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Adolfo Sánchez Vázquez: El joven Marx. Los manuscritos de 1844 *

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Adolfo Sánchez Vázquez: El joven Marx. Los manuscri- tos de 1844*

Bolívar Echeverría

No sólo la aparente entrega de la sociedad moderna al dis- frute de los “bienes terrenales”, sino sobre todo su admira- ción ciega por la ciencia y sus progresos, por la tecnología y sus aplicaciones, hechos ambos que están en las antípodas de la magia, de la creencia en lo sobrenatural, vuelven difícil describirla convincentemente como una sociedad de religio- sidad practicante. Que lo es, sin embargo, que es profunda- mente religiosa, quedó señalado impecablemente no sólo por Marx en su célebre exposición sobre el “fetichismo de la mer- cancía”, sino por Max Weber en su ensayo sobre el espíritu del capitalismo, por la Escuela de Francfort y su examen de la Ilustración, y por tantos otros indagadores críticos de la modernidad establecida. Así, sólo en contra de la idea que ellos mismos se hacen de lo que son puede afirmarse que hay, en efecto, una “religión de los modernos”; una religión para- dójicamente laica o secular, si se quiere, cuya doctrina implí- cita tiene como piedra angular un dogma de fe que reza así:

el modo capitalista de producir y reproducir la riqueza social no es sólo el mejor modo de hacerlo sino el único posible en la vida civilizada moderna; hay un sujeto escondido en circula- ción de las mercancías centrada en torno a la acumulación del capital que guía por el mejor camino la historia humana.

Una modernidad que no sea capitalista sería un absurdo, una utopía irrealizable (y además peligrosa, pues el intento de alcanzarla llevaría ineluctablemente a la barbarie).

Este dogma de fe, que acompaña siempre a los modernos en todo trato con los otros y con las cosas, puede ser, y lo es de hecho, objeto de apostasía para un gran número de ellos.

Pienso, en efecto, que por “izquierda” deberíamos enten- der todo el inmenso panorama que presenta la vida social contemporánea de actitudes afectivas, de voluntades de for- ma, de propuestas argumentativas y de actividades de todo

*Bolívar Echeverría sobre el libro de Adolfo Sánchez Vázquez, El joven Marx.

Los manuscritos de 1844, México, Itaca, 2003. (Reedición de Filosofía y economía en el joven Marx. Los manuscritos de 1844, Grijalbo, 1982), presentado en la Feria del Libro del Palacio de Minería, 2004.

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tipo cuya tendencia se dirige en contra de este dogma de fe;

todo el campo —que abarca lo mismo los rincones más ínti- mos que los escenarios más públicos— de la resistencia, abierta o soterrada, y mejor aún de la rebeldía, frente a la reproducción automática de dicho dogma y a la imposición premeditada del mismo.

Esta “izquierda profunda”, que desborda por todos los la- dos el escenario de la política —dentro del cual se estableció originalmente la oposición izquierda-derecha—, y que resul- ta por ello casi indetectable dentro de él, tiene una forma especial de hacerse presente en el terreno del uso reflexivo del lenguaje, la forma del discurso crítico. Se trata de una forma de presencia de la izquierda que ha debido reconfigu- rarse, en medio de una casi clandestinidad, en el último cuarto de siglo, y no sólo a raíz del derrumbe del “socialismo real” que arrastró en su caída el prestigio teórico no sólo del marxismo soviético sino de todo el marxismo en general, sino como efecto del embate prepotente del “pensamiento único”

neoliberal que ha sabido disfrazar el dogma de la moderni- dad capitalista como una verdad científica incontrovertible.

El libro de nuestro querido y admirado maestro Adolfo Sánchez Vázquez, cuya reedición presentamos esta mañana

—libro que en 1982 se llamó Filosofía y economía en el joven Marx y que ahora se llama El joven Marx: los manuscritos de 1844— pertenece plenamente a ese discurso crítico que es el vehículo propio de la actividad reflexiva de la izquierda pro- funda. Su reedición no es un hecho caprichoso; obedece al resurgimiento que experimenta en los últimos años la de- manda de textos capaces de devolverle a la izquierda el uso de su capacidad de intervenir como fuerza beligerante en el debate teórico que conmueve a la opinión pública en nuestros días. El panorama de catástrofes que acompaña actualmente a la caída de la modernidad capitalista, dado que ésta ame- naza con hacer de ella la caída de la vida civilizada en cuan- to tal, exige la relectura de obras en las que el ascenso de esa modernidad fue examinado críticamente, y muy especial- mente la obra de Marx.

El libro de Adolfo Sánchez Vázquez puede responder de manera excelente a la pregunta que el nuevo lector de iz- quierda se hace necesariamente acerca de los antecedentes y los orígenes del discurso crítico que quiere desarrollar, es

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decir, acerca de la obra de Karl Marx y acerca del modo en que ese discurso se comenzó a formular ya en la juventud de este autor. Ese lector encontrará en él no sólo una exposición sistemática del contenido de los manuscritos económico- filosóficos redactados por Marx en París en 1844 como un primer esbozo de su crítica de la economía política y de la sociedad burguesa o moderna en su conjunto, una interpre- tación original de lo que sería la antropología marxiana y una ubicación de la misma en la discusión filosófica de su tiempo, sino también una historia de la recepción de estos manuscritos en la historia del marxismo y de la querella en torno a los mismos. Pocos análisis de estos manuscritos, des- de la época de su primera edición en 1932 hasta nuestros días, pueden compararse en originalidad, agudeza y ampli- tud con el que propone Sánchez Vázquez en la obra que pre- sentamos en esta ocasión.

Es imposible abordar en el corto tiempo de estas inter- venciones el complejo entramado de conceptos que se en- cuentra en este libro. A lo mucho es posible decir unas cuan- tas palabras sobre alguno de ellos, que es lo que yo quisiera hacer con un concepto que el propio Sánchez Vázquez consi- dera, junto al concepto de praxis, como el concepto central del discurso crítico de Marx desde que se inicia en estos tem- pranos manuscritos de París. Me refiero al concepto de ena- jenación.

Es difícil, pasado un cuarto de siglo, apreciar el mérito que le corresponde a Sánchez Vázquez por haber insistido en la importancia esencial que tiene el concepto de enajenación para la integridad del proyecto teórico de Marx. En torno a ese concepto, a su aceptación o su rechazo, se jugaba, en me- dio de la izquierda oficial, la capacidad del establishment capitalista de asentar, sobre la aparente derrota de la utopía de los años sesenta, la justificación de su dominio. Incluso la izquierda debía reconocer, desencantada, que el alcance de sus planteamientos políticos no podía rebasar la estructura del mundo de la vida moderna; que ella no es el resultado de la actividad del sujeto humano, y así transformable por él, sino el fruto de un “proceso sin sujeto” dentro del cual las clases sociales no pueden ir más allá de una lucha por con- quistar la ubicación que les corresponde. Hablar de la enaje- nación equivalía a desconocer ingenuamente la preeminen-

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cia de la estructura y persistir en el sueño comunista del Marx de juventud. El concepto de enajenación implica la idea de estado de cosas que mantiene violentamente esas cosas fuera de su campo de posibilidades y que puede ser trans- formado en otro, respetuoso de la armonía deseable entre esas cosas y sus posibilidades; transformación que supone necesariamente la presencia de un sujeto capaz de llevarla a cabo. Se trataba, por ello, de un concepto que atentaba con- tra la subsunción de la sujetidad bajo la vigencia de la es- tructura establecida, es decir, de un concepto que impedía el reconocimiento del hecho que, después del fracaso de las rebeliones del 1967-1968, parecía absoluto y definitivo: el hecho de la ausencia de una sujetidad en el seno mismo de la sociedad. Hablar de sujetos y enajenaciones era entonces lo mismo que haberse quedado en el plano de la mera “ideolo- gía”; hablar de estructuras y progresos era en cambio haber logrado una “ruptura epistemológica” y haberse instalado en el plano de la “ciencia”.

A contracorriente, el libro de Sánchez Vázquez insistió entonces en reivindicar la importancia esencial que tiene el concepto de enajenación para la consistencia crítica del dis- curso de Marx, un concepto que habría sido esbozado ge- nialmente por el joven Marx en sus manuscritos económico- filosóficos pero que sólo adquiriría su versión acabada en la madurez de Marx, en su obra El capital.

Es, en mi opinión, esta insistencia del libro de Sánchez Vázquez en la centralidad del concepto de enajenación en el proyecto teórico de Marx lo que hace de él un libro digno de la demanda de quienes se inician ahora en el traslado de las posiciones de la izquierda profunda al espacio del uso refle- xivo del lenguaje. La experiencia de la que parte esta iz- quierda es la experiencia de la enajenación como un hecho cuyas mediaciones desconcertantes, engañadoras o mistifi- cadoras, como lo son las instituciones del Estado nacional, se encuentran en pleno deterioro. Se trata del hecho de que existe algo así como un sujeto que guía desde el lado de las cosas lo que sucede en el lado de los seres humanos, que dic- ta lo que debe ser el destino de la historia humana y la histo- ria natural, y cuya guía y cuyo dictado han entrampado esas historias en la catástrofe. Es el hecho de la enajenación de la vida concreta en la “vida” de la acumulación del capital, he-

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cho que marca esencialmente a la civilización moderna tal como ella se ha venido configurando desde hace siglos.

La nueva izquierda es la parte apóstata de la sociedad moderna; desconoce el dogma de fe de la religión de los modernos según el cual la presencia pantocrática del capital acumulándose, del valor autovalorizándose, es indispensable para la existencia de una vida civilizada. Es la parte de la sociedad que reflexiona ahora sobre la posibilidad de una modernidad alternativa a la capitalista, una modernidad capaz de agotar las posibilidades que trae consigo de abolir el hecho de la enajenación.

Como puede suponerse, pocos libros escritos hace veinte o treinta años pueden tener interés ahora para el nuevo lector de izquierda. El libro de Adolfo Sánchez Vázquez que pre- sentamos aquí está entre esos pocos, y en un lugar destacado.

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