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Chiaramonte Formas de Sociedad y Economia en Hispanoamerica

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(1)

Y E C O N O M ÍA E N

H L S P V N O A M IR IC A

F O R M A S D E S O C IE D A D

J O S É C A R L O S C H I A R A M O N T E

(2)

f o r m a s d e s o c i e d a d y

ECONOMÍA EN HISPANOAMÉRICA

TOSE C A R L O S C H IA R A M O N T E

enlace

/

historia

(3)

F A C . D E F I L O S O F I A B I I 2 L I O T K C A 1(? \ SIG N A . U r.A <2 J 1 J L T G í’ ü . . ■ ■ ■ ! ' ' < I N° Df- I I ; .. - ¡ 7 ' 3 á 9 _____ t e ' . ; J F r ____ N -TA N» ____ EXPf O. U* ____ FAC7 l • FECHA I v. -,l ‘j

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FORMAS DE SO C IED A D Y E C O N O M IA EN H IS P A N O A M E R IC A ir . J u p » f u M ilu t r a l i A i d n c u el <ir IrurMig.uMinct S o c ul c * «le h i S \ M ) » 4 ( hur^montc I) H • l « w| |».r H ) l I O K I A I ( » K I J A L D ( ) , S A i .il/ S u n K j i t o l t i S j t i t . ilj u n m i n i V i£» n i i i u n u - 1 1 2 1 0 Mu¿u« I U n l j l t » " Mí x i í o, D E ­ P R I M I R \ I D K I O N

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íih lew ru nta tifl nhtnr

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(4)

A m i madre Berenice E.T.B. de Chiammonte

(5)

Indice

Advertencia... Pr im e r a Pa r t e. Génesis del “ diagnóstico” feu­

dal en la historia hispanoamericana... 15 Los criterios de periodización en la prime­

ra mitad del siglo XIX y el concepto de

feudalism o... 21 La connotación del concepto de feuda­

lismo ... 30 Dos casos distintos en el uso del concepto

de feudalismo: México y Chile luego de

la independencia... 36 La adopción del “ diagnóstico feudal” . . . . 48 Situación de los países hispanoamericanos

al promediar el siglo X IX ... 50 El análisis del retrato... 52 Desde fines del siglo XIX hasta la obra de

Mariátegui... 63 El pensamiento socialista de comienzos

del siglo XX ante la cuestión. Ingenieros,

Mariátegui... 65 La “ tesis del feudalismo” en Mariátegui . . 70 La preocupación por definir la “ etapa” . . . 82 Dos interpretaciones contemporáneas y

coincidentes de la historia hispanoameri­

cana: Chávez Orozco, Puiggrós... 84 La polémica Puiggrós-Frank... 91 SEGUNDA PARTE. “ Modos de producción” y

otros supuestos conceptuales para la periodiza­

ción histórica... 97 I. Comentarios previos... 99 II. Análisis de los textos significativos. . . 102

1. Contenido del concepto de modo

de producción en el uso de Marx. . 102 2. Las relaciones de producción... 117

(6)

3. Las relaciones entre los conceptos de producción, modo de produc­ ción, fuerzas productivas, hombres,

relaciones de producción... 120

III. Verificación, en algunos desarrollos teóricos de Marx, del uso de concep­ tos analizados... 134

1. El concepto de modo de produc­ ción específicamente capitalista . . 136

2. Evaluación del criterio de Marx (respecto de fuerzas productivas, modo de producción, relaciones de producción) y de sus cambios en el análisis de la producción de la p lu sv alía... 149

Algunos comentarios fin a le s ... 163

Te r c e r a Pa r t e. ¿Circulación o producción? El dominio del capital comercial en la economía novohispana... 167

1. Observaciones previas... 169

2. El concepto de capital co m e rcial... 1 7 2 3. La expansión económica novohispana en el siglo X V I I I ... 186

4. El dom inio del capital comercial en la economía novohispana... 194

CUARTA PARTE. Formas de producción y relacio­ nes sociales: análisis de algunos procedimientos de interpretación... 211

Producción (modos de producción) y rela­ ciones sociales en los casos considerados . . 213

La producción agraria y la tesis feudal. . . . 227

Feudalismo: analogía y c o n c e p to ... 238

Criterios respecto del concepto de feuda­ lismo ... 240

Problemas del procedimiento por analogía: la servidumbre... 244

La “ desaparición” de la servidumbre... 250

Comparación y clasificación... 254

Analogías, definiciones, modelos... 256

(7)

APÉNDICE. (Notas complementarias de la Segun­

da P arte )... 271 I. Sobre el concepto “ m odo de produc­

ción manufacturera” ... 271 II. Cambios de criterios de Marx respecto

(8)

Advertencia

Este trabajo ha sido realizado en el Instituto de Investi­ gaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cada una de las cuatro partes que lo integran fueron elaboradas con cierta independencia, especial­ mente la segunda, publicada ya en la Revista Mexicana de Sociología (no. 1, 1982). Pero, en su conjunto, se

dirigen a cumplir el propósito central de la investigación, que consiste en examinar las dificultades, empíricas y teóricas, del esfuerzo por interpretar y periodizar la his­ toria hispanoamericana, así como estimar el valor de algunos de los resultados alcanzados por la historiografía respectiva. Este propósito concierne, fundamentalmente, al uso de categorías como modo de producción, feuda­

lismo, capitalismo y otras vinculadas a ellas, que consti­ tuye lo más destacado de los debates historiográficos de los últimos tiempos en este campo y que concentra la mayor atención del trabajo.

Por últim o, deseo agradecer las observaciones formula­ das por algunos lectores del manuscrito. Especialmente las de Carlos Manchal, Osvaldo Feinstein y los partici­ pantes en la discusión organizada por el Area de Sociolo­ gía de la Población del IISU N AM .

JOSE CARLOS CHIARAMONTE

México, D.F. julio de 1983

(9)

Primera Parte

Génesis del “ diagnóstico”

feudal en la historia

hispanoamericana

(10)

Aparentemente, se trataba de un problema sencillo. Un señor feudal no debía ser difícil de distinguir de un em­ presario capitalista. Tampoco una economía feudal de una capitalista, ni una sociedad feudal de una burguesa1 . Sin embargo, el problema de discernir si las sociedades hispanoamericanas eran de naturaleza feudal, capitalista u otra, se convirtió —y continúa en ese estado— en uno de los más arduos en el campo de las ciencias sociales a lo largo del siglo XX. A tal punto que autores pertene­ cientes al mismo campo teórico, y utilizando similar

información empírica, han dado respuestas radicalmen­ te distintas generalmente unos en pro de la “ tesis

feudal” , otros de la “ tesis capitalista”— a la cuestión del tipo histórico de sociedad en Hispanoamérica (o la del tipo histórico de economía, que forma parte de aquélla).

Con el fin de salvar la dificultad del problema, histo­ riadores, sociólogos, economistas y otros científicos sociales, pasaron del análisis de la sociedad al de la eco­ nomía; y, todavía más, trataron de asir la rebelde natura­ leza del asunto en el ámbito más circunscripto y funda­ mental de los modos de producción, entendiendo que una definición obtenida en ese nivel resolvería por fin un problema extrañamente complicado en el plano de la organización política de la sociedad o en el de la cultura. Sin advertir que, aun si se considerara a esas esferas de la vida social como un nivel aparente, no esencial, de todos modos constituirían una manifestación necesaria

1 Tal como sucedía tomando al pie de la letra metáforas como la siguiente:

“El molino movido a brazo nos da la sociedad de los señores feudales; el molino a vapor, la sociedad de los capitalistas indus- tríales”, Carlos Marx, Miseria de la Filosofía, México, Siglo Vein­

(11)

|g l ORMAS DI SOCIhDAD Y liCONQM ÍA LN HISPANOAMERICA

, v ñor lo tanto, deberían poseer la calidad de l o wencl ernible, ya feudal, ya capitalista, que

históricamente - condicionante de los modos de

c o r r e s p o n d e r ía' ‘ t¿rm ¡n0s: si la estructura de la

so-produccion. - naturaleza, ello debería nece-^ e n t « p e - b id o en o. nivel de las

"super-PS T odo ” ) anterior alude, en realidad, a sólo una etapa

en Juntam iento del problema; la etapa mas reciente, en a t e sin dejar de ser exam inado en otros ámbitos, en

buena med.da ha tendido a ceñirse al de las categorías marxistas. Sin embargo, el problem a no nace dentro del pensamiento marxista, co m o la literatura mas reciente sobre el tema puede inadvertidamente hacer inferir, ni tampoco a fines del siglo pasado2. Su origen se remonta al tiempo de los intelectuales contem poráneos a la inde­ pendencia y se halla ya conform ado con claridad, aunque sin mayor desarrollo, hacia fines del siglo XIX. La obser­ vación no limita su valor a la mera cronología. Por e contrario, nos parece que el estudio de la manera en que surge la cuestión del tipo histórico de sociedad, y los sucesivos cambios de conform ación que sufre a o largo del siglo pasado y del actual, constituyen un recur so de excepcional valor para entender el porqué (^e ^Ts^

complejidad que señalamos en párrafos anteriores. él hemos de dedicar esta primera parte de nuestro ra bajo.

tn ella, al convertir en objeto las razones por las qu* se formularon los “diagnósticos” , ya feudales, ya caP

aistas, ya de otra naturaleza; esto es, al analizaripn. condicionamientos de diverso tip o

-ideológicos

cien Í1 s. ooyunturales. . de esos diagnósticos, dejare

di^i ,)<)r eJ m°mento de lado, intencionadamen

e'

*m .»on * su V , d e si estaban acortados o er*

v

I.

!' * distinto del que

consideraremos

ah Nuestro'rt n<T<> a otra etapa de nuestra investiga ^

punto de vista, en este sentido, provien

Jt la rTj*,>/lLn,Rr,osv>- iocieconómicos de [nlír^ rl¡:rM-

Rín-fion, « ‘ J"»'U»un< ana de Mariátegui a hundí

(12)

GtNESIS DEL “DIAGNÓSTICO" FEUDAL J9

considerar que la realidad social no es algo que está ahí para que la mente se apropie de ella reflejándola “ tal cual es”, sino que el acceso a esa realidad está mediado, entre otras cosas, por e! estado de los conocimientos he­ redados; que esa realidad es un cúm ulo infinito de datos y que la labor científica recoge un número limitado de ellos, cosa que requiere un criterio de selección, provis­ to por ese equipo intelectual que es dado por la labor de los que trabajaron antes. Una especie de “ a priori” relativo, a priori para cada momento de la labor cientí­

fica, fruto de la experiencia anterior acumulada y some­ tido a crítica en el enfrentamiento con la realidad que es objeto de estudio'. Por lo tanto, nuestro interés inicial consiste en comprobar cómo se construyó el juicio sobre el tipo histórico de economía o sociedad, de manera tal que una misma realidad haya podido llegar a ser conside­ rada ya feudal, ya capitalista o interpretada bajo otras categorías. Contrariamente a lo que una ingenua aproxi­ mación al problema podría hacernos suponer, la tarea de reconocer la índole histórica de las economías y so­ ciedades hispanoamericanas no consiste en un simple cla­ sificar los fenómenos económicos o sociales estudiados, según cierto criterio preestablecido de clasificación. Dado que cada uno de esos fenómenos —producciones, relaciones de producción, formas de organización p o lí­ tica. . .— no poseen la clara y manifiesta conformidad con los criterios de clasificación como suponemos suce­ dería en las ciencias naturales. Las peculiaridades histó­ ricas de su conformación, las peculiaridades de tiempo y de lugar, convierten en una tarea por demás compleja el reconocimiento de su índole histórica, su puesta en concordancia con cierta periodización de la Historia. Pues aquella otra metáfora de Marx, que comparaba los res­ tos de medios de trabajo de épocas pasadas con los restos fósiles de especies extinguidas, respecto de la posibilidad que brindaban de reconstruir la especie desconocida a

’ Al respecto véase la crítica de (¡ramsci al empirismo. Anto­ nio (¿ramsci, (Juaderni del i aterre, Volume ter/o, Torino, »iu ic> Einaudi. 1975, pag. 1926.

(13)

, . .

¿ o '

también se ha r e - .- .iío s u c r .o e i s

partir de! hallazgo •

¡ investigación su sto rsa .

difícil de poner en

h

^

dido funda, u ]2 rJ2 ] ia c o m p r a d o r ce La

economico», ?m o dgdo. dentro de la economía

existencia Derminría inferir ia ír.aoie histórica

$ : r ^ S « porque los d a t ó l e s Pr , porcionados por las fuentes huronea* son ttílc u e , ce clasificar" sesún los criterios ce per.ooiracioa. sino también porque la conexión ce un e.etnento con otro oosee un carácter mucho menos necesario, aeao s

excluvente. que el que se da en la anatom ía comparada. Por ejemplo, respecto ce Hispanoamérica, e¿ prooiem aae definir la índole de una economía oral en e¿ s.x.o

XVI! o en el X M ü si era íeudai. capitalista o de o ira naturaleza, es tradicionalmente com plicado, no sólo por las dificultades que presenta, por ejemplo, ei definir la naturaleza de las formas de trabajo mita o repartimien­ to, peonaje y otras—, saber si son vanantes de ia servi­ dumbre. de ía esclavitud o del trabajo libre. Esas dificul­ tades se acrecientan oor la razón mas ceneral de aue. enA w m la historia, la existencia de relaciones de producción que uLa misma importancia que posee ía estructura ce los huesos fósiles para conocer la organización de especies animales extingui­ das, la tienen los vestigios de medios Jt' rrjr-j' 7 para formarse un

juicio acerca de formaciones economseo-sociales per; midas. Lo que diferencia unas épocas de otras no es lo que se hace. sino,

con qm medio* de trabajo se hace. Los medios de trabajo no sólo son escalas graduadas que ser.aían e! desarrollo alcanzado por ía ucrza de tra^aí° humano, sino también indicadores de las relacio- S ‘ r ^ ^ C,Ua!es se e í e c t u a trabajo". Kari Marx.F.i

ron lihn>lp Ü^' J ¿ ono’KlJ traducción de Pedro Sea* Z n o s A« v 1 * * * * * Je M CuPií j!, v. II.

C ie n o s Aires. 5ig!o \ e m t i u n o . 1 9 7 1 . p á g . 2 1 8

5iva, durante°muf b n ^ ^ ' en ®ran me<ílda-la atención casi exclu-3 !a? f° rmas d* Iraba>* * *

conieni-*n la discusión sobre e¡\ionh rUmienI°* e! Peonaje por deudas . J

de manera que si se IosJ h ^ stonco de P ie d a d iberoamericana:

mas de trabajo se infenr.-» a emosIrar la índole sen

1

! de esas for- infenrta de inm ediato el feudalismo. . .

(14)

GÉNESIS DEL “DIAGNÓSTICO" FEUDAL 21

consideramos privativa de un m odo de producción —ser­ vidumbre, del feudalismo, trabajo libre, del capitalism o- suele presentarse “ atípicamente” , en situaciones de co­ rrespondencia con conjuntos de otra índole. Por ejem­ plo, tal como en diversos estadios del capitalismo suele existir reclutamiento y retención forzada de la mano de obra, o como la servidumbre puede encontrarse en la Grecia clásica.

Desde el momento, entonces, en que la labor de defi­ nir la naturaleza histórica de un aspecto de la realidad económica o social estudiada es tarea compleja, y en que esa complejidad proviene —cosa de la que no podemos ocuparnos aquí'-- no sólo de la realidad misma —o. de otra manera, de la información que las fuentes contie­ nen y de la forma en que la contienen- , sino también de las deficiencias de las herramientas conceptuales utiliza­ das, de los criterios de periodización. de las categorías teóricas básicas, --como, en tiempos recientes, las de modo de producción o la de formación social. . , el estudio del proceso por el cual llegaron a ser formulados los “diagnósticos” históricos es un prólogo valioso para la ciítica del estado actual de la cuestión. Por lo menos, porque nos recuerda que la labor histórica no consiste en el simple esfuerzo por hallar una verdad que está ahí, oculta por algunos errores, sino en la construcción de una forma de acceso a la realidad, de una forma de reco­ lección y de manipulación de los datos de esa realidad, de una forma de tratamiento del contenido de las fuen­ tes, tanto como de un esfuerzo por salvar las lagunas y ambigüedades de las herramientas teóricas que utilizamos.

Los criterios de periodización en la primero m itad del siglo xix y el

concepto de feudalism o

Nuestro punto de partida consiste en advertir que un problema com o el de la índole de las economías o socie­ dades hispanoamericanas entraña una serie de supuestos.

(15)

nieunos va señalados en un trabajo anterior no siempre ilíc ito s y frecuentemente poco dilucidados. Entre Los supuestos hay uno, que no consideramos en el tra- hmo recién citado, que merece ocupar un lugar princi- n-d la concepción de la historia como un proceso some­ tido a algún tipo de legalidad especifica, en el que es dado distinguir etapas, tales como las designadas con los conceptos de feudalismo o capitalismo; en otras pala- bras una forma de penodización histórica. El esfuerzo por referir la realidad social hispanoamericana a alguno de esos sistemas sociales, supone el postulado de que estas sociedades, como todas en la historia, están sometidas a cierto tipo de leyes que las tornan “ clasificables” dentro de las formas de sociedad establecidas por los historiado­ res como etapas características del desarrollo de la hu­ manidad. Por lo tanto, lo que haremos en la primera par­ te de esté trabajo sera establecer si en los primeros tiem­ pos de vida independiente de los países hispanoamerica­ nos hubo algún intento de distinguir formas de organiza­ ción social, ya fueran concebidas como etapas sucesivas

de su historia, ya como ingredientes distintos dentro de un mismo período.

Proponerse este objetivo significa, también, la suposi­ ción de que en todo momento de la historia de estos paí­ ses existió la necesidad do interpretar el pasado y el presente, como una tentativa de aclarar los problemas que se pn*sentaron en el curso de su organización política, í lx> primero que podremos comprobar es que ya en pleno proceso de la independencia se observa una forma de interpretación de la historia hispanoamericana, formu­ lada en términos similares desde el R ío de la Plata hasta

léxico. Por lo común, y pese a lo que habitualmente tendemos a suponer, es ajeno a ella el/concepto de feu- a ismo, aunque en algunos lugares se utilizó y hubo de e \itirse respecto de su conveniencia para calificar

cier-* •'''Pt'itos de la realidad social. Sin embargo, en tales Ar °S ( h'aranionh\ “ Acerca del tipo histórico de socie-

Coi ir, i* roam,'r*‘’a. critica do sus supuestos”, ponencia al XU

iH>r ntfrr,acu,1'al do Americanistas, México, 197 1, publicada

’ ■ Num 5. México, 1975, pags. 107 \ sigs

(16)

- ene ,U uso fue secundario y distinto del que se obser- casa, * » . . j sent.jdo de que no se

tra-%

¿1

uña

fonna de sociedad, una etapa

hWórica característica ya fuera del pasado, ya del pre- «ente do esos países/La comprensión del concepto fue Íná< restringida: so trataba de fustigar ciertos rasgos de ia¡ sociedades liberadas de la sujeción colonial, funda­ mentalmente ciertas formas de aristocracia característi­ cas de países como Chile o México), En los casos en que

e\ calificativo feudal fue aplicado a esas formas de privi­ legio predominó un punto de vista según el cual se tra­ tarían de anacronismos y no de manifestaciones prqpias de la realidad social posterior a la independencia^ El criterio era que toda forma social opresiva había desapa­ recido luego de la emancipación, y que sólo podrían subsistir ciertos grupos sociales, ciertas formas económ i­ cas, ciertos rasgos políticos —aristocracia, propiedad rural vinculada, tiranías políticas—, como anomalías destinadas a correr igual extinción a corto plazo. Por consiguiente, (si la calificación de feudal para la realidad de algunos de los nuevos países es entonces algo factible de encontrarse en las primeras décadas del siglo XIX, lo predominante en México, en la Gran Colombia, en el Río de la Plata, es la ausencia de tal perspectiva y en ocasiones su rechazo explícito,)

Advirtamos, antes de proseguir, que el hecho de que la “ tesis feudal” no fuera la primera en surgir no abona nada en pro o en contra de esa tesis. Esto se debe a que as opiniones de los hombres del siglo pasado respecto de la realidad social que analizaban, no pueden servir como testimonios probatorios en pro de una u otra pos­ tura en la materia. De otro modo, deberíamos suponer que la conciencia de la época era un espejo ingenuo y leí de la realidad que constituía la materia de su acción política, algo, además, difícil de probar en cualquier mo- nunto de la historia. Por el contraio, en lugar de utili­ zar de ose modo las afirmaciones que puedan proporcio­ narnos diversos escritores políticos del pasado, conviene intentar comprender cual era el contexto intelectual y social que condicionaba sus puntos de vista, lo que nos abrirá interesantes perspectivas sobre el tema.

(17)

" , /,„n(.PDto de feudalismo no fuera utilizado Pe? f W una etapa histórica, es decir, con intención para definir un nifica qUe faltara entonces alguna

c r r " ¿ s ; > « « » * • a » o » "

-f i Z J r i nue reflejaba las concepciones sociales pro-

£ ¡? d e la época y revestía,,como dijimos, un carácter P . (nrfo el continente^ Esa forma inicial de perio- S n a hn,sfon°a e l "forma dé concebir, en definitiva el p opio presente y con él el cambio operado por la inde­ pendencia era una concepción eminentemente política; no solo por los objetivos que la animaban, sino también por'su contenido y su forma de expresión. En extremo simplificadora, con esa tajante división de pasado y pre­ sente característica de la Ilustración, consistía funda­ mentalmente en una visión de la historia hispanoameri­ cana como dominada por una época de despotismo y

otra, recién comenzada, de libertad’ v Por encima de las diferencias de matices involucradas en expresiones

equivalentes como tiranía, opresión, servidumbre (p o lí­ tica), prevalece en los primeros tiempos de vida indepen­ diente esa dicotomía, surgida en el cauce del pensamiento ilustrado europeo y condicionada por una percepción de la realidad social americana, que era velada por el

fuerte impulso voluntarista y optimista de los m ovim ien­ tos de independencia. J

7 Vease, por ejemplo, Simón Bolívar, “Discurso de Angostura”,

en huritos Políticos, Madrid, Alianza, [1969], págs. 96, 99, 105;

mar o de Monteagudo, “Memoria sobre los principios políticos °n administrac*ón del Perú y acontecimientos poste- n n /l 2 m,1spParac,onM’ en Horizontes Políticos. 2a. edición, Bue-

O bra^u't?C son’ ^ Pa8s- 198 y 200; José' María Luis Mora,

No parece Zoo ’ 183?’ Tomo ScSundo> Págs. 277 y 278. faltable en lorin^ 0 ^cumu,ar referencias sobre un rasgo casi

in-plo. para tomar^ °Sf Ocumentos de la época. Se trata, por ejem-dicotomia.de ladiv a m ° S0 con^icto político que corporizaba la

co inmediatamente ri'™ encarnada en liberales y serviles en Méxi*

cisco López Camara 1 no "suma?a la independencia: véase

Fran-M¿xico, (• 1 qoq/cs,s (J e ^ conc lcn( ia liberal en México, ■*VA. M . , 1969, P S. 245 ysigs.

oru-n nAD Y ECONOMÍA FN HISPANOAMÉRICA 24 FORMAS DI SOCIi u a u

(18)

GENFSIS o h “DIAGNÓSTICO- FEUDAL 25

Fuentes de la periodización

Interesa señalar entonces, en estas expresiones de la forma global de concebir el proceso histórico, la lógica v fuerte huella del pensamiento ilustrado —M ably, Vol- tam\ Montesquieu, Turgot. . como enseguida com ­ probaremos. Asimismo, la significativa característica, va apuntada, de prescindir del concepto de feudalismo ^-salvo en algún caso, como el chileno— para designar las facetas negativas de los nuevos países. Esto no signi­ fica que estuviese ausente dicho concepto del campo de la discusión, como veremos en el caso mexicano; es de­ cir. no se trata de una omisión que pueda explicarse por un olvido colectivo del concepto, o aún por la inexisten­ cia de cierta problemática política. Por el contrario, no sólo el rechazo explícito del diagnóstico feudal, por par­ te de hombres como Otero en México o Pueyrredon para el Rio de la Plata*, sino también esa concepción de dos épocas separadas por la Independencia, la del despotis­ mo y la de la libertad, implica ese prescindir del concep­ to de feudalismo para interpretar la realidad hispano­ americana.

Es además lógico que sucediera así y que la visión de un feudalismo generalizado fuese posterior, pese a lo que habitualmente suponemos. Es lógico, ya que en las concepciones de la historia heredadas de la Ilustración, la época de las monarquías absolutas correspondía a una etapa posterior al feudalismo. Así, según el Abate Mably, el germen del feudalismo fue extinguido en Francia ha­ cia ei reinado de Luis XI (Segunda mitad del siglo XV), en la medida en que “ una verdadera m onarquía” había ido sucediendo a la “ política bárbara y anárquica de los

* Mariano Otero, “Ensayo sobre el verdadero estado de la cues­ tión social y política que se agita en la República Mexicana” , en

Obras. Tomo 1, México. Porrua. 1967, pag. 17; (Juan Martín de Pup\rredon), "Instrucciones reservadas que deberá observar el

capitán general del ejercito de los Andes, D. José de San Martín,

m las operaciones de la campaña destinada a la reconquista de

Chile' . en Carlos Calvo, Anales historíeos de ¡a rwohuión de lo larma , Tomo cuarto, París 1865, pág. 107.

(19)

26 FORMAS DF SOCIFDAD Y FCONOMIA FN HISPANOAMERICA

feudos”9. A los imperios ibéricos no se les situaba por lo tanto, en la época feudal.) Y sobre todo, el siglo ante­ rior a la Independencia, la época borbónica en España, era por definición una época no feudal, moderna. Así, para Voltaire, el “ gobierno feudal” había sido sustituido por la libertad en Inglaterra y por el poder absoluto en España10. Expresión, “gobierno feudal” , que hay que entender no como referencia a un nivel de la sociedad sino como una forma, política, de periodizar la historia'.,

Tampoco los españoles del siglo XVIII calificaban su tiempo de feudal, aunque pudieran reconocer la raigam­ bre feudal de instituciones como las manos muertas.

Campomanes, en el Tratado de la Regalía de Am ortiza­ ción , sólo emplea el vocablo feudal en la restringida acep­

ción que designa cierto tipo de bienes o cierto tipo de derechos relativos a esos bienes: así, por ejemplo, cuan­ do advierte que en la fundación de un mayorazgo la vinculación tiende a preservar los “ derechos feudales o dominicales” . O cuando distingue bienes “ feudales,

enfitéuticos o tributarios” 11 . No se observa, en este uso del vocablo, referencia a un sistema social o económico; ni, por otra parte, la carga peyorativa con que se utiliza­ ra polémicamente más tarde. Está claro que es todavía demasiado temprano (1765) para la aparición del con­ cepto de feudalismo en el sentido que llevamos comen­ tado.

El fenómeno es más evidente aún en el celebre texto de Jovellanos sobre la ley agraria. El vocablo feudal sólo aparece ya bien avanzado la obra para referirse a los ma­ yorazgos, y está empleado en una expresión, “ derecho feudal” , simplemente técnica, sin matiz valorativo, pero

Abbé de Mably, Observations sur l'histoire de Franco, (4 vols.),

París, A. Kehll, 1788, Tome Second, págs. 235 y 238; véase su descripción de la “ruina del gobierno feudal” en el Cap. IV, Tome Second, pags. 229 y sigs.

10 Frisa vo sobre las costumbres v el espíritu de las naciones ...,

Buenos Aires, Hachette, 1959, pág. 387.

' 1 Conde de Campomanes, Tratado de la Regalía de Amortiza­

ción, (Edición facsímil), Madrid, Ediciones de la Revista de Tra­

(20)

'Ni SIS DI L -DIAGNÓSTICO” FEUDAL 27

cerrada en un párrafo que vincula ese derecho a un pa­

gado que el autor juzga, sí, remoto y bárbaro: ¿De dón-

S¡ nudo venir tan bárbara institución? Sin duda del

derecho feudal” 12. Ese derecho feudal está no sólo remi­ tido a un lejano pasado, sino también a un origen no español; pues, a renglón seguido, señala que había preva­ lecido en Italia durante la Edad Media y que a través de la escuela jurídica boloñesa había sido conocido y adop­ tado por los jurisconsultos españoles. Estos los sembra­ ron en la legislación alfonsina y en la enseñanza universi­ taria, provocando, entre otras consecuencias, la difusión de los mayorazgos13. El feudalismo, aunque este voca­ blo no aparece aún en el texto de Jovellanos, es para él algo propio del pasado, anterior a la monarquía moder­ na española. El criterio aparece con más claridad en una nota a pie de página, en la que el autor vierte su juicio con más énfasis, nota relativa a los tiempos en que los Reyes Católicos combatían a la nobleza. El texto se refiere a los castillos, “ baluartes del despotismo feudal”, en una forma que trasluce nítidamente el punto de vista de que tales rasgos feudales ya eran anacronismos en el siglo X V IM . Pues, como está explícito más adelante, en un comentario respecto do la política económica de los

Gaspar Melchor de Jovellanos, informe de la Sociedad k'eo- nórniea </<• Madrid al Reai r Supremo Consejo de Castilla en el hxfHxJiente de la l ev Agraria , Madrid, 1820 (fue concluido en

17941. paR. 104.

1' Idem, pags. 101 v 105.

14 La nota se refiere a la necesidad de derogar una de las leyes

do Toro que reforzaba, al aplicarse a los castillos, los privilegios de

la noble/a feudal "Sera creíble que cuando ya no era lícito a los

particulares construir castillos y casas fuertes, cuando se prohibía expresamente reparar los que caminaban a su ruina, cuando se mandaban arruinar los que poseían los señores, cuando en fin el Robierno luchaba por arrancar a la noble/a estos baluartes del des­ potismo feudal, donde se abrigaban la insubordinación y el me­ nosprecio dt* la justicia y de las leves; sera creíble que entonces se nia\orazj;asen las ampliaciones y mejoras hechas por los partícula- r*'s 1,1 sus castillos y fortalezas? Infiérese de aquí cuán lejos esta-

sn por nquel tiempo los buenos principios políticos de las cabe-jurisperitas*’ (pag 117).

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FORMAS Di: SOCIEDAD Y I.CONOMÍA EN HISPANOAMÉRICA

“estados modernos” , concibe la “ ruina del sistema feu­ dal” como un hecho perteneciente a un pasado ya dis­ tante1' .

En el Inform e, entonces, el blanco principal del ata­

que es el exceso de reglamentaciones y el espíritu adver­ so al interés del género humano propio de parte de ella. Esporádicamente, aparecen también referencias a leyes o prácticas para las que el calificativo de barbarie cum­ ple la función denigrante que en el siglo XIX correspon­ derá también al vocablo feudal. Pero el calificativo bár­ baro tiene en el uso de Jovellanos un valor menos genéri­

co que aquel a que estamos acostumbrados, más ceñido a su uso originario, referido a los rasgos propios de los pueblos bárbaros que avanzaron sobre el Imperio roma­ no. No está claro, por lo tanto, que esa calificación de barbarie, tal como ocurre, por ejemplo, con el caso de la Mesta16, pueda considerarse equivalente a la de feudal; dado que la historia del período de las invasiones bárba­ ras y formación de los nuevos reinos medievales, previa al período propiamente feudal, era todavía, como lo muestra el texto de Jovellanos, materia de interés y fuente de ejemplificaciones para el razonamiento polí­ tico de su época.

Para los hispanoamericanos que escribían en los tiem­ pos iniciales de la independencia, a menudo fuertemente influidos aún por la ilustración ibérica, ocurría algo simi­ lar a lo que acabamos de observar respecto al juicio sobre la centuria anterior17. La razón de esta forma de conce­ bir las cosas era, como veremos mejor más adelante, esa acepción esencialmente política del concepto de feuda­

lismo en los autores del siglo XVIII, característica que todavía perdurará, en alguna medida, en románticos y positivistas. Es cierto que existió, como veremos al anali­ zar los casos chileno y mexicano, otra visión además de la que señalamos como política, que ponía el acento en la amplitud de la desigualdad en la posesión y

disfru-15 Idem, pág. 169. ** Idem, pág. 37.

11 José María Luis Mora, Méjico y sus revoluciones, París, 1836, Tomo I, págs. 85,111, 223.

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CtNlSIS DLL “ D IA G N Ó ST IC O ” F E U D A L 29

de la riqueza y en la m iseria c o n s ig u ie n te a la servi- te rni3I-elR S in em bargo p r e d o m in ó la a c e p c ió n p o lític a ,

p eu a \a esencia de lo fe u d a l re sid ía en la e sp e c ifici­ dad de las relaciones p o lític a s : d e b ilid a d de los poderes

éntrales y fuerza co n sig u ie n te de los p articu lare s, así C mo lazos de h o m b re a h o m b re caracte rístico s del va­

sallaje. En d efinitiva, el fe u d a lis m o era, f u n d a m e n ta l­ mente, un tip o de o rg a n iz a c ió n p o lít ic a , a u n q u e atenién-

donos a la acepción m o d e rn a d e l c o n c e p to de lo p o lític o , el feudalismo era m ás b ie n la n e g a c ió n de lo p o lític o como esfera diferenciada de las relaciones entre los h o m ­ bres; tal com o está expresado en u n te x to de Montes-

quieu, que re pro d ucim o s m á s ad e lan te , q u e alud e al transito de u n régim en p o lític o a u n régim en fe u d a l y a una jurisdicción m ás bien fe u d a l q u e p o lític a en los

comienzos del fe ud alism o francés19 .

Dentro de esta perspectiva, el fe n ó m e n o m ás caracte­ rístico de la época fe u d a l era la “ a n a r q u ía p o lít ic a ” , esa

“anarquía feudal” q ue M a b ly , V o lta ire o C o n d o rc e t, se­ ñalan com o d istin tiv a de los tie m p o s posteriores a Carlo- magno. C o n sig u ie ntem e nte, la c e n tra liza c ió n del poder, el fortalecim iento de la m o n a r q u ía , q ue caracterizan la historia m ode rna de E s p a ñ a , p o r e je m p lo , c o n s titu y e n por d e finición u n a etapa d is tin ta de la del feudalism o . “Luis X I h a b ía asestado u n golpe m o rta l en F ra n cia al poder feudal —dice V o lta ire —; F e rn a n d o e Isabel lo com batían en C astilla y en A rag ón ; en Ing laterra h a b ía

cedido ante el g ob ie rno m ix to ; subsistía en P o lo n ia bajo 18 Sobre el contenido político del concepto de feudalismo, Vcease’ .además de las obras citadas en el texto, Robert B o u tru c h e , Señorío y feudalismo. Primera época, los vínculos de dependen- (■ia, Rueños Aires, Siglo Veintiuno, 1973, págs. 13 y sigs. Respec­

to del énfasis en lo social, véase en nuestro trabajo, más adelante, el parágrafo relativo a los casos chileno y mexicano.

19 Véase el texto de Montesquieu correspondiente a la nota Núm. 23. Según Mably, se llama “ gobierno feudal” a “los dere­ chos y deberes fundados sobre la fe dada y recibida” en un tiem­ po en que no había “ otro vínculo entre las partes desunidas del

estado que la fe y el homenaje” (Ob. cit., Tome Premier, págs. 355 y 356).

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I ORMAS DI S O n i DAD Y I CONOMÍA 1 N HISPANOAMERICA

otra forma, poro era n i Alemania donde había conserva­ do y aumentado todo su vigor"*0. Kse criterio, conti­ nuara vigente en Hispanoaméric a: todavía a mediados del siglo XIX, . .allá las convulsiones de la feudalidad.. —señalaba Andrés Bello, refiriéndose al reinado de Enri­ que IV en líspaña—; V, en contraste,u. . .acá | bajo los Re­ yes Católicos) una administración central y vigorosa, atinada en sus consejos; un principio de unidad que vivifica y armoniza los miembros incoherentes y hasta entonces hostiles. . ." 2I .

ia connoíación del concepto

de feudalismo

(j)esde el influjo de las obras de los autores del siglo

XVIII hasta la de los textos de moda de los positivistas,

los pensadores hispanoamericanos habían asimilado una visión del feudalismo que ponía en primer lugar el panora­

ma de dispersión de los poderes centrales vinculado al predominio de la gran propiedad señorial y a su secuela de luchas armadas entre los particulares:

“ Los reyes sin autoridad —describía Tttrgoten 1750—, los nobles sin freno, los pueblos esclavos, las campañas cubiertas de fortaleza y sin cesar desvastadas, la guerra encendida entre una ciudad, entre una aldea y una aldea, penetrando, si así me atrevo a hablar, la totalidad de los reinos; todo comercio, toda comunicación interrumpida; las ciudades habitadas por artesanos pobres y sin reposo; las únicas riquezas, el único descanso que algunos hom­ bres todavía gozaban, perdido en la ociosidad de una nobleza esparcida aquí y allá en sus castillos y que no sabia sino librar combates inútiles para la patria; la igno­ rancia más grosera extendida sobre todas las naciones, Voltalro, oh. cit., pág. 617; también Mably, oh. cit., Tome Sccond. pafcs. 235 y sigs,

Andrés Bello, Historia física y política do Chile por Clau­ dio C*a\ (ñola bibliográfica pubticada en Kl Araucano entre sep­

tiembre de 194 I y mar/o de 1845), en Tenias de Historia v (ieo- grafía. Caracas, Ministerio de Educación, 1957, pág. 127.

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GÉNESIS DEL “ DIAGNÓSTICO” FEUDAL 31

sobre todas las profesiones. Cuadro deplorable, pero demasiado semejante a la Europa durante muchos si­ glos!” 22 . A su voz, el abate Mably, explicaba los rápidos progresos que hizo “ la" tiranía de los particulares a favor de la anarquía general” luego del reinado de Carlos el Calvo (840-877), cuando los señores gozaban de todos los derechos que “ nuestros jurisconsultos modernos lla­ man de regalía, que se llamaban entonces simplemente

señoriales, y que constituyen efectivamente la sobera­ nía” . Y empleaba, repetidamente, la expresión anarquía feudal, que perdurara como predominante en la visión

del feudalismo hasta el siglo XX23.

Asimismo, uno de los textos de mayor influencia en Hispanoamérica a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, Del Espíritu de las Leyes de Montesquieu (1748),

había suminstrado una versión clásica de la dispersión del poder en la Francia feudal:

. .dividida Francia en m ultitud de pequeños seño­ ríos sujetos a una jurisdicción más bien feudal que p o lí­ tica, era difícil que hubiera una ley sola, pues no se habría podido conseguir que todos la observaran” . Más tarde “ la sucesión hereditaria de los feudos y el estable­ cimiento general de los sub feudos acabaron con el régi­ men político y formaron el régimen feudal. En vez de la m ultitud incontable de vasallos que tenían antes los

22 Turgot, “Tableau philosophique des progres successifs de l’esprit humain” , en Ecrites Économiques, Paris, Calmann-Levy,

1970, pág. 55; traducción nuestra; son también nuestras el resto de las traducciones de fragmento correspondientes a obras que he­ mos utilizado en su lengua original en este trabajo).

JJ Abbé de Mably, ob. cit., Tome Premier, págs. 352 y 358; Tome Second, págs. 142, 144, 235. Véase la misma expresión en Condorcet: “ De tal manera la conquista sometió esta parte de Europa a una anarquía tuniultosa, en la que la masa del pueblo gemía bajo la triple tiranía de los reyes, los jefes guerreros y los sacerdotes...” ( ...) "...Trazaremos —añado más adelante— el cuadro de las evoluciones de esta anarquía feudal, término que sirve para caracterizarla” , h'squisse d'un tabican historique des progris de l ’esprit liumain. París, Editions Sociales, (1966?), pág.

157; asimismo, Voltaire, ob. cit., págs. 321 y 332 y sigs., 617 y 618.

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FORMAS DE SOCIEDAD Y ECONOMÍA EN HISPANOAMERICA

reyes, tuvieron pocos, y de estos pocos dependían todos los demás. Los reyes llegaron a no tener casi ninguna autoridad directa; y un poder que debía pasar por tantos otros poderes, se atenuaba o se perdía antes de llegar a término. Los vasallos directos, com o eran poderosos, de­ jaron de obedecer, y aun se valieron de los sub vasallos

para no obedecer. Los reyes, privados de sus dominios, reducidos a las dos ciudades reales de Reims y de Laon, quedaron a merced de los señores feudales. Crecieron demasiado las ramas del árbol y el tronco se secó. El reino se encontró sin dom inio, com o hoy el imperio, y la corona se dio, por consecuencia, a uno de los vasallos más poderosos” *4 . Y por su parte, Voltaire, en un tra­ tamiento menos sistemático y más descriptivo, no escati­ maba referencias a la Francia” . . . sin jefe, sin policía, sin orden” que debiera haber sido presa del extranjero si “ una anarquía m uy semejante en todos los reinos” “ repartidos bajo un número incontable de pequeños tiranos” no le hubiera brindado seguridad. En ese perio­ do - siglo XI- “ . . . la ferocidad y el libertinaje, la anar­ quía y la pobreza reinaban en todos los estados” 2<;.

No debemos entender que otros aspectos del feuda­ lismo fueron totalmente descuidados en el pensamiento del siglo x v m . Pero son las manifestaciones superestruc- turales de ios regímenes feudales las que más concitaron la atención. De tal manera que la natural asociación de esos rasgos políticos con el predom inio de la gran pro­ piedad rural, fue tam bién abordada desde aquella óptica. Ln un autor com o Sm ith, en el que el análisis económi­ co se centra en otras facetas del fenóm eno, la proyec­ ción política de la propiedad feudal es llevada a primer plano, en una referencia a los tiempos en que . -I*1 tierra era considerada como un m edio no meramente de subsistencia sino de poder y protección. . .” Y añade en la misma página;

En aquellos desordenados tiempos, cada gran pro­ pietario de tierras era una especie de pequeño príncipe. mu» fti’f espíritu de las leves, París, Garnicr

Her-. mo srRund<>, Págs. 260 v 484. Voltairv. ob. cit., p¿gs. 332 y 3 3 3.

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GÉNESIS DEL “DIAGNÓSTICO" FEUDAL 33

Sus arrendatarios eran sus vasallos. El era su juez, y en ciertos aspectos su legislador en la paz y su jefe en la guerra. Hacía la guerra de acuerdo a su propio juicio, frecuentemente contra sus vecinos y a veces contra su soberano. . .”26.

Es decir que la característica que suele ser insepara­ ble de la visión del feudalismo en todos los tiempos, la propiedad señorial, es introducida en el concepto de feudalismo desde un punto de vista político. Esto es, la propiedad de la tierra como fuente de esa forma de poder propia de aquella época:

“Podría creerse —señala Voltaire— que no es un po­ deroso esfuerzo del genio sino un efecto muy natural y muy común de la razón y de la codicia humanas, que los poseedores de tierras hayan querido ser en ellas dueños”27.

/Pese a los cambios del pensamiento europeo durante el período romántico y el positivista, la visión del feuda­ lismo continuó centrada predominantemente en el plano

político y dominada por el fenómeno de la dispersión del poder asociada a la gran propiedad rural2y. En suma, como se expresaba Augusto Comte, se trataoa de “ . . .la transformación que mejor distingue, en la opinión co­ mún, el régimen feudal propiamente dicho. . esto es, el progresivo predominio de la . .dispersión política

ib Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, London, Methn & Co., s. f., Vol. I, pág. 408

—véase en Libro II, Cap. III y Libro III, Cap. II, las referencias de Smith a la economía feudal, esp. págs. 335 y 408 y sigs.; véase también las de John Stuart Mili, Principios de economía política,

México, F. C. E., págs. 47 y sigs.

2-7 Voltaire, ob. cit., pág. 617.

28 “Me remonto por un momento a lo que era Francia hace se­

tecientos años. La veo repartida entre un pequeño número de fa­ milias que poseen la tierra y gobiernan a los habitantes. El dere­ cho de mandar pasa de generación en generación con la herencia.

Los hombres no tienen más que un sólo medio de dominar unos a los otros: la fuerza. No se reconoce otro origen del poder que la propiedad inmobiliaria”, Alexis de Tocqueville, La democracia en América, México, F. C. E., 1973 (la primera edición es de 1835),

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34 FORMAS DE SOCIEDAD Y ECONOMÍA EN HISPANOAM ERICA

sobre una concentración —dice respecto del proceso de formación del feudalismo—, cuyo mantenim iento de­ venía continuamente más difícil, al mismo tiempo que su principal objetivo había cesado realmente de exis­ tir. . .” 29.

Es por eso, como señalamos, que los tiempos colonia­ les fueron vistos por los pensadores latinoamericanos del siglo x v m y de las primeras décadas del XIX, como parte de una historia posterior y distinta de la del feuda­ lismo. Las lacras adjudicadas al período colonial —en algunos lugares, hasta la servidumbre indígena— eran concebidas como ingredientes del despotism o, es decir

de la forma de gobierno —forma de organización p o líti­ ca de la sociedad— característica del período colonial. Hay un texto de Bolívar en el que se puede observar claramente cómo describe ese periodo colonial con ras­ gos que podrían sugerir la analogía feudal que, sin embargo, es eludida:

“ Yo considero el estado actual de la América como cuando, desplomado el Imperio Rom ano, cada desmem­ bración formó un sistema político, conforme a sus inte­ reses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones; con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a reestablecer sus antiguas naciones” . En cambio, “ .. .sien­ do nosotros americanos por nacimiento y nuestros dere­ chos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los naturales del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado. . .**, . .Los americanos en el sistema español que está en vigor, y quizá con ma­ yor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la socie­ dad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más, el de simples consumidores; y aún esta parte coar­ tada con restricciones chocantes. . y comenta;

* • negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna otra asociación civilizada, por más que recorro la sene de las edades y la política de todas

Auguste Comte, Cours de phüosophie positivt\ Troisiéme

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GLNKSIS DHL "DIAGNÓSTICO” FfiUDAL 35

las naciones” 10. Se nota en este texto que la disgrega­ ción política sugiere la referencia a la época medieval, pero sin que la analogía se convierta en un diagnóstico sobre la forma de la sociedad. Es decir, que ya advertida cierta semejanza con la época del feudalismo, no se^pien- sa empero que la sociedad americana fuera feudal. /.

Considerar esa servidumbre, dijimos, como un rasgo del despotismo, no de un feudalismo local, es un punto de vísta que podemos encontrar también en México, en una referencia a los indios “ . . . esa porción inocente y oprimida, que sin embargo de haber mudado de señores, gimen en la más dura servidumbre. Se les dice que son

independiantes, libres y felices, que pasaron los aciagos tiempos del despotismo, que ya no los gobiernan los fe­ roces españoles, sino los blandos americanos-, más ellos,

tan esclavizados y pobres como siempre, nada han me­ jorado. . . ” 3J.

Lo común es, entonces, a lo largo de las excolomas hispanas, la inexistencia o el rechazo explícito del juicio sobre una conformación feudal de esos países, motivada por Jas concepciones generales en que se mueve el pensa­ miento político de la época. Nos parece útil verificarlo nuevamente en un texto de 1823 especialmente apropia­ do, en el que un político ecuatoriano compara la situa­ ción americana con la europea y Umita a esta última la vigencia de los “ códigos feudales” :

“ Son muchos y muy insuperables los obstáculos que los desgraciados europeos encuentran en los abusos de la administración, en la demasiada injerencia del gobierno, en la extravagancia de las leyes civiles, en la barbarie de los códigos feudales, en el fomento y protección que los bárbaros antepasados dieron a los pastos y caza, en los

,0 Simón Bolívar, “Carta de Jamaica”, en Escritos Políticos, ob. cit., págs. 69 y sigs.

Artículo “Comunicado, Acerca de los indios, labradores y «tésanos”, Correo Semanario de México, Núm. 18, Miércoles 21 de marzo de 1827 —firmado por “ Un Mexicano”, pero atribuido por el editor a Vicente Guerrero— (tomamos el texto de: José

Joaquín Fernández de Lizardi, Obras, vol. VI —Periódicos, Correo S&nanario de México—, México, U. N. A. M., 1975, pág. 287).

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36 FORMAS DI SOCIEDAD Y F CONOMIA VS H1SPANOAM ) RICA

atentados lépales contra la propiedad pública y particu­ lar, en el curso judiciano, en los abusos del crédito p ú­ blico, en la enajenación de las rentas del principe, en la deuda nacional, en los privilegios exclusivos de las cor­ poraciones, en las falsas máximas de política y en el fu­ nesto sistema de contribuciones. Kn América, en donde no existen felizmente esas envejecidas trabas y casi insuperables obstáculos, es fácil conseguir sin el mayor trabajo el inefable beneficio de un gobierno colom ­ biano. .

Dos casos distintos en el uso del concepto de feudalismo: México y Chile luego de la independencia

Hemos advertido anteriormente que si bien la natura­ leza de la sociedad hispanoamericana no era considerada como feudal por los intelectuales de la primera mitad del siglo, la posibilidad de esa interpretación no había sido totalmente eludida y que, en algunos casos, el con­ cepto de feudalismo fue aplicado a aspectos parciales de la soci«*dad. Rechazada su aplicación por efecto de las concepciones más características de la época, se in­ troduce en virtud del influjo de otra vertiente del pensa­ miento ilustrado que, si bien no fue predominante en la ilustración europea, tuvo fuerte incidencia en la iberoamericana las tendencias igualitarias* Ks decir que, (por un lado, una penodización histórica, fundada en las formas de organización política de las sociedades, impe­ día considerar a las excolonias hispanas como sociedades feudales (aunque posteriormente, en las nuevas condi­ ciones de la segunda mitad del siglo, será esa misma na­ turaleza de la periodización la que facilitará el “

diagnós-Pertenece a Vicente Rocafuerte, que llegara a ser Presidente de la República Ecuatoriana, y esta tomado de “ F'l sistema colom­ biano popular . " (1823). selección incluida en Losé Luis Rome­ ro, (romp I, Pvnianm puhtuo de la vmam ipji ion, Vol. II, Ca- nras, Biblioteca Ayarurlio. (1978), pags. 265 y 266.

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GLNES1S DLL "D IA G N Ó S T IC O ” FEUDAL 37

tic o ” feudal). Pero, por otro lado, la co m paración con el feudalism o puede surgir, com o ya advertim os, vinculada a ciertos rasgos de la estructura social que, aunque no fueron llevados a prim er plano en el concepto que el pensam iento ilustrado tenia del feudalism o, estaban sin em bargo presentes en él a partir de la sensibilidad que en algunas vertientes de la ilustración despertó el proble­ m a de la desigualdad social.

Por ejem plo, es sugestivo com probar, respecto de un fenóm eno com o el del inquilinaje chileno, la diferencia de dos juicios, un o de fines del siglo X V in y otro de m e­ diados del XIX. El prim ero de ellos pertenece a José de Cos Inberri, Secretario del Consulado de Santiago de C hile, este ju ic io revela, al m encionar la existencia de rasgos feudales en el inquilinaje, la preocupación por el problem a de la desigualdad social a raíz de la situación de pobreza de los inquilinos. C on referencia al “ pobre co lo no e in q u ilin o que habita las estancias” , expresa que

. . no puede llam ar suyos ni aún los cuatro palos de que form a su miserable choza y que por la infeliz co n stitución de las cosas se puede decir que está sujeto a casi todas las servidumbres del régimen feudal, sin gozar ninguna de sus ventajas” . Mientras que, hacia fines del siglo, Diego Barros A rana se referirá al m ism o asunto en térm inos que denotan com o fundam ental la preocupa­ ción por el fenóm eno de la dispersión del poder p o lítico :

. .A quella organización, que convertía a cada propie­ tario en una especie de señor feudal y a sus inquilinos en vasallos, daba a los primeros una grande influencia social. P odían aquellos, y así solían hacerlo, form ar den­

tro de sus haciendas partidas armadas para perseguir malhechores, o para defender algún p u n to vecino de la costa en que se tem ía un desembarco del enemigo; y en to d a emergencia contaban bajo sus órdenes tantos h o m ­ bres com o inquilinos ten ían sus propiedades” 33.

3Í El texto de Cos Iriberri, cit., por Hernán Ramírez Necochea,

Antecedentes económicos de la Independencia de Chile, Santiago

de Chile, Segunda edición, Fac. do Filosofía y Educación, Univer­ sidad do Chile, 1967, pag 103; Diego Barros Arana, Historia Ge­ neral de Chile, 2a. edición, Tomo séptimo, Santiago, Nascimento,

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38 FORMAS DE SOCIEDAD Y ECONOMÍA EN HISPANOAMÉRICA

(La preocupación por el problema de la desigualdad social en la Ilustración iberoamericana estaba signada por la ambigüedad. No sólo por las conocidas lim itacio­ nes con que se entendía el concepto de igualdad, sino también porque la desigualdad tanto podía ser referida a la situación de los indígenas u otras capas oprimidas de la sociedad, como a las de los sectores medios respecto de los grandes propietarios. Pues, así como las reivindi­ caciones igualitarias fueron un poderoso incentivo me­ diante el cual los líderes de la independencia solicitaron el apoyo de las distintas capas oprimidas de la sociedad colonial - indios, negros, mestizos. . .—, el tema de la desigualdad también apasionaba a los intelectuales de los medios urbanos, preocupados por la existencia de grupos sociales privilegiados.^

Al respecto, será útil observar dos casos en los que el problema de los grupos privilegiados fue debatido, con criterios distintos, entre los políticos del período inme­ diato posterior a la independencia. En uno de ellos, Mé­ xico, la existencia de una aristocracia terrateniente no habría de ser considerada indicio de feudalismo por par­ te de los líderes liberales de ese país, quienes no emplea­ ban ese concepto para calificar al sector social que inten­ taba derrotar. No lo utilizaron ni respecto de los grupos cuyos pnvilegios subsistían luego de la ley de supresión de los mayorazgos —clero y militares— (1823), ni de los remanentes de la nobleza colonial14. Más aún, tanto li­ berales como conservadores coincidían en que la aristo­ cracia era un grupo social demasiado débil como para soportar la comparación con la nobleza feudal que los privilegios que poseía eran asimismo excesivamente endebles y que por ese motivo pudieron ser suprimidos con tanta facilidad los mayorazgos en 1823. (Mientras que en Chile, por el contrario, resistirán indemnes hasta promediar el siglo.) jTanto el líder liberal José María Luis Mora, como el conservador Lucas A lam án,

coinci-1933, pág. 502, [La primera edición de ia obra, en 16 volúmenes es de 1884 -18971.

)4 Charles A. Hale, El liberalismo mexicano en la época de Mora, (1821-IN53J, México, Siglo Veintiuno, 1977, pág. 121

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GhNESIS DEL • DIAGNOSTICO" IEUDAL 39

den en esto. Y otro líder liberal, Mariano Otero, desarro­ llará el tema para condenar, explícitamente, la hipótesis feudal.

( Según Otero, la hipótesis del feudalismo se pudo plan­ tear para México a raíz de la vinculación de partes con­ siderables del territorio mexicano con las familias de la nobleza, —pues para él la vinculación de la propiedad con sus diversas modificaciones, encerraba la historia completa del feudalismo en Europa. Pero desestimaba la asimilación de la aristocracia local a la aristocracia feu­ dal europea, por el tipo de relaciones sociales que

habían existido hasta entonces entre los propietarios territoriales mexicanos y sus trabajadores. iÑiega que la historia de la encomienda y el repartimiento y las for­ mas de trabajo posteriores entrañasen la servidumbre o esclavitud del trabajador: . .lejos de que la población agrícola estuviese dividida, como antes se viera en Euro­ pa, en vasallos y hombres libres, el que cultivaba los campos de un señor noble, tenía con él las mismas rela­ ciones que con el propietario de cualquier finca particu­ lar. . relaciones ajenas a la servidumbre. La aristocracia mexicana no era, en manera alguna, similar a la europea. Y por las mismas razones, tampoco el clero, propietario de gran parte del territorio mexicano, tenía carácter feudal. De tal manera, sacaba en conclusión, la monar­ quía era imposible en México por la inexistencia de una verdadera aristocracia, baso imprescindible de aquélla; aristocracia más desdibujada aún por las leyes de des- vinculación de la propiedad territorial, posteriores a la independencia” .

(En el caso de Chile, a diferencia de México, la prolon­ gada lucha contra los mayorazgos, desde los primeros momentos de la independencia hasta la Ley de desamor­ tización de 1852, hará aflorar más de una vez el concep­ to de feudalismo. Los fuertes rasgos aristocríticos de la clase alta chilena, su apego a la vinculación de la propie­ dad, la harían destinataria del agraviante mote de feudal

por parte de sus adversarios. Para el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata —según

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40 FORMAS DE SOCIEDAD Y ECONOMIA EN HISPANOAMERICA

nes dadas al General San Martin cuando éste preparaba el cruce de los Andes—, el sistema colonial en Chile había sido “en gran parte diverso” del que se desarrolló en el resto de la región meridional de Sudamérica: “ El feuda­ lismo ha prevalecido, casi en todo su vigor, y el ínfim o pueblo ha sufrido el peso de una nobleza engreída, y de la opulencia reducida a una clase poco numerosa del Reino” 36/ El juicio, por otra parte, nos ofrece con cla­ ridad lo característico en el uso del concepto de feuda­ lismo en esta primera etapa, pues el rasgo destacado es el de la desigualdad y la opresión social. A su vez, en septiembre de 1817, O ’Higgins, que ya había atacado en otros actos de gobierno los privilegios de la aristocracia, ordenaba suprimir los emblemas y títulos nobiliarios con estas consideraciones:

“ Queriendo desterrar para siempre las miserables reli­ quias del sistema feudal que ha regido en Chile, y que por efecto de una rutina ciega se conservan aún en parte contra los principios de este gobierno, todo título, dignidad o nohleza hereditaria queda enteramente abolido. . .” 37. fara O ’Higgins y otros compatriotas suyos, el feudalismo había tenido plena vigencia durante

la colonia; pero a partir de la independencia sólo resta­ ban vestigios. Sin embargo, años más tarde, el criterio

seguía vivo en la política chilena:'“ Acabemos con el feudalismo, acabemos con las antiguallas que mantienen

atado a la tradición colonial el progreso de la R epúbli­

ca” , reclamaba el periódico El Mercurio, en junio de

1850, a raíz de los mayorazgos que habían sido atacados

por un proyecto del diputado Juan Relio. Este, por su parte, afirmaba que era necesario. . . “ tratándose de

mayorazgos, de estas momias del feudalismo, de estos

vestigios antipáticos de tiempos en que todo era el

Juan Martín de Pucyrredón, ob. cit., pág. 107.

* 7 Cit. en Ricardo Donoso, Las ideas políticas en Chile, Méxi-

1946, págs. 121 y 122. También Diego Barros Ara­

na, hacia 1965, en su Historia de América, (Futuro, Buenos Aires 1960, pág. 384), considerará la existencia de “una organización •oclal muy semejante al feudalismo de la edad media” en el Chile colonial.

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GÉNESIS DLL “DIAGNÓSTICO” FEUDAL 41

honor caballeresco y nada la paternidad evangélica, no dejar rastro alguno, el menor vestigio de su ex’sten- cia” . Y también en 1850, otro de los adversarios de los mayorazgos, José Victorino Lastarria, los sindicaba de institución opuesta al principio de igualdad de derechos, propia del feudalismo y de los caprichos del despotismo del siglo x v i38.

De esta forma de utilización del concepto no emana, sin embargo, una visión de la sociedad chilena como feu­ dal. Se trata más bien de un juicio sobre ciertos rasgos de esa sociedad, que se conciben como incongruentes en el contexto de la época y atribuibles a la perduración de prácticas oprobiosas del pasado colonial. Conviene advertir esto, puesto que la utilización o el rechazo de la hipótesis del feudalismo es una alternativa polémica que se instala ya en esos tempranos años de la reflexión so­ ciológica iberoamericana. Y ocurre que no solamente rechaza el concepto de feudalismo para la situación chilena un interesado defensor de los mayorazgos como Egaña: . .en Chile no hay aristocracia. No hay un número de miembros de nuestra sociedad, que unidos entre sí formen un cuerpo separado y distinto del Estado y ejerciendo la autoridad entera confundan en sus manos los tres poderes. No hay privilegios, ni títulos, ni encomiendas, ni feudos, ni señoríos jurisdiccionales, ni alguna de aquellas instituciones que a la vez plagaron a la Europa” 39. Sino que, como decíamos, los mismos adversarios de la aristocracia, que utilizan contra ella el argumento del feudalismo, atribuían a los rasgos feudales una vigencia limitada. Tal perspectiva tendrá prolongada vigencia en la historiografía política chilena, como lo testimonia La fronda aristocrática, obra publicada en

1928 por Alberto Edwards.40

Cit. en R. Donoso, ob. cit., págs. 161 y 163. 39 Cit. en Id., pág. 132.

40 Alberto Edwards Vives, La fronda aristocrática, Historia

política de Chile, Santiago de Chile, Editorial del Pacifico, sexta

edición, 1966: “ La fronda de que hablamos no tuvo su origen, como las do Europa, en resabios de feudalismo malvencidos por el triunfo del poder monárquico. Desde mucho antes de 1810, las

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42 FORMAS DE SOCIEDAD Y ECONOMIA EN HISPANOAMERICA

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l Tenemos, entonces, que en estos dos países el concep­ to de feudalismo es suscitado por la existencia de grupos sociales privilegiados cuya base es la gran propiedad territorial.

En uno de ellos la opinión prevaleciente es la de la inaplicabilidad del concepto, mientras que en el otro ocurre lo contrario, pero con limitaciones; limitaciones que lo reducen a una función calificativa, mas bien de denuncia política, y que le asignan un carácter de excepcionalidad, no de reflejo de la verdadera naturaleza de los tiempos. Bajo el impacto aún del proceso de la independencia, se tiende a concebir el fenómeno como residuo do formas sociales del pasado en un contexto fundamentalmente diverso.

A diferencia, entonces, de lo que ocurrirá luego de promediar el siglo, cuando la hipótesis feudal surja en el plano político —el de la “ anarquía feudal”—, en los años posteriores a la independencia la denuncia del feudalis­ mo so referirá a los fenómenos de la desigualdad social, de la existencia de grupos sociales privilegiados en la posesión y disfrute de las riquezas. Claro está que el punto de partida es también político, fundamentalmen­ te por cuanto esos grupos constituían un grave obstácu­ lo para los programas republicanos. Pero el fenómeno subrayado es el de la existencia, irritante para el clima político heredado de la independencia, de grupos socia­ les con un status económico w social privilegiado, que se origina en el periodo colonial.^Posiblemente porque los círculos políticos emergentes de lo que, con exceso de lenguaje para esa época, suelen ser llamadas clases

me-antiguas familias de conquistadores y encomenderos, arruinadas por *1 lujo y el ocio, o extinguidas en la guerra o el claustro, se encontraban en plena decadencia Nuevas estirpes de mercaderes y hombres de trabajo, con sólo tres o cuatro generaciones de opu­ lencia y figuración social, las hablan lentamente absorbido o des­ plazado” (pi(. 16) " La gran contienda entre las viejas castas feu­ dales y el mundo nuevo del capitalismo y de la industria que agitó • Europa durante la primera mitad del siglo XIX, no pudo repro­ ducirle en Chile. El problema estaba aquí resuelto" (pág 24).

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