Tanto hombres como mujeres tenemos varios modos de reaccionar cuando nos sentimos agredidos o intimidados por la conducta de nuestro cónyuge.
Venganza
La ira es mala consejera: Ojo por ojo, diente por diente, y nos quedamos todos desdentados y ciegos. Cualquiera que haya sido la agresión, real o percibida, la voy a devolver, y si es necesario, aumentada. La venganza no beneficia a nadie, y generalmente empeora la relación. Si nadie gana, y todos tenemos que perder, ¿Por qué lo hacemos? Porque creemos que eso es justicia. Y no lo es. La justicia pasa por dar a cada uno lo que se merece. Y la ley del Talión está tan lejos de la justicia como el amor del odio. La familia se resiente, los hijos sufren, y todos quedan heridos. Buscar la venganza es sumamente ineficaz, y genera una escalada de violencia y malos tratos que no conducen a nada y nos sumen en un mar de desesperación, tristeza y desasosiego.
Rebelión
La rebelión consiste en llamar a la corte suprema de justicia, a la corte Penal de la Haya y a la policía de costumbres por la más mínima ofensa. No damos oportunidades, no escuchamos, no queremos saber las motivaciones, no nos interesa las justificaciones que pueda tener nuestro cónyuge, vamos directo al conflicto, sin intentar comprender o evaluar las circunstancias. En esta reacción exagerada, no nos damos cuenta el daño que hacemos, porque estamos poniendo nuestro orgullo por encima de nuestra relación, como si cualquier problema fuera más importante que nuestro amor, o nuestro cónyuge. Y muchas veces es una injusticia tremenda, porque ese error, o esa ofensa, o esa agresión no son intencionales, pueden ser porque nuestro cónyuge tiene un temperamento distinto al tuyo, o no sabía que podía ofenderte, o quería hacer algo positivo por ti, pero inmediatamente amenazas con retirarte, o efectivamente te vas de la casa, con amenazas de recurrir al abogado, al juez, a las Naciones Unidas y a la mediación del Vaticano. No estoy diciendo que no haya habido una ofensa: sencillamente que la reacción a la ofensa es exagerada.
Rendirse
Rendirse significa mentirse a sí mismo que la relación no tiene un arreglo posible, que la persona con la que me casé es un fracaso, o un fracasado, y no querer examinar alternativas, no luchar más por mejorar uno mismo y la relación. Y ponerse en el papel de mártir incomprendido, de víctima inmolada, ¡Pero no es real! cada segundo que pasa, cada ofensa se acumula, y se comienza a generar una reacción emocional que se llama resentimiento. El resentimiento consiste en tomar veneno y esperar que la otra persona se muera. La verdad es que no es una opción muy inteligente, que digamos. El rechazo, el resentimiento y la sensación de odio que surgen de esta actitud generan las heridas más difíciles de sanar en el matrimonio. Si dejamos que esto se prolongue por demasiado tiempo, es muy probable que el amor se muera, pero no de muerte natural, sino de asesinato premeditado y con alevosía.
Existe una posible cuarta respuesta, que es la única válida, pero antes de verla y explicarla en toda su dimensión tenemos que comprender algo: lo que nos atrajo en primera instancia de quien es hoy nuestro cónyuge, es probable que sea en la actualidad lo que nos vuelve locos de él o ella. Cuando nos conocimos, había algo “mágico y misterioso” en el otro que nos hacía mutuamente irresistibles: era precisamente que el otro era lo opuesto a nosotros, y luego de casados, ¡Pretendemos que esa persona que tanto nos atrajo, sienta, piense y actúe como sentimos, pensamos y actuamos nosotros! ¡Pero eso no va a pasar nunca! Así es como funcionan las relaciones: nos atraemos porque el otro tiene casi siempre todo lo que a mí me falta. Así, una persona sumamente desordenada, es probable que atraiga a un maniático del orden, o una persona muy generosa es probable que se sienta atraída por un tacaño miserable. Cuando estamos de novios, bajo los efectos del enamoramiento, nos va a parecer genial que nuestro futuro cónyuge sea precisamente lo contrario de lo que somos nosotros, y vamos a justificarlos de un modo muy cómico: el desordenado dirá del ordenado “Es tan organizado” y el generoso del tacaño: “Es tan cuidadoso con el dinero” Al revés, el ordenado dirá del desordenado: “Es un alma libre y desestructurada” y el tacaño del generoso: “es maravillosamente desprendido”. Una vez que nos casamos, ya esos defectos que justificamos o disfrazamos al principio no nos parecerán tan divertidos, y trataremos de atraer al otro al “lado oscuro”; como no lo logramos, comienzan las críticas despiadadas sobre aquello que nos atrajo al principio, o que disimulamos tras frases grandilocuentes. El desordenado dirá del ordenado “¡Tiene un trastorno obsesivo compulsivo con el orden!” y el ordenado del desordenado “¡No pierde la cabeza porque la tiene atornillada al cuello!” El generoso dirá del tacaño “¡Es un miserable, un angurriento y un avaro!”, y el tacaño del generoso: “¡Si lo dejo, es capaz de regalar la casa, el auto y los hijos al primero que pase!”… Lo que antes nos atraía es hoy el primer y permanente motivo de conflicto, y pretendemos que para que no haya conflicto, el OTRO cambie su forma de ser, para acomodarse a nuestros particulares gustos y preferencias. El planteo parece por lo menos egoísta, sobre todo teniendo en cuenta que mucho de lo que le pasa a nuestro querido cónyuge es fruto de la herencia o fruto de su educación, ambiente, familia, o costumbre. El comportamiento del otro, que nosotros encontramos tan ofensivo, puede ser parte integrante de su personalidad, o puede ser su defecto dominante: en ambos casos, cambiarlo de un día para el otro es una imposibilidad absoluta, sobre todo si nuestro método para “cambiarlo” es insistir cuatrocientas cincuenta y siete veces por hora en que lo que hace está mal, y sobre todo si esa insistencia está envuelta en reproches, gritos y mal modo. No parece ser un modo muy adecuado de pedirle a otra persona que “mejore” (más bien que se adecue a nuestro particular gusto)
Luego de esta larguísima introducción, podremos enumerar la cuarta forma de reacción, que es la única que nos va a sacar de nuestra dinámica inconsciente del miedo y la vergüenza
Reconocimiento
la 23ª edición del diccionario de la real academia española es:
Tenemos que empezar por esta primera acepción: debemos examinar con cuidado a nuestro cónyuge, para enterarnos de su identidad, naturaleza y circunstancias.
Debemos examinar. Examinar no quiere decir en este contexto ni juzgar ni calificar: significa sencillamente encontrar aquellas características que lo constituyen como persona, sin recalcar ni las buenas ni las malas. Examinar significa principalmente inquirir, investigar o escudriñar.
Pero no podemos examinar de cualquier manera: debemos examinar con cuidado. Tenemos que ser especialmente conscientes que a quien estamos examinando es a nuestro cónyuge (no a su familia, no a su madre, no a sus ex novias, sólo a tu cónyuge), y que la evaluación debe ser minuciosa, exhaustiva, atenta.
Y ¿qué es lo que vamos a conocer? Su identidad, es decir su ser íntimo, su ser integral, y además su naturaleza, es decir su esencia, sus propiedades características y por último, sus circunstancias, es decir todo aquello que pudo influir en la conformación de su personalidad a lo largo de su historia.
¿Para qué nos va a servir entonces esta primera acepción de la palabra “reconocer”? Precisamente para saber dónde estamos parados, qué es lo que podemos esperar de nuestro cónyuge y qué son nuestros deseos de lo que queremos que nuestro cónyuge sea. Para hacer un buen diagnóstico de cualquier circunstancia de la vida, tengo que tener un catálogo de la realidad, y por eso esta primera parte del reconocimiento yo la llamo “poner los pies en la tierra”. En los capítulos 4, 5 y 6 veremos más sobre cómo reconocer a nuestro cónyuge de acuerdo a unas clasificaciones convencionales de personalidad.
El segundo paso, se llama “acatar el vínculo”. La quinta acepción de reconocer dice en el DRAE
En esta acepción suenan varias palabras que son las que menos quisiéramos oír en un momento que estamos ofuscados, enojados o tristes: dependencia, subordinación, jurisdicción son palabras muy duras. Pero en este momento es donde tenemos que confesar que “nos debemos” a nuestro cónyuge. Vea, señora, vea, señor: si usted va a una relación comercial solamente con el objetivo de obtener beneficios, sin dar nada a cambio, lo más probable es que lo llamen explotador, aprovechador y varios otros calificativos no muy simpáticos. No podemos pretender en la relación conyugal lo que de ninguna manera se nos ocurriría pedir en una relación comercial: que se nos de todo lo que nosotros queremos sin ofrecer nada a cambio. Un tipo de relación así va a generar un tirano y un esclavo. Se van a generar luchas de poder, donde habrá un ganador que se quede con todo y un perdedor que tarde o
temprano se va a dar cuenta de su sometimiento y va a querer reaccionar “liberándose” del “yugo”.
En este momento es donde tenemos que reconocer que somos precisamente “cónyuges” es decir que compartimos el yugo, una carga en común para los dos, y al mismo tiempo una carga que es nuestro compañero de yugo. Si yo solamente veo los defectos y dificultades de mi cónyuge, y no estoy dispuesto a reconocer que yo también tengo mis propios defectos y dificultades, pues eso se llama orgullo y soberbia, en buen castellano. Por supuesto que siempre está aquello que “nadie es buen juez de su propia causa”, pero para ello tengo en frente a mi consorte: el matrimonio es en esto como un espejo, ya que tengo a alguien que me va a hacer ver como soy realmente, y no como yo creo que soy. Por cada vez que yo le recuerdo un defecto a mi cónyuge, tengo que acordarme cuántos defectos me recordó mi querida media mitad en el pasado. Cuando señalamos a alguien con un dedo, hay tres dedos de la mano que me señalan a mí. Probablemente, lo que me irrita de mi cónyuge no es tan grave, o es de la misma gravedad de lo que a mi cónyuge le irrita de mí. Y además, ¡Mi cónyuge me sigue amando a pesar de que sabe exactamente cuántas son mis faltas y debilidades! ¡Eso es verdadero amor!
Volvemos entonces a la segunda acepción de “reconocer”: tenemos que ver que el matrimonio es una alianza, y que esa alianza es una comunidad de objetivos. El objetivo primario del matrimonio es la perfección de los cónyuges: como somos dos hecho uno, como somos una comunidad, como somos una familia con una identidad, lo más probable es que entre los dos hagamos una buena persona. Y ese es el beneficio de la complementariedad de los cónyuges: uno puede ser constante, fiel y perfeccionista: lo más probable es que su cónyuge sea divertido, extrovertido y el alma de la fiesta: cada uno va a aportar sus riquezas a la pareja, y a partir de esas riquezas contribuir a la alianza del matrimonio. Para hacer un buen equipo, un buen entrenador no se basa en las debilidades de sus jugadores, sino que se basa en sus fortalezas, en aquello que esa persona sabe y puede dar mejor, porque es su talento, su don especial. Si tenemos un entrenador que pone a Lío Messi al arco y hace salir a jugar al área contraria a Iker Casillas, ¿No diríamos que es un perfecto idiota? Pues eso es lo que hacemos constantemente en el matrimonio. Ya sabemos que nuestro cónyuge es desordenado, y seguimos insistiendo no sólo en que sea ordenado, sino que tal vez, para que aprenda, lo hacemos responsable del orden de la casa. Tiene tanta lógica como esperar que alguien adelgace hablándole todo el tiempo de comida.
Cuando estemos enojados con nuestro cónyuge, entonces, pongamos al matrimonio por encima de la discrepancia: veamos qué es más importante. Hay algunos conflictos por los que insistimos tanto que nos parecen una enormidad, pero puestos en su justa perspectiva, son prácticamente nada al lado de todos los beneficios que obtenemos de habernos casado con la persona con la que nos casamos.
Vamos a la última acepción de reconocer que nos sirve para escapar de la dinámica del miedo y la vergüenza.
No hay nada más chocante que una persona desagradecida. Tener que convivir con alguien que sólo ve nuestros defectos, y que los recalca permanentemente podría ser soportable solamente si nos agradeciera al menos alguna de las cosas positivas que hacemos por ella. Porque si nos casamos con alguien que no tiene ninguna cualidad, lo más probable es que la culpa no es de quien no tiene ninguna cualidad, sino del que eligió a ese monstruo.
¿Qué tiene que ver esta acepción del reconocimiento con cómo resolver nuestras dificultades conyugales? Vamos a recordar que estamos tratando de recomponer el vínculo emocional, y que lo que necesitamos es concentrarnos en las fortalezas y no en las debilidades. No digo que haya que olvidarse de las debilidades, ni que haya que disimularlas para que no se vean: si nuestro esposo es un cerdo flatulento va a seguir siendo un cerdo flatulento, y de nada nos va a servir recordarle que es un cerdo flatulento todo el día.
Mujercita bella y sensible, si quieres que tu cerdo flatulento deje de ser un esposo, puedes hacerlo, recuérdaselo todo el día, y especialmente recalca sus defectos cuando esté con otros, especialmente con sus familiares o amigos: es muy probable que en poco tiempo, tu bello cerdo flatulento deje de ser tu esposo y siga siendo tan cerdo y tan flatulento como siempre, si es que no empeoró. Ahora, si lo que quieres es que tu esposo deje de ser un cerdo flatulento, tienes que buscar otra estrategia, más inteligente para abordar el problema.
Querida bestia peluda, Machote incontrolable: si quieres que la belleza que te soporta todos los días se aleje irremisiblemente de tu lado, puedes recalcarle constantemente que te molesta que ella está permanentemente cansada, que es su culpa por preocuparse por todo, que en realidad ella no quiere tener relaciones contigo porque ya no le gustas. Ahora, si quieres que ella te vuelva a aceptar y que las relaciones vuelvan a tener la fluidez y frecuencia de cuando comenzaron, ¿no te parece que deberías cambiar de estrategia?