Las relaciones tóxicas suscitan emociones negativas. Por otro lado, estas emociones están en el origen de la toma de conciencia de la existencia de dicha relación. También son el resultado de rasgos tóxicos. Pero, de hecho, según la aproximación cognitiva, eres tú el responsable de tus propias emociones. Encontrarás ejemplos de estrategias que tienen por objeto desembarazarte de ciertas emociones penosas o, por lo menos, atenuarlas. Generalmente, el origen de dichas emociones está en nosotros mismos: tenemos que encontrar, por lo tanto, los desencadenantes y luego neutralizarlos de alguna forma. Estos desencadenantes, entre los que se encuentran las actitudes tóxicas de la gente que nos rodea, pueden ser remplazados en un contexto realista, perdiendo entonces su importancia y gravedad. Veamos algunas técnicas para reaccionar ante esas emociones que nos quitan la alegría de vivir.
La frustración, el sentimiento de injusticia
La frustración y el sentimiento de injusticia suelen provocar, la mayoría de veces, ira o emociones muy parecidas, como la irritación o la impaciencia. Cuando la ira nos invade, no escuchamos a nadie, estamos obnubilados por la indignación, sólo pensamos en pegar un golpe en la mesa, un golpe fuerte y justo, sin reflexionar en las consecuencias. Sin embargo, la consecuencia número uno, casi inevitable, es que nuestra ira es contagiosa: provoca la ira de los demás y desencadena una escalada de agresividad. Entre amigos, las palabras que serían imperdonables, que sabemos que pueden herir gravemente, son pronunciadas sin reparo. A veces nos damos cuenta de la barbaridad que vamos a decir, pero es raro que eso pase. En estos casos hay dos soluciones posibles. Para empezar, intentemos ver qué es lo que desencadena nuestra ira: haz una lista. Si no te sale, busca en Internet los numerosos test que hay sobre la ira como punto de partida para averiguar lo que te saca de quicio. De entrada, debes saber que el sentimiento de injusticia suele estar en la base de todos los accesos de ira: piensa en lo que encuentras injusto. ¿Puede que te parezca que un amigo no te valora como debiera?
¿No reacciona de la manera que esperas y demuestra una total falta de comprensión hacia ti? Ésas serían algunas pistas a seguir pero sólo tú puedes determinar lo que desencadena tu ira: eres tú quien la siente, por tanto eres quien la sufre. Cuando evalúas los desencadenantes intentando interpretarlos de manera diferente, calmas tu ira. La segunda solución consiste en irte cuando estás a punto de explotar, a dar un paseo por ejemplo, a correr, el ejercicio físico es un buen calmante. Después, reflexiona sobre la causa de tu ira y discute serenamente con tu amigo o, si lo prefieres, piensa en soledad sobre el origen de la situación frustrante: constatarás a menudo que ciertas razones no tienen nada que ver contigo.
La ansiedad, el miedo
La ansiedad es un sentimiento natural que nos pone en estado de alerta. La ansiedad reside en nuestro interior para advertirnos de que algo no va bien, que hay que cambiar alguna cosa en la actitud o en la forma de pensar. La primera fase es llegar a discernir la ansiedad desde que aparece con sus primeros efectos –nudo en el estómago, pulso acelerado, sofoco, dificultad para tragar saliva– con el fin de neutralizar la situación o la persona que nos provoca esos síntomas. Reconocer los desencadenantes del sentimiento de ansiedad nos proporcionará las armas necesarias para combatirla. Si es un problema en el ámbito de la amistad, ya sea por el amigo mismo o por la situación, en el futuro podremos estar en guardia para no quedarnos ahí, sin hacer nada, dejando que la ansiedad crezca. Hay que preguntarse qué hay que hacer para desembarazarse de esa emoción, tanto interiormente, por ejemplo cambiando de punto de vista, como externamente, por ejemplo verbalizando los límites o alejándose de esa amistad. Si la ansiedad es tan importante que, a pesar de esto, sigue adelante, podemos utilizar técnicas de visualización, meditación… También podemos hacer ejercicios de relajación.
La culpabilidad, la responsabilización
La culpabilidad evoca muchas nociones. Así, hay una diferencia entre la responsabilidad, la culpabilidad y los remordimientos. La responsabilidad significa que se asumen las consecuencias de los actos, que nos comprometemos a ejecutar una tarea o a encontrar la solución de un problema. Los remordimientos nacen de la responsabilidad, en el sentido de que nos permiten reconocer nuestros errores, excusarnos y remediarlos en la medida de lo posible, a fin de aprender la lección. La culpabilidad, por el contrario, va de la mano de la noción de falta. Es negativa en la medida que es el sentimiento de malestar que supone la conciencia de haber hecho algo mal, sin saber por qué necesariamente. Implica conciencia de trasgresión de las normas y los reproches que nos
hacemos a nosotros mismos. La culpabilidad dirige los actos de nuestra vida, es una cruz que arrastramos. Entre amigos, el desarrollo del sentimiento de culpabilidad puede ser debido a una distorsión interior, o bien a una manipulación externa. La distorsión interna aparece cuando nos creemos culpables de la desgracia de otra persona, de sus tristezas y sus problemas. Nos responsabilizamos de su estado y, en el futuro, nos encargaremos de ayudarlo a arreglar sus problemas porque, según nosotros, somos el origen de sus males. Por lo tanto, somos nosotros los que asumimos una responsabilidad que no tenemos. En un caso límite, asumimos que el otro no sabe, no dispone de las herramientas para arreglar su vida. La manipulación externa tiene los mismos efectos: imputarnos la responsabilidad que no nos pertenece; pero, en esta ocasión, es el otro quien nos pone en este papel, nos echa todo el peso a nuestras espaldas para escapar al dolor de reconocer que sus errores son sólo suyos. Las relaciones basadas en la dependencia o en la piedad comportan esta forma de culpabilidad. En ambos casos, comprender que los problemas son de cada uno es esencial para salir adelante. Si creemos que «debemos» hacer algo por la otra persona, preguntémonos antes de dónde viene ese deber. ¿Es nuestra simple voluntad de ser amables, sin esperar nada a cambio, o se trata de una forma de descargar nuestro sentimiento de culpabilidad? Decidir si ser un mero espectador y no actuar por los demás antes de que nos lo pidan explícitamente es una buena estrategia para evitar las proyecciones de culpabilidad: la naturaleza misma del culpabilizador manipulador nos incitará a proponerle ayuda o a estar disponibles para él, aunque no nos convenga.
La decepción, la tristeza
La tristeza nacida de la decepción es natural y sana, cuando se vive como un duelo. Somos conscientes del hecho de que una amistad nunca será la amistad de nuestros sueños, por nuestras propias limitaciones. Para no sufrir esa tristeza, hay que vivir la amistad intensamente, tal y como se presenta: cuando se está triste se pierde interés por el trabajo, por las actividades habituales, necesitamos alejarnos, permanecemos en un estado receptivo para reevaluar el sentimiento de amistad, sus ventajas y sus inconvenientes. Hay que aprovechar esos momentos de tristeza para establecer un plan de futuro en materia de relaciones amistosas, tanto con el amigo que nos ha decepcionado como con el resto de amistades, con las del presente y las del futuro. Para favorecer la desaparición de la tristeza, no hay que rumiar las causas de la situación: si lo hacemos se convertirá en una obsesión y no podremos tomar la distancia necesaria para actuar de manera satisfactoria. En efecto, calmar los pensamientos negativos de forma pasiva sólo consigue agravar la tristeza. Si reflexionamos sobre las causas de lo ocurrido, debemos llevar las reflexiones al punto que nos permitan tener ideas para progresar, para continuar avanzando. Después, hay que salir, quedar con gente que nos quiere, ir al cine,
darse algún gusto. Sea cual sea la naturaleza de la amistad que te ha puesto triste, procura salir más maduro de esa situación, atento a ti mismo y a los demás.
La humillación
«Bueno, ya está bien. No quiero volver a verlo, ya me ha humillado bastante y, además, delante de la gente». La herida provocada por la humillación es de naturaleza identitaria. Intentamos no manifestarlo para que nadie se dé cuenta de nuestra humillación y no la puedan utilizar en otro momento. En el origen del sentimiento de humillación está la mirada sobre uno mismo, llena de inseguridad, reforzada por el acontecimiento que ha causado la humillación. Por consiguiente, hay que trabajar la autoestima, la confianza en uno mismo y creer que lo que piensen los demás no tiene efecto alguno sobre nosotros. Puedes utilizar tu empatía e intuición para preguntarte qué hay detrás de la humillación: ¿está el otro celoso?, ¿tiene miedo de ser humillado y por eso ataca primero? Puedes intentar averiguar lo que siente: es muy raro que una persona sea estúpida simplemente porque sí. Normalmente es un mecanismo de defensa.
CONCLUSIÓN
Es importante conocer la naturaleza de la relación que consideres problemática: a través de la lectura de este libro, hemos aprendido a detectar las diferentes personalidades, a reaccionar en determinados casos y a decidir el futuro de una relación amistosa. Ahora falta tomar conciencia de que la naturaleza de una amistad no puede cambiar de la noche a la mañana. De hecho, no basta con que hayas comprendido la dinámica y te hayas decidido a cambiarla. Falta que el otro sea también consciente de tu camino y que quiera seguirlo. Al hablar con él, quizá descubras que tienes rasgos narcisistas, histriónicos o dependientes, que el otro acepta con sus propias dificultades. También tienes que ser consciente de que no se cambia a las personas si no cambia primero uno mismo: cuando modificamos nuestros propios comportamientos, la relación, que es una dinámica, cambiará forzosamente porque uno de los motores actúa de forma diferente.
Aprende a utilizar las estrategias que más te convienen en las situaciones que sean eficaces. Puedes huir, pelearte… pero hay toda una gama de reacciones intermedias que pueden ayudarte a resolver crisis, conflictos o situaciones delicadas y, todo ello, en equilibrio, a la escucha del otro y con toda la consideración necesaria.
Si te sientes manipulado, la contramanipulación te permitirá neutralizar el ataque: mantenerse tranquilo, no reaccionar a la mínima, demostrar que eres impermeable al chantaje. No intentes manipular a un manipulador, si tú no eres manipulador por naturaleza: te dará el alto y, lo peor, despertarás su atención y sabrá que eres consciente de sus maniobras. Utiliza frases cortas y nunca te justifiques.
Si te sientes agredido y, a pesar de tus tentativas, el otro no cambia, la técnica del espejo puede irritarlo mucho pero, como no se lo espera, puede funcionar. En cualquier caso, hay que estar preparado para que una relación se termine.
Es importante comprometerse, es decir, tomar parte en actividades sociales que te gusten realmente, sin preocuparte por la opinión de los demás, aunque te sientas juzgado, presionado e incluso agredido. Permanece a la escucha de los demás, pero no sólo de lo que dicen, sino de lo que demuestran estar sintiendo. Puedes ignorar a aquellos que tienen un impacto negativo en tu vida, en tus emociones o en tu bienestar. Rodéate de gente que te valore, que te respete por lo que eres y recuerda siempre que la valorización y el respeto van en dos sentidos. Puedes afirmarte a ti mismo sin ser agresivo: tener confianza en ti y en tus capacidades no significa que desprecies las capacidades y
contribuciones de los demás. Al contrario, la complementariedad da lugar a grandes realizaciones.
Utiliza el coping, que es una modalidad adaptativa que requiere de reevaluaciones de la situación. Se trata de un proceso que supone apertura de mente, empatía, intuición, compromiso y sentido realista frente a los límites de los demás. Vamos a exponer un ejemplo de coping.
Has hablado con un amigo tuyo en relación a un tema delicado: previamente has evaluado su forma de reaccionar, pero sigues viendo en él gestos molestos porque parecen responder a una falta de respeto. Te preparas, entonces, para irlo a buscar, con la mente abierta y sin expectativas previas en cuanto a lo que dará de sí la charla. Tu primer objetivo es comprender esos gestos: quizá no se da cuenta de lo que hace o, si es que es consciente, igual no le da la misma importancia que tú. Escoge el lugar y el momento de la cita: busca un lugar propicio para charlar, donde no haya ruido, un sitio neutral, ni en tu casa ni en la suya para evitar la «ventaja del terreno propio». Escoge un momento en que estés tranquilo, que nada te estrese demasiado. Aborda al otro amablemente, hablando de cosas simples, y utiliza tu intuición y tu empatía para decidir si está preparado para entrar en materia. Si lo ves interesando, lánzate. Pero habla siempre de ti y de tus cosas, no lo impliques directamente ni lo culpes. Así, tendrás todas las oportunidades de intercambiar pensamientos positivos y resolver los conflictos relativos a sus gestos. Evidentemente, este proceso puede escindirse en varias fases, para digerir la información recibida y permitirle a tu amigo hacer lo mismo.
Cada persona tiene sus cualidades, no sólo defectos. Todo el mundo tiene algún aspecto fascinante. Pero hay ocasiones en que las emociones negativas toman las riendas y no se ven más que faltas en el otro: es el momento de parar y cuestionarse algunas cosas, al menos en lo relativo a la relación que mantienes con la persona en cuestión. De lo contrario, lo que no se dice, el miedo a herir al otro o el miedo a ser vulnerable harán de esa relación un infierno, una verdadera relación tóxica.
No abandones demasiado pronto: el sentimiento de abandono provocado por la ruptura de los lazos afectivos causa mucho sufrimiento, tanto en quien es abandonado como en el que abandona. El abandono se manifiesta por la desaprobación, la negación del afecto, el alejamiento (mudanza) o la pérdida (muerte, divorcio). La reacción ante el abandono suele manifestarse mediante la agresividad. Por lo general, el acontecimiento presente no es la única causa del sentimiento de abandono: reactiva experiencias penosas, anteriores, hace reaparecer un trauma psíquico latente.
No olvides nunca que las grandes peleas suelen resolverse con un par de palabras acertadas, sobre todo cuando asumimos, de buena fe, las consecuencias de nuestros
actos y mientras los otros asumen también los suyos, mostrándonos todos dispuestos a comprendernos y aceptarnos. Puedes estar convencido de que las discordias suelen fundamentarse en el orgullo y la soberbia, que nos hacen olvidar la humanidad del otro. A pesar de sus defectos, el valor de tu amigo es inestimable para ti y ser consciente de ese valor te ayudará a disminuir la importancia de los problemas y los malestares derivados de la relación.
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