HIGIENE MENTAL
DE LA FAMILIA
HIGIENE MENTAL DE LA FAMILIA Autor-Editor: Pablo Ramiro Núñez García
ISBN: 978-9972-33-762-8
Primera edición, octubre de 1998 Quinta edición, abril de 2008 Tiraje
1000 ejemplares
Diseño de carátula: Renzo Diez Canseco y Adrián Núñez Fotografías de carátula e interiores: Aires
Corrección de estilo: Lidia Ferdmann Diagramación y cuidado de edición: SINCO editores
Impresión: SINCO editores
Jr. Huaraz 449 - Breña • Teléfono 433-5974
Catalogación hecha por Centro de Documentación OPS/OMS en el Perú
Higiene mental de la familia / Pablo Ramiro Núñez – 5 ed. – Lima, P. R. Núñez, 2008. 158 p.
SALUD MENTAL / SALUD DE LA FAMILIA /
RELACIONES FAMILIARES / EDUCACIÓN DE LA POBLACIÓN / PROMOCIÓN DE LA SALUD / PERÚ
Capítulo 1 La pareja 15
Capítulo 2 La sexualidad de la pareja 25
Capítulo 3 Embarazo y parto 39
Capítulo 4 El primer año de vida 49
Capítulo 5 Estimulación temprana 67
Capítulo 6 La primera adolescencia 81
Capítulo 7 Los terrores de la infancia 89
Capítulo 8 La personalidad demostrativa 99
Capítulo9 El período de latencia 107
Capítulo 10 Preadolescencia y adolescencia 115
Capítulo 11 Drogadicción 129
Capítulo 12 El manejo de la disciplina 139
Cuando, obedeciendo demandas de personas interesadas en edu-car bien a sus hijos, se me ocurrió la idea de crear una escuela para padres, no imaginé el desarrollo y expansión que esta intuición iba a tener, al punto de que pronto se hicieron escuelas para padres de distinto cuño y orientación, incluso en otros países. Sin embargo, algu-nos conceptos fueron desvirtuados en algualgu-nos casos. Eso me animó a publicar una síntesis de las principales ideas desarrolladas durante el «dictado de las escuelas». Así nació Higiene mental de la familia, cuya cuarta edición es ahora posible gracias a la invalorable participación y colaboración de la Organización Panamericana de la Salud, a la cual expreso mi reconocimiento. Esta edición ha sido revisada y se le han incluido nuevos conceptos, fruto de la discusión con colegas y otros especialistas relacionados con la formación de personas.
Deseo agradecer a los psicólogos y educadores que han contribui-do a la difusión de estas nociones y muy en particular a quienes con sus críticas han avivado y mejorado el diálogo sobre la educación de nuestros hijos.
La compleja organización de la sociedad moderna y las transfor-maciones aceleradas e incesantes ocurridas en los tiempos recientes han generado hondos cambios que afectan severamente los vínculos entre las personas. Esto determina estilos de la relación que requie-ren de una comprequie-rensión tal que esclarezca los modos en que se han trastocado los valores sociales. De esta manera tendremos la posibi-lidad de explicarnos qué nos ocurre, cómo nos estamos formando, si existen formas de impedir desórdenes en las personas que afectan el bienestar individual y social.
La enorme maraña de complicaciones surgidas de nuestra estructu-ra social contribuye al desarrollo de comportamientos que hacen sufrir a quien los tiene y, cada vez con más frecuencia, a quienes lo rodean. Y esto sucede a pesar del intento deliberado por lograr la deseada ar-monía para sí y para los otros. Este hecho contradictorio se origina, par-cialmente, en la carencia de conocimientos que tiene la sociedad para formar a las personas. Este libro pretende llenar en parte este vacío aspirando a que su información se incorpore al bagaje de actitudes ne-cesarias para facilitar esa armonía. No hay duda de que la información es el factor primigenio en el mejoramiento de la calidad de vida.
Conociendo la influencia determinante de los primeros años de la vida y la importancia que en estos años tienen las relaciones familia-res y especialmente el vínculo con los padfamilia-res, será necesario brindar la mayor información posible para lograr un óptimo beneficio de la formación de la persona. Conocimiento viene del griego gnosis, cuyo significado es «conocer para salvar»; ninguna palabra podría ser más adecuada en este caso.
En ese sentido, este libro será una especie de introducción a la hi-giene mental de la familia, un cursillo de prevención de la salud
men-tal, entendiéndola como la capacidad de disfrutar integralmente de las posibilidades de la vida ajustándose a los cambios y participando creativamente de ellos. Por tanto, interpretaremos a la salud mental no como un absoluto, sino como un potencial del que podremos lo-grar cada vez mayor desarrollo.
Sería ingenuo y excesivamente optimista prometer con este libro la panacea de la salud mental. Sin embargo, trataremos de dar la infor-mación pertinente para evitar equivocaciones que afecten el normal desarrollo de la personalidad y reducir el riesgo de que estas puedan originar enfermedades y, hasta donde sea posible, corregir procesos negativos ya iniciados. Decimos esto pues en muchos casos esta in-formación tendrá que ser auxiliada con el apoyo de procedimientos terapéuticos.
Plantearemos aquí solo el tipo de problemas susceptibles de ser solu-cionados a base de información, dando además los conocimientos que poseemos en la actualidad para aumentar las capacidades que, como el intelecto, mejoran con la adecuada estimulación. Este libro será de mayor utilidad para la formación de los niños, y el provecho será mayor cuanto más temprano podamos aplicar en ellos esos conocimientos.
Una precaución inicial: ante este tipo de temas, es casi inevitable que algunas personas se sientan involucradas y aludidas y, de algún modo, tiendan a considerarse culpables del posible daño causado a sus hijos o menores a su cargo, tomando la exposición de estos temas como críticos y sancionadores. Conviene precisar, en consecuencia, que la ausencia de conocimientos no debe ser motivo de culpa y que el solo hecho de leer este libro pone de manifiesto la mejor volun-tad para formar a los hijos adecuadamente. Como esta información se transmitirá en las actitudes que tengamos hacia los menores, al ser incorporadas por ellos serán transmitidas al llegar a la adultez a sus respectivos hijos. De ser así, podremos lograr que fallas «históricas» sean corregidas y superadas.
Finalmente, estos conocimientos no son nada más que el inicio de una aproximación que brinde un estilo más ajustado a las condiciones
que psicólogos, educadores y médicos encuentren en estos datos una invitación para superarlos, enriqueciendo con profundidad cada vez mayor lo que aquí apuntamos.
Y si, por último, algunos o muchos padres modifican con la lectura de este libro aquello de que «todas las profesiones se aprenden; para ser padre se improvisa», el propósito de este libro se habrá cumplido.
La pareja
A pesar de la enorme importancia de las interacciones entre el in-dividuo y la familia, no se ha podido establecer aún con precisión la forma del intercambio entre ambos.
No obstante, en el contexto de la familia, la pareja de padres, como núcleo gestor de la célula familiar, contiene algunas constantes de las que se puede afirmar que producen efectos imborrables sobre la con-ducta de sus descendientes.
Si rastreamos la manera en que se organizan estas influencias, po-demos establecer que su origen antecede el nacimiento de los hijos.
Una de las modalidades de la relación de la pareja que influye ne-gativamente en el contexto de las relaciones familiares y, por ende, en la formación de la personalidad de los hijos, está dada por la discre-pancia entre la comunicación manifiesta y los mensajes no manifies-tos.
En las relaciones de las personas suelen existir impresiones, sensa-ciones, opiniones y vivencias que pueden compartirse con la pareja. Este es el nivel manifiesto de la comunicación. Por otra parte, existe una gama variada de las vivencias que por diversas circunstancias no son transmitidas a la pareja. Este es el nivel no manifiesto de la comu-nicación entre las partes. Es fácil observar que cuando las discrepan-cias entre estos dos niveles de la comunicación se profundizan, los efectos nocivos en la formación de los vástagos se hacen evidentes en alteraciones de la conducta, preocupantes para la familia y la escuela. De forma tal que, si se lograra reducir esta discrepancia, los efectos sobre la cohesión del grupo familiar beneficiarían a la familia,
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viendo un clima de confianza y seguridad propicio para la formación del niño.
Conviene, en consecuencia, determinar los factores que inducen al divorcio entre lo manifiesto y lo no manifiesto. Salta de inmediato a la vista del observador que el factor más determinante, responsable de la discrepancia, es el sentimiento de culpa, el que resulta agrava-do cuanagrava-do se agregan conductas de fiscalización y control entre los miembros de la pareja.
Todas las personas poseemos impresiones de la realidad y fanta-sías sobre ella de las que con frecuencia nos sentimos avergonzados, pues nuestra cultura ha establecido una suerte de calificación de estas vivencias otorgándoles connotaciones morales, unas veces positivas y otras veces negativas. Nuestros sentimientos, fruto del encuentro del sujeto con su realidad, son calificados de acuerdo con este sistema valorativo, y así experimentamos la impresión de que tenemos sen-timientos buenos y sensen-timientos malos. Amar será normalmente un sentimiento vivido como bueno y envidiar será vivido como un sen-timiento malo. Por lo tanto, estamos en libertad de expresar amor, y prohibidos, no solo de expresar envidia, sino incluso de sentirla.
Pero las relaciones entre las personas originan toda forma de sen-timientos y será imposible excluirlos en una relación de pareja pues, cuanto más estrecho es el vínculo, serán más intensos y variados.
Resultado de la vergüenza ocasionada por sentimientos no com-partibles, se va ahondando una brecha en la comunicación de la pa-reja que lleva imperceptiblemente a relaciones con un conflicto en crecimiento.
Una parte de la pareja expresa aquello que puede compartir y, sin embargo, experimenta vivencias que oculta. Entonces la persona tie-ne doble tipo de relación con su compañero y a éste itie-nevitablemente le ocurrirá lo mismo. Resultado, hay cuatro modalidades de comunica-ción en un solo vínculo. Como ambos tienen algún grado de concien-cia de lo que les ocurre, despierta en ellos el temor de ser
descubier-tos en su dualidad, y esto es solamente el paso inicial para percibir al otro como alguien que sospeche de uno mismo. Por un mecanismo de proyección (atribuir a los demás lo que nosotros experimentamos) se convierten automáticamente en vigilantes llenos de sospecha so-bre la conducta de la pareja. Así, ambos se convierten recíprocamente en sospechosos y perseguidores. En un clima así, las relaciones de pa-reja y la vida familiar serán un medio impregnado de tensiones donde el amor, como sentimiento integrador, se irá desdibujando. La secuela inevitable será el crecimiento desmedido de los factores destructivos de la cohesión familiar. Es ahí donde están ya dadas las condiciones para la gestación de enfermedades emocionales de los vástagos. La pareja deja de ser razón de bienestar y se convierte en una carga difí-cil de sostener.
Pongamos un ejemplo: un correcto señor camina con su esposa por una calle cuando de pronto aparece una dama muy atractiva a quien él no podrá evitar mirar. Inmediatamente se siente incómodo, pues le parece que su esposa puede notar ese interés, y pasará a te-mer ser descubierto y sentirse vigilado.
La relación se volverá cuadrangular de esta manera: el señor del ejemplo se siente censurado y vigilado; lógicamente, tiende a escon-derse. Tal comportamiento pone en alerta a su esposa, convocando en ella una actitud persecutoria. Tenemos ya un perseguido y un per-seguidor. Por el mecanismo de proyección al que aludimos anterior-mente, el perseguido en algún momento se convierte en perseguidor. Este mecanismo es necesario en la conducta humana, pues permite descargar en otros nuestra propia tensión, reduciendo el nivel de an-siedad de nuestra carga. Tenemos ahora otro perseguidor y una per-sona más, sospechosa. Esta es la manera como tenemos en un solo vínculo de pareja dos perseguidores y dos perseguidos.
Como la frecuencia de incidentes de este tipo se acumula en algún momento, cada uno de los miembros de la pareja termina amurallán-dose en su propio territorio, viendo al otro no como su compañero, sino como una suerte de cuasienemigo de quien debe protegerse.
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Se produce de esta manera un incremento de la ansiedad, al que circunstancias naturales de la vida, que de por sí son bastante ansió-genas, agregan tensión. Se observará entonces que los conflictos de la pareja se exacerban, descargando una ansiedad residual que será absorbida por los niños de la familia. Adicionalmente, los hijos pue-den ipue-dentificarse con estos modelos y formar disposición a sentirse sospechosos o perseguidos.
¿Por qué plantearse, entonces, la convivencia con el ser amado como un vínculo de culpa y traición? ¿Por qué, además, tiende a ge-nerarse una espiral creciente de tensiones intraconyugales? Ello se ex-plica porque las incidencias propias del conflicto conyugal movilizan vivencias tempranas desarrolladas con mucha ansiedad cuando los miembros de la pareja padecieron en su niñez conflictos semejantes con sus respectivos padres. Se juntan entonces tensiones actuales y ansiedades tempranas.
Se hace fundamental para la pareja romper el circuito.
¿Cómo resolverlo? El procedimiento es relativamente sencillo: Primero, todos tenemos que comprender que los sentimientos son inherentes a la naturaleza humana: así como poseemos corazón y ri-ñones, así tenemos resentimientos, ternura, miedos, etc.
¿Es malo acaso tener corazón y riñones? ¿Por qué, entonces, tener re-sentimientos, ternura o envidia tendrá que ser moralmente calificado? El corazón y los riñones, así como el resto del organismo, existen para cum-plir funciones, sin las cuales la vida humana no sería posible. Del mismo modo, todos los sentimientos son parte constitutiva de un organismo psíquico viviente, y cada uno de ellos cumple una función en la econo-mía de la personalidad. Los psicólogos tienen capacidad de precisar con exactitud el funcionamiento e importancia de cada uno de estos senti-mientos, y su utilidad en el ajuste de la persona con su derredor. No tiene sentido, en consecuencia, avergonzarse de poseerlos.
Segundo, no habrá entonces razón para guardar con la propia pa-reja nuestros sentimientos. La solución, entonces, será viable con solo
verbalizarlos. Confiar nuestros sentimientos a nuestra pareja hará que podamos ser más comprendidos y reducirá significativamente el ries-go de los conflictos. Estos no van a desaparecer, pero podrán ser ma-nejados de una manera enriquecedora.
Las religiones y los sistemas valorativos o códigos morales, contribu-yen a deformar el significado psicológico de los sentimientos, dando lu-gar a que sean considerados vergonzosos. Así, por ejemplo, se identifica a la envidia como un pecado; el deseo es criticado y reprobado, etc. Por la influencia que las religiones tienen en la pareja, especialmente en el matrimonio, contribuyen a formar la falsa idea de que la pareja debe ex-perimentar solamente vivencias propias del paraíso terrenal, forzando a sus miembros a mostrar una falsa imagen de sí mismos. No entendemos por qué las religiones y demás códigos morales han sustituido sus prin-cipios de amor y perdón por la culpa y la sanción. ¿Quizá tendría más relación con el afán de control y poder sobre la gente?
Otro equívoco de trascendencia considerablemente negativa en las relaciones de pareja es el de creer que los sentimientos de ambos deben ser necesariamente idénticos y de tener una especie de cons-tancia absoluta: se debe amar a la pareja a dedicación exclusiva las veinticuatro horas del día, y algunas veces este sentimiento deberá sostenerse hasta en las imágenes oníricas.
El amor es parte del proceso de la vida; hay momentos en que amamos, otros en que trabajamos, otros en que retozamos, otros en que odiamos, etc. Hay momentos para cada cosa: esto es lo real. Sin embargo, por encima de sentimientos circunstanciales particulares, existe normalmente en la pareja la necesidad de compartir la vida de modo permanente. Es absurdo pretender que las personas sientan ternura todo el tiempo, puesto que esto amenazaría la economía e integración de la personalidad haciéndola no apta para la vida, pues quien solo siente ternura será incapaz de acometer actos con la carga agresiva indispensable para la subsistencia.
Por otra parte, al no existir reciprocidad en el tiempo de los senti-mientos, necesariamente se producirán algunas formas de conflicto
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entre las personas. Por ejemplo, si uno quiere divertirse y el otro traba-jar, la no coincidencia de las necesidades puede despertar algún gra-do de conflicto. ¿Debemos temer a los conflictos? ¿Debemos soslayar nuestra identidad y autonomía para ser idénticos al otro y coincidir? ¿Será grata la vida con tanta invariable monotonía? El conflicto es, en-tonces, necesario para la autonomía y para la identidad, e indispensa-ble como motor de transformaciones que enriquecen el vínculo de la pareja. ¿Cómo hacer que este margen de conflicto no crezca negati-vamente hasta afectar la cohesión de los vínculos?
Para encontrar la solución identifiquemos primero de qué forma el conflicto se hace corrosivo y dañino. El modo en que las diferen-cias entre las personas hacen crecer perniciosamente los conflictos, se da básicamente de dos maneras: presionando al otro a que acepte nuestras urgencias como propias o, cuando no se logra este cometido, castigándolo de manera insultante por no acceder a la presión.
Es verdad que en múltiples ocasiones no podemos hacer coincidir nuestras necesidades. Cuando esto ocurre, ¿dañará necesariamente nuestra relación con el otro la falta de simultaneidad de necesidades? Por supuesto que no. ¿Por qué, entonces, se experimenta tan negati-vamente la discrepancia? Solamente porque una vivencia fantasiosa-mente apocalíptica de nuestra relación con los otros nos hace pensar en la pérdida de la continuación del vínculo.
Basta con entender lo irracional de esta fantasía, para que auto-máticamente dejemos de sentirnos amenazados, pudiendo permitir entonces la autonomía del otro. La inseguridad en la reciprocidad de los afectos agrava la situación. La comunicación despeja dudas y res-tablece el equilibrio.
Por otro lado, cuando las actitudes de la pareja no coinciden con las propias, no solo no se resuelve nada con censurarlas, sino que esto añade tensión al vínculo. El sancionado, herido, se vuelve retaliativamente con-tra su agresor y lo increpa. El increpado repite la misma dinámica, y poco después se produce una miniguerra familiar. Pero la frustración originada en la falta de coincidencia de las necesidades presiona para descargarse.
No podemos, en consecuencia, cerrar por completo las válvulas de escape que permitan la evacuación de la tensión. ¿Cómo lograrlo, entonces, de una manera que no dañe? El procedimiento es sencillo.
Consiste en exteriorizar en primera persona las reacciones que originan en nosotros las conductas del otro. Por ejemplo, si nuestra pareja realiza un acto que nos hiere, es preferible manifestarle que estamos heridos que atacarla por haberlo hecho. Logramos de esta manera que la persona nos entienda y busque acomodar su conducta de una forma que reduzca la desarmonía existente. Si esta actitud es bien entendida, la otra parte se sentirá dispuesta a hacer lo mismo, confiando las motivaciones de la conducta que sentimos agraviante. Podemos de este modo entenderlo mejor y armonizar nuestro ajuste personal.
El objetivo de este procedimiento no es el de hacer sentir culpable al otro, sino permitirle un conocimiento más exacto de cómo somos y de cómo funcionamos, pues la pareja no tendría, de otro modo, ma-nera de saber, entre las diferentes respuestas que las personas tienen, cuál es la nuestra, pues un mismo hecho puede despertar diferentes reacciones en cada uno.
Los conflictos, motor del cambio entre personas, dejan de ser des-tructivos cuando son iluminados con el razonamiento, permitiendo el conocimiento del otro, de sus vivencias y necesidades en un contexto de respeto y afecto, dando lugar al manejo útil y productivo de las tensiones.
Creemos que para que la pareja funcione adecuadamente, nece-sita acercarse mostrando aquellas características de su vida que los avergüenzan, compartiéndolas con quienes quieren, aceptando la posibilidad de conflictuarse y permitiendo una nutritiva autonomía de las partes. En realidad, la acomodación de la pareja es una rica construcción permanente, no un paraíso idílico. La pareja está sujeta a cambios y transformaciones y ambos pueden contribuir inteligen-temente a que estos eleven la armonía de la familia y sirvan de nido creador de relaciones bien elaboradas.
La sexualidad
de la pareja
La sexualidad de la pareja
El psicoanalista Nathan W. Ackerman, en su libro Diagnóstico y
tra-tamiento de las relaciones familiares, dice que Freud concebía a la
fa-milia como medio para disciplinar los instintos biológicamente fijos del niño, y para forzar la represión de su descarga espontánea. Dice además que Freud describía al niño como un animalito perverso po-limorfo, que representa el placer animal, y los progenitores personi-fican la realidad y las restricciones sociales. Sería entonces el niño un anarquista inclinado al placer, y el padre el antiplacer. Estos criterios no corresponden exactamente a las afirmaciones de Freud y menos aún a los del psicoanálisis contemporáneo.
Esta interpretación de las relaciones familiares coloca el significa-do determinante del placer y la sexualidad en la dinámica de las rela-ciones familiares y, en consecuencia, en la formación de la estructura de la personalidad. Aunque parezca una perogrullada, cabe destacar que la familia es una institución social que no podríamos entender en la civilización moderna, si no es como una constelación de relaciones sobre una base sexual. La pareja no sería tal si no mediara el interés sexual. De esta manera, es imposible ignorar el significado que para todos los miembros de un grupo familiar tiene la sexualidad, como un hilo que sirve de urdimbre para entrelazar los vínculos humanos.
¿Podremos desconocer, nos preguntamos, cómo es que la sexua-lidad interviene en la vida familiar? ¿No percibimos, acaso, que la fa-milia continuamente busca moldear los instintos de los hijos? ¿Hasta qué punto esta tarea resulta útil y necesaria? ¿Cuándo la «educación sexual» se convierte en perturbadora? Es necesario, entonces, expli-carse algunos hechos fundamentales de la vida sexual en la familia,
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para poder entender de modo más ajustado y obtener una forma-ción adecuada de la personalidad de los hijos. La trascendencia de la sexualidad en la salud mental ha sido demostrada con holgura por la teoría psicoanalítica, que busca probar cómo la percepción de la realidad se distorsiona por la influencia de fantasías originadas en la tensión sexual que se despierta en el menor, a raíz de su intercambio «erótico», entendiendo lo erótico como toda la gama de sentimientos de amor experimentados por la persona en el contexto de las relacio-nes parentales.
Establece el psicoanálisis que muchas de las perturbaciones men-tales, especialmente la neurosis, se originan en la incapacidad del in-dividuo de trasladarse del grupo endogámico al grupo exogámico. Se llama grupo endogámico al grupo primario inicial de la familia, don-de el niño organiza, don-desarrolla y estructura todos los matices don-de su vida instintiva y emocional; esta familia no siempre es consanguínea. Se llama grupo exogámico a aquel que la persona adulta estructura consolidando nuevas relaciones familiares a partir del establecimien-to de la vida de pareja. Para decirlo en términos más simples, grupo endogámico es el grupo familiar al que pertenecemos cuando niños, y grupo exogámico es la familia que construimos en la adultez. ¿Se-ría entonces suficiente casarse y tener hijos para ser sano? No, pues lo que suele ocurrir en las personas que padecen de neurosis y otras alteraciones es que, de distintos modos, la consolidación del grupo exogámico se encuentra interferida por fijaciones provenientes del grupo endogámico.
Estas fijaciones, con fuerte carga de ansiedad, tienen una natura-leza fundamentalmente inconsciente y se expresan en la distorsión fantasiosa de la realidad de los vínculos exogámicos.
En términos más sencillos, el adulto no se hace adulto pues está atado a angustias infantiles, y estas influyen deformando la totalidad de los vínculos familiares.
Si la naturaleza de los vínculos con base instintiva deformante de las relaciones familiares tiene un componente inconsciente, ¿será
po-sible hacer intervenir deliberadamente la educación para prevenir los riesgos de las secuelas que esto implica? ¿Estamos en condiciones de orientar a los padres para que protejan a sus hijos del peligro de ser impregnados irreversiblemente por las fantasías inconscientes? ¿Hay algún modo práctico de influir para modificar los procesos patológi-cos? Tajantemente, sí. Veamos ahora cómo.
Si observamos las relaciones familiares de los neuróticos, no tarda-remos en establecer que un factor común a todas estas relaciones fa-miliares es la presencia de una sobrecarga represiva orientada a con-trolar y fiscalizar los impulsos instintivos, con frecuencia los sexuales. Esta observación llevó al psicoanálisis a establecer una de sus leyes generales: «a mayor tabú, mayor incesto». Se preguntó Freud, al for-mular su teoría, cuál es el motivo que suelen tener los padres para insistir en la necesidad de que sus hijos inhiban los impulsos sexua-les. ¿Qué podrían temer los padres del desarrollo de la sexualidad de sus hijos? ¿Por qué habría que impedir que esta se exteriorizara de manera espontánea? Freud explicaba estas represiones como resul-tado de un temor atávico al incesto. Según Freud, este temor estaría en el núcleo primario de toda la cultura. Sin él la civilización no habría sido posible, pues las relaciones entre los individuos estarían al nivel de hordas animales incapaces de organizar sistemas de relación que fueran más allá del de una simple manada. La cultura nace del tabú y necesita de él.
¿Cómo liberar a la sociedad del tabú? ¿Cómo alentar a los padres a que reduzcan las represiones que ejercen sobre sus hijos sin afectar la esencia misma de la sociedad y la cultura? La respuesta es sencilla: con una educación inteligente e informada que esclarezca con fran-queza y precisión las posibilidades y límites de la vida sexual. De esta forma, el niño dejará de ver a los padres como figuras violentas que se oponen a la búsqueda de su propio placer, reduciéndose así la an-siedad que este tipo de relaciones producen en el menor. Sabrá, en-tonces, que el placer le es permitido, que no hay peligro en él, que el amor es fuente creadora, y que solo necesitará dirigir adecuadamente sus instintos hacia los objetos pertinentes para que estos se
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licen sin riesgo alguno cuando llegue la oportunidad. Postergar los impulsos para el momento y la persona apropiada será vivido, de esta forma, dentro de un margen de frustración perfectamente tolerable y sin la ansiedad residual del miedo.
Podemos decirles a los padres, sin disimulo, que reemplacen tabú por información. Alcanzarán a ver los beneficios de esta indicación a breve plazo.
La sexualidad de la pareja está directamente vinculada a toda la mecánica que acabamos de describir.
Ocurre que cuando las dos partes de la pareja han distorsionado, por efecto de sus antecedentes familiares, el tipo de acomodación sexual en su relación, el resultado tiende a ser un aumento de las con-ductas represivas. Por lo tanto, todo el resto de la familia, y especial-mente los hijos, reciben los efectos de su comportamiento vigilante y sancionador. Esto se explica por el mecanismo de defensa que da lugar a que las personas se protejan de sus ansiedades internas, tra-tando de anular aquellas provenientes del mundo externo. Así, pues, los más próximos tendrán que ser sometidos a control con la ilusión de que al controlarlos nos controlamos a nosotros mismos. Si, como dice el psicoanálisis, el impulso sexual de los niños hacia sus padres es espontáneo y parte de la evolución normal, ¿por qué entonces al-gunos se quedan fijados y otros lo superan? El exceso de represión es una causa, y a veces el reforzamiento que algunos padres producen en sus hijos, respondiendo a esta necesidad infantil con actitudes y emociones en las que suele haber una mezcla de ternura y deseo. Tal circunstancia agrava e impide la solución del conflicto edípico.
Mucho antes de constituirse la pareja conyugal, es decir, en el pe-ríodo de acomodación del apareamiento, estas distorsiones ya están dadas de manera imperceptible pero no por ello menos condicionan-tes. Es más, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que en el acto mismo de elección de la pareja ya están incluidas las fantasías defor-mantes de la realidad, del otro y del vínculo.
Sorprende la frecuencia con la que personas con un insuficiente desarrollo de su genitalidad eligen como compañero o compañera sexual a otras personas igualmente no desarrolladas, o insuficiente-mente desarrolladas en su genitalidad. Y sorprende más aún cuando descubrimos con cuánta facilidad tales personas desechan la posibi-lidad de vínculos sexuales con personas que sí han alcanzado un más elevado nivel de desarrollo de su genitalidad. Quizá esto sea lo que las personas definen como afinidades. Como dice el refrán: Dios los cría y ellos se juntan. Hay, entonces, una reciprocidad que algunas veces parece predeterminar y que termina por condicionar el punto de par-tida del vínculo de una pareja.
La cultura sirve de telón de fondo para posibilitar el tipo de contac-tos que hombre y mujer establecen entre sí. Una modalidad muy fre-cuente, sobre todo en países de insuficiente desarrollo socioeconómi-co, es aquella que consiste en prolongar exageradamente la infancia de los descendientes. Modos como el de ayudar al niño en aquello que no requiere ayuda, o de evitarle esfuerzos en los que el niño podría ejercitar sus facultades, o de brindarle un apoyo material mucho más allá de lo que realmente el hijo necesita, son solo algunas de las for-mas con que se expresa este estilo cultural consistente en fomentar la dependencia: como cuando los padres sienten frío y ordenan a su hijo abrigarse, como si él estuviera incapacitado de reconocer sus propias sensaciones y fuese inútil para dar soluciones por sí mismo. Al gene-rarse dependencia se le impide al niño hacerse adulto, favoreciéndose la posible formación de conductas pregenitales. Los países de mayor desarrollo estimulan en los niños comportamientos autónomos, de forma que ellos se acostumbran tempranamente a producir.
Ya de adolescente, cuando inicia la búsqueda del apareamiento, condicionado por el estilo cultural de dependencia, el joven reforzado neuróticamente para funcionar como inmaduro tendrá que buscar una pareja que responda complementariamente a estas necesidades. La elección de la pareja está, pues, predeterminada.
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En una relación complementaria de este tipo se produce habitual-mente un sistema de balance, mediante el cual un miembro de la pa-reja asume transitoriamente la dependencia, mientras el otro cumple el rol de protector, para dar luego paso a una alternativa de los roles, y entonces, el dependiente se convierte en protector, y el protector en dependiente. Este sistema tiende a desarrollarse en forma continua y difícilmente permite la afirmación de comportamientos indepen-dientes y maduros.
¿Habrá algún modo de prevenir estos riesgos? ¿Será posible, cuan-do menos, reducir el costo emocional y social que puede originar? ¿Pueden los padres tomar medidas precautorias que eviten el peligro de este tipo de relaciones deformantes? La respuesta es afirmativa.
Basta con no cultivar la sobreprotección, con permitirle al niño que dé solución a sus necesidades cuando ya está en capacidad de hacer-lo, basta con dejarlo correr sus propios riesgos cuando estos, objetiva-mente, no amenacen su integridad. Este procedimiento, a la par que da confianza al menor en cuanto a sus propias facultades, lo libera de buscar en la pareja a una persona que lo ampare, y evita de esta for-ma un vínculo más parecido al del hijo con sus padres, que al de una pareja de adultos.
El problema para materializar estas indicaciones proviene del te-mor de los padres de que la ausencia de protección dé lugar a peli-gros reales. Conviene en este caso que los padres se pregunten si el riesgo es real, si no ha sido fantasiosamente incrementado, si el temor es realmente por lo que les va ocurrir a los hijos o por ellos mismos. La mayor parte de las veces la respuesta más sincera suele ser que el temor es por ellos mismos. Podrán, a partir de ese momento, liberar a sus hijos de las limitaciones impuestas.
Dentro de este procedimiento educativo tendiente a desarrollar ansiedad en lo concerniente a la sexualidad, una modalidad históri-ca por su ancestro, gravitante aún en nuestros tiempos, está referida a la iniciación sexual. Esta se expresa de varias formas. Primero, pro-yectando programas de iniciación sexual diferentes, y hasta opuestos,
al hombre y la mujer. Existe la idea, frecuentemente verbalizada, de que el varón puede tener vida sexual prematrimonial sin limitacio-nes, pudiendo iniciarla en la adolescencia y aun en la infancia. Para la mujer, en cambio, el diseño es diferente: en mensajes manifiestos y no manifiestos se le transmite a la mujer la convicción de que no podrá iniciarse en su actividad sexual, más precisamente, no podrá practicar el coito, hasta no haberse casado. La fuerte carga emocional y valorativa con que se acompañan estos mensajes origina muchos sentimientos de culpa y de inseguridad cuando estas presiones am-bientales no han sido acatadas. Así, por ejemplo, si el varón no accede al coito y transcurre el tiempo sin haberlo logrado, experimenta una serie de amenazas internas que pueden incluso llevarlo a dudar de su virilidad, contribuyendo este hecho al fortalecimiento de respues-tas ansiógenas que hacen más dificultosa su situación personal y más tensionante la aproximación a la mujer. Todo esto ha cambiado mu-cho, ya que la vida sexual de los jóvenes de ambos sexos es más per-misiva en la actualidad. Sin embargo, el modelo cultural aún subsiste debido a pautas conservadoras.
En la mujer, cuando no desea acatar y, sobre todo, cuando no ha acatado la prescripción de no fornicar, frecuentemente vive su expec-tativa y sus actos con angustia, lo que contribuye no solo a no poder aceptar sus impulsos, sino a sentirse socialmente marginada, diferen-te y, lo que es peor, disminuida. Como resultado, la relación de pareja produce mucha inseguridad, pues teme no ser aceptada, y la mujer fuerza respuestas punitivas del varón, que muchas veces terminan por parecernos relaciones sadomasoquistas. Así satisface el deseo inconsciente de ser castigada por haber traicionado las reglas en las que se formó. Algunas mujeres, por ejemplo, dan los pasos necesarios para quedar embarazadas, a pesar de tener la información pertinente, y luego abortan, como consecuencia de la culpa.
La cultura —y dentro de esta muy especialmente las religiones— es en parte responsable de la aceptación de esta dinámica de pareja. Así, por ejemplo, el cristianismo señala como uno de los mandamientos de la ley de Dios no fornicar, que significa no tener relaciones sexuales
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ni antes ni fuera del vínculo conyugal. El enorme peso moral atribui-do por la iglesia a la palabra de Dios determina que toda la cultura en la que se forman jóvenes pertenecientes a la civilización cristia-na padezca esta norma como un castigo a su normal ansia de placer. Conviene entonces precisar que la norma «no fornicar» cumplió una importante función protectora de la sociedad antiguamente, pues fa-vorecer un vínculo conyugal estable, sin relaciones prematrimoniales ni extramaritales, se convertía en un modo de control de la natalidad, en una forma de estabilidad de la familia, y evitaba el peligro de la ex-plosión demográfica y de la transmisión de enfermedades venéreas devastadoras.
Pero esta visión vesánica de la sexualidad resulta ahora obsoleta, pues los modernos métodos de control de la natalidad y los procedi-mientos para evitar la transmisión de enfermedades venéreas y curar-las hacen totalmente innecesaria la norma de no fornicar.
Paralelamente, hombres y mujeres jóvenes necesitan del amor y, con o sin cristianismo, con o sin religiones, lo consideran uno de los valores supremos de la vida. Por lo tanto, se impone cada vez más ex-tensamente la idea de que el amor desprovisto de vergüenzas y cul-pas es la forma más limpia y saludable de experimentarlo.
Abona esta impresión el hecho de que al encuestar familias cons-tituidas, unas que han tenido relaciones sexuales prematrimoniales y otras que se han iniciado sexualmente dentro del matrimonio, obser-vamos que la frecuencia de perturbaciones emocionales entre todos los miembros de la familia es significativamente más elevada, en nú-mero y en gravedad, entre las que pertenecen al segundo grupo. Es decir, hay más enfermos entre los que se inician sexualmente dentro del matrimonio.
Benjamin Spock, en su libro Guía para jóvenes en la vida y el amor, dice: «La persona gradualmente viene a darse cuenta de que la sexua-lidad, en su más amplio sentido, es una increíble y compleja mixtura de sentimientos intensos, no solo hacia otras personas, sino también hacia cualquier tipo de belleza plena y aun hacia nuestras propias
as-piraciones y anhelos». Expresa con esta frase la certeza generalizada entre psicólogos y educadores de que la sexualidad es fuente de rea-lización y bienestar, razón suficiente para entenderla sin prejuicios y con respeto.
Sin embargo, no basta informarse para liberarse de los miedos. Es más, la mayor parte de las veces no es posible lograrlo, pero recono-cerlos es tener ya una manera más consciente de enfrentarlos y de en-contrar alternativas para que su manejo no dificulte la materialización de un buen vínculo conyugal o de pareja.
Pero si los miedos se niegan o se disimulan, la persona queda mu-cho más expuesta frente a ellos, formando una muralla de temores cuyo efecto inmediato será desunir a la pareja y debilitar los ricos sen-timientos amorosos que afirman la relación. Del miedo al desinterés por la pareja no hay más que un paso, pues si el objeto de aproxima-ción estimula nuestras fantasías terroríficas, tendremos que buscar el alejamiento del otro como un modo de preservarnos del temor.
Otro factor cultural que incide negativamente sobre las relaciones sexuales, especialmente en la vida conyugal, está dado por la discre-pancia de edades que con alta frecuencia suele producirse en la pa-reja. Una rápida mirada sobre la edad de los cónyuges nos resaltará la evidencia que por lo general el hombre es en promedio de 4 a 8 años mayor que la mujer. Si a esto agregamos que en nuestra cultura el interés sexual de la mujer y el del varón tienen distinto tiempo de iniciación y distinta evolución, el cuadro puede complicarse. Mientras el varón inicia su interés sexual con marcada intensidad y en conse-cuencia tiene el apogeo de sus apetitos alrededor de los 18 años, para mantenerlos en una alta meseta hasta el inicio de su vida laboral y posteriormente irlos sustituyendo por los afanes profesionales, la mujer, por otra parte, tiene un lento inicio de su interés sexual y este progresa sin prisa hasta alcanzar su plenitud alrededor de los 28 años. Convengamos en que esto también está cambiando, pero no total-mente.
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Por lo tanto, una pareja constituida por un varón de 33 años y una mujer de 28 encontrará con frecuencia dificultades para coincidir en el apetito sexual. Este hecho está consignado por los tratadistas del divorcio como una de las principales causas que lo originan. Adicio-nalmente se observa la efímera vigencia del deseo y la permanencia del amor. Ocurre, entonces, que subsiste el amor y el deseo disminuye o se agota. Sin embargo, esta discrepancia es superable cuando am-bos miembros de la pareja discuten abiertamente sobre las particula-ridades de su acomodación sexual con franqueza y respeto, buscando soluciones armoniosas e inteligentes.
El prestigioso psicólogo de la sexualidad Alexander Comfort afir-ma que el hombre es un conquistador, pues las bases biológicas de animal cazador lo predisponen para serlo, y que el interés sexual se mantiene activo mientras existe el ansia de conquista. Una vez con-quistado el objeto, ya no despierta su motivación. Recomienda, para mantener vivo el interés en el vínculo de la pareja, que ambos se pre-ocupen activamente por fomentar y avivar el ansia de conquista. Sin embargo, entre dos personas hay una gama enorme de sentimientos que agrega unión y acercamiento a la relación.
Pero la sexualidad no se inicia con la pareja. Cada uno de nosotros tiene en su cuerpo las energías libidinales desde el momento de na-cer, y estas se van desarrollando evolutivamente a través de toda la vida. Desde muy temprano el niño busca reconocer estas sensaciones en su cuerpo, como parte del aprendizaje de sí mismo y de su cons-titución. Alrededor de los 8 meses los niños exploran sus genitales, despertando en los padres el temor de que sea un masturbador, con todas las implicancias peyorativas que esto representa. Los padres de-ben saber que esta conducta obedece únicamente a la necesidad del reconocimiento corporal y que mal harían en reprimirla.
La masturbación, como tal, es un hecho absolutamente normal que cumple una importante función, no solo en el desarrollo de la genitalidad, sino en el conjunto de la sexualidad. Tal función consiste en el aprestamiento preparatorio para el desarrollo de las funciones
sexuales, a tal punto que la incidencia de conflicto de parejas es signi-ficativamente más alta en personas que no se han masturbado, y que el éxito de la acomodación amorosa es mayor en quienes lo han prac-ticado. El informe Hite sobre la sexualidad afirma que la masturbación es universal.
Fantasías como la de que la masturbación desgasta el vigor sexual se contradicen con la realidad fisiológica del individuo, pues es bien sabido que el órgano y la función que se estimulan se fortalecen y conservan su vigor. Los padres deben saber que amedrentar a sus hi-jos con supuestos peligros derivados de la masturbación resulta, en la práctica, pernicioso.
Una pregunta por la que frecuentemente son consultados psicó-logos, médicos y educadores es con qué frecuencia debe practicarse el coito. La respuesta es simple: cuantas veces se desee, puesto que dicha práctica responde a la presión de las necesidades y del apetito sexual.
Por otra parte, no todos los impulsos sexuales de las personas pue-den objetivamente ser llevados a la práctica, pero queda el maravi-lloso recurso de la fantasía para que estos puedan ser descargados. Si, por otra parte, hombre y mujer aprenden a compartir sus fantasías explicitándolas sin temores, la relación de la pareja le agrega al víncu-lo un sentimiento de solidaridad que muchas veces se experimenta como una especie de complicidad en la vergüenza, uniéndola y acen-tuando su amor sin reservas y sin miedos.
Para gozar de salud mental requerimos de capacidad para amar y ser amados, de un trabajo que nos permita sentirnos realizados, de un grupo de pertenencia al cual sentirnos sólidamente integrados y de proyectar la vida orientada hacia las ilusiones. Si la pareja comprende que en el núcleo de esta constelación de bienestar está su amor, po-drán ambos alentarse para cumplir este diseño de la salud mental.
Embarazo y
parto
Embarazo y parto
Arnoldo Rascovsky, en su libro El filicidio, aporta abundantes argu-mentos que pretenden demostrar que la cultura es hostil al embara-zo. El conjunto de «síntomas» con que el embarazo es padecido por aproximadamente el 30% de las mujeres de nuestra cultura expresa-ría tal rechazo y hostilidad, pues náuseas, mareos, vómitos y otros ma-lestares que experimenta la mujer durante la gestación no obedecen a ninguna causa orgánica demostrable. Por el contrario, tendría que decirse que el embarazo no es un estado patológico sino más bien el estado de plenitud biológica de la mujer. Sin embargo, esos trastornos constituyen una sintomatología posiblemente artificial vivida por la gestante como real, y expresa, aunque esta no lo sepa, el conjunto de agresiones intrapsíquicas y culturales que acompañan frecuentemen-te como corfrecuentemen-tejo al embarazo.
Las agresiones culturales vinculadas al embarazo se ponen de ma-nifiesto de múltiples maneras, pero siempre con el propósito de ame-drentar a la embarazada. Por ejemplo, cuando un grupo de personas toma conocimiento de una mujer gestante, surgen expresiones y co-mentarios referidos a los peligros del embarazo y el parto. Se le sue-le contar experiencias a veces terroríficas de amenazas de aborto, de partos atendidos negligentemente por médicos irresponsables, etc. La embarazada, frente a tal abrumadora demostración de peligros, no puede eximirse de padecer el embarazo como si este fuera una ame-naza contra su vida.
En relación con el parto, el cúmulo de agresiones con que la cultura ataca a la futura parturienta tiene un carácter histórico. Basta recordar el «parirás con el dolor de tu vientre». ¿Qué persona, niña o adulta, no
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conoce esta frase que afirma que el dolor es connatural al parto? Si encuestáramos a un grupo de mujeres de diferentes edades perte-necientes a nuestra cultura, concluiríamos afirmando que, para todas, el dolor es inherente al parto. Sin embargo, estudios antropológicos y fisiológicos revelan que no existe una base consistente para tal creen-cia. Esto no va a impedir, por supuesto, que a la hora de parir las mu-jeres sufran. Conviene comentar la alta incidencia actual de cesáreas; muchas de ellas no obedecen a razones médicas sino prácticas, sin tomar en cuenta los riesgos a largo plazo para el niño. La naturaleza ha programado durante millones de años un parto lento y progresivo que evita la hiperoxia cerebral. La cesárea abrevia este lapso natural, sin que se informe a los padres acerca de las posibles secuelas.
Estudios antropológicos realizados sobre diversas culturas, mal lla-madas primitivas, han demostrado la existencia del parto con ausen-cia absoluta de dolor. Por ejemplo, algunas aborígenes de la selva pe-ruana tienen por costumbre de parir paradas en el río, sumergiendo el vientre dentro del agua. La mujer lava y carga a su hijo hasta la ribe-ra. Como dato pintoresco, señalemos que otra cultura de aborígenes amazónicos presenta el singular hecho de que los dolores del parto no los padece la parturienta, sino su marido. Estos datos son suficien-temente reveladores del significado determinante de la cultura sobre el parto y el supuesto dolor acompañante.
Desde el punto de vista fisiológico, la evidencia médica agrega ra-zones contundentes como para demostrar que el dolor no es inhe-rente al parto. Basta señalar que la dilatación del tracto vaginal suele alcanzar hasta sesenta centímetros y el perímetro de la cabeza del niño al momento del parto, término promedio, es de cincuenta centí-metros. De forma tal que si la mujer aprendiera a usar su musculatura y respiración con la armonía, presión y relajación pertinentes, el parto debería producirse como un hecho únicamente placentero y exento de toda forma de dolor, o cuando menos con molestias menores.
Proponer el parto psicoprofiláctico como un procedimiento uni-versal en centros hospitalarios, debería ser una medida obligatoria.
Los requisitos básicos de un parto psicoprofiláctico son: ▪ aprender a lograr una buena respiración;
▪ aprender a lograr una buena relajación;
▪ aprender a lograr una buena dilatación de la musculatura; y ▪ aprender a lograr una adecuada coordinación de todo esto. Estas actitudes, donde la mujer se muestra débil para asumir un hecho biológico que debiera serle connatural, van aparejadas por un conjunto de comportamientos cuyo núcleo radica en mostrarse vul-nerable y débil, especialmente frente al varón. Dadas las condiciones del desarrollo de la sociedad actual, las diferencias de fortaleza física entre una y otra persona han dejado de tener gravitación en el éxito del ajuste de la conducta a la vida. En tiempos de las hordas primitivas, la mayor fortaleza física del hombre podía justificar la impresión de su superioridad, pero el mantenimiento de tal atavismo en nuestro tiempo ya no responde objetivamente a la realidad. La posesión del pene no tiene por qué significar mayor destreza para la adaptación ni mayor resistencia a las agresiones de la vida. Por ende, tampoco pue-de haber ninguna razón que justifique la inferioridad.
Por el contrario, sabido es que la mujer vive más, que tolera me-jor las enfermedades, que padece de enfermedades mentales menos graves y que, en general, en la actualidad, su resistencia para tolerar las agresiones del ambiente es bastante más elevada que la del varón. ¿Por qué, entonces, debe ser el varón quien proteja a la mujer? ¿Hay fundamento en la idea de que el pene produce una suerte de energía especial? Estas fantasías solo pueden explicarse a la luz del psicoaná-lisis, cuando este precisa la identificación que en la cultura se hace del falo como símbolo de poder y de violencia. Pero esta explicación no elimina la condición imaginaria de la fantasía, a pesar de lo cual esta ejerce una poderosa influencia sobre el comportamiento femenino. Durante el embarazo la mujer renuncia a su fortaleza, se muestra vul-nerable y busca protección; los síntomas sirven para este propósito. Esto expresa claramente que ha delegado el gobierno de su propia
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persona en fuerzas ajenas a ella y la sintomatología muestra renuncia a la adultez y, por tanto, rechazo al embarazo. En cambio, cuando la mujer se siente dueña de sí misma, cuando aprendió a ser indepen-diente y a disfrutar de ello, cuando goza íntegramente de su sexuali-dad y ha ganado confianza en sí misma, estos síntomas no aparecen o son insignificantes.
Esta dinámica se refuerza con un ambiente consentidor. Ejemplo de tal dinámica es el «antojo», manejo por el cual la esposa finge ser una niña caprichosa y el esposo un padre engreidor.
Todas estas deformaciones del comportamiento adulto de la mujer se acompañan de la vivencia culpable del embarazo. Se ha cometido el «pecado original» y habrá que expiarlo. Aunque la embarazada no es consciente de estos hechos, el análisis de la distorsión del compor-tamiento lo pone de manifiesto.
La explicación que antecede resulta necesaria para entender la ac-titud de la mujer frente al parto, pues esta estructura del comporta-miento tiene una importancia determinante en los senticomporta-mientos que abriga la parturienta. Existen comprobadas razones que demuestran el impacto de estas actitudes sobre el recién nacido. Por ejemplo, la madre durante el parto puede hacer una contracción muy fuerte del tracto vaginal y llegar incluso a producir lesiones cerebrales en el niño, tanto por la presión que ejerce sobre su cabeza como por la demora en la oxigenación cerebral cuando el parto es demasiado lento.
Mientras tanto, en el útero, el feto, que vive en estado de ingravidez semejante al de un astronauta, con una temperatura aproximada de 37º C, donde el líquido amniótico sirve de amortiguador para las agre-siones del mundo externo, se alimenta a través del cordón umbilical, sin necesidad de demandarlo. El feto funciona como un animal acuáti-co, nada con movimientos de extraordinaria gracia y soltura, y necesita de estos para estimular su musculatura y sus funciones. A los 3 meses tendrá aproximadamente ocho centímetros y estará completamente formado. De aquí en adelante, el niño tiene mucho que aprender de sí mismo. Sus actividades en el medio uterino están centradas en el
aprendizaje, puede ver y oír, y ser considerablemente sensible, no solo a los movimientos de la madre sino también a sus estados de ánimo. Ahora podemos identificar las respuestas del feto a los impactos emo-cionales de la madre. Por ejemplo, cuando la madre experimenta de-presivamente su embarazo y, por lo tanto, sus movimientos son poco activos, el niño responde pasivamente y también se mueve muy poco en el líquido amniótico. Se deduce, entonces, que si el niño aprende de sus propios movimientos, su ausencia limitará el aprendizaje y la estimulación de sus funciones.
He aquí, pues, una evidencia clara de la forma en que las actitudes de la madre durante el embarazo repercuten negativamente en su hijo. No es propósito de estos comentarios culpar a la madre, pues es-tos hechos no son intencionales, son inconscientes y aprendidos del ambiente, resultando casi inevitables.
Pero el niño continúa su crecimiento y, cuando se aproxima el mo-mento del parto, habrá alcanzado aproximadamente 50 centímetros y ya no podrá moverse con la libertad anterior. El espacio se le ha es-trechado y resulta incómodo. Almacena sacos de grasa bajo su piel preparándose para el momento del nacimiento.
El parto no es otra cosa que una nueva forma de encuentro entre madre e hijo, no menos importante que el anterior, pero más rico en la posibilidad de un desarrollo elaborado que ambos ansían. Por lo tan-to, deberíamos tener la imagen del parto como una de las maravillas de mayor belleza de la humanidad.
Sin embargo, pocas veces el parto es placentero.
A fuerza de ir acompañado de un séquito quirúrgico, aséptico, con grandes lámparas para iluminar la intervención de los médicos, el niño, que pasó mucho tiempo en plácidas penumbras, va a encontrar-se con el impacto de la luz, con la diferencia térmica del ambiente y con la incorporación de oxígeno y alimentos por una vía aún virginal. Si esta escena no fuera la de un parto, bien podría ser tomada como la de un acto de violación.
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Agreguemos a este hecho, naturalmente traumático, la inconcebi-ble circunstancia, sui generis en el reino animal, de que una vez pro-ducido el parto se aparta al niño del seno de su madre para conducirlo a habitaciones supuestamente más apropiadas. Para calibrar lo trau-mático del acontecimiento, imaginémonos despertar súbitamente en una galaxia desconocida por el hombre. ¿Cuál sería nuestro miedo? ¿Cuánto nuestro desconcierto? ¿Cómo tolerar la soledad? ¿Y si esto nos ocurriera en la adultez? ¿Cómo podemos separar al niño recién nacido de su madre?
Estudios surgidos a partir de descubrimientos de la etología, de-muestran que aquellos pocos niños que no son separados de sus madres inmediatamente después de nacidos son menos violentos, más adaptables y considerablemente más serenos para enfrentar las agresiones del ambiente. Toleran mejor la frustración y sus respuestas presentan una gama más variada de alternativas frente a situaciones difíciles.
Este libro sentiría cumplido su cometido sin tan solo lograra con-vocar a las conciencias para urgir una inmediata eliminación de este estilo de parto, sin justificación médica, biológica y psicológica, y qui-zá también jurídica, pues pareciera la primera y más trágica violación de los derechos del niño. Han pasado ya varios años desde la publica-ción de la primera edipublica-ción de este libro y no ha habido cambio mayor en esta forma de parto. Invoco a los médicos a hacer un esfuerzo y romper los prejuicios de quienes usan tan oprobioso método.
Ahora bien: existe la posibilidad de lograr un estilo de actitudes totalmente diferente, en que el parto deje de ser traumático para ma-dre e hijo, y desde el que podamos abrigar la esperanza de formar hi-jos más sanos. Para esto, el embarazo requiere de una higiene mental que incluya: el parto psicoprofiláctico, comunicación abierta entre los padres, una relación entre estos sin manipulaciones recíprocas y una actitud de respeto para con los requerimientos del niño.
Cuando estas condiciones se dan, ya está lograda la posibilidad de que el niño nazca en un clima apropiado para el desarrollo pleno de
sus funciones, fortalecido por un sistema de relaciones familiares que desde un comienzo lo ayuden en la empresa de construirse a sí mis-mo.
Construirse a sí mismo no es una tarea fácil y no todos lo logran al-canzando altos niveles. Al nacer, el niño, formado por células ajenas a su propio cuerpo, está incapacitado para vivir por sus propios medios. La dependencia resulta así indispensable para la vida. Al convertirse en adulto, en cambio, podrá disponer de un grado elevado de auto-nomía. De manera que podríamos resumir la vida de un ser humano como el tránsito entre la dependencia total y el manejo considerable-mente autónomo de su existencia.
No ocurre esto en el reino animal más que en las especies superio-res, a tal punto que los biólogos afirman que, mientras más evolucio-nada es una especie, más prolongado es el período neonatérico, es decir, el tiempo de vida que el animal debe pasar para independizarse. Este tránsito neonatérico lo experimentan muchas madres en nuestra cultura como un estado de pérdida progresivo donde cada paso en el logro de la autonomía del menor es sentido depresivamente como una pérdida irreparable, fomentándose de este modo comportamien-tos que pretenden no dejar crecer a los hijos. A pesar de ello, los pa-dres alientan la autonomía del hijo. Esta antinomia de circunstancias produce un nuevo conflicto, que comienzan por padecerlo ellos mis-mos, pero que no tarda en trasladarse a sus descendientes.
Este conflicto se resuelve en el núcleo familiar cuando los padres tienen una clara comprensión de la normalidad de su aspiración de proteger a sus hijos, pues este deseo se gesta en el amor de los pro-genitores. El alentarlos e impulsarlos a ganar en autonomía día a día tiene la misma fuente. Entonces será posible enfrentar la relación con los hijos sin las distorsiones que esta contradicción produce, eliminán-dose así un factor importante de ansiedad entre padres e hijos. El con-flicto no desaparecerá, pero se enfrentará de una mejor manera.
El primer año
de vida
El primer año de vida
Inmediatamente después de ocurrido el parto, la primera urgencia de la criatura es recuperar el contacto con la madre, cuyo efecto es reasegurador. Es importante que la madre no se separe físicamente del niño y procure, en la medida de lo posible, mantener un estrecho vínculo de piel a piel. Lo óptimo sería favorecer un contacto natural, la piel de la madre con la piel del niño, desnudas, sobre todo durante la lactancia.
Spitz, en su trabajo sobre el primer año de vida, sostiene que el sarpullido que suele presentarse alrededor del tercer mes se origina en la aprehensión de las madres a acercarse con su piel a la de sus hijos. Por la falta de contacto en esta primera etapa surgen también neurodermitis y alergias de variada manifestación. La psicología clíni-ca está ahora en condiciones de afirmar que este tipo de alteraciones dermatológicas tienen, con alta frecuencia, su punto de partida en las limitaciones del contacto inicial. Existen razones para pensar que la psoriasis tendría este origen, al que se agregan otros factores de la relación con los padres, que harían sentir al paciente que relacionarse íntimamente con otros causa ansiedad y conflicto.
Pero es durante la lactancia cuando el mantenimiento de la liga-zón piel a piel de la díada madre-hijo resulta más significativo. Este es todavía más importante cuando la criatura mama el calostro, pues tal sustancia no solo tiene un invalorable beneficio inmunológico, sino que también cumple una función de señal biológica para el niño, permitiendo reforzar el vínculo con su madre. Existen trabajos para demostrar que la ingestión temprana del calostro preserva de la posi-bilidad de contraer en la adultez gastritis de etiología no determinada
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con precisión. Probablemente actúa como antídoto neutralizante de la causa de las lesiones precancerígenas. Si tenemos en cuenta que el 30% de los ulcerosos derivan insidiosamente en cáncer gástrico, la importancia preventiva del calostro no debe descuidarse.
Si el niño no aprende a mamar del pecho materno en los primeros cuatro días de nacido, la producción de leche se inhibe y el reflejo de succión pierde destreza. Por lo tanto, después de este período, resulta poco menos que imposible que el niño pueda mamar.
Los senos en la especie humana, según los zoólogos, son órganos cuya función principal es la de servir de fuente de estímulo erótico para el macho. Por ello, la masa de su cono es voluminosa y la dimen-sión del pezón proporcionalmente pequeña. No ocurre así entre los simios, pues estos no tienen mayor masa mamaria y sí poseen un pe-zón largo, lo que facilita la lactancia de sus crías. En cambio, la mujer tapona con la masa mamaria el orificio de la boca y la pequeñez de su pezón dificulta que el niño se prenda a él para succionarlo. Por eso, frecuentemente, muchas criaturas no aprenden a mamar.
Esto se resuelve colocando una copa, cuyo perímetro tenga una medida semejante al de la boca, haciendo que el pezón quede en el centro del recipiente. El ángulo en que este se oriente deberá ser el mismo en que deba colocarse la cabeza del niño. De esta manera jamás fracasa la succión, consolidándose no solo la garantía de una buena alimentación, sino también una relación tranquilizante y grati-ficadora para el bebé.
Forma correcta de amamantar
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Cuando el niño se aproxima a los pechos de la madre esto le per-mite escuchar su latido cardíaco. Múltiples experimentos han proba-do que este soniproba-do tiene valor relajante y tranquilizaproba-dor para el bebé. Esto se explica por el hecho de que, durante el período de gestación, el feto ha escuchado permanentemente ese latido y, al nacer, lo asocia a la seguridad que representa el medio intrauterino. Por eso, cuando la madre carga a su niño y apoya la cabeza de este contra su pecho, inmediatamente el bebé se tranquiliza. En la actualidad se están usan-do discos grabausan-dos con un soniusan-do cardíaco para calmar a los bebés en momentos de intranquilidad. Cualquier madre puede grabar tal sonido acercando el micrófono de una grabadora de uso doméstico y usarlo para sosiego del hijo.
¿Hasta cuándo el niño debe recibir lactancia materna? Depende principalmente del momento en que se inicia la dentición. En este pe-ríodo hay razones de orden biológico y psicológico que determinan su suspensión. La aparición de los dientes da lugar a que el niño le-sione el pezón cuando lo succiona, originándose no solo riesgos para la salud de la madre (mastitis), sino también tensiones en la relación madre-hijo. Algunos pediatras aconsejan el destete a los 6 meses; sin embargo, este criterio debe ser solo referencial pues en algunos niños el destete tendrá que acomodarse a la incidencia de su propio desa-rrollo. En la actualidad, se tiende a extender este período, aunque no hay todavía elementos para evaluar los efectos de este procedimien-to.
En zonas rurales pauperizadas, las madres dan de mamar a sus hijos por años para protegerlos de la desnutrición. Estudios antropológicos demuestran la existencia de fuertes contenidos de dependencia en las culturas donde esto ocurre.
Conviene alternar el uso del biberón y el de la lactancia materna en forma progresiva, pues un destete brusco puede afectar al bebé emocionalmente.
Hemos explicado ya que el logro de la autonomía es una conquista que debe alcanzarse para el pleno ejercicio de la salud mental.
Obser-vando a pacientes que presentan marcados signos de dependencia, los psicoterapeutas han encontrado una relación considerable entre esta y la falta de individuación. Explica esta circunstancia por qué las personas a quienes, desde muy temprano, los padres les facilitan la solución de sus requerimientos, no pueden lograr una discriminación cabal y diferenciada de los límites de su identidad y la de sus progeni-tores. La madre del recién nacido, exageradamente ansiosa por hacer feliz a su criatura, se anticipa sistemáticamente a sus necesidades para resolverlas y tranquilizarla, impidiendo que el niño se frustre. El resul-tado, no deseado por las madres, por supuesto, es que para el niño resulta dificultoso solucionar su simbiosis, limitándose la evolución de su individuación. Bueno es entonces permitir al niño un mínimo margen de frustración, pues esta le facilita el descubrimiento de una realidad ajena a él, permitiéndole diferenciar su mundo interno de la realidad externa. Además, lo predispone a usar sus propios recursos, ejercitándolo para hacerlos más eficientes.
Una modalidad donde se expresa la ansiedad de los padres por favorecer el bienestar de los hijos, es la que se produce cuando el niño se despierta en la noche. Prestamente, el bebé es atendido. Después de unas cuantas noches, los padres, fatigados y tensos, pasan desvelos que condicionan una relación marcadamente conflictiva con el sueño del bebé, quien percibe las señales de tensión de sus padres, hacién-dose también para él más complicada la situación.
Otra modalidad de «reforzamiento neurótico» de este compor-tamiento ansioso del sueño, es la de dejar llorar al niño para que se duerma, hasta que, cansados de oír sus gritos, nuevamente los padres acuden a él para hacerlo callar. El niño aprende así que, mientras más grite, más probabilidades tiene de lograr que los padres lo atiendan, y entonces repetirá sus llantos hasta conseguirlo.
La solución consiste en dejarlo llorar y no protegerlo hasta que logre dormirse y, por ninguna razón, acudir a él. Este procedimiento garantiza el sueño y la distensión de los miembros de la familia y per-mite además identificar que cuando el niño llora durante el sueño es porque realmente algo le ocurre.
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Esta y otras frustraciones que el niño experimenta en los prime-ros meses originan el establecimiento de lo que Melanie Klein llamó etapa esquizoparanoide, conjunto de conductas que ayudan a la so-lución de la simbiosis.
Se pueden simplificar de la siguiente manera: la frustración per-mite distinguir que hay algo ajeno al impulso del bebé y, como el efecto de la frustración es displacentero, se percibe al objeto externo responsable como dañino, es decir, el objeto externo es malo; el niño necesitará reforzar su mundo interno, encapsulándose dentro de él para eliminar el displacer. Este volverse a sí mismo será vivido como fuente de tranquilización y, en consecuencia, su mundo interno será bueno. Al objeto externo gratificante, al no producir frustración, no se lo diferencia como externo y entonces sigue siendo parte constitutiva del objeto interno bueno. No está diferenciado. En cambio, el objeto frustrante genera hostilidad y es agredido. El universo es así dividido, con fines de diferenciación, en un mundo externo malo y un mundo interno bueno. Esta sería la primera diferenciación que el bebé haría para resolver el autismo primario.
En la paranoia, la mecánica del comportamiento del psicótico es igual a la que ocurre en la etapa esquizoparanoide. Por eso el enfermo afirma que todos lo odian porque es importante y frases semejantes.
La psicología clínica ha establecido que el reforzamiento excesivo y prolongado de la frustración en los primeros 6 meses es el causante de diversos grados de alteración de la conducta, en que el tipo de respuesta de la persona equivale a la posición esquizoparanoide. Este comportamiento, simple y esquemático, resulta ineficiente para el ajuste de la conducta, si bien circunstancialmente, en condiciones de peligro real, puede ser útil.
Conviene que los padres estén atentos a no deprivar innecesaria-mente al niño. La frustración solo es necesaria en una mínima propor-ción.