Ilustración de portada: La princesa y el ogro, de Johanna Etchemendy. www.pixtopia.com.ar
Diseño de tapa: Silvina Cortines.
Matrimonio Fácil para Tiempos Difíciles
Andrés José D’Angelo Rodríguez
Índice. Introducción
Capítulo 1: Distintos, pero complementarios Capítulo 2: El diálogo conyugal
Capítulo 3: Es la conexión, ¡Estúpido!
Capítulo 4: Personalidades, temperamentos y convivencia Capítulo 5: Hilando fino los temperamentos
Capítulo 6: Bailar con mi complemento Capítulo 7: Y vivieron felices para siempre...
Introducción
El matrimonio tiene mala prensa. Basta recorrer algunas frases célebres sobre el matrimonio para darse cuenta de que el Matrimonio tal cual fue concebido a lo largo de los últimos 20 siglos parece en franca decadencia.
“Mi mujer y yo fuimos felices por 20 años. Y luego nos conocimos…”
Rodney Dangerfield “Me casó un juez… Debí pedir un jurado”
Groucho Marx “El hombre está incompleto hasta que se casa. Después está terminado”
Zsa Zsa Gabor “Todos los matrimonios son felices. Es la convivencia posterior la que causa todos los
problemas”
Raymond Hull No existe un matrimonio perfecto. Las expectativas que las parejas ponen en la convivencia nunca se alcanzan, y esto se ve reflejado, por un lado en la mayor tasa de divorcio, y por otro lado en las nuevas formas de relación semi formal, ya sea “Novio con cama adentro”, “Amigos con derecho a roce” y otras similares. El fenómeno es universal, no circunscripto a una zona geográfica o a una cultura: las tasas de divorcio crecen en todo el mundo, y políticos, sociólogos, psicólogos, neurólogos, médicos, abogados y otros profesionales de todo el orbe se encuentran analizando el porqué de esta tendencia. En algunas zonas, como Europa, y específicamente en España, las tasas de divorcio crecen aún más que las de matrimonios[1], generando tal vez una psicosis colectiva, que hace caer en picada el número de nuevos matrimonios; de acuerdo a algunos estudios, ¡El divorcio es contagioso![2], es decir que ante el divorcio de alguien cercano, las posibilidades de que una pareja se separe se incrementan en alrededor de un 75%. [3]
Y sin embargo, la gente se sigue casando. Por más que el matrimonio tenga tan mala prensa por los abundantes casos de separación, sembrando el desánimo, los malos pronósticos y el temor al compromiso de un ambiente hostil al matrimonio, los hombres y las mujeres del Siglo XXI se siguen casando. ¿Qué es lo que los hace ser tan optimistas? ¿Por qué querrían seguir casándose a pesar de todo?
La gente sabe instintivamente lo que demuestran varios estudios: que los casados tienen mejor salud y viven más que los solteros[4], que tienen más[5] y mejor sexo[6] que solteros y convivientes sin vínculo matrimonial, que tienen mejores rendimientos económicos que los solteros, convivientes, viudos y divorciados[7], y, en resumidas cuentas, que son mucho más felices.[8]
en cualquier cosa: nos exige escolarización obligatoria hasta los quince o dieciocho años, dependiendo del país y nos obliga a aprender de memoria nombres de ríos, la regla de tres simple y la división de poderes del estado, y durante todo ese tiempo no se dice ni una palabra sobre aquellos contenidos que pueden ser determinantes para nuestra futura felicidad. Efectivamente, no se hace mención a una posible “Educación para el amor” o “Educación para la convivencia”. En su lugar, muchos políticos creen que la solución a esta epidemia de malos comportamientos de pareja es dictar como materia en la escuela la denominada “Educación Sexual” que no es otra cosa que pornografía ideologizada para consumo de adolescentes.
En tiempos anteriores, más felices en algunos aspectos, había una gran mayoría de matrimonios funcionales y las mujeres no tenían que salir a trabajar necesariamente. Por esta razón, los conflictos matrimoniales tendían a resolverse en el ámbito de la familia (las madres y hermanas daban soporte y una red de contención) o en el seno de la tribu (las mujeres estaban en permanente contacto y daban esa misma red de contención, ampliada). Además, como existían cientos de ejemplos de matrimonios funcionales, se podía que recurrir a aquellos matrimonios que "funcionaban" para obtener respuestas a los interrogantes y dificultades de la pareja. Hoy, esas redes de contención se esfumaron y venimos de dos generaciones que han resuelto, o más bien creído resolver sus problemas mediante el divorcio. Muchos lectores de estas humildes páginas probablemente sean hijos del divorcio y sabrán, por dolorosa experiencia propia que el divorcio no sólo no resuelve los problemas de la pareja, sino que puede aumentarlos, agregando un gravísimo sufrimiento para los hijos.
El objeto de este sencillo aporte, es por lo tanto, evitar el irreversible y doloroso divorcio, y de ser posible, enseñarles algunas experimentadas y eficientes reglas, técnicas y métodos para evitar el conflicto en el matrimonio, y aumentar de ese modo la felicidad conyugal.
Los conocimientos que estamos a punto de compartir provienen de los más variados orígenes, pero todos coinciden en estos tres planteos fundamentales:
No existe un matrimonio perfecto
Los matrimonios exitosos siguen una serie de reglas que cualquiera puede seguir.
Estas reglas, en general no son para hacer cosas, sino para dejar de hacer cosas mal.
Capítulo 1: Distintos, pero complementarios
De cómo hombres y mujeres piensan, sienten, actúan y reaccionan diferente
Nunca será suficientemente dicho: los hombres y las mujeres somos diferentes. Pensamos diferente, hablamos diferente, sentimos diferente, escuchamos diferente, actuamos diferente y reaccionamos de modos completamente distintos. Somos fisiológica, psicológica, neurológicaa y espiritualmente diferentes. Detrás de un cierto feminismo militante del siglo pasado, se ocultó la más grande estafa cultural que sufrió la humanidad: durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX nos creímos que hombres y mujeres éramos iguales y que, en el caso de no serlo, debíamos intentarlo. Pasamos así 50 años tratando de descubrir “el lado femenino” de la masculinidad y reinventando la femineidad con pésimos resultados.
Infinidad de problemas matrimoniales provienen de esta interpretación errónea de la femineidad y la masculinidad: los hombres intentan que las mujeres se comporten como hombres y las mujeres esperan que sus maridos tengan sensibilidad y se comporten como sus amigas.
Este malentendido no tiene que ver ni con el machismo ni con el feminismo: es algo que está a la vista y que está siendo confirmado por cada vez más estudios médicos, sociológicos, científicos y políticos: cuanto menos nos adecuamos a nuestros respectivos roles, mayor va a ser el grado de frustración de ambos integrantes de la pareja, más allá de los estereotipos. De hecho, a pesar de estar en el “mundo libre” y después de más de 40 años de propaganda feminista y de que las mujeres casi obligatoriamente deben trabajar fuera de casa, ellas siguen trabajando más en la casa que los maridos, treinta y un horas semanales ellas contra catorce horas ellos[9]. Lo que es mucho más injusto que en la época de nuestros padres y abuelos, porque en aquellas épocas, tal vez más felices, las mujeres al menos no tenían que trabajar fuera de casa. Hoy, no sólo tienen que hacerlo y al mismo ritmo de sus maridos, sino que además la mayor parte de las tareas del hogar siguen recayendo sobre sus espaldas.
Entonces, ¿qué es lo que estamos haciendo mal? Básicamente, todo. Muchos libros sobre relaciones tratan de convencernos que podemos invertir los papeles y que todos los problemas tienen que resolverse, casi milagrosamente. Algunos libros enseñan a los hombres habilidades femeninas: quieren que los hombres hablen y no sólo que hablen, sino que hablen como mujeres. Quieren que los hombres miren, pero que además vean como ven las mujeres. Quieren que los hombres hagan lo que hacen las mujeres. Pero hay un pequeño detalle: No pueden.
Curiosamente, en muchos casos, esos mismos libros no cometen el mismo error con las mujeres: tal vez porque ellas lo cometen sin necesidad de recurrir a libros: las mujeres han “invadido” el mundo masculino con dudoso éxito: si bien trabajan la misma cantidad y muchas veces con mayor calidad que los hombres, esto no se refleja ni en la remuneración percibida ni en los asientos de dirección.[10] Los hombres se frustran en el
hogar, las mujeres se frustran en el trabajo, ¿Quién gana? Nadie.
Esto no significa, repito, de ninguna manera, que los hombres deban ser los únicos proveedores ni que las mujeres deban “ir a lavar los platos” (frase que en Argentina finaliza casi cualquier discusión sobre tráfico en la vía pública entre un hombre y una mujer). Tiene que quedar claro: no es machismo, ni feminismo. Es sencillamente descubrir cuáles son los talentos especiales de la mujer y del hombre y ponerlos al servicio de la paz conyugal. ¿Guerra de los sexos? No me parece. Busquemos mejor la alianza de los sexos.
Talentos y trabajo en equipo
El cielo es el lugar donde los cocineros son franceses, los policías británicos, los mecánicos alemanes, los amantes italianos y todo está organizado por los suizos.
El infierno es el lugar donde los cocineros son ingleses, los policías alemanes, los mecánicos franceses, los amantes suizos y todo está organizado por los italianos.
En el libro “El Arte de la Guerra”, el General Chino Sun Tzu resume su filosofía de la guerra en una sola oración: “Evitar las fortalezas y atacar las debilidades”. Muchas parejas en la actualidad parecen haber tomado esta sentencia como su base de comportamiento dentro del matrimonio. Las mujeres critican a sus maridos sus debilidades y se olvidan sus fortalezas. Los hombres atormentan a sus mujeres con la indiferencia y todos pierden. Pero el matrimonio no es una guerra. El matrimonio es una alianza y como alianza debe hacer exactamente lo contrario de lo que haría un general en guerra. El problema es que nos hemos creído que hombres y mujeres somos exactamente iguales y las mujeres buscan fortalezas que no tenemos los hombres y los hombres creemos que las mujeres son tal como somos nosotros los hombres.
Marcela y Fabio llevan cuatro años de casados y tienen cada vez más peleas conyugales. Marcela no puede entender que su marido no quiera hablar con ella sobre la relación. Se siente abandonada emocionalmente por su marido y siente que el amor que le juró hace cuatro años desapareció, que fue una estafa. Se siente incomprendida y desilusionada, se siente sola y triste. Fabio no entiende por qué tanto escándalo de parte de su mujer: él ya se casó con ella, ¿Qué otra prueba de amor quiere? Trabaja como loco para darle un estándar de vida aceptable y siente que su mujer lo acosa y lo persigue para hablar tonterías sentimentales que para él no significan nada. Ya le dijo que la amaba el día del matrimonio. Y además, ella cada vez busca excusas más frecuentes para no tener sexo con él. Se va a dormir más temprano o más tarde que él y tuvo dos infecciones urinarias, además de múltiples dolores de cabeza. El matrimonio de Marcela y Fabio está al borde del colapso.
Hace tiempo que hemos dejado de vernos como realmente somos. Nos dejamos convencer de que el estereotipo del comportamiento masculino era algo impuesto por una sociedad machista y que el estereotipo del comportamiento femenino era el fruto de una opresión de la misma sociedad. Sin embargo, hay un “dimorfismo sexual” en los comportamientos y cuánto antes lo comprendamos, mejor nos irá como pareja y como personas individuales.
Para comenzar este capítulo, veremos en qué aspectos y funciones somos diferentes y qué hacer o dejar de hacer al respecto.
¿Cómo vemos?
Hombres y mujeres vemos en forma diferente. Para empezar, nuestro campo visual es distinto. Las mujeres tienen un campo visual mucho más amplio que los hombres. Las mujeres no comprenden esto y le dicen a su esposo ¿Viste el vestido que trajo esa mujer? Mira disimuladamente… El hombre, como tiene un campo visual mucho más acotado que el de su mujer, dará vuelta el cuello en un modo por demás evidente. Los hombres tenemos una visión de túnel que es excelente para las largas distancias y los objetos en movimiento, pero muy acotada lateralmente; por esta causa, mirar disimuladamente no está dentro de nuestras habilidades espaciales. Las mujeres tienen un ángulo de visión de casi ciento sesenta grados, con una visión periférica privilegiada con respecto a la que tienen los hombres. Los hombres, para ver algo que está a un lado de su cabeza, necesariamente tienen que girarla. Esta es la razón de que los hombres seamos capturados tan frecuentemente “oteando” a las mujeres que nos pasan cerca. La mujer, con su visión periférica privilegiada, puede observar sin girar su cabeza, cuando nosotros necesariamente tenemos que girarla para poder ver. Por esta razón, es muy frecuente escuchar a una mujer recriminar a su compañero: “-¡Te vi devorándola con la vista!” Otro problema con los rangos de visión es cuando una mujer le pide a un hombre que le traiga algo que está en un ámbito pequeño y cercano.
-Pimpollo de mi corazón, ¿Me puedes traer el kétchup de la heladera? - Mi tesoro adorado, no está en la heladera…
- ¡Está en la puerta! - No lo veo.
- ¡Es que no ves nada, eres un incompetente! ¡Mira, estaba frente a tus narices!
Y para nuestro estupor, nuestra bella media mitad mágicamente encuentra delante de nuestras narices una botella de kétchup que nosotros hubiéramos jurado que no existía. Además, las mujeres tienen muchos más conos en su retina que los hombres. Los conos son los responsables de la percepción del espectro visible de colores. El cromosoma que determina el número de conos que tenemos en la retina es el cromosoma X y ¡las mujeres tienen dos y los hombres solamente uno![11] Cuando una mujer describe un color, en general tiene un vocabulario mucho más rico que un hombre, y es lógico que esto suceda. Los hombres podemos reconocer un par de decenas de colores y las mujeres pueden ver y describir varios cientos (de miles…)
Por esta razón se producen diálogos que pueden llevar a la masacre: -Mi amor, ¿me puedes traer el pantalón ciruela que está en el placar? -Aquí está, mi cielo
-Ah, perdón, ahora te traigo el otro… -Pero ¡este es tomate!…
-¡El tomate es del mismo color que la ciruela!
¿Qué tenemos que hacer y dejar de hacer para evitar
conflictos?
Los hombres
Querido troglodita: cuando tu mujer te pida algo por color, pregúntale alguna característica extra que lo haga inconfundible, de forma que no puedas equivocarte. Lo mejor es preguntar ¿Cuál es el pantalón ciruela (o el magenta o el chicle)? ¿El que tiene los bolsillos adelante? Si ella te pide algo que está en un espacio pequeño, pídele específicamente en qué sector de qué compartimiento de qué estante está. Por otra parte, ¡No mires a las otras muchachas en la calle! ¡Ella siempre te va a descubrir y eso no es bueno para tu salud mental! Además, si miras a las otras, te pierdes de ver a la belleza que tienes al lado tuyo y ¡eso es un crimen imperdonable!
Las mujeres
Mi querida y refinada muchacha: Todos sabemos de tu percepción extrasensorial para los colores y las ubicaciones en espacios cerrados. Pero tienes que tener en cuenta que generalmente estás tratando con un animal rudimentario, que es ciego si no está persiguiendo a un animal en medio del bosque. Tu macho fuerte se encuentra perdido en los lugares pequeños y los colores no significan nada para él. Tienes que darle indicaciones precisas, que signifiquen algo para él. ¡Gracias por ser tan empática y ponerte en el lugar de tu frecuentemente limitado machote!
Olfato, gusto y tacto
En el olfato, el gusto y el tacto sucede prácticamente lo mismo que con la vista: los hombres y las mujeres percibimos de modo diferente el mundo circundante. En estos sentidos la mujer es claramente superior al hombre: la mujer es más sensible a los olores[12], sabores[13] y texturas. Cuando algo se pudre en la casa, o cuando un pañal se ensucia, las mujeres son las primeras en detectarlo. Cuando se necesita probar el sabor de una comida, nadie mejor que nuestra querida compañera de la vida para detectarlo: ellas tienen muchas más papilas gustativas por centímetro cuadrado de lengua, lo que combinado con sus superpoderes olfatorios, las hace unas excelentes críticas de lo que nosotros cocinamos (si es que cocinamos).
Los hombres menospreciamos esta hipersensibilidad de las mujeres con respecto a los olores. Y porque somos menos sensibles a los olores, muchas veces nos parece muy divertido soltar gases en el dormitorio o en la casa cuando nuestra mujer está presente: a veces somos capaces de despertarlas en mitad de la noche para que huelan nuestra última nauseabunda creación. Confíen en mí, mis queridas bestias: ellas no se divierten ni la mitad que nosotros. Guarden esos gases para cuando se juntan con sus amigotes, que ellos sabrán apreciarlos como ustedes se merecen.
¿Qué tenemos que hacer y dejar de hacer para evitar
conflictos?
Los hombres
Dejen de ser tan cochinos, mis queridos Cromañón. Si la señora dice que tienen olor a zorrillo, lo más probable es que estén para fumigar la casa con solo levantar las manos, si ella dice que se laven los dientes, es posible que el hocico les apeste a trasero de mono. La mujer es buen juez en esto, ¡confíen en ella con los ojos cerrados!
Las Mujeres
Pequeñas princesas refinadas: Ayuden al chimpancé con el que se casaron a mejorar en este aspecto: ellos no sienten los olores de la misma forma que ustedes y con paciencia tienen que hacerles entender que en materia de aromas profanos, ustedes son la autoridad indiscutible de la pareja.
Monotareas Vs. Multitareas
Mario llega a su casa y ve a su mujer Mónica hablando por teléfono, corrigiendo los deberes de su hijo mayor, tejiendo y con el televisor prendido. Como Mario considera que es física y materialmente imposible que esté haciendo tantas cosas en simultáneo, toma el control remoto del televisor y cambia de canal. A lo que Mónica responde airada con un grito: ¡Estaba viendo la novela! ¿Por qué me cambias de canal? Mario responde: ¡No puedes estar viendo el televisor, conversando con tu amiga, corrigiendo los deberes y tejiendo al mismo tiempo que ves la novela! Mónica sabe que no sólo es perfectamente posible: de hecho, ella lo estaba haciendo y estaba haciéndolo muy bien. Hasta sería capaz de recitar los últimos diálogos de la novela sin problema.
¿Es un mito o una realidad que las mujeres son multitareas y los hombres son monotareas? Muchos libros y muchas conferencias sobre los sexos sostienen esto y sin embargo, hasta hace muy poco tiempo era más un estereotipo que una verdad comprobada. Las mujeres, generalmente hablando, son más propensas a hacer varias cosas simultáneamente, pero principalmente porque las tareas del hogar conllevan una obligatoriedad de hacer varias cosas en simultáneo y las mujeres (ya lo hemos visto) tienen mayor cuota de responsabilidad en las tareas del hogar. Hoy hay estudios que muestran tanto una como otra postura: que las mujeres[14] o que los hombres [15]son mejores haciendo varias cosas en simultáneo.
En lo que sí la diferencia es significativa, es en los centros del lenguaje y el habla: las áreas especializadas para estas funciones son significativamente mayores en la mujer que en el hombre[16]. Por esta razón, las mujeres tienen una capacidad para hablar muy superior a los hombres y pueden hablar y hacer otras cosas simultáneamente. Muchos jefes pueden acreditar esto: una mujer puede hablar por teléfono y seguir copiando o escribiendo algo completamente diferente a lo que está hablando, sin perder el hilo de ninguna de estas dos actividades. En el próximo capítulo veremos estas habilidades superiores de las mujeres y cómo afectan a la pareja, pero quería hacer esta pequeña introducción para pasar al último sentido:
El Oído
Nuevamente, como en la vista, el oído del hombre y la mujer, son diferentes y complementarios. En términos generales, las mujeres oyen mejor los sonidos agudos (como el maullido de un gato, o el llanto de un bebé) y esos sonidos no van a despertar ningún tipo de reacción en el oído de un hombre. Por el contrario, un ruido subrepticio, como algo arrastrándose, o el sonido de pasos sigilosos va a sacar a un hombre del estado de sueño o vigilia. El hombre es mucho mejor captando direccionalidad de los sonidos, pero la mujer es mucho mejor para escuchar muchos sonidos simultáneos y distinguir entre ellos.[17]
Esta característica, sumada a la que vimos anteriormente, de una mayor habilidad en materia de escuchar y hacer otra cosa al mismo tiempo, hace que las mujeres se enojen muchísimo con nosotros. Nuestro cerebro es sumamente limitado, tiene mayor proporción de materia gris, para almacenar información, que de materia blanca, para relacionarla y esta característica nos pone en gran desventaja con respecto a nuestra bella mujercita.
Una mujer no puede comprender que un hombre esté haciendo algo y no sea capaz de escuchar. Muchas veces este tema es motivo de peleas en un hogar.
- ¿Estás listo, mi amor?
- ¿Para qué, mi reina adorada?
- ¡Te dije que íbamos a ir a comer a lo de mis padres, pelafustán!
- ¡Nunca me dijiste, bruja!
- ¡Sí te lo dije, animal, nunca prestas atención!
Y la discusión puede seguir hasta el infinito. No es que no lo hayan dicho, chicas, es que, sencillamente, él no estaba escuchando. Y no es tampoco que no quiera escuchar. Es que no puede escuchar. Con el auge de los nuevos dispositivos electrónicos inteligentes, el hombre tiene “desconectado” el oído casi todo el día. Cuando no está en la computadora, está con algún juego en la consola, o en su teléfono inteligente, o en su Tableta, o en cualquiera de los miles de elementos que parece que fueron creados a propósito para distraerlo: el hombre está en un estado de distracción permanente y mantenerlo concentrado es hoy mucho más difícil que hace diez o veinte años.
La mujer con su capacidad netamente superior para el lenguaje, puede estar haciendo lo mismo que el hombre y mantener una conversación coherente. Si el hombre está haciendo algo, es muy probable que, o no esté escuchando en absoluto, o esté haciendo mal lo que está haciendo. Las madres, cuando retan a sus hijos varones, saben perfectamente de qué estoy hablando: cuando una madre reta a una hija mujer y la hija mujer está haciendo otra cosa, el reto puede continuar. Cuando una madre reta a un hijo varón, le va a pedir en forma insistente que el varón la mire y le preste atención.
¿Qué tenemos que hacer y dejar de hacer para evitar
conflictos?
Los hombres
Queridos machitos distraídos: ¿Podrían dejar de hacer la tontería que están haciendo por unos 20 segundos hasta entender lo que su bella princesa les quiere decir? Después pueden volver a hacer lo que quieran, pero por 20 miserables segundos de su vida, ¡préstenle atención!
Las mujeres
Querida princesita besa-sapos: cuando tu marido esté haciendo algo, ¡no le des información importante! Sobre todo si está trabajando con herramientas peligrosas o está jugando a algo que lo abstraiga completamente del mundo de los vivos.
¿Cómo procesamos la información?
En materia de pensamiento y comprensión, hombres y mujeres somos absolutamente diferentes. Nuevamente, no quiere decir que sea mala esta diferenciación, nada más significa que tiene objetivos diferentes y que sumados pueden hacer un gran complemento. El problema surge cuando estas limitaciones y fortalezas se mezclan en las peleas conyugales y en la manera en cómo manejamos el stress que nos involucra a ambos.
La mujer tendrá una visión holística e integradora de un problema, mientras que el hombre tendrá una generalmente una tendencia a dividir el problema en partes y analizar cada una de esas partes por separado. En las discusiones conyugales, la mujer puede creer que su marido quiere eludir el problema que ella le plantea, y el marido no podrá comprender a qué problema concreto se refiere su querida y bella mujer.
Existe una razón fisiológica para esta respuesta.: las mujeres tienen hasta 10 veces más materia blanca en sus cerebros que los hombres. La materia blanca es aquella parte del tejido neuronal encargado de comunicar la información. El hombre puede tener más capacidad para almacenar información, pero al tener menor cantidad de neuronas que conecten la información, tiene una mejor capacidad de aislar la información y por lo tanto de abstraer y abstraerse de los problemas para encontrar soluciones. En la resolución de problemas, los hombres usamos alternativamente nuestros dos hemisferios cerebrales: el izquierdo para la resolución lógica y el derecho para la resolución creativa. En cambio, las mujeres, al tener mayor conexión entre los dos hemisferios, con un cuerpo calloso (la porción del cerebro que conecta ambos hemisferios) un 25% más grande que el del hombre, puede utilizar su modo racional y su modo creativo en simultáneo.
¿Cómo manejamos el estrés?
Tal vez esta pregunta parezca fuera de lugar en esta sección, pero nuestras estructuras neuronales y nuestro sistema inmune tienen mucho que ver con cómo manejamos el estrés.
Antes de ver cómo lo manejamos, tenemos que saber qué es el estrés: El estrés es la reacción fisiológica a una amenaza percibida. El cuerpo humano está preparado para reaccionar de distintas formas al estrés y nuestro sistema suprarrenal reacciona enviando al torrente sanguíneo tres hormonas: epinefrina (o adrenalina), cortisol y oxitocina.
Leonardo y Verónica llevan un año de casados y están profundamente enojados. Verónica tuvo un día espantosamente estresante en el trabajo, una compañera suya casi logró que la despidieran por una falta que ella no había cometido; cuando llegó a su casa, se encontró con un desorden fenomenal que había hecho Leonardo, que había vuelto del trabajo muy relajado por una buena noticia: lo habían ascendido y le habían aumentado el sueldo. Para festejarlo, su jefe lo había invitado a jugar al golf. Llegó corriendo apuradísimo, se metió al cuarto de los trastos, sacó sus palos de golf tirando la mitad de
las cosas que encontró en su camino y se fue a jugar al golf. Al volver a casa, se encontró con que Verónica había ordenado todo y que estaba llorando. Excitado por sus propios logros, la interrumpió cuando ella intentó contarle cómo la había tratado el injusto mundo. Leonardo le contó a borbotones todo lo que había pasado, encontrándose con una respuesta glacial de su mujer. Esto irritó sobremanera a Leonardo, que no podía creer que su mujer no pusiera atención a sus logros profesionales. Cenaron en silencio y se fueron a dormir absolutamente irritados ambos.
La mujer estresada
Cuando una mujer está estresada, su sistema inmune inyecta en su torrente sanguíneo epinefrina, cortisol y oxitocina. La epinefrina y el cortisol elevan el ritmo cardíaco y suprimen el sistema inmune, pero la oxitocina suaviza la reactividad y relaja la explosión emocional. La oxitocina es llamada “la hormona de los vínculos”, por lo que una mujer estresada tenderá a estrechar los vínculos, mediante su herramienta estrella para hacerlo, que consiste en hablar. Cuando una mujer está estresada, su respuesta será una catarata de palabras, que le permitirán descubrir, describir y eventualmente resolver la amenaza percibida. Si una mujer no habla cuando está estresada, su cabeza ¡Podría explotar!
El hombre estresado
Cuando el hombre está estresado, su nivel de oxitocina es bastante bajo, por lo que su necesidad de hablar o relacionarse será escasa o nula, pero su nivel de epinefrina y cortisol son extremadamente altos y podrá tomar dos caminos: pelear o volar (“fight or flight” en inglés). Cuando esté estresado, el hombre va a reaccionar con una violencia incomprensible para la mujer (ya que no tiene la valiosa oxitocina de ella) o va a querer irse y cuando quiere irse, donde quiere irse es a su cueva, a su refugio particular. Por eso, también verán que el hombre se refugia en el silencio; en realidad está tratando de entrar a su cueva y si no lo logra, la reacción va a ser doblemente violenta.
La damisela en peligro y el Osado Caballero Arregla Problemas.
Nuestros distintos sistemas endócrinos y nuestras distintas estructuras cerebrales hacen que optemos entonces por distintos modos de resolver los problemas. Las mujeres, generalmente van a dar a entender, mediante sutiles mensajes no verbales, que están en problemas. Subirán el tono de voz, buscarán contacto visual y querrán hablar de su problema en forma inmediata. Si el hombre llega a prestarle atención a su mujer mientras ella está estresada, lo más probable es que intente resolverle el problema, porque eso es lo que hace un hombre cuando otro hombre le cuenta sus problemas: intentar arreglarlo. Pero ella no es un hombre y si él intenta resolverle algo, está pisando hielo delgado. Por el contrario, la respuesta del hombre al stress será completamente opuesta: o reaccionará explosivamente o se irá a refugiar a su cueva (léase TV, Computadora o consola de videojuegos), porque eso es lo que hace un hombre para resolver sus problemas: aislarse. Si la mujer se da cuenta de que el hombre está estresado, va a intentar ayudarlo a resolverlos de la única forma que sabe: hablando. El detalle es que su marido no es una mujer y ella es la que va a estar metiéndose en problemas gratuitamente.
Los problemas y sus soluciones
Como vemos, esta diferencia sustancial nos mete en graves problemas a la hora de resolver conflictos matrimoniales. Pongamos un ejemplo para que esto se vea más claro. Llega la esposa de un humor espantoso del Shopping Mall y le comenta a su esposo: -¡No sabes lo que me pasó recién! ¡Estaba en el shopping y la escalera mecánica me rompió el tacón del zapato!
El marido, en lugar de escuchar lo que la mujer está diciendo que es "tuve un problema y necesito que me consueles", cree que la mujer le está planteando un problema que él tiene que resolver, así que inocentemente le va a contestar:
- No deberías ir al shopping con tacones, el shopping es un lugar peligroso para usar tacones, hay escaleras mecánicas, alcantarillas, suelos irregulares...
El hombre va a ir a su medallero y se va a otorgar a sí mismo una bella medalla por haberle resuelto un problema a su mujer. La mujer no va a tener la misma apreciación. En su interior, va a pensar: ¿Qué le pasa a este imbécil? ¿No es capaz de un poco que empatía? ¿No es capaz de ver que estuve rengueando por todo el shopping y que miles de conocidos me vieron en esa situación lamentable? Como es mujer, y cree que su marido también lo es, va a darle otra oportunidad y le va a contar a su esposo:
-¡Y luego, cuando llegué al auto, estaba con un neumático desinflado, así que, con el zapato roto, tuve que cambiar la rueda y luego ir al taller!...
-¡Querida, te dije que cuando vayas a cargar combustible le pidas a los muchachos que te revisen aceite, agua y presión de los neumáticos, ellos lo hacen muy bien y no te cobran extra!
Mientras el hombre está poniéndose la segunda medalla que cree que merece por haberle resuelto el problema a su esposa, ella está yendo a buscar un arma para ¡Asesinarlo! ¿Cuál hubiese sido una conversación relajante para una mujer? Repitamos la escena con un hombre que tenga una mínima inteligencia sobre las emociones:
-¡No sabes lo que me pasó recién! ¡Estaba en el shopping y la escalera mecánica me rompió el tacón del zapato!
-¡Pobre! ¡Y justo esos zapatos que tanto te gustan!
-¡Y luego, cuando llegué al auto, estaba con un neumático desinflado, así que, con el zapato roto, tuve que cambiar la rueda y luego ir al taller!...
-¡Debes estar agotada! ¡Ve a darte una ducha, te va a hacer muy bien!
Para cualquier mujer, eso es música para los oídos. ¡Es lo que espera escuchar de su hombre! ¡Es un hombre que responde a sus frustraciones con empatía, que la comprende y la estimula!
diálogo, ahora encarado por un hombre que sabe cómo tratar a una mujer:
-¡No sabes lo que me pasó recién! ¡Estaba en el shopping y la escalera mecánica me rompió el tacón del zapato!
-¡Pobre! ¡Y justo esos zapatos que tanto te gustan! ¡Déjalos aquí que mañana los llevo al zapatero!
-¡Y luego, cuando llegué al auto, estaba con un neumático desinflado, así que, con el zapato roto, tuve que cambiar la rueda y luego ir al taller!...
-¡Debes estar agotada! ¡Tengo una idea, ve a darte una buena ducha mientras yo pido unas pizzas y alquilo alguna bella película para que veamos juntos en la cama!
¿Se dan ustedes cuenta de la diferencia? ¡El hombre puede seguir resolviendo los problemas de su bella media mitad! ¡Y ella lo va a AMAR por esa forma de resolverlos! ¡Este hombre va a ser el príncipe valiente de su esposa, va a ser su caballero, su galán, el hombre que ella soñó!
Para la mujer es mucho más fácil: si ve que su marido llega estresado del trabajo, basta que le diga: ¿Por qué no te vas a jugar un rato al tenis, o te vas a tomar una cerveza con tus amigos? ¡Ese hombre va a besar el suelo que pise esa mujer!
¿Qué tenemos que hacer y dejar de hacer para evitar
conflictos?
Los hombres
Mi querido y rudimentario troglodita arregla-todo: puedes resolverle a tu bella princesa todos los problemas que quieras, pero ¡mucho cuidado con cómo se los resuelves! ¡Lo principal está en cómo reaccionas a su sufrimiento y luego lo que haces por ella! Es preferible no hacer nada y darle un abrazo después de que ella te manifieste cómo la trató el injusto mundo, antes que querer darle un consejo práctico. Las mujeres no necesitan ni tu consejo ni de tu ayuda: lo único que necesitan es que las comprendas y que las ames. Así que si estás tentado de darle un consejo, cámbialo por un abrazo y por un "¡Estoy contigo, mi amor! Con eso habrás logrado un tremendo avance en tu relación.
Las mujeres
Mi bella princesa: recuerda que el ogro con quien te casaste generalmente no comprende tus sentimientos, es casi un discapacitado sentimental, el pobrecito. Muchas veces no va a entender ni tu tono de voz, ni tus expresiones faciales, ni tus sutiles y delicados mensajes corporales. Es preferible que entres en la casa llorando a mares para que dispares en él su mecanismo de osado caballero Arregla Problemas. Y si quieres algo específico, pídelo directamente, sin amagues ni subterfugios: si lo que necesitas es una ducha porque estás agotada, puedes entrar tranquilamente en tu casa y decir: ¡Estoy agotada, antes de hacer nada me voy a dar una buena ducha! Estás en tu derecho, te lo ganaste y puede ser que hasta tu feo ogro se dé cuenta de que tú también tuviste un día complicado. ¡Quién te dice que no te pregunte qué te pasó y luego de manifestarte su simpatía y cariño de paso te ofrezca que vayas a darte la merecida ducha mientras él se ocupa de la comida y los niños!
Ambos
¿Qué pasa cuando el stress los involucra a ambos, por ejemplo en una pelea conyugal? Aquí tenemos un problema, como vimos hace unos párrafos, nuestro cerebro y nuestro sistema endócrino reaccionan de diferente modo a la agresión percibida y eso es lo que tenemos que hilar bien fino. No es solamente la agresión real, sino la percibida la que provoca que nuestro sistema endócrino pase al modo de alerta. Cuando nuestra mujer nos confronta y quiere que hablemos, en general, los hombres lo sentimos como una agresión, porque percibimos que se cuestiona nuestra competencia como protectores de nuestra mujer, y, o nos ponemos a la defensiva, o huimos. Pero esa reactividad o huida es percibida por nuestra bella cónyuge como una agresión, lo que dispara el miedo y la ansiedad en ella. ¿Qué podemos hacer para evitar esta conflictividad, que se da tan frecuentemente en los matrimonios? El tema es crucial y por ello le vamos a dedicar todo nuestro próximo capítulo.
Capítulo 2: El diálogo conyugal
Ellas, si no hablan, mueren. Ellos, si sienten que están obligados a hablar, callan
¡Ah! ¡El diálogo conyugal! ¡Cuántos ríos de tinta se han vertido al respecto! ¡Cuánto se quejan las mujeres de que sus maridos no se abren y no hablan de sus sentimientos! ¡Qué diferentes que somos en esto! ¿Por qué nos resultaba tan fácil comunicarnos en el noviazgo y luego en el matrimonio perdimos esa magia, esa chispa?
Hay varios factores que influyen para que esto suceda, pero el principal es que una vez que se disfrazó de pingüino, se firmaron los papeles, se tiró el arroz y se terminó la luna de miel, el hombre considera que "ya está". Él ya cumplió. Conquistó a su bella mujer, ella dio el sí, se puso en ridículo y ahora ya no necesita hacer nada más. Su interés durante el noviazgo para mantener largas conversaciones con su novia, era porque necesitaba conocerla, saber qué la hacía feliz y cuál era su historia, de forma tal de agradarla, conquistarla, enamorarla, mantenerla interesada. Ese interés desapareció desde el momento que él ya la considera a ella "conquistada" y por lo tanto, comenzará a hablar con ella como hablan los hombres. Se reúne un grupo de hombres, e intercambian información, chistes y resultados de eventos deportivos recientes. Ese tipo de conversación no es de ningún modo adecuado para ninguna mujer en el mundo y menos si tenemos una relación sentimental con ella.
Por otra parte, parece haber un solo modelo de diálogo que interesa a las mujeres: el diálogo que se centra en ellas, el diálogo en el que su amante esposo le dice qué bella es, qué buena esposa es, cuánto la ama y cuán feliz es él al lado de ella. Es que ese es el modelo de conversación femenino: se reúne un grupo de mujeres y vuelan los cumplidos como vuelan los pájaros en una pajarera donde entró un gato. Pero el hombre no es mujer y prefiere un tratamiento de conducto en la muela del juicio sin anestesia antes que hablar de sus sentimientos. Con mayor razón cuando esos sentimientos comienzan a apartarse paulatinamente del ideal de conversación femenina. El pobre muchacho se siente acosado por la necesidad desesperada de comunicación de su bella esposa y no entiende por qué ella lo persigue exigiéndole algo que él no cree poder darle.
Nuevamente nos enfrentamos con diferencias de percepción. Él está convencido de que ya hizo todo lo necesario para conquistarla, ella cree que él tiene que hablar como hablan las mujeres y partimos nuevamente en querer invertir los roles, en pretender que los hombres tengan un comportamiento femenino y ellas tengan un comportamiento masculino.
¿Cómo utilizamos las palabras?
Hombres y mujeres somos sustancialmente diferentes a la hora de comunicarnos. Como vimos en el capítulo anterior, la mujer es especialista en comunicarse
El cerebro del hombre tiene centros del lenguaje aislados y mayormente ubicados en el hemisferio derecho del cerebro. La mujer tiene centros del lenguaje en ambos lados de su cerebro. Esta es una de las razones por las que las mujeres aprendan a expresarse mucho antes que los varones. A los 3 años, las nenas usan un lenguaje perfectamente articulado, usan sentencias completas y con sentido y generalmente tienen un vocabulario muy superior a los varones. Los varones, en cambio, a los tres años usan palabras sueltas, tienen dificultades para expresarse y lo que expresan es en muchos casos ininteligible. Las mujeres tienen en su infancia hasta un 30% más que los hombres de la proteína encargada del desarrollo del lenguaje[18]. No es extraño, por lo tanto, que las habilidades comunicacionales de las mujeres sean en general, muy superiores a las de los hombres. Pero además hay otro agravante en esta aparente incomunicación: como vimos en el capítulo anterior, las mujeres hablan de sus emociones con soltura y naturalidad, es como si el lenguaje emocional fuera su lengua materna. Cuando las niñas son pequeñas, ya sea por imitación de sus madres o por estimulación de sus pares, es normal que hablen de sus emociones y se las recompensa cuando lo hacen. Los niños, por el contrario, por imitación de sus padres y por educación, son obligados a reprimir sus emociones hasta lo mínimo indispensable y si se pudiera más, se lo haría más. El lenguaje natural del hombre no son las emociones, son los hechos y los hechos concretos. Esto da como resultado que los varones, además de su limitación para comunicarse, tengan que reprimir y ocultar sus emociones. Llegados a la vida adulta, podremos ver esta diferencia en cómo nuestra cara traduce nuestras emociones: los hombres estamos constantemente con cara de “póker”, ocultando nuestros sentimientos y las mujeres tienen una gran expresividad emocional que se evidencia a través de su gestualidad facial.
Por último, antes de sumergirnos en el siguiente asunto, vamos a recordarles a las mujeres un asunto que no es menor: cuando ustedes piden que sus maridos se pongan en contacto con sus emociones y las compartan en el matrimonio, no tienen idea de lo que están desencadenando: en general, cuando un hombre comienza a hablar de sus emociones, no va a tener un vocabulario muy amplio y para él, examinar las emociones significará casi siempre examinar las emociones negativas. Casi no le va a prestar atención a las buenas emociones. Porque digámoslo nuevamente: lo que quieren las mujeres es que su esposo hable como hablan las mujeres, es decir que le digan cumplidos y que alaben lo buena esposa que es ella y qué bien se sienten en la relación. Pero ellos no son mujeres, por lo que optarán por hablar de sus sentimientos y los únicos sentimientos que van a detectar van a ser los negativos, y se pondrán a quejarse sobre que ustedes los abruman con sus exigencias, que les gustaría que valoraran un poco más lo que ellos hacen por ustedes, y que ellos también tienen sentimientos que quieren que respeten. No da buenos resultados, lo garantizo.
El miedo y la vergüenza
Las dos emociones más manipuladoras dentro de una relación son el miedo y la vergüenza. Lamentablemente, son también las más utilizadas. Cuando la mujer se siente aislada por el comportamiento distante de su marido, siente fundamentalmente miedo: miedo al aislamiento y a la falta de cariño y va a buscar recuperar el vínculo, como ya vimos, de la única forma que conoce y que la relaja a ella: hablando. Y va a seguir a su marido para que su querido ogro le hable, porque una mujer puede llegar a preferir un mal contacto emocional a ningún contacto. El hombre, perseguido y acorralado por su mujer, siente que la mujer lo considera inadecuado como esposo y protector y eso va a disparar un profundo sentimiento de vergüenza e inadecuación. Por lo tanto, va a recurrir a los dos mecanismos que conoce y que lo relajan: o va a luchar (y se va a poner a la defensiva) o va a huir. Ninguno de los dos va a obtener nada bueno de esta interacción y probablemente, si no encuentran otra salida, van a terminar por erosionar lo que queda de la relación creyendo que el otro tiene la culpa de todo.
Y ninguno de los dos tiene absolutamente la culpa de nada: es que somos así, estamos hablando de reacciones fisiológicas que no tienen que ver ni con las emociones ni con el pensamiento racional, sino que son mecanismos de defensa que compartimos con todos los mamíferos sociales y así nos comunicamos o nos incomunicamos.
Cómo nos comunicamos
El hombre
El hombre cree que la comunicación tiene que tener un propósito claro y sencillo. Detrás de cada conversación hay un problema para resolver, y la conversación se debe restringir a ese problema específico, y resolverlo lo más eficientemente posible. El hombre utiliza aproximadamente 7.000 palabras por día, y sus diálogos consisten en la enunciación de hechos y problemas concretos, de un modo sucinto y orientado a la resolución del problema.
Escuchar, para un hombre, es escuchar activamente, esto es, intentar resolver el problema que se le plantea a medida que lo escucha. Como vimos en el capítulo anterior, en el ejemplo de la mujer que vuelve ofuscada de un mal día en el shopping, el hombre está esperando que se plantee el problema para ofrecer consejos y soluciones en forma inmediata.
Cuando una mujer se siente mal, su marido va a querer enfrentar los problemas de ella como un bombero: queriendo apagar todos los incendios de una forma rápida y eficiente. La única forma que conoce él para apagar incendios es buscando qué los provocó y eliminando ese peligro concreto. Mientras ella espera empatía con sus sentimientos, él le está dando solamente soluciones, e invalidando sus sentimientos, descartándolos como nada más que un producto indeseado del problema concreto que hay que resolver.
El hombre, para resolver su problema, necesita un tiempo a solas, lo que John Gray identifica con “La Cueva”: significará una especie de “mini vacaciones”. El hombre reduce su problema aislándolo y olvidándose de él por un tiempo, para luego retomarlo con su cabeza más fría y poder examinar los hechos separados de las emociones.
Lo que más valora un hombre en su relación es sentir que está haciendo bien su trabajo. Cuando un hombre se siente competente y valorado, es cuando mejor se siente con respecto a su mujer. Cuando la mujer le indica al hombre lo que debería hacer o cómo debería reaccionar, no es tanto lo que la mujer le diga, sino que cuestione su competencia a la hora de satisfacer las necesidades emocionales de su mujer.
Mujercita bella y sensible, si quieres que tu marido te ame por siempre y para siempre, nunca trates de cuestionar su competencia en ningún ámbito de la vida. Hazle creer que es un Titán, el mejor marido posible y deseable, y verás que con el tiempo, él se irá amoldando a esa imagen positiva que tienes de él, mejorando cada vez más en sus áreas de competencia y habilidad. Veremos un poco más sobre esto en este mismo capítulo. Los sentimientos masculinos se parecen en esto a la sexualidad femenina: no se puede ir ni muy directo, ni muy rápido: las mujeres deben prestar atención y guiar a sus maridos con mucho tacto y paciencia en el ámbito de las emociones.
La mujer
conflictos y descubrir cómo se siente con respecto a ellos. La conversación es entonces una forma más de relacionarse con sus emociones y sentimientos, y de compartir intimidad con sus seres queridos. Las chicas utilizan las palabras para descubrir y describir sus estados de ánimo, emociones y preocupaciones.
La mujer utiliza alrededor de 20.000 palabras por día, y sus diálogos son desiderativos y exploratorios, tratando de describir más estados emocionales que hechos concretos. No está tan enfocada a la resolución del problema, sino al análisis de cómo el problema le afecta a ella y a sus seres queridos.
Cuando una mujer escucha, escucha atenta y empáticamente, involucrándose emocionalmente con los sentimientos expresados por su interlocutor. En cualquier conversación donde participe una mujer es frecuente escuchar expresiones de solidaridad y empatía, como “Qué horror”, “Te comprendo perfectamente”, “me hace sentir terrible” y otras muchas expresiones de simpatía y conexión.
Cuando su marido se siente mal, ella va a ir a ofrecerle su empatía, que él no necesita tanto como ella, y consejos sobre cómo debería manejar sus sentimientos con respecto a los problemas que él enfrenta, mercadería que para un hombre tiene escasa o nula demanda, ya que lo que él quiere no es analizar sus sentimientos sino resolver el problema.
La mujer, para resolver su problema va a tener que ponerlo en palabras, expresando brevemente qué fue lo que pasó y larga y extensamente cómo se sintió ella al respecto y cuánto la afectó emocionalmente. De esa forma, ella tal vez no resuelva el problema concreto (cosa que tal vez no le preocupa mucho) pero sí va a poder desahogar sus sentimientos al respecto, que es lo que a ella más le afecta, mediante la liberación de oxitocina en su torrente sanguíneo.
Lo que más valora una mujer en su relación es sentirse amada y comprendida. Ella no quiere tus consejos, ella no quiere tus soluciones: solamente quiere que cierres el pico y la escuches. No hay nada peor para una mujer que escuchar que su bestia peluda de marido le dice “No deberías sentir eso”, o “Estás haciendo una tormenta en un vaso de agua”. Hombre, sigue mi consejo de entendido, si no quieres morir joven y violentamente, NUNCA invalides los sentimientos de tu bella esposa. Y cuando digo nunca, lo que quiero decir es nunca jamás, en ningún tiempo, bajo ninguna circunstancia y de ningún modo posible.
La dinámica del miedo y la vergüenza
Como dijimos al principio de esta sección, el miedo y la vergüenza son mecanismos primitivos para la resolución de conflictos, y por esta razón se encuentran en nuestro comportamiento de un modo casi totalmente inconsciente. La mujer siente miedo por el silencio de su esposo y lo interpela queriendo que él resuelva al modo femenino el problema de la pareja. Él inmediatamente va a percibir en el comportamiento de su mujer una censura por su falta de adecuación como protector, y puede refugiarse en un
mutismo más grave o contraatacar invalidando los sentimientos de su preciosa mujercita. Estos comportamientos inconscientes se retroalimentan, porque cuanto más miedo tenga ella, más lo va a confrontar, y cuanto más lo confronte, él se va a sentir más inadecuado generando reacciones cada vez más y más violentas o un aislamiento completo, que va a provocar mayor miedo y ansiedad a la mujer.
¿Cómo se sale de esta dinámica inconsciente?
¿Qué es el diálogo conyugal? Las mujeres estarán tentadas a decir que el diálogo es el principal ingrediente de la felicidad conyugal. Los hombres, por el contrario, creerán que el diálogo es aquello que tienen que aguantar cuando quieren tener sexo con su mujer, ya que para ellos, generalmente, el sexo es mucho más importante que el diálogo. En este caso, ambos tienen razón: el diálogo es fundamental para la pareja, y el diálogo conyugal incluye la dimensión física como parte necesaria del mismo. Pero ambos, diálogo y sexualidad no son los componentes principales de la relación, sino que son el resultado, la corona, el fruto de una buena conexión emocional. Al principio de nuestra relación, la comunicación era fácil, porque había una buena conexión emocional. Al principio de nuestro matrimonio, el sexo era genial porque había una buena conexión emocional. Pero la convivencia fue desgastando esa conexión, y tenemos que trabajar para recomponer la conexión. Sin una buena conexión emocional, todas las manifestaciones de una buena comunicación desaparecen, desaparece el diálogo, desaparece la intimidad, desaparece el buen espíritu, desaparece la alegría. Las mujeres, como creen que están obligadas a resolver sus problemas hablando, van a intentar recomponer la relación arrinconando a sus pobres mariditos para hablar, y el hombre no tiene miedo a la guerra, al hambre, a la tortura, a la enfermedad: lo único que lo despierta en medio de la noche, con sudor frío y la sensación de que haberse tragado un frasco de escarabajos que le caminan por el interior del estómago es el sólo pensamiento de que “tienen que hablar de su relación con su mujercita”. Del mismo modo, para una mujer, tener relaciones sexuales con su marido, cuando ella “no siente nada” es algo parecido a una violación, y se siente estafada, utilizada, y sencillamente, ¡No quiere!
Pero ¿Cómo hacemos para reconstruir la conexión emocional? Especialmente, ¿Cómo hacemos para reconstruir una conexión emocional sin recurrir al diálogo para conectar con la mujer, ni a la sexualidad para conectar con el hombre?
¿Cómo actuamos cuando nos sentimos agredidos?
Tanto hombres como mujeres tenemos varios modos de reaccionar cuando nos sentimos agredidos o intimidados por la conducta de nuestro cónyuge.
Venganza
La ira es mala consejera: Ojo por ojo, diente por diente, y nos quedamos todos desdentados y ciegos. Cualquiera que haya sido la agresión, real o percibida, la voy a devolver, y si es necesario, aumentada. La venganza no beneficia a nadie, y generalmente empeora la relación. Si nadie gana, y todos tenemos que perder, ¿Por qué lo hacemos? Porque creemos que eso es justicia. Y no lo es. La justicia pasa por dar a cada uno lo que se merece. Y la ley del Talión está tan lejos de la justicia como el amor del odio. La familia se resiente, los hijos sufren, y todos quedan heridos. Buscar la venganza es sumamente ineficaz, y genera una escalada de violencia y malos tratos que no conducen a nada y nos sumen en un mar de desesperación, tristeza y desasosiego.
Rebelión
La rebelión consiste en llamar a la corte suprema de justicia, a la corte Penal de la Haya y a la policía de costumbres por la más mínima ofensa. No damos oportunidades, no escuchamos, no queremos saber las motivaciones, no nos interesa las justificaciones que pueda tener nuestro cónyuge, vamos directo al conflicto, sin intentar comprender o evaluar las circunstancias. En esta reacción exagerada, no nos damos cuenta el daño que hacemos, porque estamos poniendo nuestro orgullo por encima de nuestra relación, como si cualquier problema fuera más importante que nuestro amor, o nuestro cónyuge. Y muchas veces es una injusticia tremenda, porque ese error, o esa ofensa, o esa agresión no son intencionales, pueden ser porque nuestro cónyuge tiene un temperamento distinto al tuyo, o no sabía que podía ofenderte, o quería hacer algo positivo por ti, pero inmediatamente amenazas con retirarte, o efectivamente te vas de la casa, con amenazas de recurrir al abogado, al juez, a las Naciones Unidas y a la mediación del Vaticano. No estoy diciendo que no haya habido una ofensa: sencillamente que la reacción a la ofensa es exagerada.
Rendirse
Rendirse significa mentirse a sí mismo que la relación no tiene un arreglo posible, que la persona con la que me casé es un fracaso, o un fracasado, y no querer examinar alternativas, no luchar más por mejorar uno mismo y la relación. Y ponerse en el papel de mártir incomprendido, de víctima inmolada, ¡Pero no es real! cada segundo que pasa, cada ofensa se acumula, y se comienza a generar una reacción emocional que se llama resentimiento. El resentimiento consiste en tomar veneno y esperar que la otra persona se muera. La verdad es que no es una opción muy inteligente, que digamos. El rechazo, el resentimiento y la sensación de odio que surgen de esta actitud generan las heridas más difíciles de sanar en el matrimonio. Si dejamos que esto se prolongue por demasiado tiempo, es muy probable que el amor se muera, pero no de muerte natural, sino de asesinato premeditado y con alevosía.
Existe una posible cuarta respuesta, que es la única válida, pero antes de verla y explicarla en toda su dimensión tenemos que comprender algo: lo que nos atrajo en primera instancia de quien es hoy nuestro cónyuge, es probable que sea en la actualidad lo que nos vuelve locos de él o ella. Cuando nos conocimos, había algo “mágico y misterioso” en el otro que nos hacía mutuamente irresistibles: era precisamente que el otro era lo opuesto a nosotros, y luego de casados, ¡Pretendemos que esa persona que tanto nos atrajo, sienta, piense y actúe como sentimos, pensamos y actuamos nosotros! ¡Pero eso no va a pasar nunca! Así es como funcionan las relaciones: nos atraemos porque el otro tiene casi siempre todo lo que a mí me falta. Así, una persona sumamente desordenada, es probable que atraiga a un maniático del orden, o una persona muy generosa es probable que se sienta atraída por un tacaño miserable. Cuando estamos de novios, bajo los efectos del enamoramiento, nos va a parecer genial que nuestro futuro cónyuge sea precisamente lo contrario de lo que somos nosotros, y vamos a justificarlos de un modo muy cómico: el desordenado dirá del ordenado “Es tan organizado” y el generoso del tacaño: “Es tan cuidadoso con el dinero” Al revés, el ordenado dirá del desordenado: “Es un alma libre y desestructurada” y el tacaño del generoso: “es maravillosamente desprendido”. Una vez que nos casamos, ya esos defectos que justificamos o disfrazamos al principio no nos parecerán tan divertidos, y trataremos de atraer al otro al “lado oscuro”; como no lo logramos, comienzan las críticas despiadadas sobre aquello que nos atrajo al principio, o que disimulamos tras frases grandilocuentes. El desordenado dirá del ordenado “¡Tiene un trastorno obsesivo compulsivo con el orden!” y el ordenado del desordenado “¡No pierde la cabeza porque la tiene atornillada al cuello!” El generoso dirá del tacaño “¡Es un miserable, un angurriento y un avaro!”, y el tacaño del generoso: “¡Si lo dejo, es capaz de regalar la casa, el auto y los hijos al primero que pase!”… Lo que antes nos atraía es hoy el primer y permanente motivo de conflicto, y pretendemos que para que no haya conflicto, el OTRO cambie su forma de ser, para acomodarse a nuestros particulares gustos y preferencias. El planteo parece por lo menos egoísta, sobre todo teniendo en cuenta que mucho de lo que le pasa a nuestro querido cónyuge es fruto de la herencia o fruto de su educación, ambiente, familia, o costumbre. El comportamiento del otro, que nosotros encontramos tan ofensivo, puede ser parte integrante de su personalidad, o puede ser su defecto dominante: en ambos casos, cambiarlo de un día para el otro es una imposibilidad absoluta, sobre todo si nuestro método para “cambiarlo” es insistir cuatrocientas cincuenta y siete veces por hora en que lo que hace está mal, y sobre todo si esa insistencia está envuelta en reproches, gritos y mal modo. No parece ser un modo muy adecuado de pedirle a otra persona que “mejore” (más bien que se adecue a nuestro particular gusto)
Luego de esta larguísima introducción, podremos enumerar la cuarta forma de reacción, que es la única que nos va a sacar de nuestra dinámica inconsciente del miedo y la vergüenza
Reconocimiento
la 23ª edición del diccionario de la real academia española es:
Tenemos que empezar por esta primera acepción: debemos examinar con cuidado a nuestro cónyuge, para enterarnos de su identidad, naturaleza y circunstancias.
Debemos examinar. Examinar no quiere decir en este contexto ni juzgar ni calificar: significa sencillamente encontrar aquellas características que lo constituyen como persona, sin recalcar ni las buenas ni las malas. Examinar significa principalmente inquirir, investigar o escudriñar.
Pero no podemos examinar de cualquier manera: debemos examinar con cuidado. Tenemos que ser especialmente conscientes que a quien estamos examinando es a nuestro cónyuge (no a su familia, no a su madre, no a sus ex novias, sólo a tu cónyuge), y que la evaluación debe ser minuciosa, exhaustiva, atenta.
Y ¿qué es lo que vamos a conocer? Su identidad, es decir su ser íntimo, su ser integral, y además su naturaleza, es decir su esencia, sus propiedades características y por último, sus circunstancias, es decir todo aquello que pudo influir en la conformación de su personalidad a lo largo de su historia.
¿Para qué nos va a servir entonces esta primera acepción de la palabra “reconocer”? Precisamente para saber dónde estamos parados, qué es lo que podemos esperar de nuestro cónyuge y qué son nuestros deseos de lo que queremos que nuestro cónyuge sea. Para hacer un buen diagnóstico de cualquier circunstancia de la vida, tengo que tener un catálogo de la realidad, y por eso esta primera parte del reconocimiento yo la llamo “poner los pies en la tierra”. En los capítulos 4, 5 y 6 veremos más sobre cómo reconocer a nuestro cónyuge de acuerdo a unas clasificaciones convencionales de personalidad.
El segundo paso, se llama “acatar el vínculo”. La quinta acepción de reconocer dice en el DRAE
En esta acepción suenan varias palabras que son las que menos quisiéramos oír en un momento que estamos ofuscados, enojados o tristes: dependencia, subordinación, jurisdicción son palabras muy duras. Pero en este momento es donde tenemos que confesar que “nos debemos” a nuestro cónyuge. Vea, señora, vea, señor: si usted va a una relación comercial solamente con el objetivo de obtener beneficios, sin dar nada a cambio, lo más probable es que lo llamen explotador, aprovechador y varios otros calificativos no muy simpáticos. No podemos pretender en la relación conyugal lo que de ninguna manera se nos ocurriría pedir en una relación comercial: que se nos de todo lo que nosotros queremos sin ofrecer nada a cambio. Un tipo de relación así va a generar un tirano y un esclavo. Se van a generar luchas de poder, donde habrá un ganador que se quede con todo y un perdedor que tarde o
temprano se va a dar cuenta de su sometimiento y va a querer reaccionar “liberándose” del “yugo”.
En este momento es donde tenemos que reconocer que somos precisamente “cónyuges” es decir que compartimos el yugo, una carga en común para los dos, y al mismo tiempo una carga que es nuestro compañero de yugo. Si yo solamente veo los defectos y dificultades de mi cónyuge, y no estoy dispuesto a reconocer que yo también tengo mis propios defectos y dificultades, pues eso se llama orgullo y soberbia, en buen castellano. Por supuesto que siempre está aquello que “nadie es buen juez de su propia causa”, pero para ello tengo en frente a mi consorte: el matrimonio es en esto como un espejo, ya que tengo a alguien que me va a hacer ver como soy realmente, y no como yo creo que soy. Por cada vez que yo le recuerdo un defecto a mi cónyuge, tengo que acordarme cuántos defectos me recordó mi querida media mitad en el pasado. Cuando señalamos a alguien con un dedo, hay tres dedos de la mano que me señalan a mí. Probablemente, lo que me irrita de mi cónyuge no es tan grave, o es de la misma gravedad de lo que a mi cónyuge le irrita de mí. Y además, ¡Mi cónyuge me sigue amando a pesar de que sabe exactamente cuántas son mis faltas y debilidades! ¡Eso es verdadero amor!
Volvemos entonces a la segunda acepción de “reconocer”: tenemos que ver que el matrimonio es una alianza, y que esa alianza es una comunidad de objetivos. El objetivo primario del matrimonio es la perfección de los cónyuges: como somos dos hecho uno, como somos una comunidad, como somos una familia con una identidad, lo más probable es que entre los dos hagamos una buena persona. Y ese es el beneficio de la complementariedad de los cónyuges: uno puede ser constante, fiel y perfeccionista: lo más probable es que su cónyuge sea divertido, extrovertido y el alma de la fiesta: cada uno va a aportar sus riquezas a la pareja, y a partir de esas riquezas contribuir a la alianza del matrimonio. Para hacer un buen equipo, un buen entrenador no se basa en las debilidades de sus jugadores, sino que se basa en sus fortalezas, en aquello que esa persona sabe y puede dar mejor, porque es su talento, su don especial. Si tenemos un entrenador que pone a Lío Messi al arco y hace salir a jugar al área contraria a Iker Casillas, ¿No diríamos que es un perfecto idiota? Pues eso es lo que hacemos constantemente en el matrimonio. Ya sabemos que nuestro cónyuge es desordenado, y seguimos insistiendo no sólo en que sea ordenado, sino que tal vez, para que aprenda, lo hacemos responsable del orden de la casa. Tiene tanta lógica como esperar que alguien adelgace hablándole todo el tiempo de comida.
Cuando estemos enojados con nuestro cónyuge, entonces, pongamos al matrimonio por encima de la discrepancia: veamos qué es más importante. Hay algunos conflictos por los que insistimos tanto que nos parecen una enormidad, pero puestos en su justa perspectiva, son prácticamente nada al lado de todos los beneficios que obtenemos de habernos casado con la persona con la que nos casamos.
Vamos a la última acepción de reconocer que nos sirve para escapar de la dinámica del miedo y la vergüenza.
No hay nada más chocante que una persona desagradecida. Tener que convivir con alguien que sólo ve nuestros defectos, y que los recalca permanentemente podría ser soportable solamente si nos agradeciera al menos alguna de las cosas positivas que hacemos por ella. Porque si nos casamos con alguien que no tiene ninguna cualidad, lo más probable es que la culpa no es de quien no tiene ninguna cualidad, sino del que eligió a ese monstruo.
¿Qué tiene que ver esta acepción del reconocimiento con cómo resolver nuestras dificultades conyugales? Vamos a recordar que estamos tratando de recomponer el vínculo emocional, y que lo que necesitamos es concentrarnos en las fortalezas y no en las debilidades. No digo que haya que olvidarse de las debilidades, ni que haya que disimularlas para que no se vean: si nuestro esposo es un cerdo flatulento va a seguir siendo un cerdo flatulento, y de nada nos va a servir recordarle que es un cerdo flatulento todo el día.
Mujercita bella y sensible, si quieres que tu cerdo flatulento deje de ser un esposo, puedes hacerlo, recuérdaselo todo el día, y especialmente recalca sus defectos cuando esté con otros, especialmente con sus familiares o amigos: es muy probable que en poco tiempo, tu bello cerdo flatulento deje de ser tu esposo y siga siendo tan cerdo y tan flatulento como siempre, si es que no empeoró. Ahora, si lo que quieres es que tu esposo deje de ser un cerdo flatulento, tienes que buscar otra estrategia, más inteligente para abordar el problema.
Querida bestia peluda, Machote incontrolable: si quieres que la belleza que te soporta todos los días se aleje irremisiblemente de tu lado, puedes recalcarle constantemente que te molesta que ella está permanentemente cansada, que es su culpa por preocuparse por todo, que en realidad ella no quiere tener relaciones contigo porque ya no le gustas. Ahora, si quieres que ella te vuelva a aceptar y que las relaciones vuelvan a tener la fluidez y frecuencia de cuando comenzaron, ¿no te parece que deberías cambiar de estrategia?
El reconocimiento que tenemos que darle a nuestros cónyuges
Reconocer significa agradecer, significa estimar el bien que nos hacen en el momento que nos lo hacen. Si cada vez que tu marido suelta una flatulencia recibe tu cantaleta interminable, lo único que vas a lograr es que por contraataque o rebeldía suelte flatulencias cada vez más hediondas. Y vas a tener que resignarte, en el mal sentido de la palabra, o vas a tener que cambiar de estrategia.
Si cada vez que tu mujer está agotada para hacer el amor porque estuvo todo el día corriendo tras mil quinientas obligaciones, vas a enojarte con ella porque no te da lo que quieres, cada vez se va a resistir más, porque tu bella mujer es tu cónyuge, no tu actriz pornográfica, siempre dispuesta a satisfacer el más mínimo de tus deseos.