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Juego de seduccion

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Academic year: 2021

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ARGUMENTO:

Cuando el reconocido y acaudalado sexólogo británico Dexter Harrington le ofrece a la novelista neoyorquina Mallory Ginelli un jugoso salario para que viaje a Inglaterra y le ayude con un proyecto sobre sexualidad humana, ésta no se lo piensa dos veces y acepta. Mallory necesita el dinero para hacer frente a las últimas deudas contraídas por su hermana, pero no se atreve a contarle a Dexter que es virgen y que todas las escenas eróticas de sus libros son sólo producto de su imaginación.

Dexter está a punto de casarse con su prometida Sarah, una antigua amiga de la infancia, y quiere que le aconsejen sobre cómo seducir a una mujer, así que ha pensado en Mallory para tal cometido.

Y mientras ambos comienzan su particular curso de seducción, el amor tejerá sus hilos para que terminen juntos.

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ÍNDICE

CAPÍTULO 1 ... 4 CAPÍTULO 2 ... 15 CAPÍTULO 3 ... 20 CAPÍTULO 4 ... 25 CAPÍTULO 5 ... 31 CAPÍTULO 6 ... 38 CAPÍTULO 7 ... 43 CAPÍTULO 8 ... 49 CAPÍTULO 9 ... 57 CAPÍTULO 10 ... 63 CAPÍTULO 11 ... 69 CAPÍTULO 12 ... 76 CAPÍTULO 13 ... 82 CAPÍTULO 14 ... 87 CAPÍTULO 15 ... 94 CAPÍTULO 16 ... 103 CAPÍTULO 17 ... 107 CAPÍTULO 18 ... 118 CAPÍTULO 19 ... 123 CAPÍTULO 20 ... 131 CAPÍTULO 21 ... 142 CAPÍTULO 22 ... 151 CAPÍTULO 23 ... 161 CAPÍTULO 24 ... 170 CAPÍTULO 25 ... 180

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CAPÍTULO 1

Caliente y arrollador deseo.

Eve se retorcía con él, su cuerpo estaba resbaladizo por el sudor, un hambre salvaje surgió en su interior, el rugido de su sangre mantuvo el ritmo de la palpitante oleada mientras la perfumada noche la envolvía en su dulce abrazo.

Llamaradas de líquida seducción la lamieron, unas esposas de seda le rodeaban las muñecas, encarcelándola en el interior de un beso de oscuro y salvaje fuego. No pidió clemencia. Nadie iba a dársela.

En lugar de eso, aceptó el calor, se ahogó en él, se dejó llevar por el fuego. Sus pestañas se abrieron con un aleteo. Quería ver la cara del fieramente hermoso bucanero que la había capturado, y cuyo amor la había liberado.

La pasión vidriaba los azules ojos de él, tan oscuros como el corazón del océano. Una pasión que ella conocía y entendía. Cuánto había ansiado ese momento. Aquel hombre estaba en su corazón.

En su misma alma.

Él le rodeó los pechos, jugando con sus doloridas cumbres, una tortura lenta y exquisita. Bajó la cabeza y atrajo el duro capullo al interior de su boca. Ella gimió, un profundo y gutural sonido sacado de un lugar que no sabía que existía.

No dejó sitio sin tocar, aliviando cada lugar con sus labios, su lengua, deslizando su piel sobre la de ella, lo que era un placer en sí mismo. Ella presionó sus labios contra los de él, la necesidad de culminar la desesperaba.

Deslizó un dedo entre sus húmedos pliegues y afirmó su derecho sobre la hinchada protuberancia de ella, acariciándolo, provocando, dándole pequeños toques hasta que en los ojos cerrados de ella brillaron rayas de colores.

Cuando creyó que no aguantaría más, él se movió entre sus muslos, envolviéndole las piernas alrededor de su cintura, el miedo y la excitación se enfrentaron en el interior de ella mientras él acomodaba su dura longitud dentro de ella y...

—¿Dura longitud? Caramba, Mal, ¿no puedes simplemente decir pene por una vez? Mallory dio un salto ante el estruendo de la voz de su hermana en el oído, los dedos se sacudieron sobre las teclas del portátil, su concentración se hizo añicos totalmente.

Mallory cerró los ojos brevemente y tomó una calmante aspiración, sabiendo que necesitaría cada gramo de valor que pudiese reunir.

Entonces se giró para encontrarse con la cabeza de Genie cerniéndose sobre su hombro, sus ojos verdes escaneaban las palabras que Mallory acaba de escribir, los labios de su hermana se movían a medida que iba leyendo.

—Tengo un timbre, ¿sabes? —dijo intencionadamente Mallory.

—Y yo tengo una llave. —Genie balanceó la llave del apartamento de Mallory frente a ella—. Me la diste, ¿recuerdas?

¿Cómo podría olvidarlo? Genie la usaba con entusiasmo. No importaba si Mallory estaba en casa o no. Ni parecía importar que Genie viviese tan sólo a la vuelta de la esquina con la madre de ambas. Era como si su hermana estuviese intentando batir algún tipo de record sobre cuánto tiempo pasaba de verdad en casa.

Su hermana se dejó caer en la silla al lado del escritorio de Mallory. Cuatro pequeños aros adornaban la oreja izquierda de Genie, y cuatro aros y un clavo de oro la derecha. Su lápiz labial era azul para hacer juego con sus uñas. A los diecisiete años, Genie aún se revelaba en su papel de inconformista.

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—¿Y bien qué?

—¿Puedes decir pene? Mallory reunió paciencia. —No, no puedo.

—¿Por qué no?

—Porque escribo novelas de romance histórico, y esa palabra no es apropiada. —Bueno, ¿puedes decir…?

—No.

—¿Y qué hay de... ? —No.

—Entonces, ¿qué tal... ? —No.

Genie alzó las manos.

—Tío, estás tensa. Tómate una pastilla, ¿vale? Mallory suspiró.

—Lo siento, Genie. Estoy ocupadísima ahora mismo.

—Menuda novedad —musitó su hermana, con un indicio de amargura en su voz.

Mallory sintió remordimientos de culpa. Sabía que tenía tendencia a dejar a todo el mundo fuera cuando estaba en mitad de una de sus novelas, y durante los últimos años parecía que estar en mitad de una era la base constante de su vida.

No le había pasado inadvertido que su hermana se había vuelto más beligerante; los problemas de Genie habían aumentado constantemente con cada año pasado. La habían pillado robando en varias ocasiones y casi había sido arrestada por juego ilegal hacía un mes.

El pensamiento hizo que Mallory mirara con más atención a su hermana. Genie roía una de sus uñas azules, un claro indicio de problemas asomaba por el horizonte.

—¿Ha pasado algo, Genie?

—¿Qué te hace pensar que ha pasado algo? —le contestó a la defensiva su hermana. —No sé. Llámalo un presentimiento.

Un desazonador presentimiento que Mallory deseó que no fuese un barómetro tan exacto.

Su hermana pareció como si fuese a continuar con la farsa, pero entonces se encogió de hombros.

—Está bien. Tengo un pequeño problema.

La definición de Genie de pequeño estaba generalmente en desacuerdo con la de cualquier otra persona.

—Continúa.

—Bueno… —Alargó la palabra—. Creo que he… En ese momento sonó el teléfono, cortando a Genie.

La mirada de Mallory fue hasta el identificador de llamadas, reconociendo el número instantáneamente. Karen Warner, su editora. Mallory vaciló, no estaba de humor para discutir de qué forma estaba progresando el manuscrito, ya que no estaba progresando nada bien.

El contestador cogió la llamada, y la voz de “nacida y criada en Boston” de Karen se filtró en la habitación.

—Hey, Mal, pensé que querrías oír lo de la inusual llamada de teléfono que he recibido esta mañana de uno de tus fans -un fan masculino- y uno muy interesante además.

Hombre e interesante. Parecían términos opuestos. Mallory había empezado a pensar que sólo podría encontrar uno de esos entre las páginas de un romance.

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—Incluso aunque sea un poco excéntrico —añadió Karen. Ah, ahí estaba la pega.

—Pero es británico y rico, así que, ¿a quién le importa? Aquello despertó su interés.

—Llámame cuando vuelvas… Mallory cogió el teléfono. —¿Karen? No cuelgues.

Dedicó a su hermana una mirada de disculpa que prometía que estaría con ella en un minuto.

—¿Otra vez filtrando las llamadas? —preguntó Karen. Estaba claro que la mujer la conocía demasiado bien.

—¿Yo? Por supuesto que no. Yo, ah, acabo de llegar de sacar a pasear a los perros. —Bajó la mirada hasta sus dos cachorros pequineses, Duque y Daisy, que dormían sonoramente debajo del escritorio entre un montón de libros y papeles—. Bueno, ¿quién es el rico británico?

—Su nombre es Dexter Harrington. Mallory frunció el ceño.

—¿Quién es Dexter Harrington?

—¿No sabes quién es Dexter Harrington? De verdad, Mallory, tienes que salir más. Ahí estaba otra noticia de última hora, pensó Mallory poniendo los ojos en blanco.

—Dexter Harrington es un aristócrata con título de nobleza cuya familia hizo fortuna con el carbón antes de finales de siglo. Se graduó el primero de su clase en Oxford y se dice que tiene un coeficiente intelectual de más de doscientos, lo que casi garantiza que está más chiflado que una caja de Goobers. Pero el hombre tiene unos pómulos con los que podrías cortar un queso y una sonrisa que ha sido registrada por el F.B.I. como arma letal.

—Eso es toda una recomendación —murmuró Mallory divertida—, ¿cómo sabes tanto sobre él?

—¿Nunca lees el Newsweek?

¿Con qué tiempo? ¿Cinco minutos? Casi replicó Mallory. Su vida parecía moverse de una fecha de entrega a otra, con intervalos de llamadas de su madre para quejarse sobre Genie y de Genie para quejarse de su madre. Sí, su vida era una vida realmente encantadora.

—En fin —continuó Karen—, pasa la mayor parte de su tiempo escondido en la propiedad de su familia en Gales y puede ser más escurridizo que el monstruo del Lago Ness por lo que se dice. —Pareció a punto de desmayarse cuando dijo—. ¿Quieres intentar adivinar qué hace para ganarse la vida?

En realidad no.

—¿Por qué tiene que hacer nada un rico aristócrata para ganarse la vida? —El suspiro de impaciencia de su editora obligó a Mallory a seguirle el juego—. Mmmm. ¿Es un viejito que vive en una caja de zapatos cuya mujer le dejó con tantos niños que no sabe qué hacer? ¿O sopla y sopla y tira las casas de la gente? ¿O quizás es carnicero, o panadero, o fabrica velas?

—¿Vas a tomártelo en serio?

—Bien. Me rindo. ¿Qué hace para ganarse la vida el aristócrata británico cuya familia se ganó la vida con el carbón?

—Es científico.

—Qué encantador por su parte. Entonces Karen terminó:

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—Especializado en sexualidad humana. Ahora empezaban a calentarse las cosas. —¿Un científico sexual?

—Eso es.

Mallory detectó un claro regocijo escondido en las palabras de Karen, lo que probablemente era el resultado del hecho de que su editora tenía las narices hondamente metidas en manuscritos románticos a diario, lo que le daba una mentalidad tipo “aquí hay una historia”.

Por otro lado, Mallory dependía de su hiperactiva imaginación para dibujar una imagen mental de un hombre que era una mezcla entre el Dr. Sentirse Bien y el Dr. Amor Raro. Hizo una mueca.

—Entonces, ¿qué quiere?

—Bueno, en realidad la llamada era de su secretario, Cummings —todo ¡chao! y ¡hala!1 —, quién preguntó cómo podía ponerse en contacto con una tal Zoë Wilde, el ardiente hervidero de pasión.

Mallory se rió entre dientes.

—¿Ardiente hervidero de pasión, eh? —Zoë Wilde era el seudónimo de Mallory y su alter ego—. Llama a los del Guiness. Esto es todo un récord para su libro.

—Por supuesto, no podía darle esa información, así que me preguntó si sería tan amable de extenderte la petición del conde.

Mallory sacudió la cabeza. Un rico y excéntrico científico tenía una petición. Eso podía superar al borracho de setenta años que le echaba miraditas cada mañana cuando iba a recoger su sándwich de beicon, huevos y queso al restaurante de la esquina, y a los hombres de Cro-Magnon de la construcción al otro lado de la calle que asumían que el día de Mallory no estaría completo sin que le regalaran silbidos, gritos y el siempre popular “hey, nena”. Mallory estaba empezando a creer que los hombres de verdad eran cosa del pasado.

—¿Y cuál es la petición del conde? Karen no titubeó en contestar:

—Que vayas a Inglaterra inmediatamente.

Durante diez auténticos segundos los músculos faciales de Mallory se negaron a funcionar. Entonces sus labios se abrieron para formar las palabras:

—Estás bromeando, ¿verdad? —Sé que parece una locura…

—¿Parece una locura? Es una locura. ¿Qué demonios le hace pensar a ese tío que iba a considerar algo tan extravagante?

—Oh, creo que me salté esa parte, ¿verdad? —¿Qué parte?

—La parte sobre el proyecto, y pagarte generosamente por tu tiempo, volando en primera clase, y dejándote usar su extensiva librería, diez mil libros por lo que tengo entendido. Bastante impresionante.

—¿Proyecto? ¿Qué tipo de proyecto?

—No lo sé. Su secretario dijo que era confidencial.

Al tío le faltaba un tornillo. ¿Esperaba que volara al otro lado del mar con cualquier pretexto sin decirle nada sobre lo que quería?

—Dijo que te lo explicaría todo cuando estuvieses allí —añadió Karen, como si intuyese los pensamientos de Mallory; una tendencia que estaba empezando a volverse un poco

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escalofriante.

—Entonces va a tener que esperar bastante.

—Siempre dijiste que querías ir a Inglaterra. Bien, he aquí tu oportunidad.

—E iré a Inglaterra. —Algún día—. Pero no vía Lunatic Express. No puedo siquiera creer que sugieras algo así. ¿Olvidas que tengo un libro que terminar?

—Pues claro que no lo he olvidado.

—Oigo un claro “pero” tras esas palabras.

—Bueno —Karen alargó la palabra—, sería todo un éxito si consiguieras que este tío te contase su historia cuando nadie ha sido capaz ni de sacarle la hora. Las biografías no autorizadas son ahora mismo un terreno reñido. Y el tío es un aristócrata británico. Quizás conozca rumores sobre la familia real. Podrías ser la próxima Kitty Kelly.2

Mallory se apartó ligeramente el auricular de la oreja y lo miró, esperando que su incredulidad se trasportara a través del cable.

—Escribo novelas románticas. ¿Qué iba a importarme a mí la vida de ese tío? Karen continuó como si no hubiese dicho nada.

—Dicen que está desarrollando una nueva pastilla tipo Viagra, pero ésta está dirigida a las mujeres. Imagina la publicidad que conseguirías si tuvieses esa información antes que nadie.

De lo sublime a lo ridículo a velocidad de vértigo. —No me interesa.

Como siempre, Karen oía sólo lo que quería.

—Te daré algún tiempo para que te lo pienses antes de llamar al secretario del conde con tu respuesta final.

—Esa es mi...

—Ups. Tengo una reunión. Tengo que irme. Llámame más tarde. El siguiente sonido que oyó Mallory fue el tono de la línea.

—Ir a Inglaterra —musitó, colocando el teléfono en el soporte—. Ridículo.

—¿Quién es Dexter Harrington? —preguntó Genie, recordándole a Mallory su presencia.

Mallory se encogió de hombros, más que dispuesta a despachar aquel tema en particular.

—Sólo un rico científico británico que obviamente delira. Genie la miró socarronamente.

—No importa. Bueno, ¿por dónde íbamos?

El recuerdo de la interrumpida conversación de ambas hizo que Genie se mordiese de nuevo las uñas.

—Tengo un pequeño problema. —Eso ha quedado claro.

—Bueno, quizás un poco más grande que pequeño. Aquello no era nuevo.

—¿Cuánto más grande que pequeño? Su hermana pareció incómoda.

—¿Más grande que una panera? —la presionó Mallory. Genie asintió.

Allí estaba aquel presentimiento de nuevo. —¿Exactamente cómo de grande, Genie?

2 Escritora estadounidense que ha publicado un libro llamado “The Royals” destapando escándalos de la

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Un súbito golpear en la puerta delantera interrumpió la respuesta de Genie mientras una nueva voz vociferaba:

—Eh, Genie, ¿estás ahí?

La mirada de Genie voló hasta la puerta y luego de vuelta a Mallory, mientras contestaba avergonzada:

—Así de grande.

Mallory gimió para sus adentros, reconociendo la voz masculina que gritaba en un tono que no era cantarín como la primavera en las Tierras Altas, sino que era tan tosco como un capo de la mafia cuyas mejillas estuviesen llenas de cannolis. 3

Bruno, el corredor de apuestas. Y el vecino rompepiernas.

Cuando era niño, el juego preferido de Bruno había sido retorcer pulgares y había sido conocido por meditar sobre todas las preguntas importantes que habrían puesto a prueba a un hombre con un coeficiente intelectual de seis años: Cuando llueve, ¿por qué no se encogen las ovejas?

Mallory se dio cuenta de pronto en lo que se estaba hundiendo. Arenas movedizas. —¿En qué has apostado esta vez?

—Bueno, podría jurar que el Spitfire de Sassy, en la larga carrera en Belmont, vencería al Misfortune de Mónica. Las probabilidades eran de diez a una. —Se encogió de hombros—. Creo que mi suerte se acabó.

—Eh, Genie, sé que estás ahí. Déjate de rodeos.

—Me esconderé en el armario de la ropa blanca —dijo Genie, poniéndose en pie de un salto—. Líbrate de él.

—Eh, espera un minuto… Pon. Pon. Pon.

—Será mejor que abras o voy a soltar un puto aluvión de golpes sobre esta puerta. Golpes. Qué manera más encantadora de empezar el día.

—De acuerdo —le dijo a Genie—. Escóndete.

Su hermana corrió hasta el armario como si poseyese miembros biónicos, las palabras “Podemos reconstruirla. Tenemos la tecnología”, saltaron en el cerebro de Mallory.

Lanzó una mirada a Duque y Daisy, ambos se pusieron en pie de un salto sobre sus torcidas patas de cinco centímetros y empezaron a ladrar con fuerza, pareciendo dos pequeños Twinkies4 saltarines. Sus ladridos nunca habían asustado a nadie. Lo que daría Mallory por una cinta grabada de pit bulls gruñendo en aquel momento.

—Quedaos aquí, los dos —les dijo, levantándose de la silla—. Vuelvo enseguida.

Ambos la miraron con idénticas expresiones de Oh-no-no-lo-harás que fueron seguidas de cerca por nuevos ladridos, cuando cerró la puerta de la habitación.

—Ok, Genie. Voy a contar hasta tres y ¡luego voy a entrar!

Mallory comenzó a cruzar la habitación de mala gana, esperando que Bruno estuviese bien inclinado sobre la puerta cuando ella la abriese, lo que, sucesivamente, lo mandaría derecho a la ventana.

Sonrió, imaginándoselo volando a través del cristal. Una pena que el toldo del restaurante indio en la calle debajo de su ventana se rompiese con la caída. La idea de ver el hombre con el cuerpo escayolado le resultaba atrayente.

Mallory hizo girar la puerta en el momento exacto en que Bruno ladeaba el hombro para embestirla. Perdió el equilibrio y se cayó en un montón de cadenas de oro y un traje

3 Cannoli (rollo dulce de ricotta)

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barato de seda. No era exactamente lo que Mallory había esperado, pero sin embargo era gracioso.

La fulminó con la mirada. —Tus lo hiciste aposta.

Mallory lo miró de modo desapasionado.

—Se dice tú, no tus. El singular es el contrario del plural.

Bruno se sacudió el polvo y se levantó en sus fornidos 1.70 centímetros de altura. Era un matón de pecho fuerte y ancho sin cuello, sus fuertes brazos estaban permanentemente apretados hacia fuera. Parecía uno de los gángsteres que había abatido a tiros a Sonny Corleone en un peaje en la autopista de Nueva Jersey.

—Cierra la boca —gruñó—. No estoy de humor. Mallory se cruzó de brazos.

—¿Qué quieres, Bruno?

La biliosa mirada de él bajó hasta los pechos de Mallory, lo que desvió su cerebro del tamaño de un guisante hasta recolocarlo tras la cremallera de sus pantalones.

—¿Por qué te haces la difícil, nena?

¿Necesitaba una razón? Además del hecho de que su aliento apestaba a ajo y su cara parecía como si le hubiese pasado un tren por encima. Varias veces.

—Repito, ¿qué quieres, Bruno? Él se acercó lentamente.

—Si tus eres buena conmigo, quizás me piense el reducirle la deuda a tu hermana. —No estoy en venta.

Mallory hundió la mano en el bolsillo de su Levis azul desteñido favorito y sacó un billete de diez y dos de veinte. Arrojó el dinero a las manos de Bruno.

—Eso debería aplazar la deuda unos días.

—¿Cincuenta piojosos pavos? ¿Estás bromeando? Tu flaca e idiota hermana me debe veinte mil trescientos ochenta y un dólares…con veintiséis centavos. Los intereses se agravan diariamente. Los dos sabemos que no tiene el dinero, lo que significa que tienes que pagar.

Mallory se tambaleó. ¿Dos mil trescientos ochenta y un dólares…? Se dijo a sí misma que debía respirar.

—Si sabías que no tenía el dinero, ¿por qué la dejaste apostar?

—Eh, ¿soy cuidador de hermanos? —arrugó la frente, lo que le hizo parecer una morsa a mitad de faena—. ¿O sería cuidador de hermanas, incluso aunque no estemos emparentados? —se encogió de hombros—. No cambia nada. Aún me debe dos mil trescientos ochenta y un dólares…

—Y veintiséis centavos. Lo sé. —Mallory negó con la cabeza—. No tengo todo ese dinero.

Él acercó su cara a la de ella.

—¿Sabes qué le pasó a la última persona que no me pagó?

Mallory no lo sabía, afortunadamente. Era una imagen mental sin la que podía vivir. Desafortunadamente, tenía otras imágenes mentales en las que caer, todos aquellos recuerdos nítidos de la obra de Bruno. Podría pensar con el pene, pero no necesitaba un graduado en Harvard para saber cómo manejar un bate con infalible exactitud.

—Conseguiré el dinero —prometió—. Pero tienes que darme algo de tiempo.

—Tienes tres días. —Levantó dos dedos—. Y volveré para cobrar. —Luego se fue pavoneándose.

Mallory decidió que no le diría lo del papel del baño que tenía pegado en el dorso del zapato.

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Suspiró y se inclinó pesadamente contra la puerta cerrada. —Ya puedes salir, Genie.

No hubo respuesta.

Mallory se acercó al armario de la ropa limpia y se encontró con la puerta ligeramente entreabierta. Miró dentro. Ni rastro de Genie. Entonces notó que la ventana del cuarto de invitados estaba abierta y comprendió que su hermana se había escabullido usando la salida de incendios.

Regresaría, era un hecho. Como también lo era el hecho de que su hermana se invitaría a entrar, usando la llave de repuesto de Mallory.

Mallory se acercó a cerrar la ventana. Una ventana abierta en Nueva York era una clara invitación al robo, a la violación y al homicidio, y a veces, no todas a la vez.

Mientras se alejaba, vislumbró la enmarcada foto de Genie, su madre y ella, que estaba en el escritorio. La levantó, estudiando las caras felices, los brazos envueltos en la cintura de la otra. Era una foto vieja, y una de las últimas que se habían sacado juntas y sonrientes.

Su madre tenía una hermosa sonrisa, llena de calidez. Sin embargo, ahora sonreía raramente, y la calidez parecía haberla abandonado el día en que su marido salió por la puerta y nunca volvió.

Quizás si Mallory se permitiese mirar en su interior, quizás descubriría sus propias cicatrices, que las acciones de su padre habían determinado su vida tanto como la del resto de su familia.

A lo mejor era por eso que prefería los personajes ficticios a las cosas reales. Podía modelarlos para que sirviesen a sus necesidades. Nunca eran ordinarios o crueles. Ni cobardes o deshonrosos. Los hombres siempre eran héroes, y los finales felices para siempre.

Colocó de nuevo la foto con cuidado y cogió su fiable bola Mágica del 8 de la esquina del escritorio, recordando todas las preguntas que le había planteado cuando era una jovencita, buscando respuestas cuando no había nadie para contestarle.

Mallory agitó la bola, observando el pequeño cubo rodar en el oscuro líquido. —¿Volverá a ser feliz mi familia alguna vez? —preguntó tímidamente.

El cubo giró hasta pararse. Perspectiva poco clara.

¿Qué había esperado? Los milagros estaban reservados para otras personas.

Se preguntó si se atrevería a hacer otra pregunta. Se mordió el labio, temiendo la respuesta, pero temiendo aún más lo desconocido. Agitó la bola otra vez.

—¿Seré capaz de encontrar el dinero que Genie le debe a Bruno?

Contuvo el aliento, esperando a que el cubo se parase. Cuando lo hizo, el corazón le dio un vuelco.

No.

—Hmm. Viajar a Inglaterra para ser el juguete de un conde asquerosamente rico adicto al sexo con una licenciatura en zonas erógenas que está escribiendo su tesis doctoral sobre el punto G, o quedarme aquí en Nueva York y arriesgarme a ser atracada, tirada enfrente de un tren en marcha, bombardeada, expuesta a mosquitos mortíferos y guerras biológicas. No veo cómo puede ser difícil para ti esta decisión, cariño.

Mallory dejó de pasear y se giró para mirar a su mejor amiga desde su nacimiento, Freida Feldman, una princesa judía-americana dura como el acero. Si alguien se parecía menos a Frieda, era la chica rubia que estaba delante de Mallory, a quien ella llamaba Freddie, para consternación de la señora Feldman.

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Ella y Freddie eran un abanico de contrastes. Mallory medía apenas 1.61 frente a los 1.79 de Freddie. Mallory tenía la tez color aceituna. La piel de Freddie era de un cálido marrón que duraba todo el año. Mallory había sido maldecida con un largo y liso pelo, mientras Freddie había sido bendecida con unos rubios y ondulados rizos perfectos para un anuncio de L’Oreal.

Los dones del cielo de Freddie también incluían unas largas piernas sin fin, un abundante busto, una sonrisa Colgate, y una ronca voz que podía seducir tan fácilmente como podía reducir a un hombre a una pila de ardientes escombros con sólo pronunciar una palabra.

—No dije que estuviese considerando la idea —dijo Mallory, deseando que fuese mentira. Pero lo cierto era que sus opciones habían caído hasta el punto más bajo.

Se había estado devanando los sesos toda la tarde, encontrado algunas pocas ideas. Pensó en vender algo, pero no tenía nada propio que pudiese vender por tanto dinero. Y su cuenta corriente no estaba en mejor forma.

¿Quién creería que la semi-triunfante novelista de romances, Zoë Wilde, tenía una suma total de sólo cuatro mil dólares en el banco? Y la mayoría del dinero estaba destinado a pagar las facturas y el alquiler.

Había tenido más dinero hasta que había pillado a Genie robando -por tercera vez- y había tenido que pagar una fianza de quince mil dólares o dejar a su hermana en el talego.

—No mires la oferta del conde como un trabajo —dijo Freddie alargando las palabras mientras admiraba su manicura—. Míralo como sexo a cambio de arrendamiento.

—¿Quieres ponerte seria? Si no le doy ese dinero a Bruno, Genie se levantará del suelo sólo hasta las rodillas en concreto.

—O por debajo con Jimmy Hoffa.5

—Gracias por hacer que una mala situación parezca aún peor.

—Soy judía. Llevo en la sangre lo de ser cínica. Viene de miles de años de esclavitud y persecución.

—¿Podemos ceñirnos al tema? ¿Cómo voy a poder echarle mano a tanto dinero tan rápido?

—¿Robando un mini-market? No. —Freddie negó con la cabeza—. Olvídalo. No habría suficiente dinero en metálico. Necesitas birlar un banco. Tu madre sabe pasar desapercibida, así que mi consejo sería que la dejases entrar y atracar al cajero mientras esperas en el coche de huída.

—Oh, es una idea original. Mi madre y yo podemos compartir la celda. Freddie hizo una mueca.

—Me dan escalofríos tan sólo pensar en compartir una celda con mi madre. Tendría que escucharla regañarme durante los próximos diez o veinte años porque no me casé con Marty Klein, el rey charcutero. Veintidós tiendas en el área de los tres estados6. Uno pensaría que con todo ese dinero el hombre se podría haber circuncidado.

—¿Podemos volver al tema? Bruno. Dinero. Nudilleras. —¿No puedes simplemente pedirle a Bruno una prórroga?

—Estoy segura de que accederá. Entonces sólo me destrozará una rótula como garantía.

Freddie pareció horrorizada.

—¿Y dejarme a mí el trabajo de empujarte por ahí? No creo. Simplemente solucionemos el problema de forma fácil y rápida. Te dejaré el dinero.

5 Sindicalista estadounidense que murió en misteriosas circunstancias. Su cuerpo nunca fue encontrado. 6 Área alrededor de Nueva York donde se encuentran Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut.

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Mallory ya había contemplado pedirle a su amiga un préstamo. Freddie era una niña de papá que nunca había tenido que trabajar ni un día de su vida mientras Mallory había tenido que arrastrarse por cada moneda. Sabía que llegado el momento, podría devolverle a Freddie el dinero, pero sería demasiado parecido a aceptar caridad.

Mallory suspiró.

—Te lo agradezco, pero no. No puedo esperar que arregles el problema.

—Entonces, ¿por qué no aceptar la oferta del profesor de sexo? Dios sabe que podrías conseguir un buen polvo.

Había que dejarle a Freddie lo de ser directa. —Esto es estrictamente negocios.

Freddie ladeó una perfectamente depilada ceja rubia. —¿Oh? Bueno, si ese es el caso, ¿de qué te preocupas? Claro, de qué, pensó Mallory.

Pero, siendo honesta consigo misma, tenía que confesar cierto grado de curiosidad por el hombre que había hecho un pedido tan insólito. Imaginaba que tenía que ser el misterio que significaba el hombre, como si fuese una concursante de “Let’s Make a Deal” 7 esperando a saber qué había tras la puerta número tres.

Era bastante triste el decir que la poco ortodoxa oferta del conde era la cosa más interesante que le había pasado en mucho tiempo. Su vida personal se había deteriorado hasta el punto que escuchar una charla sobre la historia del fertilizante se consideraba apasionante.

Podría escribir sobre escalar el Everest, ¿pero lo había hecho alguna vez? ¿Había explorado las pirámides? ¿Visto los blancos acantilados de Dover? ¿Tirado una moneda en la Fontana Trevi? ¿Comido fondue en Suiza?

No, no y otra vez no.

—¿Entonces cómo es físicamente este tío del hunka-hunka amor ardiente8? —inquirió Freddie—. Personalmente, me imagino a Johnny Wad9 con un abrigo de tweed.

Mallory imaginaba que con su suerte Dexter Harrington recordaría a los Son of Sam10 y que probablemente estaba maquinando llevar a cabo con ella experimentos sacados de Hitchcock.

—No lo sé. Busqué una foto suya en internet, pero todo lo que pude encontrar fueron unas pocas páginas con algunos de sus ensayos publicados.

¡Y menudos ensayos aquellos!

Fisiología y Patología de la Erección del Pene.

Sobre Ratas y Hombres: Aproximación Comparativa a la Sexualidad Masculina. El Mecanismo de la Excitación Humana Femenina.

Y el favorito de Mallory y más espantoso: Esquizofrenia y Sexualidad. Qué tenían que ver la una con la otra era algo que Mallory no quería investigar demasiado a fondo.

Después de aquellas pequeñas aclaraciones, debería haber telefoneado a Kate y exigirle que le dijese al sin duda lacayo del conde que su patrón podía quedarse su billete de primera clase, el substancial dinero que le había ofrecido por su valioso tiempo, y su biblioteca con casi cien mil libros, y zambullirse de cabeza en su trabajo sobre Contribuciones Cognitivas y Afectivas de la Función Sexual.

Por otra parte, la realidad de su situación actual era perder el tiempo en las calles llamando a una adolescente que se había ido a paseo, quien, Mallory notó con una

7 Programa estadounidense “Let’s Make a Deal” en el que se ofrecían tratos a los concursantes. 8 Famosa canción de Elvis: “Hunka-Hunka Burning Love”

9 Famoso rey del porno

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sonrisa de satisfacción, le había hecho un corte de mangas a Bruno por encima del hombro.

Chicas de Nueva York, dos. Bruno el gilipollas, cero.

Ahora, si tan sólo Mallory pudiese librarse de Bruno igual de fácil. Puesto que la posibilidad parecía altamente improbable, tenía que considerar la única opción presente.

La oferta del conde.

Si aceptaba el trabajo del misterioso Dexter Harrington, podría pagar a Bruno con el anticipo que le pediría al conde que le diese, condición número uno, y todavía mantener el orgullo intacto, al igual que Genie sus miembros.

Mallory tomó la decisión. ¿Qué otra elección tenía? A menos que apareciera un mágico corredor de apuestas e hiciera que Bruno desapareciese en un soplo de humo, regresaría.

Como decía el Padrino, le habían hecho una oferta que no podía rechazar. —Iré —Freddie simplemente la miró—. ¿Me oíste? Dije que iré.

—Te oí.

—¿Y? ¿No tienes nada que decir?

—Sí… pero estoy esperando a oír la voz de Dios saliendo de una zarza ardiente puesto que éste es un día de milagros.

Mallory ignoró la nada atractiva ocurrencia de su amiga. —Quiero que vengas conmigo.

Freddie era como un bulldog en lo referido a hombres. Si las cosas se le iban de las manos con el conde, Freddie lo trataría con brusque… al estilo Feldman.

—¿Ir contigo? ¿A la tierra del té, los bollos y Sir Elton John? Mallory asintió.

—Siempre hemos hablando de ir a Inglaterra juntas. Ahora podemos. Lo quisiera el conde o no. Condición número dos.

Freddie se reclinó contra los cojines del sofá y la miró durante un rato.

—Sabes, cariño, no puedes usarme siempre como apoyo. Algún día tendrás que levantarte tú solita sobre tu pequeña talla 36 de pie.

—No te estoy usando como apoyo. —Pero una pequeña voz le preguntó a Mallory si no estaba haciendo justamente eso—. Y gasto un 37 de pie.

—Sólo señalo la posibilidad de tu sofocante dependencia hacia mí. Mallory se permitió una fulminante mirada hacia su amiga.

Freddie se encogió de hombros.

—De acuerdo. Iré. No me vendría mal un cambio de escenario. Pero me niego a viajar contigo con ese aspecto.

Mallory bajó la vista a sus desgastados vaqueros y a su camisa rosa ligera extra larga con las sucias huellas de un perrito en ella, adquirida cuando Duque había decidido tomar el sol en un charco de lodo en el parque amotinándose cuando ella había intentado engatusarlo para salir. Aún así, dijo:

—¿Con qué aspecto?

—Contigo llevando ropa dos tallas más grande. Tu ardiente conde va a pensar que tienes alguna enfermedad genética.

—¡No es mi ardiente conde!

Una maliciosa sonrisa encendió la cara de Freddie. —Pero podría serlo.

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Mallory sonrió entumecidamente a la expertamente peinada azafata mientras desembarcaba del vuelo 178 de British Airways, el cual había renombrado como Vuelo 666, paseo por el infierno

Arrastró su maleta de mano con ruedas tras ella, se sentía en buena medida como si el autobús del centro le hubiera pasado por encima, dado marcha atrás y vuelto a atropellar.

Su vuelo en el aeropuerto Kennedy se había demorado tres dolorosamente largas horas. Sentada sobre la pista. Mallory había pasado el tiempo mirando fuera, hacia el asfalto, un negro mar infinito puntuado por guiones amarillos que parecían torcerse hacia arriba en caras sonrientes, burlándose de ella.

El retraso le había dado mucho tiempo para pensar sobre lo que estaba haciendo. En su interior se había establecido dudas sobre su salud mental, así que para el momento en el que estaban rodando por la pista, Freddie se había visto obligada a refrenarla físicamente para evitar que se lanzara por la salida de emergencia hacia el asfalto que conocía tan bien.

El primer vislumbre de Mallory con ojos legañosos de Londres había sido una capa de oscuridad con pequeños puntos de luz, que muy bien podrían haber sido causados por el dolor de cabeza que se le estaba formando detrás de los ojos. Se sentía malhumorada, despeinada, y completamente desanimada en el momento en que aterrizaron.

Se bajaron del avión en la Terminal 4. El aeropuerto de Heathrow aún estaba rebosante de actividad, aunque fuera casi medianoche. Todo parecía surrealista, misterioso, le recordaba a Mallory la película de Stephen King, los Langoliers.

Miró por encima de su hombro y hacia fuera, por la ventana para asegurarse de que no había alguna entidad invisible tragándose grandes pedazos de tierra y dejando un enorme abismo detrás. Tranquilizadoramente, todo parecía igual.

Oscuro.

Le echó un vistazo disimuladamente a Freddie. Después de pasarse casi un día viajando, Freddie todavía mantenía una apariencia perfectamente conservada mientras que Mallory se sentía como una deshilachada fregona con pechos. No podría hacer girar una cabeza en ese momento aunque su cabello estuviera en llamas. Resistió la infantil urgencia de sacarle la lengua a su amiga cuando ésta no miraba.

—¿Dónde está el gurú del coito? —preguntó Freddie mientras su mirada vagaba alrededor—. No veo a nadie jadeando o usando un abrigo arrugado.

—Me gustaría que dejaras de hacer eso.

—No puedo evitarlo, ya sabes el perverso sentido del humor que tengo. Mallory lo sabía.

—¿Puedo al menos saber cómo luce esa máquina a base de carbón sexual?

Buena pregunta. Mallory negligentemente había olvidado conseguir una descripción de Dexter Harrington.

—No lo sé con exactitud.

—Esto es maravilloso, viajamos a un país del tercer mundo y ¿no sabes qué aspecto tiene nuestro amistoso tratante de carne? El pervertido local podría conducirnos como corderos, llevarnos a algún sórdido motel en Villa Acechadores, atarnos a una cama que rechine, y hacer estragos a nuestros firmes y núbiles cuerpos. No es que esté en contra de la idea, ¿sabes?

—En primer lugar, Inglaterra no es un país del tercer mundo. Y segundo, voy a estrangularte.

Freddie le lanzó su cegadora sonrisa Cosmopolitan. —¿Lo harías antes o después de la violación?

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Mallory no se dio cuenta de que alguien le hablaba mientras su cerebro calculaba las repercusiones de golpear a Freddie con su propio zapato.

Freddie movió la cabeza hacia algún punto detrás de Mallory. —Te están llamando, Bubee11

Los anudados músculos de Mallory provocaron que se diera la vuelta con un tirón. Su bolso golpeó al hombre de detrás de ella.

—¡Oh, lo siento!

Él se frotó el brazo y sonrió.

—No se disculpe querida muchacha. La he asustado.

Hablaba con un preciso acento inglés y Mallory se dio cuenta con sobresalto que ese hombre debía ser Dexter Harrington. El alivio corrió a través de ella.

Su imagen mental había estado del todo equivocada. No era ningún demonio con la palabra "sexo" tatuada en la frente con grandes letras y baba goteándole de la mandíbula. Sus ojos no eran saltones como los del asistente del Dr. Frankenstein, Igor. Y refutaba completamente la predicción de Freddie de que tendría una joroba y destacaría como un ministro Baptista en el Mardi Gras.

En lugar de eso, sus facciones eran bastante agradables. Pulcro pelo castaño, corto. Amistosos ojos café con leche. Sus dientes eran el sueño de un ortodontista, derechos y blancos. Una mandíbula cuadrada hablaba de una naturaleza sensible. Y tenía una constitución delgada. Se detuvo a sólo una pulgada de Freddie, quién, según Mallory notó, miró su región inferior más bien abiertamente. Mallory clavó el tacón de su zapato en el pie de su amiga.

—¡Uy! ¿Por qué hiciste eso?

Habló por encima de la queja de Freddie:

—Encantada de conocerlo, Señor, er, digo, Lord Harrington. —Extendió la mano. Una cálida mano la agarró.

—Mi nombre es Cummings.

¿Cummings? ¿Cómo el del secretario del conde? ¿El que la proveería de sus servicios? El enojo hizo vibrar los nervios de Mallory. ¿Había viajado todo este camino y sufrido las agonías del vuelo 666 para no ser recibida por Dexter Harrington sino por su empleado?

—El conde tenía negocios que atender y les manda sus disculpas por no venir el mismo —dijo Cummings, como si le leyera la mente.

—Lo entiendo.

—Aquí, permítame. —Tomó su maleta.

—Hola. —Freddie le tendió la mano, algo que no podía ignorar—. Soy la torpe asistente de la Señora Ginelli y persona non grata, Freddie

Cummings le sacudió la mano y sorpresivamente no se demoró como la mayoría de los hombres.

—Encantado de conocerla Freddie… Qué nombre tan insólito. —Antes de que Freddie pudiera formular una réplica, dijo—. Por favor síganme —y comenzó a caminar alejándose.

Freddie frunció el ceño.

—¿Qué quiso decir con insólito? Mallory se encogió de hombros.

—No lo sé ¿Qué significa para la demás gente insólito?

—¿Es alguna mancha británica en mi reputación que se lee entre líneas en mi nombre?

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Mallory escondió una sonrisa. Claramente su amiga estaba perturbada por algo más que el comentario inocente de Cummings. Freddie había recibido la primera dosis de esa fea medicina llamada indiferencia.

Cummings no lo sabía aún, pero había sido consignado a la condenación eterna, porque no había babeado como el perro de Pavlov a ver a Freddie.

Mallory sospechaba que Cummings era de la clase de hombre que miraba bajo la superficie y buscaba la belleza interna en lugar de la externa. Vaya, eso era insólito.

Con un sobresalto Mallory comprendió que estaban aún plantadas en la desgastada alfombra azul del aeropuerto mientras Cummings se desvanecía en la distancia. Con paso rápido, se lanzaron tras él.

—Buen culo —Freddie se sintió inclinada a apuntar antes de agregar—, para un engreído inglés.

Mallory fulminó a su amiga con una mirada de enojo. —¿No tienes vergüenza?

—Ninguna en absoluto —replicó ella, entonces suspiró—. Qué mal que sólo sea el secretario. Probablemente es gay.

—Sólo porque sea el secretario no quiere decir que sea gay.

—Bueno, tampoco le da un alto puesto en la escala de la heterosexualidad.

—¿En qué siglo vives? Hay enfermeros hombres, bibliotecarios hombres, estilistas hombres.

—Cierto. Y todos se lo hacen salvajemente con otros.

—¿En qué momento tu cerebro se redujo al tamaño de una nuez? ¿No sabes que una mente cerrada es una mente vacía?

—Muy bien Señorita Todos Somos El Mundo. ¿Conoces alguna mujer que salga con alguno?

—No, pero…

—He demostrado mi caso. Eso debería haberlo terminado.

Pero eso no evitó que señalara a Cummings. —Mira cómo camina el hombre.

Mallory se dijo a sí misma que fingiera tener una reacción retrasada a la presión de cabina y que había perdido temporalmente el oído, pero su instinto de conservación la había abandonado cuando el vuelo del infierno había tomado un desvío sobre el Triángulo de las Bermudas.

—¿Qué pasa con su manera de caminar?

—Es demasiado erguida. —La mejor lógica de Feldman.

—¿A diferencia de otros Homo sapiens que se deslizan por el suelo sobre sus vientres?

—Sus hombros están muy rectos, como si tuviera una barra de acero metida en el… —Eso, se llama buena postura.

—Va demasiado tieso. Mallory sacudió la cabeza.

—Sólo porque su lengua no salió fuera de su boca e hizo un charco en el suelo cuando te vio no significa que el hombre sea gay.

Freddie la ignoró.

—En cualquier caso, ¿qué hombre de pelo en pecho lee novelas románticas? Si eso no es un medidor de maricas, no sé qué lo es.

Mallory comprendió que no podía razonar con su amiga, Además estaba demasiado cansada para argumentar. Finalmente, Freddie se calló.

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Cuando alcanzaron el exterior del aeropuerto a Mallo le palpitaban los pies como si hubiera andado sesenta kilómetros con tacones. Ahora entendía lo que el hombre al otro lado del pasillo en el avión había querido decir cuando dijo que la Terminal 4 estaba sobre la franja de los límites exteriores, y que era un universo en sí mismo. Totalmente cierto.

Cummings le hizo señas a un despampanante Rolls Royce gris pizarra estacionado junto a la acera. Un hombre con una prístina chaqueta y pantalones negros se apoyaba contra la puerta del conductor. Se quitó la gorra negra de chofer revelando una pálida calva.

—Bienvenida a Inglaterra, Señorita Ginelli. —¿Gracias…?

—Wheatley, señorita.

—Gracias Wheatley. —¿Es que nadie tenía nombre de pila?—. Por favor, llámeme Mallory.

Wheatley asintió con la cabeza, entonces les pidió los resguardos del equipaje y desapareció dentro.

Cummings abrió la puerta trasera del Rolls. —Después de ustedes, señoritas.

Tan pronto como se sentaron en el lujoso interior del coche, Freddie, siempre a la ofensiva, le preguntó a Cummings directamente:

—¿Eres gay? Mallory gruñó.

Cummings elevó una ceja con la diversión merodeando en su mirada. —No, ¿y usted?

—¿Yo? —Freddie pareció como si Cummings la hubiera acusado de comprar en la tienda de todo a un dólar—. ¡Por supuesto que no!

—Presumo que eso da el tema por concluído, entonces…

Antes de que Freddie pudiera plantear una pregunta más provocativa que la última, Mallory dijo:

—¿Cuánto tiempo ha estado con el conde, Cummings? —Cerca de quince años. Fuimos juntos a Oxford.

Casi pudo escuchar al cerebro de Freddie zumbar cuando la pregunta escapó de labios de su amiga.

—¿Fuiste a Oxford?

—Efectivamente —replicó Cummings claramente sin la intención de explicarse más. —Como si eso lo explicase todo —aulló Freddie—. Un secretario hombre, lector de romance con un título de Oxford. Ahora lo he escuchado todo.

—Sí… imagino que lo ha hecho. La sonrisa de Freddie se vino abajo. —Escucha…

Mallory rápidamente le colocó una mano sobre la boca de a amiga antes de que una letanía de palabras de cuatro letras12 saliera de ahí.

—Discúlpela, bebió mucho en el avión.

La expresión de Cummings demostró claramente sus dudas sobre la validez de su explicación y expresó la sospecha sobre que la locura recorría a la familia de Freddie

Le lanzó a Freddie un último vistazo antes de posar sus agudos ojos castaños en Mallory.

—Estoy seguro de que tiene curiosidad acerca del por qué ha sido convocada.

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¿Convocada?¿Había sido convocada? Decidió no discutir el asunto. —Se me ha pasado por la cabeza.

—El conde se le explicará a su tiempo. —Se inclinó hacia delante y agregó—. Se encuentra muy feliz de que viniera.

¿Feliz? Mallory no sabía que sentir acerca de eso. Si él se encontraba feliz, ¿por qué no se había encontrado con ella en el aeropuerto? Por otro lado, no deseaba que él se encontrara demasiado feliz. Aquello era estrictamente negocios. Esperaba.

En ese momento regresó el chófer, y se pusieron en marcha a través del laberinto aeroportuario. Freddie miraba furiosa por la ventanilla, los ojos entrecerrados. Mallory sabía que su amiga no había terminado con Cummings. De ninguna manera.

Se mantuvieron en un silencio pensativo. Mallory trató de mantener los ojos abiertos, pero la píldora que Freddie le había dado para relajarle los nervios por fin había hecho efecto, y pronto se le cerraron los párpados, dejándola levemente consciente de los fuertes brazos que la sacaron del coche y la acunaron contra un amplio pecho.

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El ruido de una animada cháchara despertó a Mallory de su feliz somnolencia, perturbando su dulce sueño. Maldito ratón. Pensó que había visto el último cuando los nuevos inquilinos se trasladaron al apartamento que estaba al lado del suyo. Eran suizos y aficionados al queso.

—¡Chitón!, ratón —refunfuñó con voz soñolienta, acurrucándose más profundamente en la mullida almohada bajo su cabeza y retorciéndose más en el cochón de plumas bajo su cuerpo.

Frotó su mejilla de acá para allá contra la funda de la almohada, pensando que era la suave camisa del hombre misterioso de su sueño. La visión era tan viva que podría jurar que olía su sutil colonia.

La cháchara aumentó.

—Basta ya con eso, ¿quieres?

En vez de obedecer, algo peludo le tocó la cara y luego cayó haciendo plaf al otro lado. Demasiado grande para ser un ratón. Tenía que ser Duque. Siempre que sabía que estaba despierta, mostraba su afecto tratando de asfixiarla. Igual que un hombre.

—Bájate, Duque. No se movió.

—¡Ah, por el amor de Dios! —lo cogió y lo movió hacia su pecho, preguntándose sobre la extraña sensación de su pelaje.

Levantó la cabeza, apartó la oscura cortina de pelo que cubría su cara...

Y se encontró cara a cara con una horrenda criatura con la cara de un león que decidió chillar en ese momento.

—¡Rosie! —ladró una voz masculina, elevándose sobre el estruendo de la histeria de Mallory.

El pequeño mono catapultado desde su pecho, se lanzó a través de la alfombra, y se arrojó sobre el hombre que estaba de pie en el umbral. El mono envolvió sus largos brazos delgados alrededor del cuello del hombre y escondió la cara en su camisa.

—Silencio, mi chica —apaciguó el hombre... ¡al mono! El terror de Mallory claramente carecía de importancia.

Dos cosas se hicieron evidentemente obvias en aquel momento.

Una, Dorothy ya no estaba en Kansas dormida en su habitación en la desvencijada granja de la Tía Em y el Tío Henry.

Y dos, el gigante altísimo que la contemplaba no era el Mago de Oz. Quizás por eso no podía dejar de gritar.

El hombre avanzó a zancadas, cogió el vaso de agua al lado de su cama... ¡y le arrojó el contenido de éste a la cara!

Mallory escupió y se limpió el agua de los ojos.

—¿Por qué pedazo de imbec... ? —Las palabras retrocedieron en su garganta cuando dio su primera buena mirada a su atacante.

Decir que su cara era una obra maestra esculpida y su cuerpo un monumento a la perfección masculina parecía de algún modo inadecuado.

De hecho, podría pasar por Kevin Sorbo, el de“Hércules”, si se quitara esa ridícula, y torcida, pajarita y la chaqueta de tweed con las coderas de cuero y aquellas horribles gafas con el borde delgado que lo hacían parecer como un científico...de finales de siglo.

Las palabras de Freddie regresaron a ella.

Me imagino a Johnny Wad con un abrigo de tweed.

No, era imposible que ese hombre fuese Dexter Harrington. No lo creería.

—Mis disculpas, madam. Trataba simplemente de aliviar su ataque de histrionismo. Sus chillidos asustaban a mi mono.

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Aquel comentario sacó a Mallory de su aturdimiento. —¡Tu mona me asustó primero!

—De manera totalmente involuntaria, le aseguro. Rosie es muy amistosa. Nunca le habría hecho daño.

—¡Por supuesto! Tonta de mí. Debería haberlo sabido. ¡Imagino que es un hecho cotidiano tener a una mona sentada en la cara de uno!

—A menudo juega en este cuarto. Su animal de peluche está debajo de su almohada. Estupendo. Dormía en el cuarto de juegos de la mona. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Una tortuga en la bañera?

—Mira, tío. Mejor sales de aquí antes de que llame al conde. —Eso no será necesario.

—¿Ah? —Cruzó sus brazos sobre el pecho, pero no podía calmar la sensación de temor que le revoloteaba en el estómago—. ¿Y por qué es eso?

—Porque yo soy el conde.

De mal en peor, pensó Mallory con un gemido, lanzándose la colcha sobre la cabeza. —¿Mal? ¿Estás bien? Oí un grito y... Vaya, hola.

Mallory bajó una esquina de la colcha para ver a Freddie enmarcada en la entrada vistiendo su atuendo de hacer footing, un escaso sujetador de deporte rojo y a juego unos pantalones cortos de ciclista, luciendo su cuerpo perfectamente tonificado. ¿Qué pasó con el jet lag? La muchacha parecía inmune a las fuerzas externas.

Cummings apareció en la entrada tras ella, dándole a Freddie sólo un vistazo superficial, lo cual le granjeó una burla inmediata.

—Oh, mira. El Bigfoot existe realmente.

—Todavía estamos animados y risueños, ya veo —Cummings arrastró las palabras antes de volver su atención a Mallory—. ¿Confío que durmiera bien, Señorita Ginelli?

—Sí, lo hice. —Hasta hace unos minutos, añadió silenciosamente —. Y por favor, llámeme Mallory.

Cummings asintió con la cabeza y luego se volvió hacia Freddie.

—Si viniera conmigo, estaría encantado de dibujarle un mapa para que pueda encontrar el camino de vuelta aquí una vez que haya terminado... —Su mirada captó su figura escasamente vestida sin un parpadeo de interés—. O una vez que haya hecho lo que tenga planeado hacer con ese atuendo.

La espalda de Freddie se convirtió repentinamente en una rígida línea. —Puedes coger tu mapa y metértelo por ...

—¡Freddie! —advirtió Mallory.

Cummings arqueó una ceja hacia Freddie, una indirecta de diversión en sus ojos oscuros. Entonces giró sobre sus talones.

—Acompáñeme —Encabezó la salida hacia el pasillo, obviamente esperando que Freddie le siguiera.

Freddie le mostró a Mallory su pasmada expresión.

—¡Acompáñeme! Quién se... cómo se atreve... si piensa... ¡Ah, ahora sí que la ha fastidiado! —Salió como un huracán del cuarto, pisándole los talones a Cummings.

Dejando a solas a Mallory con el profesor chiflado.

Mallory se encontró siendo escudriñada por un par de redondos globos oculares negros cuando la mona entornó los ojos hacia ella por encima de los demasiado amplios hombros del conde, su mirada indecisa y aún así curiosa.

La propia mirada indecisa pero aún así curiosa de Mallory se desplazó desde la cara de la mona bajando a lo largo de la espalda del conde. Arrugando la nariz ante la fea chaqueta de tweed marrón que llevaba puesta, que cubría lo que sospechaba eran unas

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nalgas fabulosas.

Protestó Silenciosamente. Estaba bien, si a una le gustaba el tipo de dios Griego. A ella no. Prefería hombres que no tuvieran los hombros de un defensa.

—Intrigante —refunfuñó el hombre, dando vuelta para afrontarla con algo zumbando detrás de aquellos extraños ojos azul grisáceos.

En vez de exigirle que sacara su persona de su cuarto, Mallory dijo concisamente: —¿Qué te intriga?

—¿Hmm? —Su mirada se centró en ella, un ceño levemente fruncido arrugaba su frente como si apenas hubiera sido consciente de su presencia.

—Te pregunté qué te intriga tanto. —Su amiga.

Mallory no se sorprendió. Los hombres no podían resistirse a Freddie. Obviamente el profesor del sexo había sucumbido en el mismísimo instante en que había estado en su presencia. Mallory no podía entender por qué se sintió molesta por aquel descubrimiento.

Bien, al menos no tenía nada por lo que preocuparse. No sería sometida a ningún inesperado avance sexual o a insinuaciones lujuriosas ni sería perseguida alrededor de un escritorio. Y así era exactamente como lo quería. Sólo negocios. ¿No?

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Mallory, esperando que comenzara a ensalzar la belleza de los ojos de Freddie, la plenitud exuberante de sus labios.

En cambio, él contestó:

—Parece que su amiga está enamorada de Cummings.

Las cejas de Mallory se elevaron hasta el nacimiento de su pelo.

—¿Freddie? Enamorada de... ¿Mi Freddie... la única que precisamente... y Cummings? —¿Tienen usted y la señorita Feldman alguna clase de dificultad en el habla? Podría ayudarles con eso si les parece. Es simplemente una cuestión de...

—¡No tengo ninguna dificultad en el habla! —Mallory tiró con tanta fuerza de la colcha que la sacó del final de la cama—. Estoy simplemente asombrada por su ridícula observación. —Tú, gran payaso hermoso—. Esto es tan absolutamente descabellado que no requiere comentario. —Pero lo comentó de todos modos—. Si alguien está enamorado, ése es Cummings. Todo hombre cae enamorado de Freddie tan pronto como ella parpadea con esos ojos azules.

Con el dedo índice, su anfitrión deslizó de un empujón sus gafas hacia arriba y luego colocó bien la mona.

—Tonterías, madam. Como puede haber notado, yo no he sucumbido. Quizás si usted comprendiera la forma psicológica detrás de esa emoción llamada “amor”, podría reconocer las particularidades y matices del lenguaje corporal.

¿Esa emoción llamada amor? Eso sí que era desagradablemente frío e impersonal. —Sospecho que su reacción guarda correlación con una, más fundamental, línea de pensamiento de estilo lineal —continuó—. Y quizás no observa la escena como un todo cohesivo.

¿Un todo cohesivo? ¡Ah, ella le daría un buen todo cohesivo, uno que no olvidaría enseguida!.

—Si Freddie tuviera un hacha, Cummings tendría una cabeza menos ahora mismo. El conde la contempló con expresión aburrida.

—Si insiste, pero déjeme concluir mi analogía.

—Cuán grosero por mi parte interrumpir. Como si no fuese grosero el que hubiera sido repentinamente despertada, empapada con un vaso de agua fría, o tuviera a cualquiera sugiriendo que soy estúpida o que no conozco a mi mejor amiga... y todo antes del desayuno, nada menos.

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—Trataba simplemente de decir que creo que la tendencia pasiva-agresiva de las demostraciones de su amiga encubren su inseguridad, la cual muy probablemente proviene de sentimientos de ineptitud mucho tiempo reprimidos.

¿Sentimientos de ineptitud? ¿Freddie? Mallory apretó los dientes.

—¿Has terminado ya? —Completamente.

—Bueno. Ahora tengo una refutación.

—¿Una refutación? —Una única ceja oscura se elevó despacio por encima del borde de sus gafas, su mirada era de incredulidad, como si cualquier opinión además de la suya no pudiera posiblemente tener mérito—. ¿Y cuál es, madam?

—¡Ésta! —Mallory tiró con fuerza de la almohada de detrás de su cabeza y se la lanzó, satisfecha cuando ésta lo golpeó directamente en la cara. La mona graznó y escaló a lo alto de su cabeza.

El hombre parpadeó, su mirada se desplazó entre ella y la almohada a sus pies. Su sedoso pelo castaño estaba desordenado, tenía las gafas inclinadas hacia un lado, y su ya ladeada pajarita ahora estaba aún más torcida.

—Si no lo supiera mejor —dijo en un tono mesurado—, uno podría creer que está descontenta con mi conclusión, madam.

¿Descontenta? ¿Cuán corto de entendederas era este tipo?

—¡Llámame madam una vez más y te juro por todo lo sagrado que te aporrearé!

—La violencia no es necesaria, ma... —Hizo una pausa cuando capturó su mirada—. Señorita Ginelli.

Arrancó a la mona de su cabeza y la acarició, calmando sus inquietos nervios. Mallory no pudo menos que fijarse en sus manos mientras se movían sobre la espalda de la mona. Eran grandes aunque delgadas, fuertes aunque curiosamente suaves. Manos que Paganini envidiaría. Manos que podrían hacer maravillas en una mujer mientras acariciaban su cuerpo.

¡Dios mío, lo que estaba pensando! Dexter Harrington era un memo de primera clase y un patán desconsiderado. Sospechaba que su idea de la diversión era jugar a charadas de astrofísica. Libros sobre la teoría de la relatividad y mecánica cuántica y la historia íntegra del lanudo mamut probablemente conseguirían que su sangre bombeara. Mallory no podía comenzar a entender cómo un hombre tan absolutamente almidonado podía ser un experto en sexualidad humana.

—¿Por qué tienes una mona en casa? —preguntó cuando la mona en cuestión comenzó a revolverler el pelo.

—Actualmente estoy investigando a Rosie mientras pasa por el proceso de elegir a un compañero. Los monos son, en muchos aspectos, como los seres humanos en sus métodos de unirse a una pareja. Y el tamarín, como su primo el mono tití, generalmente elige a un único compañero de por vida.

Esto era lo que conseguía preguntando. Sólo podía alegrarse de que no se lo hubiera explicado con detalle.

—Pero me estoy desviando del tema. Tenemos negocios que tratar. —Consultó su reloj —. Quick, mi mayordomo, le traerá una bandeja de desayuno y luego volveré a por usted en aproximadamente una hora.

—¡Caramba!, ¿una hora entera? Qué amable de tu parte.

—No tiene importancia —dijo, obviamente dejando pasar el sarcasmo de ella. Entonces, mona y amo se dirigieron hacia la puerta. Cuando el conde la abrió, la mona se tiró sobre su hombro—. Y no se preocupe por el test. Estoy seguro de que lo hará

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bastante bien. Cummings tiene mucha fe en usted, y a su vez, yo tengo mucha fe en Cummings.

¿Test? —¿Qué test?

—En realidad es más una encuesta.

¿Había venido hasta Inglaterra para una encuesta? —¿Y de que va exactamente ese test-encuesta?

En el umbral, él se dio la vuelta, y encarándola directamente contestó: —¡Vaya! De sexo, por supuesto.

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—La muchacha no servirá —le dijo Dexter a Cummings, mientras buscaba sus notas sobre frigidez e impotencia escondidas en algún sitio entre los ordenadamente desorganizados montones que parecían reproducirse cada varios días. Cada vez que entraba en su oficina, tenía que conducirse por un laberinto para encontrar el escritorio—. No sé en qué podías estar pensando. Parece una niña. Como podría ayudarme con mi... —limpió su garganta—... problema.

—No es una niña, Dex. Tiene veintiséis años. Y tú tienes sólo treinta y dos. No eres Matusalén.

Dexter resopló.

—Tengo un par de mocasines que parecen más viejos que ella. ¡Al demonio con todo! ¿Dónde diablos están esos papeles?

Cummings se levantó de su asiento delante del macizo y desordenado escritorio de Dexter y recuperó una carpeta de en medio de un montón desordenado de papeles y recortes de artículos de periódico.

—Aquí. Ahora, sobre la Señorita Ginelli... —incitó Cummings, volviendo a su silla. Dexter hojeó la carpeta.

—¿Qué pasa con ella? Como dije, no veo cómo podríamos funcionar bien como un equipo, considerando el proyecto. Esperaba a una mujer madura. No a una niña que parece como si debiera estar en una de mis clases de estudiantes de primer año.

—¿Por qué tiene importancia lo que parezca o su edad? Si puede ayudarte con tu, er, problema, entonces no veo la cuestión.

Dexter frunció el ceño, pensando en la mujer tamaño duende que lo había desafiado mientras yacía en medio de una cama que casi la engullía.

No había pensado invadir su intimidad, pero Rosie había saltado de sus brazos y entrado como una flecha en la habitación antes de que pudiera detenerla. Sus paseos por delante de la puerta del dormitorio de su invitada durante media hora no habían tenido nada que ver con el comportamiento inquieto de Rosie, se aseguró a sí mismo.

Quizás había estado levemente curioso por verla a la luz de día, solamente para asegurarse de que su mente había exagerado lo que sus manos habían sentido cuando llevó su figura durmiente a uno de los dormitorios libres la noche anterior. Una masa sedosa de mechones negros había velado su cara cuando se acomodó contra su pecho, frotando su mejilla de acá para allá sobre su camisa y ronroneando como una gata contenta.

Se dijo que fue simplemente la dinámica del macho de la especie y la necesidad inherente de ser el protector lo que había hecho que su corazón diera un redoble cuando la sostuvo. Tales sacudidas no eran nada más que una reacción biológica y un componente de miles de años del comportamiento del macho adaptado.

A pesar de eso su conciencia lo aguijoneaba, diciéndole que era más que esto. Algo en Mallory Ginelli le asustaba de muerte y de aquel miedo había nacido la ridícula idea de hacerla participar en un examen sexual. Ésta era la única cosa que su mente aturdida había podido componer con tan poca antelación.

Quizás pensó que su petición la ofendería y se marcharía. ¿Quizás estaba llamando al aeropuerto en aquel mismo instante? Una parte de él se sintió aliviada por la perspectiva. Pero una parte más grande estaba frustrada, advirtiéndole de que tomaba otra vez la salida fácil y no afrontaba el problema.

—¿Leíste el libro que te dejé? —preguntó Cummings—. Marqué capítulos específicos. La mirada de Dexter fue hasta el libro en rústica titulado Ahora y para Siempre, por Zoë Wilde. Había alargado la mano para cogerlo algunas veces, pero no podía justificar la

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lectura de algo que no tenía ninguna base en el hecho teórico, y que era, a pesar de sus intenciones y objetivos, ficción.

¡Ficción! ¿Qué podía aprender de tal asunto? La idea de recabar alguna cosa incluso remotamente útil de una publicación que sacaba las hipótesis del aire parecía evidentemente ridícula.

Y él era profesor. Un hombre conocido por hablar eruditamente sobre aquellas cosas impregnadas en rigor. Si no podía ser pesado o medido, simplemente no existía.

Sin embargo, para su gran consternación, las novelas románticas se deslizaban en el estudio de la sexualidad de un modo indirecto, Mallory Ginelli y él tenían algo en común. Ambos trataban con los misterios del comportamiento humano.

Un ejemplo de ello era el archivo que sostenía en su mano, un estudio a fondo de Madame Bovary. Emma Bovary habría sido una ávida lectora de novela romántica. Vivió de cita en cita, de amantes a escondidas, sedienta de la excitación de un toque secreto, un abrazo prohibido.

A pesar de esto, su obsesión sería finalmente su perdición. Adoraba amar y fue por lo tanto cegada por aquella necesidad oscura, permitiendo a la insinuación verbal y al engaño deliberado romper su resistencia, haciéndola capitular al hambre primitivo en su interior.

—“En mi alma, pareces una Virgen en un pedestal, reverenciada, pura, e inmaculada”. Dexter no se dio cuenta de que había recitado las palabras en voz alta hasta que Cummings murmuró con sequedad:

—Bueno, Dex, me siento halagado. Dexter frunció el ceño.

—No seas tonto.

—Pero es para lo que vivo. ¿Por qué negármelo? —¿No tienes nada que hacer?

—¿Sabes, Dex?, si te pusieras así de poético con una mujer, podrías descubrirte siendo llamado el doctor del sexo por más de una razón.

El ceño de Dexter se hizo más profundo, pero no hizo ningún comentario. ¿Qué podía decir? Cummings había acertado.

Hablar. Eso era parte del problema. No era que no hubiera tratado de decir sus pensamientos a una persona para la seducción femenina, pero siempre que abría la boca para decirle a una mujer que era bonita, lo qué salía era: “¿Por qué algunas mujeres dotan a los hombres con el poder de dominarlas?”

Huelga decir que la conversación terminaba rápidamente después de eso.

Simplemente no sabía qué decir o hacer con las hembras. Difícil de creer considerando su campo de estudio. Aunque la fría verdad era, que era inmensamente mediocre y fascinantemente tedioso, que era por lo que siempre lo sorprendía cuando una mujer se acercaba a él de un modo puramente hormonal. Y lo hacían. De hecho, en número considerable.

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