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DE LA NULIDAD AL SUICIDIO* Ensayo sobre L Etranger1 de Albert Camus

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(1)

DE LA NULIDAD AL SUICIDIO

*

Ensayo sobre L’Etranger

1

de Albert Camus

“En cierto momento de la historia un nuevo elemento se integra a la vida moral

europea, un estado, una especificidad del self, que llamamos sinceridad.”

Lionel Trilling

Existen dos maneras de leer: buscar evadirse de lo cotidiano o abandonarse a la sensibilidad

específica del libro, es este segundo aspecto el que me interesa acá. De su entrega a la

lectura cada uno espera algo. Es más, existe una teoría que orienta su espera, sea o no

consciente de ello. De ahí que, del vasto campo literario accesible a cada uno de nosotros, solo

nos comprometamos seriamente con determinados autores y algunas de sus creaciones, y no

necesariamente con la totalidad de su obra. Lo que yo espero de un libro, es que

progresivamente me revele el secreto de su devenir y aquello que lo hace ser lo que es. Todo

libro me parece contener la clave de su enigma. Su éxito esta en relación directa con el

objetivo que alcanza cuando llega a constituir una unidad, a tener autonomía per se,

independientemente de la subjetividad de su autor. Llegar a esa autonomía usando lo más

íntimo y lo más subjetivo de la vida de su autor, es la verdadera paradoja de la creación

artística.

Esto, Camus, lo expresó mejor en L´intelligence et l´echafaud (1943), texto que escribió para

un ejemplar especial de la revista Confluences, “Problemas de la novela”.

“El lector debe tener la humildad de aceptar que sus intuiciones sean siempre respuestas a lo

que aporta el autor.”

Ese texto aparecido un año después de “El Extranjero” (1942), es en mi opinión el más

auténtico enunciado de los objetivos artísticos de Camus. El Mito de Sísifo, publicado

enseguida de El Extranjero, me parece que ha desviado durante años, la expectativa de los

lectores: la realidad de la novela los conmovía, y buscaron en los conceptos de la filosofía de lo

absurdo para escapar de la afectividad compleja y angustiante del libro. Estoy tentado en

pensar que le es difícil al lector impregnado de la tradición judeocristiana de la cultura

occidental sentir empatía respecto de la sensibilidad paradojal de El Extranjero y La Caída.

EL EXTRANJERO

Los cuatro despertares de Meursault (M)

La presencia y el relato de M. en su ambiente socio-físico

**

produce cuatro tipos

distintos de despertar. Evito el cliché de “personaje M.” ya que M. solo alcanza la

unidad de personaje en el último parágrafo de la novela. Los voy a clasificar así

1. - Despertar a partir del momento de ser “condenado a muerte”

2. - Despertar a partir de un estado de inocencia

3. - Despertar a partir de un estado de desconocimiento para ir hacia uno de

reconocimiento de sí mismo y de los otros (pasaje de lo corporal a lo afectivo).

4. - Despertar del espíritu: personalización de la inteligencia.

*

M. Masud R. Khan “De la nullité au suicide”. Figures du vide en NRP. II Gallimard.

Paris 1975

(2)

Esta clasificación en categorías es arbitraria, ya que en la novela, se superponen

sucesivamente, convergiendo unas en otras. Esta superposición múltiple de los temas

es lo que confiere a la obra su estilo único, su cualidad distintiva y enigmática y su

lugar privilegiado en la literatura moderna, tal como, rápidamente lo señalo Sartre

(1943): Camus pudo decir que el autor contemporáneo “renunció a contar ‘historias’

para poder contar su universo”. Y nos explica que la necesidad de utilizar imágenes

nace de la convicción del autor de nuestro tiempo respecto “de la inutilidad de todo

principio explicativo” y de su certeza respecto al “mensaje educativo de las apariencias

sensibles”.

Primer despertar: a partir del momento de ser “condenado a muerte”

M. es en la novela contemporánea, uno de los personajes que mas exceso de interpretación

sufrió. Es “semi-fallado intelectual” para Pierre Henri Simon, “figura de un dios pagano” para

R.Champigny y G.Bree, “antihéroe” según J. Cruickshank, “héroe del absurdo” para la mayoría,

y Camus en su prefacio a la edición americana (1955) declaró que es “el único Cristo que nos

merecemos”.

Sin embargo, la mayoría de las críticas tiene un punto en común: es un hombre condenado a

muerte y debemos su relato al hecho ineluctable, a esta fatalidad.

Lo que constituye la naturaleza de esta identidad, la de un hombre condenado a muerte, es, a

menudo, interpretado como una acción vengativa y hostil de la sociedad contra alguien que

asesinó a otro. Ahí no está lo esencial del “condenado a muerte”. Para mí esta muerte a la cual

está condenado es una realidad interna que el objetiva en un hecho social externo por la

intermediación gratuita del asesinato. Es la “fase” del condenado a muerte interno la que

estudiaremos, haciendo referencia a la primera mitad de la novela.

Cuando nos encontramos con M., vemos que se encuentra en un estado similar al del príncipe

Hamlet: Se entera de algo, no está seguro y lo entiende mal. El telegrama dice “Madre

muerta. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Su primera reflexión es: ”Hoy, mamá está

muerta. O quizás ayer. No lo sé”. No tiene las ideas muy claras y se niega a pensar mas allá,

sufre la misma enfermedad que el príncipe Hamlet “.. meet it is I set it down” (Es bueno que lo

registre) I, 3, 107. Observará y registrará cuidadosamente cada impresión, pero sin sentir

ninguna responsabilidad. En el caso de M., no es el fantasma de su madre, sino el fiscal, quien

lo declara culpable por indiferencia filial. Volveremos sobre ese punto

La siguiente reacción que observa es su incomodidad cuando está frente a su patrón. Es

conciente de lo absurdo de su actitud. Cuando pide permiso para ir al entierro, escucha

decirse: “No es por mi culpa”. Después viaja adormecido, anestesiado. La atmósfera de muerte

tranquila nos da la sensación de encontrarnos en presencia más de un organismo que de una

persona. Las reacciones de M. toman la coloración de la muerte. Es escrupuloso, como su

creador, registra todo lo que le llega y lo consigna. No tiene hambre. Está en un estado de

dolor estático, y no solo porque su madre está muerta: comienza a sospecharse otra muerte,

ocurrida hace mucho, silenciosamente, y que solo progresivamente, descubriremos cuando

sucedió. En esta fase las imágenes utilizadas por Camus nos remiten no solo a varios temas

sino a varias dimensiones en el tiempo. El pasado y el futuro son simultáneamente reflejados

en el presente. El absoluto del presente está en esta bi-dimensión del tiempo.

La respuesta de M. a la proposición de Marie, muestra que él está como muerto respecto a su

ambiente humano y su rechazo a la propuesta de un anticipo que le hace su patrón revela la

muerte que está en él, pero también de donde deriva: del final de la época de sus estudios.

Descubrimos algo más importante aún, durante la breve conversación que tiene con

Salamano: que esa muerte ya estaba en la relación que con su madre, antes de irse al asilo.

En consecuencia, desde hacia mucho tiempo M. estaba en esa fase de muerte en la que vivía

sin protestar, en una autenticidad de hábitos donde la experiencia no tiene ningún sentido,

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excepto cuando se constituye al ser impactado por las cosas percibidas, las que provocan

sensaciones. De este estado es que debe despertar. Su necesidad de ser despertado está

indicada, por primera vez, en su reacción al escuchar llorar a Salamano cuando se perdió su

perro: “No sé porqué pensé en mamá”.

Poco después M. recurre a un remedio típicamente camusiano para salir de su estado, de esa

muerte interior suscitada por el dolor: ¡el asesinato! El mismo modo de acción se presenta en

Calígula y reencontramos en Le Renégat.

En M. la reacción física hipersensible es la misma el día del asesinato y el día del entierro.

Y es el asesinato el que le permitirá despertar de ese sopor orgánico, de tomar conciencia del

odio en los otros y en el mismo y a partir de esto, también, de la significación del amor en la

vida.

El asesinato y el suicidio son para Camus, dos caras de una misma moneda, aparecen en el

momento en el que se actualizan los límites de la conciencia, es decir, con la conciencia de si

mismo.

En El Mito de Sísifo, Camus dice: “Matarse...es confesar. Es confesar que la vida nos supera y

que no la entendemos”. En El Hombre Rebelde, leemos: “Al mismo tiempo que la repulsión

respecto del intruso, existe en toda rebelión una adhesión completa e instantánea del hombre

a cierta parte de sí mismo”, el autor concluye según la retórica cartesiana: “Yo me rebelo,

entonces somos”.

En el texto de Camus, la rebelión lleva a la muerte tan ineludiblemente como la toma de

conciencia de si lleva al suicidio.

Segundo despertar: a partir de un estado de inocencia.

La posición de inocencia de M. ante el asesinato se evoca también por:

a) Respuesta física inmediata a todos los estímulos sensoriales

b) Ausencia de malevolencia

c) Ausencia de sentido o de motivación en las acciones humanas.

En M., todo tiene, solo, un valor unilateral y en el ambiente humano, solo la naturaleza

es agresiva -el sol, el calor, la luz, el ruido- pero no por maldad. Simplemente la

naturaleza es tan pródiga en sus dones como en sus brutalidades. Todo es aceptado,

se adapta a todo. Las necesidades instintivas son hechos de la vida y no sistemas de

deseos apremiantes y complejos. M. come cuando tiene hambre, cuando habla lo hace

lacónicamente, hace el amor sin que intervenga la emoción, y, cuando se le pide algo,

él lo hace. En un mundo de transacciones y confusiones, luchas y discusiones, él se

mueve plácidamente sin preocuparse por las implicaciones y las significaciones. Actúa

de manera precisa, raramente se refiere al futuro. Vive, se cansa, se excita, se

satisface, incluso puede estar confuso, pero nunca hace ningún esfuerzo por coordinar

sus experiencias según cierta lógica. Si es feliz, ignora porqué. Está ansioso pero no se

dá cuenta: nosotros lo percibimos, no él. Y este mundo es constantemente cuestionado

por los otros: el portero del asilo, Marie, Raymond, Salamano. Pero él se deja ir a la

deriva, maravillosamente transparente e inmediato. ¡Hasta el asesinato!

Entonces se despierta y comienza a preocuparse por los otros, por el odio y el amor de

los otros y hacia los otros. Es el segundo despertar! Su vida, en adelante, tiene un

sentido, habiendo terminado la inocencia. La cualidad esencial del estado de inocencia

es la generosidad hacia los otros. En la primera mitad del libro, antes del asesinato, es

raro que M. le niegue algo a alguien, todos reciben, por igual, su atención.

Su generosidad ha sido interpretada, erróneamente, como indiferencia (Trail, 1971);

pero, es lo contrario de la indiferencia. Es únicamente esta generosidad de la inocencia

la que lo hace capaz de tener empatía con las necesidades de los otros: su patrón,

Marie, Raymond, y del Arabe, cuando lo disuade a Raymond de dispararle sin aviso. Es

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precisamente esa generosidad que el fiscal va a tomar y utilizar contra él, viendo en

ella una complicidad.

M. no se pregunta jamás por los motivos: Cuando puede, se acomoda a los deseos de

los otros, es una cualidad infantil, según R. Champigny. Lo es naturalmente, de ahí su

valor. No tiene conciencia de los valores.

Otra característica de la inocencia es cierta “magnitud” del honor. M. siempre se

comporta “honorablemente”, lo que para él es sinónimo de autenticidad, sinceridad.

Nunca se permite deformar lo que siente o su modo de responder. Hay en él una

dignidad simple, que es convincente para todos. En la Policía, se le da crédito a su

palabra a favor de Raymond. Es la dignidad de esa inocencia la que lleva a Marie a

encontrarlo “bizarro” y a decirle que, por esta razón, ella podría odiarlo un día. Tal

como él se odiará y odiará a los otros después del asesinato.

El debe despertar de ese estado de inocencia que lo aliena radicalmente de si mismo.

La esencia de esa inocencia es física, y Camus lo explicó en El Mito de Sísifo:

” El juicio del cuerpo vale tato como el del espíritu, y el cuerpo retrocede ante el

aniquilamiento”. Es por eso que M. no termina de convencerse, que asesinó a otro

cuerpo viviente. Para él, fue un accidente que le resulta traumático y que lo lleva a

algo que no puede asimilar psíquicamente: el odio asesino por el otro.

Se rehúsa a perder la inocencia, sabiendo que es imposible.

Tercer despertar: Pasaje de un estado de desconocimiento a otro de

reconocimiento de si y de los otros. (pasaje de lo corporal a lo afectivo)

El posición de desconocimiento está estrechamente ligada y sutilmente intrincada a la

experiencia de la inocencia. La idea está presente en “Entre si y no” y en un texto

titulado La Ironía donde Camus cuenta su primera visita a Praga.

Cuando terminó El Extranjero consagró una pieza completa a ese tema, El

Malententendido, tema que había sido bosquejado sobre una hoja del diario que M.

leyó en prisión.

¿Qué es lo que constituyó esa posición de desconocimiento y bajo qué forma la

encontramos en el libro? Formularé la hipótesis que la experiencia del desconocimiento

cristaliza en un mundo donde M. tiene el sentimiento de ser uno con su ambiente y en

particular con su ambiente humano.

Lo que se ha definido como su sentimiento de lo absurdo, no es más que la ausencia

del reconocimiento, de la separación entre los otros y uno mismo.

El desconocimiento consiste en perpetuar una relación de no diferenciación entre uno y

el otro. Una de sus características es la experiencia repetida de sentirse mal con el otro

y de soportarlo gracias un repliegue que autoriza cierta adaptación. El desconocimiento

se caracteriza también por la amplificación de la percepción del ambiente natural (sol,

calor, los ruidos) constituyéndose en la única forma de diferenciación posible de la

experiencia.

Camus despliega todo su arte y su habilidad para circunscribir la experiencia del

desconocimiento en M. Por ejemplo, cuando Marie lo visita en prisión después del

asesinato, en un momento donde según mi hipótesis, el proceso del despertar al

reconocimiento comienza –mientras que la presencia de Marie, la sala, las otras

personas son minuciosamente registradas– Camus aísla, paralelamente, a un joven y a

su madre en un islote de silencio.

La matriz del desconocimiento, es el sentimiento de fusión oceánica con un objeto con

el cuál no se puede comunicar. En esta zona de desconocimiento, la comunicación es

inadecuada; es imposible, mal interpretada, no solamente por los otros personajes de

la novela, sino también por la mayoría de los críticos que vieron en M. una posición de

desapego, de separación, una especie de experiencia del absurdo. Para mí, hay una

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lectura errónea de la verdadera experiencia de M. En el momento de su despertar

progresivo al reconocimiento de sí y de su ambiente, M. no tiene la percepción

conciente de ser separado del prójimo. Al contrario, el esta convencido de ser “como

todo el mundo; alguien común y corriente”.

Toma conciencia de su estado cuando, por primera vez, al hablar con su abogado

constata que no le sirve en absoluto para comunicarse. También hay que destacar en

él un estado psíquico y mental donde puede tomar conciencia de su diferencia entre él

y los otros, entre él y su medio ambiente, sin encontrar motivos para disolver esa

diferencia. Ese estado -en particular en la primera parte del texto y en el transcurso

del proceso- crea la tensión máxima entre su propia experiencia y la de los otros

personajes, entre él y el lector.

Pero tratar de explicarlo por la teoría del absurdo y/o referirse al sentimiento de

extrañamiento, como lo propone B. T. Fitch, es introducir un sistema de valores que

de hecho, es ajeno a la experiencia auténtica de M.

En el mundo del desconocimiento, cada uno invade el dominio del otro, lo lastima y

puede llegar hasta el asesinato, sin que ello implique conflicto o contradicción, y sin

que necesite, incluso, una explicación. El aspecto fáctico y la realidad corporal de la

experiencia constituyen su única validez. Ni el espíritu, ni la imaginación, ni la

afectividad juegan un rol determinante en la organización o la elaboración de esa

experiencia de desconocimiento.

Desde el principio, esta claro que en la vida, hay algo de impracticable y Camus hace

que M. se dé cuenta, al principio, de cierta contradicción. La primera vez que se

reconoce como objeto distinto de los otros, objeto sobre el cuál los otros pueden emitir

un juicio de valor, es en ocasión de su conversación con Salamano: se sorprende de

que sus vecinos lo hayan juzgado severamente por haber enviado a su madre al asilo.

Una de las funciones principales del episodio del proceso, es transformar el

desconocimiento en reconocimiento y Camus, con una lucidez increíble, hace presentir

en M. el alba del reconocimiento de sí: se verá como una entidad totalmente separada

en el mundo de otros seres humanos. Tenemos acá en efecto, el testimonio más

patético del despertar de un hombre a sí mismo y a los otros, y de su lucha por

transformar este despertar -que una vez más comienza por un asesinato- en

reconocimiento.

Una de las características fundamentales de este estado de desconocimiento es el

poder mantener durante todo el relato un estado de febril confusión. Hasta el

escándalo con el capellán, M. está en la confusión. El tema está en el centro de la

búsqueda artística de Camus y de su sensibilidad. En El Renegado, hace una

descripción aterradora de este estado. La historia original tenia, en principio el título de

“El Espíritu confuso”. El estado de confusión no deja lugar al conflicto y a la

incoherencia, hasta el momento en que comienza el reconocimiento. Hasta ahí, admite

las incompatibilidades más heterogéneas. Uno de los rasgos de la sensibilidad de M.

que, a los ojos de la mayoría de los lectores occidentales, lo identifican con El

Extranjero, es que durante los dos tercios de la novela, él vivió gracias a ese equilibrio

de no ambivalencia y de ausencia de conflicto, equilibrio que se mantiene en

circunstancias donde el lector esperaría encontrar un alma atormentada en busca de

si misma. En muchos momentos, el genio de Camus, en esta novela, consiste en su

capacidad de describir, en el espacio de vida de un solo personaje, el complejo proceso

de culturización y diferenciación que tuvo lugar hace dos mil años para cristalizar en la

conciencia y la sensibilidad del hombre occidental.

Otra función de esa posición de desconocimiento es que ni el SI ni el NO le son

necesarios. Todas las relaciones consisten en una vinculación vegetativa y en una

relación adaptativa. El amor y el odio son afectos indiferenciados, y es lo que da al

comportamiento de M. esa coloratura de aspereza, de reticencia y de insensibilidad.

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Para él, son atributos naturales de su distancia con respecto a los valores morales, en

la medida en que vivió en un estado de afectividad indiferenciada y pre-ambivalente.

Solo el asesinato lo forzará una vez más, a inventariar su amor y su odio y a tomar

conciencia de una libertad que su acción despliega por el. Hasta acá vivió en mundo

donde la libertad era sinónimo de la existencia misma: ella no implicaba ni elección, ni

decisión.

Para explicar el tema del desconocimiento, Camus recurre a la ironía más amarga y

más lúcida. Cuando el magistrado dice a M. que para arrepentirse, haría falta que “el

volviera a ser un niño cuya alma está vacía y lista para recibir cualquier cosa”, el no se

da cuenta que era esa facultad que M. había, precisamente, perdido y que estaba en el

proceso de tomar conciencia de sí mismo.

En el estado de desconocimiento, todo era posible. Una vez que es transformado en

estado de reconocimiento, la fatalidad que entra en escena admite la lucidez, pero sin

esperanza, ni tregua. En El Revés y el derecho, Camus nos dice que en los momentos

mas soleados, una amenaza estaba presente. Esta amenaza, esa sospecha, presenta

sin cesar un factor X que se introducirá y forzará la decisión y la elección en el

momento de mayor libertad y de abandono natural, es esto lo que debía hacer de

Camus uno de los más grandes moralistas de la tradición francesa.

Cuarto Despertar: Despertar del espíritu, personalización de la inteligencia.

Este despertar constituye el aspecto de la sensibilidad de M. que lo liga mas

estrechamente a Camus, el escritor, confiriéndole el rol de narrador de su propia

experiencia. Discutir este aspecto de M. es discutir el estilo y el método del escritor.

Para Camus, la inteligencia significa a la vez algo sagrado y potencialmente nihilista.

Significa el fin de la belleza y de la inocencia pero también el medio que hace de la

vida, en el mundo de los humanos, un acto de responsabilidad a partir de la elección y

de la libertad.

Muchos críticos estuvieron intrigados por el cambio demasiado repentino que, de la

presencia física de M., de ser naif y lacónico, hace un espíritu de una inteligencia

aguda que se eleva con fuerza y violencia contra la tradición cristiana de sus

conciudadanos. Esta manera de evaluar lo que pasa en la novela, es no solo falsa en

relación a la experiencia de M., sino que descuida el medio utilizado por Camus para

establecer la responsabilidad humana de la que no se puede escapar: devenir espíritu

cueste lo que cueste.

En 1945, dijo en un manifiesto apasionado que era necesario” salvar la inteligencia”.

En su texto “La Inteligencia y la guillotina (1943). Camus expone claramente el fin que

espera alcanzar como novelista, novelista francés.

“Es necesario que sean dos los que escriban. En literatura francesa, el gran problema,

es la traducción de lo que se siente en lo que se quiere hacer sentir. Mal llamamos

escritor al que se expresa teniendo en cuenta un contexto interior que el lector no

puede conocer. El autor mediocre, dice todo lo que se le ocurre. La gran regla del

artista, por el contrario, es olvidarse de la mitad, en provecho de una expresión

comunicable. A esto no se llega sin sacrificios. Y esta búsqueda de un lenguaje

inteligible que debe recubrir la desmesura de su destino, lo lleva a decir no lo que le

gusta, sino sólo lo que es necesario. Una gran parte del genio literario francés tiene

claro este esfuerzo para darle a los gritos de las pasiones el orden de un lenguaje

puro. En fin, lo que triunfa en las obras de las que hablo, es cierta idea preconcebida,

quiero decir la inteligencia”

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“la novela hace de la inteligencia su universo, como el drama lo hace de la acción.”

El despertar del espíritu en M. da a la novela una de sus torsiones más enigmáticas.

Antes dije que M. sufría de la misma compulsión que Hamlet: anotar y registrar sus

impresiones más que experimentarlas o darles un sentido. El es narrador en primera

persona y por lo tanto, durante las dos terceras partes de la novela, permanece

inocente en cuanto a la significación de sus experiencias o de sus implicaciones. Es lo

que a menudo se explico por la teoría del absurdo, siendo M. el portavoz. Este juicio

me parece excesivo y, lo que no deja de tener ironía, es que Camus haya impuesto,

esta manera de ver, a sus lectores con todo lo que tiene de dogmático en El Míto de

Sísifo. No hay que dejarse inducir a error por los prejuicios de Camus, como él mismo

los llama en la introducción de El Revés y el Derecho (1958). Las raíces de El

Extranjero, las encontramos en efecto en el Camus “pre-Sísifo”.

Seguro que es un juicio excesivo. El Mito de Sísifo nos da varias claves esenciales para

la comprensión de la manera en que M. experimenta la realidad, toma conocimiento y

después la niega en tres niveles -afectivo, psíquico y espiritual. Camus dice

explícitamente: “Al fin del despertar llega, a su vez, la consecuencia: suicidio o

curación”. En El Extranjero, no tenemos ni suicidio ni curación, sino el asesinato. Y sin

embargo, como lo veremos, el asesinato y el suicidio, devienen mutuos y recíprocos.

El examen del despertar de M. a lo que él es, a lo que ha vivido, mediante la toma de

conciencia de su espíritu y por su interpretación, esclarece este problema.

En El Mito de Sísifo Camus dice “En realidad no hay experiencia de la muerte. En un sentido

propio, solo se experimenta lo vivido y lo que se hizo conciente”. Hemos examinado la

respuesta

Tenemos, desde ya, considerada la respuesta un poco perturbada y aburrida

(enojosa) que Meursault le da al juez que busca en él respuestas afectivas y humanas.

Cuando el juez le pregunta “¿Por qué esperó ud. entre el primer y el segundo disparo?”

todo lo que M. puede recordar son las sensaciones que tuvo en ese momento: “Una

vez más, volví a ver la playa roja y sentí en la frente el ardor del sol. Pero esta vez, no

contesté nada”. La sensación era para él la experiencia absoluta. Sólo será en los

capítulos IV y V de la segunda parte del libro que M. tendrá ganas de comunicar y se

acercará a lo que podríamos llamar una introspección. Hasta aquí, el relato está escrito

con tanta habilidad que no nos damos cuenta que la “historia” que se desarrolla en la

conciencia de M., no es más que una transcripción verbalizada de sensaciones:

perceptivas y físicas, con ausencia de cualquier comentario e interpretación.

Así cuando M. siente que querría cortar las galimatías de su abogado y del fiscal,

termina por decir: “Pero pensándolo bien no tenía nada que decir”. El fiscal insiste:

“Este hombre, señores, este hombre es inteligente… Conoce el valor de las palabras”.

La única respuesta que suscita en M. es: “Yo escuchaba y oía que se me juzgaba

inteligente. Pero no comprendía bien como las cualidades de un hombre común podían

convertirse en cargos aplastantes contra un culpable”. Un poco más adelante niega

todo, diciendo: “Hubiera querido tratar de explicarle (al fiscal) cordialmente, casi con

cariño, que nunca había podido sentir verdadero pesar por alguna cosa. Siempre

estaba absorbido por lo que iba a suceder, por hoy o por mañana”.

Aquí Camus recurre a la ironía lo que tiene de más mortal: negar la

responsabilidad humana apelando a las respuestas más humanas: la amistad y la

ternura. El fiscal busca en su alma “decía que se había acercado a ella y no había

encontrado nada”. Una vez más, en el relato que da del proceso, M. se siente “aturdido

por el calor y el asombro”.

A lo largo de estos dos capítulos, Camus trabaja, con una maestría perfecta y gran

fineza la yuxtaposición de los estados del alma y de sensaciones físicas en M., donde

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unas anulan las otras: “tuve la impresión que todo se volvía un agua incolora en la que

encontraba el vértigo”. Veamos como se muestra el triunfo último y personal de

Meursault sobre el fiscal y sobre todo el proceso:

“Al final solo recuerdo solamente que, desde la calle y a través de las salas y de los

estrados, mientras el abogado seguía hablando, oí sonar la corneta de un vendedor de

helados. Fui asaltado por los recuerdos de una vida que ya no me pertenecía más,

pero en la que había encontrado la más pobres y las más firmes de mis alegrías: los

olores del verano, el barrio que amaba, cierto cielo de la tarde, la risa y los vestidos de

María. Me subió entonces a la garganta toda la inutilidad de lo que estaba haciendo en

ese lugar, y no tuve sino una urgencia: que terminaran cuanto antes para volver a mi

celda a dormir”.

De una manera abrupta, la más impersonal, M. constata para concluir: “me

cortarán la cabeza en una plaza pública “. Digo bien constata ya que no se trata de

una comunicación: M. está, ahora, solo con él mismo, no hay público, ni testigos, ni

perseguidores, ni defensores, ni cómplices. Solo en este estado de soledad total y

absoluta comenzará su introspección ó más bien, a entregarse al equivalente de esa

actividad psíquica respecto de su propia vida.

En la última parte del libro, devenimos testigos impersonales, no implicados, a los

que no se les pide nada, de esta nueva experiencia psíquica de M. que intenta pasar de

la inocencia de la realidad corporal a la toma de conciencia necesaria para devenir un

espíritu, una persona humana.

M. se centra ahora en un detalle concreto: “lo que me interesa, en este momento,

es escapar del engranaje, saber si lo inevitable puede tener salida”. Deliberadamente

subrayé es porque con una sutilidad infinita Camus cambia aquí la ubicación del

tiempo. A partir de este momento M. está en su presente con una conciencia

lúcida de sí. Hasta aquí había cierta ambigüedad en el relato de M. entre lo que

sucedía y lo que contaba. Ahora lo que sucede, sucede en el espíritu del narrador.

La primera función que adquiere M., al despertar el espíritu, es la de liberar su

capacidad de recordar:

“Recordé en esos momentos una historia que mamá me contaba a propósito de mi

padre. Yo no lo había conocido. Todo lo que sabía de concreto sobre ese hombre, era

quizá lo que me decía mamá. Había ido a ver ejecutar un asesino. Se sentía enfermo

con la simple idea de ir. Sin embargo fue, y al regreso había estado vomitando parte

de la mañana. Mi padre me producía un poco de repugnancia entonces. Ahora

comprendo que era tan natural. ¡Cómo no advertí que nada es más importante que

una ejecución capital y que, en cierto sentido, era aún la única cosa interesante para

un hombre! Si alguna vez saliera de esta cárcel, iría a ver todas las ejecuciones

capitales”.

Inmediatamente después, Camus introduce un elemento inesperado en la imagen

compleja que nos da de M.. Hasta aquí, nos encontramos y aprendimos a conocer a M.

como una entidad fenomenológica cuya actividad mental simplemente registraba, bajo

la forma de un relato verbal, las sensaciones y las experiencias físicas. Camus, le

confiere una nueva identidad, una identidad psicológica. M. se pregunta cómo se

puede escapar a la trampera (“souriciere”) que es la guillotina y sueña.

“Pero, naturalmente, no siempre se puede ser razonable. Otras veces, por

ejemplo, hacía proyectos de ley. Reformaba las penas. Me había dado cuenta que lo

esencial era dar una posibilidad al condenado. Una sola sobre mil bastaba para arreglar

muchas cosas. Y me parecía que podía encontrarse una combinación química cuya

absorción matara al paciente (el paciente, pensaba yo) nueve veces sobre diez”.

Sin ninguna duda, Camus quiere que el lector note y registre la nueva identidad de

M. no como prisionero sino como paciente. El prisionero puede ser inocente; el

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elección, por su voluntad. El prisionero puede ser la víctima inocente de leyes

impersonales y de prejuicios, por lo cual puede quedar indiferente, como M. lo ha sido

hasta aquí. Pero un paciente sufre por lo que le pasa y no puede quedar ajeno a eso.

Camus gira brutalmente su relato y lo deja en ese estado. No lo explicita cuando se

refiere a la subjetividad de M. En efecto, M. acepta su nuevo estado, el de “paciente”,

pensando en los preparativos de la ejecución.

“En suma el condenado era obligado a colaborar moralmente. Por su propio interés

todo debía marchar sin tropiezos”. Él se reasegura a sí mismo en cuanto a su ausencia

de introspección. “Nunca tuve verdadera imaginación”. Y vuelve a consolarse: “mamá

decía a menudo que nunca se es completamente desgraciado”. Luego él intenta

sostenerse pensando en Marie, pero nada de esto actúa en el nivel psíquico:

“Por primera vez, después de mucho tiempo pensé en María. Hacía muchos días

que no me escribía. Esa tarde reflexioné y me dije que quizá se habría cansado de ser

la amante de un condenado a muerte. También se me ocurrió la idea de que quizás

estuviese enferma o muerta. Estaba dentro del orden de las cosas. ¿Cómo habría

podido saberlo yo puesto que fuera de nuestros cuerpos, ahora separados, nada nos

ligaba ni nos recordaba el uno al otro? Por otras parte, a partir de ese momento, el

recuerdo de María me hubiera sido indiferente. Muerta, no me interesaba más. Me

parecía cosa normal, tal como comprendía que la gente me olvidara después de mi

muerte. No tenía nada más que hacer conmigo. Ni siquiera podía decir que fuera duro

pensar así. En el fondo no existe idea a la que uno no concluya por acostumbrarse”.

En este momento, Camus introduce, sin embargo, otra dimensión. El corolario del

hombre psicológico (el paciente) es el ser espiritual.

Hace participar al capellán:

“En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero

estremecimiento. Él lo notó y me dijo que no tuviera miedo”.

Es la única concesión a la ética cristiana que Camus hace en este libro. Nos hemos

ocupado de la presentación más aguda del desconocimiento. El capellán habla de

desesperanza y de culpabilidad mientras que, en su situación, M. solo puede

experimentar e identificar el miedo. Toda la estructura psíquica de M. termina por

derrumbarse.

“Entonces, no sé porque, algo se rompió dentro de mí. Me puse a gritar a voz en

cuello y lo insulté y le dije que no rogara y que más le valía arder que desaparecer. Lo

había tomado por el cuello de la sotana. Vaciaba sobre él todo el fondo de mi corazón

con impulsos en que se mezclaban el gozo y la cólera. Parecía estar tan seguro. ¿No es

cierto? Sin embargo, ninguna de sus certezas valía lo que el cabello de mujer. Ni

siquiera estaba seguro de estar vivo, puesto que vivía como un muerto. Me parecía

tener las manos vacías. Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él,

seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Si, no tenía más que esto. Pero,

por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido

razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón.”

Después de esta “explosión” de cólera, M. se duerme para despertarse con la

certeza que la muerte es la libertad.

“Por primera vez después de mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que

comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un “novio”, por qué había jugado

a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se

extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá

debía sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tiene derecho a

llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda

cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche

cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia

del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que

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había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me

sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos

espectadores y que me reciban con gritos de odio”.

Así M. elude a la vez lo psíquico y lo espiritual para aceptar la muerte en tanto

libertad y la necesidad de experimentar el odio de aquellos que ignoró en el curso de

su existencia. Volvió a su ser corporal en tanto realidad última: aquí, en la experiencia,

la vida y la muerte son sensibles en tanto equivalentes. A esta paradoja M. fue

conducido por sus cuatro despertares. Constituye, a la vez, su afirmación triunfante de

la vida y su negación de la inteligencia y la espiritualidad. Para M. la vida no es más

que una realidad sensible y la muerte una realización absurda y concreta. Mediante la

afirmación de su muerte en la guillotina, M. transforma el asesinato, mediante la

justicia social, en un suicidio realizado por una elección: el suicidio deviene, entonces,

condición de la conciencia. En este contexto, suicidio y sinceridad son una sola y

misma cosa para la experiencia humana.

El extranjero fue publicado en 1942 pero, en los Carnets, de mayo de 1940,

Camus indica: “El Extranjero está terminado”. Pocos libros llamaron tanto la atención y

suscitaron apreciaciones tan diversas. Si esta corta novela límpida y brusca tiene tal

fuerza de impacto, puede ser porque el personaje de Meursault, realizado por Camus

con gran economía de medios, resume la crisis esencial de la sensibilidad en las

culturas europeas de la mitad del siglo, a saber, la muerte del humanismo. En una

visión casi profética, Camus creó un personaje que se constituiría en el arquetipo de la

generación de aquellos que viven el momento presente, la generación de postguerra:

los hippies, los beautiful people y la locura de aquellos que decidieron escapar a la

tradición para encerrarse en su subjetividad y en su corporeidad inmediata, negando

con todas sus fuerzas los valores intelectuales y morales. Todo esto es lo que se

reflexiona en la sensibilidad transparente y fragmentada de M. En las literaturas

europeas es el primer personaje cuya conciencia de sí no alcanza jamás la intensidad,

la comprensión o la continuidad de una verdadera introspección. Sus actividades

mentales se realizan en un bajo nivel de conciencia, en los límites de la “fisicalidad”

pura. Los cuatros despertares de Meursault indican simplemente la existencia, en él,

de una posibilidad humana que nunca llega a ser una conciencia afectiva profunda de

sí y de los otros. Es por esto que los cuatros despertares de M. son simbólicamente tan

vanos como los cuatros tiros sobre el Árabe, muerto desde el primero.

La creación literaria de Camus tiene una cualidad singular, que Meursault nos es

presentado sin otro contexto o escala de valores que él mismo. En los Carnets, justo

después del comienzo de la guerra, Camus anota:

“Regla: buscar primero aquello que hay de valorable en cada hombre”.

Lo que hay de valorable en M. es la negación de espíritu, del tiempo, de la

continuidad y de la afectividad. No es que él esté en contra de todo, simplemente

ignora la mutualidad. Y, a lo largo del discurso, su experiencia no conoce de

crecimiento. Va al encuentro con la muerte con el mismo fervor, la misma exaltación

bidimensional que mostró en los acontecimientos de su vida cotidiana. La

bidimensionalidad de M. está hecha de corporeidad personal y de espacio exterior. Es

la interacción de estos dos factores lo que constituye la verdadera experiencia que

tiene de sí mismo y de la realidad. Hablar de suerte no significa querer despreciar su

experiencia de vida. Es este elemento que vuelve a M. paradojal en el contexto de las

culturas industriales sofisticadas de la Europa cristiana. No hay que olvidar que para

Camus, a nivel de su creación, M. es un hombre feliz y justo. Por esto pude decir que

pertenecía al Camus del periodo pre-Sisifo, al Camus de Argelia.

La descripción, la más evocadora, que el escritor nos ha dado, del mundo y del clima

humano de donde sacó el personaje de Meursault se la encuentra, quizas, en Bodas

del cual citaré un pasaje significativo:

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“Pero en fin, lo que me niega en esta vida es lo que primero me mata. Todo lo que

exalta la vida exalta al mismo tiempo su absurdidad. En el verano argelino, aprendo

que solo una cosa es más trágica que el sufrimiento: la vida de un hombre feliz. Pero

puede ser también el camino hacia una vida más grande, ya que lleva a no hacer

trampas.

Muchos, en efecto, afectan el amor de vivir para eludir el amor mismo. Se ensaya

gozar y “hacer experiencias”. Pero es una opinión del espíritu. Se necesita una rara

vocación para ser un gozador. La vida de un hombre se cumple sin la ayuda de su

espíritu, con sus retrocesos y sus avances, con su soledad y sus preferencias

simultáneas. Viendo estos hombres de Belcourt, que trabajan, defienden sus mujeres y

sus hijos y a menudo sin un reproche, creo que puede sentirse una secreta vergüenza.

Sin duda, no me hago ilusiones. No hay mucho amor en las vidas de las que hablo.

Debería decir que ya no hay mucho. Pero al menos, no han eludido nada. Hay palabras

que jamás entendí bien, como la de pecado. No obstante, creo saber que estos

hombres no han pecado contra la vida, pues si hay un pecado contra la vida no es el

de desesperar de ella como esperar otra vida y esquivarse a la implacable grandeza de

ésta. Estos hombres no han hecho trampas. Dioses estivales, lo fueron a los veinte

años por su ardor de vivir y lo son todavía, privados de toda esperanza. He visto morir

a dos ellos. Estaban llenos de horror, pero silenciosos. Mas vale así. De la Caja de

Pandora, donde bullían los males de la humanidad, los griegos hicieron salir en último

término la esperanza, como la más terrible de todas. No conozco símbolo más

conmovedor. Pues la esperanza, contra lo que se cree, equivale a la resignación. Y

vivir no es resignarse.” “El verano en Argel” (1936/7)

Es a partir de un ambiente físico con bellos veranos y personas felices que Camus

ha creado la sensibilidad de M., una sensibilidad que acepta la autenticidad exaltada de

la experiencia corporal y la vuelve, omnipresente, excluyendo al espíritu con toda su

maquinaria de duplicidades complicadas. El cuerpo no trampea jamás: tal es la fe

fundamental de Meursault.

La paradoja que Camus nos propone en El extranjero es la siguiente: la

autenticidad de lo corporal que niega, cada vez, la del espíritu y la cultura y que,

paradojalmente también, torna sinónimos la elección de una vida feliz y la de muerte.

En otros términos, el suicidio deviene la condición de la conciencia.

Es así que, en El extranjero, el joven argelino Camus nos presentaba su primer

esquema serio de la existencia humana. Unos 16 años más tarde, europeizado, nos

daba su versión desencantada del carácter asesino de la omnipresencia del espíritu

opuesto a lo corporal en su última novela. La caída, publicada en 1956, 4 años antes

de su propia muerte absurda en un accidente de auto.

M. Masud R. Khan

Traducción María de los Angeles García.

(12)

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