Nuestros planteos en torno a la necesidad de una educación y una terapia radi-calmente alternativas, que incorporen en un lugar central las contradicciones de clase y las contradicciones de género, se inscriben en lo que el pensador alemán Edmundo Husserl consideraba como la tarea fundamental de la filosofía: la problematización
de las trivialidades, la problematización de lo obvio.
Es decir: lo que vamos a intentar tematizar no es nada demasiado complicado ni demasiado esotérico, ni nada que exija sofisticadas investigaciones. Diríamos que se trata de evidencias que cabe alcanzar recurriendo a lo que Carlos Vaz Ferreira lla-maba “el sentido común hiperlógico”. Se trata de hechos tan obvios que, por obvios, se han vuelto invisibles. Nuestra tarea será, pues, intentar hacer visible lo invisible, llamar la atención sobre aquello que, por su obviedad, se ha vuelto inadvertido e inadvertible.
Otro pensador, también alemán, Eduardo Spranger, decía, en el mismo senti-do, “que nada resultaba menos comprendido que aquello que se volvía
“naturalmen-te comprensible”.
Pues bien: el que siempre haya habido pobres y ricos y que siempre haya ha-bido hombres y mujeres y que entre unos y otros y otras existan relaciones de poder que resultan opresivamente discriminativas es un hecho que se ha vuelto tan
“natu-ralmente comprensible” que a la mayor parte de la gente no se le ocurre que las cosas
pudieran ser de otra manera.
Es cierto que vastos movimientos religiosos, políticos y sociales y que brillan-tes estudiosos de la historia humana, en distintas épocas, han promovido grandes re-voluciones cuestionando el “clasismo” económico, político y cultural. Pensemos en las reivindicaciones cristianas a favor de los pobres, en la Revolución Francesa y sus reclamos de justicia social, en el advenimiento en extensos territorios de Europa y Asia de gobiernos marxista-leninistas, en el caso de la Cuba de Fidel y del Che Gue-vara, en los grupos anarquistas, en los partidos social-demócratas, etc.
En relación con las contradicciones de género, en cambio, tenemos que espe-rar a casi finales del siglo XX para que surjan la reivindicación de los derechos se-xuales y reproductivos y los movimientos de liberación de la mujer. Pero, si bajamos al nivel de la “intrascendente” vida personal de Juan y de María, el vivir inmersos en las opresivas contradicciones de clase y de género constituye un estado tan natural y tan poco cuestionado como lo es la inmersión de los peces en las aguas de los ríos y de los mares.
Pues bien: a nosotros (y no sólo a nosotros) se nos ha ocurrido que valdría la pena intentar cuestionar esta “obviedad cotidiana”, cuestionar lo obvio tratando de comprender el verdadero y profundo significado de esto que “se ha vuelto
Y lo vamos a intentar, en esta oportunidad, incursionando en un tema bien concreto:
La omisión sistemática por parte de los cultivadores de la pedagogía y de las distintas terapias no médicas (psicoterapias, sexoterapias y las variadas “terapias alternativas”), tanto en sus desarrollos teóri-cos como en sus aplicaciones prácticas, de las contradicciones de clase y de las contradicciones de género.
Empecemos por observar que los “objetos” de tales disciplinas (“el niño”,
“el adolescente”, “el educando”, “el paciente”) aparecen, curiosamente, como seres
abstractos que no pertenecen, en principio, a ninguna clase social ni a ningún género. Y decimos “curiosamente”, porque a cualquiera se le ocurre que, en los he-chos, en todas las sociedades que conocemos, no es lo mismo ser pobre que ser rico, como no es lo mismo ser hombre que ser mujer.
En el ámbito de la pedagogía, Paulo Freire aparece como única excepción, atribuyéndole fundamental importancia a las contradicciones de clase. Sin embargo ignora, también en forma completa, las contradicciones de género. Y, aún en relación con las contradicciones de clase, su concepción de la antítesis entre opresores y opri-midos se desarrolla a tales niveles de abstracción ideológica y política que tiende a perder contacto con la realidad “real”, con las contradicciones de clase donde prag-máticamente se plantean: en el quehacer común y silvestre de la vida cotidiana.
Quizá quepa registrar, como otra excepción que no hace sino confirmar la re-gla, los planteos (hoy de valor casi exclusivamente histórico) del pensador marxista Otto Rulhe, que desarrolla un encuadre expresamente clasista de la educación en su libro de hace más de cincuenta años “El niño proletario”.
En psicoterapia, por su parte, la omisión es universal y nosotros pensamos que aunque no quepa considerarla como expresamente “voluntaria”, no deberíamos con-siderarla, sin más, como “inocente”.
La recorrida por la totalidad de las escuelas más importantes (Psicoanálisis, Terapia del comportamiento, Terapia Gestáltica, Terapia Social, Terapia Transaccio-nal, Terapia Familiar Sistémica, Terapias Humanistas) nos ofrecen la confirmación radical de lo que decimos: para todas ellas, “un paciente” es “un paciente” sin im-portar si es rico o si es pobre o si es hombre o si es mujer. A su vez, y complementa-riamente, “un terapeuta” es “un terapeuta”, sin importar ni su clase social ni su gé-nero.
También aquí, en el ámbito de la psicología y la psicoterapia, cabe registrar algunos pocos planteos cuestionadores y contestatarios: los del movimiento
“anti-psiquiátrico” y su propuesta de “comunidades terapéuticas alternativas” y, en
desa-rrollos más cercanos a nosotros, las experiencias de psicoterapias populares del ar-gentino Alfredo Moffat recogidas en su libro “Psicoterapia del oprimido”.
Sin embargo, aquí también se hace omisión total de las contradicciones de gé-nero y la integración de las contradicciones de clase resulta sólo parcial y enmarcada dentro de encuadres reductivistamente psicologistas.
¿Y qué pasa con los distintos planteos sexoterapéuticos?
Para la Sexología y para la Sexoterapia, las clases sociales no existen. O, si existen, no merecen ser tenidas en cuenta ni en la elaboración de sus investigaciones ni en la de sus aportes.
Pero, lo más grave y lo más incongruente es que tampoco parecerían existir, para ellas, las contradicciones de sexo y las contradicciones de género.
En efecto, ni la Sexología Científica ni la Sexoterapia se han enterado de que existe algo que se llama “patriarcado”; algo que se llama sexismo y “machismo”; algo que ha tomado estado de problemática mundial con el nombre de “Condición de
la Mujer”; algo que ha justificado que surgieran en el mundo los pujantes
Movimien-tos de Liberación Femenina.
La Sexología y la Sexoterapia se han entretenido, en cambio, morosamente, transitando por las encuestas y las estadísticas y por las mediciones rigurosas de labo-ratorio para describirnos las “respuestas” fisiológicas del hombre tipo y de la mujer tipo, de sus “disfunciones” y de las técnicas para resolverlas (todo “en general” y en abstracto). Pero parece que, en todo este trajín, se han olvidado de que también exis-ten hombres y mujeres en el Tercer Mundo; que evidentemente no es lo mismo ser
“hombre, blanco y rico” que ser “mujer, negra y pobre”; y que, incluso para la clase
social para la que ha trabajado en exclusividad la Sexología y la Sexoterapia, existe un “sexo de primera” y un “segundo sexo” y que la crisis de esta vieja jerarquía de los géneros está haciendo estallar en pedazos la familia tradicional, tradicional
“célu-la fundamental” del tejido social.
Ahora bien: si reconocemos que esta es la realidad en los ámbitos más o me-nos académicos de la pedagogía, de la psicoterapia y de la terapia sexual, podemos concluir que la “problematización de lo obvio” que proponíamos al principio de este trabajo, se podría resumir escuetamente en las siguientes preguntas:
• ¿Realmente la clase social y el género son variables “negligeables”, des-preciables, en las problemáticas que intentan abordar y resolver la pedago-gía y las llamadas psicoterapia y sexoterapia?
• Esta ceguera y esta sordera sistemáticas para con las contradicciones de clase y de género ¿pueden no tener otro sentido que el de una simple dis-tracción?
• ¿Cabe que la psicoterapia y la sexoterapia, que viven “interpretando”, pretendan que no se interprete este casi escandaloso “síndrome de
• Ignorar o soslayar sistemáticamente las contradicciones de clase y de géne-ro, ¿no significa, de hecho, negar su importancia y evitar, en consecuencia, comprometerse en el cuestionamiento crítico de las injusticias, las opresio-nes y las discriminacioopresio-nes que ellas pueden estar implicando?
• ¿No es evidente que el respaldo y el refuerzo de los aspectos más opresi-vos del “statu quo” se pueden realizar tanto “por acción”, protagonizando actitudes y conductas conservadoras y reaccionarias, como “por omisión”, actualizando actitudes y conductas de conformismo cómplice y de cómoda indiferencia ante las aberraciones del sistema?
LA PSEUDO-NEUTRALIDAD AXIOLÓGICA Y EL PRURITO DE “OBJETIVIDAD” CIENTÍFICA.
Ahora bien: detrás de esta omisión sistemática y sintomática de las contradic-ciones de clase y de género, existe otra omisión más profunda y más universal y de la que las mismas no son más que dos de sus expresiones: la omisión que toda pretendi-da “ciencia de lo humano” hace, por razones de principio, de las implicaciones axio-lógicas y de los “juicios de valor” que son inseparables de toda tematización del quehacer “de las personas en cuanto personas”.
En efecto: el prurito de tener que cumplir también en las llamadas “Ciencias
del Hombre” (psicología, sociología, sexología, economía, historia, etc.) con las
exi-gencias del saber científico clásico (Ciencias exactas y Ciencias naturales) en materia de “objetividad”, “verificabilidad”, “validez general”, “cuantificación”,
“compa-rabilidad”, etc. han forzado su sistematización en pretendidamente asépticos “juicios de hecho”, con exclusión expresa de cualquier posible “juicio de valor”.
Para esta rigurosa actitud “cientificista”, cualquier elemento axiológico in-corporado a la comprensión de la realidad la contamina de subjetividad y de
“subjeti-vismo”, marginándola de la condición básica de “verdad científica”. Así se logró
crear una especie de Olimpo Científico, donde residirían, “fuera del mundanal
rui-do”, los “hombres de ciencia”, cultivando la nueva religión y la nueva mística de la “objetividad” y consagrando lo que Karl Jaspers pudo llamar, ya a principios del
si-glo XX, “la moderna superstición de la ciencia” y Max Scheler “el aberrante
feti-chismo cientificista”.
Pero las cosas están cambiando. Hoy por hoy, ya los propios cultivadores de la Filosofía y la Teoría de la Ciencia y de la Epistemología están empezando a reco-nocer que las llamadas “Ciencias del Hombre” constituyen un cuerpo de saber con caracteres absolutamente distintos e irreductibles a los que estructuran las Ciencias de la Naturaleza.
pa-la convicción después, de que se distorsiona y se desvirtúa el conocimiento del ser humano y de sus conductas cuando nos empecinamos en vaciarlo en los moldes de ciencias como las Matemáticas, la Física, la Química o la Astronomía. Con un len-guaje distinto, pero apuntando en la misma dirección, se redescubren hoy las raíces y el significado filosófico último de la existencia de los seres humanos y de su devenir histórico, en términos que reivindican las dimensiones y los distingos que cultivaron, a fines del siglo XIX y principios del XX, las llamadas Ciencias de la Cultura o Cien-cias del Espíritu, por oposición al saber sistematizado por las CienCien-cias de la Naturale-za.
En esta óptica, no nueva sino renovada, vuelven a primer plano aspectos de la existencia de los seres humanos y de su historia considerados como superados por la evolución arrolladora de los encuadres científicos y tecnológicos: los aspectos filosó-ficos, los metafísicos, los religiosos, los éticos.
Su nueva vigencia, así como la recurrencia generalizada de los estudiosos a distintas formas de “sabiduría oriental”, de claras connotaciones metafísicas y éti-cas, está siendo reforzada por la conciencia creciente de que la Ciencia y la Tecnolo-gía de Occidente están precipitando a la humanidad y al planeta Tierra hacia el ex-terminio y la destrucción.
La proliferación de la violencia, de las guerras cada vez más irracionales y menos controlables y del desastre ecológico, aparentemente imposible de detener ante el poder de los intereses en juego, refuerza el descrédito del saber científico y de su suicida megalomanía de poder, que está transformando a los tecnólogos de fines del siglo XX y principios del XXI en los nuevos “aprendices de brujo” de la historia.
Ahora bien: cuando se entra a desmoronar todo lo construido en base a la
“superstición de la Ciencia”, es cuando se abre camino la evidencia de que el
peca-do (del que estamos paganpeca-do el merecipeca-do castigo) ha consistipeca-do en pretender desco-nocer el imperativo ético que recoge la leyenda bíblica del Génesis, cuando ubica el inicio de la historia de los seres humanos en el acto subversivo y transgresor de Eva y de Adán al comer, desobedientemente, del “árbol de la ciencia del bien y del mal”. LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL
Lo que el antiguo Testamento llama “ciencia del bien y del mal” es lo menos afín con lo que Occidente ha elaborado como “Conocimiento Científico”. En reali-dad, se aproxima mucho más a la clásica “Sabiduría” que cultivaron, desde siglos antes de Cristo, los pueblos orientales (China e India, entre otros).
La “sabiduría” nunca separó los hechos de los valores, sino que tuvo de am-bos lo que hoy llamaríamos, integrando lo que el conocimiento científico des-integró, un saber holístico.
Es decir, la “sabiduría” se interesó siempre por el “sentido” de las cosas y no por las cosas mismas.
Entre nosotros, en Occidente, sólo algunos filósofos han rescatado esta visión AXIOLOGICA de la realidad y de los seres humanos como “seres-en-el-mundo”, en un “mundo” que nos plenifica con su “sentido” o nos angustia con su “sin-sentido” (Max Scheler, Hermann de Keyserling, Nicolai Hartmann, Martín Buber, Emannuel Mounier, Viktor Frankl, por no citar más que algunos).
Una caracterización escueta y clara de lo que queremos señalar la expresa Fe-derico Nietzsche en su “Así hablaba Zaratustra” cuando nos dice, en uno de sus afi-lados aforismos, que “ser hombre es ser valuador”. O Antonio Machado, en dos de sus proverbios cargados de humor: “Es propio de necios confundir valor con precio” y “Todo lo que tiene precio poco valor tiene”.
Dicho de otro modo: nuestro conocimiento de la realidad es subsidiario de nuestra VALORACION de la realidad, de los demás y de nosotros mismos.
En este sentido, el “conócete a ti mismo” de Sócrates presupone el “acéptate
a ti mismo” y el “estímate a ti mismo” (aspecto que han cultivado en el ámbito de la
psicoterapia, en forma expresa y casi exclusivamente, el “personalismo” de Carl Ro-gers y la orientación Racional Emotiva de Albert Ellis).
La Ciencia Occidental, en cambio, arma su imperio en base a la
“des-axiologización” de la realidad. En efecto: la Ciencia cultiva, expresamente, un “he-chismo” exclusivo y excluyente. De ahí su pretensión de neutralidad axiológica, de
objetividad, de neutralidad y de validez general de sus juicios.
Sin embargo, hoy podemos confirmar que la ciencia nos ha mentido: en reali-dad, la suya es una pseudo-neutralireali-dad, una pseudo-objetivireali-dad, un pseudo-laicismo.
Hoy, sometiendo a la Ciencia a un riguroso cuestionamiento gnoseológico y epistemológico crítico, descubrimos que pretender conocer objetivamente la realidad, evitando tomar posición ante sus significados y sus valores, constituye un pecado de hipocresía y una complicidad culpable de los “Hombres de Ciencia” de Occidente con los valores del “statu quo” de quienes detentan el poder. De un “statu quo” que puede tener de todo menos de neutral y de laico.
Los alumnos de la Escuela de Barbiana aludían, en “Cartas a una profesora”, a esta pseudo-neutralidad con una simbología aritmética elocuente:
• “Nueve fascistas + un apolítico = diez fascistas Nosotros podríamos parafrasearlo así:
• “Nueve conformistas + un neutral = diez conformistas
O, dicho concretamente: el pecado capital de las pretendidas “Ciencias
Hu-manas”, “Ciencias del Hombre”, “Ciencias Sociales” (Sociología, Psicología,
“neutralidad”, de “validez general de sus juicios”, es su conformismo cómplice con los valores del sistema y con todas sus aberraciones.
Claramente lo expresa Vandana Shiva en su libro “Abrazar la Vida”:
“...el sistema científico dominante emergió como fuerza liberado-ra no paliberado-ra toda la humanidad (aunque se auto-legitime en térmi-nos de mejoramiento universal de la especie), sino como un pro-yecto masculino y patriarcal que necesariamente entraña la sub-yugación de la naturaleza y de la mujer”.
“El estrecho vínculo entre la ciencia reduccionista, el patriarca-do, la violencia y el lucro está implícito en el 80% de las indus-trias bélicas que tienen como objetivo claro y directo la violencia letal, violencia que, en la época moderna, está relacionada con la violencia y el lucro incluso en esferas pacíficas como, por ejem-plo, la silvicultura y la agricultura, en las que el objetivo decla-rado de la investigación científica es el bienestar humano. La re-lación entre reduccionismo, violencia y lucro está construida en la génesis de la ciencia machista, pues su naturaleza reduccionis-ta es una respuesreduccionis-ta epistémica a una organización basada en la descontrolada explotación de la naturaleza para obtener el má-ximo de ganancias y acumulación de capital”.
Es decir: contra su pretendida neutralidad axiológica, debemos reconocer que la Ciencia Occidental y su derivación tecnológica no son para nada eclécticas en ma-teria de valores, sino que se organizan al servicio de la cosmovisión y de los intereses del patriarcalismo capitalista, de donde sacan sus avasallantes impulsos de conquista y de colonización, su empresismo insaciable, su devoción incondicional por el lucro y la competitividad irrefrenables.
De la misma manera y cometiendo la misma distorsión, las disciplinas que as-piran a conocer al ser humano y a develar sus misterios inspirándose y calcando su encuadre epistemológico y su metodología de los que tanto éxito pragmático han de-mostrado tener en el ámbito de las ciencias naturales, no hacen sino posibilitar y promover la manipulación de los seres humanos al servicio de “los mismos intereses
creados”.
Así la “cientificidad” pasa a ocupar el lugar de la religión como “opio del
pueblo”, forzando una aceptación fatalista de la injusticia, la arbitrariedad, la
violen-cia o la discriminación, que pasan a ser designios biológicos, psicológicos o socioló-gicos en lugar de ser, como antes, designios divinos.
Cuando hombres y mujeres despiertan de esta somnolencia inducida gracias al prestigio académico de La Ciencia (con mayúscula), toman conciencia crítica de lo que venimos caracterizando como “contradicciones de clase” y “contradicciones de
Surgen, entonces, la rebeldía, los impulsos libertarios, la contestación y, cuando estas respuestas se logran canalizar socio-culturalmente, las tomas de posi-ción auténticamente revolucionarias.
Arnaldo Gomensoro – Elvira Lutz Junio del 2004