Reconocimientos celestes 1
Una historia poco compartida
Santiago Paolantonio - Edgardo Ronald Minniti [email protected]
Es costumbre en varios campos de la astronomía, otorgar a cuerpos celestes, accidentes topográficos o fenómenos especiales, el nombre de su descubridor o de personalidades que merecen ser recordadas.
Ejemplos de esto en los cometas, es el caso del cometa de “Gould” o Gran Septiembre, que fuera visible a simple vista en pleno día; o más recientemente, el
“Shoemaker–Levy” (sus descubridores) famoso por haber chocado con Júpiter en 1994.
Los asteroides, cuerpos de tamaño comprendidos entre los satélites planetarios y meteoros, ubicados entre Marte y Júpiter, y más allá de Neptuno (Cinturón de Kuiper), son bautizados con el nombre que le otorga su descubridor, como padre a un hijo. El primero de estos cuerpos en ser descubierto por Piazzi, el 1 de enero de 1801, fue denominado Ceres. Sus sucesores continuaron designándose con nombres de otras deidades. Cuando el número pasó de las decenas a las centenas y de éstas a los millares, la lista de dioses y la imaginación de sus descubridores fue seriamente puesta a prueba, surgiendo así algunos nombres tan insólitos (como típicos) asignados a ellos: James Bond o Mr.
Spock.
El cuerpo celeste que primero cobijó nombres humanos fue nuestro satélite natural. Los “Maria” - así llamadas las extensas peniplanicies lunares que se suponían mares con precarios instrumentos ópticos -, las montañas o cráteres de la Luna, fueron bautizados: “Mare Serenitatis”, “Mare Imbrium”, “Montes Apeninos”, cráter Copernicus, Tycho, etc. El aumento en la potencia de los telescopios y las sondas espaciales que nos dieron la visión de la cara oculta de la Luna, pusieron en crisis a los astrónomos “selenitas”, por el número abrumador de nuevos accidentes que irrumpían a la realidad humana, con cada observación.
Hoy, más de 1000 cráteres lunares, cientos de cometas y 10.000 asteroides tienen nombre. Algunos de éstos vinculados con la ciencia Argentina, aunque el público habitualmente lo desconozca.
La ciencia moderna de nuestro país comienza en la segunda mitad del siglo XIX, gracias a las realizaciones del gobierno de Domingo F. Sarmiento, que con la creación del Observatorio Nacional Argentino (ONA) y la Academia Nacional de Ciencias, ambos en Córdoba, marcan el umbral de una actividad que no ha cesado desde entonces. El primero, bajo la dirección del Dr. Benjamin A. Gould,
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