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La poética del segundo romanticismo español

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Academic year: 2021

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UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

FACULTAD DE FILOLOGIA

Departamento de Filología Española II (Literatura)

LA POÉTICA DEL SEGUNDO

ROMANTICISMO ESPAÑOL

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR

PRESENTADA POR Begoña Regueiro Salgado

Bajo la dirección de las doctoras

Isabel Visedo Orden

Carmen Mejía Ruiz

Madrid, 2009

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La poética del Segundo

Romanticismo español

Tesis doctoral de BEGOÑA REGUEIRO SALGADO Dirigida por: Dra. ISABEL VISEDO ORDEN

Dra. CARMEN MEJÍA RUIZ (Mayo 2009)

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LA POÉTICA DEL SEGUNDO 

ROMANTICISMO ESPAÑOL 

Tesis doctoral de BEGOÑA REGUEIRO SALGADO 

Dirigida por: Dra. ISABEL VISEDO ORDEN 

Dra. CARMEN MEJÍA RUIZ 

(Mayo 2009) 

 

 

 

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 1

I. EL ROMANTICISMO: CONSIDERACIONES GENERALES 7

1. El Romanticismo 7

1.1. Qué entendemos por Romanticismo 7

1.2. Uno y varios Romanticismos 9

2. El Romanticismo en España 10

2.1. Consideraciones y cronología 10 2.2. Dos modelos de Romanticismo 15

2.2.1. Cambio cualitativo en 1850.Causa de la evolución 15 2.2.2. Rasgos constitutivos del Romanticismo 21

2.2.3. Elementos distintivos característicos de cada escuela 24

3. El Segundo Romanticismo 29 3.1. El Grupo 29

3.2. Confluencia 33

3.2.1. Fechas de nacimiento 33 3.2.2. Otras fechas significativas 34

3.2.3. Puntos de encuentro: las tertulias y la prensa 36 3.2.4. Relaciones personales y empresas comunes 44 3.2.5. Conclusión 50

3.3. Autores 51

II. EL SEGUNDO ROMANTICISMO 53

A. TEMÁTICA 57

1. Los sentimientos 57

1.1. El amor 57

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1.1.3. El amor convencional o realista. El matrimonio 96

1.1.4. El desengaño amoroso 110

1.1.5. El erotismo 118

1.1.6. Conclusión 136

1.2.La Religión 137

1.2.1. El cristianismo medieval y la religión popular como modelos estéticos y filosóficos 144

1.2.2. Arte y religión: la religión como fuente de inspiración y el arte como ascenso hacia Dios 153

1.2.3. La relación con Dios 157

1.2.4. La relación con la Iglesia 181

1.3.La vida 196

1.3.1. Neoplatonismo. El ansia sin nombre 198

1.3.2. El desengaño romántico 220

1.3.3. El pesimismo 261

1.3.4. La muerte 294

1.4.Conclusión 314

2. Conflictos sociales 315

2.1.Introducción: Situación histórica 317

2.1.1. Movimientos ideológicos, partidos políticos y grandes personajes 318 2.1.2. El reinado de Isabel II: etapas y características 321 2.1.3. Consecuencias sociales 325

2.2.Política 334

2.2.1. Gustavo Adolfo Bécquer 336

2.2.2. Rosalía de Castro 355

2.2.3. Antonio Trueba 360

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y Eulogio Florentino Sanz. 372 2.2.5. Selgas 389

2.2.6. Narciso Campillo 403 2.2.7. Conclusión 406

2.3.Conciencia nacionalista 408 2.3.1. Gustavo Adolfo Bécquer 415

2.3.2. Arístides Pongilioni, Narciso Campillo, Antonio Arnao y Manuel Cañete 428

2.3.3. Selgas 437

2.3.4. Rosalía de Castro 439 2.3.5. Antonio Trueba 457

2.4.Humanitarismo o sentimentalismo social 474

2.5.Conclusión 505

3. La Poesía 509

3.1.La gestación poética 511 3.1.1. ¿Qué es poesía? 511

3.1.2. La poesía entendida como algo exterior 529 3.1.3. Identificación poesía-sentimiento 535

3.1.4. El poeta 545

3.2.El proceso de escritura 556 3.2.1. La insuficiencia del lenguaje 558

3.2.2. La necesidad de la razón. Importancia de la forma 566

3.3.La literatura como acto de comunicación 582

3.3.1. El ambiente literario 583 3.3.2. El lector 613

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B. CONSTANTES TÉCNICAS 625

1. La Fantasía. Espacios intermedios: recuerdos y esperanzas, los sueños, la imaginación 625

1.1.Esperanzas y recuerdos 627 1.2.Los sueños 635

1.3.La imaginación y la fantasía 649

1.4.Conclusión 652

2. Procedimientos caracterizadores. Personajes 653 2.1. El héroe 653

2.1.1. Héroes relacionados con el Primer Romanticismo 657 2.1.1.1. Imitación-herencia 657

2.1.1.2. Rechazo-parodia 663

2.1.2. Héroes propios del Segundo Romanticismo 665 2.1.2.1. El poeta 665

2.1.2.2. El historiador-cronista 669

2.1.2.3. Los eremitas y los curas buenos 672 2.1.3.El gérmen de los nuevos héroes 674

2.1.3.1. Los personajes burgueses 675 2.1.3.2. El cínico 677

2.1.4.Otros personajes 678 2.2. La heroína 680

2.2.1. Situación y consideraciones de la mujer en la segunda mitad del siglo XIX 680

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2.2.3. Modelos de mujer en la obra del Segundo Romanticismo 691 2.2.3.1Modelos femeninos dentro del canon 691 2.2.3.1.1. Mujeres idealizadas. Ángeles y espíritus 692 2.2.3.1.2. Mujeres demonizadas. Las sin corazón 721 2.2.3.2. Mujeres negativas 728

2.2.3.3. Mujeres que se salen de la norma. Las mujeres fuertes 739 2.2.4. Mujer y literatura 753

2.2.5. Sobre el feminismo de Rosalía de Castro 764

3. Conclusiones 771

III.CONCLUSIONES 773

Anexo I: Cuadro cronológico 785 Anexo II: Abstract 793 Anexo III: Conclusions 795

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1 INTRODUCCIÓN

El estudio que presentam os tiene com o objeto la configuración y presentación del Grupo del S egundo Romanticismo y la determ inación de su Poética. Desde el análisis comparativo de sus obras, pretenderemos fijar las líneas fundamentales de su temática y las técnicas más características de su escritura.

Para ello, en primer lugar, haremos una revisión de los estudios que, de un modo u otro, han citado a los autores objeto de nuestra investigación y los han unido de alguna manera. A partir de lo que la crítica ya ha señalado, establecerem os unas prem isas en torno a las que agruparlos y configuraremos así el Grupo del Segundo Romanticismo. Nuestra pesquisa nos llevará, a continuación, a un análisis pormenorizado de la obra de los escritores que tratará de hallar nuevos puntos de contacto, ahondar en las semejanzas y descubrir líneas de pensamiento claras y definitorias en cada uno de los autores y, por ende, en el grupo.

La comparación de las cosm ovisiones de los escritores, como paso posterior, buscará probar una identidad común que les una entre sí , a la vez qu e los individualice frente a movimientos previos, posteriores e, incluso, contemporáneos -caso del Realism o- entre los que estarían actuando a modo de eslabón. De ahí las referencias constantes al Primer Romanticismo o a la Literatura de Fin de Siglo -Modernismo y Noventayochism o-, que tratarán de mostrar de qué m anera y bajo qué influjos, los tem as y el m odo de tratarlos van evolucionando hacia la Modernidad. La m ención, asim ismo, de corrientes posteriores, como la Poe sía Social, la Poesía Existencialista o el Surrealism o, intentará resaltar las innovaciones que el Segundo Romanticismo aporta a la literatura española. Objetivo fundam ental de este trabajo será, por tanto, dar a conocer a un grupo de escritores de la segunda m itad del siglo XIX, situados de ntro de una nueva corriente que denominaremos Segundo Romanticismo.

Muchos de ellos apenas han sido estudiados, o lo han sido en cuanto a su relación con Bécquer; otros -com o Selgas, T rueba, Ferrán etc.- han sido tratados individualm ente, pero no incluidos de m anera definitiva en un grupo. Con la perspectiva que adoptamos

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en este estudio, pretendem os dar una visión di ferente sobre la labor literaria de estos escritores y sacarlos del olvido. Para ello, será necesaria u na ejemplificación profusa, que no sólo aportará una base para crear la identidad com ún, sino que, adem ás, supondrá un acercamiento a los textos de algunos de los autores más desconocidos. La m etodología que s e em pleará en el tr abajo será multidis ciplinar. Una p arte importante del m ismo estará dentro del aná lisis textual contras tivo, así com o de la crítica líteraria; siem pre de ntro de una línea com paratista que pondrá en relación a autores de un m ismo sistem a litera rio, pe ro ta mbién de sistem as lite rarios d iferentes, como es el caso de Rosalía de Castro, o las necesarias referencias a la literatura europea del m omento. Esto im plica la utilización de las es trategias prop ias de los estu dios existentes sobre las literaturas en contacto.

A su vez, la atención a las coo rdenadas hi stóricas, como m arco necesario para la comprensión íntegra de la significación text ual, y el establecim iento del grupo en un vacío de la periodización de la literatura española, nos llevará a una línea m etodológica de historia de la literatura, en relación con la literatura europea del momento.

Asimismo, recurriremos a disciplinas afines como la sociología, la política, la teología o la pintura, necesarias p ara desarro llar el enfoque com paratista de estos autores, de tendencias ideológicas y artísticas com unes pero m atizadas. Por últim o, aspectos innovadores en cuanto a nuestros escritores , especialm ente presentes en Rosalía de Castro, nos llevarán a introducirnos en lo s estudios pioneros de crítica fem inista realizados en EE.UU.

Desde esta perspectiva, la m etodología interdisciplinar, car acterizará nuestra investigación y tratará de enriquecerla.

La muestra de textos que se aborde tratará de ser lo más amplia posible e incluirá obras de distintos géneros de los autores motivo de estudio. Las limitaciones a este respecto se fijarán en el carácter literario de los textos1 así como en las condiciones de accesibilidad de los m ismos. De acuerdo con ello y an te la neces idad de fijar un os lím ites a esta

      

1 Dado el volumen de material de estudio, no se han tenido en cuenta las obras de erudición, teóricas y no literarias.

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investigación, nos ceñiremos a los textos publicados como libros, dejando el análisis de la prensa para estudios posteriores.

La presencia de cada autor en la ejem plificación de los d iferentes asuntos tratados no siempre será proporcionada, dado que obedecerá a la importancia de la obra de cada uno de los escritores dentro del aspecto estudiado.

Asimismo, los estudio s críticos so bre auto res com o Bécquer o Ros alía de Castro favorecerán que se dedique un espacio a las ten dencias críticas en torno a su obra, lo que no siempre será posible en relación co n otros autores debido a la escasez de estudios al respecto.

En las cuestiones ortográficas, dado que el sistem a no es hom ogéneo en todos los autores y las variantes no aportan inform ación relevante en cuanto al estado de la lengua, se optará por la actua lización, de m anera que todos queden unificados. E n el caso de las ediciones m odernas, las variantes ortográficas o textuales se mantendrán de acuerdo con el criterio del editor.

Somos conscientes de q ue este trabajo sólo abre la puerta a una línea de investigación. Se trata ahora de constatar la existencia de lazos de unión entre au tores que for man un grupo y de com prender el m odo en que se enfrentan al m undo y lo literatu rizan. Una vez establecido el Grup o del Segu ndo Rom anticismo será necesario ahondar en las biografías de sus autores o en la parte estilística de su obra; harán falta ediciones críticas y antologías. Todo ello quedará para estudios posteriores.

La pretensión y el objetivo de este trabajo consistirá, por una parte, en confirm ar la existencia del Grupo del Segundo Rom anticismo, al que ya no pertenecerán exclusivamente Rosalía de Castro o Gusta vo Adolfo Bé cquer; por otra parte, en comprender la importancia del mismo en el trayecto de la litera tura y el pensam iento español. Su concepción de la poesía, de la vivencia religiosa, de los acontecim ientos políticos; su manera de entender al individuo o el papel de la mujer en la sociedad beben de una tradición y la m odifican. Los autores del Segundo Rom anticismo, c omo intentaremos demostrar, recogen, transforman, avanzan y abren puertas que muestran el cambio social, ideológico y estético que desembocará en la Modernidad.

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I. EL ROMANTICISMO: CONSIDERACIONES GENERALES 1. El Romanticismo

Qué entendemos por Romanticismo

Lo primero que tenem os que constatar al ac ercarnos a un estudio sobre Romanticismo es la ambigüedad existente en todo lo que concierne a este término, comenzando por la definición que la R.A.E ofrece del mismo:

romanticismo. 1 . m . Escuela literaria d e la prim era mitad d el sig lo XIX, extremadamente individualista y que prescindía de las reglas o preceptos tenidos por cl ásicos.

2. m. Época de la cu ltura occidental en que prevaleció tal escu ela literaria. ¶ ORTOGR. Escr. con may. inicial. 3. m. Cualidad de romántico, sentimental.

En el cuerpo de esta definición, de tan sólo cuatro líneas, ya vemos cómo se confunde el movimiento literario (que, además se circunscribe a la primera mitad del siglo XIX) con un adjetivo considerado sinónim o de sentim ental por traslación sem ántica, a partir de las características que tradicionalmente se han dado a un Rom anticismo, que nada tiene que ver con el de la primera mitad del siglo XIX.

Esta falta de claridad plasmada en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, no hace más que confirmar la confusión que existe en torno a este tem a, incluso dentro de la crítica.

En primer lugar, dentro de este galimatías teórico, hemos de señalar la existencia de dos líneas distintas a la hora de abordar la definición de Romanticismo:

-Una de ellas, encab ezada por Peers, entiende el Rom anticismo como una serie de características que s e pueden d ar en cual quier m omento de la historia. Así, este crítico en concreto defiende el carácter inherente del Romanticismo al genio español y, por tanto, a su literatura. Parte de la id ea de que “su vida y su cultura siguen presentando, época tras época, las cualidades que la palabra romanticismo im plica”

(Peers, 1967, I: 22); cualidades que se refi eren a lo lla mativamente pintore sco, la espontaneidad, la lozanía, la im aginación, el lirism o im aginativo, el idealism o, la vaguedad de su filosofía y la m ezcla de cris tianismo y paganism o, así com o la repu lsa de la regla arbitraria, la defensa de la determinación del autor a pro curar p lacer, la

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mezcla de lo sublime y lo grotesco, la reverencia a lo sobrenatural, la variedad de metro, el apego a lo que sea del pueblo y de la tie rra, el gusto por lo sencillo, etc. E stas caracterizaciones, siempre referidas al térm ino Romanticismo, no se circunscriben a un periodo, sino que sirven al autor para hablar de la literatura del siglo XIX y de la escuela teatral de Lope de Vega o Calderón, por ejemplo, con la imprecisión que esto implica.

-Una segunda línea, en la que se encuentra Navas Ruiz entre otros, aun

admitiendo que el Rom anticismo, entend ido com o actitud v ital soñado ra y revolucionaria, no se puede lim itar a un pe riodo tem poral, aboga por la utilización técnica del término, al menos en el campo de la literatura:

...en est ricta y rigurosa historia literaria im porta señalar las m odalidades m ás que las generalidades. En co nsecuencia, y co mo concl usión práctica, se pr opone reser var el us o del término romanticismo a un periodo muy definido del siglo XIX en España, que va de 1830 a 1850 aproximadamente. Los escritores que queden fuera de él deben ser designados de otro modo (Navas Ruiz: 1982: 38).

No compartimos la cronología que propone el crítico, pero sí pensamos que es necesario ser rigu rosos en la utilización del térm ino Rom anticismo al referirse a la corriente literaria, para no perdernos en vaguedades que im pidan el conocim iento pleno de un movimiento ideológico y cultural de la embergadura del que estam os hablando. De acuerdo con esto, a lo largo del siguiente estudio entenderemos por Rom anticismo una corriente filosófica y artística y, por tanto, lite raria, que s e refleja en el arte eu ropeo y americano en un determinado periodo de tiempo. Esta corriente atravesaría varias etapas con características comunes pero, tam bién, con ciertos rasgos privativos, que no excluyentes, de cada una de ellas. Confundi r el periodo literario llamado Romanticismo con las cualidades designadas, en el uso coloquial de la lengua, por el adjetivo “romántico” implica una imprecisión que impide entender los límites y la relevancia de este movimiento literario e ideológico. No obstante, coincidimos en la mayor semejanza de determ inados periodos de la literatu ra, no sólo española , sino m undial. Estos periodos se irían alternando con un m ovimiento cíclico que ha ría pasar de un predominio de lo irracional (im aginación, sentimiento) a otro de la parte m ás mesurada y cerebral del hom bre. El Rom anticismo se situaría en una fase de predom inio del sentimiento, igual que el Barroco. Por ello, del mismo modo que se ha afirm ado que el germen de la Ilustración está en el Renacim iento, podemos decir que cierto germ en del Romanticismo está en la litera tura del siglo XVII. Esto ex plicaría por qué los prim eros románticos vuelven los ojos al Siglo de Oro. Denom inar con idéntico térm ino las

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corrientes artísticas que se dan en momentos históricos en los que predomina un mismo elemento (el racion al o el sen timental), explicaría por qué se ha dado la confusión de considerar romántica cualquier época en la que no domine la razón.

1.2. Uno y varios Romanticismos

Otra dificultad a la hora de aproxim arnos al Rom anticismo es la plura lidad de Romanticismos existen tes en dif erentes pa íses y en diferentes m omentos dentro del periodo de vigencia del movimiento:

La conclusión de que el Romanticismo, básicamente idéntico en su espíritu y su raíz, se presente, no obstante, con muy peculiares rasgos en cada país y aun en cada escritor… (Alborg: 1980:14).

De aquí se deducen las lim itaciones que en trañan afirm aciones que h acen coin cidir Romanticismo con Liberalismo en la obra de críticos del prestigio de Navas Ruiz (1970) o Abellán (1984). Caracterizado el Rom anticismo por su pluralidad polifacética, cualquier intento de unificar su cosmovisión en una única línea es tará cercenándolo en una de sus vertientes. Vertient es que presentan rasgos priva tivos en cada país y en cada momento, pero que tienden a agruparse en torno a dos grandes tendencias: el Romanticismo de acción y el de evasión (Poullain: 1981), el Renacimiento Romántico y la Rebelión Rom ántica (Peers: 1967 y 1973); en definitiva, un Rom anticismo de ideología liberal y revolucionaria y un Romanticismo de corte conservador.

El Romanticismo conservador, nacido en Inglat erra en el último tercio del siglo XVIII, con Night Thoughts de Young, The Pleasures of Imagination, de Akenside, Meditations among the Tombs, de Hervey, Elegy written in a country churchyard, de Gray, Mac Pherson, de Fingal o Reliques, de Percy revela ya el poder de la imaginación, el placer

de la m elancolía y la soledad, la conciencia de la fugacidad y el dolor de la vida, la preferencia por los escenarios som bríos y el gusto por la poesía prim itiva y popular de genio espontáneo, y es tom ado por los autores alem anes del Sturm und Drang, que

desarrollan las teorías de Young y prom ulgan los conceptos básico s del Rom anticismo por toda Europa (autonom ía y libertad en el arte, prim acía de lo espontáneo y la intuición, independencia de la im aginación, etc.). A estos, añade el “Grupo Rom ántico de Jena”, en 1798, el propósito de trascen dencia y el anhelo de un mundo ideal de autónoma c reación, a la vez que fija lo m ás característico de la filosofía rom ántica alemana. Por últim o, el “Grupo Heidelberg ”, entre 1805-1815, m ás dado a la creación

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que a la filosofía, acrecienta el gusto por la poesía lírica y las historias sobrenaturales y fantásticas, así com o la afición por la hist oria. De acuerdo con David T. Gies, estos intelectuales alemanes buscan definir la époc a moderna, y para ello se rem ontan a los albores del cristianismo, donde encuentran el principio de esta era, y al periodo medieval, donde hallan el germ en de las sociedades m odernas. De acuedo con esta visión, defienden además el valor caballeresco, el amor cortés o la m onarquía absoluta, siendo este el ideario que, originalmente, exportan al resto de Europa. Pero este no es e l que acep tan y adoptan com o suyo el resto d e los países. C omo ya se dijo, cada p aís aporta y modifica algunas de es tas cu alidades, pero el cam bio cualitativo m ás importante es el que se produce en Francia.

En un primer m omento, el Rom anticismo francés corresponde tam bién al m odelo monárquico y cristiano; recibe el influj o de Chateaub riand, com o reacción contra el espíritu enciclopedista del siglo XVIII y cuen ta con el apo yo conceptual del lib ro de Madame de Staël, De l´Allemagne, que sintetiza las ideas del Romanticismo germánico

de las Conferencias sobre literatura y arte dramático de 1809. Sin e mbargo,

condicionado por los acontecim ientos políticos, el Rom anticismo francés, a partir de la Revolución de Julio, viene a entronizarse como una revolución contra la tradición nacional. El Antiguo Régimen se había aliado con el clasicismo y la revolución venía a derribar a am bos. Al pedir una literatura nueva para una sociedad nueva, el

Romanticismo se unía a la revo lución, la violencia y una doct rina de origen extranjer o que venía a atacar la cultura nacional en su m isma raíz, pasando a significar algo totalmente distin to. En tre 1825 -1830 se prod uce una esencial m odificación en su carácter y com ienza su acercam iento hacia el liberalism o. Las características q ue definan ahora al Romanticismo serán el desgarramiento y la autodestrucción rom ántica, las tendenc ias an tisociales y el decla rado y violen to antic lericalismo. Será un Romanticismo que no se apoye en presupu estos filosó ficos, sino en el elemento personal y la exaltación de los sentimientos, en especial el amoroso.

2. El Romanticismo en España 2.1. Consideraciones y cronología

Visto esto será m ás fác il com prender lo que ocurre en Es paña en lo referente a este movimiento y solventar contradicciones como la que convierte a Bécquer en el m áximo

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romántico español, a la vez que sitúa su obra veinte años después del fin del Romanticismo en España. Sólo como muestra de la falta de acuerdo en lo que respecta a este asunto, podemos recoger los cuatro puntos de vista que presenta Silver:

El primero de ellos, se corresponde con la visión de Peers, que, com o ya hemos dicho, define la poesía española com o inmanentemente romántica. Esta línea crítica, sos tenida durante el prim er tercio del siglo X X, considera el Rom anticismo como una corriente histórica y cuenta a su favor con la trad ición de la crítica decim onónica, que había insistido en la rela ción de continuidad entre la cultura espa ñola de la épo ca austriaca y el Romanticismo. Ta mbién Romero Tobar habla de esta te sis y, aparte de Peers, cita entre los críticos que la defienden a Farinelli, Guillermo Díaz-Plaja, Ricardo Baeza etc. En segundo lugar, d estaca la co rriente que afirma que España nu nca ha tenido Romanticismo, a la que perten ecerían críticos como Ángel del Río o Donald L. Shaw, que considera que el Rom anticismo español es más una moda de escasa densidad que una radical concepción del mundo profunda y sostenida2.

La tercera teoría es la defendida por Russel P. Sebold. Según este crítico, en España habría existido un temprano Alto Rom anticismo. Partiendo de la definición del Romanticismo como una metafísica sentimental y un concepto panteístico del universo cuyo centro es el yo, el crítico encuentra rasgos afines en es critores españoles del siglo XVIII, especialmente Cadalso, Jovellanos y Me léndez Valdés. De acu erdo con es to, el paso del Neoclasicismo al Romanticismo en España se produciría com o evolución más que como revolución, con una influencia real de los románticos del siglo XVIII sobre los románticos del siglo XIX y con una persis tencia del XVIII dentro del siglo siguiente en un movimiento de ósmosis e interpretación.

Por últim o, la idea d e la exis tencia de un sucedáneo tardío, pe ro respetable : el Modernismo y la Generación del 98, tesis de fendida por Octavio Paz, Edmund L. King o Juan Luis Alborg y sostenid a, también, en las últim as páginas de la m onografía de Peers. Según la teoría de Edm und L. King, este retraso se debería a la fragilidad de la Ilustración española, que no habría sido lo suficientemente fuerte como para provocar la

      

2Para Donald L. Sh aw, el R omanticismo debe ser definido no sólo en términos literarios, sino también referidos a la crisis metafísica originada a finales del siglo XVIII a partir de la destrucción de los valores tradicionales. El crítico co nsidera qu e esta n o se h a dado en Esp aña y p or ello no po dría h ablarse d e verdadero Romanticismo sino, tan sólo, de moda pasajera.

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reacción lib eral qu e fue el Rom anticismo en Europa. Sólo la ap arición de u n pensamiento racional fuerte por m edio de l krausism o podría generar una verdadera manifestación romántica en la llamada Generación del 98.

A estas corrientes expuestas por Silver, podem os añadir la opinión de Julián Marías, quien concibe el Romanticismo como movimiento no meramente literario y afirma que “la vida española está inm ersa en el Rom anticismo desde 1812”, añadiendo que “si lo esencial del Rom anticismo es su contenido y no la form a, los es critores de los tres primeros lustros del XIX podían ser románticos aunque escribieran en molde

neoclásico”3.

Coherentemente con esto, parece claro que, determ inadas por una de las dos líneas de estudio de lo que es el Romanticismo, o ciñéndose a un a de las tendencias ideológicas del movimiento, las dataciones que hasta a hora se han dado del Rom anticismo español son variadas y contradictorias. La opinión generalizada (Peers: 1967, 1973; Navas Ruiz: 1982; Cossío: 1950; Juretschke: 1954 entre otros) es que el movi miento comienza en la década de los años treinta, con el im pulso recibido del retorno de los exiliados políticos tras la m uerte de Fern ando VII, y puede darse por term inado en la década de los cincuenta. Autores como Aullón de Ha ro (1989) o Alborg (1980), no obstante, adelantan los inicios a 1814, con la polém ica Bohl de Faber- Mora, y el m ismo Aullón de Haro prolonga la existencia del m ismo para com prender la obra de autores como Gustavo Adolfo Bécquer.

La siguiente alternat iva, que proponem os y manejarem os a lo largo de este estudio, englobaría todas las etapas del movimiento:

- 1814-1834: Introducción del pensamiento romántico.

La penetración de estas ideas vendría de la m ano del alem án Böhl de Faber, que e n 1814 comienza una campaña en pro del siglo de Oro español, popularizando las ideas de Guillermo Schlegel. La réplica de J oaquín de Mora y la c onsiguiente polémica en las páginas de El Mercurio Gaditano, contribuyen definitivam ente a la d ifusión de estas

ideas. Asimismo, durante este periodo, personali dades de la talla de Agustín Durán, en su Discurso sobre el influjo de la crítica en la decadencia del teatro español y sobre el       

3 Julián Marías, “Un escorzo del Romanticismo”, en

Obras Completas, III, Madrid, 1959:283-302; cit. en Alborg, 1980: 49.

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modo con que debe ser considerado para juzgar convenientemente de su mérito peculiar, de López Soler, Monteggia, Aribau o iniciativas com o la de estos últim os en El Europeo se alinean en esta tendencia, en la que se def iende la inspiración cr istiana

medieval, considerad a com o la propia del país y portadora de las características intrínsecas del m ismo, en contras te con la lite ratura clásica y neoclásic a. La idea que subyace es la importancia de la relación de la literatura con el momento y el lugar en el que se desarrolla y la necesidad de liberarse de artificiosas restricciones formales. Como se ve, la im pronta es claram ente alemana, pero lo que se busca es profundizar en las operaciones del alma española a través de su historia, sus manifestaciones y costumbres, por lo que la importancia del nacionalismo en clave conservadora es clara.

La presencia de los presupuestos rom ánticos es sim plemente teórica en este periodo, debido a que las ideas reaccionarias de Böhl de Faber, su defensor más visible, incitan a un im portante sector de los intelectuales, d e ideolog ía liberal, a rechazarlas. No obstante, esto no debe llevar a la falsa idea de su desa parición, pues la línea de pensamiento portadora de las m ismas, encabezad a por Lista, será un a de las causas principales del segundo cambio cualitativo del Romanticismo español hacia 1850.

-1834-1850: Triunfo del Romanticismo Liberal. Primer Romanticismo español. A partir del im pulso recibido por el retor no de los exiliados en 1833, se introduce en España el modelo de Rom anticismo surgido en la Francia revolucionaria. Los exiliados se habían refugiado preferentemente en Inglaterra, pero muchos de ellos, como el propio Espronceda, habían pasado larg as temporadas en Francia, o incluso habían cum plido la segunda parte de su exilio en este país, tras la Revolución de Julio y la caída de los Borbones. Esto les había llevado a conocer el Rom anticismo que los galos habían adaptado, la literatura nueva para el puebl o nuevo, que nada tenía que ver con la que ellos hab ían rechazad o en la plum a de Böhl de Faber, y con la que sí podían

identificarse. De esta form a, adoptan el m odelo rom ántico de Hugo y Dum as con entusiasmo y surge as í el periodo que, tradicionalm ente, se ha entendido com o el Romanticismo en España. Mar carían el inic io de esta tendencia los estrenos de varias obras em blemáticas del teatro rom ántico (género por excelencia de estos años): La Conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, en 1834, año en el que tam bién se

publica el Macías de Larra, y Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, que

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Martínez de la Rosa, los adeptos d el Rom anticismo estaría n seguros del tr iunfo del mismo, y en los años 1837-1838 el movi miento llegaría a su culm inación, copando la mayor parte de los periódicos, revistas y teatros. Los años siguientes constituirían ya los años de decadencia.

-1850-1885: Triunfo del Rom anticismo intim ista y filosófico. S egundo Romanticismo español.

1850 es la fecha en la que se suele situar el final del Rom anticismo, atendiendo a la proliferación de críticas h acia lo que se con sideran excesos rom ánticos, referid os, especialmente, al carácter sacrílego y bl asfemo del m ismo y a la vacuidad de las palabras que se amontonan como un torrente en las obras que se consideran rom ánticas. En realidad, estas críticas hacia los punt os más vulnerables del Rom anticismo no suponen el final del m ismo, sino la superaci ón de una de sus etapas. U n nuevo cambio cualitativo hará resurgir la línea id eológica subyacente en artícu los como los de Lis ta, remozada por la influencia de la lírica de los nuevos poetas alem anes, y propiciada por una serie de factores internos y externos, sociales y polític os. Ha llevado a confusión el hecho de que ni los ideólogos ni los poetas de esta escuela o tendencia se llam en a sí mismos románticos. Las razones están íntim amente ligadas al contexto histórico y a las connotaciones negativas del térm ino, pero no significa que las características que los definen no sean el trasunto español de las características de los poetas alem anes e, incluso, británicos seguidores del Romanticismo Histórico.

En cuanto a la fecha en la que se sitú a el final de este movimiento, obedece a la muerte de la poeta galleg a Rosalía d e Castro. Es to no quiere d ecir que en la década de los ochenta esta tendencia literari a sea la m ayoritaria, pues en estas fechas convive con la novela realista y los inicios del naturalismo, pero aún se están publicando algunas de las obras m ás em blemáticas del m ovimiento, y adelantar la fecha de su desaparic ión implicaría dejar fuera obras como En las orillas del Sar, publicada en 1884.

En este periodo, obviado o, en general, conf usamente interpretado por parte de la crítica, es en el que vamos a centrar nuestro estudio.

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15 2.2. Dos modelos de Romanticismo

2.2.1. Cambio cualitativo en 1850. Causas de la evolución

La fecha en la que hem os situado el inicio del Segundo Roma nticismo español coincide con la que otros críticos, com o Peers, han estab lecido com o la de fracaso d el movimiento romántico. Aludíamos a una serie de ataques contra los puntos m ás débiles del Primer Romanticismo, pero, como se señaló, esta reacción marcará no la muerte del movimiento sino el inicio del proceso por el cual llegaremos al Segundo Romanticismo. Añadíamos que la llegada de esta nueva etapa se ve, adem ás, favorecida por unas condiciones históricas y cultu rales, diferenciadas de las que habían determ inado el periodo anterior4 y propicias para este cambio. Entre ellas podemos destacar:

a) Relajación del enfrentamiento Francia/ España- Clasicismo/ Romanticismo En el momento en el que nos situamos, las tensiones políticas, aunque no desaparecidas, sí han rem itido en gran m edida y Francia se ha convertido únicam ente en invasora cultural, no ya polític a, de modo que la contienda puede situarse en un plano diferente. Testimonios como los de Durán que, en el Prefacio de su Romancero, reconocía como

fuente de su nacionalismo la reacción trad icionalista con tra el republicanism o y el afrancesamiento napoleónicos, van desapareciendo paulatinamente y ya no encontramos testimonios antigalicistas tan claros com o los que podíam os ver en la etapa anterior. Nos hallamos ante la primera depuración sufrida por el Segundo Romanticismo. El m ismo relajam iento se produce, dentro d el arte, en el enfrentam iento entre neoclásicos y románticos. Si dejamos de lado las connotaciones políticas que cada uno de estos m ovimientos soportaba, hemos de recordar cómo el Rom anticismo pugnaba, también, por una liberación de las reglas neoc lásicas y por la búsqueda de una literatura nacional que no fuese valorada con parám etros de corte clasicista. La oposición, m ás destructiva que cons tructiva, había dado luga r a qu e, en m últiples ocasiones, los manifiestos de uno y otro bando diesen más i mportancia al desprestigio o la deslegitimación del rival que a la defensa de sus propios preceptos. En el momento en el que nos situam os, sin e mbargo, el Rom anticismo ya ha alcanzado una cierta difusión;

      

4 No podemos ob viar el hecho d e qu e l os prim eros románticos se enfren tan al m odelo d e literatura neoclásica y deb en, por ello, r omper una serie de limitaciones, mientras que los ro mánticos del segundo periodo crecen y se ed ucan en el momento de máximo apogeo del Romanticismo liberal por lo que su reacción se produce en la dirección opuesta, en contra de los excesos del Primer Romanticismo.

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los liberales han aceptado e introdu cido el Romanticismo de corte fran cés y, por tanto, ya no hay que defenderlo de m anera tan ardiente. Del mismo modo, las posturas de los clasicistas más radicales tam bién se han i do suavizando, las difere ncias entre las dos escuelas casi se han dilu ido por completo, y m últiples críticos se han lan zado a abogar por la desaparición de tal enfrentamiento. Así, Lista en 1844 dice:

La división de partidos de la actual república de l as letras (...) ha aumentado los males, no se trata ya de ser buen poeta o buen escritor, sino de ser clásico o romántico. La polémica de los partidos, en política y en literatura, es la comidilla de los que no tienen genio ni para gobernar ni para escribir 5 (Lista: 1844: 36).

Cuando llegam os al mom ento que nos ocupa, la conciencia de enfrentam iento ha desaparecido, y la batalla rom ántica se ve casi como un episodio del pasado, al m enos, la virulencia con la que se había mantenido. Así lo muestran las palabras de Giner de los Ríos cuando, en 1862, habla de:

...aquellos cuya juventud no fue testigo del debate romántico y que, por ello mismo, pudieron ser románticos si n que en el los el serl o c omportara vi olencia al guna, ni a ctitud de c ombate, ni gesticulación postiza (cit. en Díaz ,1971: 144-145).

b) Reacción contra el Romanticismo Liberal de origen francés6

La oposición contra Francia ya no s e desarrolla en el pano rama político, pero sí en el literario. Decíam os antes que, a partir de 1833, los exiliados im portan el m odelo de Romanticismo liberal, nacido y desarrol lado especialm ente en Francia. Este Romanticismo se adueña del pano rama literario español, p ero no hace desaparecer las voces que habían defendido el modelo trad icionalista católico y m onárquico, y que ahora rechazan abiertam ente la nueva m oda literaria. Algunos condenan el m odelo importado por razones de ortodoxia religiosa o m oral pero, en la m ayor parte de los casos, es un motivo social el que subyace: la sociedad española del momento, no precisa de anarquistas, sino de constructores que ayuden a sup erar la crisis. Durante algún tiempo, las voces disidentes apenas son percib idas, pero en la dé cada de los cuarenta, empiezan a cobrar m ás fuerza y, en poco tiem po, la reacción contra lo francés se ha generalizado. Así podemos verlo en testim onios com o los del Duque de Rivas o

      

5 Artículo: “Estado actual de la literatura europea”.

6 Cuando ha blamos de reacción c ontra el romanticis mo francés nos esta mos refiriendo a la parte libe ral del mismo. Autores como Lamartine, que se alejan de este modelo, son profusamente leídos y admirados por poetas del periodo que estudiamos.

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Hartzenbusch7. El primero de ellos afirma en 1841: “Los poetas más recientes (...) dan a nuestra lengua un giro mezquino y una canturía más propios del idioma francés que del castellano”8. Hartzebusch, en 1843, se pregunta “¿Cómo atinan los franceses más con el modo de agradar a los españoles que los españoles mismos?”9.

De gran importancia es la actuación de Lista en este terre no. En 1828 el crítico y profesor adm ite las ideas de Schlegel 10, y, a pa rtir de ese mom ento, c omenzará su

cruzada particular contra el Romanticismo francés y a favor del “único” Romanticismo bueno, es decir, el espiritual, nacionalista, ca tólico y medieval, totalmente opuesto a las obras escénicas francesas, que caracteri za com o “m onstruosas” y en absoluto románticas. La influencia del m aestro será de tan gran alcance que, según Juretschke, a él se deben el repudio a Dum as o la insp iración de los artículos de Durán, Alcalá Galiano y, m ás adelante, los de G il y Carrasco y Donoso Cortés. En 1836, en sus conferencias en el Ateneo, com enzará a hablar de “buena literatura” para referirse al Romanticismo nacional m edieval y “m ala lite ratura” para ref erirse a l Rom anticismo francés liberal, pon iendo frente a frente am bas corrientes con el fin de dem ostrar su incompatibilidad. Introduce, asimismo, una nueva term inología que lleva a prescindir del térm ino técnico “rom ántico”, sustituido po r el de “nueva literatura”. Con esta innovación terminológica, consigue que el modelo literario del Romanticismo alemán se admita, liberado de los prejuicios que el térm ino Rom anticismo im plicaba, e identificado con la “buena lite ratura”, pero también da lugar a una trem enda confusión dentro de la crítica, pues los rom ánticos españoles del segundo periodo ya no se denominarán a sí mismos románticos. Juretschke establece 1938 como el año del triunfo de Lista. Su puestamente en esta fecha sus ideas ya habrían cala do en las principales figuras de la literatura del Romanticismo y, sin lugar a duda, lo ha hecho dentro de una crítica que no se cansa de fustigar a la influencia extranjera.

Son significativos a es te respecto los testimonios que aparecen en el periódico No me olvides, que comienza a publicarse en m ayo de 1837 con la finalidad de defender a los

“jóvenes del siglo” de las calum nias con que “seres vulgares” los han cubierto: “vengar

      

7 El que sea n dos de l os autores que se co nsidernan introductores del Romanticismo en Espa ña los que realicen estas declaraciones viene a probar la degeneración que se estaba produciendo en el movimiento en los años en los que las críticas se acentúan.

8 Rivas: Romances Históricos: 1841; cit. en Peers: 1967: II: 287. 9 Hartzenbusch:

Ensayos poéticos y artículos en prosa:Madrid: 1843; cit. en Peers: 1967: II: 206. 10 Según Silver, gracias a la influencia de Durán.

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a la escuela llamada romántica de las c alumnias que se han alzado sobre su frente” 11 (Salas y Quiroga: 1837: 2). El editor, Salas y Q uiroga, está alineándose a favor de la escuela romántica pero, también, deja claro a qué Romanticismo se está refiriendo:

Si entendiésemos nosotros por romanticismo esa ridícula fantasmagoría de espectros y cadalsos, esa violenta exaltación de todos los sentimientos, esa inmoral parodia del crimen y la iniquidad, esa apología de los vicios, fuéramos cierta mente n osotros lo s primeros que alzáram os nuestra débil voz co ntra tam años abu sos, con tra t an m anifiesto escarnio de la literatu ra. Pero si en nuestra creencia es el romanticismo un manantial de consuelo y pureza, el germen de las virtudes sociales, el paño de las lágrimas que vierte el inocente, el perdón de las culpas, el lazo que debe unir a t odos los seres, ¿cómo resistir el deseo de ser l os predicadores de tan santa doctrina, de luchar a brazo partido por este dogma de pureza? (Salas y Quiroga: 1837: 2).

Igualmente, aparece el rechazo d e m anera implícita en el a rtículo public ado por Campoamor unos meses más tarde en la misma revista:

Aunque i mpugno a quí el r omanticismo, no se cr ea q ue i mpugno el r omanticismo verdaderamente tal, sin o ese ro manticismo d egradado cuyo fondo c onsiste en prese ntar a la especie hum ana en s us m ás sangrie ntas escen as, sue ños horrorosos, crímenes atroces, execraciones, delirios y cuanto el hombre puede imaginar de más bárbaro y antisocial; esto no es romanticismo, y el que lo cree está en un error; el romanticismo verdadero tiende a conmover las pasiones del hombre para hacerlo virtuoso (No me olvides, nº 32, 10 de Diciembre de 1837: 3 y 4).

Esta tendencia habría llegado a su punto culm inante en el mom ento en el que escriben los autores del Segundo Rom anticismo, en el que, adem ás, como anunciamos, ya no se habla de Romanticismo para referirse a la nueva tendencia. El referente francés y liberal ha sido desterrado y am pliamente denostado, por lo que los rom ánticos de este periodo tendrán que volver la m irada a otros m odelos, y, com o consecuencia, darán lugar al segundo cambio cualitativo del Romanticismo español, introduciendo una variedad má s emparentada con la de Böhl de Faber pero, su ficientemente, alejada de él como para ser aceptada.

c) Saturación de algunos de los rasgos del P rimer Romanticism o: Lenguaje ampuloso y exageración

Como veíamos en el ejem plo de Salas y Quiroga, em piezan a percibirse dentro del Romanticismo i mperante una serie de rasgos censurables, susceptibles de caricaturización y muy alejados de la profundidad conceptual que sería apetecible. Uno de los rasgos en los que m ás se va a insistir es la utilizac ión de un leng uaje “ampuloso” y “exagerado” que esconde la “vacuidad” de los conceptos. El

      

11 Citas sacadas del Prólogo de Jacinto Salas y Quiroga al número 1 de “No me olvides”, publicado el 7 de Mayo de 1837.

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Romanticismo se habría convertido en un montón de palabrería, que sin em bargo no decía nada, y este error va a ser acusado muy pronto por todos los que m iraban esta corriente de forma crítica.

Como era de esperar, algunas de las ac usaciones m ás tem pranas a estos excesos retóricos provienen del m ismo Lista y de su prologuista, José Joaquín de Mora, que habla de la lengua empleada por algunos es critores del mom ento e n los siguientes términos:

Lenguaje sin dignidad, sin propiedad y sin pur eza castiza; estilo sin form as determinadas, sin colorido, si n esmero y si n arm onía; vul garidad rastrera y hum ilde e n el concept o y en la expresión; m etáforas extra vagantes e inc oherentes, sac adas p or l o c omún de as ociaciones violentas o de t ipos e xóticos a que no se acom odan nuestros há bitos ni t radiciones (...), hinchazón en las voces bajo la cual se quiere ocultar la pobreza de las ideas (en Lista: 1844: V-VI).

Más conciso, pero también más contundente se muestra Lista cuando dice: “En nada se conoce más la falta de genio que en la exag eración, porque el principal carácter de lo bello y de lo sublime es la sencillez” (Lista: 1844: 35).

Esta idea será la im perante en los poeta s de la segunda generación rom ántica, que defienden un lenguaje sencillo, al tiem po que condenan y en algún caso parodian los excesos del Romanticismo anterior. Ahora “poeta no es sólo el que siente la sublimidad o la belleza, sino el que adem ás sabe expr esarla” (Fernández Espi no, cit. en Cossío: 1960: 77). Veremos más adelante cómo la precisión en la expresión se convierte en uno de los rasgos distintivos dentro de la poética del Segundo Romanticismo.

d) Búsqueda de nuevas formas

El rechazo a una literatu ra que consid eran excesiva y extrem osa tendrá como consecuencia la búsqueda de una nueva form a que se caracterice por la naturalidad y la sencillez form al12. El hecho de que la corriente que se quería desterrar hubiera sido identificada sis temáticamente con el Rom anticismo francés, hará qu e una d e las primeras medidas tomadas sea el abandono de estos m odelos, especialmente aquellos más asociados a la faceta revolucionaria del movi miento. La em ancipación de los franceses no significa, sin em bargo, que el Rom anticismo español estuviese lo

      

12 De est e de seo nace rán l as do s co rrientes p oéticas q ue se desa rrollan en est e pe riodo de forma simultánea: l a que denominamos Seg undo R omanticismo y l a que Aullón de Haro ha l lamado f ase “realista” con las figuras sobresalientes de Campoamor, Núñez de Arce y Revilla.

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suficientemente maduro como para evolucionar por sí mismo sin influencias externas, y, de hecho, en ningún momento de su evolución, el Romanticismo trató de desentenderse de la literatura precedente. La consecuencia del abandono d e la influen cia francesa f ue la adopción de otros modelos, el modelo alemán y el británico, que se proclamaban como ejemplos de “buen romanticismo” desde la crítica romántica antigalicista. En cierto modo, el retorno a lo alem án significaba la vuelta a los preceptos de aquel inicio de Rom anticismo traído po r Böhl de Faber, pero con todas las salvedades que cabe im aginar por el cambio de los tiem pos y por la enorm e influencia que tendrá Heine, perteneciente a una fase posterior del Romanticismo alemán.

La novedad que se introduce en este periodo es el retorno a la líric a popular española . Las ideas recibidas del Romanticismo Histórico alemán incitan a mirar al pueblo y a sus costumbres para conservar la esencia de España, lo que propicia el hallazgo, en las formas líricas populares, del m odelo formal fresco, sencillo y sugerente que los poetas del momento estaban buscando.

Las influencias vienen, por tanto, de dos vertie ntes: la lite ratura “del norte” y la lírica popular. Sin e mbargo, sería erróneo cons iderarlas como fuentes aisladas e independientes, pues, como señalábamos, el interés por lo popular, una vez arraigado el deseo de conservación de lo tradicional, provi ene de Ale mania. Así lo en tienden y manifiestan múltiples críticos. José Pedro Díaz afirma:

En realidad no son dos cosas, sino una sola. Esa poesía alemana que atrae entonces a los poetas españoles es una poesía que supo nutrirse ella misma de la savia renovadora que recogió de lo popular (Díaz: 1871: 240).

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En algunos casos debimos señalar que el influjo alemán venía vinculado a un incremento de la atención por lo popular (ibídem: 229).

Aunque no proceda explayarnos m ás en la pr ofundización de estas causas, de lo dicho hasta aquí, es funda mental que quede clara la idea de que la conjunción de todas ellas propicia un cambio cualitativo dentro de la literatura de la segunda mitad del siglo XIX. Cambio que supone una variación en orie ntación ideológica y for mal, pero no un abandono de la estética rom ántica, entendiendo estética en el sentido am plio de la

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palabra. Autores com o Bécquer, Rosalía de Castro, Ferrán etc. siguen siendo románticos, pero ya no románticos liberales, sino de una rama más conservadora.

2.2.2. Rasgos constitutivos del Romanticismo

Una vez vistas las razones que propician la evolución de una tendencia literaria a la otra, hemos de legitimar el establecimiento de ambas dentro de un m ismo movimiento, para lo cual se h ace necesario verificar los ras gos comunes, que obligan a co nsiderarlas una única corriente. Yendo un paso m ás allá, si afirmamos que las dos tendencias entran dentro del Rom anticismo, he mos de señalar cóm o los rasgos definitorios del m ismo aparecen reflejados en ejemplos de los dos periodos. Veámoslo.

a) Concepción subjetiva de la realidad

Llorens (19 89) señala en su obra com o elem ento típicam ente rom ántico, el concepto subjetivo de la realidad: “la realidad no existe fuera de nosotros; nuestra alma es la que con sus destellos la produce, y el m undo no es sino el espejo que refleja su hermosura” (1989: 485); idea que repercute de m anera directa en la manera de concebir la poesía y la creación:

La poesía ha bía sido im itación de la natuale za; con el romanticismo se convierte e n creación del poeta, en la expresión de algo interior que se p royecta fuera. Si antes era com o un espe jo que reflejaba la realidad, ahora es como una lámpara que la ilumina. (…) Si el mundo real no es m ás que un refl ejo del su jeto que l o c ontempla, con más razó n l a obra poética h abrá de considerarse, no como imitación sino como creación propia (Llorens: 1989: 498).

Esta idea es la que domina en obras de Espronceda com o < <A una estrella>>13 o

El Diablo Mundo (1841), y es la m isma subjetividad que aparece de m anera marcada en       

13¡Ay lucero! Yo te vi

resplandecer en mi frente, cuando palpitar sentí mi corazón dulcemente con amante frenesí (…)

¿Quién aquel brillo radiante ¡oh lucero! te robó, qué oscureció tu semblante, y a mi dicha arrebató la dicha en aquel instante? ¿O acaso tú siempre así brillaste, y en mi ilusión, yo aquel resplandor te di, que amaba mi corazón, lucero, cuando te vi?

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los autores que pertenecen al Segundo Rom anticismo, quizá, incluso de m anera má s acentuada en ellos, dado que los límites de la realidad dejan de estar claros y empiezan a diluirse las fronteras en tre los mundos donde do mina lo irreal o lo real filtrado po r la subjetividad del autor (los sueños, la m emoria, los estados de em briaguez) y el m undo que, convencionalmente, se considera realidad ; así, estos autores llegan a vivir en un marco referencial m ás amplio, en el que hay una especial cabida para lo poético y lo fantástico. “Me cuesta trabajo sab er qué co sas he soñado y cuáles m e han sucedido” dice Gustavo Adolfo Bécquer en la Introducción sinfónica (2004:54), y ahí queda

resumida toda la teoría de la subjetividad que, como en Espronceda, cambia la realidad. b) Consideración del tiempo como enemigo que trae consigo, irremediablemente, el

desengaño

En Espronceda, el tiempo es un enemigo tan encarnizado como la sociedad, pues ambos consiguen d errotar la inocencia y hacer que el Edén, aún visib le en la juven tud, desaparezca de la tierra. Dentro del Segundo Romanticismo se puede decir que “El rayo de luna” (1862) de Bécquer es uno de los “manifiestos” por antonomasia del desengaño romántico, con la paradójica locura final de Manrique. Relaciona do con el paso del tiempo, encontramos el desengaño en Antonio Arnao y en múltiples poemas de Rosalía de Castro.

c) Personajes que se m ueven ininte rrumpidamente, con ca mbios frecuentes de espacios

Dice Llorens:

No era ca prichosa l a ruptura de l a uni dad de l ugar en el drama romántico; respo ndía a una nueva visión del hombre y de l a vida, cuyo dinamismo se op onía a l a estática visión de l os clásicos, propia a su vez de una sociedad compartimentada, estable y si n libertad. T odo en el Romanticismo se orienta hac ia la variación que se cree c onstitutiva de la naturaleza hum ana, nunca fija, siempre movida por la insatisfacción de lo que se t iene y el anhelo de alcanzar lo inasequible. De ahí el caminar sin fin (1989: 493).

Con esta cita se está refiriendo al personaje de Félix de Montemayor en El estudiante de Salamanca, pero, una vez m ás, es posible poner lo en parangón con M anrique en “El

rayo de luna” (1862) o, incluso, con los personajes de “El caudillo de las manos rojas” (1858).

      

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d) Antirracionalismo

El antirracionalismo es otro elem ento común, pero se hace preciso m atizar. Uno de los ejemplos más significativos dentro del grupo de ascendente francés es el de Nicom edes Pastor Díaz, que s e sitúa entre los poetas en los que com ienza a apreciarse una cierta evolución h acia tenden cias que se acercan al segundo grupo. Uno de los tem as recurrentes en este au tor es, precisam ente, e l an tirracionalismo, motivado por la primacía otorgada al sentim iento en la vida humana, por la idea de ser la razón origen de la duda y destructora de las creencias religiosas que mantienen la cohesión social, y por ser opuesta a la poesía y al arte. Puede afirmarse que también los poetas del segundo grupo defienden el antirracionalismo, pero, aunque quizá motivados por las m ismas razones, en sus testimonios se ciñen especialmente al hecho de que la razón, la ciencia, más explicitamente, destruye la poes ía de las co sas y su belleza, lo cual no obsta para que la m ayoría de ello s declaren la necesid ad de la razón a la hora d e componer los poemas.

e) Sinceridad de los sentimientos en la poesía

Se trata ahora de buscar la expresió n auténtica del alma, tener algo que decir y dejarse llevar por la inspiración sin dejar que la pulcritud o e l cuidado de la forma limiten la libertad para hacerlo. T enemos que especi ficar, sin em bargo, que, aun m anteniendo la idea fundamental de que la poesía debe brotar de sentimientos sinceros, entre los poetas de la segunda etapa se habla ya de un pr oceso de depuración en el que la razón interviene para dar form a a esos sentim ientos que, a pesar de todo, siguen siendo verdaderos.

f) Neoplatonismo e insuficiencia del lenguaje

Son dos de los elem entos fundamentales que analizaremos en rela ción con el Segundo Romanticismo y que aparecen prefigurados en Espronceda de esta manera:

¿Quién sabe? Acaso yo soy el espíritu del hombre cuando remonta su vuelo a un mundo que desconoce, …

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2.2.3. Elementos distintivos característicos de cada escuela

Asentados los principios por los que se r econocen am bas corrientes com o distintas manifestaciones de un único m ovimiento, queda resuelta la duda de si la poesía de los autores que escriben a partir de los años cincuenta puede considerarse romántica o no. A continuación indagarem os el cambio cualita tivo que s ufre el Ro manticismo en la década d e los años cin cuenta. Una serie d e causas literarias pero, p rincipalmente, sociales y políticas, m otivan a los poetas de l momento a volver a los presupuestos m ás tradicionalistas y conservadores, defendidos por Lista entre otros autores, y relacionados con las ideas introducidas por Böhl de Fabe r, con el que, sin em bargo, no se establece una relación directa.

Dado que e sta cuestión se abordará dete nidamente y en profundidad a lo largo del presente estudio, enumeraremos los rasgos distintivos de lo que consideramos Segundo Romanticismo y posteriorm ente se docum entará. Así pues, el Segundo Rom anticismo se caracteriza por los siguientes aspectos:

a) Postura política

Tanto el posicionamiento político como la importancia de la política dentro de los textos son elementos distintivos entre un momento y otro de la poesía romántica española. Hartzenbusch, como representante del Primer Romanticismo, afirma:

Observando que e n la s ociedad actual el sentimiento relig ioso no est á m uy fir me; que el respeto a l a monarquía tampoco raya muy alto; que nuestras costumbres no s on mucho más ejemplares que las de nuest ros padres, pero que por conquistar y asegurar la libertad civil se han ve rtido t orrentes d e sa ngre, y d onde no se han ve rtido, se a gitan a cada m omento l os hombres por cuestiones pequeñas en sí, que se hace n gravísimas en el momento que se rozan con aqu el principio: en tiendo que la fe, que es i nseparable d el h ombre, d ebilitada lastimosamente con respecto al principio religioso, ha confluido toda a los principios políticos que ca da uno consi dera c omo fuent e de bi enestar s ocial: y por co nsiguiente l a l iteratura contemporánea se distingue de las que la han precedido por esa fe política acom pañada de sus luchas y de su s t riunfos, sus vent ajas y sus i nconvenientes, su pe queñez y su gran deza, su magnanimidad y su intolerancia. De esa lucha nace hallarse en la literatura contem poránea tan pronto el misticiso más ex agerado co mo l a in credulidad más co mpleta; moral rig idísima a veces; a veces repugnante cinismo. De esa lucha ha nacido también la variedad de formas que se nota en la literatura, porque se ha creído que siempre el hombre consigue su fin al dirigirse al hom bre, el modo y la m ateria instrum ental si gnifican poc o. Esta fe política, alm a de la sociedad m oderna, apa rece e n m il y mil es critos, pero a ún no está c onsignada e n una obra grande que le sirva de m onumento im perecedero: quizá consista en que el cristianism o, e l liberalismo y el socialismo aún no se han fundido (citado en Llorens: 1989: 546).

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El Romanticismo entendido así, debe reflejar la sociedad en la que se desarrolla, los cambios que le af ectan, y tien e que participar de ellos. Así se entiende la im portancia del tema político en la o bra poética de autores como Espronceda, que hace de una gran parte de la m isma una protesta contra la sociedad, bien de nunciando la situación de los seres humanos que considera víctimas del sistema (como el verdugo, o el reo de muerte) o bien m ostrando la deg radación de Europa, tal como hace en “El canto del cosaco ” o en “A la traslación de las cenizas de Napoleón”.

El posicion amiento político del Grupo del Segundo Rom anticismo difiere de lo s del Primer Romanticismo. Los hombres del segundo periodo romántico no se desentienden de la política, com o se ha aducido en muchas ocasiones, pero delimitan los espacios en los que se habla de ella, y la poesía, m uy por encima del pragmatismo y lo material, no es uno de ellos.

b) Postura religiosa

El anticlericalismo, como ya se ha observa do, es constante en el período rom ántico de influencia francesa. El moro expósito de Rivas, las Leyendas de Mora y de Arolas,

artículos de Larra, varias obras dram áticas de Hartzenbusch y García Gutiérrez o El Diablo Mundo de Espronceda, servirían de ejemplo.

Los factores que originan este anticlericalis mo se relacionan con la ideología liberal de la mayoría de los escritores, afectados por la decisiva hostilidad de la Iglesia en contra de la revolución liberal desd e las C ortes de Cádiz. Por otro lado, el anticlericalismo literario se hace eco del anticlericaliamo popular procedente de la Edad Media. La sátira existente en El moro expósito,El diablo mundo (1841),La sílfida del acueducto (1837),

de Arolas, y en otras obras significativas, no se focalizará en las opiniones políticas de los sacerdotes sino en su condición moral.

La evolució n ideológ ica com ienza a m ediados de los años treinta, y, por lo tanto, al llegar a la fecha en la que los autores que estudiam os escriben, el pensam iento mayoritario entre los escritores románticos ha cambiado de signo.

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De acuerdo con el carácter rebelde del prim er período de influencia francesa, el héroe que se presenta es aquel que se levanta co ntra el orden establecido en pro de la humanidad, así Prom eteo o Caín (el Caín de Byron, presentado desde una perspectiva opuesta a la bíblica). Son héroes que no re spetan leyes hum anas ni divinas, com o Miguel de Mañara, héroes libres, como el pirata.

Por su pa rte, los hé roes de los románticos posteriores re medan más de cerca a algunos de los héro es alem anes, com o Werter. No son ya héroes activos y rebeldes, sino espíritus sensibles, melancólicos, que buscan la soledad y se caracterizan por su manera de sentir y su ansia de encontrar los ideal es; se trata de los poetas, entendiendo que dentro de este periodo la calificació n de poeta no se relaciona necesariam ente con la capacidad de escribir poesía, sino con una m anera especial de ver e interactuar con el mundo.

d) Rebeldía/Melancolía. Cinismo/ Estoicismo

Las actitudes de rebeldía y m elancolía como significativas de cada uno de estos periodos se relacionan y ejemplifican en lo s personajes que acabamos de analizar. En cuanto a la oposición cinism o/estoicismo, si en los autores del prim er periodo romántico, el desengaño lleva al cinism o, en los del segundo ese cinism o ha evolucionado hacia una posic ión es toica. En el caso de au tores com o Espronceda o Larra el desengaño no responde a un sentim iento existencial here dado, ellos se han ilusionado con unos cambios políticos, han luchado por ellos y, una v ez alacanzados, han descubierto su falsedad. Es un desengaño qu e duele en u na herida recién abierta, y por eso conduce a un cinism o que trata de di simular el do lor y an estesiarlo con e l alcohol o los placeres, com o el de Juan de Mañara o, m ás claram ente, com o el que encontramos en “A jarifa en una orgía”.

Por su parte, el desengaño de los homb res del segundo período romántico, obedece más a una experiencia existencial. Cierto es que el ambiente en el que han crecido, la España en la que viven, se caracteriza por un clim a de desilusión. Ellos lo viven y protestan, pero su desengaño obedece m ás a la conciencia del paso del tiem po y la i mposibilidad de hallar la totalidad, los IDEALES que bus can y creían posibles en los años de juventud. Este desengaño, esta desilusión existencialista trae como consecuencia no una reacción vio lenta, sino la callad a renuncia a so ñar, el esto icismo, que buscan como

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solución pero que no alcanzan tan f ácilmente; por eso seguirán soñando y por eso el desengaño seguirá doliendo, pero de una forma más calmada.

e) Moral natural/ Moral cristiana

Parejo al cambio de ideología religiosa, se produce un cambio en la m oral propuesta, reflejado, coherentem ente, en el modelo de héroe que presentan. En este caso, basta observar el ejemplo de Juan de Mañara, en El estudiante de Salamanca, para ver que no

se trata de un m odelo de m oral cristiana. La moral que aparece en esta o bra, como en tantas otras del prim er peri odo romántico, es la propia del Rom anticismo, que in icia Rousseau y for mula reiteradam ente Frie drich S chlegel en su novela erótica Lucinde

(1799). Dicha moral, fundada en la naturaleza, defiende la idea de que sólo lo n atural es moral. Idea que encon tramos igualmente en la obra de Aro las La sílfida del acueducto

(1837), en la que, además, aparece la antepo sición del am or de la m ujer al am or de Dios.

La virtud piedad respira, jamás fueron sus intentos sofocar los sentimientos que naturaleza inspira (citado Llorens:1989: 519)14.

Por su parte, la moral que aparece en los escritos de los au tores de la segunda mitad del siglo es, eminentemente, católica. Múltiples ejemplos de Bécquer ilustran esta moral, y, especialmente, la s ref erencias se multiplican en las Leyendas, con sacerdo tes o

religiosos que liberan a pueblos o persona s por m edio de la oración (“La cruz del Diablo”, 1860), con actos inmorales castigados con la locura o la muerte (“La Ajorca de oro”,1861; “El beso”, 1863), o con procesos de expiación (“El caudillo de las m anos rojas”,1858; “El Miserere”,1862). Más clara, incluso, aparece la defen sa de la m oral católica en otros auto res com o Selgas o T rueba. Muchos de los cuentos de Selgas y muchos fragmentos de sus novelas conllevan una labor de moralización y, en las obras de Trueba, aparece una condena explícita a todos los vicios , malas costumbres y m alas acciones, con denuncias tan modernas como la de la violencia de género.

f) Función del poeta

Consecuencia lógica de todo lo dicho es que la concepción del poeta y su m isión también sea distinta según la época de la que hablemos.

      

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La función del poeta, de acuerdo con los pará metros seguidos por los rom ánticos de la primera etapa, es una labor social, reivind icativa, política. Ejem plo claro son los ya citados poemas de corte político de Espronceda, en los que el m ismo poeta se presenta como ejemplo con su propia lucha.

En lo que se refiere a la función del poe ta en los segundos rom ánticos, tam bién, podemos señalar una nota social, pero con una dimensión completamente distinta. El poeta ya no es el adalid que se erige en guí a de la revolución, sino que desem peña otras funciones, com o la de llorar con los que lloran y convertirse en voz de los débiles 15, sentir y cantar no sólo el sufri miento propio, sino el de todos. Por otro lado, el poeta se convierte en el guardián de las costumbres, las tradiciones, las historias del pueblo.

g) Postulados estéticos: estilo e influencias

Para finalizar con es ta enum eración de ca racterísticas d istintivas, h ay que señ alar someramente algunas diferencias en lo tocante a cuestiones técnicas, com o el tipo de estilo, la longitud de los versos, y en rela ción con estos dos aspectos, las influencias fundamentales, responsables últim as de que Es pronceda, Arolas etc. estén escribiendo leyendas en verso, mientras que Bécquer trate de escribir poemas tan breves que tengan cabida en el envés de una tarjeta de visita.

Muchas veces se han aplicado adjetivos cl aramente de spectivos com o “exterior”, “superficial”, “grandilocuente” o “sonoro”, para caracterizar el estilo de los poetas de 1830-1840, asociada esta “grandilocuencia” de estilo a una vacuidad de contenidos, en contraste con la sinceridad del lirism o becqueriano16. Es cierto que el estilo del Romanticismo de la prim era etapa es m ás “resonante” que el becqueriano, pero no por ello se le debe negar una sinceridad que, sin duda, tiene. Navas Ruiz explica el desarrollo de este estilo de la siguiente manera:

Pero, como suele ocurrir tras una larga etapa de represión, la necesidad misma de revelar el yo llevó a hacerlo de una forma exagerada, como tratando de imponerlo. No es cierto, como se ha dicho, que l os poetas de es te momento carezcan de int imismo. Lo tienen: hablan de s u intimidad. Lo que ocurre es que lo hacen con énfasis, a gritos, acentuando estridentemente sus sentimientos, acompañándolos de ¡oh! y ¡ay! M uy pocos su pieron t ocar ese re gistro m enor, delicado, t ierno, sugeridor, d el sent imiento del icado, i nsinuado, m urmurado a penas. Tal vez

      

15 Rosalía de Castro habla explícitamente de esta función en varios de sus textos. 16 Así lo entienden los propios autores, como vimos en el apartado anterior.

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Gil y Carrasco. Esto sería tarea de los postrománticos, de Bécquer y Rosalía de Castro (1982: 132-133).

El m ismo crítico (Navas Ruiz: 1982:134), que señala la importancia de la poesía descriptiva en este período - sobre todo en torno a fenómenos de la naturaleza o las ciudades-, explica el éxito de la poesía na rrativa a par tir de la r evalorización del Romancero, producida ya desde finales del s iglo XVIII y principios del XIX. Para el triunfo de la poesía lírica ha bía que inventar un nuevo len guaje, m ientras qu e en el pasado español, en la admirada Edad Media, había un precedente glorioso para la poesía narrativa.

Inventar un nuevo idioma será lo que hagan lo s románticos posteriores para reivindicar y dar auge a la poesía lírica. Siguiendo, una vez m ás, las enseñanzas de los alem anes, los escritores españoles vuelven la m irada a las canciones, los villanc icos, las jarc has, las cantigas, las “soleás”…para crear una poesía que, en un espacio lim itado, rezume sentimiento y sugerencias simbólicas.

3. El Segundo Romanticismo Español 3.1. El grupo

Las deserciones y nuevas búsquedas se verifi can en una serie de escritores que “dejan atrás un Romanticismo demasiado fiado de los tópicos sobre el sentimiento y la libertad, prontamente encauzado en fór mulas y reiterado hasta el punto de convertirse en lugar común de la literatura al uso” (López Estrada, 1972: 76).

Este cambio cualitativo es admitido por parte de la crítica, aunque a veces equivoque las repercusiones del m ismo. La finalidad de este estudio será el análisis en los tex tos de este cam bio de cosm ovisón y m entalidad, as í com o de la influencia de los nuevos presupuestos ideológicos en la tem ática y su tratamiento. Para ello, en prim er lugar, hemos de patentizar la existencia de es te Grupo del Segundo Rom anticismo, que no sólo incluirá las figuras de Bécquer y Ro salía de Castro, sino también la de otros escritores poco conocidos, o estudiados de for ma independiente bajo diferentes etiquetas que se limitan a apuntar alguno de los rasgos de este movimiento.

Referencias

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