El Comienzo de Todas Las Cosas - Romano Guardini

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Edición original alemana:

Romano Guardini, DER ANFANG ALLER DINGE. Meditationen über Genesis. Kapite1 1-3

© Alle Autorenrechte liegen bei der Katholischen Akademie in Bayern 3. Auflage 1987 Verlagsgemeinschaft Matthias-Grünewald-Verlag, Mainz/Ferdinand Schöningh, Paderborn

Traducción española: Roberto H. Bernet

© EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2015 Henao, 6 - 48009 Bilbao

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ISBN: 978-84-330-3721-3

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NOTA PRELIMINAR

A veces, en horas de reflexión, se presenta con nitidez ante nuestra consciencia una pregunta que, sin embargo, habla en nuestro interior de forma suave, recóndita, constante: ¿Qué sucede conmigo? ¿Por qué soy como soy, y no de otro modo? ¿Por qué existo, absolutamente hablando? ¿Dónde está mi «fundamento»? En efecto, por más seguro que esté de que existo y de que tengo estas y aquellas cualidades, tan seguro estoy también de que yo mismo no puedo ser el fundamento de mi ser y comprender.

Demasiado raras veces nos acordamos de que en la Sagrada Escritura se encuentra el acta de nuestra existencia: una doctrina de la existencia en pocas páginas, a saber, los tres primeros capítulos del Génesis, doctrina cuyo desarrollo prosigue después, en la carta del apóstol Pablo a los Romanos.

De estos tres capítulos se ha de hablar aquí. No será con los medios de la exégesis filológica e histórica –para los problemas planteados por esta última se remitirá a la bibliografía especializada–.Antes bien, se los interrogará en cuanto palabra de Dios, en la confianza de que ellos dan respuesta al que pregunta con fe, una respuesta a través de la cual él puede comprenderse a sí mismo y comprender su enigmático camino en esta tierra.1

1 Las notas a pie de página de esta edición son notas del traductor. Para esta traducción al español se utiliza como base el texto bíblico publicado en Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2011 (en adelante BCEE). En algún caso se han introducido leves modificaciones o agregados, necesarios para guardar la correspondencia con la interpretación de Guardini. En tales casos, se advierte al respecto en nota.

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LA PREGUNTA POR EL COMIENZO

«Génesis» significa origen. El libro del Antiguo Testamento que lleva este nombre dice en sus tres primeros capítulos cómo comenzó todo: el mundo, el hombre, la historia, la culpa y la salvación. De este modo, sienta las bases de cuanto se seguirá anunciando en el curso de la Revelación.

Queremos seguir cuidadosamente lo que dice el Génesis. No queremos atenuar nada ni adaptar nada a las opiniones de la época y del día, sino traer a nuestra consciencia el mensaje sagrado en su exacta literalidad. Por otro lado, sin embargo, no queremos quedarnos tampoco en la mera literalidad, sino penetrar en aquella hondura desde la cual –y solo desde la cual– se esclarecerá realmente su sentido.

¡Y qué importante es que escuchemos aquí de forma correcta y comprendamos vivamente! En efecto, la pregunta por el comienzo con el cual se inició todo acontecimiento es una de las preguntas primordiales que el hombre se plantea. Esta pregunta se funda en su esencia. El hombre se encuentra con las cosas y quiere saber, primeramente: ¿qué es esto? Pero, inmediatamente después, se pregunta: ¿de dónde proviene esto? ¿Qué había antes? ¿Y qué había, a su vez, antes de esto último? Y así, retrocediendo cada vez más hasta llegar a la pregunta primordial: ¿Qué fue lo primero? ¿De dónde procede todo lo posterior?

Si nos encontramos junto a un río, nos ponemos a pensar: ¿de dónde vendrá? Y sería una instrucción acerca de la forma en que llegan a ser y subsisten, en general, las cosas de nuestro mundo si remontáramos progresivamente el río caminando junto a la orilla y viéramos cómo se va haciendo cada vez más angosto y débil, hasta llegar a su fuente. Allí experimentaríamos un peculiar reposo: ¡aquí comienza! Aquí mana lo que, más tarde, por un largo camino, creciendo cada vez más, conduce hasta aquel otro lugar determinante para él: su desembocadura en el mar. Y percibiríamos la fuente como un símbolo de la «fuente» sin más, de la arche-, del comienzo primordial.

La pregunta por lo primero, por el comienzo, puede encararse con diferentes intenciones y de diferentes maneras.

Se lo puede hacer de forma científico-natural. Por ejemplo, se parte de la abundancia de formas orgánicas con las que nos encontramos en el mundo, y se investiga cómo se

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han originado. Se persigue el surgimiento de sus formas y los grados de su jerarquía vital, para llegar finalmente a una primera que será «la fuente» de todas las posteriores. En ella, el espíritu experimenta aquel reposo que lo primero y originario concede al investigador que ha descubierto la articulación interna de un proceso de surgimiento. Pero, pronto, el investigador se sentirá impulsado a seguir adelante y querrá saber cómo se ha originado la primera vida, y la Tierra misma, y el universo…

La pregunta podría aplicarse también a la historia, a las diferentes manifestaciones económicas, políticas y culturales que se han dado, queriendo saber cómo era antes, y antes, y así siguiendo hacia el pasado, hasta llegar a los primeros testimonios de existencia histórica que puedan alcanzarse. Si lograra llegar realmente a un primer comienzo, encontraría allí aquel reposo especial del cual hablamos más arriba.

Pero puede iniciar su búsqueda también de otra manera, guiado no tanto por la sed de saber del entendimiento como por el ansia del hombre individual que quiere comprender su propia existencia. Así lo hace cada cual cuando, pasado el tiempo del avance impetuoso, siente la necesidad de mirar hacia el pasado, de comprender las interrelaciones de su vida y, tal vez, de contar a otros cómo se han dado las cosas. También él busca una fuente, la suya propia. Siente el transcurrir de su existencia y se cerciora de su propio comienzo: atravesando los tiempos del trabajo y de las luchas, procura regresar a la juventud, y, más allá de ella, hasta la infancia, y alcanzaría por completo lo que quiere si pudiese comprender cómo se originó él a partir de la vida de sus padres y del hálito creador de Dios. Allí estaría íntimamente cierto de sí mismo.

Una pregunta de este tipo es la que obtiene respuesta de la Revelación. Tal respuesta no tiene ninguna relación inmediata con ciencia. Algunas personas que viven en la actualidad recuerdan todavía cuántos esfuerzos se hicieron hasta comienzos de este siglo para mostrar que el relato de la creación coincide con los resultados de la ciencia. Era un trabajo de Sísifo, pues la enseñanza del Génesis acerca del comienzo no tiene que ver con las ciencias naturales ni con la protohistoria. Se dirige más bien al hombre que se pregunta, con ánimo piadoso: ¿Dónde mana la fuente de mi existencia? ¿Quién soy yo? ¿Qué se quiere de mí? ¿Desde dónde he de comprender mi pequeña vida? ¿Y la larga historia de la humanidad; el camino que ha seguido; el oscuro enredo de sus interrelaciones; la esperanza en una salvación, de la que el curso de las cosas meramente terrenas no da garantía alguna?

Intentemos remontar de este modo, al comienzo de nuestras reflexiones, el camino hacia la fuente tal como nos lo muestra la Revelación. Por supuesto, hemos de recorrerlo a grandes zancadas, entre las cuales sigue habiendo mucha oscuridad.

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Imaginémonos que en tiempos de Cristo hubiese llegado alguien a Jerusalén y hubiese preguntado: «¿Qué es lo más importante de vuestra ciudad?». Le habrían respondido: «El templo». Él habría preguntado, entonces: «Pero ¿por qué?». Su interlocutor le habría respondido, tal vez, lo que dijeron los apóstoles cuando salieron con Jesús del templo: «Mira qué piedras y qué edificaciones» (Mc 13,1). En efecto, el templo, edificado por Herodes, era una obra suntuosa. Pero esta no habría sido todavía propiamente la respuesta, sino la que sigue: «El templo es la casa de Dios, el lugar de la santa morada…». Pero el hombre, en su ansia de saber, habría seguido preguntando:

—¿Ha estado el templo siempre ahí?

—No. Lo construyó Herodes en lugar del modesto templo anterior que había logrado construir nuestro pueblo cuando regresó de la cautividad en Babilonia. Y antes de ese hubo otro, el primero, más espléndido, erigido por Salomón, el tercer rey, hace casi mil años.

El forastero sigue indagando:

—¿Ha estado vuestro pueblo siempre en este país?

—No, no. Llegamos de Egipto hace casi mil quinientos años. Allá tuvimos que vivir largo tiempo en la esclavitud. Pero, después, Dios envió a un hombre que se llamaba Moisés y era poderoso y sabio. Gracias a él, Dios nos liberó y selló con nosotros una alianza santa por la que él quería ser nuestro Dios y nosotros debíamos ser su pueblo. Así, Moisés nos condujo hacia aquí a través del desierto. Pero Dios marchó con nosotros. ¡Si hubiésemos cumplido la alianza! Pero cometimos infidelidades, una tras otra, y eso provocó una desgracia tras otra.

Pero el indagador no está aún satisfecho e insiste: —¿Y, antes, habíais estado siempre en Egipto?

—No, nuestros ancestros fueron para allá en tiempos de la gran hambruna, cuando todavía eran pocos. Después, permanecieron allá, primeramente en paz, y después en dura esclavitud.

—¿Y quién fue vuestro primer ancestro?

—Fue Abrahán. Su patria era Ur, en Caldea. Pero Dios lo llamó y le prometió que llegaría a ser un gran pueblo. Este pueblo debía ser pueblo de Dios y, a través de él, Dios iba a llevar a cabo su voluntad de salvación. Y ese pueblo somos nosotros.

—¿Pero, qué hubo antes de Abrahán?

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deslizándose como un hilo delgado, oprimido por la lejanía de Dios que es la culpa. —Dices culpa. ¿Qué culpa?

—La culpa de los primeros hombres, que traicionaron la confianza de Dios e intentaron hacerse a sí mismos señores de la existencia.

—Y los primeros hombres, ¿cómo se originaron?

—Dios los creó en la magnificencia de su imagen y semejanza, como varón y mujer, a partir de la tierra del campo y del hálito de su boca. Les confió el mundo, y todo estaba en la paz del primer amor. Todo estaba sometido a los hombres, pero ellos servían a Dios, y esto era el paraíso. Pero la culpa lo destruyó.

—¿Y la tierra? ¿Y el cielo, y todas las cosas que hay entre el cielo y la tierra? ¿De dónde han venido?

—Dios los creó. Lo hizo gloriosamente. No necesitó a nadie que le ayudara, ni tampoco tuvo que buscar materia para ello, ni necesitó un modelo. Su sabiduría lo ideó todo. Él lo mandó, y se hizo.

Así, el camino de las preguntas lleva a remontarse hasta el comienzo de todas las cosas. El primer capítulo de la Sagrada Escritura cuenta cómo se llevó a cabo este comienzo. El relato es un himno, un poema didáctico que describe, mediante la imagen de una semana, cómo el maestro de obras divino trae a la existencia el mundo, con sabiduría, poder y cuidado amoroso, en seis días de trabajo, hasta «descansar» en el séptimo día. Primeramente, crea la plenitud primordial, que bulle informe. Después, los grandes órdenes y las grandes formas: la luz en su alternancia de día y noche; el espacio de las alturas con los acontecimientos meteorológicos y los de la tierra, donde el hombre habrá de llevar su vida; la articulación del ámbito de la tierra en suelo seco y mar; el crecimiento de las plantas con su variedad; los astros y sus leyes; el mundo de los animales acuáticos, aéreos y terrestres; finalmente, el hombre, que es imagen viva de Dios y que, por eso, está destinado a dominar el mundo. Pero el relato en su conjunto está dominado y presidido por la frase: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra», expresión bíblica para significar el universo. Para el devenir de las formas y los órdenes se dice, a cada paso: «hizo Dios», una palabra que designa, por así decirlo, la labor manual de Dios; pero, para el primer comienzo, se dice: «creó Dios». Ningún ser humano comprende lo que esta palabra significa: es el misterio primordial. Allí tiene lugar el comienzo sin más.

Pero la referencia a la culpa habría tocado el corazón del que pregunta, y querría saber acerca del otro comienzo, el segundo y malo, no contenido en el primero –el que surgió

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puro y bueno por gracia de Dios creador–.Por eso, seguiría indagando.

«Dices que Dios creó al hombre: ¿era como es hoy? ¿Lleno de todo tipo de avidez, mentira, odio y violencia?». «Ciertamente no», sería la respuesta, «sino que, en este largo camino hacia el primer comienzo, hay un punto donde casi habría llegado el fin. En efecto, el hombre no debía vivir como viven la planta o el animal, sino que su vida debía darse en libertad. Pero la libertad se prueba en la decisión. Así pues, Dios le impuso una decisión de la que dependería su destino. En la figura del paraíso le entregó el mundo. En virtud del señorío que implicaba su condición de imagen de Dios, el hombre debía “guardar y cultivar” el mundo. Y, en un signo, el árbol del conocimiento, debía manifestar si estaba dispuesto a hacerlo en verdad y en obediencia. Pero el hombre dio crédito a la mentira del tentador y reivindicó para sí la condición de dios.

«Este fue el segundo comienzo, el malo, y podría haberse convertido inmediatamente en el fin. En efecto, Dios había amenazado al hombre diciéndole: “Si coméis de este árbol, moriréis”. De modo que, en realidad, los hombres tendrían que haber sucumbido a su pecado. Pues el hombre puro, el originario e incólume, no puede cargar una culpa semejante sobre sí y seguir viviendo: esto es lo que podemos nosotros, contaminados por el pecado. El hombre originario muere en esta situación. Pero Dios le permitió seguir viviendo y, de ese modo, se inauguró un nuevo comienzo bueno: el segundo de parte de Dios, el comienzo de la salvación. Que el hombre no haya muerto a causa de su culpa fue ya salvación, y esta salvación siguió actuando a través de todo lo terrible que ocasionó aquella culpa».

Allí se encuentra, pues, el comienzo desde el cual puedo comprenderme a mí mismo y comprender también a mis hermanos en la condición humana, así como el mundo en su ser y su sentido. La voluntad de Dios de que yo sea, la intención creadora que él dirigió hacia mi ser: ese es mi principio. En la medida en que yo comprenda –aunque, en verdad, no puede hablarse aquí de «comprender»–; digamos, mejor, en la medida en que me arraigue en el misterio de esta manifestación, mi vida encuentra su sentido.

Los enigmas, los problemas están para ser resueltos. Una vez resueltos, desaparecen. Aquí no se trata de un enigma, sino de un misterio. Y el misterio es una medida superabundante de verdad, una verdad mayor que nuestras fuerzas. El misterio no está para que el hombre lo resuelva y, de ese modo, lo haga desaparecer, sino para que el hombre se ponga en concordancia con él, respire en él, eche raíces en él. Las raíces de mi ser se encuentran en el bienaventurado misterio de que Dios ha querido que yo sea. ¿Y por qué lo ha querido? ¿Qué obtiene él, el infinitamente rico, de que nosotros, seres finitos, existamos? Una vez más, nos encontramos con el misterio, y la Escritura nos dice

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que esto está «bien», y lo llamará «amor».

Esto tendremos que meditarlo todavía cuidadosamente, así como todo lo que acabamos de anticipar brevemente. Al hacerlo, iremos a la fuente de nuestra existencia, y en ella encontraremos un reposo que ninguna sabiduría humana puede dar.

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CREAR Y SER CREADO

Para comprender mejor qué dice la Revelación acerca de la cuestión del comienzo vamos a escuchar primeramente otra respuesta: la del mito.

En esta aparece con heroico brillo o en oscuro esfuerzo un ser poderoso que da forma y ordena. Sin embargo, él no es todavía el «primero de todos». Antes de él había ya otra cosa, el caos, lo informe, inaprehensible e innombrable, la posibilidad y el ámbito primordiales: algo crepuscular, que, al pensarlo, lleva a confusión. Esta pre-esencia, dice el mito, existió siempre, sin comienzo.

Así reza uno de los anuncios. Otro dice: nuestro mundo se ha originado por muda necesidad. Sin embargo, este surgimiento fue precedido por un mundo anterior, que también tuvo su propio comienzo, y antes de este hubo a su vez un ocaso, el del mundo que existía anteriormente. De este modo se perfila una enorme serie que retrocede indefinidamente, en la cual siempre de nuevo comienza a existir un mundo después de que otro anterior terminara: una cadena de reiteraciones frente a la cual las preguntas del por qué y del de dónde enmudecen sin consuelo. La palabra «comienzo» no adquiere un sentido claro en la primera ni en la segunda interpretación. Y tampoco lo adquiere en las demás respuestas que puede haber todavía a la gran pregunta de los hombres. Del «primero» puro habla solamente la única sabedora: la Revelación.

Lo hace a través de la frase que dice: «Creó Dios». Y creó «el cielo y la tierra», es decir, todo.

¿Qué había antes de este comienzo? Nada. Pero la palabra no designa la nebulosa «nada» de un pensamiento falto de claridad: la niebla del ser, que no es, pero es. Tampoco la nada de la que hoy tanto se habla, la nada que amenaza el ser, engendro de la angustia del espíritu abandonado por la fe, sino la nítida y franca nada absoluta. ¿Y qué existía realmente? Dios.

Él no se encuentra en ninguna cadena del devenir y fenecer. Él es, sin más. Así lo expresó él mismo cuando dijo: «Yo soy el que soy» (Éx 3,14). Él es por sí mismo, y no necesita causa alguna. Se basta a sí mismo y no necesita de nada. Si no hubiese nada fuera de Dios –y hablar de este modo carece, en realidad, de sentido, pero hay formas de la ausencia de sentido que necesitamos porque no contamos con nada que pudiese decir

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mejor lo que queremos decir–, igualmente estaría «todo» y «bastaría». Cuando, desde lo más íntimo de mi existencia, pregunto: ¿qué existe? –o, más correctamente, ¿quién existe?–, la respuesta reza: él, Dios. Con ello se ha dicho en principio y propiamente todo. Pero, «además», frente a Dios y por él, como don incomprensible de su gene​-rosidad, existo yo, existimos nosotros: las cosas y los hombres.

Este es el orden de la verdad. Dios es el que es, simplemente y bastándose a sí mismo; y nosotros podemos ser por él y frente a él. Si este orden vive en nuestro espíritu de forma tan clara y fuerte que algo nos pone en guardia de inmediato tan pronto como tal orden se ve amenazado, entonces, como dice la primera carta de san Juan, «la verdad» «está en nosotros» (1,8).

Dios ha creado. ¿Qué ha creado? Todo, y todo completamente.

¿Contó para ello con un material, como los demiurgos, los primeros plasmadores que aparecen en el mito? No, con ningún material y de ningún tipo. Él mismo fue quien llamó a la existencia incluso el caos, pues aquello inicial de lo que el segundo versículo del Génesis dice que era «caos y confusión» solo aparece dentro del conjunto total del cual el versículo primero había dicho ya: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra». Es el material de construcción que el maestro mismo prepara para conferirle forma.

¿Tuvo Dios un modelo para su obra con el mundo? ¿Una idea, dada en la eterna ejemplaridad prototípica, medida de toda esencialidad, según la cual él creara? Dios no solo lo ha creado todo, sino que lo ha ideado. Qué hermosa es la palabra «ideado»: pensado a partir de una sabiduría primera, primordial, eterna.

¿Ha ayudado alguien a Dios? ¿Contó él con un apoyo cuyo saber, arte o fuerza le hubiese facilitado la tarea? Una vez más, no. Él no es solamente «el que es», sino también, y en exclusividad, «el que puede». Él está solo en su obra inimaginable, y una de las tareas de la existencia creyente, en la que se juega el ser o no ser de la fe, consiste en pensarlo tan grande, tan puro en su poder, que compite contra la magnitud cada vez más enorme del saber y del poder modernos; tanto que él es «mayor» que ellos –no mayor, sino absolutamente grande–.

¿Y cómo es esto? ¿Qué idea ayuda a pensar, o por lo menos a designar, esta absolutidad de poder? El pensamiento de que Dios ha realizado el escalofriante acto de que lo no existente llegue a ser sin la más mínima dificultad. «Porque él lo dijo, y existió; él lo mandó y todo fue creado» (Sal 33,9).

El sustento de este acto no estuvo dado por ninguna energía de la naturaleza, sino por poder personal de espíritu. Fue un acto de conocimiento y de libertad, y tan perfecto que

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podía ser mal interpretado. Cuanto más perfecto se hace un actuar, tanto más el logro retrocede en él a un segundo plano. Lo que el actuar produce parece ser cada vez menos «obra», parece adquirir cada vez más el carácter no espectacular de «naturaleza». La magnitud se hace algo evidente: esta es su humildad. Esto mismo es lo que el hombre moderno ignora –y traiciona– cuando habla del mundo como de naturaleza.

Pero lo dicho no es suficiente: hay que hablar todavía de otra cosa. Aunque es difícil hacerlo con el respeto y la sencillez que se requerirían. Pero hablemos de ella: ¿Quién responde del mundo? Él, Dios. Él responde de que el mundo existe en lugar de no existir, y de que «es bueno». La Escritura lo dice expresamente, y hasta siete veces: Gén 1,4.10.12.18.21.25.31. Dios responde ante el único juez –él mismo– de que el mundo es así y no de otra manera, y de que «es bueno». De que en él está presente el hombre con su libertad finita y en peligro, y de que eso es bueno. Y, por último, resumiendo, de que todo lo que es «muy bueno», divinamente bueno. Pero si nos sentimos tocados por la pregunta de qué tan honda es la seriedad de este responder, a saber, del responder ante Dios mismo, entonces la respuesta es la cruz de Cristo. Pero, también en esta responsabilidad, Dios está solo. Nadie está con él.

La acción creadora ha fundado nuestra existencia. En ella se encuentran las raíces de nuestra esencia. Tan pronto como preguntamos: ¿A dónde llegamos finalmente si desandamos el camino de nuestro devenir?, la respuesta es: a aquel acto por el cual Dios ha creado… el mundo… los hombres… mi propia persona.

Intentemos acercarnos un poco a este acto. Las grandes ideas de la fe tienen dos cualidades: son simples como la luz, pero también insondables –como la luz, una vez más–.Pues ¿quién cuyos ojos pudiesen captar más que cualquier aparato podría haber penetrado jamás hasta el fundamento de la clara luz? Del mismo modo, los pensamientos de la fe pueden ser accesibles también al más simple, cuyo corazón sea «limpio» –véase Mt 5,8–; pero no hay espíritu que los agote, por formidable que sea.

Quien quiera acercarse a la verdad de que Dios ha creado tiene que pensar lo siguiente: él «me» ha creado; ha creado el mundo, y a mí en el mundo; a mí, tal como estoy en el mundo… Con el pensamiento tengo que exponerme a mí mismo al rayo de la voluntad divina; tengo que adentrarme hacia la hondura en ella, más y más, hasta aquello intimísimo que se sugiere en las palabras: Dios me tiene en su «intención». Tengo que hacerlo con plena calma, una y otra vez, hasta que, tal vez, Dios me regale un día tomar consciencia de la feliz verdad que dice: yo soy por su voluntad. Y hasta me regale quizá sentir cómo su mirada reposa en mí, y alegrarme de la certeza de que vivo de esa mirada.

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Por supuesto, también puede suceder de otra manera: que se suscite la rebeldía y diga ¡no quiero ser creado! Efectivamente, tal rebeldía se prolonga a lo largo de toda la Edad Moderna y puede asumir las más variadas formas. Por ejemplo, la del idealismo, que dice: penetra con tu vislumbre, con tu vivencia, con tu pensamiento a través de tu pequeño yo hacia la hondura interior, y encontrarás en ella al yo absoluto, y podrás decir: este soy yo; en cuanto este Yo infinito, yo he creado el mundo… O también el escepticismo, que dice: tales formas de ver son ilusiones, errores de pensamiento ocultos por sentimientos del mundo [Weltgefühle]. La verdad es que provengo de la naturaleza al igual que la planta y el animal, y que por un lapso de tiempo me elevo por sobre ella pensando, conquistando, plasmando, para fenecer finalmente nuevamente dentro de ella. Pues ella es el todo, y fuera de ella no hay nada…

¿No es acaso extraño que el hombre de la Edad Moderna piense una y otra vez estas dos ideas –que procure pensarlas, puesto que carecen de sentido, y lo carente de sentido no puede pensarse, sino solo quererse, en actitud de rebeldía–: por un lado: yo soy Dios y señor del ser; y, por el otro: soy naturaleza, una partícula suya? ¿No se hace acaso visible en esta contradicción cómo se ha perdido la verdad fundamental de la existencia, y su idea sobre sí mismo da continuos tumbos de un error a su contrario? Pero el peligro de que esto suceda de alguna forma, abierta u oculta, nos amenaza a cada uno de nosotros. Hasta en lo profundo de nuestra mismidad tenemos que ponernos de acuerdo con el hecho de que hemos sido creados, recibirnos a nosotros mismos siempre de nuevo de la mano de Dios, de modo de habituarnos interiormente a esta relación esencial que, siendo una verdad fundamental, se nos ha hecho, no obstante, tan extraña.

No obstante, tal vez se despierte también otro tipo de resistencia: el miedo. Este podría pensar: si es verdad que Dios me ha creado, ¿qué sucede entonces conmigo? ¿Puedo yo realmente ser si él es? ¿No me empujará fuera, a causa de mi poquedad, aquel que es infinitamente? ¿Puedo ser yo mismo si él es aquel que, como lo anuncia la Revelación, es el «yo soy», el Señor, y nadie más lo es sino solo él? ¿Puedo tener dignidad, ser libre, dominar y obrar, si la sombra de su omnipotencia se cierne sobre mí? ¡Si se lo ha dicho ya de todas las maneras –filosóficas, artísticas, políticas–: la decisión hacia la que se encamina todo paso de autorrealización humana es: Dios o el hombre, él o yo!

De quien así piensa se ha apoderado una idea errónea: la de que Dios es «otro» respecto de él mismo, el gran «otro» que aplasta al ser humano… Pero él no es eso, por esencia no lo es. Por el contrario, él es aquel que ha hecho que yo sea, absolutamente hablando; que yo mismo sea, realmente, sinceramente y sin envidias. Los dioses de los paganos se comportan frente al ser humano como «otros», como vecinos en el conjunto

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del mundo. Sienten rivalidad frente al hombre por su existencia, le tienen envidia, hasta le temen, porque son ambiguos, no están situados correctamente en el ser, Son poderosos pero están en poder del destino que les asigna cuánto ha de durar su hora. En cambio, Dios, el que vive eternamente, el que no teme ni envidia, ¿cómo habría de sernos peligroso? ¡Si él dejara de ser –una idea tan carente de sentido como terrible–, con ello mismo yo me convertiría en nada! Es él quien me ha puesto en mi ser, de modo que yo viva y ande por mis propios pasos, que tenga libertad, hasta la temible libertad de poder volverme contra él. ¿Cómo habría de tener yo motivo para tener miedo frente a él?

No: el miedo ante Dios es el eco de la rebelión contra él. Es la expresión de lo que se encuentra en el fondo de toda conciencia culpable: la oscura consciencia de no tener buenas intenciones para con Dios, de querer colocarse en su lugar y, con ello, de desafiarlo. ¡Y esto sí que es motivo de miedo! Pero la verdad es que, cuanto más abundantemente vive Dios en mí, cuanto más poderoso es el obrar de su voluntad en la mía, tanto más vivo, tanto más libre me vuelvo en mi propia esencia. Toda otra opinión engaña y destruye.

Ahora bien, la respuesta del corazón que se suscita ante la condición de ser creado es la adoración. Pero se la ha desaprendido ampliamente, más aún, se la ha olvidado. El pensamiento sobre Dios se ha hecho miserable, y por eso no suscita más la adoración. En efecto, ella es algo grande y hace grande a quien la realiza –grande no en fuerzas mensurables, sino en el sentido de la persona–.La adoración es aquella profunda inclinación interior que proviene de la experiencia de que Dios es «el que es». Yo soy por él y ante él. Este acto es verdad y consuma verdad: la verdad fundamental, con la que toda otra comienza. Pero consumar verdad hace libre y genera paz. No podemos comenzar de forma más correcta el día que si por la mañana nos recogemos y, de forma tan silenciosa e interiormente honda como podemos, consideramos el pensamiento: tú, Dios, eres realmente, estás aquí… no: tú eres, absolutamente, y yo estoy frente a ti… soy por ti… entonces, nuestro interior se inclinará por sí solo de una forma que es verdad, libertad y nobleza.

Lo segundo que brota de la fe en la creación es confianza. Una vez más, no podemos hacer nada mejor que depositarnos a nosotros mismos en la sabiduría de Dios, que nos ha pensado, y en su bondad, que nos ha dado todo lo que somos, todo lo que tenemos, cada fuerza con la que actuamos. ¿Quién sino Dios ha de tener, desde un principio, intenciones buenas para con nosotros? Pero en él hay aún más que bondad: hay generosidad. ¿Hemos pensado alguna vez –y no solo superficialmente, como los pensamientos que le pasan a uno por la mente, sino en serio– qué ánimo se requiere para

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que él, el Señor, ame el mundo y quiera que sea su reino? Pero reino de libertad. Y así crea seres que puedan querer en coincidencia con su voluntad pero también en contra de ella… les coloca su mundo en las manos, para que construyan su reino, y confía en que así lo harán… Esto es generosidad, y tan alta que se tiene la tentación de llamarla locura… santa locura del que es totalmente noble y no tiene para nada en cuenta la posibilidad de ser traicionado. Por si no nos vemos obligados a decir que él asumió también desde el principio la responsabilidad de lo que va a suceder, divinamente decidido a cargar él mismo con el hecho de haber creado a un ser finito y libre y de haber puesto en sus manos el destino del mundo. Pero eso significa que la generosidad es amor: su amor, que desde nuestra posición no podemos imaginarnos, porque sería atrevimiento. Él mismo tiene que manifestárnoslo.

Pero, si todo esto es así –y es así, nos lo dice la Revelación–, ¿de quién podríamos esperar más que de él? ¿No será que la miseria de nuestra existencia viene de que nos damos por satisfechos con su cómoda estrechez y no recurrimos a su generosidad? Por supuesto, esta generosidad sería exigente, y tendríamos que esforzarnos. Pero nos llevaría hacia lo mayor y más libre –¿quién puede decir qué tan lejos?–.

Y, por último, hay una tercera cosa que surge de la fe en la creación captada en mayor profundidad: el agradecimiento. ¿Hemos intentado ya agradecer a Dios por lo que somos? Si ya lo hemos hecho, habremos experimentado también que hacerlo hace bien y sana. Nos hace uno con nosotros mismos para decir, desde lo más íntimo: Señor, te agradezco el poder ser. Pues esto no es evidente, no «esencialmente». Sería enteramente posible que él no hubiese querido que yo fuese. Es algo inefable, por tanto, que su designio haya resultado en que yo debiese ser… Y existir para siempre –pensémoslo: ¡para siempre! Nunca estaré extinguido–.Tengo que morir, por cierto, en cuanto a lo terreno, pero he de resucitar y vivir eternamente en él, tal como él lo ha prometido, y, solo entonces, vivir realmente. Con ello no se ha pasado por alto nada de lo difícil con lo que cargo. Pero en la raíz de todo saber y decir debe estar la frase: ¡Señor, te agradezco que pueda ser!

Todos estos son actos fundamentales de piedad. Fácilmente se ven reprimidos por actos más exteriores, ¡pero son tan importantes! Intentemos ir hacia Dios a través de ellos. Sentiremos cómo nos sanan interiormente: la aceptación del ser creados… la adoración de aquel que es verdaderamente… la confianza en su generosidad y amor…

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EL PRIMER RELATO DE LA CREACIÓN Y EL

DÍA DEL SEÑOR

Como poderoso título encabezando el libro del Génesis –pero no solo este libro, sino toda la Sagrada Escritura y, con ello, la existencia creyente sin más– se encuentra la frase: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra».

Lo que es ha sido creado por Dios. Todo proviene de él y todo regresa a él. En su voluntad creadora se encuentran las raíces de nuestra existencia. Él es el Señor. Lo que es le pertenece. Nosotros somos suyos: no como cosa, como un vaso pertenece a quien lo ha hecho, sino al modo –y de forma infinitamente más pura, plena y auténtica– como un hombre que ama pertenece a quien lo ama: como persona, que está en sí misma y no puede ser poseída en absoluto, sino solo siempre recibida en virtud del don libre que ella haga de sí misma. Ciertamente, Dios ha creado esta, nuestra condición de persona, pero no por su puño y mandato, sino mediante su llamada y en el hálito de su Espíritu. De ese modo, él ha fundado absolutamente el misterio de nuestra libertad: una libertad que ha sido creada por él, pero que, justamente por ello, es nuestra propia libertad. Aunque, aquí, el pensamiento se hunde en el misterio.

Los dos primeros capítulos del Génesis narran después cómo sigue actuando la voluntad de Dios en el conjunto de la creación. Cómo hace que lleguen a ser las innumerables cosas y seres vivientes y los reúne en sus órdenes; cómo llama a la existencia al hombre y le asigna un lugar especial en el mundo. Esta narración se despliega en dos relatos sobre cuyo surgimiento e importancia literarios tiene que dar respuesta detallada la ciencia bíblica.

El primer relato lo conocemos como la Obra de los Seis Días. Abarca el primer capítulo del Génesis y tres versículos y medio del segundo, y presenta ante la mirada del lector, paso a paso, el desarrollo gradual del gran acontecimiento. El otro relato comienza con la segunda mitad del mencionado cuarto versículo, llega hasta el fin de ese capítulo y habla sobre todo acerca de la creación del hombre.

Así, pues, los dos relatos están dispuestos de manera diferente. Pero en una cosa son iguales, y queremos traerlo de inmediato a consciencia para que comprendamos

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correctamente su sentido: no tienen nada que ver con las ciencias naturales. En ningún lugar hay una intersección entre ellos y lo que estas ciencias pueden decirnos, mientras permanezcan dentro de sus límites, acerca del surgimiento del sistema del mundo y la conformación de la tierra, del desarrollo de la vida y su progreso, del origen del hombre y su primera historia. Por el contrario, el sentido de estos relatos es completamente religioso. Hablan, por cierto, de la misma realidad de la que también habla la ciencia: del mundo, de las cosas y de nosotros mismos. Pero la intención con la cual se da este hablar es distinta que en la investigación. Por largo tiempo se ha tenido la concepción de que aquello que dicen la astronomía, la paleontología, la antropología, tenía que ser reencontrado en el Génesis, y se ha procurado con gran esfuerzo unificar las diferentes afirmaciones. Era un empeño serio, pues surgía del respeto por la verdad de la Sagrada Escritura. Pero no tuvo en cuenta que la verdad posee riqueza, y que se puede hablar de forma verdadera acerca del mismo objeto desde puntos de vista totalmente diversos.

Nos ocupamos ahora del primero de los dos relatos de la creación. Comienza con la frase: «La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas» (1,2).

Las palabras expresan el concepto bíblico de caos. Este concepto designa algo diferente que el mito. Para este último, el caos es lo dado primordialmente, no ideado ni creado, sin cualidad alguna pero, aun así, presente; es ambiguo en cuanto al sentido y el ser, pero es la divinidad primordial misma: una idea que pasa después fácilmente a lo inquietante, demoníaco, incluso al mal. En cambio, el caos del que habla la Revelación es bueno y claro, sin ambigüedad. Es la creación en su primer estado, aún informe, pero con la plenitud de las posibilidades. Es mezcla de las sustancias de las que puede ser formada cualquier figura; plenitud de energía que carece aún de objeto, pero que está ya orientada hacia un futuro planeado por Dios.

Aquí no hace falta un demiurgo que ponga orden. En la obra de Dios no hay nunca desorden. Incluso el «caos» era «orden» en el hecho de ser exactamente lo que Dios quería que fuese en ese momento. Nunca ha habido un estado tal que tuviese que expresarse a través de las imágenes de un poder primordial opuesto o de un seno primordial que alumbrara y al mismo tiempo devorara. En imágenes semejantes busca justificarse a sí misma la rebeldía del hombre caído, retrotrayendo su propio ánimo hasta el fundamento de las cosas y reivindicando el derecho de intervenir autocráticamente en lo que carece de señor. Por el contrario, sobre el caos del Génesis domina el Espíritu de Dios, el Espíritu del Dios viviente. El caos del Génesis no estuvo nunca solo, nunca fue de derecho propio, nunca comienzo primordial: siempre estuvo el espíritu de Dios «sobre

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la faz» de ese caos, siendo su Señor y determinando la hora de su plasmación.

A este Espíritu Santo tenemos que agregarlo a nuestro pensamiento en todo aquello de lo que se hable a continuación en el relato de la creación. Todo lo que se realiza allí en un proceso majestuosamente creciente de separaciones, ordenamientos y formaciones acontece a través de él. Todo ello no es ni el fruto de un gobierno mítico ni el resultado de un desarrollo regido por leyes naturales, sino obra de un santo poder, encaminada hacia la historia del reino de Dios.

Y ahora comienza la obra. Dice Dios: «Exista».

¿Cómo se desarrolla en el mito el acto de crear? Viene un ser poderoso, coge el renitente caos, lucha con él, lo vence, le da forma. De ese modo se ve con claridad que no se trata de Dios, sino del afanoso ser humano, solo que amplificado a una magnitud gigantesca y misteriosa. ¡Qué diferente es en la Revelación! Allí dice Dios: «¡Exista!», y aquello que ha sido creadoramente nombrado llega a la existencia.

Su creación no se da mediante el puño, sino mediante la palabra, es decir, mediante el espíritu y la verdad. Esta palabra no es un encantamiento, un conjuro, magia, sino una orden que tiene poder sobre el sentido y certeza de ser obedecida. Y no es afanosa. La omnipotencia no se esfuerza. Realiza su obra en la libertad de quien es Señor. Realmente Señor: no vencedor sobre los enemigos y los obstáculos. No hay para él enemigo ni obstáculo alguno.

Pero tampoco es este acontecimiento lo que las ciencias naturales designan cuando – sea como astronomía, como historia natural, como paleontología, etc.– hablan del devenir de nuestro mundo a través de procesos en los que hasta el más pequeño de los sucesos tiene el carácter de ley que es propio de la necesidad natural. La Revelación no niega, por cierto, este aspecto del devenir del mundo, pero no habla de él. Ella habla del mundo en el que ha de surgir el reino de Dios a través del ser humano, de cuya misión y acción, traición y salvación se hablará en los siguientes libros de la Escritura. Ambos entornos contextuales no están en contradicción. Parecen contradecirse, de modo que una teología juiciosa deberá ocuparse de mediar en el conflicto, o bien, confiando en la unidad de la verdad, abandonarlo a una comprensión futura. Lo que primero debe llegar a ser es la luz. Mucho se ha especulado acerca de esta luz. Pero la respuesta solo será correcta si no se pierde de vista el sentido y la intención del conjunto del relato de la creación. Pues ¿qué luz puede ser esta si, como dice el versículo catorce, el sol y la luna solo pueden ser creados después de ella? Por lo visto, no se trata de la luz a la que se refiere el físico cuando habla de la luz, de modo que se anticiparan aquí descubrimientos

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y teorías de un remoto futuro. En cambio, se la llama «día», y a su contrario, la oscuridad, «noche», y ambos son «separados» uno de otro.

Comienza la obra de separación, es decir, del ordenamiento. Pero este no se refiere al mundo como naturaleza, sino como ámbito vital del hombre, hacia el cual se orienta el surgimiento del orden. El ordenamiento se refiere al mundo de la existencia. Así surge el día como el ámbito de tiempo en que el hombre está en vela, recorre sus caminos y realiza su obra. Y la noche es el otro ámbito, en el cual el hombre descansa de su obra, se retira y duerme.

Después se afirma: «Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero». Más tarde: «el día segundo», y «el día tercero», y así sucesivamente. Como ya hemos dicho, el relato de la creación tiene la forma de un poema didáctico y presenta el acontecimiento de la creación en la imagen de una sucesión de trabajo que se extiende a lo largo de una semana, de modo que el acontecer se articula según los días de esa semana. No se trata de que Dios realmente «trabaje», ya lo hemos dicho, pues en ello aparecería de nuevo el demiurgo del mito. Tampoco se da la preexistencia de un esquema temporal general, llamado «semana», al cual el creador tuviese que atenerse, ya que el «tiempo» mismo es creado como la modalidad de ser de lo finito. Antes por el contrario, también la imagen se refiere al mundo de la existencia del hombre y fundamenta su orden. Enseguida abundaremos en este tema.

Las separaciones continúan. Surge una bóveda: el firmamento. Aquí se hace patente la antigua imagen del mundo, la imagen de lo aparente a los ojos. En ella hay una campana celeste que se aboveda sobre la tierra y separa las aguas. Estas «aguas» tienen todavía el carácter del caos, de lo no contenido, de lo que fluye por todas partes. Entonces se introduce una separación y una asignación a diferentes ámbitos: al de las nubes –más exactamente, al ámbito que está aún más arriba, donde ni siquiera hay nubes, sino los líquidos en espera, a las «cámaras» de las que proviene la lluvia– y al de la superficie de la tierra, abajo, con sus aguas. Todas estas cosas tienen tan poco que ver con cosmología científica como la luz de la que hablábamos hace instantes. También en ellas se trata del ordenamiento de ámbitos de vida: del ámbito de las alturas, de los poderes meteorológicos que sirven a Dios, y del ámbito de la tierra, donde viven y realizan su labor los hombres.

Su surgimiento es la obra del segundo día. Pero, una vez que la poderosa simpleza del cántico de la creación ha grabado en la consciencia creyente que «la luz existió», dice, inmediatamente después: «Vio Dios que la luz era buena». La frase se dirige contra el dualismo babilónico, cuya imagen del mundo contenía poderes primordiales malos, y

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afirma: no hay en el mundo nada que sea malo desde el «principio». Todo lo que Dios ha creado y ordenado es bueno. Solo el hombre ha traído el mal a la tierra, y no por la fuerza de necesidades míticas, sino porque así lo quiso. El mal no constituye principio alguno de este mundo. No es necesario para que surja tensión, vida, para que se desarrolle la historia. Tales ideas son el versículo malo que el hombre ha producido por la propia acción y sus consecuencias. En contra de ello se dirigen las palabras del relato de la creación pronunciadas por aquel a quien el mismo Génesis llamará, por boca de la estremecida Agar, «el que ve», más aún, «el que me ve» (16,13). Aquel que todo lo ve contempla y pondera su obra, y declara: «es buena». Seis veces se expresa de este modo, y la séptima, al final de toda la obra, una vez que ha sido creado el hombre, dice – constituyendo el sello definitivo–: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (1,31).

El hombre ha de interiorizar esto mismo en su corazón: todo lo que Dios ha creado es bueno. No hay mal primordial alguno. Solo el hombre ha traído el mal al mundo bueno de Dios. Tampoco es mala la serpiente –imagen de Satanás, el tentador–, de la que se hablará después. También ella ha sido creada buena, se ha rebelado por decisión libre y, de ese modo, se ha hecho mala, más aún, se ha convertido en el ancestro de todo lo malo.

Al tercer día, Dios opera la separación en la misma tierra. La separación comienza por la de lo húmedo y lo seco, y surgen el mar y la tierra firme.

Nuevamente: no es de geología de lo que aquí se trata. «Tierra» es más bien el espacio en que el hombre tiene su casa y cultiva su campo; «mar», por su parte, es aquello que le resulta en principio intransitable, pero por lo que, más tarde, como dice el salmo de la creación, el salmo 104, el hombre se abrirá caminos de otro tipo con sus naves.

Después surge el mundo de las plantas. En ellas se menciona especialmente su prodigiosa cualidad de «llevar semilla» (1,11), es decir, de ser fecundas, de modo que su vida continúa a lo largo del tiempo.

En el versículo 29 se afirma, sin embargo, que ellas tienen que servir de alimento al hombre. Esto debe comprenderse por cierto como una referencia a que el hombre en su estado originario, en el paraíso, no mataba para poder vivir.

La cuarta estrofa nos muestra qué poco está determinado el conjunto del relato por puntos de vista científico-naturales. Esta estrofa habla del surgimiento de los cuerpos celestes y relata que tal surgimiento se dio después de la aparición del mundo vegetal. Por tanto, tampoco los astros aparecen como meras formaciones naturales, sino como

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elementos de la existencia humana. En efecto, el hombre en su edad temprana se encuentra bajo una profunda influencia de los astros. El sol y la luna determinan su vida, y no solo como elementos para medir el tiempo, sino también como poderes. Ellos penetran con sus ritmos la vitalidad del hombre, le ordenan el trabajo y el descanso, las fiestas y los emprendimientos. El relato de la creación habla de los astros con esta plenitud de poder y esta importancia.

Una vez que ya existe el mundo vegetal, cobran existencia los animales. La quinta estrofa y también la sexta hablan de ellos. Viven de las plantas, y aparecen los tres ámbitos que habitan: el mar, la tierra y el aire.

En los animales, en su nadar, volar y correr, se muestran por antonomasia la vida y la fecundidad. De ese modo, la Revelación habla en ese momento de una potenciación del poder creador, a saber, de la bendición: «Luego los bendijo Dios, diciendo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar: y que las aves se multipliquen en la tierra”» (1,22). La bendición forma parte de la vida. Ella hace que la vida, amenazada de tan múltiples maneras, pero en la que se encuentra la hondura desde la que surge el crecimiento y acontecen la procreación y el nacimiento, permanezca incólume, prospere y se multiplique. Para el hombre del Antiguo Testamento no existen energías naturales y leyes naturales, sino que todo se realiza de forma inmediata por el actuar de Dios, también y especialmente los procesos de la vida. Y la bendición es aquella acción de Dios por la cual subsiste la vida. Los salmos hablan una y otra vez de ello: pensemos en el hermoso salmo 65.

Y ahora dice Dios: «“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra”. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (26-27). La palabra que aparece aquí como nombre de Dios, Elohim, es en hebreo un nombre plural. Por eso, puede traducirse también: «Quiero crear al ser humano a imagen mía».

Sobre el surgimiento del ser humano hablará con más detalle el segundo relato. El primero dice que el hombre aparece tan pronto como el conjunto del mundo se encuentra ya en la plenitud de sus formas así como en la sabiduría de sus ordenamientos. Dice, además, que el hombre es imagen de Dios, y que lo es como varón y mujer. Pero imagen de Dios es él porque puede dominar sobre el mundo.

Dios es el Señor por esencia y eternidad, prototipo de todo señorío. Pero él ha hecho al hombre señor por gracia y en el tiempo. En ello estriba su semejanza de Dios. Y ese señorío debería ser semejante al divino también en cuanto no debería realizarse

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solamente a partir del poder, sino también del sentido, no solamente a partir de la fuerza, sino también de la moderación y la bondad. El segundo relato lo dice al narrar que el hombre en el paraíso encontró los nombres de los animales y al no hacer referencia alguna a que el hombre matara. Esta es la decisión bajo la que habrá de estar siempre la existencia del hombre: la de si quiere ser señor en la verdad, es decir, como imagen, dispuesto a dominar obedeciendo, o si se deja confundir en su espíritu y reivindica para sí un señorío que echa a Dios de su trono. Esta es la separación que se impone y se confía al hombre: la separación entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo erróneo.

Pero también sobre el hombre pronuncia Dios su bendición: sobre su vida, para que sea fecunda, y sobre su obra, para que sea lograda e involucre en su dominio a la tierra con todo lo que hay en ella.

«Así quedaron concluidos», dice después, «el cielo, la tierra y todo su ejército»1 (2,1). El «ejército» es la multitud de las formas: en el cielo, los astros, en la tierra, sus ámbitos y los seres que viven en ellos. Con esto, Dios ha realizado su obra: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho».

Misteriosas palabras: Dios ¡«descansó»! Si su omnipotencia no ha experimentado fatiga alguna en el acto de crear, ¿cómo ha de necesitar descanso? Y, también, el hecho de que haya un «después»: ¿cómo lo habrá para él, para quien no rige tiempo alguno? Sin embargo, como hemos visto, de él se habla con la imagen de un artesano que trabaja seis días y el séptimo descansa, o sea, como del prototipo del cual debe ser imagen la vida del hombre. De este modo, el día séptimo se convierte en día de descanso también para el hombre –descanso del ejercicio del señorío– y se funda el sábado.

Dejemos fuera de consideración la pregunta de si, a pesar de todo, la expresión del descanso no ha de significar también algo respecto de Dios, y a partir de dónde podría buscarse su sentido. En cualquier caso, se ancla aquí en la creación misma un ordenamiento humano fundamental, el del trabajo y el descanso. En efecto, si observamos con más detalle, nos percataremos de que la estructura del conjunto apunta al anuncio del sábado.

Pero ¿por qué se da semejante importancia a este día?

La condición de imagen de Dios en el hombre estriba en que puede ejercer dominio, pero debe hacerlo como imagen de Dios. No por derecho propio debe él ejercer su señorío, sino bajo las órdenes de su prototipo, es decir, en obediencia frente al verdadero Señor. Y, una vez más: no por la fuerza y como esclavo, sea de poderosos de este

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mundo o del trabajo mismo, sino, también aquí, bajo las órdenes de su prototipo, es decir, en libertad. Es sumamente ilustrativo ver cómo la época que no reconoce ya a Dios como Señor de la existencia sino que quiere ser autónoma esclaviza al hombre respecto del trabajo como nunca antes. El día séptimo debe dar al hombre la libertad de la existencia sin trabajo para que tome plena consciencia de su noble condición.

Pero el día séptimo significa algo más todavía. En el silencio del día séptimo el hombre debe deponer su corona para poder elevar ante sí la imagen del verdadero Señor. En el misterio de su descanso debe hacerse visible Dios: de ahí la gran importancia de este día. Una y otra vez debe poner en claro el ordenamiento fundamental de las cosas: que Dios es Señor por sí mismo y por esencia, y que el hombre lo es por gracia y en subordinación a él. Él ha creado desde el comienzo primordial la gran obra del mundo. Nosotros debemos continuarla a lo largo del tiempo en respeto frente a él. Todo ataque contra el día del Señor es un ataque contra Dios.

Pero, por Cristo, el sábado se ha convertido en domingo, día de la resurrección. Los primeros cristianos observaban ambos días. Después, el sábado se disolvió en el domingo. Ahora es este el día en que hemos de tomar consciencia de la obra del mundo que el Creador llevó a cabo con pureza y grandeza, pero también de la obra de la salvación que el Hijo del eterno Padre ha consumado de forma tan inconcebible.

Así, pues, el primer relato de la creación dice, primeramente: todo ha sido creado por Dios. Digámoslo de otro modo: no hay «naturaleza» alguna en el sentido moderno. Esta la ha inventado el hombre moderno para hacer superfluo a Dios. En ella ha colocado él todo lo que, en verdad, corresponde al Señor de la existencia: se afirma que ella es lo que siempre ha existido, el misterio primordial de donde todo brota, el espacio universal en el que todo discurre, el último mar en el que todo desemboca… No hay tal naturaleza. El mundo no es «naturaleza», sino «obra»: por supuesto, obra de Dios. No es lo primero primordial, sino lo segundo, esencialmente segundo, que ha llegado al ser por voluntad del Creador.

Hace falta mucho tiempo hasta llegar a comprender en qué consiste la diferencia y qué significa ella. Quien no lo tenga claro, realmente claro en esencia y consecuencia, tiene que esforzarse por tenerlo. Todas las cosas adquieren a partir de aquí un carácter diferente. La idea moderna de naturaleza falsea todas las determinaciones de la existencia. El reconocimiento de que el mundo es obra y de que detrás de él está la voluntad de aquel que lo ha querido las pone en orden.

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es su Señor. Con el concepto de naturaleza, la Edad Moderna quiere decir que el mundo se encuentra por sí mismo en lo impersonal: no tiene Señor, es tierra de nadie. Solo el hombre tiene derechos sobre ella, fundamenta su propiedad sobre ella, a lo que se agrega, una vez más, lo contrario en el error de afirmar que el hombre proviene de la naturaleza y regresa a ella, que su supuesto señorío es una ilusión y un fingimiento. En realidad, solo existe, se afirma, la ineluctable necesidad del monstruo mudo.

En verdad, al mundo no le ha faltado nunca señor. Por esencia es propiedad de aquel que lo ha creado y lo sostiene en el ser. También la voluntad que le niega a Dios el mundo es propiedad de este mismo Señor Universal, de modo que tiene que ser un espectáculo de escalofriante ridiculez a los ojos de los ángeles que el hombre creado por Dios vuelva contra Dios los mismos instrumentos que pertenecen al eterno Señor a fin de arrebatarle lo que le pertenece. En verdad, todo señorío humano está dado en feudo, aunque de forma auténtica y legítima. Más aún: el hombre solo puede dominar sobre el mundo porque lo hace en el campo de fuerza del señorío divino. Una naturaleza que realmente no tuviese Señor sería inaprehensible para el hombre, le sería siniestra.

Una tercera cosa dice el relato de la creación: que todo ente está, en cuanto tal, lleno de verdad. No es que tenga que venir primeramente el hombre para ordenarlo porque, en sí mismo, fuese caótico, como ha afirmado la misma Edad Moderna al decir que el hombre la ordena a través de las categorías del espíritu humano y del poder de su voluntad que le confiere sentido. También esto se ha dicho para hacer superfluo a Dios. Pero este caos del ser tiene tan poca existencia como el del mito.

Y una cuarta cosa: la existencia es buena. Todas las cosmovisiones trágicas o estéticas que afirman que el mal forma parte del mundo, que él conforma la amargura que hace grande la existencia, que es el polo opuesto al bien por el cual surge tensión y se pone en movimiento la historia –y como quiera que recen las diferentes formas de gnosis antigua o nueva–, son todas teorías inventadas por el hombre para justificar la desgracia que él mismo ha causado. Desde el origen, la existencia es buena. El mal, que ahora la confunde, solo se ha agregado después.

Pero el sábado-domingo debe ser el día en el que aprendamos siempre de nuevo a distinguir, dando a Dios lo que le corresponde y recibiendo de él la libertad que él ha determinado para nosotros.

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EL SEGUNDO RELATO DE LA CREACIÓN Y EL

ORDENAMIENTO DEL MATRIMONIO

Tenemos que hablar ahora del segundo relato de la creación, que sigue inmediatamente al primero.

Este es introducido por algunas frases que dicen de una manera nueva que, al comienzo, reinaba el caos, la informe confusión: «El día en que el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo; pero un manantial [caótico]1 salía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo» (2,4b-6). Pero de inmediato se relata la creación del hombre: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo» (7). En el centro de todo el relato se encuentra el hombre; todo lo demás se ordena alrededor de él.

Una vez más, el modo en que se describe su surgimiento nada tiene que ver con ciencia. Se da en imágenes. Y las imágenes deben leerse de forma diferente que las afirmaciones conceptuales. Hay que evocarlas, contemplarlas y sentirlas interiormente, y de ese modo comprender su sentido.

Primero se dice que Dios, el Señor, modeló el cuerpo del hombre2 «del polvo del suelo»: del mismo suelo del que brota el grano que le da el pan.

Cuando el relato habla del cuerpo del hombre y, después, del aliento que Dios le insufla, no se está haciendo referencia a la diferenciación en la que pensamos cuando hablamos de «cuerpo y alma». «Cuerpo» es aquí forma muerta. Está allí, como el producto que surge cuando un artista trabaja el barro y le da forma. Miguel Ángel representó en su tan célebre pintura del techo de la Capilla Sixtina al hombre que ya tiene vida y extiende su mano hacia Dios para recibir del dedo del Creador la chispa del espíritu. De aquí resulta una maravillosa composición, pero se yerra en cuanto al sentido del relato, pues lo que según el texto bíblico está tendido allí es todavía mera formación inerte. Después, Dios se inclina sobre ella y le insufla el «aliento de vida». En estas palabras se conjugan muchas cosas: el aliento, que penetra misteriosamente el cuerpo; el

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espíritu, que piensa y planea; y hasta el pneuma, el aliento de Dios, que llena al profeta. Todo esto resuena y hace sentir lo inaudito de la existencia humana.

Así, pues, cuando el hombre percibe en la reflexión su propia profundidad interior, cuando intenta tantear a dónde conducen las raíces de su ser, llega primeramente al polvo del suelo, pero, después, al aliento de Dios. No queremos hacer demasiadas especulaciones interpretativas en torno a las imágenes, sino dejarlas como son, corporales y vitales, y captar lo que nos dicen: que nuestra esencia humana proviene de la hondura de la tierra, pero también del pecho de Dios. Por eso, el hombre está en el mundo y, por otra parte, también fuera de él. Su «lugar» es el borde del mundo, aquel borde que llega hasta cada trozo y cada elemento del mundo. De ese modo puede comprenderlos y amarlos, pero también ser señor sobre ellos. Es tremendo cuando él quiere habérselas con el mundo pero Dios no ha de estar presente en ello: entonces, el hombre cae en dependencia del mundo.

Dios prepara ahora al hombre el espacio de su vida, es decir, crea el paraíso (2,8ss.). Este se presenta bajo la imagen de un jardín o parque que «el Señor Dios planta», como un soberano secular hace plantar un jardín para pasearse por él. Se trata de un ámbito rodeado de cuidados, atravesado por aguas puras –«agua viva», como suele decir la Escritura para distinguirla del agua reposada de las cisternas– y poblado de hermosos árboles frutales. Para el habitante de aquellas tierras abrasadas por el sol, es la encarnación de una deliciosa plenitud de vida. Dios da este jardín al hombre para que lo «guarde y cultive».

Nuevamente, una imagen. Significa el mundo en cuanto ha sido puesto en manos del hombre para que él lo tenga bajo su cuidado y realice en él su obra, pero de tal manera que Dios esté presente en todo. En efecto, en la imagen del jardín interviene también otro aspecto: que Dios mismo vive en él. Esto se pone de manifiesto en el relato de la tentación, donde se cuenta cómo Dios se pasea por él a la hora de la brisa refrescante de la tarde (3,8). Se trata de un símil encantador del modo en que Dios quería participar en la acción de sus seres humanos, viviendo con ellos en el mundo santificado. Allí debía desarrollarse todo lo que se denomina vida y obra humana, historia y cultura, pero debía hacerlo en la cercanía de Dios y en la comunión con él, de modo que el hombre no habría necesitado nunca hacer lo que se dice más tarde, de nuevo con una imagen: esconderse de él.

Se dice, después: «El Señor Dios se dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él, que le ayude”». En el relato, el hombre existe hasta ese

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momento solamente como varón. Pero, como dice la sabiduría de la Revelación, esto «no es bueno». Con ello no se llena todavía la esencia del hombre; más aún, está amenazada. Se relata, pues, cómo Dios da al varón una «ayuda» para su vida y su obra, es decir, cómo le da comunidad. Pero el hombre solo puede tener verdadera comunidad con el hombre: «Entonces el Señor Dios modeló de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó a Adán, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que Adán le pusiera. Así, Adán puso nombre a todos los ganados, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontró ninguno como él, que le ayudase» (2,18-20).

Lo que aquí ocurre es «encuentro» en el sentido propio de la palabra. El hombre llega ante la presencia del animal, lo contempla, siente su esencia, la comprende y le pone nombre. Para la visión primitiva, el nombre significa lo nombrado en la apertura de la palabra. O sea que cuando el hombre da nombre a algo, formula su esencia en la palabra y, de ese modo, incorpora la cosa en el entramado de su lenguaje, en el ordenamiento de la existencia. Así lo hace con los animales, y se pone de manifiesto que ellos no pueden ser una «ayuda» que fuese a hacer que el solitario sea capaz de vivir: queda clara la ajenidad entre hombre y animal.

Es importante comprender la enseñanza que se da al hombre «al principio» de su existencia: que él es diferente del animal. Que nunca encontrará junto al animal aquella comunidad que regalan el «tú» y el «nosotros». Puede establecer con el animal una relación muy viva en la que intervienen múltiples lazos. En el animal, la naturaleza puede acercársele tanto como ella puede llegar a hacerlo –de forma semejante a lo que sucede en el jardín a través del mundo de las plantas–.Pero la frontera esencial sigue estando ahí, y algo se habrá trastocado si el hombre introduce al animal en una relación en la que solo debiese estar otro ser humano –como hijo, como amigo o como lo que fuese–.Y ello por no hablar del trastorno de la verdad que se instaura cuando el hombre venera a lo divino en la imagen animal. Pensemos en la apostasía que se produce en el ámbito sagrado del Sinaí mientras Moisés recibe en la cima del monte para el pueblo la revelación del Dios viviente: cómo ellos exigen de Aarón: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros», y cómo él funde con las alhajas de las mujeres el becerro de oro, y el pueblo rinde homenaje al ídolo en un delirio pagano (Éx 32,1ss.).

Así, los versos siguientes relatan cómo Dios le crea al hombre la compañera que corresponde a su esencia, lo que también significa que ella recibe el compañero que le corresponde: «Entonces el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; le

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sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios formó, de la costilla que había sacado de Adán, una mujer, y se la presentó a Adán» (21-22).

Tampoco esta es una afirmación conceptual, sino una imagen. No dejemos de repetirnos que hemos de recordar siempre el modo en que habla el texto sagrado: de forma religiosa y en imágenes. En este caso, lo que sucede acontece en un «letargo», es decir, en un éxtasis por el cual el hombre es sacado fuera del contexto natural de consciencia. En ese estado Dios toma una parte de su cuerpo y construye a partir de él a la mujer: una vivísima expresión de la igualdad de esencia que existe entre el varón y la mujer. Cuán poco tiene esto que ver con biología o anatomía queda subrayado cuando se ve que todo el proceso debe entenderse tal vez incluso como visión de Adán dormido.

Dios presenta la mujer al varón y, una vez más, acontece encuentro, reconocimiento de esencia a esencia. Esto se manifiesta en las frases que siguen, que son una expresión de júbilo: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”,3 porque ha salido del varón» (23).

Ahora es posible la comunidad humana. Y algo de importancia decisiva se expresa en el hecho de que esta comunidad sea designada primeramente como «ayuda»: como un estar juntos en la existencia, un complementarse en la vida y en la obra. Así, pues, lo que determina en lo más hondo la esencia de esta unión no es lo fisiológico, sino lo personal. Esta unión contiene todo lo que despierta en la relación entre el varón y la mujer: la conmoción del amor, el instinto que se desata y la fecundidad humana, el encuentro con el mundo a partir del amor y la inspiración de la obra por ese amor. Todo ello se designa con «ayuda». De modo que el segundo relato de la creación del hombre dice con sus imágenes lo mismo que el primero mediante la frase: «Y creó Dios el hombre a su imagen… varón y mujer los creó» (1,27). «El hombre» es varón y mujer. Esto se dice en el primer relato por frases sintéticas y, en el segundo, a través de una narración: en ambos casos se trata de la magna charta de la relación entre los sexos.

«Por eso», continúa el Génesis, «abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (2,24). El primer relato culmina en la fundamentación del día del Señor, del ordenamiento del tiempo de vida santificado; el segundo, en la fundación del matrimonio, del ordenamiento de la comunidad humana santificada. Hacia esta fundación se dirige todo lo que él dice.

Esto tiene un eco en el Evangelio de Mateo. Se acercan unos maestros de la ley a ver a Jesús y le preguntan: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?» (19,3). En el ordenamiento del Antiguo Testamento, el varón tenía el derecho de

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