CAPÍTULO IX
Amor a la pobreza
El Padre Champagnat practicó la pobreza toda su vida. Su exiguo patrimonio apenas le alcanzó para pagar la pensión del seminario y proveer a su sustento; de modo que, al ser ordenado de sacerdote, no poseía nada.
Como era tan generoso, mientras fue coadjutor no se le ocurrió ahorrar; cuanto tenía iba a parar a los pobres o a pagar los gastos de su comunidad.
Nunca dudó en unir su suerte a la de los Hermanos ni en compartir sus necesidades y pobreza, aunque se hallasen en la mayor indigencia. Desde que fue a vivir con ellos, no tuvo nada propio y en todo se amoldó a la vida de comunidad.
Un Hermano utilizó la palabra “suyo” refiriéndose a un objeto que formaba parte del ajuar que había traído de la casa parroquial. “¿Qué es eso de “suyo” o “mío”? – le replicó vivamente el Padre–. Ese objeto es tan suyo como mío: pertenece a la comunidad, es decir, a cualquier Hermano que lo necesite.”
Pero para comprender cuántas privaciones y sacrificios supuso para él la vida de co- munidad, vamos a resumir brevemente la vida de los primeros Hermanos.
Cuando fundó el Instituto, el buen Padre no tenía recursos; se vio obligado a pedir prestado el dinero1 necesario para pagar la casita que iba a ser la cuna de sus primeros hijos.
Los jóvenes que eligió para la fundación eran todavía más pobres que él. Para susten- tarlos, sólo disponía de su módico sueldo de coadjutor y de las colectas que se hacían en la parroquia de Lavalla. Dichas colectas fueron la principal fuente de ingresos de la comunidad durante ocho años.
El régimen alimenticio de la casa era lo más sencillo y frugal: pan moreno, queso, patatas, legumbres, a veces un poco de cerdo2, y, para beber, siempre agua; así era la alimentación de los Hermanos. Todos los platos se servían sin condimento: ante todo, por espíritu de mortificación y pobreza, y, además, porque los Hermanos, que eran todos jóvenes, no sabían cocinar y desempeñaban bastante mal su cometido, aunque pusieran en ello la mejor buena voluntad. Sólo dos cosas se permitían a discreción: pan y agua; los demás alimentos, por muy corrientes que fueran, se servían racionados.
Un día, a la hora de la cena, pasó por el refectorio el señor párroco de Lavalla, y al ver en la mesa como único plato una ensalada, cuya cantidad era desproporcionada al número de los ocho comensales que estaban a la mesa, exclamó encogiéndose de hombros: “¡Pobres hijos, vuestra cena cabe en el cuenco de mi mano!”
El vino y la carne de matadero fueron desconocidos en el Instituto por espacio de casi quince años. Sólo después de 1830 se empezó a teñir el agua y a tomar algo de carne fresca. En las escuelas seguían, más o menos, el mismo régimen que en la casa de noviciado. Por lo demás, para hacerse idea exacta de la vida pobre y frugal de los Hermanos, bastará con conocer la lista de sus gastos. Helo aquí, según lo hemos hallado, escrito de puño y letra del Padre Champagnat, en los libros de contabilidad de la casa del Hermitage:
Hermanos de Bourg-Argental, en 1825, 364,59 frs.; Hermanos de Boulieu, 306 frs.
Hermanos de Saint-Symphorien-le-Château, 518 frs., pero es probable que dejaran provisiones, pues al año siguiente, es decir, en 1826, sólo 342 frs., y 389 en 1827.
Hermanos de Charlieu, en 1827, 350 frs.; en 1828, 402,50 frs.; en 1829, 462 frs.; en 1830, 403 frs.
Hermanos de Mornant, en 1827, 400 frs.; en 1828, 425 frs.; en 1829, 446 frs. ; Hermanos de Saint-Paul-en-Jarrêt, en 1828, 521 frs.; y en el año siguiente, 457 frs.
Durante el mismo año 1828, los Hermanos de Neuville, 420 frs.; los Hermanos de Saint- Symphorien-d’Ozon, 456,85 frs.
Hermanos de Chavanay, 300 frs.; pero el tercer Hermano permaneció sólo hasta Pas- cua, mientras que en las demás casas señaladas anteriormente fueron tres todo el año.
Los de Saint-Sauveur gastaron también 300 frs.; pero el libro de contabilidad añade que la casa tenía provisión de leña, unas diez libras de tocino y cincuenta libras de sal.
Esta nota hace sospechar que dichos gastos parecían excesivos, ya que en años anterio- res fueron más reducidos. En Chavanay, por ejemplo, el año de 1824 gastaron tan sólo 250 frs. Conviene subrayar que los gastos de calefacción, luz, lavandería y similares se hallaban incluidos en las cifras que acabamos de señalar3.
El alojamiento, ajuar y vestido de los Hermanos guardaban relación con la comida. La ropa era ordinaria. Todos los Hermanos dormían en jergones de paja, y ni siquiera los enfermos usaban colchón. Los Hermanos viajaban a pie, por largos y duros que fueran los desplazamientos. Durante más de veinte años, ningún Hermano dispuso de maleta para llevar sus cosas; bastaba una sencilla bolsa. Nunca usaban paraguas. En fin, se privaban de todo lo que no fuera indispensable.
* * *
Y lo más digno de admiración es que aquella vida agradaba a los Hermanos; la ama- ban y la abrazaban libremente y por virtud, y rechazaban cuanto pudiera olvidarla de alguna forma.
He aquí algunos ejemplos: En cierto lugar, una persona caritativa ofreció a los Herma- nos un pan de azúcar. No quisieron aceptarlo de ninguna manera, porque en el Institu- to no se acostumbraban tales refinamientos. Como aquella persona insistiera y se molestara por un rechazo que no acababa de entender, el Hermano Director le dijo: “Ya que se empeña en obsequiarnos, en lugar de ese pan de azúcar, preferíamos un saco de patatas, si tiene la amabilidad de mandárnoslas.” Aquella persona se retiró con su pan de azúcar, y la misma tarde un criado llevó a los Hermanos el saco de patatas que habían pedido.
Al llegar a una casa, fundada en 1825, los Hermanos se encontraron en el sótano una cuba de vino abandonada por los fundadores. Se vieron en un aprieto al no saber qué hacer con ella. Finalmente terminaron por confesar a los fundadores que no bebían vino, y pedirles que retirasen el que estaba en la bodega4.
En otra casa, un Hermano cayó enfermo y algunas personas acomodadas del lugar, que apreciaban mucho a los Hermanos hicieron frecuentes visitas al enfermo. Cuando se hallaba ya convaleciente, le enviaron gran cantidad de dulces y tonificantes que ni siquiera probó. Un día, mirando todo aquello, dijo: “¿Qué vamos a hacer con tanto azúcar, tarros de confitura y botellas de vino? Yo no quiero nada, pues no lo necesito.”
No sabiendo qué hacer, los Hermanos determinaron, previa deliberación, llevarlo a los enfermos del hospital, que no distaba mucho de allí.
Cuando se fundó la escuela de Bourg-Argental, en 1822, la señora de Pleyné, que se había encargado de proporcionar las camas a los Hermanos, mandó poner un buen colchón en cada una de ellas. Los Hermanos, en vez de usarlos, los amontonaron en el desván. Algún tiempo después, el criado de la señora, que solía suministrar provisiones a los Hermanos, tuvo ocasión de ver los colchones en el desván, y se lo comunicó a su señora. Le faltó tiempo a ésta para acudir a casa de los Hermanos y conocer la razón del hecho.
– ¿Así que no les parecen bastante buenos los colchones? –dijo al Hermano Director5.
– Señora, son muy buenos.
– Pues, ¿por qué los han sustituido por otros?
– Que yo sepa, no se han sustituido.
– Entonces, ¿duermen en jergones de paja? ¿Creen ustedes que les he comprado col- chones para que los amontonen en el desván? Quiero que los pongan en sus camas y no los vuelvan a quitar. Cuando se gasten, ya les compraré otros.
– Se lo agradezco sinceramente, señora; pero no usamos colchones.
– Cometen un error. Después de una jornada agotadora con los niños, al menos de- berían tener una cama cómoda para descansar durante la noche.
– Pero en nuestro Instituto no es costumbre, y ninguno de nosotros usa colchón.
– En ese caso, los mandaré quitar.
– Creo que es lo mejor.
Después de insistir inútilmente para que pusieran los colchones en las camas, la bue- na señora, no habiendo logrado nada, y muy a pesar suyo, los mandó retirar y los Hermanos muy satisfechos al verse libres de ellos.
Otra persona de Bourg-Argental regaló a los Hermanos seis pares de sábanas de gran calidad y belleza. Les pareció que no debían usarlas, y se las llevaron al Padre Cham- pagnat para que dispusiera de ellas como le pareciese oportuno.
* * *
Por estos hechos, que podríamos multiplicar, es fácil colegir que la comida frugal y el espíritu de pobreza eran connaturales a los Hermanos: viviendo y actuando de ese modo, les parecía que no hacían sacrificio alguno, sino cumplir sencillamente un deber;
tan convencidos estaban de que en su estado no podían obrar de otra manera.
Si añadimos que los Hermanos sólo de lejos imitaban los ejemplos del Padre Cham- pagnat, comprenderemos hasta qué perfección llevó él la virtud de pobreza.
No se vaya a pensar que fue fácil formar a los Hermanos en este estilo de vida. Sólo con el ejemplo diario, las instrucciones y lecciones que repetía a menudo, las exhorta- ciones personales, las observaciones día a día recordadas, y siguiéndoles en su compor- tamiento diario consiguió inculcarles el amor a la pobreza y el sentido del ahorro.
Semanalmente, e incluso con mayor frecuencia, reunía a los Hermanos responsables de las temporalidades, ecónomos, cocineros, hortelanos, jefes de sastrería y zapatería, para pedirles cuenta del uso del tiempo y para enseñarles a cuidar las cosas, a sacar el máximo partido de todo y darles los consejos oportunos, de acuerdo con problemas planteados a lo largo de la semana. Igualmente formaba a los obreros que trabajaban en la casa. El maestro carpintero6 decía más tarde: “Me inculcó tanto la costumbre de aprovechar la madera, que ya no puedo hacer de otro modo: antes de emplear un madero del que pudiera sacar mejor partido recorrería todos los rincones de la casa.”
Rara era la vez que el Padre Champagnat pasaba por la cocina, la despensa o los talle- res, sin hacer alguna observación relativa al orden o al ahorro. Nada le molestaba tanto como ver que, por descuido, dejasen echar a perder alimentos o enseres del ajuar.
“Después de la ofensa de Dios –decía a veces–, nada me entristece tanto como ver estropearse o malgastar las cosas.”
Con frecuencia llamó la atención e incluso castigó al Hermano cocinero, al ver restos de grasa o de mantequilla en el fondo de las fuentes después de haberlas servido.
Pasando un día por el comedor, al ver migas de pan bajo las mesas, mandó llamar al Hermano encargado de la despensa y le dijo con tono severo. “¿Por qué deja caer ese pan? ¿No se da cuenta de que mucha gente no tiene lo suficiente? Permitir que ese don de Dios se eche a perder no deja de ser una falta de pobreza.”
En otra ocasión vio cómo un postulante, en vez de recogerlo, pisaba un objeto que se hallaba casualmente a su paso. Lo mandó llamar y lo despidió. A quienes se extraña- ban de tal severidad, les dijo: “Ya no es ningún niño; una falta así, a su edad, prueba que no reflexiona o que carece de hábitos de orden, ahorro y entrega; y que si ha venido aquí, es para asegurarse el pan. En cualquier caso, no nos conviene: necesitamos hombres parcos, naturalmente inclinados al ahorro y amantes del espíritu de pobreza.”
Otra vez mandó comer de rodillas a uno de los primeros Hermanos porque sin nece- sidad había dejado encendida una lámpara durante unos minutos.
Como de costumbre, uniendo el ejemplo a la doctrina, era el primero en cumplir lo que pedía a los demás. Por eso lo vimos muchas veces recoger un trozo de madera, una fruta caída del árbol o cualquier otro objeto que hallaba a su paso. Un día, viniendo de Saint-Chamond, recogió unas cuantas hojas de maíz7 que el carretero de casa había dejado caer.
No dejaba un solo día de recorrer la casa, colocando aquí un objeto en el lugar que le correspondía, cerrando allí una ventana que había quedado sin asegurar y el viento podía romper, colocando más allá unas herramientas que se habían dejado olvidadas.
Hablando de ahorro, contaba una anécdota que creemos oportuno relatar, así como la moraleja con que la acompañaba.
Un padre de familia era tratado de mezquino y avaro por sus criados y hasta por sus propios hijos, porque evitaba el más mínimo gasto inútil, y porque reprendía a los suyos por malgastar o usar innecesariamente las cosas. Él se limitó a responder con estas palabras: “Me sería fácil obrar de otra manera, pero no creo que con ello nadie saliera ganando y sí perdiendo todos. Mucho me temo que en el futuro se ahorre menos; pero también se dará menos.” Efectivamente, este excelente cristiano con sus ahorro pudo hacer abundantes limosnas; pero terminaron con su muerte, pues el hijo, que no tenía el mismo afán de ahorrar, lejos de poder socorrer a los pobres, ni siquiera alcanzaba a pagar a los criados.
“Ahí tenéis –añadía el Padre Champagnat– lo que sucede con frecuencia entre noso- tros. El Hermano ahorrador, que no hace gastos inútiles, con las módicas entradas que recibe tiene suficiente para atender aceptablemente a la casa, ayudar al Instituto y favorecer las vocaciones de postulantes que no pueden pagar. Mientras que el Hermano que no lo es, que no cuida las cosas, que compra mil chucherías, de las que podría prescindir, empeña la casa, deja estropearse las cosas y ni siquiera alcanza a pagar su vestuario.
Hombres así no son ni buenos religiosos, ni buenos maestros; son desordenados en todo: en lo intelectual y en lo material; en lo espiritual y en lo temporal. Estas personas son auténticos azotes para las casas por donde pasan; todo lo estropean; son una ruina.
Para los Hermanos, el ahorro no es sólo un consejo, es una obligación; porque al ser religiosos, están obligados a comer y vestir pobremente y cuidar de cuanto usen y les hayan confiado. Por eso me atrevo a afirmar que quienes dejan deteriorarse lo que los Ayuntamientos o el Instituto les da, pecan contra la justicia8, y están obligados a la restitución.”
Para inducir a los Hermanos a cuidar las cosas, mandó que quienes dejaran estropear o romper, incluso sin querer, un objeto, fueran a confesar su descuido al Superior, y a ponerse de rodillas en el comedor durante el almuerzo. Igualmente, quienes fueran conscientes de haber dejado abandonada una prenda de vestir u otro objeto de su uso, debían pagar su falta con una penitencia pública.
Quería que todos los Hermanos aprendiesen a cocinar y a mantener y cuidar9 la casa;
y ello, en primer lugar, por espíritu de pobreza y para valerse por sí mismos, y luego, por la salud de los Hermanos.
A veces decía bromeando: “Amigos, ¿os parece que suprimamos la cocina y tratemos de vivir como los ángeles? Voy a contar los votos. Vamos a ver: ¡póngase de pie los que no quieran comer!” Como nadie se levantaba, proseguía en el mismo tono: “Bueno, ya que nadie acepta mi propuesta, y consideráis necesaria e imprescindible la cocina, tenéis que aprender a cocinar debidamente, pues los malos cocineros son enemigos de la caja y de la salud: gastan mucho y para colmo estropean la salud.”
Exigía también que todos supiesen coser, para que cada cual remendara y repasara sus prendas. No toleraba que los Hermanos acudieran a extraños10 para este menester, ni siquiera para lavar las medias y los hábitos. En esto, el piadoso Fundador exigía lo que se acostumbra en casi todas las órdenes religiosas, donde cada cual cuida su indumentaria, la mantiene limpia y la arregla si es preciso.
Varios santos obispos, provenientes de la vida monástica, mantuvieron la costumbre de practicar tales actos de pobreza y humildad. He aquí un ejemplo muy adecuado para edificar a los Hermanos:
Santo Tomás de Villanueva, de la orden de san Agustín, al ser nombrado arzobispo de Valencia, en España, no consintió que se le aumentara su pobre ajuar de religioso. El único gasto que se permitió fue adquirir unas cuantas agujas e hilo, un par de tijeras, dedal y todo lo necesario par arreglar sus prendas, según se fueran deteriorando. Pero procuró que todo esto le llegase indirectamente y como a escondidas. Colocó todos esos objetos en un cofrecito cerrado con llave, junto a sus instrumentos de penitencia.
Y este cofre lo depositó en una celda apartada y estrecha desprovista de todo adorno, que prefirió a cualquier otro aposento. A ella se retiraba para entregarse a la oración y a la práctica de la mortificación; y también para remendar la ropa y prendas raídas.
Este seguidor fiel de la pobreza evangélica sentía gusto indecible en esta humilde ocupación; pero cuando se entregaba a ella, tomaba extremadas precauciones para no ser sorprendido, por temor a parecer raro o a que alguien pudiera molestarse por ello.
En parte, ésta era una de las razones por las que había prohibido a toda persona de la casa la entrada en esta celda, que mantenía celosamente cerrada, y cuya llave él solo guardaba.
Pero un día en que por distracción se olvidó de cerrar la puerta de la celda después de haber entrado en ella, fue sorprendido por un sacerdote íntimo amigo suyo. Éste, que tenía un asunto urgente que comunicar al arzobispo, fue directamente a su aposento y entró sin llamar. El santo arzobispo remendaba unos calzoncillos. El canónigo quedó atónito y exclamó emocionado: “Pero, ¿cómo? ¡Su Señoría se ocupa de tales cosas! Es indigno de su condición. Por un real, cualquier sastre lo hubiera arreglado. No consen- tiré que siga haciéndolo.” Y diciendo esto, se acercó y quitó el calzoncillo de las manos del arzobispo.
“¡Un momento! –dijo éste sonriendo–, déjeme que termine mi trabajo.” Luego, ya en serio, añadió Tomás: “Efectivamente, soy obispo; pero también sigo siendo religioso; y como tal, tengo la obligación de practicar la pobreza por amor de la misma pobreza.
Soy pastor; por eso debo practicar aún más la pobreza por amor a los pobres, tan abundantes en mi rebaño. Ya ve que tengo dos poderosas razones para obrar así, aparte del gusto que tengo en hacerlo. Me dice que podría mandar arreglar este calzon- cillo por un real; ya lo sé, pero pensé que con el real que ahorro al hacerlo yo mismo, mañana podré dar de comer a un pobre.” Así obran y hablan los santos.
No podemos dejar de contar otro caso parecido, tanto más edificante para nosotros cuanto que puede servirnos de ejemplo por sernos el protagonista más querido y cercano. Se hallaba el reverendo Padre Colin, Superior General, en una de nuestras casas de noviciado. Su hábito necesitaba un remiendo, por lo que fue a buscar al Hermano sastre y le pidió aguja, dedal, hilo y unos cuantos retazos. El Hermano, que vio de qué se trataba, se ofreció para arreglárselo él mismo e insistió ante el buen Padre
para que le concediera ese favor. “No –dijo–, basta que me dé lo que he pedido; lo demás corre de mi cuenta, pues estoy acostumbrado a estas tareas.” Fueron inútiles los ruegos del Hermano y no tuvo más remedio que desistir. El venerado Padre se encerró en su cuarto y remendó él mismo sus vestidos, que estaban muy raídos.
Más de una vez hizo lo mismo el Padre Champagnat en situaciones parecidas. Ante tales ejemplos, ¿qué Hermano considerará humillante remendar sus prendas y cuidar del propio vestuario? Quienes posean realmente el espíritu de su estado se considerarán obligados a seguir las huellas de estos hombres admirables, que son nuestros padres y modelos.
* * *
El amor que nuestro piadoso Fundador tenía a la pobreza le hacía tomar las mayores precauciones para mantenerla entre los Hermanos. Así se explican las sabias reglas que nos ha dejado sobre este punto y en cuya observancia se empeñó toda su vida. Cada año, en el retiro, se cercioraba personalmente de que ningún Hermano poseía nada en propiedad, y mandaba que le entregasen todos las chucherías que habían ido acumu- lando sin permiso, y todo aquello que no era de clara utilidad o que por su calidad desdecía del espíritu de la Regla, como tabaqueras, libros lujosamente encuadernados, carteras y navajas de elevado precio, libros de ciencia, instrumentos de dibujo11, etc. No era menos riguroso a la hora de corregir los abusos que hubieran podido infiltrarse en las comunidades. En cuanto se enteraba de que los Hermanos de una casa se habían desviado del espíritu de sencillez y pobreza, aunque fuera circunstancialmente o en asuntos de poca importancia, se daba prisa en poner remedio; y no temía, si era necesa- rio, emprender para ello largas caminatas.
Alguien le dijo cierto día que, con motivo de una reunión de Hermanos, iba a darse en una escuela una comida algo extraordinaria, donde podían comprometerse las reglas de la sencillez religiosa. Allá se fue el mismo día de la reunión; y, después de haber reprendido seriamente al Hermano Director y haberle ordenado que sirviera una comida acorde con la Regla, se sentó a la mesa con los Hermanos, como si tal cosa. Incluso se mostró bondadoso y trató de alegrar a todos.
En otra ocasión, le dijeron que un Hermano Director había comprado un hermoso juego de vajilla. Hizo expresamente la visita a esa escuela para ver qué había de cierto.
Cuando llegó, fue directamente al aparador donde sabía que guardaban la vajilla y al ver sólo piezas totalmente corrientes y sencillas, dijo al Hermano Director:
– ¿De modo que ésta es toda la vajilla que tienen?
– Sí, Padre –le respondió.
– Me alegro de que se hayan equivocado. Me habían dicho que su vajilla no era con- forme con el espíritu de pobreza y sencillez que conviene a los Hermanos. Ahora ya sé qué debo contestar a quienes les han censurado. Pero esos rumores, por falsos que sean, deben hacerle comprender que usted, uno de los más antiguos, debe dar ejemplo, pues todo lo que hace tiene mucha repercusión; según se porte, puede hacer mucho bien o mucho daño.”
Una persona que se hallaba en un apuro económico, vino a ofrecer un pantalón de seda a un Hermano Director. Tanto insistió para que se lo comprase, que el pobre Hermano cayó en la tentación, y le pagó cinco francos por una prenda que valía mucho más. Durante el retiro, el Padre Champagnat, que se enteró de esta adquisición contra- ria a la Regla, mandó llamar al Hermano, y, después de haberle dado una seria amones- tación, le prohibió usar el pantalón. Trataba el Hermano de disculparse por la despro- porción entre la dureza de la reprensión y lo módico del precio. El Padre le replicó:
“Amigo mío, le voy a demostrar que usted mismo se dio cuenta de que su proceder no fue correcto, y que obró contra su conciencia. Dígame: ¿ha traído el pantalón? ¿Ha consignado la compra en el libro de contabilidad?” Al verse obligado el Hermano a negar ambos extremos, el Padre añadió: “Ahí tiene dos pruebas de que se dio cuenta de que obraba mal. Nunca ocultaría usted gastos conformes a la Regla. Un buen religioso jamás se permite comprar algo que no pueda consignar en el libro de cuentas o que, de consignarlo, merecería la desaprobación de los Superiores.”
Así quedó el asunto. Pero poco después del comienzo de las clases, y en cuanto el buen Padre estuvo algo más libre, visitó la escuela donde ocurrió el hecho, y apenas llegó, quiso ver el ajuar. “Abra el armario”, dijo al Hermano Director. No tardó en encontrar lo que buscaba. Tomó el pantalón de seda y, manteniéndolo retirado, como si tuviera miedo de contagiarse, le dijo: “Venga conmigo.” Fueron a la cocina, y lo echó a la lumbre diciendo por dos veces: “Sólo vale para el fuego.” Luego añadió muy serio:
“¡Ojalá no vuelvan a entrar cosas como ésta en nuestras casas! Un Hermanito de María no debe tocar la seda, ni tener nada lujoso en su comunidad.”
* * *
No sólo quería que resplandeciera la pobreza en la persona de los Hermanos; también la deseaba en los objetos de su uso, como vivienda, muebles y ajuar. Según él, la limpieza y sencillez deben ser el único adorno de una casa religiosa. Partiendo de este principio, no admitía tapicerías, ni cuadros de valor, ni objetos exclusivamente decorativos.
Llegó un día a una comunidad cuyas habitaciones se hallaban tapizadas12. Sin rodeos expresó su disgusto y desacuerdo. Sabemos, le advirtieron, que en nuestra congrega- ción no hay costumbre de tapizar las habitaciones, pero nos ofrecieron esta casa tal como la ve, y no nos ha parecido conveniente cambiarlas. “Si esta casa fuera mía – repuso el Padre Champagnat–, antes de la noche mandaría enlucir todas la paredes.”
En resumen, nuestro piadoso Fundador consideraba la pobreza como algo necesario al fin del Instituto.
“Amigos míos –recordaba con frecuencia–, no olvidemos el fin que nos hemos pro- puesto al fundar la congregación: llevar la instrucción cristiana a las parroquias pobres;
para ello hemos de conformarnos con honorarios muy módicos. Ahora bien, si nos alejamos del espíritu de pobreza; si queremos vivir como ricos y disfrutar de todas las comodidades de la vida, no nos llegará el sueldo y tendremos que subir las cuotas;
entonces la mayor parte de los municipios no podrán pagarnos por falta de presupues- to, con lo que estaremos de sobra. Por nuestra profesión religiosa, y por el fin que nos hemos propuesto, estamos, pues, obligados a practicar la pobreza, conformándonos con lo estrictamente necesario, evitando con sumo cuidado no sólo el lujo y lo super- fluo, sino también cuanto suponga comodidad y mundanidad o cuanto pueda herir la sencillez y modestia del Instituto.”
Como ya hemos advertido repetidas veces, el Padre Champagnat siempre ratificaba sus instrucciones con el ejemplo, y no pedía nada a los Hermanos sin haberlo practicado antes. Así, por espíritu de pobreza hacía casi todos los viajes a pie, y cuando se veía obligado a tomar un transporte público, se conformaba con el más económico.
Durante su estancia en París, sus numerosas correrías lo dejaban agotado. Un amigo sacerdote le dio a entender que le sería fácil tomar autobuses que, por muy poco precio, lo llevarían a los distintos lugares adonde le reclamaban sus asuntos. “Ya sé que no sería difícil encontrar autobuses –repuso el Padre–; los hay por todas partes; pero no nos hemos hecho religiosos par hacernos llevar como los señores. Si no nos costara nada el voto de pobreza, no tendríamos mérito alguno. Es verdad que los coches no son caros; sin embargo, muchos pocos hacen un mucho. En una comunidad numerosa, si cada uno busca sus propios caprichos, con la disculpa de que son minucias, al final del año, con la suma de todos esos gastillos, podríamos recibir varios postulantes.”13
Un Hermano a quien reprendía por haber hecho algunos gastos inútiles, se disculpó diciendo que se trataba de poca cosa. “No llame poca cosa –repuso el Padre– a lo que le permite cumplir el voto de pobreza y mantenerle en el espíritu de su estado. Con un razonamiento y actitud semejantes nada costaría el voto de pobreza. Ahora bien, si los votos no le cuestan diariamente algún sacrificio, puede estar seguro de que no los cumple; tendrá que presentar a Dios una promesa que no ha cumplido. Imaginarse que uno cumple con su deber porque no quebranta gravemente los votos es forjarse ilusio- nes. Una cosa es no infringir los votos y otra muy distinta observarlos como buen religioso. En efecto, para no quebrantar el voto de pobreza basta con abstenerse de todo acto de propiedad prohibido por la Regla, como comprar, vender, dar, prestar o poseer algo como propio; pero para llevar la práctica del voto hasta sus últimas conse- cuencias, para tener el mérito de la pobreza, es preciso, además, obrar y vivir en con- formidad con el espíritu del propio estado, es decir, contentarse con lo que la Regla permite en cuanto a alimentación, vestido y demás necesidades personales. En resumi- das cuentas: un Hermano que vive conforme a la Regla, vive conforme a los votos; y en la medida en que se aparta de la Regla, se aleja de la perfección de los votos.”
Nuestro piadoso Fundador consideraba la vida de comunidad y la pobreza como algo fundamental, y no consentía que ningún Hermano, profeso o novicio, se apropiase absolutamente nada.
Pensaba que la Regla era igual para todos, y que los candidatos, en cuanto entraban a formar parte de la comunidad, debían abandonar las costumbres contrarias a los usos del Instituto y no conservar dinero ni objeto alguno prohibido por la Regla.
Un día encontró el Hermano Administrador en la mesa de un Hermano joven unos libros tomados sin permiso de la capilla u otro lugar, junto con cuatro o cinco francos que guardaba sin que nadie lo supiera, en contra de lo establecido en la Regla. Llevó ambas cosas al Padre Champagnat, que se sintió muy disgustado por esta conducta.
Mandó llamar inmediatamente al interesado, y después de una severa reprensión, lo despidió en el acto, añadiendo que no estaba hecho para la vida religiosa, ya que se portaba de ese modo. Y lo despidió de la casa, aunque eran las cuatro de la tarde y nevaba copiosamente.
Terminemos con un ejemplo más consolador y que nos muestra hasta qué punto llevó nuestro piadoso Fundador su amor a la pobreza.
Dos o tres días antes de su muerte vino a verlo el señor Janvier, párroco de Saint- Julien-en-Jarrêt, íntimo amigo suyo, quien después de un rato de charla, le pidió, como prenda del afecto y santa amistad que los había unido durante la vida, el crucifijo de madera que tenía encima del reclinatorio. “Con gusto se lo daría –le respondió el padre Champagnat–, pero tengo voto de pobreza y nada me pertenece ni de nada puedo disponer. Le prometo que pediré permiso al Padre Superior General para hacerle ese pequeño regalo, y espero que me lo conceda.”
Lo pidió y, efectivamente, lo consiguió. El pequeño crucifijo fue entregado al señor Janvier.
Dichosos los Hermanitos de María si, dóciles a las instrucciones y ejemplos de su venerado Padre, y fieles en seguir sus ejemplos, conservan siempre el espíritu de pobreza y sencillez que les ha dejado como precioso patrimonio.
1El 1.º de octubre de 1817, el P. Champagnat, junto con el señor Courveille, párroco de Épercieux, compró el inmueble, por contrato de escritura, al precio de 1000 francos. El vendedor y el P. Champagnat hicieron una nueva escritura el 26 de abril de 1818, acerca del mismo inmueble, pero elevado la cantidad de 1000 a 1600 francos que el P. Champag- nat pidió prestados y pagó al contado. El señor Courveille no aparece en este segundo contrato (AA, pág. 40 y OME, doc. 16 y 17, págs. 67-70).
2Carne de cerdo curada (Dictionnaire de I’Académie française, 6. éd. París, 1845, vol. 2, pág. 696). Compárese con las costumbres rurales de la época. Adolfo Blanqui hace una encuesta en 86 departamentos entre los años 1849 y 1851, y llega a esta conclusión: “Son millones... (los hombres) que sólo beben agua, casi nunca prueban la carne, ni siquiera pan blanco...” (cfr. G. CHOLVY, Société, genres de vie et mentalités dans les campagnes françaises de 1815 à 1880.
Artículo publicado en “L’information historique”, n.º 4, septiembre-octubre de1974, pág. 157).
3AFM, 132.8002-8019.
4“El señor Tripier, cristiano excelente, corrió con todos los gastos de Neuville y agradecía públicamente el haber podido emplear así su fortuna en tan magnífica obra. El Hermano Juan Bautista, primer Director, de 18 años de edad , apro- vechó de su generosidad sin abusar. Él es quien rehusó el barril de vino que el señor Tripier había dejado en la bode- ga” (AA, pág. 78).
5El Hermano Juan María (Granjon), primer Director de aquella escuela.
6El carpintero que trabajaba en el Hermitage con el Padre Champagnat era el señor Felipe Arnaud (AA, pág. 17).
7Es decir, maíz.
8
“Quienes dejan deteriorar los objetos que les confían los Ayuntamientos o la casa madre, faltan a la justicia y están obligados a restituir” (Regla de 1837, capítulo IX, art. 2, pág. 59).
9“Debe reinar exquisita limpieza en todo lo que está a disposición de los Hermanos” (Regla 1837, cap. IX, art. 14, pág. 62).
10Sin embargo, hay que tener en cuenta que para encargarse de la ropa, se encontraba en el Hermitage Gabriela Fayasson, hermana de dos Hermanos Maristas, y algo más tarde una comunidad de Hermanas de la Sagrada Familia (6 en el censo de 1841). En el libro de contabilidad de la casa del Hermitage de 1826-1842 quedan consignadas, en plazos fijos, las cantidades destinadas a las “mujeres que lavan la ropa”.
11“No está permitido llevar objetos de una escuela a otra. Esta prohibición abarca también a los libros de texto e instru- mentos de geometría y dibujos” (Regla de 1837, cap. IX, art. 4, pág. 60). En la continuación del “Apéndice a la Regla”, del año 1841, el Hermano Francisco añade: “Los Hermanos deben renovar anualmente el permiso para usar perso- nalmente objetos que no son de uso corriente, como estuche de matemáticas, gafas, relicarios, etc.” (CSGI, página 64).
12Probablemente se trata del castillo Vauban (AA, pág. 299).
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Compárese con LPC I, doc. 174, pág. 351, líneas 37-39.