LA SITUACION HUMANA A LA LUZ DEL
EVANGELIO
ADOLFO GALEANO
La situacion humana
a la luz del evangelio
Guías homiléticas - Ciclo C)
Introducción
¿Qué es predicar la Homilía?
Para una Teología de la predicación
El Concilio de Trento impuso a los clérigos el deber de la predicación dominical, y luego el Vaticano II insiste todavía con mayor fuerza en esta tarea esencial de la Iglesia. No sólo porque señala que es una facultad propia de todo ministro ordenado, sino también porque coloca las bases para un desarrollo doctrinal nuevo.
Recogiendo las enseñanzas del Vaticano II, el nuevo Código de derecho canónico afirma: “Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia” (c.i.c. 767, n.1). Y el documento del Vaticano II sobre los presbíteros enfatiza que “la eucaristía aparece como la fuente y la culminación de toda la predicación evangélica” (PO 5). De esta manera se señala la íntima y esencial relación que existe entre el sacramento y la homilía, que es “Kerigma”, anuncio del Evangelio. Por esto mismo, la Instrucción Inter Oecumenici (26-XI-1964) define la homilía “que ha de hacerse sobre un texto sagrado”, como “la explicación, bien sea de algún aspecto de las lecciones de la Sagrada Escritura, bien sea de otro texto tomado del ordinario o del propio de la Misa del día, teniendo en cuenta tanto el misterio que se celebra como las necesidades pe-culiares de los oyentes”.
No basta que la homilía se inspire en la Sagrada Escritura, es necesario que ella misma sea expresión, comunicación de la Palabra de Dios. Así lo dice san Pablo: “La Palabra de Dios, que vosotros habéis recibido por medio de nuestra predicación, no como palabra de hombre, sino como lo que es verdaderamente, como Palabra de Dios. Y esa Palabra de Dios está activa entre vosotros los creyentes” (1Ts 2, 13). Y en la Carta a los romanos, afirma: “La predicación viene de la Palabra de Cristo” (Rm 10, 17b).
La homilía es un discurso humano en el cual y a través del cual Dios mismo habla y, por tanto debe ser escuchada y recibida en la fe. Por esto mismo, nuestro lenguaje humano no puede ser una predicación sino cuando sirve a la Palabra de Dios.
Hay predicaciones moralistas, humanistas, religiosas, y kerigmáticas o fundadas en la Palabra de Dios. Las moralistas se basan en una moral natural o socio-cultural; las humanistas se fundamentan en ideales de humanidad, y son por tanto ideológicas, responden más a una ideología cultural que al Evangelio. Por ejemplo, las predicaciones establecidas en los ideales y principios del marxismo, que buscan crear un determinado hombre y una determinada sociedad de acuerdo con los postulados de esa ideología. Las predicaciones religiosas se apo-yan en el sentimiento religioso natural, hablan de los ideales religiosos del hombre y responden a una determinada concepción de Dios originada en el miedo, pues ordinariamente la religiosidad nace del miedo, de la conciencia de limitación y fragilidad del hombre, de los terribles interrogantes sobre el sentido de la vida, la muerte, el sufrimiento, el más allá. Ninguna de estas predicaciones están inspiradas en la fe y en la Palabra de Dios. Cuando una predicación brota de la fe y de la Palabra de Dios, entonces es verdadera predicación kerigmática, es servicio a la Palabra, porque a la Palabra se le sirve con fe o no se le sirve.
¿Se puede anunciar la Palabra sin tener fe? Pero, ¿cómo se puede tener acceso a la Palabra en la Biblia si no se tiene la fe? Pues la fe es la que nos posibilita el contacto con la Palabra. La Biblia puede ser leída como una obra de literatura universal y se puede tener acceso científico a ella. Pero para tener acceso a la Palabra de Dios que transmite la Biblia se necesita la fe. Una persona puede haber leído toda la Sagrada Escritura sin por eso haber entrado en contacto con la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios es un acontecimiento: el acontecimiento pascual, que, a su vez, tiene un transfondo histórico: la vida de Jesús, y el mensaje de Dios que se expresa en la historia del pueblo judío transmitido en el Antiguo Testamento. Todo ese acontecimiento Jesús-Cristo es la Palabra de Dios. Ese acontecimiento se actualiza hoy en la predicación.
Fundamentándose en un pasaje de la Sagrada Escritura que se proclama hoy y aquí, según el mandato y la disposición de la Iglesia, la homilía intenta comunicar a quienes la escuchan, el mensaje salvador de Dios, haciéndolo comprensible. Se parte del hecho de que Dios está hablando hoy en los acontecimientos, los cuales se iluminan a la luz de la Sagrada Escritura y de que la Iglesia autoriza y hace competente al predicador para cumplir esta tarea.
La homília tiene, en cierto sentido, un carácter sacramental porque es un signo (palabra) sensible que transmite a quien la acoge en la fe un misterio salvífico: “El Evangelio comunica la salvación a todos los que la acogen con fe” (Rm 1,16). La Sagrada Escritura, precisamente, es la que nos enseña, nos advierte, nos guía
respecto a la manera de actuar de Dios en la historia. La Biblia proclamada es el anuncio y la iluminación de ese actuar de Dios en nuestra historia.
La homilía no puede ser un discurso religioso cualquiera ni una exhortación moral de acuerdo con una ética social determinada. Ella debe fundamentarse en la Palabra de Dios contenida en la Escritura. Por lo mismo, la predicación debe hacerse con fe y devoción, con veneración y piedad. Ella es un acto litúrgico, es culto divino: “En el ejercicio sacerdotal que ejerzo mediante la predicación del Evangelio, me esfuerzo en que la oblación de los gentiles sea una ofrenda agradable a Dios” (Rm 15,16).
La predicación es un destello del misterio de la Encarnación: la Palabra de Dios aparece aquí y ahora en determinadas circunstancias. Así que la predicación debe revestir las formas humanas del lenguaje y de la expresión actual.
El misterio de la predicación se asienta en el misterio de la Palabra eterna que ha querido “encarnarse”. Es engendrada en el misterio de la Encarnación. Toma forma en la predicación de Jesús. Se vigoriza en el misterio pascual y crece y se desarrolla en la obra de la evangelización de la Iglesia. Así que la predicación es un ministerio, un servicio al plan predestinado por el Padre, al misterio de la Encarnación, a la obra evangelizadora de Jesús, al misterio pascual y a la obra de la evangelización de la Iglesia. Puesto que todas estas realidades miran al “Eschaton”, la predicación es una tarea escatológica, con la mirada puesta en el mañana de Dios y alimentada por la esperanza.
Pero la predicación es también, como todo el cristianismo, una obra paradójica. El predicador es un hombre limitado, pecador, impuro, siempre inferior al ministerio que se le encomienda: “Dijo Moisés al Señor: ‘¡Oyeme, Señor! Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil, ni aun después de haber hablado Tú con tu siervo; sino que soy torpe de boca y de lengua’. Le respondió el Señor: ‘¿Quién ha dado al hombre la boca? ¿Quién hace al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Yahvé? Así pues, vete, que yo estaré en tu boca y te ense-ñaré lo que debes decir’” (Ex 4, 10-12). Así mismo Jeremías reconoce su incapacidad ante la misión que el Señor le encarga: “‘¡Ah, Señor Yahvé! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho’. Y el Señor me dijo: ‘No digas: Soy un muchacho, pues a donde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte –oráculo de Yahvé-: Mira que he puesto mis palabras en tu boca’”(Jr 1, 6-9). Por su parte Isaías reconoce su impureza ante la santidad de Dios. Dios, sin embargo, lo purifica y le da la misión profética: “Ve y dile a ese pueblo” (Is 6, 4-9). Amós era pastor y cultivaba higueras, no era ningún profeta profesional, y sin embargo el Señor lo llama y le encomienda su Palabra: “El Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel” (Am 7, 14-15). La misma particularidad resalta en Pedro, que se reconoce pecador y es denunciado como pecador por el Nuevo Testamento, y, no obstante, el Señor le encarga una
misión. ¿ Y qué decir de Pablo? El mismo lo confiesa abiertamente: “Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy” (1Co 15, 9-10).
La predicación que programa y actualiza la gracia es la que hace que la Iglesia acaezca y crezca. La Iglesia, por tanto, vive de la predicación, aunque no solamente de ella; pero la predicación actualiza la Palabra que engendra la Iglesia y la alimenta, porque engendra la fe y la alimenta”: “la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo” (Rm 10, 17).
La predicación es sacramento de la Palabra. Ella es un instrumento humano, un símbolo humano que sirve al misterio de la Palabra. Ella es mísera, limitada, caduca, como todas las realidades visibles, pero se hace sacramento al ponerse al servicio de la Palabra del Señor: “El Espíritu del Señor habla por mí, su palabra está en mi lengua” (2S 23, 2). Predicar es ponerse al servicio de la Palabra, abrirse a ella, dejarse embargar por ella: “Me has seducido, Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido... La Palabra de Yahvé ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón, algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jr 20, 7-9). “Yo soy Yahvé tu Dios, que agito el mar y hago bramar sus olas; Yahvé Sebaot es mi nombre. Yo he puesto mis palabras en tu boca y te he escondido a la sombra de mi mano” (Is 51,15-16; Cf. 59, 21). Con todo, como lo proclama san Pablo, “Dios ha querido salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación” (1Co 1, 21).
¿Toda la predicación del sacerdote es servicio a la Palabra de Dios ex opere operato? Muchos lo consideran así y por eso no trabajan por comprender el Mensaje ni tampoco oran para que su predicación sea realmente servicio a la Palabra.
La oración es necesaria a la predicación de manera esencial. Sin encuentro orante y meditado con la Palabra, sin ruego, petición y súplica al Señor, la palabra humana no llega a ser verdadero servicio o es un servicio muy precario, incompleto y escaso a la Palabra. Cierto que el Señor puede utilizar a un mal ministro para comunicar su Palabra “ex opere operato”, pero esto no necesariamente ocurre y para que el acontecimiento de la predicación sea más pleno y completo debe estar apoyado en la oración. Esto es así para que se pueda hablar de siervos “oficiales” que han sido llamados y ya están consagrados a la ordenación; sin embargo, el Señor sigue respetando la libertad de su siervo que expresa su voluntad y decisión de servirle en la oración. El “ex opere operato” es de Dios que sigue siendo siempre fiel y que no revoca su llamada, pero no es del hombre, que es infiel y veleidoso y por eso tiene que reconfirmar sus decisiones. Sin la oración del siervo, el Señor considera que éste no está dispuesto a servirle. Pues una cosa es ser llamado y consagrado, otra reafirmar la
respuesta cada día mediante la oración. La vocación se reafirma: “Por tanto, hermanos, esforzaos más y más en consolidar vuestra vocación y elección; si lo haceís así, no fracasaréis”(1P 1,10). En la oración el siervo reafirma su aceptación del llamado que el Señor le ha hecho. No basta una vez haber dicho “sí” al Señor que llama. Es necesario que ese sí sea de toda la vida, de todos los instantes de la vida, y esto se hace de manera especial en la oración.
Además de la oración, la predicación exige del predicador un trabajo asiduo de investigación y profundización. Porque la Palabra es una realidad encarnada, y así como la encarnación del Verbo implicó siglos de preparación del pueblo de Israel por parte de Dios hasta la madurez o plenitud de los tiempos cuando apareció Jesús, así el que anuncia la Palabra debe preparar su transmisión. Así como la encarnación del Verbo no fue algo inmediato y ajeno al devenir de la historia, y así como el escultor que encarna una idea en el mármol debe trabajar con intensidad y vehemencia, así mismo la predicación es una tarea que reclama preparación y maduración. La predicación es una tarea que demanda profundo trabajo.
Puesto que la Palabra de Dios toma “forma” hoy y aquí al ser predicada, el que anuncia no puede darle cualquier forma, ni mucho menos una forma descuidada. El predicador debe estar muy atento a la “forma” con la que transmite hoy la Palabra. Así que su tarea mira a la Palabra que nos es transmitida en la Escritura, y a la forma como esa Palabra puede ser transmitida hoy de la manera más apropiada. Por eso mismo, la “predicación” es un culto, una acción litúrgica, pues así como en la Liturgia el Misterio de Dios es transmitido en formas visibles, de igual manera, en la predicación el Misterio de la Palabra es administrado en formas audibles: “He llegado a ser el ministro del Evangelio, conforme al don de la gracia de Dios a mí concedida por la fuerza de su poder” (Ef 3, 7).
Esta tarea de “dar forma” audible a la Palabra de Dios no consiste, como advierte san Pablo, en presentarla “con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia... ni buscando gloria humana” (1 Ts 2,5-6). Lo determinante en la predicación no es la forma humana que ella adquiere sino la Palabra misma que es la que determina “la forma”. Así como en Jesús lo determinante era el Verbo de Dios, así en la predicación es la Palabra de Dios. La “forma” debe dejarse llenar y condicionar por la Palabra: “Yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la Palabra o de la sabiduría a anunciaros el testimonio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios” (1 Co 2, 1-5).
Al no fundamentarse en la sabiduría de los hombres sino en la Palabra de Dios, la predicación no intenta ser un anuncio o un análisis político, ni filosófico, ni
ideológico, ni científico, ni moralista. Es decir, no puede tener el prestigio o el poder que viene de las simples ciencias humanas, aunque no rechace sus aportes. Pero su base, su estructura y su fuerza le vienen de la Palabra de Dios. De esta manera, la predicación es un don que se recibe en medio de la comunidad, como el sacramento, y puesto que es don que viene de lo alto mediando el instrumento humano, la predicación se celebra como un acto litúrgico, como un don de Dios que se recibe en la obediencia de la fe y en la ac-ción de gracias.
ADVIENTO
“Los sufrimientos del mundo son dolores de parto”
Domingo 1º de Adviento
Jr 33, 14-16; Sal 24; 1Ts 3, 12—4, 2; Lc 21, 25-28.34-36.
La Sagrada Escritura denomina “cólera de Dios” a la actual situación del mundo en la que Dios parece que se hubiera alejado y estuviera oculto y por lo cual reinan la violencia, la destrucción y la muerte. Es lo que expresa el mismo Señor por medio de Isaías: “Por un breve instante te abandoné... En un arranque de ira te oculté mi rostro por un instante” (Is 54, 7-8). Cuando Dios se aleja porque el hombre ha pecado, entonces éste queda abandonado a sus propios males. Tal es lo que la Sagrada Escritura denomina cólera de Dios y que El mismo explica a Moisés cuando le dice: “Este pueblo me será infiel y dará culto a los dioses de la tierra en la que vais a entrar. Me abandonará y romperá la alianza que yo he pactado con él. Pero aquel día se encenderá mi cólera contra él, los abandonaré y me esconderé; y le alcanzarán muchos males y desgracias que lo devorarán. Entonces se preguntará: ‘¿No me habrán alcanzado estos males porque mi Dios no está en medio de mí?’. Y ese día yo me esconderé todavía más, por la maldad que han cometido, volviéndose hacia otros dioses” (Dt 31, 16b-18).
Sin embargo, y como una gran noticia, en 1Ts 5, 9-10 se nos dice: “Dios no nos ha destinado para la cólera, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros”. No estamos destinados a vivir abandonados de Dios sino a entrar en comunión con El. En consecuencia, el hecho de que no estamos destinados a la cólera quiere decir que no debemos dejarnos dominar por el terror que el hombre trata de sembrar en el mundo para destruir toda esperanza. Los enemigos de la esperanza son muchos y buscan aterrorizar a los demás para que sean esclavos del miedo. Pero el cristiano no es esclavo de la cólera, ni del terror, ni del miedo. El cristiano es aquel que vive en medio del mundo con esperanza.
¿Qué significa aquí la esperanza? La esperanza cristiana se fundamenta, en primer lugar, en que el Señor de la historia es Dios. El mundo no llegará a su fin según el hombre y sus tendencias destructivas lo dispongan, sino que el mundo será transformado según la voluntad de Dios.
determinantes de la historia. La fuerza última y determinante es el poder salvador de Dios.
Dios no ha creado el mundo para destruirlo, dejándolo en el desamparo y presa de las fuerzas destructoras. Dios lo ha creado para transformarlo, dándole una consumación que El mismo ha planeado: “El nos ha dado a conocer el Misterio de su voluntad, lo que ha decidido realizar en Cristo, llevando la historia a su plenitud: haciendo que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 9-10). Lo que ordinariamente se llama fin del mundo es lo que la fuerza violenta del hombre quiere hacer: destruir el mundo que Dios le dio. Pero esto no significa que Dios vaya a destruir su creación. Dios le dará culminación. Es lo que explica san Pablo en la Carta a los romanos: “Por-que estimo “Por-que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. La creación entera espera con gran impaciencia el momento en que los hijos de Dios se manifiesten. Porque la creación fue sometida a la corrupción, no por su propia voluntad sino por voluntad de aquel que la sometió (es decir, el hombre), pero en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rm 8, 18-22). Dice claramente, dolores de parto. Esta misma expresión la utiliza Jesús de esta manera: “La mujer cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando el niño le ha nacido, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo” (Jn 16, 21).
Todo esto significa que los dolores de la historia son dolores de parto. A través de estos males Dios está operando la transformación del mundo. Los males no los crea ni los provoca Dios, son del hombre. Pero como dice también san Pablo: “Dios saca bienes de los males”, es decir, transforma el mal en bien para la realización de sus planes. Por eso no se trata de dolores de destrucción y aniqui-lamiento, sino dolores de creación. Por este dominio que Dios tiene sobre los males del mundo y de la historia, podemos decir que ellos son como los dolores de parto por los cuales Cristo está engendrando un cielo nuevo y una tierra nueva. Como dice el libro del Apocalipsis: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres...’. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado...” (Ap 21, 1.3-4).
“No puede tener fe el que busca la gloria del mundo”
Domingo 2º de Adviento
Ba 5, 1-9; Sal 125; Flp 1, 4-6.8-11; Lc 3, 1-6.
Después de nombrar a los señores y poderosos de su tiempo, Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Lisanias, Anás y Caifás, el evangelista nos presenta a Juan Bautista, un hombre que vivió en los desiertos hasta el día en que le fue dirigida la Palabra del Señor, anunciando que el Señor viene y “todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos lla-nos. Y todos verán la salvación de Dios”.
El profeta Baruc, tal como nos los dice la primera lectura, ya había anunciado que vendría la gloria de Dios y también que todo monte elevado y todo collado serían rebajados.
Tanto el Evangelio como Baruc anuncian dos cosas: toda altura será rebajada y los hijos de Dios serán liberados. Estas dos realidades están, efectivamente, relacionadas. Precisamente, Lucas nos ha mostrado los grandes de este mundo, que dominaban en el tiempo cuando iba a nacer Jesús, cuya gloria es una mentira y cuyo poder es causa de esclavitud para las gentes, porque como dice el mismo Señor: “Los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los que ejercen la autoridad sobre ellos se hacen llamar Bienhechores; pero no así entre vosotros” (Lc 22, 25-26). Sin embargo, los grandes y señores de la tierra están rodeados de una gloria que es meramente humana y que se funda en la mentira. El poder mentiroso de los grandes esclaviza y engaña a la gente. Y la gloria fundada en ese poder es también una mentira, porque la verdadera gloria es la que viene del Señor. Pero si la gloria humana enaltece mentirosamente a unos y humilla a otros, también falsamente, cuando aparezca la gloria de Dios la gente será liberada de esa mentira que la oprime y que crea injusticias y violencias inagotables. Esa gloria comenzó a manifestarse en Jesús que rechazó decididamente la gloria humana para poder así afirmar su libertad y dar a conocer su salvación: “Yo no busco la gloria que viene de los hombres... ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Jn 5, 41. 44).
En nuestra sociedad estamos siendo testigos de las calamidades, de la destrucción y muerte que ha sembrado la codicia por esa gloria humana que se ha apoderado de muchos. Esa gloria buscada con ardor en los que quieren elevarse por encima de los demás mediante los ídolos del éxito, la fama, el dinero y el poder. ¡Cuánta mentira! ¡Cuántas injusticias! ¡Cuántas guerras y violencias, que parecen no tener fin, se han producido entre nosotros por querer tener una gloria efímera y mentirosa!
Por eso mismo, la liturgia de hoy es un cuestionamiento que nos obliga a preguntarnos a cada uno de nosotros: ¿cuál es la gloria que desea mi corazón, aquella que viene de Dios o la gloria que da el dinero fácil, el éxito mundano y el poder sobre los demás?
de la gloria mentirosa que viene de los hombres. En toda Eucaristía, Cristo Jesús sigue su camino de humildad, rebajando todo collado y monte para hacernos a todos hermanos en la participación de una misma mesa. Porque la Eucaristía es el anuncio de que ningún hombre está por encima de su prójimo, sino que todos somos hermanos en el Señor.
“Luchar por una sociedad justa es preparar el camino
del Señor” Domingo 3º de Adviento
So 3, 14-18a; Is 12, 2-6; Flp 4, 4-7; Lc 3, 10-18.
Juan Bautista apareció para preparar la venida del Señor, para anunciar su llegada. Al escuchar su mensaje, la gente le preguntaba: ¿qué debemos hacer? Es la pregunta que también nosotros debemos plantearnos, porque los cristianos de hoy también esperamos la venida del Señor y preparamos sus caminos. Pero, ¿cómo preparar el camino del Señor, qué hacer para disponernos a su venida? El Señor vendrá para establecer su Reino, no somos nosotros con nuestros esfuerzos los que estableceremos el Reino. Sin embargo, con nuestro esfuerzo por crear una sociedad justa y fraterna, donde los bienes que Dios nos ha dado para todos sean compartidos, estamos disponiéndonos para la llegada de ese Reino y estamos preparando los caminos del Señor. Por tanto, el mensaje de Juan Bautista sigue resonando en nuestros oídos como hace dos mil años: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo... No exijáis más de lo que os está fijado... No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada”. Los dioses o ídolos de este mundo obligan a la gente a obrar mal, a explotar al prójimo, a robar, a extorsionar, a hacer acusaciones falsas, al peculado o robo de los bienes del erario público. Y es que los ídolos nos crean una falsa perspectiva sobre el futuro, llenándonos de miedo respecto a él. Aquí está la fuente de todos nuestros males, porque el miedo es mal consejero y nos obliga a obrar mal; pero cuando el Señor, el único Dios, venga, “la tierra saltará y exultará de todo corazón... No habrá ya miedo ni temor alguno... porque nuestro Salvador estará en medio de nosotros y nos renovará por su amor” (So 3, 14-18).
Esta esperanza es la que nos renueva y fortalece este tiempo de Adviento, y es la que alimentamos en cada Eucaristía que celebramos, porque el tiempo de Adviento y la celebración de la Eucaristía se unen en esto: en que son signos de esperanza porque son como una abertura hacia el futuro en que el Señor vendrá y nos colmará de su gozo y su alegría. Por esto toda celebración eucarística debe ser gozosa, y en ella cantamos y oramos con entusiasmo. Celebremos, pues, más que nunca en este tiempo de Adviento, nuestra Eucaristía y digamos con gozo:
“¡Ven, Señor Jesús!”.
“Todo se marchita y muere, pero la Navidad es un
nuevo comienzo”
Domingo 4º de Adviento
Mi 5, 1-4a; Sal 79; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-45.
Hay un hecho fundamental en la vida de cada ser humano y en la de todas las realidades que hay en este mundo: todo está sujeto a la caducidad y al desgaste. Es decir, todo se deteriora, se marchita y muere. Esto, naturalmente, produce desazón y abatimiento porque todos anhelamos tendemos a permanecer, a durar. De hecho, la muerte nos resulta extraña y rechazable aunque es una realidad tan natural como la salida del sol y la caída de la lluvia. A la muerte no nos conformamos, y ella, efectivamente, nos impide ser felices según aspiramos. Por lo mismo, siempre pensamos que la muerte es para los otros, no para mí. Sabemos que somos mortales, pero no nos enfrentamos con el hecho de que “yo moriré”. La muerte, nuestra propia muerte, nos es repulsiva y nos inven-tamos miles de distracciones para no enfrentarla.
Es por esto que un Salmo ruega de esta manera: “Señor, muéstrame lo corta que es mi vida y que mi fin vendrá inevitablemente; hazme consciente del poco tiempo que me queda... Todo hombre no es más que un soplo, nada más una sombra el humano que pasa, se preocupa y se alarma por nada, son un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las heredará” (Sal 39, 5-7). Y otro Salmo clama al Señor: “Tal vez viviremos setenta años, y el más robusto hasta ochenta, y la mayor parte de los años son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan... Enséñanos a entender cuán corta es nuestra vida para que adquiramos un corazón prudente” (Sal 90, 10.12).
Parecería extraño que hablaramos de esto cuando, precisamente, las lecturas que acabamos de escuchar nos invitan al entusiasmo y la alegría. La Sagrada Escritura, que es tan cruda en describir la situación humana sometida al pecado y a la ruina, nos invita también a la esperanza y al regocijo. El profeta Miqueas, en la primera lectura, anuncia que vendrá el Mesías que “será la Paz”. Y en el Evan-gelio todo es complacencia: “En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo y exclamó con gran voz: Bendita tú entre las mujeres... Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”.
Esto que se le dice a María es para nosotros, para todo cristiano y para todo creyente: “Feliz el que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas
de parte del Señor”. Es como si dijera: “Feliz el que ha creído en la Palabra de Dios porque acepta las promesas que en ella se contienen”. Recordemos que una vez dijo Jesús: “Feliz el que escucha la Palabra y la pone por práctica”. La Palabra de Dios no son sonidos, la Palabra de Dios son hechos, más aún, se resumen en un solo y grandioso acontecimiento que se llama ¡Jesucristo!
Y Jesucristo es Aquel que nos ha liberado del fin al que estamos sometidos y nos ha dado un nuevo comienzo. No deja de ser muy expresivo el hecho de que la Navidad la celebremos cuando termina el año. Sí, todo termina, todo está sometido a la caducidad y a la muerte, pero con Jesucristo todo comienza de nuevo. Con El ha llegado un nuevo nacimiento, una nueva vida, un nuevo futuro. Con El ha nacido la esperanza porque El es nuestra Paz. Celebremos, pues, la Navidad conscientes de nuestros límites, pero también conscientes de lo que hemos recibido en Jesucristo: un nuevo futuro, otro porvenir. Por tanto, no es la tristeza por lo que termina lo que debe embargar nuestro corazón, sino la alegría por lo que empieza.
NAVIDAD
“María es la imagen perfecta de la creatura recreada
por Dios” Solemnidad de la Inmaculada Concepción
de María
Gn 3, 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38.
En el seno de la Iglesia podemos contemplar multitud de misterios divinos, de acciones extraordinarias de Dios que nos llenan de admiración y regocijo, pero también de temor y reverencia. Todo el año litúrgico, en efecto, está colmado de celebraciones en las que se invocan y recuerdan los misterios salvadores de Dios para con su Iglesia y para con el mundo.
Esto lo podemos percibir de manera particular en este tiempo de Adviento y Navidad. Ahora, precisamente, nos preparamos para celebrar el gran misterio de la Inmaculada Concepción. Yo los invito a que reflexionemos un poco sobre el contenido de este misterio y a tratar de asimilar el mensaje y la revelación que nos trae.
Es muy significativo que celebremos este misterio el ocho de diciembre, en pleno tiempo de Adviento, cuando nos preparamos para recordar el misterio de la Navidad o de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
Al colocar esta fiesta en el ciclo de la Navidad, la Iglesia nos quiere mostrar que el misterio de la Inmaculada Concepción está íntimamente vinculado con el misterio de la Encarnación del Señor. En efecto, la Inmaculada Concepción de María presagia la grandeza del que ha de nacer y de la obra que ha de realizar. María Inmaculada es el signo, el anuncio, la proclamación de la inminente llegada del Salvador. ¿Por qué?
Inmaculada Concepción significa que María fue preservada del pecado en orden a su maternidad divina. Era necesario que la Madre del Redentor fuera santa y libre de todo mal. María nació sin pecado, fue santificada previamente por Dios para que fuera la Madre del santificador.
mundo alejado de Dios. Esto es un hecho del que nos damos cuenta claramente. Dios es el objeto de todos nuestros deseos, pero no lo vemos, no lo percibimos. Lo anhelamos y no sabemos quién es El. Esta es nuestra terrible situación y todo pecado personal que cometemos la reafirma y nos aleja más de El. Pero aunque estemos hundidos en el pecado, en lo íntimo de nuestro corazón queda la nostalgia, el deseo de Dios. Lo contrario de esa situación es la santidad. Cuando Dios está cerca, cuando Dios se comunica al corazón de alguien, esa persona es santa. Santidad, entonces, es la presencia de Dios.
Al decir que María fue exenta de pecado, queremos decir que en su ser y en su vida estuvo Dios presente y actuante desde el primer instante de su concepción. Ella no nació en la situación de ruptura y lejanía de Dios en que todos nacemos. Podemos decir que ella nació rodeada toda del infinito amor de Dios.
¿Por qué esta excepción? ¿Por qué este privilegio? Por varias razones. Una, porque si ella iba a ser la Madre del Salvador, de aquel que nos libraría del pecado, que nos acercaría de nuevo a Dios, convenía que gozara anticipadamente de la obra de su Hijo, que percibiera con anterioridad lo que su Hijo iba a realizar en todos los que por la fe habrían de acercarse a Dios. Es decir, puesto que ella habría de ser la Madre del Salvador, Dios quiso que experimentara en sí, previamente, los efectos de la obra salvadora. María, pues, fue santificada desde su concepción, en orden a su maternidad divina.
Pero además, en María se muestran anticipadamente los efectos de la obra salvadora para que ella fuera como la precursora de esa obra, la imagen y el anuncio de lo que sería la obra salvadora de Cristo. La Inmaculada Concepción de María es un misterio de amor de Dios que anuncia otros misterios de su infinito amor: los misterios de la Encarnación y de la Redención. Podemos, entonces, decir, que María fue concebida sin pecado para que colaborara con Dios, para que sirviera a Dios en los misterios de la Encarnación y de la Redención.
La obra de la Redención, que particularmente celebramos en Pascua, es llamada también en la Sagrada Escritura nueva creación, porque es mediante esa obra salvífica como Cristo Jesús nos recreó para Dios, pues a causa del pecado, de la lejanía que vivimos respecto a Dios, nuestro ser estaba como deteriorado, estropeado. Pero Cristo Jesús ha restaurado esa imagen y nos ha devuelto la amistad con Dios. Pues bien, en María se manifiesta esa restauración, esa criatura nueva querida por Dios de manera singular. Ella es la criatura de Dios preservada de caer en el deterioro del pecado, y por lo tanto, es la imagen de la nueva criatura sin el contagio del mal y del pecado.
Sin embargo, el misterio de la Inmaculada Concepción, como todo el misterio de María, no es posible entenderlo fuera de la Iglesia, porque ella es la imagen perfecta de la Iglesia. Quien no sea cristiano, quien no pertenezca a la Iglesia considerará toda nuestra devoción mariana y todo el misterio de María que
nosotros los cristianos celebramos con tanto regocijo, como algo extraño y, por demás, exagerado. Y es que el misterio de María, así como está dependiente de los misterios de la Encarnación y de la Redención de Cristo, es un misterio en función de la Iglesia. Es decir, María es la imagen de lo que debe llegar a ser la Iglesia. Ella, en efecto, es la Iglesia llegada a su perfección. Esto se entiende si tenemos en cuenta que la obra redentora se manfiesta en la Iglesia, y dentro de la Iglesia, y María es, por una parte, el primer fruto de la redención, y además, la máxima expresión de esa redención o salvación. Así que María Inmaculada es la imagen de la santidad plena de la Iglesia, es el límite hasta donde ha podido llegar la santidad de la Iglesia, hasta donde llega la inmensidad del amor salvador y santificador de Dios. No ha habido ni habrá criatura de Dios que llegue al extremo de la santidad de María. Si queremos conocer el amor que Dios nos tiene, consideremos, por tanto, a la Inmaculada Virgen María. Ella fue redimida anticipadamente, como una oferta amorosa de Dios. En ella nos comunica Dios a nosotros que de la misma manera somos redimidos sin mérito alguno de nuestra parte, simplemente porque Dios nos ama, y nos da como oferta amorosa esa salvación y santificación que brillan tan esplendorosamente en María.
Sin embargo, no pensemos que por ser predestinada María no fue libre, que Dios la obligó a que fuera santa y colaborara con El. El la predestinó con un amor singular y una gracia excepcional, pero María debió responder libremente, durante toda su vida, a esa gracia que se le daba. De hecho, ella acogió libremente el don de la Inmaculada Concepción como también el don de la Encarnación del Verbo y la consecuente maternidad divina. Su respuesta al Angel y su cántico del Magníficat expresan la aceptación de amor y de confianza al don y a la obra del “Santo y Poderoso, cuya misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen... y que se acuerda de su misericordia... en favor de Abraham y su descendencia por los siglos”.
Considerar, pues, el misterio de la Inmaculada Concepción de María, es considerar el misterio de la acción salvadora de Dios para con todos nosotros de generación en generación.
“En Belén empezó un nuevo futuro para el mundo”
Natividad de nuestro Señor Jesucristo
Noche: Is 9, 1-6; Sal 95; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14; Aurora: Is 62, 11-12; Sal 96; Tt 3, 4-7; Lc 2, 15-20; Día: Is 52, 7-10; Sal 97; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.
Hay misterios que nos fascinan y nos asombran. Hay misterios de amor y de gozo ante los que sólo cabe el silencio porque las palabras son pobres para
expresar lo que sentimos. Entonces descubrimos el lenguaje del silencio; pero también nos damos cuenta de que hay silencios de horror y de angustia, y hay silencios de gozo y de ternura.
Esta noche toda la Iglesia está colmada por este gozoso silencio, porque hoy recordamos uno de los dos más grandes misterios de nuestra fe: Dios, sublime por su fuerza, el Omnipotente creador de todo cuanto existe, el que afianzó la tierra y la creó habitable, el que despliega su infinita sabiduría en mundos inmensos e incontables, que puso sus límites al mar y leyes a los cielos, el que manifiesta su sabiduría en todas sus criaturas, el Dios por quien existen todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles, en quien fuimos elegidos antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo, en quien fuimos destinados a ser hijos de Dios, y en quien toda la creación y la historia humana alcanzarán su plenitud, ese Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos, se hizo hombre, nació en este mundo como un niño. Si los misterios de la creación nos seducen y los misterios de la historia nos desconciertan, este misterio de Dios hecho hombre nos hace callar de asombro y nos hace cantar de felicidad. Si supieramos leer el silencio del universo nos daríamos cuenta de que todo él está cantando esta noche con la Iglesia, regocijándose con ella, orando y alabando a Dios con ella por toda la tierra.
Quisiera tener un lenguaje lo más claro y expresivo posible para poder decirles a ustedes cuál es ese misterio que estamos celebrando, para invitarlos a mirar qué es lo que se esconde en Belén, qué fue lo que empezó en el vientre santísimo de María. Porque con el nacimiento de Jesús en Belén se inició un movimiento en el universo que sólo culminará al final de los siglos y que va creciendo con los tiempos. Permítanme que les recuerde las etapas de este misterio que se llama Jesucristo: Jesús anunciado por los profetas de Israel du-rante mil años, Jesús en el vientre santísimo de María, Jesús en la pobre y humilde cuna de Belén, Jesús que muere redimiendo al mundo en la Cruz, Jesús que duerme en el silencio terrible de la tumba, Jesús que resucita para llenar totalmente el universo con su poder y con su gracia, Jesús que habita silencioso y activo en el corazón de todo creyente, y lo va haciendo parte de sí y sigue creciendo de siglo en siglo construyéndose su cuerpo con todos los que lo acogen y se dejan irradiar por su fuerza y su poder, irradiación que llega hasta los límites de toda la creación. Hoy celebramos el nacimiento como niño en Belén de Aquel que vendrá, porque es el “Primero y el Ultimo; el que vive. El que estuvo muerto, pero ahora vive para siempre y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo” (Ap 1, 17-18), el Veraz que juzga y combate con justicia, el Rey de Reyes y Señor de los Señores.
Por eso, esta noche misteriosa recordamos no sólo lo que pasó hace unos dos mil años; hoy recordamos también lo que está pasando: el misterio insondable de Jesucristo. Contemplemos, hermanos, este misterio asombroso e infinito. Es un misterio que recorre los siglos; que empezó callado y humilde en Belén, que
nos ha asumido a nosotros en su torrente y que va impetuoso y firme hasta la culminación en el Cristo total, el Cristo cósmico, el Cristo universal, el Cristo del final de los siglos.
Navidad es el Cristo que está naciendo y creciendo con el pasar de los siglos. Navidad es el Cristo que empezó a nacer en Belén y sigue naciendo hoy y siempre en todo corazón en cuya profundidad brota la fe. Porque el que un día nació en el corazón de María por la esperanza y se encarnó en su vientre, también sigue naciendo por la fe en el corazón de todos los que lo aceptan, lo siguen y se unen a su obra, la del Cristo total, el Cristo consumado en el gozo del Padre.
Así que cada Navidad que celebramos es un paso más y una señal nueva en el caminar hacia el Cristo universal, nuestra plenitud, nuestra consumación.
Una noche de Navidad, en una aldea de Israel que se llama Belén, empezó un futuro nuevo para el mundo, que habría de asumir y transformar todo lo antiguo. Pues así como toda venida de un niño a un hogar es un futuro nuevo que arriba y cambia todas las perspectivas de aquella casa, así el nacimiento de Jesús en Belén ha significado la donación por Dios de un futuro insólito para el mundo. El mundo dormía, María miraba sin comprender y todo lo guardaba en su corazón, José atónito contemplaba y oraba, y en el cielo los ángeles cantaban.
Era sólo un niño, pobre y desconocido, pero El lo transformaría todo. El era el comienzo de algo tan grande y terrible como una nueva creación. Todo empezó en el silencio y la humildad, así como pequeña, humilde y silenciosa es la semilla en las entrañas de la tierra y luego brota y llega a ser un inmenso árbol en el que anidan las aves del cielo. Por eso el profeta Isaías pudo decir: “¿No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo? Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43, 18-19).
San Pablo nos dice que el “plan secreto que Dios ha tenido escondido durante siglos y generaciones y que ahora ha revelado a los que creen en El” es que Cristo habita en nosotros (Col 1, 26-27). Ese Cristo que nació en Belén sigue naciendo y creciendo hoy en los corazones de los creyentes. Este es el gran misterio de Dios, este es el gran secreto. ¡Adoremos este misterio!, ¡agradezcamos a Dios por lo que hace brotar en nuestros corazones! ¡Consideremos con fe esta fascinante obra de Dios y dejemos que El nos realice plenamente en Cristo! Así entenderemos que Navidad es también la fiesta de nuestro nacimiento: en Cristo, con Cristo y por Cristo.
“La familia es la base de una civilización del amor”
Fiesta de la Sagrada Familia
Si 3, 2-6.12-14; Sal 127; Col 3, 12-21; Lc 2, 41-52.
El papa Juan Pablo II define así lo que es la familia: “La familia es una comunidad de personas, para las cuales lo propio de existir y vivir juntos es la comunión”.
Fuimos creados para ser una comunión; y en esto, precisamente, nos ayuda la familia, esto lo aprendemos en la familia. Ella tiene su origen en el mismo amor con el que el Creador ama todo lo creado, y su modelo último está en el mismo misterio trinitario de Dios. Decimos último o más profundo, porque también tenemos el modelo histórico de la familia en la familia de Nazaret, ese misterio que hoy festejamos.
Antes de crear al hombre, parece como si el Creador hubiera entrado dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de alguna manera como el “Nosotros” divino. La “comunidad” familiar se origina en la comunión de los cónyuges, porque el matrimonio es una alianza de personas en el amor. Es del misterio del “Nosotros” trinitario del que también se deriva, en cierto modo, la comunión de las personas y, por lo tanto, la “comunión conyugal” se refiere también a este misterio. Pero además, y teniendo en cuenta que la comunión humana que buscamos en el matrimonio, en la familia, en la sociedad y en la Iglesia es algo deficiente porque está en proceso, la comunión de las personas en la familia debe ser preparación para la “comunión de los Santos”, que es la perfección de la comunión que anhelamos.
Mediante la comunión de personas, que se realiza en el matrimonio, el hombre y la mujer dan origen a la familia. El “nosotros” de los padres, marido y mujer, se desarrolla, por medio de la generación y de la educación, en el “nosotros” de la familia. Si en el dar la vida los padres colaboran en la obra creadora de Dios, mediante la educación participan de su pedagogía paterna y materna a la vez. Sobre la base de la comunión matrimonial, la familia está llamada a ser comunidad de personas. Cuando transmiten la vida al hijo, un nuevo “tú” humano se inserta en la órbita del “nosotros” de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo.
Así que la Iglesia defiende y promueve el valor de la familia porque ella nos ayuda y enseña a ser imagen y semejanza de Dios, es decir, nos educa para ser comunidad, como Dios que es una comunidad de personas.
Y puesto que la Iglesia debe ser también una comunidad y una comunión, los Padres de la Iglesia y la tradición cristiana, han hablado de la familia como “iglesia doméstica”, como “pequeña iglesia”.
Por lo mismo, la familia es el primero y más importante de los caminos de la Iglesia en este mundo. Es “célula vital de la grande y universal familia humana. Es la más pequeña y primordial comunidad humana”. Dios Creador llama al hombre a la existencia en el seno de la familia, y aquí comienza su gran aventura, la aventura de la vida. El hombre debe llegar a ser comunidad; y al
servicio de este plan de Dios está la Iglesia. La familia existe antes que el Estado o cualquier otra comunidad, y posee unos derechos propios que son inalienables. Sin embargo, la civilización actual parece haber renunciado en muchos casos a ser una civilización del amor. La Iglesia encuentra muchas formas de oposición por parte de los partidarios de una falsa civilización del progreso. Si por un lado existe la “civilización del amor”, por otro está la posibilidad de una “anticivilización” destructora, como demuestran hoy tantas tendencias y situaciones de hecho. El desarrollo de la civilización contemporánea está vinculado a un progreso científico-tecnológico que se verifica de manera muchas veces unilateral, presentando como consecuencia características puramente positivistas. Como se sabe, el positivismo produce como frutos el agnosticismo a nivel teórico y el utilitarismo a nivel práctico y ético. El utilitarismo es una civilización basada en producir y disfrutar; una civilización de las “cosas” y no de las “personas”; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. Vivimos una civilización consumista y hedonista. En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Basta examinar ciertos programas de educación sexual, o las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado “derecho de elección”. Un “amor no hermoso”, o sea, reducido sólo a satisfacción de la concupiscencia, o a un recíproco “uso” del hombre y de la mujer, hace a las personas esclavas de sus debilidades. Una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista no es ni puede ser nunca una civilización del amor. El individualismo de la sociedad actual supone un uso de la libertad por el cual el sujeto hace lo que quiere, estableciendo él mismo la verdad de lo que le gusta o le resulta útil. En la base del utilitarismo ético está la búsqueda constante del máximo de felicidad: una felicidad utilitarista, entendida sólo como placer, como satisfacción inmediata del individuo, por encima o en contra de las exigencias objetivas del verdadero bien.
Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu vientre” llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación.
“Todo año nuevo es un don de Dios y no depende del
destino” Treinta y uno de diciembre
1Jn 2, 18-21; Sal 95; Jn 1, 1-18.
todos los bienes que nos concedió en el año que ahora termina y para entregarle confiadamente el futuro que nos ofrece con el nuevo año.
Como cristianos, despedimos el año que se va con agradecimiento y recibimos el que viene con fe y esperanza. Pero al mismo tiempo que hacemos esto, los invito a que reflexionemos en una de las realidades de nuestra fe que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús.
Estoy hablando de la libertad que Cristo nos da respecto a los poderes que rigen este mundo tenebroso. San Pablo nos dice: “Dios nos libró del poder de las potencias tenebrosas que rigen este mundo y nos trasladó al Reino de su Hijo querido” (Col 1, 13). ¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué hablar de esto hoy treinta y uno de diciembre?
Hablamos de esto precisamente hoy, porque estamos despidiendo un año y saludando otro nuevo y porque mucha gente, los que no tienen fe y aun algunos cristianos, viven sometidos a esos poderes tenebrosos que rigen este mundo, son esclavos y no han conocido la libertad que Cristo nos da. En otro lugar nos dice san Pablo: “¿Por qué vivís vosotros como si todavía dependierais de las potencias cósmicas? Lo que las gentes dicen sobre los poderes cósmicos, no tie-ne nada que ver con Cristo. Cristo Jesús es Señor de todas las fuerzas y poderes de este mundo y vosotros no estáis ya sometidos a esos poderes” (Col 2, 20-22).
¿De qué poderes o potencias se trata? Bueno, pues se trata de esas quimeras o fantasías en cuyas manos pone mucha gente su futuro, toda su vida.
Mucha gente habla de la suerte, del destino, de la fatalidad, de los astros, del sino, de la fortuna, como si la vida de ellos dependiera de esas cosas. ¿Y qué son esas cosas? ¿Qué es el destino, qué es la fatalidad, qué es la suerte? Pues fuerzas oscuras que la gente cree que rigen sus vidas y determinan su futuro. ¿Pero qué nos dice la Sagrada Escritura? Ya lo hemos dicho, pero lo repito: “Cris-to Jesús es señor de “Cris-todas las fuerzas y poderes de este mundo y vosotros no estáis ya sometidos a esos poderes”. Y en otro lugar agrega san Pablo: “Dios ha quitado todo poder a los principados y potestades de este mundo tenebroso” (Col 2, 15). Como consecuencia, la vida del mundo, la vida de cada uno de nosotros no depende de ninguna fuerza misteriosa o tenebrosa, no depende de ningún destino ciego, o de una fatalidad, o de los astros. Nuestra vida, nuestro futuro depende de Cristo. El nos ha liberado. Por eso mismo nos dice la Primera Carta a los tesalonicenses: “Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas” (1Ts 5, 5). Es lo mismo que con otras palabras nos dice la Carta a los gálatas: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (Ga 5, 1). ¿De cuál esclavitud? Pues de la esclavitud de las tinieblas, del miedo, de las tales fuerzas ocultas o tenebrosas. Si perteneces a Cristo, ¿por qué te llenas de terror y miedo como si fueras esclavo? ¿Por qué piensas que tu
destino depende de esas tales fuerzas ocultas y no de Cristo a quien le perteneces por el bautismo y por la fe? En la Carta a los colosenses nos vuelve a decir san Pablo: “Dios les ha dado una nueva vida mediante la unión de ustedes con Cristo por la fe. Por tanto, pongan su corazón y sus pensamientos en esa nueva realidad” (Col 2, 6-7) y no se sometan a las fuerzas y poderes de que tantas gentes hablan con el fin de reducirlos nuevamente a la esclavitud. No vivan en la angustia, no vivan en el miedo, sino en la libertad y en la alegría de los hijos de Dios. Nuestro futuro, nuestro año nuevo, no nos lo da las fuerzas ocultas, ni la suerte, ni el destino. Nuestro nuevo año es un don de Dios, porque pertenecemos a Cristo, es El quien nos guía, es El quien nos lleva hacia el Reino del Padre, es El quien cuida de nosotros.
¿Por qué entregas el cuidado de tu vida, por qué entregas tu futuro y tu mañana a tales fuerzas ocultas que Cristo ha reducido a la nada? Mira, pues, el nuevo año como un don de Dios, mira el futuro como obra de Cristo en tu vida, y por tanto, míralo con alegría, con esperanza. Lo malo que te pueda suceder no es porque Cristo quiera dártelo, sino porque mientras caminamos por este mun-do el mal tratará de atraparnos, de destruirnos, de acabar con nuestra fe, de amilanarnos para aniquilar nuestra esperanza. El mal que te pueda suceder lo afrontarás si tienes las fuerzas de la fe y de la esperanza. Pero si te llenas de miedo y de angustia, si caminas por el mundo como esclavo de las potencias de este mundo tenebroso y no afirmas la libertad que Cristo te ha dado, entonces no caminas hacia el Reino de Cristo, hacia la Casa donde el Padre te espera para hacer una fiesta por tu llegada.
¿Se dan cuenta ustedes de que para nosotros los cristianos un nuevo año no significa hundirnos en un abismo oscuro? ¿Se dan cuenta ustedes de que para nosotros los cristianos un año nuevo es un don de Dios, un camino que el Señor nos abre para que avancemos hacia su Reino de luz, de paz y de verdad?
El sentimiento que, como personas de fe, debemos tener esta noche y en el año nuevo, está maravillosamente expresado en el salmo 23 (22), que yo recomiendo orar en estos días, sobre todo a las personas que se sientan tentadas por la angustia o el miedo ante el futuro. El salmo dice:
“El Señor es mi pastor, nada me falta.
En verdes praderas me apacienta, hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma.
Me guía por senderos de justicia, por amor de su nombre.
Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré... Tú preparas para mí una mesa, frente a mis enemigos... Sí, la dicha y la alegría me acompañarán todos los días de mi vida; mi morada será la casa del Señor, por años sin término”.
“Las apariciones de la Sma. Virgen María no son
dogma de fe” Octava de la Navidad del Señor
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Nm 6, 22-27; Sal 67; Ga 4, 4-7; Lc 2, 16-21.
La liturgia de la Iglesia que signa y orienta el paso del tiempo mediante la celebración de los misterios cristianos, enseñando así a los cristianos el sentido de la vida y de la historia humana, está toda envuelta en una belleza realmente espléndida. Pero particularmente la liturgia de este tiempo de Navidad es como si fuera todo poesía.
Hoy aparece en su grandeza y misterio la figura humana más destacada de este ciclo navideño: María, la Madre del Señor. La Iglesia le da el título de Madre de Dios para expresar su excelsa dignidad.
¿En qué consiste esa grandeza de María y por qué “todas las ge-neraciones la llaman bienaventurada” y la Iglesia le tiene un culto superior al de todos los santos?
“Cuando hace dos mil años su vientre fue tocado por la eternidad, la Virgen María de Nazaret exclamó: ‘Todas las generaciones me llamarán bienaventurada’. Entre todas las mujeres que han vivido, la madre de Jesucristo es la más celebrada, la más venerada, la más representada en cuadros y pinturas, la más honrada al darse su nombre a niñas y a iglesias. Hasta el Corán de los musulmanes alaba su fe y su virginidad. Entre los católicos, la Sma. Virgen es re-conocida no sólo como la Madre de Dios sino también, de acuerdo con los últimos Papas, como la Reina del Universo, la Reina del Cielo, el Trono de la Sa-biduría y aun como la Esposa del Espíritu Santo. Para darnos una idea de los títulos que la Iglesia le ha dado, basta pensar en la cantidad incalculable de advocaciones con las que se le invoca, o recordar, simplemente, las letanías marianas.
También María es la mujer más controvertida de la historia. Por siglos los protestantes se han opuesto con vehemencia a su exhaltación. Y las maravillas sobre María se presentan hoy más que nunca. En una época en que los científicos debaten las causas del nacimiento del universo, tanto la veneración como el conflicto en torno a María han alcanzado niveles extraordinarios. Una reviviscencia de la fe en María se está extendiendo por todo el mundo. Millones de creyentes están fluyendo hacia los santuarios. Aún más notable es el número de visiones de la Virgen que han proclamado en los últimos cinco años, desde
Yugoslavia hasta Colorado en los EE. UU.
Multitudes de gentes en todo el mundo están viajando a grandes distancias para demostrar personalmente su veneración a la Sma. Virgen. El siglo XX se ha convertido en la era de las peregrinaciones marianas. Algunos ejemplos: “Lourdes, que es el más grande de los 937 santuarios que tiene Francia, ha recibido en los dos últimos años 5 millones y medio de peregrinos. Fátima, en Portugal, ha recibido 4 millones y medio de peregrinos en un solo año. Czesto-chowa, en Polonia, ha recibido otros 5 millones de peregrinos en un año. El santuario de Knock en Irlanda recibe 1 millón y medio de peregrinos cada año. El santuario de Maryland en EE. UU., uno de los 43 grandes santuarios marianos de ese país, recibió medio millón de peregrinos recientemente, y el santuario de Medjugorje en Croacia —antigua Yugoslavia— ha recibido más de 10 millones de peregrinos desde 1981”. ¿Qué debemos decir nosotros a todo esto? ¿Qué actitud debemos tomar como católicos ante este fenómeno?
1) Hay un hecho: María tiene una misión para con la Iglesia y el mundo, misión de protección e intercesión ante Dios.
2) Sus manifestaciones, unas son ciertas, otras son falsas. Unas llevan a la verdadera fe, otras son histerismo colectivo. ¿Cómo saber? María no revela nada nuevo respecto a la Revelación. Ella no da ningún secreto. No pretende enseñar algo desconocido. Ella simplemente mueve a la fe y a la piedad. Su tarea es promover la fe. Ella invita a la oración y a la penitencia.
3) No hay obligación de creer en las apariciones, ni siquiera en aquellas más aceptadas generalmente. No porque una persona no crea en las apariciones de la Sma. Virgen en Fátima o en Lourdes, por eso está en pecado o deja de ser católico. Deja de ser católico si no acepta la revelación que nos ha dado el Señor, o si no venera a María, como Madre de Jesús y Madre de Dios. Las apariciones de la Sma. Virgen no son dogma de fe. Los católicos visitamos los santuarios marianos, ante todo, para venerar y honrar a María la Madre del Señor, la Madre de Dios, independientemente de si es cierta o no su aparición en ese determinado lugar. La fe no se fundamenta en apariciones y los católicos debemos recordar lo que Jesús dijo a Tomás: “¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29).
Lo que está al origen de todo es el designio misterioso de Dios, la elección que El ha hecho de María para realizar su obra salvífica. Nosotros los católicos la veneramos inmensamente, como lo estamos haciendo hoy, sobre todo por ese título sin-igual: Madre de Dios. María supo responder a la oferta de Dios. Su respuesta de fe la llevó a realizarse como la Madre de Dios. Ese misterio es una revelación del plan de Dios, de su actitud para con su creatura y de la forma como nosotros debemos responderle. En esto, María es nuestra guía y maestra. Por esto también le damos gracias en este día, al iniciar el nuevo año.
Señor
Is 60, 1-6; Sal 72; Ef 3, 1-3a.5-6; Mt 2, 1-12.
Los profetas del Israel habían anunciado la venida del Mesías, e Israel lo esperaba ansiosamente, pero cuando vino no lo reconocieron ni lo aceptaron. Esta es una gran tragedia y una terrible ironía. ¿Por qué no lo aceptaron si tan ardientemente lo esperaban? No lo aceptaron porque no vino como ellos querían. Ellos esperaban un gran Rey, revestido de fuerza, poder y riqueza, que utilizaría ese poder para destruir a los enemigos de su pueblo y darle las libertades políticas y económicas que ellos deseaban.
El Mesías, el Salvador, no nació según la gente quiere y desea que debe ser un Rey: ¡deslumbrante, lleno de lujo, de poder, que subyugue, que impresione y maraville! Jesús, en cambio, nació en una pesebrera, sin riqueza, sin poder, sin lujo. Frustró las esperanzas del Rey-Mesías tal como lo esperaba Israel. ¿Por qué? Porque Dios no actúa como nosotros pensamos que debe actuar. La Sagra-da Escritura nos lo repite de muchas maneras. Recuerden ustedes esto que Jesús dijo a los fariseos: “En realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios” (Lc 16, 15), y en Isaías nos dice el Señor: “Porque mis planes no son como vuestros planes, ni vuestros caminos como los míos, oráculo del Señor. Cuanto dista el cielo de la tierra, así mis caminos de los vuestros, mis planes de vuestros planes” (Is 55, 8-9). Por esto, precisamente por esto, el Evangelio de san Lucas nos dice: “Los fariseos y los doctores de la ley frustraron el plan de Dios para con ellos” (Lc 7, 30).
Que esto sea así, que muchos se equivocan sobre la obra de Dios y frustran el plan de El para con ellos, lo reafirma el mismo Jesús cuando dice con tono amargo: “¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos muchachos que se sientan en la plaza y, unos a otros, cantan esta copla: ‘Os hemos tocado la flauta y no habéis danzado; os hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado’. Porque vino Juan el Bau-tista, que no comía ni bebía, y dijisteis: ‘Está endemoniado’. Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de los publicanos y pecadores’” (Lc 7, 31-34).
El texto del Evangelio que hoy hemos escuchado nos muestra también esta terrible ironía: nace Jesús; Herodes, el rey, y toda Jerusalén se sobresaltan. En cambio, unos sabios de Oriente, unos paganos que no conocían las Escrituras ni los oráculos de los profetas, vienen a adorarlo. Israel no lo reconoció, no lo aceptó y, sin embargo, desde entonces, los otros pueblos del mundo han ido re-conociéndolo cumpliéndose así la profecía de Isaías, que escuchamos en la primera lectura: “A tu luz caminarán los pueblos y los reyes al resplandor de tu aurora. Alza la vista y mira a tu alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos”. Los sabios de Oriente son también un símbolo y una profecía: ellos significan los reyes de la tierra que en
el transcurso de los tiempos adorarían al Señor.
San Pablo se planteó este mismo problema, y oigan lo que dice en la Carta a los romanos: “¿Qué concluir de esto? Pues que los paganos, que no se esforzaban en buscar la salvación, recibieron esa salvación a la que se llega por medio de la fe. Israel, en cambio, afanándose por cumplir una ley que debía llevar a la salvación, ni siquiera cumplió la ley. ¿Sabéis por qué? Pues porque, al prescindir de la fe y apoyarse en sus obras, tropezaron en aquella piedra puesta como prueba” (Rm 9, 30-32). Y más adelante agrega: “Pregunto todavía: ¿Habrán tropezado los israelitas de manera que sucumban definitivamente? ¡De ninguna manera! Por el contrario, con su caída ha llegado la salvación a los paganos, quienes a su vez han provocado la emulación de Israel. Y si su caída y su fracaso se han convertido en riqueza para el mundo y para los paganos, ¡qué no sucederá cuando alcancen la plenitud!” (Rm 11, 11-12).
Esta fiesta de la Epifanía nos invita a reflexionar sobre un gran misterio que se está desarrollando en la historia y que todavía no ha alcanzado su plenitud. Ese misterio es que Cristo Jesús debe ser conocido y reconocido en el mundo entero. Sin embargo, aunque mucho se ha avanzado, aún falta más. Lo cual significa que el mundo no se va a acabar todavía como tantos profetas falsos están gritando por ahí. Además, Dios está actuando en la historia, pero recordemos, actúa de una manera misteriosa, callada, escondida, pero firme y definitiva. Así como Herodes y la gente de Jerusalén se alborotaron e hicieron un gran escándalo, no por eso lograron acabar con ese niño aparentemente tan débil, en brazos de una mujer aparentemente también muy delicada. ¿Y quién triunfó? La causa de Jesús sigue en el mundo mientras que Herodes y sus secuaces pasaron como tantos tiranos de la historia.
Por último, el triunfo de Jesús será el triunfo de la verdad, del bien, de la vida, del amor, de la justicia y de la paz. No se entiende, pues, cómo es que algunos estén anunciando una venida catastrófica de Cristo. El vendrá para consumar su obra, no para destruirla. Destruirá sí la mentira, el mal, la muerte, y esto ¿no debe alegrarnos? Pienso que debemos tomar muy en serio las palabras de san Pablo en la Carta a los romanos: “Si el rechazo que los judíos hicieron de Jesús tuvo como consecuencia que la salvación llegara al mundo entero y se convirtiera en riqueza para el mundo y para los paganos, ¡qué no sucederá cuando alcancen la plenitud!”, es decir, ¡qué no sucederá cuando El vuelva! (Rm 11, 12).
El libro del Apocalipsis expresa esta consumación de la obra que empezó en Belén de esta manera: “Después de esto, oí en el cielo algo así como la voz potente de una inmensa muchedumbre que cantaba: ‘¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios, que juzga con verdad y con justicia. El ha condenado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra con sus pros-tituciones...’. Oí luego algo así como la voz de una inmensa muchedumbre, como la voz de aguas caudalosas, como la voz de truenos fragorosos. Y decían: