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La moral y su relación con la mujer Shuar: La obra de Rafael Karsten Morality and the Shuar woman: The research of Rafael Karsten
Artículo de revisión Recibido 01-02-2020 , Aceptado 15-04-2020 Semu Natale Saant Juank
Universidad San Francisco de Quito Email: [email protected]
Canelos-Pastaza-Ecuador
Resumen
La moral es un concepto filosófico que determina las normas de convivencia de una sociedad. Los literatos, etnólogos, sociólogos y filósofos han definido la moral en base a observaciones naturalistas del comportamiento de la sociedad, sin olvidar que estos comportamientos están descritos (cimentados) de forma implícita en los mitos. Las poblaciones amazónicas del Ecuador son ricas en producciones mitológicas. En el libro de Rafael Karsten (1935), se presenta un conjunto de descripciones de la sociedad Shuar. Este libro es indispensable para entender los procesos etnológicos. Karsten es confidente de la aplicación de los mitos en la cotidianidad. En las sociedades Amazónicas la mujer tiene un rol definido, que ha variado ligeramente con el paso del tiempo. Sus roles están determinados por la moral, y la puerta a explorar la moral son los mitos. Se quiere compartir con los demás una lectura y reflexión propia sobre los de la mujer y la familia en la Nacionalidad Shuar basados en el texto de Karsten. Bajo estas premisas se plantea la relación entre el mito y la moral en la mujer Shuar.
Palabras clave: Amazonía, Familia, Comportamiento, Género, Literatura Abstract
Morality is a philosophical concept that determines the rules of coexistence of a society. The literati, ethnologists, sociologists and philosophers have defined the moral based on naturalistic observations of behavior society, dont forgetting, these behaviors are described (cemented) implicitly in the myths. The Amazonian populations of Ecuador are rich in mythological productions. In the book write by Rafael Karsten (1935), a set of descriptions of the Shuar society is presented. This book is essential to understand the ethnological processes. Karsten is confident of the application of myths in the facts of life. In Amazonian societies, women have a defined role, which has varied slightly with the passage of time. Their roles are determined by morals, and the start to exploring morals are myths. It is made to share with the others a reading and own reflection about of the woman and the family in the Shuar Nationality based on the text of Karsten. Under these premises, the relationship between myth and morality in the Shuar woman is proposed.
Keywords: Amazon, Family, Behavior, Gender, Literature
Introducción.
La moral es uno de los aspectos comportamentales de una sociedad más polémicos, incluso desde tiempo remotos como en Grecia (con Sócrates y Aristóteles) hasta nuestros días. La moral es sin
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duda global, colectiva, mayoritaria. La religiosidad ha condicionado a la moral, como la cristiandad, el islamismo, el budismo, el animismo, entre otros.
Para la religión cristiana, heredera en parte del Judaísmo de medio oriente, la mujer tiene una consideración particular en la vida familiar y social. La construcción de la moral se ha balanceado al lado andrógino. La mujer como tal es un ente secundario y complementario al hombre, al igual que la naturaleza complementa la vida del “hombre”. “La caída de la religión, y con ello el desapego de los dogmas cristianos, lleva a la búsqueda de múltiples verdades que rijan los designios del hombre” (Betancur, 2016, pág. 111). El conflicto hombre contra la naturaleza se presenta inevitable durante toda la edad media occidental, el hombre trata de controlar las fuerzas de la naturaleza.
La Nacionalidad Shuar asentada en Ecuador, en las provincias amazónicas de Pastaza y Morona Santiago (de forma significativa) es rica en mitos. Con una gran producción literaria resguardada de forma oral y en menor parte de forma escrita. El primer documento investigativo registrado se da en 1935 (publicado, se escribió antes), por Rafael Karsten, un finlandés que transitó por gran parte de la Amazonía central. Hay que mencionar que si hubo pequeños escritos e “investigaciones” (antes de Karsten) por parte de misioneros, pero más como una derivación de la evangelización.
La posición de la mujer dentro de la sociedad (o de cada sociedad) varía conforme se modifica el tiempo. Es decir, la moral (formada de tradiciones y dogmas) influye en la determinación de los roles y espacios que puede ocupar una mujer (o la femineidad). La mujer se asocia con la familia, con el concepto tradicional de hogar y el hombre a lo público, a lo fuera del hogar. Esta idea de la sociedad occidental pre-contemporánea difiere en parte con el pensamiento clásico de la Nacionalidad Shuar. “La verdad es que la mujer casada jívara [Shuar] no solo es completamente independiente dentro de su propia esfera de actividad, sino que ejerce una notable influencia social y autoridad aun en materias que principalmente conciernen a su esposo” (Karsten, 1935, pág. 199) Sin duda el comportamiento de la mujer en la cultura Shuar es atractivo para analizar, y compartir con los demás las reflexiones que se generen.
El presente trabajo pretende revisar la bibliografía principal expuesta sobre la Nacionalidad Shuar, y particularmente lo escrito sobre las mujeres.
La moral y el sujeto
“La moral es definida como las acciones de los sujetos, en la relación con los otros. Esto es, la responsabilidad con relación a sus acciones y las implicaciones en la relación con los otros, la
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corresponsabilidad en la construcción social” Según Santillana (2001) citado por (Betancur, 2016, pág. 110). Definir a la moral continua con el mismo dilema, su aproximación a lo que entendemos como bueno o malo, (¿Para quién?). La moral se convierte en el conjunto de acciones que puede realizar el individuo para poder convivir. Las normas morales son abundantes en cada sociedad. El sujeto es el individuo capaz de realizar acciones y tomar decisiones, por tanto, alguien incapaz de esto se olvida del calificativo como sujeto de derecho. La moral además ayuda a construir y desarrollar a la misma sociedad (o grupo de personas).
Las tradiciones y costumbres son una extensión de la moral de una cultura, las creaciones de la moral moldean a la sociedad, al individuo. Hasta cierto punto el individuo es el recipiente de la moral. Su obediencia permite el desarrollo y su rechazo marca un quiebre, una modificación a los paradigmas. “Estas creaciones han generado cambios en las acciones de los sujetos, en sus creencias y convicciones, en la forma de asumir la responsabilidad consigo mismo y con los demás, en la manera de vincularse con los otros y con los objetos” (Betancur, 2016, pág. 111). Considerar a los indígenas como seres con alma, a las mujeres como sujetos de derechos, a la infancia como un periodo vital de la formación del sujeto, son temas que dependen de la cuestión moral, en gran parte.
La moral puede ser entendida como una conjunción de ideas vitales para una sociedad. “En este orden de ideas es pertinente ingresar tres significantes que se relacionan: la responsabilidad, la corresponsabilidad y la libertad” (Betancur, 2016, pág. 115). Es interesante como la moral se enfoca en las responsabilidades, en otras palabras, los roles. Estas responsabilidades son las asignaciones dadas a cada individuo. Como es de esperar, en cada cultura varían estas responsabilidades. La moral genera lo que se puede hacer y lo que no. O mejor, indica las acciones que un individuo puede hacer. Visibilizando los acuerdos sobre el comportamiento de los miembros de una comunidad. La familia y la mujer
Como indica Lijtinstens (2006), citado por (Aranda) “La familia es sede de transmisión de ideales e identificaciones, pero también la encargada de la transmisión de algo del orden de una satisfacción y de una prohibición.” Este orden debe ser orquestado y diseñado dentro de la sociedad. Es así como la familia cumple el rol de núcleo social, donde las costumbres colectivas aterrizan. La familia transfiere las ideas de una sociedad a todos sus miembros, con el afán de que las tradiciones permanezcan, con el fin de que la identidad grupal se mantenga. La misma frase conlleva un dato interesante: la satisfacción y la prohibición. Es decir, existen “cosas” que se pueden hacer y cosas que no.
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La familia es el órgano donde la cultura encuentra su perennación; la literatura, la lengua, la ciencia, el trabajo, se configuran de acuerdo con las necesidades de cada cultura. La familia se encarga también de que sus miembros no rompan la tranquilidad de los dogmas del grupo, ya que afectaría seriamente a su normalidad. Las culturas en parte se vuelven rígidas cada cierto tiempo, modificando algunos valores bajo una enorme presión y en la que no puede opinar mucho. La tecnología, por ejemplo, modificó la cotidianidad de muchas culturas del mundo, “creando” en cierta forma la moderna cultura global. “Ya conociendo un poco el papel que juega la familia para la cultura podríamos hablar del papel que tiene para la formación de sujetos, entendiendo como sujeto, tal vez, por el momento en un sentido un tanto simple, como aquél que no tiene un desarrollo natural preordenado y preinscrito” (Ortiz, 2016, pág. 75).
La familia tradicional se compone de mamá, papá e hijos, alguna variante en estos elementos produce (hasta ahora) la visibilización de familias no tradicionales. El niño (hijos), en sus primeros años es un ser vulnerable, moldeable; una especie de barro a la que se le da forma, y, ¿quién lo hace? Según Ortiz: “El principal papel de la familia es el de formar sujetos” (2016, pág. 76) Los sujetos son los que crean un colectivo, un clan, una tribu, una nación. Estos sujetos creados por la familia están cargados de subjetividad. No olvidemos que la familia debe formar sujetos, una tarea aparentemente sencilla. Si una familia no cumple con su rol la sociedad como tal se resquebraja, o esta inminente el cambio en un pilar de su cultura. Es aquí por donde se aparece de reojo el concepto de moral (que veremos en otro apartado). Esta formación en casa, en familia es necesaria, es obligatoria, se puede afirmar. Caso contrario pocos son los espacios donde un aspecto humano ajeno se interese en la modelación de individuos. Ortiz nos sugiere, que no es la escuela el lugar de formación de los sujetos, sino el hogar. Aunque podríamos precisar que la formación en casa es la primordial para un individuo, mientras que la formación ajena a esta es complementaria y en ánimo de otorgarle habilidades para destacar por si solo uno vez abandone la seguridad familiar (debatible).
“A medida que se avanza en el descubrimiento de estados ulteriores a la familia, como podrían ser los clanes, se reitera más y más este punto, que la familia está cohesionada más por vínculos políticos que biológicos y el fin último es el de la creación de sujetos” (Ortiz, 2016, pág. 76). La familia tradicional es biológica se mencionó. Pero, y las adopciones, las amistades, los acuerdos, los “padrinazgos”, ¿dónde encajan? La historia global nos ha demostrado que en las culturas (no todas) no siempre un familiar de sangre heredaba el poder de un gobernante, o en ejemplos más cercanos, que un extraño pueda recibir herencia material puede darse como posibilidad. Es decir, para que la sobrevivencia y fortaleza de una cultura exista, es necesario formar nexos que van más allá de lo
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sanguíneo. Se puede postular que un clan, una nación se forma bajo un marco cultural, donde lo intangible, las ideas (los mitos, la moral), se convierte en su principal pegamento. Y es así como una de las principales tareas de la familia es proveer de individuos (sujetos) capaces de apoyar y robustecer las visiones de su pueblo.
En la práctica el ejercicio del matrimonio en las culturas Latinoamericanas modernas se da entre desconocidos (de sangre), convenciéndonos así que la pareja, la familia, la nación son órganos que se forman a partir de intereses comunes.
Una vez abordado el tema de la familia y su relación con la sociedad nos centraremos en sus miembros. Padre y madre, aunque en vez de estas dos palabras debemos usar dos conceptos: las funciones paterna y materna. En estos tiempos estas funciones parecen mezclarse y no ser excluyentes, ¿o todavía no? La definición de familia no puede reducirse al espacio biológico, del mismo modo las funciones mencionadas. Históricamente se ha asignado roles a cada una de estas funciones, la paterna ligada a la seguridad y la materna ligada a la crianza. Revisiones anacrónicas consideran las responsabilidades maternas y paternas de la familia como desiguales. Es aquí donde entra el concepto de roles de género y la mujer.
“El llamado feminismo de primera ola de los años 60 del siglo pasado no solo denunció la discriminación contra la mujer, sino también que ella había sido ignorada por la historia” (Stuven, 2013, pág. 1) Después de Virginia Wolf y su “Habitación propia”, después de las marchas y muertes de cientos de mujeres, se logró plantear un movimiento social, un hecho político visible de las mujeres. Este proceso iniciado en los países industrializados (como EE. UU. y Reino Unido) se expandió a todo el globo, aunque también hubo propuestas locales (como Ecuador y el caso del voto de Matilde Hidalgo de Prócer). La cultura occidental global ocultó la historia de la mujer, el aporte de la mujer, la experiencia de la mujer, así como lo hizo con los pueblos bárbaros. Posterior al renacimiento europeo la sociedad occidental como tal, estaba compuesta por hombres blancos, con poder; esto por supuesto se expandió a todos los rincones, incluyendo Latinoamérica. Con el contacto de las culturas los paradigmas de la familia comenzaron a modificarse. Las poblaciones de la Amazonía ecuatoriana encontraron dificultades en los nuevos documentos morales impuestos. Aunque desde la revolución francesa los humanos poseían tres derechos fundamentales, estos no se cumplían. La mujer se excluía del proceso público de manera formal (informalmente si aparecía). Con el avance del siglo XX se introdujeron también las necesidades de los sectores a los que la Historia global con mayúsculas ignoró durante mucho tiempo. “En un contexto crecientemente incluyente, a comienzos del siglo XX la mujer aún carecía de un espacio donde teórica y
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prácticamente pudiera ejercer como miembro de la sociedad igualitaria y libertaria” (Stuven, 2013, pág. 4) La mujer en el mundo occidental lucha por introducirse al espacio común del hombre: deporte, política, trabajo, entre otros. Las leyes y las costumbres impedían este acercamiento de la mujer a los sitios a donde podía llegar si el papel cambiaba su contenido.
La moral tuvo un impacto profundo en el logro de los derechos de las mujeres. Había voz para los excluidos, pero no voto. La falta de espacios para la mujer no se limita únicamente al aspecto jurídico. La moral y la ética se aproximan a las proposiciones legales de quienes ostentan el poder, en otras palabras, la inclusión de la mujer al espacio masculino significa compartir el poder (este enunciado puede extenderse a todas las poblaciones excluidas).
“Los esfuerzos por dar educación a la mujer, […], no fueron encaminados a su incorporación como sujeto de derechos, aunque se reconociera su influencia sobre las esferas de poder a través de su rol de educadora de los hijos, esposa” (Stuven, 2013, pág. 3) Se ratifica entonces, que la familia es formadora de sujetos (hijos) y se afirma que quien forma a estos sujetos es la madre (la mujer). Stuven indica que duramente los inicios de la lucha femenina las respuestas por parte del estado (y la sociedad) fue mínima. Podemos preguntarnos: ¿todas las mujeres piensan igual? Más bien, la sociedad occidental premia y felicita la fortaleza de la maternidad, indispensable en la formación de sujetos. No es falso creer que la sociedad occidental durante este periodo considera a la mujer como la única capaz de realizar las funciones maternales y nada más, ¿esto se mantiene? La educación dada la mujer se limitaba por tanto a potenciar las capacidades maternales vigentes por la moral y no a construirla como individuo, como sujeto activo en la sociedad.
Aunque es innegable el aporte y necesidad del parte materno en la formación de los sujetos en todas sus etapas: infante, niño, joven, étc. Es igual de necesario la participación de la función paterna. “El discurso del higienismo [corriente sociopolítica basada en la salud] convirtió la crianza de los niños en una preocupación en las primeras décadas del siglo, involucrando por vez primera al Estado en la relación entre la madre y su hijo” (Stuven, 2013, pág. 5) Podemos entender así, que el estado se preocupó solo en esta relación, olvidando la relación padre hijo. Excluyendo de manera formal la convivencia paterna como parte activa de la formación de los niños. De nuevo, la maternidad y paternidad se dividen por legalidades.
Si recordamos a Piaget y Vygotsky, y sus formulaciones sobre el aprendizaje (de manera amplia) sobre el ser que se “forma”, es necesario que el ser humano se construya de forma integral. Como diría Rousseau, el humano es un ser social, para completar su desarrollo tiene que compartir su estancia en la tierra con los demás. La formación de los sujetos es responsabilidad de todos.
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El mito y la mujer Shuar según Karsten
La Nacionalidad Shuar se encuentra históricamente en las actuales provincias de Morona Santiago y Pastaza, en la República del Ecuador. La población estimada supera las 150000 personas. (CODENPE, 2011, pág. 74) La cultura clásica se dedicaba de forma mayoritaria a la pesca, agricultura y caza. Se incursionó en el desarrollo de técnicas y conocimientos ligados a la sobrevivencia en la selva, siendo esta la respuesta a la enorme cantidad de mitos generados por esta población. Estos mitos se traspasaban de forma oral, y no es sino hasta la incorporación de la escritura hace un siglo que se empezaron a registrar de forma textual.
Mientras la mujer en Occidente se encontraba en un proceso reflexivo para ser considerada igual ante los hombres, en el pueblo Shuar la realidad era otra, y casi opuesta. Rafael Karsten incursionó en Pastaza y Morona Santiago, adentrándose en los dogmas y tradiciones de esta cultura, sorprendiéndose en el tratamiento de la mujer y de la familia.
Los roles en la cultura Shuar clásica estaban ampliamente definidos por la moral y las tradiciones. Pretendemos encontrar en el texto de Karsten indicios de que la mujer Shuar tenía “un poder” y derechos, que permitían una convivencia armónica.
Al ser esta cultura agrícola, la iniciación de este proceso para cultivar tenía funciones asignadas. La mujer se encarga de sembrar, el hombre de cortar los árboles del lugar donde se realizará la siembra. “El trabajo más pesado en la agricultura es sin duda el arduo trabajo inicial, tumbar los árboles gigantescos, y despejar los troncos, lo mismo que limpiar el terreno” (Karsten, 1935, pág. 200) Es decir, es responsabilidad del hombre realizar el trabajo que requiere un gran esfuerzo físico, ya que la mujer se vería en dificultades para realizar esta tarea. Una vez despejada la zona es la mujer la que propiamente siembra. A primera vista y de lejos puede sonar extraño. Una vez que el hombre corta los árboles, “descansa” y la mujer trabaja.
La posición de la mujer Shuar está determinada por la moral cultural. Esta posición, aunque (nuevamente) parezca insólito es de iguales con los hombres. Si nos introducimos por un momento en el término cosmovisión, podemos entender que cada cultura tiene su forma de ver el mundo, por tanto, es complicado decir si algo está bien o está mal al observarlo con otros ojos. La mujer es además de madre (ligado a la maternidad) un sujeto lleno de derechos, hay espacios exclusivos para la mujer y el hombre, pero en lo que concierne a derechos fundamentales estos existen para ambos. Núa es mujer en Shuar, Nunkui es madre naturaleza. El panteón de las divinidades Shuar los conforman Etsa (Sol), Nantu (Luna), Shakaim (Trabajo), Tsunki (Agua-Río), Ayumpum (Deidad de la
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vida después de la muerte), Nunkui. No es que Nunkui es solamente adorado por las mujeres o Etsa solo por hombres, tanto hombres como mujeres están ligados a todos estas divinidades. En el caso de la agricultura, Shakaim es quien explica como deben trabajar tanto los hombres como las mujeres. La naturaleza esta vinculada a la mujer, por tanto, la mujer es un ser sagrado, que al igual que el espacio donde habitamos merece respeto y afecto en todos los sentidos. Para el pueblo Shuar la moral determinaba los lineamientos de convivencia, las acciones, la religiosidad. Esta moral se presenta en los mitos, en los mitos protagonizados y generados por estas deidades. Etsa en un mito cuestiona la violencia hacia la mujer (de forma injustificada) y lo condena, castiga al hombre que hace esto. Del mismo modo se cuestiona la violencia hacia los infantes. La familia como tal, es sagrada.
La mujer tiene el espacio de acción más allá de la maternidad, está presente en el trabajo, en la religiosidad, en la política, en la educación. Las mujeres se educaban en las mismas artes que el hombre, aunque es preciso decir que conforme se estructura la familia cada miembro se especializaba en alguna actividad particular; el caso de los conflictos bélicos era exclusivo del hombre. Por ejemplo, el hombre realizaba las cerámicas y los compartía con la mujer para que esta posteriormente lo reproduzca; por tanto, la elaboración de la cerámica no era una actividad netamente femenina. Del mismo modo, el hombre conocía las técnicas de siembra, pero, “Solamente una mujer puede actuar sobre el espíritu femenino de la planta de la yuca como para hacer que produzca una abundante cosecha; cultivada por un hombre no rendiría más que una magra recolección” (Karsten, 1935, pág. 200) Existía este respeto por la fuerza espiritual de la mujer, es decir no era una suerte de vaguería que la mujer siembre y el hombre “descanse”.
Más allá de los roles de trabajo y de educación la mujer era considera igual tanto por el hombre como por la mujer. La mujer comparte el poder del hombre, a diferencia de occidente. Karsten menciona como una anécdota el hecho de que en varias culturas de Ecuador (incluyendo la mestiza) la mujer tenía nula voz en las decisiones que afectan a la familia, hasta que se encuentra con los Shuar. “Es interesante dejar sentado en este respecto que un padre de familia nunca vende fruta u otros artículos de alimentación sin el consentimiento de su esposa” (Karsten, 1935, pág. 199) En una población que vive de la agricultura (en gran parte) tomar esta decisión es importante, se muestra así que las decisiones importantes son compartidas entre el hombre y la mujer. Podemos expandir esto al matrimonio, al cuidado de los hijos, étc.
“Tales ejemplos sin discusión muestran «la autocracia» teórica del esposo indio [Shuar] bajo un aspecto muy curioso” (Karsten, 1935, pág. 199) En la cultura Shuar clásica el hombre no tiene el poder absoluto, comparte los derechos con todos los miembros de la familia, más allá de las
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excepciones impuestas por la moral. Hasta el presente tiempo se considera de forma errónea a la cultura Shuar como machista; esto de forma arbitraria y superficial. Por ejemplo, en las ritualidades más importantes y algunas “exclusivas” del hombre (como la Tsantsa) era indispensable la participación de una anciana. En la educación de los infantes, el hombre participa de forma activa. No obstante, es preciso mencionar que el padre tiene “preferencia” en el cuidado hacia los hijos varones, esto responde a una necesidad práctica: en los conflictos bélicos participan hombres y no mujeres.
Al hombre se le permite tener más de una mujer, para ello debe cumplir ciertos requisitos. Y Cual sería la postura de las mujeres al respecto, pues si un hombre tenía más de una mujer indicaba en primer lugar un gran poder económico y político, capacidad de seguridad y posibilidad de una familia integral. Para una mujer Shuar era un privilegio estar con el hombre más guerrero, la cultura del guerrero (como en Japón) era muy valorada, aunque, existen escasas evidencias de que incluso el más hábil guerrero prefería una sola mujer. En la sociedad moderna este aspecto guerrero se puede traducir como ser profesional, entre otros.
“La alta estima de que goza la mujer jívara [Shuar], sin embargo, no puede ser entendida apropiadamente a menos que nos demos cuenta de que ella tiene, por así decirlo su fundamento en el criterio de los indios sobre el mundo” (Karsten, 1935, pág. 200). Según la investigación de Karsten en la sociedad Shuar clásica la mujer goza de un espacio propio. Este espacio propio, y este poder está relacionado a la moral de la cultura, es decir la mujer acepta y forma parte de toda esta estructura. La mujer Shuar comprende que su posición no se limita únicamente a la maternidad. La formación de los sujetos se da de forma integral tanto por los hombres como por las mujeres. Conclusiones
La mujer tiene un espacio propio en la Nacionalidad Shuar. La familia se sigue considerando como el núcleo de la sociedad. En casos particulares, la población aún considera que la sociedad Shuar clásica y moderna es machista, violenta; la investigación de Karsten y esta reflexión abogan por lo opuesto. La moral, la mujer y los mitos conviven. Un caso privilegiado si lo comparamos con el mundo occidental incluso hasta estos días.
En definitiva, se necesita proponer más lecturas sobre el texto de Karsten, desenterrar los aportes de otros autores. Hay que socializar los materiales de estudio, reconsiderar los mitos. Alejarse de la visión eurocentrista y construir los análisis desde el propio marco cultural.
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Referencias
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