas de Nietzsche sobre la historia que cuestionó precisamente ese objeti-vismo cientificista, o el cuestionamiento a las categorías modernas de subjetividad/objetivi-dad por parte de la fenomenología husserliana o la “translingüística” de Bajtín, Voloshinov y Medvédev; son un claro antecedente de lo que va a ocurrir con posterioridad a la década de 1970, en la que de las preocupaciones por el método y la epistemología en historia, se pasó a cuestiones más vinculadas con la filosofía del lenguaje. Al considerar que el pasado histórico era un texto, la actividad del historiador pasó a ser la de un analista de la manera como se narraba la historia, que en sí había sido para sus protagonistas, supuestamente, una realidad narrativa (Colmenares 1987).

Dejó de plantearse la historia en términos de la forma escrita, para hablar más del “dis-curso histórico”, puesto que quién cuenta qué a quién, desde qué intereses, y gracias a qué medios es divulgable (preferible, preservable, debatible) esa manera de narrar “el pasado”, hicieron mucho más compleja la idea de que el historiador era un simple notario de un pasa-do al que se accedía por intermedio de fuentes primarias, secundarias o terciarias.

Hay múltiples documentales (y cada vez más películas) sobre la vida y muerte de Pablo Escobar. Sólo para citar una muestra

Pablo Escobar: King of cocaine (1998). Documental The True Story of Killing Pablo (2002). Documental

The King of Cocaine (2004). Documental para la serie de televisión Zero Hour. Los archivos privados de Pablo Escobar (2004). Documental

Pablo Escobar, ángel o demonio (2007). Documental

Pecados de mi padre (2010, producido por el hijo de Pablo Escobar, llamado ahora Sebas-tián Marroquín). Documental

Pablo Escobar: el patrón del mal (2012, Caracol Televisión). Seriado de televisión Los tiempos de Pablo Escobar: lecciones de una época (2012). Documental Escobar: paraíso perdido (2014). Película

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Escobar (2017). Película por estrenarse

Narcos (2015-2018) Serie creada para el canal de internet Netflix.

En contraste, el caso del paramilitarismo ha sido tocado de manera directa en un docu-mental y la serie de televisión, ambos centrados en los hermanos Castaño Gil

Paramilitares en Colombia: la historia de los hermanos Castaño (2010). Documental Tres caínes (2013). Serie de televisión.

Al escoger el formato de la biografía y presentar tanto el narcotráfico como el paramilita-rismo no como un fenómeno social e inherente al tipo de política, exclusión social y fragilidad institucional del país; sino como un fenómeno que es inherente al proyecto de vida de sus “fundadores”, las razones por las cuales hubo complicidad de la población en general y la fuerza pública en el negocio del narcotráfico y los ataques a la población civil por parte del paramilitarismo, quedan por fuera de la discusión.

Ese contexto de fondo en el que no se puede hablar simplemente del bien y el mal, de víctimas o victimarios, de un mundo idílico previo a la existencia de narcotraficantes y para-militares, se encuentra desde hace décadas en los textos de analistas sociales (cf. Medina 1990; Camacho 1991, 2006; Romero 1998; Duncan 2006; Koessl 2015).

El análisis narrativo desde las herramientas propias de quienes estudian los medios de comunicación, aborda básicamente la forma como se presenta el contenido, más que la con-diciones en que se origina ese contenido (p. ej. Rincón 2009), o los valores que presupone asumir la biografía como la manera idónea de contar un fenómeno social estructural. En términos de la manera de narrar la historia desde los documentales o la ficción (en cine o televisión), se puede decir que estos artefactos narrativos están muy cerca de la manera como era entendida la historia en los tiempos clásicos de griegos o romanos. Una narrativa ejemplarizante, por acción (hay que portarse como los buenos, o sea, la ley) o por defecto (no hay que portarse como los malos, es decir, los delincuentes que siempre terminan mal).

Falta madurar mucho por parte de productores y espectadores, para que se pueda usar el formato de la biografía de una manera compleja. No simplemente en función de ilustrar cómo el mal se encarnó en un individuo, sino de cómo la tolerancia con el uso de la ilegalidad para “salir adelante” o “restaurar el orden” (idílico) previo a la llegada de los “malos”, se encarnó en esos individuos. Que a la par de criminales fueron, eventualmente, y en el contexto de la cultura colombiana católica y señorial, ejemplares padres de familia, hijos o hermanos. Y eso que ha

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encontrado la (nueva) historia cultural o la microhistoria desde hace unas cuatro o cinco dé-cadas, puede que algún día llegue a nivel de los medios masivos para que, eventualmente, se puedan ver envejecer esos valores patriarcales, señoriales y premodernos que por ahora siguen siendo invisibles en las representaciones mediáticas de las biografías de “los malos del paseo”.

Referencias

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Los tiempos de Pablo Escobar: lecciones de una época. Documental. Caracol televisión.

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Camacho Guizado, Alvaro

Cinco tesis sobre narcotráfico y violencia en Colombia. Revista Foro, 15: 65-74. 1991

---De narcos, paracracias y mafias. En: En la encrucijada. Colombia en el siglo XXI. Editor F. Leal. Pp. 387-419. Bogotá: Norma - Universidad de los Andes, 2006

Colmenares, Germán

Sobre fuentes, temporalidad y escritura de la historia. Boletín Cultural y Bibliográfico, 24 (12): 3-18. Bogotá: Banco de la República, 1987

Cristin, Renato. 2000. Fenomenología de la historicidad. El problema de la Historia en Dilthey

y Husserl. Madrid: Akal

Duncan, Gustavo, 2006

Los señores de la guerra: de paramilitares, mafiosos y autodefensas en Colombia. Bogotá: Planeta

Escallón Buraglia, Jaime (Director). 2010. Paramilitares en Colombia: la historia de los hermanos

Castaño. Documental coproducido por Imagina US – RCN-Ennowa – Semana. 43´32 minutos

Flórez, Franz

Hacia una definición no culturalista o local del mito. Revista Mutis de Arte y Ciencia, 2 (1): 159-174. Fundacion Universidad Jorge Tadeo Lozano

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Foucault, Michel

El orden del discurso (Clase inaugural College de France). Barcelona: Tusquets, 2002 [1970] Koessl, Manfredo

Violencia y habitus. Paramilitarismo en Colombia. Bogotá: Siglo del Hombre, 2015

Medina Gallego, Carlos, 1990 Autodefensas, paramilitares y narcotráfico en Colombia: origen,

desarrollo y consolidación. El caso Puerto Boyacá. Bogotá: Editorial Documentos Periodísticos

Rincón, Omar. 2009. Narco.estética y narco.cultura en Narco.lombia. Nueva Sociedad, 222: 147-163. Romero, Mauricio

Identidades políticas, intervención estatal y paramilitares. El caso del Departamento de Cór-doba, Controversia, 173: 73-99. Bogotá: CINEP, 1998

Sánchez, Gonzalo. 2003. Guerras, memoria e historia. Bogotá: Instituto Colombiano de An-tropología e Historia

Semana. 2013. ¿Estamos listos para contar la historia de los Castaño en TV? Parte 1: 15’04 minutos; Parte 2: 19´51 minutos; Parte 3: 14´46 minutos; Parte 4: 8´49 minutos. Programa

Semana en Vivo, Marzo 13. Versión electrónica http://www.semana.com/nacion/articulo/

estamos-listos-para-contar-historia-castano-tv/336556-3 [Descarga 20 noviembre, 2014] White, Hayden

Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México: Fondo de Cultura

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Juan Carlos Villamizar

Elementos para

periodizar la

violencia en Colombia:

dimensiones causales

e interpretaciones

historiográficas

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Elementos para periodizar

la violencia en Colombia:

dimensiones causales e

interpretaciones historiográficas

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Juan Carlos Villamizar

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Resumen

Este ensayo examina los elementos económicos y políticos que permiten periodizar la violencia en Colombia en los siglos XX y XXI, observar su construcción conceptual y las consecuencias que de tales interpretaciones se derivan. Para ello, la primera sección presenta datos sobre la magnitud e impacto de la violencia. La segunda discute sobre las dimensiones causales del conflicto. La tercera presenta las interpretaciones historiográficas más relevantes. La cuarta presenta conclusiones. Palabras clave: periodización; violencia; conflicto-agrario; Frente-Nacional; guerrillas; repre-sión-estatal; paramilitares; guerra-civil-prolongada.

1 Este ensayo fue presentado como requisito para el concurso profesoral de la Universidad Nacional de Colombia en 2016. Agradezco de antemano

a la lectura previa de Mauricio Uribe y a la ayuda incondicional y de mucho afecto de Carlos Murcia. También a los lectores anónimos por sus comen-tarios acertados. Los errores, por supuesto, siguen siendo míos.

2 Doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia, Master en historia y economista de la misma universidad, Administrador público de la

Escuela Superior de Administración Pública. Trabajo: Docente en la Universidad Nacional de Colombia y Universidad Externado de Colombia; funciona-rio de la Contraloría General de la República – Dirección de Estudios Macroeconómicos. Correo electrónico: [email protected]; juan.villamizar@ contraloria.gov.co; Blog: http://villamizar-historia.blogspot.com/; http://juancarlosvillamizar.guru/

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Introducción

El informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas (CHCV) es el último de los diagnósticos globales realizados acerca de la violencia en Colombia. Se trata del cuarto infor-me comisionado por el Gobierno Nacional entre 1958 y 2015,3 esta vez, en el marco de las

negociaciones de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El informe tuvo como fin ser un “insumo fundamental para la compren-sión de la complejidad del conflicto”, … y, ser una fuente “para una futura comicompren-sión de la verdad.”4 En febrero de 2015 se dio a conocer el texto final compuesto por doce ensayos y

dos relatorías5. Se trata de un informe que contiene diversas interpretaciones de la violencia

en Colombia, que no busca una sola verdad y, por lo tanto, plantea una diversidad de análisis que merecen ser examinados para la mejor comprensión de nuestro pasado. De los diversos interrogantes que surgen del informe, en este ensayo nos ocuparemos de uno en particular, a saber, la periodización de la violencia durante los siglos XX y XXI.

La demarcación de un periodo conlleva la conceptualización e interpretación del mismo. Aquí buscaremos demostrar la hipótesis, que la violencia en Colombia ha sido continua y estructural y, dadas esas dos características, se trata de una guerra civil prolongada. Aceptar esta visión implica, igualmente, rechazar las posturas acerca de las múltiples violencias, la discontinuidad de la guerra y que la turbulencia política de los últimos treinta años es sólo producto de intereses económicos individuales.

En esa línea, de establecer una periodización de la violencia y su interpretación crítica, en los siglos XX y XXI, en la historiografía reciente6 se pueden identificar varias propuestas: La

CHCV (2015), compiló 12 coautoríascon visible autonomía cada una para definir los periodos. En unos casos, los periodos se delimitan desde los años veinte, en otros desde los cincuenta, y en otros, desde los ochenta, así mismo las explicaciones son diversas y con implicaciones distintas. Para unos autores, la violencia es interpretada como una situación coyuntural y para otros, es estructural. Con este informe se abrió un debate entre los que creen que el conflicto

3 El primero fue el Informe de la Comisión de la Violencia de 1958 que luego fue superado por la publicación en 1964 de los investigadores Orlado

Fals Borda, Germán Guzmán y Umaña Luna, conocida como La violencia en Colombia. El segundo, fue el informe de La Violencia en Colombia en 1987 y que fue conocido como el informe de los violentologos. El tercero, es el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica, Basta Ya. Colombia.

Memorias de guerra y dignidad, publicado en 2013. Ver: Jaramillo (2014) y Cristancho (2012).

4 http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/mesadeconversaciones/index.html

5 Fajardo-Darío, Molano-Alfredo, Estrada-Jairo, Moncayo-Víctor, Wills-María, Duncan-Gustavo, Giraldo-Jorge, Giraldo-Javier, Gutiérrez-Francisco,

Torri-jos-Vicente, Vega-Renán, Pecaut-Daniel, Pizarro- Eduardo.

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interno es un asunto marginal y que debe ser tratado como un castigo judicial, y entre los que sostienen que se trata de un asunto consustancial a la historia política y social de Colombia.

Por su parte, el Grupo de Memoria Histórica (GMH, 2013), en el informe Basta Ya.

Colom-bia, Memorias de guerra y dignidad, estableció cuatro periodos: 1) la violencia bipartidista

a subversiva (1958-1982); 2) la expansión de paramilitares y guerrillas con propagación del narcotráfico (1982-1996); 3) la polarización de la confrontación (1996-2000); y, de negocia-ciones en medio del conflicto (2005-2012). Conceptualmente, para el GMH se trata de una guerra prolongada y degradada.7

Investigadores independientes han hecho otras periodizaciones y conceptualizaciones: Reyes (2009) se centra en el despojo de tierra desde la década de los ochenta y por lo tanto, el conflicto agrario es el centro de la confrontación; Ramírez (2015) destaca la existencia de varios intentos de pacto constitucional desde 1958 como una formula, siempre fracasada, de superar la violencia política; Guerrero (2011) y Medina (2011), ambos intentan una propuesta de reescritura de la historia política del siglo XX en Colombia, con base en una periodización demarcada por acontecimientos de violencia crítica8; y, Uribe López (2013) plantea un único

periodo de confrontación violenta desde 1964 con la creación de las FARC hasta 2010, que lo lleva a definir el conflicto como una guerra civil prolongada. Su definición se fundamenta en el hecho que la confrontación generó más de mil muertos por año.

A partir de las propuestas de GMH (2013) y de Uribe López (2013) se pueden delimitar dos periodos: el bipartidista liberal-conservador (1945-1964), sobre lo cual hay consenso en la historiografía. Está definido por el ejercicio de la política por medio de la violencia entre las dos facciones de los partidos tradicionales; y el que inicia con los ataques del Estado a las localidades de Marquetalia (Tolima), Riochiquito (Cauca), el Pato y Guayabero (Huila) en 1964, que dio origen al surgimiento de la lucha del gobierno con las FARC hasta las negocia-ciones entre las dos partes en La Habana. Este ensayo se fundamenta en estos dos periodos. En línea con nuestra hipótesis, los dos periodos cumplen con características que revelan la

7 Dice el informe: “Reconocer que el pasado se caracteriza por dinámicas de violencia implica encarar y rechazar la naturalización de la guerra,

recuperar la indignación frente a ella, romper el círculo perverso de la explicación que se convierte en justificación, y condenar sin atenuantes las atrocidades y sus responsables.”(GMH, 2013).

8 Guerrero (2011) identifica la Masacre de Gacheta el 8 de enero de 1939 y la persistente denuncia de Laureano Gómez acerca de 6000 muertes de

conservadores durante el gobierno liberal, el genocidio político gaitanista entre 1948 y 1953 y el genocidio de la Unión Patriótica en las dos últimas décadas del siglo XX; por su parte, Medina (2011) plantea una periodización del siglo XX en cuatro periodos: el primero de orígenes de los actores polí-ticos y sociales en el siglo XX (1903-1929); el segundo, la violencia como estrategia de acumulación y modernización del país (1930-1957); el tercero, de conflictos sociales y político-ideológicos (1958-1977); y el cuarto, escalamiento, enrarecimiento y degradación de los conflictos a partir de 1978.

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continuidad de la problemática económica y política, que conduce a un rasgo estructural y, en consecuencia, a la prolongación de la guerra civil. Si bien, ha habido un cambio, referido al paso de la lucha bipartidista a la lucha anti-subversiva, esa transformación no ha modificado la estructura que conduce a la persistencia de la guerra. A continuación, veremos la magni-tud, las causas y la historiografía de la violencia para luego concluir.

La magnitud e impacto de la violencia

Como hechos coincidentes, en los dos periodos se puede observar la recurrencia del des-plazamiento, de muertes violentas, de desapariciones, de masacres y de despojo de tierras. Estas situaciones van estableciendo rasgos estructurales y de continuidad asociados al ejer-cicio de la política y a situaciones de desigualdad y exclusión económica. Del primer periodo, sólo tenemos unos datos de hechos violentos estimados,9 situación que corrobora el pacto de

silencio que las élites impusieron con el acuerdo del Frente Nacional (FN).

Del segundo periodo, se cuenta con un registro más sistemático de hechos de violencia (Ver anexo, Cuadro 1) y se observa que las víctimas ocasionadas ascienden a 18% de la po-blación (de los cuales 14% son desplazados). La similitud de las cifras de homicidios directos en ambos periodos (entre 200 mil y 300 mil), da cuenta de la intensidad de la violencia, cifra que, sin embargo, no revela suficientemente, la sevicia y el terror de las masacres. Al respec-to, el GMH ha registrado 1982 masacres entre 1980 y 2012, un método de terror que tuvo como principal agente perpetrador, a los grupos paramilitares (Gráfico 1).

El despojo de tierras ha sido otra consecuencia de gran impacto. Para el primer periodo, Oquist (1978) estimó el despojo en dos millones de hectáreas correspondientes a 393,648 parcelas, las cuales, representaban a mediados del siglo XX, el 11% de la frontera agrícola, lo cual afectó a 33.8% de los propietarios rurales (GMH, 2013). En el segundo periodo, se ha podido constatar para 1985-2013 el despojo de 7.8 millones de hectáreas (CGR, 2014b), que representan 15.3% de la frontera agropecuaria y que afectó a 537,503 familias (Ver anexo, Cuadro 2). Fueron los narcotraficantes quienes, entre 1980-1995 se apropiaron de tierras en 409 municipios (42% del país), lo que permitió que ellos definieran las pautas de la inversión

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rural y de la seguridad alimentaria del país (Reyes, 2009). Como resultado, la población des-plazada sufrió mayor empobrecimiento hasta llegar a niveles de indigencia de 35% mientras que este indicador para el resto de la población estaba en 19%; y el nivel de pobreza se ubicó en 84% mientras que la media de los colombianos estaba en 42.8% (CGR, 2014b). El des-plazamiento, el homicidio y el despojo de tierras son tres hechos victimizantes que muestra un patrón sistemático de ocurrencia en los dos periodos. Lo anterior refuerza la afirmación de Uribe López (2013)en cuanto a que la continuidad de ese conjunto de hechos da lugar al reconocimiento de una guerra civil prolongada.

Diagrama 1

Persistencia de la guerra en Colombia

S. XIX

11 guerras civiles

S. XX Guerra Civil Prolongada:

lucha anti-subversiva La Violencia Liberal -Conservadora 1850 1900 1946 1964 2016 Guerra 1000 días

Más de 1000 homicidios por año

266.396 homicidios 193.017

homicidios

1985

Este periodo también fue de despojo y concentración de la

tierra

Persistente enemistad política Desarrollo económico

concentrador de la riqueza Sesgo anti - campesino Estado fragmentado

• Anotaciones sobre el conflicto en Colombia con base en:

• Uribe López, Mauricio (2013). La Nación vetada: Estado, desarrollo y guerra civil en Colombia. Bogotá, D.C.,: Universidad Externado de Colombia. • Tilly, Charles (1991) Grandes estructuras, procesos amplios, comparaciones enormes. Madrid: Alianza Editorial

Sobre las causas de la violencia

Desde la noción de guerra civil prolongada, propuesta por Uribe López (2013), se distinguen dos dimensiones causales: la económica y la política, sin determinismos de una sobre la otra. Se trata, en lo económico, de una guerra alimentada por la falta de la reforma agraria para la reducción de la inequidad y la pobreza (Lipton, 2009); por la implantación de un modelo de desarrollo anti-campesino (Uribe López, 2013) el cual, ha privilegiado las inversiones de gran-des capitales en la agricultura y la industria y que, en las dos últimas décadas, se reproduce bajo el signo de la agroindustria.

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Las élites han privilegiado la inserción del país en el mercado mundial, mediante un mode-lo de tipo exportador de materias primas y extractor de rentas. La inequitativa distribución de la tierra, entre 1960 y 2002 se incrementó en 17% en las áreas de más de 500 hectáreas, en detrimento de las unidades medianas y pequeñas (Ver Anexo, Cuadro 3). Lo anterior tiene antecedentes en la desigual asignación de baldíos (GMH, 2016) (Ver Anexo, Cuadro 4); en reformas agrarias inconclusas y poco efectivas (Machado, 1998; Fajardo, 2014; Reyes, 2009)

y, en el despojo masivo de propiedades.

La tierra ha sido disputada para la ganadería en las tierras medias y bajas, para la pro-ducción de café en el occidente, para el banano en Urabá, para el azúcar en el Valle. Luego se ha competido por la tierra desde intereses tan diversos como los agroindustriales en el Orinoco, o los mineros del oro en Bolívar y las esmeraldas en Boyacá, el carbón en el norte, el petróleo en Barrancabermeja, los Llanos y otras zonas, como también están los intereses de los productores de palma, las explotaciones madereras, la producción de hoja de coca, así como de las rutas para su transporte y la cadena de la economía del narcotráfico. También los diferentes procesos de colonización que ha tenido el país en los últimos 150 años han dado pie para el ejercicio de la violencia. Estas actividades económicas tienen en común su rela-ción con el sector exportador, han sido las generadoras de divisas durante el siglo XX, siendo las más importantes, las derivadas del café (1870/1984), el petróleo (1980/2013), la coca (ochentas/2015), el oro y el carbón (1990/2016) (Gráfico 2). Estas han sido las fuentes prin-cipales de generación de renta económica y constituyen el modelo característico y estructural de inserción de nuestra economía en el capitalismo global. Además, han servido como fuente de ingresos para los grupos armados; es conocida la presencia del ELN en los corredores del petróleo y de la extracción de oro; de los grupos paramilitares en la producción de la palma africana, banano y la extracción de minerales; y de las FARC y otros grupos armados en la economía de la coca (Ramírez, 2002; GMH, 2013; CGR, 2014b).

En la historiografía económica y del conflicto, podemos encontrar que este desarrollo agro-mi-nero exportador, unido a políticas económicas y de modernización del Estado favorecen sólo a las élites económicas (Mann, 1991). Políticas que han ido en contra del campesinado, algunas de ellas son: El Pacto de Chicoral de 1971 impondría por las siguientes décadas la contra-re-forma agraria; el plan de Las Cuatro Estrategias de 1971, forjó las bases de una estrategia de industrialización y de creación de ciudades, dejando atrás y sin resolver los conflictos agrarios;

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la política de Apertura económica de 1991, cambió radicalmente el modelo económico hacia una vía de acumulación de capital por el mercado sin control e hizo que el campesino mediano y pequeño perdiera toda posibilidad de crear riqueza; por último, recientemente el Gobierno y el Congreso aprobaron la Ley de Zidres en 201610, que de acuerdo con la Corte Constitucional,

“representa un retroceso en cuanto al derecho de los campesinos a tener territorio y una vio-lación al patrimonio público11. Esos hechos, entre otros, han permitido la formulación de tesis

como la de Pecaut, quien planteó la existencia de la disolución progresiva del Estado, es decir, la pérdida de autonomía del Estado con respecto a los intereses económicos, (Pecaut, 1996), o

de la existencia estructural de un desarrollo anti-campesino (Uribe López, 2013).

En la dimensión política predomina la débil construcción de una sociedad democrática, abierta e incluyente. El poder se logra por la coerción centralizada, institucionalizada y terri-torializada dentro del Estado. Corresponde a la élite política organizar ese poder en normas y leyes que la mayoría deben obedecer (Mann, 1991). Los dos periodos de violencia del siglo XX y XXI, han sido procesos marcados por un cambio significativo en las instituciones. Entre 1886 y 1990 la constitución de Núñez centralizó la actividad política alrededor de los parti-dos liberal y conservador. Este rasgo, ha sido suficiente para que el Estado “no pueda aspirar a forjar la sociedad, ni siquiera a reclamar una autoridad indiscutible sobre ella” (Pecaut, 1996/2013). Mantuvo el orden con el Estado de Sitio, que le quitaba el poder de deliberación al Congreso en favor de la expedición de leyes por parte de la Rama Ejecutiva y el otorga-miento de funciones especiales a las fuerzas de seguridad del Estado. También permitió el Estatuto de Seguridad (1978-1982), el Estatuto para la Defensa de la democracia (1988) y otras normas para la formación de grupos paraestatales -chulavitas y paramilitares- (Véase Moncayo, Estrada, Wills, Giraldo Javier en: CHCV, 2015).

Luego entre 1991 y 2016 en el marco de la nueva constitución, surgida de la negociación de paz con el M-19, se ha mantenido el paramilitarismo como mecanismo de protección ya no sólo de las élites políticas nacionales sino también de élites regionales fortalecidas con los recursos del narcotráfico.

Así mismo, se pasó de un régimen bipartidista que protagonizó la primera violencia, a la democracia restringida del FN que desactivó la confrontación bipartidista. Ese acuerdo que

10 Congreso de la República (2016, enero 29). Por la cual se crean y desarrollan las zonas de interés de desarrollo rural, económico y social, Zidres. 11 El Espectador, 8 de febrero de 2017

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duró de 1958 a 1974, engendró la despolitización y estuvo entre los múltiples motivos para el crecimiento de la insurgencia armada. A falta de una solución política entre los gobiernos y las guerrillas, surgió otro actor armado de derecha y defensor del statu quo, el paramilitaris-mo. Desde el Estado ha imperado el cierre de los espacios políticos y la respuesta militarista a cualquier tipo de demanda de la población, hasta 2010 en que se abrieron de nuevo las puertas de la negociación política y siete años después estamos asistiendo a la firma del Acuerdo de Paz de La Habana y ratificado en el Teatro Colón en noviembre de 2016.

Las interpretaciones historiográficas

Pueden distinguirse tres momentos de la historiografía. El primero se caracteriza por el in-terés en ocultar desde el gobierno las responsabilidades por los sucesos de la violencia; el segundo, por búsquedas de perspectivas multidimensionales de explicación de la violencia ante la multiplicación de actores en la confrontación después de los años ochenta; el tercero, el momento de la disputa por consolidar las perspectivas explicativas de largo plazo, de reve-lar el pasado en su crudeza y resarcir a las víctimas. Esos tres momentos, a su vez, generaron cambios conceptuales, pasando de La Violencia como un sujeto abstracto y sin responsables políticos hasta 1964, en que hay un reconocimiento de la violencia como un concepto más sociológico, es decir, científicamente construido. Veinte años más tarde, se complejiza la idea de la violencia, para finalmente, ingresar en el nuevo siglo con las nociones de conflicto inter-no y guerra civil.

La violencia bipartidista

La Comisión Investigadora de 195812 que entregó su informe al primer gobierno del FN

(Ja-ramillo, 2014), tuvo entre sus objetivos: hacer la radiografía local y nacional de la violencia, plantear recomendaciones para adelantar procesos de pacificación y, sobre todo, establecer la narrativa de que el FN era un nuevo comienzo para el país. El resultado fue la formulación

12 Se trataba de un equipo de ocho personas en representación del Partido Liberal con Otto Morales Benítez y Absalón Fernández de Soto, del Partido

Conservador Augusto Ramírez Moreno, de las Fuerzas Armadas los Generales Ernesto Caicedo López y Hernándo Mora Angueira, por la Iglesia los sacerdotes Fabio Martínez y Germán Guzmán Campos. Eran ellos, según Jaramillo (2011), de “los elementos más representativos de las élites y del pacto (del FN) que estarían en ella.” (Jaramillo, 2011, p. 44).

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de la idea de que la violencia no tenía límites temporales claros -sin comienzo-, que era res-ponsabilidad de todos y de esa manera, propició un olvido sobre el pasado. Atrás quedarían la masacre de las bananeras, el asesinato de Gaitán, las medidas de excepción tomadas por los gobiernos para el ejercicio de la violencia contra trabajadores, políticos y opositores (el Estado de Sitio, La Ley Heroica de 1926, el Decreto 3518 de 1949), entre otros.

Esta es una fase (hasta los años 70), en la cual, se desarrolló una literatura tradicional de tipo testimonial y apologética, y La Violencia como concepto se convirtió en sujeto histórico, que trajo como consecuencia la des-personificación de las responsabilidades y la resignación a creer que la conflictividad bipartidista era parte del orden natural de las cosas (Sánchez, Peñaranda, 2015).

Un suceso no previsto por el Gobierno de entonces fue la presencia del Padre Germán Guzmán en la Comisión quien, en representación de la iglesia, recolectó información y relatos que permitieron organizar un archivo que dio lugar a la publicación en 1962 de La violencia

en Colombia (Orlando Fals, Germán Guzmán y Germán Umaña), el “primer producto colectivo

en las ciencias sociales en el país” (Sánchez, 1999). Ya no se trataba, como quería la cla-se política de la época, de generar olvido sino de realizar una terapéutica social y de hacer un “enjuiciamiento histórico a las élites gobernantes responsables del desangre” (Jaramillo, 2014) entre 1945 y 1958. El libro destacó el protagonismo de los sectores sociales que el bipartidismo había ocultado (los campesinos); la conquista de ideologías más allá del bipar-tidismo tradicional (en las guerrillas del Llano), y la propuesta sociológica de encontrar las causas del conflicto en los procesos políticos y económicos de los años treinta (Ortíz, 1992), es decir, había que establecer una continuidad con el pasado.

El momento cierra con la formulación de explicaciones causales más globales: la de Oquist (1978), quien argumenta que con la violencia ocurrió una pérdida de legitimidad del Estado en-tre la población y la consecuente utilización de altos grados de represión para lograr la coerción, formulando así la noción del derrumbe parcial del Estado (Pizarro, 2004); y la de Pecaut (1987), quién planteó que Colombia era una democracia civil restringida, con la violencia en el centro de un fractura de lo social, convirtiéndose ésta en consustancial al ejercicio de la democracia haciendo que no se reconozca al Estado como agente legitimo unificador de la sociedad.

En resumen, este momento historiográfico muestra el tránsito desde la personificación abstracta de la violencia, hacia una interpretación sociológica y concluye con búsquedas de explicación globales como el derrumbe parcial del Estado y la democracia civil restringida.

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La multidimensionalidad de la violencia

Se dio un giro explicativo cuando en 1987 el gobierno contrató la Comisión de Expertos (CE, 1987), la cual, debía explicar una realidad nacional atacada por múltiples actores y construir una agenda de lucha contra los diferentes agentes provocadores de las violencias. La violencia se clasificó entonces según la siguiente tipología: la violencia política13, la violencia urbana14, la violencia

orga-nizada15, la violencia contra minorías étnicas16, la violencia de los medios de comunicación17 y la

violencia familiar18 (Ortiz, 1992; Jaramillo, 2014); sin asignarle un peso relativo a cada una. Ya no

había un pacto político que defender y lo que se buscaría sería la obtención de más democracia. El informe se conoció como Colombia. Violencia y Democracia (1987). Su foco de análisis se concentró en los años setenta y comienzos de los ochenta, un nuevo periodo, que impli-caba un reto ante el surgimiento de nuevos actores y problemas. Los expertos presentaron una explicación de la confrontación reinante que rompió con el discurso dominante, y sentó “los principios del polimorfismo, multidireccionalidad y multicausalidad de la violencia” (Ortíz, 1992); surgió la noción de cultura de la violencia y se develaron las formas emergentes del conflicto tales como: el paramilitarismo, la violencia sicarial y el narcotráfico. Atrás quedaría el bipartidismo. La solución propuesta por la Comisión al Gobierno era que hubiese más demo-cracia política en el sistema. Lo que resultó fue un desconcierto intelectual, que parecía dejar la dimensión política en el margen de un conjunto de violencias que parecían incorporadas en la psiquis y el comportamiento habitual de los colombianos.

El informe no se ocupó de problemas estructurales como la distribución de la tierra, no dimensionó las consecuencias negativas del narcotráfico, tampoco alertó la masacre iniciada contra los militantes de la Unión Patriótica, partido político surgido de los primeros acuerdos de paz entre las FARC y el Gobierno (Jaramillo, 2014).

En esa perspectiva multidimensional se incluyó el estudio sobre violencia urbana, de Camacho y Guzmán, Colombia, ciudad y violencia, quienes rechazaron el determinismo unilineal y

plantea-13 Aquella originada en enfrentamientos entre el ejército y los grupos armados o de carácter insurreccional. Se la asocia a hechos como la extorsión

y el secuestro. (Cristancho, 2012).

14 Era un fenómeno nuevo para la época. Se explica por la acción de intereses privados de individuos armados frente a otros ciudadanos indefensos

y garantiza un beneficio económico para los primeros. (Cristancho, 2012).

15 Se trata de agresiones, producto de estrategias calculadas por organizaciones que tienen un plan para la liquidación de otro, con el fin de obtener

algún beneficio privado. (Cristancho, 2012).

16 Como su nombre lo indica, se asocia a los ataques contra grupos indígenas o de comunidades negras.

17 Aquí se trata de la forma como los medios de comunicación desencadenan una actitud mental en la población que no estaría permitiendo la

reconciliación en la sociedad.

18 Esta es una violencia ejercida a los miembros del grupo familiar al que se pertenece. Se trata de golpes físicos y violaciones. Este sería un medio

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ron una concepción abierta y plural de los procesos sociales (Ortíz, 1992; Arias, 1990) refutaron la

idea de la relación directa entre pobreza y violencia, y concluyeron que los problemas del momen-to no se debían únicamente al programa desestabilizador de las guerrillas (Arias, 1990).

A pesar de la incertidumbre que creaba el informe de 1987, otras investigaciones abrieron paso en la interpretación de la violencia. Es así como Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda realizaron un balance historiográfico que tuvo dos ediciones (1991, 2007) y dos reimpresio-nes (2009, 2015). La intención fue “reunir una muestra significativa de trabajos que dieran cuenta de los avances que, […] se habían dado en torno al […] periodo de La Violencia”, allí se recogieron los temas del bandolerismo, las guerras del siglo XIX, los problemas agrarios, la modernización y el desarrollo desigual de la primera mitad del siglo XX, para luego inser-tarse en el periodo 1945-1965, el 9 de abril, la violencia en el Quindío y Tolima y el papel del ejército colombiano. Dieciséis años después, en la segunda edición, ingresaron los temas del narcotráfico, el paramilitarismo y la paz.19 Ya para esa fecha los editores señalaron que: “la

inundación de materiales hace ya casi imposible llevar un registro y un balance acumulativo de las publicaciones sobre el tema”.

Los editores en 2007, visualizaron un “nuevo ciclo del conflicto colombiano” e incorpora-ron el concepto de guerra interna, la internacionalización de la misma y el involucramiento de la sociedad entera en el enfrentamiento. Lo que resulta más importante de esta edición es la “invitación a pensar el conflicto armado colombiano en una dimensión histórica, a interpretar la crisis […] desde una perspectiva de mediana duración, y en últimas a reflexionar sobre el papel de la violencia en la conformación de la Nación” (Sánchez & Peñaranda, 2015). Fueron incluidos como nuevos temas la sociología política del narcotráfico y el análisis de los homici-dios producto de diversas violencias en el periodo 1975-2001. El último texto recoge el aná-lisis del discurso y la práctica de la autodefensa armada, el surgimiento de nuevos poderes regionales y la evaluación del proceso de negociación entre el Gobierno del Presidente Uribe y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

El balance realizado por Sánchez (1985/2015) planteó como tendencias de investigación: la superación de la literatura apologética de los setenta; el surgimiento de una historiografía

19 En paralelo se había producido el balance de Ortíz (1992), que destacó dos tipos de investigación: la importancia de los temas regionales como

laboratorio para el estudio de procesos más globales con el análisis de las estructuras agrarias (Fajardo y Reyes); y, la investigación de Carlos Medina sobre el paramilitarismo en Puerto Boyacá, porque revelaba un aspecto que no había sido tocado antes, el apoyo popular a los grupos armados anti-comunistas, mostrando con ello, causalidades asociadas a la defensa del statu quo.

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que pasó de la coyuntura a la perspectiva de larga duración, colocando a la violencia como “un elemento estructural de la evolución política y social del país”; así mismo, el inicio de la indagación por las continuidades y discontinuidades entre el periodo de la primera violencia y la creciente conflictividad ocurrida en los años ochenta.

En la edición de 2007, Peñaranda nos recuerda la producción de intentos globales de in-terpretación con: Marco Palacios Entre la legitimidad y la violencia, 1875-1994 (1995), Gon-zalo Sánchez Guerra y política en la sociedad colombiana (1991), La Comisión de Expertos

Colombia. Violencia y Democracia (1987) y Daniel Pecaut Orden y Violencia (1987). De ellos

enfatiza que la violencia surge como el fenómeno regulador de los conflictos individuales y colectivos, en medio de una acelerada modernización económica y de inacabados procesos de colonización. También formula las preguntas que seguirán resonando en 2015:

¿Cómo puede el sistema político colombiano sobrevivir a cuatro décadas de violencia? ¿De qué manera la guerra ha logrado convertirse en un mecanis-mo de configuración de actores políticos? ¿Cómecanis-mo alcanzó la violencia el grado de rentabilidad política que tiene hoy en la sociedad colombiana? (Peñaranda, 2007/2015).

Esas preguntas planteaban un escenario distinto para los años ochenta, los investigadores comenzaron a sostener que el conflicto interno era una guerra de cuatro décadas.

En síntesis, la historiografía producida ente 1987 y el cierre del siglo XX, muestra avances conceptuales al considerar una continuidad entre la violencia de 1945/1964 y los nuevos fe-nómenos que se hacían presentes al final del siglo XX, entre ellos, la reforma agraria, la moder-nización y el desarrollo desigual. Así mismo, comenzó a hacer carrera la noción de cultura de la violencia, que por momentos, implicaba un cierto desconcierto sobre lo que estaba sucediendo.

De la multidimensionalidad de la violencia a la Guerra Civil

El inicio del siglo XXI trajo una nueva discusión acerca del carácter del conflicto que se conti-nuaba prolongando, pero que además, era la segunda gran ruptura de las negociaciones de paz entre el Gobierno y las FARC, e iniciaba una etapa de ofensiva militar estatal y dentro de la cual, no se ahorraron interpretaciones que justificaran la salida militar en búsqueda de la derrota de las guerrillas.

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Dos hitos historiográficos marcan las nuevas discusiones del momento: uno, el debate sobre el carácter del conflicto interno; y, dos, el régimen de verdad o la trama narrativa (Jara-millo, 2014) que se construyó con las dos comisiones encargadas por el gobierno en 2007 y 2015 para explicar la confrontación.

En la primera mitad de la década de 2000, se dio un debate sobre el carácter del conflicto con las preguntas: “¿vive Colombia una guerra civil? ¿qué hay entre ese ayer turbulento del siglo XIX, la mitad del siglo XX y el hoy, terriblemente dramático, que parece unir bajo una larga confronta-ción la mayor parte de nuestra historia?” (Ramírez, 2002). La guerra civil habría tomado forma desde el momento en que, en los años ochenta, las guerrillas deciden expandirse financiándose con las rentas del narcotráfico, el petróleo y el oro (Ramírez, 2002). Esta visión es rechazada por Posada (2001) quien no propone una visión alternativa, y Pizarro (2004) quien propone la noción de democracia asediada referida a la ocupación que hacen del territorio los actores armados (paramilitares y guerrilla) limitando así el sistema electoral.20 Otras nociones fueron la de guerra

contra la sociedad de Daniel Pecaut y guerra ambigua o guerra anti-terrorista de las agencias

norteamericanas (Pizarro, 2004). En todos los casos, las guerrillas estarían fuera de la sociedad y, por lo tanto, no serían un actor político valido y objeto de negociación política. Recientemente, Uribe López (2011 y 2013), ha realizado una actualización de este debate a favor de la idea de una guerra civil prolongada desde 1964, la cual se ha configurado por la coexistencia del veto de las élites a la Nación, un estilo de desarrollo concentrador de la riqueza con sesgo anti-campesino y una adopción irrestricta de las élites a la política norteamericana. Elementos que se retroalimen-tan mutuamente generando una ruta, en la cual, la guerra civil, es la marca distintiva.

En Sistemas de guerra Richani (2003), planteó que la prolongación de la guerra, se asocia con la valoración del costo-beneficio que los diferentes actores (militares, guerrillas, para-militares, crimen organizado y clases dominantes) obtienen de la guerra o la paz. Se dio un equilibrio de fuerzas en el cual ninguno tiene capacidad para derrotar a los otros.

En 2006, Nuestra guerra sin nombre, valorado en su momento como el balance más com-pleto realizado sobre el conflicto armado colombiano (Rodríguez, 2006), abordó la pregunta por la evolución del conflicto en los noventa y, con cierta perplejidad, por ¿cómo ha sido posi-ble que haya continuado cohabitando la violencia, el caos de la guerra, la democracia y el

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den jurídico? El mismo título dejaba el sin sabor de que no se tenía una explicación plausible a lo que estaba sucediendo. Se trataba de “una curiosa y nueva visión académica”, la cual coincidía con la negación del conflicto por el gobierno, “con el fin de rebajar la insurgencia guerrillera a un nivel de simple delincuencia común” (Ramírez, 2015). El interés principal era entender la violencia de fin de siglo: en lo político, ya sin el bipartidismo se destacó como explicación el carácter excluyente del sistema electoral; en lo económico, se analizó el control de las rentas generadas por el narcotráfico y de otras economías legales e ilegales.

Un balance reciente (Cartagena, 2016), presenta la periodización de la violencia bajo la lógica de la acción de las clases dirigentes, como un largo conflicto de clases: al interpelar el sistema político por su ampliación en los cincuenta, este se cierra para eliminar la violencia bipartidista, pero abre un nuevo escenario insurreccional, cambiando la perspectiva de inter-pelar al poder por sustituirlo.

En 2007 el gobierno creó la tercera gran Comisión de Estudios de la Violencia, bajo la dirección del Grupo de Memoria Histórica. Sus resultados, presentados en 2013, no sólo superaron el man-dato gubernamental sino que fueron más allá (aun en contra del gobierno) de documentar casos emblemáticos de victimización y resistencia, para crear una visión del pasado en que lo ético pre-domina, por lo cual, se ocupó de recuperar y hacer público varios pasados de terror provocados por diversos actores, materializados en las masacres. Las víctimas, por primera vez, son puestas entonces como el sujeto mediador entre el pasado y el futuro. A diferencia de las anteriores co-misiones, esta ha logrado tener más permanencia y posibilidades de investigar y recabar en los hechos seleccionados.21 Aquí la noción que reemplaza a las de violencia y conflicto interno, es la

de guerra prolongada y degradada. Eso implica el reconocimiento de actores políticos y permite identificar diferentes responsabilidades políticas y sociales frente a lo sucedido (GMH, 2013).

Finalmente, en este grupo historiográfico, se incluye a la CHCV surgida de las negociaciones de paz, entre el Gobierno y la Guerrilla de las FARC en La Habana.22 Como ya se ha mencionado

su resultado fue un grupo de ensayos disimiles, que abren distintas perspectivas de explicación y, que una vez más, cuestionan las periodizaciones y las causas del conflicto político en los siglos XX y XXI. Empero, agrega un elemento nuevo, la pregunta por la persistencia del conflicto, es decir, im-plícitamente el mandato buscó indagar por factores estructurales y permanentes, que hacen que

21En seis años produjo 21 informes documentados de masacres.

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la guerra desde la segunda mitad del siglo pasado, surja, se renueve y cobre nuevos aires más le-tales y autodestructivos que el anterior ciclo. Hay un reconocimiento que los periodos más críticos han sido 1945-1964 y 1985-2013. Eduardo Pizarro y Víctor Moncayo como relatores propusieron, entre otros factores explicativos, la cuestión sobre la continuidad o discontinuidad del conflicto.

Cuando el énfasis lo ponen en la continuidad, es el conflicto por la tierra el elemento que sigue estando en el centro del debate (Fajardo, Molano, Estrada: CHCV, 2015). También se considera estructural el cierre de los espacios políticos en los dos periodos de violencia. Igualmente, está la respuesta desproporcionada y reiterada de las élites frente a la protesta social (Estrada y Wills en: CHCV, 2015); por último, algunos comisionados incorporan a la ex-plicación la emergencia de un capitalismo extractor de rentas, donde el narcotráfico es parte consustancial del sistema (Estrada, Moncayo en: CHCV, 2015).

Cuando el énfasis lo ponen en la discontinuidad, los comisionados centran su atención en destacar: que el FN terminó con la violencia bipartidista de mitad del siglo XX; que el narcotrá-fico y paramilitarismo se sitúan como actores nuevos de la violencia; y que los actores arma-dos sólo tienen como finalidad de su accionar la extracción de rentas (a través del secuestro y el boleteo) haciendo tabla rasa del periodo anterior a los años ochenta (Duncan, Torrijos en: CHCV, 2015), en una aceptación tácita de la forma cómo la clase política ha construido el pasado (sin verdad, sin memoria, sin historia).

Conclusiones

La periodización de la violencia es útil, en tanto, ayuda a explicar la continuidad y los cambios ocurridos a lo largo de la última centuría.

Hemos tomado dos periodos que son evidencia de un cambio político en la sociedad colombia-na pero que, al mismo tiempo, ponen de presente la continuidad de las problemáticas de falta de reforma agraria, la creciente desigualdad económica y la permanencia de restricciones políticas.

Desde 1958 hasta 2016 ha habido una evolución conceptual en los estudios sobre el conflicto, desde el sujeto abstracto de La Violencia, se pasó a las violencias, para llegar a la noción de guerra civil, que implica el reconocimiento de la dimensión política y, por tanto, de responsabilidades sobre lo sucedido. Entre las diferentes opciones de periodización, la más útil es la definición de dos periodos en el marco de una guerra civil prolongada.

Referencias

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