Presentación de autorretrato de memoria
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(2) Taller de Letras N° 40: 197-201, 2007. junto a estos rasgos, digo, aparece en este libro el proyecto de elaborar un relato de la experiencia personal, una poesía autobiográfica que esquive, sobre todo, la tentación de configurar un ego romántico. Ante el yo poético hipertrofiado de tanta poesía moderna, Gonzalo Millán no opone un sujeto fragmentario y disperso, como podría hacerlo según una opción postmoderna, sino más bien uno concentrado y autorreflexivo, que intenta articular su experiencia a través del lenguaje, desde una conciencia perfecta del peligro que ello supone: Y a veces pienso que después de tanto y tanto aire, soplo y saliva malgastados en el intento de apagar el sol, como me dijeron, estará sólo la manta de la obscuridad, ahogándome, y nada más en torno a mi cabeza, si lo apago. Este peligro es, por supuesto, el encierro en la ceguera de la mónada personal, en la falsa simplicidad del uno mismo. Se trata de un proceso cuyo emblema es la figura alquímica del ouróboros, y cuyas estaciones describe suficientemente una serie de textos que me parece fundamental, como es “Dragón que se muerde la cola”: Me diviso entrando a una pieza cuya puerta cierro con llave. Corro en punta de pies a espiar mis secretos manejos y veo por la cerradura que me mira mi ojo. O en una versión más monstruosa, titulada originalmente “Parásito para sí”: Diminuta y viscosa, roja sanguijuela: me adhiero a mi espalda blanca y me chupo, en sangrienta ampolla me englobo, jorobado a mí mismo me peso desangrado, me adhiero a mi henchida bolsa y me chupo: Diminuto y pálido, voraz gusano. ■ 198.
(3) Andrés Anwandter. Presentación de Autorretrato de memoria. El ouróboros –la serpiente que se devora a sí misma– es, en tanto emblema, una metáfora en libre flotación, como diría Gombrich. Esta figura paradójica nada sobre la poesía de Millán en diversos momentos, simbolizando ya el encierro narcisista en una duplicidad especular, ya la salida de dicho estado. Esto último, porque el sujeto que se autofagocita no solo se funde con su propia imagen, sino también puede quedar vacante para recibir al otro, lo que en esta poesía ocurre usualmente bajo la forma del amor: Quiero decir amor hasta perder la voz, la entraña, el seso, tal como todo lo que en aire, mar y tierra alienta y clama por pareja. Me prometo: no más saña de alacrán en círculo de fuego. Esta salida del círculo vicioso de la persona funda, a mi juicio, dos líneas de desarrollo que va a seguir la poesía de Millán. Por un lado, una poesía erótica que aborda los avatares de la recomposición de la mónada a través de la unión con el otro. El amor, cuyo fracaso tematiza en buena medida Relación personal, supone posteriormente, en Vida (1984), el peligro de que la pareja se encierre y devore a sí misma, ajena al mundo exterior, como en el célebre poema “Apocalipsis doméstico”, pero también promete la posibilidad de reunir las “dos mitades del árbol, partido por el rayo” y así multiplicar la vida. Por otro lado, según el mismo movimiento de salida descrito antes, pero siguiendo otra línea de desarrollo, la poesía de Millán buscará en la exterioridad de los objetos los límites del yo. Este es, a mi juicio, el sentido de su “objetivismo”. Por medio de esta apertura, el sujeto explora su autobiografía a partir del reflejo indirecto o deformado que de ella arrojan los objetos, lugares y situaciones, que encuentra a su paso: Ya no te bastan mis ojos para corroborar tu belleza. Buscas en las calles ajenos espejos, otros ojos, la cabeza de un clavo es una luna diminuta. Contemplas una lata de sardinas con agua de lluvia. 199 ■.
(4) Taller de Letras N° 40: 197-201, 2007. Este objetivismo abre el espacio además para la elaboración de una poesía ya no personal, sino derechamente civil, como la que se dará en La ciudad (publicado por primera vez en 1979), y de la cual no me ocuparé aquí. Sí me interesa mostrar la continuidad de esta poética de carácter “proyectivo”, orientada al exterior, a los objetos, en los dos libros más recientes de Gonzalo Millán: Claroscuro, publicado el año 2001, y Autorretrato de memoria, que presentamos en este momento. Como el mismo autor ha señalado más de una vez, ambas entregas forman parte de una trilogía abocada a explorar las relaciones entre poesía y plástica. Hay que decir que estas relaciones ya están de algún modo presentes en la poesía anterior de Millán. Sin olvidar las obras de poesía visual, producidas en forma paralela durante este período (agrupadas justamente bajo el nombre de “poesía plástica”), tanto en Vida como en Virus (1987) el mundo de objetos abordado incluye también entre ellos obras pictóricas –de Durero o de Utamaro, por ejemplo– y, más importante aun, la composición de algunos poemas parece estar modelada por los procedimientos de la pintura. La intención aquí no es por cierto la mera descripción de imágenes artísticas, sino nuevamente la búsqueda en ellas de un reflejo de la mirada que el poeta proyecta sobre los objetos; de este modo el iris de la liebre de Durero nos devuelve una mujer de ojos llorosos, o el cuadro “Hércules y los enanos” de Cranach las luchas entre bacterias y fagos. Claroscuro sistematiza este modo de hacer poesía concentrándose en una serie de cuadros barrocos de Zurbarán y Caravaggio, tal y como son reproducidos en diapositivas y postales. Insisto en que aquí no estamos ante un mero ejercicio de “écfrasis”, ni se nos presentan analogías simples entre poesía y pintura. Los poemas buscan más bien regular un enfoque personal del poeta sobre las imágenes, atento a lo que ve en ellas, pero también desde y a través de ellas, a cómo se mira mirar: Aunque dudo que me mire a mí, me mira esta sospechosa figura coronada de pámpanos de uva blanca y negra, negra como sus ojos y hojas de vides verdes, rojizas y doradas. Aunque sus ojos impuros y hastiados no me ven no dejan de mirarme, indescifrables me siguen. Así como el león de San Jerónimo nos conduce a considerar el león actual que bosteza en Nairobi ante la caída de un avión, en Claroscuro los cuadros son en cierta forma pretextos para aludir oblicuamente a otra cosa, es decir, para insistir ■ 200.
(5) Andrés Anwandter. Presentación de Autorretrato de memoria. desde otra perspectiva en los temas que se han tocado antes: las duplicidades especulares del narcisismo y el amor, los trabajos del poeta y del artista. En Autorretrato de memoria las superficies de reflexión no son aquí primariamente cuadros, sino los diversos procedimientos artísticos para trabajar sobre el cuerpo, la memoria y la propia biografía, que se agrupan desde los años 70 bajo el nombre de “auto-art”. La materia prima con la que se componen los autorretratos pasa entonces, de los objetos que rodean al yo devolviéndole su imagen, a los recuerdos. Propios y colectivos, reales e imaginarios, es nuevamente la mirada sobre estos recuerdos, la manera en que nos dejan ver en ellos y desde ellos la experiencia personal, lo que hace de esta serie de textos un libro conmovedor. Se trata de recuerdos en buena medida dolorosos, lo que le da también un carácter “terapéutico” al libro. Ello, porque hay un cuidado para abordar esta materia, a distancia a la vez del pudor y de la ostentación. Por todo lo anterior, Autorretrato de memoria es la culminación de un ciclo que se inicia con el primer libro de Gonzalo Millán. En él confluyen todas las líneas poéticas señaladas anteriormente, pero también, como es usual en la obra de Millán, se abren en nuevas direcciones. Quedamos expectantes ante el rumbo que tomará de aquí en adelante su poesía, mientras disfrutamos de este excelente libro.. 201 ■.
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