Prefacio a la tercera edición inglesa Prefacio a la segunda edición inglesa Prefacio
Prólogo
1. Donde está tu tesoro
2. Clarificar los distintos enfoques
3. Caos interior y falsas imágenes de Dios
4. Herramientas para excavar: algunos métodos de oración 5. Orientaciones generales para excavar
6. Cambiar de dirección
7. Comenzar a excavar en busca del tesoro 8. Reconocer el tesoro cuando se encuentra 9. Un Dios de lo más sorprendente
10. Conocer a Cristo
11. Su pasión y su resurrección en nuestra vida 12. La decisión en toda decisión: Dios o Mammon 13. Habla el valle: Dios y la amenaza nuclear
QUERIDO LECTOR:
Por este medio te expreso mis mejores deseos y te dedico mis oraciones. ¿Qué significa esto? Pues que leer y reflexionar, orar y hacer algunos de los ejercicios que aparecen al final de cada capítulo de este libro puede hacer que te asombres cada vez más ante la maravilla y el misterio de tu ser; que sientas un agradecimiento cada vez mayor por el don de la vida, una paz también cada vez mayor y que nada ni nadie pueda destruir, una libertad que nadie pueda arrebatarte y una gran capacidad de compartir la risa de Dios, a fin de que puedas llegar a ser lo que Dios tenía pensado para ti antes del inicio de los tiempos: una imagen única del Dios que comparte su misma vida.
Todo esto puedo desearlo para ti y orar para que lo poseas. Lo que no puedo es dártelo, como tampoco puede hacerlo ninguna otra persona ni puedes conseguirlo tú por ti mismo. Dios está ofreciéndote continuamente todo esto libre y gratuitamente, no por tus virtudes, tus logros, tu educación, tu status social, tu salud y tu belleza, tu religión, tu origen étnico ni tu nacionalidad. Te es ofrecido cortésmente; no se te fuerza a aceptarlo, porque Dios es siempre cortés. Lo único que tienes que hacer es estar abierto, atento y receptivo a las mociones de tu corazón. Este libro trata de algunos modos de estar abierto, atento y receptivo a la invitación que Dios te hace.
Si lo que he escrito parece exagerado, lee estas palabras de santa Catalina de Génova, mujer casada, mística y santa cano nizada: «Mi Dios es yo, y no reconozco ningún otro yo excepto mi Dios. El Diosyo».
Al preparar a la gente para recibir la Eucaristía, san Agustín la instruía así: «Cuando el sacerdote dice "Esto es el Cuerpo de Cristo", tú tienes que responder: "Yo lo soy"».
Y san Pablo pedía para los efesios: «Que [el Padre] os conceda fortaleceros interiormente... [para que] Cristo habite por la fe en vuestros corazones... [Gloria] a Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar».
Nuestra fe cristiana es un peregrinaje en el que nos desprendemos del «yo» egocéntrico, del «yo» encerrado en mis temores, mis deseos, mi reino, que excluye a todos y a todo, que no sirve para alabar, reverenciar y servirme a mí y a los que son como yo. En lugar de ese «yo», adopto un nuevo yo, mi Diosyo, que ama a toda la
creación y está continuamente entregando el yo mismo de Dios para que podamos vivir en paz con nosotros mismos, con todos los seres humanos y con Dios, Corazón del Universo. Aquí es donde yo encuentro a Dios y pierdo mi «yo», descubriendo una vida llena de sorpresas.
GERARD W.HUGHES, SJ Edimburgo Diciembre de 2007
DESDE que en noviembre de 1985 se publicó El Dios de las sorpresas, me he preguntado frecuentemente cómo se me ocurrió el título. La frase «El Dios de las
sorpresas» la encontré por primera vez leyendo, años atrás, al P.Karl Rahner, pero no me propuse escribir un libro con este título. Fueron las circunstancias por las que atravesaba en la época en que estaba escribiendo las que me recordaron la frase de Rahner.
En diciembre de 1983 partí de St Beuno, en el norte de Gales, donde había estado viviendo desde 1976. Se me había pedido que fuera a trabajar permanentemente en Sudáfrica como capellán nacional de los estudiantes católicos de las universidades
sudafricanas y como Secretario para el ecumenismo de los obispos sudafricanos, trabajos que comenzaría en junio de 1984. Mientras tanto, estaba libre para hacer el trabajo que quisiera. Y yo quería tiempo para escalar montañas, pensar, reflexionar y, quizá, escribir.
Había oído que había una iglesia católica en la Isla de Skye que no tenía sacerdote residente. Adosada a la iglesia había una habitación que permitía el acomodo durante la noche de un sacerdote visitante. Yo tenía la imagen de aquella iglesia en mi imaginación. Estaba situada en lo alto de una colina frente al mar y a las montañas Cuillin. La
habitación era espaciosa, con grandes ventanas en tres lados, en las que se posaban toda clase de aves marinas interesantes. Cuando ofrecí mis servicios a esta iglesia durante cuatro meses, el párroco de Glenfinnan, que te nía que hacer un viaje de cerca de doscientos cincuenta kilómetros a Skye cada mes, aceptó encantado mi ofrecimiento.
Llegué a Skye un sábado de marzo por la tarde, con un tiempo muy frío que me había retenido con una ventisca de nieve cuando me dirigía a la isla desde Fort William. La iglesia estaba en medio de un complejo residencial del ayuntamiento. La habitación era angosta, con dos ventanas pequeñas situadas muy arriba que se abrían empujando hacia afuera y daban a un banco de arena empinado y cubierto de musgo que se hallaba a unos seis metros de distancia, de forma que la habitación estaba casi siempre en la oscuridad. Había una mesa pequeña e inestable que servía de escritorio y de mesa de comedor.
El domingo por la tarde oí el sonido de un cristal rompiéndose en la capilla y descubrí un ladrillo en el pasillo. Unos días después, arrojaron otro ladrillo, y luego el lanzador, con admirable puntería, se las arregló para meter una piedra por la pequeña ventana de mi habitación. El ecumenismo había hecho pocos progresos en Skye, acérrimamente presbiteriana; pero después de que le hiciera una visita al director del
colegio local dejaron de tirar piedras.
Mi primer lunes por la mañana, una excavadora, una mezcladora de cemento y tres trabajadores con sus radios, permanentemente sintonizadas en Radio 2, se pusieron a construir un nuevo edificio a menos de diez metros de mi ventana. El edificio no se finalizaría hasta unos días después de mi partida, a finales de junio.
En diciembre de 1983 había solicitado un visado de trabajo para Sudáfrica, así que iba todos los días a la oficina de correos de Portree, la principal ciudad de Skye, a
recoger el correo, esperando una carta de la embajada sudafricana. Pero hasta finales de mayo no recibí una lacónica respuesta diciéndome que mi solicitud había sido rechazada.
Como Dios está en todas las cosas, podía afirmar que el título Dios de las sorpresas me era dado por Dios.
Empecé a tratar de esbozar un anteproyecto del libro que me proponía escribir. Pero el proyecto me eludía. Traté entonces de escribir unas cuantas frases introductorias para el Prefacio, y no produje nada coherente. La excavadora y las radios no ayudaban nada, excepto para sugerir dos posibles títulos: «Hallar a Dios en el caos» o «La respuesta está en el dolor». La frustración, finalmente, me hizo abandonar el intento de planificar el libro cuidadosamente, y entonces decidí forzarme a sentarme a la máquina de escribir y producir trescientas o cuatrocientas palabras al día, sin que importaran la gramática, la sintaxis o las repeticiones. Y encontré este método sumamente útil. Estaba escribiendo acerca de temas que me interesaban, y a través de la redacción el libro fue lentamente cobrando forma. Para finales de junio, el manuscrito no tenía aún una forma clara, y yo tenía ocasionalmente alguna pataleta interna y decidía dejar de escribir. Envié una versión muy provisional a Teresa de Bertodano, de Darton, Longman and Todd, preguntándole si pensaba que de aquello podría salir algo. Y en lugar de la breve respuesta que yo me temía, me envió unas páginas con comentarios detallados animándome a continuar. Sin ese estímulo, probablemente habría abandonado la tarea.
Hasta que me marché de Skye y me puse a hacer otro trabajo, no empecé a ver las conexiones entre los apartados del libro. Esta fue la parte más gozosa de la escritura, como si fuera emergiendo una forma que no tenía nada que ver con mi planificación consciente, y en marzo de 1985 envié el manuscrito completo a Darton, Longman and Todd. Estaba encantado de haberlo finalizado, pero inseguro acerca de cómo sería recibido.
Me ha sorprendido y alegrado mucho la acogida que ha tenido el libro, así como sus grandes ventas y su traducción a otros trece idiomas, incluida una propuesta de
traducción al chino. Pero lo más alentador han sido las cartas de gentes de todas las edades, de muy diferentes países y de muy distintos sectores del espectro religioso, político y social. Es alentador porque confirma la verdad de que nuestra unidad en Dios no es algo que nosotros hayamos creado, sino algo que hemos descubierto. Mucha gente me ha escrito diciéndome que hacer los ejercicios propuestos al final de cada capítulo les ha ayudado a encontrar mayor unidad en sí mismos y mayor facilidad y tolerancia en sus relaciones con los demás.
En los diez años transcurridos desde su publicación, toda mi experiencia ha
confirmado la verdad de que Dios está en todas las cosas, en cada acontecimiento, en cada individuo, sea creyente o no y, si lo es, sea cual sea su religión. Aunque he escrito sobre el Dios de las sorpresas, no pensaba en absoluto, como la mayoría de la gente, que unos años después de escribirlo la Unión Soviética habría desaparecido, Nelson Mandela se habría convertido en presidente de Sudáfrica, habría paz en el Líbano, acuerdos de paz entre Israel y los palestinos, un golpe incruento en Filipinas, un acuerdo anglo-irlandés de alto el fuego en Irlanda del Norte, o que los misiles de crucero habrían desaparecido de Greenham Common y Molesworth, reduciendo el peligro inminente de conflicto nuclear. Sin embargo, en esta segunda edición he dejado el capítulo «Dios y la amenaza nuclear» tal como lo escribí, y dice, por ejemplo: «Suponiendo, y es mucho suponer, que nuestras armas nucleares lograran librarnos de la amenaza soviética, ¿cuánto tardaríamos en encontrar otro enemigo? Hasta que afrontemos al auténtico enemigo, el holocausto nuclear es muy probable que llegue tarde o temprano». El auténtico enemigo está en nosotros, en nuestra huida del Dios de la compasión para refugiarnos en un dios de la riqueza, el poder y el status, tanto individual como nacional.
Karl Jung escribió en cierta ocasión: «No puedo definirte lo que es Dios. Solo puedo decir que mi trabajo ha probado empíricamente que el arquetipo de Dios existe en todo el mundo, y que ese arquetipo cuenta con la mayor de todas las energías para la
transformación y transfiguración de nuestro ser natural». El tesoro está oculto dentro de cada uno de nosotros. El Reino de Dios es como la levadura en la masa de nuestro ser. Podemos dejar esa levadura en una balda de nuestra conciencia firmemente sellada, o podemos amasarla con los confusos acontecimientos cotidianos que ocurren en nuestra vida para trabajar su poder transformador. Todo cambio duradero, o bien comienza en el individuo o no se produce en absoluto.
que, si leen El Dios de las sorpresas, todos sus problemas se solucionarán, o que la búsqueda de la espiritualidad es la respuesta a todos los problemas del mundo. Pero la verdad es menos simple. Dios es un Dios perturbador. La tentación que nosotros
experimentamos en toda religión y en toda espiritualidad consiste en domesticar a Dios, crear un Dios que nos favorece a nosotros, a nuestro grupo, a nuestro país, a nuestra Iglesia... y que derrota a nuestros enemigos. Pero Dios es un Dios que siente compasión por toda la creación y cuyo espíritu vivo está en todo; un Dios que destruye en nosotros todos nuestros cómodos prejuicios y todas nuestras falsas seguridades, religiosas y seculares. Esto a nosotros nos resulta muy doloroso, pero es el dolor del renacimiento.
«Dios es - en palabras de san Agustín - más íntimo a mí que yo mismo». Las
palabras alentadoras con las que puedo finalizar son que Dios está en todas las cosas y en todos los individuos: el mejor deseo que puedo expresar a cualquier lector es que deje a Dios ser el Dios de la compasión en él y a través de él.
GERARD W.HUGHES 1995
HACE nueve años escribí un libro titulado En busca de un camino, en el que describía dos viajes: uno, el recorrido de casi mil ochocientos kilómetros de Londres a Roma; el otro, el viaje en el que todos nos encontramos, que comienza con nuestra concepción y finaliza con nuestra muerte.
Este libro es una guía para el segundo viaje que todos hacemos. Está escrito
especialmente para cristianos desorientados, confusos o desilusionados, que tienen con la Iglesia a la que pertenecen o han pertenecido una relación de amor-odio.
Yo soy católico, sacerdote y jesuita. Mucha gente sigue pensando que los sacerdotes católicos, y puede que especialmente los jesuitas, nunca sienten confusión,
desorientación o desilusión. Yo sí.
Yo pensaba que estos sentimientos negativos eran señal de un fracaso que debía superar, o al menos ignorar, si quería seguir siendo un sacerdote jesuita. Ahora
comprendo lo equivocado que estaba, porque Dios es el Dios de las sorpresas que, en medio de la oscuridad y las lágrimas, destruye nuestras falsas imágenes y seguridades. Esta irrupción podemos percibirla como desintegración, pero es la desintegración de la espiga de trigo: si no muere para dar nueva vida, se marchita sola.
Gracias a esta dolorosa irrupción del Dios de las sorpresas, verdades de la fe cristiana de las que estaba familiarmente aburrido o de las que dudaba comenzaron a adquirir un nuevo significado. Cuando Dios destruye la protección de nuestra mente cerrada, entra en ella, ya no remoto y en el exterior, ya no morando en tabernáculos y templos de piedra, sino que encontramos a Dios sonriéndonos en nuestra desorientación,
haciéndonos señas en nuestra confusión y revelando el Diosyo en nuestro fracaso y desilusión, como nuestra única roca, refugio y fortaleza.
Nuestra mente contiene muchos niveles de conciencia. Introducirse en un nuevo nivel es siempre amenazador al principio, porque tenemos un miedo natural a lo que no conocemos. El Dios que nos llama es «el sólido fundamento de nuestro ser». Nuestro recorrido por esos niveles de conciencia se verá siempre acompañado, en alguna medida, por la incertidumbre, el dolor y la confusión. Estos sentimientos negativos son la manera que tiene Dios de aguijonearnos. Los hechos son amables, y Dios está en los hechos.
campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44).
Este libro tiene un único propósito: sugerir modos de detectar el tesoro escondido en lo que puede que el lector considere un campo improbable: él mismo.
La mayoría de las guías son pesadas de leer, a no ser que veamos los objetos o visitemos los lugares descritos, y solo pueden leerse lentamente. Esta guía del viaje interior no es una excepción. Al final de cada capítulo hay unos ejercicios para que los lectores puedan hacer su propio viaje. Lo que descubras por ti mismo es más importante y valioso que cualquier cosa que yo haya escrito. Por eso este libro no hace
descripciones detalladas, sino que se limita a proporcionar señales indicadoras.
El viaje interior no es lineal; el camino hace espirales a través de nuestros estratos de conciencia. En un nivel de conciencia puedo haber ido hacia el Dios de las sorpresas; sin embargo, en un nivel más profundo puedo haber comprendido que apenas he
comenzado, por lo que debo consultar de nuevo la guía.
Algunos lectores familiarizados con el viaje interior estarán más interesados en unos estadios que en otros; por tanto, he aquí un resumen de los contenidos basados en la parábola del tesoro en el campo:
El capítulo 1 proporciona ejemplos que ilustran la verdad de que el tesoro está dentro de nosotros.
El capítulo 2 describe los estadios del viaje antes de llegar al campo donde está escondido el tesoro.
El capítulo 3 describe el campo que contiene el tesoro, pero resulta ser una jungla habitada por animales salvajes y ogros disfrazados de Dios.
El capítulo 4 sugiere modos de descubrir caminos a través de la jungla que conducen al tesoro: algunos métodos de oración.
El capítulo 5 muestra cómo el viaje no solo se realiza con nuestra mente y con nuestra parte religiosa, sino que implica a todo nuestro ser y afecta a todos sus aspectos: nuestras relaciones con las demás personas, nuestra actitud con respecto a la salud, la riqueza, la reputación, el poder, y nuestras reacciones ante las estructuras económicas, sociales y políticas en que nos movemos. Este capítulo localiza el tesoro con mayor
precisión.
En el capítulo 6 se empieza a excavar para encontrar el tesoro y se atraviesa el primer estrato. Este capítulo es un comentario sobre las palabras de Cristo: «Arrepentíos y creed la buena noticia».
El capítulo 7 sugiere algunos métodos prácticos de atravesar este primer estrato. En el capítulo 8 se ve que, cuando la gente empieza a excavar, suele desanimarse al descubrir que el primer estrato es más duro y profundo, y que ellos son más débiles e impotentes de lo que pensaban. Este capítulo considera estas dificultades y hace sugerencias para superarlas.
El capítulo 9 trata sobre el reconocimiento del tesoro cuando lo encontramos. Cristo es el tesoro. Los judíos no lo reconocieron, y nosotros seguimos sin reconocerlo. Esta verdad la ilustra una carta a un párroco imaginario en la que se expresan quejas por el comportamiento perturbador de uno de sus feligreses.
El capítulo 10 trata sobre la apertura del tesoro: llegar a conocer a Cristo; y apunta a una norma básica de la vida de Cristo -y, por tanto, también de la nuestra - que se revela en los evangelios.
El capítulo 11 versa sobre la necesidad de reconocer la pasión, muerte y resurrección de Cristo en los dolores y gozos de nuestra vida.
En el capítulo 12 avanzamos hacia el campo y excavamos en busca del tesoro mediante las decisiones que tomamos cada día. Este capítulo no es un tratado sobre la toma de decisiones, pero sí proporciona algunas directrices básicas para las decisiones individuales y grupales.
En el capítulo 13, los temas del libro se aplican a un miedo que todos sentimos: la amenaza de la guerra nuclear. En esta edición, escrita veintidós años después de la
primera, nos hacemos conscientes de otras amenazas que todos tenemos que afrontar: el miedo a la extinción, no solo por la amenaza nuclear, sino por la contaminación del medio ambiente.
Dedico este libro, con mi agradecimiento, a todos aquellos con los que he efectuado el viaje interior y que me han enseñado compartiendo conmigo su experiencia interna. Estoy muy agradecido a Darton, Longman and Todd, los editores, y en particular a
Teresa Bertodano y Victoria Wethered por sus ánimos y su paciencia leyendo los primeros borradores de este libro. Doy también las gracias a quienes me enviaron comentarios y críticas de los primeros borradores y me animaron a continuar: Kay Caldwell, Cathy Campbell, Graham Chadwick, Charles Elliot, Liz Emery, Mary Rose Fitzsimmons, Michael Ivens, Brian McClorry, Anne McDowell y Michael Taylor.
Finalmente, doy las gracias a la Compañía de jesús, que me permitió conocer los Ejercicios Espirituales de san Ignacio y me guió a través de ellos, puesto que este libro está empapado de los Ejercicios; y al padre Jock Early, provincial jesuita que me concedió tiempo para escribir.
GERARD W.HUGHES 1985
SE escriben muchos libros; algunos se publican; unos cuantos perduran. Este libro es de los que perduran, porque así lo ha hecho y continúa haciéndolo. Y perdura porque une lo que con frecuencia está desunido: el ser de Dios y el ser humano. Y perdura también porque cada vez que el ser de Dios y el ser humano vuelven a su unidad original, es una sorpresa. Se puede depender de Dios, pero no se le puede predecir. No hay clichés que puedan proporcionarnos la verdad acerca de Dios, ni tampoco podemos hacerlo nosotros mismos. La vida cristiana no puede explicarse a base de estereotipos. Dios es siempre El Dios de las sorpresas. El lector no bostezará ni se adormilará leyendo este libro.
Esta historia me la contó un amigo mío. Estaba enseñando a un grupo de jóvenes las parábolas de Jesús. Estaban leyendo juntos las parábolas del tesoro en el campo y la perla de gran valor (Mt 13,44-46). Mi amigo les preguntó que pensaban ellos que eran exactamente ese «tesoro» y esa «perla». Los jóvenes respondieron enseguida, pero con mucho alboroto, al estilo de la gente joven. Una chica no había dicho nada, y mi amigo le preguntó: «¿Y qué piensas tú, Brenda, que significa esto?». Con su suave voz y con mucha timidez, Brenda dijo: «Yo soy la perla de gran valor». El tenor del debate cambió de inmediato. Las reflexiones se orientaron hacia el interior mientras pensaban en el reino dentro de ellos - el tesoro que eran ellos-, que, a fin de comprarlo, el granjero y el
mercader lo vendieron todo. Y sí, que jesús había sacrificado todo cuanto era y me había comprado... a mí. No era el modo en que mi amigo solía interpretar estos breves pasajes, pero en aquel momento, con aquellos jóvenes, la respuesta de Brenda resultaba
totalmente exacta.
Esta historia me venía a la memoria cada pocas páginas cuando leía este libro, escuchando la suave voz de Gerard Hughes, ese pastor y maestro paciente,
experimentado y sabio, que nos escribe a todos los que estamos viviendo la vida
cristiana. Su tono es de invitación y acogida mientras nos enseña a reconocer el valor que está por encima de cualquier otra cosa, el tesoro escondido en el campo que es mi alma, la perla de gran valor que es Cristo, presente y vivo en mí justamente ahora. No alza la voz. Nos trata con inmensa dignidad, animándonos a valorar nuestra vida de manera excesiva, del mismo modo que Dios nos valora, como un tesoro eterno, pero también como un tesoro inmediatamente presente para ser disfrutado.
No faltan voces que nos digan qué hacer. Incontables hombres y mujeres parecen estar compitiendo en nuestros días por aconsejarnos acerca de cómo tener una buena
relación con Dios, cómo tener a Dios a nuestro lado para hacer lo que queremos, cómo descubrir el plan de Dios para nuestra vida. Pero, pese a toda esa urgencia estridente y esas promesas ruidosas, la sabiduría brilla por su ausencia.
El Dios de las sorpresas aporta a nuestra vida una voz suave y sabia. En nombre de Dios se han contado muchas mentiras. El mundo del consumidor de religión
norteamericano está intoxicado de distorsiones y perversiones. Necesitamos un pastor experimentado que nos ayude a discernir lo que es auténticamente Dios y lo que es
auténticamente humano en nuestra vida, para confiar en ello, para vivir de ello. Este libro es la voz de ese pastor.
El Dios de las sorpresas no es la última moda; es sabiduría experimentada. El autor bebe de una tradición, una interpretación y una práctica de la vida de Cristo que tiene siglos de profundización. No hay nada de abstracto ni de teórico en esta sabiduría; es una guía con los pies en el suelo, configurada por la Escritura y puesta a prueba y validada en la vida de millones de cristianos de todo el espectro de denominaciones y congregaciones de todo el mundo.
Este libro lleva más de veinte años siendo un «bestseller» en el Reino Unido. Pero no en los Estados Unidos. Ahora, con la nueva publicación norteamericana de esta oportuna guía cristiana, lleva camino de serlo también.
EUGENE H.PETERSON Catedrático emérito de Teología Espiritual Regent College, Vancouver, BC.
«Lo saludo los días que lo encuentro, y lo bendigo cuando lo comprendo»'. Un hombre que reconoció el tesoro y lo buscaba
EL tesoro está dentro de ti. En este capítulo pondré el ejemplo de un hombre que
empezó a descubrir el tesoro en su interior, así como algunos otros ejemplos de personas que tenían el tesoro pero no lo reconocían. Examinaremos, pues, más detenidamente esa vida interior - su complejidad caótica - que se niega a ser ignorada y cómo afecta a todos los aspectos de nuestra vida individual y comunitaria.
La orden jesuítica fue fundada el siglo XVI por un noble vasco llamado Íñigo de Loyola, conocido posteriormente como san Ignacio de Loyola. Íñigo fue educado en la corte española, de la que salió a los veinte años lleno de audacia, vivaz, vanidoso, ambicioso, lascivo, atrevido y valeroso. Era también agresivamente ortodoxo. Incluso después de su conversión, planeó matar a un moro que, en una conversación casual, ha bía cuestionado la virginidad de Nuestra Señora. Afortunadamente para el moro, Íñigo dejó la decisión a su mula, que, con mejor discernimiento que su amo, tomó otro camino, y el moro siguió viviendo. La moral y la vida devota de Íñigo no se correspondían con su ortodoxia.
En 1521 estaba defendiendo la ciudad de Pamplona de las tropas francesas que eran superiores en número. El gobernador de la ciudad quería rendirse, pero Íñigo insistió en seguir luchando, hasta que le alcanzó una bala de cañón que le dañó seriamente una pierna. Los vencedores, dentro de su inexperiencia, hicieron todo lo posible por aquel prisionero herido y lo enviaron a recuperarse a su casa de Loyola. Padeció un gran dolor durante meses y mataba el tiempo con ensoñaciones que duraban tres o cuatro horas. Imaginaba las grandes hazañas que realizaría cuando estuviera mejor y a la gran dama cuyo amor obtendría; pero los días eran largos, y pidió unas novelas para distraerse. El castillo de Loyola no tenía novelas, así que tuvo que contentarse con una Vida de Cristo del cartujo Ludolfo de Sajonia y una recopilación de vidas de santos. Leyendo estos libros, comenzó una segunda serie de ensoñaciones en las que se imaginaba superando a los santos en sus austeridades. Un santo, Onofre del desierto, que parecía capaz de vivir de hierba, aire fresco y oración, le fascinaba especialmente. Ahora Íñigo se decía:
«Onofre hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer». Durante semanas alternó entre las dos clases de ensoñaciones, hasta que de repente notó algo que cambiaría no solo su vida, sino también la de millones de personas.
Aunque ambos tipos de ensoñaciones eran agradables en el momento, descubrió que, después de haber soñado con grandes hazañas y con la dama cuyo amor obtendría, se sentía aburrido, vacío y triste, mientras que después de soñar con su perar a los santos, se sentía feliz, esperanzado y animado. Reflexionó sobre esta diferencia, y así aprendió la primera lección de lo que más tarde llamaría «Discernimiento de Espíritus», que nosotros podríamos llamar «Distinguir entre nuestros estados de ánimo y sentimientos creativos y destructivos». Esta historia de Íñigo proporciona el comienzo de la respuesta a la
pregunta «¿Dónde está nuestro tesoro?». El tesoro yace oculto en nuestros estados de ánimo y sentimiento.
Antes de proseguir la lectura, puede que el lector quiera tratar de examinar sus
propias ensoñaciones y hacerse después la siguiente pregunta: «¿Cómo me siento cuando finalizan: aburrido y vacío o esperanzado y animado?». En este estadio, no hay que intentar hacer ningún análisis de lo que se descubra, sino contentarse con percibir los efectos posteriores de las ensoñaciones.
Los ejemplos que siguen son de personas que poseen gran riqueza interior, pero no la reconocen cuando la ven.
Jock
Al primero le llamaré «Jock», porque era un escocés alto, rubio, pecoso y taciturno. Decorador de interiores de profesión, se hallaba en el paro. Yo me quedaba con unos amigos que estaban decorando una habitación, y Jock estaba ayudando. Trabajaba como un monje con voto de silencio, pues su conversación se limitaba a un ocasional «Sí» o «Mmm». Hacia el final de la comida, nos pusimos a hablar del norte de Gales, donde yo estaba por entonces trabajando. Jock levantó la vista del plato con obvio interés y
después se puso a hablar.
«Sí - dijo-. Yo estuve en Gales en verano, en mis primeras vacaciones fuera de casa». No puedo recordar los detalles, porque fue una larga historia. O su novia acababa de dejarle y él estaba tratando de encontrarla en el norte de Gales, o quizás estaba
haciendo? Recorriendo los malditos páramos con un perrito. Mis amigos pensaron que me había vuelto loco, pero yo me sentía feliz. Iba a los acantilados al borde del mar y allí me sentaba. El mar parecía enorme, y yo me sentía muy pequeño, pero estaba feliz. Tonto, ¿verdad? Y no pude contárselo a mis amigos, porque iban a pensar que estaba como una cabra».
Jock tenía un sentido innato del asombro. Poseía un conocimiento experiencial de su pequeñez frente a la creación, pero experimentaba felicidad, no terror. El asombro es el comienzo de la sabiduría, y la felicidad que él sentía suponía saborear el gozo de la humildad, que es la aceptación alegre de nuestra pequeñez y nuestra dependencia. Podía verse absorbido por la escena del acantilado y no mostrar deseo alguno de manipularla ni controlarla, de manera que poseía los comienzos del don de la contemplación; pero la preocupación indebida por la opinión de sus amigos podía sofocar su crecimiento. Jock no se consideraba una persona religiosa ni espiritual. Era consciente del gozo que su capacidad de asombrarse y su facilidad para contemplar le proporcionaban, pero no las reconocía como un don, sino que más bien se avergonzaba de ellas, por lo que no era capaz de alimentarlas para que le condujeran a una vida más plena.
Mane
«Jane» era una estudiante universitaria que estaba a punto de irse a España para pasar un año como parte de sus estudios de lenguas modernas. Acudió a mí claramente alterada. Cuando le pregunté qué le ocurría, me dijo que estaba preocupada por sentirse tan feliz ante la perspectiva de pasar un año en España. Yo me quedé desconcertado; pero, como había hecho re cientemente un curso de ayuda psicológica, seguí las instrucciones y me hice eco de sus palabras: «O sea, que estás preocupada ante la perspectiva de ese año en España...». «Sí - me respondió-, pero es la razón de mi felicidad lo que me preocupa. En España ya no tendré que fingir ser católica y podré faltar a misa sin ofender a mis padres ni tener peleas en casa». «Así que la razón de que sigas yendo a misa y finjas ser católica es que quieres evitar problemas con tus padres, ¿no es así?». «Y familiares y algunos amigos católicos», añadió. Entonces le pregunté qué pensaba hacer después de
licenciarse, y me dijo que quería irse a dar clase a Perú. Quería irse a Perú porque había leído acerca del país, había visto algunos documentales y sabía que había una gran pobreza y pocas instalaciones educativas para los niños campesinos. «Yo he recibido tanto - dijo - que quiero compartir algo de lo que he recibido con quienes tienen poco o nada». «¿Has pensado alguna vez que tienes una vocación concedida por Dios?», le pregunté. «No sea tonto», fue su respuesta. Jane estaba convencida de que no había
nada de religioso en lo que experimentaba. Para ella, la religión era ir a misa los domingos y observar los demás ritos establecidos por la Iglesia. Ser religioso o espiritual, en su interpretación de estos términos, significaba comprender y apreciar las enseñanzas de la Iglesia católica. La misa le resultaba falta de sentido y aburrida, y las enseñanzas de la Iglesia, tal como ella las interpretaba, eran afirmaciones acerca de un mundo que
tampoco tenía sentido alguno para ella. Jane quería abandonar todo aquello y vivir, pero no era lo bastante fuerte interiormente como para vivir sus convicciones. Pensaba en sí misma como irreligiosa y nada espiritual; sin embargo, su emoción dominante era la compasión; quería compartir lo que le había sido concedido, en agradecimiento por lo que había recibido; quería servir. Su deseo de ser compasiva, de compartir y servir se hacía eco de la descripción que Pablo hace de Cristo, que «no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Asumiendo la
semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre...» (Flp 2,6-7)2. Jane tenía más que agradecer de lo que ella pensaba; sin embargo, tenía una noción de Dios, la Iglesia y la religión que le hacía considerarse irreligiosa y enemistada con la Iglesia. La Asociación de Católicos Divorciados y Separados
Recientemente he tenido unos encuentros de fin de semana con una organización llamada Asociación de Católicos Divorciados y Separados, y les he animado a hablar en grupo de su experiencia del divorcio o la separación. El primer fin de semana, yo estaba nervioso por la intensidad emotiva del grupo. Algunos estaban aún hirviendo de rabia contra su antigua pareja y contra la Iglesia, que los había condenado a un celibato no deseado para el resto de su vida o, si se volvían a casar, a la exclusión de los sacramentos de la Iglesia. Otros se hallaban en un estadio más avanzado y estaban demasiado heridos por sus dudas para sentir rabia por nadie ni por nada. Habían amado a su pareja y habían
confiado en ella. Su confianza había sido traicionada, su amor había desaparecido, y ellos habían entrado en el peor estadio de todos: la experiencia de su propio vacío y su nada, que era el umbral de la desesperación a las puertas del suicidio. Se sentían fracasados y consideraban inútil tratar de orar, porque sentían que habían fallado a Dios, a sí mismos y a su pareja. La religión que se les había presentado, lejos de permitirles comprender y crecer mediante su agonía, intensificaba su dolor, su culpa y su sentido del rechazo, ase gurándoles que no solo habían perdido a su pareja y dividido a su familia, sino que vivían también en un estado de alejamiento de Dios.
Yo sabía que no tenía respuestas para este grupo, pero ellos se ayudaban unos a otros. Los más heridos solían ser los más útiles. No había juicios ni rechazo ni
intolerancia ni pretensión de virtud, sino simplemente reconocimiento del dolor y un permanecer los unos con los otros en él. Dicho en lenguaje cristiano, estaban siendo «Cristo» unos para otros, permitiéndose ser cauces de su paz, su compasión y su esperanza. A partir de esa experiencia de muerte, empezaron a experimentar algo de la vida resucitada de Cristo que les fortalecía de cara al futuro con esperanza. Para muchos de ellos, sin embargo, Dios y Cristo eran figuras distantes e irreales que no podían entrar en su vida, salvo para condenarlos y sumarse a sus sentimientos de rechazo.
Personas haciendo auto-stop
Hace unos años, tenía yo que viajar periódicamente del norte de Gales a Londres y, cuando podía, recogía a gente que hacía auto-stop. Yo no iba vestido de clérigo ni les decía que era sacerdote, a no ser que me lo preguntaran. Trataba de hacerles hablar de sí mismos, de sus esperanzas y ambiciones. Aparte de los testigos de Jehová, que se
pasaban todo el viaje tratando de convertirme, no recuerdo a nadie que practicara
ninguna forma de religión. La mayoría estaba en mala situación económica, pero ninguno parecía preocupado por el dinero. No les gustaba el afán de riqueza y poder, y buscaban algo que mereciera la pena para su vida. «Quiero resultarle útil a la gente», era la frase constantemente repetida. Muchas personas hablaban en contra del materialismo y la falta de espiritualidad de nuestro tiempo, pero la espiritualidad ha sido interpretada de manera tan limitada que no la reconocemos cuando la encontramos en nosotros o en los demás.
He puesto estos ejemplos para ilustrar el valor de nuestra experiencia interna, que puede decirnos la orientación que debe tomar nuestra vida y proporcionarnos la inspiración y la energía para tomarla. Íñigo reflexionaba sobre su propia experiencia, aprendía lentamente a interpretarla, y así transformó su propia vida y ha influido en la vida de millones de personas. En los demás ejemplos, todas las personas mencionadas poseían una gran riqueza interior, pero no reconocían su valor. En algunos casos la malinterpretaban, y en ningún caso consideraban que lo que experimentaban tuviera que ver con Dios o con Cristo; sin embargo, era en esa experiencia interior donde estaban encontrándose con Dios.
Todo el mundo tiene esta rica y compleja vida interior de pensamientos, recuerdos, sentimientos y deseos. Su composición es única en cada uno de nosotros, como resultado de nuestra herencia y de todo lo que hemos hecho y nos ha sido hecho. No hay
experiencia de nuestra vida que no se registre de algún modo en nuestro cuerpo y nuestra mente. La mayor parte de nuestra experiencia pasada está tan profundamente enterrada en nuestra memoria que ya no le resulta accesible a nuestra mente consciente; pero esos
recuerdos ocultos siguen afectando a nuestra percepción del mundo que nos rodea e influyendo en nuestro modo de actuar y de reaccionar.
¿Por qué prestamos tan poca atención a nuestra vida interior?
Es sorprendente que prestemos tan poca atención a nuestra vida interior, que es la clave de nuestro comportamiento. Somos como jinetes a lomos de caballos salvajes. Se
encabritan, caen en picado y se desvían bruscamente, y no tenemos ni idea de por qué se comportan de ese modo («No sé lo que me sucede. No sé por qué lo he hecho»), de modo que gastamos toda nuestra energía y todo nuestro ingenio en tratar de mantenernos en la silla, yendo a saltos bruscos por la vida. La respuesta obvia es comprender al
caballo y hacerle amigo nuestro, pero pertenecemos a una raza de jinetes que consideran este acercamiento ligeramente morboso y acientífico. En nuestro ethos, el caballo debe ser ignorado, y debemos cabalgar con dignidad. Tengo entendido que en la armada británica solo se permiten emociones a los marineros rasos; ¡los oficiales están por encima de semejante cosa! Pero incluso en círculos religiosos se puede seguir oyendo este consejo: «No prestes atención a tus sentimientos».
El caballo es nuestra vida interior, fuente de nuestra orientación y de nuestra energía para el viaje por la vida; pero tendemos a ignorarlo, porque la vida interior no puede medirse cuantitativamente, y nosotros damos por sobreentendido que son las cifras, no el amor, lo que hace girar el mundo. Hemos divinizado la razón y la cantidad y hemos tratado brutalmente a la emoción y la calidad; y la emoción, como un niño arrinconado, se venga cruelmente. A no ser que las reconozcamos y hagamos amistad con ellas, las emociones arrinconadas nos destruirán.
Conexiones entre nuestra vida interior y nuestra salud corporal, mental y social Un alto porcentaje de camas hospitalarias británicas están ocupadas por pacientes psiquiátricos. La medicina occidental, que durante mucho tiempo ha tratado el cuerpo como si fuera una máquina curable sin referencia a la vida interior del paciente (del mismo modo que se repara un coche sin tener que reparar al mismo tiempo al
conductor), está ahora haciéndose cada vez más consciente de la estrecha e intrincada conexión entre las enfermedades corporales y la falta de armonía interior de la mente y las emociones. Aunque no puede decirse que toda enfermedad corporal pueda curarse si se restaura la armonía interior de la mente y el corazón, sí puede decirse que muchas enfermedades corporales - tal vez la mayoría - son expresión de falta de armonía interior. El resentimiento y la amargura causados por determinadas heridas, frustraciones y deseos
contrariados pueden manifestarse en enfermedades como la artritis, el cáncer, las enfermedades coronarias y otras igualmente fatales.
En la vida pública estamos obsesionados por cuestiones relativas a la economía, una ciencia cuantitativa, y por la defensa nacional, que se ha convertido también en una ciencia cuantitativa. Debemos tener más armamento destructivo que «ellos», a fin de preservar nuestra libertad. Pero no puede haber libertad en tanto en cuanto ignoremos nuestra vida interior. La falta de armonía interna del individuo se manifiesta en
enfermedades corporales; la falta de armonía interna de una nación se manifiesta en diversas formas de enfermedad nacional. La vida interior se niega a ser ignorada, y no nos dejará en paz y puede incluso destruirnos si no la reconocemos y entablamos amistad con ella.
No me he mantenido en contacto con «Jock», el decorador; por lo tanto, no sé cómo reaccionó a su experiencia junto al mar. Pero supongamos que la ignoró como algo que sus amigos considerarían una locura y decidió admitir únicamente los sentimientos que sus amigos considerarían aceptables. Habría decidido entonces ignorar una profunda parte de sí mismo; habría renunciado a su rica individualidad, a su libertad de actuar y ser como realmente quiere ser; y habría elegido conformarse a la norma de
comportamiento que le proporcionará la aprobación de sus amigos. Podrá tratar de olvi dar sus sentimientos de paz y contento en los páramos y junto al mar, pero la
experiencia, y los deseos internos a los que esa experiencia responde seguirán viviendo, si no en su mente consciente, sí al menos en su mente subconsciente, y se manifestarán en sentimientos de frustración, descontento e inquietud. Podrá caer en la depresión, pero no sabrá la causa. Irá al médico y recibirá tranquilizantes, como miles de personas. Esos tranquilizantes pueden reducir la intensidad de su depresión, pero también amortiguar el mensaje que su cuerpo le está enviando, de manera que es menos probable que llegue a descubrir la verdadera causa de su tristeza. La realidad es positiva, porque esos
sentimientos de frustración y depresión le estarán incitando a cambiar su modo de vida. Incluso en el estado de ánimo más negro, cuando una persona siente la tentación del suicidio, la realidad es positiva, porque la depresión no está diciendo: «Quítate la vida», sino: «Tu modo de vida actual es intolerable».
Cuando ignoramos nuestra vida interior
Nos sentimos tentados a ignorar nuestra vida interior, porque no nos gusta lo que
encontramos en ella. Supongamos, por ejemplo, el caso de una madre que experimenta un fuerte desagrado hacia su hijo, pero le avergüenza tanto tener ese sentimiento que no
lo reconoce ni siquiera ante sí misma. Aparenta no tenerlo, afirma demasiado su gran afecto, salpicando su conversación con «cariño» y convenciéndose de que es un modelo de madre. Pero el desagrado, aun no reconocido, encontrará salida, y el hijo lo percibirá. La madre puede volverse hiperprotectora, posesiva y dominante y puede reprochar al hijo recalcitrante: «¿Cómo puedes ser tan desagradecido, después de todo lo que he hecho por ti?». De hecho, está haciendo daño a su hijo. Si hubiera reconocido el
desagrado que sen tía, podría haberlo visto como una ocasional reacción natural ante su hijo, pero también como un sentimiento muy superficial, comparado con sus profundos niveles de afecto genuino.
Cuando se ignora la vida interior, hace su irrupción la violencia de una forma u otra, ya sea como enfermedad física o mental en el individuo, o como desasosiego civil en una nación, o como guerra entre naciones.
Resumen de este capítulo:
Nuestro tesoro se encuentra en nuestra vida interior. Es nuestra vida interior la que incide en nuestra percepción del mundo y determina nuestras acciones y reacciones ante él. Tendemos a ignorar esta vida interior, pero se niega a ser ignorada por el individuo y en la vida nacional. Si lo es, la vida interior irrumpirá en forma de violencia.
En lenguaje religioso, esta vida interior se llama «espíritu», y el arte de conocerlo, sanarlo y armonizar sus fuerzas se llama «espiritualidad». La religión debe animarnos a hacernos más conscientes de esta vida interior y debe también enseñarnos a entablar amistad con ella, porque es la fuente de nuestra fortaleza y el depósito de nuestra sabiduría. La religión, tal como suele presentarse y entenderse, no solo no alimenta esa toma de conciencia nuestra, sino que a veces incluso la desanima activamente. Este fracaso a la hora de enseñar y comprender es causa de gran parte de la confusión, la perplejidad y la desilusión que atormentan hoy a muchos cristianos, encabezados por un escritor que declara: «Nada enmascara tanto el rostro de Dios como la religión». En el capítulo siguiente examinaremos más detenidamente este fracaso y las razones del mismo, intentando clarificar los acercamientos al campo donde yace escondido nuestro tesoro.
Ejercicios
2.Escribe tu obituario. Puede parecer una sugerencia extraña y morbosa, pero prueba antes de decidir que es una pérdida de tiempo.
No escribas el obituario que temes que te hagan, sino el que te gustaría que te hicieran. No lo analices ni trates de pensarlo con excesiva claridad, sino permite que tu imaginación se desborde. Una vez hecho, vuelve sobre el mismo de vez en cuanto para ver si quieres añadir o corregir algo.
Puede ser un ejercicio muy útil para estar más en contacto con tu vida interior y, sobre todo, con tus deseos, que, como veremos más adelante, se encuentran en el centro de nuestra vida y determinan su orientación.
«Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño». -1 Co 13,11 ¿Dónde está el tesoro?
EL tesoro está escondido en lo que tal vez consideres el campo más insospechado: tú mismo. A la mayoría nos cuesta mucho tiempo y tenemos que superar muchos
obstáculos antes de empezar a reconocer el campo donde está escondido nuestro tesoro, es decir, antes de aprender a descubrir -y aceptar- donde está Dios. Hasta que lo
descubramos por nosotros mismos, Dios permanecerá remoto, como una figura en la sombra, para algunos sin importancia, para otros terrorífica.
Cuando yo tenía unos tres años de edad, una noche me llevó a la cama una de mis hermanas mayores. Me senté en el borde de la cama y pronuncié la palabra «Dios». Todavía recuerdo por qué lo hice: quería ver lo que sucedía.
Todas las tardes, en casa, rezábamos el rosario en familia antes ir de acostarnos, arrodillados en el suelo de la sala frente a la chimenea. encima de la cual había un cuadro de la abuela con un gran marco. Llevaba un sombrero que parecía un jardín rocoso, con un velo colgando de él que hacía que su rostro pareciera un tanto triste y misterioso. En el rato de oración, yo sentía miedo de aquel cuadro, temiendo que la abuela comenzara a moverse en respuesta a nuestras oraciones.
Juzgando por estos tempranos recuerdos, pienso que Dios para mí, en mi infancia, era una figura misteriosa, remota e impredecible, pero poderosa; impresión confirmada más tarde, cuando, a los siete años, aprendí de memoria la descripción de Dios del catecismo como «el Espíritu Supremo, que existe solo por Sí mismo y es infinito en todas sus perfecciones», definición que situaba a Dios muy lejos de cualquier realidad experimentada por mí. El peligro es que Dios permanezca lejano y aparte.
Resulta extraordinario que el cristianismo, que cree que «la Palabra se hizo carne», haga tanto hincapié en la divinidad de Cristo que descuide a menudo su humanidad. Solo podemos descubrir su divinidad en su humanidad y a través de esa humanidad, como hicieron sus primeros discípulos. A diferencia de ellos, no podemos verlo ni tocarlo en su humanidad; tan solo podemos descubrirlo en la nuestra y en la de las demás personas. Olvidar esta verdad e intentar prescindir de nuestra humanidad en nuestra búsqueda de Dios provoca mucha confusión, frustración y desilusión entre los cristianos.
Encontramos a Dios en nuestro desarrollo humano. Para ilustrar esta verdad
recurriré a ideas contenidas en el primer volumen de la obra de von Hügel, titulada The Mystical Element in Religion, que me ha resultado muy útil para comprender mi
desarrollo religioso... y el de otras personas.
Los tres estadios del desarrollo humano: infancia, adolescencia y madurez Von Hügel toma los tres estadios principales del desarrollo humano - infancia,
adolescencia y madurez - y describe las necesidades y actividades predominantes que caracterizan a cada uno de ellos. Von Hügel muestra que la religión debe tener en cuenta las necesidades y actividades predominantes de cada estadio y concluye que la religión debe incluir tres elementos esenciales: un elemento institucional, que corresponde a las necesidades y actividades de la infancia; un elemento crítico, que corresponde a la adolescencia; y un elemento místico, que corresponde a la edad adulta. Al analizar cada estadio de crecimiento, tiene buen cuidado de mostrar que las necesidades y actividades de la infancia no desaparecen en la adolescencia, ni las necesidades y actividades de la adolescencia desaparecen en la edad adulta, sino que deben dejar de predominar si hemos de acceder al siguiente estadio. Muestra también los peligros inherentes a cada estadio de crecimiento. La religión debe incluir los tres elementos: el institucional, el crítico y el místico. Hay un peligro constante de hacer excesivo hincapié en un elemento, excluyendo los otros dos, o en dos elementos con exclusión del tercero, sofocando así el desarrollo religioso de sus miembros. Von Hügel aplica este análisis a todas las religiones del mundo. Al resumirlo, yo me limitaré a la referencia que hace al cristianismo.
(En este capítulo y en los sucesivos, cuando escriba «la Iglesia», a no ser que haga mención concreta de una iglesia determinada, la palabra se refiere a todas las Iglesias, de cualquier denominación, que creen que «Jesús es el Señor». Al utilizar de este modo la palabra, no hago afirmación alguna acerca de quienes no son explícitamente cristianos. Como cristiano, creo que Dios ama a todos y cada uno de los seres humanos y vive en todos y cada uno de ellos).
Infancia: actividades y necesidades
En la infancia, nuestras actividades tienen que ver predominantemente con el movimiento físico y las impresiones sensoriales; y nuestras necesidades son: alimento, calor,
protección y afecto.
Los filósofos medievales tenían un dicho: «Todo cuanto hay en la mente tiene su origen en los sentidos». Todo conocimiento humano, incluido nuestro conocimiento de Dios, comienza con impresiones sensoriales. Si alguno de los sentidos del niño está dañado, el niño es minusválido de por vida. Los bebes están sentando unas sólidas bases de su educación futura cuando gatean por el suelo tocando y probando todo cuanto cae en sus manos, haciendo gorgoritos de placer cuando sacuden su sonajero, mirando fijamente los colores brillantes y esperando ser abrazados y sentirse cerca de su madre. Posteriormente, a partir de esas impresiones sensoriales, el niño dará su salto educativo más importante cuando empiece a hacer señales y a pronunciar sus primeras palabras. Privar a un niño de impresiones sensoriales equivaldría a dejarlo incapacitado para toda la vida. No hay estadio alguno del desarrollo humano en el que no necesitemos
impresiones sensoriales, pero en la adolescencia y en la edad adulta ya no tenemos necesidad de pasar horas gateando por el suelo.
Una vez que el niño ha empezado a hablar, repetirá lo que oiga, al principio sin
entender su significado. La mayoría de los niños adoran el sonido rítmico de las palabras, y su imaginación suele ser tan vívida que tienen dificultades para distinguir lo imaginario de lo real. Yo conocí a una niña que habría tenido una pataleta si no se hubiera dispuesto un sitio en la mesa para su amiga imaginaria, Frances. Cuando apareció realmente una hermana menor, le presentó también a la inexistente Frances, y la pequeña se aferró igualmente a ella e in sistía en sentarse a la mesa al otro lado de la invisible Frances, situación que se prolongó durante todo un año.
La memoria del niño debe estar llena de anécdotas de su historia familiar y local. Los niños normalmente aceptarán como verdadera cualquier cosa que les digan sus padres y otras personas de su entorno. Sin esta credulidad inicial no puede comenzar el proceso de aprendizaje. Debe decírseles también lo que pueden y lo que no pueden hacer. Privar a un niño de unas instrucciones claras y coherentes, permitiendo que su mente resulte informe y desinformada, es una crueldad. Una persona muy perturbada, que había tenido una infancia traumática, me contó que uno de sus recuerdos más tristes era el de cómo jugaba con otros niños por la tarde y oía a sus padres llamarles a todos para que
Las mayores necesidades emocionales de la infancia son la protección y el afecto, porque sin ellos el niño no puede aprender a confiar ni en sí mismo ni en ninguna otra persona. La capacidad de crecer, humanamente hablando, es proporcional a la capacidad de confiar.
En la infancia hay muchas otras necesidades y actividades, por supuesto. El niño empezará a ver e interpretar pautas en la percepción sensorial, así como a hacer preguntas y construir teorías; pero estas actividades no son dominantes.
Las necesidades de la infancia y la adolescencia siguen vigentes en la edad adulta
En el adulto sano, las necesidades y actividades de la infancia siguen vigentes en alguna medida. Siempre necesitamos percepción sensorial; nuestra memoria tiene que almacenar continuamente; nuestra imaginación debe mantenerse viva; hemos de ser capaces de aceptar algunas autoridades al menos; y necesitamos afecto y atención, por muy adultos que seamos. Por más competentes que podamos ser, no podemos resolverlo todo por nosotros mismos y debemos confiar en la competencia ajena. Alcanzar un estadio de desarrollo en el que ya no necesitemos afecto ni atención de nadie supondría no pertenecer ya a la humanidad.
El cristianismo debe satisfacer estas necesidades humanas y alentar las actividades del niño, especialmente en la infancia, pero asegurándose de que se atienden también en la adolescencia y en la madurez. Al llevarnos hacia Dios y presentarnos a Dios en la Palabra y los Sacramentos, la Iglesia debe hablar no solo a nuestra mente, sino también a nuestros sentidos. Solo podemos alcanzar algún conocimiento, incluido el conocimiento de Dios, a través de nuestras impresiones sensoriales, y después a través de los signos y los símbolos. Por eso es tan importante la arquitectura, el arte en las pinturas y los muebles, la luz, la acústica y la temperatura de los lugares de culto; y por eso las celebraciones tienen necesidad no solo de la belleza de las palabras, sino también de música, gestos y movimiento. Sé que esto es anatema para algunas de las Iglesias
Reformadas, a las que horroriza todo cuanto pueda sonar a idolatría; y conozco también el peligro de que los elementos externos de una Iglesia y de sus celebraciones se
conviertan en un fin en sí mismos, en lugar de contribuir a elevar la mente y el corazón al Dios al que no podemos ver, de manera que una vela sea el sucedáneo de nuestra
obligación de ocuparnos del prójimo; pero es un riesgo que debemos asumir. Siempre se corre el riesgo de que un niño disfrute tanto de las necesidades y actividades de la
infancia que tema dar el paso a la adolescencia, pero ello no es una buena razón para privarle de su infancia.
También la Iglesia, especialmente en la infancia, pero también posteriormente, debe introducir en nuestra memoria re latos de su historia. Del mismo modo que se transmite al niño la historia de la familia, también debe dársele a conocer las grandes historias de la Biblia, los acontecimientos de los evangelios y las vidas de los santos. En toda religión debe darse un papel docente. Los niños normalmente aceptarán como verdadero todo cuanto se les diga, y es muy improbable que en la infancia pregunten: «¿En qué te basas para decir que hay un Dios y por qué tengo yo que aceptar como verdadero lo que tú me digas?». Estos problemas surgen más tarde. A no ser que haya un estadio de aceptación, el niño no puede aprender a formular preguntas, porque no tendrá nada en que basarlas. El papel docente de la Iglesia no se limita a transmitir información factual, sino que debe incluir también una enseñanza moral, porque sería cruel dejar al niño descubrir lo que puede y lo que no puede hacer mediante el sistema de ensayo y error. Hay que enseñar al niño a no robar, a no mentir, a no dejar la comida en el plato ni arrojarla contra la pared cuando tiene una rabieta.
La Iglesia debe servir también a los adultos
La Iglesia debe transmitir al niño su historia y su enseñanza doctrinal y moral de modo que el niño pueda asimilarla; pero debe también proseguir su papel docente con el adolescente y el adulto. Esto es tan obvio que no parece necesario decirlo; sin embargo, esta obviedad ha sido frecuentemente ignorada, instruyendo a los niños mediante un lenguaje enormemente técnico y abstracto, por un lado, y esperando, por otro, que los adultos acepten ese mismo lenguaje misterioso con la credulidad de un niño. Atender a las necesidades y actividades predominantes del niño y seguir atendiéndole cuando es adolescente y adulto constituye el elemento institucional de la Iglesia.
Aunque la adolescencia se caracteriza normalmente como un estadio de creciente conciencia sexual, esa conciencia es más que sexual. La adolescencia es el tiempo en que la mente empieza a cuestionarlo todo. Tratamos de descubrir alguna unidad y algún sentido en la multiplicidad de impresiones sensoriales, hechos, enseñanzas, creencias y experiencias que se nos presentan. Los filósofos griegos no han sido los únicos en buscar al «Uno en lo Múltiple»; todos lo hacemos de diversos modos.
El club de los agnósticos
Durante algún tiempo, tuve que dar clase de religión a una vivaz clase de quinceañeros que acababan de superar los «O-levels»' en «Stonyhurst College», un internado de los
jesuitas. El colegio seguía insistiendo en que los chicos acudieran a misa diariamente, de manera que yo preparé un curso sobre la historia y el desarrollo de la misa, estudié con gran detenimiento una obra en dos volúmenes del jesuita alemán Jungmann y traté de exponerla de forma digerible en clase. Después de cinco minutos, la mayoría de mis alumnos tenían esa mirada vidriosa reservada para la capilla y la instrucción religiosa. Al final, uno de ellos se me acercó: «Padre - comenzó a decirme-, supongo que es usted consciente de que está perdiendo el tiempo...». Yo sospechaba que tenía razón, pero no estaba preparado para reconocerlo ante él en aquel momento. «¿Por qué?». «Porque la mitad de nosotros somos ateos», fue su respuesta. «¿Qué mitad?». Él hizo una pausa y después me dijo que tendría que consultar a los demás antes de responder a mi pregunta. «A propósito - le dije-, ¿cuánto tiempo hace que eres ateo?». So lemnemente me
respondió: «Unos diez días». Aquel mismo día vino a verme después de haber
consultado a sus amigos ateos y me dio una lista de nombres. «¿Os calificáis de ateos - le pregunté - o de agnósticos?». Esta distinción no estaba entre sus temas para los «O-levels», de manera que le expliqué que el ateo niega toda posibilidad de que Dios exista, mientras que el agnóstico no afirma ni la existencia ni la inexistencia de Dios. Mi alumno decidió que él y sus amigos, como personas de mentalidad abierta, serían más
correctamente descritos como agnósticos.
Formamos un club de agnósticos y nos reuníamos periódicamente en su tiempo libre para debatir la cuestión de la existencia de Dios. Un miembro del grupo había estado leyendo a Bertrand Russell y había pasado la información a los demás. Habían, pues, decidido que todos los fenómenos pueden explicarse en términos de bombardeo de partículas de materia y que la clave de todo conocimiento se encuentra en la fórmula matemática que gobierna el movimiento de dichas partículas. En mi habitación, donde solíamos reunirnos, había un cubo de carbón metálico. En una reunión, me volví hacia uno de mis alumnos, un joven muy serio, y le pregunté: «John, ¿tú crees realmente que la única distinción real entre tu madre y ese cubo de carbón es la fórmula matemática diferente que gobierna el movimiento de sus partículas respectivas?». Él se sentó, frunciendo el ceño por el esfuerzo, y después levantó la vista: «No, no hay diferencia», dijo. Estaba decidido a ser fiel a su teoría y a sus amigos.
Este es un buen ejemplo de la actividad característica de la adolescencia: la búsqueda de sentido y de unidad en la experiencia. No podemos vivir como seres humanos a no ser que podamos encontrar alguna clase de unidad y de sentido en nuestra vida. Incluso quienes son considerados locos tienen alguna pauta de unidad en su pensamiento y su actividad, aun que los «cuerdos» no podamos encontrarla. El paranoico puede estar
totalmente errado en su presupuesto básico de que el mundo ha sido creado para
perseguirle; pero, considerado ese presupuesto, su comportamiento es lógico y coherente. El miedo más aterrador a que un ser humano puede estar sometido es el miedo a la
aniquilación y al sinsentido; por eso luchamos con todas nuestras fuerzas por encontrar algún sentido y significado. La tentación consiste en conformarse con la teoría de la existencia, o la pauta de sentido, que asegure nuestra comodidad material y nos cause menos inconvenientes. Si hemos de desarrollarnos como seres humanos, debemos encontrar alguna unidad en nuestra experiencia y formular alguna teoría sobre nuestra vida, por más elemental y tosca que pueda ser; debemos tener algunos planes y sueños para el futuro y alguna idea de cómo llevarlos a la práctica, aunque el plan consista únicamente en pensar lo menos posible y asegurarnos una mínima pérdida de energía. Para encontrar sentido en nuestra vida tenemos que cuestionar, criticar, sistematizar y teorizar acerca de nuestra experiencia. Esta era la actividad del club de los agnósticos, y ninguno de nosotros puede escapar a ella, aunque lo intentemos.
Debemos ser críticos
La Iglesia debe atender a esta profunda necesidad humana desarrollando hipótesis y teorías para mostrar no solo la coherencia interna de su enseñanza, sino también la coherencia de su enseñanza con la vida tal como la experimentamos. Una Iglesia que se limite a concentrarse en la coherencia de su enseñanza, sin relacionarla con la experiencia de cada día, se comporta como el paranoico. Puede haber coherencia entre la enseñanza y la práctica de la Iglesia, pero si sus presupuestos básicos son falsos, entonces habrá desarmonía entre la ense ñanza de la Iglesia y nuestra vida cotidiana, y la enseñanza presentada se fraccionará, convirtiéndose en una parte de nuestra conciencia que no tiene nada que ver con el resto de nuestra experiencia humana. Una Iglesia aislada de nuestra experiencia humana solo puede sobrevivir en la medida en que logre prohibir a sus fieles hacer preguntas y pensar por sí mismos. Debe insistir mucho en la importancia de la obediencia a la autoridad religiosa - obediencia entendida como aceptación, sin
cuestionamiento alguno, de todo lo presentado por la autoridad docente - y ha de hacer que sea pecado para sus miembros criticar, así como leer o escuchar a cualquiera que proponga algo contrario a su enseñanza.
Un signo del verdadero cristianismo será su vigor intelectual y su búsqueda de sentido en todos los aspectos de la vida. El verdadero cristianismo será siempre crítico, cuestionando y desarrollando continuamente su interpretación de Dios y de la vida humana. El tema de la religión es toda la experiencia humana. En la interpretación
cristiana, Dios es inmanente, es decir, Dios está presente en todas las cosas, y la creación es signo, y signo efectivo, de la presencia de Dios: un sacramento. Por eso en la tradición cristiana se ha insistido tanto en el aprendizaje. La fe, como dijo san Anselmo, «busca comprender», porque la naturaleza de la verdadera fe es confiar en que Dios está en acción en todas las cosas y que no hay pregunta que quede fuera del ámbito de la investigación religiosa. Cuando se debilita la fe en Dios, se debilita también el elemento crítico, y hay más advertencias contra las falsas doctrinas que estímulo para desarrollar nuestra interpretación. Si no se fomenta el elemento crítico, los cristianos se quedan en la infancia en cuanto a su fe y su práctica religiosa, que tendrá poca o ninguna relación con la vida y el comportamiento de cada día.
La necesidad del elemento místico
Es característico de la edad adulta ser cada vez más consciente de la conciencia interna, de la complejidad de sentimientos y emociones que anidan en nuestro interior, revelados a través de nuestra actividad, nuestros encuentros y relaciones con los demás, nuestro trabajo, lo que leemos, oímos y vemos y la actividad interna que resulta de ello, nuestras esperanzas y desesperaciones, nuestra tristeza y nuestra alegría, nuestros miedos y nuestras expectativas, nuestras certezas y nuestras dudas. Al hacernos más conscientes de este mundo interior, nos sentimos a la vez atraídos y asustados por él. Nos estamos aproximando a nosotros mismos y, por tanto, a Dios, experimentado por los místicos como «tremendum et fascinan». Este mundo interior es único para cada uno de
nosotros, misterioso e incomunicable incluso a nosotros mismos en toda su complejidad. Aunque no podemos comprender este mundo oculto, sabemos que encierra la clave de nuestra felicidad y nuestra personalidad, y que nuestro modo de percibir, pensar y, por lo tanto, actuar tiene su explicación en este mundo interior, que ejerce una influencia mucho mayor en nosotros que ninguna circunstancia externa. Por eso personas distintas frente a una misma situación pueden actuar de modos tan opuestos. En la edad adulta, si nos permitimos algún tiempo para pensar, nos hacemos cada vez más conscientes de la complejidad de nuestra vida interior, de su misterio y su incomunicabilidad y de las numerosas capas de conciencia que hay en nosotros.
La religión debe responder a este estadio de nuestro crecimiento proporcionando aliento y orientación, fomentando nuestra fascinación y calmando nuestros temores, explicándonos este fenómeno y mostrándonos que es una fase de suma importancia en nuestro camino hacia Dios, a quien somos ahora invitados a encontrar en esos recovecos ocultos, y a me nudo tan atemorizadores, de nuestra mente y nuestra memoria: Dios,
cuyos caminos y pensamientos no son los nuestros; el Dios de las sorpresas, que ahora es encontrado, más que pensado; que se comunica a través de estas misteriosas
experiencias internas, más que a través de frases articuladas o series de oraciones; que ahora es experimentado desde dentro, más que presentado desde fuera; que es amado y vivido, más que teorizado; que es acción y poder, más que ningún tipo de restricción ni disciplina externa - como en el estadio institucional-, ni razonamiento intelectual - como en el crítico. Para ayudarnos en la edad adulta, la Iglesia debe incluir un elemento místico.
Cada uno de los tres estadios de desarrollo contiene elementos de los restantes
Estos tres estadios han sido descritos sucesivamente, pero cada uno de ellos contiene elementos de los otros dos. En el niño están ya los comienzos del estadio crítico, y a veces del místico; análogamente, en el estadio crítico sigue habiendo elementos del institucional y débiles signos del místico. Pero nuestra atención se ha centrado en las necesidades y actividades que predominan en cada estadio. En el adulto, están presentes los tres elementos en alguna medida. Cuando en el adulto falta uno o dos elementos, se da un desequilibrio en la personalidad. Examinaremos de nuevo tales tres estadios, esta vez tratando de ver más claramente la necesidad y el peligro inherente a cada estadio de la vida y, por tanto, también al desarrollo religioso. Veremos también el esfuerzo que requiere pasar de un estadio al siguiente y, al hacerlo, el cuidado que hay que tener para no rechazar totalmente el estadio que acabamos de dejar. Es como si el viaje por la vida se realizara cruzando un ancho río a través de un puente formado por tres secciones. Comenzamos en la sección institucional, y después pasamos a la crítica; pero el río nos arrastrará si cortamos toda conexión con la sección institucional, aunque no estemos en ella en ese momento. Análogamente, en la sección mística del puente debemos mantener la conexión con la institucional y la crítica.
Riesgos del estadio de la infancia
El peligro en el estadio de crecimiento de la infancia es inherente a sus ventajas. Lo que se nos proporciona en la infancia responde a nuestras necesidades más básicas y nos permite ser relativamente pasivos al mismo tiempo que permanecemos protegidos y seguros. El peligro es que encontremos este estadio tan satisfactorio que no nos sintamos inclinados a abandonarlo, sino que prefiramos permanecer infantiles. Además, aun
cuando nos movamos, podemos revertir al infantilismo si los estadios siguientes se vuelven demasiado incómodos. Podemos incluso utilizar nuestra astucia de adultos para volver a ser cuidados como un niño que finge una enfermedad. Si nuestro engaño tiene
suficiente éxito, puede incluso que nos pongamos seriamente enfermos.
El peligro del elemento institucional de la religión es que nunca avancemos más allá del infantilismo religioso. Asistimos a celebraciones religiosas; escuchamos sermones e instrucciones religiosas; se nos dice lo que es y lo que no es; se nos expone la enseñanza moral y doctrinal de la Iglesia..., y el peligro consiste en que nos contentemos con todo ello y no queramos ir más allá, utilizando quizá nuestra astucia adulta para justificar nuestra pasividad. El modo en que solía enseñarse la religión a los católicos, por ejemplo, desde el concilio de Trento en el siglo XVI, es decir, mediante un catecismo a base de preguntas y respuestas que constituían un resumen del lenguaje teológico demasiado técnico contenido en los documentos del concilio de Trento, hacía que los católicos creyeran que la religión es una asignatura que no se espera que sea comprendida, sino a la que hay que prestar un asentimiento incondicional. Este planteamiento inculcó una actitud infantil con poco o ningún estímulo para ir más allá. Mucha de la tensión actual en la Iglesia católica es una tensión entre quienes parten de la base de que el único elemento esencial de la Iglesia es el institucional, y quienes demandan más de los elementos crítico y místico.
Para quienes ostentan la autoridad en las iglesias existe también el peligro de que puedan alentar a la gente a permanecer en el estadio infantil, llamando a este estadio retardado «ser humilde, leal, fiel y observante», y amenazando con la ira de Dios a cualquiera que se atreva a disentir. No hay modo más efectivo de destruir la verdadera fe en Dios que utilizar mal palabras como «lealtad», «humildad», «obediencia» y
«fidelidad», que son virtudes importantes que pueden ayudarnos a mantenernos fieles y atentos a las mociones de Dios en nosotros; pero emplear estas virtudes para el propósito opuesto, es decir, para destruir la fe que Dios pone en nuestra mente y nuestro corazón, asegurando a la gente que cualquier desacuerdo con las autoridades religiosas brota de su pecaminosidad y disuadiéndola de prestar atención alguna a su experiencia interna, lugar de su encuentro con Dios, es un pecado y un escándalo, y Cristo tiene palabras muy duras para quienes escandalizan a los niños: «Mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello y se le arrojase en el mar».
No es infrecuente encontrar la actitud infantil en personas que no son en absoluto infantiles en otros aspectos y que pueden incluso ser muy destacadas en la vida pública. Pero su religión está precintada, de manera que no interfiera con su carrera ni con su modo de llevarla adelante; y suelen ser ellos quienes se oponen con más fuerza a cualquier cambio en la Iglesia. Quieren que la religión sea exactamente como cuando ellos eran niños.