M
IREILLEB
OURRETA
MISTADES
TÓXICAS
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Colección Psicología AMISTADES TÓXICAS
Mireille Bourret
1.ª edición en versión digital: marzo de 2015 Título original: Les amitiés toxiques
Traducción: Pilar Guerrero Maquetación: Marga Benavides Corrección: M.ª Jesús Rodríguez Diseño de cubierta: Enrique Iborra
© Les éditions Québec-Livres (Reservados los derechos) © 2015, Ediciones Obelisco, S. L.
(Reservados los derechos para la presente edición) Edita: Ediciones Obelisco S. L.
Pere IV, 78 (Edif. Pedro IV) 3.ª planta 5.ª puerta 08005 Barcelona-España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23 E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-16192-74-8 Depósito Legal: B-7.189-2015 Maquetación ebook: Caurina.com
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna
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Contenido
Portadilla
Créditos
Introducción
Primera Parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Segunda Parte
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Tercera Parte
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Conclusión
Bibliografía
INTRODUCCIÓN
¿Decidir que una manzana está podrida y hay que tirarla? En ocasiones es lo que hacemos, quizá demasiado rápido y luego lo lamentamos. Pero cuando, de repente, nos damos cuenta de que una amistad hace aguas, que en lugar de cálidos sentimientos de complicidad y solidaridad –que es lo que se espera habitualmente de una amistad sana– se siente incomodidad, tensión y frustración, ¿qué hacemos?
Para empezar, deberíamos preguntarnos qué esperamos de la amistad en general, y luego de cada amistad en particular. La amistad tiene ese algo especial que cada cual explica o define a su manera. Para unos es confianza, para otros es el placer de compartir, para algunos también es escucha y aceptación. Contrariamente a la relación amorosa, la amistad parece una relación sencilla entre dos personas, lo que no se ajusta del todo a la realidad. No hay ningún manual de instrucciones que nos sirva de guía en una relación amistosa complicada o que nos causa sufrimiento. Sorprendentemente, la bibliografía relativa al tema de la amistad es muy limitada. Sin embargo, en psicología, las relaciones interpersonales desempeñan un papel de gran importancia y se considera casi como una condición indispensable para la buena salud psicológica: algunas terapias para la depresión recomiendan, en este sentido, la creación o ampliación del círculo social, la profundización en lazos que no sean necesariamente amorosos. El modo de vida en Occidente hace que cada vez haya más gente sola, que vive sola; la rapidez de las comunicaciones, la disminución importante de las relaciones sociales consideradas tradicionales (familia, pareja, tribu) nos empujan a una búsqueda –a veces enloquecida– de lazos significativos con otros seres humanos. Buscamos establecer relaciones en el seno de las cuales podamos ser nosotros mismos, sin falsos pudores. Relaciones en las que la crítica sea aceptada porque es constructiva y sin juicios de valor. Relaciones placenteras, en ocasiones conflictivas, pero siempre se trata de vínculos en los que se acepte nuestra individualidad.
Hoy en día existe un mito social: el de la amistad eterna. Como si un «amigo de un día, amigo de por vida» fuera una condición esencial para la noción de sociabilidad. Este mito prevalece casi tanto como el del amor eterno, y la ruptura de un lazo amistoso puede tener consecuencias nefastas, como en el caso de una ruptura amorosa, particularmente si desempeñamos un papel pasivo en la situación. Digo pasivo en el sentido de no hacerse preguntas, de no ponernos en tela de juicio ni a nosotros mismos ni a la otra persona. Lo que es interesante es que la amistad permanente, eterna, no puede
existir porque dicha noción no tiene en cuenta el concepto de cambio, dado que la vida no es estática, y una persona, en el curso de su existencia y a través las experiencias vividas, puede cambiar de puntos de vista y de forma de reaccionar. Puede que una persona se vuelva más paciente y más tolerante o, por el contrario, volverse impaciente y no tolerar las pérdidas de tiempo. Incluso quizá suceda que dos personas, con el paso de los años, hayan logrado conocerse mejor y escojan otro tipo de amistades. En efecto, librándose de determinados comportamientos, se puede poner fin a una larga relación amistosa o, por lo menos, cuestionarla. Pocas amistades son para siempre; lo realmente importante es que la amistad sea auténtica y que los amigos se sientan bien juntos. La necesidad de hacer que la amistad dure para siempre no debe ser una obsesión porque, desde el momento en que hay obsesión, algo insano se instala en la relación: «Quiero que seas mi amigo para siempre, así que cambiaré mi comportamiento para complacerte y mantener los lazos contigo». Un pensamiento como éste falsea cualquier tipo de relación.
Otro mito es el de la «amistad total y absoluta». Según esta creencia, una sola persona –el «mejor amigo»– puede llenar todas las necesidades relacionales. Sin embargo, Marie, por ejemplo, puede ser muy amiga de Virginia sin tener los mismos gustos cinematográficos. A Marie le horroriza la sangre y la violencia pero a Virginie le encanta el suspense y la acción, mientras que Josée se pirra por las comedias románticas, al contrario de las dos anteriores que las encuentran sosas y aburridas. ¿Qué hacer, entonces? Pues, sencillamente, no compartir esa actividad. Aceptar que el otro no tiene por qué tragarse lo que no le gusta, aceptar que sea diferente sin que por ello sea peor ni mejor. Esta aproximación a la amistad permite diversificar las ocasiones de estar juntos y abre nuevas vías socialmente interesantes: nuevos temas de conversación, experiencias distintas para compartir… Cuando se acepta sin problemas que no siempre se puede formar parte de la vida del otro, pasa que el otro tampoco forma parte de toda nuestra vida, lo cual permite gozar de mucha libertad y una notable aceptación y comprensión mutua.
Lo que distingue la amistad de una simple relación es el grado de familiaridad del lazo entre dos personas. Al principio hay puntos en común, afinidades, cortesía, camaradería. Pero para que esa persona se convierta en un amigo debe tener pensamientos comunes, similares puntos de vista, casi una jerarquía de valores compartida. Se necesita complicidad, confianza, intimidad, comprensión mutua de las referencias. La amistad implica compartir, ser solidario y tener recíproca disponibilidad. Es el encuentro íntimo de dos individualidades. Todo eso aporta enriquecimiento de la relación y enriquecimiento personal de ambos amigos. Por eso es más fácil encontrar referencias comunes con alguien del mismo origen, del mismo medio social; sin embargo, la apertura de mente marca la diferencia y puede favorecer el establecimiento de la amistad más allá
de las diferencias.
Por otra parte, la calidad de la relación es más importante que la cantidad de tiempo invertida en ella. En efecto, podemos toparnos con un viejo amigo de hace un montón de años y «rencontrarnos» con él, como si lo hubiéramos visto ayer mismo, sin que el pasado sea un obstáculo. Por el contrario, podemos ver a una persona cada día y mantener siempre una relación superficial con ella. Algunos amigos sirven para colmar un vacío afectivo, mientras que hay quienes satisfacen otras necesidades. Algunos nos estimulan, otros nos calman y nos escuchan, mientras que otros están para pasarlo bien.
En ciertos casos, la relación se adapta y progresa con el tiempo, en otros no evoluciona y se romperá al menor cambio de situación. Algunas veces la amistad se extingue sola, suave y progresivamente, pero otras se acaba con mucho ruido y sufrimiento.
Una relación amistosa puede adaptarse a los cambios de situación de dos personas, a la evolución personal de cada una de ellas. La amistad puede sobrevivir a los peores reveses, pero también a los ascensos de clase social, las enfermedades, las bodas, los hijos, los divorcios y el duelo. Puede expandirse en la alegría y en el sufrimiento, en el ruido y en el silencio. Pero, en ocasiones, no puede sobrevivir a los acontecimientos de la vida. Eso no significa que no sea una amistad auténtica o menos profunda. En cualquier caso, la amistad no debe someter a nadie a presión ni volverse obsesiva.
Sophie conoció a Geneviève en el trabajo. Ésta había llegado, hacía poco, de otro país y buscaba relacionarse con gente y hacer amigos. Sophie la encontraba simpática, diferente y cultivada, y ambas tenían muchos puntos en común. Empezaron, pues, a verse regularmente fuera del trabajo. Sophie presentó a Geneviève a sus amigos y hacían actividades juntas. Tras unos diez años de amistad, Sophie conoció a su futuro marido, al que quiso consagrar más y más tiempo. Un día, de repente, se dio cuenta de que algo no iba bien en su vida. A menudo estaba tensa y ansiosa. Un día, sonó el teléfono de casa y vio el nombre de Geneviève en la pantallita, pero no descolgó el auricular y pensó: «¡Esta pesada otra vez!». En ese momento se sintió mal porque era la primera vez –al menos de manera consciente– que una vocecita en su interior le informaba de que su amiga la estaba molestando. Al reflexionar, Sophie se dio cuenta de que su amiga Geneviève la llamaba cada día, que se pasaba por casa muy a menudo y de manera imprevista, que no hacía nada ni iba a ninguna parte sin consultárselo antes. Esta situación de dependencia se había ido desarrollando lentamente, sin darse cuenta. Sophie comprendió que esa situación la superaba y que no quería ser eternamente responsable de la vida de
su amiga. Pero, cada vez que hablaba con ella, se sentía obligada a ser educada y pasar por el tubo, razón por la cual ya estaba harta.
Geneviève, por su parte, estaba encantada de su relación con Sophie. Siempre proponía actividades interesantes, era creativa en su forma de ver las cosas. Geneviève admiraba la seguridad que Sophie tenía en sí misma, lo agradable que se mostraba y su marcado sentido del humor. Sola, en un medio extraño, Geneviève estaba encantada de haber trabado amistad con una persona tan simpática e interesante, con la que las charlas –sobre cualquier tema– resultaban siempre apasionantes. Por eso no se había molestado en hacer más amistades y concentró su vida social en Sophie y los amigos de ésta. Cuando Sophie conoció a su futuro marido y empezó a dedicarle más tiempo a él, se separó un poco de Geneviève, la veía con menos frecuencia que antes y participaba menos en las actividades de siempre. Así, Geneviève se sintió abandonada, traicionada, con una sensación de soledad muy difícil de asumir.
Como podemos constatar al leer esta historia, ninguna de las dos amigas tenía una naturaleza tóxica en sí misma; más bien fue la dinámica entre ambas la que se convirtió, hasta cierto punto, en tóxica, dado que la vida no es estática. En efecto, las situaciones cambian y la vida sigue su curso.
Una amistad tóxica nos hace sufrir, nos perturba, nos bloquea la expresión de nosotros mismos. La toxicidad se expande en lo que no se dice, en la inseguridad, en la falta de consideración. Se manifiesta con infinidad de formas, algunas triviales y otras muy serias. No abordaremos aquí la toxicidad nacida de una patología mental. Efectivamente, la mayoría de la gente no sufre problemas mentales de naturaleza psicótica ni problemas de personalidad. Por lo general, la gente que tiene este tipo de problemáticas debe consultar con los profesionales correspondientes.
Todos nos hemos encontrado, en algún momento de nuestras vidas, con una situación amistosa insufrible, de diferentes maneras y por razones diversas. Pero ¿qué es lo que pasa para que una amistad sana se convierta en tóxica? ¿La dinámica fue insana desde el principio? ¿Ha cambiado la situación de algún modo? ¿Han cambiado las personas? ¿Es, quizá, que nos damos cuenta de que la otra persona no nos aporta ya nada? ¿Cómo aprender a escuchar esa «vocecita interior» que nos invita a reflexionar sobre lo que ocurre?
En realidad, no son las personas las que tienen una naturaleza tóxica, sino las relaciones, que se enquistan con comportamientos que acaban siendo hábitos nefastos. Forzosamente, los hábitos son tenaces y se vuelven inconscientes: ¿cómo darse cuenta de algo que es inconsciente y cómo ponerle remedio?
De hecho, una amistad se construye entre dos y definirla es definir el tipo de lazos, no las personas que la componen. Vamos, pues, a examinar los diferentes tipos de lazos amistosos, definiendo las atracciones específicas de ciertos tipos de personalidad. Luego podremos determinar si dichos lazos son sanos o tóxicos, ver cómo podemos reaccionar y tomar las decisiones necesarias.
Por lo tanto, es importante hacer una búsqueda interior para observar qué es lo que no va bien. Aunque todas las situaciones son diferentes, las pistas para encontrar soluciones se disponen en un eje alrededor de tres parámetros de reflexión: el diagnóstico, la decisión y las estrategias.
Primera Parte
CAPÍTULO 1
¿QUÉ ES LO QUE VERDADERAMENTE NO VA BIEN?
Es muy raro que haya gente con rasgos tan tóxicos que no consigan establecer relaciones amistosas desprovistas de sufrimiento. Algunos hay, ciertamente, pero se trata de casos patológicos, nada normales. En otro orden de cosas, si hacemos una encuesta entre nuestros amigos y les preguntamos qué creen que es lo más desagradable que puede ser un amigo, es decir, con qué tipo de persona no podrían mantener una amistad ni en sueños, al escuchar las respuestas, verás que cada cual dice una cosa diferente. Unos no soportarán a la gente calculadora mientras que, para otros, un amigo calculador es un regalo de los cielos que viene a aclararle las cosas objetivamente. Algunos dirán que una persona victimista es insoportable porque es deprimente, y vive instalada en la desgracia. Otros la verán como voluble, inestable, que nunca se sabe lo que va a querer, decir o pensar; pero eso mismo puede resultar divertido para otros, que no se comprometen mucho e incluso verán cierto misterio o cierto romanticismo en la gente que posee este carácter.Así las cosas, tenemos una primera constatación: habitualmente, es la dinámica de la relación la que resulta tóxica, no la naturaleza de las personas que la viven. A propósito de las relaciones, a menudo se habla de «química»: en efecto, se producen en nosotros reacciones químicas de rechazo o atrayentes. Pero ¿cómo encontrar el equilibrio en el seno de las relaciones y hacer que no comporten ni sufrimiento ni irritación sino, al contrario, afecto y otros sentimientos positivos? Para ello hay que preguntarse, buscar en el interior de uno mismo, en las emociones e intuiciones. Permanecer a la escucha de uno mismo y de los demás. ¿Estamos enquistados en patrones relacionales que nos impiden evolucionar, que nos impiden percibir afinidades? En la mayoría de casos, nuestra propia historia nos empuja a buscar ciertos tipos de personas, sin preguntarnos nunca por qué nos atraen y sin darnos cuenta de que esas personas, desde el principio, nos hacen sufrir. De hecho, cuando advertimos que una relación es tóxica, normalmente es porque vemos que nos hace revivir una relación dolorosa del pasado. Por ejemplo, cuando nuestra autoestima se ve por los suelos o cuando se tiene la impresión de ser inferior a quienes nos rodean o cuando nos irritan ciertas palabras o ciertas cosas en un amigo, pero las toleramos en otro, también cuando somos conscientes de nuestras emociones en
presencia de diferentes amigos, entonces, estaremos percibiendo la presencia de una amistad tóxica. Pero cuando llegamos a comprender hasta qué punto es dolorosa y todo lo malo que nos recuerda, esa relación tóxica nos puede ayudar a evolucionar como personas, a conocernos mejor y a no dejar que caigamos otra vez en las mismas situaciones que nos exponen al sufrimiento.
La primera dificultad, pues, consiste en detectar las relaciones tóxicas para nosotros, en nuestro entorno. A menudo están arraigadas en nuestras costumbres y contactos sociales. La mayoría de las veces encuentran su origen en nuestro pasado, en lo que un día nos desgarró y nos hizo sufrir. Todos adoptamos reglas de comportamiento diferentes según la gente con la que estamos, aunque hagan o digan lo mismo. En efecto, es su forma de hacer las cosas o de decirlas lo que marca la diferencia, lo que hace que nos mostremos tolerantes en unos casos y no en otros. Así, el tono de voz, la presencia o no de insistencia, el apego o el desapego, la suavidad en las maneras o la irritación, son tan o más importantes que el mensaje o la acción en sí mismos. Ahora bien, todos buscamos lo que ya conocemos. Esta idea no es nueva. Sócrates decía «Conócete a ti mismo». Si lo que ya conocemos ha sido alguna vez tóxico o doloroso, tendremos tendencia a buscarlo de nuevo, porque ya lo conocemos. En realidad, lo que conocemos es un conjunto de relaciones positivas y negativas, una aglomeración de elementos sanos e insanos, y recreamos dicho conjunto en nuestra vida.
En esta obra, estudiaremos las diferentes personalidades y características susceptibles de despertar nuestros antagonismos y conflictos interiores. De este modo, veremos cuáles deberemos evitar en función de nuestras propias características, temperamento, personalidad…
Lo que pasa, frecuentemente, es que una amistad se convierte en un martirio por culpa de un cambio en la situación. Por ejemplo, dos amigos tienen la misma evolución profesional; de repente, uno consigue un cargo importante y el otro no. O bien dos mujeres son amigas pero una se casa muchos años antes que la otra. También acontecen cambios naturales en la vida, como el crecimiento, los cambios hormonales en la pubertad, el embarazo, la menopausia… Asimismo se producen reacciones personales de cada cual hacia el rechazo, el duelo o la pérdida del empleo. Del mismo modo, podemos tener en cuenta los posibles cambios de situación, como un alejamiento geográfico.
Así, también podemos darnos cuenta de que la amistad que nos une a otra persona se ha anquilosado poco a poco: ya no hay nada nuevo, nada estimulante. La comunicación se convierte en una rutina, no se renueva en absoluto. La otra persona nos irrita siempre del mismo modo, a pesar de todas nuestras buenas intenciones. Por ejemplo, Gilles y Thierry eran amigos desde el colegio y se iban viendo de vez en cuando. Aunque Gilles
estaba encantado de encontrarse con Thierry, se irritaba con él al cabo de un rato de estar juntos. Nunca se le había ocurrido preguntarse qué pasaba y soportaba como podía la situación. Seguía catalogando a Thierry como un buen amigo, de aquellos que se ven de vez en cuando, pero poquito rato. Después de encontrarse con él, pasaba mucho tiempo hasta que se decidía a volver a verlo. Finalmente, Gilles se dio cuenta de que Thierry tenía un problema obsesivo y decidió fijarse en lo que pasaba. Comprendió que debía tener en cuenta el problema de Thierry cuando se encontraba con él y, así, poco a poco, la relación se volvió más profunda, más auténtica. Thierry siempre había tenido problemas con sus obsesiones pero nunca había hablado de ello. La relación tipo yoyó que ambos tenían –malestar, comunicación esporádica, huyendo uno del otro disimuladamente– se acabó cuando la verdad salió a la luz y Gilles tomó una decisión lúcida en cuanto a su relación con Thierry: determinó conservar la relación porque, en realidad, le aportaba más cosas positivas que negativas. Utilizó el análisis costo/beneficios, que abordaremos más adelante, y tras haber tomado conciencia del problema, recurrió a su intuición y a su empatía para acercarse a Thierry. De este modo, pudo crear una relación muy satisfactoria para ambos.
CAPÍTULO 2
¿QUÉ PROBLEMA TIENE?
Las relaciones amistosas son como todas las demás relaciones humanas y, en este sentido, no son permanentemente gratificantes ni perfectas. Todos tenemos nuestro particular estado de ánimo cambiante, pasiones, defectos y virtudes. Cada uno tiene sus gustos y sus aversiones, unos pueden comprometerse fácilmente con cosas que otros no se comprometerían jamás, o al contrario, unos son incapaces de aceptar lo que otros ven como normal. Todos tenemos nuestros miedos y desequilibrios, nuestra personal forma de ver la vida… y de vivir. No todos nos sentimos atraídos por el mismo tipo de personas. La gente que nos interesa se nos graba inconscientemente en una parte del cerebro que resulta estimulada por lo que esas atrayentes personas desprenden. Esto es recíproco, y también hay personas que no están para nada interesadas en nosotros. Dichas atracciones y repulsiones pueden herir notablemente a las personas. No solemos darnos cuenta de la profundidad de las heridas que podemos causar en los demás con estos comportamientos inconscientes, lo cual es de agradecer porque, de lo contrario, iríamos por la vida como si se tratara de un campo de minas.
Del mismo modo, no solemos darnos cuenta del interés que despertamos en algunas personas, ni los demás saben lo mucho que nos interesan a nosotros. Nadie lee la mente. Todos estos elementos son capaces de fundar una amistad muy especial: se escoge en cada encuentro sin que medie contrato ni obligación, simplemente se busca compartir el tiempo con determinadas personas, tener confianza, solidaridad y contar con el placer de su presencia. La amistad es una auténtica suerte y hay que esforzarse en conservarla, a ser posible en buen estado.
Si no nos sentimos bien en una relación amistosa, antes de romperla es conveniente reflexionar para averiguar en qué estamos metidos y qué es lo que nos provoca malestar. Disponemos de herramientas diversas para andar por el camino de la amistad sufriente. Para empezar, hay que tener claros nuestros propios problemas y nuestra propia situación. En muchos casos no hay que buscar lejos. Después de todo, el problema no es del amigo, sino nuestro. Hay que prestar atención a los mensajes físicos y somáticos que nos enviamos a nosotros mismos, al tiempo que nos fijamos en los mensajes de los demás. En efecto, cuando estamos cerca de personas tóxicas, o que ejercen un efecto
tóxico en nosotros, nuestras reacciones físicas son buenos indicadores: nos ponemos tensos, ansiosos, la respiración se bloquea ligeramente, nos sentimos irritados o tristes, tenemos ganas de irnos, de huir o, en el peor de los casos, de enfrentarnos de manera agresiva a la persona que no nos gusta. Todas estas reacciones que escondemos para que no se nos noten son emociones inútiles y nocivas, tanto física como mentalmente. Después, podemos utilizar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos para comprender nuestras emociones negativas frente a la otra persona. Finalmente, disponemos de la intuición: ésta, aunque mal definida y poco apreciada por el mundo científico, existe a todos niveles, también en el social. Con la ayuda de todos estos útiles, podremos hacernos una idea de lo que nos causa el malestar que sentimos.
CAPÍTULO 3
UTILIZA EL LENGUAJE NO VERBAL: TANTO EL DE
LOS DEMÁS COMO EL TUYO
Todos los sentimientos tienen su característico tono de voz, gestos y mímicas que les son propios. Y esta relación bueno/malo, agradable/desagradable, es lo que hace que las personas gusten o disgusten. François de la Rochefoucauld, Máximas morales (1664) A primera vista, la expresión de la cara puede ser atractiva o repulsiva. Puedes hacer un pequeño experimento: camina por la calle poniendo una cara sonriente y agradable. Luego, pon una cara agria y antipática. Fíjate en las reacciones de la gente que se cruza contigo. Invariablemente, su actitud reflejará la tuya. La gente sonríe si nos ve sonreír. Lo mismo pasa contigo: cuando te topas con una cajera o una dependienta agria y desagradable, no reaccionas del mismo modo que si fuera amable y sonriente. Las emociones son contagiosas y se manifiestan más por el lenguaje corporal que por el contenido semántico de lo que decimos. Cuando estamos con alguien, emitimos y recibimos señales emotivas que afectan a los demás y a nosotros mismos.
Un truco al respecto podría ser el siguiente: tomar conciencia del lenguaje corporal. En efecto, hay gestos y códigos universales. Los pintores y escultores lo saben desde siempre, porque dotan a sus personajes de emociones, tanto en la expresión de los rostros como en las posturas corporales. Para hacerlo no necesitan haber estudiado en una escuela especial «el lenguaje no verbal» (porque esto no se aprende); se basan en su propia experiencia, en la identificación con las emociones que quieren representar en cada momento, en su intuición. La única escuela donde se puede aprender a imitar emociones es en la del teatro. Pero, de hecho, tú eres la persona mejor ubicada para descodificar tu propia gestualidad y tomar conciencia de que también puedes descodificar la de los demás. A partir de algunos códigos básicos, podrás desarrollar una mejor comprensión de las emociones expresadas por la gente y por ti mismo, gracias a lo cual podrás descubrir la toxicidad en tus relaciones.
te sientes inseguro por lo que respecta a tu autonomía: no sabes qué pensar, qué hacer en ese instante. Puedes estar ante una persona con autoridad, con la que vives un conflicto no resuelto. Te fijas demasiado en los pequeños detalles de un incidente o de una percepción. De hecho, dudas, y las dudas afectan a tu capacidad para ser autónomo: puedes estar en presencia de alguien que insiste en controlarte o que pretende impedirte ser quien eres. Generalmente, el hábito de morderse las uñas se acompaña de ansiedad, manifestada por una especie de nudo en el estómago.
¿Te cruzas de brazos con cierta frecuencia? Si el izquierdo está sobre el derecho significa desconfianza: tomas distancia frente a la persona que tienes delante y que está ocupando demasiado espacio. Si el derecho está sobre el izquierdo, cuidado con la ira.
¿Cruzas las piernas a menudo? Cuidado los diestros: la izquierda sobre la derecha indica relajación, pero la derecha sobre la izquierda, estrés y oposición. Para los zurdos es al contrario. En el caso de cruzar los tobillos: si se cruzan por delante de ti, ningún problema, es una muestra de serenidad. Pero si se cruzan debajo de la silla, significa que estás en guardia y que desconfías.
Si apoyas los codos en la mesa, cruzando las manos por delante de la cara: no estás de acuerdo con lo que te están diciendo, meditas y esperas tu turno para decir lo que piensas. En cambio, si te coges la cara con las manos mientras escuchas, es que te gusta la persona que te habla y estás de acuerdo con ella y te sientes relajado y a gusto. ¿Le tiendes la mano a la persona a la que hablas? Eso es porque estás abierto al diálogo y te gusta la idea de intercambiar puntos de vista. Pero si cierras los puños o doblas los dedos… ¡No hacen falta más explicaciones!
Mordisquearse el labio superior es un signo de estrés, ansiedad, malestar…, mientras que morderse el labio inferior indica duda, falta de confianza. Pasarse la lengua por los labios suele ser una señal de que la persona tiene sed.
En cuanto a los ojos: bajos, indican sumisión o mentira, simulación o falta manifiesta de interés por el interlocutor. ¿Miras a la gente a los ojos? Eso es porque tienes confianza en ti misma y te interesa convencer. Se dice más con los ojos que con la boca. Podemos levantarlos al cielo, mirar sombríamente, poner mirada inquisidora o sonreír amablemente con ellos.
La sonrisa es mucho más reveladora de lo que se cree. Puede ser franca, profunda, expresar alegría y confianza; puede invitar, apreciar, agredir, rechazar e ironizar. Piensa en todos los adjetivos que se pueden utilizar para calificar una sonrisa: hay muchísimos.
El tono de voz es, por lo menos, tan importante como lo que se dice, como el mensaje comunicado. Éste es un hecho confirmado, incluso los programas informáticos de reconocimiento de voz están preparados para reconocer las emociones contenidas en
la voz. Por ejemplo, si le dices a alguien: «¡Ningún problema!», según el tono de voz estarás afirmando que no hay problema alguno o que sí hay un problema, usando el tono sarcástico. También se entenderá que hay algún problema si usas un tono lastimero y débil. Dejaremos claro que hay un problema muy grave si lo decimos en tono autoritario e iracundo, es decir, cuando la voz se pone fuerte y profunda.
Detengámonos un momento en los diferentes tonos de voz. Ya debes saber de qué se trata porque seguramente has vivido alguna vez esa falta de cohesión entre el tono y el discurso… cuando nos referimos a la gente, claro. ¿Has escuchado tu propio tono de voz? ¿Lo has estudiado para ver cómo lo perciben los demás? Es difícil modificar el tono de voz cuando somos presas de una intensa emoción. Si te sientes contrariado, tu voz resultará más aguda de lo normal. Constatarás que estás nervioso, enfadado o asustado cuando hablas más rápido y más fuerte. Si, por el contrario, tu voz se vuelve suave y la prosodia se ralentiza, es posible que estés triste o que te sientas culpable. Si tu voz es dulce y con un tono medio, te sentirás tímido y reflexivo. Si, en general, tu tono de voz es fuerte y decidido, es porque eres una persona atrevida y con tendencia al mal genio. Pero el tono de la voz expresa también emociones que se sienten a partir de alguna herida antigua, reactivada por la actitud o el mensaje del interlocutor. Cuando lo que se siente es rechazo, la voz se vuelve débil y las frases serán vagas y poco definidas. El sentimiento de rechazo impide hablar y ser comprendido, porque el interlocutor no llega a entender con exactitud lo que se le dice y acabará sintiéndose desestabilizado, incluso desinteresado. El abandono provoca sentimiento de víctima: el tono de voz se vuelve lastimero. Las peticiones pueden ser muy claras pero el otro se impacienta por el tono de voz, precisamente por el tono de voz: la impresión de ser responsable de otra persona provoca cierta culpabilidad latente, lo cual es muy desagradable. Cuando se experimenta una sensación de injusticia, la voz suena fuerte, seca, incluso indignada. Puedes permanecer en calma, pero el tono de voz y la actitud muestran la indignación interior: repites las cosas, pareces distante, el tono de voz se modula de forma que el interlocutor entiende lo que estás sintiendo aunque no lo expreses; también se siente atacado y busca un mecanismo de defensa que se corresponda con su tipo de personalidad.
Si te escuchas cuando hablas, si modulas tu tono de voz, si muestras una cara sonriente aunque hiervas por dentro o si muestras una gran indignación, sin realmente sentir auténtica ira, serás un político de primera categoría.
CAPÍTULO 4
UTILIZA EL CONOCIMIENTO DE TI MISMO
Conócete a ti mismo. Sócrates Amélie ya no soportaba más a Françoise, su amiga de toda la vida con la que compartía secretos y participaba en distintas actividades. Eso la hacía infeliz porque no llegaba a comprender qué estaba pasando, por qué ya no soportaba a su mejor amiga. Por otra parte, Françoise se dio cuenta del problema y le preguntó qué ocurría. Amélie tuvo que reflexionar mucho intentando averiguar qué era lo que la ponía tan nerviosa de Françoise. Repasó todas las características de su amiga, una por una. Constató, entonces, que su malestar había empezado tras la muerte de su madre. Se preguntó luego qué había cambiado tras esa muerte para que una amistad tan larga y bonita se hubiese convertido en una relación insoportable. Descubrió en su interior que se sentía muy culpable por haber estado tantos años separada de su madre, pasando de ella, viviendo lejos. Por otra parte, contemplar la maravillosa relación de complicidad que François mantenía con la suya le traía a la memoria lo mala hija que había sido y, cada vez que veía a Françoise, inconscientemente, sentía el aguijonazo de la culpabilidad. Por lo tanto, concluyó que su problema era que sentía celos de su amiga por la relación que mantenía con su madre, relación de la que nunca pudo disfrutar ella con la suya. Al percibir el problema y asumir su culpa, Amélie salvó su relación amistosa con François y la consolidó aún más en su vida.
A menudo, tras una relación tóxica se esconde otra relación tóxica pasada. Repetimos comportamientos que nos hicieron sufrir entonces y nos hacen sufrir ahora, buscamos inconscientemente personas que hagan aflorar esos problemas. Reflexionar sobre las razones profundas que hacen que nos irritemos con esas personas nos ayudará, en el futuro, a evitar repetir patrones nefastos.
A veces nos irritamos mucho con una persona por tonterías que toleramos sin el menor problema en otra persona. Cuando es así, sólo podemos pensar que no son los
comportamientos los que nos irritan sino las personas en sí mismas y, concretando aún más, lo que esas personas despiertan en nosotros.
Cada vez que Jean hace una pregunta o abre la boca para decir algo, Sylvain se irrita, sintiéndose culpable de no sabe qué, se siente personalmente atacado, incluso por las cosas más triviales. «¿Has cambiado los neumáticos del coche este invierno?» se convertía en la cabeza de Sylvain en un «¿Pero cómo? ¿Aún no has cambiado las ruedas? ¡Pero cómo se puede ser tan poco previsor!» Un «Hoy he visto a Patrice, es una chica muy inteligente» se convertía en un «Lo cierto es que eres tonto, no como Patrice, que es tan lista». Cada vez que Sylvain veía a Jean se ponía malo, angustiado y susceptible. Poco a poco fue dándose cuenta de este estado de cosas; intentó borrar ese concierto interior, lleno de reproches, pero nada funcionaba. Hasta que llegó el día en que se dio cuenta de que estaba reviviendo, como en un bucle, la relación que tuvo con su tío, un hombre que no tenía hijos y que lo crio tras la muerte de sus padres. Alguna cosa había, en la personalidad de Jean, que le recordaba a la de su tío y, de ese modo, sacaba a relucir la relación humillante y vejatoria, repleta de críticas destructivas y reproches que tuvo que soportar durante su infancia. Se sentía casi culpable de existir, y ese discurso interior se revivía con la personalidad de Jean que, por otra parte, no era un tipo desagradable ni agresivo en absoluto.
Conocerse a sí mismo y a los demás permite sentir un cierto alivio en cuanto a las causas de un problema relacional: así se sale de la noción de falta, de error que se enlaza con una persona hasta detenerse en la noción de dinámica y evocación interior. Sylvain usó, como estrategia, la repetición mental de que Jean no era su tío, cada vez que lo veía. Insistía en repasar mentalmente las diferencias entre el tío y el amigo. Tras un tiempo, advirtió que remarcar las diferencias anulaba la tendencia a percibir las similitudes entre Jean y su tío, así que Sylvain empezó a sentirse mejor, a tolerar la presencia de Jean y a aceptarlo plenamente.
Si determinas el tipo de personalidad que más frecuentas, constatarás que siempre se producen el mismo tipo de problemas relacionales, aunque se trate de personas diferentes. Generalmente, esto se atribuye a la casualidad o incluso hay quien piensa que atrae a un mismo tipo de personas, pero no se va más lejos en la reflexión. En efecto, es cierto que solemos atraer a gente del mismo tipo… y nosotros nos sentimos atraídos hacia ellos. De este modo, nuestras atracciones están, hasta cierto punto, determinadas por nuestro pasado. La cosa se pone fea cuando sentimos el deseo incontrolable de buscar esas partes del pasado, perdiendo de vista la búsqueda del placer por compartir y la confianza.
estrategias pertinentes para regularte a ti mismo, así como tomar conciencia de las herramientas que pueden ayudarte en tus relaciones de amistad. Por lo tanto, pregúntate qué es lo que te atrae y por qué, la respuesta será la solución de la mitad del problema. Antes de reaccionar impulsivamente ante una situación o un acontecimiento relacional tóxico, es necesario recular para encontrar, entre diversas estrategias, la que más te convenga. En la próxima parte del libro verás qué tipos de estrategias adoptar según las diversas clases de personalidades. Es necesario tener claro que los rasgos de personalidad incumben también a los tuyos propios. Tus estrategias, en este caso, te ayudarán a ser consciente de tus heridas y a saber reaccionar ante ellas.
CAPÍTULO 5
LA VOCECITA INTERIOR O INTUICIÓN
El pensamiento intuitivo es un don sagrado y el pensamiento relacional un servidor leal. Albert Einstein Sacas del horno una bandeja que está ardiendo y la pones en el mármol como puedes, lo que hace que quede totalmente desequilibrada. Tu vocecita interior te dice que tengas cuidado, que ésa no es una buena idea, pero lo haces igualmente. Resultado: se cae la bandeja, toda la comida por los suelos y tu pierna sufre quemaduras de segundo grado.
Suena el teléfono, miras la pantallita y ves el nombre de un amigo con el que no tienes ganas de hablar. Tu intuición te dice que no descuelgues el auricular, pero pasas de ella y respondes. Resultado: te ves metido en una conversación que no te importa nada y, además, te impide seguir con lo que estabas haciendo; no cuelgas por educación.
¿Estos hechos te llevan a hacer caso de esa vocecita interior la próxima vez? Pues no. Sin embargo, esa voz interior es una herramienta extraordinariamente útil para detectar malos rollos, cuando aprendes a conocerla y a controlarla. Si la escucháramos y confiáramos en ella, contaríamos con más oportunidades en determinadas situaciones, que son menos de lo que parece, para hacer interesantes reflexiones. Pero somos, ante todo, seres relacionales; sin embargo, estas intuiciones, mensajes del inconsciente, no han sido científicamente estudiadas hasta el momento y por eso no nos parecen objetivas ni basadas en hechos. Eso es lo que hace que dejemos de lado lo que sólo nos parecen meras impresiones. Pero la verdad es que estamos desperdiciando una fabulosa herramienta relacional.
La intuición tiene muchos nombres: inspiración en el arte, «momentum» en el deporte, pálpito en la vida cotidiana… Es la vocecita que nos aconseja en el día a día, el instinto, el sexto sentido, la visión, el presentimiento, la premonición, tener la mosca detrás de la oreja o eso que llamamos «darle a uno en la nariz». La intuición nos permite ir más lejos en la percepción de lo que nos rodea, hacer frente a lo que sentimos más allá de la lógica y el análisis: la intuición nos permite completar nuestro análisis consciente. Sócrates concebía la intuición como una parte esencial del proceso de decisión humano,
tenía su daimon que actuaba como una fuerza, una presencia que empuja a la acción, que inspira al artista, que permite cierto contacto con un universo paralelo. Y, pensándolo bien, si nos fijamos en la gente que triunfa, son siempre aquellos que parecen tener buen olfato, creatividad ¡intuición, en definitiva!
Te ves con un viejo amigo, de toda la vida, y de repente te sientes mal con él, como si ya no estuvieras a la altura, como si él te hiciera un favor pasando un ratito contigo. Pero, como esa impresión es difusa y parece injustificada, la olvidas y sigues frecuentándolo. Si te paras a pensar, por el contrario, te das cuenta de que hace ya mucho tiempo que sientes ese malestar y que nunca le das importancia porque te parece irracional, inútil y poco pertinente. Sin embargo, pueden coexistir, perfectamente, dos aproximaciones analíticas al mismo tiempo y si se adoptan ambas, el resultado será una persona aguda y rápida con más posibilidades de acertar en sus decisiones. La primera aproximación es la relacional; se basa en lo verdadero y lo falso, en el análisis lógico y la concordancia entre tus decisiones y los hechos consumados. A través de ella, descubres hechos tangibles y luego puedes medirlos, evaluarlos y escoger la acción correspondiente a tus deducciones. La otra aproximación procede de las percepciones y reposa sobre la aprehensión de lo que es intangible e imperceptible. Puedes emplear ambas aproximaciones y usa una a la luz de la otra. Éste es un ejercicio que te ayudará.
Ponte en una postura cómoda, respira profundamente y piensa en la última vez que viste a una determinada persona, sin analizar nada. Simplemente, intenta sentir los efectos que el recuerdo de esa persona causa en ti. El simple hecho de estar tenso o relajado te dará una indicación. Luego, intenta definir lo que te gusta y lo que no te gusta de esa amistad; si quieres puedes hacer una tabla con esos datos. Piensa en ejemplos concretos sobre su comportamiento o sus dinámicas puntuales. Con la ayuda de esa tabla, observa si hay hechos contrastables que refrenden tus sentimientos o si, por el contrario, éstos son infundados.
Hay que tener cuidado para no confundir intuiciones con impulsos, proyecciones y prejuicios: podría invalidar las interpretaciones que hagas. Ciertas características son indicadoras de la intuición propiamente dicha. La persistencia es una; otra es el hecho que una intuición suscita una convicción profunda que se sitúa más allá del ego. A menudo, la intuición parece ir al encuentro de lo que nos dice nuestro consciente, ya sea a partir de la lógica o de las emociones, aunque solemos rechazarla sin contemplaciones. A pesar de todo, reaparece cada vez que nos vemos confrontados a situaciones equivalentes; en eso consiste la persistencia a la que me refería. En cuanto a la convicción interior, crea un efecto de verdad profunda, una suerte de conocimiento iluminado, del mismo modo que se les ocurren las ideas a los genios, como las
explosiones de creatividad. Es algo que puede llevarnos a exclamar «¡Eureka!», como le sucedió a Arquímedes en la bañera cuando comprendió las bases que le permitieron formular su principio. Este tipo de convicción nunca puede llegar de la mano de las emociones, el razonamiento o las contradicciones. De hecho, la emoción percibida en ese momento roza la beatitud, el éxtasis mental, la más pura alegría al ver cómo se hace la luz y aclara la situación. La intuición se distingue de la conciencia en que no sale del proceso de pensamientos ni del sistema de valores. No se comunica con nosotros mediante palabras ni imágenes ni a través de ningún tipo de lenguaje. No tiene códigos de interpretación ni puede analizarse. Es más, basta con evocar una intuición para sentirla viva y fresca. Más que estar receptivo en todo momento, lo que hay que hacer es prestar atención a las primeras impresiones que aparecen con una intuición y conservarlas en la memoria.
En lo relativo a nuestras relaciones con los demás, la intuición puede permitirnos el acceso a un universo de respuestas inesperadas. Así, dejar de lado el ego, mostrarse receptivo a las necesidades y tendencias no expresadas verbalmente por nuestros amigos, puede llevarnos a comunicarnos con ellos de manera profunda y sincera. Ciertas miradas, determinados momentos de franca complicidad constituyen una prueba de que la intuición existe en el ámbito de la comunicación.
No hay técnicas milagrosas para ser una persona intuitiva, ni para desarrollar la intuición. En realidad, todo el mundo tiene intuición, incluso las personas más escépticas. No obstante, hay algunos trucos para acceder a ella más fácilmente. Dichos trucos son bien conocidos e incluso se enseñan en las facultades donde se estudia administración de empresas, gestión…, en cuyos planes de estudio son un tema importante. El primer truco consiste en dejar el camino libre a la intuición, tanto como sea posible, para que se manifieste libremente: intenta ser una hoja en blanco, no permitas que te invadan emociones negativas como la ansiedad o el miedo. Así te colocarás en una posición de apertura mental desprovista de interpretaciones y razonamientos, así como de justificaciones. Por la mañana, por ejemplo, deja que fluya en tu cabeza lo primero que pase por ella: puedes pensar en lo que sea, en lo que vas a hacer durante el día, pensar en algo que te preocupe. Anota esos pensamientos sin discriminar nada. No juzgues la validez de tus impresiones para no introducir el aspecto racional en algo que es irracional por naturaleza. Espera un poco, deja que las ideas y las impresiones lleguen a tu conciencia. Será entonces cuando el análisis racional te ayudará a discernir prioridades. En esta etapa es importante no negar las ideas, sino pensarlas: la mayor enemiga de la intuición es la resistencia intelectual a tener ideas irracionales. Finalmente, compara la realidad de tus impresiones intuitivas con los hechos tangibles como, entre otras técnicas, muestra la tabla precedente. La intuición no sólo se manifiesta mediante impresiones,
también puede deberse a los impulsos, la curiosidad por un tema, la súbita comprensión de una determinada cuestión… Si quieres verificar el valor de tus intuiciones, tienes que atreverte a arriesgarte un poco. Y luego hay que volver a empezar y volver a empezar, una y otra vez, hasta dominar la técnica hábilmente para obtener resultados útiles, así permanecerás atento a la escucha de los demás y de ti mismo.
Para desarrollar la intuición, aprender a meditar o conseguir dejar la mente en blanco son vías útiles. Así se desarrolla la creatividad y la escucha interior. Intenta, atrévete, arriésgate, permítete validar tus intuiciones; si no lo haces, jamás serás intuitivo.
No obstante, la intuición tiene sus enemigos. La inseguridad, el miedo, los traumas, bloquean la intuición. También el lado racional y analítico te llevará a rechazar cualquier pensamiento que no sea demostrable… hasta que quede claro que sí podía demostrarse.
Maryse tenía dos niños pequeños en el momento que sufrió un grave accidente. Tuvo que pasar bastantes días en el hospital y su convalecencia fue larga e invalidante. Estaba claro que necesitaba que la ayudara alguien. Ginette, una amiga que había conocido recientemente y que esperaba decidirse entre dos trabajos, se ofreció. Maryse aceptó encantada. Como es lógico, al cabo de poco tiempo la relación se volvió más íntima, pero Maryse sentía un cierto malestar inexplicable. Una mañana tuvo que firmar una autorización para que Ginette pudiera recoger a los niños del colegio y, en ese momento, saltó una alarma en su cabeza. Como no tenía más remedio que firmarla pero no quería hacerlo porque algo en su interior la frenaba, firmó con un límite de tiempo, con validez para una sola semana, aunque tuviera que volver a autorizarla una semana después. Iba pasando el tiempo y Maryse veía cómo Genette se comportaba como la madre de los niños y como la pareja de su marido. Criticaba abiertamente a Maryse, como madre, como esposa y como persona. Se sentía la reina de la casa, la dueña y señora, y pasaba cada día más de Maryse; hablaba mal de ella con la familia y estaba claro que tenía unos celos terribles. Al final, Maryse tuvo que pedirle a Ginette que no volviera a poner un pie en su casa. Finalmente, los hechos verificaron aquella intuición que le impedía firmar la autorización. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que Maryse se dio cuenta de que su intuición estaba en lo cierto.
CAPÍTULO 6
LA DECISIÓN: ¿PASAR O CONTINUAR?
Una vez se es consciente de la presencia de una relación de amistad tóxica, hay varias reacciones posibles. ¿Queremos seguir siendo amigos de esa persona? ¿Es preferible salir corriendo y perder de vista esa mala influencia? ¿Acaso se necesita sólo una pausa en la relación?
Podemos encontrar pistas si reflexionamos. Para empezar, es interesante descifrar lo más exactamente posible lo que obtenemos de una amistad concreta, es decir, valorar los pros y los contras de dicha relación. Una buena manera de visualizarlo es hacer un análisis de costos/beneficios. Basta con trazar dos columnas en una hoja de papel: una para las ventajas y otra para los inconvenientes. Puede que alguien piense que ésta es una forma demasiado mercantilista y racional de evaluar una amistad que, en definitiva, pertenece al ámbito de las emociones y no del raciocinio. Pero, justamente por eso, si apuntas lo bueno y lo malo que sientes por una persona, sin censuras, seguro que el resultado te sorprenderá. No es necesario confeccionar la lista de una vez, puedes ir pensando durante unos días e ir apuntando cosas, en el momento que tengas un recuerdo, una idea o una emoción, la apuntas. La misma entrada puede figurar en las dos columnas al mismo tiempo, aunque parezca una paradoja: en efecto, en ocasiones un rasgo de carácter o una cualidad puede ser tanto positiva como negativa respecto a tu persona. Lo importante es escribir todo lo que piensas y en el momento en que lo piensas. La siguiente tabla es un ejemplo que habría seguido Sophie, en el ejemplo precedente, cuando se preguntaba sobre su relación con Geneviève.
Una vez completada la tabla, puedes jerarquizar cada columna, esto es, colocar cada característica por orden de importancia y atribuirle una puntuación. Después podrás analizar la situación de la forma más neutra posible. Estarás en disposición de actuar según convenga en lo concerniente a la relación. A veces, un simple cambio de actitud por tu parte puede solucionarlo todo; en el extremo opuesto, te verás obligado a romper los lazos de amistad con esa persona. Cuando piensas en cada característica, ¿la emoción que sientes es fuerte o débil, positiva o negativa? Cuando piensas en esa persona y dejas aflorar tu intuición, ¿qué te dice? Si sientes malestar elabora una lista descriptiva con lo que te irrita y céntrate en cada rasgo, intentando ser objetivo, o sea, intentando dejar de lado las emociones. Por ejemplo, si la actitud de Élise te fastidia a menudo, pero sabes que son sus críticas destructivas las que te hacen daño, intenta olvidarte por un momento de tus problemas y piensa objetivamente en las razones por las que ella tiene ese defecto. Quizá descubras que ninguno de los dos tuvisteis un padre satisfecho de sus hijos, sino un padre perfeccionista al que nada le parecía suficiente. En el caso de Élise, el trauma vivido hace que ella actúe como su padre, mientras que en el tuyo se puede haber desarrollado una forma de rechazo con respecto al perfeccionismo. ¿Qué hacer entonces? Hay dos salidas: si la relación con Élise es demasiado dolorosa, habrá que cortarla; si puede tolerarse hasta que se arregle, se puede establecer una nueva conexión, porque el hecho de tener el mismo problema puede conducir a la búsqueda de soluciones.
Si el malestar que sientes sigue siendo insoportable, tras el análisis, y es imposible vivir así, manteniendo una relación insana, lo mejor es romperla. A veces hay que hacerlo, no queda más remedio y no suele ser fácil para nadie, ni para el que deja ni para el que es dejado. Si tienes que hablar de este problema con el amigo que te cause malestar, para romper la amistad, escoge un momento en que no estés enfadado ni irritado, sin decir nunca palabras hirientes. No te justifiques ni te excuses, porque eso daría a entender que aún hay un interés tácito en mantener la relación, en arreglar las
cosas; sería como incitar al otro a buscar soluciones, a comprenderos y adaptarse para seguir adelante. Intenta compadecerte de sus sentimientos: lo que te amarga la vida, sus defectos insoportables, son también emociones suyas. Si rompes la relación con respeto y consideración, dando muestras de ser una persona comprensiva con sus reacciones, sean las que sean, darás a entender que acabas la relación pero no le cierras la puerta para siempre como si fuera un apestado. ¡Quién sabe lo que pasará en el futuro! Es verdad que las heridas provocadas por tu propia inseguridad y por tus miedos pueden tardar en curarse más que las provocadas por una reflexión serena y la incapacidad para seguir soportando algo que no te gusta.
Di siempre la verdad pero sin reproches: exprésate en primera persona y darás a entender que el problema lo tienes tú, porque eres tú quien no soporta la relación. En efecto, una relación difícil mina el ánimo y nos desequilibra; más adelante veremos cuáles son sus efectos. Pero hay una cosa cierta: si no te sientes a gusto en una relación no debes soportarla a toda costa, porque no llegarás a ninguna parte ni en tu evolución como persona ni en tu bienestar general. ¡La vida es tan corta y hay tanto por hacer!
También es posible cambiar de actitud y abrir los ojos a una nueva dimensión de la personalidad de un amigo que, hasta la fecha, no habíamos sabido ver. ¿Por qué? Porque cuando tenemos un problema con alguien nos centramos sólo en él ya que es lo que sentimos en nuestro interior, sin fijarnos en otros aspectos. Por ejemplo, el hecho de que un amigo esté siempre disponible para nosotros, que sea muy generoso y entregado, nos puede pasar desapercibido porque únicamente nos centramos en lo mal que nos sientan sus críticas. También podemos tener un amigo cuyo humor nos alegra el día, nos escucha siempre y nos hace reír, pero no soportamos lo charlatán que llega a ser y lo protagonista que quiere ser en todo momento. Si cambiamos de actitud y empezamos a aceptar las críticas como pruebas de amistad sincera, como los comentarios de un amigo que simplemente manifiesta su parecer, seremos más realistas y viviremos relaciones más satisfactorias.
También podemos decidir abordar con nuestro amigo el problema que nos molesta y ver si está dispuesto a encontrar una solución: avanzar juntos para tener una mayor comprensión y un mayor conocimiento del otro puede permitir la creación de lazos profundos y duraderos, y más sanos.
Segunda Parte
Personalidades con componentes tóxicos
Diversos tipos de personalidad pueden estar en el origen de una amistad tóxica y, esto, irá en función de tus propias fuerzas y debilidades. Vamos a ver algunos rasgos de carácter que, llevados al extremo, entran en el terreno de lo patológico o, cuando menos, en el de los problemas de personalidad. Cada uno de nosotros puede tener algunos rasgos más o menos importantes. Para averiguarlo nos basaremos en el DSM IV, el manual de diagnósticos de problemas de personalidad. Obviamente, la descripción que sigue narra ejemplos extremos que se atenuarán en algunos casos. La descripción de las personalidades se exagera, en ocasiones, para que sea más fácil reconocerlas. Sin embargo, es raro que estas personalidades lleguen a ser patológicas; de hecho, cada una de ellas puede estar presente, en alguna medida, en todos nosotros. Y eso, por fortuna, porque cada rasgo es innato y procede de la naturaleza humana.
Cada personalidad se compone de una cara y una cruz: no hay que precipitarse en rechazar una de ellas, tampoco temerlas ni despreciarlas. Cuando tenemos tendencia a hacerlo es porque uno de sus aspectos nos resulta familiar, dolorosamente próximo. Lo que sigue constituye una herramienta de trabajo pero no un mecanismo permanente para detectar patologías en la gente porque, repito, muchos de esos rasgos que pueden parecernos patológicos en los demás los tenemos nosotros mismos en algún ámbito de nuestras vidas. Por lo tanto, no vamos a considerar estos rasgos como defectos ni taras, sino tendencias que nos interpelan más o menos según nuestras propias tendencias, nuestro temperamento y nuestra educación.
CAPÍTULO 7
LA PERSONALIDAD NARCISISTA
Para descubrirla
Si tienes la sensación de conocer a un narcisista, presta atención a lo que dice de los demás o a lo que les hace: ¡un día te tocará a ti sufrirlo! Índices: la naturaleza de su humor es desagradable, hiriente, llena de insensibilidad. Su falta de consideración por los demás, incluida su propia pareja, te dará un pista. En la mayoría de los casos, está imbuido de sí mismo. Su ego está sobredimensionado. Tiene una ambición desmedida y su capacidad de empatía es igual a cero. Cuando ha obtenido de alguien lo que quiere, lo tira como a un trapo sucio e inútil, sin preocuparse por las reacciones de los demás. A su lado, es posible que te sientas poca cosa, impotente, y no escucha lo que le dices. Puedes albergar resentimiento contra él, como un deseo de venganza. Puede que te rebaje y, en consecuencia, te irrite. Al principio, el narcisista puede ser encantador y seductor, particularmente cuando te necesita; suele dar una primera impresión muy buena, básicamente porque sabe venderse, sabe mostrar lo mejor de sí mismo al tiempo que desmerece a los demás para parecer mejor que ellos. Pero esa impresión dura poco: a la primera de cambio se nota que no escucha a nadie, o ignora a la gente o se encoleriza y la machaca. Además, es incapaz de colaborar, de trabajar en equipo. Es impulsivo.
Si los resultados dan entre 0 y 7, la persona puede presentar algún rasgo narcisista, aunque de tipo narcisista maduro. En efecto, casi todos nosotros podemos presentar alguno de estos rasgos en un momento preciso y en un ámbito concreto, todos podríamos contestar «a veces» a estas preguntas, pensando en nosotros mismos. Seguro que no estamos orgullosos de ello pero el comportamiento humano es así. Un total de entre 8 y 12 denota una personalidad de tendencia narcisista; pero la «tendencia» no le impedirá ser empática y sincera según las circunstancias. Entre 13 y 16 estaremos ante un narcisista en toda regla: esa persona será incapaz de mantener una relación sana con alguien porque se ama sólo a sí misma.
Para comprenderla mejor
Hace falta una cierta dosis de narcisismo para funcionar bien, pero dicho narcisismo debe ser maduro, opuesto a un narcisismo inmaduro o patológico. El narcisismo inmaduro es el típico de los niños, que necesitan admiración y seguridad, y gritan: « ¡Mírame, mamá, mírame!» cuando se tiran a la piscina o van en bici. El narcisismo maduro, por el contrario, consiste en creer que se tiene lo que hay que tener para triunfar en algo, en tener confianza en uno mismo y en el porvenir. Permite apoyarse en los demás, de manera constante, pero sin utilizarlos vilmente.
El narcisista a ultranza es incapaz de centrarse en otra cosa que no sea él mismo. Se trata de una persona que experimenta un amor excesivo hacia sí mismo, y en exclusiva. Es egocéntrico e imagina que todo el mundo opina como él –que es el centro del universo– y que todos tienen las mismas preocupaciones en la vida. Probablemente tiene un problema de diferenciación: en la etapa de aprendizaje de diferenciación del prójimo no adquirió dicha habilidad. Puede aplicar diferencias intelectualmente pero no sabe aplicarlas en la vida cotidiana. Subordina los intereses ajenos a los suyos propios, todo parece tener que ver con él, es indiferente a los demás. Su sistema de valores no va más allá de él mismo. No es capaz de ver que su comportamiento perjudica a la gente porque presume que lo que es bueno para él es bueno para todos. Por eso no es capaz de sentir empatía hacia los demás. En este aspecto, podemos pensar en los grandes escándalos financieros que tan a menudo salen a la luz en nuestros días. El narcisista a ultranza posee rasgos extremadamente tóxicos porque los demás no forman parte de la ecuación de su vida.
En las relaciones interpersonales, el narcisista no tiene la menor consideración por las necesidades ajenas. Como ya hemos apuntado, la primera impresión que da es fantástica y cae bien a todo el mundo. Puede adular a la gente pero, cuando lo hace, es para constatar su propia grandeza. En efecto, una persona le resulta atractiva o interesante en tanto en cuanto nutre su narcisismo: es un espejo en el que poder reflejar su propia grandeza, en el que poderse sentir superior, admirado y siéndole sumiso. Por otra parte, cuando el otro no está de acuerdo con él y defiende un punto de vista diferente, pasa al ataque de forma violenta, peligrosamente desproporcionada. Cuando ya no le aporta nada, lo degrada de ángel a demonio. Puede ser un gran manipulador: para él, el fin justifica los medios. En este caso hablaremos de narcisista patológico, de una persona que no recula ante nada que quiera obtener.
Suzie y Rachel eran estudiantes de derecho cuando se hicieron muy amigas. Durante toda la carrera escogieron las mismas asignaturas e hicieron todos los
trabajos juntas. Dado que Suzie tenía más facilidad que Rachel para estudiar, se preparaban los exámenes juntas, así paliaba los errores de su amiga. Pero, al final, acababa haciendo los trabajos ella sola. Hicieron las prácticas de fin de carrera juntas, en un importante bufete de abogados. Al final de las prácticas, ambas fueron contratadas. Suzie trabajaba muy duro en sus casos, mientras que Rachel se dedicaba sobre todo a cultivar su popularidad en la empresa. Cuando tuvo una oportunidad de ascender, Rachel hizo todo lo posible por promocionarse, todo, incluido denigrar a su amiga Suzie y hacer creer que era la misma Rachel quien tiraba de ella desde la época universitaria. Rachel obtuvo el ascenso y se convirtió en jefa directa de los jóvenes abogados y de los estudiantes en prácticas. En cuanto a Suzie, se dio cuenta de la sucia estrategia, tuvo una conversación con Rachel y le preguntó los motivos de semejante comportamiento inmoral, a lo que Rachel contestó que el mundo de la abogacía era un mundo de lobos en el que nada ni nadie sería un obstáculo para la progresión de su carrera. Rachel le dijo a Suzie que era una perdedora, mientras que ella era una ganadora y que haría bien en seguir el ejemplo de cómo se hacen las cosas si pretendía llegar a algo más que a ser una machaca. Y todo eso lo dijo sin el menor remordimiento, sin tristeza y sin emoción alguna. Ahora tenía otros «amigos». Suzie no salía de su asombro. No había sabido ver la estrategia de Rachel en todos los años que habían estado juntas. Sin embargo, habían sido muchos los indicios, como la hiriente manera que siempre había tenido de burlarse de ella y ridiculizarla: una advertencia que su vocecita interior ya le había hecho en ocasiones y que ella no quiso escuchar. También estaba el hecho de que Rachel siempre tenía excusas para no hacer su parte del trabajo en equipo o el menosprecio que manifestaba hacia ella, sin motivo ni razón alguna (aunque, ¿hay alguna razón justificable para menospreciar a alguien?). Por otra parte, Suzie consideraba esta amistad como segura y consolidada, confiaba ciegamente en Rachel. Sin embargo, Rachel utilizaba todas las confidencias que le hacía Suzie para beneficio propio y perjuicio de la otra.
Estas personas no son capaces de ser amigos de nadie ni de tener relaciones sanas. Se fijan un objetivo, en ocasiones ni siquiera son suyos, pueden ser los objetivos de otro, y se ponen a manipular conscientemente a la gente que los rodea hasta obtener el premio que codician. Son avariciosas: consiguen bienes, premios, felicitaciones, logros y afectos. Oscilan entre la autoadmiración y la inseguridad, son especialmente sensibles al fracaso y somatizan sus problemas. Pueden deprimirse seriamente cuando un fracaso les muestra que, a todas luces, no son maravillosos ni infalibles y que el mundo no se rinde a sus
pies, cuando no están a la altura de sus propias exigencias narcisistas, es decir, a la altura de sus egos idealizados. Tienen un problema en la formación de su propia identidad y confianza en ellas mismas. Sufren constantemente de soledad y abandono.
No obstante, casi todos nosotros tenemos algún rasgo narcisista, moderado, que en su justa medida resulta sano y beneficioso: en efecto, si uno no se quiere a sí mismo, las oportunidades de ser feliz y progresar en la vida son pocas. Así que, un cierto egoísmo (la caridad empieza por uno mismo) es necesario. ¿Cómo íbamos a estar bien con los demás si no estamos bien con nosotros mismos? A veces, un narcisista puede ser poco egocéntrico, incluso mostrarse generoso, pero nunca acaba de entender que sus gustos y necesidades no coincidan con los de los demás. Escucha a sus amigos y puede percibir claramente algunos aspectos de sus personalidades, pero no puede evitar aplicar siempre sus propias soluciones, como si no entendiera que hay otras más apropiadas para los demás. Siempre son manipuladores, pero en distintos grados.
Roger recibía siempre regalos de Jeanne por su cumpleaños, que le gustaban a ella, y sólo a ella, porque a ésta no se le ocurría pensar qué le gustaría a él que le regalaran. A ella le gustaban los objetos decorativos, de refinado gusto estético pero nulo aspecto práctico, mientras que él prefería cosas útiles para poderlas utilizar y no estaba interesado en acumular cientos de objetos tan bobitos como inservibles. Roger, como tenía claro que a ella le gustaban tanto, acabó por regalárselos todos, pero Jeanne no los aceptó como regalo sino como «préstamo». Aun así, ella no comprendió que a Roger no le interesaban los objetos inútiles que acumulan polvo sobre los muebles, no le cabía en la cabeza que pudiera haber alguien que no apreciara lo que tanto le gustaba a ella, de modo que, cuando iba a casa de Roger, la encontraba vacía y desangelada, así que siguió regalándole figuritas inútiles porque para ella eran esenciales en una casa.
Para decidir y reaccionar
Si te topas en la vida con un narcisista patológico (lo cual no es fácil), ¡sal corriendo! Y si, por cualquier motivo, la fuga no es posible, intenta permanecer frío e indiferente. Si observas la forma de actuar de esa persona, verás que haces bien en no implicarte con ella. Suzie vivió una pesadilla con Rachel y acabó por darse cuenta de que la amistad profunda era sólo por su parte, que no había habido nunca reciprocidad, sólo manipulación y puñaladas traperas. En cuanto mostró interés en Rachel se convirtió en su amiga. Obviamente, Rachel no iba a morder la mano que le daba de comer… hasta que encontró una mano mejor. Si, como Suzie, has sido víctima de un narcisista, deberías cuestionar tus propios mecanismos relacionales, para no volver a caer en la trampa o para saber cómo salir del atolladero si te vuelves a hacer amigo de otro