Juan W. Tamayo
に
¿TALENTO O ACTITUD?
に
Reflexión sobre el Talento en la sociedad y empresa actual
Escrito entre Noviembre de 2013 y Enero de 2014 en Algeciras (Cádiz)
Registrado en la Propiedad Intelecutal de Safe Creative
Prohibida su reproducción total o parcial. Todos los derechos reservados.
EXI“TE ALGO MUCHO MÁ“ E“CA“O
FINO Y RARO QUE EL TALENTO. ES EL
TALENTO DE RECONOCER A LOS
TALENTO“O“
INTRODUCCIÓN
Hoy en día podemos ver que eso del talento está por todos lados. Parece que ha surgido de pronto. Así, de la nada. Lo vemos en los periódicos, en los informativos, en internet, en programas de televisión, en la radio, en las redes sociales, en conferencias, debates, en los numerosos foros de emprendedores, y sobre todo, en aquello que tenga relación con el mundo empresarial. Es más, incluso ya ha llegado a la política, convirtiéndose en un asunto muy a tener en cuenta.
Lo tenemos hasta en la sopa, como se suele decir de forma coloquial.
Pero la verdad es que hasta no hace mucho o no existía o no se apreciaba. Al menos eso es lo que parece.
Seamos honestos y digamos que además de ser muy difícil encontrar talento, lo cierto es que a muy poca gente le ha importado. Es más, hasta ahora incluso hemos funcionado con una cierta normalidad sin necesidad de tener ningún talento a mano.
Pero ocurre que ahora, de pronto, como no tengamos a algún talento en la organización o en la empresa, ya no somos ni modernos y ni vanguardistas.
Así, de repente, hemos pasado de no tener ninguno, a querer tener a todos de una vez. Esto nos dice que algo no se está haciendo bien. Está fallando el sentido común, el cual como ya sabemos todos, es quizás el menos común de todos los sentidos.
Ahora todo el mundo se ha tirado de cabeza en busca y captura del talento perdido, sin tan siquiera saber qué es eso en realidad. Y tal como se suele decir, siempre habla quien más tiene que callar, y son precisamente los que menos saben qué es el talento, quienes parecen que lo conocen mejor que nadie. La verdad es que es toda una audacia.
Incluso ya hasta se dan cursos para sacar el talento que llevamos dentro.
Lo curioso de todo es que quienes hablan tanto del talento no saben en realidad qué es ni cómo se desarrolla, y por el contrario
quienes sí lo poseen, los talentos de verdad, son los que menos hablan de ello, además por supuesto, de no ser tenidos en cuenta a la hora de expresar sus opiniones o ideas. Y lo cierto es que no se les hace caso porque siguen siendo tan ignorados como siempre. Aunque es verdad también que el hecho de ser ignorados apenas les turba, ya que están demasiado acostumbrados a ello.
Hay muchos casos de talentos conocidos a lo largo de la historia que en su día fueron rechazados y despreciados, como aún sigue ocurriendo todavía, por quienes no tienen ni idea sobre lo que es el talento, pero que desde siempre se han constituidos, sin ser nombrados por nadie, como los exclusivos valedores de apreciar dicha facultad.
Y es así porque en gran parte desde siempre se ha pensado que para tener talento es obligatorio poseer unos mínimos requisitos a nivel académico.
Este tipo de apreciación ha sido, y lo es aún, totalmente injusto con quienes poseen un talento de verdad, pues la mayoría de ellos
no han sido precisamente que digamos, ni buenos estudiantes, ni tampoco destacados eruditos académicos. Y eso sin mencionar a los que no han sido nunca conocidos, o por el motivo que fuere no han podido llegar a manifestar toda su genialidad, ya que por desgracia, siempre ha estado en las manos de quienes no saben realmente qué es el talento, la potestad de ser los que otorgan su reconocimiento. Todo un ejemplo claro y contundente de paradoja manifiesta. Siendo así nos podemos hacer cuenta de la cantidad de talentos y genios que fueron, y lo son aún todavía, despedidos de oficinas y despachos al no ser considerados así. Es una muestra clara y palpable de cómo funcionan las organizaciones y empresas a lo largo de la historia.
Y aunque en la actualidad se pretende dar un aspecto de vanguardia e innovación a todo lo que atañe al mundo empresarial, lo cierto es que se sigue pensando y actuando igual que se ha hecho siempre.
El problema en realidad no está tanto en la falta de talentos, sino en quienes deciden al final quiénes lo son o han de ser.
Así vemos como Walt Disney fue despedido de un periódico por estar falto de
ideas e imaginación , o también tenemos el caso de Michael Jordan, quien en muchas ocasiones fue rechazado para formar parte de su equipo de básquet, no detectando su entrenador en él a quien luego ha sido uno de los mejores jugadores de baloncesto del mundo.
Al coronel Sanders le rechazaron 1009 veces su receta. Le dijeron que nadie probaría su pollo frito. Y hoy en día KFC es una cadena a nivel mundial. Por su parte, Albert Einstein no habló hasta que tuvo los cuatro años, y tanto sus padres y profesores pensaron que tenía algún tipo de deficiencia mental. Así vemos cómo fue expulsado de su colegio y luego más tarde no fue tampoco admitido en la Escuela Politécnica de Zürich.
Sobre Thomas Edison sus profesores dijeron
de él que para que
despedido de sus primeros trabajos porque según decían, era poco productivo. De igual forma Steven Spielberg cuando quiso entrar en la Universidad fue rechazado hasta tres veces, y ahora sin embargo es reconocido como uno de los más grandes directores de cine de la historia.
Tampoco fue tomado para nada en cuenta
Elvis Presley, al cual le dijeron en su primera
audición que jamás llegaría a cantar, y que mejor se dedicara a conducir camiones, que era para lo que en realidad había nacido. Igual le pasó a uno de los grupos musicales más conocidos e importantes de la historia,
The Beatles, a quienes le dijeron que ni su
sonido ni su música gustaría jamás anadie. En otro ejemplo sobre la gran torpeza de no valorar a quienes poseen talento o buenas ideas lo vemos en el caso particular de Fred
Smith, quien presentó un plan de negocio y
le dijeron que era pura ciencia ficción y que jamás resultaría viable porque algo así sería imposible llevarlo a cabo. Pero no se dio por vencido y puso en funcionamiento FEDEX, la gran empresa de transportes y mensajería
que factura cientos de millones de dólares. Por su parte, Beethoven también fue visto por sus profesores como un músico que no tenía ni talento ni creatividad alguna, para luego ser reconocido como uno de los más geniales músicos y compositores de música clásica de la historia.
Así, tras todos estos ejemplos, nos podemos dar cuenta de cuán injustos hemos sido, y lo seguimos siendo aún, con todos los que de un modo u otro poseen talento. Parece que tan solo los utilizamos para sacarlos de vez en cuando y mostrarlos como si se trataran de una extravagante especie a los cuales observar desde la distancia.
En realidad no sabemos a cuántos talentos de la talla de Einstein, Mozart, Julio Verne o
Leonardo Da Vinci hemos ignorado por no
darles el valor merecido. Y mucha culpa de esto la tienen también los sobrevalorados cazadores de talentos, quienes se afanan en buscar a los talentos por todos lados, pero siempre lo hacen, una de dos, o donde no los hay, o en lugares equivocados.
Encima, para colmo de males, encuentran siempre a quienes realmente no lo tienen, y encima los aúpan en altares que pertenecen a otros, a los verdaderos. Y así ha ocurrido siempre, por desgracia.
Y si seguimos el rastro nos daremos cuenta que han sido muy pocos los talentos que han contado con el apoyo de auspiciadores desde un principio. La mayoría tuvieron que sufrir mucho antes de ser reconocidos, e incluso muchos lo fueron ya una vez habían fallecidos.
En fin, esto es lo de siempre. Y tal como dice una canción, la historia se vuelve a repetir otra vez de nuevo. No hay nada nuevo bajo el sol.
Y actualmente ocurre lo mismo. Y lo que no es de recibo es que quien no tiene talento se crea capaz de reconocer a quien lo tiene. Vamos a ver, una cosa muy diferente es poder apreciar facultades o habilidades en otros, pero eso ya sería en todo caso otra cosa, no precisamente talento.
No estaría mal diferenciar una cosa de la otra. Y digo esto sobre todo porque se hace necesario dar reconocimiento a quien tiene talento, y no ponerlo luego al mismo nivel que quien posee otro tipo de habilidades. Lo que sí está claro es que para encontrar talentos no se puede caer en valoraciones ni juicios de rango técnico o académico con el fin de darles reconocimiento.
No se pueden tomar decisiones de manera tan ligera como se hace siempre, al menos si es de talento de lo que se habla.
Hemos de comprender que no es lo mismo poseer un excelente expediente académico que tener talento. No tiene nada que ver lo uno con lo otro.
Se puede ser un gran erudito especialista en cierta materia académica o técnica pero ello no significa que se tenga talento. Un talento va más allá de todo eso. Un talento no tiene la dependencia de lo académico ya que ante todo es un creador, y como tal puede crear incluso su propio método e ilustración.
Un talento alberga dentro de sí, en sí mismo todos los recursos necesarios para llevar a cabo la creación de un proyecto o idea sin que para ello tenga que recurrir a fuentes ajenas o externas de forma constante. Así a un talento no se le puede ser tasado con la misma medida que al resto de los mortales. Y no hay ninguna universidad ni escuela que sea capaz de crear o concebir talentos. Es el talento un don que se tiene o no se tiene.
¿DE DONDE SURGE EL TALENTO?
El talento no surge así como así. No se trata de tener estudios universitarios además de un puñado de másteres todos con matrícula de honor. Eso es no es talento, eso es otra cosa.
El talento de verdad viene ya de fábrica, de nacimiento. Se trata de un don natural que surge por sí solo, sin ser llamado ni forzado. Y por supuesto, no le hace falta ningún tipo de añadidura académica para poder llegar a ser y a existir. Es como si a un alcornoque o a una ballena le pidiéramos su expediente académico para certificar que lo son. Sería completamente absurdo.
Y digo esto porque mucha gente piensa que un talento es quien ha ido a la universidad y ha alcanzado unas excelentes calificaciones tras un gran esfuerzo y pertinaz sacrificio. No, eso no es así, pues quien posee talento no tiene en realidad dificultad alguna para realizarse como tal.
Quien es intelectualmente ineficaz, torpe y sin creatividad alguna debe realizar grandes esfuerzos y sacrificios para obtener ciertos resultados, pues al no tener talento natural por sí mismo, ha de lograrlo así, a base de mucho estudio y rigurosa disciplina.
La persona que realmente tiene talento es capaz de superar incluso a quien le enseña. Y lo es porque tan solo vive para eso, para su talento. En realidad ni siquiera sabe que lo posee, y en el caso de saberlo, al estar tan imbuido en ello, ni tan siquiera le presta atención ni le importa.
Quien tiene talento, comparado con quien no lo tiene, se haya superado ante su propia capacidad innata. Se podría decir que es un sirviente sumiso, un esclavo que se arroja incondicionalmente hacia el talento que le asiste.
Su mente y su alma no se pliegan de rodillas ante la banal y grosera vanagloria que dan unos títulos o diplomas.
El que tiene talento, aún sin saberlo, sufre de una clara perturbación que le confiere
esa genialidad tan fuera de lo común. Es parte de su naturaleza, y se consagra a ello con devoción. Si se le fuera arrebatada esa virtud del talento, así de pronto, estaríamos arrancándole de cuajo la vida.
El talento es una virtud con vida propia aún sin ser plenamente consciente de ello quien lo posee.
Es por eso que no se puede adquirir en una universidad, academia o centro de estudios por muy prestigiosos que sean. El talento viene directo de fábrica, de nacimiento. Es toda una huella, un estigma, que surge de forma natural.
Leonardo Da Vinci, Mozart, Beethoven, Dalí, Einstein, Thomas Alva Edison, Miguel Ángel, Julio Verne, y tantos otros no adquirieron el
talento en la escuela ni en la universidad. Allí no lo aprendieron, y ni tampoco allí les fue transmitido.
Si el talento fuera dado en las escuelas y/o universidades, así sin más, entonces habría talentos por todos lados, o al menos habría un gran número de ellos. De alguna forma
estaríamos rodeados de ellos, y apreciamos rotundamente que no es así.
Para que se diera tal posibilidad de alguna forma los profesores también deberían ser los primeros que tuvieran talento, y vemos ya que no es así, para nada.
Es por tanto que no se puede hablar de una forma tan ligera del talento, al menos como se está haciendo en la actualidad.
Se ha de tener una gran consideración hacia esta elevada virtud del talento y no verla tal como si fuera una facultad intelectual más. Quien tiene talento no está tan preocupado por el reconocimiento de su persona como sí de su obra creada, pues es por, y a través de la misma, como le da sentido a toda su vida. Sin su obra, sin su creación no es nada, no es nadie. Por el contrario, quien no tiene talento, estos aspectos no tienen cabida en su concepción de las cosas, y mucho menos aún en su sentido existencial. Simplemente no es algo que le sea prioritario ni vital, y ni tampoco necesario.
Para el verdadero talento no es nada raro ni extraño que toda su vida gire sobre su obra o idea. Y de igual forma que a un pez no le parece insólito vivir en el agua, y por ello ni siquiera se lo plantea, de igual modo le pasa a quien tiene talento. Para tener talento es incluso obligatorio poseer de una horma ya predispuesta.
Y lo cierto es que no es nada fácil encontrar a personas con talento, ya que son gentes, por norma general, que no se relacionan de forma abierta como el resto. Se encuentran tan involucrados en su mundo interno que aparecen muchas veces tanto como tímidos o extravagantes. Aunque también es cierto que no hay un patrón para poder definirlos con acierto pues los hay con personalidades excesivas que rayan los límites lógicos, pero que les hace a todos ellos poseedores de un estado único propio.
Aun así hay algo que poseen en común, y es el vasto universo que ostentan dentro de sí mismos.
Son una gran mayoría los talentos y genios que han sido catalogados como excéntricos
o locos de atar, al quedar atrapados en sus monumentales parcelas de introspección. La gente que somos normales, las de a pie, no somos ni tan raros ni tan extraños, y ni por asomo disponemos de esas laberínticas nebulosas de creatividad espontáneas. Es por eso que solemos ver a los talentos y a los genios como gente que no está bien de la cabeza, que son inadaptados, que están en otro mundo, o se hallan fuera de éste. Y somos nosotros los que quizás en realidad no estamos en línea y en sintonía con ellos y su asombroso mundo creativo.
Quienes tienen talento se encuentran en un nivel distinto y hacen un uso de sus recursos propios de una forma más creativa que lo hacemos el resto. Somos los demás quienes aún estamos muy atrasados con respecto a ellos.
Pero lo peor de todo esto es que somos los
さnormalesざ quienes creemos que estamos
por delante, cuando realmente son ellos los verdaderos artífices del avance del mundo y de la sociedad en general, aunque al mismo tiempo también son luego a quienes menos
reconocemos y damos valor. Es más, a todo lo largo de la historia ya vemos como a los grandes talentos y genios casi siempre se les ha reconocido tras su muerte. Parece que el hacerlo en vida nos resulta muy precipitado o no tan meritorio. Es un signo muy claro de envidia malsana, o también de incapacidad para reconocerlos a tiempo, evitando de tal forma que nuestro orgullo propio o vanidad queden muy humillados o tocados al existir una cierta comparación con ellos.
Y es que no llevamos muy bien eso de tener a un vecino, un amigo o a un compañero de trabajo que sea un talento y nosotros no. Es algo que no entendemos sobre todo porque al verlos todos los días, y a todas horas, nos parecen gente normal, del montón, o lo que es lo mismo, sin nada que revele algo fuera de lo común. Incluso en más de una ocasión lo habremos visto como personas simples o de mentes distraídas.
Es por ello que cuando nos enteramos que son unos genios o talentos no lo llegamos a entender, no lo podemos creer. Nos resulta imposible que puedan serlo.
¿Están diciendo por ahí qué David es un genio?... ¿Pero desde cuándo lo es? !!Si ha sido siempre vecino mío y lo conozco desde que era pequeño!!
Pues así sucede, tal cual es. Ocurre que no apreciamos al talento que tenemos delante porque sólo hemos considerado lo habitual, lo normal y lo cotidiano como lo único que se ha de tener en cuenta.
El talento todavía nos pilla muy lejos como para reconocerlo, y quienes en la actualidad hablan tanto del mismo no saben ni de lejos qué es en realidad.
El talento no se puede confundir con tener ciertas habilidades. Son cosas muy distintas. Sí, de acuerdo, puedes tener un piano o un violín y tocarlos con gran virtuosismo, pero si no tienes talento para crear música nada de ello te servirá. Una cosa muy distinta es ser un virtuoso y otra cosa es tener talento. O lo que es lo mismo, una cosa es tener ciertas habilidades y otra es tener talento. Esto es como si sabemos mucho de filosofía pero luego no aportamos nada propio más
allá de lo aprendido en su momento. O igual que si tenemos un barco pero no sabemos navegar.
El talento no se aprende en una escuela o universidad, aunque eso no quita que ello pueda contribuir a mejorarlo, está claro. Un talento no estudia para tener talento pues ya lo tiene de por sí. En todo caso ahondará en la materia en la cual está capacitado con el propósito de mejorarla o superarla. Lo cierto es que la gran mayoría de talentos lo son o lo han sido casi siempre de forma autodidacta. Son creadores natos. Es muy raro encontrar a un talento que nunca haya creado algo, algo por sí mismo. Es muy poco probable también que un talento se quede solo en interpretar o reproducir lo que han hecho otros. En todo caso lo que sí hará es completar, o superar, lo que otros ya han creado anteriormente.
Podemos observar un ejemplo de todo esto en los llamados hackers, jóvenes con una gran habilidad en informática pero que en realidad nunca han consumado una carrera sobre dicha materia, o no la han llegado a
terminar. De igual modo pasa también con músicos, escritores, científicos, inventores o empresarios. Podemos sacar una larga lista de talentos que no brillaron precisamente por ser buenos estudiantes, es más, mucho de ellos fueron incluso considerados por sus profesores y mentores como unos perfectos inútiles que nunca llegarían a nada.
Esto nos demuestra de alguna forma que en las escuelas, tanto los profesores y quienes proponen el sistema educativo, no saben ni conocen las necesidades verdaderas de los estudiantes, y es así porque también todos ellos forman parte de un sistema concebido para gente torpe y sin recursos creativos propios.
Quienes no tienen talento es imposible que se les pueda pasar por la cabeza una clase de educación o sistema de enseñanza que no sea el que sus esquemas mentales le han hecho verlo así. No dan más de sí.
Es ya sabido que los alumnos que poseen un gran potencial intelectual se aburren de una forma soberana en una suerte de clases que parecen concebidas más bien para quienes
tienen poca creatividad e inteligencia. Es así normal entonces que un talento no saque buenas notas o se tenga que ir del colegio antes de lo previsto.
Una enseñanza que es tan poco sugerente y atractiva, es opuesta a la naturaleza vital de unos niños y jóvenes que rebosan por todos lados dinamismo y energía a raudales. Las escuelas y universidades están creadas y diseñadas para fabricar personas autómatas que en un futuro formarán parte de todo un sistema de producción, pero está claro que no están hechas para lograr talentos. Esa es la realidad. No hay más.
Y aunque es muy cierto que vivimos en un mundo donde es necesario proveer de todo lo necesario para poder vivir de una forma práctica y cómoda, no podemos negar que algo estamos haciendo muy mal, al menos viendo la gran crisis que tenemos encima. Estamos en un momento donde hace falta con urgencia fomentar cambios que estén acordes a los tiempos en los que vivimos. Y es del por ello es necesario que salgan a la
palestra gentes que puedan aportar una nueva visión. Si todo sigue igual seguiremos en la misma tónica, repitiendo una y otra vez patrones que ya han quedado del todo obsoletos.
Es por lo tanto fundamental que el mundo de la educación reflexione sobre esto. De seguir en esta dirección es normal que pase lo de siempre, esto es, que quienes tienen talento de verdad al final se vean obligados a tener que salir del sistema educativo lo antes posible, pues si se quedan por mucho más tiempo están en peligro de perder sus destacadas facultades, ésas mismas que les hacen ser lo que son.
Y lo peor de todo este desaguisado es que los demás, aunque no tengamos esa misma capacidad innata para el talento que tienen ellos, suframos una merma muy perjudicial al faltar su referente.
Los niños, por poner un ejemplo, hemos de entenderlo así, son niños, y no máquinas, y esto parece que hay quienes todavía no lo entienden. Está comprobado que los niños aprenden mucho más con el juego que con
el estudio rígido y tedioso. No es normal ni lógico para unos niños eso de estar metidos en aulas, junto a otros tantos, encerrados y obligados a estar durante toda una mañana, o parte del día, a escuchar a unas personas mayores, los profesores, que no conocen de nada, y no son sus padres, aparte de tener que estar atentos a cosas que ni entienden ni tampoco les interesa en realidad.
Y ojo, no se trata de dejar a los niños en la calle y abandonarlos ahí a su suerte. No, no es eso. Se trata de que quienes conciben los planes de estudios y/o ponen en marcha los sistemas educativos, se pongan en el lugar de ellos, los niños y jóvenes, y busquen las fórmulas propicias para que el estudiar sea en realidad un juego más que una molestia. ¿Acaso no sería así más fácil y mejor? pues ¿Habrá algo mejor para los niños que jugar? ¿No estarán siempre más atentos y pondrán más empeño en el juego que a otra cosa? Es lo que tienen los juegos de asombrosos, que son capaces de educar e instruir de una forma divertida y creativa al mismo tiempo que fomentan el talento.
Los niños, y también los jóvenes, que tienen la mente prácticamente sin estrenar, están más dispuestos a aprender así antes que de cualquier otra forma.
Sólo tenemos que ver una cosa, y la enorme habilidad que tienen a la hora de manejar y utilizar toda clase de dispositivos y aparatos como ordenadores, mandos de televisión y vídeo, teléfonos móviles y demás artilugios. En internet se ven vídeos de niños aún muy pequeños que son unos virtuosos que tocan instrumentos musicales o realizan otra clase de habilidades sin que les suponga esfuerzo ni sacrificio alguno. Y lo más curioso es que lo han aprendido jugando, sin necesidad de hacerlo mediante un estudio concienzudo. Viendo esto habría que pensar que incluso podrían realizar cosas aún más complicadas si les dejáramos hacer.
Un sencillo ejemplo de esto lo podemos ver en la gran dificultad que tenemos, a partir de cierta edad, para aprender idiomas, y sin embargo ellos, los niños, lo hacen incluso a la vez con varios y sin problema alguno.
Está en su naturaleza el querer aprender, el querer saber de todo lo que les rodea, y si eso encima lo hacen jugando, pues mucho mejor.
Pero claro, eso podría ser práctico y efectivo si la enseñanza que se da fuera divertida y creativa, algo esto que de antemano ya les provocaría un entusiasmo tan propio de su edad y condición.
Hay que decir que existen escuelas donde el tipo de educación está más o menos basado en este método o fórmula. Así entre las más conocida está Summerhill, que fue fundada por Alexander Sutherland Neill, en 1921, en Suffolk, Inglaterra, siendo pionera entre las conocidas como escuelas democráticas. Con este modelo de escuelas se prima sobre todo la felicidad del niño, junto al amor y el respeto, como bases fundamentales para la convivencia en sociedad.
En este tipo de escuelas se han dado casos de niños que fueron en su día expulsados o desahuciados de otras por ser catalogados como difíciles y pésimos estudiantes a la par
que conflictivos, pero que bajo esta fórmula realizaron carreras de grados superiores sin dificultad alguna, además de forjar a la vez personas con una estimada conducta social. Pero se da la circunstancia que este tipo de educación no interesa y no entra al parecer en las mentes tan cerradas y ortodoxas de los dirigentes de las entidades y organismos relacionados con el mundo de la enseñanza. El innovador y vanguardista fundador de la escuela de Summerhill decí preferiría
ver que una escuela produce un barrendero feliz antes que a un erudito neurótico
Y tal vez todo esto funciona así porque aún vivimos en una sociedad engañada, o quizás equivocada, donde todos, a la vez, también nos engañamos entre unos y otros, creando toda una equivocación generalizada porque seguimos empeñados en mantener modelos que en realidad, como ya vemos, no son ni saludables ni éticos.
También ocurre que al estar metidos tan de lleno en este sistema ya lo admitimos como algo normal, creando con ello un paradigma
o modelo estándar a seguir, otorgándole, al mismo tiempo, un valor incuestionable a la vez que inamovible, por lo que siendo así, el que ahora vengan los de siempre queriendo encontrar talentos por todos lados, suena a ironía malvada.
Todos ésos, que no han movido nunca en la vida ni una sola pestaña por intentar hallar nuevas fórmulas o ideas para poder renovar este ya más que obsoleto sistema educativo se desviven ahora hablando del talento por todos lados como si hubieran sido ellos sus descubridores, cuando no saben qué es eso, y además, y para más inri, querer también ser ellos los que den por válidos a los que lo sean.
Quizás para poder hablar de talento habría que poseer también un poco del mismo, en una mínima cantidad razonable, y no tanto como lo contrario, esto es, nada.
Y es que no es normal que en la actualidad el talento sea visto tan solo como el poseer unos estudios a nivel universitario además de un puñado de másteres. Eso no es tener talento, eso es tener capacidad de estudio,
nada más. Es por eso que el talento del que tanto se habla ahora debe ser tratado, visto y estimado, con el mérito que merece, y no ser tomado por el contrario de una forma tan frívola como se está haciendo.
No se comprende cómo los que manejan y dirigen el sistema educativo no se percatan de todo esto, aunque quizás es porque lo evalúan todo según sus creencias arcaicas. Y es triste que todos éstos que ahora se creen grandes innovadores y vanguardistas, luego no aportan nada nuevo, y lo que es peor de todo, confunden disfrazando lo que siempre ha sido sencillo y natural, con todo tipo de lenguajes cursis, volviéndose a repetir otra vez perspectivas anteriores.
La modernidad o la innovación no es como algunos creen ahora, es decir, vestir lo que es antiguo con vestimentas nuevas. Y como dice el refrán, aunque la mona se vista de seda mona se queda.
Ahora esto del talento es una moda, se ve por todos lados, aunque afortunadamente nos encontramos en un tiempo donde todo, de alguna forma, está cambiando cada vez
más rápido. Es gracias a las llamadas nuevas tecnologías, y entre ellas, sobre todo, a las vitalistas y dinámicas redes sociales, desde donde se están produciendo, y también a la vez propiciando, contundentes cambios que están haciendo que todo esté tomando un nuevo y fascinante rumbo.
De hecho se están viniendo abajo muchos de los antiguos esquemas empresariales por obra y gracia de jóvenes talentos que hacen que las cosas funciones de otra forma hasta ahora desconocida. Empresas como Google,
Facebook o Twitter, entre otras muchas, se
están configurando como la nueva cultura a nivel empresarial que ya está aquí.
Así los grises y rígidos directivos de corbata y chaqueta, que han estado manipulando el mundo, se están viendo ya desplazados por fin, por la nueva savia de jóvenes talentos que están aflorando y que no necesitan ya hacer uso de parámetros tan desfasados. Es hora de que quienes poseen talento de verdad sean quienes ofrezcan una visión del mundo más actualizada a la vez que actúen como punta de lanza de la innovación, y sin
tener que ser corregidos ni evaluados por los que en realidad no tienen, ni nunca han tenido, talento.
TALENTO Vs HABILIDADES
Hay infinidad de definiciones y también de opiniones con respecto al talento. El talento es una habilidad dada de forma natural que es innata en quien la posee.
Quienes tienen talento de verdad lo revelan sin aportar esfuerzo alguno. El talento no se aprende pues ya viene en la persona, y no le hace falta para su constatación de ningún diploma o título que lo certifique.
Por su parte, la habilidad, siendo diferente pero no menos importante que el talento, se logra como norma general por medio de la práctica o el estudio, de forma constante y regular.
Hay similitudes entre ambos aspectos, pero no son iguales. La diferencia más sustancial está en que el talento tiene de alguna forma una predisposición innata, y habilidad lo es por una adquisición de conocimientos, o la práctica sistemática a través del tiempo o la experiencia.
Se puede dar la circunstancia en que ambas facultades, talento y habilidad, convivan al mismo tiempo y a la vez, aunque esto se da sobre todo en el caso donde el talento está en su máxima expresión, aunando tanto la inspiración creativa que lo dinamiza, como la destreza particular con la que culmina el proceso completo de la obra creada.
Sin embargo, en el caso concreto de poseer algún tipo de habilidad concreta no se hace necesario, ni obligatorio, que el talento esté también presente. O lo que es lo mismo, se puede tener una gran habilidad pero no por ello tener talento.
Esto lo podemos entender mejor a través de algunos sencillos ejemplos.
Vamos a imaginar a una persona que tiene una extraordinaria habilidad como artesano para fabricar instrumentos musicales, y que hace su trabajo con gran destreza al mismo tiempo que siente amor y devoción por ésos instrumentos que fabrica. Se esmera con el sonido y acabado de cada uno de ellos. Pero sin embargo sabe, muy a pesar de él, que no tiene talento para crear música.
Esto también lo podemos apreciar en quien es un médico que obtuvo excelentes notas en la facultad, y en su trabajo es reconocido como un buen profesional, pero que luego en realidad tan sólo receta medicinas en su consulta o ambulatorio, no teniendo talento alguno para investigar o descubrir posibles curas, o hallar remedios a enfermedades. De igual modo ocurre igual con quien es un ingeniero muy cualificado pero que no tiene sin embargo talento para crear dispositivos o maquinarias, dedicándose sólo a aplicar lo que estudió en su día.
Así, de igual forma, pero al contrario ocurre con el ejemplo de una chica que nunca ha ido a una academia o escuela de canto, y que no tampoco ha recibido clases de nada ni de nadie, pero que sin embargo posee un talento natural para cantar y una voz que sorprende a todo el mundo.
O un chico que tuvo que dejar el colegio por ser un pésimo estudiante pero que gracias a su destreza para el dibujo se convierte en un talento para el diseño y la moda.
O un hombre, que con un pequeño negocio y sin tener apenas capital y apoyo, luego gracias a su talento para los negocios lo ha convertido en toda una empresa de éxito. Por lo tanto vemos la gran diferencia que hay entre tener talento y tener habilidades. Pero hay algo que es muy importante en todo esto, y es que no todo el mundo tiene por qué tener un gran talento. Y tampoco es necesario que sea así, pues el tener grandes habilidades es algo que se ha de tener muy en cuenta pues hay más gente que posee habilidades que talento, y es ahí donde se tiene que poner atención.
Claro que como siempre ha pasado, ni a la gente con talento, ni tampoco a los que han tenido habilidad, apenas se les ha tenido en cuenta.
Es de sobras conocida la queja generalizada que existe sobre la gran cantidad de gentes que ocupan trabajos que no merecen o no responden tal como debían. Sí, vale, los hay con mucha carrera universitaria, y también con mucho expediente académico, pero que
luego están muy faltos de prestancia en el sentido de no existir algo que esté más allá de lo simplemente técnico o académico. Ya no sirve tan sólo con presentar títulos y diplomas que certifican una aptitud. Ahora se hace quizás más necesario poseer una buena actitud que cualquier otra cosa. Hay quienes dicen que para llegar a ser un buen directivo, o trabajador, sería ideal que fuera amable, rápido, resolutivo, dinámico,
responsable y eficaz, y si encima es un gran
profesional, un experto en su cometido, ya sería como rizar el rizo.
Es decir, nada que ver a lo que hasta ahora se ha estado haciendo, pues tan sólo se ha considerado únicamente válido el tener una capacidad o conocimientos específicos para realizar las tareas concretas. Sólo eso. Así, todo lo demás, ya sea responsabilidad,
amabilidad, rapidez, resolución, dinamismo y eficacia no se han tenido, o todavía no se
Pues bien, hoy en día, en la actualidad, la figura del líder, o trabajador de la que tanto se habla, es ésa precisamente. Es lo que se conoce ahora como liderazgo.
Sobre todo ya no vale el típico directivo gris, riguroso y poco amable que va todo el día con chaqueta y corbata. De hecho a muy poca gente le inspira confianza esa imagen. En cuanto se ve alguien así, de esa guisa, al instante se percibe ya cierto aire de recelo hacia ellos. Es un formalismo que de algún modo ha quedado bastante en entredicho. Ya vemos como en la mayoría de medios de comunicación, las redes sociales, e internet en general, todo el oro que relucía no lo era en realidad. Quienes han ido siempre más pertrechados y llevando siempre puestas las fundas del formalismo, son los que ahora, de alguna forma han defraudado más. Ahora, en la actualidad los valores cuentan más que las apariencias. Ahora el líder ya no solo debe serlo sino además parecerlo. Y es por eso que se hace del todo urgente y necesario poner en alza los valores como el
talento y las habilidades, pero sobre todo a nivel de actitudes.
Las empresas que funcionan bien hoy en día tienen entre sus objetivos prioritarios que la cultura empresarial sea muy distinta a como había sido antes, o aún todavía. En donde el ser humano, la persona, debe ser siempre lo más importante, la clave de todo, la base de ellas mismas. Sin personas, no hay empresa que valga.
Es por eso que cada vez se apuesta más por tener en las empresas y administraciones de carácter público, a gentes con unas grandes dosis de talento y habilidad emocional. Pero claro, para que eso ocurra, también es necesario que quienes promuevan todo eso, también deban poseerlas. O al menos poder reconocerlas.
Pero no es de recibo que sigamos actuando bajo premisas del pasado. Las agencias de talentos que tanto pululan por doquier han de darse cuenta de todo esto, y no pueden seguir con las mismas fórmulas de siempre disfrazándolas con un lenguaje snob.
De tal modo vemos como en la actualidad se utilizan conceptos de forma tan artificial como excelencia, innovación, competencias,
objetivos, liderazgo, desarrollo, estrategias, talento, comunicación, gestión, desempeño, recursos, sistemas, transformación o metas.
Es un lenguaje tan rimbombante que su uso demuestra de alguna forma que quienes lo usan y utilizan de ese modo son como ellos mismos. De tal palo, tal astilla.
Y lo cierto es que todo eso en definitiva es ser amables, rápidos, resolutivos y eficaces. Sin más. Es sencillamente eso.
Pero claro, ya vemos que está extendida la mala costumbre de querer ser, y aparecer, excesivamente formalistas en los conceptos y formas de actuar, cuando lo cierto es que todos preferimos siempre la naturalidad, ya que es como mejor nos entendemos. Por lo tanto ¿a qué viene entonces toda esa pose artificial?
Y es así como ahora por todos lados se dice, y se habla mucho del talento, pero luego sin embargo no se corresponde con la realidad.
Vas a una empresa o a cualquier otro tipo de negocio donde se jactan de hablar sobre el talento y demás, y lo primero que hacen es pedirte el currículum sin poner atención ninguna en las posibilidades que, aparte de ello, puedes ofrecer.
Siendo así ya vemos que se sigue actuando igual que siempre se ha hecho. No hay por tanto ninguna novedad o diferencia.
No sería una mala idea el hacer preguntas a los candidatos que tengan que ver con sus actitudes a nivel personal en una entrevista. Algo como ¿qué ofrece usted que podamos tener en cuenta, y sea mucho mejor que su currículum y expediente académico? ¿Tiene algún tipo de talento, o habilidad especial? ¿Qué actitud tiene ante la vida? ¿Qué es lo que más le gusta hacer? Y sin llegar a hacer un análisis psicológico en profundidad, no sería mala idea que los departamentos de recursos humanos de las empresas tomaran ya el desempeño de su apelativo, es decir, ser más humanos y no conformarse con ser un órgano administrativo más que tan sólo se ocupa de realizar y gestionar las bajas,
altas, vacaciones, nóminas o despidos. Si no se van a interesar sobre las necesidades que tienen las personas en la empresa, entonces ¿A qué viene ese nombre tan rebuscado de recursos humanos? ¿Es acaso para dar una imagen de modernidad y eficacia?
Todavía hay empresas y/o empresarios que no están en la onda adecuada, por lo visto. Y eso que luego van por todos lados como si fueran excelentes innovadores, asistiendo a charlas, debates y ponencias sobre talento, pero que luego siguen actuando igual que siempre.
Hay impregnado un cierto paradigma en la forma de hacer las cosas que aún no hemos sabido quitarnos de encima. Y todo ello es por la gran falta de talento emocional que hay en las empresas y organismos públicos, sobre todo en sus directivos o gerentes, los cuales piensan y actúan tal como si todavía vivieran en el pasado.
Y lo cierto es que quienes van a dar siempre una mayor, menor, mejor, o peor publicidad a una empresa son sus propios empleados.
Por lo tanto es desde dentro de las propias empresas donde hay que hacer valer todo el entramado. Es necesario y urgente entonces que las empresas y organismos públicos se empeñen en fomentar programas que estén destinados a impulsar actitudes para lograr alcanzar una excelencia de las mismas. Pero para lograr eso hace falta que exista toda una voluntad contundente y una convicción real.
No se trata, como se hace en muchos sitios, de dar un lavado o maquillado rápido, con vistas a dar una imagen de cara a la galería. Para que resulte posible un buen programa de excelencia debe tener un hondo impacto en las actuaciones. Si no, no sirve de nada. Hace ya un tiempo estuve trabajando como comercial en una empresa de prevención y riesgos laborales, y en una ocasión tuve que visitar a unos clientes que tenían un negocio de instalación y venta de equipos ofimáticos y material de oficinas.
Ese día tenía cita con uno de los directivos de la susodicha empresa para ofrecerles un paquete de nuestros servicios, además de
comentar unos asuntos sobre unas facturas que quedaron pendientes de pago. Al entrar en la recepción de la empresa había grandes carteles en las mamparas y cristaleras en las cuales se informaba de las certificaciones de excelencia y calidad que poseían. Casi todas eran las típicas ésas de diseño vanguardista en las que se ven a ejecutivos y secretarias sonriendo con una amabilidad exultante, y en donde se ensalza sobre todo el talento como valor principal.
Me pareció fenomenal que aquella empresa tuviera ese espíritu amable e innovador. Al acercarme al mostrador de recepción una chica estaba atendiendo llamadas a través de un teléfono manos libres, de oficina, de esos que permiten trabajar a la vez que se habla. Mientras esperaba a que la chica se encontrara en disposición de atenderme me paré en observar las paredes del habitáculo donde estaba. Se encontraba lleno de frases típicas de ésas sobre actitud, entusiasmo y buenas intenciones. Y también, al igual que en los paneles y cristaleras que había en la
entrada, tenían más certificados de calidad y gestión de la excelencia empresarial. Queriendo hacer notar de mi presencia allí le hice a la chica una mueca afable. A lo que ella, mirándome de soslayo, ni tan siquiera prestó interés. Me di cuenta en ese instante que se encontraba en una conversación que para nada tenía que ver con cuestiones de tipo laboral. Hablaba con una amiga de un viaje a Londres que hizo con su novio, hacía una semana atrás, y al momento enlazó de inmediato hablando de un curso que habían realizado de Coaching Empresarial, en días atrás.
Al instante llegó quien parecía uno de los jefes, así muy bien trajeado y con corbata, instándole a la chica con urgencia a que le enviara un fax. Ella, desprevenida, cortó el teléfono rápidamente sin a despedirse de su amiga que estaba al otro lado de la línea. El jefe, de mediana edad, le dijo a quién debía mandar el fax, así dicho con cierto aire de importancia.
Mientras la chica se ponía en la faena, el directivo con cierto aire de galán de película
de los años 70 le preguntó sobre su viaje a Londres con una sonrisa pícara a la vez que paseaba su vista sobre sus ponderadas y exuberantes curvas femeninas, las cuales la chica las exhibía de forma muy provocativa a través de su sensual vestimenta.
Ella, que estaba de espaldas, mientras ponía el fax, le contaba con entusiasmo parte de lo acaecido en el viaje, mientras él tenía su vista puesta en su anatomía, no perdía ni un detalle. Estando así, hice un carraspeo con la garganta con el fin de hacer notar allí mi presencia. El jefe, que se vio sacado de su ensoñación lasciva con mi inoportuno gesto, al momento dijo que debía seguir con sus cosas.
La chica, que ya había terminado de poner el fax le despidió con una sonrisa del todo aduladora. De pronto, de nuevo, la chica, y con un semblante del todo contrario al que mostró con su jefe, se dirigió hacia mí con una actitud seria, casi molesta.
Me presenté y le dije el motivo de mi visita. Al segundo sonó de nuevo el teléfono y lo cogió sin siquiera responderme. Dando el
típico saludo de cortesía tan artificial que se da en la mayoría de empresas y que parece hecho por una máquina automatizada, de pronto la chica cambió de actitud y se tornó muy presta y simpática. Se trataba según la conversación de alguien importante de otra empresa que quería hablar con uno de sus jefes, y ella, solícita, le dijo que le pasaría con uno de ellos.
Al dejar el teléfono de nuevo se puso seria y me dijo que en esos momentos sus jefes se encontraban en una reunión, y que mejor me pasara más tarde. Todo ello dicho con rapidez y sin agrado. Le dije que tenía cita a esa hora y que no podría volver luego. Ella, sin poner el mínimo interés me respondió que no podía hacer otra cosa, a la vez que marcaba el teléfono y hacía una llamada. Llamó a su amiga de antes, y le dijo que había llegado su jefe y que tuvo que colgar. Lo dijo estando yo delante, sin tan siquiera mostrar al menos un mínimo de prudencia. Detrás de ella, en la pared, había entre los demás certificados y diplomas de calidad un cuadro con la fotografía de una secretaria
sonriente en la que se decía lo importante que era la atención a los clientes en dicha empresa.
La chica, viendo que yo aún seguía allí, le pidió a su amiga que esperase un momento, y dirigiéndose a mí molesta, me dijo que iba a tomar nota y que ya me llamarían cuando pudieran. Le comenté que si no había forma de informarle a su jefe de mi presencia allí, y sobre todo, recordarle la cita que tenía conmigo. Ella, de nuevo, y ya con muy poca delicadeza, me repitió encarada que en esos precisos momentos todos sus jefes estaban reunidos.
Pensando que no tendría más remedio que volver otro día, al momento aparece el que parecía ser uno de los jefes, saliendo rápido por uno de los despachos. Ella, la secretaria, otra vez de nuevo, cortó el teléfono a toda prisa. Como por arte de magia cambió su actitud desagradable pasando de repente a ser cordial y solícita. Este jefe, mucho más serio que el otro, le dijo a la secretaria que tenía que salir, a lo que ella, complaciente y apresurada le dijo que él tenía un almuerzo
al mediodía con unos clientes, y que se lo recordaba para que lo tuviera en cuenta. El jefe asintiendo y sin decir nada se dirigió hacia la puerta de salida mientras ella, con un tono de cordialidad exagerada le dijo un hasta luego pronunciando su nombre al que puso el Don por delante.
Antes de salir el jefe me quise adelantar y le pregunté si él era don Fulano de tal. Antes que él me contestara, la chica, viendo que podía ser descubierta por su mala forma de actuar conmigo salió del mostrador rápida y le dijo al jefe quién era yo y qué asunto era el que me trajo allí. Por supuesto, no digo nada sobre el rato que estuve esperando allí. Quiso dar la impresión de que yo había llegado en ese justo instante y no le había dado tiempo de informarle de mi presencia. Se trataba del jefe con quien tenía la cita. El directivo, con cierto desdén, me dijo que se le había olvidado por completo y que si me parecía bien podíamos quedar otro día. Muy poco convincente me refirió que tenía el día muy ocupado y además tenía también
una reunión más tarde con unos clientes, y le iba a ser muy difícil atenderme.
La chica, que volvió al mostrador, retomó de nuevo la charla por teléfono con la que era su amiga, al menos según se apreciaba por el volumen de voz y forma de hablar. Mientras, el directivo, por su parte, se fue rápidamente sin decir nada más.
Antes de irme y sin saber qué hacer, entró en la oficina quien parecía ser un cliente, y el cual se vio también obligado a mirar los carteles y diplomas de calidad y gestión de la empresa mientras la secretaria terminaba su conversación.
Me miró y con un gesto de santa paciencia me hizo ver que aquello era por lo visto lo normal allí. Acercándose con disimulo, justo donde yo me encontraba, y a punto ya casi de irme, me dijo así en un volumen bajo de voz para que nadie nos escuchara, que las empresas se quejan de la crisis pero no se dan cuenta que son ellas las que las causan, y que se habla de mucha atención al cliente y se hacen muchos cursos de excelencia y
todo eso, pero luego siguen actuando igual. Era normal entonces, me dijo, que se estén cerrando tantos negocios y empresas. Y que los directivos, ejecutivos y gerentes no son consecuentes con su responsabilidad, y que los empleados al fin y al cabo se dejan llevar actuando igual que ellos.
Al momento, la secretaria, viendo que algo no muy bueno se cocía más allá de donde ella podía escuchar, interrumpió su llamada de teléfono y reclamó al cliente para que le expusiera su demanda.
Antes de salir por la puerta escuché como la secretaria le decía al hombre con un tono lastimero que estaba todo muy mal y que cada vez había menos trabajo, que estaban muy alarmados por la competencia y que la crisis les estaba haciendo mucho daño, que además no sabían ni cuánto sería el tiempo que aguantarían, y que incluso ya se estaba hablando de despidos. Saludando desde la puerta sin obtener respuesta por parte de la chica, me fijé de nuevo en el cuadro aquél donde se expresaba lo importante que era para esa empresa la atención al cliente y la
excelencia. El hombre, que no encontró en la empresa lo que fue a buscar, se dio prisa en salir y se vino conmigo, y una vez en la calle empezó a hablarme de nuevo.
Me dijo que muchas empresas aún piensan que los clientes vienen solos, y mientras me hablaba de ello, me señalaba los muchos negocios y empresas que tenían puesto el letrero de Se Vende o Se Traspasa.
Y justo delante de un anuncio en el que se anunciaba con una llamativa publicidad un curso sobre talento empresarial, se detuvo. Me tomó del brazo y acercándose como si fuera a contarme un secreto me dijo en voz baja que no hacía falta tener tanto talento y sí más ganas de hacer las cosas bien. Me dijo adiós al tiempo que movía la cabeza en un gesto penoso y negativo mirando todos los negocios cerrados. Cada cual tomamos nuestro camino.
SE NECESITA CON URGENCIA UNA
BUENA PERSONA PARA TRABAJAR.
NO ES NECESARIO TENER
NINGÚN TALENTO
En cuántas ocasiones hemos visto actitudes pasivas, de poca o nula atención al público, de falta de rapidez y eficacia, y en donde la mayoría de empleados no son resolutivos, con largas colas, trabajadores que no ponen ganas en su labor, empresas donde el modo de trabajar durante años ha sido el mismo, y el cual se ha ido transmitiendo de unos a otros, y haciendo que lo normal sea que el cliente sea visto tan solo como un ingreso económico en caja. Ya está.
El gran problema se encuentra en cosas así, en que la mayoría de empresas, y también administraciones u organismos públicos, no tienen como objetivo el ofrecer un servicio, de calidad, sino tan sólo hacer negocio. No deben olvidar que todos somos clientes, y ellos, directivos y trabajadores, también lo
son en cualquier momento de sus vidas, y al final, nosotros y ellos, elegimos siempre en donde nos sentimos bien atendidos. Somos clientes a diario de supermercados, bares,
panaderías, metro, autobuses, gasolineras, peluquerías, taxis, tiendas de informática o administraciones públicas. Durante todo el
día hacemos uso de empresas y negocios de todo tipo. Y es muy curioso que apenas nos demos cuenta que cuando utilizamos una empresa, negocio, o administración pública, para cualquier necesidad, no pidamos luego al menos un poco de consideración. Sobre todo en lo que respecta al trato recibido, a la atención al cliente.
Y ocurre que cuando luego somos nosotros los que trabajamos de cara al público, nos olvidamos de esto, siendo con los clientes lo mismo de poco amables, poco rápidos, poco resolutivos y poco eficaces que lo han sido también antes con nosotros cuando hemos sido clientes.
Y es ahí donde está el gran fallo de todo esto. No se puede hablar entonces de tener
talento o de excelencia cuando no hay una actitud para ello.
Parece que las cosas están cambiando, o al menos eso es lo que se espera, y es por eso que se ya debe dar un sentido distinto a la interpretación del talento, es decir, no verlo tan solo como una cualidad profesional sino como la forma de hacer todo con agrado y entusiasmo. Es tan sencillo como eso. No se trata de complicarlo tanto.
Más que talento a nivel profesional debería estar por muy encima el tener un talento emocional destacado, lo cual afectará luego en todas las demás facetas, ya puedan ser de carácter profesional o personal.
Es algo muy fácil de entender, pero todavía se piensa que las capacidades académicas y profesionales son las únicas que han de ser consideradas, las únicas a tener en cuenta, dejando fuera los valores personales. Ese es un gran error que en la actualidad se está ya planteando de alguna forma pero que aún apenas se le da la importancia debida.
Así vemos como se presta más importancia a la profesión o cualificación académica que a la actitud de servicio a la sociedad, que es al fin y al cabo el objetivo final de todo ello. De tal modo observamos que quienes son funcionarios, directivos o ejecutivos, ponen primero por delante todo su bagaje técnico o académico, para hacer notar que sólo con eso ya están preparados o facultados para todo, sea prestar servicio en una empresa o administración pública.
Y lo peor de todo esto es que la sociedad en general también lo entiende así, cuando en realidad lo que se demanda es tan solo una buena atención y actuación en cualquiera de las acciones que se efectúen.
Sería necesario concienciar a la sociedad de la importancia que tiene el realizar las cosas con una actitud eficaz, resolutiva y cordial. Y para eso no hace falta tener talento, y ni tampoco ser un superdotado académico, o técnico.
Tal como dijo Leonardo Da Vinci, la sencillez es la mayor sofisticación, pero sin embargo hay muchos que están empeñados en hacer
que todo sea difícil y complicado, pues al parecer piensan que así todo es más serio, responsable y creíble. Y sin embargo luego, la simpatía o la amabilidad, por poner dos actitudes concretas, no son necesarios tener en cuenta. Aún se cree que lo rígido, sobrio y estricto es lo correcto, lo normal, cuando todos preferimos en realidad ser recibidos o tenidos en cuenta de una forma amable. No creo que ante esto pueda haber alguien que diga lo contrario.
La empresa que su máxima prioridad sea tener empleados que hagan su trabajo de forma rápida, agradable y eficaz es el nuevo paradigma a conseguir.
Se supone que los empleados han de poseer los atributos profesionales, académicos o técnicos que la empresa requiere, pero sin embargo no todo ya ha de quedar ahí. La formación debe tener en cuenta con el mismo interés los aspectos profesionales al igual que los de actitud. Esa es la forma que una empresa puede llegar a tener éxito, ya que en la actualidad a lo que damos mayor valor e importancia es al servicio prestado,
y no tanto a precios o calidad de productos. La competencia se enfoca sobre todo en el servicio. Y es ahí donde hay que poner todo el empeño.
ESFUERZO Vs TALENTO
Hemos creado una cultura en la cual el esfuerzo y el sacrificio han quedado como las principales acreditaciones del talento, cuando en realidad es justamente todo lo contrario. Quien tiene talento y le gusta lo que hace no le supone esfuerzo ni sacrificio alguno hacer lo que le entusiasma. Son los torpes, la gente incapaz, los que sí han de poner todo su esfuerzo y sacrificio para así poder realizar lo que, sin embargo, quien tiene talento, lo hace con total sencillez y entusiasmo propio. Es por eso que quien no tiene talento debe invertir años de mucho estudio y práctica para lograr su objetivo. Y siendo así, incluso luego ni le entusiasme lo que consiguió con tanto trabajo.
Hay mucha gente, yo diría que la inmensa mayoría, que tras acabar sus estudios, y tras un esfuerzo y sacrificio sin par, después de muchos años, no realizan sus profesiones o trabajos con entusiasmo y ganas. Y de algún modo esto ocurre porque han puesto todas
sus energías en superar y/o aprobar todos los cursos, asignaturas y pruebas para poder terminar así lo antes posible, y sin embargo no ha sido tanto el amor que se ha puesto en lo aprendido. A veces es más el interés por acabar la carrera, o los estudios, que el entusiasmo por lo que se está asimilando. Es aquí donde se aprecia la gran diferencia con quien tiene talento, el cual suele ser un perdido enamorado de lo que aprende, crea y hace. Además, se desvive por ello.
Quien en realidad tiene talento no está tan interesado en terminar, muy al contrario, su intención es seguir avanzando, evolucionar. Hay que pensar que el talento más que una habilidad es una actitud. Una actitud con la cual se anhela siempre el incremento de sí mismo. Es una actitud que no se duerme en los laureles. Es una actitud que tiene ante todo devoción por superarse a sí mismo. Pero claro, esto no es fácil de encontrar, y menos aún en esta cultura imperante donde sólo importa lo práctico, y apenas hay una implicación por hacer las cosas con agrado y compromiso real más allá de lo aparente.