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25 - Marco Simon - Los Celtas

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IBLiOnCA HISTORIA 16

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Los

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eltas

Francisco Marco Simón

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FRACNISCO MARCO SIMON

Profesor Titular de Historia A nti­ gua en la Universidad de Zargoza. Su actividad investigadora se ha venido centrando especialmente en el estudio de la religión y mentalidad en el mun­ do antiguo, así como en el análisis de las pervivencias indígenas y los contac­ tos culturales en la Hispania romana. Ha llevado a cabo estancias en institu­ ciones extranjeras como la Fondation Hardt de Ginebra o la Kommision für Alte Geschichte und Epi- graphik (D .A .I.) de Munich. Pueden citarse, entre sus obras:

Las estelas decoradas de tradición indígena en los conventos Ce- saraugustano y Cluniense, Zaragoza, 1978; Illud Tempus. Mito y cosmogonía en el mundo antiguo, Zaragoza, 1988; Atlas de His­ toria Antigua, Zaragoza, 1988 (con F. Beltrán); «La mentalidad

funeraria en el Norte de la Península Ibérica en época romana», en Asimilación y resistencia a la romanización en el Norte de His­

pania, Vitoria, 1985; «La religión de los celtíberos», I Sympo- sion sobre los Celtíberos, Zaragoza, 1987.

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PARTE I INTRODUCCION

D e todos los pueblos bárbaros con los que los griegos y los ro­ manos entraron en contacto en Europa, los celtas son induda­ blem ente los más importantes, hasta el punto de que los textos más antiguos identifican la Céltica con la Europa al norte de los Alpes. Ya Eforo, el historiador griego del siglo IV , los señalaba como uno de los cuatro grandes pueblos que, para los griegos de su tiempo, representaba la alteridad —pues en este sentido hay que entender el concepto helénico de barbarie— ; los otros m en­ cionados son los escitas, los persas y los libios. El texto de Eforo tiene el interés de manifestar una visión totalizadora del mundo, con el elemento nuclear de la civilización helénica y los cuatro pueblos bárbaros ubicados periféricamente en cada uno de los cuatro puntos cardinales. De forma que los celtas definen la pe­

riferia occidental, mientras que los otros tres pueblos aludidos se

relacionan, respectivamente, con el septentrión, el oriente y el sur. Es decir, que en tiempos de Eforo —y probablemente ya an­ tes, con H eródoto— el Occidente vendría representado por los celtas.

De ellos decía Diodoro de Sicilia, el conocido historiador griego del siglo I a.C.: Estos son los que tomaron Roma, los que

saquearon el templo de Belfos e impusieron tributo a gran parte de Europa y a no poca de Asia y se asentaron en tierras que ha­ bían conquistado por la guerra, los que se llamaron helenogála- tas po r la mezcla con los griegos y los que, en fin, destruyeron muchos ejércitos romanos (v. 32). La cita de Diodoro es ilustra­

tiva del temor que los celtas infundieron a los habitantes del m un­ do urbano m editerráneo tras su penetración, en la segunda mi­ tad del prim er milenio a.C ., en sus dos centros nucleares: las pe­ nínsulas itálica y helénica. Pero las fuentes literarias clásicas no sólo manifiestan tem or o desprecio hacia los celtas; también in­ terés y, en ocasiones, fascinación sorprendida hacia algunas de

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las costumbres de los bárbaros por antonomasia hasta los tiem ­ pos de la conquista romana.

Al contrario que otros pueblos de la Antigüedad, los celtas no construyeron una gran civilización material visible en la per­ manencia de grandes restos estructurales; su sociedad, no nu- cleada e iletrada en sus caracteres básicos, produjo una cultura a la que no es posible acceder por una vía directa muchas veces. Y, sin embargo, a diferencia de lo que sucede con otras civiliza­ ciones antiguas, la céltica ha sobrevivido en Europa, contribu­ yendo de forma decisiva a su definición cultural. Los celtas crea­ ron la legislación y la literatura más antiguas del continente —ex­ cepción hecha de Grecia y Roma— , su lengua se sigue hablando en zonas muy concretas de Irlanda, Gales, Escocia o la Bretaña francesa, espacios en los que —como en Cornualles o en la isla de Man— la huella de sus costumbres ha persistido con fuerza ciertam ente decreciente, a pesar del renacimiento del interés por su cultura producido en los últimos años. En la actualidad, se es­ tima que unos dos millones y medio de personas hablan algún dialecto céltico como lengua m aterna, no sólo en la periferia oc­ cidental de Europa en la que se ubican los ámbitos menciona­ dos, sino en una geografía tan distante como la patagónica, ob­ jeto de una colonización cuya vigencia ha intentado plasmar re­ cientemente Bruce Chatwin en uno de sus libros.

Estos bárbaros clásicos se encuentran, pues, en los orígenes de nuestra civilización, y el interés por su conocimiento científi­ co se remonta al Siglo de las Luces. La publicación entre 1760 y 1763 por James Maepherson de los poemas de Ossian, el bar­

do céltico olvidado, tuvo una repercusión más que notable entre

los medios cultivados y, pese a que se tratara de una falsifica­ ción, abrió la vía a una nueva ciencia, la celtología, que cabe con- sidci ar iniciada en 1853 con la publicación de la Grammatica Cel­

ina de '/,euss en Munich. La sucesiva y creciente aportación de

l.i ,ii(|ui-olo;',ia torilrihuyó a enriquecer el conocimiento sobre la

11\ ili/ai mu de los celtas, que impulsó decisivamente el desarro- 11n '.nu.il v iTonomico de la Europa extramediterránea. Los ta-

11*1*“' * chicos devinieron el teatro de una de las revoluciones tec- ii*>1*if iras mas importantes de la historia europea (a su mundo se *1*•('*• l.i aplicación del arado con vertedera o de una máquina se­

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gadora representada en algún relieve galo-romano), de ellos sa­ lieron algunos de los tesoros más importantes de la E uropa an­ tigua, y la expansión de los galos estuvo a punto de conseguir, en alguna m edida, la primera plasmación de una unidad cultural continental hecha imposible por la conquista de Rom a y el mo­ vimiento de otros pueblos, como los germanos o los dacios, a lo que siguió una inevitable decadencia. Pero los umbrales del M e­ dievo asisten a una nueva contribución de elementos culturales célticos: el cristianismo de Irlanda marca profundam ente a la E u­ ropa occidental y central, y la belleza profunda y misteriosa de las leyendas célticas penetra en la literatura medieval a través de la figura de A rturo, redescubierta por Geoffrey de M onmouth, o de textos como El viaje de San Brandán —otra figura del siglo

VI— , que, en su calidad de aventura iniciática a la búsqueda Sel

paraíso, se convirtió en uno de los Volksbücher célticos por antonomasia.

Con el renacimiento céltico en el siglo X IX surgió una nueva

consciencia de la celticidad y una determinación de valorar y sal­ vaguardar su legado (el festival galés de Eisteddfod data de esc período). Algunos estudiosos, con una actitud mental crítica e in­ genua, atribuían a los celtas antiguos un bagaje infinito de sabi­ duría y arte, fuera por su genialidad o —de manera implícita— por su particular proximidad a aquel insuperable prototipo hu­ mano que fue el homo indoeuropaeus. Autores como Jullian es­ cribían hacia 1920 que entre todos los hombres del pasado, el galo era todavía el que menos difería del gran abuelo, antepasa­ do y fundador de las almas soberanas de la humanidad. En ac­ titudes de este tipo conviven, como bien ha subrayado Campa- nile, un racismo encubierto y un espíritu nacionalista que ha ser­ vido de fundamento de muchos movimientos revivalistas á la re-

cherche de una identidad perdida. Proceso de mitificación del p a­

sado que puede acabar con su distanciamiento del presente en su doble aspecto de realidad histórica y de conocimiento cien­ tífico.

Una visita durante el solsticio de verano al conjunto megalí- tico de Stonehenge, en el sur de Inglaterra, puede dar la ocasión de comprobarlo. A la indagación sobre el carácter de las cere­ monias de una no muy clara significación realizadas por un gru­

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po de personas envueltas en ropajes blancos, se contestará que se trata de rituales druídicos. En la actualidad, existen quizá m e­ dio millón de personas dispersas por el mundo (fundamentalmen­ te en las islas Británicas, Norteamérica o Australia) que pre­ tenden ser druidas y que pertenecen a cofradías druídicas. El famoso poeta William Blake formaba parte de una de ellas, y en una de ellas fue iniciado Winston Churchill en 1908. Esa difu­ sión mistificada del druidismo ha sido posible gracias al descu­ brimiento y a la idealización romántica de aspectos diversos de la cultura de los antiguos celtas, llevados a cabo en los ámbitos europeos en los que más m arcada ha sido su persistencia. En 1723 un joven llamado William Stukeley publicaba un libro lla­ mado Historia de los templos de los antiguos celtas. De ahí arran­ ca una corriente que ha abocado a lo que —siguiendo a Piggot— podríamos llamar el druida deseado, como contraposición al drui­ da real. Y, aunque no nos interesa el druida imaginado por esas sociedades iniciáticas contemporáneas estudiadas recientemente por Michel Raoult, no cabe duda de que estos hechos son ilus­ trativos del placer con que se han conocido —y malinterpreta- do— aspectos diversos de la cultura de la Céltica antigua (placer manifestado, en otro nivel, por las más divertidas historias de As- térix y Panorámix en el cómic de Goscinny y Uderzo); una Cél­ tica cuyo espíritu ha seguido alentando páginas de escritores como Yeats, Dunsanny o Dylan Thomas.

Fue indudablemente la posición central de los celtas en E u­ ropa un factor muy im portante a tener en cuenta a la hora de explicar su protagonismo clave en el diálogo con el otro por par­ te de la civilización greco-latina. Fue esa posición la que les per­ mitió controlar el comercio de largo alcance entre el núcleo m e­ diterráneo y la periferia media o extrema del norte y occidente del Continente, de lo que se siguieron resultados de enorme al­ cance para su futuro histórico y su propia definición cultural.

¿Quiénes eran los celtas, cuáles sus rasgos definitorios? Las fuentes han destacado tradícionalmente su gustq por el riesgo y la aventura, y autores como Renán han caracterizado el concep­ to corriente de lo celta desde el siglo XVIII: capacidad de reac­

ción e inconformismo, imaginación llevada a lo fantástico, afi­ ción a lo sobrenatural, tendencia al sueño y a la metamorfosis,

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predilección por lo vago, indeciso, huidizo, por las formas vaga­ rosas engendradas por las brumas y los cielos neblinosos de la Europa del Norte, las orillas húmedas de las islas, los lagos y los m ares...

Se asume generalmente que podemos identificarlos con la cul­ tura de la Téne desarrollada a partir del 500 a.C. Pero ¿qué de­ bemos entender por celtas? El término céltico no tiene un senti­ do unívoco, sino que connota cosas distintas. Señalemos algu­ nas. En primer lugar, se refiere a las gentes designadas con tal nombre por griegos y romanos, o a quienes se nombraban de tal forma a sí mismos. Desde el punto de vista lingüístico afecta, como hemos visto, a un grupo perteneciente a la familia indoeu­ ropea. Por otro lado, se refiere a un complejo arqueológico de la Europa centro-occidental que abarca una serie de culturas de­ finidas. En cuarto lugar, se aplica tam bién a un estilo artístico, o incluso a un tem peram ento bélico e independiente que los au­ tores griegos y latinos supieron observar perfectamente. Tam ­ bién se usa para aludir al arte elaborado en Irlanda en el primer milenio de la E ra, en el sentido en que puede hablarse, por ejem ­ plo, de iglesia céltica. Por último, se relaciona con una serie de rasgos o cualidades que han persistido en algunas zonas de Eu­ ropa, y que constituyen el legado céltico. Centrémonos en algu­ no de estos puntos con el objeto de precisar el origen y los ca­ racteres de lo céltico.

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Capítulo 1

LAS FUENTES DE INFORMACION

L a idea que puede en la actualidad darse de los habitantes de la antigua Céltica viene posibilitada por diversos tipos de infor­ mación. Además de las fuentes literarias de los autores clásicos greco-latinos y de la arqueología (y de esas otras fuentes tan sig­ nificativas que aparecen en el transcurso de las excavaciones: los epígrafes o la iconografía sobre soportes diversos, las monedas), las evidencias aportadas por la lingüística y por los textos irlan­ deses constituyen un caudal de datos de valor inestimable en al­ gunos aspectos. Detengámonos un poco en el análisis de los ca­ racteres de cada uno de estos tipos de información.

En lo que toca a las fuentes literarias, los problemas afectan a la propia naturaleza de las mismas, así como a su transmisión. No hay que esperar que los autores antiguos trataran de incluir en sus obras una visión sistemática sobre los caracteres de las so­ ciedades célticas. Buena parte de las informaciones tienen un ca­ rácter muy concreto, y entre las obras perdidas se cuentan algu­ nas tan importantes como los datos de Posidonio. Nada hay, por lo tanto, que pueda compararse al excurso etnográfico que lleva a cabo César en el capítulo VI de La Guerra de las Galias. Otros problemas, lo vamos a ver en seguida, surgen del deficiente co­ nocimiento geográfico de los autores o sus fuentes de informa­ ción. Y un tercer tipo de dificultad es la inherente a las propias convenciones literarias o filosóficas de nuestros informadores grecolatinos. Por poner un ejemplo general, la historiografía m a­ nifiesta una doble corriente, con unos autores que idealizan a los celtas y otros que presentan un retrato de tintes realistas y, mu­ chas veces, sombríos, acentuando la primitiva barbarie de los ha­ bitantes de la periferia. Falta la concepción de cambios diacró- nicos en las sociedades observadas, con informaciones reducidas

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a topoi, lugares comunes aplicados de m anera indiferente a unos u otros pueblos bárbaros. A ello se podría añadir la atracción que los geógrafos o escritores tenían por lo insólito o maravillo­ so en detrimento de las descripciones sistemáticas... Pero de todo lo expresado no puede inferirse más que la precaución a la hora de dar una total credibilidad a lo que se lee sobre los celtas; al fin y al cabo, toda la antropología greco-latina está caracteriza­ da por ese dualismo entre nuestra cultura y su barbarie. Pero, con todas las precauciones apuntadas, las fuentes literarias son esenciales y atendibles, a menos que evidencias arqueológicas o de otro tipo las contradigan, lo que no ocurre fácilmente.

Ya se ha dicho que Eforo señalaba en el siglo IV a.C. a los

celtas como uno de los cuatro pueblos bárbaros por antonom a­ sia (junto a los escitas, los persas y los libios), definiendo, pre­ cisamente, la periferia occidental del mundo mediterráneo.

Estas noticias son buena prueba de la personalidad e impor­ tancia que los celtas tienen para los escritores de la civilización griega en una época relativamente tem prana. Es anterior, con todo, la prim era mención literaria a ellos dedicada. Está conte­ nida en un antiguo poema de hacia el 600 a.C ., la Ora Marítima que conocemos gracias a un autor latino del siglo IV d.C. llama­ do Rufo Festo Avieno. Según esta información, los celtas ha­ brían desalojado de las costas atlánticas de Europa a los ligures, forzados a emigrar hacia el sur (España, costas mediterráneas — la Liguria histórica— y Cerdeña). A fines del siglo V I, Heca-

teo de Mileto situaba a los celtas en la proximidad de los ligures —en cuyo ámbito los foceos crearon la colonia de Marsella— , atribuyéndoles las ciudades de Narbona y Nyrax (quizá Noreia, en la Estiria austríaca). El texto de Hecateo señalando la Kelti-

ké en el hinterland masaliota es importante por su carácter de

prim era mano, ya que él mismo debió estar en Marsella. Dos ge­ neraciones más tarde H eródoto, el famoso historiador del si­ glo V , señala por su parte que el río Istro (Danubio) nacía en el

territorio de los celtas, junto a la ciudad de Pirene (en lugar de junto al monte del mismo nombre, como señala más razonable­ mente Aristóteles, que lo sitúa al Oeste, en la Céltica): el dato es ilustrativo de la deficiencia en los conocimientos geográficos del autor y en las informaciones de segunda mano sobre estas

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gentes. Por otro lado ubica a los celtas más allá de las Columnas de Hércules, en la posición más occidental de Europa confinan­ do con los cinesios del Algarve portugués (precisamente en esta zona del suroeste de la Península se conservó hasta época rom a­ na la única denominación étnica general de los celtas aplicada a un pueblo concreto, los Cetüci).

Jenofonte fue el primer autor que señaló la presencia de los celtas como mercenarios de los griegos, en concreto de Dionisio de Siracusa en 369-368 a.C. O tra fuente de importancia es el lla­ mado Periplo de Scílax, relación de una navegación efectuada en el siglo IV a.C ., en la que se indica cómo los celtas habían ocu­

pado el fondo del M ar Adriático. Eratóstenes señala por su par­ te, en la siguiente centuria, que los celtas ocupaban la Europa occidental y transalpina, y Apolonio de Rodas los nom bra en la misma época en relación con la ruta del Ródano en su poema sobre los Argonautas. H abrá que llegar, con todo, a Polibio de Megalopolis para contar en el siglo II a.C. con la primera infor­

mación sustancial sobre los celtas, a quienes describe instalados en el norte de Italia y morando en centros carentes de murallas: encontramos aquí una oposición fundamental entre la piedra y la m adera como elementos constructivos de las culturas desarro­ lladas de Asia y la Hélade y de la periferia occidental bárbara, respectivamente. Es fundamental, asimismo, el testimonio de Posidonio de Apam ea, en realidad el auténtico descubridor de esa Céltica que él mismo visitó a principios del siglo I a.C. en la parte correspondiente a la Galia. A unque se perdió la etnogra­ fía contenida en el libro XXIII de sus Historias, algunos de sus datos afloran, afortunadam ente, en escritos de Estrabón y Dio- doro de Sicilia, dos autores de época augústea. Las informacio­ nes latinas que se conservan deben lo esencial a Julio César, quien, en sus comentarios a la G uerra de las Galias que posibi­ litó la incorporación de éstas al Imperio Romano entre 58 y 51 a.C ., nos ha dejado informaciones etnográficas de grandísi­ ma importancia. Son importantes, asimismo, los datos de Tito Li- vio sobre las invasiones célticas en Italia y los de Trogo Pompe- yo. Este historiador, el primero de origen galo, describe no sólo los movimientos célticos en la Cisalpina, sino también los que afectaron a la península balcánica y al Asia Menor. Por último,

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Tácito informa en su Germania, escrita a fines del siglo I d.C ., de la decadencia de los celtas en Europa central, con indicacio­ nes preciosas que se basaron previsiblemente en una obra per­ dida de Plinio el Viejo (cuya Naturalis Historia contiene, en cual­ quier caso, datos culturales de indudable interés).

Un párrafo del Libro de los Jubileos (8, 25), escrito por un autor hebreo antes de mediados del siglo II a.C. y basado en un anterior Libro de Noé —que, de acuerdo con algún autor, quizá utilizara informaciones geográficas de periplos semíticos muy an­ tiguos— , podría hacer referencia a los celtas con ocasión de las tierras adjudicadas al tercer hijo de Noé: A Jafet le tocó el tercer

lote: más allá del río Tanais hacia el norte de su desembocadura y, yendo hacia el nordeste, toda la región de Gog y toda la región al este. Yendo hacia el norte, se extiende hasta los montes de Qilt y hasta el mar de M auk y llega, por el oriente de Gádir, hasta el lado de las aguas del mar (traducción de la versión etiópica por

F. Corrientes y A. Piñero). Algún estudioso, como García y Be­ llido entre nosotros, ha relacionado el orónimo Qilt (Kelt) con los celtas, identificándolo el macizo de los Alpes. De aceptarse la hipótesis, los celtas serían los habitantes del país de Kelt, es decir, del área alpina donde las fuentes los sitúan ya en época muy tem prana, y la cita del Libro de los Jubileos sería muy im­ portante por su previsible antigüedad y, sobre todo, porque res­ ponde a un contexto semítico, el de las actividades comerciales de los fenicios en la parte occidental del M editerráneo. Recor­ demos cómo las más antiguas fuentes griegas sobre los celtas se relacionan con el ámbito masaliota de la desembocadura del R ó­ dano y la zona de los Alpes, o las repetidas alusiones a un en­ torno montañoso como solar de los celtas, en el que nace el río Istro (Danubio).

Diversas informaciones relacionan a los celtas con el Erkú-

nios drumós, la Hercynia silva (el vasto relieve que se extiende

desde la Selva Negra al macizo del Harz, topónimo que conti­ núa el latino y el de Arkúnia conocido por Aristóteles, donde nace el Danubio; el térm ino deriva de perkus, roble). Es posi­ ble, de acuerdo con lo dicho, que para algunos geógrafos anti­ guos el término céltico sirviera en primer lugar para designar una amplia zona geográfica relacionada con los habitantes de la E u­

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ropa nordoccidental, y algunos autores modernos piensan que es dudoso que algunos de esos pueblos se designaran a sí mismos como celtas en sentido étnico (al menos no hay constancia de que los habitantes de Gran Bretaña o Irlanda lo hicieran).

Según Posidonio (el dato lo transmite Diodoro), los celtas que habitaban la vertiente septentrional de los Pirineos hasta el centro de la actual Francia se llamaban propiamente keltoí, mien­ tras que los situados más al norte, hasta el Océano y el Monte Hercinio, eran conocidos como galos. La veracidad de la noti­ cia, sin embargo, queda cuestionada por Estrabón, para quien la distinción era otra y afectaba a los habitantes de la Galia cél­ tica en sentido estricto, llamados keltaí, mientras que los demás eran keltoí. Tito Livio no habla de celtas sino en el corazón his­ tórico de la Galia, entre el Sena y el G arona, región que llama Céltica (Celticum), y de la que hace arrancar las migraciones en tiempos de Ambigato, rey de los bituriges. Sea como fuere, los autores griegos transcriben el nom bre, recibido de boca de los indígenas, como keltoí, designación étnica de carácter general. A fines del siglo V a.C. grupos de celtas penetraron a través de los pasos alpinos en el norte de Italia: los romanos los llamaron

galli (de donde los nombres de las Galias Transalpina y Cisalpi­

na, esta última regada por el río Po). A principios del siglo III, el historiador Jerónimo de Cardia llamaba gálatai a los invasores de Macedonia y Grecia y a las gentes que se asentaron en Asia M enor, e idéntico vocablo aparece en escritores griegos poste­ riores, como Polibio. Son diversos los autores que reconocen que

galatae y galli eran sinónimos de keltoi y celtae, y César dice que

los galos se daban a sí mismos el nom bre de celtas, lo que pare­ ce concordar con Pausanias, para el que el término celtas ten­ dría una antigüedad mayor que los de galos o gálatas. De estas citas se colige, en suma, que aquél es el vocablo más general, sir­ viendo además para designar a una gran lengua indo-europea de la que el galo no es sino una de sus manifestaciones (como el le- póntico o el hispano-céltico). Las fuentes latinas aplican el término galli para designar a no importa qué pueblo ni en qué parte del dominio céltico, incluida el Asia Menor. Algunos lin­ güistas, historiadores y arqueólogos suelen reservar el término

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del H allstatt, mientras que aplican el de galo a la más reciente de la cultura de La Téne. D e todos modos, y al igual que en el uso de los escritores greco-romanos, no hay una frontera estric­ ta entre lo que es céltico y lo que es galo. Se puede calificar de céltico todo lo que refleja un fondo común más antiguo en la len­ gua o la civilización (religión, tradiciones artesanales, socie­ d ad ...), y no se suele, en cualquier caso, calificar de galos a los pueblos anteriores al 450 a.C.

Se ha sugerido por parte de algún autor que el etnónimo sig­ nificaría el pueblo escondido, arguyendo que su etimología se re­ laciona con la palabra ceilt, «ocultar», con la que se relacionaría el vocablo kilt que alude a la falda corta masculina que consti­ tuye un elemento distintivo en la indumentaria de los escoceses. Esa explicación se relacionaría con la reluctancia proverbial de los druidas hacia la escritura, a que luego se aludirá. En cual­ quier caso, no parece que tal explicación esté muy funda­ m entada.

La épica irlandesa, por otra parte —concretam ente, el Táin

Bó Cuailnge (El robo de las vacas de Cooley)— alude a los ga- liain o galiuin, forma claramente equivalente a la de galos. La

producción literaria irlandesa constituye una segunda fuente li­ teraria de información cuya importancia ha sido subrayada por todos los celtistas, aunque con diferencias de detalle en la con­ sideración de su trascendencia. Las versiones más antiguas son hibernias, del siglo IX , y lo esencial se ha conservado en manus­

critos del siglo XI o comienzos del X II, aunque su redacción pri­

mera parece rem ontar a las centurias VI a V II. Para diversos es­

tudiosos, constituirían una auténtica ventana a la Edad del Hierro (Jackson), y, efectivamente, nos dan una visión de una sociedad arcaica que parece rem ontar en lo nuclear a tiempos protohistó- ricos y que ha sido comparada por algunos estudiosos al mundo homérico de la Ilíada (con la que se relacionarían elementos sus­ tanciales del Ciclo del Ulster). Si bien es cierto que muchos ele­ mentos se adecúan m ejor con el horizonte paleocristiano (por ejem plo, detalles técnicos del arm amento), no hay duda de que los textos irlandeses —y en menor medida los galeses, más tar­ díos— confirman en muchos aspectos, especialmente en el do­ minio de la organización social, las instituciones y la ideología re­

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ligiosa, a otro tipo de fuentes más antiguas, o se ven confirma­ dos por éstas. Frente a la construcción histórica de Jullian, que aislaba a la Galia del resto del mundo céltico, rechazando todo tipo de comparación con las islas Británicas, estudios recientes han demostrado la legitimidad de la comparación entre los datos antiguos sobre los celtas continentales y los contenidos en las fuentes medievales sobre Irlanda, en virtud de la concordancia existente entre conjuntos estructurales enteros. Se trata de una comparación, además, entre dos tipos de evidencias que, en ge­ neral, presentan un carácter distinto: escasez de textos litera­ rios en Galia y de iconografía en Irlanda. De ahí su com- plementariedad.

Las informaciones mencionadas se completan con el enorm e caudal de datos que la arqueología está aportando, lo mismo en la tecnología, el hábitat y la organización socioeconómica que en la ideología y el dominio de la m uerte. Los avances m etodoló­ gicos experimentados en los últimos años han permitido ampliar considerablemente el conocimiento de muchos aspectos de la cul­ tura de los antiguos celtas, y el recurso a los datos de la antro­ pología m ejorar la perspectiva de análisis en el examen de determinados restos (lo que también sucede con diversas fuen­ tes literarias). Todo lo cual trabaja para superar una dificultad sobreañadida: la del carácter perecedero de muchos objetos —en m adera, piel o textiles— característicos de aquellas culturas.

Interés especial tienen los restos lingüísticos, que conocemos gracias a un triple testimonio: el epigráfico de las inscripciones en escritura latina y, en menor medida, griega, ibérica o etrus- ca, que aparecen en los ámbitos célticos más afectados por las influencias culturales mediterráneas (en las que el foco de M ar­ sella jugó un papel determinante). La reciente publicación del corpus de las inscripciones galo-romanas constituye un valioso auxiliar al respecto. Como veremos, sólo una pequeña parte de los epígrafes aparece en lengua céltica, en cualquiera de sus dia­ lectos: ello sucede en las zonas más tempranas e intensamente relacionadas con las culturas desarrolladas del M editerráneo (la Cisalpina, el Midi francés o la Celtiberia hispana). La sociedad céltica se caracterizó por la transmisión oral y, desgraciadamen­ te, no produjo listas de reyes, leyendas mitológicas, elencos de

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teónimos o instrucciones rituales como los que existen en otras sociedades antiguas. La epigrafía —la escritura en general— sur­ gió en la Céltica como resultado del contacto cultural con grie­ gos, etruscos y romanos; debido a ello sólo un pequeño porcen­ taje de la información aparece en lengua indígena, con ejemplos tan sobresalientes como el bronce de Botorrita, en la Celtiberia aragonesa, el calendario de Coligny (Ain, Francia) o la inscrip­ ción de Vercelli, en el norte de Italia. La numismática, con los letreros de las cecas emisoras aludiendo a pueblos y ciudades, constituye el segundo elemento sustancial desde el punto de vis­ ta lingüístico, y a él cabe añadir, en tercer lugar, la toponimia antigua y moderna. La repartición de los nombres célticos en E u­ ropa afecta claramente a las islas Británicas, Francia, la Penín­ sula Ibérica o la Italia septentrional, pero también a la Europa Central y la zona danubiana hasta Belgrado. Abundantes a lo lar­ go del Rhin, su densidad es menor hacia el Weser y el Elba.

B IB L IO G R A FIA

U n estudio recopilador de las fuentes clásicas griegas y latinas referen tes a los celtas, en H. D. R a n k in , The Celts and the Classical World. L ondon-Sydney, 1982. V id., asim ism o, A . M o m ig u a n o , A lien W isdom. The Limits o f Helleniza-

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Capítulo 2

LA LENGUA CELTICA EN EL CONTEXTO INDOEUROPEO

Líesele el punto de vista lingüístico, los celtas son unos pueblos que hablan una lengua perteneciente a la familia indoeuropea, limitada durante mucho tiempo al continente euroasiático —des­ de el Atlántico al golfo de Bengala— y en la actualidad exten­ dida a escala planetaria y hablada por casi la mitad de la pobla­ ción terrestre (la difusión moderna de algunas de las lenguas de esa familia —como el inglés, el español, el francés, el ruso o el portugués— ha sido, como es bien sabido, un fenómeno conse­ cuente a la expansión colonialista de determinadas potencias europeas).

El problema indoeuropeo

Las bases de la noción de indoeuropeos son puram ente lin­ güísticas. Como ha señalado Devoto, ninguna tradición legenda­ ria, ningún suceso histórico conocido directamente, ninguna con­ cordancia hubiera permitido concebir la noción de una antiquí­ sima comunidad cultural si no hubiera sido por la consciencia de la relación existente entre una serie de lenguas muy distantes. Di­ cha consciencia podemos situarla, por lo que respecta a la fami­ lia indoeuropea, en 1786, cuando Sir William Jones, juez de la Corte Suprema de Calcuta, observó la estructura del sánscrito, que comparó con el latín y el griego, para el que defendió el mis­ mo origen que para la lengua de los celtas, los germanos y el an­ tiguo persa. Hacia 1813, Thomas Young acuñó el término in­

doeuropeo para aludir a este amplio grupo de lenguas relaciona­

das entre sí, utilizando los estudiosos asimismo el vocablo indo­

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por otros lingüistas, que desarrollaron la gramática comparada. Esta disciplina, siguiendo las pautas evolucionistas que plasmara Darwin con la publicación de E l origen de las especies en 1859, explicaba las similitudes entre las diversas lenguas indoeuropeas como resultado de su derivación de un lenguaje ancestral común —que los lingüistas alemanes calificaron como Ursprache—, hoy conocido comúnmente como Protoindoeuropeo. Así, por ejem ­ plo, atestiguadas las formas siguientes para campo (sánscrito aj-

ras, griego agros, latín ager y gótico akrs), y de acuerdo con el

desarrollo histórico de cada lengua, una forma original agras se postuló para la lengua indoeuropea original. Al mismo tiempo, los lingüistas pensaron que mediante la reconstrucción del pro-

toléxico podrían precisarse algunas de las características cultura­

les de aquellas gentes (Urvolk) antes de su dispersión a partir de un hipotético hogar común (Urheimat en terminología alema­ na). Se trata del m étodo de la paleontología lingüística de Pictet (1859).

Schleicher empleó el modelo del árbol genealógico (Stamm-

baum) para describir la diferenciación de las lenguas indoeuro­

peas en esa misma época, distinguiendo del tronco común una serie de grupos lingüísticos (los tres principales serían el eslavo- germánico, el greco-italo-celta y el indo-iranio) que, a su vez, se subdividirían en otras ramas o lenguas. Indudablemente, el mo­ delo de este autor pecaba de rígido esquematismo y era incapaz de explicar similitudes obvias entre ramas diversas o los présta­ mos lingüísticos existentes. Por ejemplo, no podía explicar la fa­ mosa división establecida entre lenguas centum y satem o grupos occidental y oriental, de acuerdo con la doble variante para la expresión del numeral cien: gutural en latín (centum) y sibilante en antiguo iranio (satem). H asta principios del siglo X X se lleva­ ba, pues, a cabo una distinción entre un grupo occidental (al que pertenecerían germánico, venético, ilirio —considerado satem por algún autor— , céltico, itálico —con el latín— y griego) y otro oriental (con el báltico, eslavo, albanés, tracio, frigio, armenio, mitanio, iranio —medo— persas, partos, cimerios, escitas, sár- matas— e indio). El conocimiento de la lengua hitita en la A na­ tolia antigua, descifrada hacia 1915, y de escritos budistas de los siglos VI-VIII en el Turquestán chino —en una lengua a la que

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se ha dado el nom bre de tocario— , rompió, con todo, esta po­ laridad geográfica: tanto una como otra son lenguas de tipo cen-

turn en un ámbito oriental.

Schmidt trató de solucionar el problema pensando que en las diversas áreas de indoeuropeoparlantes las innovaciones se de­ sarrollaban como ondas hacia otras lenguas (raram ente a todas). Una serie de círculos tangentes o no entre sí —isoglosas— in­ cluían las similitudes específicas entre unas lenguas y otras. Este modelo (Wellentheorie), mejor adaptado para explicar los cam­ bios e innovaciones lingüísticas en términos de geografía dialec­ tal, constituía una aproximación sincrónica a las lenguas indoeu­ ropeas, pero carecía de una perspectiva histórica. Los celtas ha­ blaban una lengua con afinidades hacia las itálicas; lo cual podía traducir unas realidades geográficas de proximidad, pero no so­ lucionaba la época en que los cambios lingüísticos sucedieron.

Los dos anteriores son los modelos en los que tradicional­ mente se han inscrito las explicaciones de la lingüística indoeu­ ropea y resultan insuficientes en el estado actual de las investi­ gaciones. Igualmente anticuadas resultan las adecuaciones que los arqueólogos de pasadas generaciones llevaban a cabo entre cultura = raza = lengua, resultando especialmente expresivas en los formulados de G. Kosinna.

A fines del siglo X IX se desarrollaba, asimismo, la idea de la

superioridad de los indoeuropeos, expresada en el triple plano de la raza (nórdicos dolicocéfalos, rubios y de azules ojos, fren­ te a los braquicéfalos del sur), la lengua (superior, debido a su inflexión gramatical característica, sobre las analíticas —el chi­ no, por ejemplo— o las de tipo aglutinante —como las uraloal- taicas—), y, obviamente, la cultura (que dominaba a las otras del planeta, como el desarrollo del imperialismo colonial se en­ cargaba de dem ostrar fehacientemente). El término ario sirvió de manera impropia para englobar los tres elementos (en reali­ dad, como designación étnica, se limita al mundo indo-iranio). Y es así como en 1899 pudo escribirse: Los antepasados de los

arios cultivaban el trigo cuando los de los braquicéfalos proba­ blemente estaban viviendo todavía como monos (Vacher de La-

pougue), Incluso se abandonó el espacio asiático como origina­ rio de los indoeuropeos —lo que había prevalecido en las teo­

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rías del siglo XIX— para plantear claramente su origen europeo, centro-septentrional concretamente. Al mismo tiempo, los na­ cionalismos influyeron en la visión que se elaboraba sobre el más antiguo pasado. Y, así, a la celtomanía que recorrió Francia en el siglo X IX sucedió una germanomanía que, como es sabido, cul­

minó en Alemania entre 1933 y 1945.

En realidad, habría que desechar la idea de una sola y única diàspora indoeuropea con un número determinado de pueblos que se corresponden con los que conocemos porque han dejado huella en la historia. Al lado de éstos habría otros muchos que desaparecerían sin dejar rastro, absorbidos por sus vecinos. A l­ gunos estudiosos, como el soviético Troubetzkoy, han indicado la posibilidad de que, al contrario de lo que tradicionalmente se pensara, las similitudes entre lenguas puedan intensificarse, con el paso del tiempo, como consecuencia de un proceso de con­ vergencia a través del contacto. Según esta posibilidad, sería plausible pensar que los antecesores de los grupos indoeuropeo- parlantes fueran originariamente bastante heterogéneos, para, a través del contacto continuo, la mutua influencia y los présta­ mos, aproximarse entre sí de forma más cerrada aunque sin lle­ gar a ser idénticos. Esta postura, muy crítica hacia los intentos de reconstrucción de un protoindoeuropeo común, entiende lo

indoeuropeo como algo que se va haciendo, a lo que se llega tras

un largo proceso.

En la actualidad no existe unanimidad entre lingüistas o (pre)historiadores a la hora de intentar resolver el problema de los indoeuropeos. D ejando aparte las posturas que rechazan la conveniencia de admitir la existencia del protoléxico, son mu­ chos los autores que, sobre un elenco que consideran seguro de nombres pertenecientes a aquel substrato del Ursprache, se in­ clinan a pensar que los protoindoeuropeos eran fundamental­ m ente nómadas; la ausencia de especies m editerráneas y la pre­ sencia de otros elementos que no podemos detallar aquí los in­ clinan a ubicar su Urheimat, es decir, su hogar originario, en una variante geográfica septentrional con diferencias de detalle más o menos acusadas: Europa centro-nórdica o central, estepas del sur de Rusia, ámbito ponto-caucásico, Balcanes. Su cultura co­ mún vendría caracterizada por una economía básicamente gana­

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dera, una agricultura poco desarrollada y una técnica minera y metalúrgica poco avanzadas; una sociedad, en fin, em inentem en­ te patriarcal e igualitaria en torno al parentesco de sangre. La teoría más acabada, debido a Mari ja Gimbutas, los relaciona con la cultura de los kurganes de las estepas entre el Mar Negro y el Volga, complejo que representaría a la cultura indoeuropea en­ tre el quinto y el tercer milenio, cuya expansión por Europa se atribuye a tres oleadas entre el 4000 y el 2500 a.C. Parte de sus componentes atravesarían el Cáucaso hacia el sur, establecién­ dose en Anatolia y el norte de Mesopotamia o prosiguiendo su migración hasta la India; otros componentes se asentarían en la m eseta irania o emigrarían al Asia central (donde se atestigua la lengua tocaría).

Otros estudiosos se han inclinado por una ubicación meridio­

nal para los protoindoeuropeos. La aproximación más interesan­

te, desde esta perspectiva, es la que han llevado a cabo recien­ tem ente Gamkrelidze e Ivanov, quienes defienden una protopa­

tria en la zona m ontañosa del Próximo Oriente que se extiende

desde Anatolia al Irán, es decir, en la zona en que aparecen los más antiguos textos indoeuropeos conocidos (mitanios c h¡titas).

La cultura protoindoeuropea y la ideología tripartita

Algunos autores pensaron que cabría esperar que hubieran quedado rastros de esa cultura protoindoeuropea común en las estructuras sociales e ideológicas de diversos pueblos conocidos luego históricamente y pusieron su esfuerzo en tratar de desen­ trañarlos. Vendryes, en un artículo de 1918 titulado «Las corres­ pondencias de vocabulario entre el indo-iranio y el italo-céltico», señalaba la existencia de tradiciones religiosas comunes a los dos grupos lingüísticos y sus áreas. Corresponde a G. Dumézil, con todo, el mérito de la profundización esencial en estos temas. D u­ mézil ha señalado la existencia en diversos pueblos indoeuropeos de una triple división social: los sacerdotes —relacionados con la primera función, de soberanía y control religioso— , los guerre­ ros —exponentes de la segunda función, bélica y de protección del cuerpo social— y productores — agricultores y pastores, tra ­

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bajadores y artesanos, representantes de la tercera función, re­ lacionada con la fecundidad y la creación de riqueza— . Esa tri­ logía funcional en lo social, clara en el mundo de la India védica

(brahmanas, ksatriyas y vaisiyas), se conservaría también en

otros ámbitos indoeuropeos; por ejemplo, el céltico, para el que —como veremos más adelante— César señala cómo la sociedad gala estaba dividida en druidas, caballeros y plebe. Y esa estruc­ tura se manifiesta también en el terreno de lo religioso, para con­ form ar una auténtica ideología tripartita característica de los pue­ blos indoeuropeos y evidenciada en uno de sus más antiguos tex­ tos conservados, el tratado entre Matiwaza de Mitanni y el rey hitita. Datable ca. 1380 a.C. y descubierto en los archivos de la capital de éste, Hattussas (la actual Bogazkóy, en la Anatolia central), el rey mitanio evoca en él los nombres de Mitra, Va- runa, Indra y los Nasatyas: exactamente los de las principales dei­ dades indias bien conocidas por los Vedas. Esa función triparti­ ta que define lo social se manifestaría también en el panteón; y, así, junto a deidades de la primera función soberana (en la do­ ble variante de Mitra — aspecto jurídico y legalista— y Varuna —aspecto mágico y religioso—), existen otras de la segunda (dio­ ses guerreros como Indra) y de la tercera (la fertilidad y fecun­ didad, manifestada en la religión de indios e iranios por los Na­ satyas, los gemelos divinos). La ideología tripartita se observa claramente en otros ámbitos, como el germano o el latino (en la famosa tríada precapitolina formada por Júpiter, Marte y Qui- rino).

A partir de los estudios de Dumézil sobre mitología compa­ rada entre los diversos ámbitos indoeuropeos han sido aclara­ dos, por él o por otros autores que trabajan en la misma línea, muchos aspectos de la religiosidad de diversos pueblos antiguos, que se entienden m ejor desde la perspectiva de la herencia co­

mún. Ese patrimonio cultural, mítico en su estado original, ha­

bría sido objeto de historización en ámbitos como el romano o el céltico.

Si bien hay que reconocer la trascendencia de los estudios de mitología comparada mencionados, es cierto que resultan de di­ fícil aplicación en su conjunto para solucionar los problemas de, por ejem plo, la religión céltica. Pongamos un caso ilustrativo de

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los límites de la ideología trifuncional. En la cúspide de la socie­ dad protoindoeuropea se situaría un rey, cuyo título se atestigua en sánscrito (raj), latín (rex), galo (-ríx, en nombres como Dum- norix, rey del mundo, Vercingetórix, jefe supremo de los guerre­

ros), antiguo irlandés (rí) y posiblemente en sículo y tracio (rhe- sos). El germánico ha tomado prestada la forma céltica: de ahí

el górico reiks, jefe, príncipe y sus derivados (reich, dominio del jefe, estado, imperio, y también rico). Todas estas formas deri­ van de un protoindoeuropeo reg-. A hora bien, ¿cómo explicar la presencia de un rey en la sociedad protoindoeuropea, que, por lo que sabemos, presentaría una estratificación, pero carecería de instituciones centrales por no haber accedido al nivel estatal? De ahí las explicaciones sobre el contenido semántico del térm i­ no, hombre preeminente, el que determina lo que es justo y simi­ lares. A hora bien, desde el momento en que se ha revisado la evidencia védica y se ha demostrado que la palabra raj en los tex­ tos más antiguos es femenina, indicando fuerza, poder, acepta­ do esto, la evidencia de reyes protoindoeuropeos desaparece y las únicas evidencias seguras se limitan al céltico y al itálico, dos lenguas con numerosas similitudes.

Algunos autores muy críticos con las teorías de Dumézil han señalado la ausencia de realidad histórica inherente a las cons­ trucciones de su escuela. Si las instituciones sociales de grupos indoeuropeoparlantes tan lejanos en el espacio como los celtas y los indios parecen tener formas similares explicables por un an­ tepasado común, habría que indicar cuándo y dónde floreció esa sociedad ancestral (la cuestión misma del Urheimat y el Urvolk). ¿No cabría pensar, estiman algunos estudiosos, que ese sistema tripartito no sea exclusivo de los pueblos indoeuropeos y se ex­ plique como una división obvia en determinadas sociedades con un nivel similar de desarrollo? Es cierto que la ideología trifun­ cional se adapta m ejor al horizonte social que al mundo de las divinidades indoeuropeas, y, en el caso concreto de los celtas, no parece clara la identificación de los diversos dioses con cada una de las funciones (algo que tampoco sucede en la religión he­ lénica, aspecto este último que el propio Dumézil ha considera­ do como el talón de Aquiles de su construcción).

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hacia la ideología tripartita de Dumézil y su escuela, sino hacia la propia idea de una cultura común proto-indoeuropea y hacia la idea de la posibilidad de reconstruir el solar de instalación ori­ ginal y los sucesivos movimientos que dan lugar a los pueblos co­ nocidos históricamente. En particular, es de difícil objetivo la in­ vestigación científica de la cultura material de los indoeuropeos. Por parte especialmente de los arqueólogos anglosajones se ha difundido la idea de un desarrollo procesual de los cambios cul­ turales en general, y en concreto de los que han afectado a los pueblos indoeuropeos. Se ha criticado la vieja idea que, a partir de G ordon Childe, establecía una adecuación entre una cultura prehistórica y un elemento étnico determinado (el pueblo del campaniforme, de la cerámica cordada, etc.), así como una re­ lación entre lengua y raza y el excesivo entusiasmo hacia el mé­ todo comparativo y el protoléxico indoeuropeo. Las objeciones señaladas son de muy diverso tipo, y entre ellas se ha criticado la explicación migracionista para los cambios culturales en general.

Sobre estos supuestos críticos han surgido algunas explicacio­ nes recientes con una visión distinta del problema indoeuropeo. La de Renfrew es una de ellas. En la época en que contamos con fuentes históricas seguras —es decir, en los últimos siglos an­ tes del cambio de Era o en los inmediatamente posteriores— la mayor parte de Europa es indoeuropeoparlante (con las excep­ ciones del etrusco, el ibero y el vasco antiguo). Dada la ausencia de datos arqueológicos sobre un movimiento de pueblos lo sufi­ cientemente intenso o mantenido en la prehistoria europea, y sin descartar la explicación de Troubetzkoy —en el sentido, antes apuntado, de que esa uniformidad lingüística europea fuera el re­ sultado de un proceso de convergencia— , el estudioso británico explica la indoeuropeización del continente como un fenómeno relacionado con el único proceso mayor que afectó indudable­ mente de forma radical a la totalidad del mismo: la adopción de la agricultura (lo que tendría lugar según el modelo de la ola en

avance que implica una expansión lenta y continua afectando a

distancias cortas) entre el 6500 a.C. (en Grecia) y el 3500 a.C. (norte de Escocia, por ejemplo). No se trataría, naturalm ente, de un proceso simple, sino que tendría muchas fases, con mo­

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mentos de intensificación o de pausas, y las islas lingüísticas re ­ presentadas por el ibero, el vasco o el etrusco serían las últimas supervivencias atestiguadas del estrato anterior correspondiente a los elementos recolectores-cazadores del mesolítico. Un esta­ dio intermedio en la expansión de las lenguas indoeuropeas ven­ dría representado por lo que Krahe llamara el europeo antiguo, detectable en hidrónimos fundamentalmente, que se fijaría cro­ nológicamente en torno al 4000 a.C. (admitiendo, además, que el panoram a lingüístico europeo se m antendría relativamente es­ table hasta ca. 1000 a.C.).

La tesis de Renfrew aumenta la profundidad temporal en la que se inscribiría el complejo fenómeno de la indoeuropeización lingüística, y presupone la ausencia de un neolítico agrícola au­

tónomo para Europa (lo que plantea hipotéticamente también

para el otro extremo de la geografía del indoeuropeo, la India y Asia central). Pero, al admitir que la agricultura llega a Europa del otro lado del Egeo, admite implícitamente también un anti­ quísimo origen para un protoindoeuropeo en Anatolia o las re­ giones del Asia anterior donde se atestigua antes aquélla: es de­ cir, que, en el fondo, está optando por la variante meridional — o próximo-oriental— de las dos consideradas más arriba.

Una posición como la mencionada puede ser ilustrativa de algunas tendencias críticas actuales sobre los excesos de la pa­ leontología lingüística y sobre la legitimidad del propio plantea­ miento tradicional de una cultura común protoindoeuropea, ex- presable, entre otros niveles, en el de los mitos o las ideologías tripartitas. Aunque síntesis muy recientes partidarias de la solu­ ción tradicional (el sur de Rusia, por ejemplo) han seguido, como en el caso de Mallory, defendiendo —para explicar los cambios y desarrollos lingüísticos— la importancia de los movimientos de pueblos (migraciones o invasiones), demostrados perfectamente con un largo alcance en época histórica (el caso de los turcos es ilustrativo de la celeridad con que puede extenderse una lengua determinada: confinada a Mongolia en el siglo V I, hacia el X ha­

bía llegado al nordeste del Mar Negro, y en el x m ocupaba ya parte de Anatolia). No hace falta decir que los planteamientos de esta discusión afectan a época prehistórica, pues nadie duda de la realidad de las migraciones célticas en Italia, Grecia o Asia

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M enor, bien recogidas por todo tipo de fuentes en época histórica.

La lengua céltica: goidélico y británico

Desde el punto de vista lingüístico, los celtas son los pueblos que hablan una lengua de gran antigüedad dentro de la familia indoeuropea, con algunos rasgos característicos como el cambio de la e indoeuropea a i (por ejemplo, irlandés fir, verdadero, frente al latín verus), la lenición (es decir, el debilitamiento de las consonantes intervocálicas) o la representación en b de la ve­ lar labializado gv (irlandés ben, mujer, frente al griego gyné). A partir de un substrato común, que diversos estudiosos llaman

protocéltico, se produjo en un espacio y en una época que no pue­

de determinarse con precisión, pero en cualquier caso con ante­ rioridad a los primeros documentos con que contamos, una di­ ferenciación entre dos dialectos distintos, que los filólogos lla­ man celta de la g y de la p.

El primero de ellos mantuvo la q indoeuropea original en po­ sición inicial de palabra; se trata de la rama goidélica, a la que pertenece el antiguo irlandés, introducida en Escocia desde el norte de Irlanda a fines del siglo v (gaélico escocés) y manifes­ tada asimismo en la isla de Man. En el continente europeo hay vestigios de esta variante dialectal (por ejem plo, la lengua celti­ bérica, de carácter bastante arcaizante en el contexto céltico, m a­ nifiesta afinidades diversas con el goidélico, lo que también sucede con términos diversos del calendario de Coligny o con nombres de pueblos como los Sequani o los Quariates); se des­ conoce, no obstante, su repartición con exactitud.

El segundo grupo se designa como celta de la p o britónico y transforma la q inicial en p (así, cabeza aparece como cenn en dialecto goidélico y como penn en britónico; el numeral cuatro y el pronom bre quien aparecen en galés como pedwar y pwy, y en irlandés como cethir y cía, respectivamente; el hijo se designa como map en galés y como mac en irlandés; el caballo aparece como epo- en los nombres galos, mientras que da ech —de ek— en irlandés). Se trata de la variante que domina en el continen­

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te, el galo, introducido en Gran Bretaña por los colonos célticos de la Edad de Hierro y más tarde dividido en bretón (como tal pervive en la Bretaña francesa, colonizada por elementos b ó ta ­ nos llegados de Gran Bretaña antes de mediados del siglo V I,

pues el II Concilio de Tours, de 567, distingue ya entre romanos y bretones), galés y cómico de Cornualles. A este grupo perte­ nece también el gálata de Asia M enor. Otras diferencias entre los dialectos goidélico y britónico radican en que este último pre­ senta las terminaciones de los casos más simplificados y en que ha perdido el género neutro y el número dual.

Puede parecer paradójico que las lenguas célticas que m ejor conocemos —que son las que perviven actualmente o lo han he­ cho hasta tiempos recientes— sean aquellas de las que menos sa­ bemos por las fuentes clásicas. La explicación reside en el hecho de que es en el continente donde la romanización, y la lengua latina en consecuencia, progresaron con mayor rapidez e inten­ sidad. En cuanto a los habitantes de Escocia antes de la llegada de los elementos irlandeses que introdujeron el gaélico, sabemos que las fuentes clásicas tardías y otras posteriores los denomina­ ban pictos. Sobre ellos se ha discutido mucho desde el punto de vista étnico o lingüístico. Parece ser opinión mayoritaria entre los estudiosos actuales la existencia de dos lenguas distintas en la Escocia pregaélica: una sería una variante del galo-britónico y la otra no parece celta o indoeuropea, correspondiendo al ho­ rizonte lingüístico de los primeros habitantes de la región. La distribución de importantes términos de parentesco indu­ ce a pensar que el goidélico es más marginal y el galo-britónico más central en el mundo indoeuropeo: el término para padre en lenguas como el goidélico, el latín, griego, osco-umbro, armenio e índico es del tipo pater, mientras que en galo-britónico, bálti­ co, eslavo, albanés y anatolio sigue la variante atta. De atender al mayor arcaísmo del goidélico habría que concluir que las di­ ferencias que éste presenta respecto al galo-britónico existían con anterioridad a la llegada de elementos célticos a las islas Britá­ nicas; ello concordaría con los elementos goidélicos existentes en determinados ámbitos continentales y, en general, con la posi­ ción c e n tral—y más innovadora— del britónico. M att Dillon ha desarrollado una teoría sobre la diferenciación de los dos grupos

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que no depende de migración de pueblos. Si, como diversos es­ tudiosos defienden, los asentamientos célticos más antiguos en las islas Británicas datan de la Edad del Bronce, no tiene senti­ do plantear si los llegados eran goidélicos o britónicos. Los ras­ gos lingüísticos que distinguen al britónico serían muy posterio­ res y algunas innovaciones (u > i; q u > p ) que se extienden desde el centro del continente nunca alcanzarían las áreas laterales de Irlanda o España. Así, la explicación se ajustaría bastante a la teoría de las ondas de Schmidt. En algunos casos la onda se ex- pandería hasta las zonas celto-parlantes más distantes, con lo que las lenguas célticas evolucionarían conjuntamente. Si las ondas no se extendieran más allá, ello implicaría un proceso de dife­ renciación lingüística de los celtas en su conjunto, sirviendo para distinguir a su lengua de la de sus vecinos (por ejemplo, itálicos y germanos). En cualquier caso, no hay que pensar necesaria­ m ente que la innovación surgiera de un centro muy específico, sino que los desarrollos tendrían lugar paso a paso.

Desde el punto de vista de las correspondencias el latín pa­ rece tener más puntos de contacto con el celta de la q, mientras que las otras lenguas itálicas —oseo y umbro— parecen más próximos al celta de la p (compárese el numeral cuatro en latín

—quattuor— e irlandés —cethir— con el oseo —petora— y el ga­

lés —pedwar—). Este y otros factores sugerirían una vieja con­ tigüidad geográfica entre los antepasados de los itálicos y los cel- toparlantes, quizá en el norte de los Alpes, con una gradual se­ paración quizá a lo largo del II milenio. Entre los elementos co­ munes mencionados está la solución del genitivo singular, para el que se reemplaza -os, -es, por -i.

Son interesantes también los préstamos del céltico al germá­ nico en una fecha relativamente tardía, cuando las dos lenguas habían divergido lo suficiente para que se pudiera identificar el sentido de la transmisión lingüística. Se trata de términos rela­ cionados con la organización social o las instituciones (ñx> reiks; el término galo latinizado ambactus, servidor >am baht en ale­ mán antiguo y amt en el actual, servicio público) y también con las técnicas. Las designaciones del hierro en las lenguas germá­ nicas se deben al céltico en dos etapas diferentes en la evolución de la forma isarno- atestiguada en la onomástica gala: una de

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ellas mantiene la -s- intervocálica (gótico eisarn, alemán eisen); la otra deriva de iarno (en irlandés iarn) para dar iron en inglés,

jern en danés, etc.

Céltico e indoeuropeo

En el intento de determinar la posición original del céltico en el contexto de las antiguas lenguas indoeuropeas, una dificul­ tad fundamental viene dada por el escaso conocimiento que te­ nemos del celta continental. Habida cuenta de la amplia distri­ bución de la lengua celta durante el período de La Téne, debe­ mos pensar que consistiría de numerosos dialectos que diferirían, a veces considerablemente, unos de otros. Una escuela de pen­ samiento sostiene que el celta insular ha preservado muy anti­ guos rasgos indoeuropeos a causa de su posición marginal en el conjunto de las lenguas indoeuropeas medievales. Al ejemplo antes mencionado —y controvertido— del término para desig­ nar al rey, algunos estudiosos añaden otros como el del verbo

creer (ant. irlandés cretim, latín credo, sánscrito srad dha). Muy

recientemente se ha señalado que ciertos rasgos del verbo en ir­ landés antiguo sólo pueden ser entendidos a la luz del hitita, el védico sánscrito y el griego micénico —exactamente las más an­ tiguas lenguas indoeuropeas atestiguadas— .

A hora bien, como W agner ha indicado, durante el período de La Téne el celta constituía la lengua más central de Europa, por lo que no resulta apropiado considerarla como una rama margi­ nal en el conjunto indoeuropeo. La posición central del céltico en el primer milenio a.C. se refleja en las numerosas isoglosas existentes no sólo con el itálico y el germánico, sino también con el balto-eslavo, el albanés e incluso el griego. Sobre estas bases de geografía lingüística, el autor mencionado busca el origen de los celtas al oeste del dominio original de los tracios, en la m o­ derna Hungría y sus regiones adyacentes. Existe un buen núm e­ ro de palabras tracias con equivalentes etimológicos en céltico; éstas y otras consideraciones han llevado a algunos autores a bus­ car el asentamiento más antiguo de los antecesores de los celtas y de los pueblos itálicos en la zona septentrional de los Balcanes

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y a considerar que, de todas las lenguas centum y occidentales, el celta es la que más conexiones presenta con el grupo satem. Las repercusiones que una tesis de este tipo tendría desde el pun­ to de vista histórico serían importantes, pero lo que sabemos en la actualidad no permite una aceptación de ésta o cualquier otra solución lingüística concreta para los celtas.

Algunos autores, siguiendo la terminología de Cristopher Hawkes, prefieren plantear la cuestión en términos de celticidad

acumulativa (lo que no es sino una variante de la consideración

de la formación de los elementos célticos a través de un largo pro­ ceso formativo). Este tipo de planteamientos, que no se propo­ ne como objetivo prioritario la determinación del hogar origina­ rio de los celtas, parece característico de la visión de diversos lin­ güistas, entre ellos Antonio Tovar. A partir de ese estadio de­ fendido por Krahe como indoeuropeo antiguo todavía indiferen- ciado en el continente (del que, como vimos, quedarían eviden­ cias en determinados hidrónimos, como Alba, A ra...), las len­ guas atestiguadas históricamente —y, concretamente, el céltico y el germánico— surgirían a través de un proceso que, en defi­ nitiva, no sería sino una reformulación de la teoría de las ondas. Junto a unas zonas donde se producirían más acusadamente las innovaciones y los desarrollos lingüísticos habría otras más con­ servadoras; en dichas innovaciones, además, entrarían a jugar factores de diverso tipo (desde la guerra a la religión o la eco­ nomía). Es decir, que al lado de regiones en las que las redes de interacción eran más intensas o efectivas (lo que conduciría a la formación de dialectos), habría otras en que esos contactos no se producirían o se producirían en una escala mucho menor. La separación efectiva entre zonas diversas desembocaría en una diferenciación lingüística. Esta visión procesual en lo lingüístico desestima la consideración de un solo centro emanador de los cambios en favor de unas áreas con redes de relación particular­ mente intensas o efectivas.

La romanización supuso un retroceso muy serio para la geo­ grafía lingüística céltica en Europa, hasta el punto de que se vie­ ra restringida a su área más noroccidental. Existen indicios di­ versos, no obstante, que atestiguan su perduración en ámbitos di­ versos mucho después de iniciado el proceso de contacto cultu­

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