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La población de América latina

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Academic year: 2022

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(1)

Nicolás

Sánchez-Albornoz

La población

de América latina

Desde los tiempos precolombinos al año 2000

Alianza

Editorial

(2)

Alianza Universidad

(3)

Primera edición en «Alianza Universidad»: 1973 Segunda edición en «Alianza Universidad»: 1977

© Nicolás Sánchez-Albomoz

© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1973, 1977 Calle Milán, 38; ® 200 00 45

1SIJN: 84-206-2053-X Depósito legal: M. 2.707-1977

Impreso en Hijos de E. Minuesa, S. L. - Ronda de Toledo, 24. - Madrid-5 Printed in Spain

(4)

A mis hijos, Claudio y Evelina

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INDICE GENERAL

Lista de cuadros, gráficos y mapas ... 11

Advertencia... 15

P rólogo... 17

Capítulo 1: La historia demográfica de América la tin a ... 19

1. La población latinoamericana y la historia mundial ... 21

2. Las fuentes ... 24

Capítulo 2: La población precolombina... 44

1. La dispersión de los pueblos cazadores y recolectores ... 45

2. La revolución agrícola... 46

3. La formación de aldeas y ciudades ... 50

4. Tamaño de la población aborigen en vísperas de la conquista 54 Capítulo 3: La con quista... 58

1. El derrumbe de la población indígen a... 60

1.1. La tesis homicídica ... 71

1.2. El desgano v i t a l ... 74 1.3. El reacondicionamiento económico y social

1.4. Las epidem ias...

2. La inmigración ibérica y africana ...

3. Pueblos y ciudades de las dos naciones...

(6)

Capítulo 4: El nuevo derrotero 1. La estabilización...

2. La expansión ...

3. El m estizaje...

Capítulo 5: «Gobernar es poblar»

1. El aluvión m igratorio...

2. La transformación en cierne ... .

Capítulo 6: La explosión demográfica 1. A letalidad menor, vida más larga ...

2. El rejuvenecimiento ...

3. Una fecundidad desbordante...

Capítulo 7: Del terruño a la metrópoli 1. «La criatura es el mejor inmigrante»

2. El éxodo rural ...

3. La urbanización ...

Capítulo 8: El año 2000 ...

Bibliografía...

Indice de nombres y temas

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LISTA DE CUADROS, GRAFICOS Y MAPAS

a) Cuadros

1.1. Censos generales de población. El primer siglo, 1775-1874 ... 32-35 1.2. Fechas en que se dictaron las leyes nacionales de registro civil de

los nacimientos, defunciones y matrimonios ... 37 1.3. Censos generales de población. El segundo siglo, 1875-1974 ... 40-41 3.1. Población indígena de Perú, 1570-1620 ... 65 3.2. La población de algunos repartimientos de Charcas, en el Alto

Perú, según las retasas de tributos libradas por el virrey Toledo ... 67 4.1. La población indígena del Alto Perú en 1683 y 1786 ... 111 4.2. a) Vecinos españoles de ciudades de México, 1646-1774. b) Veci­

nos o habitantes españoles de ciudades de Perú, 1628-1764 ... 118 4.3. Población de algunas provincias de Perú, 1792-1827 ... 128 4.4. Población de Cochabamba (Bolivia) por partidos, 1793-1854 ... 129 4.5. Tasas vitales de la Capitanía de Sao Paulo, 1777-1860 ... 131 4.6. Esclavos importados a Brasil e Hispanoamérica, 1761-1860 ... 140 4.7. Frecuencia de bautismos de niños ilegítimos libres en la parro­

quia de la catedral de Sao Paulo, 1741-1845 ... 145 4.8. Ilegitimidad en Pelarco, Chile, 1786-1796 ... 146 4.9. Legitimidad según sexo, color y condición entre los bautizados

en 110 de las 173 parroquias de Minas Geraes, 1844 ... 147 4.10. Población de Cuba: a) Distribución étnica, 1774-1841. b) Tasas

de masculinidad de la población esclava y proporción de po­

blación negra y mulata en relación con el total de habitantes según las principales regiones de la isla, 1772, 1817 y 1841 ... 154 5.1. La inmigración al Río de la Plata, 1881-1910... 169

(8)

5.2. Proporción de inmigrantes entrados a la Argentina por naciona­

lidades, 1857-1924 ... 174 5.3. Origen de los inmigrantes al Brasil, 1819-1959 ... 175 5.4. Influencia de la inmigración sobre el crecimiento demográfico de

Brasil, 1872-1940 ... 175 5.5. Indices de radicación de migrantes en Argentina por decenios y

por principales nacionalidades, 1857-1924 ... 176 5.b. Indices de radicación de migrantes en Sao Paulo según movi­

mientos de entradas y salidas del puerto de Santos, 1908-1932 ... 176 5.7. Asimilación de extranjeros por matrimonio en el municipio de

Sao Paulo, 1934-1939 ... 177 5.8. Los extranjeros en la población argentina ... 179 5.9. Contribución relativa del crecimiento natural, la inmigración y la

descendencia de los extranjeros al incremento de cuatro países americanos, 1841-1940 ... 179 5.10. Extranjeros ingresados a Cuba, 1902-1930 ... 181 5.11. La población de América latina, 1850, 1900 y 1930 ... 183 5.12. Tasas de natalidad y mortalidad en diez países de América latina

durante el primer cuarto del siglo xx ... 186 5.13. Población que residía en ciudades de más de 10.000 habitantes

c. 1900. Dimensión y rango de las capitales ... 194-195 6.1. La población de América latina, 1940-1970 ... 202 6.2. Crecimiento anual de América latina. Tasas por decenios, 1930-

1970 ... 203 6.3. Tasas de natalidad y mortalidad en diez países de América latina,

1930-1954 ... 208 6.4. Natalidad, mortalidad y crecimiento en América latina. Tasas

anuales, 1965-1970 ... 209 6.5. Las esperanzas de vida para las dos últimas generaciones latino­

americanas ... 210 6.6. Esperanzas de vida al nacer en 1965-1970 ... 211 6.7. Esperanzas de vida en países adelantados o atrasados de Europa

y América latina, 1920-1960 ... 212 6.8. Tasas de mortalidad infantil en nueve países, 1920-1967 ... 220 6.9. Proporción de menores de veinte años de edad en 1970 ... 222 6.10. Uniones libres e ilegitimidad en América latina: 15 países en 1950 230 7.1. Inmigración neta a Argentina, Brasil y Venezuela durante los

bienios 1946/47 a 1956/57 ... 237 7.2. La población rural de América latina, 1950-1970 ... 247 7.3. Brasil. Migraciones interregionales. Flujos acumulados hasta 1970 249 7.4. Tasas de crecimiento de la población aglomerada entre 1940 y

1970, según las regiones del m u n d o ... 257 7.5. Población urbana de los países de América latina, 1940-1960 ... 260 7.6. Las 36 ciudades con más de medio millón de habitantes en 1970 264 8.1. América latina en el año 2000. Proyecciones demográficas ... 272

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b) Gráficos

1. Crecimiento de la población latinoamericana, 1750-2000, compa­

rado con otras á r e a s ... 25 2. Población de la meseta y litoral de México central, 1532-1608 ... 69 3. Bautismos en tres parroquias de México central, 1650-1810 ... 109 4. Las crisis de 1692 y 1737 en Zacatelco. Bautismos, concepciones,

sepulturas y matrimonios ... ... 120 5. Tendencias del crecimiento de la población en cuatro áreas: Cuba,

Chile central, Sao Paulo y Antioquía-Cauca, 1750-1850 ... 126 6. Movimiento anual de la población indígena de Zacatelco, 1650-

1810 ... 133 7. Entrada de inmigrantes y trabajadores nacionales al Estado de

Sao Pauo, 1885-1960 ... 170 8. Migración ultramarina a la Argentina, 1881 1924 172 9. Mortalidad de La Habana, 1810-1910. Epidemias y guerras 189 10. Tasas de natalidad, mortalidad, migración y crecimiento de Uru­

guay, 1895-1964 ... 193 11. Crecimiento de la población de América latina durante el siglo xx 200 12. La explosión demográfica en Venezuela y Costa Rica ... 205 13. Esperanza de vida e ingreso per capita en América latina, 1960 213 14. Mortalidad según grupos de causas en Chile, 1937-1963 ... 215 15. Tasas de mortalidad infantil, producto bruto per capita y por­

centajes de partos en hospital en Chile, 1940-1968 ... 218 16. Pirámides de edades de Guatemala (1950) y Uruguay (1957j 224 17. Tendencias de las tasas ajustadas de natalidad, de 1935 en ade­

lante ... 228 18. Grado de urbanización de las naciones de América latina en 1970.

Porcentaje de población residente en localidades de más de 100.000 habitantes... 263

c) Mapas

1. Centros urbanos españoles según Vázquez de Espinosa, c. 1620 100 2. América latina: densidad de la población rural según censos le

vantados entre 1960 y 1965 ... 243 3. Argentina: saldos de migrantes a cada provincia a fin de los pe­

ríodos intercensales 1845-1914, 1914-1947 y 1947-1960, discrimina

da la población nativa de los extranjeros 245

4. Brasil: migraciones internas, 1950-1970 251

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ADVERTENCIA PARA LA SEGUNDA EDICION

Esta obra sale a la calle a tres años de la primera edición, tam­

bién dos después de que University oí California Press diera a cono­

cer la versión inglesa. Debido al corto tiempo transcurrido desde en­

tonces, no se han publicado todavía suficientes estudios como para que quepa contemplar una revisión sustancial. En lugar de conten­

tarnos con una mera reimpresión, procuramos sin embargo actuali­

zarla. Los resultados de investigaciones recientes, o de algunas pro­

pias en curso, han sido incorporados aquí o allá a expensas a veces de argumentos anteriores. Se han insertado también nuevas ilustra­

ciones. Adición importante son los casi dos centenares de nuevas re­

ferencias bibliográficas, en su mayor parte títulos publicados de 1972 en adelante. Su número atestigua el interés creciente por el tema tra­

tado en este libro. Las fichas correspondientes han sido incorporadas a la lista final. Como es natural, se han rectificado los errores tipo­

gráficos o de diversa índole incurridos antes en el texto, así como en la confección de los cuadros y de las ilustraciones. La presente edición cuenta además con un índice temático, donde el lector podrá loca­

lizar información o rastrear asuntos.

La advertencia anterior ha sido desdoblada esta vez en la que se está leyendo y en el prólogo impreso a continuación. Las definí ciones generales quedan relegadas a esa segunda parte; aquí comen­

tamos las características de la edición. Entre ellas merece destacarse el sucinto modo de referencia empleado. En lugar de notas al pie de página que interrumpen el curso fluido de la lectura, la justifica­

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ción va dentro del texto en forma de nombre de un autor seguido por el año de aparición del libro o artículo aludido en la frase o el párrafo. Se omite mención de páginas o capítulos. Los autores se alinean luego por orden alfabético dentro de la bibliografía final, donde el lector podrá localizarlos sin dificultad. Las obras de cada autor se enumeran por orden cronológico según fecha de edición.

Una letra distintiva discrimina las de un mismo año. Agotada la su­

cesión de trabajos individuales, se indica los títulos escritos en cola­

boración, según orden alfabético de los segundos firmantes.

La lista de las deudas contraídas con colegas y amigos se ha alargado considerablemente de una edición a otra. Aquí tampoco po­

dremos dejar constancia nominatim de tantos cuya cooperación o comentarios nos han sido de suma utilidad. Consten para todos ellos nuestras gracias expresivas.

(12)

PROLOGO

El libro abarca desde que los cazadores y recolectores primitivos descubrieron el entonces Nuevo Mundo hasta el año 2000 venidero.

Su propósito es ofrecer una visión lata y a la vez concisa de una de las facetas del pasado latinoamericano más apasionantes desde una perspectiva humana.

En esa visión general, las distintas etapas no van tratadas todas por igual. La obra sobrevuela la más antigua, así como el futuro inmediato. Las páginas dedicadas a los capítulos respectivos son es­

casas. Los prehistoriadores han reconstruido los lincamientos de la evolución más remota merced a una sabia dosis de inspiradas conje­

turas y de inferencias estrictas. Sin embargo, las divergencias de interpretación subsisten y lagunas importantes no han sido colmadas todavía. En cuanto al porvenir, los pronósticos, formulados según proyecciones matemáticas constantemente refinadas, sólo establecen bretes por donde los acontecimientos probablemente transcurran.

Nada asegura, empero, que las previsiones hayan de cumplirse. En uno y otro caso prevalecen aún los juegos de adivinación.

El libro se detiene en cambio en los períodos propiamente his­

tóricos para los cuales la información resulta más segura. La calidad de las fuentes varía según las épocas. No siempre las m ás recientes son las más de fiar, pero en términos generales es obvia una pro­

gresión en rigor y abundancia. Por esta razón, así como porque el presente siglo tiene mayor impacto sobre nuestra propia existencia, la era contemporánea sale favorecida en espacio. Dos de los cinco

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capítulos asignados a los tiempos históricos discurren sobre la actual explosión demográfica; dos tratan luego del largo ciclo de la socie­

dad colonial y neocolonial, y otro en fin examina los efectos de la conquista.

Antes de entrar en materia, el capítulo primero brinda un pano­

rama sintético de la evolución demográfica de América latina desta­

cando las similitudes y divergencias manifiestas en relación con el curso seguido por las demás grandes regiones del mundo, en particu­

lar con la vecina Norteamérica y con Europa, las dos trayectorias mejor documentadas. En una segunda sección se enumeran y clasi­

fican las fuentes propias de cada período. Importa que el lector adquiera la convicción de que los hechos referidos se fundan en un acervo documental sólido y que la investigación dispone aún de mu­

chas más oportunidades que las que se han aprovechado hasta el momento.

La expresión América latina figura en el título y se emplea de continuo en el texto. El adjetivo latino representa una concesión a acepción difundida en la bibliografía norteamericana. Abarca cuanto, al sur del río Bravo, no pertenece a la América sajona. El término, en principio excluyeme, ha sido recogido por los así calificados de manera simplificada. Estos lo enarbolan ahora con intención antitética y autoafirmativa. Sin embargo, en cualquiera de estos usos, la expre­

sión no tardará en hacer crisis pronto. ¿Acaso se pretenderá apodar de latino al Tercer Mundo americano de lengua inglesa u holandesa, pero de linaje africano o incluso hindú como son Jamaica, Trinidad- Tobago o Surinam, corrompiendo de esta manera el sentido etimo­

lógico del vocablo? Recién independizadas, estas naciones se acercan a sus vecinos y empiezan a compartir, junto con sus problemas, sus inquietudes. Llegará un momento que no cabrá tratarlas aparte, tanto menos en cuestiones como las demográficas discutidas en este libro.

Para entonces se necesitará, pues, de un apelativo más genérico.

A la antigua usanza, el término América latina comprende aquí Hispanoamérica y Brasil — la América ibérica— , más Haití. Puerto Rico figura aún después de 1898. Si bien las estadísticas posteriores, sujetas a cánones administrativos, excluyen a la isla de la región entorpeciendo las comparaciones históricas, lo cierto es que, desde el punto de vista demográfico, no hay diferencia alguna entre los problemas de Puerto Rico y los experimentados por el resto de Lati­

noamérica en el siglo xx. La circunstancia política carece aquí de valor.

(14)

Capítulo 1

LA HISTORIA DEMOGRAFICA DE AMERICA LATINA

La historia de la población es una disciplina tan joven en América latina como en el resto del mundo. La curiosidad por el tema es antigua, pero se había centrado en ciertos problemas que al ajustarse los métodos demográficos y al precisarse el contenido de la ciencia se han dejado de lado. Diez años atrás, sin ir más lejos, los princi­

pales puntos discutidos eran todavía dos: la dimensión de la pobla­

ción en los momentos históricos capitales y, en segundo lugar, la composición racial y la mezcla que la convivencia secular había ori­

ginado.

Que ambas cuestiones atrajeran primero la atención de los his­

toriadores y del público se comprende. Los cortes escalonados medían a su modo el crecimiento demográfico o el fenómeno inverso. Cono­

cer cuánto y por qué se crece o decae ha sido y será siempre objeto de la historia. La forma de análisis era distinta de la actual, pero la inquietud plenamente legítima.

Cómo los tres sustratos de la población latinoamericana conver­

gieron y se amalgamaron, respondía como tema al renuevo, por mo­

mentos trágico, de ideas acerca de las cualidades inherentes a cada grupo racial o étnico. En el siglo pasado, y aún más al principio de éste, esas opiniones gozaron de gran favor. América latina no escapó, naturalmente, a la boga. Por paradoja, en lugar de conducir a la segregación o a un ordenamiento de los grupos por jerarquías, pre­

valeció la reacción contraria. Tanto en Hispanoamérica como en Brasil se abrazó la creencia de que la variedad de origen y el cruza-

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miento constituían una suerte de virtud. La mezcla no disminuía, sino que agregaba calidad; enriquecía al género humano. Con su verbo hiperbólico, Vasconcelos gustaba hablar de «raza cósmica».

Esta concepción sincrética del destino de América latina fue ampliamente compartida, salvo las inevitables excepciones. La noción de mestizaje se convirtió en una formidable fuerza integradora hacia el interior a la par que elemento diferenciador con respecto al resto del mundo. Al rechazarse el predominio de cualquier tronco origi­

nario y afirmarse las características mestizas de la cultura y del pueblo latinoamericanos, el juego recíproco de los grupos étnicos pasó a ser factor central del proceso histórico y cuestión de interés general.

Que sean asignables cualidades permanentes a cada raza, base de una jerarquía entre ellas, es un prejuicio insostenible. El desarrollo de los conocimientos sociológicos ha modificado, además, la óptica de la historia social. Antes que la pigmentación o la sangre, la activi­

dad económica, entre otros factores, explica las condiciones de in­

serción dentro de la sociedad. No se trata de prescindir de aquella notación cuando se encuentra, por el significado social lato que en­

cierra, pero se la considerará un rasgo diferencial más y quizá no el primero.

Los estudios retrospectivos que los demógrafos hicieron ocasio­

nalmente solían ignorar por su parte la variable racial, pues los cen­

sos nacionales no gustan de la distinción, en homenaje a la igualdad de los ciudadanos. Según se estudiaran épocas recientes o alejadas, como el período colonial, los modos de operar resultaban, pues, dis­

tintos. Este tratamiento dispar de los materiales demográficos prueba la falta de armonía que hay entre las dos vertientes de que se nutre la historia de la población: la demografía científica, de corta pers­

pectiva hacia el pasado, y la historia, dotada de una dimensión tem­

poral más profunda, pero poco ducha en el manejo de métodos demográficos.

El divorcio inicial se torna ahora confluencia. La demografía, al estrecho dentro del corto espesor cronológico en el que se desen­

vuelve su campo de investigación, otea hacia atrás. En cuanto deja los meros ejercicios técnicos y elabora teorías de procesos, necesita echar mano del pasado. Estudios recientes de la envergadura de los de Collver (1965) y Arriaga (1968 a y 1970a), a escala de América latina, o los locales de Recchini de Lattes y Lattes (1969) y So­

moza (1971a) representan un cambio resuelto. Ni son éstos los únicos trabajos, ni serán los últimos. Son demógrafos también quienes han dotado a la disciplina en general de sus mejores herramientas: el manual de demografía histórica de Henry (1967), el de Wrigley (1966), y la evaluación de fuentes hecha por Hollingsworth (1969).

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Por influjo del avance en la ciencia de la población, el historiador ha adquirido, por su parte, una problemática nueva y unos instru­

mentos de medir el crecimiento más sutiles que la simple confron­

tación de gruesas estimaciones. Cuando no se dispone de censos o estados generales, otros materiales pueden suplirlos. Nuevas técnicas aplicables amplían la gama; fuentes descartadas pueden ser traídas a contribución. La línea de progresión se matiza. El espacio que separaba dos cortes transversales era un plano inclinado monótono.

Ahora aparecen pulsaciones bruscas, oscilaciones rápidas, accidentes de fuerte impacto, compensaciones, avances y retrocesos, grupos o edades inmoladas; un hormigueo, en suma, lleno de vida, a un tiem­

po trágico y alegre, pero muy distinto del sereno incremento esta­

dístico. El tiempo corto, con sus ciclos, incluso sus movimientos estacionales, así como las muestras a partir de núcleos humanos signi­

ficativos, con su morfología y sus comportamientos biológicos me­

didos con rigor, se han incorporado a la batería del historiador. Esta

«microdemografía», dictada por los recursos disponibles y por una reacción contra pretensiones más vastas, pero más hueras, no es alarde de preciosismo; expresa una ambición por conocer todo, lo aparente y lo profundo, pero fundamentalmente de una manera rica.

Un ajuste pleno entre demógrafos e historiadores no ha sido logrado todavía. Los unos hablan de demografía histórica; los otros, de historia demográfica, disquisición semántica menuda para quienes quieren entenderse. Más difícil es superar formaciones académicas diferentes, hábitos profesionales distintos. Unos y otros convivirán de todos modos en este libro, que, según las épocas que trata, ha bebido de uno y otro odre.

1. La población latinoamericana y la historia mundial

Desde el punto de vista étnico, la historia de la población de América latina se divide en dos grandes períodos. El primero co­

mienza cuando la primera horda primitiva penetró en el Nuevo Mundo y concluye a fines del siglo xv de nuestra era, el día en que Colón puso pie en las Antillas. En ese tiempo América fue una prolongación étnica de Asia. No parece, pues, que anduviera tan descaminado el Gran Almirante cuando presumía haber desembar­

cado en algún paraje del Lejano Oriente. Lo que le faltaba entonces era una perspectiva geográfica e histórica del problema. La primera dimensión quedó dilucidada pronto, gracias a las especulaciones de Américo Vespucio y de sus seguidores — un continente se interponía

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en el rumbo de Occidente— ; la histórica, sólo la han aclarado en nuestros días los arqueólogos. Los vínculos de los aborígenes con Asia eran, en efecto, ya muy remotos.

A partir de 1492, el continente empezó a mirar hacia la vertiente atlántica, antes ignorada. Por esta dirección llegaron, en oleadas sucesivas, el sustrato europeo y el africano. La actual población lati­

noamericana resulta de la yuxtaposición y mezcla de estos tres ele­

mentos, así como de algunas contribuciones menores y recientes del Cercano y Extremo Oriente.

En el orden tecnológico y en el de las sociedades que éste mol­

deó, tres son los vuelcos que sellaron la evolución demográfica. La

«revolución agrícola» permitió primero una dominación más estricta de la naturaleza por el hombre. El asentamiento del agricultor inten­

sificó la ocupación del suelo, antes muy rala, cuando los pueblos cazadores y recolectores de la etapa precursora recorrían los llanos y las serranías. Los campesinos se aferraron a la tierra, erigieron pue­

blos y luego ciudades.

La conquista europea interrumpió luego esa expansión autónoma y propuso un punto de partida nuevo combinado con la historia ultramarina. La técnica y los requerimientos del Viejo Mundo dicta­

ron las prioridades. Los gérmenes patógenos que consigo trajeron los incursores dieron en tierra con los aborígenes. La masa de los natu­

rales disminuyó a ojos vistas y quedó reducida a proporciones ínfimas.

Sangre fresca — la africana-— fue traída a suplir las deficiencias.

Restablecido el equilibrio sobre bases distintas, la población inició un ciclo de recuperación. Un siglo más tarde la «revolución indus­

trial» convulsionó Europa y, a la larga, al resto del mundo. El nuevo modo de producción afectó empero a Latinoamérica apenas en una forma subsidiaria, en la medida en que aumentaba la demanda de determinados productos y dejaba caer algún beneficio conexo, como las modernas vías de comunicación. La propia transformación demo­

gráfica, que sobrevino junto con el nuevo sistema productivo, no alcanzó a despertar aquí más que un eco local. El ciclo anterior pro­

seguía. Con todo, América latina no era la misma de antes. Otros hombres habían venido, nuevas ideas circulaban, las expectativas crecían, lentamente la producción mecánica penetraba...

La ciencia aplicada vino en fin a provocar un vuelco repentino.

El cambio demográfico, de lento y rezagado, se convirtió en turbu­

lento e instantáneo. El descubrimiento de los antibióticos y pestici­

das provocó un descenso simultáneo de la mortalidad catastrófica y ordinaria de la región. Las consecuencias de este injerto de otra civilización, como lo califica Sauvy, sólo pueden compararse, por su dimensión y significado, con las de la revolución agrícola y la con­

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quista. La «explosión demográfica» contemporánea es una de las etapas más importantes y singulares de la historia de la población latinoamericana.

La caída de la mortalidad en la forma brusca en que se produjo, a partir de los años 40 de este siglo, mantuvo vivos cantidad de niños antes tronchados al nacer y, aún más, acicateó la fecundidad de las mujeres. El crecimiento consiguiente no dejó de acarrear pro­

blemas sin cuento. Desempleo y subalimentación agravaron las con­

diciones de vida. Guste o no, la onda que levantó no tiene visos de aplacarse hasta dentro de bastantes años.

El modelo europeo, que ha servido por mucho tiempo de marco de referencia para la historia de la población mundial, no se aplica, pues, a Latinamérica. El esquema de aquél se desarrolla en resumen así: primero, una cadena de oscilaciones demográficas que fluctúan dentro de los límites impuestos por la tecnología agraria o, si se prefiere, una línea escalonada de brincos y techos que se prolonga por centurias; luego, a partir del siglo xvm , la mortalidad catas­

trófica se reduce, seguida a poco por la ordinaria; tercera fase, la fecundidad no tarda en bajar y, en consecuencia, la expansión se desacelera.

Ni la cronología, ni las características, cuadran aquí. La baja de la mortalidad y la subida de la fecundidad vinieron desfasadas en América latina en tres cuartos de siglo con respecto a la mayor parte del Viejo Mundo. Las causas son además diferentes. La sociedad indígena oscilaba en su estilo dentro de ciertos límites, como la de­

mografía europea. Pero el viejo continente nunca sufrió, al menos en los tiempos modernos, catástrofe como la de la conquista. Tam­

poco la «explosión demográfica» tuvo luego en Europa o en Norte­

américa la dimensión extrema que ha alcanzado aquí en nuestros días.

Arriaga (1970 a y b) acaba de recalcar con acierto en qué forma la transformación de la fecundidad y natalidad latinoamericanas con­

temporáneas es discordante con respecto a las pautas «occidentales».

La diferencia cuantitativa es de tal magnitud que no puede pasar por una variante del arquetipo, sino que es un fenómeno de natura­

leza distinta. El modelo latinoamericano no cabe describirlo en una forma lineal. Su perfil se asemeja más bien al de una cubeta encua­

drada por dos paredes altas.

Entre la conquista y la explosión demográfica se interpone otro ciclo de tres largos siglos de duración. En él se pueden reconocer naturalmente subperíodos. Tomando en cuenta las fases paleodemo- gráficas anteriores al descubrimiento, la historia general de la pobla­

ción de América latina se divide en suma en cinco etapas: la época de los pueblos cazadores, la aborigen agraria, la conquista, el ciclo

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colonial y su prolongación neocolonial y la actual explosión demo­

gráfica.

Como el tamaño de la población aborigen anterior a los descu­

brimientos sigue en tela de juicio y las dimensiones de otras áreas tampoco son fiables, se trazará a continuación sólo la evolución ge­

neral a partir de 1750. El gráfico núm. 1 compara el crecimiento de Latinoamérica con el de Norteamérica, Europa y Rusia durante los dos últimos siglos. Las líneas concluyen en el año 2000, de acuer­

do con las proyecciones realizadas. Ni que decir se tiene que todas las cifras son bastante tentativas. El dibujo va a escala semiloga- rítmica.

Puesto que se ha de volver sobre el asunto más adelante, sólo se destacarán aquí algunos puntos que será útil que el lector tenga presente. En 1750, la región tenía una décima parte de los habitantes de Europa y un 40 por 100 de los que poblaban el actual territorio soviético. Desde entonces se mantuvo siempre por debajo de ambas hasta que aventajó a la Unión Soviética en el transcurso del decenio pasado; hacia 1990 dejará atrás a Europa.

La evolución demográfica de la América latina y septentrional presentan líneas más entrelazadas. Al principio los números favore­

cían a la primera a razón de 12 a 1, pero la distancia se fue acor­

tando paso a paso. Los recién nacidos y los inmigrantes se amonto­

naron en el Norte. Por fin, hacia 1880, los Estados Unidos, junto con Canadá, alcanzaron a sus vecinos del Centro y del Sur. La ventaja duró menos de tres cuartos de siglo. Cuando el Norte desaceleraba su crecimiento, el Sur emprendía la carrera, y en 1951 los dos blo­

ques volvieron a. encontrar tamaños iguales. América latina alcanzó en 1946 a tener tantos habitantes como los Estados Unidos. Desde aquel momento la disparidad ha ido en aumento. Para fin de siglo el Norte tendrá sólo poco más de la mitad que el Sur.

En el año 2000 la región contará en números con la población mayor de las cuatro comparadas. Seguirá siendo inferior al Extremo Oriente y Asia meridional, y también a Africa.

2. Las fuentes

Las fuentes demográficas son básicamente de dos tipos: unas refieren las características o morfología que el grupo presenta en el momento de la enumeración; las segundas consignan los principales hechos vitales acaecidos dentro de él, tales como los nacimientos, las defunciones y los matrimonios. Cada cual aborda una faceta dife­

rente — estática los estados de población, dinámica los movimientos

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Grá fico núm. 1

Crecimiento de la población latinoamericana, 1750-2000, comparado con el de otras regiones

Fuentes: 1750-1900, Durand, 1967, y 1950-2000, U. N., 1966

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vitales— ; mas unas y otras se complementan íntimamente, poniendo de manifiesto la estructura demográfica del universo considerado, sea éste un pueblo, una comarca, una nación o un continente. No sólo no se excluyen, sino que, al contrario, la continuidad de los releva- mientos generales y la cabalidad de los registros vitales permiten confrontar los resultados para determinar su congruencia y, por ende, su grado de precisión y validez. A estas dos se suma una tercera que lleva cuenta de los desplazamientos, principalmente de la migra­

ción internacional.

Como no siempre se dispone de todas estas fuentes, el investi­

gador se verá obligado a recurrir a datos subsidiarios de cualquier índole. Así, el prebistoriador se valdrá del estudio de la extensión de los cultivos y del tipo de producción para sugerir la dimensión de una población rural. Del tamaño y número de centros poblados determinará la población urbana. De los esqueletos de un cementerio primitivo estimará la duración promedio de la vida. Tales son algu­

nos ejemplos de cómo el ingenio suple las deficiencias de información y nutre lo que se ha venido a llamar la paleodemografía.

No siempre se cuenta tampoco con la documentación adecuada para los tiempos históricos. De la magnitud de la población indígena en el momento del descubrimiento y conquista no existen natural­

mente enumeraciones. El tema resulta, sin embargo, ineludible. El his­

toriador recurrirá entonces a cuantas impresiones dejaron los hombres de armas, los clérigos o los funcionarios reales, así como también a las tradiciones aborígenes que se hayan conservado. Dos estudiosos sobre todo (Cook y Borah, 1966 y 1971, y Borah, 1970) se han afanado por demostrar cómo, tomadas las precauciones pertinentes, estos testimonios son sumamente valiosos.

En las páginas que siguen sólo se considerarán aquellas fuentes formadas con una intención estadística, sea ésta demográfica o no.

Durante el período colonial, las autoridades efectuaron relevamien- tos con fines fiscales, militares o administrativos, y la Iglesia anotó algunos sacramentos impuestos o algunas funciones cumplidas. Sólo en determinados casos, como en los statua animarum o estados de las almas de una parroquia o diócesis, el propósito expreso era conocer las características de la comunidad en la que la institución actuaba. En general, la información es indirecta, mas no por ello' carece de significado demográfico.

A medida que el tiempo transcurre, el sistema de inscripción se perfecciona, la gama de las categorías requeridas se amplía y la docu­

mentación se torna cada vez más específica. A continuación se discri­

minarán, pues, etapas según el modo y lo cabal del relevamiento. No necesariamente lo posterior en el tiempo es de calidad superior. Las

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listas del siglo xvn suelen ser escasas y mediocres en comparación con las del xvi; los primeros censos republicanos fueron por lo ge­

neral peor tomados que los últimos coloniales. Es natural; la bondad de la anotación depende de la eficacia administrativa, y es sabido que la burocracia sufrió un deterioro en la segunda mitad del si­

glo xvn y, por razones distintas, en la primera del xix.

No obstante altibajos pasajeros, los dos tipos de fuentes — las que cuantifican las características morfológicas o los registros de movimientos vitales— progresaron a la larga. Así se reconocerá pri­

mero un período preestadístico (1555-1774), para el cual los docu­

mentos demográficos arrojan un testimonio involuntario e indirecto;

sigue otro protoestadístico (1775-1880), en el que se perfila el pro­

pósito deliberado de llevar cuenta de los habitantes con una expresa finalidad poblacional; por último se distingue un tercero, plenamente estadístico (1880 en adelante), durante el cual la recolección de infor­

mación corre a cargo exclusivo del Estado. Durante el primero, los recuentos suelen ser más esporádicos e imperfectos que durante el segundo, y desde luego que durante el tercero cuando se llevan a cabo de manera más sistemática.

La duración atribuida es naturalmente aproximada. En 1555, el Primer Concilio Provincial celebrado en México ordenó, antes que el de Trento, que los párrocos llevaran libros de bautismos y matri­

monios tanto de indios como de españoles. La medida no se aplicó de inmediato y menos de manera universal en toda Hispanoamérica.

Esto vino más tarde. Las dificultades eran demasiado grandes. Pero el gesto es de por sí muy expresivo. Por los mismos años el Virrei­

nato de Nueva España adoptó un sistema de tributación indígena nuevo que, con variantes, permanecería en vigor hasta el siglo xix.

Las listas de tributarios constituyen una de las fuentes demográficas más ricas del período colonial.

En 1775 se llevó a cabo en Cuba el primer censo de población.

El 20 de noviembre del año siguiente, por iniciativa del ministro Gálvez, una Real Cédula ordenó a los virreyes y gobernadores de Indias que formaran padrones. El censo se ejecutó prácticamente en toda la América española en el par de años siguientes. Fue in­

tención hacer recuentos periódicos. Por las mismas fechas la corona portuguesa pidió información a los párrocos sobre el número de ha­

bitantes de Brasil, que le fue remitida (IBG E, 1951). Asimismo hay noticias no comprobadas de que se hizo una numeración general de Haití (Víctor, 1944). Así, pues, circunstancias fortuitas coincidieron para que se levantara a la sazón un censo general de lo que más tarde sería América latina. Por la envergadura de la empresa acó-

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metida bien puede fijarse entonces el comienzo del período proto- estadístico.

Hacia 1880, de los 17 estados independientes que había en Latinoamérica, 11 habían confeccionado algún censo nacional, y uno, Chile, los levantaba ya periódicamente cada diez años. Alre­

dedor de esa fecha se dictaron o se habían expedido ya leyes de creación del registro civil de los nacimientos, defunciones y matri­

monios en 11 repúblicas. Al igual que su predecesor del siglo xvi, la implantación secular de la anotación de los hechos vitales no fue automática. Pasarían años antes de que se generalizara y más antes de que fuera cabal.

Cambios administrativos, de los que tanto depende la recolección de datos estadísticos, permiten además distinguir etapas dentro de los tres períodos anteriores. Así, el primero se dividirá en tres partes.

La primera dura hasta 1646, cuando Diez de la Calle realiza el último intento de estimar la población global de las Indias. Desde entonces la documentación se fragmenta, las cifras ralean y, a lo sumo, conciernen a alguno que otro territorio. La administración colonial se debatía en la penuria y en la confusión. A partir de la cédula remitida en 1741 al virrey Fuenclara, de Nueva España, la anotación demográfica repunta de nuevo. El conde de Fuenclara eje­

cuta el mandato de la corona. Decretos posteriores, de 1751, reiteran la orden a los virreyes de Nueva Granada y Perú. Solís y el conde de Superunda le dan cumplimiento en los territorios bajo su mando.

Habría, pues, manera de hacer una estimación documentada de la población de Hispanoamérica a mediados del siglo xvm.

El período protoestadístico se escinde a su vez, por razones admi­

nistrativas obvias, en una fase colonial y otra independiente. En el estadístico sin aditamentos conviene reconocer luego dos etapas. Du­

rante la primera cada gobierno acumula a su manera y según sus propios objetivos la información demográfica. En la posterior, la iniciativa internacional homogeniza criterios y sistematiza el releva- miento. Tras una preparación minuciosa que contó con el apoyo del Instituto Interamericano de Estadística, dependiente de la Organiza­

ción de Estados Americanos, la mayoría de las naciones de la región confeccionaron en 1950 un censo simultáneo (IA SI, 1953). Algu­

nas — Ecuador y Haití— contaron entonces sus habitantes por pri­

mera vez desde la independencia. Desde hace veinte años ese ins­

tituto más la División de Población y CELADE, de las Naciones Unidas, han seguido coordinando esfuerzos y, cuando se les ha reque­

rido, han prestado asesoramiento e incluso ayuda material para el relevamíento y análisis de los censos.

(24)

Justificados los cortes, se examinarán brevemente los materiales que cabe encontrar en cada período o en sus subdivisiones. Durante el preestadístico temprano y buena parte de las etapas siguientes, la documentación demográfica más común y preservada de manera más metódica es de origen fiscal: el tributo indígena. En principio todo aborigen de sexo masculino entre dieciocho y cincuenta años estaba sujeto al pago de un tributo fijo en calidad de vasallo del rey y a cambio de exención de las contribuciones que gravaban a los demás súbditos. Según las regiones y las épocas, los límites de edad, las clases de exenciones y la tasa a pechar variaron; mas, en términos ge­

nerales, la categoría sometida a tributo comprendía la población masculina adulta. Si la enumeración o el resumen consigna ese gru­

po, para hallar el total de habitantes habrán de añadirse la cohorte femenina completa, el segmento de párvulos y jóvenes y el de los indios reservados de cincuenta años para arriba. Es frecuente, sin embargo, que el padrón original incluya a las mujeres y, sobre todo, por razones comprensibles, a los jóvenes y reservados.

La formación de la matrícula o padrón daba lugar a una visita, en condiciones ideales lugar por lugar y casa por casa. Las revisitas ulteriores reajustaban las tasas primitivas a las nuevas condiciones de­

mográficas. La brusca caída de la población indígena durante los siglos xvi y xvii obligó, pues, a efectuar frecuentes retasas De ordi­

nario, sólo se disponía su confección después de una larga y costosa instrucción judicial a cargo de los propios interesados. Es evidente, pues, que las tasas siempre anduvieron retrasadas con respecto a los acontecimientos. Una sección especial de la Real Hacienda llevaba cuenta de estas imposiciones: la Contaduría General de Reales Tri­

butos, Real Servicio y Azogues, en Nueva España, y la Contaduría General de Retasas, en Perú.

Para informar al monarca de cuánto rendían los tributos y cuán­

tos eran sus vasallos de ultramar se formaron numerosas relaciones de pueblos de indios y sus tasas. En su afán de sistematizar la infor­

mación, la corona encomendó luego a Juan de Ovando que tomara razón de toda la población de sus dominios americanos. Acopiados los datos de entre los papeles de Hacienda que obraban en poder del Consejo de Indias, el cosmógrafo y cronista mayor de Indias, Juan López de Velasco, los recopiló para el público, salvándose de esta manera para la posteridad, pues las actuaciones originales de Ovando se han perdido. La Geografía y descripción universal de las Indias, de López de Velasco, concluida en 1574, consigna 9.0Ü0 lu­

gares de naturales y unos 200 pueblos de españoles. Posteriormente Ovando siguió atento las tareas demográficas del Consejo. Este ins­

truyó a las autoridades coloniales para que levantaran matrícula de

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españoles y padrones de aborígenes. Fruto en parte de esos designios fueron las Relaciones geográficas reunidas de 1575 a 1585, al estilo de las descripciones paralelas hechas sobre España por orden de Feli­

pe II (Konetzke, 1948).

De 1604 a 1614 se efectuó con menor éxito un intento oficial similar. A él se vinculan las diligencias obradas en Perú por man­

dato del virrey marqués de Montesclaros. El Compendio y descrip­

ción de las Indias Occidentales fue, en cambio, obra de un fraile andariego, Antonio Vázquez de Espinosa, quien entre 1610 y 1622 recorrió el Nuevo Mundo tomando notas, que vertió por escrito seis años después. El libro constituyó la última descripción general del Imperio español de aquel siglo. Aunque otro intento posterior se propuso abordar el conjunto, no llegó a tratar Perú. Inconcluso, el Memorial y noticias sacras y reales del imperio de las Indias Occiden­

tales (1646), de Diez de la Calle, cierra así, por más de una centuria, la serie de esfuerzos sucesivos por estimar los habitantes del Nuevo Mundo. En lo básico, esas búsquedas dependían de las listas de tri­

butarios, en las que se anotaban los indígenas, el sector de lejos el más numeroso entonces de la población americana. Información su­

plementaria fueron las enumeraciones ocasionales de vecinos es­

pañoles.

En cuanto a los hechos vitales, el Tercer Concilio Mexicano, de 1585, confirmó la decisión del primero y dispuso que a los libros parroquiales se agregaran dos más, uno de defunciones y otro de confirmaciones, anticipándose así a lo que Paulo V prescribiría en 1614 en el mismo sentido (Lodolini, 1958). Esta disposición del pontífice romano establecía un quinto registro, de statu animarum, de las familias — y sus miembros— domiciliadas en la parroquia.

Sólo esporádicamente fue confeccionado este registro. La Iglesia puso en práctica las demás recomendaciones, al extremo de que en el Alto Perú los revisitadores tenían la costumbre de cotejar las nuevas ma­

trículas de indios con las listas de defunciones y bautismos proporcio­

nadas por los párrocos, a fin de determinar la calidad de la inscrip­

ción. Los indios, por un lado, los negros y mulatos, por el otro, y los blancos, en fin, por un tercero, fueron anotados en registros separados.

La Casa de la Contratación de Sevilla llevó puntual anotación de quienes se embarcaban en las flotas legalmente, pero sabido es que éstos sólo representaron una fracción del total. La explotación de los legajos inéditos del Archivo de Indias ha suscitado modernas cuantificaciones, discutibles, pero interesantes. El movimiento de migración involuntaria ha sido también elaborado. No hay datos personales, pero sí puede reconstituirse el volumen aproximado a

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partir de la serie de buques negreros que transportaron su infamante carga a través del Atlántico.

Durante el período de decadencia imperial, las revisitas se tor­

naron más esporádicas, y la administración, incapacitada, se recostó sobre la Iglesia para obtener información. Los registros parroquiales se extendieron a nuevas áreas y preservaron, si no aumentaron, la calidad, tal como prueba el reciente estudio de Carmagnani (1972).

Las visitas pastorales se multiplicaron. Registros como los diezmos y el medio real de tributo por la fábrica de la Catedral de México pasan a ser importantes fuentes supletorias.

Entre las iniciativas oficiales cuéntase con la Razón de las ciuda­

des, villas y lugares, vecindarios y tributarios de la Audiencia de Guatemala de 1683 y la retasa contemporánea efectuada por el virrey duque de La Palata en razón de la gran despoblación ocurrida en el Perú. La peste de 1719 obligó allí a una nueva revisita general durante el gobierno del marqués de Castelfuerte.

En la tercera época del período preestadístico se llevan a cabo los empadronamientos de Fuenclara, Solís y Superunda, antes alu­

didos. Los resultados fueron divulgados por José Antonio Villaseñor en su Teatro americano (1748), en lo que concierne a México, y por Cosme y Bartolomé Bueno en la Descripción del Virreinato del Perú, impresa más tarde (1763-1774).

La administración se afanó entonces por mejorar la recolección de tributos y por perfeccionar el registro de los contribuyentes.

Prueba de este esfuerzo son las retasas hechas en Perú en tiempos del virrey Amat y la reforma de los métodos de percepción introdu­

cidas por las Instrucciones de Leuro (1769) y Escobedo (1784).

Por Real Orden de 1749, la corona recordó también a los prelados la obligación que la Iglesia tenía con respecto al buen orden de los libros parroquiales.

Estos pasos culminaron en la magna empresa del censo general de Gálvez (1776), ya mencionado. En el cuadro núm. 1.1 puede verse que no fue un acontecimiento esporádico, sino el comienzo de una serie todavía irregular de enumeraciones territoriales, tales como las de Las Casas, Revilla Gigedo, Gil de Taboada y Abascal.

La preocupación por las cuestiones de población respondía perfecta­

mente a la mentalidad del Siglo de las Luces. Las autoridades empe­

zaron a contar además con un personal civil eficiente para cumplir su cometido, sobre todo a partir de la Reforma de Intendentes.

Como sus antecesores (López de Velasco, Villaseñor y Bueno), el barón de Humboldt difundió entre el gran público los resultados de los relevamientos. Imbuida de regalismo, la monarquía ilustrada convirtió a los eclesiásticos prácticamente en agentes del Estado, con

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Cuadro núm. 1.1

Censos generales de población. El primer siglo (1775-1874)

A Ñ O

CA P. G R A L. D E CUBA

V I R R . D E L N U EV A ESPA Ñ A

CA P. G R A L. DE GU ATEM ALA

V IR R . DE NU EV A GRANADA

1775 De la

Torre 1775

Bucareli 1777

Mayorga 1778 Flórez 1778

1785

Caballero y Gón-

gora 1782

1795

1805

Las

Casas 1791

Revilla Gigedo 1791

Anguiano (Hondu­

ras) 1803

Gutiérrez y Ulloa (El Sal­

vador) 1807 Mendi- nueta 1803

Villavi- cencio 1810

1815

Cien-

fuegos 1817

1821

1825

Vives 1827

Congreso Constituyente (Costa Rica) 1824

Censo de la Gran Colombia 1825

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OP. O R AL. DE VENEZUELA

V IR R DE P E R U

CAP. O RAL DE C H IL E

V IR R . D EL R IO DE LA PLA TA

lastro y Arauz 1787

Guírior 1777

Croix 1785

Gil de Taboada 1790

Jáuregui 1777

Vértiz 1778

Rosende 1798

Ministerio de Guerra 1808

IfiliL

Abascal 1813 Congreso 1813

Asamblea Consti­

tuyente 1813

I Censo Nacional 1832

(29)

Censos generales de población. El primer siglo (1775-1874) (Continuación)

C A P. G R A L. DE V IR R . DE C A P. G R A L. DE V IR R . DE "

A Ñ O CUBA N U EV A E SPA Ñ A GUATEM A LA N U EV A GRANADA

1835 II Censo

Nacional (Colom­

bia) 1835

O ’Don-

nell 1841 f

III Censo Nacional 1843

1845

1855 J

IV Censo Nacional 1859 Censo Na­

cional de España 1860

I Censo Nacional (Costa

Rica) 1864

V Censo Nacional 1864 1865

VI Censo Nacional 1869

(30)

-tP GRAL. DE VENEZUELA

VIRR. DEL PERU

CAP. GRAL. DE CHILE

VIRR. DEL

R I O DE LA PLATA B R A S IL

I Censo Nacional 1836

¡drón 1838

Eira­

es 1844-47 II Censo

Nacional 1844 II Censo

Nacional 1850

'idrón 1854 III Censo

Nacional 1854

I Censo Nac. (Uru­

guay) 1852 Censo

General (Bolivia) 1854

U ron 1857

Censo de la Confederación Argentina 1857

III Censo Nacional 1862

II Censo Nac. (Uru­

guay) 1860

1 Censo fúcional 1873

IV Censo Nacional 1865

I Censo Nac. (Ar­

gentina) 1869

Censo del Imperio 1872

(31)

obligación de remitir información mensual sobre los hechos vitales de su parroquia (R. O. de 1801).

La corona portuguesa participó de la misma inquietud. En 1775 requirió de los curas información demográfica. El resumen consi­

guiente, de origen eclesiástico, no ha sido consignado en el cuadro número 1.1. El primer censo civil de Brasil fue levantado en verdad en 1798, en tiempos del virrey conde de Rosende, según orden del gobierno de Lisboa.

A medida que aumentaba el número de negros, mestizos y blan­

cos, la importancia del sector aborigen se contraía; mas no por eso la Hacienda perdió interés por él. Al contrario, procuró enumerar los indígenas con mayor rigor. Cada cinco años se dispusieron ma­

trículas regulares de naturales. Estos recuentos equivalen a censos parciales periódicos, no obstante sus imperfecciones.

A raíz de la emancipación, la desintegración de los cuadros buro­

cráticos impuso una discontinuidad larga de superar. La intensa agitación política y militar, así como las nuevas preferencias del fisco por las rentas de aduana en vez de los impuestos personales, disminu­

yeron, además, las oportunidades y los requerimientos para efectuar enumeraciones. Algunas antiguas colonias, como Chile, el Río de la Plata y la Gran Colombia, se apresuraron a confeccionar censos.

Otros gobiernos los levantaron principalmente por motivos electo­

rales. Las airadas disputas que la aprobación parlamentaria de algu­

nos de estos documentos suscitó a consecuencia de la distribución de escaños que se ventilaba, hacen dudar de que fueran fruto de un recuento efectivo.

La estadística censal recuperó su importancia cuando el progreso económico del tercer cuarto del siglo xix revalorizó el papel del factor humano. A lo último del período, sobre todo, varios países como Brasil, Argentina, Venezuela, efectuaron sus primeros censos nacionales.

Así se entra en el período estadístico. El cuadro núm. 1.2 revela que, al comenzar el siglo xx, más de dos tercios de los países latino­

americanos habían adoptado el registro civil. El Estado había reca bado para sí, al azar de los vaivenes políticos ocasionados por las luchas entre conservadores y liberales, la facultad que hasta entonces había residido en la Iglesia. Los liberales favorecieron la seculari­

zación del servicio, pero no siempre pudieron implementar las leyes que votaron. En México, por ejemplo, no obstante la fecha indicada, el Registro Civil no empezó a funcionar hasta 1867, después de derrotado el Imperio. Aunque la ley no se pusiera en ejecución inmediata, la medida expresa importante cambio de actitud.

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Como es natural, la anotación fue muy inexperta durante la pri­

mera época. Hay en la actualidad varios estudios en curso para de­

terminar el grado de subregistro. Se pretende así introducir las debidas correcciones a las series. A título de ejemplo de la tarea emprendida véanse los trabajos de Recchini de Lattes (1967) y Cordero (1968).

Cuadro núm. 1.2

Fechas en que se dictaron las leyes nacionales del Registro Civil de los nacimientos, defunciones y matrimonios

Perú 1852 Chile 1885

México 1859 Cuba 1885

Venezuela 1863 Costa Rica 1888

Guatemala 1877 Brasil 1889

hl Salvador 1879 Ecuador 1901

Nicaragua 1879 Paraguay 1914 * *

Uruguay 1879 Panamá 1914

Honduras 1882 Haití 192 2

Rep. Dominicana 1884 Colombia 1938

Argentina 1884-1904 * Bolivia 1940 * *

* Ley federal para la capital y territorios nacionales. Cada provincia dictó su ley respectiva entre 1885 y 1904.

* * Paraguay y Bolivia anticiparon el registro de matrimonios a 1898 y 1911, respectivamente.

Fuente: U. N., 1955 b.

En cuanto a los censos nacionales, obsérvese en el cuadro nú­

mero 1.3 que, en el último cuarto del siglo xtx, se levantaron en toda América latina 25 censos. En ocho naciones (sin contar Pa­

namá) no se llevó a cabo recuento alguno. El promedio para las restantes es poco más de dos censos por país. Los censos se con­

signan en el año respectivo con el número de orden que ocupan en la lista oficial. La administración colonial y el Departamento de Guerra de los Estados Unidos en 1899 tomaron los censos iniciales de Cuba y Puerto Rico. La numeración posterior de la última isla corresponde a la sereación norteamericana.

Durante el primer cuarto del siglo xx, los relevamientos fue­

ron 30, incluidos cuatro que no alcanzaron sanción oficial (Ecuador, Nicaragua, Uruguay y Haití). El número de países que no levantaron ningún censo en ese lapso descendió a tres — Costa Rica, El Salvador v Perú— , pero el promedio por país bajó. La práctica se había

Referencias

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