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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Primera lectura (Ap 11,19; 12,1-6.10):

Teniendo en cuenta el contexto dinámico del libro del Apocalipsis importa notar que

la comunidad eclesial se encuentra ante un momento delicado pues le ha sido revelada la

fuerte presencia del mal en la historia con la consecuente lucha con el bien y la transitoria

victoria del mal. Entonces el séptimo ángel toca su trompeta y se aclama el advenimiento del

Reino de Dios a través de su Cristo, de Jesús crucificado y resucitado (cf. Ap 11,15-17). Es

decir, se anuncia la victoria final de Dios sobre las fuerzas del mal. En este contexto aparece

una "gran señal" en el cielo, o sea de parte de Dios; es la señal de la victoria definitiva de Dios

que la comunidad eclesial deberá descifrar, tanto ayer como hoy.

En primer lugar se nos dice que se trata de una mujer. A la luz del Antiguo Testamento,

opina U. Vanni

1

, hay que pensar en una esposa y madre, en la alianza nupcial de Dios con su

pueblo. Esta mujer está "revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su

cabeza"(12,1). El sol indica que esta mujer es querida por Dios quien la llena de sus regalos,

de su "sol". La luna, que en el Antiguo Testamento tiene la función de regular el curso del

tiempo, está bajos sus pies, indicando que la mujer está por encima del tiempo y de sus

vicisitudes, que tiene ya su eternidad. La corona sobre su cabeza es signo de su victoria, pues

es reina; y el número doce expresa la unidad del Antiguo (doce tribus de Israel) y del Nuevo

(doce apóstoles) pueblo de Dios. Por fin, se nos dice que esta mujer está embarazada y por dar

a luz. Un poco más adelante se nos dirá que tuvo un hijo varón que es elevado hasta Dios y su

trono, por tanto se trata de Cristo en su gloria.

Según todos estos datos, para U. Vanni se trata en primer lugar de un símbolo del

pueblo de Dios, de la Iglesia Madre que da a luz a Cristo y, de este modo, la asamblea

identificándose con la Iglesia y con la mujer se renueva en la confianza para seguir dando a

luz dolorosamente a Cristo al mundo hasta la consumación final.

Pero "no podemos ignorar que el Apocalipsis es parte de la tradición de la comunidad de Juan; y en el

evangelio de Juan aparece María siempre designada con este título de «mujer», siendo al mismo tiempo «madre»; en Jn 2,4, donde gracias a la intervención de María, Jesús «manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos» (2,11). Pero allí Jesús traslada la función de María a otro momento mucho más importante: la «hora» (2,4). Y la «hora» es la muerte redentora en la cruz (19,27: «Aquella hora»). Allí es cuando Jesús vuelve a llamarla «mujer», y la declara «madre» de su discípulo (19,26). Y sólo después de hacer esto, Jesús sabe que «todo está cumplido» (19,18). Todo esto significa que el Evangelio de Juan ve en María a la que cumple plenamente el anuncio de una Mujer enemiga de la serpiente. La descendencia de María, que es Cristo, pisa la serpiente y la vence […] En Apocalipsis 12, al igual que en Jn 19, María es la madre de Cristo, pero también la mujer enemiga del demonio y la madre de los discípulos […] Esta mujer reúne en un mismo simbolismo al pueblo del Antiguo Testamento, a la Iglesia perseguida del Nuevo Testamento, y a María"2

.

Segunda Lectura (1Cor 15,20-27)

Estos versículos pertenecen a la subsección de la carta (15,12-34) donde Pablo busca

demostrar la intrínseca unidad que existe entre la resurrección de Cristo, afirmada como

núcleo del kerigma, y la resurrección de los muertos, situación que es posible iluminar a partir

de la fe recibida.

Aquí Pablo comienza afirmando claramente la verdad de la resurrección de Cristo y

cómo la misma es la garantía de la resurrección futura de los cristianos. Para demostrar esta

relación entre la resurrección de Cristo y la de los cristianos, que negaban algunos corintios,

1 Cf. Apocalipsis (Verbo Divino; Estella 1994) 109-115.

(2)

recurre a la comparación antitética entre Adán y Cristo (tema que desarrollará en Rom 5). Por

Adán vino la muerte para todo hombre, por Cristo viene la vida, también para todos los

hombres. Pero con un orden progresivo: primero Cristo, ya resucitado, luego, en la parusía,

los que son de Cristo; y la conclusión con el sometimiento de todo a Dios Padre. La muerte es

presentada como el último enemigo al cual Cristo derrotará al final de los tiempos, para que

reine la vida.

EVANGELIO (Lc 1,39-56)

Como sabemos, la Asunción de María no se encuentra narrada en el Nuevo

Testamento, por ello no hay que buscar en este texto una referencia explícita a este dogma

mariano. Sin embargo, es sugestiva la relación que encuentra el Card. Vanhoye

3

entre este

evangelio y la Asunción de María: el Magnificat expresa muy bien los sentimientos de María

con ocasión de su Asunción. Según este autor el Magnificat es un canto profético que anuncia

la exaltación de María en el acontecimiento de la Asunción.

ALGUNAS REFLEXIONES

Pienso que es fundamental comenzar precisando el sentido de este dogma de fe

mariano, su contenido y su alcance; para luego ver cómo ilumina nuestra vida. Por ello

veamos lo que sobre este dogma mariano nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC):

Nº 966: La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto]).

Nº 972: La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68).

Puntualmente el CIC nos señala el principal fundamento de esta gracia o privilegio

especial que recibió María: su estrecha vinculación al misterio pascual de su Hijo Jesús. Ella

participó de modo singular en la resurrección de su Hijo y así Dios anticipó en ella la suerte

final de todos los cristianos. Y esta Gracia especial de María tiene su repercusión para la

Iglesia quien ve en Ella su futuro ya realizado, siendo entonces señal de esperanza y consuelo.

Durante algunos miércoles del año 1997 el Papa Juan Pablo II habló explícitamente en

sus catequesis de los miércoles sobre la Asunción de María. Veamos algunos párrafos:

"1. Sobre la conclusión de la vida terrena de María, el Concilio cita las palabras de la bula de definición del

dogma de la Asunción y afirma: "La Virgen inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo" (Lumen Gentium, 59). Con esta fórmula, la constitución dogmática Lumen Gentium, siguiendo a mi venerado predecesor Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte de María. Sin embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios.

2. ¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en

el destino de María y en su relación con su Hijo divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre.

(3)

3. Es verdad que en la Revelación la muerte se presenta como castigo del pecado. Sin embargo, el hecho de

que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original por singular privilegio divino no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación. María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad. También para ella vale lo que Severo de Antioquía afirma a propósito de Cristo: "Si no se ha producido antes la muerte, ¿cómo podría tener lugar la resurrección?" (Antijuliánica, Beirut 1931, 194 s.). Para participar en la resurrección de Cristo, María debía compartir, ante todo, la muerte"4.

Por tanto, nos dice el Papa Juan Pablo II que bien podemos afirmar la muerte de María,

como paso previo a su resurrección-glorificación, al igual que su hijo Jesús.

"Los padres conciliares quisieron reafirmar que María, a diferencia de los demás cristianos que mueren en gracia de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso también con su cuerpo. Se trata de una creencia milenaria, expresada también en una larga tradición iconográfica, que representa a María cuando "entra" con su cuerpo en el cielo. El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio.

La citada bula Munificentissimus Deus, refiriéndose a la participación de la mujer del Protoevangelio en la

lucha contra la serpiente y reconociendo en María a la nueva Eva, presenta la Asunción como consecuencia de la unión de María a la obra redentora de Cristo. Al respecto afirma: "Por eso, de la misma manera que la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y último trofeo de esta victoria, así la lucha de la bienaventurada Virgen, común con su Hijo, había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal" (AAS 42 [1950], 768). La Asunción es, por consiguiente, el punto de llegada de la lucha que comprometió el amor generoso de María en la redención de la humanidad y es fruto de su participación única en la victoria de la cruz"5.

Explica aquí el Papa Juan Pablo que el privilegio exclusivo de María consistió, a

diferencia del resto de los cristianos, en que su glorificación corporal tuvo lugar

inmediatamente después de morir, sin esperar al fin del mundo.

"San Germán, en un texto lleno de poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre exige que María

se vuelva a unir con su Hijo divino en el cielo: "Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?" (Hom. 1 in Dormitionem: PG 98, 347). En otro texto, el venerable autor integra el aspecto privado de la relación entre Cristo y María con la dimensión salvífica de la maternidad, sosteniendo que: "Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la Vida" (ib.: PG 98, 348). Según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento en que se funda el privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la redención. San Juan Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: "Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor (...) contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre" (Hom. 2: PG 96, 741). A la luz del misterio pascual, de modo particularmente claro se ve la oportunidad de que, junto con el Hijo, también la Madre fuera glorificada después de la muerte.

El concilio Vaticano II, recordando en la constitución dogmática sobre la Iglesia el misterio de la Asunción, atrae la atención hacia el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque fue "preservada libre de toda mancha de pecado original" (Lumen Gentium, 59), María no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo. Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos”.

4 Catequesis de Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles 25 de junio de 1997. 5 Catequesis de Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles 2 de julio de 1997.

(4)

Aquí el Papa Juan Pablo II presenta, siguiendo a la tradición, los fundamentos o

motivos de este especial privilegio de María, a saber: el afecto, el amor de su Hijo Jesús que

quiso tenerla ya con Él en la gloria del cielo; la estrecha participación y colaboración de

María en el misterio de la redención obrado por Jesús la hace recibir anticipadamente los

méritos de la cruz; el haber sido concebida sin pecado original (Inmaculada Concepción).

“Estas reflexiones, aunque sean breves, nos permiten poner de relieve que la Asunción de María manifiesta la nobleza y la dignidad del cuerpo humano. Frente a la profanación y al envilecimiento a los que la sociedad moderna somete frecuentemente, en particular, el cuerpo femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano, llamado por el Señor a transformarse en instrumento de santidad y a participar en su gloria.

María entró en la gloria, porque acogió al Hijo de Dios en su seno virginal y en su corazón. Contemplándola, el cristiano aprende a descubrir el valor de su cuerpo y a custodiarlo como templo de Dios, en espera de la resurrección. La Asunción, privilegio concedido a la Madre de Dios, representa así un inmenso valor para la vida y el destino de la humanidad"6.

Por último el Papa Juan Pablo II ve en esta fiesta de la Virgen la expresión suprema de

la dignidad del cuerpo humano, en particular del cuerpo femenino, tantas veces presentado

sólo como mercancía de consumo.

Por su parte el Papa Francisco, en su homilía en la solemnidad de la Asunción del

2014, puso el acento en la esperanza que brota para nosotros de esta gloria de María:

“Con esta celebración, nos unimos a toda la Iglesia extendida por el mundo que ve en María la Madre de nuestra esperanza. Su cántico de alabanza nos recuerda que Dios no se olvida nunca de sus promesas de misericordia (cf. Lc 1,54-55). María es la llena de gracia porque «ha creído» que lo que le ha dicho el Señor se cumpliría (Lc 1,45). En ella, todas las promesas divinas se han revelado verdaderas. Entronizada en la gloria, nos muestra que nuestra esperanza es real; y también hoy esa esperanza, «como ancla del alma, segura y firme» (Hb 6,19), nos aferra allí donde Cristo está sentado en su gloria.

Esta esperanza, queridos hermanos y hermanas, la esperanza que nos ofrece el Evangelio, es el antídoto contra el espíritu de desesperación que parece extenderse como un cáncer en una sociedad exteriormente rica, pero que a menudo experimenta amargura interior y vacío. Esta desesperación ha dejado secuelas en muchos de nuestros jóvenes. Que los jóvenes que nos acompañan estos días con su alegría y su confianza no se dejen nunca robar la esperanza. Dirijámonos a María, Madre de Dios, e imploremos la gracia de gozar de la libertad de los hijos de Dios, de usar esta libertad con sabiduría para servir a nuestros hermanos y de vivir y actuar de modo que seamos signo de esperanza, esa esperanza que encontrará su cumplimiento en el Reino eterno, allí donde reinar es servir. Amén”.

En conclusión: esta solemnidad es una invitación a fijar los ojos en María para

contemplarla en su Gloria, llena de Felicidad y Hermosura, y gozarnos en Ella y por Ella. Y

también para escuchar su Magnificat celestial y eterno.

Contemplando y escuchando a María Asunta al cielo se renovará nuestra Esperanza y

nuestro corazón se llenará de suave consuelo en medio de nuestro peregrinar por este mundo.

Contemplando a María gloriosa aprenderemos a desear y amar nuestra vocación

celestial y a vivirla valorando la dignidad de nuestro cuerpo y la necesidad de nuestro

compromiso con nuestro mundo; donde más allá de la fuerte presencia del mal y de las

persecuciones, creemos en la victoria definitiva de Dios por Cristo. Ella es la gran señal de

esta victoria del Reino de Dios que nos dará una plenitud que supera todo lo que podemos

pensar y desear.

(5)

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Tú misma, Madre mía…

Tú misma, Madre mía

Llena de Dios, plena de alegría

Eres la luz en esta tierra,

Iluminando mis pasos por el sendero

Donde has dejado tus huellas.

La Noticia: El Verbo mismo

Isabel: hoy es la Iglesia

Recibiendo en un abrazo

La Gracia de tu presencia.

Escucho tu voz clamando al cielo

Agradeciendo el Amor

En la Misericordia de Dios

Y en el medio de tu pueblo.

El Señor nos ha dado abrigo!

Nos ha regalo todo,

Nos ha mirado con ternura

Asomándose en tus ojos.

Eres tú misma el mensaje de Amor

La Madre de mi Señor

Presente en mi oración,

Atenta a mis plegarias…

No me dejes sin tu calor

Dale tu tono dulce a mi voz

Para abrir mi corazón

Que se llena de emoción

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