CAPÍTULO 3
APROXIMACIÓN PSICOSOCIAL A LA VIOLENCIA DE GÉNERO: ASPECTOS INTRODUCTORIOS
Dolores Seijo Mercedes Novo
Universidad de Santiago de Compostela
1. INTRODUCCIÓN
En el año 1993, en la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se propone la primera definición oficial de la “violencia contra la mujer” como todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la vida privada. En 1996, la Organización Mundial de la Salud adopta la resolución WHA49.25, declarando la violencia como un problema de salud pública fundamental, connotando una aproximación al problema multidisciplinar y basada en el método científico, esto es, con la premisa de generar conocimientos básicos, profundizar en el estudio de las causas y consecuencias, buscar mecanismos de prevención, que además sean evaluados y evaluables en cuanto a su eficacia. En respuesta a esta demanda de la resolución WHA49.25, efectuada a los Estados Miembros, se elabora el Primer Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud de la Organización Mundial de la
Salud (Krug, Dahlberg, Mercy, Zwi, y Lozano, 2003: 5), en el que se describe la violencia como una de las primeras causas de muerte en todo el mundo entre los 15 y los 44 años, y la define como “el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Sobre la formulación anterior caben algunas precisiones importantes; se señala el “uso intencional de la fuerza o el poder físico”, que incluye el descuido y todos los tipos de maltrato (físico, sexual y psíquico); se reconoce la existencia de una amplia variedad de daños (psicológicos, del desarrollo), que por otra parte, no han de tener un manifestación inmediata, sino que pueden permanecer latentes, de tal manera que “definir los resultados atendiendo en forma exclusiva a la lesión o la muerte limita la comprensión del efecto global de la violencia en las personas, comunidades y la sociedad en general” (Krug, Dahlberg, Mercy, Zwi, y Lozano, 2003:
5). Por otro lado, en el año 2002, se aprueba la Recomendación del Comité de Ministros y Ministras del Consejo de Europa a los Estados Miembros sobre la Protección de la Mujer contra la Violencia, “se considera violencia contra las mujeres cualquier acto violento por razón del sexo, que resulta, o podría resultar, en daño físico, sexual o psicológico o en el sufrimiento de la mujer, incluyendo las amenazas de realizar tales actos, coacción o la privación arbitraria de libertad, produciéndose éstos en la vida pública y privada”.
En suma, nos enfrentamos a un problema de salud pública reconocido mundialmente, pero que en muchas ocasiones permanece oculto, haciendo más difícil estimar su magnitud. En las definiciones mencionadas previamente se incluyen referencias a diferentes formas de violencia, que pasamos a desarrollar.
2. TIPOLOGÍA DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
En el año 1996, a través de la resolución WHA49.25, la Asamblea Mundial de la Salud instó a la Organización Mundial de la Salud a que elaborara una tipología de la violencia, poniendo de manifiesto que las existentes eran insuficientes o incompletas (Foege, Rosenber y Mercy, 1995). En el año 2002, la OMS propone una clasificación que atiende a las características de quien ejerce la violencia: autoinfligida; interpersonal;
y colectiva, en referencia respectivamente a la violencia hacia uno mismo, a otro individuo o a grupos más grandes. Dentro de la violencia interpersonal e intrafamiliar se encuadra la violencia de género. Sin embargo, según el informe de la Organización Mundial de la Salud (Krugat et al., 2003), la clasificación más universal se centra en la naturaleza de los actos de violencia: física, psíquica, sexual, o de privación. Otros autores definen el maltrato en función de los daños que ocasiona en las siguientes áreas (Fontanil, Fernández, Gil, Herrero y Paz, 2005): 1) la integridad física, 2) la intimidad sexual, 3) las posesiones y los bienes, 4) las demás reservas y territorios, es decir, el resto de los derechos a la independencia y la participación, 5) la libertad de acción, 6) la libertad de juicio (o libertad de pensamiento), 7) el prestigio, y 8) la seguridad. Esta clasificación permite una adscripción múltiple. Por su parte, en la III Macroencuesta sobre la Violencia contra las Mujeres del Instituto de la Mujer (2006), siguiendo las recomendaciones del Consejo de Europa, se incluyen seis tipos de violencia: física, sexual, psicológica, económica, estructural, y espiritual, que se expresan en un total de 26 indicadores.
2.1. VIOLENCIA FÍSICA.
La violencia física representa la forma más evidente de violencia doméstica, se caracteriza por la existencia de agresiones físicas sobre la mujer, que pueden ser graduadas atendiendo a la intencionalidad y al daño causado (Torres, 2001). Más concretamente, se suelen atender para su determinación a la conducta lesiva y su intencionalidad, a los efectos de la lesión o a los medios utilizados (Alberdi y Matas, 2002). Esta modalidad incluye un abanico de conductas de acción u omisión que además, suelen ir precedidas por maltrato psicológico (O’Leary, 1999). Las situaciones de violencia física infligida por la pareja siguen mayoritariamente un patrón de maltrato continuado. De facto, la gran mayoría de mujeres víctimas de maltrato físico en todos los entornos geográficos y sociales, lo han sido, con frecuencia, o en más de una ocasión (Krug et al., 2003).
2.2. VIOLENCIA SEXUAL
La violencia sexual puede definirse como “todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo” (OMS,
2005: 161). Específicamente esta forma de violencia incluye: ser obligada a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad, tener relaciones sexuales por temor a la reacción de su pareja, o ser obligada a realizar algún acto sexual degradante o humillante. Este tipo de maltrato comprende también el sometimiento a prácticas sexuales dolorosas o desagradables; acusaciones de tipo sexual (de ser ninfómana, frígida, etc.), burlas, o forzarla a mantener relaciones sexuales con terceras personas (Torres, 2001). Una proporción significativa de las mujeres víctimas de violencia física sufren abuso sexual, no siendo infrecuente ni tampoco privativa de país o región alguna (Krug et al., 2003).
2.3. VIOLENCIA PSICOLÓGICA
La violencia psicológica se caracteriza por la presencia continuada de la intimidación o las amenazas, por el uso de humillaciones reiteradas, por la imposición del aislamiento social, la desvalorización total como persona, o por un acoso continuado. De igual modo, se describe por la imposición de conductas degradantes, por posturas y gestos amenazantes, conductas destructivas y hasta la culpabilización a ella de las conductas violentas de él, aún cuando debemos discriminar entre este tipo de maltrato y una mala relación de pareja, pues la primera genera consecuencias muy negativas en la salud y el bienestar emocional de la mujer (Echeburúa, Corral y Amor 2002). En la macroencuesta sobre Violencia contra las Mujeres (Instituto de la Mujer, 1999) se incluyen diversos indicadores de maltrato psíquico, clasificados en dos categorías: desvalorización y control. Con respecto a la primera, se recogen las vejaciones, humillaciones y desprecios que se concretan en la desvalorización de la mujer como persona, en la sociedad, indirecta a través de otras personas o la
desvalorización ideológica; por otro lado, el control (personal, doméstico o económico) comprende los comportamientos orientados al control de las actividades y las relaciones de la mujer, forzándole a cumplir con un rol de dependencia personal y económica del hombre (Alberdi y Matas, 2002). Por su parte, la OMS (2005) señala como actos específicos de maltrato psíquico: ser insultada o hacerla sentirse mal sobre ella misma, ser humillada ante los demás, ser intimidada o asustada, o ser amenazada con daños físicos.
En algunas investigaciones llevadas a cabo en nuestro país, se precisa que el maltrato emocional es más frecuente que el físico (Fontanil et al., 2002). La violencia psíquica produce consecuencias tan importantes como la física (Sarasua y Zubizarreta, 2000). La gravedad de las consecuencias de esta victimización se relaciona con la intensidad del maltrato, hallándose que la violencia psicológica también actúa como un buen predictor del Trastorno por Estrés Postraumático (Picó-Alfonso, 2005). Esta modalidad de maltrato es la más difícil de identificar y evaluar (McAllister, 2000)
La violencia psicológica es inclusiva de otras formas como la económica, estructural o espiritual, aunque en ocasiones aparecen como categorías diferenciadas (Instituto de la Mujer, 2002, 2006). Ejerce violencia económica quien realiza un acto para someter a otra persona mediante el control de determinados recursos materiales que pertenecen al agresor, a la víctima o a ambos. En esta modalidad se incluyen comportamientos de acción, como por ejemplo dilapidar los recursos económicos de ambos, o conductas de omisión, como por ejemplo hacerle entrega de cantidades exiguas para satisfacer los gastos de la casa, obligando a la mujer a buscar apoyo económico de terceros (Torres, 2001). Son situaciones en las que las mujeres tienen limitada su capacidad para obrar, de trabajar, de recibir un salario o de administrar sus
bienes por el hecho de ser mujeres (Alberdi y Matas, 2002). Impedir el acceso a un puesto de trabajo o a la educación son también indicadores de violencia económica (Instituto de la Mujer, 2006).Por su parte, la definición contenida en la III Macroencuesta sobre la violencia contra las Mujeres, la violencia estructural, estrictamente relacionada con la psicológica, connota las diferencias de poder que legitiman la desigualdad, mientras la espiritual, violenta las creencias culturales o religiosas de la mujer.
En suma, nos encontramos ante una miscelánea de conductas y comportamientos de índole física (activas como golpes, violación o intentos de asesinato, o pasivas como la privación de cuidados médicos), como psicológica (amenazas, trato humillante y vejatorio, insultos, aislamiento económico y social) y sexual (sin consentimiento). Tres grandes categorías interrelacionadas y que en pocas ocasiones tienen lugar aisladamente (Dutton, 1993).
En líneas previas hemos revisado las diferentes manifestaciones de la violencia de género, que por otra parte, no tienen lugar de forma aislada. Muy por el contrario, la violencia física en las relaciones de pareja se acompaña frecuentemente de maltrato psíquico, y en una tercera parte, también hay abuso sexual (Ellsberg, Pena, Herrera, Liljestrand, y Winkiyist, 2000). El estudio de la OMS (2005) ofrece una de las primeras aproximaciones transculturales a la violencia infligida por la pareja, informando que el patrón más común es la existencia de violencia física, o la coocurrencia de violencia física y sexual, con una variación según los diferentes entornos geográficos entre el 30%
y el 56%. En esta misma dirección, Matud (2004), en una muestra de mujeres españolas que han sufrido maltrato, constata la mayor frecuencia de los abusos físicos y
psicológicos (46%); seguida de físicos, psicológicos y sexuales (33%), sólo psicológicos (16%) o psicológicos y sexuales (5%).
3. INDICADORES DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
3.1. INDICADORES EPIDEMIOLÓGICOS
La violencia en la pareja se produce en todos los países y grupos sociales. Para estimar su magnitud, se utilizan indicadores expresados en términos de porcentajes o tasa, para facilitar su comparación (Pineault y Davelauy, 1991). Los indicadores deben reunir ciertas características metodológicas, como ser específicos, cuantificables, fiables válidos, o estar basados en definiciones aceptadas internacionalmente (Ertürk, 2008).
Concretamente, se utiliza la prevalencia en las encuestas, un indicador epidemiológico que se calcula a partir del cómputo de las respuestas afirmativas a un listado de comportamientos, con dos estimaciones diferentes: prevalencia vital o prevalencia para los últimos doce meses. Así, con anterioridad al año 1999, en una revisión de los estudios realizados en 35 países, se comprobó que entre el 10% y el 52% de las mujeres había sufrido maltrato físico por parte de su pareja en algún momento de su vida (Krug, 2002). Según la OMS (Krug et al., 2003), en 48 encuestas efectuadas en todo el mundo, entre el 10% y el 69% de las mujeres revelaron haber sido agredidas físicamente por su pareja en algún momento de sus vidas, y aproximadamente entre un 20% y un 75%, reportaron violencia psíquica. Destacaremos otros estudios epidemiológicos. A nivel
internacional, concretamente en Canadá, en una macroencuesta a 12.300 mujeres mayores de 18 años, se constató una prevalencia vital de maltrato del 29% de mujeres agredidas por exposos o exesposos, y del 16% por novios (Johnson, 1998). Por su parte, para Norteamérica, Tjaden y Thoennes (2000) hallaron en relaciones de convivencia, una prevalencia vital para la violación, asalto físico y acoso del 21,7% y una prevalencia anual (para el último año) del 1,4%; frente al 30% de tasa de prevalencia vital y 10%
para el anual en Gran Bretaña (Mooney, 2000).
En España, El Instituto de la Mujer ha llevado a cabo tres investigaciones, en el año 1999 y 2002, al inicio y al finalizar el “Plan de Acción contra la Violencia Doméstica”, y en el año 2006, con una investigación idéntica efectuada con 32.426 entrevistas, para evaluar la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género de 28 de diciembre de 2004. En cuanto a la cuantificación de los datos, el maltrato técnico alcanza en 1999 un 12,4%, en 2002 un 11,1% y en 2006 un 9,6%. Por lo que se refiere al maltrato autodeclarado, se indica en las tres ediciones de la encuesta, un 4,2%, 4% y un 3,6%. En el año 2006, se detecta un descenso en los dos tipos de maltrato, siendo las diferencias estadísticamente significativas tanto en el caso del maltrato “técnico” (de un 11.1% de 2002 pasa a un 9.6% en 2006), así como en el caso del maltrato declarado (de un 4.0% pasa a un 3.6%) (Instituto de la Mujer, 2006).
Asimismo, Medina-Ariza y Barberet (2003), en una muestra española de mujeres mayores de 17 años, casadas, con convivencia o separadas/divorciadas, residentes en ciudades de más de 100.000 habitantes, hallaron que el 4,61% se percibían a sí mismas como mujeres maltratadas, en tanto el 21,16% informaba de ser objeto de conductas controladoras frecuentes.
De igual modo, Fontanil, Fernández, Gil, Herrero y Paz (2005), con una muestra de mujeres asturianas sitúan la prevalencia vital en un 20,2% de las mujeres encuestadas, es decir que han sufrido o están sufriendo maltrato a manos de su pareja.
En cuanto a la prevalencia anual, indican que un 6,2% de las mujeres de la muestra ha sufrido maltrato durante el último año.
3.2. INDICADORES JUDICIALES
Las estadísticas oficiales sobre las denuncias por violencia de género en nuestro país ofrecen datos para tres períodos: 1983-96, 1997-2001 y 2002 en adelante, aunque no son comparables entre sí, ya que responden a criterios diferenciales basados en los tipos penales que son considerados en cada momento. Si nos centramos en los datos más recientes, el análisis de las denuncias por violencia de género en los últimos cinco años (2002-2007) muestra una tendencia ascendente que se concreta en un aumento global para este período del 72,1% (Ministerio de Igualdad, 2008). Así, en 2002 se contabilizaron 47.282, frente a las 81.301 del 2007.
Por otro lado, también desde esta aproximación, se computan las cifras relativas al número de muertes víctimas de violencia doméstica, que no aparecen en la metodología de la prevalencia, sino que forman parte de las estadísticas de la justicia penal. En nuestro país, las estadísticas oficiales provenientes del Ministerio del Interior, o del Instituto de la Mujer, muestran el elevado número de mujeres muertas por violencia de género en la última década. En los dos últimos años se aprecia un aumento de los homicidios (68 en 2006 y 71 en 2007). Sin embargo, el informe preliminar sobre la valoración de la Ley Integral contra la Violencia de Género, significa que la
comparación con el período anterior a la Ley, con el posterior, refleja una disminución global de 8,7%. Si además se tiene en cuenta el aumento de la población, y se compara la tasa de víctimas mortales por millón de mujeres mayores de quince años antes de la ley, alcanza un 3,8%, y con posterioridad, se ha reducido al 3,4%, según fuentes oficiales. Asimismo, en este informe preliminar también se subraya que el número de mujeres asesinadas en relación con la población también es menor en el período de vigencia de la Ley Integral, con un descenso del 10,5% (Ministerio de Igualdad, 2008).
3.3. INDICADORES SOCIALES
El análisis de la violencia de género debe contar con un medida de la percepción social de este problema, mediante encuestas de prevalencia, así como una medida de las actitudes sociales, evaluando los niveles de comprensión, la sensibilización, los niveles de tolerancia (ver capítulo 4 de este manual), o incluso si los encuestados conocen a alguien que ha sido víctima, y la voluntad de intervenir o denunciar (Ertürk, 2008). En el ámbito de la Unión Europea, en el Eurobarómetro de 1990, se refleja que la inmensa mayoría de los europeos considera que la violencia está muy extendida en su país (un 74%) y que constituye un problema serio. Además, casi la mitad de los encuestados conoce algún caso de violencia de género, y la mayor parte considera que es inaceptable en todas las circunstancias. Centrándonos en nuestro país, y como medida de la opinión pública, en una encuesta del CIS en el año 1990, se refleja la reserva de denunciar la violencia contra las mujeres, máxime si se trata de maltrato psíquico. Sin embargo, transcurrida una década, en el año 2001, la encuesta del CIS pone de manifiesto la
predisposición a la denuncia en un 71% de los casos en los que se conoce una situación de violencia, incluyendo la psicológica.
Hasta aquí hemos presentado una panorámica general sobre la violencia de género, desde la revisión de aspectos teóricos, relativos a la definición, a las tipologías de carácter más universal, así como la cuantificación desde una aproximación de indicadores. A continuación revisaremos sucintamente algunas de los factores y teorías explicativas de la violencia de género.
4. FACTORES EXPLICATIVOS DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Son diversas las teorías que han abordado la violencia de género desde diferentes enfoques, de corte biológico, psicológico o sociocultural. Sin embargo, como señalan Riggs, Caulfield y Street (2000), tras una profunda revisión empírica de la correlación y la predicción de la violencia de género, no existe un indicador ni un conjunto de indicadores claros que permita identificar a individuos perpetradores. Para poder comprender la naturaleza multidimensional de la violencia de género, tomaremos como referencia el modelo ecológico (Bronfenbrenner, 1987), aplicado a la violencia de pareja, en tanto “la violencia es el resultado de la acción recíproca y compleja de factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales” (OMS, 2003: 13).
Este modelo se emplea inicialmente para explicar el maltrato a menores (Garbarino y Crouter, 1978) o para la violencia juvenil (Garbarino, 1985). Centrándonos en la violencia de pareja, el modelo ecológico explora la relación entre factores individuales y
contextuales (Heise, 1998). Así, propone diversos niveles de influencia, a saber:
individual, relacional, comunitario y social, que pasamos a sintetizar:
a) Nivel individual: características del individuo que puedan incrementar la probabilidad de perpetrar la violencia, estos es, factores biológicos y de la historia personal del individuo que pueden influir en el comportamiento del agresor. En este sentido, se señalan la alta impulsividad, baja asertividad o la presencia de determinados síndromes psicológicos como la depresión, el abuso de sustancias o el trastorno límite de personalidad (Riggs, Caulfield y Street, 2000).
Diversos estudios estudios realizados en Canadá y Estados Unidos concluyen es más probable que los hombres violentos sean emocionalmente dependientes, inseguros, con baja autoestima (Kantor y Jasinsky, 1998). De igual modo, exhiben una mayor tendencia a la depresión, y obtienen puntuaciones elevadas en determinadas escalas de trastornos de personalidad antisocial, agresiva y límite (Black, Schumacher, Smith y Herman, 1999). No obstante, la tasa de trastornos psicopatológicos suele ser baja en entornos donde la violencia de pareja es común (OMS, 2005). Como señalan Fernández- Montalvo y Echeburúa (2008), es necesario profundizar en la investigación sobre la relación entre trastornos de personalidad en general, y psicopatía en particular, y la violencia contra la pareja.
b) Nivel relacional: las relaciones sociales próximas, como la relación de pareja, hace más probable el maltrato reiterado por parte del agresor (Reiss y Roth, 1993). Se incluyen en este nivel algunas características
de las relaciones de pareja, como es el elevado nivel de conflicto en la relación (Black, Schumacher, Smith y Herman 1999), o la experiencia de violencia en el noviazgo (ver capítulo 5), aunque las investigaciones al respecto no arrojan resultados concluyentes.
c) Nivel comunitario: determinados contextos sociales y comunitarios resultan potencialmente favorecedores de las situaciones de violencia.
De este modo, se señalan variables como la alta densidad o la heterogeneidad de la población, la marginalidad o el desempleo, entre otros (Krug et al., 2003). En esta dirección, los estudios realizados en diferentes ámbitos constatan que la violencia de pareja tiene lugar en todos los niveles socioeconómicos, aunque un elevado nivel de pobreza puede connotar diversas condiciones que, a su vez, incrementan el riesgo de violencia (Heise, 1998).
d) Nivel social: hace referencia a factores más estructurales como las normas, las actitudes o la aceptación social de la violencia (ver capítulo 4), que enfatizan la importancia de la estructura social, las creencias y las conductas compartidas en el sistema social (Expósito y Moya, 2005; Gelles y Strauss, 1979). Se incluirían las normas socioculturales o las expectativas de rol que refuerzan la subordinación femenina y contribuyen a perpetuar la violencia masculina (APA, 1999). En este sentido, los estereotipos de género, dimensionados a nivel descriptivo, pero también descriptivo, esto es, de cómo deberían comportarse, hombres y mujeres, cumplen la función social de justificar el orden social, convirtiéndose en un
elemento discriminatorio y de resistencia al cambio (Cuadrado, 2007).
Finalmente, en este nivel se recoge la cultura del honor, que si bien guarda relación con las características culturales de las sociedades, y por tanto con mayor impacto en algunos países, fomenta los roles de género y contribuye a perpetuar la violencia contra las mujeres (Vandello y Cohen, 2003).
Como hemos señalado en líneas previas, la literatura recoge diversas aproximaciones al estudio de la génesis y del mantenimiento de la violencia (para una revisión, ver Fariña y Arce, 2003), y más concretamente de la violencia de género. Entre los modelos multicausales explicativos de la violencia de género cabe destacar, entre otras, la propuesta de Stith y Rosen (1992), o de Echeburúa y Fernández-Montalvo (1998). Lo primeros diferencian los siguientes componentes: factores de vulnerabilidad de la familia y el individuo, factores de estrés situacional, recursos individuales disponibles, familiares y sociales para hacer frente a las vulnerabilidades y al estrés y el contexto sociocultural. En la misma línea, Echeburúa y Fernández-Montalvo (1998) aluden a la interacción de diversos factores de la conducta violenta, a saber: actitudes de hostilidad, estado emocional de ira, repertorio pobre de conductas y trastornos de personalidad, factores precipitantes, percepción de vulnerabilidad de la víctima y, reforzamiento de las conductas violentas previas. Esta aproximación interaccionista incorpora factores relacionados con el agresor, la víctima y aspectos relacionales que son revisados en este manual (ver capítulos 5 y 6).
5. CONSIDERACIONES FINALES
Tras este recorrido a modo de introducción, que el lector tendrá ocasión de completar y ampliar en otros capítulos, formularemos algunas consideraciones.
-En primer lugar, queremos resaltar como hito significativo el tratamiento de la violencia de género como un problema de salud pública fundamental, que además de posibilitar una aproximación al problema interdisciplinar, basada en el método científico, también enfatiza la acción colectiva, que implica a todos los sectores sociales: salud, educación, servicios sociales, justicia y política (Krug et al., 2003). Por tanto, una estrategia cooperativa en la prevención y en la intervención sobre la violencia de género. A esta filosofía responden el diseño de los Planes Integrales Contra la Violencia de Género.
-En segundo lugar, en lo que se refiere a la tipología de la violencia de género, haremos hincapié en la propuesta de una clasificación universal de la violencia de género de la OMS (Krug et al., 2003), basada en la naturaleza de los actos de violencia: física, psíquica, sexual, o de privación, toda vez que las existentes eran incompletas o insuficientes.
-En tercer lugar, en relación a los indicadores de la violencia de género, al hilo de la revisión expuesta, hemos de subrayar la necesidad de homogeneizar criterios e indicadores en el estudio de la violencia de género, que permitan superar las limitaciones metodológicas de las investigaciones actuales, a saber:
incongruencias al definir la situación de violencia y maltrato, la variación de los criterios de selección de los participantes en los estudios, o diferencias atribuibles a las fuentes de los datos (OMS, 2005). El tipo de muestreo
(población general, población clínica, denuncias, etc.); la dimensión temporal que cubre la evaluación (violencia anual, vital, etc.); los tipos de maltrato considerados (solo violencia física o también otros tipos, solo frecuencia o también duración o consecuencias, etc.); el medio en el que se realiza el estudio (entrevista personal, por teléfono, análisis de registros…); o el grado de colaboración pueden mediatizar las diferencias (Fontanil, Fernández, Gil, Herrero y Paz, 2005). En ocasiones, se cuestionan las encuestas en la población general por reflejar tan sólo la violencia leve o moderada que existe en las relaciones de pareja (Gordon, 2000).
-En cuarto lugar, la revisión de la literatura sobre el tema, revela la necesidad de generar un mayor conocimiento científico sobre la violencia de género, a través de teorías y modelos con soporte empírico, que permita completar el panorama actual de la investigación, conocer sus causas y también los mecanismos mediante los cuales se mantiene y se perpetúa.
En suma, queremos significar la necesidad de seguir avanzando en el diseño y elaboración de herramientas teóricas y metodológicas, que hagan posible una mayor eficacia en la prevención, evaluación e intervención en la violencia de género, que permita erradicar esta lacra social.
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