P i e t v a n B r e e m e n , s j
L o q u e c u e n t a e s e l a m o r
L o q u e c u e n t a e s e l a m o r
Piet van Breemen, sj Lo que cuenta
es el amor
Ejercicios espirituales en la vida (2.' edición)
Editorial SAL TERRAE Santander
Piet van Breemen, si Lo que cuenta
es el amor
Ejercicios espirituales en la vida
(2.' edición)
Editorial SAL TERRAE Santander
Título del original alemán:
Was zdhlt, ist Uébe. Exerzitien fúr den Alltag
0 1999 by Verlag Herder,
Freiburg ¡m Breisgau Traducción castellana:
Ramón Ibero Iglesias
0 2000 by Editorial Sal Terrae Polígono de Raos, Parcela 14-1 39600 Maliaño (Cantabria) Fax: 942 369 201
E-mail: salterrae @salte rrae. es http:/Iwww.salterrae.es
Con las debidas licencias
Impreso en España. Prinfed in Spain
ISBN: 84-293-1331-1 Depósito Legal: BI-2887-01 Fotocomposición:
Sal Terrae - Santander
Impresión y encuadernación: Grafo, S.A. - Bilbao
Indice
Prólogo.
1. «¡Comparece ante mí!» . . . .
2. Necesito más amor del que merezco . . .
3. El nacimiento de la libertad . . . .
4. «Ni yo mismo me entiendo». Querer el bien, hacer el mal . . . .
5. Todos necesitamos perdón . . . .
6. «Yo os he elegido a vosotros para que vayáis y deis fruto». La misión
7. «Os he dado ejemplo». La eucaristía . . .
8. La consideración,
fundamento del amor al prójimo . . . .
9. El respeto, núcleo del amor al prójimo . .
10. «Padre, perdónalos ... » . . . .
11. La cruz de la vida . . . .
12. El Resucitado . . . .
Prólogo
Muchos buscan el punto central a partir del cual el ser humano pueda realizarse de una manera auténtica y total, El acceso racional a la realidad es considerado en todo momento insuficiente. Para que la vida tenga verdaderamente sentido y alcance su plenitud, tiene que haber algo más. Algunos emplean mucho tiempo, muchas energías y también mucho dinero en esta búsqueda. A menudo no sólo no eluden las vías y las fuentes exóticas, sino que incluso se sienten fuertemente atraídos por ellas. Con frecuencia se ignora la riqueza de la espiritualidad cristiana y de su ayuda en la vida. ¿Es tal vez porque el camino espiritual del cristianismo resulta demasiado exigente, reclama la implicación de todo el ser humano y es un camino auténtico que hay que recorrer de una manera consecuente? Y, no obstante, todo aquel que busca de verdad quiere encontrar una orientación y un sentido que le sirvan para toda la vida, no sólo para el momento presente. Aunque a menudo los cristianos estan muy lejos de alcanzar sus ideales, en todo momento y en muchos lugares hay personas que, partiendo de la fe cristiana, de la visión cristiana del amor, de la misericordia, de la confianza y de la reconciliación, viven su vida de una manera auténtica y plena, como Jesús la vivió y la prometió a los hombres. Como cristiano, me duele que no consigamos percibir debidamente este tesoro vivificador como tal y que tampoco sepamos ponerlo al alcance de otros.
1
En 1998 dirigí unos ejercicios espirituales para las benedictinas de la abadía de Santa Hildegarda en Eibingen. Con este libro desearía poner a disposición de las personas implicadas en la búsqueda religiosa los temas de dichos ejercicios referentes a la vida y a la fe. Mi deseo es, de una parte, traducir en palabras salidas del corazón la profundidad y la autenticidad de la experiencia cristiana y, de otra, exponerlas de manera que ni siquiera las personas ajenas a todo lo relacionado con la Iglesia tengan la sensación de que han sido engañadas. Un encuentro en el camino: así entiendo yo este libro; nada más y nada menos.
A quien se sienta familiarizado con este tipo de lecturas le ruego que acepte, a título de inventario, lo que ocasionalmente le resulte conocido, o que medite de nuevo en ello. Quien haya leído mis libros descubrirá algunas ideas contenidas en ellos, sólo que aquí las verá formuladas de otra manera. Lo que se dice en estas páginas está pensado y dicho desde la convicción de que Dios nos ama incondicionalmente tal como somos y nos estimula a ser lo que podemos ser. Quien crea que este Dios es u¡i Dios de muertos, no de vivos, hará bien en
pensar que está equivocado; esto es justamente lo que Jesús dijo a los saduceos (véase Marcos 12,27).
Estos doce capítulos han sido escritos con la esperanza de que ayuden a muchas personas a acercarse a la fuente de la vida.
«Comparece ante mi»
DIOS BUSCA A LOS HOMBRES
Si tomamos en las manos este libro, es porque buscamos a Dios. Pero él nos busca y nos ama mucho más y mucho más profundamente; de lo contrario, no existiríamos. En la carta apostólica Tertio Millenio Adveniente, redactada con motivo del paso del segundo al tercer milenio, Juan Pablo ii subraya una y otra vez: Dios busca a los hombres. Esta idea recorre su escrito como un hilo conductor.
En todas las grandes religiones encontramos el leitmotiv: el hombre en busca de Dios. En cambio, en el cristianismo la búsqueda del hombre por parte de Dios adquiere una consistencia imposible de superar, pues la palabra de Dios se ha hecho hombre. Este anhelo de Dios en pos del hombre recorre toda la Biblia.
En Oseas 2,16 encontramos un bello texto, un texto dirigido a Israel. Si nosotros, en cuanto cristianos, tomamos las Sagradas Escrituras como fuente de la oración, entonces es válido el principio de que lo que se dice en el Antiguo Testamento a Israel o a Judá, a Jerusalén o a Sión, también es válido hoy para nosotros. Lo puedo oír como dirigido personalmente a mí. Con ello se ensancha aún más el sentido de las Sagradas Escrituras, se hace actual.
En Oseas, Dios habla a Israel y le dice: «Por eso voy a seducirla; voy a llevarla el desierto y le hablaré al corazón». «Hablarle al corazón» es justamente lo que hace un muchacho cuando se dirige a la joven de sus sueños.
Imagina todas las argucias posibles e incluso algunas imposibles para atraer su atencion y conseguir su simpatía y su amor. Exactamente así se muestra ahora Dios. Nos lleva hasta el desierto y habla a nuestro corazón. Nuestro amor significa mucho para él. De manera análoga, en el Cantar de los Cantares 7,11 se nos dice: «Yo soy para mi amado, objeto de su deseo». ¡Yo soy objeto del deseo de Dios! Podríamos pasar días enteros meditando en estas palabras. Y, como queda dicho, esto es rigurosamente bíblico. «Tú, Dios anhelante en tu deseo», ha escrito Matilde de Magdeburgo.
Quien comienza unos ejercicios espirituales en sentido clásico, o los llamados ejercicios espirituales en la vida ordinaria, toma una decisión en favor de Dios, pues de lo contrario no los empezaría. No obstante, en el curso de los ejercicios o de las horas de meditación se le mostrarán una vez más, aún con más profundidad y claridad, las consecuencias de esta decisión. Así pues, aquí se trata de decidirse de nuevo en favor de Dios, de dirigirse a él constantemente de nuevo, de entregarse a él. Esto proporciona sorpresas que encuentran expresion en oraciones como ésta:
«Señor, me asombra tu deseo de tener mi compañía, de elegirme como interlocutor, de tener contacto conmigo. Me asombra ser objeto de tu amor. Ya había perdido la esperanza de que alguien me hablara así, y ahora me eliges y me dices que no te soy indiferente. Asombrado, me vivo a mí mismo de otra manera a causa de tu elección. Aprendo a valorarme de nuevo. Cuando me miro con tus ojos, empiezo a ver mi innegable valor».
En el capítulo 34 del Éxodo se narra un singular encuentro de Moisés y Dios en el monte Sinaí. No era el primero de esta naturaleza (véase Ex 24). Llevado por la ira al ver que su pueblo adoraba al becerro de oro, Moises rompió las tablas de la alianza que había recibido de
Dios. Ahora bien, en Éxodo 34,1 leemos: «Yahvé dijo a Moisés ... ». Dios toma la iniciativa. No abandona a Moisés en su decepción por el comportamiento insistentemente veleidoso de su pueblo, sino que se interesa por él, lo llama. De la misma manera que, tras el pecado original, tiende la mano a Adán y le dice: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9). Cuando Adán se esconde, Dios toma de nuevo la iniciativa para establecer contacto con él; no deja que se consuma en su culpa y en su vergüenza. Así ocurre también en los ejercicios espirituales y en todas nuestras prácticas diarias: Dios toma la iniciativa. Me llama para vivir una experiencia liberadora. Aunque yo haya elegido y planificado los momentos de meditación, de oración, de silencio, él ha incidido personalmente en mi iniciativa y a través de ella. Dios me busca, desea este encuentro.
LO ESENCIAL LO HACE DIOS
Dios da a Moisés el encargo de tallar dos tablas de piedra, sobre las cuales escribirá las palabras que figuraban en las primeras. Aquí veo un segundo paralelismo con aquel que en su vida diaria se procura espacios y momentos para dedicárselos a Dios. Realiza preparativos y se abre hacia el interior de su vida. Pero lo importante lo hace Dios. Los ejercicios espirituales exigen que la persona se implique, pero lo esencial lo realiza Dios. Esto es muy tranquilizador, pues la fe y su práctica no son algo que exija un rendimiento y unos esfuerzos gigantescos, sino, por encima de todo, una actitud de dejar que ocurra, de estar abierto, de receptividad. Los ejercicios espirituales según Ignacio de Loyola son «el misterio de la acción de Dios en el ser humano». La más importante condición para ello es que la persona deje realmente vía libre a Dios, a fin de que pueda actuar.
Estoy convencido de que si los ejercicios espirituales u otras prácticas análogas, si las oraciones y las meditaciones dan poco fruto, en la mayoría de los casos es porque la persona ha hecho demasiado. Este «dernasiado» puede producirse de dos maneras. Puede ser que yo intente, por así decirlo, fórzar una experiencia de Dios convulsivamente, casi con violencia. Entonces, realmente hago demasiado y bloqueo la acción de Dios.
La otra manera de hacer demasiado, y de reducir con ello el fruto de los ejercicios espirituales, se produce cuando intento meter en ellos todo lo que considero que aún debo resolver y para lo que aún no he tenido tiempo. Ésta es, en mi opinión, una buena oportunidad; ahora, finalmente, puedo hacer lo que tenía pendiente.
En primer lugar, no hay que empeñarse en lograr que el tiempo de los ejercicios espirituales sea «productivo». Semejante exigencia es una tentación. «Quien pierda su alma la encontrara», dice Jesús. 0 más exactamente: «Quien pierda su alma por mí, la encontrará». De forma análoga podríamos decir: quien consuma su tiempo por mí verá que precisamente ese tiempo va a ser el más valioso. Pero tengo que consumirlo realmente por él y resistir a la tentación de querer hacerlo productivo sea como sea.
En la antigua alianza, Dios escribe en tablas de piedra. Pero ya en Jeremías 31,33 se anuncia la nueva alianza, de acuerdo con la cual Dios ya no escribe en tablas de piedra, sino en el corazón de las personas. «Ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo de Yahvé-: pondré mi Ley en su interior y escribiré en sus corazones, y yo sere su Dios y ellos serán mi pueblo».
Pablo recoge esta imagen en el capítulo 3 de la Segunda Carta a los Corintios, donde llama a la comunidad, y con ella también a nosotros, «carta de Cristo», « ... escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (3,3). Así pues, no tenemos que tallar y tener a punto tablas de piedra, cosa que,
por lo demás, sería un tanto complicado. En lugar de ello, lo que tenemos que hacer es tener a punto nuestro corazón. No obstante, esto podría ser mucho más difícil: abrir mi corazón y mantenerlo en calma para que Dios pueda escribir en él sus palabras, su mensaje. Abrir mi corazón. Orar significa siempre comparecer ante Dios con el corazón abierto y con las manos abiertas.
MANOS ABIERTAS
Me gusta la imagen de las manos abiertas. En el transcurso de años o de décadas, todos hemos reunido muchas cosas, tal vez con un gran esfuerzo, y ahora las tenemos en nuestras manos como una propiedad que hay que conservar. Me refiero a todas esas cosas materiales que hacen la vida un poco más agradable, cómoda y moderna. Pero a ellas hay que añadir asimismo pensamientos y opiniones, convicciones e ideas que han nacido en mí mismo, o que he tomado de otros, principios que he hecho míos; e igualmente relaciones que significan mucho para mí. También mi trabajo, mi agenda, mi calendario, mi posición y mi reputación, mi influencia y otras muchas cosas. A todas ellas me aferro con fuerza. No me desprendo de ellas sin más. Aquí nadie debe meter la mano, pues me ha costado mucho trabajo reunir lo que tengo.
Pero, si ahora me pongo a orar, la mano cede. No tengo que vaciarla. Se trata más bien de abrir las manos y comparecer ante Dios con las manos abiertas, mostrárselo todo y tener un poco de paciencia, pues Dios tiene mucha paciencia. Al cabo de algún tiempo, Dios se acerca y mira todo lo que tengo; después me mira y dice: «Hombre, tienes muchas cosas». «Sí», contesto yo, «es cierto, tengo muchas cosas, probablemente muchas más de las que creo». Cuando Dios me lo dice, me doy cuenta de que es verdad, de que tengo muchas cosas, tal vez demasiadas. Entonces él me mira fijamente y me pregunta: «¿Estás de acuerdo en que te coja una cosa?». No tengas miedo, Dios es un señor y no lo toma todo. De eso puedes estar seguro. Por otra parte, sabe elegir muy bien, pues tiene una gran sensibilidad. Me pregunta: «¿Estás de acuerdo en que te coja una cosa?». La respuesta tiene que ver con la actitud básica de la oración: «¡Sí, estoy de acuerdo! Nadie más debe tocar lo mío, pero tú sí. Si quieres, puedes tomarla».
Y entonces Dios la toma con mi permiso. Permanezco sentado. Al cabo de un tiempo -impreciso-, viene de nuevo junto a mí, tal vez me pongo un poco nervioso, y me pregunta: «¿Estás de acuerdo en que te regale algo?». Pues Dios no sólo quita, sino que también da. Y, una vez más, la respuesta tiene que ver con la actitud básica de la oración: «¡Sí, estoy de acuerdo!».
Si falta esa actitud básica, no puedo orar, pues entonces mi relación con Dios se convierte en una especie de juego del escondite. Camino un buen trecho en dirección a él, pero, tan pronto como me acerco, retrocedo por miedo: miedo a que quiera quitarme algo. Dicho de manera más sencilla: la condición básica de la oración es mi deseo de que Dios sea Dios. Si no tengo ese deseo, ¿cómo puedo orar? La oración es entonces desde el principio una caricatura.
Tagore lo dijo con toda claridad: «Mi corazón está oprimido por el peso de sus riquezas, que él no te ha dado». Aquello que me separa de Dios pesa sobre mí.
Y ahora -creo- sería un error que empezaras a pensar: «Entonces, ¿me lo puede quitar todo?». No lo hagas, seguirías un camino equivocado, pues en ese supuesto podrías imaginar miles de cosas y, aun así, no darías con la que él quiere. ¡Dios es muy original, muy ingenioso! Y lo que es más importante: ésa no es la dirección en la que tienes que mirar. En otras palabras: no debo mirar mis manos y ver lo que hay en ellas. No se trata de eso. Debo mirarle y confiar en él. Si quiere tomar algo de mis manos, es siempre para mi bien. De lo contrario,
nunca lo haría. El me ama más que yo a mí mismo. No tengo por qué tenerle miedo. Si quieres tener miedo, tenlo de ti mismo; hay Inotivos para ello. Pero de Dios no debes tener miedo. Esta es la actitud básica de la oración: confianza en que Dios me ama, me busca, quiere mi realización. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10); esto es lo que quiere. Por consiguiente, lo que hace falta es franqueza con Dios, franqueza basada en la confianza.
Agustín dice en un sermón: «La palabra de Dios es enemiga de tu voluntad hasta que se convierte en promotora de tu salvación. Mientras seas tu propio enemigo, la palabra de Dios también será enemiga tuya. Procura ser tu propio amigo, y la palabra de Dios estará en armonía contigo». No tengo por qué tener miedo. Orar significa abrirme ante Dios, estar dispuesto a que Dios penetre cada vez más en mi vida. A decir verdad, lo que acabamos de leer no es del todo exacto, pues él está siempre presente. Ruysbroek dice: «Dios es aquel que viene a ti de dentro afuera». Esto significa que Dios está más cerca de mí que yo de mí mismo. Es también más leal conmigo que yo conmigo niÍsmo. En ocasiones yo no soy leal conmigo mismo, no soy auténtico, no soy verdadero. Él es siempre leal conmigo, siempre.
«Temprano, temprano despierta mi oído para escuchar, igual que los discípulos» (ls 50,4). Todos podemos escuchar como un maestro: el maestro sabe y, cuando escucha, lo hace para ver si los alumnos han comprendido lo que les ha dicho. Así escucha un maestro. Este modo de escuchar se tiene que dar, y se da de hecho, por ejemplo, en la escuela. En cambio, en la oración debo escuchar a Dios como un discípulo, o sea, como alguien que aún tiene que aprender, como alguien que aún no lo sabe todo.
MÁS QUE CARGAR PILAS
Tal vez pienses: «¿Ejercicios espirituales? No están mal. Con ellos te libras de una gran cantidad de trabajo, no de todo el trabajo, pero sí de mucho. Y además puedes cargar baterías para todo un año». No me gusta la expresión «cargar baterías». Ciertamente es bueno cargar baterías para todo un año, pero no basta. Creo que Dios se merece algo más. Quien piensa así tiene una idea muy pobre de Dios.
En diversas ocasiones he visto cómo alguien recibía una segunda llamada. En la historia de la espiritualidad se llama así: la segunda llamada, o la tercera, o la cuarta. En este punto no hay que ser mezquino. Pienso que el ejemplo más conocido es el de la gran Teresa de Jesús. Después de pasar diecinueve años en un convento carmelita -el convento no era ni malo ni especialmente bueno, y en él no había llevado una vida ni mala ni especialmente buena-, oyó esta segunda llamada, y nació la santa.
Gertrudis de Helfta nos proporciona otro ejemplo. Puede decir el momento exacto y el lugar concreto del dormitorio en que una noche, después de completas, fue liberada de un ídolo. El ídolo era un amor más bien excesivo a la ciencia. Gertrudis abrió las manos, y el amor de Dios la embargó. En ese momento nació la santa.
Puede ocurrir que una persona sea señalada por Dios y experimente una segunda o una tercera llamada. No descartes esta posibilidad. Aquel que se limita a «cargar las baterías» puede perder una preciosa oportunidad.
Deus semper maior: Dios es siempre mas grande, más grande de lo que podemos
ESPERAR. PACIENCIA. PERSEVERAR
«Prepárate para mañana; sube temprano al monte Sinaí y aguárdame allí en la cumbre del monte» (Ex 34,2). Aguárdame allí. Tal vez orar y meditar no significa tanto buscar a Dios, pues podría entenderse en sentido demasiado activo, como esperar, despegarse, soportar la propia impotencia, resistir. Esperar a alguien es una manera muy auténtica de honrarle, tal vez más auténtica que muchas de las palabras que pronunciamos; y posiblemente también más auténtica que algunos de los regalos que hacemos. Cuando espero, persisto en mi impotencia. Pero no es fácil. Dios no se deja conquistar. Acude, sí, pero cuando quiere. De ahí sus palabras: «¡Aguárdame allí!».
«Que nadie suba contigo, ni aparezca nadie en todo el monte. Que ni siquiera las ovejas o las vacas pasten en el monte». Dios quiere a Moisés totalmente para él. Es en verdad un Dios celoso, en su gran amor.
«Yahvé descendió en una nube y se detuvo allí junto a él. Moisés invocó el nombre de Yahvé». Dios se da a conocen Éste es el verdadero misterio del encuentro: que en cierto modo se nos muestra. Eso es lo que podemos conseguir. Y no hay nada que pueda sustituir a la experiencia del encuentro con Dios.
Los Padres del desierto comparan la oración con varios perros que persiguen a una liebre. El perro que la ha visto empieza a ladrar con todas sus fuerzas y sale corriendo detrás de ella. Otros perros oyen sus ladridos y lo siguen. Pero antes o después llega un momento en que se detienen todos los perros que han oído únicamente los ladridos. Sólo siguen corriendo los que realmente han visto la liebre. Éste es un buen símil de la oración. El que ora porque ha oído ladrar, pero no ha visto nada, no aguanta.
Este relato ilustra la penosa situación de muchas, personas que buscan. Viven exclusivamente de ladridos provocados por otros ladridos, provocados a su vez por otros ladridos. A la larga, esto no es suficiente. Son personas que buscan a Dios, que buscan el sentido y la plenitud de la vida, pero sólo oyen a alguien que ha oído que alguien ha oído'... Naturalmente, yo no puedo provocar la experiencia inmediata de Dios; me tiene que ser dada. Pero si me mantengo a la espera, el Señor vendrá y se me dará a conocer. «Dime en la plenitud de tus misericordias, mi Señor y mi Dios, qué eres para mí. Di a mi alma: Soy tu salvación. Dilo, que yo lo oiga». Rezar, meditar, ejercicios espirituales, ejercicios espirituales en la vida diaria: oír la palabra de Dios para que nos llene.
En hebreo se mencionan trece propiedades de Dios. De ellas, doce describen su misericordia y una su justicia. Así es nuestro Dios.
«Al instante, Moisés se inclinó a tierra y se postró». Desde entonces, todos hemos aprendido a hacer que el cuerpo también participe en nuestra oración, a buscar a Dios con cuerpo y alma. En realidad, el cuerpo desempeña aquí un papel decisivo. Una espiritualidad puramente mental, distanciada, es una verdad a medias, un acto religioso a medias.
MIS EE SON BENEFICIOSOS PARA OTROS
Para terminar, he aquí un último versículo (10): «Él respondió: Yo voy a hacer una alianza». Aquí veo otro paralelismo con los ejercicios espirituales y prácticas afines. De una parte, Moisés tiene que aguardar, completamente solo, allí arriba y permanecer en estricta soledad y calma. De otra parte, en este monte se va a sellar la alianza. Y la alianza no tiene lugar entre Dios y Moisés, sino entre Dios y el pueblo. En la soledad del monte en el que se encuentra Moisés ocurre algo importante para todo el pueblo. Esto también es válido para los ejercicios espirituales. Los hacemos solos, en la calma, en la soledad. Pero -y esto puede ser un
consuelo en momentos difíciles- son beneficiosos para muchas personas. Es cierto que oro, medito y aguardo en solitario; pero el hecho de escuchar, de estar presente, de comparecer, también será beneficioso para otras personas; en primer lugar, para las que viven conmigo, pero también para otras que se hallan lejos. El fruto, el efecto y la eficacia pueden ser mucho mayores de lo que yo puedo ver.
Señor, Padre nuestro, sólo tú sabes cómo nuestra vida puede alcanzar su meta. Ayúdanos en la paz de tu presencia a comprender el misterio: cómo en el encuentro contigo, cómo en tu presencia y en tu palabra algunas personas se han reconocido hechas a tu imagen y semejanza. Ayúdanosa abandonar lo que nos impide encontrarte y a dejamos aprehender por tu palabra. Ayúdanos a aceptar lo que en nosotros quiere ser un ser humano según la imagen y semejanza que tú te has hecho de nosotros'.
3. Peter KOSTER y Herman ANDRIESSEN, Sein Leben ordnen, Freiburg ¡m Brei sgau 199 1, p. 3 1.
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Necesito más amor del que merezco
Cuando leía a Júrg Splett, descubrí esta escueta frase entre otras decididamente complicadas: «Toda persona necesita más amor del que merece». Es una frase sencilla, sin regusto religioso; y, aun así, es realmente profunda. Tan pronto como la oímos, nos vienen a la memoria las imágenes de personas que la confirman, personas que necesitan más amor del que merecen. Tal vez hayas pensado en vagabundos, en ancianos recluidos en asilos, en drogadictos... Pero no necesitas salir de tu entorno para encontrar casos que confirman esta frase. En tu misma comunidad, en tu proximidad más inmediata, puedes encontrar a personas que necesitan más amor del que merecen. Si meditamos en ello, puede ser que en nosotros surja algo del espíritu que inspiró el sermón de la montaña, esa ternura que toda comunidad necesita.
Pero uno también puede aplicarse la frase a sí mismo. Éste es también mi caso. Tal vez sea beneficioso que empiece a pensar que soy alguien que necesita más amor del que merece. Este enfoque es, de hecho, la base del primero. Sólo si sé amarme a mí mismo puedo dar amor a otros. Vamos a aplicamos esta frase a nosotros personalmente. Yo soy una persona que necesita más amor del que merece.
La frase contiene dos ideas: en primer lugar, necesito amor; y, en segundo lugar, necesito más amor del que merezco. ¡Necesito amor! Toda persona tiene en sí muchas posibilidades, muchos talentos. La naturaleza no es mezquina o ruin a la hora de esparcir nuevos gérmenes de vida, sino, por el contrario, muy generosa. Exactamente igual ocurre con Dios: no escatima a la hora de regalar talentos a las personas, de modo que podemos decir: cada persona tiene muchos talentos; basta con que demos a la palabra «talento» un sentido suficientemente amplio. Podemos pensar, pgr ejemplo, en la inteligencia y sus múltiples facultades. Esta es ciertamente una importante forma de talento, pero hay otras muchas. También están los talentos del corazón, que a la larga son más importantes. Créeme: ¡mucho más importantes! Están también los talentos de las manos; hay personas que tienen manos de plata; lo saben
hacer todo. Esto también es un talento. En realidad, si damos un sentido suficientemente amplio a la palabra «talento», podemos decir: toda persona reúne en sí muchos talentos.
Pero con las personas ocurre como con la naturaleza: esos talentos necesitan un clima adecuado para poder desarrollarse. Si el tiempo es frío y duro, los capullos permanecen cerrados, pues abrirse sería demasiado arriesgado. Sin embargo, cuando llega la primavera y empieza a hacer un poco de calor, se abren y exhiben una gran abundancia de flores y hojas, una gran belleza que se despliega. Exactamente lo mismo podemos ver en los seres humanos, en nosotros mismos, ¡exactamente lo mismo! Mientras la atmósfera en que vivimos es fría y abundan las heladas, no nos atrevemos a abrimos de verdad. Entonces nuestros talentos permanecen ocultos y escondidos.
Un viernes por la tarde tuve que ir a un supermercado a comprar unas cosillas. Todas las cajas estaban ya cerradas, menos una. Ante ésta se había formado una cola considerable; la gente, y yo también, estaba un poco ¡inpaciente e incluso molesta porque todas las demas cajas estaban cerradas, a pesar de que aún no era la hora de cierre. Entonces vi que los que estaban en los primeros puestos de la cola sonreían. Pensé que lo hacían porque a les, llegaba el turno, y efectivamente éste era un motivo Pero cuando me tocó a mí, descubrí que además había otro. La cajera -a todas luces una señam inteligente- había recortado, de una caja de bombo^ m trozo de cartón en el que se podía leer «Hemos ~ hechos con arnw por favor, trátenos también así». y lo había colocado delante de ella. Evidentemente, los pmsentes vieron que laseñora tenía razón, lo que decía era verdad. Todos sonrieron, y ella, con su sencillo mensaje escrito en un trozo de cartón, cambió la atmósfera. Un mensaje así necesitamos constantemente.
Eugen Biser, en un conocido estudio, reduce «los problemas básicos de la humanidad en el día de hoy» a tres: «exigencia excesiva, soledad y angustia». A ellos me gustaría añadir un cuarto: violencia. La violencia desempeña un papel sumamente destructivo en el mundo actual. Sin duda, podemos debatir si es o no posible incluir la violencia en los tres problemas básicos mencionados por Biser, pero yo prefiero mencionarla aparte. En cualquier caso, en un mundo en el que estos tres o cuatro problemas básicos dominan el clima general, necesitamos el mensaje de la cajera para tener una atmósfera más relajada, más distendida, más cálida.
jesús dice: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos» (Jia 15,8). Dios espera, pues, grandes cosas de nosotros. Nuestra vida debe
representar realmente algo. Tiene que dar fruto; y no un poco, sino mucho. Ésta es la idea que Dios tiene de nosotros. Así será glorificado. Luego, en el versículo siguiente, Jesús explica el secreto de este modo de dar fruto: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor».
Ahí está el secreto de nuestra fertilidad: permanecer en el amor de Dios. Así floreceremos, y nuestra vida dará abundante fruto. Jesús dice: «Permaneced en mi amor», y no: pensad ocasionalmente en mí, o acercaos de vez en cuando, sino exactamente: ¡permaneced en mi amor! En mi amor debes ver tu persistencia. Entonces tu vida se desarrollará hasta convertirse en una vida en plenitud.
Angelus Silesius dice en su peculiar estilo: «Ni aquí ni allí hay algo más bello que yo, pues Dios, la belleza misma, se ha prendado de mí». «Permanecer en mi amor» significa saber que, a los ojos de Dios, yo soy valiosísimo. 0, dicho con palabras del profeta Oseas, Dios me «habla al corazón», tiene un gran interés en conseguir mi amor.
A decir verdad, el pensamiento que Angelus Silesius expresa en su personalísimo lenguaje es mucho más antiguo. Un dicho judío recomienda: «No te tengas en poca estima, pues Dios no te tiene en poca estima». Si Dios no me tiene en poca estima, yo no tengo derecho a tenerme en poca estima, pues, si lo hago, en el fondo ofendo a Dios. Entonces no estoy en armonía con él, no pienso al unísono con él; entonces algo no cuadra. «No te tengas en poca estima, pues Dios no te tiene en poca estima».
Yo necesito amor, pero -y aquí empieza lo realmente intrigante- más del que merezco. Mis propias acciones no son suficientes. Vivimos en una sociedad en la que todo está dominado por el rendimiento. Si el conjunto de mi rendimiento no es suficiente, surge un problema serio.
Yo necesito más amor del que merezco. Por lo tanto, ese más que necesito sólo me puede ser dado. Y a esto lo llamamos «misericordia». Ese «más», tal vez lo específico, lo esencial, me es dado a cambio de nada, graciosamente. Tal vez aún más determinante es que yo acepte ese «más» que se me ofrece; pues si se me da algo y no lo acepto, el anhelo y la carencia seguirán siendo mis persistentes compañeros. Sí, también hay que aceptar lo que se nos da. Sospecho que ahí, en aceptar, está el mayor escollo. ¿No hemos oído desde niños que hay más gozo en dar que en recibir?
Como es sabido, los seres humanos entienden el amor de muchas y muy diferentes maneras. Está, por ejemplo, la variante romántica, marcada por el sentimiento. A otros les interesa sobre todo el amor corporal. Hay también quienes están convencidos de que el único amor verdadero es el amor al prójimo totalmente desinteresado. Algunos buscan el amor puramente sobrenatural, por lo que se mantienen lejos de las personas y miran únicamente al cielo.
El amor no sólo conoce muchas interpretaciones, sino que también presenta muchas formas. Está el amor entre hombre y mujer en el matrimonio, o el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. También está el amor en una orden religiosa. Jean Vanier, fundador de la comunidad de El Arca, decía: «Amor es revelar a otro su propia belleza». Hacer ver a otro cuán ' bello es, eso es amor. Y para eso el otro me necesita. El solo no puede descubrirlo. Es algo que no se ve en el espejo, sino que tiene que mostrártelo otro ser humano. Vanier capta algo de la esencia del amor cuando habla de revelar a otro su propia belleza.
La fe tiene que ver, más que con cualquier otra cosa, con el amor. La fe posee muchos
aspectos. Tiene que ver
con la psicología: mi biografía, las características que determinan mi personalidad, determinan también mi fe. La fe tiene que ver con la sociología: yo no puedo creer en solitario, sino en una comunidad, mediante el encuentro y el intercambio activo. La fe también tiene que ver con la línea de la Iglesia. Esto es lo que recogen los medios de comunicación de masas, aunque en la mayoría de los casos sólo hablan o escriben de los aspectos externos de la fe.
Juan, en su Primera Carta, define el núcleo del amor: «Y nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene» (3,16). ¡Creemos en el amor que Dios nos tiene! Ése es el núcleo: el amor que Dios nos tiene, un amor absolutamente personal, no abstracto, en general, sino el amor que Dios nos tiene y que me tiene, tal como soy. No es fácil creerlo.
He conocido a personas -ciertamente eran casos extremos- que me decían con rabia y con ira: «Creo que en verdad Dios ama a todos los seres humanos. ¡Pero a mí, no!». Y enseguida
insistían: «¡Pero a mí, no! ¡Cállese! ¡Yo soy un caso aparte! Si conociera usted la historia de mi vida, me entendería; pero eso no se lo puedo explicar ahora». ¡Pero a mí, no!
Estas personas hablan así de su angustiosa situacion y de sus penas, y dicen que no pueden creer, pues la fe es siempre personal, profundamente personal. Si yo no sé que Dios me ama a mí personalmente, (aún) no me ha sido concedida la gracia de la fe, o la he perdido. Es mucho más difícil de lo que parece creer realmente, con la cabeza y con el corazón, que el ser humano es amado incondicionalmente por Dios en toda la realidad concreta de su persona.
Recientemente he leído en un libro francés sobre los Salmos: la fe es «la certitude tremblante de l'arnour», que
podemos traducir así: la fe es la certeza temblorosa del amor. Fe significa certeza del amor. Pero ésta es una certeza temblorosa, me hace temblar; no es en modo alguno evidente. «Tremblante Windignité, d'émotion et d*étonnement», temblorosa de indignidad, de emoción y de asombro. Tal vez esta reacción se dé en todas las personas: no es verdad, no puede ser verdad. Que Dios me ama es algo demasiado heri-noso para que sea verdad. Por eso tiemblo de indignidad, pero también tiemblo de emoción: ¡si fuera verdad ... ! Si realmente lo creo, lo acepto y lo tomo en serio, empiezo a temblar, a temblar de asombro: ¿es posible ... ? Esto es fe. Dios me ha amado en mi existencia y, a decir verdad, no sólo en el pasado, en mi nacimiento, sino que lo hace cada día y cada instante: me ama en mi existencia.
Durante toda una década he estado luchando con un problema pastoral que todavía sigo sin resolver -aunque algo sí he logrado avanzar-, y ha sido en relación con lo que acabo de decir sobre esas personas que no creen o rechazan con violencia la idea de que Dios también las ama. He conocido a personas que tuvieron una juventud difícil, que en su casa recibieron poco calor, poco cariño, o que de niños tuvieron la sensación de que siempre se les exigía demasiado, que se lo tenían que ganar todo con buenas notas y buen comportamiento, pues, tan pronto como algo de esto fallaba, desaparecía inexorablemente el amor. Pero aún hay cosas peores: personas que en su infancia fueron maltratadas por sus familiares, tal vez por sus padres. A estas personas les resulta muy difícil creer en el amor de Dios. Para ellas ese amor no es algo evidente, sino que choca con un muro: no puede ser verdad, no es cierto, no concuerda con lo que he conocido en mi vida... ¿Cómo puedo llevar a estas personas la buena nueva?
La solución avanza sólo paso a paso. En teología, sobre todo en la protestante (por ejemplo, la de Karl Barth y la de Dietrich Bonhoeffer), hay una corriente que insiste con fuerza en la idea de que Dios es el totalmente otro. Esta tendencia teológica tiene una larguísima tradición que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Conocida con el nombre de teología negativa o apofática, parte del hecho de que con nuestras experiencias y nuestros conceptos los seres humanos nunca podemos hablar adecuadamente de Dios. Los místicos han demostrado una y otra vez, a través de sus vivencias, que Dios es completamente diferente.
Lo dicho es válido, sobre todo, referido a su amor. Precisamente en su amor, Dios es el totalmente otro. Su amor es completamente diferente del amor humano que nosotros hemos experimentado. Para creer realmente en el amor de Dios tengo que dar un salto -digámoslo con una imagen plástica-, un salto de mi experiencia del amor humano al amor de Dios, que es algo completamente diferente. La imagen del salto en la fe es sólo eso, una imagen, por lo que también tiene sus limitaciones. Una de ellas la puedo exponer inmediatamente: la imagen del
salto en la fe produce la impresión de que, tan pronto como alguien da el salto, ya está al otro lado. No es así; la cosa no es tan fácil. En realidad, hay que dar el salto una y otra vez.
La fe necesita este salto, pues el amor de Dios es completamente diferente. Alguien a quien le ha ido mal en su juventud, en sus experiencias con el amor o, mejor dicho, en sus carencias de amor, necesita mucha fuerza para dar ese salto. Alguien a quien le ha ido bien en la vida, que vivió una vida familiar armoniosa, que tuvo una juventud feliz, también tiene que dar ese salto. Y precisamente esta persona podría tener la tentación de no darlo y pensar: el
amor de Dios es algo así como lo que teníamos en casa, sólo que más hermoso. Quien así piensa no tiene fe, entendida esta palabra en todo su sentido. Lo suyo es una ideología. Todos tienen que dar el salto. Y no sé para quién es más fácil. Seguimos con la imagen del salto: los dos trampolines -y aquí recurro defiberadamente a una simplificación polarizada- presentan
díficultades totalmente propias, específicas. A uno de los saltadores la palabra «amor» no le
dice apenas nada, pero al mismo tiempo desea e intuye que en la vida tiene que haber algo que proporcione una satisfacción mayor y tenga más sentido que todo lo que ha conocido hasta ahora. El otro tiene muchas cosas por las que estar agradecido, pero es impulsado a dar el salto y a no quedarse donde está. Para cada persona es una gracia el que este salto se vea coronado por el éxito, una gracia de la fe.
La teología clásica siempre ha enseñado que hay virtudes --como, por ejemplo, la paciencia- que uno adquiere y que ha de ejercitar una y otra vez con esfuerzo y constancia. Pero también hay virtudes infusas, como la fe, la esperanza y el amor, que no se pueden adquirir. Son tan elevadas o tan amplias y determinantes para la vida que no tenemos fuerzas suficientes para alcanzarlas. Estas virtudes, llamadas «infusas», nos son dadas. La fe es una de ellas. No obstante, de nosotros depende el ser o no receptivos a la gracia, aceptarla, recibirla.
El amor divino es diferente de todo amor humano. Esto se puede formular de muchas maneras: el amor de Dios no conoce condiciones, ni siquiera la condición de nuestra existencia, pues Dios nos amaba ya antes de que existiéramos. El amor humano está siempre condicionado; fija siempre, en mayor o menor medida, condiciones. El amor de Dios, no. Es en verdad total y radicalmente otra cosa. Dicho en otras palabras: el amor de Dios no se
basa en nada. Esto tal vez suene un poco decepcionante, pues en ese caso es fácil pensar cosas como: yo creía que Dios me amaba porque trabajo desinteresadarnente, o por mi personalidad, por mis especiales cualidades... Entonces, ¿soy yo realmente el objeto de ese amor de Dios?
La respuesta es claramente: «Sí, tú, en tu inconfundible unicidad, eres el objeto de ese amor incondicional, y lo eres en todo el inconcebible fervor divino». Pero tú no has suscitado ni provocado ni merecido ese amor. Ese amor es anterior a tu existencia. El amor de Dios no se basa en nada. Y hay que dar gracias a Dios de que no se base en nada. Y da gracias a Dios de que así sea, pues piensa que, si el amor de Dios se basara en algo y ese algo se desmoronara, entonces también se desmoronaría todo el edificio. Pero esto no puede ocurrir, porque el amor de Dios no se basa en nada.
Ruysbroek solía decir que «el amor de Dios no tiene fundament^ en el sentido de que no tiene una base asentada y limitada en el tiempo y en el espacio. Esto significa que si profundizo en el amor de Dios, si me sumerjo en él, nunca llego al fondo, pues no lo hay. Si uno piensa profundamente en ello, caerá víctima del vértigo, pues la imaginación humana
siempre es limitada. Yo no puedo pensar en algo que no tiene límites. Puedo poner mentalmente un límite en un punto cualquiera y aun imaginar algo detrás del límite, pero no puedo imaginar nada si no es con un límite. El amor de Dios no tiene ni límites ni fondo o fundamento. Es toda una sorpresa: es origen absoluto. Origen primordial, origen primordial y absoluto. Esto significa también que es en sí mismo inamovible. Nada puede hacerle temblar. Es absolutamente fiel. Es lo único seguro que existe.
Peter Knauer lo ha formulado a su manera con toda precisión: «El amor de Dios no se mide en nosotros, sino
en él». Esto significa, una vez más, que el amor de Dios es completamente diferente. El amor humano toma siempre como medida a otro; por eso yo quiero a uno un poco más que a otro. Esto depende del otro y de mis limitadas simpatías. El amor de Dios no se mide en otro, sino en sí mismo, y no conoce lín-útes. ¿Alguien se atrevería decir: aquí empieza Dios y allí termina? Dios ama porque él es el amor. Los seres humanos decimos que alguien siente un gran amor hacia alguien; en cambio, él es amor. Ahí hay una diferencia esencial: sentir amor y ser amor.
«Nosotros, como seres creados, tenemos un principio, pero el amor con el que Dios nos ha creado está en él y no tiene principio» (Juliana de Norwich). Así pues, el amor del que procedo es eterno y me abarca enteramente, con mis sombras y mis defectos.
Recientemente he vuelto a leer con gran regocijo este texto: «Aunque pequemos, somos tuyos, pues reconocemos tu poder; pero no pecaremos, porque sabemos que te pertenecemos» (Sb 15,2). Aunque pequemos, su amor nos abarca totalmente. Esto es algo que produce vértigo, si pensamos seriamente en ello.
Aun así, pecar es rechazar el amor de Dios. Pero cuando lo rechazo, el amor, no obstante, permanece y me permite siga viviendo. ¿Lo comprendemos? Yo puedo rechazar el amor del que procedo y, aun así, seguir viviendo. Puedo cortar la rama en la que estoy sentado y, aun así, no me caigo. ¡En la naturaleza esto es imposible! Pero en Dios es así. «Aunque pequemos, te pertenecemos». Tampoco entonces dejas que caigamos. ¡En nuestra finitud, somos amados infinitamente! El amor de Dios va a la raíz de mi existencia, más allá de toda limitación y toda finitud, independientemente de que yo sea de esta o de aquella manera. Eso no cuenta en modo alguno, pues el amor de Dios llega mucho más hondo. En ese amor
debemos permanecer. Es nuestra casa, nuestro hogar, y quiere ser nuestra morada. Esto es un misterio de la fe. Ningún ser humano puede entenderlo. Pero es la revelación fundamental de la Biblia.
Desearía concluir este capítulo con unas frases tomadas de un sermón navideño de Karl Rahner: «Dios dirigió a nuestro mundo su última, más profunda, más hermosa palabra, en la Palabra hecha carne. Y esta Palabra dice: te amo a ti; a ti, mundo; a ti, ser humano. Estoy aquí: estoy contigo. Soy tu vida. Soy tu tiempo. Lloro tus lágrimas. Soy tu alegría. No tengas miedo. Si no sabes cómo seguir adelante, yo estoy contigo. Estoy en tu miedo, pues lo he sufrido contigo. Estoy en tu miseria y en tu muerte, pues hoy he empezado a vivir y a morir contigo. Yo estoy en tu vida. Te prometo: tu meta es la vida. También para ti se abre la puerta»1.
Señor, día tras día mantienes el mundo y lo alimentas. Y estás presente, de una manera más profunda de cuanto podemos imaginar, dondequiera que vamos. Te damos las gracias por tu
presencia, tan oculta y maravillosa, tan fiel y activa. Creemos en una vida a partir de ti y contigo, del mismo modo que vivimos de pan, que tenemos hambre y sed de paz, hoy y todos los días. Amén.
1.Wase K. RAHNER, Kleines Kirchenjahr München 1954, pp. 15 ss. El. nacimiento de la libertad
Conocemos las palabras de Jesús: «La verdad o,, hará libres» (Jn 8,32). Estas paL~ me entusiasmaron utiando era estudiante. «La v~ os hará libres». Yo las entendí así: si sabes
mucho y estudias mucho, te podrás ¡nover libremente en este mundo. Después, el estudio me
enseñó que en Juan la palabra «verdad» tenía un significado diferente del que yo había pensado en un principio.
En la Biblia, y también en el Nuevo Testamento, la palabra «verdad» remite siempre a la hebrea 'emet, difícil de traducir por pertenecer al léxico de otra cultura. Una imagen para ilustrar el significado de 'emet en la Biblia es la roca. Sobre una roca se puede edificar, pues la roca no cede. La roca es segura. Y en la Biblia 'emet significa también seguridad máxima. Si se traduce 'emet por «verdad», entonces se trata de una verdad existencial y no de una verdad intelectual; de una verdad, pues, sobre la que alguien puede construir su vida; de un fundamento que aguanta. Por cierto, la palabra amén tiene la misma raíz que 'emet y expresa la idea de una confirmación sólida y convencida: confianza plena en algo o refuerzo de lo que se acaba de decir.
Cuando, hacia 1950, Agustín Bea, entonces rector del Biblicum de Roma y después cardenal, preparaba una nueva traducción al latín de los Salmos por encargo del
papa Pío xii, sustituyó la palabra veritas (verdad), con la que hasta entonces se había traducido usualmente el término hebreo 'emet, por fidelitas (fidelidad). Él estaba convencido de que esta última palabra expresaba mejor lo que realmente dice el texto hebreo. Naturalmente, también ésta es sólo una propuesta, pues una palabra tan esencial, tan fundamental, no es fácil de traducir, toda vez que en ella resuena, además de toda una cultura, un universo religioso.
'Emet es algo así como el amor incondicional de Dios, o sea, el fundamento absoluto, el
amor de Dios que nadie puede merecer, pues precede a nuestra existencia. Ya estaba aquí cuando yo aún no había llegado. Y tampoco lo puedo perder. Por mal que me porte, no lo puedo perder. Permanece durante toda la eternidad. Lo único que puedo hacer es impedirle la entrada. Esto sí lo puedo hacer. Tengo libertad para ello. Pero, aun entonces, permanece. Permanece aunque yo lo rechace. Esto es lo que quise decir en el capítulo anterior con un ejemplo: yo puedo cortar la rama en la que estoy sentado, pero, aun así, no me caigo.
En Éxodo 3 les es revelado a los seres humanos el nombre de Dios por excelencia, «Yahvé». Los judíos ortodoxos nunca pronunciarán este nombre. Es demasiado sagrado. El nombre, que significa «Yo soy», o «Yo soy el que soy», también sigue siendo profundamente misterioso en su revelación. Dios revela su nombre en hebreo con cuatro letras: el
tetragrámmaton. Sobre estas cuatro letras se han escrito bibliotecas enteras; una singular
revelación. Como Dios mismo, su nombre sigue siendo un misterio; en él subsiste la tensión entre proximidad y lejanía. En mi opinión, es importante que Dios haga público su nombre en
el contexto de la liberación de los israelitas; esto significa que su nombre, «Yo soy el que soy», gene
ra y asegura proximidad, dedicación, libertad. Pero al mismo tiempo es una llamada dirigida a nosotros. para que nos mostremos como imágenes vivas e interlociaores de «Yo soy», con respecto a él y a las personas que están junto a nosotros. Este nombre es una garantía para ¡iosotros y una tarea que se nos encomienda. Hay que dejar que haya también proximidad, dedicación y libertad, ...y vivir, cosa que puede ser un gran reto.
En 1939 apareció el conocido libro de Erich Froini---n, Die Furcht vor der Freiheit (El
miedo a la libertad). qtie en inglés se tituló Escape_from Freedom. En el prólogo, el autor decía
que en realidad el libro no estaba terininado, pero que, a pesar de ello, no podía esperar más tiernpo y tenía que publicarlo. ~_s un horrible fantasina se enseñoreaba del mundo, Y su libro pretendía deseimiascararlo. Después Fromm hacía un brillante análisis de la psicología y la mentalidad del nacionalsocialismo que se podría sintetizar gráficamente en la imagen del «ciclista» como el hombre que avanza hacia arriba y se encoge hacia abajo.
La libertad cristiana predica exactamente lo contrario: agacharse y mirar hacia arriba. Recomienda atención, respeto y solicitud por los pequeños, los pobres, los oprimidos: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Al mismo tiempo, esa libertad se caracteriza por una sana autoconciencia, un justificado sentimiento de autoestima, así como por la sinceridad del que está en una posición superior: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace el amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
Esta libertad me es dada sin prestaciones previas, pero, aun así, no de balde. Esto significa que no adquiere
sentido y no empieza a surtir efecto mientras no la ejerza. Alfred De1p escribe en los últimos meses de su vida: «La hora del encuentro con Dios es la hora en la que nace la libertad humana». Ahí, en el encuentro con Dios, nace la libertad.
El tercer capítulo del Éxodo es en realidad el principio del Antiguo Testamento. Se puede decir que éste no empieza realmente con Génesis 1, sino con Exodo 3, donde se narra la salida de los israelitas de Egipto. Gracias a esta salida, la masa de esclavos sometidos a trabajos forzados durante el cautiverio en aquel país se convierte en un pueblo, y, a decir verdad, un pueblo con una impresionante experiencia divina, un encuentro con Dios que ya nunca olvidará. Después de la experiencia que significó liberarse de los egipcios con todos los prodigios que vivieron a lo largo del camino, puede decirse que, en cuanto al desarrollo de su fe en Dios, los israelitas volvieron a los primeros tiempos y descubrieron que este Dios, Yalive, el «Yo soy» que los había liberado del cautiverio, era el Dios de todo el mundo, el Creador del universo. Génesis 2, el relato del paraíso, y Génesis 3, que explica el pecado de Adán y Eva, entran en la Biblia cinco siglos después de la salida de Egipto. Y Génesis 1, la historia de la creación, dos siglos más tarde. Así pues, se retrocedió en el tiempo a partir de la experiencia del Éxodo. Todo esto está bellísima y sutilísimamente sintetizado en un versículo del profeta Isaías (44,24): «Así dice Yahvé, tu redentor, el que te formó desde el seno. Yo, Yahvé, lo he hecho todo: yo solo extendí los cielos, yo asenté la tierra sin ayuda alguna». Aquí lo tenemos. «Así dice Yahvé, tu redentor», que te ha redimido, que te ha liberado. Y dice que «te formó desde
el seno». No es sólo tu redentor, sino que es también tu creador; y no sólo creador tuyo, sino también creador del universo. «Yo, Yalivé,
a.,..
lo he hecho todo: yo solo, ej~ los cielos, yo asenté la tierra sin ayuda alguna».
-La libertad forma parte de la dignidad y los derechos del ser humano. Por la libertad se
lucha, se sufre, se reza y también se muere, en el presente como se hizo en el pasado y como
se hará en el futuro. En el pasado, y también en la actualidad, ha habido muchas guerras de liberación. En cierto sentido, la segunda guerra mundial en su última fase fue también una guerra de liberación, pues liberó a millones de personas de la implacable tiranía del nacionalsocialismo.
En muchos ámbitos de la vida (en las familias. en los conventos, en la Iglesia ... ) se llevan a cabo una y otra vez «guerras» de liberación, cuando están en juego la libertad y la dignidad del ser humano. Pero también pueden darse malentendidos y deformaciones caricaturescas en torno a qué es y qué no es libertad. Un sacerdote que estuvo muchos años en Indonesia como misionero me contó una vez que, cuando este país se liberó del dominio holandés, los habitantes de Batavia, hoy Yakarta, creyeron que ya no tenían que pagar el tranvía, pues a la sazón eran libres. Cuando comprobaron que después de la liberación también tenían que seguir pagando, sufrieron una amarga decepción. Estaban equivocados, pues habían entendido la libertad como la liberación de toda carga y toda responsabilidad compartida.
También en nuestra vida particular pueden producirse una y otra vez malentendidos acerca del rango, el valor y las formas de expresión de la libertad. Si me examino a mí mismo de manera consciente y autocrítica y miro profundamente, descubro que los mayores peligros para la libertad no vienen de fuera, sino de dentro. Los peores tiranos habitan en nuestro propio corazón. Cuando tenemos la mirada clara y serena, comprobamos que muchas
cosas que percibíamos en un primer momento como libertad, son en realidad no libertad, dependencia. Quien lo descubra debe saber y aceptar con paz que tendrá que luchar durante mucho tiempo para ser una persona realmente libre. Pablo dice: «Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses, de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de¡ cual proceden todas las cosas y para el cual somos» (1 Co 8,5-6). Hay muchos dioses y señores de los que tenemos que liberarnos. Dios es ga~ante de esa libertad.
Observemos: en Exodo 3, Moisés recibe un signo. «Dios dijo a Moisés: Yo estoy contigo. Yo te he enviado, y como signo de ello te serviré; cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, veneraréis a vuestro Dios en esta montafla». Venerar a Dios es un signo de libertad. Adorarlo hace libre.
Romano Guardini dedica la última parte de su libro El Señor al Apocalipsis. En el capítulo 4 habla de la adoración y formula la siguiente pregunta: «¿Puede enfermar el espíritu?». Su respuesta es: «Sí, puede, según sea su relación con la verdad. Cuando alguien no se muestra sincero en su tratamiento de la verdad, el espíritu enferma». Esto es mucho peor que cuando la psique enferma. Entonces el autor sigue preguntando: «Una vez el espíritu ha caído enfermo, ¿puede sanar?». Y contesta: «Sí, puede sanar mediante la adoración, pues la adoración restablece la correcta relación con la verdad». Con la adoración el corazón se renueva en la verdad, se purifica el espíritu, se aclara la mirada. En la adoración el ser humano deja que Dios sea Dios.
Un himno a Cristo del siglo iv dice: «Oh médico nuestro, cura nuestra libertad. Que sea curada por ti, que sea bendecida por ti. No dejes de ayudarla, pues de ti
depende su curación». Quien así reza sabe que la libertad está expuesta a graves peligros, incluso en su propio ámbito.
En Éxodo 20 y en Deuteronomio 5 se formulan los diez mandamientos. Hay dos versiones. Como aprendimos en otro tiempo, empezaban con las palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha s~ del país de Egipto. No tendrás ... ». Diez mandatos que sonaban como una fórmula de suprema autoridad. Pero si miramos en la Biblia, descubrimos otra versión completamente distinta. Esto quiere decir que no hemos aprendido correctamente. Se ha producido una abreviación que, además de no ser correcta, ha hecho que todo el texto siga un curso erróneo. «Dios pronunció estas palabras: "Yo soy Yahvé, tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, del lugar de esclavitud"». Y a continuación vienen los diez mandamientos. Así pues, el contexto está determinado una vez más por la liberación: yo te he sacado del lugar de esclavitud. Y ahora os entrego diez preceptos para el camino, a fin de que preservéis y mantengáis vuestra libertad y, gracias a ella, seáis realmente libres.
Los diez mandamientos son la Carta Magna de la libertad. Proclaman a Dios como origen y garantía de nuestra libertad. Explicitan qué significa libertad, concretamente a partir de Dios, como don y tarea, como gracia y mandamiento. Tal vez sería un descubrimiento leer los diez mandamientos como directrices y vías de acceso a la libertad.
Primer mandamiento. Serás libre si no equiparas nada a Dios. Él es el punto de referencia
que lo decide todo en tu vida. Si dejas que Dios sea Dios, eres un ser humano libre. Si adoras a Dios, todo lo demás queda relativizado en dos sentidos: en cuanto que todo lo demás es contem
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plado con referencia a Dios, o sea, relativizado, y en cuanto que Dios es el absoluto, y
todo lo demás es relativo. Si realmente honras y adoras a Dios como Dios, quedarán ordenadas las prioridades de tu vida. Y cuando estén ordenadas esas prioridades, podrás elegir de una manera ordenada. Entonces será una elección responsable. Cuando las prioridades están en desorden, cuando están donde no les corresponde, no se puede hacer una buena elección, pues una elección se toma siempre de acuerdo con ciertas prioridades. Cuando Dios esta por encima de todo, el ser humano es un ser libre.
Segundo mandamiento. Serás libre cuando tengas confianza en el nombre de Dios: «Yo soy
el que soy». En la angustia y en las estrecheces conocerás su inmensidad, en la opresión su libertad, y en la penuria su amor. «Me sacó a campo abierto. Convirtió mis tinieblas en claridad» (Sal 18,20.29). El nombre de Dios abre tu vida, rompe tus estrecheces. Y cuenta con que Dios esta presente ahora y siempre, a menudo de manera inesperada. No lo puedes captar en una imagen. No debes hacerte ninguna imagen de Dios. El que aprisione a Dios en una imagen se quedará sin el verdadero Dios, pues Dios se nos presenta una y otra vez bajo formas diferentes. Si me he hecho una imagen de Dios, ya no estoy en disposición de tener un verdadero encuentro con él.
Tercer mandamiento. «Recuerda el día del sábado para santificarlo». Serás libre si puedes
aceptar que tu trabajo, tus servicios y tus éxitos no lo son todo en la vida. No debes definirte a partir de las personas, ni a partir de sus elogios ni de sus reproches, pues llevas en ti un núcleo que es inmediato a Dios y en el que eres querido incondicionalmente por Dios mismo. En ese núcleo pue
des encontrar la paz que los seres humanos no pueden darte ni arrebatarte.
Vivimos en una sociedad regida por el rendimiento, y muchas personas se definen a sí mismas en función de él: yo soy igual a nú rendimiento. Así es el mundo, y. desgraciadamente, este ~ipio también desempeña un papel no exento de importancia en la Iglesia y en las órdenes religiosas. Con mi m~ento me puedo signil-icar. Gracias a mi rendimiento oy alguien. Es cierto qi¡c los cristianos decimos sienMpr1- que lo más importante en nuestra vida son las relack^ con Dios, la oración Y la fe, pero en la práctica se imponen especialmente aqU 0 11 OS que aportan un rendími~ Ellos son los buenos, lo,, respetados; ¿y quién no quícre ser respetado? De ahí ~'ieiie el que decidamos rendir mucho, incluso a costa de las relaciones con Dios, de la oración, de la fe. Y esto es precisamente lo que el mandamiento del sábado quiere impedir. Tu vida vale infinitamente más que tu rendimiento. No te definas por el rendimiento, pues si lo haces adoras a un ídolo y te destruyes. Párate a pensar de vez en cuando y convierte sencillamente en una fiesta, en un shabbat, la riqueza que se te ha dado como una gracia. El papa Juan xxiii solía decir: «Giovanni, no te des tanta importancia». Y después se iba a dormir.
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Cuarto mandamiento. «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días
sobre la tierra que Yahvé, tu Dios, te va a dar». Serás libre si sabes agradecer los servicios de tus padres, si confías en el origen de tu vida, que no eres tú mismo; si consigues aceptarte con tu pasado y sus marcas.
En mi opinión, este cuarto mandamiento reviste una importancia especial para ser libre. ¡Qué importante es que mis padres me acepten como soy! Pero también es
válido, referido a mis padres que necesitan más amor del que merecen, y que, ya estén vivos o muertos, los acepto y respeto, tal como son o como eran. Mientras no lo haga, no puedo desarrollarme plenamente. Muchos se llevan mal con sus padres y les hacen reproches acerca de la educación, la atmósfera hogareña, sin pasar por alto los abusos sexuales o la violencia. Hay muchas personas a las que, sinceramente, les cuesta mucho honrar a sus padres, y no digamos amarlos, aunque sus corazones nunca desearon otra cosa. El camino de la redención y el perdón puede ser largo y doloroso.
Cuando llegamos a adultos, no podemos dejar de intentar la reconciliación con los padres por amor, en busca de la paz interior y, a ser posible, también exterior. Esta paz produce simultáneamente una mayor aceptación de uno mismo y una más profunda reconciliación con la historia de la vida propia.
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En un congreso de sacerdotes católicos y evangélicos, C.G. Jung pronunció estas preciosas palabras: «Sólo se recorre lo que se acepta». En mi opinión, son palabras valiosísimas: «Sólo se recorre lo que se acepta». Esto se
puede aplicar, por ejemplo, a la educación. Si no acepto a un hijo, no puedo educarlo, pues se cierra. Y el hijo tiene razon, toda la razón, pues su intuición le dice: esta persona es una amenaza para mí, y tengo que protegerme. También: si no acepto que estoy enfermo, ningún médico me puede curar, pues entonces me digo a mí mismo: «No estoy enfermo; esto no es más que una gripe, mañana volveré a estar bien». Cuando uno no acepta que está enfermo, los medicamentos no surten efecto, o lo hacen muy débilmente. Además, es posible que no se cure o que tarde mucho más en conseguirlo.
Así ocurre con la historia de mi vida: si no la acepto realmente, no puedo encontrar la paz, la alegría; me haré una persona dura y seguiré estando escindido.
Mis padres forman parte de la historia de mi vida, pues son un elemento esencial de ella. Aparecen al principio. Si las relaciones con ellos se perturban o arrastran un pesado lastre, y después recuperan su equilibrio, esto facilita la afirmación de uno mismo y libera las fuerzas de la vida propia. Por eso en la Biblia se dice con toda justicia: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahvé, tu Dios, te va a dar» (Ex 20,12). El respeto al origen tiene la promesa del futuro.
Quinto mandamiento. «No matarás». Serás libre sí aceptas la vida de los demás como un
don. No veas en otro un rival o un competidor al que hay que vencer, sino, por el contrario, deja que te haga partícipe de su riqueza. Aprende a percibir la presencia del otro como una gracia. Y ten presente que todo lo que es mortífero, todo lo que mata, procede de un corazón marcado por la rivalidad. La rivalidad es una amenaza para la vida. La gran Teresa de Ávila dice: «La comparación es la muerte de la vida espiritual». Y lo expresa con toda rotundidad. No dice que sea peligroso para la vida espiritual, sino que, cuando se da, ¡no hay vida espiritual! Se acabó. Puedes seguir vistiendo un hábito, pero ya no tienes vida espiritual, pues la comparación la ahoga.
El que compara ya no mira a Dios, sino que está pendiente de la persona que tiene al lado, y esto le lleva a la insatisfacción y al desánimo o a la prepotencia. Ya no se asienta en el núcleo de su persona, que es lo que le
per-1
mite ser uno con Dios. Aw ~EL ^ ^ A A
Sexto mandamiento. ¡El conocido y vilipendiado mandamiento! Serás libre cuando ames a
las personas por sí mismas. ¡No las utilices como medio para tus propios fines y planes! No ligues a las personas a ti, sino media para que busquen apoyo en Dios. No te aproveches de ellas, respétalas. El respeto forma parte del núcleo del amor.
Séptimo mandamiento. «No robarás». Serás libre y, exento de envidia, dejarás que las
posesiones de otras personas se manifiesten plenamente si eres capaz de dar las gracias de corazón por tus facultades, tus dotes y tu
ntasía creadora. El agradecimiento es una fuente de libertad. No te hace libre el tener, sino el ser desprendido una y otra vez. El agradecimiento es una manera sana y jubilosa de
establecer una distancia correcta con respecto a los dones. El que se aferra a algo o a alguien no es realmente agradecido. El agradecimiento hace libre.
Octavo mandamiento. Serás libre si eres sincero. «La verdad te hará libre». Aquí la verdad
es entendida en el sentido de veracidad. Mentir destruye la confianza, y la mentira de la vida impide tu propia felicidad. La falta de veracidad te apresa en su red de falsedades, cada vez más complicadas, y te condena a vivir detrás de una fachada que se irá haciendo cada vez más frágil. Así malgastas una cantidad enorme de energía y no encuentras la verdadera paz. En cambio, la transparencia proporciona paz y satisfacción.
Noveno mandamiento. Serás libre si consigues estar satisfecho en lo profundo de tu
corazón. La ambición es la manifestación de un corazón lleno de fijaciones y presiones para tener esto o aquello a toda costa, y en la
mayoría de los casos también la consecuencia de una falta de agradecimiento por los favores recibidos.
Décimo mandamiento. Para terminar, serás libre sí aceptas las relaciones y vinculaciones
existentes. Procura no entrometerte o infiltrarte en las amistades de otros. Yo vivo siempre las experiencias de verdadero amor como un regalo. Se puede desear una amistad, pero no hacerla. Si me aferro a una amistad, la destruyo, pues convierto lo interior en exterior, el ser en tener.
En Berlín, en el Katholikentag de 1980, una madre, esposa de un médico, expuso una profunda experiencia personal.
«La vida de una madre es una aventura única. No pasa un día sin sorpresas. De una de esas aventuras desearía hablarles ahora; es una aventura que provocó un cambio en mi vida y en mi familia.
Soy madre de cinco hijos, que ahora tienen 21, 20, 19, 15 y 9 años, y soy una madre muy feliz. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo -no muy lejano- en el que fui muy desgraciada. Me di cuenta de que no podía seguir ayudando a mis hijos en sus problemas. No nos entendíamos. Los hijos se apartaron de sus padres. La cosa llegó a tal punto que la carga psíquica afectó a mi salud. Empecé a tener dolores de corazón y me pasaba las noches sin dormir. La atmósfera de nuestra familia era sumamente tensa.
Entonces yo rezaba mucho. Una vez rogué al Señor: "Señor, sólo tú puedes ayudarme. Dime qué tengo que hace”. Y recibí esta respuesta: "Devuélveme tus hijos. Te los confié para que los acompañaras en su camino durante un tiempo. Pero ahora vuelve a ponerlos en mis manos. ¿No crees que yo los puedo guiar mejor que tú?”. Y rebosante de dolor y de alegría, así lo hice. Uno tras otro, devolví a Dios todos mis hijos, con sus debilidades y sus defectos, con su encanto y su amor, con sus esperanzas y sus sueños de futuro.
¡Qué cambio se ha producido desde entonces! Ya no tengo miedo de lo que vaya a ser de mis hijos. Aunque sigan caminos que no entienda, hay algo de lo que estoy segura: están en manos de Dios. Todo saldrá bien. Otra cosa que ha cambiado es nuestra vida familiar. Padres e hijos hemos iniciado una nueva convivencia. Ahora nuestros hijos, que están estudiando, no se limitan a venir los fines de semana para que les lavemos la ropa, sino que además se alegran
de estar con nosotros, de las conversaciones y las experiencias comunes. Para mí es como si el Señor me hubiera vuelto a dar estos hijos. ¡Gracias!».
Señor, a todo aquel que está preso en sí mismo le das tu palabra liberadora. Tú nos has creado para que seamos libres y para que seamos personas a imagen y en el espíritu de Jesucristo. Te rogamos: danos la fuerza que él tuvo; danos la grandeza que él conoció; danos la confianza que él irradió; danos la humildad con que él amó y sirvió. Haznos receptivos y libres para que vivamos contigo para este mundo, hoy y todos los días. Amén.
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«Ni yo mismo me entiendo». Querer el bien, hacer el mal
El amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, tal como somos, es el contenido de nuestra fe. No podemos merecerlo. Tampoco podemos perderlo. Dura toda la eternidad. Nos hace libres. Si creemos verdaderamente en él, ya no tenemos nada que perder y somos seres libres, como Jesús lo fue. En la medida en que creamos en este amor, nos aceptaremos también a nosotros mismos. Ésta es la fuente de la auténtica libertad. Mientras alguien no se acepte a sí mismo, no puede ser libre. Sobre todo en sus relaciones. En éstas se buscará siempre a sí mismo, tratará de atar a él a otros, se aferrará a ellos, los utilizará en provecho propio; pero, aun así, siempre se sentirá decepcionado.
Nuestra libertad significa también -y esto es magnífico- que aceptamos el amor de Dios, aunque igualmente podemos rechazarlo. Normalmente, en la vida no nos planteamos las cosas en estos términos. Ninguno de nosotros rechaza el amor de Dios con tanta ligereza. No nos lo jugamos todo a una carta. Jugamos con calderilla. Decimos sí al amor de Dios, por ejemplo en el bautismo, en la confirmación y en otras celebraciones importantes de nuestra trayectoria vital. Pero en cada uno de nosotros existe también otro movimiento. Y ahí está el peligro de
nuestra vida: que digamos «sí» y luego, una y otra vez, «sisernos» un poco de lo que le hemos dado; que nos dejemos llevar hasta Dios, pero también nos protejamos en cierta medida de él, pues es como un «fuego devorador». Y nadie quiere abrasarse en él. Hay, pues, dos movimientos. Un movimiento hacia Dios, generalmente en pequeños pasos, que se escribe con mayúscula, se tematiza, y acerca del cual se habla mucho, sobre todo en iglesias y conventos. Y un segundo movimiento, que parte de Dios. Aunque no hablamos de él, está ahí. Sus mejores posibilidades radican precisamente en el silencio de que es objeto. Se manifiesta en compromisos ocultos, en condiciones secretas. Así es el movimiento de nuestra vida: un paso en dirección a Dios, y luego un pequeño retroceso.
Los compromisos tienen un efecto corrosivo, destruyen nuestra fuerza vital. A la larga, la corrosión ataca incluso al acero y consigue que un puente se resquebraje. Así ocurre también con nuestro «sí, pero» dirigido a Dios. Los compromisos y las reservas ejercen una gran influencia, una influencia destructiva. Son tan razonables... A decir verdad, todos nuestros compromisos son absolutamente razonables. Puedo defenderlos y justificarlos, incluso demostrar su fundamento con ayuda de la razón. Aun así, en el fondo de mi corazón sé que algo no está bien.
En la séptima carta del Apocalipsis, dirigida a la comunidad de Laodicea, Juan dice entre otras cosas: «Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora