PEDRO M. CÁTEDRA
El sueño caballeresco
LECTURAS Serie Historia Moderna
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o PEDRO M. CÁTEDRA, 2007 0 ABADA EDITORES, S. L., 2007
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ISBN 978-84-96775-06-0 depósito legal M-41883-2007
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PEDRO M. CÁTEDRA
El sueño caballeresco
DE LA CABALLERÍA DE PAPEL AL SUEÑO REAL DE DON QUIJOTE
PRELIMINAR
Los cuatro capítulos de este libro retoman trabajos anterio- res que, continuando una línea de sentido, cobraron unidad con cuatro .lecciones dictadas en el College de France durante los meses de mayo y junio de 2005, insertas en un ciclo que conmemoraba el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del
Quijote.
Estas cuatro conferencias se corres- ponden bastante cercanamente con los cuatro capítulos de este libro, vertidas al castellano y con los ajustes necesarios.Se sirven del
Qyijote
como punto de mira, aunque quizá no sea, precisamente, la obra de Cervantes la que constituye mi mate- ria de estudio, o, por decirlo de otro modo, la obra de Cer- vantes no me sirve de punto de partida, sino más bien de punto de llegada. Punto de partida o punto de llegada, elQyi- jote
ha suscitado lecturas trascendentes o interiores, emanadasdel diálogo individual que tantos y tantos lectores han anudado con el libro no sé si desde que se publicó hasta hoy mismo.
Algunos autores, con la suficiente autoridad para poder hacerlo, han visto en ese diálogo individual permanente el
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valor del Quijote. No es caso de hacer la historia de las inter- pretaciones trascendentes arrostrada por otros; quizá sea cosa, por lo demás, imposible: cada lector tiene la suya. Me serviré, sin embargo, de un par de pinceladas de referencia.
No ha mucho que Harold Bloom explicaba cómo leeryporqué el Quijote haciendo descansar su valor fundamental en que a cada paso el lector se iba encontrando consigo mismo y, sobre todo, conociéndose, pues era capaz de reconocer en su condición humana los aspectos sanchopancescos o quijotescos que ni siquiera sospechaba eran también propios de su perso- nalidad, de su carácter o de su biografía'. Distanciándose del unamuniano anacronismo existencialista de los generalistas, Francisco Rico privilegia el punto de vista literario e indivi- dualista, y ha recordado que la fascinación que sigue ejer- ciendo don Quijote es fundamentalmente literaria y estriba en que los <<los hombres somos criaturas narrativas y los días se nos van en fábulas>>, en acciones y en esperanzas consuetu- dinarias que son las que a cada paso vemos en el Quijote per- meando gracias al efecto cambiante de los puntos de vista 2•
Y, de hecho, ninguna obra literaria nos implica en la vorágine de lo individual, en la vorágine del sujeto, tanto como la de Cervantes. No es extraño. Él fue el primer lector trascen- dente de su propia obra, aunque sólo sea por el modo de imbricar sus fábulas, sueños y desesperanzas, incluso por la manera de vivir su condición profesional de escritor, tal como se manifiesta, por ejemplo, en sus prólogos auton·ales o autógra- fos, por decirlo con la terminología de Gérard Genette3, sobre
todo de la madurez. Se pasa, así, de la distancia irónica del
Véase Harold Bloom, Cómoleeryporqul, Madrid, Anagrama, 2000.
2 Francisco Rico, «Por qué el Quijote>>, en 2/05/nfo Fundación Santander Central Hispano, febrero 2005.
3 Gérard Genette, Seuils, París, Seuil, 1987, p. r66.
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prólogo auctorial de la Primera Parte del Quijote (!605) a la resignación melancólica y personal, a la 'na'iveté' literaria llena de esperanza del prólogo del Persiles, <<puesto ya el pie en el estribo>> (!617), sin olvidar la cesión o renuncia literaria que, por ejemplo, implica el reconocimiento dolorido de sus propios límites del que levanta acta en el prólogo de las Come- dias y entremeses (!615), redactado el mismo año de la publica- ción de la Segunda Parte del Quijote. En el siglo XVII, nadie como Cervantes supo obligarnos a hacer de la persona del escritor un elemento indispensable y omnipresente en la lec- tura de sus obras. La crítica o la lectura histórica, biográfica y autobiográfica de la obra de Cervantes no es sólo una tenta- ción y una realidad romántica o positivista, sino una especie de principio al que nos veríamos guiados sutilmente por el propio Cervantes.
Es difícil, por ello, sustraerse a ese diálogo individual al que me refería antes. Pero, en mi caso, no tengo más remedio. N o sólo a causa de mis propios límites como pensador y cer- vantista -declaro no ser ni uno ni otro-, sino también por- que mi investigación me ha llevado por otros derroteros, para recalar en el Quijote, antes que para partir de él. El cer- vantismo ha sido conspicuo y guía en este mismo terreno en el que me siento a gusto: la carga histórico política que hay que tener en cuenta a la hora de hacer una lectura contextua- lizada del Qyijote, puesta a las claras desde variadas perspecti- vas por numerosos cervantistas de varias generaciones y cuya sola denominación llenaría bastante páginas, me ahorra cualquier otra justificación personal.
Como acabo de decir, estos cuatro capítulos miran de lejos el Quijote y abordan algunas cuestiones que pienso que, en grados diversos, están presentes en la génesis de su idea y de su sentido, y que, para algunos, deben ser tomadas en con-
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sideración para una correcta interpretación. Giran, funda- mentalmente, en torno a la vitalidad del código caballe- resco, a su facturación y puesta en escena en tiempos de un Cervantes no excesivamente desengañado por el efecto de la vejez; en tiempos en los que Cervantes vivía aún un mundo capaz no sólo de valerse del conglomerado metafórico caba- lleresco, de vivir el sueño caballeresco por medio de sus códigos, e incluso intentar reactivarlo en una realidad sin embargo ya demasiado desestructurada como para que ello fuera posible.
Es cierto, sí, como señalaba Foucault en las tan inolvida- bles corno usadas páginas que abren el capítulo <<Représen- ter>> de Les mots et les choses, que todo el ser de don Quijote
<<n'est que langage, texte, feuillets imprimés, histoire déja transcrite. Il est fait de rnots entrecroisés: c'est de l'écriture errant dans le monde parmi la rassemblance des choses. Pas tout
a
fait cependant: car en sa realité de pauvre hidalgo, il ne peut devenir le chevalier qu' en écoutant de lo in 1' épopée séculaire qui formule la Loi>>4• Pero esto no es cierto más que para una parte del entramado quijotesco, porque la vida del héroe se entrelaza con una realidad de la que depende trá- gicamente, pero de la que está excluido en virtud de su con- dición literaria y social. Esa realidad no estaba compuesta sólo de signos. Don Quijote es como un ente cultural sacado de su contexto y abandonado a su suerte en un espacio com- pletamente adverso o inadaptado. Si bien es cierto que en este espacio se llegan a reconocer los códigos caballerescos, que son los propios del héroe, no se les reconoce más validez que la referencial. O, mejor, se trata de una entidad que se coloca continuamente al margen de este espacio en el que el4 Michel Foucault, Les mots et les eh oses. Une archéologie des sciences humames, París, Gallimard. 1966, p. 6o.
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código caballeresco que don Quijote se empecina en presen- tar como una realidad funciona efectivamente.
Para don Quijote lector la caballería y sus códigos eran una realidad de signos. Desde esta perspectiva no podemos sino estar de acuerdo con la reducción genial de Foucault.
Sin embargo, después de la caballería de papel, a la que dedicaré más particularmente el capítulo primero, don Quijote, corno casi todos los ancianos hidalgos que vivieron los cam- bios sociales en el último tercio del siglo XVI, tuvo acceso a un referente más real que lingüútico, más real que literario.
Este referente constituyó el conglomerado metafórico que, de un lado, nutrió la ficción caballeresca; y que, del otro, ha sido mantenido vivo y vivificado incluso por la representa- ción de esta última. En el primer caso, el ejemplo de la metáfora del enfrentamiento y las abstracciones derivadas del mundo caballeresco, como una realidad psíquica, no son baladíes. Y, en el segundo caso, debe hacernos pensar mucho el valor de la mise en scéne de la caballería por medio del haz de sus prácticas deportivas y del envés de esas mismas prácticas en tono de burla. A esto dedicaré el segundo capítulo.
Pero más allá de la letra y de la puesta en escena, el sueño de la caballería casi pudo despertar acaso en un tono menor, pero no por ello menos real, para devenir algo tan palpable como el polvo de los caminos de la Mancha. Y ahora ya no hablamos sólo de don Quijote, el viejo hidalgo desengañado para quien la única salida de ascenso caballeresco era aplicar al pie de la letra la caballería de papel, sino del Alonso Quijano, joven hidalgo, que tuvo la posibilidad de realizar el sueño del ascenso social, y, quién sabe, quizá incluso del propio Miguel de Cervantes. A este difícil reto intentaré responder en el tercer capítulo.
Es en el cuarto y último capítulo en el que vienen a desembocar las corrientes de los anteriores. La caballería real
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en la época de Felipe Il no es solamente el arbitn·a anacrónico de un gobierno, sino también la manifestación de una línea de pensamiento del que numerosas claves descansaban aún en la fábula caballeresca que se esconde tras de la caballería de papel.
La foerz.a nonnativa de ésta es un hecho que se puede probar por una serie de censuras de los libros de caballería. La censura va aumentando con el paso del tiempo y culmina, quizá, en el último decenio del siglo XVI con el importante discurso que Antonio Possevino incluyó en su Bíbliotheca selecta, en el que la demonización del sueño caballeresco y de su modelo es, casi, un hecho. El desencantamiento cervantino de la caba- llería se materializa por medio de la locura de uno de esos hidalgos, lectores de libros de caballería, que, en los años setenta del siglo XVI, soñaron una caballería a la antigua, para, poniéndola en cierta medida en práctica, intentar subir en la escala social. Pero Cervantes da una inflexión genial a un argunlento que había difícilmente podido ser tan efectivo en la ficción como lo había sido en la literatura doctrinal de un Possevino. En la perspectiva del soldado desilusionado, y partiendo de una visión política algo demodée, hace de don Quijote no un caballero errante, sino un personaje de la caballería cortesana mise en sc€ne, lo que le permite, además, estar en sintonía con los lectores de su presente constru- yendo una parodia de la disolución caballeresca moderna bajo la forma de la caballería cortesana.
• • •
Quisiera acabar esta presentación preliminar agradeciendo a Fernando Bauza, cuya inspiración y ayuda no disimula ni siquiera mi impericia en estas páginas, a Michel Garcia, a
PRELIMINAR l l
María Luisa López-Vidriero y a Bénédicte Vauthier su ayuda y paciencia, así como las sugerencias que han hecho y que serán, seguramente, lo poco bueno de estas páginas; y a Cario Ossola, la confianza amistosa de haberme dado la palabra en su cátedra parisina.
l. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN EL SIGLO XVI:
DE LA FICCIÓN A LA METÁFORA DEL ENFRENTAMIENTO
Vengamos, así, a la caballer(a de papel1• Valdría la pena adoptar esta fórmula aunque sólo fuera porque el papel escrito, al fin y al cabo, condiciona y presta realidad a todo en una sociedad como la del siglo XVI. La caballería se contiene y representa en el papel en forma manuscrita e impresa, y en todas sus varieda- des: en tanto que referente teórico y práctico, verbigracia como conjunto de normas de carácter 'comportamental', contenidas en los escritos sobre lo que se llamaba los deberes o las partes del caballero en la vida política y social, o en la vida dia ~
ria con el manejo de los instrumentos que dan cuerpo a su condición, a saber, las armas y el caballo. En los archivos y bibliotecas de los hombres del siglo XVI tiene la importancia que de su cuidada elaboración derivamos todo tipo de docu ~
Un estado preliminar de este capítulo se publicó a la cabeza del libro de Javier Guijarro Ceballos, El <<F/oriseo>> de Fernando Berna/, Mérida, Editora Regional de Extremadura, pp. JI-46, con el título <<La literatura caballe- resca en España (I489-I525)>>.
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mentas de legitimación caballeresca, como son las cartas 0ecuto- rias de un pleito por nobleza o, incluso, las menores cartas de concesión de privilegios a caballeros de cuant(a; e, incluso, las actas de deslegitimación por delitos graves. Además, la mani- festación caballeresca se conoce merced a las relaciones de hechos caballerescos, festivos o no. La variedad documental es suficiente no sólo para caracterizar esa sociedad como pape- lera, como nos ha mostrado, por ejemplo, Fernando Bouza desde varias perspectivas, sino también como una sociedad complementariamente caballeresca en todos sus sentidos.
Yo me referiré en estas páginas a la variante aparentemente menos úti1 de esa sociedad caballeresca y papelera. Y digo 'aparentemente' menos útil porque abordaré desde el exte- rior, es decir, desde el punto de vista de la edición, ~1 análisis de la ficción caballeresca considerada como un fenómeno comercial y social en la España del último decenio del siglo XV
y de todo el siglo XVI. Pienso, en efecto, que se puede extra- polar de este tipo de análisis cómo un género que resulta ser altamente sensible a cualquiera de las facetas de la realidad y de la utopía nace, y después se instala entre lectores como don Quijote o como los europeos de su tiempo, con unas conse- cuencias de vario calado que van de lo más externo de la con- figuración de un comportamiento, o, pongo por caso, de un lenguaje y de un tema de conversación, a lo más profundo de causar una transformación mayor o menor.
Es pertinente, sin embargo, tratar la literatura caballe- resca con cualquier método o aproximación teórica, histó- rica o filológica que la considere por sí misma y que venga a purgarla de algunas rémoras que debilitan su sentido. Sin entrar, por ejemplo, en su valor literario objetivo, la ficción caballeresca del siglo XVI tiene una entidad que muchas veces se le ha negado de manera implícita o explícita, consciente o inadvertidamente.
l. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN EL SIGLO XVI
La tenaz idea de que se trata de un modelo social y un fenómeno literario medieval que sobreviven de forma anor- mal en la sociedad del Antiguo Régimen ha estado muy extendida, en virtud de la aproximación y de los métodos críticos que se han utilizado para su estudio. Esta distorsión historiográfica se completa, a veces, con un acercamiento al fenómeno de la literatura caballeresca heredado desde una perspectiva cervantina. Así, antes de los años setenta, las o pi- niones sobre la novela caballeresca original y los textos tradu- ciclos que circulaban impresos en España se solían basar en una lectura incompleta de la producción y soportaban por lo general la rémora de la plomada del Quijote. Baste decir que los mejores conocedores de la ficción caballeresca eran casi siempre los más brillantes especialistas en la obra de Cervan- tes, incluso sus primeros bibliógrafos lo eran interesada- mente, para rebuscar o reconstruir el modelo de la biblioteca de Alonso Quijano. Y si es cierto que para ser cervantista hay que moverse con soltura entre la caterva de caballeros que poblaba el magín del de la Triste Figura, no es menos cierto que ahora no sólo vale ser cervantista para apreciar literaria y socialmente el fenómeno y el entorno de recepción de los libros de caballería. Pese a la simultaneidad 'eliotesca' del hecho literario, que socavaría los mismos límites de lacro- nología, Cervantes quizá no sea ni el prisma por el que observar ni el árbitro estético a través de los cuales puedan observarse los hábitos de lectura de los españoles de los pri- meros decenios del siglo XVI.
De hecho, en las últimas décadas, el asiduo estudio de las varias facetas de la sociedad caballeresca ha repercutido sobre la historia misma de la literatura caballeresca en España. La atención prestada a un proceso de evolución interna de la caballería europea ha permitido, de entrada, percibir la per- meabilidad de ésta, no sólo para con las nuevas formas de
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vida, sino también para con los viejos ideales, dando lugar todo a una bifronte y paradójica fuerza de representación. En la sociedad cortesana, las nuevas figuras del soldado gentilhombre y del caballero gentilhombre o caballero cortesano, si empezamos a adoptar la terminología cara a don Quijote, permiten rege- nerar y definir no pocos de los ideales caballerescos de la Edad Media, sin renunciar por supuesto a la modernización de las relaciones humanas de la sociedad de corte y al paso del cortesano al uomo di mondo2•
En este proceso de cambio y adaptación, la literatura caballeresca es también, como los tratados técnicos sobre formación cortesana, sobre arte de la guerra, sobre prácticas de equitación militar, un elemento de referencia fundamen- tal para la imagen del caballero real. Mejor que ningún otro género, esta referencia permite además percibir el cambio conflictivo, pero también, en virtud de su repercusión meta- fórica inagotable, la persistencia y el valor de los modelos y códigos caballerescos.
El estudio de la caballería literaria italiana ha permitido percibir su ambigüedad en el terreno de las creencias y de los códigos: la puesta en evidencia de las contradicciones para- dójicas en Ariosto, o la actitud abiertamente contraria a los códigos caballerescos de más de veinte poemas cava/ereschi tras- vestidos, son harto representativos de esta situación 3. Esa dialéctica, sin embargo, a la que tan sensible fue Cervantes en su elogio, por ejemplo, del carácter atipico del Tiran! lo Blanc, o en su aceptación de los modelos extremos del Furioso, es también perceptible en la caballeria de papel española, bajo cuyo amparo, corno es sabido, circula una traducción-adap-
2 Cfr. Cario Ossola, Da/ <<Cortigwno>> all'<<uomo di mondo>>, Turín, Einaudi, 1987.
3 Mario Domenichelli, Cava/iere e genti/uomo. Saggio .IUlla cultura anstocrat1ca in Europa Ú513-1915), Roma, Bulzoni, 2002, pp. 224 y ss.
l. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN EL SIGLO XVI
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tación en prosa del Morgante o del Baldo. Aunque sólo fuera ateniéndose a estos pocos datos, tendríamos razones para hablar de la actualidad real de la producción caballeresca de finales del siglo XVI hasta el Quijote. Pero, más allá de lo lite- rario, también desde la perspectiva de las ideas, el aviso a navegantes con respecto a la evidente fuerza de ]o caballe- resco en Cervantes y. por ende, en la sociedad en crisis de finales del siglo XVI, fue formulado hace muchos años por José Antonio Maravall, que nos invitó a proyectar hacia los libros de caballerías no sólo a don Quijote, sino también a sus exegetas, como más abajo habrá oportunidad de detallar.
Por todo estos motivos, para mejor conocer el proceso de fijación del canon caballeresco español del siglo XVI hay que tener en cuenta varios factores, que se imbrican entre sí. De entrada, habrán de calibrarse los aspectos de la producción y de la comercialización de estos libros, e incluso 1as relaciones personales que, en la trastienda, los impresores mantienen con la aristocracia, que desempeña en este punto un papel fundamental. A esto hay que yuxtaponer otros factores pro- pios de la geografía humana del proceso, como las peculiares razones sociales que han condicionado el rescate o la inven- ción para la imprenta de libros concretos. Y, entre otras cosas que no me dará tiempo a recordar, no podemos perder de vista ni la faceta poética de la caballería de papel, es decir, su configuración literaria, ni los elementos que la vinculan a un determinado contexto o mentalidad, en sintonía, por cierto, con la condición narrativa del individuo moderno que la imprenta y el mundo editorial contribuirá a configurar, a fijar y, en cierto modo, a fosilizar. Esta criatura narrativa que lee y se proyecta a veces desde los libros de caballerías contri- huirá tanto como los demás integrantes de la geografía humana aludida a hacerlos posibles y aún a hacerlos en ocasiones indispensables.
r8 EL SUEÑO CABALLERESCO
Habré de referirme, entre otras cosas, a la lectura en el próximo capítulo; pero, a este respecto, es evidente que la que induce este tipo de literatura es un fenómeno bastante persistente y consistente en el tiempo. Y quizá sean las mis- mas condiciones de edición y lectura las que presten real- mente homogeneidad al género. Como ha escrito Marín Pina, son muchas las dificultades para poner mojones a lo caballeresco, porque ni las formas retóricas ni la delimita- ción genérica o bibliológica ayudan a crear compartimentos estancos, que, por otro lado, no existen para los editores y lectores originales de los libros de caballerías+.
Atendiendo a la recepción real, si incluimos dentro del repertorio que aquí tenemos en cuenta tanto los libros de caballerías propiamente dichos, como la narrativa_ caballe- resca breve y las traducciones de textos vinculados a los gran- des ciclos del roman, la vida editorial del género y la renova- ción que implica la publicación de nuevos títulos es alternante desde finales del siglo xv5• El hecho de que esa vida empiece y acabe con serias apuestas comerciales o eco- nómicas es emblemático: da los primeros vagidos y pasos seguros a partir de 1489 con la estampación de la Me/asina, el Baladro de/sabio Merlín o el Oliveros de Castillo y Artús de Algorbe, tres especímenes diferentes en cuanto a su tipología y fundamen-
1 María del Carmen Marín Pina y Nieves Baranda. <<La literatura caballeresca.
Estado de la cuestión~>. Rumanistisches}ahrbuch 4·5 (1994), pp. 271-294; y 46 (Iggs). pp. 314-338, para la referencia concreta, 315-318; w'ase tambi!~n.
para la movilidad genérica y tipológica. Víctor Infantes. <<La prosa de ficción renacentista: entre los géneros literarios y el ginero editon'ol» .]ournul ofHispanlc Philology 13 (Ig8g), pp. 115-124.
5 Véanse estos repertorios clásicos: Henry Thomas, !m nouelas de mballer(ns <'.lpa- ñofa~y portt¡gtu•sas. De~pertar de la novela caballeresca en la Pen(nsula Iber~·caJ npamián e mjluenciaenelextranjero. Madrid, CSIC, 1952: y. sobre todo, Daniel Eisenbergy M a. del Carmen Marín Pina. Bibliogra_f{a de los librw de caballer(a cmtellunos. Zara- goza, Prensas Universitarias. 2000. Añádase también .José Manuel Lucía Megía!>, La imprentaj los hbrw de caballer(a. Madrid, Ollero y Ramo~. 2001.
l. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN El SIGLO XVI 19
tos narrativos o temáticos. Da su último estertor, o baladro, si hemos de juzgar por el volumen de esta última salida, ocho años después de la publicación de la segunda parte del Quijote, cuando en Zaragoza -ciudad caballeresca por excelencia, corno nos ha recordado Aurora Egido- un mercader nada manirroto invirtió la enorme suma de dinero que hubo de ser necesaria para la edición de las mil cuatrocientas páginas en folio que ocupan las cuatro partes del Espejo de prine~pesy
caballeros, finalizadas en 1623 [ilustración 2].
A lo largo de más de ciento veinticinco años, se advierte una evolución editorial y, posiblemente, de lectura también alternantes, que dependen de muchas circunstancias, pero que son perceptibles materialmente en un gráfico derivado del cálculo bibliométrico de todas las variedades de la ficción caballeresca [gráfico A]. Este gráfico, al que volveremos a lo largo de estas páginas, permite ya percibir dónde o cuándo se sitúa el acmé de la producción, así corno también otros mo- mentos culminantes y caídas en valle, que, según me parece, nunca fueron casuales.
Pero, además, si veinte años después de que Cervantes imaginara el Quijote siguen viendo la luz libros de caballería, es probable que no sea ya por la misma razón y con destino a lectores de idéntico perfil que los que animaron la fijación de un canon y un estilo desde principios del siglo XVI hasta el entorno de 1525; o los que, entre 1540 y 1550, vieron la consagración del género del que adquirieron el máximo número de ediciones; o, en fin, los que, entre los años setenta y cinco y ochenta y cinco del mismo siglo XVI, leyeron los títulos ya clásicos cuando repuntaba la presencia caballe-
resca en el comercio de libro nuevo.
Intentaré ahora perfilar, por medio de varios ejemplos emblemáticos, algunos de los factores antes reseñados y que han contribuido a la fijación del canon caballeresco. Me
~o EL SUEÑO CABALLERESCO
permito, antes, sugerir echar un vistazo al inver,tario de títulos de libros caballerescos publicados entre 1489 y 15~5
[Apéndice r].
Un asterisco precede a los títulos que se consideran parte del corpus de la ficción caballeresca breve. En realidad, son identificables por sus características externas -la mayoría, volúmenes in -4
°,
frente al in -folio de los libros de caballe- rías-y por los presupuestos literarios de los que se inspiran.Éstos y su origen los sitúan en el área de influencia de las pro- sificaciones, refundiciones, abreviaciones y obras originales de la Francia meridional, más concretamente de Anjou-Pro- venza, que estudió en un estupendo libro Coville 6• N o he tenido empacho en incluir estas obras aquí, ni en encabezar la lista con la versión castellana de la Melusina, yendo quizá contra una cierta ortodoxia crítica, y exponiéndome al reproche de no haber procedido del mismo modo y por la misma razón por lo que se refiere a un tipo de literatura his- tórica con tratamiento legendario, como la Crónica popular del Cid o la Historia de Fernán Gom:ález, librillos que eran incluso leí- dos en la escuela, como he probado en otro lugar, aliado de la literatura de ficción. Tengo, por un lado, la convicción propia de un historiador de la lectura de que esos otros tex- tos traducidos del francés son leídos de otro modo; y, por el otro, no dudo que vendría en mi ayuda la concepción inter- nacional del roman chevaleresque que está en la base, por ejem- plo, del análisis de Michel Zink y Mi che! Stanesco 7•
Llamo la atención de nuevo sobre el gráfico más detallado y limitado que da cuenta de la lista de ediciones [gráfico B].
6 Alfred Coville, La Vie intelectuelle dans les domainesd'Anjou-Provence de 1380 a 1435,
París, Droz, 1941, PP· 456-49I.
7 Mi che! Stanesco y Michel Zink, Histoire europienne du roman médiéval. Esquisse et perspectives, Paris, PUF, 1992.
l. LA CABALLERIA DE PAPEL EN EL SIGLO XVI 21 Asumido el índice científico de error de necesaria conside- ración cuando nos las habemos con libros sujetos a una degradación y pérdida directamente proporcional a su popu- laridad, podemos tomar este diagrama como un indicador de tendencias de edición y, acaso, consumo y lectura, que podría ser bastante real en términos relativos. Tornando como punto central de cada uno de los periodos el acmé de las curvas, parece que puede hablarse de una primera etapa balbuciente, comercial y literariamente hablando, que correría entre los años de 1489 y 1505, año más año menos;
el segundo, entre I506-1507 y 1515, con su clímax hacia I5IO-I5II; y, en fin, el tercero, entre 1516 y 1540, que alcanza la mayor cota en 1525.
Se advierte, por lo que se refiere al primer periodo, que la historia de la narrativa en castellano empieza en el extran- jero, en Toulouse, merced a la edición de la Historia de la linda Melosina [véase ilustración r]. La razón es que en esta villa funcionaba una imprenta en la que se producían libros con destino al mercado hispano, a veces a partir de originales manuscritos del ámbito de la Corona de Aragón o que pasa- ran por manos de correctores o componedores de esa proce- dencia, lo que no debe extrañarnos si paramos mientes a la geografía y a las relaciones comerciales de entonces. Pero tampoco debe pasarnos inadvertido el hecho de que Parix conocía bien el mercado español, puesto que pasa por ser nuestro prototipógrafo con su imprenta segoviana de 14
7'2..
En esa época, como ahora, no se solía correr riesgos econó- micos importantes con productos totalmente nuevos o que, aun siéndolo, no representaran una novedad articulada o enclavable no sólo en un mercado concreto, sino también en un espacio de lectura receptor. No creo, a este propósito, que el éxito editorial que representan al menos cuatro edi- ciones francesas anteriores a la versión castellana de Melosina
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fuera razón suficiente que impeliera a Parix y Clebat a inver- tir la granada suma que importarían los costes de traducción, los de alquiler de los preciosos grabados que ilustran el libro y los de impresión del hermoso in-folio.
Naturalmente, no estoy planteando la existencia de un mercado activo y articulado de libros impresos para la litera- tura caballeresca en 1489: nuestra lista muestra lo contrario.
Lo que la lvfelosina castellana representó de nuevo es el intento de imbricar el impreso en un destino exigente, aristocrático, presidido aún por el manuscrito. No sólo hay razones litera- rias para esta apuesta, sino también se apoya sobre motivos de otra índole. En primer lugar, la sociedad aristocrática adoptó estos textos impresos que proclamaban sus propios ideales o se basaban en sus propios referentes sociales hechos realidad.
Además, el comercio librero, bastante desestruct~rado aún en lo que concierne a los libros de entretenimiento, depen- día no solamente en gran parte del olfato y de la intuición de los mismos impresores o sus consejeros más cercanos, sino que incluso podría circunscribirse en ocasiones a un concreto espacio urbano. Aparte el tema y el tratarse en la mayor parte de traducciones, las cinco primeras piezas de la lista tienen un común denominador, el de ser libros ilustrados.
N o es cuestión baladí en el terreno de la mecánica de la lectura y de la transmisión de la información la presencia de las imágenes; pero también tiene importancia el hecho por- que testimonia la existencia de un mercado económicamente sólido, que se adelantó en lo que respecta a la imagerie a la invención de la imprenta de tipos móviles. En este caso, la cir- culación de grabados previamente utilizados en otras edicio- nes de otro país, en una lengua diferente, como son los de la Melosina, los de Artús y quizá los del Baladro, justifica la inicia- tiva comercial de la edición, la traducción del texto y la puesta en circulación en mercados homólogos o susceptibles
t. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN El SIGLO XVI
de serlo. Recuerdo un caso no ajeno a la ficción caballeresca.
Conocíamos desde el siglo XIX una versión catalana in-4°.
de la Cárcel de amor impresa en septiembre de 1493 con muy hermosos grabados a toda página. El esfuerzo que implica una edición como ésta, con la traducción y el vaciado de esas xilografías no se justificaba para un texto de difusión tan res- tringida como la que supone el mercado de lectores catalanes potenciales. N o ha mucho se han descubierto fragmentos de una edición zaragozana en castellano que tiene los mismos grabados y que salió de las prensas de Hu rus en junio de 14938• A sabiendas de que este impresor, corno demostra- rían otras de sus impresiones, solía beneficiarse del mercado de venta o alquiler de grabados, quién sabe si los tomó de otros impresores o encargó su elaboración con la intención de promover, gracias a la existencia de un juego de ilustra- ciones, otras versiones de la pieza sentimental de San Pedro, de la que la única superviviente fuera la catalana, por más que en Francia la popularidad de la obra y su impacto icono- gráfico es posible comprobarla desde muy pronto, exami- nando verbigracia los tapices de origen flamenco que se guardan en el museo de las Termas de Cluny.
El avatar iconográfico en su faceta más puramente comercial es capaz de contribuir a la fijación de un canon literario casi tanto como la voluntad de los creadores o la exi- gencia de un público pudiente, o todos juntos. Y en ese ava- tar podría estribar una parte importante del principio del afianzamiento de un género, por homologación con otros ámbitos comercialmente más rodados. El caso de la Melosina es aclarador. Las primeras ediciones ilustradas son las de la versión alemana del roman de Coudrette, que preceden a las
8 Véase- Miguel Ángel Pallarés, fa «Cárcel de amor>> de Diego de San Pedro, ¡mpresa en /jJrago<:fl e/3 de junio de 1493: <<membra J¡sjecta>> de una edición desconocida, Zaragoza, Centro de Documentación Bibliográfica Aragonesa, l994·
24 El SUEÑO CABALLERESCO
de la versión en prosa deJean d'Arras, que es la publicada en Toulouse en versión castellana. Concretamente, los grabados de la segunda edición de la versión alemana, la de Basilea, 1476, han servido de inspiración para imitaciones muy cer- canas o han sido utilizados directamente en las ediciones francesas de la Mélusine de J ean d' Arras y en la castellana, excluidos naturalmente aquellos que se referían a episodios específicos de Coudrette9,
Los promotores de la versión castellana de Melusina dieron en el clavo, pues sabemos de la existencia de una reedición valenciana en el periodo del que hablarnos y de una nueva versión publicada en 152610• Y no es extraño el éxito en un panorama como el que vamos entreviendo: se trata de una historia fantástica, en la que se recrea el mito de la transfor- mación del hada y dama en animal legendario, con el objeto de fundamentar las bases genealógicas de la casa de Lusignan, apellido de los reyes de Chipre y de un linaje de gran influencia en el Mediterráneo. Los elementos maravillosos de procedencia folclórica y un ámbito a veces burgués dife- rencian a esta ficción histórica de la tradición romancística y se constituye como una de las obras relacionadas con el bloque narrativo de la Francia del sur o de la Cataluña norte, según se quiera, con lo que eso conlleva temática y poéticamente
9 Véase Laurence Harf-Lancner, <<L'illustration du RomandeMélusine dejean d'Arras dans les éditions du XV e et du XVI e siecle>>, en Le Livre el l'image en France a u XVI e sii!cle, en Actes du colloque 01gani;:é ó I'Université de Paris-Sorbonne le 17 mars 1988, Cahim V. L. Saulmer, 6, París, Centre National des Letlres, Ig8g, pp.
29-55, especialmente 30-33. Agradezco a Hélene Keller sus aclaraciones al respecto, que se basan en su tesis doctoral sobre la materia, defendida en la École des Chartes. Véase, para algunas de las implicaciones que aquí trata- mos también, Isidro J. Rivera, <<The Histona de/a linda Melosina and the Cons- truction of Romance in Late Medieval Castile>>, Modern Longuage Notes 112 (1997), PP· 131-146,
10 Historia de la lmda Melosina, ed. de lvy A. Corfis, Madison, Hispanic Seminal)' ofMedieval Studies, 1986; y las consideraciones de Rivera, citado.
l. LA. CA.BA.LLERIA. DE PA.PEL EN EL SIGLO XVI
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hablando. Se ha recordado, entre otros, el referente real de muchos de sus episodios y los planteamientos verosímiles militares
y
aventureros, la presencia de la guerra lúdicay
una dimensión didáctica cortesan o comportamental. Añádasele también como mérito caracterizador la integración de un espacio mediterráneo, con episodios y substrato ideológico inspirados por el espíritu de cruzada, sin olvidar numerosas analogía con la biografía histórica novelada. Está en la línea del sincretismo narrativo del otoño medieval, que se valdrá del mestizaje como modo de renovación literaria y seguramente como forma de llegar a un abanico de lectores de variada fisionomía, origen y clase social.Algunos de estos aspectos perdurarán en la historia del género, por ejemplo, los temas y los trasfondos imaginarios.
Se podría detallar, verbigracia, cómo todos ellos manifiestan una gran atención a la sangre, al linaje familiar. Tan común inquietud en la literatura medieval nos permitiría hacer cábalas no sé si impertinentes a propósito de la complicada situación política y social de España en el entorno de la gue- rra granadina. Sin ánimo de caer en despeñaderos, notemos que la
fuerza
histórica de la sangre, motivo esencial en las rei- vindicaciones goticistas y retributivas de los historiadores y ensayistas del entorno de Isabel y Fernando, es el mismo que, por ejemplo, guía las acciones de los héroes de todas nuestras novelas, les condicione o no unfatum específico.Si es evidente que los linajes y esfuerzos de los Lusignan, de los héroes de la post-vulgata artúrica del Roman de Graal (Baladro del sabio Merlín), del rey de] erusalén Enrique
Ji
de Oliva, de la estirpe de los reyes godos (Crónica sarracina), de los caballeros peninsulares Oliveros y Artús o de Godofredo de Bouillon no siempre coinciden en las intrincadas ramas del árbol genealógico único de la sacralidad aristocrática universal, sí comparten, sin embargo, puntos comunes, como la llamadaEL SUEÑO CABALLERESCO
y la conciencia de la empresa cruzadista emprendida para la recuperación del reino de jerusalén, que comienza por el norte de África, en virtud de una pulsión escatológica, por emplear el viejo término de Alphandéry. A esto se añaden la quéte, la inflación profética más o menos exagerada y, final- mente, las proclamaciones milenaristas de ciertos textos que narran e interpretan proféticamente la historia. Es sabido, y así lo he señalado en otro lugar examinando la historiografía en verso, que esa ideología va afincándose poco a poco en el reinado de los Reyes Católicos; los burócratas o intelectuales a su servicio, incluso la nobleza aunada, se valieron bien de todos estos tópicos que, incluso, fueron explotados a efectos económicos, principalmente a partir de las más importantes campañas granadinas 11•
Las fluctuaciones que se pueden apreciar nuevamente en el gráfico B, particularmente la que considero que cierra el primer periodo de la evolución, hacia I502-I505, no sólo tienen quizá que ver con crisis económicas que afectan a la imprenta o con la promulgación de leyes más restrictivas que condicionan su evolución, que también, cuanto con la pér- dida de buena parte de la visión del mundo que hemos seña- lado más arriba. No debe ser casual la coincidencia de esta primera crisis con los cambios estructurales que trajo la muerte de Isabel la Católica en 1504 y la redefinición de la política internacional de Castilla, desde entonces mucho más euro- pea que africana, mucho más acorde con la lógica de la polí- tica aragonesa del regente Fernando el Católico que con la de la castellana.
El espíritu de la extinta reina de Castilla, sin embargo, sobrevivió en sus creaciones, y éstas lo reactivaron en cuanto
II Pedro M. Cátedra, La historiografía en verso en la España de los Rryes Católicos. La «Con- solatoria de Castilla» de Juan Barba, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1989.
l. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN EL SIGLO XVI
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hubo la ocasión. Y, así, esta primera crisis editorial de la producción caballeresca parece haberse remontado con éxito entre los años
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con su acmé haciarsroiiSrr.
No voy a recordar factores históricos de alguna importancia que deban ser tenidos en cuenta, como, por ejemplo, la reactivación de la política mediterránea después de la muerte de Felipe I el Hermoso enrsos,
cuando tomaba las riendas del poder el cardenal Cisneros durante la segunda regencia del Católico. Cisneros, precisamente y como buen franciscano afín al mundo espiritual, no tenía olvidados los argumentos históricos milenaristas y proféticos.Dormitaba la ideología que los había orquestado durante el reinado de los Reyes Católicos y se despierta renovada con nueva pulsión escatológica, a raíz de éxitos y fracasos milita- res como los de Vélez de la Gomera (rso8), la conquista de Orán (rsog), la de Bugía y Trípoli y la de los Gelves (rsro).
Aunque fracasado, el impulso africanista de Cisneros dejará una impronta imborrable que retomará en forma de testigo Carlos I, con sus sueños juveniles de intervención en Argel y control del Mediterráneo, circunstancias históricas que nue- vamente coinciden -etpourcause- con el repunte de la edición caballeresca.
Me acabo de referir al avatar iconográfico para sostener una apuesta comercial que podía ser una de las causas, y no la menor, del principio de un género editorial. Me da la sensa~
ción que este proceso está lleno de avatares y de microhiston·as, que no dejan de cuadrar con la coyunturalidad y ligazón con su mundo de la caballería de papel española. Si se quiere, el dirigismo que viene a nuestra cabeza es, en este caso, colec- tivo, de parte de los receptores ambientados en unas coorde- nadas culturales e históricas comunes, capaces de descodifi- car la ficción en una misma dirección. Sin embargo, determinados aspectos de peso, como las materias y la selec-
EL SUENO CABALLERESCO
ción están sujetos a avatares cuando menos interesantes desde la perspectiva de la historia del libro y de la lectura. Es el caso, por ejemplo, de la acción individual de impresores /editores o promotores para la configuración del género.
Mis repetidas alusiones a lo aristocrático del género caba- lleresco desde el punto de vista de su destino deben circuns- cribirse a los primeros pasos. Ya a mediados del siglo XVI la cosa había cambiado, como veremos. Pero el papel de la aris- tocracia en la configuración del corpus pudo haber sido incluso activo. Hoy tenernos fundadas razones para destacar, por ejemplo, la figura del Comendador Santisteban, un miembro del patriciado urbano de Valladolid, educado en la corte de lsabella Católica antes de entrar ya adulto a su ser- vicio. Poseyó una interesante biblioteca, una de laS pocas que entonces disponía de un corpus de manuscritos caballeres- cos, corno el AmadiS -recuérdese que no conservamos más que unas cuantas hojas de uno de ellos, del siglo XV-o las series en castellano de algunas de las ramas de Vulgata artúrica, por citar sólo algunos de los más raros. He podido estudiar su figura en otro lugar y comprobar cómo su labor política se valió de la difusión impresa y de la relación activa con el mundo de la imprenta, en beneficio de su estrategia propa- gandistica.
El hecho más notable y significativo desde nuestra pers- pectiva es que este aristócrata fue también editor. De 1523 data un documento en el que se protegen los viejos derechos de publicación de varias traducciones clásicas de tema militar y varios libros de caballerías, cuyos manuscritos figuraban en su biblioteca, como el Baladro del sabio Merlín o Lan,zarote. Pero su relación con la imprenta es muy anterior, de finales del siglo
XV y primeros años del XVI. Está en relación con el editor de Amadís y el impresor de la edición más antigua que conoce- mos (Zaragoza, 1508). De su biblioteca proceden textos edi-
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tados en la imprenta vallisoletana de Juan de Burgos, primer impresor que edita textos artúricos con muy interesantes revisiones o adiciones, y poco después en la de Diego de Gumiel, con el que le unían relaciones explícitas cuando éste publicó la versión castellana del Tirante, la que leyó y elogió Cervantes 12•
Este aristócrata y 'editor' debió de desempeñar un papel clave en el control de la publicación caballeresca castellana e, incluso, debió de ser una especie de orientador de la línea temática. A este respecto, no podemos olvidar que para determinados textos había que recurrir a bibliotecas bien dotadas. La ficción caballeresca se refugiaba en colecciones de perfil romancista, aristocráticas, lo que tiene sin duda repercusiones sobre la delimitación del corpus; e, incluso, del canon, en caso de que la opinión de sus dueños fuera definitoria, c.omo lo era seguramente la de Santisteban. Por tanto, no debernos perder nunca de vista que, al menos en parte, el canon de la ficción medieval, de la historia o de la poesía cortesana, incluso, depende justamente de la conser- vación de estos textos sobre todo en bibliotecas nobiliarias de los siglos XV y XVI. Tampoco es conveniente olvidar que la selección de los manuscritos por conservar no siempre se debía a un conocimiento o a un interés literarios, sino que la bibliofilia de, por ejemplo, los tiempos de Felipe Il empieza a privilegiar los manuscritos antiguos en romance; y, en fin, no se debe perder de vista el hecho de que, en caso de que además de bibliofilia fuera un criterio el literario, éste no es ni arqueológico ni histórico, por lo que la selección también
12 Véase, de manera más extensa, lo que, sobre el papel de este aristócrata, he dejado escrito en Pedro M. Cátedra y J. Rodríguez-Velasco, Creucióny difusión de «El baladro del sabio Merlín», Salamanca, Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas, Sociedad de Estudios Medievales y Renacentistas & Socie- dad de Historia del Libro, 2000, pp. 80-94.
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en este terreno es una selección en la que el gusto del tiempo en que se hace importa menos que el tiempo en que se escribió la obra seleccionada 13• N os debernos preguntar siempre cuál es, por ejemplo, la literatura medieval que lee- mos o historiamos ahora. Conservar es seleccionar ... Ciertos aristócratas han podido ser, en alguna medida, los guardianes del canon, con todas las distorsiones historiográficas que pue- den derivarse de esta situación.
Hay rnicrohistorias que tienen, sin embargo, consecuen- cias sobre la lectura y la edición, como el papel personal de los impresores españoles más conocidos y parecida, en lo concer- niente a la caballería de papel, al de Caxton en Inglaterra o impresores franceses de Lyon. He estudiado en otro lugar el papel que desempeña el impresor Diego de Gumiel, desde que en los años noventa del siglo XV viene publicando libros caballerescos en Gerona, luego en Barcelona, después en Valladolid y, en fin, en Valencia. La itinerancia típica del impresor del pasado es, en este caso y también, un desplaza- miento, una errancia literaria: editor del TirantloBlanc original en Barcelona, volverá a serlo en Valladolid en castellano; edi- tor de dos ediciones de la versión catalana de Paris et Vienne, quizá la promovió en castellano más tarde. Su labor en Valen- cia también tocó la caballería, en este caso con algún libro innovador al que dedico unas palabras más abajo 14•
13 Al estudiar una biblioteca importante de la época, me he referido con más detalles a estos problemas (Pedro M. Cátedra, Noble,zay lectura en tiempos de Felipe JI: la biblioteca de don Alonso Osario, Marqués de Astorga, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2002).
14 «HistOria de París i Vi a na>>. Edició facsímil de la pnmera impressió catalana (Girona, 14 95), Gerona, Diputación de Gerona, 1986, pp. 59-95. Véase, por lo que con- cierne al impresor antes mencionado Juan de Burgos, el trabajo de Harvey L.
Sharrer, <<Juan de Burgos: impresor y refundidor de libros caballerescos>>, en Pedro M. Cátedra y M a. L. López-Vidriero (eds.), El libro anf(guo español, J,
Salamanca/Madrid, Sociedad Española de Historia del Libro. Ediciones de la Universidad de Salamanca & Biblioteca Nacional, 1988. pp. 361-369.
l. LA CABALLERÍA DE PAPEL EN EL SIGLO XVI 31
En todo caso, toda esta historia es una rnicrohistoria, sobre todo si atendernos a aspectos fundamentalmente mate- riales. Por más que éstos también pueden ser coyunturales, desde perspectivas más políticas, más sociales. Es un común denominador europeo, sin duda. El impresor y escritor William Caxton desarrolla una verdadera estrategia caballe- resca en los años ochenta del siglo XV, que no es ajena ni a los tiempos históricos que corren -batalla de Bosworth y final de la cuestión dinástica de las Dos Rosas-, ni tampoco a las necesidades educativas de la corte a la que, fundamental- mente, se dirige el impresor y de donde obtiene los ejempla- res manuscritos para sus incunables, como aún podemos comprobar examinando alguno de ellos que ha llegado a nuestros días con los restos de manipulación en la imprenta.
Pero, volviendo antes a la conformación literaria, es éste un periodo de <<unification romanesque des matifres>> 15• El mestizaje literario condiciona en términos generales las grandes líneas del roman e, incluso y entre sí, todas las varie- dades de ficción. Se alimenta el repertorio con ediciones de textos mucho más antiguos, pero también se enriquece con el recurso a la traducción y adaptación. Los procesos de des- plCU'.,amiento hermenéutico, por utilizar la terminología de Steiner, son variados y empiezan en el mismo cambio de espacio y de lengua. en los que, sea cual sea la habilidad de traductor o traidor, se pierden numerosos detalles y sentidos contextua- les en lo que es una verdadera dislocación de sentido. Este fenómeno no es solamente perceptible, por ejemplo, en la pérdida de la memoria familiar de la Melusina, sino también en el mero acto de desplazar el mundo del original, como el que se opera en el paso de Tiran! lo Blanc al Tirante el Blanco, que puede
15 Según definición de M. Stanesco y M. Zink, Histoire européenne du roman médié- va/, pp. II7 y ss.
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EL SUEÑO CABALLERESCOhacer imperceptibles las insinuaciones relacionadas con el contexto social y personal de su autor que probablemente pesa, según sabemos hoy, mucho en la escritura de una novela tan peculiar como la de
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oanot Martorell. Los restos de estas pérdidas, sin embargo, permitirán a Cervantes un alegato artístico que ha consagrado al Tirant como una de las grandes ficciones de la última Edad Media. Lo paradójico es que Cervantes obraba sobre la base de un desplazamiento de sentido, de una misinterpretation literaria.Pero la pérdida de sentidos y razones de escritura origina- les implica, naturalmente, ciertos enriquecimientos o actua- lizaciones, con lo que la literatura caballeresca se renueva y puede no sólo enclavarse en un nuevo público, sino repre- sentar ciertos aspectos sociales o culturales. Es todo. esto espe- cialmente evidente en estas primeras piezas del género edito- rial de la ficción, así como también en los procesos de adaptación de lus viejos textos recuperados, desde el Amadís a las versiones de la Vulgata francesa, que son interpoladas no sólo con elementos retóricos amplificativos caros a los nuevos lectores -la poesía, la epístola-, sino también con nuevos sen- timientos acordes con el nuevo espacio. No es necesario insistir demasiado en otra faceta fundamental que explicita este pro- ceso, como la justificación contextua! de estas historias. El prólogo de Garci Rodríguez de Montalvo al Amadís renovado justifica por razones literarias o de actualidad política los cambios a los que se somete una obra del siglo XIV para actua- lizar su lectura16• Por su parte, en el <<postrimero capítulo>>
de Oliveros de Castilla, el adaptador, considerando que <<algunos podrian tener algunas cosas de este libro, por similitud de
16 Véase, entre otros, Rafael Ramos Nogales, <<Para la fecha del Amad1S de Gaula:
'Esta sancta guerra que contra los infieles comen'tada tienen'», Bo/ettn de la Real Academia Española 74 (1994), pp. 504-521.
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imposibilidad, por no verdaderas>>17, intenta explicar y hacer creíbles los pasajes más inverosímiles, fantásticos o sin decoro literario, invocando otras tantas situaciones parecidas que, por considerarse históricas o figurar en la Biblia, no han de ser justificadas; antes bien el recurso a la exégesis, o concreta- mente a la interpretación tipológica o figura!, puede no sólo justificar esos pasajes, sino también sacar de ellos un sentido verdaderamente ejemplar. El magin de don Quijote, su ima- ginación, se abroquelará también con este tipo de argumen- tos y el recuerdo de la historia profana y religiosa, bíblica especialmente, para poner en el mismo plano ficción y reali- dad. No convence, en efecto, a sus oyentes, el cura, el bar- bero o el canónigo, pero cabe preguntarse si no será más bien por su falta de autoridad, por expresarlo oralmente y por su evidente locura que por la solvencia de sus argumentos.
Los textos cuya lengua original no era el castellano se empiezan a reducir, al tiempo que empiezan a abundar los tex- tos originales. Pero ni la selección de textos traducidos es ino- cente o ajena a un programa de contextos literarios y sociales del género, ni tampoco los textos originales son el fruto de una ensoñación caballeresca construida sobre el viento. Entre los varios ejemplos que se podrían citar en el campo de los textos traducidos, que irían desde las adaptaciones del roman pieux
-Robert le diable, por ejemplo- hasta el sentimental-Fioire et Blan-
chejlor-, recuerdo el caso del Guarino mesquino, versión de la famosa novela de Andrea de Barberino, cuya traducción espa- ñola se publica en Sevilla por primera vez en 1512, que ha sido estudiada por Nieves Baranda. Fuera de la marca genealógica, su argumento se vale de todos los ingredientes necesarios para
17 Ivy A. Corfis, «La historia de los nables caualleros 0/iueros de Catillay Ariús d'Aigarve».
From Romance to Chapbook: The Making of a Tradition, Madison, Hispanic Seminary ofMedieval Studies, 1997, PP· 102-104.
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su asimilación a los libros de caballería españoles que venían invadiendo el mercado ya con éxito creciente; ingredientes que, incluso, prepararían el terreno para que el Guarino inspi- rara a su vez otros textos castellanos originales.
Guarino es un joven y nobilísimo caballero raptado por piratas, llevado a Constantinopla corno esclavo y adoptado allí por un mercader, que tiene un hijo, al que se opone y con el que se complementa, en el juego de parejas típicas del roman breve con orígenes folclóricos. La valentía de Guarino le permite llegar hasta el emperador de Constantinopla, en donde se empareja con el hijo de éste, Alexandre, en tensión parecida a la que podemos encontrar entre los amigos o acompañantes de aventuras de Oliveros, de París, de Arderi- que, de Floriseo, etc., y de tantas otras parejas de.la ficción medieval. Corno cabía esperar, la hija del emperador, Eli- sena -el mismo nombre que la madre Amadís-, es el objeto de amor de Guarino. En unas fiestas cortesanas, éste, tras tres días de justas, vence a todos los concurrentes. Algunos eran turcos y, despechados, ponen sitio a Constantinopla.
Guarino, héroe caché como mandan los cánones y que no se da a conocer como el triunfador del torneo, defiende la ciu- dad, pero, por algún mal entendido, Elisena le echa en cara su pusilanimidad. Extrañamente -al menos para mí- Gua- rino da al olvido el amor de tan impertinente princesa.
Consigue organizar con estrategias militares pragmáticas la victoria contra los turcos, que se retiran. Sobre él recae la mala fortuna de la envidia y acaba siendo acusado de esclavo e innoble, a consecuencia de lo cual, y siguiendo el rito de la busca de sí mismo o del propio linaje, se pone en marcha para averiguar quiénes son sus progenitores. Obtiene per- miso del Emperador y recaba respuestas de magos, para peregrinar en viaje maravilloso hasta las tierras donde se hallan los árboles del Sol y la Luna; alcanza el reino del
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preste Juan; se pasea por una geografía fantástica y real, el norte de África, Persépolis, la Meca, que pone de manifiesto, desde luego, el mestizaje genérico en la ficción del otoño medieval, con la incorporación de los modelos de la relación de viaje. Una doncella, que pide ayuda al soldán de Persia para que le retornen su ciudad ocupada de forma injusta, lo reintegra en la aventura caballeresca, corno es común en este tipo de relatos, y acaba prometiéndose con ella. Peregrina durante diez años, llegada a Atlas, toca las tierras de Sibila, que le revela que no es un vulgar esclavo, sino que por sus venas corre sangre real. Recibe la misión de ir a presentarse al Papa, pues está descomulgado. Viaja como peregrino a Santiago y visita al purgatorio de san Patricio, donde ve esculpidas las imágenes de sus padres. En Roma se organiza una campaña para liberar al rey de Pulia, que, sin saberlo Guarino, es su tío, quien está empeñado en una expedición contra los turcos para liberar Albania, en donde reinan los padres de nuestro héroe. Después de las acciones contra los turcos, se ·desvía la acción hacia Persépolis, donde está su amada, y defiende la ciudad ... No vale la pena seguir, porque cualquiera que haya tenido paciencia para llegar hasta aquí adivinará que, en fin, la vuelta a Albania se completa con una porción de episodios cruzadistas y con el matrimonio, que trae como fruto el hijo continuador del linaje.
El mestizaje genérico es reconocible y funciona, de hecho, como la argamasa para el éxito de este tipo de narraciones:
por un lado, menudean las aventuras cruzadistas mediterrá- neas, como las del Tirant, con la llamada de Oriente; por otro, el tema rector de la misión por cumplir (encontrar a los padres, el linaje y el honor perdido) da a la novela un carácter de peregrinación, de qu€te no sólo caballeresca sino también espiritual, como el que da su peculiar carácter a la ficción útil de los siglos XIII y XIV, a la que pertenece nuestro
El SUEÑO CABALLERESCO
Cifar -que. por cierto, se incorpora al mercado editorial español el mismo año que Guarino, después de haber delei- tado y enseñado a algunas generaciones de nobles castella- nos-, y a la literatura artúrica de la última generación. A este respecto, la ficción caballeresca, especialmente la que con- lleva afanes cruzadistas, sigue conservando los motivos de espiritualidad que tenía en los orígenes del mismo concepto de caballería cristiana. Y, con todo ello, el Guarino es también un libro de viajes africanos y mediterráneos 18•
La verosimilud que Cervantes percibía en el Tirante es, en mayor o menor medida, inherente a la caballería de papel española de los primeros veinte años. Es un dato fundamen- tal porque la verosimilitud facilita la fuerza reproductiva, por desplazar aquí el concepto de Chartier, de los libros caballe- rescos en la sociedad para la que se publican. Podríamos poner algunos ejemplos también, volver acaso sobre el con- cepto cervantino en relación con la novela de Martorell, y recordar el Arderique, también traducido del catalán y tan pobre de fantasía como apegado a una cierta voluntad de verosimilitud, o rescatar ahora el Lepolemo19•
Llamo la atención, sin embargo, sobre algunos aspectos del Floriseo, que no es un azar que se publicara en Valencia el mismo año en que ven la luz los dos que acabo de citar20• Es un libro que podríamos calificar de 'moderno', sensible a las preocupaciones de su tiempo, y, a la vez, un libro que tras-
18 Véase la tesis que creo inédita aún de Nieves Baranda, con una excelente edición y estudio GuarinoMesquino español, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, Igg8.
19 Recordemos aquí a Sylvia Roubaud, <<Cervantes y el Caballero de la Cruz».
Nueva Revista de Filologia Hispánica 38 (Iggo), pp. 525-566: también su Le roman de chevalerie en Espagne. EntreArlhuret Don Quichotte, París, Honoré Champion, 2000.
20 Véase el libro de Javier Guijarro citado en la n. 2; el mismo Guijarro ha publicado su edición en A.lcalá de Henares, Centro de Estudios Cervanti- nos, 2003.