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La comunicación no verbal o el lenguaje silencioso

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Academic year: 2021

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Carmela González

 

La comunicación no verbal o el

lenguaje silencioso

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a comunicación no verbal o el lenguaje silencioso

Hay miles de definiciones al respecto, más o menos técnicas, más o menos científicas. Cuando hablamos de la comunicación no verbal, a priori, pensamos en el lenguaje corporal, lenguaje de signos etc. Pero la comunicación no verbal es mucho más que todo eso. Podríamos perdernos en las partes de que se distinguen del lenguaje no verbal, en los porcentajes en el que se divide un mensaje. Hablamos del famoso modelo, según Mehrabian, 55, 38 y 7 (el cincuenta y cinco por ciento del significado de cualquier mensaje proviene del lenguaje corporal visual-gestos, postura, expresión facial-, el treinta y ocho por ciento del significado deriva del elemento no verbal del discurso –vocal-; en otras palabras, el modo en que se dicen las palabras: tono, velocidad e inflexión y el siete por ciento del significado proviene de las palabras en concreto –contenido.) Y así podríamos extendernos durante una biblioteca de folios explicando teorías y experiencias. Pero en algo sí estamos de acuerdo. El lenguaje no verbal es propio del ser humano y nace instintivamente con él, y además nos debe de distinguir del reino animal de manera contundente. Otra cosa es desarrollar técnicas para poder, incluso enfatizar, posturas, ensalzar posiciones o incluso atemorizar. Pero esto no es el caso. Después de

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haber leído algo sobre el tema, llegué a la conclusión de que hablamos mucho teóricamente de todo, pero no nos paramos en lo sencillo y cotidiano; en los signos aparentemente insignificantes, pero primordiales en nuestras relaciones diarias con nuestros semejantes, nuestro entorno más próximo. No he necesitado leerme enciclopedias, para saber que una caricia, una mirada o simplemente una sonrisa, abren puertas, calma llantos o simplemente provocan risas. Utilizamos tan poco la ternura y la delicadeza en el trato. La elegancia en los gestos. Nos hemos olvidado que un apretón de manos sellaba pactos y acuerdos y, que además, a nadie se le ocurría romper. Nos pasamos mucho tiempo en escribir leyes y acuerdos, pero que al final, bajo el amparo de la interpretación de la misma, según la persona que la lea, no se llevan a cabo o incluso se mal interpretan. Una caricia en un momento puntual de desazón acaba siendo el mejor bálsamo para cualquier persona. Un abrazo el calmante perfecto para una desesperación de un niño que le acaban de robar el balón en el parque. En los hospitales, y especialmente allí, se debería incluir en el recetario una buena dosis de besos y abrazos, a mi modo de entender, como base de la terapia farmacológica. Hay una frase que se me viene a la cabeza de Gilbert Keith Chesterton (Escritor británico)

Hay un camino del

ojo al corazón que no pasa por el intelecto

, que resume de alguna manera lo que pretendo decir. A veces cuando me comenta alguna persona el trato que han

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recibido por parte de algún “profesional”, no puedo más que sentir pena, no por la persona en sí, que con su sabiduría natural es capaz de analizar y de contar la situación, sino por el “profesional” que no conoce su papel y que se limita a cumplir con el horario que le ha tocado en “sorteo”. Por otro lado, siento un profundo respecto por aquellos que asumen su papel de manera humana e humanitaria, y no solo se limitan a pasar por el turno, sino que sabe lo que se traen entre manos y cuidan con esmero cada detalle. Son los que complementan sus funciones, llegando a una simbiosis entre lo puramente profesional (intelecto) y lo humano (corazón)... para ellos mi agradecimiento. Hemos perdido la parte, por otro lado fundamental, de ese lenguaje no verbal cargado de dosis de sensibilidad que no sensiblería. Esta pérdida hace que actuemos de manera mecánica y sin la parte emocional, de manera que invertimos los porcentajes del modelo arriba descrito. Hablamos como verdaderos robots, como seres inertes y carentes de emociones. La gente ya no se saluda por la calle, ni se conocen en el mismo edificio, en el ambiente laboral nos revelamos como seres extraños, y lo peor en nuestro propio hogar, a veces parecemos que cada uno aterrizamos de galaxias diferentes. Lo de pedir sal a la vecina, se ciñe, cada vez más, a una escena bucólica en alguna película como referente costumbrista, como algo que pertenece a otro siglo. Pero sin embargo, tenemos a nuestra disposición cursos y cursillos que nos hacen mejorar y estimular esa

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comunicación no verbal, para optimizar una entrevista de trabajo, dicen que para rentabilizar nuestro puesto de mando, etc.

Y yo me pregunto: ¿no debería ser la comunicación no verbal algo natural? Nos tocamos muy poco. Rehusamos de acariciarnos, de transmitir calor o frio. El contacto cada vez es menor. Hay algo que nos lo impide. Incluso el entorno social no se propicia a este tipo de gestos. Tampoco es necesario pasarse al otro extremo, fundando una ONG, cuyo objetivo es ir dando abrazos a todo el mundo que se nos cruza por el camino. Como anécdota, no está nada mal, sobre todo para despertar curiosidad por el tema. Tenemos un terreno extenso en nuestro entorno más próximo. Aprendamos a rentabilizar esta comunicación no verbal, no solo con fines de éxito laboral, sino simplemente para mostrar nuestro afecto y hacer sentir que a la persona que tenemos cerca, que son importantes para nosotros y que ocupa un lugar interesante en nuestra vida. No nos olvidemos de sonreír y de la mirada tranquilizadora. También estos elementos deberían hacerse imprescindibles en nuestras prisas diarias. Recordemos esto: ¡el lenguaje corporal habla más alto que las palabras! Pero tampoco descuidemos el lenguaje verbal. Utilicemos la inteligencia para construir una balanza equilibrada entre un lenguaje verbal y no verbal. Intentemos enviar siempre señales corporales positivas, y no nos centremos tanto en el

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análisis exhaustivo del lenguaje no verbal, que hace que a veces no seamos tan naturales en nuestras expresiones. No tengamos reparo en acariciar la cabeza de un niño, o las manos marcadas por tiempo de un anciano. No escatimemos una mirada tranquilizadora a alguien angustiado. Intentemos transmitir tranquilidad y armonía. Al final lo que transmitimos es lo que somos.

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