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Wase Carlo M MARTINI: Tun, was Er will Christliches

In document VAN BREEMEN Lo Que Cuenta Es El Amor (página 41-49)

Sendungsbewusstsein nach der Apostelgeschichte, Freiburg im

Breisgau 1987, pp. 74-85.

Pero sin cauce mi amor se disgregaría o se convertiría en una ciénaga. Estemos, pues, agradecidos a nuestra misión; y si es verdad que ésta puede estrechar aquí y allá nuestra vida, también lo es que le proporciona una mayor concentración, puesto que da a nuestra vida calado, fuerza y fecundidad.

«Cumplir una misión es reposar en el movimiento de Dios»1. Dios es movimiento, Dios es dinámica, dinámica del amor, una dinámica inmensa, pues de esta dinámica emana toda la creación. Así de dinámico es nuestro Dios. Pero, al mismo tiempo, Dios es quietud, pues no persigue ninguna meta. No quiere alcanzar algo en concreto. Es el movimiento del amor. Cumplir una mision es reposar en este movimiento de Dios. Dios es movimiento, y en este movimiento yo reposo y encuentro realmente la paz. Ahí está la unión con Dios. Y, como queda dicho, ésta radica en la misión y -en mi opinión- sólo en el hecho de ser enviado.

Heinrich Mussinghoff, obispo de Aquisgrán, escribió, como todos los obispos, una pastoral al comienzo de la Cuaresma (1998). La pastoral empieza con la siguiente imagen: «El Jordán nace a los pies del monte Hermón, coronado de nieve, atraviesa el lago de Genesaret y desemboca en el Mar Muerto. El Mar de Genesaret está lleno de vida. Recibe agua fresca y la entrega para que continúe su curso. En él hay peces, en su orilla crecen frondosos olivos, palmeras y toda clase de flores y plantas. Aves y animales encuentran allí alimento. Todo lo contrario de lo que ocurre en el Mar Muerto. El Jordán también vierte en él sus aguas, pero éstas no tienen salida. El calor del sol hace que gran parte del agua se eva-

2. Barbara HALLEMLEBEN, Theologie der Sendung, Frankfurt am Main 1994.

pore, y la que queda tiene tal contenido de sal que en ella no pueden vivir los peces. En las orillas apenas si crecen árboles y arbustos. Sólo se ve sal y desierto». La misma agua, en un sitio fluye y da abundante fruto; en el otro, no puede seguir su curso y se convierte en un desierto de sal, estéril, sin vida.

El amor necesita un cauce para que continúe siendo un caudal y no se convierta en una cienaga o en un mar muerto. Jesús dice: «No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Nuestro fruto debe permanecer. Y sabemos que lo único que verdaderamente permanece y cuenta es el amor. Incluso la fe y la esperanza tienen un fin, pero el amor permanece. Es el contenido de nuestra misión: que amemos,

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que nuestra vida transmita amor.

La misión sólo se puede vivir desde la abundancia, no desde la carencia. Ya se trate del ingreso en una orden religiosa, de la vida en comunidad o en familia, de prestar un servicio o de contraer matrimonio, la experiencia se tiene que vivir desde la abundancia, pues de lo contrario será una catástrofe. Desde la abundancia sí se puede conseguir, como en la parábola del hombre que descubre un tesoro en el campo y, lleno de alegría, lo vende todo para comprarlo (véase Mt 13,44). Él puede vender alegremente todo aquello a lo que hasta entonces había estado apegado su corazón, porque ha encontrado la abundancia. Así es el reino de Dios, dice Jesús.

Si vivo en la abundancia puedo realmente desprenderme de algo, dar. Desde la abundancia puedo vivir, como cónyuge, como religiosa o como religioso, como célibe, lo que pertenece a la imitación de Jesús dentro de mi estado.

Si vivo desde la carencia, porque busco compañía en 1 i

mi soledad o aprobación en mi actividad, no lo conseguiré. Entonces es muy fácil establecer falsos compromisos, pues no vivo en el centro, sino que me muevo constantemente en el borde. Entonces la gran pregunta que presidirá una y otra vez mi vida será: ¿Se puede conciliar esto con mi promesa matrimonial o con mis votos religiosos, o no? ¿Está dentro o fuera de los límites? Todo ello hace que la persona tenga una sensación de esterilidad e insatisfacción. Ésa no es la vida según el Evangelio, y esa vida no proporciona auténtica

alegría. Se trata de vivir desde el centro, desde la plenitud, como esposa, como esposo, como religiosa o como religioso, como célibe o en búsqueda.

Padre eterno, tu nombre, tu sello, nos identifica. Has grabado en nosotros tu imagen y la imagen de tu Hijo y nos has dado tu Espíritu Santo. Te pertenecemos. Te pedimos que podamos ser iguales a él, de persona a persona, que nuestra vida demuestre tu existencia y refleje tu gracia, como ha hecho Jesús, nuestro hermano, al servicio de este mundo hoy y todos los dias. Amén.

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«Os he dado ejemplo».

La eucaristía

En el Evangelio de Juan leemos: «Sabiendo que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa ... » (13,34). En estos versículos está expresada con toda claridad la misión o, mejor aún, la conciencia de su misión que tenía Jesús. «Sabía que el Padre lo había puesto todo en sus manos -sha1¡ah- y que había salido de Dios y a Dios volvía».

Su misión, tal como él nos la ha transmitido, también es fructífera; da un fruto que perdura, el fruto del amor, Esto es exactamente lo que hace Jesús. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, l). Se puede decir que la misión de Jesús alcanza su plenitud en la última Cena y en lo que la última Cena encierra. Los cristianos la celebramos en la eucaristia. En ella podemos beneficiarnos de la plenitud.

Los tres Evangelios sinópticos -Marcos, Mateo y Lucas-, junto con Pablo, describen la última Cena, mientras que Juan habla, en lugar de ella, del lavatorio de los pies. Con dos ojos se puede ver más profunda y ampliamente. Así, los relatos de los Sinópticos por una parte, y el relato de Juan por otra reflejan dos puntos de vista diferentes que nos revelan algo de la profundidad de este misterio.

Empecemos por Lucas, en el que leemos: «Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua; y [Jesús] envió a Pedro y a Juan, dicien-

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do: "Id y preparadnos la Pascua para que la comamos . Ellos le dijeron: "¿Dónde quieres que la preparernosT'. Les dijo: "Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre que llevará un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre y decidle al dueño de la casa: 'El Maestro te dice: ¿Dónde está la sala para que pueda comer la Pascua con mis discípulosT. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta; haced allí los preparativos". Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua» (22,7-13).

Un comienzo singular. Estoy convencido de que la intención de Lucas no es presentar a Jesús como un vidente o adivino, sino más bien expresar su actitud soberana en el infortunio. El sufrimiento y la muerte no son un destino que se abata inexorablemente sobre Jesús, sino algo que, tras larga pugna, él se declara dispuesto a aceptar. Jesús no lo rehuye. En los versículos citados aparece varias veces la palabra «preparar». Jesús se prepara. El misterio de la inmolación no le es arrancado porfiando, a la fuerza; él se entrega voluntariamente. «Y les dijo:

"Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer"», que es tanto como decir: me doy enteramente a mí mismo en esta Pascua. Y un poco más adelante añade: «Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros» (Lc 22,15.19).

Siempre me ha parecido muy hermosa la palabra «se entrega», pues da un acento más definido a la acción de Jesús. Pienso incluso que «entregarse» es diferente de «darse», pues añade una diferencia cualitativa. Jesús se ha entregado. Si no se hubiera entregado, su sufrimiento no habría sido fructífero. Pensemos en las profundas

palabras de C.G. Jung: «Sólo se transfórma lo que se asume». Jesús ha asumido el sufrimiento y, al hacerlo, lo ha transformado. Si no lo hubiera aceptado, si no se hubiera entregado, habría muerto -dicho sea en términos humanos- decepcionado y amargado. Para la celebración de la eucaristía es esencial que él se haya entregado.

La entrega es la forma del amor divino. La Santísima Trinidad es un misterio, y la eucaristía también. El amor impuro quiere afirmarse, busca aprobación, quiere tomar posesión y retener, ciertamente en sentido físico, pero aun más en el sentido emocional de reconocimiento y poder. La posesión y el afán de imponerse son los mayores enemigos del amor auténtico, tanto en la familia y en el matrimonio como en la vida religiosa. El verdadero amor se entrega como hizo Jesús. Él se entregó y se hizo pequeño, asumió todas las vejaciones en un proceso indigno que desembocó en su sentencia de muerte.

El verbo «bajar» (y sus derivados) es una palabra clave en la vida de Jesús. «El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se abajó y se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana». (Flp 2,6-7). Bajó a Nazaret con María y José y estuvo sometido a ellos. Bajó al Jordán y cargó con los pecados de los hombres. Se rebajó «haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8)...

«Éste es mi cuerpo..., ésta es mi sangre ... ». La eucaristía es símbolo y presencia actual de su absoluto autodespojo: un pedacito de pan y un sorbo de vino; sería difícil imaginar algo más pequeño. La eucaristía se inscribe plenamente en la línea de la vida de Jesús: un gran misterio. Los problemas se deben resolver siempre que sea posible. Nadie debería intentar resolver los misterios, pues se perdería algo muy valioso. El ser humano está

rodeado de misterios. Aquel para quien no hay misterios es un pobre hombre. La eucaristía es un gran misterio, y a partir de él se puede vivir la misión de Jesús. La eucaristía nos da una imagen típica de Jesús. Él siempre trató de ser el último.

De entre los tres Sinópticos, he elegido el texto de Lucas, porque narra una escena conmovedora: «Se produjo una discusión entre los discípulos acerca de cuál de ellos era el más grande» (Lc 22,24). Una discusión que está en absoluta contradicción con la eucaristía. ¡Cómo debió de sufrir Jesús cuando, en la última Cena que él tanto había deseado, sus discípulos pusieron de manifiesto que no habían entendido absolutamente nada de la mentalidad y el espíritu de su Maestro ... ! Su banquete de despedida quedaba así malogrado. Su entrega, mancillada. Los discípulos no entienden nada, y además transmiten groseramente su mensaje: aún no hemos entendido nada de ti. Años luz les separan del mensaje de Jesús. «Se produjo una discusión entre los discípulos acerca de cuál de ellos era el más grande».

Una fiesta de la que vengo alegrándome desde mucho tiempo, una fiesta que he deseado ardientemente y de la que he esperado muchas cosas: ninguno de los invitados comprende su sentido, su significado; en suma, una fiesta en solitario. ¿Has vivido alguna vez algo parecido?

¿Has provocado también alguna vez algo parecido? Ésta no es una historia banal, pues seamos sinceros: ¿cuántas de nuestras discusiones giran, de hecho, en torno a la cuestión de quién es el más grande? «Yo tengo más experiencia». «Yo tengo muchos más conocimientos en este tema». «Esto lo conozco yo mejor que nadie». «Las cosas son así, y no hay vuelta de hoja»... y otras muchas variantes de lo mismo. Naturalmente, todo ello es enmascarado, pues no somos tan ingenuos como para presentarnos a

cara descubierta. Pero, si se examina el problema a fondo, se ve que el prurito de que yo sea más grande, más grande que el otro o que la otra, desempeña siempre un papel decisivo. Justamente eso es lo que no cuadra con la eucaristía. Está absolutamente en contradicción con ella. Así no se puede celebrar la eucaristía. Así la eucaristía muere, se extingue. No es nada fácil celebrar la eucaristía en el Espíritu de Jesús.

La teología nos ha enseñado que la eucaristía es un sacramento, incluso el más grande de los siete, y que los sacramentos actúan ex opere operato, es decir, con independencia de la dignidad o la santidad de quienes los administran. Esto es verdad; sin embargo, la recepción del sacramento depende de nosotros. La acción del sacramento no es independiente del receptor. Gratia supponit naturam, la gracia presupone la naturaleza: cada persona, al igual que cada comunidad, tiene que aprender, a base de mucho dolor y mucha confusión, que los ritos, símbolos y sacramentos pueden quedar vacíos, sin efecto; que sólo conservan su fuerza y su vigencia si nuestra actitud interior responde a ellos. De lo contrario, mueren y, lo que es aún peor, producen la muerte. Esto tiene que ver con la mentira de la vida, de la que hemos hablado en el capítulo anterior. El cristiano sólo puede celebrar fructíferamente la eucaristía si procura vivirla. Si el deseo es demasiado débil, la liturgia se convierte en una rutina inocua.

Jesús nos ha puesto en las manos algo infinitamente valioso: él mismo en su inmolación. Aquí tenemos que actuar con mucho recogimiento, con mucho amor. Sería una lástima que estuviéramos distraídos durante la celebración de la eucaristía. Pero hay algo aún más importante. ¿Concuerda mi estilo de vida con la celebración de la eucaristía? ¿0 celebro la

eucaristía y mantengo antes, durante o después una disputa -en el corazón o en mi

comportamiento exterior- sobre quién de nosotros es el más rande? Esto ya no concuerda, aquí falla algo.

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La Ultima Cena es anunciada como un acontecimiento central, decisivo, mediante tres señales cada vez más audibles. En Lucas se dice: «Se acercaba la fiesta de los Ázimos, llamada Pascua. [ ... 1 Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua. [ ... ] Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles» (22,1.7.14). La fiesta, el día, la hora: en este momento nos acercamos a la gran hora en la vida de Jesús, la hora de la que él siempre ha hablado.

El plato principal de este banquete es un cordero de un año, al que no se le ha quebrado ni un solo hueso. En el Antiguo Testamento se dan normas precisas para la celebración del banquete de Pascua, y tenemos que pensar que Jesús y sus~discípulos las respetaron. Acerca de estas normas, en el Exodo se dice entre otras cosas: «ni le quebraréis ningún hueso. [ ... 1 La cabeza y las piernas no deben ser separadas del tronco» (12,46.49). Además, se tenía que asar y poner en la mesa entero.

Sobre la mesa estaba el cordero tal como era realmente. Era imposible no verlo. Pedro y Juan fueron enviados para prepararlo; no sólo para poner la mesa, sino también para asar el cordero de un año. Cuando los discípulos lo ven, como son judíos, recuerdan su pasado, la

salida de Egipto y los prodigios que acompañaron este éxodo. Cuando Jesús contempla el cordero, mira al mismo tiempo adelante, al futuro y, más concretamente, al futuro inmediato, que empieza esa misma noche. Cuando Jesús ve el cordero, sabe que a partir de entonces él es el cordero. «Como un cordero al degüello era llevado», se dice en el cuarto canto del Siervo de Dios (1s 53,7). Y en Jeremías: «¡Y yo que estaba como cordero manso lleva

do al matadero! » (11, 19). Ha llejado la hora de que Jesús pase a ser el cordero pascual: «Este es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo». Ha llegado la hora.

Toda la andadura de Jesús está bajo el signo del cordero que va a ser sacrificado. Pablo escribe: «Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciais la muerte del Señor hasta que venga» (1 Co 11,26). Esto es válido para cada celebración de la eucaristía. Y también para la celebración de la Cena en la víspera del

Viernes Santo. Aquí se anuncia la muerte del Señor.

Cuando Jesús parte el pan, dice textualmente: «Éste es mi cuerpo». Parte su cuerpo, y con ello empieza el sufrinúento y nace el cuerpo místico (la Iglesia). Jesús es plenamente consciente de lo que hace ahora. Tal vez sus manos han temblado levemente al partir del pan. Tratemos de ser conscientes de lo que hacemos cuando celebramos la eucaristía.

Tambien nosotros, al celebrar la eucaristía, debemos mirar adelante y no atrás, al pasado, pues Jesús -que murió por amor y en fidelidad a su misión- ha resucitado y viene de nuevo en toda su gloria. Lo decimos cada vez que celebramos la eucaristía: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!». En esta perspectiva se inscribe también el banquete celestial, en el que la eucaristía alcanza su plenitud. Así como la vida de Jesús alcanza su plenitud en la eucaristía, así también la eucaristía alcanza su plenitud en el banquete celestial.

La eucaristía como testamento y legado vivo de la persistente presencia y el amor de Cristo es, por así decirlo, el documento de la nueva alianza que él fue enviado a fundar: «Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros». El núcleo de la antigua alianza era: «Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo». Esta alianza ha sido renovada muchas veces y, a decir verdad, cada vez en mayor intimidad. A menudo se la compara incluso con la intimidad del matrimonio. Dios y su pueblo están unidos como el esposo y la esposa. La nueva alianza implica la consumación y una intimidad aún mayor: «Vosotros en mí y yo en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él».

Fijémonos ahora en el cuarto Evangelio, empezando por el prólogo a la gran prueba de amor de Jesús a sus discípulos: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (13, l). Con este versículo, Juan nos da la clave de la eucaristía. La eucaristía es amor hasta el extremo. Es amor que se entrega totalmente. Jesús, que siempre fue el hombre para los demás, llega en esta misión hasta el extremo. Juan no transmite las palabras de la transubstanciación, la fórmula de la consagración. En lugar de ello narra cómo Jesús lavó los pies a sus discípulos. Evidentemente, para Juan este acto -el que Jesús lave los pies a sus discípulos- es tan característico y esencial de la eucaristía como las palabras de la transubstanciación lo son para los Sinópticos. Estamos ante dos perspectivas del amor llevado a su expresión suprema, el amor que se da a sí mismo, que se inclina hasta el polvo de la

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